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Lo frustrante no es tener que tocarnos nosotras para llegar al orgasmo, sino…

Tuve un momento en el que decidí que no iba a perderme un solo orgasmo más teniendo sexo.

Pero no me di cuenta de que decidí también, de manera indirecta, ser yo quien se encargara de conseguirlos en pareja tocándome el clítoris.

O al menos la mayoría de ellos.

tocarse clítoris

PEXELS

La logística suele ser la misma, él concentrado en que esa acción que sucede en el piso de abajo, mantenga un ritmo constante y yo con la mano lista para poner el ‘modo turbulencias’ mientras tanto.

Es raro –y bastante complicado, dicho sea de paso- dar con alguien experto en el apaño de tocar a la vez.

Entre que las posiciones no son las más prácticas y el movimiento desvía la mano del clítoris, es muy difícil que eso llegue a buen puerto.

Por eso, la mayoría de las veces, preferimos ser nosotras mismas las que vamos al grano y nos llevamos la mano directamente a la entrepierna o pedimos cambio de postura con un «ponte así, que quiero tocarme».

Y la pregunta: ¿nos frustra de alguna manera que eso sea así casi siempre? Es decir, ¿tener que ser nosotras las que conseguimos nuestro orgasmo?

@meetingmara ¿Nos molesta a las mujeres ser siempre las encargadas de hacernos llegar al clímax? Toma nota de estos tips para sacarle el tema a tu pareja y que se involucre (de una vez) en tu placer 🔥 #placer #placerfemenino #pareja #relación #relaciondepareja #pasion #consejos #consejosdepareja #consejosdeamor ♬ She Share Story (for Vlog) – 山口夕依

En mi opinión, solo resulta frustrante si no veo en la otra parte la misma implicación. Lo desesperante es ver que comunicas cómo te gusta y no se involucran en tu placer.

Porque, como dice una amiga, si gestiona el multitasking de manejar un teclado para jugar a un videojuego, también puede ponerse a hacerme varias cosas a la vez.

Si el problema es la postura, es fácil modificarla. Y no solo eso, la variedad de prácticas nos permite recibir orgasmos en los que desconectamos por completo, como es el caso de la masturbación a cargo de otra persona o el sexo oral.

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El problema es cuando tu clítoris le da absolutamente igual.

Si las posturas son las adecuadas, pero la técnica no es la mejor, él puede participar igualmente proponiendo un juguete como alternativa (aunque la primera vez no sea la mejor).

Están diseñados para una sola cosa y la cumplen a la perfección. Si es tan sencillo, ¿por qué no aprovecharlo?

Quiero terminar diciendo que la responsabilidad de los orgasmos es compartida. Contar cómo nos gusta es lo primero, pasar a la acción lo segundo y buscar alternativas lo tercero.

Cada uno participa a su manera y claro que lo importante es disfrutar. Pero cuando hablo de participar, me refiero a hacerlo de verdad.

No a quedarse mirando cómo la otra persona lo hace todo (o casi) para llegar al orgasmo.

Mara Mariño

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Dejemos de fingir orgasmos o que la regla es maravillosa

Mis padres nunca me enseñaron a fingir, pero aprendí igualmente a hacerlo.

He fingido que no tenía miedo cuando me seguían por la calle yendo sola, incluso cuando los pasos han llegado a mi altura y me han dicho algo.

pareja cama

PEXELS

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He fingido que no me afectaban los comentarios de mis amigos cuando hablaban de sus antiguas parejas. Que si ella era «intensa», «demasiado emocional», una «loca»… He fingido no oír nada, un ataque de sordera instantánea.

He fingido estar muy ocupada, mirando el suelo o la pared, para que el chico del gimnasio -que no deja de mirar-, no pensara que estaba interesada por establecer contacto visual.

He fingido que la menstruación no era para tanto y que ese pinchazo, por el cual quería hacerme una bola en el suelo, no existía. He seguido trabajando.

