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Un paseo (diferente) por el Museo de la Erótica de Barcelona

Barcelona es sexy. Está mal que lo diga siendo de Madrid, pero la ciudad es como un flechazo a primera vista que no deja de sorprenderte y estimularte.

De ella, siempre quieres más.

Y uno de los rincones que hacen de la ciudad un lugar en el que recordar que estamos para disfrutarnos, es el Museo de la Erótica.

museo erótica Barcelona

Museo de la Erótica

(Inciso: ¿no me sigues en Instagram? ¡Pues corre!)

No hay muchos lugares en Europa de estas características. En Ámsterdam, París o Berlín podemos encontrar sitios similares, pero  yo voy a barrer para casa y contarte por qué, el de la Ciudad Condal, merece una visita.

El museo no pasa desapercibido. Es un lugar curioso en mitad de las Ramblas, un punto de encuentro entre despedidas de soltero, amigas que buscan un plan diferente y parejas de todas las edades.

Pero lo cierto es que no solo está el lado divertido de poder hacerte un selfie de recuerdo en una pared llena de dildos con ventosa (y conseguir que tu amiga te pida que le lleves uno, cuando le mandas la foto).

Me quedo con el recorrido que hacen a través de la historia del erotismo.

Como me explica Sarah Rippert, la propia gerente del museo, es increíble descubrir a través de grabados egipcios o cerámica de Pompeya que en vez de ir hacia delante, hemos avanzado hacia atrás.

A ser mucho más conservadores e ir escondiendo el sexo hasta convertirlo casi en un secreto.

Mo deja de ser curioso ver, de primera mano, lo que era el Onlyfans de antaño: una colección de fotografías eróticas que se mandaban a los soldados en el frente durante la guerra.

Si estos mandaban dinero, recibirían más imágenes de las modelos a cambio.

También resulta interesante analizar los primeros vibradores, más parecidos a unas pinzas de cargar la batería del coche que al estimulador de clítoris que tenemos (casi todas, espero) en casa.

O incluso algunas curiosidades de la propia ciudad de Barcelona, como las ‘carasses’ -unas esculturas con forma de cara femenina que se colocaban en las esquinas de los edificios señalando con su vista los burdeles o la pequeña selección de arte erótico, para que los fans de Picasso disfruten de dos grabados originales la serie Suite 347 del artista.

No falta tampoco una sección dedicada a la pornografía, el BDSM o incluso a los récords Guinness mundiales del sexo.

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Como la propia gerente explica:  «En todas las ciudades debería haber un museo así. Si no vemos el erotismo como algo normal, no educaremos a las personas. Y, si todos tuviéramos esta educación, no sería ni un tabú ni tan complicado».

Quizás el hecho de que sea un lugar en el que la erótica se ve casi como un mix entre la parte histórica, artística y luego la parte curiosa o la parte más divertida, no termina de quedar muy claro hasta que punto es un sitio en el que ir a formarse o al que, simplemente, pasar un buen rato.

Lo que sí es cierto es que, justamente por ser un popurrí de tantas cosas, puede dar pie a un sinfín de temas de conversación. Y es algo de lo que el museo, puede sentirse orgulloso.

Mara Mariño

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Las claves para hablar de sexo con los hijos según una educadora sexual

Cuando conocí a Yaiza Morales, educadora sexual y terapeuta (la encuentras en Instagram como @yaizanepuzzita), me llamó la atención por dos cosas, la primera por lo cómodo que resultaba hablar de ella sobre el sexo.

Lo segundo, porque formaba parte de la bolsa de trabajadores de la Generalitat que hacía formaciones sobre prevención de violencias de género.

PEXELS

Todo parecía indicar que tenía que ser mi próxima entrevistada sobre educación afectivo-sexual.

De hecho, desde el primer minuto, ya me enseñó que deberíamos alejarnos del concepto ‘educación afectivo-sexual’ (que nació durante la dictadura) y referirnos a ‘educación sexual’ a secas para evitar la separación entre las emociones y los encuentros sexuales.

Yaiza me recuerda que, en mi caso, esta educación fue muy orgánica gracias a que mi madre trató siempre el tema con normalidad.

Pero, en el caso de familias que no saben cómo sacar, la experta aconseja «que se planteen cómo les hubiera gustado a ellos en su lugar que les hubieran explicado estas cosas para que puedan empatizar con las necesidades de sus hijes».

«Mi opción para hablar sobre sexo siempre es apostar por la naturalidad, por hacer de este, un tema cotidiano, como quien habla de su salud (que de hecho el sexo lo es) o de cualquier otro tema ya que el sexo es un aspecto que forma parte de nuestra vivencia», aconseja Yaiza.

¿Hay una edad mínima que tengamos que cumplir para que nos empiecen a hablar de sexo? ¿Y una edad límite?
No hay una edad mínima ni máxima. El sexo, la sexualidad forma parte de nosotros, somos seres sexuados y esto quiere decir que todas nuestras vivencias, lo que sentimos, cómo nos relacionamos, lo que nos gusta y nos disgusta etc., conforma la persona que somos.

Además, a lo largo de la vida, nuestros deseos, nuestros intereses y la forma que tenemos de relacionarnos, no es estática, es decir, va cambiando. Por eso es importante naturalizar hablar de estos temas a cualquier edad.

¿Qué consejo le darías a unos padres que quieren hablar sobre sexo pero no recibieron educación al respecto y no saben cómo empezar?
La mayoría de la gente no ha recibido una educación al respecto. O no una que no se base solo en la prevención de embarazos o de its (infecciones de transmisión sexual). Si tienen dudas de cómo encararlo, creo que una opción interesante es que acudan a la consulta de una profesional de la sexología o alguien que se dedique a la educación sexual para que pueda darle respuesta a todas esas preguntas.

