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Sinceridad, respeto y la tercera clave para que funcione una relación de pareja

Esta es la tercera vez que me encuentro una de sus uñas desperdigadas por el sofá.

No es una casualidad, es justo cuando llega a casa -tras una jornada de trabajo estresante- que deja salir el agobio que oculta detrás de una fachada flemática, viendo la tele.

SPRINGFIELD

Quizás hace un año, cuando empezó la convivencia, habría sido algo cuyo desenlace inevitable era mi enfado.

Ahora intento tomármelo con humor y recordarme a mí misma que no puedo esperar que todo funcione de la manera que me gustaría.

Ya no soy yo sola, ahora somos dos y me toca adaptarme.

De la misma forma en la que él tolera mis manías, mis coleteros por toda la casa (menos en un sitio, que es el cajón del baño) y ese rastro que voy dejando de tazas con posos de infusión a veces hasta el día siguiente.

Me ha costado mucho aprender que las relaciones no son perfectas porque las propias personas que las conforman están llenas de defectos.

También que cada día tengo dos opciones: dejar que me molesten tonterías o quedarme con lo bueno. Ahora intento centrarme más en la segunda.

Amor es poner todo de tu parte para encontrar ese punto medio con el que los dos estéis a gusto. Amor es negociar, es ceder un día tú y al siguiente no. Es llegar a acuerdos. Es poner normas como la de quien cocina no friega o cierra con dos vueltas el que salga el último de casa.

Amor es coger esos planes que mentalmente te habías imaginado y lanzarlos lejos para crear unos nuevos que se adapten a la segunda persona. Amor es ganar flexibilidad.

Porque si no eres capaz de adaptarte, de entender, de ceder, de incluso llegar a cambiar, mejor no empezar nada.

Duquesa Doslabios.

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Siempre hay algo por lo que darle las gracias a tu ex

Me encantaría ser como Ariana Grande y recordar a todos mis exnovios con una sonrisa en el alma y en la cara.

Pero estoy muy lejos de ella, que escribió una canción para darles las gracias a los hombres que habían pasado por su vida.

BERSHKA

Y dudo mucho que pueda llegar a ese nivel superior en el proceso de curación del corazón, hay algunos que siguen (o quizás sigo yo) atravesados.

No, no todos me dejaron románticas lecciones como descubrirme el significado del amor, la fuerza de los sentimientos cuando son auténticos o la ligereza de sentirte colada hasta las trancas y que sea correspondido.

Las que aprendí fueron a la fuerza, a base de ojeras y de controlar ese impulso de mandar un mensaje de texto de madrugada, en pleno ataque de insomnio. Consecuencia de relaciones en las que el punto más doloroso fue el punto final.

Tras una de las primeras rupturas, aprendí lo que era el compromiso, algo para lo que no estaba preparada en ese momento.

Después, en otra salida escopetada de un noviazgo de casi dos años, me topé con la conclusión de que, quien realmente te quiere, no te hará nunca renunciar a lo que te gusta.

Dos aprendizajes que continúan marcándome incluso ahora.

Si tengo que escoger algo más por lo que sentirme agradecida, en general y a bote pronto, es por los buenos recuerdos. Esos que brillan de forma más especial en mi memoria de cuando hubo momentos llenos de felicidad.

Pero incluso de los que siento que no puedo sacar nada en absoluto, los que me dejaron reducida a cenizas porque arrasaron conmigo y con todo lo que me rodeaba, me toca replantearme que quizás sí me dejaron una enseñanza.

La mayor de todas, que no querría volver a encontrarme a uno igual. Nunca.

Duquesa Doslabios.

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Los picaderos de Hong Kong ya no son lo que eran (y Madrid y Barcelona van por el mismo camino)

La intimidad, esa cosa tan difícil de encontrar durante los casi 27 años que viví bajo el techo de mis padres. Solo tenía dos opciones, o aprovechar los pocos momentos en los que la casa quedaba sola o ir a casa de la otra persona, cuando se daba el mismo caso.

DEREK ROSE

No fue hasta la universidad, años en los que empecé a conocer pisos de estudiantes por parte de mis novios de aquella época, que tenía la sensación de poder hacer algo de vida en pareja.

