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El blog de Lilih Blue El blog de Lilih Blue

Historias de amor, sexo y otros delirios

Archivo de la categoría ‘orgasmo’

Estás cordialmente invitado a mi orgía emocional

Tengo una idea, hagamos un trío esta noche: tú, yo y la cama. Porque sí, porque me apetece, porque quiero compartirte un poco y terminar con la habitación llena de rastros, prueba de un crimen pasional en el que lo único que nos cargamos fueron las ganas de dormir (o las de despertarnos).

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Será testigo la manta, que podría ser llamada a declarar mostrando las arrugas incriminatorias a lo largo y ancho de las sábanas. Mi piel, en cambio, guardaría silencio en el estrado, cómplice de tu modus operandi fácilmente adivinable siguiendo las marcas de los besos húmedos bien repartidos. No eres de dejar vacíos.

Los sutiles van por el cuello y los otros se pierden con lengua de por medio allí donde tú ya sabes. El sitio que yo quiero saber que sabes y que sepas que bien sabe para ambos aunque solo uno lo saboree.

Quiero que hagamos un trío, uno de esos que puede convertirse en cuarteto en cualquier momento cuando el suelo (¡ay, el suelo! Ese que siempre tiene ganas de participar) nos termine llamando. Y que al final, me dejes entre la espada y el parqué, sin más elección que una erección, sin escapatoria.

Porque por mucho que la adrenalina del ‘Pilla pilla’ era que te persiguieran, no había nada más intenso que sentir que te habían pillado, que es justo como me siento contigo, total y completamente pillada. La diferencia que tengo con el juego es que cuando era pequeña tenía que correr para que no me pillaran y contigo es más probable que me corra después de que me hayas pillado el punto.

Vamos a hacer un trío que termine con el espejo, ese voyerista que no se cansa de asistir como espectador a nuestras fiestas de piel y endorfina y que alguna vez, de pasada, le he pillado devolviéndome la mirada.

Si siendo dos con él hacemos tres, vamos a seguir haciéndolo hasta que nos dupliquemos en su superficie y lleguemos al cuatro, o al cuarto orgasmo, lo que venga antes. Hasta que vea doble y sienta que mi reflejo, por mucho que parezca disfrutar de ti, tenga envidia de lo que estoy viviendo a este lado del cristal, porque solo una de las dos tiene las tres dimensiones de ti.

Y al final, después de tantos participantes, me daré cuenta de que no me importa cuántos invitados improvisados se unan a lo largo porque pase lo que pase siempre me voy contigo, y es eso precisamente lo que cuenta, que dentro y fuera me voy contigo.

Duquesa Doslabios.

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Masturbación femenina: los beneficios que (aún) no conocías

A veces me da la sensación de que el mundo se está yendo al traste cuando me encuentro en la tesitura de escribir un tema en el que a las mujeres os doy razones para masturbaros.

El clítoris: amigo, no enemigo. YOUTUBE

Amiga, lo de que va a producir ceguera, te van a salir granos o pelos en las manos estaba muy bien cuando el doctor Kellog quería evitar que los jóvenes practicaran el onanismo (y al final acabara creando los cereales) pero no es la realidad.

No te va a producir ninguna de esas cosas, obviamente tiene efectos en tu organismo, pero no son los que tu crees. Si es algo que no haces regularmente ¿quieres saber a qué te ayuda?

La masturbación no hace que bajen las probabilidades de que te corras teniendo sexo. Au contraire mon amour, conocer tu cuerpo, saber cómo son tus ritmos orgásmicos y en definitiva saber cuándo hay que seguir porque estás a punto de tocar el cielo (sensorial), es algo que se consigue con una única cosa: la práctica.

Por supuesto que puedes hacerlo con tu pareja, pero estando sola a tu rollo con tu musiquita, tu escena tórrida del libro que estás leyendo y tu mano (empleada en el modo que prefieras), estás más que preparada para pasar un buen rato (o varios).

