‘Cualquier juguete sexual se puede usar entre dos’

Si en pareja nos gusta compartir un buen desayuno, una escapada el fin de semana o esa cita en el cine para ver la película que teníamos tantas ganas de si estreno, ¿por qué no compartir un juguete sexual?

Eso es lo que defiende Sara Martínez, experta en comunicación en EroticFeel, cuando se trata de usar los juguetes en pareja.

LELO

Y es que como ella afirma, es algo que mejora la relación por varias razones.

“Hay tantos mitos alrededor del sexo que es difícil desmontarlos todos de un plumazo, pero podríamos empezar por desterrar dos ideas, la primera es que hay prácticas para realizar a solas y otras para hacer en pareja, la segunda es que los juguetes sexuales son para masturbarse en solitario. Parece que a falta de un coito bien está un vibrador y no es así”, declara la experta.

En sus propias palabras: “Los juguetes eróticos no son un sustituto de nada, son una herramienta para darnos placer, pero también para conocer nuestro cuerpo, qué nos gusta y cómo nos gusta, ¿por qué no querrías compartir eso con tu pareja? Igual que compartes un plato delicioso, una botella de vino o un viaje. Los juguetes incrementan la complicidad en la pareja, la comunicación, la diversión, y son una manera fantástica de salir de la rutina y probar cosas nuevas”.

No podemos obviar la importancia que tienen a la hora de ponerle fin a la brecha orgásmica, consiguiendo que esa distancia en el dormitorio se acorte.

Nadie es responsable del placer de otro, hay que empezar por conocer nuestro cuerpo, qué tenemos y dónde está todo (puede sonar a bromar pero de verdad que demasiada gente no lo tiene claro). Cada mujer (y cada hombre) tiene que descubrir qué le gusta y cómo le gusta y para eso los juguetes sexuales son fantásticos”, afirma Sara Martínez.

“Si con un succionador de clítoris llegas al orgasmo en minutos y durante el coito no sueles conseguirlo, ¿por qué deberías seguir como hasta ahora y reservar tus orgasmos para tus ratos a solas? ¿Por qué no combinar distintas estimulaciones, utilizar los juguetes en pareja y daros placer mutuamente?”, opina la experta.

A la hora de escoger el más apropiado, las posibilidades son casi infinitas. Y es que, como ella misma afirma, “cualquier juguete sexual se puede usar entre dos. Es cierto que hay algunos modelos específicamente diseñados para utilizar durante el coito, pero no hay por qué limitarse solo a esos”.

Una bala vibradora, por ejemplo, es perfecta para los preliminares, para excitar los puntos erógenos femeninos y masculinos en cualquier tipo de relación. Pero también son fantásticos los vibradores de varita, los anillos vibradores o los huevos masturbadores, se trata de probar, de convertir el encuentro en un juego que no tenga siempre las mismas reglas”, declara.

Aunque si tenemos que quedarnos con un tipo de juguete como unisex, ese sería sin duda cualquiera dedicado al sexo anal.

“Lo mejor del ano es que no tiene género, todos tenemos uno y, además, repleto de terminaciones nerviosas que provocan un inmenso placer cuando se estimulan correctamente. Los juguetes anales son una de las mejores opciones para jugar en pareja, solo hay que elegir el que más se adapte a lo que buscáis y a vuestro nivel de experiencia”, secunda la experta.

Bolas tailandesas, un plug anal de silicona… “Combinar la estimulación anal con la genital y extraer las bolas tailandesas del ano justo antes de alcanzar el clímax intensifica muchísimo el orgasmo”, afirma Sara Martínez.

Eso sí, la higiene -siempre fundamental- es imprescindible si compartimos lo que hay en el cajón junto a la cama.

“Mantener los juguetes correctamente higienizados es clave para evitar infecciones y alargar su vida útil, si los vamos a compartir hay que extremar la limpieza. Lavarlos siempre con agua tibia y jabón neutro o con un desinfectante específico para juguetes sexuales antes y después de cada uso y guardarlos en una bolsita o neceser por separado, es decir, no guardes diferentes juguetes en la misma bolsa”, explica la experta.

