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Mi amiga se ha casado y…

Mi amiga se ha casado.

Ha tenido una de esas bodas preciosas de cuento de hadas. La misma en la que vas con invitada y piensas «sí, definitivamente el amor era esto».

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En la mesa del banquete donde me tocó sentarme, cada una de mis compañeras tenía una historia diferente.

Estaba la que también llevaba varios años con su novio y acababan de mudarse a su segundo piso juntos.

La que se planteaba la convivencia en un futuro cercano, la que veía ese paso todavía muy lejos, la que acababa de darlo pero a él le había surgido trabajo en otro país e iban a pasar el próximo año separados.

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Estaba yo, que, con mi enésima mudanza, ya estaba inmersa en el mundo de las relaciones a distancia y estaba la que se encontraba recientemente soltera.

Y la novia, claro, que se había casado después de 10 años de noviazgo.

Todas compartíamos lo mismo, nuestras maneras de vivir las relaciones de pareja eran las correctas.

Entre el final de los 20 y los primeros años de los 30 si algo nos unía también era que, en esa etapa, estábamos contentas con nuestra situación sentimental. Éramos felices.

Atrás han quedado los tiempos en los que el paso por el altar -igualmente emocionante para quien quiera darlo- era el único sinónimo de disfrutar del amor en una relación.

El compromiso, si bien no estaba afirmado ante los ojos de Dios o un juez, era algo que no faltaba en nuestro día a día.

Si a esta boda, tan digna de reportaje de la revista ¡Hola! como de película Disney, llego a venir hace unos años, mis sentimientos habrían sido muy diferentes.

Casi de urgencia, de querer ser la siguiente porque se supone que es el próximo escalón que me tocaría subir.

Ahora me doy cuenta de que no es que hayan cambiado los tiempos -que un poco también, no me malinterpretes-, pero sobre todo he cambiado yo.

Porque comprendo mejor que la suerte no es un «sí, quiero» delante de la familia y amigos. Sino encontrar a una persona con la que la felicidad es la constante.

Alguien que te tranquiliza, anima, cuida, escucha, apoya, acompaña, te acepta con tus luces y tus sombras, te ve guapa devorando los espagueti con tomate o babeando sobre la almohada.

Y seguir disfrutando a su lado es lo que importa. Sin pensar en qué vendrá detrás porque la etapa del amor no es algo que va a llegar más adelante con un vestido blanco.

Sino que ya estamos en ella.

Mara Mariño

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¿Qué edad es la mejor de nuestra vida sexual?

Acabo de cumplir 30 años y nunca, nunca, nunca, nunca había estado tan contenta como ahora con lo que me pasa en la intimidad. Nunca.

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Al llegar a la tercera década, me he quitado muchos prejuicios de encima, me he aclarado sobre lo que me gustaba y lo que no y, sobre todo, he dejado de sacarle pegas a mi cuerpo.

Se podría decir que he subido de nivel y, desde mi punto de vista, me cuesta creer que haya algo mejor que esto. Que todavía la cosa pueda mejorar.

Aunque, parece ser que sí que lo hay. No es la treintena la etapa dorada de la sexualidad, esa le corresponde a los 40.

Lo curioso de esos estudios -que parecen señalar la cuarentena como el mejor momento para la intimidad-, es que poco o nada tiene que ver con el aprendizaje de nuevas técnicas (no, no nos convertimos en unas máquinas del placer) y más con la evolución personal.

Me explico, lo que hace que los 40 se lleven la palma es que parecen ser cuando por fin la confianza plena nos alcanza, la auténtica.

Y es la de saber qué es lo que quieres. Quizás hasta ese momento estabas muy ocupada dedicando que energía primero a estudiar, luego a desarrollarte profesionalmente, a los hijos, etc.

En teoría a los 40 estás algo más liberada y te planteas hacer las cosas de manera más independiente, incluso egoísta, si te pones.

Respecto al físico, sí, la presión social por encajar no desaparece, pero la seguridad de sentirte bien en tu propia piel sustituye todo lo demás. Y que todo te la resbala, eso también.

Esa confianza es la que empapa el sexo y te pone la autoestima por las nubes, haciendo que salga tu lado animal.

Así que mi propuesta es que no esperemos más para llegar a ese punto de reconciliación y autodescubrimiento (pero sobre todo de ganas de ponerlo en práctica) de la cuarentena.