Existe también mucho material didáctico que les podemos ofrecer como libros, charlas, talleres o incluso películas y series que ayudan a entender la diversidad de opciones que existe al hablar de sexualidad ya que hay tantas maneras de vivir la sexualidad como personas hay en el mundo.

Ya no es solo educar en reproducción o placer, también se debe hablar sobre el consentimiento, la orientación sexual o la identidad de género. ¿Hay otros temas que hasta ahora se quedaban ‘fuera’ pero es necesario que tratemos?
En general se suele tender a pensar que cuando hablamos de sexo, nos referimos solo “al que hacemos” y no “al que somos” (qué nos gusta, cómo nos gusta, con quién nos gusta, cómo nos sentimos con todo ello…). Cuando voy a hacer talleres en los colegios con los más peques me gusta insistir mucho en tres pilares: consentimiento, placer y comunicación.

En cuanto al placer me parece también importante hacer hincapié en la necesidad de entender que no hay guías. No hay maneras buenas o malas de desear ni experimentar o dar placer mientras se hayan tenido en cuenta los tres pilares que he comentado. No existe un patrón o unas instrucciones que se puedan aplicar a todas las personas y fomentar este tipo de enseñanzas hace más daño que otra cosa porque puede generar muchas inseguridades.

¿Qué problemas sociales se solucionarían si hubiera una educación sobre este tema?
Uno de los problemas más importantes a los que creo que se podría dar solución es a la gestión del rechazo. Como sociedad, no nos han enseñado a encajar o gestionar las negativas y el hecho de recibir un no a una propuesta, debería poder ser tomado como un no ahora, o un no así o un no contigo sin que eso suponga una ofensa. La gestión del rechazo tiene un gran peso en la manera en la que nos relacionamos con los demás y por ende, con el hecho de establecer y cultivar relaciones más sanas

¿Y a qué nos arriesgamos si seguimos sin recibir esta educación?
A seguir repitiendo patrones tóxicos. A seguir prejuzgando y atacando a otras personas por su orientación, su identidad o su manera de relacionarse. A seguir pretendiendo encajar en unos estereotipos que están más que obsoletos y que dejan a una gran parte de la sociedad fuera, en los márgenes. Somos seres diversos y justo ahí está nuestra riqueza, ¿por qué querer cortarnos a todos por el mismo patrón?

¿Hasta qué punto es responsabilidad de las familias y de los centros educativos?
La responsabilidad es de todos y compartida. Los peques, en general se pasan media vida en casa y la otra en la escuela por eso es importante que, como dos grandes referentes en sus vidas, se tengan en cuenta y se vele por estos temas. Pero familias y escuelas no son las únicas fuentes de información de las que disponen para aprender.

Vivimos inmersos en un constante bombardeo de información. Desde la música, la publicidad, las películas, la organización de las tiendas de ropa y juguetes, el cómo se habla o trata a unos y a otros… La sexualización está presente en todos lados y hay que andarse con ojo porque muchas veces recibimos esta información de un modo poco consciente pero aún así se asimila y se reproducen patrones perjudiciales.

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¿Tienen que involucrarse más los partidos políticos contando con esta formación en sus programas?
Respuesta corta sí. Respuesta larga, sí absolutamente.

¿Cómo podemos educarnos sobre sexualidad en la edad adulta?
Existen por suerte a día de hoy muchos talleres, formaciones, charlas, congresos, artículos divulgativos, incluso series, películas y libros que abordan estos temas desde muchos y muy variados enfoques. La opción más interesante para mí es tratar de conocer varios enfoques y luego poder sacar nuestras propias conclusiones. Quedarnos con lo que nos interese y debatir sobre lo que no entendamos, ya que poner en común distintos puntos de vista, es una manera de nutrirnos y enriquecernos. De hecho, este es uno de los objetivos de la sexología; dar a conocer toda esta diversidad de opciones para que cada uno pueda valorar y componer su biografía sexuada.

Y, dándole la vuelta a la situación, ¿nos ayuda hablar de sexo con nuestros padres como adultos? ¿Cómo hacerlo si nunca hemos abierto ese melón?
Es una decisión muy personal. Depende de muchos factores como por ejemplo la relación que tengas con tus padres, lo abiertos de miras que seáis (tanto tú como ellos), lo importante que sea para ti el tema a tratar en cuestión. Como he dicho antes, hablar de sexo no es solo hablar de follar o “de lo que se hace”, eso es en todo caso follología. Hablar de sexo comporta hablar de emocionalidad, de sentimientos, de relaciones, de identidades y ahí cada uno tiene que ver qué necesita expresar, a quién, cómo y hasta dónde.

Mara Mariño.

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Si es tu pareja, ¿necesita tu consentimiento?

Te planteo una pregunta: el que era mi novio de aquel momento, estaba tumbado en la cama. Yo me encontraba recostada a su lado.

Estábamos viendo la reposición de una famosa serie de televisión cuando me dijo que si se la podía chupar.

Una pareja sentada en la cama consentimiento

PEXELS

En aquel momento, con toda la pereza del mundo de estar en la postura perfecta sin ganas de nada que no fuera seguir tumbada, le dije que no me apetecía.

Se incorporó y empezó a decirme que cómo podía ser tan egoísta. Que si me lo pedía era porque lo «necesitaba», porque «estaba pasando un mal momento», porque aquello le haría «pensar en otra cosa».

Si como pareja suya, no era capaz de ver todo eso, si no lo hacía por «el amor que sentía», es que no era «una buena novia».