En pareja te permitirá mejorar la comunicación, más que nada porque es mucho más fácil explicar algo con lo que estás familiarizada que tratar de indicarle a tu acompañante lo que tiene que hacer si tú eres la primera que no sabe ni cómo le gusta.

Los orgasmos producen espasmos en la zona vaginal, lo que consigue que se liberen tensiones musculares. No sabes lo bien que viene eso hasta que estás en plena crisis de “siento que me perforan el bajo vientre con un taladro” tan característico del ciclo menstrual (para algunas).

El ibuprofeno y el paracetamol vienen bien, sí, pero una dosis de orgasmo te permite relajar la zona y que el dolor se vaya antes. Además no tienes que esperar cuatro horas entre uno y otro.

Orgasmo llama a orgasmo, no sé si es un refrán, pero la posibilidad de tener otro se debe a que las mujeres no necesitamos tanto tiempo de recuperación como los hombres. Averigua cuántos segundos necesitas de “descanso” y vuelve a la carga. Porque uno está bien, pero dos (o tres) por el mismo precio, está mejor.

Así que después de leer esto, razones no te faltan. Las ganas son lo único que tienes que poner de tu parte.

Duquesa Doslabios.

¿Quieres mejor sexo? Hazte feminista

Si tuviera que resumir en una palabra lo que ha supuesto el feminismo en mi vida sexual, os resultaría familiar el término: orgasmos.

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Cuando empecé a tener sexo (me refiero a acompañada, claro, sola ya lo llevaba practicando bastante tiempo) aquello eran unos cuantos meneos, se corre, tiramos el condón y a dormir. Fin del cuento. Normal que no me pareciera para tanto.

Me preocupaba pensar que algo no funcionaba. Primero pensaba que era yo, pero, como os he dicho, había sido muy capaz de llegar al orgasmo yo sola sin que nadie tuviera que explicarme nada. No entendía por qué no me lo pasaba tan bien como en todas esas comedias románticas, en las que, solo con rozarse, ya llegaban los gemidos al cielo.

Y entonces lo entendí. Por supuesto que yo sabía cómo darme placer, eran ellos los que no. Y claro, iba a quedar muy mal que yo le llamara la atención a mi acompañante, o eso pensaba, por lo que me limitaba a fingir un poco y luego a terminarme la faena en casa.

Hasta que llegó el día en el que me di cuenta de que estaba viviendo en una mentira, una enorme, y que quería empezar a ser sincera, no solo con ellos sino conmigo misma.

Fui franca y los orgasmos falsos se acabaron, lo que hizo que vinieran los auténticos y esa brecha orgásmica descendiera.

Me di cuenta de que quería igualdad en la cama, que si él se corría, yo me corriera también. Y no era algo egoísta, ni que no quisiera que él no lo disfrutara, sino que ambos recibiéramos placer.

El feminismo me quitó la tontería de encima, la de los orgasmos y muchas otras, como por ejemplo los complejos. Comprendí (al fin) que tenía que quererme tal y como era y que aquello no cambiaba en función de si estaba más o menos depilada, de si mis tetas estaban o no caídas o de si el culo tenía celulitis, que daba exactamente igual.

Eso de “el macho tiene que mandar en la cama unga unga” era mi concepción pre-feminista. Mi yo feminista entendió que era más divertido compartir la “dominación” en el colchón y no ser siempre la que se deja llevar. Tomar la iniciativa y experimentar es algo también muy placentero.

Que me aburro

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Pero feminismo también es asumir la responsabilidad, entender que si algo sale mal no es que hayas topado con un mal amante y ya está, sino que está en mano de los dos hacer de la experiencia algo sobresaliente.

Con el feminismo aprendes a darle al sexo la importancia que tiene, mucho menor que la que me vendían en el colegio,  que, supuestamente, tenía que ir ligado siempre a un matrimonio con amor. Resulta que podía tener sexo con alguien solo porque me apeteciera y no pasaba nada. No se me ligaban las trompas de Falopio, no era una puta ni una guarra. Era una mujer disfrutando de su vagina (y de otras partes, sin duda).