Y, por supuesto he fingido orgasmos.

Porque ser mujer, para mí, ha sido también eso. Crear una realidad alternativa en la que fuera diferente lo que se veía por fuera, de cómo me sentía por dentro.

Doy las gracias a los avances en educación sexual que nos han liberado. Por ellos, me he permitido dejar de agobiarme por el reloj, que corre sin que yo me corra.

Por pensar que tardo demasiado y salir del paso fingiendo un orgasmo, para llegar a esas expectativas del porno de que solo con meterla es suficiente.

Se me acabó la etapa de refugiarme en un clímax fingido, digno de Oscar, por el hecho de querer terminar o pasar a otra cosa si no sabía cómo darme placer.

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Y dejar de fingir es tan liberador, que ya no quiero dejar de hacerlo.

Tanto como lo es disfrutar de los orgasmos reales, aunque tarden, aunque no sucedan siempre, aunque no sean tan escandalosos como los inventados.

Tanto como que exista una ley que permita que, a aquellas que no puedan trabajar por dolor de menstruación, no tengan que hacerlo.

A la mayoría esta medida no va a cambiarnos la vida. Muchas, como yo, tenemos dismenorrea y eso, aunque duela, no nos da una baja médica.

Pero ya podemos dejar de fingir que estamos delante del ordenador como si nada. Que la sensación de que tus entrañas se están estrujando no tiene que estar acompañada con una buena cara.

Por fin se reconoce lo que, para nosotras, era el día a día con la regla: un problema real que nos afectaba el rendimiento por estar sintiendo un dolor inaguantable.

Y dejar de fingir es dejar de mentir. Aunque signifique hacer ver, por primera vez, que las cosas no son como muchos de mi alrededor quieren.

Los mismos que quieren creer que la puerta del orgasmo se abre solo con su pene. Pero también quienes me han puesto mala cara trabajando, por no poder disimular el gesto de dolor cuando esperaba a que hiciera efecto el ibuprofeno.

Porque en el momento que nuestras diferencias no supongan un impedimento, conseguiremos, por fin, (más que igualdad) equidad de condiciones.

Mara Mariño

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Este es el reto semanal que despierta tu deseo (y puedes hacer con amigas)

Tres amigas y un dilema sobre la mesa: nuestro deseo sexual estaba un poco de capa caída.

Así que nos propusimos algo, durante una semana nos dedicaríamos a tener (al menos) un orgasmo al día y comprobar qué pasaba con esa falta de motivación íntima.

mujer masturbación orgasmo

LELO

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He pertenecido a varios grupos a lo largo de mi vida, el del colegio, la universidad, el del trabajo, el piso compartido… Pero ninguno como «Pepitillas».

Este grupo de WhatsApp se fundó el mismo día en el que tres chicas quedamos a merendar en una tarde cualquiera de primavera.

La misma tarde en la que nos negamos a seguir con la libido por los suelos y nos propusimos hacer todo lo que estuviera en nuestra mano (literalmente) para cambiarlo confiando en algo que he defendido un sinfín de veces en el blog.

No necesitamos tener sexo en compañía para mantener el deseo sexual activo. La masturbación es lo único que nos hace falta.

El objetivo del reto era experimentar en carne propia cómo iba respondiendo nuestro cuerpo a una rutina de orgasmos de los que cada una tendría que encargarse.

Mientras que el desafío era libre -cada una podía decidir cómo y de qué manera llegar al orgasmo- lo que se convirtió en requisito imprescindible era avisar a las demás cuando ya estuviera conseguido.

Fue así como ese grupo de Whatsapp también servía como recordatorio de los deberes de cada día de tener al menos un orgasmo.

Y, una vez cumplida la tarea, mandar el emoji con el visto verde a modo de fichaje.

Pasaron varias cosas interesantes a lo largo de esa semana.

