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Entre el placer de arañar y el de ser arañado

“Amiga, abre ya el melón de los arañazos en la espalda”, me escribieron hace unos días. Y es un melón que me parece delicioso.

Hay algo ahí. En dejar salir el instinto animal y desprendernos de la humanidad de hacer el amor mirándose a los ojos. Algo bestia y salvaje, carnal y un poco oscuro.

LELO

Porque en el momento en el que las clavas, sabes que vas a dejar huella.

Quizás es el disfrute de convertir algo placentero en todavía más intenso, con esa fina línea que divide el gozo del sufrimiento y multiplica el primero.

Pero es también el gusto por marcar como nuestro el terreno conquistado.

De decir “esa piel es mía”, al menos durante ese rato y el tiempo que duren las heridas.

Y lo mismo con quien las lleva puestas, que cada vez que las ve en el espejo de la ducha -haciendo un poco de contorsionista, no nos vamos a engañar-, recuerda la ocasión en que fueron hechas.

Biológicamente, seguro que hay una explicación racional.y perfectamente lógica.

Porque acumulamos tanta tensión en el momento del orgasmo, que es una de las formas de dejarlas salir.

Pero prefiero seguir pensando en que arañamos porque podemos, porque queremos.

Queremos convertirnos en esa fiera que araña, muerde, gruñe, grita y gime que no podemos ser en la oficina, comiendo el domingo en casa de los padres o haciendo la compra en el supermercado.

Y joder, qué gusto da liberarla.

O que la liberen contigo.

Duquesa Doslabios.

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‘Cualquier juguete sexual se puede usar entre dos’

Si en pareja nos gusta compartir un buen desayuno, una escapada el fin de semana o esa cita en el cine para ver la película que teníamos tantas ganas de si estreno, ¿por qué no compartir un juguete sexual?

Eso es lo que defiende Sara Martínez, experta en comunicación en EroticFeel, cuando se trata de usar los juguetes en pareja.

LELO

Y es que como ella afirma, es algo que mejora la relación por varias razones.

“Hay tantos mitos alrededor del sexo que es difícil desmontarlos todos de un plumazo, pero podríamos empezar por desterrar dos ideas, la primera es que hay prácticas para realizar a solas y otras para hacer en pareja, la segunda es que los juguetes sexuales son para masturbarse en solitario. Parece que a falta de un coito bien está un vibrador y no es así”, declara la experta.

En sus propias palabras: “Los juguetes eróticos no son un sustituto de nada, son una herramienta para darnos placer, pero también para conocer nuestro cuerpo, qué nos gusta y cómo nos gusta, ¿por qué no querrías compartir eso con tu pareja? Igual que compartes un plato delicioso, una botella de vino o un viaje. Los juguetes incrementan la complicidad en la pareja, la comunicación, la diversión, y son una manera fantástica de salir de la rutina y probar cosas nuevas”.

No podemos obviar la importancia que tienen a la hora de ponerle fin a la brecha orgásmica, consiguiendo que esa distancia en el dormitorio se acorte.

Nadie es responsable del placer de otro, hay que empezar por conocer nuestro cuerpo, qué tenemos y dónde está todo (puede sonar a bromar pero de verdad que demasiada gente no lo tiene claro). Cada mujer (y cada hombre) tiene que descubrir qué le gusta y cómo le gusta y para eso los juguetes sexuales son fantásticos”, afirma Sara Martínez.

“Si con un succionador de clítoris llegas al orgasmo en minutos y durante el coito no sueles conseguirlo, ¿por qué deberías seguir como hasta ahora y reservar tus orgasmos para tus ratos a solas? ¿Por qué no combinar distintas estimulaciones, utilizar los juguetes en pareja y daros placer mutuamente?”, opina la experta.

A la hora de escoger el más apropiado, las posibilidades son casi infinitas. Y es que, como ella misma afirma, “cualquier juguete sexual se puede usar entre dos. Es cierto que hay algunos modelos específicamente diseñados para utilizar durante el coito, pero no hay por qué limitarse solo a esos”.

