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Historias de amor, sexo y otros delirios

Archivo de la categoría ‘educación sexual’

Pedos vaginales: lo que querías saber pero no te atrevías a preguntar

Estás a punto de alcanzar el orgasmo. En pleno éxtasis del momento le pides al chico que os desplacéis al borde de la cama y te siga dando mientras tú te alcanzas con el índice el clítoris. Cambiáis rápidamente de postura, él sigue y… Ahí viene.

Anne Hathaway también ha experimentado los pedos vaginales. GTRES

Te dejas llevar y con las últimas contracciones le dices que ya podéis cambiar de postura y continuar. Él sale y, seguidamente, se escapa de tu interior una ventosidad más propia de los domingos de fabada en casa de tu abuela que del momento tórrido que estáis viviendo en la habitación del hotel.

Él se queda callado mirándote con un gesto indescifrable a caballo entre el horror y el asco. Definitivamente el morbo ha desaparecido. ¿Por qué a ti? ¿Por qué?

Hola, soy la Duquesa Doslabios. Quizás me recuerdes de otras entregas de cosas que querías saber pero no tenías a quién preguntar como por ejemplo los errores que cometes cuando practicas un cunnilingus.

Y si no me recuerdas, aquí están mis redes sociales para que no me pierdas de vista (Twitter y Facebook) porque esto que te voy a contar te interesa.

Sí, era el momento de hacer de tripas corazón y poner este tema sobre la mesa. Y tocaba hacerlo por dos motivos, en primer lugar porque estoy cansada de tener que pedir disculpas cuando me pasa lo que os he relatado al principio, como si realmente me hubiera tirado un pedo y no supiera controlar mis gases (cuando en realidad tengo el esfínter entrenadísimo) y en segundo lugar porque me niego a seguir prolongando una idea que es falsa.

Creo que a todas nos ha pasado eso de estar dedicadas a los alegres menesteres de la desnudez y el regocijo y desinflarnos como una gaita gallega en cuanto volvemos a tener libre el conducto vaginal.

Ese sonido se produce por aire, sí, pero no por ningún tipo de gas ya que la vagina no comunica con el aparato digestivo y por tanto no es una vía de salida de los pedos. De hecho, fijaos si son diferentes que no tienen olor, ya que no derivan de la fermentación de bacterias en el intestino.

La ventosidad vaginal se debe al aire que se ha introducido previamente. ¿Qué cómo? Pues con el pene.

Es algo involuntario que se produce porque las paredes vaginales se expanden, por lo que al bajar produce ese sonido.

Si todavía no los has experimentado en la cama, que es la manera más habitual de conocerlos, con la edad se producen por la pérdida de tono muscular en las paredes vaginales. Te puede pasar haciendo cosas tan rutinarias como levantarte de la silla o ejecutar esa postura de la vela invertida de yoga.

Aunque es una cosa del cuerpo, entiendo que no nos hace mucha gracia ir pedorreándonos por la vida, por lo que los ejercicios de Kegel o el uso de bolas chinas vienen estupendamente para fortalecer los músculos de la zona.

Respecto a la cama, sabed que no podéis controlar cómo hacer para evitar el sonido de flatulencia ya que no tenemos esfínter, así que relajaos y disfrutad del momento sin pensar en que pueda haberse quedado aire dentro.

No hace falta que os desgañitéis fingiendo una tos que tape el ruidito. Y a quienes escuchéis el sonido, solo pedimos que sepáis por qué es y no nos hagáis sentir mal, que simplemente es algo natural a lo que no hay que darle mayor importancia.

Duquesa Doslabios.

Desmontando mitos machistas: “El amor puede con todo”

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Beatles, que flaco favor nos hicisteis con All you need is love, que al final nos lo hemos tomado en serio.

En el Romanticismo, el amor romántico se convirtió en una verdad inalterable. Presentaba dificultades constantemente, un precio alto, fruto de sacrificios, y una lucha infinita que se justificaba por lo que nos podía proporcionar en nuestras simples y llanas vidas, unas sensaciones imposibles de vivir con cualquier otra cualquier experiencia.

PIXABAY

Pero no es algo que se quedó en los cuentos de los hermanos Grimm, sino que el mito ha ido perpetuándose a lo largo de los años hasta llegar a nuestro tiempo.

Te lo suelto rápido antes de que pienses un argumento en contra de lo que te estoy diciendo: Titanic. Una película que trata de cómo la pareja está todo el rato enfrentándose al mar, a la sociedad e incluso a la muerte en el nombre del amor.

