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¿Por qué hay rebajas de penas o excarcelaciones? Un abogado nos resuelve las dudas sobre la ley del ‘Solo sí es sí’

Puede que no lo supieras, pero esta es la primera vez de la historia de nuestro país en la que se legisla de algo tan importante y complejo para el sistema judicial como es el consentimiento.

De hecho, esa debería ser la razón por la que la Ley de Garantía de Libertad Sexual o conocida como Ley del ‘sí es sí’, debería ser famosa.

Y no por las rebajas en las penas y las excarcelaciones de los agresores, lo que realmente ha conseguido que esté en boca de todos estos días.

mujer 8m Ley Libertad Sexual

GETTY

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Yo he sido la primera que, defendiendo la libertad sexual, no entendía cómo podía ser que una ley que supuestamente la garantiza, tuviera una cara tan oscura como la de liberar a agresores condenados con antelación.

«¿Es que nadie había pensado en las víctimas?», me preguntaba.

Y sí, sí que se ha pensado en las víctimas, pero hay tantos factores alrededor de una ley que pueden verse afectados por razones externas, que acudí a un amigo abogado para que me ayudara a entender lo que estaba sucediendo.

Mi entrevista con Emilio Marfull, abogado penalista experto en extranjería, comienza por la razón que hay detrás de esas excarcelaciones (20 hace unos días) y las 259 reducciones de pena.

Algo que se resume en que se han unificado los delitos de abuso -cuando no había fuerza e intimidación- con violación -casos en los que sí lo había- pasando a llamarse todo ‘agresión sexual’.

Con este cambio se evitaría que la víctima tenga que demostrar si hubo o no fuerza, todo lo que implique falta de consentimiento explícito sería considerado agresión.

«Es una mejora para las víctimas, que no tienen que demostrar el uso de la fuerza para que sea considerado agresión, pero un fallo en cuando a la duración de las penas«, dice el letrado.

Pero, ¿cómo no se pensó en la consecuencia? «Es una cosa bastante evidente hasta para una persona que no tiene conocimiento de Derecho. El problema es que no hay que ver las decisiones en penal como solo ese delito aislado», dice Emilio.

«Se pedía una rebaja porque no tiene coherencia con las penas no tan elevadas respecto a las que tienen delitos sobre la vida como el homicidio», explica. Es decir, para distanciar más el bien jurídico de la vida y el de la libertad sexual, ya que el de la vida está bastante por encima, de ahí que se reduzcan los años de todo lo que no atente a esta.

«Pero la diferencia de penas no representaba esa distancia. Había que reducir las penas de ciertos delitos, ya que en relación a ellas, otros delitos que afectan a bienes jurídicos más importantes quedarían infrapenados», comenta el experto, aunque si bien admite que «se preveía que esto iba a pasar», dice en cuanto a las rebajas y excarcelaciones, la consecuencia más directa.

«Al reformar un delito para englobar otro delito que ya existía, tienes que hacer este tipo de ingenierías», explica el letrado. Así como analizar «qué penas hay con bienes por encima y bienes por debajo, para que el catálogo de penas en su conjunto tenga una sistemática».

«Mirándolo desde una justificación teórica puede estar bien ajustar las penas para que sean coherentes. Pero no si te lo dicen desde una perspectiva más práctica, pensando en las propias asociaciones de víctimas y de juristas», afirma Emilio.

Ahí es donde reside una de las críticas en la elaboración de la ley, que no se haya escuchado como se debería a quienes verían y vivirían las consecuencias que iba a tener esto de ver a sus agresores puestos en libertad antes de tiempo, con el impacto que puede causar en sus vidas.

Uno de los mayores problemas, según el abogado, es que el «el Sistema Penitenciario está infradotado de recursos para generar la reinserción social y evitar reincidencias», comenta el penalista.

Y es algo que se ve en el perfil de algunos de los excarcelados, como por ejemplo un hombre en Oviedo, ​condenado por dos delitos de violación consumada, un delito de violación en grado de tentativa y un delito de agresión sexual en grado de tentativa. O el hombre que violó a sus hijas menores de edad en varias ocasiones.

El primero ya ha sido excarcelado, el segundo ha tenido una rebaja de pena de dos años y cinco meses.

 

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A favor del reo, el artículo 2

Que tantas penas se encuentren en revisión se debe a que la ley se va a aplicar con carácter retroactivo, lo que significa que los casos de violencia sexual cuyos agresores hayan sido expresamente condenados a la pena mínima, siempre que no concurran agravantes, verán que esa pena mínima se ha reducido tras la reforma del código penal. Aunque existen mecanismos para evitar esa reducción de penas.

O, al menos, eso es lo que dice la teoría de la ley. «Desde la teoría tienen razón porque no deberían ocurrir estas rebajas si se interpreta la ley como hay que interpretarla, de manera sistemática» explica el jurista. «Es decir, entendiendo la normativa penal en su conjunto y no el nuevo delito de agresión sexual de manera aislada».

