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Algunas de las cosas que nunca nos han enseñado sobre sexo

Recuerdo cuando me crucé al chico con el que tuve mi primera experiencia sexual con penetración (lo que comúnmente se llama «perder la virginidad»), años después del momento.

Nos cruzamos en el gimnasio, soltamos un «Ey» y cada uno siguió a lo suyo.

Habían pasado más de 10 años desde aquel momento, pero no podía afectarnos menos haber vuelto a coincidir.

mujer masturbación

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Cada uno tenía su vida y nos habíamos perdido la pista. Nada nos unía más allá de aquella tarde donde cada uno descubrió la realidad detrás de un coito.

Como buena exalumna de colegio de monjas, la moral de esperar hasta tener un novio serio, alguien por quien hubieran aflorado sentimientos, fue lo que me animó a esperar.

Cualquiera habría pensado que, dándole tanta importancia a ese momento, la persona quedaría grabada de una manera especial y siempre la recordaría con cariño.

Pero no, nos vimos y nos quedamos igual. Fue una casualidad sin más.

Pensando en ese momento, me ha dado por repasar qué otras cosas no nos enseñan sobre el sexo además de que, la persona con quien tuviste tu primer o primeros encuentros, no va a ser nada para ti, más que seguramente.

Por ejemplo, el hecho de que el sexo es algo que surge, irrefrenable y salvaje, que nunca lo tienes que buscar y que, si tienes que hacerlo, es mala señal.

Cuando la realidad es que al igual que hay veces que tienes que currarte las ganas de ir a entrenar o de cocinarte un risotto, con esto pasa igual.

No siempre pasa y punto, a veces tienes que buscar el deseo y hacerlo crecer hasta que llega el momento en que rueda solo y te explota en la mano o en la lengua.

Nadie nos cuenta que no hay una media estándar, ni de duración ni de frecuencia. Que eso de la cantidad ideal de polvos a la semana o los minutos que debe durar un intercambio satisfactorio (5,4 minutos según el estudio de Journal of Sexual Magazine) es muy relativo.

Es más, no nos podemos ni imaginar que casi vamos a pasar más tiempo hablando de sexo que teniéndolo. Estableciendo qué sí, que no vale.

Y entender que, a diferencia de lo que enseñan las películas, no siempre tienes un orgasmo. Y que si no lo tienes no pasa nada.

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Lo que seguramente sí tengas sea dolor de rodillas. Da igual qué postura estés haciendo.

Al cabo de un rato es incómodo de la misma manera que corta un poco el rollo cambiar de posición mientras comentas como si construyeras un Lego, que a ver cómo os acopláis ahora.

Aunque quizás lo que menos nos enseñan y más nos sorprende es lo mucho que puede ser el clítoris de delicado.

Sí, es posible que la mayoría seamos conscientes de la sensibilidad de la zona, pero no hasta qué punto.

Puedes llegar a tener agujetas de estimularlo, hay juguetes cuya vibración produce incomodidad y, si tienes las uñas un milímetro de más larga y lo mueves sin cuidar el ángulo del dedo, estarás un par de días con la zona escociéndote sin poder usarla.

Mara Mariño

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La curiosa relación entre tu vida sexual y la motivación en el trabajo

Sin el estrés de ir a la oficina o tener que encender el ordenador nada más despertarte, las vacaciones son un periodo dorado para tu vida sexual (y el polvo mañanero con legañas lo demuestra).

Porque, por mucho que nos encantaría que, por un lado estuviera nuestra vida íntima, y por otro nuestra vida laboral, sin ninguna conexión aparente, las dos esferas están más relacionadas de lo que pensamos.

pareja satisfacción sexual

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«Si estás satisfecho a nivel sexual, te ayuda a conseguir plenitud en el resto de ámbitos de tu vida, incluyendo el laboral», comentan desde la firma de juguetes LELO.

Así que para quienes tenían de propósito de Año Nuevo petarlo con sus proyectos en 2023, el sexo es el aliado inesperado para alcanzar los objetivos.

