Así cambia la relación con tu autoestima después de una ruptura

Aquí donde me ves, diría que de autoestima voy muy bien.

Me lo dicen mis amigas, me lo dijeron hace poco las cartas del tarot (chica, hay que darle a todo) y me lo digo yo a mí misma.

He aprendido a ver lo positivo que hay en mí y a valorarme por ello.

mujer autoestima

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Pero la relación que tengo con mi autoestima no ha sido siempre la misma.

Ha llegado a verse afectada en dos ocasiones de mi vida que tenían el mismo denominador común: rupturas de relaciones.

Acabar una historia de amor no solo se había llevado por delante mi expectativa de futuro, también la confianza que tenía en mí.

Si estás en este punto, es lo más normal del mundo. Sobre todo si eres mujer.

Tendemos a echarnos la culpa si algo no ha funcionado y mirar en nosotras qué es lo que ha podido fallar. Enseguida nos entra el ‘síndrome de la impostora emocional’.

Quizás es que no soy suficiente como para que me quisieran, no soy tan buena novia como creía, y, en última instancia el “no merezco la pena”.

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Y yo, que soy muy de ponerme peso en los hombros, me di cuenta de que estaba saboteándome con esos pensamientos.

Que incluso me los estaba creyendo y me sentía poquita cosa. Cogí y le di la vuelta a todo.

Empecé a hacer cosas nuevas, descubrí en qué era buena o qué me hacía sentir feliz.

La persona que conocía después de la ruptura, yo, cada vez me gustaba más y me sentía más a gusto en su piel.

Empecé por el principio, la tarea de enumerar mis virtudes, me apliqué a fondo en el tiempo de calidad con la gente que me hace sentir bien y me cuidé por dentro y por fuera.

Así que llega un día que, vuelves a conocer a alguien y te dice “Uy, qué subidito te lo tienes, ¿no?”

Y esa es la señal de que has llegado arriba. Que no has vuelto a ser tú, porque ahora eres mejor, una versión de ti misma más sabia, experta y resiliente.

Aunque con él (o ella) seguramente no vaya a ser, contigo sí.

Mara Mariño

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Por qué es bueno gemir (también cuando te masturbas)

Que gemir es un aliciente cuando estamos en pleno encuentro sexual no creo que te pille por sorpresa.

Escucharlo te activa, acelera, motiva, despierta… Te conecta con tu propio placer y, a la vez, es la manera que tienes de ‘leer’ a tu pareja.

hombre gemir masturbación

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Y aún con todo, es algo que para nosotras resulta más fácil poner en práctica.

No porque tengamos unas cuerdas vocales especialmente preparadas o porque no podamos contenernos, es más por una cuestión de género.

El estigma de que gemir es algo poco masculino, pesa sobre los hombres que encuentran en hacer ruido algo que les hace sentir incomodidad.

Pero las ventajas de hacerlo no son solo de cara a ‘hablar’ en la cama sin necesidad de pronunciar palabra, emitir estos sonidos intensifica el placer.

«En los hombres los gemidos en la masturbación son particularmente útiles para que quiten un poco el ‘piloto automático’ con el que a veces se masturban y lo conviertan en algo más erótico y consciente» explica la sexóloga Ana Lombardía (puedes leer aquí algunas de sus entrevistas).

Más allá del mindfulsex, «gemir ayuda a que se desinhiban y se dejen llevar, aumentando el placer y potenciando los orgasmos», afirma.

Pero, ¿hasta qué punto hay brecha silenciosa? Por el estudio que ha realizado Arcwave -marca de juguetería erótica masculina-, 4 de cada 10 optan por el silencio total.

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La empresa de juguetes reveló que solo un 60% de los hombres que participaron en el estudio afirmaron gemir durante la masturbación.

Sus respuestas iban desde «Porque disfruto», «Para que sean más intensos» a «Para sentirme más cerca de mí mismo».

Por otro lado, la mayoría de los que respondieron que no emitían sonidos dijeron que era por miedo a ser escuchados, algo que se puede entender si, por lo que sea, hay más gente cerca y no quieres que se enteren.

Yo soy la primera que ha optado por la discreción cuando había familia o compañeras de piso en casa.

Pero un 33% respondieron que no lo hacían porque lo encontraban embarazoso, y es esa cifra la que debe cambiar.

Para conseguirlo, tenemos que plantearnos de qué manera viven los hombres su erotismo, el placer.

Porque en el momento que se relaciona con la vergüenza, parece que expresar la masculinidad en la cama solo está permitido si es a través de un voto de silencio absoluto o ruidos guturales, casi dignos de una lucha entre gorilas.