Aunque cuando sabes que, a menos de un tabique de distancia está el compañero de piso, las ganas de dejarte llevar y darle rienda suelta a tu ‘yo’ salvaje en un momento de pasión, sigue costando (sí, por mucho que esté jugando a la Play Station con los cascos puestos).

Así que ha sido cuando me he independizado que realmente he podido disfrutar de sensación de privacidad con mi pareja en nuestra propia casa. Algo que ha llevado más de lo que me habría gustado por dos razones: el precio de los alquileres y mi situación laboral.

Y lo peor -sí, es lo peor- es que somos de las pocas personas afortunadas que, con menos de 30 años, pueden vivir por su cuenta en Madrid, una ciudad que, como Barcelona, convierte la odisea de independizarse en un episodio digno de serie de terror.

Esta falta de espacio propio pasa factura a las relaciones de una manera que condiciona por completo nuestras experiencias en esos años.

Hoy he descubierto que Hong Kong, que tiene un problema parecido, ha encontrado una solución muy sencilla: reconvertir los picaderos.

Los típicos hoteles por horas ya no son solo un lugar en el que tener un encuentro sexual.

Ahora vienen equipados de bañera, cocina y, lo más importante, toda clase de videojuegos y suscripciones a plataformas de streaming para que las parejas puedan experimentar el típico domingo de Netflix & Chill cuando quieran.

Claro que me parece un grandioso ejemplo de adaptación a los nuevos tiempos que la ciudad china haya decidido cubrir esa necesidad.

Pero, por otro lado, me preocupa que esto llegue a pasar en España. No significaría otra cosa más que continuamos sin poder irnos de casa de nuestros padres a unas edades en las que ya queremos vivir con nuestra pareja.

Así que me encantaría, más que ver un cambio en el sector hotelero, que los precios de las viviendas echaran el freno y retrocedieran.

Y lo mismo con los trabajos. No puede ser que la situación laboral estable llegue casi a los 30 años (después de años de estudio, becas y colaboraciones tristemente remuneradas).

No quita que haya hoteles listos para ofrecer una estancia redonda, pero que no sean los sustitutos de disfrutar en nuestra propia casa, esa que con nuestro salario podemos permitirnos.

Duquesa Doslabios.

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Es porque te quiero que necesito espacio

El confinamiento ha sido para mí una montaña rusa. Y, estando en pareja, todavía más. Tras esos meses de convivencia intensiva -de los que creo hemos salido bien parados (e incluso algo más fuertes)-, ahora quiero introducir una novedad.

Una noche al mes sin el otro.

DEREK ROSE

No digo una noche fuera de la relación de pareja, me refiero a una noche separados físicamente.

Y sí, claro que sé que incluso sin necesidad de hablarlo, ya antes de plantearlo podíamos tener esa noche. Los dos contamos con la libertad de estar con los amigos o familia cuando queramos.

Pero incluso teniendo la posibilidad, ni yo ni él la practicábamos de manera habitual.

De forma que ponerlo sobre la mesa -y hacerlo oficial-, ha sido lo que ha conseguido que llegue a suceder.

Y puede que pienses: “Eso es que algo va mal. ¿Por qué sino querrías distanciarte de una persona a quien quieres?”

Pero no tienes que estar pasando un momento complicado para disfrutar de algo de distancia. Para mí esa noche es, o bien una excusa más para hacer algún plan con amigas o para estar a mi aire, simplemente un rato que dedico al 100% para lo que me apetezca.

Porque viviendo juntos, compartiendo tantas aficiones y, en nuestro caso, grupos de amigos, es difícil encontrar momentos por separado fuera de esos círculos.

El objetivo es doble: no solo conectar conmigo misma, con quién soy fuera de mi pareja, sino también aprender a apreciar el tiempo que pasamos juntos.

Que si no se da por hecho pasar todo del que disponemos juntos, igual empezamos a darle la importancia que tiene. Y que, más allá de los momentos rutinarios, lo convirtamos en tiempo de calidad.

Por mucho que hable en primera persona, esto es algo que él también va a tener, por supuesto. Una noche en la que lo mismo puede salir con sus amigos, invitarles a ver el fútbol o ponerse todos los capítulos del documental de Michael Jordan. Durante esas horas, la casa es para él.