Que empecemos ya, aquí y ahora.

Que nos plantemos en el espejo, nos toquemos, nos gustamos, que dejemos la luz encendida y que nos escuchemos.

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Que si queremos algo lo pidamos, que lo consigamos, que nuestro placer sea prioritario.

Y así, a lo mejor, nuestros 20 y 30 son igual de buenos que los 40.

Mara Mariño

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‘Yo es que no creo en las relaciones’

Hay dos red flags que puedes percibir al poco de conocer a una persona. La primera es que te diga que «No soy machista, pero…«. Porque da igual como termine la frase, es machista.

La segunda, que te salga con que no cree en las relaciones de pareja.

hombre emocionalmente inaccesible

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El 100% de nosotros estamos aquí por una relación, sexual, vale. Pero la inmensa mayoría también porque a esa relación sexual le acompañó una sentimental.

Las relaciones no son los Reyes Magos, no es cuestión de creer o no en ellas porque en el momento que has visto a tus padres seguir juntos, después de tropecientos años de casados, no puedes no ser creyente ni plantearte su existencia.

Entonces, ¿por qué se repite hasta la saciedad y hay quien incluso la suelta con orgullo (como tú alguna vez, por ejemplo)? El trasfondo no es que no se crean en las relaciones, sino que no crees que las relaciones sean para ti.

Y está genial haber llegado a esa conclusión. No tiene nada de malo querer estar a tu aire, sin nadie al lado, ni contemplar la idea de casarte.

Si estás feliz con tu vida así, es perfecto.

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El problema es que la frase produce un efecto curioso en quien la escucha. De reto, desafío, ganas por ser -sobre todo si eres mujer- quien le haga cambiar de idea y le demuestre las ventajas de estar en pareja.

Desde aquí le doy las gracias a los mitos románticos por meternos en la cabeza que tenemos que ser centros andantes de rehabilitación del corazón, las salvadoras del amor.

Soy la primera que afirma que sí, que es culpa nuestra cuando nos enganchamos a una persona que, al poco tiempo, ya ha salido con la frasecita.

Es evidente que no busca compromiso, sino una diversión sin fin. Y, por muy en todo su derecho que esté, nos toca el ego.

Como seres sociales, necesitamos sentir que gustamos y que nos quieren.

Así que, cuando eso pasa, es raro que no te venga el pensamiento de qué problema tienes para que te diga eso sin apenas conocerte.

Así que si te ha pasado como a mí, y te toca una persona así, pero sobre todo, tú sí crees en las relaciones, déjala que siga circulando.

Porque está claro que contigo no es.

Porque tú lo vales todo.

Si eres quien se considera ateo del amor, cerrarse en banda, mantenerte siempre emocionalmente inaccesible y no permitirte al menos sopesar conocer a una persona más allá de un ratito, seguirás en tu línea de quedar libre de todo compromiso.

Y seguirás solo también.

Mara Mariño

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Pasar del ‘chico malo’ y quedarse con el ‘buen tío’

Tú y yo seguro que compartimos que, lo fácil, que viene en bandeja y no nos supone ningún esfuerzo, deja de interesarnos rápido (si alguna vez nos llamó la atención).

Nos puede el desafío, lo complicado, que nos lleven la contraria -hasta cierto punto-, que nos hagan un lío.

pareja

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Esto se traduce, o al menos en mi caso, en engancharme con personas montaña-rusa, que hoy te quieren y mañana te ignoran.

Las mismas que no he llegado a entender porque no querían que lo hiciera.

Llegaba un punto en el que, más que comunicación, sentía que estaba descifrando continuamente lo que podía significar eso que había dicho.

Son también quienes desaparecen cuando la cosa les asusta, aunque eran los primeros que venían diciendo que también querían eso, que estaban preparados para volver a empezar algo nuevo.

Y, cuando más adelante volvían, que no se me ocurriera decir nada de su ausencia.

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Así que, cansada, tuve una intervención conmigo misma. Se había acabado dedicarles mi tiempo y energía.

Desde ese momento, solo iba a conocer más a fondo a la clase de tío con el que me gustaría ver a mi mejor amiga, uno bueno.