Un amor tan fuerte, poderoso y definitivo que aún años después del hundimiento, con un feliz matrimonio de por medio, Rose solo es feliz volviendo a encontrarse con Jack.

No solo de cine vive el mito, pensemos en los primeros discos de Taylor Swift, en la canción Love Story que no paraba de sonar en Los 40 principales diciéndonos en 2009: “Romeo llévame a algún lugar en el que podamos estar solos, te estaré esperando y todo lo que tenemos que hacer es huir“.

Una tórrida melodía en la que el padre no deja a los amantes estar juntos, pero que da igual, porque, según la cantante “es un amor difícil pero es real”.

“Romeo, sálvame. Me he sentido tan sola. Te he estado esperando pero nunca venías” era una de mis estrofas favoritas con 17 años, cuando ya me estaban diciendo que tenía que estar esperando a mi amor y me lo creía a pies juntillas.

Los mitos son tan sutiles a través de todo lo que nos rodea que forman roles en las relaciones de pareja y se asumen de manera diferente. Nosotras crecemos con la idea del príncipe azul por el que hay que aguardar mientras que ellos tienen que ser quienes den el primer paso y que reconozcan la belleza y el amor que les profesa una mujer. Somos los príncipes y princesas del patriarcado.

De hecho nos lo creemos de tal manera que si falla la relación se nos dice enseguida que “No era amor”, que “No era tu media naranja” (un mito del que hablaré algún día), que “No se luchó lo suficiente”… Sencillamente tenemos el amor romántico en un pedestal tan grande que no nos importa echarnos la culpa antes que pensar que podemos estar aferrándonos a un concepto demasiado idealizado por nuestra parte.

Fotograma del vídeo ‘Love Story’ de Taylor Swift. YOUTUBE

En mi caso, La Bella y la Bestia era una de mis películas preferidas. Tanto que cuando llegó mi “bestia” yo ya sabía que pasara lo que pasase, al final, la película iba a acabar bien. Eso me habían prometido toda mi vida.

Mi príncipe embrujado no tenía biblioteca llena de libros ni una rosa encantada, pero de mal genio iba sobrado. Por eso cada vez que recibía gritos aguantaba estoicamente, como Bella, porque es lo que se hace por amor.

Esto es simplemente un ejemplo de cómo es precisamente en los momentos en los que estamos viviendo una relación cuando reproducimos esos mitos que tenemos interiormente aprendidos.

Por amor sabía que no podía tirar la toalla en aquella lucha diaria que era nuestra relación, hasta que descubrí que las películas están muy bien pero que la mía no iba encaminada hacia el “y vivieron felices para siempre” por mucho que yo pusiera de mi parte. Y poner de mi parte había sido tolerar los celos, el control e incluso a la violencia.

Hace dos días me escribió mi amiga. Su novio le había montado una escena en un centro comercial y le había agarrado del brazo impidiéndola que se fuera. Le había dejado marca.

Ella le dijo que no quería verle más y él le respondió que estaba reaccionando de una manera exagerada. Que nunca más iba a volver a pasar, que la quería.

Pero querer ya no basta, porque, como vemos en las estadísticas, el amor “no puede con todo” pero puede con nosotras que somos las que tenemos las de perder, ya que en lo que va de año son 25 las mujeres asesinadas por violencia machista, y, la mayor parte de ellas, por sus parejas.

Porque esa idea del amor romántico, mata.

Y ya basta de soportar atrocidades en el nombre del amor. El amor, el de verdad, tiene que empezar por nosotras mismas.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas I : “Quien come bien en casa no se va de restaurante”

Desmontando mitos machistas II: “Las mujeres son traicioneras, los hombres son nobles”

Desmontando mitos machistas III: “Tengo celos porque te quiero”

“Nos gusta ver a una mujer disfrutar e imaginarnos que podríamos ser nosotras”

Desde un tiempo a esta parte he empezado a ver como algo absurdo las etiquetas de “heterosexual”, “homosexual”, “bisexual”

YOUTUBE: HYSTERICAL LITERATURE

Nos acostumbramos a categorizar las cosas para que la mente esté más cómoda: esto es hombre, esto es mujer, el bote de azúcar, el de sal, las pastillas para el lunes, martes, miércoles…

Sin embargo nuestro cuerpo y mente a veces no conocen esas distinciones. Tendemos a ver la sexualidad como un partido de tenis: si la pelota cae a un lado de la red, punto para tu género. Si cae en el opuesto, punto para el género contrario.

Pero, ¿y si en realidad la sexualidad no fuera un lado u otro? ¿Y si la sexualidad fuera la pelota de tenis, es decir, algo que por mucho que caiga más veces en un lado, puede caer en el otro?