La primera, lo divertido que era pertenecer a esta sororidad de masturbadoras y poder hablar sin pelos en la lengua de por qué nos retrasábamos ese día o incluso compartir algún material que pudiera servirnos de ayuda (un vídeo de chicos bailando realmente anima a cualquiera).

También nos sirvió para motivarnos a seguir el reto cuando a lo mejor se echaba la noche encima y avisábamos a la que faltaba por hacer el check.

Pero sobre todo para compartir cómo nos íbamos sintiendo, especialmente cuando una pasó del modo letargo a que se lo empezara a pedir el cuerpo. Nuestro mayor triunfo, el objetivo de las «Pepitillas» se había conseguido.

Y eso que, a mitad del reto, casi nos rendimos. Una decía que se sentía igual, sin mucho deseo sexual.

Si a eso le sumas que muchas veces lo dejábamos a última hora, cuando más costaba y no nos apetecía, era normal que mantenernos fieles al challenge diario fuera el mayor reto.

En mi caso, al poco de empezar, enseguida noté que la libido me aumentaba.

De hecho se convirtió en imposible mandar mi check orgásmico antes de ir al gimnasio, donde las respiraciones de los que estaban entrenando me despertaban de nuevo.

Era como si el orgasmo me despertara y estuviera receptiva todo el día.

Soy consciente de que, haciendo esto, no hemos descubierto la penicilina. Pero nos quedamos con el triunfo de haber comprobado, con las propias amigas, que somos nosotras mismas las primeras capaces de mantener el deseo encendido.

El gran beneficiario, además de sentirnos más activas, fue sin duda nuestro suelo pélvico y dedicarnos ese ratito a nosotras hablándolo con toda la naturalidad del mundo.

Así que recomiendo que cualquiera se apunte al reto. Aunque si es con amigas, como hice yo con mis «Pepitillas», es todavía mejor.

Es más, le hemos puesto ya punto final (solo hemos necesitado una semana para notar los resultados) y una no descartaba seguir poniéndolo en práctica otra semana más.

Al final, no hay nada más adictivo que el placer.

Mara Mariño

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Así le puedes enseñar a que te haga llegar al orgasmo

Soy la primera que sostiene que el orgasmo no es imprescindible para disfrutar del sexo con alguien.

Pero, tampoco voy a engañaros, es un momento incomparable.

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En casa, cuando lo perseguimos por nuestra cuenta, lo tenemos fácil.

El punto de placer de nuestro cuerpo está tan cogido que, basta con ponernos a ello, para llegar enseguida.

Con otra persona es otra historia.

Puedes tener la suerte de que, por un azar del destino, la manera en que te toque sea la que sueles hacer tú.

O bien que a su estilo -nuevo para ti-, dé la casualidad de que también te pone tanto que consigues llegar.

Pero como no suele ser lo habitual, es muy frecuente que nos veamos en la siguiente encrucijada.

¿Le digo algo o le dejo continuar, aunque no vaya a alcanzar el orgasmo?

Mi recomendación es que, si te apetece llegar al clímax, lo comentes, claro que sí.

Pero sí, tienes que ser tú quien tome la iniciativa, porque la otra persona no sabe qué está pasando por tu cabeza. Ni si quieres tener un orgasmo.

Tomarte un minuto para hacérselo saber, sin que corte el rollo, puede ser tan natural, fácil y rápido como decir que así te encanta, pero que te gustaría correrte.

Aunque hay vídeos en Youtube fantásticos para descubrir de qué manera estimular el cuerpo, deja la pantalla a un lado y opta por el método old school.

Por lo que puedes indicarle cómo hacerlo si es algo tan fácil como un “más rápido/despacio/arriba o abajo”.

Si la explicación es más técnica y elaborada, enseña cómo sueles hacerlo para que fiche tu sistema.

Y, la tercera opción, es que cojas la mano/genital/etc y muestres de qué manera tiene que hacerlo, ya sea moviendo su cuerpo o el tuyo para que se haga una idea del método.