«Los jueces que interpretan así se están centrando en un artículo, que es el artículo 2. Si existía una pena mayor, y la nueva norma prevé una pena menor, se aplica la nueva norma por ser más favorable. Las normas penales solo tienen efecto retroactivo cuando son favorables, dice el artículo, que es un principio muy básico del derecho penal. Al llegar la nueva ley, lo fácil es aplicarla conforme al artículo 2, sin entrar en interpretaciones más complejas», comenta.

Pero ahí es donde entra que los jueces no estén contemplando la imagen en su totalidad, sino yendo a la aplicación de un artículo aislado y punto.

«Desde una perspectiva de lo que hay que hacer, según la interpretación hermenéutica tienes que juntar todo, entenderlo todo de manera sistémica, no quedarte solo con ese artículo. Qué más da que te bajen la pena mínima del delito de agresión sexual si luego tienes dos artículos abajo que te meten los agravantes», explica el letrado, ya que los agravantes suman años de condena.

En su opinión: «Los jueces comprometidos con el problema del machismo harán interpretación sistémica y tendrán en cuenta el resto del articulado del código. El legislador esperaba que ese ‘desvalor de la acción’ causado por el delito, fuera suplido por una interpretación judicial acorde a otros artículos del código penal -entre ellos los agravantes- y no quedara ahora cubierto ante la reducción de penas».

Siendo la primera vez que se está legislando sobre el consentimiento sexual «los jueces no se la juegan a ir a la par con la novedad. No se juegan su carrera supliendo con interpretaciones complejas la falta de una redacción más impecable por parte del legislador», comenta Emilio.

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Aunque también entra en escena la cultura patriarcal que pueden tener los jueces: «Son los políticos quienes les dejan margen de interpretación para poner en acción su cultura patriarcal. Si la ley se redacta de manera más estricta, menos interpretable, limitas el margen en que un juez puede verter su moral y su ideología en la aplicación de las normas».

«En el momento que la judicatura es pagada con dinero público para juzgar, los políticos tienen la responsabilidad de minimizar su margen de interpretación, más cuando se trata de una norma tan revolucionaria, tan nueva, y que sabes que puede encontrarse con el obstáculo de una justicia patriarcal». Algo que califica de «un error de novato».

«Tendrían que haber hecho una ley más perfecta. Desde una perspectiva electoral se podría haber aprovechado mucho más», opina.

¿Y la solución?

Aunque ahora mismo, según el abogado, «No hay tiempo para cambiar la ley», se ha propuesto desde el ministerio de Igualdad el plan con 10 medidas para subsanar los efectos adversos de la ley.

Aunque es algo que el PSOE ha rechazado por el momento anunciando que sí que habrá «retoques».

Preguntándole a Emilio cuáles serían las medidas para poder solventar los efectos de la ley, comenta como prioridad «reducir el margen de interpretación que puedan tener los jueces explicando cómo tiene que aplicarse la ley, para minimizar la existencia de la justicia patriarcal».

«Con esto limitas la aplicación del artículo 2», explica. «O directamente metes una disposición transitoria que dice que estas normas no se aplicarán ante delitos ocurridos con anterioridad a la aplicación, así sorteas la retroactividad».

Aunque eso no solucionaría el problema de que, en delitos futuros, las penas fueran menores. Pero no en un caso para el que afirma que no habría que centrarse en «establecer coherencia entre las penas de distintos delitos, ni equiparar las penas con los bienes jurídicos; no es el momento -y menos esta ley-, de jugársela con eso».

También hace hincapié en la concienciación de los jueces de cara a que incluyan los agravantes, ya que estos son los que pueden ‘compensar’ la reducción de años de pena con años extra. «Haber incorporado algún agravante como trato degradante o vejatorio, que haya varios involucrados…» son algunos ejemplos que aumentan el tiempo de condena.

«Ateniéndose a la reducción de pena del artículo 2, no se podría reducir la condena, porque quedaría parte de la acción sin castigar», explica reflexionando sobre el hecho de que los agravantes pudieran no haberse tenido en cuenta.

Lo que me queda claro, después de la conversación con el abogado, es que es un tema lo bastante importante como para que, la crítica que hagamos al respecto, sea constructiva.

Sí, que la aplicación teórica de la ley era una buena idea pensando en las víctimas en primer lugar, no tienen lugar a dudas.

Ahora, sabiendo que en su aplicación no se ha visto igual de reflejado y entendiendo que siendo algo nuevo y siendo todos humanos, errar es algo común, lo que resultaría decepcionante es que no aprendieran de sus errores.

La intención era (y es) buena, ahora necesitamos que la práctica también lo sea.

Mara Mariño

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No sola ni con ropa de deporte: la desacertada campaña contra las agresiones sexuales de la Xunta de Galicia

«Se viste con mallas de deporte. Va a correr sola por la noche. ¿Qué sucede ahora? No debería pasar, pero pasa».

Con ese argumento, la Xunta de Galicia saca su nueva campaña contra la violencia de género, utilizando imágenes que imitan el día a día de mujeres y acompañadas de reflexiones.

Xunta Galicia campaña violencia de género

XUNTA DE GALICIA

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Además de la foto de la chica haciendo running, encuentro también en la campaña otros mensajes: «Le envía una foto íntima. Él está con sus amigos. ¿Qué sucede ahora? No debería pasar, pero pasa».