Lo que no concibo es que, como individuos, nos desdibujados. Y aunque nuestros trabajos y rutinas nos permiten realizarnos a cada uno por nuestra cuenta, creo que de la misma manera en los momentos de ocio debemos encontrar un hueco a cultivarnos a nosotros mismos.

A fin de cuentas, la felicidad no es algo que vaya a venir únicamente de la relación, hay que trabajarla por cuenta propia. Al contar con ese tiempo de dedicación en esas otras áreas -que nos hacen sentir tan bien-, nos aseguramos de mantener el equilibrio.

Duquesa Doslabios.

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¿Qué pasa si son ellas quienes ‘llevan los pantalones’ en una relación?

Me gusta mandar, suelo llevar la iniciativa e intento que las cosas salgan de la manera que yo quiero. Y es algo que aplico también a mis relaciones.

Soy, por mucho que vea anticuada la expresión, quien lleva los pantalones. Y si yo fuera el hombre de la relación, supongo que no pasaría nada. Sería tan habitual que ese fuera mi rol, que a nadie le extrañaría. Pero como soy la mujer, a veces cambia un poco la cosa.

BERSHKA

Cambia porque, por muy orgullosa que esté de tener un carácter fuerte, no siempre la reacción de otras personas me hace sentir bien. Que en mi relación yo lleve más a menudo las riendas, despierta -de cara a los demás- precaución (“joder con esta”) y casi antipatía.

Mientras que mi pareja (hombre) suele recibir compasión, como si él no tuviera ningún tipo de control en su vida y estuviera supeditado a mis decisiones.

Si me pongo a repasar las relaciones de pareja que hay en mi familia desde mis abuelos, en todas puedo afirmar que son ellas, mis abuelas, tías o incluso madre, las que llevan la voz cantante.

Aunque, en muchos de esos casos, en la sombra. No sé si para que no resultara embarazoso para sus parejas o porque el mundo no estaba preparado.

Ahora me encuentro que lo de que nosotras llevemos los pantalones, tanto o más que ellos, ya se ve con más normalidad (quitando las reacciones que he comentado unas líneas más arriba).

Me tranquiliza que muchos de mi generación ya no se sienten identificados ni con esa frase ni temen el cambio de rol.

En lo que sí estamos de acuerdo -después de un rápido test vía Instagram- es que por muy en desuso que veamos la expresión, coincidimos en que puede que haya relaciones en la que uno de los dos sea más decisivo que el otro.

En mi caso, tengo claro que la personalidad hace mucho. Si ya de por sí soy activa e inquieta y estoy con pareja más tranquila, a ambos nos va a funcionar que lleve yo la iniciativa o que sea quien tire un poco del otro si no le sale tanto.

Claro que si viviera el caso de encontrar a una persona tan movida, tendríamos que ponernos más de acuerdo.

Lo importante de mi reflexión de hoy, el punto al que quiero llegar, es que nos desprendamos de una vez de los prejuicios que pueden implicar ver a una mujer llevar la voz cantante en una relación.

Como os digo, en mi caso, es fruto de la pareja que tenga en el momento y no debería ser considerado como algo negativo para mí (es decir, que no es que controle o someta a la otra persona) ni para él, que tiene poder de decisión en todo momento.

Duquesa Doslabios.

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¿Tras la cuarentena has decidido dar el paso y comprometerte? Puede ser una mala idea…

Creo que estaremos de acuerdo en que, desde que la crisis sanitaria dio comienzo, es como si la gente hubiera enloquecido por comprometerse y tener hijos.

En el segundo caso, la respuesta parece más obvia siempre y cuando hablemos de modelos, cantantes o influencers, ya que con el parón en sus agendas, han pensado que era un buen momento.

SPRINGFIELD

A la mayoría del resto de mortales (grupo en el que estamos tú y yo), si no hemos sido despedidos o estamos en ERTE y tenemos la suerte de teletrabajar, ni se nos pasa por la cabeza ampliar la familia en este momento tal y como están las cosas.

Pero, curiosamente, hay parejas que durante la pandemia han tenido una especie de revelación vital, llegando a la conclusión de que ya era hora de comprometerse con la persona con la que han pasado el confinamiento.

Porque por mucho que haya sido una experiencia que ha llevado a algunos a romper, muchas relaciones han llegado al siguiente nivel.

Aunque, ¿realmente ha sido por una evolución de la pareja o, más bien, consecuencia de lo que estamos viviendo?