Es importante comunicárselo de manera tranquila, sin insinuar que lo está haciendo mal (porque la manera que te gusta a ti y la que sabe hacer la otra persona no es correcta o incorrecta, simplemente la que os gusta a cada uno o habéis aprendido que le gustaba a otra persona).

Y, si eres quien recibe el consejo, no lo encajes como un ataque, nadie nace sabiendo y cada amante es como desbloquear un nivel nuevo de conocimiento del sexo.

Mara Mariño

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No es que tengas menos deseo sexual, es que tu primera vez fue decepcionante

Recuerdo que, después de la primera vez que tuve sexo, volvía a mi casa en autobús mientras me sentía frustrada.

No sabía identificar qué era exactamente, pero la incomodidad no engañaba. Había sido decepcionante.

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No tanto por él, que estaba en las mismas que yo en cuanto a falta de experiencia, y fue cariñoso y con cuidado. Pero el sexo no me había parecido para tanto.

Tenía ganas de retroceder en el tiempo y decirle a mi yo del pasado que no se agobiara, porque ni fuegos artificiales ni leches.

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Lo que yo no sabía era que ese momento de 15 minutos iba a condicionarme tanto a lo largo de mi vida adulta.

Al menos, es lo que sostiene Diana Peragine, candidata al doctorado en psicología de la UTM.

Su estudio ‘¿Una experiencia de aprendizaje? Disfrute en el debut sexual y la brecha orgásmica en el deseo sexual de los adultos’, ha abierto un melón que ni nos imaginábamos que existía.

Lo que la investigadora habría descubierto es que, la esa primera vivencia íntima, tiene repercusiones duraderas en el deseo de una mujer heterosexual en el futuro.

Lo único que diferenciaba a las mujeres de los hombres que habían participado en su estudio era que, su deseo de tener relaciones sexuales en pareja, solo era menor si en su primera experiencia sexual el orgasmo brillaba por su ausencia.

Es decir: ausencia de orgasmo en tu primera vez, menos deseo sexual de adulta

En cambio, las mujeres que tuvieron un orgasmo en ese momento, estaban más interesadas en el sexo en pareja, y sus niveles actuales de deseo por este eran iguales a los de los hombres.

Curiosamente, el estudio también descubrió que, la primera experiencia sexual de los hombres, no tenía ningún efecto aparente en sus niveles actuales de deseo sexual.

La explicación de esto, dicho sea de paso, es porque cuando hablamos de primera vez, solemos relacionarlo con la penetración y, para ellos, es más fácil llegar al orgasmo por esa vía.

«Antes existía la idea de que el deseo sexual era como el hambre o la sed, que se originaba internamente y surgía de forma espontánea», dice la investigadora.

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«Pero, obviamente, ahora entendemos que es más dinámico y responde a la experiencia, y que las experiencias sexuales gratificantes dan forma a nuestras expectativas sexuales».

Hasta ahora, esa brecha de deseo entre hombres y mujeres sanos, que persiste a lo largo de la edad adulta, perpetuaba el mito de que las mujeres tenemos un impulso sexual naturalmente más débil que los hombres.

Pero lo interesante del estudio es que, por primera vez, se pone en duda que haya unas diferencias fijas en el deseo sexual según el género.

La actividad sexual puede resultar desmotivante por esa primera experiencia carente de orgasmos, ya que es la parte común en la socialización sexual de las mujeres.

«(Es un) debut sexual más frustrante que gratificante«, comenta la experta.

Y, ¿cómo no darle la razón si yo misma viví en carne propia esa primera vez que me dejó desilusionada?

El problema es que si seguimos relacionando nuestra primera vez con el coito, nosotras siempre vamos a llevar las de perder.

O empezamos a dejar de llamar preliminares al resto de prácticas sexuales (con las que, por cierto, las mujeres tenemos más posibilidades de alcanzar el clímax), o nos ponemos las pilas en la educación sexual.

