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Házmelo con ganas, házmelo con ropa

En mi afán por verte desnudo, siempre he pensado en la ropa como en barrera.

Esa que se interpone entre el alimento que ya considero que es tu piel cada vez que me la llevo a la boca.

LELO

Por esa razón, desenvolverte es un pequeño placer.

Un juego al que considero que he ganado cuando veo que las prendas han quedado repartidas por el suelo. Vencidas.

Forman una alfombra multicolor y variada donde terminan desde el abrigo hasta el último de los calcetines.

Pero también coleteros, envoltorios de condones y el bote de lubricante que no encontrábamos porque se había caído al suelo.

Hasta hace poco, me costaba entender que ir vestidos podía formar parte de la ecuación y servirnos para disfrutar de una manera distinta.

Concretamente, hasta que un “no te quites el vestido” se coló, susurrante, en el oído.

Remangar la prenda hasta el ombligo me recordaba cada vez que la vista se enredaba en la tela, que las ganas eran tan urgentes que no se permitían el lujo de pararse un segundo que no fuera a mojar(nos).

Así que has conseguido un imposible: que ahora vea la ropa como aliada de nuestras historias más íntimas.

Y que sea nuestra cómplice cuando en el transporte público se me escurre la mano y termina dentro de tu ropa interior.

Buscando cómo hacer que el trayecto en Metro sea más rápido que nunca.

Es la chaqueta la que me cubre las espaldas al salir a la terraza de la habitación de madrugada.

Cuando me sigues, aunque fuera ya haga frío.

La levantas por detrás mientras miro las estrellas y me la dejo puesta mientras tú me pones a mí y a mil.

El nuevo significado de la tela es que ha pasado de ser estorbo a colaboradora.

Le encontramos cada día esos usos tan prácticos. Y no hay mejor práctica que utilizarla como agarre cuando me bajas el escote de la camiseta porque quieres que se me vean las tetas.

Pero también para tenerme bien sujeta, incapaz de salir cuando me entras.

No sabía que no volverían a sobrarme los pantalones porque los haces sentir tan finos como medias con las yemas o tu lengua.

Porque no hay nada más excitante que aprovechar el viaje en ascensor, para subir a mi casa, que hacer lo mismo con la falda.

Antes tenía un cajón con lencería para encendernos. Ahora es todo el armario el que nos prende.

Duquesa Doslabios.

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Sexo por videollamada: del miedo a la (buena) experiencia personal

Que escriba sobre sexo no hace que todas las prácticas del mundo me encanten. Es más, trabajo aparte, siempre he tenido más predisposición a unas que a otras.

Y, al final, dedicarme también a ello, ha hecho que descubra fetiches o juguetes que ni me planteaba.

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Me puedo atrever a probarlas tanto movida por la curiosidad, como para escribir sobre ellas.

Pero las que forman parte de mi vida íntima, esas que realmente me excitan, son más cuestión de gustos que otra cosa.

De hecho, siempre he tenido muy claro que el sexo a través de una pantalla no era mucho lo mío.

A no ser que se tratara de sexting, por supuesto. Con un teclado a mano y la protección de que no se me ve la cara, me siento lanzada.

No tengo problema en mandar mensajes eróticos o inventarme fantasías o tramas en las que los dos somos los protagonistas.

Manejarme con la cámara es otra historia.

Son dos las cosas que más me echan para atrás del sexo por videollamada. La primera, el posible uso de las imágenes después del momento de pasión.

Por desgracia, el miedo al revenge porn es algo que socialmente se ha conseguido inculcar a las mujeres.

“No mandes fotos desnuda” “No muestres tu cuerpo”. Y, si se filtran esas imágenes, “Es que ella nunca tenía que haberlo hecho”.

Como la culpa va a recaer en mí misma (y no en el ser que las difundiera), era un motivo más que de peso para ahorrarme el trago.

(Soy el claro ejemplo de que todas esas campañas tienen su resultado. Así se nos controla, amigas).

La segunda es la frialdad de la pantalla, el sentirme incómoda delante de una cámara encendida sin tener muy claro cómo moverme o hacia dónde enfocar.

Así que para mí es fácil encontrar excusas para no ponerlo en práctica. Un día es la conexión débil, otro la falta de intimidad, el no haber encontrado tiempo, etc.