En mi experiencia personal, la cama es la cama y los límites de la piel cuando pasa a esta se vuelven difusos, como si realmente no existiera quién la ocupara, sino el placer que nos provoca el contacto.

A veces, de hecho, no hace falta ni que se dé. Un estudio realizado por una página de películas eróticas reveló que la categoría de vídeos preferida por el 80% de las mujeres que visitan el portal era la de sexo lésbico, algo que sexólogas afirman que sucede porque las mujeres empatizamos al ver a otra mujer excitada.

“Nos gusta ver a una mujer disfrutar e imaginarnos que podríamos ser nosotras, ya que hay una mayor carga erótica“, afirma María Hernando, sexóloga de Platanomelón.com.

Ya sea por empatía o porque socialmente está más aceptado en una sociedad machista que dos mujeres puedan sentirse atraídas, la excitación mental y la excitación física no siempre van por el mismo camino.

A fin de cuentas, la pelota no deja de ser pelota independientemente del lado de la red en el que caiga. El tenis, y la sexualidad, siguen siendo solo un juego.

Duquesa Doslabios.

La lista de las guapas de clase

El otro día (juro que algún día dejaré de empezar a escribir utilizando esta fórmula) tomaba café con una amiga en una terraza de Malasaña.

PIXABAY

A medio camino entre los 20 y la treintena, hablábamos de Por trece razones, la serie adolescente de Netflix sobre un suicidio en un instituto que habíamos visto hacía poco y que tanto nos había impactado.

Sorprendentemente, habían sido varios los puntos comunes que expone la serie y aquellos que tuvieron lugar en aquella época de nuestra vida, como, por ejemplo, las listas de las guapas de clase.

Y digo de las guapas porque, al menos en mi colegio, empezaban escritas por algún chico ya que éramos nosotras las ordenadas en orden de belleza o mejor físico.

Si en la serie votaban a aquella con mejores labios o mejor culo, en la del mío no hacía falta. O eras guapa o estabas buena, todas las demás no entraban dentro del inventario.

Me contaba mi amiga la angustia que producía en su colegio estar fuera de aquellas clasificaciones, que no significaban otra cosa que ser totalmente invisible.

De haber llegado una de esas enumeraciones a alguna de mis profesoras, habrían repetido lo que solían decir la mayoría cuando nuestros compañeros nos levantaban la falda o nos tiraban del pelo en clase para llamar la atención: “Son cosas de niños”, “Solo están jugando” o “No seáis tan exageradas”.

Esto me lleva a pensar varias cosas: ¿Cuál es la necesidad de estar desde pequeñas (la primera lista que vi fue cuando tenía 9 años) con esa presión estética? ¿Cómo de dañino nos resulta pensar que o estamos dentro de un ranking físico o no valemos nada porque somos invisibles para el resto de compañeros?

Pero sobre todo, ¿cuándo vamos a darle importancia a estas cosas, aparentemente banales, que teniendo lugar a edades tan tempranas forman parte de la base de la que partimos a la hora de plantearnos el mundo?

Duquesa Doslabios.

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Masturbación femenina: los beneficios que (aún) no conocías

A veces me da la sensación de que el mundo se está yendo al traste cuando me encuentro en la tesitura de escribir un tema en el que a las mujeres os doy razones para masturbaros.

El clítoris: amigo, no enemigo. YOUTUBE

Amiga, lo de que va a producir ceguera, te van a salir granos o pelos en las manos estaba muy bien cuando el doctor Kellog quería evitar que los jóvenes practicaran el onanismo (y al final acabara creando los cereales) pero no es la realidad.

No te va a producir ninguna de esas cosas, obviamente tiene efectos en tu organismo, pero no son los que tu crees. Si es algo que no haces regularmente ¿quieres saber a qué te ayuda?

La masturbación no hace que bajen las probabilidades de que te corras teniendo sexo. Au contraire mon amour, conocer tu cuerpo, saber cómo son tus ritmos orgásmicos y en definitiva saber cuándo hay que seguir porque estás a punto de tocar el cielo (sensorial), es algo que se consigue con una única cosa: la práctica.

Por supuesto que puedes hacerlo con tu pareja, pero estando sola a tu rollo con tu musiquita, tu escena tórrida del libro que estás leyendo y tu mano (empleada en el modo que prefieras), estás más que preparada para pasar un buen rato (o varios).