Para todos aquellos preocupados que piensan que el feminismo está en contra del sexo, os diré algo, todo lo contrario. El feminismo le da a la mujer la libertad de disfrutar de su cuerpo, está a favor del placer que durante tanto tiempo hemos tenido prohibido.

Quiere la igualdad en todos los aspectos, quiere que puedas disfrutar de una buena comida y que te traigan a ti la cuenta, en vez de dar por hecho que va a pagar él, y que disfrutes sin complejos de los postres que ofrecen las entrepiernas.

Duquesa Doslabios.

Las cosas que debes tener en cuenta para hacer (bien) un trío

Hoy, en otro de mis posts de “La vida real no es como una película porno” os hablo de cómo debemos disfrutar de un trío y hacer de la experiencia un momento gratificante.

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Lo de que nada más llegar se tire todo el mundo a la cama unos encima de otros, no es tan así teniendo en cuenta que, sobre todo si es el primero, estarás con la confusión propia de “Si ya a veces me agobio con una persona, ¿cómo voy a apañarme con dos?” Te apañas, te lo digo yo.

En primer lugar, parece muy obvio, pero el primer consejo es relajarse. Todos estáis ahí reunidos de libre voluntad para hacer lo mismo, nadie está obligado. Y, además, si por lo que sea, hay algún momento en el que no lo ves claro, puedes decir que no. No te tienes que sentir forzado a hacer nada que no quieras. Siempre te puedes marchar y listo.

Abre la mente. No juzgues. A la cama se va con la ropa y las vergüenzas fuera. Un trío es ante todo una vivencia para pasarlo bien, para darse placer. Es algo que bien hecho da muy buen rollo y mal hecho… Da lugar a las risas. No te lo tomes muy a pecho, no es un examen de selectividad. Si es la primera vez en tu vida que practicas sexo oral con alguien de tu género y parece que estás soplando una gaita, es mejor reírse y quitarle hierro a la situación que cerrarse en banda y entrar en barrena.

Además siempre puedes preguntar. Nadie nace sabiendo. Por mucho que te hayas hecho pajas a lo mejor no sabes cómo manejar la de otro chico. En ese caso pide “ayuda”. Y es que lo mejor que puedes hacer es dejarte llevar, olvidarte de todo y fiarte simplemente de tu instinto animal.

Este consejo, ya más personal, es que, si tienes la oportunidad, te bebas una cerveza previamente con los participantes. Os ayudará a liberar tensiones. Todos tenemos miedo sexual escénico, y más si entre el público hay una persona extra.

Pero si te decides a probarlo y sigues los consejos que te comento, independientemente sea o no el polvo de tu vida, recordarás la experiencia de manera positiva.

Duquesa Doslabios.

Las cosas que he aprendido de sexo a lo largo de mis 20 años

Puedes ponerte a follar mientras haces el amor, con rabia, con fuerza, con desenfreno, con ganas, contra la pared… Pero nunca, mientras follas, podrás fingir que estás haciendo el amor.

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Esa fue una de las primeras cosas que aprendí a lo largo de mi veintena, que más allá de la química, los sentimientos no los podía simular. Aprendí rápido a diferenciarlo, por mucho que las películas y libros de mi adolescencia me insistían en que solo estaba bien hecho el sexo si era con alguien con quien me uniera un sentimiento.

Admito que con los años me he relajado, y es que al principio, la mera idea de tener sexo era sobrecogedora de todo el esfuerzo que implicaba por mi parte.

No sé bien por qué, insistía en comprarme lencería cada vez que conocía a alguien. Y eso sin contar las horas depilando cada zona de mi cuerpo al milímetro para que no hubiera un solo pelo fuera de sitio, que, por aquella entonces, tenía la impresión de que la más mínima aparición de vello corporal cortaría cualquier posible oportunidad de tener sexo.

Pero como os digo, me he relajado. Si bien lo de la lencería lo he dejado para ocasiones especiales, para dar una sorpresa de vez en cuando, la depilación se ha vuelto un tema secundario hasta llegar al punto de que apenas le presto importancia.