Si me ha costado tanto tiempo llegar a la conclusión de que era el momento de dejar al ‘chico malo’ es porque, socialmente, al ‘buen tío’ nos lo pintan menos interesante.

Como si ser tratada bien, con afecto, con respeto, por alguien que se comunica y expresa su sentimientos sin juegos, fuera aburrido.

Amigas, ese es el objetivo.

En que esté ahí cuando tienes un resultado médico que te da miedo recibir, en que te dé espacio cada vez que lo necesitas, sin montarte un escándalo, en que respete tus tiempos y tu vida fuera de la relación, porque es normal que ambos tengáis otros círculos.

En que te escucha cuando algo te preocupa, dedicándote toda su atención. En que te prioriza.

En que no esté contigo como si no estuvierais juntos, yéndose por las ramas a la hora de ponerle nombre a lo vuestro porque eso significaría centrarse solo en ti (y te mereces quien lo haga, si es lo que quieres).

En que te apoye en el trabajo porque ve lo lejos que estás yendo. En que no tenga envidia, no te haga sentir chiquitita, sino que te diga que está ahí para lo que necesites, que no estás sola y sois un equipo.

Así que, por mi parte, dejo a los ‘chicos malos’ donde pertenecen, que en mi caso es el pasado, los libros, las películas y las series de comedia, donde van en motos a 200 km por hora con su chupa de cuero y su inaccesibilidad emocional.

Me quedo con el buen tío. El que va en chándal, llama a su familia con regularidad y me presta un libro, porque sabe que me va a gustar.

Me quedo con lo sexy que me resulta una persona estable y cariñosa.

Mara Mariño

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Que tenga plantas: la señal de que va a ser buena pareja

Cuando el chico que me gustaba me enseñó su casa, recuerdo que era un punto medio entre una selva de Costa Rica y un vivero.

Además de enseñarme una por una las de su habitación, de vuelta a mi casa no solo examinó a mis pequeñas (las plantas, no otra cosa), sino que me dijo cómo debía regarlas o si era mejor que recibieran luz directa o indirecta del sol.

No digo que fuera la única razón, pero definitivamente, ha ayudado a que me pillara.

mujer riega plantas

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Es curioso el nuevo valor que han adquirido las plantas para los millennials.

Cuando conocías a alguien que no tenía hijos, pero compartía su vida con un animal, veías el potencial que podía tener en el futuro con un retoño de ambos.

Ahora las plantas han ocupado el lugar de las mascotas. Que tenga una monstera es el nuevo «Y que le gusten los perros».

En mi caso, sentía que podía trasladarlo a cómo sería él en la relación. No solo se encargaba de activarse recordatorios para regarlas cada semana.

Se tomaba el tiempo de colocar el platito debajo de la maceta y esperar, con cada una, a que pasaran los minutos que necesitan para absorber el agua.

Además, revisaba las hojas con regularidad, para comprobar la salud de sus hijas verdes, o si tenía que colocarlas en otro lugar porque alcanzaban un tamaño considerable.

Donde él veía la rutina de regado de sus plantas, yo veía su faceta de compromiso y cuidados, dos de las cosas que más valoro en una posible pareja.

No soy la única que ve potencial en que su crush sea un padre o madre de plantas.

En los últimos dos años, algunas de las aplicaciones de ligar como Tinder o Bumble han registrado un aumento de estos términos a la hora de describirse en la biografía.

Son también los que se han colado en el top 10 de los más populares, en la lista de aficiones, y uno de los temas con los que más usuarios de entre 20 y 29 años, han empezado la conversación.

Claro que no significa que quienes no tengan plantas no puedan tener esas características.

Pero, inconscientemente, captamos de quien llena su casa o habitación de plantas, esa madurez o deseo de querer hacerse cargo de algo vivo que no solo respeta, sino que sabe que está completamente a su cargo y depende su vida de que sus necesidades de agua y luz solar estén debidamente cubiertas (si además les pone música para estimular su crecimiento, ni te cuento).

Que entre la agenda de trabajo, segundo trabajo, ir al gimnasio, hacer la compra, quedar con los amigos y llamar a los padres, encuentre hueco para regar las plantas, demuestra que quiere dedicar ese tiempo a algo más que a sí mismo y a armarse de paciencia para verlo crecer poco a poco.