“Además, jamás debemos utilizar el mismo juguete en la zona anal y en la genital sin lavarlo antes adecuadamente porque las bacterias podrían pasar fácilmente de un sitio a otro. Por último, hay que tener en cuenta que los juguetes compartidos también pueden ser foco de contagio de enfermedades de transmisión sexual“.

Para quienes estén buscando ideas de qué nuevo elemento incorporar a la cama, la experta también deja una lista de sugerencias.

“Nuestros juguetes para parejas más vendidos son el Satisfyer Double Joy, un diseño con forma de U que estimula al mismo tiempo el clítoris, el punto G y el pene, los tres modelos de Satisfyer Endless, y el LELO Tiani 3 (más sofisticado y con control remoto)”, dice Sara Martínez.

Duquesa Doslabios.

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Amiga, por estas razones deberías pasarte al porno ético

Hace unos días vi, por primera vez en mi vida, porno ético. Y no se parecía en nada al que había visto hasta ese momento.

ERIKA LUST FILMS

Sí, me refiero a esos vídeos que circulan por internet de “La suegra enseñándome a follar”, “Compartiendo mi novia caliente” o “Adolescente tetona se folla a sus compañeros”.

Las historias del porno ético, un mundo aparte, bien podrían parecer de verdad, esas en las que una pareja empieza a darse un baño y termina practicando sexo oral.

Y si hay un nombre que se relacione con este género es el de Erika Lust.

La directora, que crea un porno completamente disruptivo en Erika Lust Films, ha conseguido crecer ampliando su equipo gracias a una clave fundamental.

Para nosotras es más fácil sentirnos identificadas con esas tramas antes que con las del porno más mainstream.

Estéticamente, también le da varias vueltas. Tiene un cuidado detrás, una dirección de arte…

Y no solo una visión creativa estudiada, las condiciones de quienes trabajan detrás son dignas, de ahí que sea un producto de pago para que su consumo resulte sostenible.

Se paga a los intérpretes, al equipo, se buscan localizaciones a la altura de la historia… Cada detalle está tan cuidado que es fácil entender lo que las propias productoras afirman sobre sus obras.

“Hacemos cine con escenas eróticas”, afirmaba Jahel Guerra, Senior Producer y Talent Manager de Erika Lust Films hace unos días en Barcelona.

Marina Rull, otra de las productoras que acudió al evento en Casa Bonay, explicaba también por qué su pornografía es tan necesaria: “Lo que lo hace ético es la igualdad y el buen gusto que le ponemos a esa película. Queremos impulsar algo más igualitario”.

Y es que salirse de las etiquetas que sexualizan a las personas -o directamente darle espacio a quienes no se ven representados-, así como impulsar sus carreras, es otra de sus características: crear un producto inclusivo.

¿Su principal objetivo? El que consiguieron cuando, tras ver la película, solo pudiera pensar en meterme en una ducha con mi pareja a que me enjabonara el pelo y terminara el baño con un buen cunnilingus.

Que todo el mundo se vea reflejado en la ficción.

“Queremos hacer cine erótico que le guste a la gente”, algo que, bajo su punto de vista, pasa por sacar menos genitales -aunque también tienen su parte de protagonismo- y más el disfrute de los performers, explicaba Marina Rull sobre Else Cinema, la versión más naíf de Erika Lust Films.

Y aunque el porno mainstream sigue siendo el todopoderoso de la industria, está en nuestras manos salir de ahí y buscar más calidad.

Lo que equivaldría a dejar de comer comida basura y pagarnos una buena cena en ese restaurante al que siempre hemos querido ir.

Porque este cambio, pedir calidad, no solo consigue que promovamos una visión más variada y tengan también su voz mujeres en un sector pensado por y para hombres.

Implica plantarle cara directamente al porno mainstream saliendo de ese erotismo que poco o nada se parece a nuestra sexualidad -pero que construye desde nuestros primeros años de vida-.

Y esto no ya solo nos beneficia como consumidoras, sino también como mujeres en general en la sociedad.