Bajé la cabeza y se la chupé.

Y ahora la pregunta: ¿consentí a tener sexo?

Accedí, sí, pero de manera coaccionada, sin ninguna gana de hacerlo.

Solo por la presión de su discurso y por haber pulsado una tecla que siempre funcionaba conmigo, la de la culpabilidad de querer ser la mejor pareja.

Accedí y ahora me arrepiento. Porque así no debería ser poner en práctica algo placentero, con un chantaje emocional, haciendo a la otra (o al otro) sentir mal.

Accedí, pero mi consentimiento interno -que no el que puse en práctica- no estaba de acuerdo con mis acciones.

En aquel momento tenía que haber visto que, una persona que recurre a la manipulación para conseguir algo (lo que sea), no era buena para mí.

Pero llegamos a una pareja todavía con muchas cosas que desaprender. La primera es que estar con alguien nos abre la puerta a una barra libre de sexo. Cuando y donde quieras puedes pasar por la estación de sus piernas a recargar o descargar, lo que prefieras.

Y nosotras todavía arrastramos la culpabilidad de que, si nuestra pareja no está satisfecha, puede irse a otro lugar -que es otra persona- a conseguir eso que no podemos darle.

Lo que deberíamos tener claro, en su lugar, es que si esa es la razón por la que alguien se va de nuestra vida, no es la persona que queremos a nuestro lado. Mejor solas que forzadas a follar.

Estar en pareja implica que haya sexo siempre y cuando las dos personas quieran tenerlo por voluntad propia. Si uno de los miembros no está de acuerdo por lo que sea (dolor, sueño, cansancio o que no le apetece y punto), debe ser respetado.

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Que haya sexo en pareja no implica tampoco acceder a cualquier tipo de sexo. No todas las prácticas se pueden realizar sin tener antes una conversación primero asegurándonos de que no cruzan los límites de nadie.

Así que quédate con esto: si ignora tus negativas, si te coacciona, si te manipula, si se enfada si no lo haces, si te amenaza, si te resignas, no estás teniendo sexo con tu pareja. Te está violando tu pareja.

Mara Mariño

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Orgasmos más largos e intensos, el otro beneficio de trabajar el suelo pélvico

Amiga, ¿sabes cuando vas al gimnasio y te insisten en que tienes que hacer ejercicios de pecho para mantener tu espalda fuerte y evitar que se te encorve de tanto trabajar delante de la pantalla?

Pues pasa lo mismo con tu suelo pélvico.

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Es esa zona de la que tanto oyes hablar a las de tu grupito que ya están embarazadas pero no terminas de saber ni qué es ni para qué sirve.

A modo resumen, te diré que son todos los músculos que rodean tus esfínteres sujetándolos. Y sucede que, por el embarazo, quedan distendidos y no cumplen su función de ‘agarre’.

También hacer deportes de impacto (correr, saltar, montar a caballo…) debilitan muchísimo el suelo pélvico.

Pero Valérie Tasso, que es escritora, sexóloga y Embajadora de LELO España (www.lelo.com), explica mucho mejor que yo por qué tenemos que ejercitar -a cualquier edad- esta zona.

«Es un músculo encargado de sostener nuestras gónadas (órganos genitales internos) y permite evitar que se ‘caigan’. Al no poder ver este músculo, pensamos que no existe. Con el paso del tiempo y la fuerza de la gravedad (además de otros acontecimientos como tener un bebé), este músculo se va cayendo, se debilita esta ‘malla’ que sostiene nuestros órganos», dice la experta.

Según Valérie, es lo que puede provocar incontinencia, respuesta sexual más lenta, dificultades para llegar al orgasmo, prolapsos de vagina, útero y ano (desplazamientos)…

«Lo bueno del suelo pélvico es que, a poco que se ejercite, suele ser muy agradecido. Tener una pequeña rutina de ejercicio del suelo pélvico toma poco tiempo y tiene grandes beneficios a largo plazo«, afirma.

Las señales en las que te tienes que fijar

Además de la incontinencia urinaria, no aguantar dentro de la vagina tampones o bolas chinas son señales de que el suelo pélvico necesita ponerse en forma.

«A veces las señales no son tan evidentes. Cuando nunca habías tenido problemas para llegar al orgasmo, y cada vez tienes más dificultades para lograrlo, puede ser debido a muchos factores (estrés, tensiones, cansancio, etc.) pero también puede ser por culpa de un debilitamiento de tu suelo pélvico, afirma la sexóloga.

Cómo ejercitar el suelo pélvico

En palabras de la experta: «Se puede trabajar el suelo pélvico sin peso y/o con peso. Los ejercicios de Kegel son muy buenos para trabajar este músculo. Y además, sencillos. Luego, como complemento, las llamadas ‘bolas chinas’. De todas formas, siempre recomiendo que las personas acudan a un fisioterapeuta de suelo pélvico que sabrá, en todo momento cómo trabajarlo según el estado del PC de cada paciente».

  1. Primero siéntate e intenta contraer y relajar el ano (o la vagina. Imagínate que estás intentando orinar y que, para que no salga la orina, tengas que cortar la micción. Eso se consigue si contraes la vagina). Y así, sucesivamente.
  2. Para saber si estás haciéndolo bien, tu cuerpo no tiene que moverse y tus piernas y tus glúteos no deben temblar. Nada. Solo el ano (o la vagina que, en el fondo es lo mismo porque si contraes el ano, notarás que la vagina también se contrae. Y viceversa).
  3. La clave es esa: que tu cuerpo no se tensione y que no sientas dolor. Cuando ya tengas experiencia, podrás hasta andar haciendo estos ejercicios. Solo es cuestión de práctica. Al principio estás muy enfocada en esta área de tu cuerpo. Luego, podrás andar o escribir en tu ordenador mientras ejerces tu suelo pélvico.