Y también refleja el amor por la naturaleza, la naturalidad y la curiosidad, por supuesto. Porque a esa persona no le importa mancharse de tierra mientras cambia de maceta a la planta que quiere que crezca o cuando se molesta en buscar qué significa que hayan aparecido unos puntitos en las hojas.

Así que, para la próxima que te invite a su casa y busques señales, recuerda en fijarte si tiene plantas (y cómo están cuidadas). Mientras lo haces, yo te dejo, que tengo que regar el potus.

Sí, claro que me regaló una planta la semana pasada.

Mara Mariño

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La confianza en la pareja está muy bien, pero prefiero la comunicación

Si cuando tuve mi primer novio me hubieras preguntado a qué le daba más importancia, te habría dicho la confianza.

Al empezar la veintena, te habría dado la misma respuesta. Ahora, que ya termino esa década, te diría que, por encima de todo, en una relación de pareja valoro la comunicación. Quiero pensar que he madurado.

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Porque que confiéis el uno en el otro está genial, pero poder comunicarte sin filtros, no tiene punto de comparación.

Algunas de mis mayores peleas han sido precisamente porque, por uno de los dos lados, faltaba la claridad a la hora de hablar.

Mis mayores triunfos -la clave del éxito de estar mucho tiempo (y bien) con la misma persona-, han sido gracias a abrirnos por completo sobre cómo nos sentíamos.

Ya que nos pasamos el día hablando, por WhatsApp, por Instagram, haciendo una videollamada, teniendo una cita que empieza un sábado y termina un domingo por la mañana, cualquier diría que comunicarse es lo que nos sale más sencillo y natural.

Pero no solo de hablar va la cosa.

Comunicarse en pareja bien es comprometerte contigo al ser consciente de que la otra persona no tiene un acceso directo a lo que ocurre en tus pensamientos.

Es esforzarte en decir lo que sientes en cada momento y hacérselo saber de una manera sincera y con tacto.

Para mí, la relación perfecta, es con esa persona a la que le puedes decir que necesitas que se vaya porque quieres llorar sola.

Es comentarle de una manera tranquila, que no te ha gustado un comentario y explicarle cómo te hace sentir.

Es poder tener un diálogo maduro porque te preocupa algo de su estilo de vida.

Comunicarse es poner un límite, en la cama y fuera de ella, poder expresar que no quieres hacer esa práctica o que deseas probar cosas nuevas, que no te apetece ver esa película o que no quieres que siga haciendo apuestas deportivas.

Es sincerarte de aquello que más te cuesta admitir, como una relación regulera con su familia, su poca implicación en las tareas compartidas o cuál es el siguiente paso que queréis dar porque quizás, ya no va en la misma dirección.

La tarea de la otra persona es la de recibir esos mensajes sin tomarlos como algo personal, tratando de empatizar y, si entra en conflicto con lo que piensa o siente, buscar un punto intermedio en el que ambos os lleváis (o renunciáis) a algo.

Aunque si me pongo a pensarlo, abrirse de esa forma, está tan relacionado con la comunicación como con la confianza.

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Ya que solo estando al lado de alguien con quien tenemos la seguridad de que nos acepta tal y como somos, nos permitimos sincerarnos.

Y es también una prueba de confianza por su parte, que lo encaje bien, que se lo tome de una manera positiva y vea que hemos sido capaces de expresar algo que podía producirnos desde pequeño un malestar hasta una gran incomodidad.

Así que, la próxima vez que valores la confianza por encima de todas las cosas, haz la reflexión por un momento si es tanta que te permite desnudarte de palabra.

Mara Mariño

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Cómo quiero que me quieran

Mal, me han querido mal. Me han querido de la peor manera. De la más egoísta, controladora y violenta.

Me han querido de forma que dolía cada segundo de ese -erróneamente llamado- amor.

Me han querido como nunca quiero que vuelvan a quererme.

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Lo he pensado, le he dado vueltas. Y claro que quiero cariño de vuelta.

Pero distinto, del que no haya ningún parecido con la realidad pasada.

Quiero que me quieran a lo grande, a lo fuerte y alocada. Cada vez que esté con ropa de fiesta y en chándal.

Quiero un amor tranquilo como una taza de caldo de mi madre, de ese al que puedo volver a refugiarme cuando la cosa se pone fea ahí fuera. Del que calienta por dentro, como si te abrigaran el corazón.