Si antes era algo para ellos, para seguir su fantasía de que ahí abajo las mujeres somos lampiñas (también es cierto que mis compañías venían muy influidas con el porno), después empecé a dejármelo como yo quería, ya fuera por gusto o comodidad, y, para mi sorpresa inicial, no cambió nada en absoluto.

Dejé de pensar en el sexo como en un escenario donde tenía que dar lo mejor de mí SIEMPRE: probar cincuenta posturas en un minuto, subir una pierna, moverme, tener siempre el pelo perfecto o la luz adecuada para que no se me marcara la piel de naranja. Entendí que mi vida sexual no tenía por qué parecerse a una película porno, que disfrutaba más sin tanto agobio y dejándome llevar.

Me di cuenta de que mi cuerpo era perfecto para el sexo independientemente de arrugas o cicatrices, de kilos de más o de menos, de que tenía que dejarme de complejos porque mi vagina no cambiaba para nada y que el clítoris, menos todavía.

Durante los veinte años me di cuenta de que el sexo estaba sobrevalorado. Que no el placer, sino el sexo, el acto en sí, el “toma y daca”, el “mete y saca”. Pero claro, al empezar mi vida sexual aquello era el culmen, el broche, el punto final, lo demás son solo paradas breves antes de la última estación. Pero pasan los años y descubres que no todo es el coito, que la mayoría de las veces una buena comida puede ser mucho más espacial (por aquello de que es como antes subimos muchas a las estrellas).

Aprendí a “ser egoísta” en la cama, a mirar por mi placer porque ellos no lo hacían. A tomar riendas en el asunto y dejar de fingir unos orgasmos que nunca sucedían. A pararme y decir “me gusta así”, porque con el tiempo, le perdí la vergüenza a hablar y prefería sincerarme antes que seguir con unas interpretaciones que habrían sido de Óscar.

Por animarme a hablar, aprendí a ser sincera y también a ser empática. De mi primer encuentro con un gatillazo, solo recuerdo sentirme incómoda y poner distancia de por medio, los pocos que vinieron detrás me hicieron más comprensiva y que mostrara mi apoyo, lo que, definitivamente, tuvo mucho mejor resultado.

Me di cuenta de que mi número daba absolutamente lo mismo y aprendí a quitarle importancia al hecho de tener sexo en una primera cita, en la número 37 o a no tener sexo en absoluto en meses.

Y es que por último, aprendí que, si a veces no me apetecía, estaba bien y no pasaba nada. Hormonal, emocional o personalmente he pasado por momentos en los que la libido estaba en las nubes y otros en los que no me apetecía ni la de Vladimir (una paja y a dormir). Imagino que, al final, no es que haya aprendido más o menos sobre sexo, sino que, a lo largo de mis veinte años, he aprendido sobre mí.

Duquesa Doslabios.

‘Salir del armario’ como mujer clitoriana

Hay muchos días felices en la vida de una mujer, pero en ninguno me quité tanta presión como el día que descubrí que era clitoriana (no, ni siquiera cuando terminé la Selectividad).

El clítoris: amigo, no enemigo. YOUTUBE

La clitoriana, sin duda, nace, no se hace. Desde que empiezan a formarse sus órganos genitales, su manera de conseguir orgasmos es una u otra. O bien será estimulación indirecta del clítoris (lo que se puede llamar “vaginales”) o por estimulación directa.

Cuando empecé a tener consciencia de mi sexualidad, lo de conseguir orgasmos con estimulación directa del clítoris me parecía lo más natural, rápido y práctico del mundo. De hecho, cuando tuve mi primera experiencia sexual no entendía a qué venía tanto alboroto. Entre que era la primera vez también de él y que el pobre no habría encontrado el clítoris ni con un Tom Tom en la mesilla de su cuarto, fue una experiencia normal.

Normal no por “normalidad respecto a norma o regla” sino por “característica habitual” que se empezó a dar en todos mis encuentros sexuales.