Evitar la ‘caída’ de los órganos internos (que podría tener a la larga unos efectos muy desagradables, como la incontinencia o los prolapsos que, llegado a cierto punto, requerirían cirugía) es una razón más que suficiente como para entrenarlo.

Pero también recuerda que tener un suelo pélvico fuerte permite conseguir orgasmos más largos, más intensos y de manera más regular.

«En otras palabras, refuerza tu potencial orgásmico y te permite disfrutar mejor de tu sexualidad», declara Valérie.

Mara Mariño.

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Menos tabúes, más mujeres hablando de sexo

Hace cinco años me ofrecieron la oportunidad de hacer algo inesperado, escribir un blog de sexo.

Y, como buena ex alumna de colegio de monjas, mi único requisito fue poder hacerlo bajo el pseudónimo de Duquesa Doslabios.

(No fuera a ser que alguien de mi entorno estuviera al tanto de que escribo la palabra «vagina» tantas veces al mes y provocara un escándalo).

PEXELS

En aquel momento, muy poca gente era consciente de mi doble vida. De que, además de periodista de otras cosas, escribía artículos de BDSM, pareja, ghosting o enfermedades de transmisión sexual.

El Satisfyer todavía no había aparecido, y algunos de los temas -como el hecho de que el clítoris fuera un órgano para dar placer- todavía estaban lejos de convertirse en la carne de Twitter que son hoy en día.

Compatibilizar ambos mundos me parecía un reto al principio. ¿Qué podía aportar que resultara interesante?

No era una experta en sexo. Pero sí podría hablar con personas que lo fueran.

Las entrevistas han sido y son mi perdición. Cuando una sexóloga, psicólogo, doctora o eminencia del mundillo con ‘X’ me cuenta algo para que escriba sobre ello, me doy cuenta de lo grande y variado que es nuestro ámbito más íntimo.

En estos cinco años he aprendido a estar en pareja, he reflexionado de relaciones del pasado, he compartido anécdotas de otras mujeres que querían que hablara sobre algo que les había pasado.

Me he enfadado, me he reído, he escrito artículos llorando de rabia. Porque si algo ha conseguido Lilih Blue es conectarme conmigo misma en todos los niveles de mi vida.

Tanto emocional como sexual, el más evidente quizás.

Este viaje que me ha llevado a sitios tan inesperados como el Salón Erótico de Barcelona o a charlas en boutiques eróticas. He entrevistado lo mismo a un sumiso por Facebook que a una chica que vendía sus bragas.

En estos cinco años de bloguera, he visto un cambio imparable. De repente el clítoris, las red flags, los amores tóxicos o el consentimiento -que algo se hablaba, pero menos-, eran temas de conversación fuera de la pantalla.

Pienso que, hasta hace nada, una violación se seguía considerando abuso. El porno era nuestra única ‘escuela’ educación sexual. Y una mujer que hablara de sexo, de deseo, era una ninfómana.

O una mala mujer por disfrutar con su cuerpo y enseñar a otras a hacer lo mismo -y no necesariamente acompañadas-.

El placer femenino ha sido invisibilizado durante siglos y tengo (y tenemos) la suerte de que ahora podemos hablar de ello. Y, ser escuchadas.

Escuchadas en grupos de amigos, en reuniones familiares, escuchadas en el blog de 20minutos.es. No tener límites ni impedimentos tratando este tema es dar un paso hacia el mundo que quiero.

Ese en el que no se nos juzga por vivir libremente nuestros deseos, en el que hay menos tabúes y más igualdad tanto dentro como fuera de la cama.

Y esto me ha llevado aquí, a desprenderme de la máscara -aunque lleve una en la foto-, a quitarme los prejuicios de los que sigo hablando y en los que sigo trabajando, a reeducarme sexual y afectivamente, a salir a la luz y decir que estoy orgullosa de este espacio, de tener la oportunidad de hablar en este diario, de que me encanta mi trabajo.

Así que, ¿por qué no empezar a firmarlo, después de cinco años, con mi nombre y apellido reales?

Mara Mariño.

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Comprar juguetes sexuales, ¿cuestión de discreción o tabú?

Hace unos días fui a un sex shop a comprar un plug anal. Aunque en la caja venía la imagen, explicaciones y todo lujo de detalles, la dependienta me lo guardó en una bolsita blanca de papel.

Por lo visto, para que nadie se entere de que estoy comprando un juguete, ni que he estado en esa tienda.

En la bolsa tampoco aparecía nombre del sex shop. Es decir, si tú me ves por la calle, puedes pensar que lo mismo llevo una colonia de regalo para mi madre que una caja con pendientes.

Unsplash

Si me da por ampliar la colección de juguetes, es algo que forma parte de mi intimidad y puedo agradecer que no todo mi vecindario esté al tanto de qué me compro o me dejo de comprar.

Pero, ¿se hace realmente para proteger la intimidad o es que no estamos listos para verlo?

Me acuerdo como, hace unos años, Cara Delevingne y Ashley Benson se convertían en carne viral de internet por una foto en la que aparecían metiendo un juguete en casa, una especie de banco multiposición para practicar bondage.

La atención mediática fue tal que, meses más tarde, le seguían entrevistando acerca de aquella imagen: si lo habían comprado, si se lo habían enviado, si era para ella, si era un regalo para otra persona…

Preguntas y más preguntas, que es precisamente lo que evita la discreción de la bolsa blanca.