Quiero un amor libre, libre de escribir cuando quiera, de quedar cuando me apetezca, de salir a bailar a la discoteca, perrear hasta el suelo y decirle que he llegado bien a casa, que me lo he pasado genial, que he pensado en él y que tengo ganas de verle al día siguiente.

Un amor estable, sin idas y venidas ni subidas ni bajadas, que para eso está la montaña rusa del día a día, la ansiedad de la pandemia o la cita médica que llevo postergando.

Un amor fácil, sin dramas, historias, reproches, búsquedas de defectos constantes, prejuicios, traiciones o engaños. Uno transparente como el agua, donde tenga tanta importancia perfeccionar la sinceridad que la manera de follarnos.

Lo quiero a medida, con paseos largos porque la jornada de teletrabajo se hace pesada. Con un táper de pasta en la nevera que me has cocinado porque sabes que voy hasta el cuello.

Un amor de cuidadoen el que te doy un beso en la frente para comprobar si tienes fiebre y me acercas el ibuprofeno porque, del dolor de la regla, no puedo moverme.

Puesta a pedir, quiero un amor de estar durante media hora eligiendo la serie de Netflix para quedarnos dormidos a los cinco minutos. Un amor simple de cada día, del lunes por la mañana al domingo por la noche, lleno de momentos pequeños como prepararte un café porque sé que así te cuesta menos salir de la cama.

Quiero un amor sin frenos por el miedo al compromiso, que avance a su ritmo. Un amor en el que mando saludos para tus padres y tú te quedas durante la sobremesa con los míos.

Ese por el que nos seguiríamos a cualquier parte del mundo. Y donde no me sueltas la mano cuando despega el avión, porque sabes que me da miedo.

En el que hablamos de todo lo que nos hace sentir mal pero de lo que nos hace sentir genial. Donde nos consolamos y nos celebramos cada derrota o victoria como si fuera propia, en el que me llenas de orgullo, te acerco un pañuelo porque necesitabas desahogarte de un momento duro de tu vida o te acompaño al médico porque para ti es más fácil que vaya contigo.

Quiero el amor que me hace sentir que regreso a casa conforme recorto la distancia y me acerco a ti por la calle. En el que te plantas con una galleta en mi portal y me dices que lo sientes, que estabas equivocado.

En el que ganamos mucho más por disculparnos, que estando enfadados. Un amor que sigue porque, creemos que son discusiones, cuando en realidad hablamos.

Un amor que es conexión. Conversaciones por WhatsApp hasta las dos de la mañana. Abrazos infinitos porque ninguno de los dos se quiere marchar. Escupir la pasta de dientes por todas partes porque te pones a bailar. Oler tu ropa a escondidas. Hacerte eso una vez más. Espontaneidad y magia. Amistad.

Mara Mariño.

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‘Green flags’ que tienes que buscar en tu pareja este 2022 (y siempre)

¿Te imaginas que has empezado 2022 con una persona emocionalmente accesible que encima no huye del compromiso y quiere tener una relación contigo?

Si no te ha pasado, este artículo te interesa igual para lo que venga -que más vale prevenir que curar-.

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A estas alturas de mi vida te sé decir de corrido cuáles son las señales de alarma o red flags que me echan para atrás de alguien.

Pero, ¿sabemos identificar las alertas positivas, las que demuestran que estamos ante un buen material de pareja?

En mis años de (des)engaños amorosos, he llegado a la conclusión de que lo que me conquista de una persona es lo siguiente:

