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Cultura de la violación, vamos a por ti

Hace algunos años, vivía en Italia. Primero estudiando y luego trabajando, de forma que pude ver de primera mano una de las cosas que menos me gustaban de allí: el machismo.

Un machismo muy parecido al español, escandalosamente evidente, pero tan silenciado que era casi de mala educación mencionarlo.

En Italia, como aquí, la víctima nunca es la mujer agredida. En todo caso es el agresor.

GTRES

Fue algo que aprendí cuando, uno de esos días en los que iba al trabajo, un desconocido me siguió por el tranvía hasta ponerse a mi altura y tocarme de cintura para abajo en varias ocasiones.

Al increparle en alto con mi italiano básico empezó a llamarme loca, como si me lo estuviera imaginando todo.

Nadie de mi alrededor más cercano hizo nada por mí hasta que distintas mujeres salpicadas por los extremos de la cabina empezaron a gritarle -a una- que se bajara.

Cuando llegué a la oficina, todavía temblorosa, y le conté lo que había pasado a mi jefe, pavesano de pura cepa (aunque podría haber sido de cualquier otra parte de Italia), no solo me llamó exagerada.

Afirmó que debería sentirme halagada de esa clase de atención y que verlo como una agresión me convertía, y cito literalmente, en una radical.

Tres años después, sale en los medios italianos el caso de un empresario de 43 años que drogó, secuestró y violó de todas las formas posibles durante horas -grabándolo en vídeo desde distintos ángulos- a una mujer de 18 años.

Y, como podría pasar en España, las reacciones han ido del “Hay que ver estas chicas de ahora que solo quieren hundir con sus mentiras a hombres decentes, es una cruzada contra nosotros” al “Bueno, pero es que ella fue a cenar voluntariamente con él, que no hubiera ido” y pasando por “Hasta que no haya un veredicto debe primar la presunción de inocencia”.

No solo estos son los discursos que circulan por ahí, es igual de doloroso que uno de los diarios italianos haya sacado el caso entre sus páginas (digitales) refiriéndose a él como un empresario brillante y activo como un volcán que, por culpa de esto, se ha apagado.

De la víctima, que pasará el resto de su vida traumatizada, intentando recomponerse de una cosa tan cruel siendo además juzgada como si fuera la responsable de haber sido violada, nada. Su ‘apagón’ no es digno de mención.

Por suerte, la indignación de otro sector de la población ha mostrado que aquel artículo solo fomentaba la errónea creencia de que son las mujeres las que deben ser puestas en el punto de mira, mientras se exculpa a sus agresores bajo argumentos relacionados con cuestiones que nada tienen que ver con sus actos (como si ser un gran profesional exculpara de haberse portado como un monstruo).

Y es que este tipo de excusas forman parte del discurso que defiende la cultura de la violación, una de las consecuencias de moverse en una sociedad machista que pretende minimizar las agresiones sexuales mediante la normalización y la justificación.

Que Italia, por primera vez, reivindique un caso de ese estilo hasta el punto de que el diario haya borrado la noticia y se haya disculpado, es una buena noticia.

Sobre todo cuando llevan años aceptando titulares que justificaban feminicidios con la retórica del crimen pasional: el “no soportaba vivir sin ella”, “no le correspondía” o “en un ataque de celos”.

Si nuestro país vecino despierta, nos sirve para refrescar también a este lado del Mediterráneo algunas ideas, empezando por la importancia de reclamar lo que nos parece justo, incluso cuando pensamos que por compartirlo en una red social no va a tener repercusión.

Se empieza por lograr cambiar un titular, un titular que promueve un discurso y, por último, una cultura de desigualdad.

Y aunque es triste que sea de las pocas formas de combatir el machismo, que tiene tantas ramificaciones y defensas hasta de sectores (en teoría) al servicio de la sociedad, estamos en un punto en el que no tenemos otra alternativa que andar con mil ojos y exigir periodismo de rigor, sin excepciones desiguales.

De lo contrario, volveremos al mismo punto en el que estábamos hace unos años.

El de guardar silencio porque, si ni la justicia, ni los medios ni los propios lectores posicionan su credibilidad en el lado que deben.

