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Ahora somos esos veinteañeros que van a terapia de pareja

Lo más atrevido que he hecho con mi pareja no ha sido lanzarme con prácticas sexuales descabelladas o con lugares alternativos para darle rienda suelta a la pasión. Lo más atrevido que he (hemos) hecho, ha sido empezar a ir a terapia juntos.

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Y yo soy la primera que piensa que cómo es posible que con 26 y 27 años necesitemos la ayuda de un experto. ¡Si es cuando todo debería ir rodado!

Cuando las ganas están por las nubes, el primer piso a estrenar, el cuerpo siempre encendido…

Y todo eso está ahí, sí, pero hay cosas que se nos escaparon de nuestro control. Así que tomamos la decisión más adulta (pese a que aún nos cueste creernos que esa es la palabra que nos define) y apostamos por un profesional que nos ayudara.

No llevamos mucho asistiendo a las reuniones a tres, pero, por primera vez, conseguimos poner las cosas sobre la mesa sin que termine saltando todo por los aires.

En este tiempo, ya hemos aprendido que la solución no es averiguar quién de los dos tenía la razón -la que parecía la eterna pelea-, sino ser conscientes de que tendremos que llegar a un acuerdo.

Ambos renunciaremos a cosas, ya nos lo aseguraron en la primera sesión, pero ganaríamos, a cambio, muchas otras. Un punto medio en el que, palabra de experto, estaremos mejor siempre y cuando trabajemos por alcanzarlo.

Aunque mi pareja me pedía que me pusiera en sus zapatos, ha tenido que hacerme ver alguien de fuera que mi manera de afrontar las situaciones no era la más empática.

Me ha hecho falta una tercera persona para darme cuenta, pero es precisamente lo que quiero conseguir con esta experiencia. No solo mejorar mi relación, sino crecer como persona y ser una mejor pareja.

Al final, mi pensamiento recurrente cuando estamos en la consulta es que ahí nos encontramos los dos, uno junto al otro, luchando por sacar adelante la relación. La prueba de que queremos seguir esto.

De que nos queremos.

Y teniendo eso de nuestra parte, tengo claro que lo demás vendrá rodado con un poco de esfuerzo.

Duquesa Doslabios.

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La glorificación de las relaciones de pareja

Vivir la soltería a partir de cierta edad, esa en la que la mayoría de tus amistades ya se han dado el ‘sí, quiero’, puede resultar un poco agobiante.

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Es el mismo momento en el que, cuando piensas en los noviazgos o ves una pareja cerca, quieres eso.

Ver películas los domingos en el sofá, despertarte en medio de la noche y tener a esa persona a tu lado, citas románticas… Todos esos momentos que solo se experimentan en una relación parecen tener una pátina dorada cuando todavía entras en la categoría de single y no tachas el “+1” en las invitaciones de las bodas de tus amigas.

Sin embargo, es un efecto momentáneo que, en cuanto empiezas a salir con alguien, termina por desaparecer al tiempo.

Lo de las películas está bien, pero te apetece volver a quedar con las amigas de terraceo, te despiertas en medio de la noche por sus ronquidos o porque habla en sueños (cosa que puede pasar tanto a hombres como mujeres) y las citas románticas están bien, sí, pero ir otra vez a cenar comida italiana ya no es tan emocionante.

Y aunque, con esas pequeñas cosas, eres muy feliz, te das cuenta de que era mucho más intenso y vibrante en tu cabeza, cuando no tenías pareja.

Es lo que se conoce como la glorificación de las relaciones.

La glorificación de las relaciones es como cuando recuerdas con fervor el lugar en el que veraneabas en tu infancia, lo vuelves a visitar en la edad adulta y te gusta, sí, pero no te parece tan espectacular como hace años.

Poner los noviazgos en un altar tiene una parte buena y una mala, como todo. La buena es que, cuando se da el caso de encontrarte en pareja, sientes que puedes cumplir esas cosas con las que llevas fantaseando. Y hacerlas, proporciona felicidad.

@alexandre_halle

La mala es que esté tan idealizada la relación, que las alegrías del día a día no superen la película digna de Spielberg que nos hemos montado en la cabeza.