No digo que muchos no hayan descubierto en ese tiempo bondades de la otra persona que no conocían todavía. Pero me parece un poco preocupante que haya sido este hecho el definitivo que ha empujado a tomar la decisión.

En mi caso, mi pareja (que estaba en ERTE), se encargaba de la mayoría de tareas domésticas mientras yo trabajaba. Una vez se ha reincorporado, el trabajo que ha tenido que asumir ha sido el doble.

No solo el reparto de tareas se ha invertido, teniendo yo que hacerme cargo en algunos momentos de un peso mayor, también el aspecto romántico, que, por falta de tiempo, ha terminado desapareciendo.

Fuimos de esos que, estando en casa tanto tiempo juntos, acabamos viviendo una peculiar ‘luna de miel’ que desapareció con el posconfinamiento y nuestras respectivas rutinas por separado.

Es decir, de haber tomado cualquier decisión vital en aquellos meses, solo por lo que estábamos sintiendo, habríamos obviado la que es verdaderamente la vida normal en pareja.

Y sí, claro que confirmé que le quería en aquel tiempo, pero sinceramente, no me hacía falta encerrarme tres meses a su lado para darme cuenta, era algo que ya sabía.

Tampoco podemos olvidar que el estrés de la pandemia y el miedo a volver a ser confinados, nos llevan a buscar control y seguridad, así que comprometernos con una persona por el resto de nuestra vida -lo admitamos o no- es un patrón que responde también a la crisis.

Así que antes de dar el paso, hay que intentar distinguir si es una decisión como consecuencia de la situación (que pueden ser tanto por euforia como por miedo) o consecuencia de sentimientos auténticos que, pasado el aislamiento, siguen estando ahí. Nada de tirarse a la piscina.

Duquesa Doslabios.

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¿Alguna vez nos dejarán las redes sociales superar a nuestros ex?

En más de una ocasión, le he preguntado a mi madre qué había sido de sus exnovios. Si terminaron con otra pareja, si seguían solteros, si se mudaron de su ciudad natal, si tenían el mismo trabajo… No lo sabe.

No lo sabe porque ni tiene redes sociales ni intención de tenerlas. Es de esa generación en la que, las rupturas, solían ser sinónimo de no volver a saber de la otra persona por el resto de tu vida.

MANGO

Y cómo le envidio por eso.

Instagram, Facebook o incluso TikTok nos habrán acercado en muchos aspectos, pero no ponen fácil lo de perder de vista a una persona.

Da igual que dejes de seguir, que bloquees, que silencies o que le ocultes tus historias. Al final, hay amigos o compañeros de clase en común por las que, de rebote, termina llegándote información. O, incluso a veces, ni siquiera eso.

Buceas por tu red social un día cualquiera y ahí está. En una página de inspiración de bodas que ni siquiera recordabas que seguías.

Vestido de negro o vestida de blanco con otra persona al lado, alguien que no eres tú.

Claro que sabías que ninguno de vuestros futuros iba a transcurrir por el mismo camino, pero que lo supieras y vivieras asumiéndolo no significa que quisieras estar al tanto. De hecho, si algo no querías, era verlo.

Porque una cosa es darlo por hecho, entender que en cinco o diez años pueden pasar muchas cosas y que todos terminamos por rehacer nuestras vidas.

Otra es ver que aquella persona -esa que te hizo pensar que no volverías a poder querer a alguien-, aparece en tu pantalla en el que es uno de los momentos más felices de su vida.

Saber, como si estuvieras presente en aquel mismo instante, todos los detalles: cómo eran los trajes de novios, dónde lo celebraron, cuándo…

Te alegras -porque internamente el punto y final de vuestra historia estaba más que escrito– y te jodes a partes iguales. Si una imagen vale más que mil palabras, esa consigue desestabilizarte por un rato. ¿De verdad era necesario?

Da igual que hayas pasado página. Ahí está la aplastante realidad que no tenías por qué ver, pero el dichoso algoritmo te acaba de arrojar a tu interfaz.

¿La solución? Solo se me ocurre la de mi madre. Borrar todo y vivir una existencia analógica lejos de todo lo que sea tropezarte virtualmente con tu expareja. La única manera de asegurar el “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Duquesa Doslabios.