El de no decir nada para no tener que leer o escuchar que solo lo haces para buscar fama.

El de callar para evitar ser, después de violada, juzgada por limitarte a vivir tu vida sin hacer daño a nadie.

Duquesa Doslabios.

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‘365 días’, ni tan erótica ni sucesora de ‘Cincuenta sombras de Grey’

Cada vez estoy más convencida de que el cine es una de las herramientas más potentes del patriarcado para romantizar la violencia de género.

No dejes de leer todavía, que voy a justificar mi respuesta.

@iammichelemorroneofficial

Desde hace unas semanas, la película 365 días no deja de salir en la lista de las más populares en Netflix. Una popularidad que viene, en parte, por quienes dicen que es la nueva versión de Cincuenta sombras de Grey.

Para que te ahorres el verla, te voy a resumir la trama en una línea: un mafioso millonario secuestra a una mujer con la que una vez soñó y le da un año para enamorarse de el.

Ya para empezar, solo pensar en que un desconocido que ha soñado conmigo me mantenga retenida a la fuerza durante un año (o el tiempo que sea en realidad) me parece escalofriante.

Pero ahí empieza la capa de purpurina: el actor que interpreta al protagonista no tiene nada que ver con los que suelen salir detenidos en las noticias. Es guapo, joven, está en forma y se compromete a no tocarla hasta que ella se enamore de él. ¿Todo un caballero? Todo un lavado de cerebro.

Mientras una sucesión de escenas que parecen salidas de Pretty Woman -por aquello de que él le compra todo tipo de cosas-, ponen el lazo al objetivo de sacarle el romanticismo a un delito, muchas de las espectadoras de la película afirman fantasear con secuestros.

Que una mujer vea este tipo de películas y sueñe con protagonizar algo así es como si una persona homosexual comienza a fantasear con agresiones homófobas porque hay una película que las expone como parte de una historia romántica.

Si eso parece una barbaridad, ¿por qué esto no?

Y eso solo en cuanto al hilo conductor. En la película no faltan estereotipos de industria pornográfica como violaciones, violencia física durante el sexo y por supuesto la premisa de que lo que más desea la víctima es practicarle una felación a su secuestrador.

No que le hagan un buen cunnilingus de esos en los que terminas sudada, con el pelo enmarañado y despatarrada, no. Viendo que así es cómo se representa el deseo femenino, da la sensación de que las personas autoras la ficción saben poco o nada de lo que realmente nos excita a las mujeres.

O quizás es que, una vez más, estamos ante el nuevo ejemplo de adoctrinamiento por parte de la cultura popular y sus productos de éxito. Violencia física, sexo sin consentimiento y una relación sexual en la que el pene es el centro.

¿Y lo peor? Que esta ficción tenga cabida en una plataforma del alcance de Netflix.

Una historia tan vieja, casposa, machista y cansina que de verdad hace que me pregunte por qué no parece haber interés en sacar tramas nuevas en las que se inviertan los papeles.

En explorar otros tipos de relaciones que no estén basadas en un hombre dominante y una mujer sumisa, que nos conviertan en sujetos activos y no en las habituales víctimas. Unas ficciones que nos empoderen, no que nos sigan doblegando.

Porque aunque solo sea una película, el cine nos moldea, nos enseña y nos sirve de referente. Así que yo pregunto, ¿son estas las relaciones que queremos? ¿No es una forma de perpetuar relaciones desiguales entre hombres y mujeres?

Duquesa Doslabios.

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La tendencia más positiva de TikTok responde a las agresiones sexuales

Solo hay una cosa que haya triunfado tanto como la levadura o el papel higiénico durante la cuarentena: TikTok. La cantidad de usuarios que se han sumado a la nueva red social de moda, durante el estado de alarma, han dejado en un segundo plano a Instagram.

TikTok

Pero entre bailes, retos y simpáticos vídeos de mascotas, hay un tipo de contenido que nadie esperaba que se hiciera popular.

Y es que muchos tiktokers han creado una tendencia para compartir sus historias de abuso sexual y motivar con el proceso de superación.