Hay que salir de ahí, alejarse de esa idea de que los hombres no pueden manifestar su placer y conectar con las sensaciones -y lo que pide el cuerpo- en el momento.

Aprender a liberarse es relajarse, sentirse, expresarse de la manera que te salga. Por tener orgasmos más intensos merece la pena, ¿no?

Mara Mariño

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Monógama por elección en el mundo de las no monogamias

Si algo me ha permitido escribir este blog es conocer desde prácticas que jamás me había planteado a formas de relacionarme más allá de la monogamia.

Es más, es una de las cosas en las que creo que más nos hemos abierto mentalmente, que lo que antes ni nos sonaba (poliamor, relación abierta…), resulta cada vez más familiar.

pareja monogamia

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Ahora, las series o películas cada vez representan más a menudo diferentes tipos de modelos relacionales (como por ejemplo, Emily in Paris).

También en cualquier grupo de amigas, hay al menos una que tiene o ha estado durante un tiempo en una relación abierta o poliamorosa. E incluso he llegado a plantearme ¿es esto para mí?

Sí, que la monogamia sigue siendo el vínculo que predomina en la sociedad -y se da por sentado-, es indiscutible. Pero para mí, resulta el más compatible con mi forma de ser y mi perspectiva de futuro.

Con esto no digo que el resto de modelos o acuerdos me parezcan peores, sino que no van conmigo (mientras que pueden ser la alternativa perfecta para otra persona o pareja).

Como nuestro tiempo y energía son limitados, nos organizamos la vida en función de la escala de importancia que le damos a las cosas.

Para mí, en el top está desarrollarme profesionalmente y cumplir mis metas.

Esa ambición que me acompaña necesita que le dedique la mayor parte de mi energía a mi trabajo, ya sea en este blog, redes sociales o proyectos paralelos que tengo en marcha.

Y, para eso, que el resto de ámbitos de mi vida me proporcionen estabilidad y felicidad, es clave.

Hay personas para las que dedicar energía a charlar con otras personas y crear otros vínculos afectivos o sexuales, además del vínculo principal, es un aliciente, para mí es una distracción.

Priorizo la tranquilidad de tener solo un vínculo y dedicarme a crear un proyecto vital con una única persona, lo cual es más fácil de cara hacer gestión emocional (para lo que también hay que dedicar tiempo y energía).

Claro que las relaciones monógamas requieren mantenimiento y cuidados, pero para mí, afrontar una es más sencillo y práctico, aunque haya a quien le aburra la idea de estar con solo una persona.

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Siendo mi vida profesional donde elijo volcar mi energía y creatividad, la principal prioridad, quiero contar en el ámbito sentimental con una pareja que lo entienda y me apoye.

Alguien, de paso, que lo vea de la misma manera.

Porque ese soporte, llámalo compañero de vida o copiloto sentimental, es lo que me permite centrarme al máximo en lo que hago y se convierte en un soplo de aire que me da la capacidad de volar más alto y más lejos.

Y puede que esperaras una respuesta apasionada o peliculera, pero justo por haberme desprendido de los mitos del amor romántico, puedo mirar las relaciones desde una perspectiva más lógica, con razones contundentes de por qué decido mantenerme en este modelo relacional y no en otro.

A mí no me ha llegado el amor de repente y ha cambiado todo. A mí me ha llegado el amor y yo he decidido que, la mejor forma de ajustarlo a mi vida, es construyendo mano a mano con una persona.

No es un amor de «solo tengo ojos para ti» o «mi vida está vacía si tú no estás», es un amor de «te elijo cada día, de todas las personas que hay por el mundo, quiero compartir mi presente y futuro contigo».

Mara Mariño

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Cuidado con el ‘coach’ del amor que dice que es mala señal no tener sexo en la primera cita

Hace unos días, me topé con el vídeo viral de un coach del amor para hombres.

En él comentaba que recomendaba a sus clientes que, si una chica se negaba a tener sexo en la primera cita, lo consideraran una mala señal.

primera cita sexo

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«Si te hace esperar para tener sexo, puede ser una red flag», empezaba contando. «Hay chicas que dicen no duermo con tíos en la primera cita, lo cual es una mentira de mierda porque sí que lo han hecho alguna vez».

«Quieren probar que no son ‘ese tipo de chica’. Pero si haces esperar a un chico y descubre que te has acostado con otros a la primera, se va a comparar no se va a sentir lo bastante bueno», reflexionaba.

Con miles de visitas y más de cientos de miles de seguidores -entiendo que la mayoría hombres, por eso de ser coach masculino- Mathew Hyman demuestra por qué es tan complicado esto de que nos entendamos cuando nos conocemos (y por qué nunca deberíamos fiarnos de alguien que dice ser coach del amor, ya de paso).