«Una discoteca, una copa desatendida. ¿Qué sucede ahora? No debería pasar, pero pasa». «Una chica camina sola de noche. Lleva las llaves en la mano. ¿Qué sucede ahora? No debería pasar, pero pasa».

El foco de los mensajes es claro: prevenir violaciones. Lo que pasa es que, a la hora de escoger el destinatario, se han liado.

Así que la mejor manera de evitar sufrir una agresión sexual es que las mujeres cambiemos nuestra forma de vestir, nuestras zonas de paso o tu manera de vivir el ocio… O al menos, es la solución según la Xunta.

Lo que quizás deberían tener presente es que, según los datos de Amnistía Internacional, una de cada cinco mujeres será violada en algún momento de su vida. Y spoiler: la ropa no tiene nada que ver.

Repasando una de las muestras más impactantes de hace unos años, una exposición que mostraba qué ropa llevaban las víctimas de agresiones sexuales, las mallas de deporte no son el común denominador.

Chilabas, pijamas, el uniforme de policía, una camiseta de manga corta y pantalones vaqueros, una camisa blanca… Lo que ellas llevaban puesto aquel día es tan variado como lo que puedes encontrar en un armario.

Hacer de la ropa no solo la protagonista, sino la causante directa, es señalar a la víctima y mantener el estereotipo de que es la ropa la que va provocando.

En otras palabras, la responsabilidad de sufrir una agresión es de quien la sufre, no de quien decide ejercerla.

Una idea que refuerza la cultura de la violación, que normaliza la violencia minimizándola y la fomenta con las actitudes misóginas.

Entre ellas están, por ejemplo el ideal de la ‘buena mujer’, esa que la Xunta nos invita a ser: la misma que está en casa a las 5 de la tarde y no se maquilla ni hace nada que pueda provocar (como si no hubiera violaciones a plena luz del día o en lugares concurridos).

No falta en la misoginia de la cultura de la violación la cosificación: la mujer es un objeto sexual y por tanto vive expuesta a ser agredida por ello, por lo que no debe exponerse.

Y por supuesto, no se puede minimizar una agresión sexual sin exculpar al verdadero causante.

Por eso decir «No debería pasar, pero pasa» es invitarnos a asumir que las violaciones son inevitables.

Considerar que el hombre es violento por el hecho de ser hombre y que solo en nuestra mano está evitar que dé rienda suelta a sus deseos.

Unos deseos que «no deberían pasar, pero pasan» como si no pudiera controlarse, quitándole peso a sus actos.

Sin embargo, las feministas no nos cansamos de repetir que nosotras no tenemos la responsabilidad de ser acosadas, abusadas o agredidas.

«La culpa no era mía, ni donde estaba ni como vestía. El violador eres tú».

Tampoco la tenemos de sufrir revenge porn porque hemos mandado una foto a una persona con la que teníamos una atracción y esta decide filtrarlo hasta el punto de que es tan insostenible el acoso que ella decide terminar con todo y suicidarse.

O de ir solas por la calle cuando nos sucede algo. Todo esto es también achacárselo a la víctima.

Decir que es culpa suya dejar la bebida sola por lo que pudiera pasar. Está a la altura del Xocas alabando a su amigo (al que definió como un «crack») porque se mantenía sobrio para así aprovecharse de mujeres que habían bebido.

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¿Cómo vamos a atajar la violencia de género si seguimos obviando el origen real de la violencia, que es las personas que ejercen esa violencia?

¿Empezaremos también a prevenir el bullying en el colegio pidiéndole a los menores de edad que sean menos ‘insultables’ o ‘agredibles’ para sus compañeros?

¿Combatiremos la homofobia pidiéndole a las personas que, por favor, sean más heterosexuales, que con su orientación sexual van provocando?

Y ya de paso, ¿lucharemos contra el racismo pidiendo a todas las etnias que no sean tan poco caucásicas porque, aunque no debería pasar que las ataquen física o verbalmente por el color de su piel, pasa?

Las mujeres tenemos el mismo derecho a vivir seguras que los hombres y eso significa igualdad de poder andar, quedar, salir o hacer deporte como nos dé la gana, sin que eso suponga un riesgo.

No necesitamos que nos sigan machacando a nosotras, que somos las que lo padecemos en la propia piel, con el tipo de víctima que debemos ser, necesitamos que el prisma cambie de dirección y se les empiece a concienciar a ellos.

Lo que realmente no debería pasar, pero pasa, es esta campaña.

Mara Mariño

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Tranquilo amigo, no tienes que llevar un contrato encima por la ley del ‘Solo sí es sí’

Ya había hombres que se llevaban las manos a la cabeza, preocupados de si tenían que tener sexo ante notario.

Pero ahora, la Ley de Garantía de Libertad Sexual (conocida como la ley del ‘Solo sí es sí’), les ha dejado aún más consternados.