Partiendo de la canción de It’s time de Imagine Dragons, estos usuarios han escogido la estrofa de “Now don’t you understand. That I’m never changing who I am?”, que se podría traducir por “¿No entiendes que nunca voy a cambiar quien soy?”.

Con ese trozo de fondo, comparten la que sería una de sus experiencias más duras, enseñando a sus seguidores la ropa que llevaban al haber sido agredidos sexualmente y lanzando un mensaje claro a sus agresores.

“Esta es la misma falda que me arrancaste aquella noche”, escribe una chica mostrando una prenda totalmente rasgada. “No me defines y nunca lo harás”.

“Yo tenía 14. Él tenía 18. Me dijo que íbamos a hacer compras navideñas para su madre. No soy una víctima, soy una superviviente. Las cosas van a ir a mejor, lo prometo”.

“Hola Logan. No sé si te acuerdas, pero esta era la ropa que llevaba aquella noche. Puede que te llevaras mi confianza, mi intimidad y mi sensación de seguridad. Pero ahora soy más fuerte y cada vez me siento más cómoda en mi piel”.

Estos son solo algunos de los mensajes que lanzan los protagonistas de los vídeos. Sobre todo mujeres, pero también algún chico, entre 16 y 20 años son quienes demuestran la cantidad de abusos sexuales que siguen sucediendo también en las nuevas generaciones.

Y, de entre todas las maneras de contar una historia y concienciar sobre algo tan difícil como puede ser una violación, han optado por hacerlo con el positivo mensaje de que continúan en pie y lo hacen con ganas.

Para ellos es una forma de dar ejemplo, de continuar su lucha personal enfrentándose a sus propias vivencias y, de paso, poder ayudar a otras personas que se encuentren en situaciones similares, haciéndoles saber que no están solos y que la vida continúa incluso después de algo tan traumático.

Un mensaje que transmite la esperanza de no dejarse definir por lo que ha pasado y de seguir siempre hacia adelante.

Duquesa Doslabios.

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El caso de Ted Bundy o cuando el violador es guapo y simpático

El otro día le tocó el turno a Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile, una película basada en la historia de Ted Bundy, quien violó y asesinó de manera tan cruel a 30 mujeres en diferentes ciudades de los Estados Unidos, que terminó condenado a la silla eléctrica después de que, durante años, se declaró inocente.

FACEBOOK EXTREMELY WICKED, SHOCKINGLY EVIL AND VILE

Al terminar la película, una frase resumió lo que habíamos visto. “Hay que ver los locos que nos rodean”.

Si algo consigue la película es dejar claro el mensaje que ni los violadores ni los asesinos suelen cumplir las características del imaginario colectivo.

Cuando pensamos en la palabra “vampiro”, todos imaginamos dientes afilados, capa negra y piel cetrina.

Es un mecanismo automático que compartimos socialmente. Por eso, cuando se trata de la palabra “violador”, viene a la cabeza un hombre, generalmente mayor, agazapado detrás de una esquina.

Con la palabra “asesino”, algo casi igual, pero con una máscara, la cara quemada u ojos inyectados en sangre.

Ninguno de los dos términos nos hace pensar en un hombre como Ted Bundy, un hombre de ojos claros, sonrisa afable, voz seductora, derrochando guiños simpáticos y carisma.

Nos resulta imposible porque da demasiado miedo, porque se escapa a lo que nos han enseñado. Pero, sobre todo, porque esos hombres son nuestros compañeros de universidad, de trabajo, nuestros vecinos, el chico que te encuentras de fiesta con el que terminas ligando en la discoteca.

Son ellos. Pero no sabes cuál.

Y si bien, no todos (afortunadamente) van a terminar violándonos con un frasco de colonia que nos destroce los órganos internos, es el momento de desligarnos un poco del imaginario colectivo y ser conscientes de que están ahí.

Y no van a venir hacia nosotras vestidos con un jersey de rayas y agitando un guante cubierto de cuchillas. Van a venir sonriendo e invitándonos a un café.

Duquesa Doslabios.