Siempre tirando de motivos de peso hasta que llega el día en el que la distancia se hace insostenible y la tecnología, mi enemiga sexual, se convierte en un puente entre dos países.

Que haya confianza absoluta es fundamental en todos los aspectos. Hacerlo con alguien que adore cada centímetro de piel y la respete como para no compartirla sin nuestro consentimiento.

Pero también una tonelada de ganas de sentirse cerca, lo que realmente hace que la barrera del teléfono desaparezca…

Y se convierta en tu herramienta de voyeur. Con la que puedes pedir esas cosas a las que quizás, en directo, prestabas menos atención.

O incluso cumplir fantasías. Que se toque, que enfoque la cámara hacia la zona que deseas… Y tú hacer lo mismo.

Duquesa Doslabios.

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Si soy feminista, ¿por qué fantaseo con que me dominen?

Hasta hace muy poco me sentía una incongruencia con patas. Irreverente e incoherente con mi vida sexual.

Yo, que me las doy de feminista practicante, de esas que defienden la igualdad de lunes a domingo en casa y fuera de ella, no llegaba a comprender por qué mi intimidad se salía de la norma. 

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Era ahí donde los principios se quedaban fuera, o eso me parecía sentir.

Donde quería soltar las riendas y dejar que me manejaran, mandaran, doblegaran, domesticaran y hasta vapulearan.

Ponerme en un nivel inferior, bajar ese escalón, que era ficticio y solo existía en mi cabeza -ya que la cama no tiene doble altura-, me hacía sentir lo que peor se puede sentir una mujer hoy en día.

Mala feminista.

En mi mal feminismo, disfrutaba de una sexualidad con sesgo, en la que interpretaba un rol que poco o nada tenía que ver con mi vida fuera de la habitación.

Y la pregunta de cómo había llegado hasta ahí, me rondaba de la misma manera que me desprendía de los valores una y otra vez pidiendo más. Más control, más duro y más fuerte.

La explicación estaba en mi pasado, por supuesto, algo que cualquier terapeuta podría haber adivinado. Más concretamente en aquellas primeras imágenes que formaron mi despertar sexual.

De las pocas películas que vi, nunca recibí un trato igualitario en la cama, sino más bien vejante y humillante hacia las mujeres.

Fue eso lo que hizo que, desde pequeña, calara en mí la idea de que era eso no solo lo que podía esperar, sino lo que tenía que gustarme.

Sin plantearme si quiera que pudieran existir otras formas de disfrutar, ni poder elegir entre otras opciones, adopté aquellos estímulos sin tener la menor idea de cómo iban a condicionar mis comportamientos y gustos en la cama más adelante.

Ahora no hay vuelta atrás, soy una de las (torcidas) hijas del porno mainstream pensado para que disfrute un espectador masculino.

Y aunque he podido entender el porqué de mi incongruencia, formará parte de mis gustos el resto de mi vida.

Lo que me ha permitido llegar a este punto de comprensión sobre los orígenes de mi intimidad construida ha sido entender que podía ir más allá.

Que el hecho de que la lasaña sea tu plato favorito, no significa que no puedas probar más.

Así que sigo probando, descubriendo, experimentando e investigando. Quién sabe, igual algún día doy con algo que esté más en línea con mis ideales.

Pero si no sucede, estoy muy tranquila. La cama es ese mágico lugar donde no se puede juzgar lo que sea que apetezca.

No voy a ser dura conmigo misma, prefiero limitarme a disfrutarlo pero seguir ampliando las miras.

Y reivindicar que, para las próximas generaciones, no sea una imagen tan desigual la que reciban, el sexo es algo demasiado importante en nuestra vida como para dejar que solo exista una única forma de concebirlo.

Duquesa Doslabios.

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¿Por qué tenemos que parar después de tener un orgasmo ?

Da igual si estás con la persona que más te atrae del mundo, si llevas meses sin tener sexo y sientes que se te han acumulado las ganas o si tu apetito sexual estás por las nubes.

Siempre vas a necesitar parar después de llegar al orgasmo.

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Y la ‘culpa’ la tiene nuestro propio cuerpo por algo que se llama periodo refractario.

Esa fase corresponde al momento que sigue al clímax, cuando las pulsaciones vuelven a bajar el ritmo y la respiración se estabiliza.