Y esto pasa por enseñar el papel que tiene el clítoris también en el coito pero, sobre todo, mentalizar de que el placer -y el orgasmo- debe ser compartido y no algo que monopolice solo uno de los participantes.

Mara Mariño

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Las 20 mentiras sobre el sexo que todos hemos escuchado

El sexo es como un idioma: se aprende practicándolo.

Y si repetir una y otra vez no es lo único que se necesita para mejorar, sí que ha hecho que descubriera la cantidad de mitos que me he llegado a creer desde que empecé hasta hoy.

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1 – Que era virgen y solo me podría ‘quitar’ la virginidad un hombre.

2 – Que mi vagina siempre debe oler a rosas o estar recién lavada con agua y con jabón. Que el pene igual. Que ese olor particular, que empapa la habitación, es algo sucio.

3 – Que si no hay penetración en algún momento, no cuenta como tener sexo. No, ni aunque te haya follado con la boca o con los dedos.

4 – Que sin penetración, no podía llegar al orgasmo en pareja.

5 – Que todo acaba en cuanto él se corre, porque no se puede seguir. Que solo queda limpiarse con el papel y ponerse a otra cosa.

6 – Que si no hay amor, no se puede tener sexo. Que hay que esperar a tener una conexión emocional más profunda porque solo con atracción física no basta. O es de guarras.

7 – Que si te dejas dar por detrás, también. Que él nunca se queda con la que tiene sexo anal.

8 – Que en el sexo lésbico no hay que usar protección porque no hay riesgo de quedarte embarazada. Que no hay anticonceptivos para la vulva.

9 – Que si solo haces sexo oral, no hay riesgo de que te contagies de nada.

10 – Que el tamaño del pene importa. Y la duración también.

11 – Que para dar placer a una vagina, tienes que hacer mete-saca. Muy rápido, como si inflaras una rueda de bicicleta con una bomba de aire.

12 – Que son ellos los que siempre tienen más ganas. Que a nosotras nos apetece (o nos gusta) menos.

13 – Que la píldora anticonceptiva es tu mejor amiga. Que vas a tener una vida sexual increíble y no va a afectar a tu libido para nada. Y si afecta, tienes que comportarte como si nada.

14 – Que es como en el porno.

15 – Que si ya has dicho que sí, no puedes decir que no si de repente, o por lo que sea, cambias de idea. Que no le puedes dejar ‘a medias’.

16 – Que el sexo en el agua es una pasada. Que ya sea en la ducha, piscina o bañera, el líquido ayuda a que todo sea más fluido.

17 – Que es algo muy limpio y aséptico cuando en realidad terminas en una mezcla de flujos, semen, sudor y babas (y siempre pringarás tus sábanas).

18 – Que la vagina siempre está preparada para tener sexo. Que no cambia ni la facilidad a la hora de lubricar ni su posición según el momento del mes.

19 – Que usar juguetes sexuales significa que no estás satisfecha con tu pareja. Que no vas a poder volver a disfrutar del sexo sin ellos. Que son para pervertidas.

20 – Que lo que hace que seas un buen amante son las ganas, en vez de la comunicación, la reciprocidad o la confianza.

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Vamos a normalizar que los hombres giman durante el sexo

Miércoles 5 de enero. 10 de la mañana. Pongo una película porno conectando los cascos al ordenador para inspirarme.

(Cada una empieza el día como quiere)

Una pareja está teniendo sexo en el sofá al estilo perrito. Ella gime a tal volumen que me asusto de que alguien de mi familia haya podido oír el sonido.

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Me quito un auricular y compruebo que todo sigue en orden.

Cuando devuelvo la vista a la pantalla han cambiado de postura. Pero hay algo que sigue igual.

Ella continúa expresando el placer a voces mientras él solo suelta algún que otro resoplido. Nada más.

La escena es habitual -la de ellos callados mientras practican sexo- y es algo que se ha repetido durante años en mi vida sexual.