Porque se proyecta una imagen de que somos iguales en la cama, de que podemos ser tratadas con respeto y disfrutar de ello. Y eso construiría una idea de la sexualidad donde dejamos de estar cosificadas y humilladas.

Duquesa Doslabios.

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Asfixiar en la cama, ¿se puede hacer de forma segura?

[Procedo a hablar de una práctica que, mal ejecutada, puede llevar a la muerte. Si no tienes experiencia, es mejor que no la lleves a cabo]

El cuello parece diseñado para jugar con la boca, recorriéndolo en busca del lugar más apropiado para plantar una hilera de besos.

Pero también para marcarlo con los dientes, flojos o suaves, que se aferran a los músculos consiguiendo la reacción inmediata de erizar el resto de la piel.

Recorrerlo con los dedos, acariciarlo e incluso agarrarlo son otras opciones para disfrutarlo.

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Para esas ocasiones en las que se agradece un estímulo extra, no puede faltar presionarlo. Pero, ¿es lo mismo que la asfixia erótica?

En lo que consiste esto último es en, conscientemente, disminuir o cortar el flujo de oxígeno durante diferentes momentos de la relación sexual como parte del juego.

Privar al cerebro de oxígeno es una práctica sexual que, al formar parte del BDSM, está relacionada con juegos de sumisión y dominación.

Lo que implica es poner al cuerpo en una situación extrema que se convierte en placentera en el momento que el oxígeno vuelve a llegar con normalidad, la liberación de dopamina y serotonina son las que hacen que se alcance un estado de euforia.

Como todas las experiencias dentro del BDSM necesita consentimiento, pero esta más en concreto, una formación más allá de ponerse a apretar el cuello.

Y es que la presión regular sobre la garganta puede llegar a dañarla. El cuello, la laringe o incluso la tráquea pueden verse afectados.

Llevándolo al extremo, que la persona pierda el conocimiento por la falta de oxígeno puede terminar en un infarto, ictus o la muerte.

Aunque no es muy frecuente, sí que debemos ser conscientes de las consecuencias que pueden acarrear realizar un estrangulamiento sin conocimiento.

Una opción para hacerlo sin llegar a poner en peligro la salud de la otra persona, es limitarse a sostener el cuello con una mano y presionar los laterales.

Hay que evitar al máximo la zona de delante que es la que puede verse más afectada.

Y siempre es mejor aplicar menos presión, aunque sea un estrangulamiento más suave, que mucha y de golpe.

Es quien hace fuerza quien debe prestar atención a la otra persona y captar rápido que, cualquier gesto o indicativo, significan parar de forma inmediata.

Por esa razón, es mejor no usar juguetes como collares o cuerdas en esta práctica. Lo bueno de la mano es que se quita con mayor velocidad.

Duquesa Doslabios.

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El amor es como dice Tokio de ‘La Casa de Papel’ (y no como en una película de Disney)

Único, para siempre y capaz de cambiarlo todo. Es lo que aprendí del amor verdadero, ese que llegaría a mi vida de repente y la revolucionaría.

Me lo habían prometido La Bella y la Bestia, La Bella Durmiente, Aladdín y hasta La Sirenita.

@lacasadepapel

Aquellas conexiones eternas que se creaban a través de una mirada era todo a lo que aspiraba. Pero no lo que iba a venir.

Viví varias historias pequeñas, muy intensas. Y una grande, la que más, la que apuntaba maneras de convertirse en la eterna.

La de años juntos y seguir enamorados incluso con la tapa del váter sin bajar o las discusiones más tontas.

Esa que le ves roncando con la baba colgando de la boca y te sigue pareciendo la persona más maravillosa.

De girar la vista un día cualquiera y que te haga ilusión pensar que tendrás la ocasión de hacerte viejita a su lado.

Cuando se acabó, busqué refugio en las comedias románticas, en Ed Sheeran, en más romanticismo si cabía. Y la conclusión a la que llegaban era la misma.

No, no era amor. Al menos no del bueno, no del verdadero.

Pero que acabara no significaba para mí que lo que había sentido en aquel momento resultara menos sincero.