Justo después de llegar al orgasmo necesitamos, tanto mujeres como hombres, un periodo de recuperación en el que la excitación baja.

Pero no del todo. También es perfecto para, instantes después, volver a la carga. Tú eliges si tu periodo refractario es el fin de la experiencia o un ‘calienta, que sales’.

Conocer tu periodo refractario es fundamental, porque depende por completo de la persona o incluso ese momento.

Las mujeres solemos tener la capacidad de recuperarnos antes.

Por eso para nosotras es posible volver a la carga al poco tiempo e incluso tener orgasmos casi seguidos (amiga, anímate a conocer tus tiempos).

Para ellos es algo más largo, aunque hacer pis justo después y masajear los testículos de forma suave, son dos consejos que ayudan a que el periodo refractario sea menor.

Ya que se trata de algo natural, lo mejor que podemos hacer es familiarizarnos con nuestra respuesta personal y escuchar al propio cuerpo.

Aun con todo, habrá factores externos -que si el estrés, el cansancio, las prisas o incluso la excitación de nuevo por un fetiche- que pueden modificar estos minutos.

Así que lo mejor que se puede hacer es no agobiarse si se quiere repetir y dejarse guiar por las sensaciones.

Duquesa Doslabios.

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Por culpa del porno estamos haciendo mal estas posturas en la cama

Hay un pensamiento que recorre la mente de todas las mujeres cuando se ve en la situación de bajar a la entrepierna de su acompañante y dedicarse a practicar un sexo oral digno de competición artística.

No es ni cómo colocar la mano, ese fiel apoyo que además evita que te la metas hasta la tráquea, ni la técnica de succión -que sabiendo beber con pajita, tenemos más que cubierta-.

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“Por favor, que no se me vea la cara fea“. Esa es la preocupación que nos pasa por la cabeza.

Somos más que conscientes de que por muy estupendas que salgamos en la historia de Instagram (filter-free o con el Baby Face de turno), cuando tienes que estar con algo metido en la boca y meneando la cabeza como en un concierto, la belleza y gracia natural, se van por la puerta.

Puesta a señalar, considero que la responsabilidad de ese agobio debería recaer en el porno.

Es en las películas eróticas donde la máxima importancia está en tener el gesto siempre a punto.

La mirada pícara, la boca perfectamente voluptuosa y la cara relajada…

En el momento en el que nos centramos en que nuestro aspecto tiene que seguir siendo sensual, ejecutarla en condiciones pasa a un segundo plano.

Aunque no solo nos pasa a nosotras, el cunnilingus puede formar parte de la lista ya que ellos aprenden que tienen que tener la cara a varios centímetros de distancia de la vulva.

Como la cámara necesita que se aprecie la lengua en movimiento, no refleja la realidad de la situación: que nos gusta que la boca esté bien pegada para hacer fuerza y notar que nos están comiendo en condiciones.

Déjate de tanta virguería con la lengua y pon el ‘modo turbo’, amigo.

Un misionero mucho más abierto que en la vida real, es otro ejemplo que se me viene a la mente si me pongo a recapitular lo distinta que resulta mi vida sexual de lo que veo en la pantalla.

Mientras que en las escenas los cuerpos aparecen más despegados (para que se aprecie con todo lujo de detalles el pene saliendo y entrando), el verdadero misionero es un nudo de piernas y brazos, piel con piel, vientre con vientre, pecho con pecho y respiración caliente en tu -y su- cuello.

Cuestión de ángulo resulta también el perrito, sobre todo cuando vemos que en las imágenes, él se encuentra girado y parece que quiere meterla más hacia un lado.

Lo que en vivo y en directo se siente como una incómoda percusión sobre una de las paredes vaginales.

Y ya no me pongo a hablar de la torsión de columna vertebral de las actrices.

Aunque no soy una gran fanática del porno, por mensajes que transmite y estereotipos que fomenta, a la hora de añadir variaciones en nuestra vida sexual, sí nos sirve como fuente de inspiración.

Pero una cosa es lo que vemos en las escenas, pensadas para excitar visualmente, y otra lo que sucede en la vida real donde la estimulación es física.

¿Mi consejo? Sacar ideas y siempre con cabeza. Escuchando qué variaciones del cuerpo parecen pedirnos las posturas, en vez de imitar por completo a los intérpretes.