Lo que empezó con una broma en redes de que deben empezar a llevar encima un contrato cuando salen de noche, es algo que ha llegado a viralizarse en redes sociales por parte de un grupo de chavales, que los esgrimían en la discoteca.

hombre preocupado

PEXELS

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Y en ese sentido, nosotras lo tenemos más ‘fácil’. Estamos acostumbradas a llevar de todo en el bolso para que nos dé menos miedo volver a casa solas.

El manojo de llaves que nos creemos que funciona a modo de puño americano, un calzado de repuesto para quitarnos los tacones por si tenemos que correr en algún momento, un spray de colonia o desodorante (porque el de pimienta no es legal)…

Pero claro, ellos no cuentan con la ayuda del bolso, así que, ¿dónde van a llevar las copias del contrato de consentimiento? ¿En el bolsillo y arriesgarse a que se arrugue?

Ironías aparte, si esto es algo que te preocupaba -y ya estabas mirando qué pantalón tenía los bolsillos más grandes para ir con los folios y el boli- tengo buenas noticias para ti: puedes dejarlo todo en casa, no te hace falta.

Es más, voy a explicarte de manera muy sencilla en qué consiste esta nueva ley y por qué no debería de preocuparte nada.

Se le da importancia al «Sí» porque son muy frecuentes los casos en los que la voluntad de la víctima se encuentra alterada.

Es el caso de si se encuentra bajo los efectos del alcohol, drogas o sustancias mediante las cuales siente que no puede decir que no, como es el caso de los pinchazos (de los que os hablé hace unos días).

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Y si se ha considerado que el consentimiento mediante el «sí» es importante, es para evitar que los «es que ella no dijo nada en ningún» o «se quedó callada, ¿cómo iba a saber que no quería?» no sirvan como excusa.

Esto lleva a que muchos hombres (y mujeres también, especialmente las madres de varones) piensen que su libertad se encuentra dependiendo de que una mujer cualquiera vaya a una comisaría e interponga una denuncia que bien puede ser falsa.

En este sentido, pueden respirar con tranquilidad. No se está persiguiendo a los hombres ni nos están dando el poder de que podamos castigar arbitrariamente a quien nos dé la gana.

 

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La presunción de inocencia sigue ahí porque el Tribunal Constitucional ya dijo que las leyes de violencia de género no son contrarias a la Constitución Española.

Esto significa que, solo con la denuncia de una mujer, nadie va a acabar en la cárcel, ya que es la Ley de Enjuiciamiento Criminal la que lleva las detenciones.

Para que sepas un poco cómo va esta ley, funciona de la misma manera que los casos de hurto, robo o estafa. Es decir, la palabra del denunciante es la que tendrá peso para el juez, pero a partir de ahí se debe investigar si es verdadera o no.

Así que no tienes que preocuparte, es la propia Justicia Española la que te protegerá tras la investigación (si eres inocente, claro).

Esta nueva ley también castiga con pena de cárcel la difusión de fotos y vídeos, que es algo de lo que, hasta ahora, salían indemnes quienes lo utilizaban a modo de venganza o castigo.

Pero también resulta tan sencillo como no enviar nada íntimo, que haya llegado de otra persona, si eres el destinatario.

Como conclusión final, y para calmar esos ánimos, al igual que no llevas un contrato encima cada vez que entras a una tienda, para que el dependiente confirme que no te has llevado nada y no eres culpable de robo, no debes preocuparte porque una mujer firme si no tienes intención de violarla.

Así de sencillo.

Mara Mariño

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Y que el próximo violador no sea policía

Tienes 18 años. Sales de fiesta por Estepona con dos amigos. Te emborrachas. Te emborrachas porque has acabado segundo de bachillerato. Te emborrachas porque ya has hecho la selectividad. Porque es el verano de tus 18. Porque te da la gana.

policía coche

PEXELS

Vuelves de la discoteca. Son las seis de la mañana y os para la policía municipal en la carretera. Son dos hombres. No os dejan seguir en ese estado. Te piden el móvil. No se lo das. Termina dándoselo tu amigo para recuperar su coche al día siguiente.

Cogéis un taxi. Llegáis a casa. Respiras tranquila.

Es la casa de tus padres. La que conoces de hace años. La de la playa. Y, media hora más tarde, los mismos policías del control, se presentan debajo.

Quieren subir. «Vienen a verte a ti», dice tu amigo. Tú solo quieres dormir.

Es el verano de tus 18. Estás borracha, cansada, asustada por esos hombres que te doblan la edad. Que «¿cómo se empieza una orgía?» dice uno de ellos haciéndose con las llaves de tu casa. Os ordenan subir a los tres de nuevo.

Tú sabes que aquello no va a acabar bien. Que los dos agentes de la ley, aún de uniforme, pero viniendo en coche privado, no vienen a protegerte. Y más cuando oyes que quieren montarse un trío contigo, que según uno de ellos «¿cuántas chicas quisieran estar en tu lugar y liarse con dos policías a la vez?».

Te niegas. No es así como imaginabas el verano de tus 18. Muerta de sueño, con miedo y dos hombres desconocidos de 40 y 41 años forzándote a tener sexo porque te han ‘perdonado’ una multa. Porque son conscientes del privilegio que les da la placa y no dudan en usarlo. Uno trae cocaína.