Una bala vibradora, por ejemplo, es perfecta para los preliminares, para excitar los puntos erógenos femeninos y masculinos en cualquier tipo de relación. Pero también son fantásticos los vibradores de varita, los anillos vibradores o los huevos masturbadores, se trata de probar, de convertir el encuentro en un juego que no tenga siempre las mismas reglas”, declara.

Aunque si tenemos que quedarnos con un tipo de juguete como unisex, ese sería sin duda cualquiera dedicado al sexo anal.

“Lo mejor del ano es que no tiene género, todos tenemos uno y, además, repleto de terminaciones nerviosas que provocan un inmenso placer cuando se estimulan correctamente. Los juguetes anales son una de las mejores opciones para jugar en pareja, solo hay que elegir el que más se adapte a lo que buscáis y a vuestro nivel de experiencia”, secunda la experta.

Bolas tailandesas, un plug anal de silicona… “Combinar la estimulación anal con la genital y extraer las bolas tailandesas del ano justo antes de alcanzar el clímax intensifica muchísimo el orgasmo”, afirma Sara Martínez.

Eso sí, la higiene -siempre fundamental- es imprescindible si compartimos lo que hay en el cajón junto a la cama.

“Mantener los juguetes correctamente higienizados es clave para evitar infecciones y alargar su vida útil, si los vamos a compartir hay que extremar la limpieza. Lavarlos siempre con agua tibia y jabón neutro o con un desinfectante específico para juguetes sexuales antes y después de cada uso y guardarlos en una bolsita o neceser por separado, es decir, no guardes diferentes juguetes en la misma bolsa”, explica la experta.

“Además, jamás debemos utilizar el mismo juguete en la zona anal y en la genital sin lavarlo antes adecuadamente porque las bacterias podrían pasar fácilmente de un sitio a otro. Por último, hay que tener en cuenta que los juguetes compartidos también pueden ser foco de contagio de enfermedades de transmisión sexual“.

Para quienes estén buscando ideas de qué nuevo elemento incorporar a la cama, la experta también deja una lista de sugerencias.

“Nuestros juguetes para parejas más vendidos son el Satisfyer Double Joy, un diseño con forma de U que estimula al mismo tiempo el clítoris, el punto G y el pene, los tres modelos de Satisfyer Endless, y el LELO Tiani 3 (más sofisticado y con control remoto)”, dice Sara Martínez.

Duquesa Doslabios.

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Asfixiar en la cama, ¿se puede hacer de forma segura?

[Procedo a hablar de una práctica que, mal ejecutada, puede llevar a la muerte. Si no tienes experiencia, es mejor que no la lleves a cabo]

El cuello parece diseñado para jugar con la boca, recorriéndolo en busca del lugar más apropiado para plantar una hilera de besos.

Pero también para marcarlo con los dientes, flojos o suaves, que se aferran a los músculos consiguiendo la reacción inmediata de erizar el resto de la piel.

Recorrerlo con los dedos, acariciarlo e incluso agarrarlo son otras opciones para disfrutarlo.

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Para esas ocasiones en las que se agradece un estímulo extra, no puede faltar presionarlo. Pero, ¿es lo mismo que la asfixia erótica?

En lo que consiste esto último es en, conscientemente, disminuir o cortar el flujo de oxígeno durante diferentes momentos de la relación sexual como parte del juego.

Privar al cerebro de oxígeno es una práctica sexual que, al formar parte del BDSM, está relacionada con juegos de sumisión y dominación.

Lo que implica es poner al cuerpo en una situación extrema que se convierte en placentera en el momento que el oxígeno vuelve a llegar con normalidad, la liberación de dopamina y serotonina son las que hacen que se alcance un estado de euforia.

Como todas las experiencias dentro del BDSM necesita consentimiento, pero esta más en concreto, una formación más allá de ponerse a apretar el cuello.

Y es que la presión regular sobre la garganta puede llegar a dañarla. El cuello, la laringe o incluso la tráquea pueden verse afectados.

Llevándolo al extremo, que la persona pierda el conocimiento por la falta de oxígeno puede terminar en un infarto, ictus o la muerte.

Aunque no es muy frecuente, sí que debemos ser conscientes de las consecuencias que pueden acarrear realizar un estrangulamiento sin conocimiento.