¿La conclusión? Que, puestos a idealizar, pongamos en el altar únicamente el amor propio, que tanto en la soltería como en pareja, es el que debemos respetar y cultivar. Menos, quizás, por encima de las croquetas de tu madre, que esas tampoco decepcionan nunca (permitidme que haga la comparativa con la comida, porque al final comer y amar son ambas cuestión de gusto).

Duquesa Doslabios.

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Bandera roja en la relación: las 9 señales de que se acerca el final

Cuando cogemos un resfriado, una serie de síntomas dan la cara, lo que nos permite identificar qué le está pasando al cuerpo. Al igual que las señales informan sobre la salud física, la de nuestras relaciones de pareja también se puede medir con diferentes banderas rojas.

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No es que yo te esté descubriendo nada nuevo. Y es que bien que se encarga nuestro instinto de hacer sonar las alarmas cuando esa persona nos dice que preferiría que no trabajáramos o cuando se tira la mayoría de horas del día hablando de sí misma.

Aunque cada pareja es un mundo, he querido reunir una combinación entre las más populares así como las que, vía experiencia personal, he sabido identificar adelantando lo que estaba por llegar, el fin.

-Aunque sois pareja, no formas parte de su círculo íntimo.  Las quedadas familiares o los planes con los amigos son algo desconocido para ti. De hecho, solo les identificas por fotos de Instagram, ya que nunca has llegado a conocerles en persona. O directamente no te invita a los planes o, cuando tú se lo mencionas, salta con que es exclusivo de amistades y que te aburrirías. Si al principio pasa más o menos desapercibido, cuando llevas años en pareja y los únicos amigos en común son los tuyos, aquello empieza a oler a chamusquina.

-Otra muestra de que el fin ha llegado es que no te llevas especialmente bien con sus amistades. No necesitas convertirte en el nuevo mejor amigo de la intimísima de tu novia, pero sí llevarte bien. Es más fácil que desplaces una montaña grano a grano a que hagas cambiar de una opinión a una amiga sobre tu novio si se le ha cruzado. Y ojo, estereotipos de género fuera que, en el caso contrario, funciona exactamente igual. Os lo dice alguien que terminó con su pareja porque sus amigos insistían en que no encajaba con su estilo de vida fiestero.

-Que prefiera evitar las discusiones, desapareciendo del mapa, es algo relativamente normal (no siempre apetece discutir, sobre todo después de un día de trabajo). Pero cuando sientes que no hay alternativa, que evita a cualquier costa los enfrentamientos, hay algo que no funciona. Y es que esta actitud se traduce en una gran falta de interés por solucionar cualquier tipo de problema. Al final, si se sigue sin poder atajar los conflictos en pareja, es probable que, en una discusión, sin nada por lo que luchar, la relación finalice.

-O, cuando hay discusiones, en vez de ser saludables (sí, se puede discutir de manera sana sin faltar el respeto a tu pareja, sin subir la voz y tratando los temas con objetividad y dejando a un lado el drama) son bastante tóxicas. Aquellos choques en los que el chantaje, el victimismo, los extremos, las amenazas o los insultos aparecen, pasan una factura demasiado grande a la relación, factura que, a no ser que cambie la manera de abordar los conflictos, termina por separar a la pareja.

El futuro no es un tema de conversación especialmente claro, igual ni formas parte de la ecuación. No, planear juntos qué vais a hacer el fin de semana que viene no es que te vea en su futuro. Si en sus planes a medio o largo plazo, no tienes cabida, deberías plantearte si te compensa o si quieres seguir en un barco con destino a ninguna parte. Igual el trayecto merece la pena, pero en tu fuero interno, ¿te parece bien ir a la deriva?

-Pero no hace falta poner la mira en el futuro, ya que también sientes que no formas casi parte de su presente. Y es que por mucho que te gustaría, no comparte su vida contigo. Eso sí, bien que se encierra en la habitación a contarle con todo detalle a su madre el acompañante del segundo plato del menú del día de hoy.

La falta de comunicación, que llegue a casa y no te diga cómo le ha ido el día, que solo tenga ojos para el teléfono o que prefiera sentarse delante de la televisión a cenar, antes que pasar un rato contigo en la cocina poniéndoos al día, son otros detalles que también han anticipado el final (o al menos una crisis importante). También se puede aplicar a cuando tienes que enterarte de las cosas o planes de su vida por terceras personas.