Y la razón se encuentra en la dopamina, la hormona que se libera en el sexo y se asocia a la sensación de placer y relajación, junto a la oxitocina, la hormona del amor.

Estas dos sustancias químicas producen una mayor satisfacción personal, haciendo que estemos más enfocados y concentrados.

También afecta a la predisposición cuando se trata de hacer las tareas del trabajo (leer ese hilo de mails va a costarte mucho menos).

Las consecuencias hormonales del sexo en el organismo suelen durar unas 24 horas aproximadamente, de ahí que la motivación del día se construya en las 12 horas anteriores aunque a veces sea difícil sincronizar las ganas.

Hasta se asocia al descenso de bajas laborales por reducir la ansiedad (uno de los principales motivos de solicitar este permiso) y mejorar el sistema inmune aumentando las defensas.

En resumen, una vida sexual plena tiene un impacto directo en la satisfacción laboral y en el compromiso con la empresa.

Pero, si pasa lo contrario, es decir si se tiene estrés en el lugar de trabajo, el deseo disminuye y solo apetece ir a la cama para dormir y ponerle punto final al día.

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Lo más habitual cuando atravesamos un periodo complicado a nivel laboral es que nuestra vida íntima caiga hasta el último puesto de la lista de prioridades.

Esto se traduce en que no consigues centrarte cuando estás intentando disfrutar o que incluso se te olvida hasta masturbarte.

Así que a lo mejor en vez de estar pendiente del mail hasta el último momento para ser productivo, lo más productivo es apagar el teléfono y tener sexo (con o sin compañía).

Mara Mariño

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¿Está cambiando TikTok nuestra manera de comportarnos en la cama?

¿Te acuerdas cuando la única plataforma social online era Tuenti y lo que se llevaban eran galerías de fotos desenfocadas eternas con el pie de «etiquetarse quien quiera»?

Pues TikTok es todo lo contrario. Y el éxito de la red social no se ha quedado en el móvil, sino que podría estar modificando nuestra vida sexual.

Tiktok sexo

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Sí, la red social que ha batido todos los récords de descargas (y según los expertos seguirá creciendo en 2023) está también enseñando a sus usuarios cómo deberíamos comportarnos entre las sábanas.

Por lo pronto, y algo que me sigue rechinando, es el hecho de que los términos como «pene», «vulva» o «vagina» infrinjan las normas comunitarias hasta el punto de que hagan que un vídeo pueda ser eliminado si se pronuncian o aparecen escritas.

Siendo la edad mínima para registrarse de 13 años, deberían ser palabras de uso común y habitual.

En vez de eso, se utilizan versiones alternativas con números o alterando el orden de las sílabas para referirse a lo mismo.

Pero no deja de molestarme el hecho de que parece que no se puede llamar a las cosas por su nombre (algo que por suerte otras redes sí tienen superado).

Y ya sabemos que lo que no se menciona, se invisibiliza.

Es una censura a todo lo relativo a la sexualidad que viene también potenciada por el mensaje de los supuestos coaches del amor.

Los mismos que primero criticaban el bodycount (el de las mujeres, por supuesto) declarando que a mayor número de parejas sexuales, menos ‘valiosa’ era la persona.

Un discurso que también se ha utilizado para criticar aquellas que, de primeras, no quisieran tener una relación sexual argumentando que es algo que puede afectar al ego masculino.

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Quizás los términos o promover una manera de relacionarse sana, sin presiones, juicios ni expectativas, no existen en la red social. Pero lo que sí parece existir (única y exclusivamente) es el punto G.

Un sinfín de vídeos no solo explican cómo encontrarlo, sino la manera de estimularlo o directamente hacen humor de cómo es dar con él -las referencias a chorros de agua o fuentes suelen ser el común denominador de estos vídeos-.

Además de que no todas somos iguales, ni el placer nos ‘viene’ por la misma vía, se pierde la erotización de las otras partes del cuerpo.

Parece que los genitales en redes sociales son como esos libros de Biología, con puntos, números y flechas señalando lo más importante. El resto de la piel pasa a un segundo plano.