Pero ni Cara ni su pareja quisieron envolver la caja. Por eso se convirtió en algo tan comentado. No solo habían comprado un juguete, sino que lo enseñaban al mundo libremente.

Creo que una de las razones por las que se hizo tan popular fue justamente que es raro ver a nadie con sus recién comprados juguetes por la calle.

Pero, ¿y si lo normalizáramos? ¿No conseguiríamos que se convirtiera en algo habitual a lo que terminaríamos por acostumbrarnos?

Sara Izquierdo (@vozdelagarta en Twitter e Instagram), que es estudiante de psicología y sexología, lo comentaba en su cuenta.

Si bien Sara defendía el derecho a la privacidad a la hora de comprar este tipo de artículos, su reflexión iba más allá.

«No existen envíos discretos con ropa o comida. Mercadona no manda sus paquetes sin el logo para que nadie se entere», decía en sus historias.

«Esto ocurre por la censura que tenemos con la sexualidad y por la vergüenza que nos han inculcado. No da la opción de ‘quieres envío discreto sí o no’, lo envían automáticamente así».

Para ella, la conclusión es clara: «El hecho de que se envíe por defecto de forma discreta es un reflejo de la sociedad en la que estamos».

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Es como para reflexionar. Y de paso, pedir que haya opciones de envíos normales para quienes quieran recibirlo con la misma ilusión que hace abrir una hamburguesa en una bolsa con el logo de tu cadena de comida rápida preferida.

¿Por qué negar ese disfrute si se trata de, además, algo pensado para dar placer?

A lo mejor si viéramos más a menudo bolsas con nombres de condones, no te pondría los ojos en blanco el chico de turno cuando le dices de usarlos.

Y creo que tampoco sería tan escandaloso -ni vivirías tu fetiche por la sumisión como algo de lo que sentir vergüenza- si de pronto vieras más personas que también compran bozales y correas.

Volviendo a la tienda de juguetes de mi barrio, y sacándole el tema a la dependienta, me comentó que más de la mitad de sus clientes preguntaban con la compra si se lo podían poner en una bolsa discreta.

También una rápida encuesta en Instagram me revela que la mayoría prefieren que siga siendo así. «Nuestra vida es muy pública hoy en día. No está de más guardar algo para nosotras/os«, me respondía una seguidora.

Lo que queda claro es que, mientras siga perteneciendo al ámbito privado y lo llevemos con secretismo, será un tema que nos costará hablar con normalidad.

Quizás algo de razón tiene Sara y seguimos viviéndolo con vergüenza. Sería eso lo que habría que cambiar en primer lugar, estampar un logo o foto en una bolsa siempre es más sencillo que educar.

Duquesa Doslabios.
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Amiga, por estas razones deberías pasarte al porno ético

Hace unos días vi, por primera vez en mi vida, porno ético. Y no se parecía en nada al que había visto hasta ese momento.

ERIKA LUST FILMS

Sí, me refiero a esos vídeos que circulan por internet de «La suegra enseñándome a follar», «Compartiendo mi novia caliente» o «Adolescente tetona se folla a sus compañeros».

Las historias del porno ético, un mundo aparte, bien podrían parecer de verdad, esas en las que una pareja empieza a darse un baño y termina practicando sexo oral.

Y si hay un nombre que se relacione con este género es el de Erika Lust.

La directora, que crea un porno completamente disruptivo en Erika Lust Films, ha conseguido crecer ampliando su equipo gracias a una clave fundamental.

Para nosotras es más fácil sentirnos identificadas con esas tramas antes que con las del porno más mainstream.

Estéticamente, también le da varias vueltas. Tiene un cuidado detrás, una dirección de arte…

Y no solo una visión creativa estudiada, las condiciones de quienes trabajan detrás son dignas, de ahí que sea un producto de pago para que su consumo resulte sostenible.

Se paga a los intérpretes, al equipo, se buscan localizaciones a la altura de la historia… Cada detalle está tan cuidado que es fácil entender lo que las propias productoras afirman sobre sus obras.

«Hacemos cine con escenas eróticas», afirmaba Jahel Guerra, Senior Producer y Talent Manager de Erika Lust Films hace unos días en Barcelona.

Marina Rull, otra de las productoras que acudió al evento en Casa Bonay, explicaba también por qué su pornografía es tan necesaria: “Lo que lo hace ético es la igualdad y el buen gusto que le ponemos a esa película. Queremos impulsar algo más igualitario”.

Y es que salirse de las etiquetas que sexualizan a las personas -o directamente darle espacio a quienes no se ven representados-, así como impulsar sus carreras, es otra de sus características: crear un producto inclusivo.

¿Su principal objetivo? El que consiguieron cuando, tras ver la película, solo pudiera pensar en meterme en una ducha con mi pareja a que me enjabonara el pelo y terminara el baño con un buen cunnilingus.

Que todo el mundo se vea reflejado en la ficción.

«Queremos hacer cine erótico que le guste a la gente», algo que, bajo su punto de vista, pasa por sacar menos genitales -aunque también tienen su parte de protagonismo- y más el disfrute de los performers, explicaba Marina Rull sobre Else Cinema, la versión más naíf de Erika Lust Films.

Y aunque el porno mainstream sigue siendo el todopoderoso de la industria, está en nuestras manos salir de ahí y buscar más calidad.

Lo que equivaldría a dejar de comer comida basura y pagarnos una buena cena en ese restaurante al que siempre hemos querido ir.

Porque este cambio, pedir calidad, no solo consigue que promovamos una visión más variada y tengan también su voz mujeres en un sector pensado por y para hombres.

Implica plantarle cara directamente al porno mainstream saliendo de ese erotismo que poco o nada se parece a nuestra sexualidad -pero que construye desde nuestros primeros años de vida-.