En pareja te permitirá mejorar la comunicación, más que nada porque es mucho más fácil explicar algo con lo que estás familiarizada que tratar de indicarle a tu acompañante lo que tiene que hacer si tú eres la primera que no sabe ni cómo le gusta.

Los orgasmos producen espasmos en la zona vaginal, lo que consigue que se liberen tensiones musculares. No sabes lo bien que viene eso hasta que estás en plena crisis de “siento que me perforan el bajo vientre con un taladro” tan característico del ciclo menstrual (para algunas).

El ibuprofeno y el paracetamol vienen bien, sí, pero una dosis de orgasmo te permite relajar la zona y que el dolor se vaya antes. Además no tienes que esperar cuatro horas entre uno y otro.

Orgasmo llama a orgasmo, no sé si es un refrán, pero la posibilidad de tener otro se debe a que las mujeres no necesitamos tanto tiempo de recuperación como los hombres. Averigua cuántos segundos necesitas de “descanso” y vuelve a la carga. Porque uno está bien, pero dos (o tres) por el mismo precio, está mejor.

Así que después de leer esto, razones no te faltan. Las ganas son lo único que tienes que poner de tu parte.

Duquesa Doslabios.

¿Quieres mejor sexo? Hazte feminista

Si tuviera que resumir en una palabra lo que ha supuesto el feminismo en mi vida sexual, os resultaría familiar el término: orgasmos.

GTRES

Cuando empecé a tener sexo (me refiero a acompañada, claro, sola ya lo llevaba practicando bastante tiempo) aquello eran unos cuantos meneos, se corre, tiramos el condón y a dormir. Fin del cuento. Normal que no me pareciera para tanto.

Me preocupaba pensar que algo no funcionaba. Primero pensaba que era yo, pero, como os he dicho, había sido muy capaz de llegar al orgasmo yo sola sin que nadie tuviera que explicarme nada. No entendía por qué no me lo pasaba tan bien como en todas esas comedias románticas, en las que, solo con rozarse, ya llegaban los gemidos al cielo.

Y entonces lo entendí. Por supuesto que yo sabía cómo darme placer, eran ellos los que no. Y claro, iba a quedar muy mal que yo le llamara la atención a mi acompañante, o eso pensaba, por lo que me limitaba a fingir un poco y luego a terminarme la faena en casa.

Hasta que llegó el día en el que me di cuenta de que estaba viviendo en una mentira, una enorme, y que quería empezar a ser sincera, no solo con ellos sino conmigo misma.

Fui franca y los orgasmos falsos se acabaron, lo que hizo que vinieran los auténticos y esa brecha orgásmica descendiera.

Me di cuenta de que quería igualdad en la cama, que si él se corría, yo me corriera también. Y no era algo egoísta, ni que no quisiera que él no lo disfrutara, sino que ambos recibiéramos placer.

El feminismo me quitó la tontería de encima, la de los orgasmos y muchas otras, como por ejemplo los complejos. Comprendí (al fin) que tenía que quererme tal y como era y que aquello no cambiaba en función de si estaba más o menos depilada, de si mis tetas estaban o no caídas o de si el culo tenía celulitis, que daba exactamente igual.

Eso de “el macho tiene que mandar en la cama unga unga” era mi concepción pre-feminista. Mi yo feminista entendió que era más divertido compartir la “dominación” en el colchón y no ser siempre la que se deja llevar. Tomar la iniciativa y experimentar es algo también muy placentero.

Que me aburro

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Pero feminismo también es asumir la responsabilidad, entender que si algo sale mal no es que hayas topado con un mal amante y ya está, sino que está en mano de los dos hacer de la experiencia algo sobresaliente.

Con el feminismo aprendes a darle al sexo la importancia que tiene, mucho menor que la que me vendían en el colegio,  que, supuestamente, tenía que ir ligado siempre a un matrimonio con amor. Resulta que podía tener sexo con alguien solo porque me apeteciera y no pasaba nada. No se me ligaban las trompas de Falopio, no era una puta ni una guarra. Era una mujer disfrutando de su vagina (y de otras partes, sin duda).

Para todos aquellos preocupados que piensan que el feminismo está en contra del sexo, os diré algo, todo lo contrario. El feminismo le da a la mujer la libertad de disfrutar de su cuerpo, está a favor del placer que durante tanto tiempo hemos tenido prohibido.

Quiere la igualdad en todos los aspectos, quiere que puedas disfrutar de una buena comida y que te traigan a ti la cuenta, en vez de dar por hecho que va a pagar él, y que disfrutes sin complejos de los postres que ofrecen las entrepiernas.

Duquesa Doslabios.

