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Historias de amor, sexo y otros delirios

Archivo de la categoría ‘relación tóxica’

Carta de la idiota que tuviste en el banquillo

Recuerdo que la primera vez que te vi supe que serías una persona por la que acabaría llorando. Lo supe como supe que la vida tal y como la conocía, la vida A. T., Antes de Ti, había terminado.

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Recuerdo cómo pasamos de cero a cien, sin frenos y cuesta abajo, directos a una pendiente. Era una historia que terminaba en hostia segura. Y lo sabía, vaya si lo sabía, pero si era contigo, no me importaba pegármela, de hecho la habría recibido cuantas veces hiciera falta y siempre de buena gana.

Y cuando sonó la canción de Imagine Dragons en el coche y tuve la urgencia apremiante de abrazarte supe que cada vez que escuchara esa canción durante el resto de mi vida, pensaría en ti.

Me creí todo lo que salía por tu boca, te creí cuando me dijiste que yo era diferente, que hacía mucho tiempo que no llevabas a una chica a tu casa y mucho menos que se quedara a dormir en tu cama.

Te creí cada vez que me llevabas a un sitio especial o me sorprendías con una cena a dos mil metros de altura. Juro que creí que era la única con quien lo hacías.

Creí de verdad, o más bien, me quise creer, que acabaríamos teniendo lugar en algún momento, que habría un “nosotros” más allá de ese presente paralelo de pura felicidad que creamos al conocernos.

Y sin explicaciones, poco a poco, y, al mismo tiempo, de golpe, empezaste a desvanecerte y a desdecirte, como si todo hubiera tenido lugar en mi cerebro.

Sin motivo aparente perdiste el interés en mis mensajes, en mis llamadas, en verme… Y no sabes la cantidad de tiempo que me llevó entender que no es que en tu vida nunca le dieras pie al momento o al lugar, era que en tu vida no querías darme pie a mí.

Tan sencillo como eso y tan desgarrador y doloroso al mismo tiempo.

Y de repente, al tiempo, y sin que yo lo pidiera, volvías, como vuelven las personas que se van por voluntad propia.

Volvías y tirabas todo lo que me había llevado tanto tiempo construir. Volvías y me volvías creyente de nuevo, renovando mi fe en ti. Eras mi puñetero milagro mensual cada vez que desbloqueaba el teléfono y veía tu nombre.

Era una época en la que bebía los me gustas y otras pequeñas tazas de casito como si fueran el único vestigio de agua en un desierto infinito. Apuraba hasta la última gota.

Participé como espectadora pasiva en tu juego de entrar y salir de mi vida. Y ya por fin, no sé si fue a la sexta o a la séptima, pero esa vez que por fin fue la vencida, me di cuenta de lo que estabas haciendo, de que yo solo era una suplente a la que mantenías entretenida con unas pocas migas de atención para que estuviera lista cuando necesitaras que saltara al campo.

Porque no es hasta que te llaman a jugar que te das cuenta de que llevabas todo ese tiempo en el banquillo.

Y fue ahí, por respeto hacia mí misma, que decidí que para eso prefería ser titular en otro equipo.

Duquesa Doslabios.