Porque, por lo pronto, el ritmo que lleva una persona cuando decide acostarse o no con alguien, no le define en absoluto. Es una decisión que no engloba lo que somos.

Algo que sí hace lo que nos gusta, lo que hacemos, cómo nos comportamos, cómo tratamos a quiénes nos rodean… En definitiva, la serie de cosas que deberíamos averiguar en una cita más allá de si va a pasar algo físico o no.

Porque por lo que comenta, parece que el único objetivo de tener una primera cita es saber si va a acostarse o no con nosotros, ya que, en caso de que no lo haga, todo mal.

Todo mal porque, según el coach, eso puede llevar a que te compares con otros.

A tener una actitud de «Ah, es que no se quiere acostar la primera vez que nos vemos, pero sí con otros, ¿cómo se atreve? A mí me hace esperar y me hace seguir teniendo citas cuando ya se ha acostado con otros. Menuda zorra, está jugando conmigo».

Además pone una presión y unas expectativas en la cita que no son justas para nadie. De ellos depende su autoestima, de nosotras ser tomadas en serio o de que le estamos «vacilando» si no nos nace.

Pero ¿quién eres tú para juzgar los tiempos de nadie?

Puede que haya tenido una cita estupenda con alguien, con mucha química o que estuviera con las hormonas por las nubes o que pasaran mil cosas. Puede que otro día se sintiera con menos ganas y punto.

Pero eso no significa que deba tener una repercusión directa en tu autoestima porque no tiene por qué ser solo una cuestión de atracción.

Hay que ver más allá, si no nos arriesgamos a -como anima este coach-, pensar que la persona con la que hemos quedado no es otra cosa más que un objeto sexual y el sexo es el único objetivo y motivación, que además se usa como doble vara de medir para juzgarla.

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Si seguimos este camino, será imposible tener relaciones sanas sin salir de la superficialidad del físico. Cuando, lo que deberíamos buscar en una cita, es averiguar si podemos crear un vínculo emocional saludable.

Conocer a una posible pareja significa buscar a una amiga, alguien con quien formar un equipo fuerte que te apoye en los momentos más difíciles de la vida, porque a su lado son más fáciles. Con quien reír.

Pero nunca vas a encontrar ese tipo de amor si solo ves en la persona que está al otro lado de la mesa, un objeto sexual que debe complacerte.

Tener sexo o no en una primera cita depende de un sinfín de factores. No depende ni del carácter ni de la forma de ser.

Habría que normalizar que los ritmos van y vienen.  Que puedes sentirlo o no. Pero que no significa nada más allá de cómo se dan las cosas. Simplemente que tenemos diferentes experiencias con diferentes personas.

Mara Mariño

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Sexóloga de profesión: ni trucos para acostarte con alguien ni el kamasutra de deberes

¿Por qué cuando nos duele la espalda vamos al fisioterapeuta, cuando no funciona el coche, al taller, pero cuando nuestra vida sexual no está en su mejor momento, no consultamos a una sexóloga?

Quizás porque lo que se espera de esta profesión es que ponga el kamasutra encima de la mesa, lo abra al azar y diga: «Esta, esta es la postura que te toca poner en práctica. Gracias por venir, hasta la semana que viene».

sexóloga juguetes sexuales

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Más o menos así es como explica la realidad de su trabajo Silvia Pérez (@silviaperezorg en Instagram) que, además de sexóloga, hace monólogos con mucho humor sobre su trabajo.

Pero el estereotipo de que una sesión de sexología es ‘follología’ es solo uno de los muchos que rodean esta profesión.

«La sexología estudia la sexualidad humana en general. Nos centramos en las dificultades que pueden encontrar las personas en esta área de su vida ya sea a solas o en pareja y en hacer educación sexual a través de diferentes medios», explica Silvia.

De ahí que en consulta se trabaje «todo lo que tiene que ver con el sexo en sí, sobre todo a nivel genital: falta de orgasmo, de deseo, de erección pero también lo relacionado con las relaciones con otras personas: habilidades sociales para ligar, conflictos de pareja, comunicación, rupturas, dependencia emocional… Y con la relación con uno/a mismo/a: autoestima sexual, aceptación de la orientación sexual…».

«La gente suele confundirlo y reducirlo todo a ‘enseñas a la gente a fo***’, pero la sexualidad va mucho más allá que una práctica sexual concreta. Se suele reducir a que repartimos trucos mágicos y que en unos sencillos pasos podrás acostarte con a alguien y que acabe con los ojos en blanco y olvidando su nombre», comenta la sexóloga que protagoniza la entrevista de hoy.