Y esto no ya solo nos beneficia como consumidoras, sino también como mujeres en general en la sociedad.

Porque se proyecta una imagen de que somos iguales en la cama, de que podemos ser tratadas con respeto y disfrutar de ello. Y eso construiría una idea de la sexualidad donde dejamos de estar cosificadas y humilladas.

Duquesa Doslabios.

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De los chistes a las agresiones: cómo combatir nuestra propia homofobia según una psicóloga

La educación sexual que recibimos se queda corta. No solo queda en evidencia con el desconocimiento que tenemos ante las enfermedades de transmisión sexual.

Agresiones homófonas, chistes cuyo objetivo es reírse de la orientación sexual o incluso seguir viendo la vida con el prisma de los estereotipos son otras demostraciones de que nos queda mucho como recorrer como sociedad.

UNSPLASH

«Cualquier tipo de educación sexual ha de contemplar la diversidad y el feminismo. Porque no es sólo un deber sino también un derecho tener acceso a esta información, que ayuda a entender y respetar la verdadera naturaleza humana», afirma Ana Sierra, psicóloga y sexóloga.

«El tabú sigue presente, más aún cuando hay voces que incitan a que siga siéndolo. Es vergonzoso que en pleno siglo XXI la educación sexual integral sea una asignatura pendiente«, dice la experta.

¿Cuándo tendría que empezar la educación en diversidad sexual y de qué manera?
Debería ser una asignatura obligatoria no sólo en la educación reglada, sino en toda la población desde la infancia hasta la vejez, y estar presente en todas las áreas de nuestra vida, en familias, centros escolares, trabajos y empresas, instituciones, políticas y en la calle. Sexualidad es vida, y no podemos dejarla colgada en una percha para ir al trabajo.

Siempre manejando información de calidad, porque el miedo es la causa del odio y la violencia. Educación sexual integral, donde la diversidad sexual y de género se reconozca natural, porque lo es.

¿Son las familias quienes deberían hacerse cargo de esta educación o también ir acompañadas por los centros escolares?
No solo los centros escolares, la sociedad en su conjunto tiene la responsabilidad individual y colectiva de acompañar y educar de manera activa. Según los datos de Control, si bien es cierto que 7 de cada 10 jóvenes (72,2%) han recibido educación sexual en el colegio, muchos destacan que la han recibido de la familia (26,2%) o la comunidad médica (15,6%), lo que demuestra que esta educación proviene de diversas fuentes. Por desgracia, a las familias les queda grande educar en este sentido, pues no suelen estar educadas en la diversidad sexual. Pero todas son diversas, aún no perteneciendo a las siglas LGTBAIQ+.

Popularmente se sigue creyendo que las personas cishetero son las “normales” y las “diversas” son las otras. Una falacia más que nos separa y genera miedos. Estamos naturalizando lo artificial y nadie es “normal”, lo natural es ser único, y por tanto raro. Es ahí donde radica nuestro valor, fuerza y belleza. Nos unimos nos hacemos más fuertes, pero dentro de cada una de las siglas hay personas únicas y diversas.

Si ya somos adultos, ¿cómo podemos trabajar por nuestra cuenta en la propia educación sexual?
Reconociendo que no entendemos nada y buscando la información que necesitamos en fuentes fiables. Es un acto de humildad que suele costar, pero es absolutamente gratificante porque nos libera y liberamos a los demás de nuestros prejuicios. Dejamos de proyectar nuestra ignorancia, que se traduce en miedo y violencia hacia lo desconocido.

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¿Cómo deberíamos reaccionar ante agresiones homófobas?
Si es en primera persona y estás recibiendo una agresión, por desgracia no hay una fórmula mágica. De hecho, puede generar culpabilidad no reaccionar de la manera que creíamos “adecuada”. Por ejemplo, una persona podría haberse formado en defensa personal y luego bloquearse si le agreden físicamente. O espera saber reaccionar ante una agresión verbal y luego se da cuenta de que sus actos o estrategias no funcionan en la realidad. Las expresiones homófobas no se rigen por procesos lógicos, por lo que la desactivación de sus actos no responde a lo que podríamos considerar razonable; la emoción suele superar la razón, en estos casos. Esto no solo genera frustración en la víctima, sino que activa su miedo, pudiéndose gestionar de muy diversas formas. En ocasiones, puede experimentar la sensación de estar en peligro constante y no poder hacer nada por remediarlo; es lo que se conoce como indefensión aprendida.

Desde el otro lado, si presenciamos una agresión hacia otra persona, lo urgente sería pedir ayuda, llamar al 112 y socorrer a la persona agredida, siempre que podamos y según el tipo de agresión. No es necesario poner nuestra vida en riesgo ni hacernos los héroes, hay que hacerlo con cabeza siempre, pero se puede ayudar de muchas maneras. Acompañar tras la agresión, escuchar, denunciar el hecho y colaborar si fuimos testigos, es ya de gran ayuda. Lo ideal, denunciar desde el primer acto homófobo, ya sea un insulto u otro comportamiento discriminatorio. Naturalizar estos comportamientos o insultos es un gran error.

¿De qué manera puede -o debe- involucrarse una persona heterosexual en la lucha por la igualdad y la diversidad?
Tendríamos que ser conscientes de que no hay que ser de un colectivo concreto para luchar por sus derechos. Como comenté, no son los otros y yo, que por ser cishetero me libro y qué suerte tengo. Conectemos con la empatía y la compasión, que habla de la comprensión y acompañamiento en el sufrimiento. Juntos somos más fuertes. Si vives a gusto en una sociedad que discrimina, oprime y agrede a otra persona por su condición, sea la que fuere, pregúntate si es coherente esto que te sucede.