Raras han sido las veces que me he encontrado con alguien capaz de soltarse y gemir.

Cuando papá porno enseña que soltar esos sonidos agudos y con deje casi lastimero es algo femenino, ¿qué hombre se atrevería a replicarlos?

Sorprendentemente, estamos rodeadas de gemidos masculinos en nuestro día a día.

Son los que suelta Nadal cuando juega al tenis, dándole un raquetazo a la pelota con todas sus fuerzas.

Son también los que oyes a los musculosos del gimnasio cuando cogen las mancuernas y hacen press de pecho.

A más peso, más esfuerzo y más alto es el quejido. En ese contexto liberar el sonido no les avergüenza.

Está bien visto gemir si es para probar que estás llevando al límite tu cuerpo, con una demostración de fuerza digna de competición de culturismo.

Pero no para estimular o gozar más con tu pareja. Según la ciencia, ese grito irrefrenable facilita la ventilación pulmonar lo que ayuda a la relajación.

También la comunicación no verbal durante el sexo significa disfrutar más del momento y por tanto, una mayor satisfacción íntima.

Así que dejar salir los gemidos tienen tantísimas ventajas, que es demasiado bueno como para no hacerlo.

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Como una guía sonora, a nosotras nos sirven de indicativo. Sabemos que él lo está disfrutando y eso nos motiva a seguir adelante.

A chupar más hondo, morder más fuerte, lamer más seguido o movernos más rápido.

Como buenas voyeurs, nos gusta verle rendido a lo que está sintiendo. Y no hay nada como el chute de autoestima por ese placer que entregamos -y a la vez nos pertenece por generarlo-.

Que nos pone cachondas, vamos.

Duquesa Doslabios.
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¿Por qué mi cabeza me boicotea los orgasmos?

Es inexplicable el sabotaje que a veces ejerzo sobre mi persona cuando se trata de llegar al orgasmo. Te pongo en situación.

Me lo estoy pasando bien. Bien nivel la ropa está ya por el suelo, el tanga seguramente perdido debajo de la cama y tengo una cabeza entre las piernas.

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Además, tengo una almohada para estar aún más cómoda y no hay nadie más que nosotros dos en casa.

Respiro hondo y veo cómo mi caja torácica sube y baja. La imagen de mi pecho y su pelo es tan estimulante como las sensaciones que me recorren el cuerpo.

Y, de repente, mi cerebro, hasta ese momento desactivado, cobra vida propia y empieza a hablarme.

«Estás tardando mucho», «No sé, yo creo que hoy no es el día», «Mejor haz otra cosa, no te vas a correr«…

Los pensamientos intrusivos me cortan el rollo hasta el punto que las predicciones mentales se cumplen. Ya no consigo llegar al orgasmo.

Por mucho que él esté ejecutando el cunnilingus perfecto, que el momento y el lugar acompañen y que esté con el deseo por las nubes, siento que el clímax se me escapa cuando le doy vueltas a la cabeza.

Nuestra práctica compartida más visceral necesita que la mente esté en un lugar tranquilo, casi como si se apagara.

Por esa razón, el primer consejo que te puedo dar es dejarte llevar intentando frenar los pensamientos.

Despedirse de lo que genera tensión y esas ideas que solo sirven para distraer y centrarse en las sensaciones del cuerpo.

Pero si no funciona y la vocecita interna se sigue colando en tu polvazo, puedes aprovechar que el cerebro tiene ganas de trabajar y reconducirlo.

Cambia la dirección y acude a esos pensamientos que te excitan, a tus fantasías. Cierra los ojos con fuerza y que sea tu consciente el que potencie lo demás.

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Y ya puesta a que se cuelen ideas negativas, puedes plantearte también la práctica al revés. En que bajo ningún concepto quieres tener un orgasmo y que si notas como cada vez crece más el placer, estás fallando.