“Hablar de sexo sigue escandalizando, continúa siendo un tabú”

La curiosidad que nos produce la sexualidad es algo que, como la condición misma, nos acompaña toda nuestra vida.

El descubrimiento del cuerpo, su desarrollo o el placer despierta un sinfín de preguntas que solo los más atrevidos o confiados se permiten hacer en voz alta.

GTRES

Pero cuando el interés puede más que cualquier vergüenza, aparece Alfred López, escritor y miembro de la familia de blogueros de 20 Minutos (podéis leerle en su espacio Ya está el listo que todo lo sabe).

El divulgador se atreve con todo lo que haya que descubrir al respecto en el campo del sexo (o al menos con gran parte) y nos lo entrega en formato de libro para que podamos satisfacer nuestras dudas.

Después de sumergirme en Ya está el listo que todo lo sabe de SEXO con sus 240 curiosidades, López y yo hablamos al respecto. 

Al empezar a escribir el libro, ¿cuántas curiosidades conocía acerca del sexo y cuántas ha averiguado al redactar la obra?

Alrededor del 40 por ciento de las curiosidades que aparecen en el libro ya las tenía publicadas, recopiladas o con información acerca de ellas, por lo que más de la mitad del libro son datos que he ido averiguando y escribiendo a lo largo de los últimos dos años. Aquellas entradas que ya las había publicado anteriormente en alguno de mi blogs o colaboraciones han sido reescritas y actualizadas con nuevos datos.

Comenta que el Kamasutra tiene 8 capítulos y solo uno es el dedicado a las posturas sexuales (el que ha hecho que todos conozcamos el libro, al menos de oídas). ¿De qué más cosas trata? ¿Lo ha leído?

En realidad el Kamasutra se concibió como un tratado sobre las artes amatorias, la seducción y, sobre todo, a cómo satisfacer sexualmente a las distintas parejas femeninas que a un hombre de la época se le permitía poseer (porque tristemente en aquel tiempo las mujeres estaban consideradas como posesiones de los varones).

Debo reconocer (y entonar el ‘mea culpa’) que yo también soy una más de esas personas que no se han leído el Kamasutra al completo y que me he entretenido más en el famoso capítulo dedicado a las posturas, aunque alguna ojeada le he dado al resto de páginas.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención es que el hecho de que el término “desflorar” solo se utilice para mujeres. ¿Por qué cuando un hombre pierde la virginidad no se “desflora”?

El hecho de que una mujer sea virgen o no consiste en si está intacto el himen, la pequeñísima membrana en el orificio de entrada de la vagina. En el caso de los hombres si hay algo que debía romperse para perder la virginidad se suponía que era el frenillo o parte del prepucio que cubría el glande del pene pero en la antigüedad (y estamos hablando de hace más de 4.500 años) a todos los hombres, siendo estos bebés, se les realizaba la circuncisión (por motivos culturales y religiosos) dándose por hecho que tras ese corte ya no había virginidad alguna. Por tanto el hombre desde la más tierna infancia ya no disponía de su virgo, que era algo que no ocurría en el caso de las hembras.

Aunque utilizamos “viejo verde” como término peyorativo hace referencia a una persona que, pese a la edad, goza de salud sexual y energía, mientras que un montón de expresiones tienen su origen en la prostitución o simplemente en la connotación negativa de la mujer. Leyendo su libro se confirma que la Historia nos ha puesto a las mujeres muy mal y todavía nos encontramos “apechugando” con las consecuencias (según el Antiguo Testamento cuando la mujer tiene la menstruación derrama una sangre que la hace impura, emite humos nocivos que vuelve rabiosos a los perros y un largo etcétera). De hecho habla del machismo en la Historia a lo largo del libro. ¿Opina que el lenguaje sigue siendo muy machista hoy en día? Si es así, ¿cómo cree que podemos cambiarlo?

Sí, evidentemente seguimos usando muchas frases y términos que son claramente machistas o que han surgido por algún aspecto misógino. Pero el problema está en cuando se utiliza para herir, menospreciar o insultar. Hoy en día la mayoría de personas dicen muchas de esas locuciones o palabras como latiguillo de su lenguaje cotidiano pero sin darle ninguna connotación malintencionada.

Poco a poco se van enmendando esas cosas y si nos ponemos a pensar, llevamos relativamente poco tiempo corrigiéndolo. Sin ir más lejos, el Diccionario de la RAE sigue manteniendo algunos términos y acepciones que pueden ser hirientes para según qué personas o colectivos y continuamente aparecen campañas para que se modifiquen. Es un camino largo, pero con el tiempo se conseguirá.