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Y el secreto para que dure una relación es…

De pequeña tenía una lista. En ella, punto por punto, recopilaba las características que tenía que tener mi futura pareja ideal. Buen corazón, sentido del humor, poca o ninguna vergüenza, amor por los libros, que le gustara bailar…

Y después de varias historias de amor, aquel listado cada vez se cubría un poco menos, hasta llegar a mi actual relación. Si bien la primera y la segunda se cumplen, el resto de cualidades que ‘pedía’, brillan por su ausencia.

RALPH LAUREN FACEBOOK

Sorprendentemente, esos requisitos que me parecían imprescindibles en mi adolescencia, han pasado a un segundo plano. No esperaba funcionar tan bien con alguien tan distinto a mí y, sin embargo, vamos surcando el quinto año de relación tras superar la segunda mudanza en común (con todo lo que conlleva).

Puede que sobre el papel, no hubiera pensado en mi pareja como alguien con quien podría tener una relación larga, pero estando juntos somos como el agua.

Fluimos.

Eso no significa que todo sea perfecto. También discutimos por decidir a quién le toca bajar esa vez al trastero a por más sillas o si alguien acapara la lista de reproducción musical (vale que me gusta Estopa, amor, pero no los domingos por la mañana a todo volumen).

Pero lo cierto es que, además de acoplarnos, funcionamos. Como diría mi madre, él me sabe llevar.

Aunque para mí esto es algo único y especial, que nunca en mi vida había llegado a experimentar, lo cierto es que no es tan extraño como pudiera pensar al principio, que no las tenía todas conmigo de que aquello tuviera futuro.

Lo que yo pensaba que era simple y llanamente amor, tiene una explicación más científica.

Según el estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences sobre las relaciones, no serían las características de la otra persona -si cumple o no esa lista de requisitos que comentaba- la verdadera clave a la hora de que supere el paso del tiempo.

El vínculo creado entre ambos sería el secreto de que dure la relación.

Eso incluye no solo la propia idea de la pareja, si estamos o no felices con ella, también ese microuniverso emocional donde entran sentimientos, recuerdos, rutinas y dinámicas que construyen dos y no se ve a simple vista.

Lo que significa que ya podemos decirle a nuestra abuela, con toda la tranquilidad del mundo, que no es que tengamos mal gusto y siempre elijamos mal, sino que simplemente no ha funcionado la ‘edificación’.

Y, según el estudio, ¿cuáles son las características que miden esa satisfacción? Que la pareja está comprometida, sentirse valorado, que haya una buena vida sexual, sentir que la otra persona es feliz y que los problemas entren en el marco de la normalidad.

Así que, como afirma el propio estudio, una relación en la que haya satisfacción y sensación de seguridad podría superar el resto de diferencias de personalidad. La auténtica prueba de calidad independientemente de que sepa bailar, tenga los ojos azules, prefiera la playa o no le gusten los perros.

Duquesa Doslabios.

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El sexo cambia un poco cuando empiezas a vivir con tu pareja (y es normal)

Esta semana me toca mentalizarme, voy camino de mi quinta mudanza. Aunque solo es la segunda con mi pareja (espero que nos queden muchas más juntos), nos veo ahora y me da la sensación de que somos otros.

CALVIN KLEIN FACEBOOK

En el mejor de los sentidos, por suerte. Desde que empezamos a vivir juntos, creo que hemos avanzado como pareja y también como adultos.

Aunque de nuestra madurez ya os hablaré en otro momento, hoy me encontraba algo melancólica pensando en la vida sexual que habíamos tenido en nuestro primer ‘nidito’.

Sí, las cosas habían cambiado desde que él compartía piso y yo todavía vivía con mis padres. Hace dos años, en cuanto teníamos un momento de intimidad, lo aprovechábamos al máximo, no sabíamos cuando iba a repetirse en un futuro y no eran tan habituales.

Podía ser su habitación, el salón que compartía con otros dos o la parte de atrás del coche en alguna calle poco frecuentada de Madrid, daba igual. Lo importante era que afloraban las ganas en cuanto veíamos la posibilidad de estar solos.

Compartir piso cambia eso por completo. Y no necesariamente en el mal sentido. Conviviendo tienes el espacio disponible cuando quieras, aunque -teniendo en cuenta las distintas rutinas- lo que empieza a costar es encontrar el momento.