De nada te sirve pensar en pedir ayuda. Solo tienes 18, pero ya sabes que te superan en número y en fuerza. El instinto de supervivencia se despierta. Optas por no oponer resistencia y confiar en que todo acabe lo antes posible. En seguir con vida cuando pase.

Aquella noche del verano de tus 18 te han hecho de todo. Sin consentimiento y sin condón. Te han desnudado y te han usado como han querido. Te han quitado no ya solo la seguridad de tu casa de la playa o el comienzo del verano de tu vida, sino la confianza en quién va a salvarte. ¿Otros policías? ¿Compañeros de tus agresores?

Y pasa el tiempo. Denuncias. Cuentas tu historia. Recurres a la terapia, a las pastillas, a todo lo que te ayude a superar lo que pasó en el verano de tus 18.

Cuatro años después es el momento de enfrentarte de nuevo a todo aquello y llegas a un acuerdo por tu paz mental. Todo con tal de no verles la cara de nuevo.

De no remover aquella maldita noche del 9 de junio de 2018 donde se aprovecharon del uniforme para hacer lo que, por profesión, deberían: proteger la libertad de los ciudadanos.

Ya tienes bastante con lo tuyo. Te han traicionado quienes iban a protegerte. Imposible tener confianza en que ahora va a ser distinto. Aceptas porque necesitas cerrar el capítulo y seguir adelante. Aceptas porque no quieres sufrir más.

Les condenan a dejar el cuerpo de policía y a hacer un curso de reeducación sexual. La cárcel ni la pisan por la «escasa probabilidad de reincidir». Pero el daño ya está hecho. Ese que te acompaña desde los 18 años.

Ellos seguirán con sus vidas en Estepona. En tu ciudad del verano de los 18. Moviéndose en el anonimato social, porque la prensa ha protegido sus caras, pero tú sabiendo que te los puedes volver a encontrar.

A tus 22 parece imposible no llegar a la conclusión, una vez sale la sentencia, de que en lo único que puedes consolarte es que al menos, a la próxima chica que violen (porque siempre hay una próxima), la probabilidad de que los agresores sean policías -y salgan indemnes- es más baja que el hecho de que no lo sean y les caiga una pena mayor.

Porque, si lo son, tú y el resto de mujeres, ya habéis visto que cuando abusen de su poder, el sistema les respaldará.

Te falló hasta la Justicia, que respondió a tu violación con impunidad.

 

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Según el artículo 104.1 de la Constitución Española todos los Cuerpos de Seguridad del Estado tienen la función de «proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana».

 

Mara Mariño

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No es a tu amiga a quien tienes que prevenir de los pinchazos de droga

El sábado salí a bailar. Pedimos agua y la vaciamos del tirón.

Así que el miedo de que nos echen algo en la copa parece casi de los 80, cuando mi madre me decía que tapaba su vaso con una servilleta.

«Tía, ¿te has enterado de lo de los pinchazos?», me pregunta mi amiga.

mujer discoteca

PEXELS

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Y procede a explicarme cómo una tendencia de drogar vía intravenosa -mediante una inyección-, para luego violar a la víctima, se ha empezado a propagar en España.

«Ha pasado en los San Fermines», me dice hablando de este nuevo sistema mucho más rápido -entra de inmediato al torrente sanguíneo- y anula por completo la voluntad.

Protegerse ante eso ya no es tan fácil como ponerle un trozo de papel por encima a una copa, hablamos de empezar a salir de casa con una armadura para evitar el aguijonazo.

O no salir, directamente, si no tenemos a mano la opción estilística medieval.

No le doy más vueltas. Río y bailo con ella. Nos lo pasamos como adolescentes y volvemos a casa sana y salvas. La noche ha sido nuestra.

Al día siguiente una famosa cuenta de Instagram habla de que la noche anterior, en un local de Barcelona, dos chicas han sido pinchadas.

Cuentan su experiencia, los síntomas a los que se debe prestar atención. Tuvieron la suerte de actuar rápido y nadie se aprovechó de su situación.

La misma historia me la pasa una amiga de Barcelona por Whatsapp, nos pide ir con cuidado.

El fin de semana que viene tengo una despedida de soltera en esa ciudad y pienso en lo mucho que me fastidia tener que ir como un perro guardián.

Vigilando que mi rebaño de amigas se mantenga junto en todo momento, atenta a cualquier señal de que algo raro está pasando.

Pienso en lo que va a ser tener que alertarlas de todo esto.

Ponerles en antecedentes de que, si notan un pinchazo, avisen inmediatamente al resto.

Envidio el privilegio masculino de pasarlo bien de fiesta y ya.

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En tan solo dos días tengo la sensación de que esta nueva manera de drogar, ha sido el monotema.

Y siento un deja vu de cuando hablablan de las drogas que se inspiraban o de la burundanga. Todas usadas para lo mismo.

Ya empieza a convertirse en costumbre que el hit del verano venga acompañado de la sustancia de turno para conseguir forzarnos.

Lo peor es que el mensaje es el mismo, hacia nosotras.