De hecho, llegó una nueva persona, un libro lleno de páginas en blanco para escribir capítulos de cero.

Otra vez las mariposas conquistaron mi estómago al tiempo que empezaba a colgarme de sonrisas con hoyuelos y miradas del color del mar.

Aunque no pensaba que fuera una sustitución ni la confirmación de que -esta vez sí- estaba ante el amor del bueno.

Todas aquellas veces que alguien me había desbocado el corazón hasta el punto de emocionarme la idea de un futuro juntos, me parecían igual de válidas.

Fue en La Casa de Papel que encontré la explicación que mi cabeza (pero más mi corazón necesitaba).

[Cuidado, un spoiler se avecina.]

Tokio, rendida de cansancio y a punto de ser acribillada a balazos, mira a un atormentado Río y le dice, feliz, que su nueva vida comienza ese día.

Fue como si los guionistas hubieran dado con el interruptor de la luz que tenía mis pensamientos a oscuras.

No se trataba de elegir cuál es el amor auténtico a base de invalidar los anteriores y quedarnos solo con el último de ellos.

Se trata de empezar a vivir, cada historia, como si se estrenara el amor por vez primera. Porque, en verdad, ¿no es así cómo lo hacemos?

Contamos de nuevo el primer beso, la primera vez que nos fundimos en piel, carne y jadeos, la primera vez que vuelve a salir de nuestros labios un “te quiero”.

Comenzamos una nueva vida que no entra en conflicto con las anteriores, porque, como Tokio sabe, sentimos que vivimos tantas veces como nos enamoramos de alguien.

Duquesa Doslabios.

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¿Por qué cada vez hay más parejas en las apps de ligar?

Todas las que hemos estado en Tinder -o una aplicación del estilo- compartimos lo siguiente (y no es que nos hayan dado plantón, que también).

En algún momento de bucear por esa pecera de perfiles, nos ha saltado la cuenta de una pareja.

Una pareja en busca y captura del tercer elemento con el que hacer un trío.

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Y claro, como mujer soltera si conocer a una persona por una aplicación ya resulta a veces incómodo, ni os cuento lo que es ‘tropezarse’ con esto.

Porque ahí no es que vaya a darse una oportunidad de que suceda algo más. Se tiene muy claro lo que puede pasar.

Al final, este tipo de perfiles, escriben lo que buscan ya sea o en la biografía o por mensaje. “Somos abiertos de mente”, “Queremos pasarlo bien”

Así que primeras ya sabes que vas a ser un tercer elemento externo que ayudará a revitalizar su vida sexual.

Ya no eres “Sara, 25, amante de los gatos” ni “Erica, capricornio y artista”. Eres el juguetito sexual de la semana.

Cuando me he encontrado esto, me ha parecido una genitalización tan extrema que resultaba hasta perezosa.

Aunque también es verdad que mi objetivo al usar esa app distaba mucho de montarme un trío con gente aleatoria.

Al abrirme un perfil, lo de ser colocada entre dos desconocidos como una lámina de queso en un sandwich mixto no entraba en mis planes.

Y yo respeto por completo a quien se apunte a una experiencia de este estilo (aunque a día de hoy sigo sin conocer a nadie que se haya montado un trío a ciegas vía Tinder).

Otro detalle curioso es que la mayoría de parejas que encontré estaban formadas por chico y chica.

Poco o nada probable era que entre swipe y swipe aparecieran dos tíos ni dos mujeres.

Con esto no digo que no se lancen las parejas a probar nuevas experiencias, todo lo contrario.

Es más, el hecho de que cada vez tengamos una mentalidad más abierta en cuanto al sexo -y podamos atrevernos a probar en pareja este tipo de experiencias- nos llevan a tríos, orgías, intercambios de parejas, juguetes, parafilias, fantasías…

En resumen: una sexualidad más variada y divertida.

Lo único criticable para mí es la vía de llevarlo a cabo.

Igual se debería limitar a las aplicaciones en las que se buscan específicamente los tríos (que las hay) en vez de pescar en Tinder.

Que, hasta donde yo sé, folles o no, es para conocerse de uno en uno.