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‘Gran Hermano’ o cómo grabar una violación por un programa de televisión

Este miércoles reflexionaba sobre la anormal normalidad que, aún hoy en día, se da con las agresiones sexuales y todo lo que conlleva violencia de cualquier tipo hacia la mujer.

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Poco después me entero de que Carlota Prado, una antigua concursante de Gran Hermano, durante su estancia en Guadalix –en plena grabación del programa-, fue violada mientras todo el equipo tras las cámaras, que se turnan a lo largo de las 24 horas del día para no perder detalle, no hacía nada para evitarlo.

Con ínfulas de documentalistas de National Geographic, redactores, realizadores y operadores de cámara dejaron que la ‘naturaleza’ siguiera un curso atroz. Lo que no sabían es que, en ese momento, junto al agresor, se estaban convirtiendo en animales.

No todo vale en el circo mediático, y este ha sido uno de los casos en los que se han cruzado los que debería ser considerados límites: el bienestar físico, emocional y mental de una participante y un delito.

No puedo evitar acordarme de una tuitera que comentaba, hace unos días, que al mediodía, en plena Gran Vía de Madrid, un hombre empezó a insultarla a gritos de manera violenta por haberle respondido a un piropo.

Se sentía sola en una de las calles más concurridas de la capital al ver que nadie hacía nada por pararle los pies al hombre.

Y si ella experimentaba esas sensaciones, ¿qué no experimentará Carlota sabiendo que puso su vida en manos de una cadena de televisión y nadie del programa hizo nada para protegerla?

No solo hay hombres que nos violan, algo ya de por sí duro que, como mujeres, nos toca asumir. También hay cómplices -según la RAE persona que, sin ser autora de un delito, coopera con actos simultáneos- que se mantienen al margen. Una serie de testigos mudos, pero no ciegos, de un crimen que, en sus manos, estaba evitar.

¿Qué sacamos de esto? Lo de siempre. Una mujer con un trauma que arrastrará toda su vida, un agresor con una pena que nunca parecerá suficiente y Mediaset dispuesta a pensar en la siguiente edición del programa.

Si grabar una violación en un reality show no es telebasura, yo ya no sé.

Duquesa Doslabios.

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¿Ha sido viral el ‘efecto Manada’ sobre los casos de violaciones grupales?

Leo en El periódico.com que, desde los Sanfermines, las denuncias de violaciones grupales se han multiplicado. Podría parecer que abusar en grupo es la nueva moda, el reto viral último, lo más guay que hacer con tus amigos. En lo que llevamos de año han sido 42 las denunciadas, y aún quedan otros cuatro meses por delante.

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Estoy segura de que si algo nos pasa por la cabeza a todas nosotras, cada vez que un diario anuncia un nuevo caso en otro punto de España, es el miedo. Porque, hablemos claro, casi da la sensación de que, desde La Manada, las violaciones en grupo han sucumbido al efecto bola de nieve.

Hoy quiero tranquilizaros, un poco en la medida de mis posibilidades, al respecto. Desgraciadamente, las violaciones colectivas no son cosa nueva. Ya eran un instrumento de represión que se utilizaba hace miles de años.

Lo que vivimos ahora casi semanalmente es la versión contemporánea que demuestra que, en realidad, no hemos avanzado tanto como deberíamos.

Quienes hemos evolucionado hemos sido las mujeres. Mientras en otros momentos de la historia no quedaba otra que callar y vivir con la losa de la agresión cometida, sin poder denunciar, sin conseguir ningún tipo de justicia, el feminismo ha puesto el punto y final a nuestro voto de silencio.

Time’s Up no ha sido solo una moda, sino el grito de las mujeres de España, India, Alemania o Suecia que se ponían de acuerdo en algo: que te violen es violación.

La consecuencia de hacer ruido, de que las mujeres ya no seamos ciudadanas de segunda, es que la igualdad, le pese a quien le pese, forma parte de la agenda.

La sensibilidad con el tema afecta a la esfera política, a la social, a la económica y también a la doméstica. Las injusticias en nuestra contra aparecen en la conversación cuando antes era algo que ni se planteaba.