Pidiéndonos que sepamos como actuar, recomendándonos ir a un centro de salud por si es una aguja reutilizada (ahora además de ser drogada, de regalo te puedes llevar el VIH).

Los mensajes concienciadores hacia los agresores ni están ni se les espera.

 

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No he visto una sola historia ni sé de ningún amigo que haya recibido el mensaje de «No pinches a nadie para forzarla. No está bien. No lo hagas».

Y me encantaría que no solo se viralizaran las reflexiones de que somos las víctimas las que tenemos que andar con mil ojos.

Ojalá el mismo volumen de mensajes previsores para nosotras lo fueran de mensajes disuasorios para ellos.

Así que ahora te hablo a ti, lector, que tienes una posición de privilegio. Que te escuchan y te toman en serio, que no van a llamarte «dramática» ni «exagerada».

No quiero entrar en la reflexión de que, una de esas mujeres pinchadas, puede ser tu prima, tu novia, tu hermana…

Porque aunque no haya parentesco o lazo de ningún tipo, no necesitan formar parte de tu entorno para que merezcan ser tratadas como el resto de personas.

Te propongo que pruebes a cambiar el enfoque ahora que ves todo esto que está pasando.

Y que en vez de alertar a tus amigas, hables con los hombres de tus círculos.

Diles que den la voz de alarma a su vez o avisa de que condenas esto, ponlo de vuelta y media, critícalo con todas tus fuerzas.

Usa tu voz y tu espacio para condenarlo, que esta sea tu manera de luchar para que no nos lo sigan haciendo.

Porque puede que no conozcas de nada a la próxima chica que vaya a ser pinchada, pero recuerda que la mayoría de tus amigos son hombres heterosexuales, que es lo que tienen en común con los agresores que buscan anular la voluntad al suministrar esta droga.

Con un poco de suerte, hacer las cosas distintas -por una vez- puede llevarnos a un resultado diferente y no al de siempre.

Mara Mariño

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Netflix o cómo triunfa la violencia machista convertida en espectáculo

Un viernes cualquiera entraba en Netflix, lista para hacer una maratón de series o lo que me sugiriera la plataforma.

Como la mayoría de las veces, repasé lo más visto en España aquellos días. Y muchos de los resultados tenían en común lo siguiente: sexo, muerte y mujeres.

Netflix series

EL BLOG DE LILIH BLUE

De un tiempo a esta parte, cada vez le voy cogiendo más manía a Netflix y a su costumbre de convertir tragedias de violencia machista en puro entretenimiento.

En aquel momento eran las producciones de El Caso Alcàsser y ¿Dónde está Marta? las dos que coronaban la lista.

La conclusión es escalofriante: el morbo de un asesinato, con violación de por medio, vende.

Y vende hasta el punto que a nadie le sorprende que se haga de ello un show. Al igual que tuvo también su reconocimiento el de Chicas perdidas.

Ya no basta con hacer series o películas que se metan en la cabeza de los propios asesinos. Nos sabe a poco escuchar en una cinta cómo Ted Bundy elegía a sus víctimas.

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Lo que tira es meterse hasta el fondo, conocer hasta el más mínimo detalle. Ver toda la historia como cuando miras True Detective o El guardián invisible.

Y ahí precisamente es donde está el problema. En pensar que lo que vemos en la pantalla no es real, en distanciarnos emocionalmente, en quitarle peso gracias a que comparte espacio en una plataforma donde la mayoría de títulos son ficción.

En mirarlo como se ve una película nueva de los Vengadores.

Pero también en pensar que, del próximo asesinato de violencia machista, no solo se cubrirán los periódicos por un día y las feministas encenderemos Twitter pidiendo cambios.

Ya habrá una serie para distraernos, hacer del horror algo interesante y bien narrado de lo que no podemos desengancharnos.

«Un excelente trabajo ensayístico», «un rompecabezas adictivo» o «un buen ritmo, una fotografía cuidada» son algunas de las críticas que, a día de hoy, se pueden leer de las series que he citado anteriormente.

Con una falta de tacto equivalente a que no hubiera vidas sesgadas ni familias destrozadas detrás de ello. Pero las hay.

No solo nos matan. De nuestra muerte hacen espectáculo.

Y Netflix se asegura de que lo disfrutemos.

Mara Mariño

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Sumisión química o por qué nosotras no nos atrevemos a dejar el vaso solo

Hace unos días quedé con un hombre. Un plan de tarde a las 18h en una cafetería cualquiera de Madrid.

La conversación fue agradable, el rato tranquilo y mi vejiga, insistente. Cada dos por tres las señales de alarma de que necesitaba vaciarse estaban ahí, avisando.

Pero aguanté por una simple y llana razón: no me iba a levantar hasta terminar el vaso con mi bebida.

bar cita pareja

PEXELS

Y lo cierto es que cuando llegué a casa después de que no pasara nada, me sentí hasta un poco tonta por tomarme todo tan a la tremenda.

Por ver el peligro en todas partes.

Me encantaría decir que peco de exagerada, que no hay nada de qué preocuparse, pero no es así.