Una opción para hacerlo sin llegar a poner en peligro la salud de la otra persona, es limitarse a sostener el cuello con una mano y presionar los laterales.

Hay que evitar al máximo la zona de delante que es la que puede verse más afectada.

Y siempre es mejor aplicar menos presión, aunque sea un estrangulamiento más suave, que mucha y de golpe.

Es quien hace fuerza quien debe prestar atención a la otra persona y captar rápido que, cualquier gesto o indicativo, significan parar de forma inmediata.

Por esa razón, es mejor no usar juguetes como collares o cuerdas en esta práctica. Lo bueno de la mano es que se quita con mayor velocidad.

Duquesa Doslabios.

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Puedes mejorar como amante si empiezas por el sentido del oído

Vengo a llevarle la contraria a esa idea que, con curioso éxito, se coló en la cabeza de la mayoría. Incluso antes de que tan siquiera empezáramos a tener sexo.

“Lo que necesitas para disfrutar es un buen pene”.

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Con semejante concepto, ¿cómo no iban a sentirse inseguros nuestros compañeros de clase viendo que el relleno de su calzoncillo poco o nada se parecía a las películas porno?

Y también ¿cómo íbamos a entender nosotras que, para pasarlo bien, centímetros más o de menos, eran igual de innecesarios?

No había forma de saberlo.

Es el tiempo y la experiencia en terreno de sábanas -o sofás, suelo, ducha o parte de atrás del coche- los dos factores que me hicieron llegar a las auténticas características del buen amante.

En El libro de Buen Amor, Juan Ruiz, arcipreste de Hita, diferencia claramente el profano -relacionado con la carne- del verdadero -el divino-.

Si existiera El Libro de Buen Amante, podríamos hacer lo mismo.

Hemos aprendido un erotismo que se basa en tamaños descomunales de miembros, un rendimiento eterno, orgasmos infinitos, felaciones que terminan en arcada y puntos finales con eyaculaciones por todas las partes del cuerpo.

El verdadero (y la verdadera) amante no se distingue por estas habilidades de vídeo de internet para hacerse una paja.

Las veces que me he encontrado con personas de estas características, tenían en común un increíblemente desinteresado sentido del placer, de dar por el gusto de ver a la otra persona disfrutar.

Son también quienes hacían del momento un marco físico y temporal en el que me sentía segura.

Donde un “para” iba a traducirse de forma inmediata en una pausa y un “más fuerte” en una consecuencia igual de instantánea.

Porque para ser buenos amantes, el sentido que más debemos tener desarrollado es el oído, para escuchar. Escuchar qué quiere, qué le gusta, hasta dónde y hasta cuándo.

Escuchar también si eso sí o si es un “no”. Y hacer del oído un sentido de la interpretación con el que guiarnos sobre el cuerpo ajeno, como si de un mapa se tratase.

Un jadeo, el aumento de respiración o un gemido gutural harán las veces de señal de tráfico, marcando el camino a seguir en esa dirección.

La ausencia de ellos, puede dar pie a experimentar de manera creativa. Pero también es la ocasión perfecta para -oído listo- preguntar “¿cómo te gusta más?”.

Y, al rato, tras haber desatado la euforia y aprovechando el descanso, poder volver a desgranar lo sucedido. Siempre con el objetivo de mejorar en la próxima.

Es también de buen amante que lo mismo se preocupe de que en casa haya lubricante -nunca se sabe si habrá flujo suficiente por el día del mes- como de pasar el papel higiénico para limpiarse y no ir goteando por casa.

Así que bien podría decir que es quien te escucha y te da, no tanto lo que deseas, sino lo que necesitas en cada momento.

Duquesa Doslabios.

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Si quieres aumentar tu apetito sexual, haz este plan antes de que acabe el verano

Las puestas de sol tienen ese romanticismo atemporal. Lo mismo emocionan desde un sitio emblemático de la ciudad que a la orilla del mar.

Puede ser la magia de que cada día el despliegue de colores es algo único, la esperanza de que la noche pueda dar pie a nuevas emociones o lo mucho que favorece la golden light (capaz de hacer palidecer de envidia un filtro de Instagram).

