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Historias de amor, sexo y otros delirios

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“Rompí con mi carnicero por machista”

“- Hay uno por ahí del barrio que te quiere violar– suelta mi carnicero a bocajarro a una chica que pasa junto al puesto de carne en el que trabaja.

PIXABAY

No conozco a la chica, pero hace ya diez años que acudo al mismo sitio a comprar, al mismo puesto del mismo mercado madrileño y casi siempre a hacer los mismos pedidos.

Sé que el hombre es de lisonja fácil, siempre en la punta de la lengua, preparada para disparar. Es de esos que siempre te tratan de ‘guapa’ tengas 20 o 70 años. Y si bien puede gustarnos más o menos según las clientas, una cosa es que pasemos esas confianzas por alto en bien de las compras, que ese tipo de comentarios.

Por muy neutra que me pueda considerar, correcta y tratando de evitar conflictos que puedan ser esquivables (que ya bastante nos pone la vida por delante como para ir buscando el enfrentamiento) no pude quedarme callada ante semejante apreciación.

– Hombre, yo creo que la cosa no está como para que hagas ese tipo de comentarios teniendo en cuenta la cantidad de mujeres que denuncian abusos sexuales– le digo tratando de hacerle entender que hay límites que uno debe procurar respetar, y más en el trabajo.

Él, no solo responde a la defensiva esgrimiendo las denuncias falsas como si fueran su blasón de batalla, que debiera defender a toda costa. Prefiero no meterme en que esas denuncias, de las que él tan orgulloso se siente, no llegan al 0,01% de todos los casos denunciados a las autoridades (ya os ha quedado claro que evito el enfrentamiento). Pero él sigue, hinchado, imparable, arrollador:

– Además, yo sé por qué lo digo. A esa también le gustaría que la violara. Y, entre tú y yo, te digo yo que no gritaría– me dice como de confidencia, socarronamente, ebrio de su ego, satisfecho de su comentario de ‘machito’.

Y pienso que no hay derecho en que nadie haga ese tipo de comentarios de ningún ser humano, y menos a una clienta en su puesto trabajo. No hay derecho en que alguien considere que puede agredir a otra persona, forzarla a hacer algo que no quiere utilizando la violencia, por mucho que lo utilice como broma.

Era como si me hubiera dicho que a esa persona también le habría gustado ser torturada por él.

Como si me hubiera dicho “a esa también le gustaría experimentar los efectos del gas mostaza personalmente, y entre tú y yo, no gritaría ni con las quemaduras químicas por la cara” o ” a esa le habría gustado que le pusiera inyecciones intravenosas de soluciones con yodo y nitrato de plata, y te digo que no gritaría, no, ni aun con la hemorragia vaginal o el cáncer cervical“.

Porque lo que tienen en común esas prácticas con la violación es que todas son crímenes contra la humanidad. Y si ya de por sí son deleznables, no me parecen para hacer un chiste de ellas.

Me di cuenta de que, después de tantos años trabajando en una carnicería, mi carnicero había terminado viendo a las mujeres como un pedazo de carne, como esos con los que estaba tan habituado a tratar.

Cogí mi pedido, uno de los más habituales que llevo haciendo en estos diez años que llevo yendo a su puesto del mercado, y me fui. Ya que a él le parece bien bromear con el abuso hacia las mujeres, a mí me parece mejor no volver a comprar en su tienda.

(Solo espero que después de lo revuelta que llegué a casa por su comentario, no me sienten mal los filetes de ternera)”

El texto ha sido extraído de la carta “Rompí con mi carnicero por machista” de J. A. para El blog de Lilih Blue

¿Has sufrido Tindstagramming?

Todos hemos usado Internet para ligar, todos. Y quien esté libre de pecado que niegue haber dado nunca un like con segundas intenciones.

GTRES

Hace diez años, el ligoteo se daba a través del Messenger, con esas conversaciones tan llenas de emoticonos que hacían las palabras innecesarias, con los zumbidos urgentes que seguían los apremiantes “cnt” o “ctxt” y con abreviaturas que harían las delicias de cualquier desencriptador.

Después pasamos a las redes sociales, a Tuenti, Facebook, Instagram y esos “Me gusta” que en realidad significan “Me da absolutamente igual lo que publiques porque quien me gusta eres tú“.