Aquí la psicología inversa también puede ser la solución. Siempre resulta estimulante el pensar que estás haciendo algo ‘prohibido’ (aunque sea por ti)…

Duquesa Doslabios.
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¿Por qué tenemos que parar después de tener un orgasmo ?

Da igual si estás con la persona que más te atrae del mundo, si llevas meses sin tener sexo y sientes que se te han acumulado las ganas o si tu apetito sexual estás por las nubes.

Siempre vas a necesitar parar después de llegar al orgasmo.

UNSPLASH

Y la ‘culpa’ la tiene nuestro propio cuerpo por algo que se llama periodo refractario.

Esa fase corresponde al momento que sigue al clímax, cuando las pulsaciones vuelven a bajar el ritmo y la respiración se estabiliza.

Justo después de llegar al orgasmo necesitamos, tanto mujeres como hombres, un periodo de recuperación en el que la excitación baja.

Pero no del todo. También es perfecto para, instantes después, volver a la carga. Tú eliges si tu periodo refractario es el fin de la experiencia o un ‘calienta, que sales’.

Conocer tu periodo refractario es fundamental, porque depende por completo de la persona o incluso ese momento.

Las mujeres solemos tener la capacidad de recuperarnos antes.

Por eso para nosotras es posible volver a la carga al poco tiempo e incluso tener orgasmos casi seguidos (amiga, anímate a conocer tus tiempos).

Para ellos es algo más largo, aunque hacer pis justo después y masajear los testículos de forma suave, son dos consejos que ayudan a que el periodo refractario sea menor.

Ya que se trata de algo natural, lo mejor que podemos hacer es familiarizarnos con nuestra respuesta personal y escuchar al propio cuerpo.

Aun con todo, habrá factores externos -que si el estrés, el cansancio, las prisas o incluso la excitación de nuevo por un fetiche- que pueden modificar estos minutos.

Así que lo mejor que se puede hacer es no agobiarse si se quiere repetir y dejarse guiar por las sensaciones.

Duquesa Doslabios.

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La negación del orgasmo o cuando el objetivo es quedarse a medias

Ponte en situación: estás a puntito de caramelo. Tu cuerpo empieza a temblar sin que lo puedas controlar.

Sabes que los dedos de tus pies han cobrado vida propia y notas una acumulación de tensión en la entrepierna que pide a gritos que te sueltes y te dejes estallar.

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Y justo cuando vas a abrirle las compuertas a un orgasmo espectacular, se te cuela un pensamiento en tu cabeza.

«Creo que el programa de centrifugado ya ha terminado, debería tender ya la ropa antes de que se haga de noche».

Y es así como tu clímax se va de golpe. Sin quererlo, te has provocado un orgasmus interruptus y, como el autobús de esta mañana, se ha ido sin que puedas alcanzarlo.

Tus opciones son dos: dar por finalizado el momento o seguir para ver si llega en un rato. Pero lo habitual es que te acompañe una sensación de impotencia por su pérdida.

¿Cómo te quedas si te digo que esta práctica de quedarse a medias tiene su público?

Lo que para ti es una cortada de rollo, forma parte del universo del BDSM y se conoce como negación del orgasmo.

Es algo que puedes practicar ya sea en el rol dominante o en el sumiso, lo importante es que el final debe quedar interrumpido.

Y no, no se debe confundir con el edging, que consiste en jugar con los niveles de excitación propios o de la otra persona sin dejarle llegar al orgasmo durante un tiempo.

Mientras que el edging sí que termina con una fabulosa corrida (más placentera por el juego de ir retrasándola), la gracia de la negación del orgasmo es precisamente cortar el clímax.

Te doy otra razón para que lo practiques si esta no termina de convencerte.

Dejar el orgasmo fuera de la ecuación permitirá que te centres en encontrar placer en otros detalles y que puedas profundizar en el lenguaje del contacto con la otra persona.

¿Te animas a probarlo?

Duquesa Doslabios.

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