Una de las curiosidades que trata es que el Doctor Kellogg desarrolló los cereales como algo que evitara que la gente se masturbara. ¿Le salió el tiro por la culata? ¿Diría que les pasó lo mismo a los que buscaban una pastilla para combatir la angina de pecho y terminaron desarrollando la Viagra o que, por el contrario, han salido ganando con el cambio?

No, no creo que les saliera el tiro por la culata, todo lo contrario. El Dr. Kellogg estaba convencido de que esos cereales desinhibían el deseo onanista y lo dio para desayunar a sus pacientes del sanatorio que dirigó durante varias décadas. Era una cuestión de fe… bueno, más bien de obsesión religiosa. Quien finalmente hizo negocio fue su hermano Will Keith Kellogg que montó la empresa y comercializó los cereales tal y como los conocemos hoy en día.

Y respecto a la Viagra, la verdad es que fue un acierto el descubrir que el sildenafil era un potente vasodilatador que ha ayudado en la disfunción eréctil a millones de hombres de todo el planeta y con ello directamente a sus parejas sexuales.

Comenta en su libro que el ser humano lleva escogiendo pareja desde el siglo XX. A su parecer, ¿cómo lo estamos haciendo?

El matrimonio, hasta prácticamente finales del siglo XIX, estaba concebido como una transacción comercial entre familias o clanes. Matrimonios de conveniencia para las dos partes en la que no se contaba con el hecho de que los contrayentes sintiesen amor e incluso las abismales diferencias de edad (sobre todo del hombre respecto a su esposa). Los matrimonios por amor se daban en contadísimas ocasiones.

Desde hace algo más de un siglo esto cambió, afortunadamente, y aunque somos libres (en la mayoría de ocasiones) de elegir nuestra pareja no siempre acertamos.

Expresiones que vienen de acciones como drogarse (echar un polvo hacía referencia a excusarse para esnifar polvo de rapé) o violar (el término “Pánico” viene del miedo a sufrir una violación por parte del Dios Pan) ¿deberían dejar de usarse o al estar tan arraigadas en la lengua no tienen ningún tipo de “peligro” por el sentido inicial?

Hoy en día ninguna de esas expresiones se dice con ese sentido vejatorio u ofensivo, por lo que encuentro ilógico que deban de ser retirados de nuestro lenguaje cotidiano y coloquial. Encuentro que hay algunas que pueden ser mucho más hirientes y que, tal y como te he comentado más atrás, todavía se mantienen en los diccionarios oficiales.

Hay cosas que leyendo el libro me han chocado por la mentalidad que podían tener las personas en otras épocas, sin embargo encontramos que hoy en día hay gente que piensa que el vello púbico es antihigiénico y otras barbaridades. ¿Cómo podemos estar tan avanzados en unas cosas y tan atrasados en otras?

Por la sencilla razón de que hasta hace poco no ha habido una educación y cultura sexual. Gracias a Internet, los blogs y youtubers cada vez hay más conocimiento, pero hasta hace cuatro días la divulgación sexual era escasa.

¿Cuántos programas de televisión dedicados al sexo recuerdas en las últimas tres décadas? Lo mismo pasa con la radio… Podríamos contarlos todos con los dedos de las dos manos (y nos sobraría alguno).

La educación y divulgación sexual no solo es explicar a los estudiantes cómo se evita un embarazo no deseado o qué hay que hacer para no contraer una ETS. Hay que educar en la tolerancia, el respeto… Y eso se consigue conociendo también la Historia, costumbres, hábitos. De haber sido así, hoy en día no estaríamos lamentándonos de tantísimos casos de abusos, violaciones, violencia de género.

Deben enseñarnos educación sexual pero a todos, jóvenes y adultos y no solo sobre qué es el aparato reproductor, sino también aquellos ‘pequeños detalles’ como para qué sirve el vello púbico (que es una barrera profiláctica natural que nos brinda nuestro organismo contra algunas infecciones y que tan de moda se ha puesto rasurárselo, con el peligro que eso implica de cara a contraer una ETS).

¿Su objetivo a la hora de escribir el libro era normalizar ciertos temas y aclarar dudas al respecto de la sexualidad?

Sí, lo has descrito perfectamente. Hablar de sexo sigue escandalizando, sonrojando, continúa siendo un tabú en según qué ámbitos y, sobre todo, públicamente. Sin embargo en privado quien más o quien menos consume pornografía, tiene sus filias, fetiches y fantasías eróticas. Respecto al sexo la inmensa mayoría de personas usamos un doble rasero.