Y este tipo de abordajes, al menos por lo que yo he experimentado, resultan bastante violentos.

Duquesa Doslabios.

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Según un stripper, esto es imprescindible cuando quieres desnudarte ante alguien

Desnudarse es un arte. Es algo que entendí la primera vez que vi a un chico pelearse por quitarse los calcetines estando tumbado.

No fue lo más erótico del mundo, pero hace poco aprendí que podría haberlo sido con un pequeño cambio.

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Pero no es que yo me las vaya dando de experta.

Admito que era de esas que pensaba que hacer un striptease era tan sencillo como poner You can leave your hat on y dejarse llevar por el momento.

Como hace poco coincidí con un amigo de un amigo que sí se había formado para trabajar de stripper, me pudo la curiosidad.

Es más, era habitual para sus amigos comentarlo en reuniones por si él se arrancaba con algún paso (dejando fuera el aspecto de quitarse la ropa, por supuesto).

Así que el experto fue muy claro al descubrirme cuál era el requisito imprescindible para hacer un buen striptease: contacto visual.

Así que ni una selección musical digna de Bar Coyote ni los pasos de Jennifer Lopez ni, como mencionaba al principio, saber quitarse los calcetines con un poco de arte.

No despegar la vista de encima.

Ya de por sí, desnudarse es algo que nos hace sentir vulnerables. Nos mostramos como somos y no tenemos ropa tras la que escondernos.

Algo tan íntimo se convierte en erótico en el momento que hacemos partícipe a una segunda persona.

Mirar mientras las prendas van cayendo grita a voces que queremos que nos vean, que nos recorran el cuerpo con los ojos, toda la piel antes de hacerlo con los dedos.

Y si para quien está en pleno proceso de desvestimiento supone el morbo de saber que quiere ser observado, también para el voyeur es toda una experiencia.

Duquesa Doslabios.

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Esta escala del sabotaje romántico te ayuda a entender por qué te cargas tus relaciones

No es hasta la enésima vez que algo falla en tu nueva relación que te planteas que, igual esta vez, no ha sido culpa de la otra persona.

Es más, tienes incluso amigas -esas amantes del psicoanálisis- que están convencidas de que si no encuentras el amor es porque tú te encargas de ponerle piedras en el camino.

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Puedes hacerlo de tres maneras: cambiando de relación cada poco tiempo porque no te parece ninguna lo bastante buena, estar en una relación larga pero sin abrirte emocionalmente o decidir que buscar el amor no es lo tuyo y no establecer vínculos.

Conocerte más en ese sentido es algo que puedes averiguar gracias a la doctora Raquel Peel. Esta psicóloga ha desarrollado la ‘Escala del Sabotaje de Relaciones’ para medir de forma concreta cómo torpedeamos nuestros lazos románticos.

Son 12 comportamientos sobre las formas más típicas de protegerse ante el miedo: estar a la defensiva, problemas de confianza, falta de herramientas a la hora de trabajar en la relación.

La puntuación en la escala puede ayudar a identificar cuáles son los problemas que hay (se mide cada cuestión del 1 al 7: 1 completamente en desacuerdo y 7 completamente de acuerdo).

De esta manera, aquellas que saquen la puntuación más alta son las que revelan cuáles son nuestros asuntos pendientes en la relación y en qué debemos trabajar.

Y es que, por desgracia, tener miedo cuando comienza una historia de amor es algo bastante habitual.

Como explicó la psicóloga al presentar su escala “si estamos enamorados, somos vulnerables. Puede que las cosas no salgan bien y terminemos sufriendo”.

Asumir que pueden rompernos el corazón es la cara B del amor.

Lo bueno de esta escala es que es un buen punto de partida para identificar por dónde empezar a sentarse a hablar con la otra persona.

¿Te apuntas a hacerla con tu pareja?

