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Historias de amor, sexo y otros delirios

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¿Un buen polvo? No (solo) gracias al pene

No tengo pene y nunca lo he tenido (me ha parecido importante dejarlo claro nada más empezar ya que la Duquesa Doslabios es una aristócrata muy sexual, sí, pero muy anónima al mismo tiempo), pero si hubiera nacido hombre, tengo claro que habría sido una de mis preocupaciones.

PIXABAY

Lo sé porque siendo mujer pasé toda mi adolescencia preocupada de los tamaños y formas de mi cuerpo: que si el pecho, los pies, las piernas, la nariz, el pelo… Por lo que imagino, de haber sido de género masculino, habría pasado por lo mismo.

Sin embargo, lo referente al miembro masculino parece tener mucha más gravedad. Encuentras divisiones en la talla de condones, apartados específicos en páginas web de pornografía con ejemplos descomunales, consoladores en tiendas de sexo del tamaño de calabacines gallegos

En definitiva, la medida del pene es una cosa que nos rodea. Incluso en esas amenas tertulias con amigas entre té matcha y pasta de anís ecológica (o cerveza y aceitunas) sale en muchas ocasiones el tema de las tallas.

Nos permitimos el lujo de hablar sobre el tema porque, a fin de cuentas, somos quienes los disfrutamos.

Pero mayor parte de nosotras, aunque disfruta de recibir información y animar la cerveza o el café con una buena porra, nos consideramos mucho más  prácticas.

Tanto pensar en el tamaño puede dar a entender que vivimos inmersos en una ‘falofiebre’, cuando, hay veces que lo único que te gustaría es coger al susodicho y decirle “pero que tamaño ni que tamaño y cómeme la boca (u otros sitios), que para eso no necesitas más que los labios“.

Y es que a la hora de la verdad, y por mucho que España sea el tercer país que más intervenciones de alargamiento de pene realiza, nos interesan otras cosas. No dais crédito cuando afirmamos esto, pero es así. Pasado el impacto del primer momento, valoramos en mayor medida la química y a la dinámica del momento.

Pero si no os queréis fiar de mí, fiaos de Plátano Melón que de sexo saben un rato y quisieron tener las opiniones de las mujeres a pie de calle que lo confirmaron: alguien que sepa moverse bien, en detrimento del tamaño. La declaración rotunda de una de las encuestadas lo resume: “No creo en absoluto que el tamaño del pene sea algo decisivo para que haya una relación sexual placentera”.

Un pene garantiza un contacto físico entre dos personas, pero no la conexión. ¿La conclusión de todo esto? Que se le dedique menos tiempo a mirar el pubis y más a mirar a los ojos de la otra persona.

Duquesa Doslabios.

(Y si todavía no me sigues en Twitter ni en Facebook no te pierdas mis rayadas emocionales)

Mi (mala) experiencia con un pene pequeño y cómo debería haberlo gestionado en realidad

Tengo una amiga que dramatiza mucho con el hecho del tamaño del pene. Ella es de las que opina que no se puede jugar al fútbol si la pelota es de tenis y yo, lo confieso, pensaba de manera parecida.

PIXABAY

Pero retrocedamos en el tiempo. Un chico de mi universidad me volvía loca. Teníamos esa especie de fijación por los Rolling que hacía que nos encantara todo lo británico y evergreen. Me descubrió Oasis y me hice aún más fan de él y de los hermanos Gallagher.

Era romántico, elegante, un hombre de 35 en el cuerpo de un chaval de 20 con una conversación de estas en las que te sumerges y no quieres volver a la superficie nunca. Tal que así.

Era todo tan perfecto que mentalmente ya le veía en mi cama con Paint it Black sonando de fondo. Cuando por fin llegó el día estaba yo con la emoción por las nubes. La música ambiental, unas velas del chino por allá y un magreo encima de mi mesa de estudiar que haría difícil que me concentrara ahí sentada días después.

A lo largo de los preliminares, con los pantalones por el suelo, me hice una idea del panorama que me esperaba. El panorama no era muy esperanzador, no os voy a engañar. Era tan poco esperanzador, que, mi amiga la dramática de los penes, le habría espetado de estar en mi lugar “¿Qué clase de broma es esta?“.

Pero como me han enseñado a valorar a las personas por lo que son y no por el tamaño de su pene, seguí ‘palante como los de Alicante’. Que la vida son dos días y a lo mejor luego a la hora de la verdad me lo paso igual de bien.

Cuando llegó el momento de conectar, tuve la típica reflexión en alto de chiste malo de “Ya puedes meterla” a lo que él me contestó “Si ya estoy dentro”. Horror. No sentía absolutamente nada. Pero nada nivel he tenido más sensibilidad poniéndome un tampón que con él.

Un poco agobiada le dije de cambiar de postura ya que en algunas se nota más el movimiento que en otras. Tras estar un rato encima asumiendo que no tenía ningún tipo de sensación, me noté especialmente húmeda. “Al menos la duquesa se lo está pasando bien” pensé, pero no. NO. Él encendió la luz extrañado de lo mojada que estaba y… Estaba totalmente cubierto de sangre.

Me había bajado la regla.

Le di un poco de papel y entre avergonzada y agradecida por tener una excusa para parar, me limpié y le pedí que se fuera. No volví a verle.

Ahora que han pasado muchos años desde ese momento podéis creerme si os digo que me siento terriblemente mal por cómo le eché aprovechando la excusa de la regla. Mi madurez (sexual y mental) era más bien escasa y para mí era todo la penetración. Era a lo que me habían enseñado las películas.

Ahora me doy cuenta de que perdí la oportunidad de conectar de otras maneras en la cama con esa persona con masturbación o sexo oral y que me quedé en algo que, la mayor parte de las veces, no me reporta ningún orgasmo, no como las otras prácticas.