No te sientes tú porque, de alguna manera, no te ves con la libertad de mostrarte tal cual eres cuando estás en compañía de tu pareja.Algo que puede ir desde que no te sientas con confianza de dejar salir tu auténtica forma de ser, hasta que actúes de manera totalmente diferente en su presencia.

-La felicidad depende de cada uno, por supuesto, pero cuando decidimos embarcarnos en una relación es porque, a nivel emocional, sentimos una ilusión, una seguridad y un bienestar. Cuando no te sientes feliz y en tu fuero interno, algo te dice que aquello no marcha, es más que seguro que aquello esté en peligro.

Así que si, por lo que sea, has encontrado varios puntos en los que tu relación está perfectamente reflejada, evitar el problema no es sinónimo de cerrar los ojos ante él, sino sacarlo en la pareja y solucionarlo (al menos si ambos miembros quieren seguir adelante, claro).

Duquesa Doslabios.

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Antes éramos más románticos

Te quiero pero…

Echo de menos que te quedes mirándome como si fuera lo más entretenido del salón, por encima de la televisión. Echo de menos ir hablando en el coche, aunque sea sobre la música de la radio. Teníamos un juego de adivinar las canciones de Cadena 100, ¿por qué lo hemos dejado?

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¿Por qué hemos dejado de hacernos fotos juntos? Como si ya tuviéramos tantas que cualquiera podría decir que parece que hemos gastado todas las que nos quedaban en la vida por sacarnos. Yo quiero seguir saliendo contigo, quiero abrir la galería del teléfono y que seamos nosotros quienes más aparezcamos, entre platos de comida y paisajes de Madrid.

Quiero que nos abracemos más a menudo, que no pasemos solo por la cama con el cuerpo desnudo, que desvistamos el alma. Que hablemos de la vida, de la muerte, de la lámpara del techo que elegimos en Ikea, de todas esas cosas que nos gustaban de pequeños y que llevamos años sin probar.

Quiero que volvamos a ir a bailar, aunque seamos los peores de la sala, aunque solo sepamos un paso. Pero bailemos. Bailemos, joder. Bailemos hasta que me pises y yo me tropiece con mis propios pies. Bailemos hasta que riamos y aprovechemos, ya que estamos, para reír bailando.

No solo bailar, pensar en planes más allá de hacer deporte, comer, o pasar la tarde en el sofá. Tenemos un mundo fuera de casa que no estamos investigando lo suficiente.

Echo de menos tocarnos, en público, en privado. Hubo un tiempo en el que no faltaban nuestras manos entrelazadas en cualquier lugar, donde lo difícil era mantenernos separados. ¿Cuándo decidimos dejar de hacerlo? ¿Por qué lo hicimos?

Y ya que estás dime por qué no nos cogemos por la espalda, como cuando empezábamos a conocernos y estrenábamos el “te quiero”. Esa época en la que tu parecías el imán y yo la nevera, siempre atraídos, siempre en contacto.

Dímelo, por favor, y dime también por qué no consigo que me cuentes cada mínima cosa que te ha pasado a lo largo del día, cuando me interesa cada segundo de lo que te ha pasado sin mí. Ca. Da. U. No.

Ya no salimos de fiesta, ya no bebemos una jarra de sangría, ya no hay conversaciones ni coqueteos por Whatapp ni tampoco en el desayuno si te quedas entre las sábanas mirando el móvil en vez de acompañándome. Ya no sé si el silencio es la nueva norma, o que lo normal en realidad era que cada uno viajara mirando por su ventana, inmerso en sus propios pensamientos.

Me pregunto si esto es lo que viene después del amor, o si es en lo que se ha (nos hemos) convertido, en besarnos solo para despedirnos y no por el inmenso placer que produce comernos la boca sin prisa. En compañeros de piso que se enfadan cada dos por tres por los cuadros que colgamos o no o porque te parece que yo estoy demasiado pendiente y a mí, que tú estás demasiado despistado.