1. Me culpan injustamente de los problemas en mi relación.
2. Muy a menudo me siento incomprendido/a por mi pareja.
3. Siento que mi pareja me critica constantemente.
4. Mi pareja me hace sentir inferior.
5. Me molesta la cantidad de tiempo que mi pareja pasa con sus amistades.
6. Creo que para que mi pareja esté a salvo, tengo que saber dónde está.
7. Siento celos de mi pareja.
8. A veces compruebo los perfiles de redes sociales de mi pareja.
9. Cuando me doy cuenta de que mi pareja está molesta, no intento ponerme en su situación para entender su punto de vista.
10. No suelo encontrar soluciones y trabajar en los problemas de la relación.
11. Si estoy equivocada/o sobre algo no se lo admito a mi pareja.
12. No me gusta que mi pareja me diga las cosas que tengo que hacer para mejorar la relación de pareja.

Duquesa Doslabios.

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¿Cómo sabes si es el momento de volver a tener citas?

Después de quedarme soltera, lo tuve fácil para saber cuándo quería volver a tener citas.

Necesitaba quedar con gente que no me preguntara por mi ex por el simple hecho de que no supieran de su existencia y la conversación no girara en torno a él.

Aquello me llevó a tener una serie de citas desiguales. Yo conseguía ‘huir’ del nombre de mi anterior pareja, pero no buscaba conectar emocionalmente con nadie.

En ese momento, por mucho que la otra persona me resultara estupenda (que algunos lo fueron), me veía incapaz de poder llegar a algo más.

Tenía citas, sí, pero para mí no era más que una vía de escape y no un interés real de conocer y bucear en el chico que tenía enfrente.

El clavo que saca a otro clavo no funcionaba en este caso por mucho que siguiera la recomendación de seguir quedando.

No dependía de cuántos pudieran completar la agenda, sino de que mi capacidad emocional llevaba el ‘modo avión’.

El miedo al dolor o a que volviera a pasar lo mismo eran claros: no estaba preparada para volver a la carga.

Cualquier profesional habría visto claramente mi problema: al bloquear mi habilidad de estar presente de manera emocional con alguien, no podía dejar que las cosas prosperaran.

No se tiene la energía para tener citas si todavía el pasado está estancado en el momento actual. Lo mismo pasa si no entendemos en qué punto nos encontramos.

Por mucho que quisiera salir y distraerme, el hecho de bordear el problema de raíz -que no estaba lista para abrirme– no concordaba con las relaciones que podía tener.

Solo dejándome seguir un proceso en el que poder llorar, perdonar, soltar lastre, aprender y volver a empezar.

Que si somos conscientes de que no estamos en ese punto, no enredemos a personas que pueden estar interesadas y dedicándonos esa energía que no somos capaces de darles de vuelta.

Duquesa Doslabios.

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Si soy feminista, ¿por qué fantaseo con que me dominen?

Hasta hace muy poco me sentía una incongruencia con patas. Irreverente e incoherente con mi vida sexual.

Yo, que me las doy de feminista practicante, de esas que defienden la igualdad de lunes a domingo en casa y fuera de ella, no llegaba a comprender por qué mi intimidad se salía de la norma. 

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Era ahí donde los principios se quedaban fuera, o eso me parecía sentir.

Donde quería soltar las riendas y dejar que me manejaran, mandaran, doblegaran, domesticaran y hasta vapulearan.

Ponerme en un nivel inferior, bajar ese escalón, que era ficticio y solo existía en mi cabeza -ya que la cama no tiene doble altura-, me hacía sentir lo que peor se puede sentir una mujer hoy en día.

Mala feminista.

En mi mal feminismo, disfrutaba de una sexualidad con sesgo, en la que interpretaba un rol que poco o nada tenía que ver con mi vida fuera de la habitación.

Y la pregunta de cómo había llegado hasta ahí, me rondaba de la misma manera que me desprendía de los valores una y otra vez pidiendo más. Más control, más duro y más fuerte.

La explicación estaba en mi pasado, por supuesto, algo que cualquier terapeuta podría haber adivinado. Más concretamente en aquellas primeras imágenes que formaron mi despertar sexual.

De las pocas películas que vi, nunca recibí un trato igualitario en la cama, sino más bien vejante y humillante hacia las mujeres.

Fue eso lo que hizo que, desde pequeña, calara en mí la idea de que era eso no solo lo que podía esperar, sino lo que tenía que gustarme.