Y para llegar a esa conclusión no necesito dar con esa amiga -que todas tenemos- que o bien sabe a ciencia cierta que le ha pasado o bien sospecha de aquella noche que recuerda borrosa (cuando no bebió prácticamente nada).

Basta con irme a los datos de sumisión química que publicó hace unos meses el Ministerio de Justicia sobre el estudio del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses (INTCF).

En casi un 24% de las agresiones sexuales a mujeres, la víctima dio positivo en sustancias como drogas o alcohol.

Si, como yo, eres de ir con la copa tapada con la mano en la discoteca o de apurar hasta la última gota antes de perder de vista tu consumición, no es solo con desconocidos con quien deberías tener cuidado.

Y es que precisamente en muchos casos es la relación previa, la amistad o el compañerismo que pueden hacer que bajemos la guardia.

Pero, ¿es este el enfoque que se le debe dar al problema? ¿Estar en constante alerta para no ser las siguientes? ¿No fiarnos de nadie?

Hemos reivindicado en cada 8 de marzo que «solas y borrachas queremos llegar a casa», defendiendo que podamos salir de fiesta, sin miedo a que nos pase algo por si nos tomamos una copa con las amigas.

Y se han hecho oídos sordos, porque cuando buscas este tipo de agresiones, lo primero que te enseñan es una lista de prevenciones entre las que se incluyen «No abuses de las bebidas alcohólicas», «No consumas drogas», «No pierdas de vista lo que bebes o comes», «En un bar, pub o discoteca nunca dejes sin supervisión tu copa» y «Procura mantenerte junto a tus amigos cuando sales por la noche».

Porque una vez más es la víctima la que tiene la culpa de haberse despistado y que la agredan.

Una lógica que sigue la línea de “si no quieres que te violen, no salgas con minifalda, ponte pantalones”, “evita calles oscuras y solitarias”o “vuelve de día”,

Lo de enseñarles a ellos a no ponernos nada en la bebida y aprovecharse de nosotras en un estado de inconsciencia, brilla por su ausencia.

Así que nada, sigue aguantando el pis, amiga.

Mara Mariño

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El problema son los hombres que agreden (y los que les cubren las espaldas)

Es mucha casualidad que todas (o casi) admitimos que hemos experimentado algún tipo de acoso sexual. Pero, curiosamente, no encontrarás un solo hombre que se considere acosador o que admita que se relaciona con ninguno.

La camaradería está por encima de atentar contra la dignidad de una persona, por lo visto.

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Y no hay mayor prueba que lo que ha sucedido con el Xocas, el streamer que ha calificado de «estrategia de ligue» que uno de sus amigos fuera de fiesta sobrio, para poder aprovecharse de mujeres borrachas.

Porque el problema no es solo que el Xocas hable ahora de esto. El problema es el Xocas quedándose callado cada vez que ha visto a su amigo hacerlo.

Nos ponen en peligro los tíos que abusan, por supuesto, pero también los que hacen la vista gorda aún sabiendo que, el comportamiento de su colega, no está bien.

Que ellos paren antes de utilizar un estado alterado de consciencia de una mujer, en su propio beneficio, es aprendizaje, fruto de una educación basada en la igualdad y el respeto.

Pero también resulta de ayuda no recibir el apoyo silencioso de los amigos -o a viva voz felicitándoles en internet delante de millones de seguidores-.

Son siempre los mismos. Puede que no silben por la calle, que no se aprovechen del tumulto de la discoteca para deslizar su mano entre tus piernas o que no manden una foto de sus genitales.

Pero son los que no dicen nada cuando su colega pasa fotos de la chica con la que se está liando por el grupo de Whatsapp, los que no responden a quien hace los chistes de traer a las ucranianas a España.

Los que ríen las gracias, aunque no estén de acuerdo, porque es más importante el respaldo de los demás que lo que está correcto, los que hacen oídos sordos cuando una mujer recibe comentarios por la calle porque no la conocen, no es problema suyo.

Los que te escriben que eres un poco exagerada cuando compartes tuits del acoso que recibes en redes por parte de otros hombres, los que piensan que esto del feminismo no va con ellos.

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Y mientras el Xocas blanquea el delito de la violación (recordemos que es también una agresión sexual atentar contra la libertad de la víctima sin que haya violencia o intimidación y sin que exista el consentimiento previo de esta), ensalzándolo, los demás toman apuntes.

Para la siguiente, buscar la más borracha. Y si es el amigo el que lo hace, es un crack, no pasa nada.

Lo que consigue esta mentalidad, una vez más, es cargarnos a las mujeres con la culpa de que, si nos hacen algo, es por no habernos protegido lo suficiente.

Por haber bebido de más, por habernos vestido de menos, por haber dejado que nos acompañara a casa, por no decirle que parara por miedo a su reacción.

Pero cuando ese razonamiento no se acompaña del resto de violaciones, cuando abusan de ti de día, sobria y llevando un chándal, el foco debería dejar de estar puesto en que la víctima se cuide.

Porque da igual lo que hagamos nosotras. Lo único que nos evita protagonizar la siguiente agresión sexual es que él no decida hacerlo.