No sé si es que a partir de ahora será así. Pero sí recuerdo todo eso que hacíamos antes. Y me parecía la mejor relación del mundo.

Echo de menos el amor.

Duquesa Doslabios.

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¿Deberíamos ir a terapia de pareja? Lo que querías saber pero no tenías a quién preguntar

En cualquier relación se dan discusiones, rachas más flojas (emocionalmente hablando), roces… Son solo algunas de las experiencias que vivimos en las fases que atravesamos con nuestra pareja. Sin embargo, no siempre somos capaces de gestionarlo correctamente. ¿Lo mejor para esos casos? Pedir ayuda a alguien de fuera. Pero para las situaciones en las que nuestras amistades o familiares no pueden echarnos una mano, siempre podemos recurrir a alguien profesional.

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Es el caso de la psicóloga Paula Pérez Marina (@paula_psiconsulta en Instagram), la creadora de Psiconsulta.es, que se encarga de tratar a parejas para que logren mejorar la calidad de su relación. Hablando con ella descubro que no solo la terapia no tiene edad, sino cuáles son las consultas más frecuentes que recibe o los comportamientos nocivos que más factura nos pasan (por muy enamorados que estemos).

Solemos pensar que la terapia en pareja es algo más de nuestros padres, pero ¿podemos hacerlo a cualquier edad?
Por supuesto, las parejas jóvenes acuden en igual medida que las más maduras a terapia.

Si bien en las parejas de mayor edad son más comunes las consultas relacionadas con la pérdida de la pasión, en los jóvenes observamos un mayor número de conductas violentas y dependencia emocional. Además, muchos jóvenes también atraviesan crisis en sus relaciones debido a las dificultades para independizarse y crear un proyecto de vida en común.

Otra de las diferencias es que los jóvenes tienden a realizar la terapia en formato online en lugar de presencial como lo harían sus padres y eso ha hecho que la demanda se incremente en este colectivo, ya que aumenta la accesibilidad desde cualquier punto del planeta y ahorrando una considerable cantidad de tiempo de desplazamiento.

¿Por qué es recomendable ponerse en manos profesionales en lo que a problemas en la pareja se refiere?
A menudo las personas tenemos pensamientos distorsionados o irracionales que provocan emociones nocivas, generándose una espiral de la que es difícil tomar conciencia y salir. Si a esto le sumas que en una relación de pareja la espiral de uno interactúa con la espiral del otro, la complejidad se incrementa exponencialmente.

Por ejemplo, esto se ve muy claramente en relaciones de dependencia emocional donde una de las partes tiene el pensamiento de que “necesita” la atención de la otra persona y por tanto lleva a cabo acercamientos excesivos, lo que provoca que la otra persona de vez en cuando responda a esas demandas, pero por lo general se vaya alejando más, lo cual va a incrementar todavía más la dependencia por la otra parte y a reforzar la sensación de que no está obteniendo atención suficiente.

Acudir al psicólogo es recomendable ya que sirve para ver la situación desde un punto de vista más objetivo, permitiendo romper dicha espiral destructiva.

¿Cuáles son los problemas más comunes que suele tratar a la hora de hacer terapia de pareja?
Las causas por las que las parejas acuden a terapia son muy diversas, pero las más comunes son:
· Problemas en la comunicación. Ya sea por falta de comunicación o por una comunicación demasiado agresiva.
· Infidelidades. Son comunes y suelen acarrear crisis de confianza en la pareja.
· Problemas tras tener hijos. Muchas parejas acuden a terapia al haber tenido hijos, ya que esto supone un cambio en la relación. Se hace más difícil encontrar momentos de comunicación e intimidad e implica llegar a acuerdos en temas de crianza que no siempre son fáciles.
· Problemas sexuales. Son variados y tienen implicaciones afectivas para ambos miembros de la pareja.

¿Cuáles diría que son las señales que tienen que darse en una relación que indican que es recomendable que esa pareja vaya a terapia?
Lo mejor es no esperar a que las señales sean demasiado grandes. La mayoría de las veces las parejas acuden a terapia cuando la relación ya está demasiado deteriorada y resulta difícil su recomposición. Por eso, es recomendable acudir cuando se detecta que existe un conflicto que está comenzando a enquistarse y hace sentir mal a una de las partes o a ambas.