Duquesa Doslabios.

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El verano del sexo: qué consejo te daría tu mejor amiga

A cada gran crisis le sigue una época de derroche y desenfreno. Y el verano de 2021 parece ser el culmen de la época Covid.

Culparemos a la pandemia, a los meses encerrados, a las mascarillas constantes y a la imposición de la distancia forzada de una única cosa: las ganas extremas de sexo.

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Y ya fundiendo el swipe right cabe preguntarse cómo gestionar la electricidad de este año de revolución sexual.

El tiempo para pensar cómo hacer las cosas de forma diferente o cómo se iba a aprovechar para compensar las oportunidades perdidas.

Imposible dejar de pensar en sexo en el momento en el que los juguetes han experimentado un repunte en ventas llegando a batir récords.

Solo queda preguntarse qué buscar. Qué conexiones crear, si ir a la meramente sexual, si buscar intimidad física y amistad o igual atreverse a por algo más.

En el verano que, según los expertos, se cocerá una ola de ETS –que descubriremos a la vuelta del nuevo curso-, es el momento de hacer las cosas con cabeza.

De evitar que la emoción del momento nos haga poner en riesgo la salud por mucho que tengamos la sensación de estar ya en los minutos de descuento.

Así que, ante la falta de métodos de protección, mejor buscar alternativas libres de contagio (de cualquier tipo).

Siempre nos quedará como opción recurrir a esos juguetes que nos acompañaron en el aislamiento u optar por jugar con las manos.

Porque hay cosas más importantes que dejarnos la precaución en 2020.

Duquesa Doslabios.

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Por qué es importante que los hombres (también) giman en la cama

El ceño fruncido, el gesto crispado, el cuerpo rígido, las manos hundidas en tu cintura como si no hubiera nada más a lo que aferrarse en todo el mundo.

Y, en unos segundos, la boca semiabierta, la mirada perdida, el pulso por las nubes y la cadera contraída.

Sí, él se ha corrido y ha sido maravilloso.

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Creo que pocas cosas me excitan tanto como ver a un hombre en pleno orgasmo. Es para mí un disparador automático.

Al igual que si gime o jadea desde que empezamos a calentarnos.

Los gemidores (por llamar de alguna manera a quienes expresan su gusto más allá de una respiración fuerte) son una especie en peligro de extinción.

Lo habitual entre los millennials de mi generación, educados por un porno heterosexual básico, es ser más bien discretos.

Han recibido un mensaje contundente de las películas eróticas: tú, como hombre debes ser rudo, dar caña, meter un azote, hacerla gritar de gusto hasta que te clave las uñas. Podrás disfrutar, sí, pero de una manera silenciosa.

Y no es ni porque los hombres tengan un registro vocal más grave y biológicamente sean incapaces de gemir (como he leído en algún sitio) o porque solo entre nosotras haya escandalosas.

Viendo cualquier escena porno al azar en la que estén teniendo sexo un hombre y una mujer damos con la explicación.

Si tenemos en cuenta que las películas eróticas mainstream -las populares- son unos productos pensados en su mayoría para un consumidor heterosexual, lo último que este quiere es planos del hombre más allá de un pene de refilón que entra y sale.

Es raro que al actor se le vea la cara o se le oiga. Justo lo contrario que sucede con la actriz, la protagonista de los primeros planos tanto por su cara como por sus genitales.

Así que con una educación sexual escasa, muchos tienden a imitar lo que sucede en la ficción en su vida íntima. Así que es más probable que, tomando nota de las escenas con las que lleva masturbándose desde su adolescencia, reproduzca el comportamiento silencioso.

Si eso dejando salir algún que otro resoplido, pero poco más.

Lo que esto consigue a la larga es que muchos hombres desarrollen una asociación negativa cuando se trata de hacer ruidos en la cama.

Mientras que asumen de manera natural que es la mujer la que tiene que tener una reacción más parecida a lo que han visto (cuando muchas no nos convertimos en sopranos).

Porno aparte, hay algo que tenemos que recordar. En la cama, cada gesto es un feed back.

Un tirón de pelo puede significar “por ahí no”, un empujón “dame más” y un gemido “no te haces una idea de lo mucho que me está gustando esto así que no se te ocurra parar”.