Me llamaba la atención que ninguna de mis parejas parecía tener conocimiento, o interés, de cómo funcionaba aquello de la estimulación femenina. De esa manera, el sexo se convirtió para mí en algo placentero, sí, ya que el sexo es mucho más que alcanzar el orgasmo, pero no tan satisfactorio como me habría gustado.

Me quedó claro que si quería disfrutar teniendo sexo con alguien sería yo la que debía hacerse cargo. Así pasó, que la primera vez que deslicé la mano entre las piernas, el chico se quedó paralizado, como si en vez de juguetear con un clítoris estuviera pasándome una araña venenosa entre los dedos.

Un hombre descubriendo que los genitales femeninos no son solo la vagina. YOUTUBE

“¿Pero qué haces?” me preguntó algo asustado. Cuando le expliqué la situación se encargó (por primera vez) de que ambos lo pasáramos bien. Sin embargo no he tenido la misma reacción con el resto de parejas. Más de uno se ha quedado dolido, y hasta un poco enfadado, diciéndome que sentía que su pene no era suficiente para mí.

Pero es que es así, biológicamente el pene apaña para la reproducción, pero el pene NO ES SUFICIENTE cuando necesitas estimulación directa del clítoris. A no ser, claro, que se trate de un pene con una protuberancia que justo te roce esa zona.

Vivimos en una mentira propiciada por películas y pornografía que nos hace creer solo con que te la metan ya estás tocando las estrellas cuando casi el 70 por ciento de las mujeres no son capaces de alcanzar el orgasmo sólo con la penetración, afirmó en su libro Máaas la sexóloga norteamericana Lou Paget.

Entonces ¿qué pasa con ese casi 70%? ¿Dónde están? ¿Por qué cuando saco el tema con mis amigas soy la única que dice abiertamente “soy clitoriana”? ¿Por qué la mayoría de mis parejas han actuado sorprendidas cuando he hecho la misma revelación afirmando que era la primera vez que se topaban con “una como yo”?

Porque el resto de tus exnovias, o, al menos la mayoría, fingían. Porque es más sencillo dedicarle 30 segundos a la articulación de cuatro gemidos acompañados de respiración acelerada dejándole convencido de que ha hecho un buen trabajo entre tus piernas que dedicarle media hora de conversación al hecho de que para llegar al orgasmo necesitas más dedicación a tu estimulación. Que no significa que él lo haga mal, sino que, por mucho placer que podamos sentir en una penetración, sin la estimulación directa del clítoris no vamos a llegar al orgasmo ni aún con todas las sacudidas del mundo.

Si nosotras mismas no aceptamos en un primer lugar que el placer se puede obtener de maneras diferentes y si luego no somos capaces de comunicarlo a nuestra pareja, seguiremos tomando como veraz la imagen del placer femenino que nos estamos tragando hasta ahora.

Está en nuestras manos (literalmente).

Duquesa Doslabios.

El sexo en tiempos de la menstruación

Creo que he perdido la cuenta de la cantidad de veces que he escuchado que con la mentruación el deseo sexual aumenta. Yo no sé a quién le sucederá pero si de algo estoy segura es de que no es el caso de la mayoría de mujeres que conozco.

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Más que nada porque cuando estás con la regla lo que más te pide el cuerpo es apalancarte en tu cama junto a una provisión de antiinflamatorios digna de un batallón, una bolsa de agua caliente en la tripa y hacerte una bola sobre ti misma (o por lo menos en los días que padeces más molestias).

Si hay algo que llegas a saber con el tiempo es el estado de la particular duquesa que cada una lleva en la entrepierna. Cada día que te bajas las bragas para hacer pis sabes, por lo que te encuentras, el estado de tu vagina de puertas hacia dentro, ya que externamente no presenta ninguna diferencia.