Pero no es su único superpoder. Son capaces de hacer que tengamos más ganas de follar.

SKYN USA

Dicho así suena un poco a fantasmada. Si eso fuera verdad, ¿cómo es que los miradores no se han convertido en auténticas bacanales? ¿Por qué en la playa no encontramos montañas y montañas de condones en vez de alguno suelto?

Según el último estudio de la Universidad de Tel Aviv, hay una proteína en las células de la piel (se llama p53 por si tienes curiosidad biológica) que serían las responsables de aumentar la libido.

No es que la función de esta proteína sea la de despertarte el deseo, de hecho se encarga de proteger el ADN de las células del daño que produce la exposición al sol.

Así que, todo lo que signifique hacer planes al aire libre con un cielo despejado hará que tengamos una predisposición mayor a intimar que cualquier maratón de películas en el sofá.

Claro que, con el calor, pasar el día haciendo senderismo por el Valle de Liébana tampoco parece el mejor preámbulo a una sesión salvaje de sexo.

De ahí que ver juntos la puesta de sol sea la combinación perfecta para activar la proteína de tus células y no arriesgarte a padecer el golpe de calor.

Otro dato curioso es que el estudio de la universidad israelí no esperaba hallar información sobre nuestro apetito sexual relacionado con la meteorología.

Es más, se encontraban estudiando la evolución del cáncer de piel cuando descubrieron de manera accidental el despertar de la proteína que aumentaba la libido.

Así que, ahora que sabes que la exposición al sol se traduce en momentos de pasión, es el momento de untarte bien en crema con protector solar y salir de casa con tu crush.

Aún hay días de verano que podemos aprovechar.

Duquesa Doslabios.

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Placer para él: cómo encontrar su Punto P, la zona erógena masculina escondida

Mi despertar sexual tuvo dos momentos. El primero cuando descubrí que tenía algo entre las piernas que servía mucho más que para hacer pis.

El segundo cuando aprendí a utilizar mi propio clítoris.

En el caso de los hombres, es algo parecido. Hablar de las pajas desde pequeños es algo casi tan normal como comentar de qué tocaba el bocata ese día.

Pero no es hasta que se da con el punto P que se descubre un nuevo mundo de sensaciones.

CALVIN KLEIN

El punto P es como ir a tu supermercado del barrio, es fácil de encontrar si sabes a dónde hay que ir.

Pero si no es tu caso, deja que te acompañe en este camino de descubrimiento.

Para no ponerme intensa con la biología, basta con saber que ese lugar se encuentra en la próstata, justo debajo de la vejiga.

Y si la presionas, además de ganas de hacer pis, produce un placer estelar.

Un desencadenante de miradas perdidas, boca entreabierta y respiración jadeante.

Puedes llegar por dos vías. La primera que te aconsejo es la superficial, a modo de aproximación y preparando el terreno.

Vete al punto final de los testículos. Allí verás que, hasta llegar al ano, encuentras una zona virgen (virgen por decir algo, suele estar con bastante pelo) que puedes acariciar con los dedos o recorrer con los labios.

Masajea suavemente e intercala haciendo más fuerza aprovechándote de la versatilidad de la lengua.

¿Lo tienes? Segundo paso: intenta tener un lubricante a mano -puede apañarte la saliva, pero se seca antes-, e introduce un dedo por el ano.

No necesitas ni llegar a lo más profundo de su ser ni meter los 5 dedos, un pie o el cuello de una botella.

Ve con uno y, en cuanto esté introducido, presiona hacia arriba. Como si quisieras tocarle el ombligo desde dentro.

Ese bulto que notas (lo encuentras muy a mano, está a 5 cms de distancia de la entrada) es la próstata.

Ahora te toca a ti escucharle, analizar sus movimientos y descubrir qué le produce más gusto.

Si ir con suavidad, recorrerlo por encima o presionar con algo más de fuerza.

Como última recomendación, no te olvides de su pene. Puedes masajearlo al mismo tiempo de arriba a abajo o dedicarle atención con la boca mientras te encargas de meter el dedo.