Y es algo que funciona en ambas direcciones, así que expresarnos tanto con el cuerpo como con señales vocales sirve de ayuda para que la otra persona sepa si se está disfrutando de la práctica o incluso si está cerca el orgasmo.

Así que ante la duda, amigo, gime, exprésate y gózalo, porque además de servirnos de guía, nos excita.

Duquesa Doslabios.

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‘El sexo durante el embarazo se asocia a mayor estabilidad y comunicación en la pareja’

La sexualidad es algo que nos acompaña toda la vida y va cambiando a nuestra velocidad. Y, de todas las etapas que atravesamos, es especialmente curioso ver qué sucede durante en el embarazo.

“Cada mujer es un mundo”, me aclara Sandra Escolà Casas, entrenadora personal especializada en embarazadas. Hace especial hincapié en la importancia que tiene diferenciar mantenerse activa (andar, moverse, bailar… todo lo que implica quemar calorías fuera de un entrenamiento) y hacer ejercicio como tal, que también es recomendable.

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“Menos probabilidad de sufrir diabetes gestacional o preeclampsia (afectaciones que solo se dan durante el embarazo), que el parto sea a término (a tiempo normal, entre las 37 y 42 semanas), ayuda a que el feto tenga un tamaño adecuado (menos posibilidades de que tenga sobrepeso u obesidad primer año de vida) y que tenga mejores condiciones dentro del útero para desarrollarse correctamente” son algunos de los beneficios de combinar una vida activa con entrenamientos según la experta.

“También puede ayudar a que la ganancia de peso de la mujer sea óptima y mantenga lo mejor posible su estado físico, existe menos riesgo de que el parto sea instrumentado (aquel que ocurre mediante el uso de elementos externos para sacar al bebé como espátulas o ventosas…), hay mayor probabilidad de parto vaginal que de cesárea, puede aliviar significativamente o llegar a eliminar por completo el dolor lumbar… En definitiva, un mejor bienestar físico y psíquico de la mujer”, resume la entrenadora.

Así que no solo el ejercicio físico es recomendable si no se tienen contraindicaciones médicas. Sobre todo “un programa que combine ejercicios de fuerza y cardiovasculares antes durante y después del parto”, afirma Sandra recordando la recomendación de la Asociación Americana del Colegio de Obstetras y Ginecólogos.

“Siempre y cuando no se indique lo contrario y el embarazo transcurra con normalidad (y no sea de riesgo), el sexo durante el embarazo se ha mostrado seguro e incluso beneficioso”, dice la entrenadora.

¿Cuáles son las ventajas de tener una vida sexual satisfactoria durante el embarazo?
El sexo durante esta etapa se asocia a mayor estabilidad y comunicación en la relación durante y después del parto, y no solo es favorable para la pareja, sino que el feto también recibe beneficios físicos de ellas por las sensaciones placenteras de la mamá (las contracciones de las paredes del útero y vaginales que se experimentan durante el orgasmo).

Por otra parte, la actividad sexual tiene un gran aporte sanguíneo al suelo pélvico de la mujer, lo que hace que aumente la cantidad de oxígeno que llega a la placenta y con ello se dará un mayor bienestar fetal. También ayudará a la futura mamá a estimular la musculatura del suelo pélvico, a aliviar las molestias causadas por el propio embarazo y a ser más consciente de esta zona para cuando llegue el gran día.

@sandra_ecbliss

Como entrenadora especializada en embarazadas, ¿dirías que hacer ejercicio es un aliciente a la hora de tener relaciones a nivel físico y psicológico?
¡Por supuesto! A parte de los innumerables beneficios que nos aporta, el ejercicio hace que liberemos en sangre hormonas positivas como la serotonina, endorfinas o dopamina que harán que estemos de buen humor y regulemos mejor nuestras emociones.

También mejora la calidad de nuestras relaciones sexuales ya que mejoramos nuestras capacidades físicas. Somos capaces de transportar más rápido la sangre en las zonas erógenas y nos puede ayudar a facilitar la excitación ya que mejoramos nuestras conexiones neuronales referentes a nuestro cuerpo.

Por lo general, las mujeres que practican ejercicio físico durante el embarazo tienen menos probabilidad de sufrir depresión en esta etapa y disminuyen su ansiedad. El ejercicio tiene un efecto muy positivo en el estado psicológico: disminuye los estados de preocupación, intranquilidad y agobio que puede sufrir la mujer embarazada.