Y eso sin hablar de los ‘tutoriales’ para que disfrute más, esos tips universales que prometen ser infalibles, cuando cada persona es un mundo

En resumen, todo lo que veo en TikTok de sexo es mucha performance poca comunicación.

Que se nos olvida que no es la técnica, la teoría o que haya memorizado los 10 giros de dedo índice perfectos para llegar al orgasmo en 30 segundos.

El placer reside en la persona con la que tenemos sexo.

Mara Mariño

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Algunos estereotipos que quiero romper sobre escribir un blog de sexualidad

Hace cinco años empecé a escribir este espacio y, al principio, no tenía muy claro que fuera para mí.

Tenía sexo, sí, como todo el mundo, pero no sentía que en aquel momento tuviera mucho que aportar al respecto.

juguete sexual

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Pero el blog hizo su magia. La de ponerme en contacto con gente que sabía muchísimo de esto. Y ahí empezó la marcha.

La magia de atreverme a frecuentar sitios, con la excusa de que eran para artículo, que de otra manera no me habría atrevido a pisar.

Mi experiencia en un local swinger es el mejor ejemplo…

De llevarme a clases, a charlas, a presentaciones, a probar, a leer a escuchar eso de lo que todo el mundo estaba hablando y sobre lo que quería opinar.

Arrastro el típico tópico, para personas de la generación de mis padres, de que hablo de lo que no se debería hablar.

Acerca de algo que todavía se vive con vergüenza o malestar y que, incluso, puede influirme en ser rechazada, en un futuro, por una empresa donde quiera trabajar.

(Sinceramente, si hablar de este tema con naturalidad me convierte en menos valiosa, no es un entorno de trabajo en el que quiera estar)

Y, aunque ha sido una manera de abrirme sexualmente y abrir también la mentalidad de lectores sobre este tema -o eso quiero pensar-, está el gran estereotipo que, como divulgadora pero también otras profesionales que hablan de esto, nos encontramos, el de nuestra vida sexual.

Quizás uno de mis clichés favoritos es que se da por hecho que tenemos una vida sexual increíble.

Que nos pasamos el día de orgía en orgía y que follamos hasta llevar a nuestros amantes al éxtasis.

Y, por supuesto, que estamos disponibles para tener sexo, o hablar de ello, con cualquier persona.

 

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Un sinfín de mitos que muestran que esta profesión es un caldo de cultivo para el acoso sexual online, ya que hay quien la relaciona erróneamente con la ninfomanía.

Es habitual que completos desconocidos nos aborden preguntándonos, sin ningún tipo de filtro, qué hacemos en la cama, pidiendo detalles sobre nuestros gustos e incluso lanzando propuestas íntimas sin haber cruzado ni un «hola».

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Lo cierto es que hay quien se espera un día a día parecido a la Home de una web de pornografía: hoy trío, mañana lésbico, pasado cockzilla

Pero, como tú, me tomo el café en pijama, no con un conjunto de cuero y cadenas, hago cola en Correos y lo de correrme, bueno, depende con quién.

No niego que escribir tanto sobre el tema me haya vuelto más atrevida, sí, pero también más crítica y exigente.

Mi conclusión, después de cinco años con este trabajo, es que le damos al sexo mucha y muy poca importancia al mismo tiempo.

Mucha porque parece que, si hay oportunidad de echar un polvo de por medio, todo lo demás desaparece.

Poca porque encontrar con quien hacerlo se ha convertido en algo sencillo. Y suele ser una experiencia tan mediocre en la mayoría de casos -sobre todo para las mujeres- que la gracia se ha perdido.

Y es algo que le explicaba hace unos días a un amigo. Que precisamente por tener el tema ‘tan sobado’ empezaba a valorar otras cosas: las conexiones, desprenderme de los roles que me han tocado, la reciprocidad, el detalle

El descubrimiento más excitante que he hecho es el de que el sexo no empieza en la cama, sino en una conversación con la otra persona.