Si algo hemos aprendido en estos años es que gritando en las calles que “No es no”, el país escucha. Puede que no tanto como quisiéramos y puede que ni siquiera hasta el punto de poner una pena con la que estemos de acuerdo, pero el mensaje ha calado: hay consecuencias.

Quedan aún frentes abiertos. La pornografía es la nueva maestra. El gangbang, un contenido sexual de alto éxito. Y las agresiones en grupo se seguirán repitiendo siempre y cuando los niños continúen recibiendo mensajes de que el consentimiento es algo opcional, que son ellos quienes están en una posición de poder.

Las agresiones han existido siempre. Antes nos callábamos, pero ahora, muchas de nosotras nos animamos a denunciar. Hemos dejado claro a voz en grito, a golpe de pancarta, en manifestación y en nuestras redes sociales que nuestros cuerpos son nuestros, que nuestra libertad incluye nuestro armario, nuestra sexualidad, nuestra vida.

Si se denuncian más que antes las manadas es porque las mujeres nos hemos dado cuenta (tiempo nos ha costado) de que no es nuestra la culpa. Que somos las víctimas.

“Quedó con uno de ellos, se mandaba mensajes con contenido erótico, acudió al piso a mantener relaciones sexuales…”, todo eso se ha acabado. Pueden empeñarse en que retrocedamos y volvamos a guardar silencio tildándonos de culpables, pero ahora contamos con respaldo.

Hemos aprendido lo que es y lo que no es violación, somos conscientes de ello como quizás nunca lo habíamos sido hasta ahora. Tenemos claro que no es no, que no decir nada es no, que oponer y no oponer resistencia es no, que todo lo que no sea un consentimiento explícito, es violación.

La pregunta es, por qué, si aumenta el número de denuncias, se sigue poniendo el foco en nosotras. Por qué si hay adolescentes menores de edad, de jóvenes adultos o de hombres de más de 50 años, o de composiciones de todo lo anterior junto, nadie se pregunta cómo es posible que de un grupo de cuatro, cinco o diez hombres, ni uno solo de ellos echara el freno y pusiera el punto de cordura, de respeto y todos optaran en cambio, con conocimiento de causa, por cometer un crimen.

Duquesa Doslabios.

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¿Eres mujer? Consejo de la Ertzaintza: ni tengas citas a ciegas ni camines sola de noche

“No aceptes citas extrañas, ni citas a ciegas. No transites de noche a solas, por lugares apartados o poco iluminados.”

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Estos ‘consejos’ (por llamarlos de alguna manera) son los que promulga la policía del País Vasco para, en su opinión, que las mujeres eviten las agresiones sexistas durante las fiestas.

Unos consejos que vienen diciendo que, si queremos estar seguras, vayamos siempre bien acompañadas, por sitios bien iluminados. O lo que es mejor, que no salgamos de casa no vaya a ser que pase algo.

Pero, ¿incluye el folleto alguna mención hacia los hombres diciéndoles que respeten a las mujeres que están disfrutando de las fiestas? Os dejo adivinar la respuesta.

Y como mujer -pero encima como mujer joven que sale de fiesta, ha tenido citas a ciegas y vuelve sola a casa- estoy harta. Harta de que la culpa de que me pase algo sea mía. Harta de que hasta la policía me diga que si no quiero que me pase nada, no haga nada. Con nadie. Nunca.

Si me paro a pensarlo, me parece tan ridículo como lo sería pedirle a una persona de etnia bereber que no se relacionara con ninguna persona caucásica, para evitar agresiones racistas.

Que no se le ocurra salir a la calle exhibiendo su piel oscura. Que para evitar provocaciones se la aclare con un maquillaje, que se ponga una careta, que se tape las manos con guantes para que no parezca que va buscando guerra.

Que procure evitar a ciertas horas del día y por ciertos barrios de la ciudad donde las personas caucásicas abundan. Que procure evitar subir en ascensor, quedarse a solas en el portal de casa con alguien caucásico por si le ataca, que no intime ni quede con nadie de piel blanca.

Pero es que también podemos aplicar el mismo razonamiento a una persona homosexual. La policía vasca podría pedirle que no entre en un local de ambiente por si, en un ataque de homofobia, alguien se lía a tiros dentro del bar.