Explicándolo rápido y de manera sencilla, sobre todo para aquellos que no contáis con una vulva las 24 horas del día, atravesamos diferentes momentos a lo largo del mes. Nuestro flujo cambia de color, cantidad y consistencia continuamente y es cuando se acerca la regla que desaparece y te deja la zona con la misma sequedad con la que se te queda la boca después del tercer polvorón. Y os diré algo: el sexo en esos momentos no es tan agradable.

No sé si es ya el hecho de que sabes que puedes padecer molestias o que aquello no se humedece ni con toda la saliva del mundo, pero tu predisposición a que surja ‘tema’ ya es diferente. Una vez baja la regla, si eres de las que alterna cada cuatro horas el paracetamol con el ibuprofeno y va del sofá a la cama y de la cama a por otro ibuprofeno, lo último que te apetece es bajarte la ropa interior a no ser que sea para revisar el estado del tampón o de tu copa menstrual.

No es ya solo que físicamente no estás al 100% sino que emocionalmente tus ánimos van del “Me siento como un globo” al “Quiero mimos” sin pasar por el (a diferencia de lo que muchos parecen pensar) “Cariño, qué caliente me hace sentir la idea de tener una compresa super con alas a modo de pañal entre las piernas mientras me duelen los pezones solo con quitarme la camiseta. Hazme tuya aquí, aquí y aquí”.

Claro que hay ocasiones, esos días en los que ya notas que empiezas a manchar menos o que estás teniendo una menstruación de esas maravillosas de las que ni te enteras, en las que no tiene por qué afectar a tu vida sexual más allá de poner una toalla encima de la sábana para no dejarla como una pintura abstracta, ya que el sangrado no afecta para nada a la relación sexual (a no ser que uno de los dos sea quisquilloso con el tema, de hecho, estos últimos siempre pueden encontrar una alternativa en el sexo anal).

Mi opinión es que siempre que se pueda y se quiera se practique tranquilamente, ya que además los orgasmos ayudan a relajar la musculatura de la zona. Pero también que, si eres de las que no tiene ánimos para tocar algo que no sea el portátil para ponerse una película, evites sentirte culpable ya que el bajón es algo normal.

Cada una es un mundo y lo importante es no solo que nos aceptemos sino que nuestras parejas (independientemente de si son esporádicas o no) hagan lo mismo. No olvidemos que el sexo es una cosa que debe ser placentera para ambos.

Duquesa Doslabios.

‘Pegging’: cuando se la metes tú a él

Todos tenemos, aunque intentemos evitarlo, ciertas trabas en la cama. Un límite, una frontera, una línea invisible que mentalmente nos trazamos en algún momento de nuestra vida en la que encontramos la barrera bajada y semáforos intermitentes acompañando el cartel “No pasar”.

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Para una es hacer una felación, para otra sexo anal, para otra el perrito o hacerlo en el parking de un centro comercial. Aunque para ellos el límite suele estar en el mismo punto: el culo.

Algo tiene el culo que espanta profundamente al hombre heterosexual joven (aunque imagino que al que es más adulto también. Sigo a la espera de que me confirmen mis fuentes). Da lo mismo que acabes de conocerle, que lleves con él años, que os hayáis visto hacer de todo, que se va a cerrar en banda (y en culo) a cualquier cosa que pueda traspasar ese punto.

El pegging precisamente es la práctica sexual que consiste en que la mujer penetre al hombre con un arnés con dildo o strap on (para las que queráis buscarlo en algún vídeo). De esta manera ambos pueden penetrar y ser penetrados por el ano, lo que supone que los dos puedan disfrutar de la sensación placentera e incluir algo nuevo en la cama.

El problema que muchos hombres encuentran con el pegging es precisamente el gigantesco miedo al culo. La insistencia con la que muchos protegen el agujero haría sospechar a cualquiera de que es ahí donde están guardando el carné de “tio hetero” y que cualquier cosa introducida por el ano, les va a hacer perder la tarjeta del club.

Automáticamente, cuando propones hacerlo,más de uno salta con el “Pero si no soy gay” o aún mejor “No creo que me vaya a gustar”. En ese momento tú le recuerdas que a ti te ha metido por ese mismo agujero un trozo de carne de tamaño butifarra media. “Ya, pero no es lo mismo, a vosotras os gusta“. Error.