Hablemos de ello sin avergonzarnos y seremos mucho más felices y libres.

Un hombre confirma que la regla duele, por lo que debe doler de verdad

Hay una cosa muy curiosa de los dolores que puedes sufrir durante la menstruación y es que todo el mundo te da su opinión al respecto sin que la pidas (sí, incluso hombres que nunca la han tenido en su vida).

Mujer feliz gracias al doctor John Guillebaud sabiendo que no está loca inventándose el dolor que sufre durante la regla. GTRES

Me he encontrado de todo: desde amigas que han tenido que ser hospitalizadas porque tenían unas anemias de caballo, otras que, siendo alérgicas a los antiinflamatorios, pasan la regla con el suplicio de una tortura medieval, y, mis personas favoritas, las que sostienen que el dolor de regla no es para tanto y que la cosa es quejarnos.

Llevo desde los 15 años sufriendo cada vez que me venía y atiborrándome de pastillas para que se me aliviaran los dolores, y, os aseguro que las molestias no se deben a, como he leído por ahí, que no acepto mi feminidad.

La regla me duele y me duele de narices. Me duele hasta el punto de que cuando me han dado dolores intensos he tenido que acuclillarme en el suelo, hecha una bola sobre mí misma, porque no podía ni andar.

Por supuesto, os hablo de unos márgenes “normales”, de los que se pasan con un antiinflamatorio, no de los que ni con esos se van, que pueden ser síntomas de que algo por ahí dentro está yendo mal.

Es por eso que me llama la atención la repercusión que ha tenido la declaración que hizo el doctor John Guillebaud, Profesor de salud reproductiva en el University College London, al medio Quartz revelando que ciertas pacientes habían descrito el dolor como “casi tan malo como tener un ataque al corazón”.

Es como que, a raíz de su artículo, la gente realmente se ha dado cuenta de lo intensas que pueden ser las molestias. Pero en realidad no es que la regla haya empezado a doler en 2018 y él lo haya descubierto, sino que ha tenido que ser su declaración la que le ha dado veracidad y un respaldo serio al asunto.

Por lo visto, ahora que un hombre ha confirmado lo que nosotras llevamos sabiendo y experimentando en carne propia desde que vamos al colegio, ya es algo real.

No estaba en nuestras cabezas, no nos lo estábamos inventando ni es algo relativo a la “histeria femenina” ni a todas esas cosas que hacían que se nos ignorara a lo largo de la historia de la Humanidad cuando se nos ocurría proferir una queja al respecto del periodo.

Debemos sentirnos afortunadas por este tipo de revelaciones. Quizás el siguiente hito que nos deje sorprendidos sea que averigüen que el fuego quema, o que el agua moja. Sinceramente, no puedo esperar.

Duquesa Doslabios.

¿Ropa interior especial para comerlo mejor?

Las mujeres tenemos tres veces más probabilidades de alcanzar el orgasmo si nos practican sexo oral, algo nada desdeñable teniendo en cuenta que en pleno acto el orgasmo ni lo olemos (o al menos las clitorianas).

YOUTUBE

Pero cuando llega la hora de que el acompañante visite el piso de abajo, hay mujeres que se cierran en banda (y de piernas) por pudor, vergüenzas o esas rayadas mentales relacionadas con inseguridades absurdas que nos entran en el momento más inesperado del tipo “tengo las ingles oscuras, ¿debería blanqueármelas? ¿Y si piensa que soy un monstruo por no llevarlas brillantes como unas cortinas recién lavadas?”.

Pelos, la forma de nuestros labios o, en el caso de una amiga mía, olores. La cosa es que muchas encuentran algo que les frena y no les permite disfrutar del momento.

Para “darles ese empujón de seguridad que les falta” a las mujeres que ponen pegas aunque en realidad quieren tener sexo oral, Melanie Cristol, fundadora y CEO de Lorals, ha creado una braga ultra mega fina (tan fina que si la viera tu abuela le metería un bocata entre pecho y espalda) para que puedas tener un sexo oral digno en el que no te avergüences de tus partes pudendas y tu pareja pueda lamer tejido textil sin traumatizarse por la experiencia.

Aunque la creadora de estas bragas asegura que no es su intención fomentar el body shaming, yo no veo otra cosa que un producto que esconde algo que forma parte de nuestra sexualidad y que debemos aceptar desde pequeños.

Yo no digo que comer entrepierna después de una noche de fiesta sea algo agradable (para ninguno de los dos), pero es tan fácil como recurrir al agua y al jabón (ya lo decía mi antecesora Pepa Miravet en su entrada Sin agua y jabón no hay bajada al pilón).