O incluso que no vaya de la mano con alguien de su mismo sexo. Que no le bese. Que no vista con un arcoíris estampado en la camiseta “por si acaso”.

¿Ridículo? Así suena la lógica de la policía vasca, que, casualmente, solo aplica este discurso cuando son las mujeres las posibles víctimas.

Querida policía vasca, catalana, madrileña o andaluza, querida policía de toda España: las mujeres no vamos a encerrarnos en casa. No vamos a dejar de salir, de enamorarnos, de beber, de bailar, de volver a las tantas de la mañana. No vamos a dejar de vivir esta vida tan bonita que hemos tenido la suerte de encontrarnos.

Y no deberían animarnos a dejar de hacerlo como “recomendaciones por nuestra seguridad”. Deberían enseñar a los hombres que el hecho de que hagamos todas esas cosas es respetable y no da ningún derecho a gritarnos, a agredirnos, a violarnos ni a matarnos.

Duquesa Doslabios.

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Sobre el consentimiento y el “Tener sexo ante notario”

Mucho se habla estos días de las relaciones entre hombres y mujeres, de cuál es la más segura.

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Los hay incluso que se atreven a decir barbaridades tales como que solo mediante acuerdo económico para conseguir sexo (siendo la mujer la mercancía, por supuesto), es seguro poder conectar.

Pero, ¿realmente entendemos qué es el consentimiento? No es por dudar de nosotros mismos, pero con los mensajes que circulan, no siempre es fácil hacerse una idea clara. Empezamos con “No es no”, luego fue el “Solo sí es sí”, pero quedan fuera el “Antes sí, pero ahora no”, “En otro momento”, “Eso no” o “Más de esto otro”.

Incluso queda fuera de la ecuación el consentimiento que se da sin hablar acompañando caricias. Y es que, por mucho que se empeñen en limitarlo, el consentimiento ni es un monosílabo ni un contrato ante terceros, el consentimiento va mucho más allá.

Empieza por los límites, los corporales, y pasa por todo tipo de actos en los que están involucrados. Es mi cuerpo, son mis genitales y, por tanto, mis normas. Consentir es permitir que alguien pueda acceder a ellos siempre con respeto. Unas fronteras que van desde el hasta dónde llegar pasando también por el de qué manera. Pero también cuándo.

El consentimiento sucede entre dos o más personas y se debe poner en práctica en cada actividad, porque que se acceda a dar un beso, no significa que se abra la puerta a todo lo que venga detrás.

Hay que entender que, al igual que se puede dar en cualquier momento, también se puede cambiar de idea y llegar incluso a quitar. E independientemente de la fase en la que nos encontremos, como si ya estamos casi en el final.

La máxima universal e indiscutible es que las personas tienen que sentirse cómodas y seguras.

Para ello (y para dudosos), ante la duda, plantéate si tus intercambios son consentidos haciéndote estas preguntas:

-¿Estás seguro de que tu pareja quiere tener sexo?

-¿Está tu pareja cómoda teniendo sexo?

-¿Lo hace libremente o has presionado de cualquier manera mediante amenazas, insultos, el tristemente típico “si no quieres, ¿para qué me haces venir? Eres una calientapollas”…?

-¿Ha accedido de manera voluntaria o porque has seguido insistiendo pese a que ya te había dicho que no?

-¿Se encuentra en un estado plenamente consciente o está alterado su juicio por el consumo de sustancias?

Si cualquiera de las respuestas a estas preguntas es negativa, el sexo no es consentido. Así que, como veis, no resulta difícil. De hecho, es relativamente sencillo, no es necesaria la presencia de un notario. El problema actual, más que de comprensión, es que muchos prefieren hacer como que no lo entienden.

Duquesa Doslabios.

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Que si te violan, es violación

Hemos necesitado tres años, tres años como sociedad y tres años como individuos, para penar un crimen que, para mí, parecía más que claro.

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Tres años en los que me he desgañitado en las calles en cuanto surgía la ocasión para protestar ante la Justicia, para darle la mano a una compañera que ni conocía ni estaba allí, para pelear por ella y por todas las que no salen en la prensa.