Bueno, error no, sí, nos gusta, sí, es placentero por las terminaciones nerviosas que llegan al ano, pero lo tenemos ambos géneros igual de diseñado. Sin embargo (y más a su favor), la estimulación de la próstata mediante esta práctica puede conducir a orgasmos espectaculares.

El pegging no tiene nada de vergonzoso ni humillante (a no ser que justo la pongas en práctica el día que te has tomado una tiramisú siendo intolerante a la lactosa y termines con las sábanas como un Pollock). No es “algo gay”, no te vuelves gay por ponerla en práctica, no vas a ser menos hombre, no se te va a encoger el pene ni vas a empezar a hacer pis sentado (a no ser que quieras).

Es una experiencia como cualquier otra y, aquellos lo bastante atrevidos y liberados mentalmente como para ponerla en práctica, se llevarán una sorpresa muy agradable.

Duquesa Doslabios.

Descubriendo en carne propia los orgasmos secuenciales

Las mujeres multiorgásmicas son para mí como los billetes de 500 euros. Nunca he visto (ni conozco personalmente) ninguna, pero existir, existen.

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Hasta hace un tiempo incluso pensaba que yo podía formar parte de un club tan selecto ya que descubrí que podía experimentar varios orgasmos en una noche.

Pero empecemos por el principio de los tiempos, que las mujeres, en cuanto a orgasmos se refiere, somos un poquito más complejas.

Como todos sabréis, ya que doy por hecho que no es un secreto para nadie, solemos tardar más en alcanzar el orgasmo.

Si lo representáramos gráficamente, el hombre es como una línea recta ascendente que una vez llega al clímax cae de golpe (algo que te sonará familiar ya que suele caer rendido).

Mientras tanto, la mujer sube progresivamente y cuando llega al orgasmo, la línea cae pero solo un poco, ya que puede tener, al tiempo, otro orgasmo.

Esto es lo que se conoce como orgasmo secuencial y hace precisamente referencia a esos instantes que se dan entre orgasmo y orgasmo, de apenas segundos, hasta que podemos tener otro.

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Para simplificarlo, y que todos (y todas) entendamos la diferencia entre el multiorgasmo y el orgasmo secuencial, imaginad una montaña rusa. Una mujer multiorgásmica puede hacerse varios viajes sin bajarse de la vagoneta, mientras que las secueciales, debemos bajarnos y esperar la cola otra vez para volver a montar.

Ser de un tipo o de otro no implica nada más que cómo experimentas el placer, pero en ambos casos, los orgasmos son igual de buenos para unas que para otras.

En mi caso, el descubrimiento tuvo lugar hace tiempo, en una de esas noches de verano en las que ni aún con la ventana abierta corre una brizna de aire.

Un mosquito (o más bien mosquita por el sonido que hacía) insistía en acercarse a mi cara para poder picarme, y yo, cada vez que notaba el zumbido, encendía la luz para darle caza.

La mosquita, que era una futura mosquita muerta, pero no tonta, en cuanto veía el resplandor desaparecía de la vista y yo tenía que volver a esperar a que se aproximara.

Y claro, ¿qué hace una chica sola en la cama una noche de verano a las dos de la mañana que no puede conciliar el sueño? Masturbarse.

Como después del primer orgasmo me quedé con la curiosidad de si podía tener otro después, descubrí con inmenso placer que no solo podía tener un segundo, sino un tercero (y un cuarto y quinto si me pongo, pero llegar a tres ya me parecía fantástico).

La curiosidad no mató a la gata, pero le descubrió un mundo lleno de muchos orgasmos.

Con el paso del tiempo y más noches en las que me costaba conciliar el sueño, averigüé mis secuencias: veinte segundo de ‘descanso’ para alanzar el segundo y ocho para el tercero.

¿Te animas a descubrir tu secuencia o la de tu pareja?

Duquesa Doslabios.