Mara Mariño

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¿Qué edad es la mejor de nuestra vida sexual?

Acabo de cumplir 30 años y nunca, nunca, nunca, nunca había estado tan contenta como ahora con lo que me pasa en la intimidad. Nunca.

pareja cama amor

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Al llegar a la tercera década, me he quitado muchos prejuicios de encima, me he aclarado sobre lo que me gustaba y lo que no y, sobre todo, he dejado de sacarle pegas a mi cuerpo.

Se podría decir que he subido de nivel y, desde mi punto de vista, me cuesta creer que haya algo mejor que esto. Que todavía la cosa pueda mejorar.

Aunque, parece ser que sí que lo hay. No es la treintena la etapa dorada de la sexualidad, esa le corresponde a los 40.

Lo curioso de esos estudios -que parecen señalar la cuarentena como el mejor momento para la intimidad-, es que poco o nada tiene que ver con el aprendizaje de nuevas técnicas (no, no nos convertimos en unas máquinas del placer) y más con la evolución personal.

Me explico, lo que hace que los 40 se lleven la palma es que parecen ser cuando por fin la confianza plena nos alcanza, la auténtica.

Y es la de saber qué es lo que quieres. Quizás hasta ese momento estabas muy ocupada dedicando que energía primero a estudiar, luego a desarrollarte profesionalmente, a los hijos, etc.

En teoría a los 40 estás algo más liberada y te planteas hacer las cosas de manera más independiente, incluso egoísta, si te pones.

Respecto al físico, sí, la presión social por encajar no desaparece, pero la seguridad de sentirte bien en tu propia piel sustituye todo lo demás. Y que todo te la resbala, eso también.

Esa confianza es la que empapa el sexo y te pone la autoestima por las nubes, haciendo que salga tu lado animal.

Así que mi propuesta es que no esperemos más para llegar a ese punto de reconciliación y autodescubrimiento (pero sobre todo de ganas de ponerlo en práctica) de la cuarentena.

Que empecemos ya, aquí y ahora.

Que nos plantemos en el espejo, nos toquemos, nos gustamos, que dejemos la luz encendida y que nos escuchemos.

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Que si queremos algo lo pidamos, que lo consigamos, que nuestro placer sea prioritario.

Y así, a lo mejor, nuestros 20 y 30 son igual de buenos que los 40.

Mara Mariño

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Rompamos con la (mala) costumbre de las citas a la hora de cenar

Hace poco hablaba con un amigo de lo mucho que nos viene mal que la cita romántica por excelencia sea la de cenar con la coletilla del “y lo que surja”.

Pareja cama sexo

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Pero parece que no nos queda otra… La mayoría tenemos un horario de mañana, nos quedamos libres a media tarde y es el momento de ir al gimnasio, ponernos al día con una amiga o hacer esos recados inamovibles (la nevera no se llena sola) aprovechando que las tiendas siguen abiertas.

De ahí que la cena, a última hora del día, se posicione como el plan perfecto. Solo hay un problema, ¿a quién le apetece tener algo después de comer?

Cuando sales a cenar en una cita, lo último que te apetece es pedirte algo ligero por si pasa algo después.

Si comes fuera, quieres comer bien (la ensalada para cenar en casa si eso) y eso suele significar compartir algún entrante, plato principal para cada persona y, en mi caso, que no falte el postre.

Después de eso, la tripa pesa lo suficiente como para que te dé pereza toda actividad física que no sea subir las escaleras que te llevan del portal al ascensor.

Y ya no hablamos de quitarse la ropa. El estómago se hincha durante la digestión -hay quienes parecemos tener un embarazo por un rato-, así que es el momento menos apetecible. En mi caso entra comida, sale confianza.

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A eso hay que sumarle las horas: va a ser tan tarde que, solo de pensar que al día siguiente te espera el madrugón de turno, lo que realmente quieres es ponerte el pijama, darle a tu acompañante las buenas noches y dormir.

Entonces mi propuesta es la siguiente: pongámonos de acuerdo para cambiar esto. No, lo digo en serio.