Pero qué gozada es cerrar la puerta, pensar ‘ya estoy en casa’ y tener la libertad de saltar desnuda a por el otro o esperarle de la misma manera cuando llega del trabajo.

Sí que es verdad que la urgencia se pierde en el momento en el que construyes con tu pareja la pequeña república independiente de tu casa.

Es algo que hay que asumir y que toca compensar con otros aspectos de la relación. Es la hora de darle rienda suelta a la creatividad.

De comprar unas velas, unas esposas, de idear un juego de mesa que se pague la derrota con prendas, de colonizar cada centímetro de la casa: desde la encimera hasta el sofá o incluso el balcón.

Es el momento de pensar “Mierda, los vecinos” y al segundo “Total, me da igual”.

Convivir permite que el sexo se convierta en una experiencia a la altura de una degustación y la casa en el espacio gourmet en el que llevarla a cabo.

Al igual que el fin de semana sacas tiempo para que ambos cocinéis -codo con codo-, un buen plato, acabas refinando también la calidad de tus relaciones sexuales.

Estás compartiendo piso, facturas, hacer la compra, la película de la noche o incluso conciliar el sueño a diario, sobre la misma almohada, con la que es tu persona favorita.

Un vínculo emocional que también se traslada a las sábanas haciendo que, si quedaban inhibiciones o límites que superar, la relación sexual alcance un nuevo nivel de expresión y libertad.

Duquesa Doslabios.

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¿Y si aceptamos que en las relaciones de pareja siempre habrá mentiras?

Esta semana llegué a una conclusión: no existen las relaciones de pareja sin mentiras. Antes de que te lleves las manos a la cabeza o te compadezcas por mi vida sentimental, quiero aclarar a qué mentiras me refiero.

LEVI’S FACEBOOK

Conoces a alguien, te gusta, salís, el sexo es bueno, salen sentimientos y de repente, en tu perfil de Instagram o Facebook, las fotos que más te emociona ver de nuevo son aquellas en las que estáis juntos.

Una vez llegados a ese punto, alguna mentirijilla ha hecho ya acto de presencia. Y, conforme pasan los años, es habitual que terminen por salir a la luz unas cuantas más.

A estas alturas, y tras comerme varias de todos los tipos y colores, he entendido que las mentiras se dividen en categorías.

Y solo hay dos: las mentiras que se dicen para proteger al otro y las que se dicen para protegerse a uno mismo.

Es en el primer grupo donde puedo incluir ese “qué guapa estás” cuando pasas por tu peor día de regla, has dormido dos horas y las hormonas hacen fiesta en tu cara en forma de acné.

Ahí va también cuando te dice que no ha oído ese pedo, aunque incluso tu vecino de al lado haya sentido la vibración en la pared.

En definitiva, aquellas que se justifican en nombre de los modales, el tacto, la consideración hacia la otra persona o incluso empatía, porque sabes que no es la verdad lo que necesita escuchar en ese momento.

Forman parte de la segunda categoría las mentiras por razones, ni más ni menos, egoístas.

Creo que cuando el objetivo es el de proteger los sentimientos de la otra persona y sea sobre asuntos sin gravedad, siento que no solo se puede vivir con ellas, sino que incluso son necesarias para la convivencia (esto se puede aplicar también a todo tipo de relaciones: familiares, amistades, compañeros del trabajo…).

Pero el otro tipo de mentiras no deberían ser tan frecuentes. Es más, todos aquellos engaños, manipulaciones de la verdad o casos en los que se oculta información relevante que solo buscan cubrirse las espaldas, evitar peleas, proteger imagen o se dan por una cuestión de ego, no deberían ni existir en una relación.

Por que son esas las que, una vez descubiertas, hacen tambalear la pareja al haberse dañado el pilar de la confianza. ¿Las consecuencias? Desastrosas. Distancia emocional, se pierde la intimidad, la conexión y hasta las ganas.

Así que empecemos a asumir que habrá mentiras en nuestra vida por parte de la persona a la que queremos (y hacia ella por parte nuestra), pero seamos muy conscientes de qué es lo que las motiva.

Al final, mentir es una decisión y, como otras, debe ser tomada por las razones correctas.

Duquesa Doslabios.

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