Si el objetivo de esta lencería es “evitar la brecha orgásmica” no me parece la mejor manera de hacerlo. Una fibra que evitara el contagio de enfermedades sería mucho más interesante como propuesta a la hora de tener sexo oral, ya que tampoco existe nada del estilo en el mercado.

Desde luego tiene mucha más utilidad que fomentar la idea de que los flujos, olores o formas femeninas deben ser algo que se acepta mejor si no están ni a la vista ni al alcance de la lengua.

Duques Doslabios.

Los errores que cometes (sin saberlo) cuando le haces una felación

¿Recuerdas lo que te costó de pequeña aprender a comer un helado sin mancharte? Tenías que evaluar rápidamente la forma, dimensiones y textura del dulce para saber cuándo y dónde dar el estratégico lametazo y evitar la traicionera mancha que tendía a acabar en tu camiseta.

PIXABAY

Con el tiempo descubres que si bien una felación no es exactamente lo mismo, es parecido. Tiene su aquel mucho más allá de lo que nos parece en un primer momento tan sencillo como llevarnos algo a la boca.

Yo, que soy curiosa por naturaleza hice de la pornografía la maestra sexual que no había tenido en cuando a técnica de sexo oral se refiere. Y ante la duda, ni corta ni perezosa, preguntaba si aquella era la forma correcta o podía mejorar de alguna manera.

Como de preguntona también tengo bastante, he querido reunir los que son, según ellos, los errores que cometemos cuando bajamos.

  1. No mostrar una buena predisposición: tiene que entrarnos en la cabeza que una felación no es solo un preliminar al que dedicarle unos segundos y ya está. Al igual que le dedicamos su rato a confeccionar un currículum en el sexo oral también tenemos que entregarnos totalmente. Hay que darlo todo desde el minuto uno y recordar que las cosas no están bien por hechas sino por bien hechas. De modo que si no estás convencida es mejor que no bajes a que lo hagas con…
  2. Cara de asco. Eso de estar haciéndolo y que se te note a disgusto es algo que no pasa desapercibido (por mucho que pienses que estás disimulando divinamente). Es mejor que digas en un primer momento que es algo con lo que no te sientes cómoda. De todas formas, recuerda que el sexo (sea como sea) no tiene nada de vergonzoso y que se trata de pasarlo bien.
  3. Ir a saco. Vale que a veces el momento te pide aquí te pillo aquí te absorbo el pepinillo. Tómate tu tiempo y prepara el terreno para la que se avecina.
  4. No cubrir los dientes. Imagínate restregando tu brazo contra una lija. Cuando notan tus dientes deslizándose tienen una sensación parecida. Puedes evitarlo fácilmente si los escondes con los labios. Dientes no, lengua sí.
  5. No usar las manos que son un aliado excelente. Además de que te resultará más fácil manejarte puedes hacer las combinaciones que se te ocurran: con ambas, con dos dedos, entre el índice y el dedo medio… Aunque tampoco te motives con el tronco porque uno de los grandes errores es…
  6. Olvidarse de la punta. Y es que esa zona de carne rosada es la zona más sensible y a la que tendrás que dedicarte especialmente con mimo y paciencia. Recuerda que su sensibilidad puede hacer que moleste si…
  7. Frotas sin lubricar previamente. Puedes hacerlo elegantemente mientras chupas, de manera más atrevida si te chupas un par de dedos y luego bajas o escupiendo directamente si lo que os va es el rollo duro.
  8. No controlar los mofletes es otro de los errores que no controlamos al principio. Las mejillas no puedes dejarlas flácidas como cuando te las pellizca tu abuela. No es necesario que sorbas como si estuvieras tratando de terminar el granizado de limón en un día caluroso, pero sí que crees dentro de tu boca sensación de vacío, que es la clave para que la succión resulte placentera. Eso sí, debes hacerlo con conocimiento de causa ya que…
  9. Succionar los testículos es doloroso. Nada de querer hacerle un chupetón en esa zona. Limítate a lamerlos, acariciarlos o metértelos en la boca.
  10. Responder borde si te agarra de la cabeza para que te la metas hasta el fondo. Vale que igual no es la sensación más placentera del mundo, pero es mejor si le quitas la mano sutilmente y la apartas que si en medio de la felación le sueltas un “¿Pero qué narices haces?”. Si no capta la indirecta de que te suelte le dices, amablemente, que quieres encargarte tú.

Recuerda que en la dieta, en el sexo, en el armario y en la vida en general está en la variedad el gusto.

Duquesa Doslabios.