Se acabó lo de dejarte la camiseta porque no quieres que se note que la fabada te ha dado gases.

Pongámosle fin a esos bostezos de puro sueño cuando te está contando cómo quiere ponerte mirando para cierta ciudad manchega. Empecemos a negarnos cuando el plan se fija a partir de las 21h de la noche.

Mi propuesta para evitar todos esos polvos, que se han perdido en el limbo de la pereza y el sueño, es que quedemos antes (ya te encargarás mañana de devolver el pedido de ropa a Correos), que vayamos a tomar un smoothie, dar un paseo, una bebida con teína, algo que espabile pero con el bastante margen de digerirlo y que por la noche cojamos la almohada con ganas.

Lo que sea para evitar caer en ese estado de pereza del que, por muchas ganas que le tuviéramos, no podemos escapar.

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Hacerlo con ropa: la forma de salir de la rutina que tienes que probar en pareja (o con quien quieras)

¿Sabes el refrán de ‘En casa del herrero, cuchillo de palo’? Pues lo cumplo a la perfección. Mira que tengo juguetes con los que desmelenarme que, la mayoría de las veces, soy más de tirar por lo que tengo más a mano.

Que si un «vamos a la ducha», un pasarme por la cocina a ver si en la nevera hay algo con lo que jugar… A no ser que tengas muy claro que quiero usar algo de mi colección, prefiero dejarme llevar.

pareja cama ropa

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Y es ahí donde entra la práctica que te quiero recomendar para este fin de semana (o para cuando tú quieras, tampoco te obligo a nada), hacerlo con ropa puesta.

O al menos con alguna prenda.

Porque sí, también se pueden echar polvos fantásticos sin estar completamente desnuda. Es un cambio en tu vida sexual muy apañado para el bolsillo y respetuoso con el medio ambiente.

No es solo que no tienes que pasar por ninguna sex shop, sino plantarte delante de tu armario y hacer revisión de lo que puede servirte en estos casos.

Si me preguntas a mí, lo tengo claro. Un top que transparente los pezones (ese que siempre llevas con sujetador), una falda a pelo sin nada por debajo -eso sí, procura no salir de casa por si acaso-…

O, una de mis opciones preferidas, un vestido de tubo lo bastante ajustado como para que remangado no resulte un incordio y lo suficientemente suelto como para que se pueda subir hasta la cintura y usar como punto de agarre.

Ropa de tu día a día que puedas reciclar en este contexto y luego, tras terminar puedas seguir usando como si nada. Lo que, dicho sea de paso, también me parece bastante erótico.

Aunque también soy muy fan de aprovechar para estas ocasiones las prendas que ya van pidiendo la jubilación. Como por ejemplo, las medias que ya tienen pelotillas.

Hazles (o mejor, pídele que haga) un agujero en la costura del centro y déjatelas puestas sin renunciar a que tenga acceso directo.

Puedes marcarte también la clásica de las películas y ponerte su camiseta o camisa, bien arremangada o semiabierta, para que luego, una vez se la lleve, el recuerdo de cómo la usasteis juntos, forme parte de la fantasía.

O en otras palabras, no volverás a ver tu armario con los mismos ojos.

Y, en cuanto a vosotros -no cariños, no me he olvidado de mis lectores-, os han vendido la moto de que la ropa masculina no es sexy.

Bien, dejad que os cambie el chip porque para empezar, que sea sexy o no es algo que os tiene que dar igual. Nos atraéis vosotros.

Sí, llevar un pantalón sin nada por debajo y que nos sorprendáis deslizando nuestra mano por la abertura de la cremallera es tan buena opción como dejaros el cinturón desabrochado y a mano o la camisa entreabierta.

Que no llevéis nada más que una cazadora y las botas u os dejéis los calzoncillos -el efecto push up de la goma de la cintura bajada, cuando os queda el culo a la vista, es una fantasía para los ojos- son otras opciones con las que también podéis jugar (y de paso entrar en contacto con vuestro lado más sensual).