Sin plantearme si quiera que pudieran existir otras formas de disfrutar, ni poder elegir entre otras opciones, adopté aquellos estímulos sin tener la menor idea de cómo iban a condicionar mis comportamientos y gustos en la cama más adelante.

Ahora no hay vuelta atrás, soy una de las (torcidas) hijas del porno mainstream pensado para que disfrute un espectador masculino.

Y aunque he podido entender el porqué de mi incongruencia, formará parte de mis gustos el resto de mi vida.

Lo que me ha permitido llegar a este punto de comprensión sobre los orígenes de mi intimidad construida ha sido entender que podía ir más allá.

Que el hecho de que la lasaña sea tu plato favorito, no significa que no puedas probar más.

Así que sigo probando, descubriendo, experimentando e investigando. Quién sabe, igual algún día doy con algo que esté más en línea con mis ideales.

Pero si no sucede, estoy muy tranquila. La cama es ese mágico lugar donde no se puede juzgar lo que sea que apetezca.

No voy a ser dura conmigo misma, prefiero limitarme a disfrutarlo pero seguir ampliando las miras.

Y reivindicar que, para las próximas generaciones, no sea una imagen tan desigual la que reciban, el sexo es algo demasiado importante en nuestra vida como para dejar que solo exista una única forma de concebirlo.

Duquesa Doslabios.

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Tenemos que superar el miedo a que nos huela la vagina (de una vez por todas)

Acepto mi celulitis, mis arrugas de expresión que ya empiezan a marcarse, mis estrías que surcan las caderas, mi vello corporal -el que no ves también-, acepto mis tetas, incluso me gustan que sean pequeñas.

Acepto todo de mí con una única excepción. He convertido en un tabú mi olor y mi sabor.

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Fue cuando, tras una de mis primeras experiencias sexuales, el chico le contó a sus amigos que mi vulva olía.

Olía, por supuesto. A eso que huelen las vulvas y las vaginas. A la acidez de un pH encargado de protegernos de infecciones y microorganismos externos.

Fue hace ya 10 años que me dije que estaba mal algo en mí. Que aquello no tenía que oler a nada.

Que debía llevar la entrepierna siempre a punto, como el agua, inolora e insabora, completamente aséptica.

Y es algo que a día de hoy me toca todavía empezar a aceptar. Aprender que el problema no es mi denominación de origen única y personal.

Me veo todavía llevando siempre un tanga extra en el bolso.

Buscando una excusa para pasar por el baño antes de que pueda pasar nada para eliminar cualquier rastro que revele que mi chocho huele a chocho.

Así tengo a veces que explicar por qué soy tan vergonzosa con ese tema, cuando si se da en el lado contrario, lo vivo con absoluta normalidad.

“¿Que huele a pis? Claro, es que sale por ahí. ¿Que hay tufillo a sudor? Todo normal”.

Aceptable siempre y cuando no me pase a mí.

¿Pero cómo voy a vivirlo de otra manera? No tanto por mi compañero de clase, que solo fue el detonante.

Es que desde antes de que me bajara la regla ya recibía mensajes en la misma línea en cualquier anuncio de producto de higiene femenina.

Un catálogo encargado de cubrir cualquier perfume que pueda salirte de la entrepierna y disfrazarlo de un olor químico que teóricamente nos recuerda a rosas.

Compresas empalagosas, geles íntimos mentolados y por supuesto un pubis de menor de edad en el porno, donde no hay un pelo, un pegote de flujo, nada que revele que eso pueda tener identidad odorífera propia y se rompa la fantasía masculina.

La solución a mi problema de autoestima vaginal sé que está en que alguien venga y me diga que todas esas paranoias dan igual.

Que un día me olerá al jabón recién salido de la ducha y otro algo más fuerte por haberme hecho una ruta de 5 kms, que a veces estará sudado, con un minúsculo trozo de papel después de una noche de fiesta y que lo más normal es que lo acepte y no me impida disfrutarlo.

Y ese alguien tengo que ser yo antes que nadie.

Duquesa Doslabios.

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