Tu miedo lo hace coherente, pero acude a psicología urgentemente, porque algo en ti no funciona, y quizá sea tu humanidad. Por otro lado, ahora somos las mujeres, las personas racializadas, las LGTBAIQ+,…pero mañana te puede tocar a ti por ser bajo, rubio o demasiado alegre. Estamos defendiendo también tu derecho a ser.

¿Qué pequeños y grandes cambios podemos adoptar?
Suprimir chistes, bromas, comentarios del tipo “se le nota o no que es trans, o no parece que sea lesbiana”. De hecho, un ataque homófobo, por ejemplo, no solo se realiza hacia un hombre por ser homosexual, sino también por parecerlo. Esto que tiene que ver con el cisheteropatriarcado y la masculinidad hegemónica. Revisar nuestras actitudes, prejuicios, pensamientos y proyecciones de nuestras creencias sobre su rendimiento o confianza, por ejemplo; son acciones que deberíamos llevar a cabo cualquier persona sobre otra.

Hacer educación sexual integral, explicar y desterrar mitos, en cualquier parte, una cena, el trabajo, el colegio, medios de comunicación, entre ellos las RRSS, ya sea con grandes lecciones como con pequeños comentarios y acciones, y visibilizar la realidad desigual y dramática que viven tantas personas, ya es un gran apoyo, además de una responsabilidad colectiva que, si no se pone en práctica, te hace posicionarte del lado que discrimina.

Psicológicamente, ¿cómo afectan los comportamientos o comentarios LGTBIfóbicos a quién los recibe?
Cada persona es única y, por tanto, existen diferencias individuales. La afectación y evolución de las personas agredidas varía en función de la experiencia, su personalidad, el apoyo externo recibido, cuestión especialmente importante, la familia, escuela, trabajo, instituciones, políticas y leyes, sociedad, fortalezas personales, homofobia interiorizada, auto concepto y muchos otros aspectos.

Un único comentario puede hacer más fuerte y motivar a la persona agredida en la lucha por sus derechos. Otras consecuencias, más generalizadas, serían la baja autoestima, que puede derivar en otras afectaciones psicológicas e incluso la somatización física. Sin olvidar las conductas de riesgo y autolíticas o autolesiones. Recordemos que el suicidio también puede reconocerse como el resultado de la agresión, pues es “matar sin matar”.

¿Qué países podemos mirar como ejemplo a la hora de convertirnos en una sociedad igualitaria? ¿Qué nos diferencia de ellos?
En nuestro país se trabaja mucho por los derechos humanos, pero tendría que ser una responsabilidad colectiva, y no lo es. Cada persona puede y debe cuidar su parcela para hacerla amable al otro. La guía turística Spartacus que elabora el Gay Travel Index, un índice que pretende apoyar la seguridad de los turistas pertenecientes al colectivo LGBT en todo el mundo, en su listado de 2020 puntuaba a España con un 9 sobre 12 situándonos dentro de los más seguros, en un tercer puesto compartido con Reino Unido, Países bajos y Argentina. Solo superado por Austria con 11 y con Malta, Suecia y Canadá a la cabeza, con 12.

A nivel europeo, dentro del ranking de los países con mejor y peor puntuación en leyes, políticas y prácticas que afectan a la comunidad LGBTI (Rainbow Esurope, 2021) ocupamos la 8ª posición, con una puntuación de un 64,59 sobre 100%.(100%= respeto de derechos humanos. Igualdad total) En primer lugar Malta, 93,78% y en último Azerbaiyán, que con una puntuación del 2,33%.

¿Podrías explicar por qué el hecho de que dentro del propio colectivo se utilice la palabra «maricón» a modo de apropiación del insulto no es igual que se utilice de forma peyorativa?
“Maricón”, históricamente, era una forma de criticar al hombre que no se comportaba como tal, pues no cortejaba a la mujer. Un término homófobo y machista, a su vez. Cuando se utiliza dentro del colectivo y aliados, se utiliza desde el cariño, no como insulto y se produce un reajuste del síntoma. Un proceso donde un concepto que es asociado socialmente a lo negativo, debido a prejuicios e interpretaciones sesgadas, se reformula como positivo o adaptativo para la persona que se veía discriminada por el mismo.

De esta manera, la apropiación de las personas gays del término “maricón”, transita del insulto al orgullo. Por supuesto, la procedencia, actitud e intencionalidad de su uso es lo que dota a esta palabra de un significado u otro. Este tipo de empoderamiento ocurre de manera similar en mujeres feministas, frente al machismo, en lemas como “lucha como una chica” o en el caso de la “N-word”, un eufemismo que hace referencia a la palabra “negro” o “Nigga”, impronunciable en EEUU salvo entre amigos dentro de la comunidad negra.

Duquesa Doslabios.

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Sí, mi educación sexual fue algo traumática y el colegio tuvo la culpa

Incluso siendo de las pocas personas de mi generación que ha recibido una educación sexual en su centro educativo, las escasas clases que me dieron sobre el tema son para darle una vuelta.

En la E.S.O., tres horas de educación afectivo sexual en los cuatro años que dura ese periodo fueron toda la explicación que recibí en el colegio sobre protección, menstruación, cambios en el cuerpo durante la adolescencia…

UNSPLASH

El bachillerato fue un poco diferente. La clase terminó con una presentación de fotos de fetos. Y no de esos de libro de biología con colores rosados y flechas explicando las diferentes partes.

Fetos abortados.

Así fue como mi colegio, uno de esos religiosos de los que se encuentran en Padre Damián, muy cerquita del Bernabéu, se encargó de lanzarnos el mensaje más contundente: chicas, no abortéis, esto es malo.