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Al acabar, eso sí, nada de confiarse y guardar la ropa que ha participado en el armario.

Aún recuerdo aquella vez que fui al trabajo directamente desde casa de un chico y no me di cuenta de que había manchado el pantalón con un poco de flujo. Eso me pasó por no haberlo revisado tras limitarme a bajarlo un poco.

Los fluidos son traicioneros. Y aunque te pienses que solo la ropa de abajo se arriesga a ser manchada, entre que tocas, agarras y acaricias es más que probable que acabes manchando otras partes.

Mara Mariño

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De mi yo treintañera a mi yo de 20 años: tranquila, el sexo mejorará

Hoy, que he cruzado el umbral del tercer dígito, no podría parecerme mejor momento para analizar como han sido estos últimos diez años.

De ahí que, a ti -mi yo que se estrenaba en la veintena-, haya decidido escribirte esto.

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El sexo mejorará. Tu repertorio de fantasías, también. No le des tanta importancia a que haya un sentimiento detrás cada vez que te bajas las bragas. Es culpa de tu educación católica. Permítete disfrutar sin apegarte a nadie.

Deja de pensar que algo no va bien porque no llegas al orgasmo en la penetración. Estás perfectamente. Sabes cómo pasártelo bien con tu clítoris. Úsalo.

No te preocupes tanto por el tamaño de su pene. Te da igual por el punto anterior. Preocúpate por cómo mueve la lengua.

Sé sincera. No digas que le llamarás si no vas a hacerlo. Admite que no sientes química entre vosotros y que no habrá una segunda cita, así no pierde el tiempo escribiéndote y tú no te sientes tan agobiada cada vez que lo hace.

No le saques defectos a tu cuerpo porque la publicidad te diga que debes hacerlo. Vas a querer a tus celulitis y estrías porque son parte de ti.

Que no, no tienes las tetas pequeñas, así están perfectas.

Masturbarte cuando te duele la regla va a ayudarte a que se te pasen antes los dolores. Ponlo en práctica cuanto antes.

No te hagas la cera en el pubis. Van a dejar de salirte pelos en algunas zonas para siempre.

De hecho, no te obsesiones tanto con la depilación. A mi edad deja de preocuparte cortarte los pelos y te preocupa más cortarte la uña del índice para no arañarte el clítoris.

¿Y esa postura que tanta vergüenza te daba? Ahora es tu favorita.

Mara Mariño

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‘Green flags’ en la cama

En varias ocasiones me he preguntado qué era lo que hacía de alguien un buen amante. ¿Era que durara mucho en la cama? ¿Que tuviera unos genitales de escultura griega? ¿Que empotrara?

(Si lees mi último artículo, seguro que esto precisamente no).

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No era ninguna de esas cosas porque, lo que realmente me hace identificar si es o no bueno en la cama, es la química.

El chispazo de la mirada al otro lado de una jarra de cerveza o el aleteo en la entrepierna si te entra un selfie que se ha sacado con el pelo alborotado y la barba de varios días sin retocar.

Esa electricidad, que ya anticipa lo que se viene, es lo primero. Aunque no lo único por lo que doy puntos.

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Si analizo lo que realmente valoro, me doy cuenta de que es aquello que me hace sentir tenida en cuenta. Por eso mi lista de green flags -o luces verdes en el sexo- empieza por que se lave las manos antes de empezar.

Los dedos van a jugar un papel importante, ya te lo digo yo. Qué menos que, se metan por donde se metan (ya luego elegimos si boca y orificio), no añadan más bacterias a la ecuación.

Cuando, al poco de que se dé el primer encuentro, se arrodilla y baja antes que yo, la puntuación sube y sube.

Por mi experiencia, no todos los hombres que me he cruzado en el camino están igual de dispuestos a hacerlo. Así que dar con quien lo haga por iniciativa propia, es una maravilla de la naturaleza.

Un buen amante es quien me ve desnuda y preciosa (y lo repite varias veces). Sentirme deseada es el mejor cohete para la autoestima. Si me regalas los oídos, me vengo arriba hasta el punto de que me transformo.