Es algo tan natural y a lo que estamos tan acostumbrados que ya nadie se sorprende cuando te dicen que dos personas se han conocido en la red, especialmente desde el desarrollo de aplicaciones como Loovoo, Tinder, Happn, Meetic… o un sinfín más de juegos de palabras en inglés convertidas en los nuevos puntos de encuentro en la era 2.0.

Algunas, como es el caso de Tinder, te permiten enlazar tu cuenta de Instagram con el perfil del programa, lo que significa que se da acceso a las imágenes de la red social y permite a los que ven tu perfil conocerte más allá de la información que se escriba en la aplicación.

Sin embargo, hay ciertos usuarios que, no contentos con el unmatched (cuando el otro usuario decide que no está interesado y elimina a esa persona de la lista de usuarios que pueden verla o mantener conversación con él o ella) deciden salir de la aplicación e iniciar conversaciones en Instagram, llegando incluso al punto de, en algunos casos, insultar a la persona por no haberle dado la oportunidad de conocerse.

Esto, además de demostrar la incapacidad de más de uno (o de una) de no aceptar un “no” por respuesta, es una falta de respeto hacia la voluntad de la otra persona y algo que demuestra que no se tiene mucho amor propio a la hora de forzar una conversación, que por uno de los lados no es deseada, de esa manera.

No olvidemos que una cosa puede ser insistir y otra muy diferente acosar. Y me temo que los hay que tienen los conceptos mezclados.

 

La primera vez que me acosaron sexualmente

Tendría ocho o nueve años. Estaba en el metro con mi familia camino a un mercadillo y cuando iba a bajarme del vagón noté que me tocaban el culo.

FLICKR

Al girarme, un hombre, ni muy joven ni muy mayor, retiraba el brazo y volvía a acomodarse en su asiento. “¿Qué pasa?” me preguntaron, y al contar lo que había sucedido mi padre y mi tío se giraron corriendo, pero el vagón había cerrado sus puertas.

El hombre nos miraba desde el interior del vagón, seguro, tranquilo, con una media sonrisa congelada en su cara. Esa estúpida media sonrisa que sé que, de haber sido de otra manera, mi padre le habría reventado.

Tenía ocho o nueve años y recuerdo pasarme el resto del día sintiéndome sucia y deprimida. También me sentí así los días siguientes y me siento así años más tarde recordándolo.

Me llevó mucho tiempo entender que desgraciadamente, hay una serie de hombres (porque nunca en mi vida me ha acosado sexualmente una mujer ni conozco a nadie que le haya sucedido) que consideran que tu cuerpo está a su libre disposición, ya sea para verlo, juzgarlo o incluso, en casos extremos, tocarlo.

A los diecisiete, yendo al colegio, un coche seguía mi camino. Recuerdo que se paró a mi lado varias veces y el hombre que lo conducía me miraba señalando el asiento del copiloto vacío.

Apuré el paso y en un semáforo un poco por delante de mí, se paró, se bajó del vehículo y abrió la puerta. Eché a correr en dirección contraria y cuando llegué al lugar donde esperaban mis amigas me eché a llorar sin poder contenerme. Fue de las veces que más miedo he pasado en mi vida.

Con el paso de los años he ido coleccionando muchos más momentos de acoso, como quien colecciona sellos, en una caja y a buen recaudo dentro de mi cerebro, donde nadie lo pueda ver y sea yo la única que pueda acceder a ello para procesarlo.

Tengo de todo: silbidos, piropos no deseados de desconocidos, miradas a mis piernas por parte de los que han sido vecinos por veinte años, tocamientos disimulados y tocamientos exagerados casi hasta dañinos que más que una caricia eran un agarre con rabia, siseos, seguimientos por la calle y gestos lascivos.

Me ha pasado de día, de noche, a las tres de la tarde, yendo sola, con amigas, con novio, en España, en otros países, saliendo de casa, en el pueblo de mi amiga, en una calle desolada, en un local lleno… Los he recibido de hombres jóvenes, adultos de todos los tipos, ancianos, de todas las etnias, con todos los acentos posibles y en cada situación he pensado y sentido lo mismo.

He pensado que no es justo que por ser mujer no se respete mi cuerpo, que es mío y sobre el que yo decido. No es justo que se me considere de una categoría inferior, como que estoy a disposición de lo que quiera decir o hacer el hombre de turno. No es justo porque soy mujer, sí, pero como mujer que soy, también soy persona y merezco el mismo trato respetuoso que yo les dispenso a ellos.

Duquesa Doslabios.