Y que los demás no miren hacia otro lado, si pasa delante de sus narices, y pueden evitarlo.

Mara Mariño

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Si es tu pareja, ¿necesita tu consentimiento?

Te planteo una pregunta: el que era mi novio de aquel momento, estaba tumbado en la cama. Yo me encontraba recostada a su lado.

Estábamos viendo la reposición de una famosa serie de televisión cuando me dijo que si se la podía chupar.

Una pareja sentada en la cama consentimiento

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En aquel momento, con toda la pereza del mundo de estar en la postura perfecta sin ganas de nada que no fuera seguir tumbada, le dije que no me apetecía.

Se incorporó y empezó a decirme que cómo podía ser tan egoísta. Que si me lo pedía era porque lo «necesitaba», porque «estaba pasando un mal momento», porque aquello le haría «pensar en otra cosa».

Si como pareja suya, no era capaz de ver todo eso, si no lo hacía por «el amor que sentía», es que no era «una buena novia».

Bajé la cabeza y se la chupé.

Y ahora la pregunta: ¿consentí a tener sexo?

Accedí, sí, pero de manera coaccionada, sin ninguna gana de hacerlo.

Solo por la presión de su discurso y por haber pulsado una tecla que siempre funcionaba conmigo, la de la culpabilidad de querer ser la mejor pareja.

Accedí y ahora me arrepiento. Porque así no debería ser poner en práctica algo placentero, con un chantaje emocional, haciendo a la otra (o al otro) sentir mal.

Accedí, pero mi consentimiento interno -que no el que puse en práctica- no estaba de acuerdo con mis acciones.

En aquel momento tenía que haber visto que, una persona que recurre a la manipulación para conseguir algo (lo que sea), no era buena para mí.

Pero llegamos a una pareja todavía con muchas cosas que desaprender. La primera es que estar con alguien nos abre la puerta a una barra libre de sexo. Cuando y donde quieras puedes pasar por la estación de sus piernas a recargar o descargar, lo que prefieras.

Y nosotras todavía arrastramos la culpabilidad de que, si nuestra pareja no está satisfecha, puede irse a otro lugar -que es otra persona- a conseguir eso que no podemos darle.

Lo que deberíamos tener claro, en su lugar, es que si esa es la razón por la que alguien se va de nuestra vida, no es la persona que queremos a nuestro lado. Mejor solas que forzadas a follar.

Estar en pareja implica que haya sexo siempre y cuando las dos personas quieran tenerlo por voluntad propia. Si uno de los miembros no está de acuerdo por lo que sea (dolor, sueño, cansancio o que no le apetece y punto), debe ser respetado.

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Que haya sexo en pareja no implica tampoco acceder a cualquier tipo de sexo. No todas las prácticas se pueden realizar sin tener antes una conversación primero asegurándonos de que no cruzan los límites de nadie.

Así que quédate con esto: si ignora tus negativas, si te coacciona, si te manipula, si se enfada si no lo haces, si te amenaza, si te resignas, no estás teniendo sexo con tu pareja. Te está violando tu pareja.

Mara Mariño

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Decimos que ‘si tocan a una, nos tocan a todas’ porque ya lo han hecho

«Me gusta ser mujer», proclama una famosa marca de compresas en sus anuncios.

Entonces ¿por qué hay tantas ocasiones que no quiero serlo?

UNSPLASH

¿Por qué lo vivo como si en la lotería de la genética me hubiera tocado estar con el equipo perdedor, el XX en vez del triunfante XY?

¿Por qué en vez tener siempre la felicidad que muestran las actrices en la pantalla para mí es una carga?

Porque ser mujer tiene de idílico más bien poco.

Porque no hay nada satisfactorio en saber que, el hecho de que llegues a casa esta noche, no depende nunca de ti. De tu voluntad.

Ni por mucho que tu madre te diga «Ten cuidado al salir, hija».

Ni aunque sigas al pie de la letra el manual de la «chica buena» que sutilmente nos vende la sociedad machista.

Esa que no bebe, no lleva ropa corta, no sale de fiesta, no coge el atajo por las callejuelas para llegar a casa antes…

Porque algo puede pasarte siempre, a los 8 años, a los 16, a los 50, haciendo running por un parque a mediodía, en el autobús cualquier día de enero camino a la oficina, llevando tu chandal más viejo paseando a tu perro.

Porque si me duele tanto leer noticias de agresiones sexuales es porque sé lo que es.

Porque quizás no todos los hombres las cometan, pero sí todas las mujeres tienen un caso que contar.

Porque vamos cada día de la mano del miedo, sabiendo que lo menos grave que te puede pasar es que él (o ellos) se quede contento con agredir y te deje seguir viviendo.

Porque decimos que «si nos tocan a una nos tocan a todas» y realmente se siente de esa manera.

Así de profundo y visceral. Como si te hubiera pasado también a ti.

Porque ya lo han hecho. Porque ya nos han tocado, insultado, agredido o acosado en algún momento.

Y eso es lo que no puede seguir pasando. No queremos ser más del equipo perdedor.

Duquesa Doslabios.

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