Si de primeras te parece más complicado que aprender a conducir, por la cantidad de cosas que tienes que tener en cuenta, sugiérele que se toque mientras tú te dedicas a la espeleología.

Una vez te veas con mayor seguridad prueba a ejercer el multitasking y darle a todo. Eso sí, siempre con las uñas cortas y las manos limpias.

Duquesa Doslabios.

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Las mujeres no nos masturbamos como crees (y el porno tiene la culpa)

Nos guste o no, el porno es el primer contacto que tenemos con una dinámica sexual en pareja.

Lo que significa que estamos consumiendo un producto que, en su mayoría, está pensado para uso y disfrute de hombres heterosexuales.

Así que, mientras los espectadores masculinos se ven reflejados en el protagonista y reciben ese contenido para excitarse, nosotras nos inmiscuimos en el mundo de los vídeos eróticos tomando notas de lo que se espera.

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Quizás no lo sabemos de forma consciente, pero tendemos a repetir los patrones que vemos en las películas pornográficas.

Lo que no significa que representen nuestra vida sexual. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

El caso de la masurbación femenina es el más evidente.

Basta con teclear “chicas masturbándose” o “masturbación femenina” para encontrar todo un repertorio de mini clips en los que aparecen mujeres tumbadas o sentadas y siempre con la vagina rebosante.

Dildos, dedos, objetos aleatorios de la casa como botellas, frutas o verduras no faltan en estas películas.

¿Simboliza eso cómo nos masturbamos en realidad? Para nada.

Nuestros momentos de intimidad poco tienen que ver con esa chica desnuda cabalgando un juguete sexual que imita a la perfección a un pene y que se mantiene erguido en el suelo gracias a una ventosa.

Es más, lo tenemos tan sencillo que muchas veces no necesitas quitarte la ropa.

Basta con meter la mano en las bragas, buscar el clítoris y activar el modo turbo de los dedos. La vagina ni se toca.

De hecho, si lo ves desde fuera, esa imagen de vídeo erótico en el que el juguete entra y sale -al compás de los gemidos- no tiene mucha similitud a la mano estática sobre el pubis, donde solo se mueve un dedo en círculos o de un lado a otro.

Que nosotras terminemos en este tipo de vídeos es raro, pero tienen un público masculino importante.

De ahí que, cuando en la cama un “Tócate” te llega al oído, sabes de sobra que no es el mismo que se imagina en su cabeza.

Si se espera un espectáculo de dedos penetrantes, va a encontrar una imagen superficial mucho menos movida (a sus ojos) pero más intensa para nosotras a nivel de sensaciones.

Y en cuanto a los juguetes con los que parece imprescindible tocarse, están a mundos aparte de los que solemos utilizar -o hemos utilizado- para descubrir nuestra sexualidad.

Cojines, el peluche, el borde de la mesa… Todo lo que nos apañara para presionar la zona estrujándolos entre las piernas o estando bocabajo sobre ellos era lo que realmente conseguía hacer que nos corriéramos.

Así que más nos vale ir rompiendo con la imagen de cómo se masturba una chica en el porno y empezar a preguntarle a tu pareja cómo le gusta tocarse.

Pero de verdad, no como ha aprendido que te excita. Para excitarse ella.

Duquesa Doslabios.

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Dildos realistas: por qué ya no nos gustan (tanto) los juguetes que imitan penes

Me he vuelto una sibarita de los dildos. Lo admito.

Hay sibaritas del vino, sibaritas de platos de alta gastronomía y luego estoy yo, que me planteo los juguetes que diseñan para que nos metamos por la vagina.

(Si todavía los llamas ‘consoladores’, te recomiendo que antes de que sigas leyendo, pases por este artículo).

LELO

En cualquier tienda erótica encuentras una gran variedad de diseños, incluyendo los modelos XL que se parecen más a un pilar de construcción que algo que deberías introducirte por un orificio del cuerpo.

Están los de fantasía, los más discretos que parecen salidos de una exposición de escultura y, por supuesto, los modelos realistas.

Estos últimos, creados a imagen y semejanza (o al menos en teoría) de auténticos penes, me parecen cada vez más destinados a desparecer de nuestros cajones o a ser de esos que usamos muy de vez en cuando.