Salgo de mi piel y soy stripper, dominatrix, sumisa, cariñosa, juguetona, fría, seria, switch o mezquina. Tengo la confianza de convertirme en cualquier cosa con una palabra bien dirigida.

Valoro más que cualquier postura digna del Circo del Sol que se preocupe por si me está gustando. Que pregunte si me está haciendo daño o si va bien así.

Un buen amante es quien quiere saber si estoy cómoda o prefiero cambiar. Quien pregunta qué puede hacer para que llegue al orgasmo. Si me toco yo, me toca él o cogemos un juguete.

Porque esa es otra. La liberación y el universo de posibilidades que se abren cuando propone usar un juguete…

Tengo una colección amplia, y que sea consciente de ello -y quiera usarla para disfrutar juntos– es la mejor de las señales.

Es un cartel gigantesco de «Aquí sí es» porque tiene la mente lo bastante abierta de entender que esto es pasarlo bien por placer. Sin más tabús ni rayadas. Eso queda fuera de la cama.

Buen amante es quien me escucha y entiende los límites. Quien para ante la duda o cualquier negativa. Quien da más fuerte porque lo pido y sabe que es mi manera de consentir un disfrute.

Y que se ría. Que se ría de que suena el colchón, el golpeo en la pared, ese muelle que chirría, el condón que cruje, el aire que sale de la vagina y cuando el escupitajo queda repartido a medio camino, porque no se lanzó con bastante fuerza.

Si pasa todo lo anterior, no es que recuerde el sexo como algo memorable. Inolvidable es la persona con la que tuve ese sexo.

Mara Mariño

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¿Y si la fantasía del hombre empotrador no era para tanto?

Define el amante perfecto, el compañero de vicio ideal, el que fantaseas con tus amigas cuando os ponéis a charlar.

Me juego lo que quieras a que se te viene a la mente la imagen un empotrador (el que sea).

Uno conocido con quien has tenido sexo o uno que, en tu cabeza, tiene que follar a las mil maravillas. Una máquina de penetrar.

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Pero, ¿es el empotrador quien más nos hace disfrutar entre las sábanas?

Porque cada vez estoy más convencida de que, todo este tiempo, estábamos engañadas y no era lo que necesitábamos (aunque sí lo que nos vendían).

Yo soy de las que piensa que el empotrador está sobrevalorado. A la hora de la verdad, lo que nos da placer es otra cosa.

La mayoría de los orgasmos, que solo consigo con una estimulación directa del clítoris, me lo confirman. Por mucho que aparezca un empotrador, ahí no es.

No quito lo placentero del roce, de una buena embestida. Pero que la figura del empotrador sea popular, que todo trate de la penetración beneficia solo sale a cuenta a una mitad de los participantes.

Ah, y que una vez tienen sexo, a follar como bestias. Legitima un sexo que arrolla, destroza y hasta maltrata.

Si bien es agradable si te apetece o te va un rollo más intenso, el empotramiento queda romantizado entre las amigas.

Si no te revienta la vagina -y al día siguiente no caminas como un cervatillo recién nacido-, no cuenta.

Igual mi punto de vista es menos popular, pero me encantaría que se popularizara, en vez del empotrador, el que sabe tocarte en condiciones.

Quiero que se reconozca de una vez a esos que saben hacerte un sexo oral de fantasía, que consiguen que se te olvide hasta que se ha puesto a llover y te has dejado fuera la ropa tendida. Los auténticos expertos en lengua (y no la castellana).

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Los que circulan por tu clítoris a una velocidad digna de autopista y van cortando los hilos de lucidez que te atan al cerebro para que, lo único que alcances a sentir, sea el centro de tu cuerpo, palpitando al ritmo que te marca.

Son quienes se merecen para mí, el máximo reconocimiento. Porque el pene está muy bien, nadie lo duda.

Pero que sepa leerte, entenderte, tocarte, estimularte, complacerte, beberte, comerte y correrte, le da de vueltas a cualquier empotrador.

Mara Mariño

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