Tres años en los que las noticias sobre el caso me deprimían el día leyendo la aparición de un investigador privado, las declaraciones del abogado, los juicios de valor a una víctima por una camiseta, las opiniones en las comidas familiares de “que no hubiera entrado con ellos”…

Tres años para que aprendiéramos una nueva norma matemática. Si dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y una violación, quince años.

En este tiempo, no solo me he indignado con cada nuevo dato que iba saliendo a la luz, con ese primer fallo que, de laxo, parecía casi una decisión tomada por un tribunal de Los Simpsons, que por uno en la vida real.

El debate ha ido mucho más allá. Lo triste es que hasta ahora no hubiera salido sobre la mesa un tema tan importante como es el consentimiento, aclarando cuáles son los límites.

Lo realmente doloroso es que una mujer haya tenido que ser violada por cinco hombres para que nos demos cuenta de que aunque no digamos que no, aunque no protestemos, aunque no intentemos escapar, no significa que queramos tener sexo.

Hemos necesitado tres años para llamar a las cosas por su nombre, para penarlas “como se merecen”, aunque ni el número de años ni el sistema penitenciario me parecen suficientes para castigar el crimen cometido.

Si hemos necesitado tres años para aprender que si te violan, es violación, que no se nos olvide. Nunca.

Duquesa Doslabios.

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Un violador en cada esquina

Fue uno de los reproches que le hice a mis padres respecto a la educación que me habían dado: que habían conseguido que nunca me sintiera segura por la calle, que caminaba con el miedo de que, en cualquier momento, podría salir un violador detrás de una esquina. 

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Para mí, entender a una edad tan temprana, porque nos lo enseñan cuando todavía somos pequeñas, que fuera siempre con cuidado por si alguien me hacía algo, me marcó de la manera en la que a todas nos marca saberlo cuando llega el momento.

Y si a mí me parecía injusto, doloroso y horripilante, si me hizo sentir insegura, ahora pienso en el lugar de mis padres.

Pienso en lo que debe ser tener una hija que nace mujer y saber que, en algún momento de su vida, tendrás que tener esa charla con ella. La charla en la que le haces entender a tu hija, a lo que más quieres, que puede haber gente que la quiera agredir, violar o incluso matar.

La impotencia, el dolor y el miedo que yo siento, imagino que es solo la mitad de lo que pueden llegar a sentir ellos. Mucho más vasto y lacerante que el mío.

Unas sensaciones que, me consta, podrían volverse más intensas, aunque no me lo dijeran, si me olvidaba de contestarles a qué hora volvía a cada o si al final me quedaba a dormir en una casa de una amiga y no tenían señales de mí hasta el día siguiente.

Al tiempo que a mí me enseñaban eso, el mensaje para mi hermano ha sido el del máximo respeto hacia las mujeres.

Pero que él haya aprendido que no debe hacer nada en contra de la voluntad de otra persona, no garantiza que las mujeres estemos exentas de peligro en manos de otra persona que no ha tenido el mismo desarrollo.

Si los padres siguen teniendo esa charla con sus hijas es porque la sociedad tiene un problema estructural cuya solución no es solo que los padres den una buena educación.

La responsabilidad, más que la culpa, es de todos y somos incapaces de asumirla. Así que mientras no haya cambios en las leyes, no se refuercen las penas, no se tomen medidas, no se apliquen estrategias en los colegios o las series de televisión, como The Big Bang Theory, no dejen de vendernos como objetos, seguiremos transmitiendo ese mensaje generación tras generación.

Seguiremos diciendo, como mi bisabuela a mi abuela, mi abuela a mi madre, mi madre a mí, y yo, si tengo algún día, a mi hija, que tengamos mucho cuidado, porque ya no se esconden en las esquinas, puede ser el de la casa de enfrente, tu ex novio o el compañero de la oficina.

Y no habrá cuidado o medida que podamos tomar, ropa larga, calle llena, sobriedad o luz del día, que garantice nuestra seguridad ni nuestra vida.

Duquesa Doslabios.

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