Así que chicas, si os encontráis a alguien que no la tiene del tamaño al que estáis acostumbradas, no le echéis con cajas destempladas. Dad la oportunidad porque las artes, y no el pene, hacen al amante.

Duquesa Doslabios.

‘Pegging’: cuando se la metes tú a él

Todos tenemos, aunque intentemos evitarlo, ciertas trabas en la cama. Un límite, una frontera, una línea invisible que mentalmente nos trazamos en algún momento de nuestra vida en la que encontramos la barrera bajada y semáforos intermitentes acompañando el cartel “No pasar”.

AMANTIS/GTRES

Para una es hacer una felación, para otra sexo anal, para otra el perrito o hacerlo en el parking de un centro comercial. Aunque para ellos el límite suele estar en el mismo punto: el culo.

Algo tiene el culo que espanta profundamente al hombre heterosexual joven (aunque imagino que al que es más adulto también. Sigo a la espera de que me confirmen mis fuentes). Da lo mismo que acabes de conocerle, que lleves con él años, que os hayáis visto hacer de todo, que se va a cerrar en banda (y en culo) a cualquier cosa que pueda traspasar ese punto.

El pegging precisamente es la práctica sexual que consiste en que la mujer penetre al hombre con un arnés con dildo o strap on (para las que queráis buscarlo en algún vídeo). De esta manera ambos pueden penetrar y ser penetrados por el ano, lo que supone que los dos puedan disfrutar de la sensación placentera e incluir algo nuevo en la cama.

El problema que muchos hombres encuentran con el pegging es precisamente el gigantesco miedo al culo. La insistencia con la que muchos protegen el agujero haría sospechar a cualquiera de que es ahí donde están guardando el carné de “tio hetero” y que cualquier cosa introducida por el ano, les va a hacer perder la tarjeta del club.

Automáticamente, cuando propones hacerlo,más de uno salta con el “Pero si no soy gay” o aún mejor “No creo que me vaya a gustar”. En ese momento tú le recuerdas que a ti te ha metido por ese mismo agujero un trozo de carne de tamaño butifarra media. “Ya, pero no es lo mismo, a vosotras os gusta“. Error.

Bueno, error no, sí, nos gusta, sí, es placentero por las terminaciones nerviosas que llegan al ano, pero lo tenemos ambos géneros igual de diseñado. Sin embargo (y más a su favor), la estimulación de la próstata mediante esta práctica puede conducir a orgasmos espectaculares.

El pegging no tiene nada de vergonzoso ni humillante (a no ser que justo la pongas en práctica el día que te has tomado una tiramisú siendo intolerante a la lactosa y termines con las sábanas como un Pollock). No es “algo gay”, no te vuelves gay por ponerla en práctica, no vas a ser menos hombre, no se te va a encoger el pene ni vas a empezar a hacer pis sentado (a no ser que quieras).

Es una experiencia como cualquier otra y, aquellos lo bastante atrevidos y liberados mentalmente como para ponerla en práctica, se llevarán una sorpresa muy agradable.

Duquesa Doslabios.

La regla de la nariz y su relación con el tamaño del pene

Cada vez que me reúno con mi grupo de amigas hay ciertos temas de conversación que siempre salen por ser los favoritos: últimos viajes, reconocimientos en el trabajo… Pero la clave para averiguar cuál es el tamaño del pene de un hombre, antes de verlo en directo, es el más entretenido.

GTRES

No es algo que tenga un trasfondo profundo y decisivo en nuestras vidas, pero una conversación picante entre amigas es de las cosas más divertidas que te puede brindar la vida. Acumulamos más sex talks que cualquier conferencia TED.

Si el tema nos mantiene tan intrigadas es porque, a diferencia de los hombres con el pecho, que es algo que se puede intuir a primera vista (y que por mucho que lleves un push up el tamaño siempre será aproximado), no hay manera de que podamos saber qué nos espera entre vuestras piernas.

En ese momento se suceden diversas teorías, como si en vez de estar haciendo la cola para que nos den mesa en ese local nuevo que acaban de abrir, nos encontráramos en plena aula magna de la Facultad de Matemáticas de Cambridge.

Una afirma que está directamente ligado a las manos y a los pies, mientras que otra sostiene que es una tontería, ya que ella recuerda perfectamente la noche que pasó con aquel francés de manos pequeñas que luego tenía una buena baguette (por aquello de la nacionalidad).

Otra interrumpe afirmando que la relación se da entre la distancia del pulgar hasta la del dedo corazón mientras que otra le replica que no es factible empezar a medirle la mano en plena cita. Una añade que es inversamente proporcional a la altura, por lo que cuanto más bajito mejor calza y que cuanto más alto, de menor tamaño la tendrá.

Durante la conversación se ponen sobre la mesa todos aquellos novios, ex novios o líos de una noche que nos sirvan de ejemplo para las conjeturas o bien para refutar las hipótesis.

Y justo después de esa mezcla de especulaciones, sale la teoría de la nariz, la cual, según el criterio femenino, sostiene que es la que nos puede dar una idea aproximada de lo que nos espera.

Cada vez que saco el supuesto nasal es como si se hiciera la luz. De repente todo tiene sentido (o al menos en la mayoría de los casos).

Si bien hacemos memoria y nos ponemos a pensar en las narices (y lo que no son las narices) que hemos disfrutado que confirmen la teoría, al final todas coincidimos en lo mismo: mayor o menor tamaño lo que realmente nos importa, a la hora de tener sexo con alguien, es la química.

Y no existe la manera de medirla.

 

Duquesa Doslabios.