Respecto a consultas sobre la sexualidad en la pareja, ¿cuáles son las consultas más frecuentes?
En los hombres suelen ser comunes los problemas para conseguir o mantener la erección durante las relaciones sexuales, así como la eyaculación precoz. En las mujeres, muchas veces se encuentran dificultades para llegar al orgasmo y falta de lubricación.

Como problema común a ambos sexos, encontramos la falta de deseo hacia la pareja debido a la monotonía. Por eso es importante innovar y ser espontáneos a la hora de tener relaciones, es decir, no establecer una rutina fija, sino que haya cierto componente de impredecibilidad.

¿Diría que el reparto desigual de tareas del hogar, las mujeres históricamente hemos llevado un peso mayor en ese aspecto, es un factor que afecta a la salud de nuestra relación?
Vemos en terapia que el reparto desigual de las tareas del hogar sigue siendo a día de hoy un punto de fricción en algunas relaciones de pareja, donde la mujer continúa asumiendo gran parte de la carga familiar.

A nivel social, es positivo que se estén generando estos problemas, pues nos hacen cuestionar las pautas actuales y al fin y al cabo son el motor de un cambio que todavía parece ser algo lento.

Pasamos gran parte del día mirando la pantalla del teléfono hasta el punto que es lo último que vemos muchos antes de ir a dormir. ¿Se han convertido las tecnologías en un problema para la pareja?
La tecnología puede ser un enemigo o un aliado en función del uso que hagamos de ella.

Supone un problema cuando mirar la pantalla desplaza el contacto directo con las personas que tenemos cerca, en este caso la pareja, y es lo que se conoce como phubbing.

Sin embargo, las nuevas tecnologías tienen la ventaja de poder acortar distancias y hacer más fluida y frecuente la comunicación. Esto en las relaciones a distancia, por ejemplo, tiene un impacto importantísimo.

¿Cuánto tarda una pareja en notar los efectos positivos de ir a terapia?
Todo depende del tipo del problema y la magnitud de este. Si se acude a terapia ante las primeras señales, en cuestión de cuatro sesiones podrían notarse cambios significativos. Sin embargo, lo habitual es que las parejas que acuden a terapia no tengan únicamente un problema en su relación y estos estén bastante avanzados, por lo que el proceso es más lento.

¿Cuáles son las claves o bases, en opinión de una experta, para que funcione una relación?
Necesitamos conocer cómo somos nosotros mismos y cómo es nuestra pareja para, en función de ello, establecer hábitos y proyectos de vida compartidos por ambos.

También es importante que en este proceso la comunicación sea fluida y exista flexibilidad suficiente para poder comprender a la otra persona y poder adaptarnos a los cambios que vayan surgiendo.

Además de esto, no podemos olvidar que la intimidad y la pasión juegan un papel fundamental a la hora de predecir si una relación funcionará.

Y, por el otro lado, ¿cuáles son los comportamientos más nocivos?
Gottman define 4 jinetes del apocalipsis en las relaciones de pareja que anuncian que el fin es inminente, los cuales son:
· La crítica destructiva. Estas se diferencian de las críticas constructivas en que utilizan etiquetas globales como “bueno/malo” o “todo/nada”, en lugar de aceptar la complejidad y la ambigüedad de las causas de la conducta humana.
· El desprecio. Son faltas de respeto hacia la pareja donde se incluyen palabras, gestos, sarcasmos, etc. que infravaloran a la otra persona. Por ejemplo, cuando un miembro de la pareja le dice al otro: “antes de hablar, conecta tu lengua al cerebro”.
· La actitud defensiva. Se produce cuando uno de los integrantes de la pareja no acepta su responsabilidad dentro del conflicto y, por tanto, no colabora en la búsqueda de soluciones, por lo que las complicaciones siguen creciendo.
· La actitud evasiva. Son actitudes de pasividad como el silencio o evitar el tratamiento de ciertos temas relevantes para el buen funcionamiento de la relación. Por ejemplo, cuando una persona constantemente ante un mismo tema dice algo como: “déjame, no quiero hablar de eso” o simplemente se muestra indiferente.

Duquesa Doslabios.