  1. Que valide mis emociones. Aunque no las entienda. Aunque se quede pillado porque me ha entrado la llorera por la regla. Que me diga que no pasa nada porque esté triste y que está ahí para apoyarme, secarme el moco gigante que me cae de la nariz o simplemente estar ahí conmigo.
  2. Que se interese por mí de una manera lineal, no que un día me dé conversación y desaparezca los tres siguientes. Que quiera saber sobre mi trabajo, mis gustos, mis sueños o la razón de por qué tengo una cicatriz en el lado derecho de la barbilla.
  3. Que hable bien de su ex. Ojo, no que siga enamorado, pero que sea capaz de ver lo bueno en él (o ella). Que sea capaz de resaltar lo que le aportó como persona y lo que ha aprendido de la ruptura. Si habla mal de todas sus exparejas, corre lejos.
  4. Que tenga tarifa plana de respeto. Que me respete a mí, por supuesto, pero también al resto de personas, ya sean conocidas o desconocidas. Que respete los animales y al medio ambiente.
  5. Que pueda ser yo misma a su lado, sin filtros ni maquillajes. Que me ría tanto que escupa el agua y le haga gracia en vez de montar un escándalo. Que acepte que no comparto postre o que me cambio siempre de ropa tres veces antes de salir de casa.
  6. Que sea capaz de hacer autocrítica. Que reflexione sobre sus comportamientos menos buenos y sea capaz de ponerles remedio. Que no se quede en el «Yo es que soy así» sino en el «Lo tendré en cuenta e intentaré hacerlo de forma diferente la próxima vez».
  7.  Que se abra con sinceridad. Que podamos hablar de cualquier cosa, de nuestros miedos, nuestras inseguridades, las experiencias sexuales pasadas, las relaciones superadas o los traumas que aún gestionamos como adultos de nuestra infancia.
  8. Que tenga una vida fuera de la relación de pareja. Que salga con sus amigos, tenga pasiones en las que yo no tenga cabida y otras que pueda compartir (si quiere) conmigo. Pero que haga sus planes, disfrute de sus momentos sin mí y tenga un espacio propio.
  9. Que trate a sus padres con cariño. Que les hable de buena manera, que les cuide, que se preocupe por ellos.
  10. Que tenga confianza en mí. Total y absoluta. Como la que va a recibir por mi parte. Que si le digo que me voy de fiesta con unos amigos me desee que lo pase estupendamente. Porque sabe que si le digo que quiero estar con él, lo pienso (y siento) de verdad.

Duquesa Doslabios.
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Cómo practicar el ‘breezing’ si te cuesta dejar que las relaciones fluyan

En pareja me agobio por cada tontería que no me extraña que yo misma sea mi mayor enemiga.

«¿Estaremos yendo muy rápido? ¿Va esto demasiado despacio? ¿Tendríamos que habernos dicho ya que nos queremos?»

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Por supuesto es mi culpa.

Una lista de historias de amor fallidas y las lecciones de amor que he aprendido a lo largo de mi vida -sacadas de series, libros y películas-, me convierten en una bomba de relojería emocional andante.

Conmigo (aparentemente) todo va bien. Hasta que llega uno de esos pensamientos intrusivos y se me activa el cronómetro del fin de la relación.

Una cuenta atrás en la que voy ahogándome en mis propias preocupaciones hasta que explotan y se convierten en un problema que no existía.

Por eso, este año, me propuse hacerlo todo diferente.

Me propuse romper con la clase de chicos en los que solía fijarme y darme la oportunidad de conocer personas distintas.

Me propuse olvidarme de todos los aprendizajes de revista Bravo y centrarme en lo importante.

En esas estoy, en entender que una pareja no es lo que he visto en las películas.

En meterme en la cabeza que él no tiene que tener un gran gesto romántico cada vez que cometa una cagada.

Que es mejor sentarse a hablar y disculparse desde el corazón.

Eso también ha significado cambiar mi relación con el WhatsApp, dejar de fingir que estaba ocupada sin tiempo de contestar un mensaje.

Hablar en condiciones no es solo tener la iniciativa y decirle si le apetece quedar (lo que según las comedias románticas de los 90, está prohibido).

Es también conocerme, saber cuáles son mis necesidades y expresarlas, teniendo la responsabilidad afectiva de escuchar a la otra persona y ponerme en su lugar.

Pero, sobre todo, vivir el momento presente alejada de las fantasías de si habrá altar, cuatro hijos, un perro y paseos por el parque los domingos con los suegros.

Porque no sé lo que va a pasar mañana no tiene sentido que me agobie por lo que vendrá (o no). Lo mismo mirando hacia atrás.

Mi compromiso es también no dejarme llevar por lo que pudo haber pasado antes, que cada persona -y relación- es una historia nueva jamás contada.

Y aunque ahora, por lo visto, esto recibe el nombre de breezing, de ser una misma y limitarse a disfrutar, es lo que de siempre habíamos conocido como dejar que las cosas fluyan.

De forma natural, sana, sin forzar nada.

Duquesa Doslabios.

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