Solo hay que ver cómo ha evolucionado la industria de juguetes sexuales.

Ahora, además de silenciosos y con baterías que aguanten unos cuantos embistes, nos gusta que nuestros vibradores tengan cierto sentido de la estética.

Y, por muy placenteros que resulten, los que imitan a la perfección un pene no son precisamente bonitos.

Esas versiones en goma dan un poco de impresión. Y, como me dice una amiga, es como masturbarte con un miembro descolgado de otra persona.

La mayoría coincidimos en que, si queremos ver algo color carne con venas, ya tenemos la experiencia en vivo y en directo.

Porque sí, es mucho más excitante el auténtico que cualquier imitación -por mucho que amplíen el largo y el grosor o esculpan venas como en los reales-.

Lo bueno es que las marcas de artículos eróticos parecen haberse dado cuenta de que, a la hora de masturbarnos, no necesitamos que sigan la misma estética.

El falocentrismo, la idea de que todo lo relativo al sexo tiene que girar en torno a un pene, se ha quedado en el pasado.

En el momento en el que -por fin- hemos normalizado que la mayoría de mujeres llegamos al orgasmo por la estimulación directa del clítoris, se ha comprendido que podemos disfrutar sin un pene.

Así que, ¿para que seguir usándolo como molde si anatómicamente no es imprescindible?

Mejor crear juguetes que puedan combinar la estimulación interna con la externa o incluso centrarse solo en la de fuera.

Es justo lo que han demostrado los succionadores, los juguetes que han batido récords en ventas desde que salieron al mercado.

Una rápida encuesta en mi Instagram me confirma la teoría, los dildos minimalistas perfectamente diseñados para el placer femenino, son nuestros favoritos (y los de ellos también cuando quieren sorprendernos con uno).

Y aunque no creo que los realistas vayan a desaparecer por completo, sí que su uso se verá mucho más limitado.

De hecho es el modelo perfecto para jugar en pareja y hacer la experiencia más variada. ¿La idea de incluir uno que imite un miembro real? Fantasear con que hay otro pene en la habitación.

Puede ser una vía de salida para quienes piensen en un trío pero no se atrevan a llevarlo a cabo o para cualquier juego en el que se puedan imitar sobre el juguete prácticas que se harían sobre el miembro real (y que resulte más excitante por el parecido).

Pero, para todo lo demás, los minimalistas ganan la partida.

No solo son más elegantes y prácticos -orgasmo 100% asegurado-, sino que si te revuelven la maleta buscando la plancha de pelo es más sencillo hacerlos pasar por un masajeador facial o un aspirador de puntos negros, por ejemplo.

Duquesa Doslabios.

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Comunicación en la cama: lecciones básicas del idioma que se aprende sin ropa

La sincronización entre las sábanas va mucho más allá de llegar al orgasmo al mismo tiempo. Es aprender a leer e interpretar lo que quiere la otra persona.

Y ponerlo en práctica, por supuesto, haciendo de los dedos, lengua o genitales las herramientas de escritura sobre el tapiz de la piel para probar que hemos entendido su lenguaje.

SavageXFenty

Aunque llegar a entenderlo a la perfección es un proceso de traducción por el que podemos perdernos al principio.

No se nos enseña a atender a las necesidades sexuales de otra persona. Y tampoco a prestarles atención.

Conocemos las propias gracias a las terminaciones nerviosas que nos indican que la visión de esa lengua enroscada en nuestro pezón nos excita.

Pero conocer cómo afectan nuestros intentos de dar placer es un ejercicio no ya de empatía -ponernos en el lugar de cómo podemos tocar o acariciar-, sino también de escucha activa y, sobre todo, de memorizar.

Se puede esperar al momento de acción. Aprovechar la cercanía de una oreja para susurrar al oído un sugerente “Quiero que me hagas esto”.

Pero también exprimirlo y usarlo como juego hablándolo en otro momento. Se puede convertir en una conversación subida de tono por WhatsApp o en directo.

Expresarnos de forma sincera recordando qué nos ha gustado más de lo que han puesto en práctica sobre el cuerpo es un estímulo positivo ideal para potenciar esa memoria.