¿Qué prácticas resultan más aconsejable durante ese periodo?
Lo que se suele recomendar es que cada mujer haga lo que le apetezca. Como te comentaba anteriormente, siempre y cuando no haya ninguna contraindicación y todo evolucione con normalidad, el sexo se puede practicar sin problema. No importa que sea con penetración u sexo oral, lo que a la mujer le plazca y le haga sentir más cómoda.

Cada una es única y diferente cuando se queda embarazada. Hay algunas que descubren un mundo, otras que no tienen ganas, otras que continúan como antes, otras que van por trimestres, ya que es muy distinto el primero de las últimas semanas del tercero.

¿Hay ciertas posturas que es mejor no poner en práctica en algún momento? ¿Cuáles podrían ser las recomendadas según cada trimestre?
En general no hay ninguna postura que no se recomiende. Sí que es cierto que, conforme va aumentando el volumen del abdomen y la presión dentro de este (finales del segundo trimestre y tercero), se recomienda practicar posturas que no opriman el abdomen ni que molesten en el suelo pélvico. Por ejemplo, la postura de lado (“cucharita”) puede resultar bastante cómoda aunque se esté en las últimas semanas.

Aun así, cada mujer y cada pareja tiene que experimentar y ver lo que les resulta más cómodo para que ambos puedan seguir disfrutando. El sexo tiene que ser un encuentro placentero en la pareja y que no tiene que doler ni molestar. Hay que aplicar el sentido común.

Pasado el parto, ¿hay algún ejercicio que nos sirva como aliado para reencontrarnos sexualmente?
Más que un ejercicio en concreto, recomendaría a un/a profesional. Durante el embarazo y todavía con más motivo después del parto, es vital que cada mujer visite a un/a fisioterapeuta experto/a en suelo pélvico, porque así le podrá realizar una valoración y determinará qué ejercicios o técnicas le pueden ir bien para mejorar su bienestar sexual.

También para recuperar o prevenir cualquier afección de este independientemente del parto que hayas tenido. Los fisios expertos en suelo pélvico te ayudarán en esa primera fase postparto, a tratar todos esos cambios que ha sufrido el cuerpo durante el embarazo y tras el parto y, por supuesto, a volver a tener relaciones sexuales placenteras como antes.

Se recomienda hacer esta visita una vez se haya pasado la cuarentena postparto (período de 6-8 semanas desde el nacimiento hasta la recuperación completa del útero y retorno a la normalidad del resto de órganos).

Duquesa Doslabios.

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Ni orgías ni relaciones esporádicas, así podría ser la vida sexual después de la pandemia

Hay una cosa, y solo una, que todos nos morimos por hacer en cuanto recuperemos (de verdad) la normalidad y en la que estaremos de acuerdo.

Leyendo el titular, pensarías que me refiero a tener (mucho) sexo, pero debes darme la razón en que nuestro primer deseo es viajar.

CALVIN KLEIN

Y es que los pronósticos para lo que dicen que vendrá después del coronavirus solo parecen comparables a la euforia de los felices años 20: un periodo de derroches, fiestas, escapadas exóticas

En definitiva, una válvula de escape a nivel global (o al menos en los países desarrollados) como respuesta a la represión a la que nos hemos visto sometidos desde que el Covid llegó a nuestras vidas.

Este último año nos ha transformado como personas. Nos hemos planteado si éramos felices con quien estábamos viviendo, las relaciones de nuestra vida, nuestro trabajo o incluso el techo sobre nuestras cabezas.

Y hay quienes nos hemos encontrado conque queríamos un cambio en alguna de ellas en cuanto pudiéramos dar el salto.

Claro que quizás no como imaginaríamos en un primer momento. Si pienso en mí, cinco años en una relación de pareja con convivencia incluida, cualquiera podría pensar que volver a la soltería, una vez superada la pandemia, significaría desmelenarme al máximo.

‘Compensar’ por partida doble la monogamia y el barbecho con una sucesión de encuentros esporádicos fáciles y divertidos. Pero, ¿es eso lo que quiero (y queremos)?

Los encuentros casuales volverán, por primera vez, a estar bien vistos sin la carga de que estamos exponiendo al grupo de convivencia.