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De tiempos y relaciones de pareja

Llevo algunos años con mi pareja. Igual nunca lo había escrito abiertamente, pero es el periodo que llevamos juntos. En ese tiempo hemos hecho avances a nuestros ojos, pero aún no hemos dado ninguno de los pasos que, socialmente, se consideran como progresos del compromiso entre ambos.

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Mientras tanto, uno de mis mejores amigos, a los tres meses de conocer a su novia, le pidió la mano. Nueve más tarde se casaron. Es curioso como cada vez que sale esa pareja, en algún tema de conversación, siempre sale rápido la pregunta de “¿No era un poco pronto?”. Y, en el caso de mi relación, “¿No vais un poco tarde?”.

Ahí es cuando te das cuenta de que da igual la manera en la que tú lo veas desde dentro, de puertas para afuera siempre parecerá que no estás siguiendo el ritmo oficial de estar en pareja. Como si hubiera una autoridad competente elegida democráticamente que es la que decide cuál es el mejor momento para ir avanzando.

Hablando con mi amiga casada, (siendo la mujer de uno de mis mejores amigos, no podría considerarla de otra manera), antes de la boda me comentaba que más de una persona le había mostrado sus recelos por la rapidez de la celebración.

Pero, como dice ella: “Cuando sabes que es el hombre de tu vida, ¿para qué esperar más?”. Su opinión, en ese aspecto, es bastante distinta de la mía, que va más bien por los derroteros de: “Si lo sabes, ¿qué prisa hay?”.

Pero lo bonito de su relación, así como lo bonito de la mía, es que ni su argumento invalida pensamiento ni el mío convierte en menos aceptable el suyo. Que mi amigo se decidiera a dar ese paso, con esa prisa y esa boda organizada en menos de un año, solo me ha confirmado que las personas tenemos diferentes tiempos.

Y que no solo tiene nada de malo, sino que el hecho de que sean distintos nos permite disfrutar de sus particularidades (y, como podremos coincidir todos, en la variedad está el gusto).

Porque haber ido a su boda, una boda llena de gente joven, de amigos, ha sido un disfrute enorme como también lo fue acudir a una celebración de primos, una pareja que casi ronda los 40, llena de niños.

Lo importante, al final, es que cada uno siga los tiempos de ese reloj interno y personal, único e intransferible, que nos va marcando nuestro ritmo. Que vayamos pasando por las diferentes fases cuando lo sintamos y queramos.

Al final, ya te prometas a los pocos meses o lleves años sin dar el paso, hay algo en lo que ambas estamos de acuerdo: el amor es un pilar fundamental de nuestra vida, y eso ni lo cambia ni lo determina el matrimonio.

Duquesa Doslabios.

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Me pones pero me muero de sueño, la batalla entre el sexo y el cansancio

Hay algo que nos caracteriza a los millennials: lo queremos todo. Queremos trabajar, ir al gimnasio después de la jornada laboral, comprar fruta antes de llegar a casa, quedar con los amigos aunque sea a tomar un café y ver el capítulo de la serie que toque ese día de la semana. Tantos compromisos y tanta energía empleada en cumplirlos todos que, cuando llegamos a casa, solo podemos pensar en dormir.

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Vivimos cansados y pasa factura, en la pareja sobre todo (aunque también tengo un conocido que afirma que ese es el motivo por el que se está quedando calvo a los 25 años). Son varios los casos de este estilo que se dan en mi círculo, desde la preparación para unos exámenes de vuelo, oposiciones o turnos de trabajo incompatibles con la intimidad porque uno tiene jornada de mañana y el otro tiene turno de tarde.

Cuando coinciden casi a medianoche, hora a la que por fin ha terminado la jornada, se encuentra a su novia en el quinto sueño descansando para empezar de nuevo, al día siguiente, a las siete de la mañana. En la batalla entre el sueño y las ganas, el cansancio suele hacerse con la medalla. Y la pregunta que nos hacemos todos, ¿es grave?

Le pese a quien le pese, hay que escuchar al cuerpo. Y si el cuerpo, que es muy sabio, pide descanso, es algo que le tenemos que dar. Pero claro, el cuerpo de tu pareja quiere otra cosa. Pierde la presión a no tener ganas de hacerlo por agotamiento. No es un entrenamiento, debe ser considerado una forma de establecer un vínculo íntimo.