Si las clases de la E.S.O. nos sirvieron como toma de contacto, el año de bachillerato, cuando la mayoría rondábamos los 16 y 17 años, debería haber sido una ampliación a modo de refuerzo.

Más que nada porque, aunque no había muchos que ya hubieran empezado a tener sus primeras vivencias, estábamos al caer todos los demás.

Aquel era el momento de que nos recordaran cómo protegernos, cómo cuidarnos, cómo nuestra salud sexual dependería siempre de nosotros.

Porque aquellas breves charlas de hace dos, tres o cuatro años, se nos habían quedado tan olvidadas como la lección de Conocimiento del Medio de la célula eucariota.

Y la mayoría no nos sentíamos lo bastante cómodos con nuestros padres como para sacarles el tema.

Se habla del adoctrinamiento en Cataluña con mucha preocupación. Que en Madrid a los 16 años te obliguen a mirar imágenes de abortos con el beneplácito del centro escolar, no es para nada alarmante.

Quien nos dio la charla no nos permitió elegir, no contó con nuestro consentimiento. «¿Queréis ver algo fuerte? Os voy a poner unas fotos», contestó pulsando el play sin esperar una respuesta por nuestra parte.

Hace 10 años volví a mi clase aterrorizada después de la carne y la sangre, con el estómago revuelto del susto en el cuerpo. A día de hoy, lo recuerdo indignada y enfadada.

No solo por robarme la voluntad de decidir, sino por vender como educación sexual algo cuyo objetivo era condicionarme a tomar una decisión sobre mi cuerpo: la de llevar a su fin un embarazo.

Que mi cuerpo era antes de aquella vida que mío.

No faltó el comentario de la ponente recordándonos que siempre podríamos dar el bebé en adopción. Cualquier cosa menos sesgar una vida de Dios, clásico recurrente del discurso conservador.

Así pasó, que tanto yo como mis compañeros cumplimos 18 años sin saber que podíamos contagiarnos de una ETS de tener sexo oral sin usar un condón.

Pero con la idea clara de que el aborto estaba fuera de la mesa con una experiencia traumática que a día de hoy sigo recordando vívidamente.

Porque eso es lo que consiguió mi colegio: quitarme la idea de que podía elegir utilizando el miedo.

Así que, una década más tarde -no sé cómo lo harán ahora, pero la crítica la merecen igualmente-, opino que deberían haberse ahorrado el amaestramiento.

Educar es otra cosa y se debe hacer no solo enseñando sin sesgos ni fisuras de una forma completa y transparente, siempre desde la libertad del conocimiento pleno y no con la amenaza del miedo.

Duquesa Doslabios.

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Por qué no deberías reciclar nunca un condón (aunque solo lo hayas usado un rato)

Aunque la mayoría de las historias que os suelo contar son vivencias propias, la de hoy no me pasó a mí (por suerte), pero sí a una de mis amigas.

El panorama era el siguiente: había invitado a aquel chico a casa. Teniendo en cuenta los horarios de repartos a domicilio de cena, pidieron algo de comida y se dispusieron a matar el tiempo con otros asuntos.

Aquello fue in crescendo y, al poco, estaban en el clásico ‘magreo interruptus’ de a ver cuál de los dos era el que se levantaba de la cama a por los condones.

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Le tocó a él y mi amiga se quedó esperando. No hace falta que entre en detalles de lo que pasó a continuación, más allá de que cuando llegó el pedido con la cena, tuvieron que dejar sus asuntos pendientes a medias.

Hay dos tipos de personas, las que son capaces de aguantar el hambre por la pasión del momento y las que -una vez hay comida-, lo demás desaparece del mapa y el estómago manda.

Ellos eran del segundo tipo, así que dijeron de retomarlo después de cargar fuerzas. Cuál fue la sorpresa de mi amiga cuando, otra vez en materia, su invitado se puso a buscar el condón anterior para usarlo otra vez.

Yo no estaba allí, pero me imagino perfectamente la cara de asco de mi amiga hasta el punto de que él le preguntó extrañado que qué tenía de malo si no había llegado a correrse.

Clásico problema de falta de educación sexual: relacionar el preservativo con la barrera de protección ante el embarazo y nada más.

Pero incluso aunque esa fuera su única función en un maravilloso mundo en el que no existieran las enfermedades de transmisión sexual, tampoco se podría reciclar.

Al extenderlo para colocarlo y darle uso, hemos gastado la vida útil del condón, como cuando cortamos un trozo de papel higiénico y nos limpiamos, nadie se planetaría volver a usarlo.

Aunque hayan pasado solo unos minutos, es mejor coger otro que usar el mismo ya que pierde efectividad.

¿Te imaginas colocarlo una vez desenrollado? Se resbalaría y no habría forma de que quedara tan bien puesto como al principio.

Y eso es algo que se traduce en que podría haber fugas por no aislar el pene por completo y hasta romperse.

Si uno de los dos tiene una enfermedad venérea, es el perfecto caldo de cultivo para que cualquiera pille algo por los restos de fluidos de la otra persona.

Vamos a asumir desde ahora que el preservativo no es la bolsa del supermercado y hoy puedes ir a por el pan y mañana a por pescado.

Podemos ahorrar en salir con los amigos, en ir al cine o en comprar ropa, pero no en salud sexual. Y, si no nos da para una caja de condones, mejor no hacer nada. Hay un montón de vías alternativas igual de placenteras que te animo a explorar.

(Aunque plantéatelas si realmente te compensan si das con una persona tan cutre como la que se encontró mi amiga).

Duquesa Doslabios.

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