De la misma manera que un “Sí”, “Sigue”, “Más rápido” o “Despacio”, esas las palabras comodín que sirven de ayuda, pero también de aliciente.

Los sonidos, gemidos y miradas son grandes indicativos de los que dar rienda suelta cuando llega el momento de disfrutarse.

Incluso no encontrando las palabras es fácil interpretar cuando la respiración se acelera o el cuerpo comienza a arquearse.

La forma no expresada de decir “Vas por el buen camino”.

Personalmente, encuentro excitante por partida doble cuando te cogen la mano -o la parte del cuerpo que sea- y te indican cómo hacerlo a su gusto.

En ese movimiento silencioso (cargado del morbo de saber que lo que hagas a continuación siguiendo sus indicaciones, va a ser acierto asegurado) es tan instructivo como estimulante.

Ya que cada uno tiene unos gustos distintos, podemos mostrarlos guiando, indicando o incluso mostrando cómo hacerlo.

Doy fe de que ver una masturbación en vivo y en directo es la manera más efectiva de que se quede grabada la lección en la retina.

Duquesa Doslabios.

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Por qué es importante que los hombres (también) giman en la cama

El ceño fruncido, el gesto crispado, el cuerpo rígido, las manos hundidas en tu cintura como si no hubiera nada más a lo que aferrarse en todo el mundo.

Y, en unos segundos, la boca semiabierta, la mirada perdida, el pulso por las nubes y la cadera contraída.

Sí, él se ha corrido y ha sido maravilloso.

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Creo que pocas cosas me excitan tanto como ver a un hombre en pleno orgasmo. Es para mí un disparador automático.

Al igual que si gime o jadea desde que empezamos a calentarnos.

Los gemidores (por llamar de alguna manera a quienes expresan su gusto más allá de una respiración fuerte) son una especie en peligro de extinción.

Lo habitual entre los millennials de mi generación, educados por un porno heterosexual básico, es ser más bien discretos.

Han recibido un mensaje contundente de las películas eróticas: tú, como hombre debes ser rudo, dar caña, meter un azote, hacerla gritar de gusto hasta que te clave las uñas. Podrás disfrutar, sí, pero de una manera silenciosa.

Y no es ni porque los hombres tengan un registro vocal más grave y biológicamente sean incapaces de gemir (como he leído en algún sitio) o porque solo entre nosotras haya escandalosas.

Viendo cualquier escena porno al azar en la que estén teniendo sexo un hombre y una mujer damos con la explicación.

Si tenemos en cuenta que las películas eróticas mainstream -las populares- son unos productos pensados en su mayoría para un consumidor heterosexual, lo último que este quiere es planos del hombre más allá de un pene de refilón que entra y sale.

Es raro que al actor se le vea la cara o se le oiga. Justo lo contrario que sucede con la actriz, la protagonista de los primeros planos tanto por su cara como por sus genitales.

Así que con una educación sexual escasa, muchos tienden a imitar lo que sucede en la ficción en su vida íntima. Así que es más probable que, tomando nota de las escenas con las que lleva masturbándose desde su adolescencia, reproduzca el comportamiento silencioso.

Si eso dejando salir algún que otro resoplido, pero poco más.

Lo que esto consigue a la larga es que muchos hombres desarrollen una asociación negativa cuando se trata de hacer ruidos en la cama.

Mientras que asumen de manera natural que es la mujer la que tiene que tener una reacción más parecida a lo que han visto (cuando muchas no nos convertimos en sopranos).

Porno aparte, hay algo que tenemos que recordar. En la cama, cada gesto es un feed back.

Un tirón de pelo puede significar “por ahí no”, un empujón “dame más” y un gemido “no te haces una idea de lo mucho que me está gustando esto así que no se te ocurra parar”.

Y es algo que funciona en ambas direcciones, así que expresarnos tanto con el cuerpo como con señales vocales sirve de ayuda para que la otra persona sepa si se está disfrutando de la práctica o incluso si está cerca el orgasmo.

Así que ante la duda, amigo, gime, exprésate y gózalo, porque además de servirnos de guía, nos excita.

Duquesa Doslabios.

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