Y no solo eso, sino que, con la tranquilidad de la vacuna, quitarse la mascarilla dejará de preocuparnos más que quitarnos la ropa. Contagiarnos de una venérea será la única enfermedad que nos preocupará contraer.

Es decir, como si estuviéramos en la antesala de un periodo dorado para las pasiones de una noche.

Entonces, si apunta maneras de que eso pueda pasar, ¿por qué no creo que termine cumpliéndose? Ni vamos a follar más ni con tanta variedad de gente.

Mi teoría es que, tras pasar meses aislados en casa, hemos tenido que conocer(nos) en profundidad. Privados del aspecto físico, hemos tenido, como nunca antes, la oportunidad de conectar en un plano emocional.

Y ha sido un éxito.

Si hablo con los pocos solteros que todavía mantengo en el círculo de amigos y conocidos, el sentimiento es bastante parecido. Nadie quiere algo rápido con fecha de caducidad. Lo de antes ya no nos sirve.

Sentirnos solos, aislados, asustados durante tanto tiempo por una amenaza desconocida e invisible y sobre todo, con el miedo ante un futuro incierto, ha dejado en evidencia lo importante que es sentirnos bien en el día a día, tener una estabilidad.

Y no el bienestar fugaz de un orgasmo, el de verdad. El de llegar a casa y poder fundirte en un abrazo con la persona que quieres, de sentirte escuchada contando tu movida del día en el trabajo, el de la cercanía física y sentimental, el de poder sentir que tienes un apoyo incondicional, alguien con quien contar para todo.

En definitiva, aunque no parezca que se aproxime otra cuarentena, dar con quien no se haría tan cuesta arriba si se diera de nuevo un encierro en casa.

Duquesa Doslabios.

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Mucha o poca luz, habitación fría o caldeada: ¿qué es lo que hace que un polvo sea épico?

En el ranking de los polvos en los que menos a gusto me he sentido, ocuparía uno de los primeros puestos aquella vez que -bajo un sol de verano cayendo a plomo-, me pilló el calentón en una excursión por el campo.

No sé si fue la luz deslumbrante, el calor abrasador multiplicado por dos por los cuerpos que estábamos involucrados o incluso la arena clavándose en la espalda (no era un buen día para llevar camiseta de tirantes).

SKYN USA

Más allá de la comodidad de la situación, que cuando las ganas mandan no me permito el lujo de volverme una sibarita, admito que la claridad extrema contribuyó a que se quedara apuntado en la lista negra.

Si puedo elegir, un ambiente más íntimo con un poco de misterio de una persiana a medio bajar o una luz un poco tenue, logran que el momento me parezca mucho más atrayente (y crezca la predisposición).

Y por lo visto, no soy la única. Según un estudio de JOYClub, una comunidad basada en la sexualidad liberal, el 75% de las mujeres participantes contestaron que la iluminación baja era uno de los factores que hacían de un encuentro algo perfecto.

Ya que los hombres responden en mayor medida ante estímulos visuales, no me sorprende que la mayoría prefiriera buena luz llevándole la contraria a las encuestadas.

La temperatura es otra gran diferencia. El estudio revela que nosotras preferimos el frío para que corra de nuestra cuenta subir los grados, mientras que ellos se quedan con un ambiente más caldeado.

En mi caso, sí puedo decir que el invierno da mucho más juego que el verano. Juntarse en busca de calor, meterse debajo de la manta y, por supuesto, sudar entre las sábanas, hacen que la estación más fría del año resulte muy llevadera.

Pero todos podremos estar de acuerdo en que tener sexo en pleno verano -si no hay ducha de por medio-, a veces puede convertirse en un infierno.

Otro dato interesante del estudio es que más de la mayoría de las encuestadas admitió preferir música de fondo mientras que la mayoría de ellos se decantaron por el silencio (o, más que el mutismo absoluto, disfrutar únicamente de los gemidos o sonidos del momento).

Preferencias aparte, movernos en polos tan separados tiene algo muy bueno, y es que nos obliga a no estar siempre en nuestra zona de confort.

Y, a fin de cuentas, volviendo a mi anécdota en el campo, por muy incómodo que fuera, no cabe duda de que es uno de los polvos que mejor recuerdo. Quizás porque es probar lo que hace que variemos y que el sexo no sea solo llegar al orgasmo, sino también una historia.

Duquesa Doslabios.

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