Creo que sería más preocupante si, más que por motivos de cansancio, fuera una falta de atracción por nuestra pareja lo que nos llevara a ese punto. Pero si el interés sigue ahí, y las ganas también están intactas, solo hay que preocuparse por hacerle un hueco. ¿Las claves para retomarlo? Buscar el momento.

Es mejor que encuentres una manera y una frecuencia que os funcione, siempre, por supuesto, abriéndote al respecto. Tu pareja no va a ponerte pegas porque llevas casi 12 horas dando clase a niños de primero de la E.S.O. y solo quieres tomarte la píldora anticonceptiva viendo American Gods. Quien bien te quiere, te entenderá.

Puede ser de manera espontánea o previo acuerdo. Hay relaciones en las que, lo de tener un día a la semana, funciona ya que sirve como aliciente y se prepara con especial cuidado el momento. Si lo de escoger uno (o varios) para hacerlo, no va contigo, apuesta por dejarlo para cuando tengáis más libertad de responsabilidades como el fin de semana o una franja horaria concreta.

Además, no siempre tienes que pasar por todas las fases de masaje en la espalda-preliminares-estimulación oral-penetración-cucharita. Puedes cambiar el orden, hacerlo al revés, hacer uno o masturbaros e iros a dormir.
Hay otras maneras de tener intimidad que se reducen a seguir conectando en otros aspectos, algo que también debe ser tenido en cuenta con gestos como salir en una cita romántica, cocinar en pareja, cogerse de las manos, vaguear en el sofá, darse un beso de buenas noches, etc.

Obviamente, si ni con esas eres capaz de encontrar el momento de pasar a la acción con tu pareja, igual debes plantearte ciertos hábitos en cuanto a gestión del tiempo o cómo es tu estilo de vida. A lo mejor puedes dejar tu carrerita de 5 kilómetros para antes de desayunar o es el momento de que, en vez de ducharte en el gimnasio, lo hagas en casa con alguien más haciéndote compañía bajo el chorro de agua calentita. Solo es una idea…

Duquesa Doslabios.

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Flirtear por mensajes, ¿la nueva infidelidad?

Cada pareja tiene una dinámica diferente, eso para empezar, pero al mismo tiempo la mayoría funcionamos con una línea parecida de división entre lo correcto y lo incorrecto.

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Por mucho que haya evolucionado desde los tiempos de nuestros abuelos la manera de relacionarnos -no faltan la mensajería instantánea o las redes sociales en nuestros noviazgos- algunas cosas se mantienen idénticas.

Un ejemplo sería escribirse con tono de flirteo vía mensajes privados de cualquier red social o mensaje instantáneo, algo que quizás no conocían ellos hace sesenta años, pero que ahora puede llegar a ser considerado infidelidad.

Esa es la conclusión a la que han llegado las sexólogas de Plátanomelón.com tras ver los resultados de una encuesta realizada entre sus usuarios, con el objetivo de conocer cómo funcionan los modelos de relación.

Si bien la monogamia en la que los miembros se guardan fidelidad continúa siendo el modelo más común, ante los mensajes, las personas encuestadas se mostraron tajantes. Más de la mayoría, un 57%, consideró infidelidad el flirteo virtual aunque no existiera un contacto físico.

Claro está que cada pareja puede interpretar esa manera de contactar de manera diferente. Para María Hernando, una de las sexólogas, “hay que diferenciar la infidelidad sexual de la emocional“.

Mientras que la sexual se refiere a toda actividad íntima física fuera de la pareja estable, la emocional ocurre cuando uno de los miembros de la pareja centra su tiempo y atención en alguien más.

Una vez en ese punto, cabría preguntarse hasta qué punto es una práctica honesta. En primer lugar, por mucho que haya quien piense que es inocente ligar vía WhatsApp, ya que no se busca culminar el flirteo, se están alentando las esperanzas de otra persona.

También se mantiene una relación a nivel íntimo, aunque sea vía móvil, con alguien que no forma parte del núcleo de la pareja. Y si todavía hay quien sigue sin ver maldad, solo queda reflexionar sobre por qué se hace a las espaldas cuando no tendría que haber ningún tipo de secreto en la relación.

Quizás hasta ahora era algo que muchos ni nos habíamos planteado, pero el trasfondo de crear algo con alguien a expensas del conocimiento de con quien tienes un compromiso, no puede ser ignorado.

Hablarlo es el primer paso según la sexóloga: “No podemos dar por sentado que nuestro compañero o compañera va a sentirse traicionado por lo mismo que nosotros. Por eso es importante la comunicación con la pareja para determinar qué prácticas o conductas concretas nos harán desconfiar o sentirnos engañados”.

Hablando rápido y claro, dejar decidido de antemano si es una práctica aprobada o si por el contrario, se considera engañar.

También creo que habría que hacer un poco de autocrítica y pensar por qué se mantiene esa relación vía WhatAapp. Quizás es porque algo no funciona en la pareja, lo que podría indicar que igual es el momento de tener una conversación.

Pero si lo que más pesa es la relación, cuidarla con honestidad y sin terceras personas (aunque sean vía digital) debe ser la prioridad.

Duquesa Doslabios.

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El amor en tiempos de la ‘Generación Erasmus’

Somos la ‘Generacion Erasmus’. Puede que ya hayamos acabado la universidad pero seguimos perdidos por el mundo. Algunos estudiando, otros trabajando, pero lejos de casa y de nuestras raíces, que, por mucho que llevemos puestas, en suelo ajeno no prenden de la misma manera.

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Aún así nos permitimos la licencia de enamorarnos. Nos atrevemos a llevar a cabo eso a lo que tanto nos instan las frases de Instagram. Nos atrevemos al carpe diem y al you only live once, que usamos como posesos en forma de hashtags acompañando todos los momentos de nuestra vida.

Perdemos la cabeza y el corazón. Nos embarcamos en relaciones que parecen más imposibles que cualquier misión protagonizada por Tom Cruise porque seguimos encontrando gente que nos encanta y sin la cual no queremos vivir, aunque sea a una distancia infernal.

La ‘Generación Erasmus’ vive el presente porque no tenemos futuro, o al menos, no lo tenemos en el sentido de que no parece estar claro para ninguno.

Empezamos la educación en un sitio, pero no terminaremos ahí los estudios ya que nos graduamos en otro lado, un lugar que será diferente a aquel en el que estaremos trabajando. Después cambiaremos de trabajo el doble de veces (o más) que nuestros padres.

Eso de estar toda nuestra vida en el mismo espacio es algo que no existe. Nos transferirán lejos y no siempre la pareja podrá seguirnos. Y, si puede, quizás no quiere hacerlo, y nadie podrá reprochárselo porque si antes éramos nosotras las que podíamos renunciar a tener una carrera prfesional por formar una familia, las millennials hemos roto con eso.

Preferimos éxito profesional por encima de cualquier victoria emocional. Pero por fuerza, porque no nos queda otra, porque como Marilyn decía en su día “Un beso puede ser espectacular, pero no va a pagar el alquiler”. Todos tenemos que buscarnos las castañas y salir adelante.

Y aunque muchas cosas han cambiado, seguimos siendo unos románticos incurables. No tenemos día a día por mucho que busquemos una rutina que no se va a encontrar, un volver a casa y encontrarle que parece que nunca va a llegar. Creemos en vuelos, en aeropuertos, en vivir la vida y de repente, que todo se vuelque patas arriba porque estás viviendo un fin de semana con ella o con él.

Sabemos que es complicado, que creer en los finales felices que nos prometían las películas de nuestra infancia, parece ahora más difícil que nunca, pero no por ello vamos a dejar de intentarlo.

Somos Erasmus aún pasados los 25 años,  somos los que no tenemos nada asegurado por mucho que hayamos estudiado, los que tienen una vida que está por escribir, que no podrán planear como hicieron sus padres. Somos jóvenes inmigrantes, somos soledad constante allá donde estamos, somos la incerteza personificada, pero, al mismo tiempo, la seguridad de que nada de eso nos importa porque lo único seguro que tenemos claro es que queremos seguir enamorándonos.

Duquesa Doslabios.