Además del mito de que en consulta vas a sacar el kamasutra de debajo de la mesa, ¿qué otras falsas creencias hay sobre la sexología?
La falsa creencia más extendida es «no sirve para nada», «yo no lo necesito» y me entra la risa de ahogarme cada vez que lo oigo. Se cree que a ver a la sexóloga se viene cuando tu deseo sexual es muy rocambolesco o eres un depravado sexual o algo así y la mayoría de casos son sexualidades bastantes normativas.

¿Cómo se tomó tu familia que quisieras dedicarte a esto?
En general bien. Mi padre fue el único que extrañó un poco y lo primero que me dijo fue «¿Y eso para qué sirve?» creo que más en el sentido de salidas laborales y porque era algo muy desconocido para él. Pero ahora tanto mi padre como mi madre están orgullosos, hablamos de todo, me preguntan como profesional cosas que le preocupan y hasta han estado en varios talleres míos, reconozco que aún me da corte que vean el monólogo, pero lo voy a superar.

¿En qué momento es de ayuda recurrir a una sexóloga? ¿Es imprescindible estar en pareja o podemos acudir en solitario?
La pareja solo se necesita para hacer terapia de pareja, la tienes que traer tú porque las sexólogas no la regalamos con la primera consulta, pero bromas aparte mi consejo es que acudas a la sexóloga cuando algo relacionado con el sexo en particular o la sexualidad en general te cause un problema. Siempre que sientas que te hace sentir mal algo relacionado con tu propio cuerpo, que te impide compartirlo con libertad con quien tú quieres o sientes que algo falla a la hora de crear vínculos íntimos con otras personas. Siempre digo que es tontería estar mal pudiendo estar bien y tendemos a pensar que las cosas relacionadas con el sexo se arreglan solas o que el tiempo todo lo cura, y lo único que cura el tiempo es el queso.

¿Cuáles son las consultas más frecuentes que recibes?
«Tiritas pa’ este corazón partío» Rupturas dolorosas.
«No llego con penetración» Mujeres que no experimentan el orgasmo mediante el coito.
«No se me levanta» Hombre cuyo pene no reacciona cuando va a tener un encuentro sexual.
«No hay ganas de ná» Pareja heterosexual con poco sexo porque a ella se le han ido las ganas.
Sin duda la consulta que más recibo fuera de consulta es «¿qué es lo más fuerte qué te has encontrado?» y la respuesta siempre decepciona porque la mayoría de las personas que vienen a verme tienen las mismas dudas que las que no vienen, pero con la diferencia de que se han atrevido a preguntar.

 

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¿Dirías que formarte como sexóloga te ha desarrollado personal y sexualmente?
Definitivamente sí. Esta profesión me ha hecho examinarme más y por lo tanto crecer en autoconocimiento que es un superpoder, me ha obligado a revisarme los privilegios, quitarme prejuicios y crecer eróticamente. Creo que es imprescindible hacer un trabajo propio antes de ponerte delante de nadie en consulta, pero obviamente con el tiempo vas creciendo, conociendo gente que te enseña y te señala algo que se te había pasado de ti misma. La verdad es que es un regalo poder conocer tantas realidades distintas

¿Por qué crees que el boom en la profesión no se ha visto acompañado de un crecimiento de educación sexual en los centros escolares?
Yo tengo un chiste que hace poca gracia, pero que refleja la realidad: «Cuanto menos educación sexual demos en los colegios más terapias para mí en el futuro. Es mi plan de jubilación», porque todo lo que no eduquemos en edades tempranas en sexualidad supondrá quebraderos de cabeza a los/as adultos/as del futuro que son quienes de manera individual pagan para solucionar estos conflictos.

Creo que no se da educación sexual en los centros escolares porque seguimos teniendo poso de la cultura judeocristiana. En el imaginario colectivo hay una asociación horrible entre el sexo con el pecado (como representación del mal independientemente de tus creencias), con lo chungo, lo oscuro, lo agresivo… Cuando el sexo debería asociarse con el placer y el placer con la libertad, el disfrute, lo bonito, la felicidad…

Las familias piensan que una educación sexual temprana supondrá un despertar sexual antes de tiempo y prefieren educar en casa (spoiler: no se hace). Yo hace tiempo que si se plantea la posibilidad de un taller con menores intento hacer primero uno con las familias para qué sepan de qué vamos a hablar y para que trabajemos en la misma línea.

Los padres y las madres solo quieren proteger a sus hijos/as y lo entiendo, por eso es importante hacerles partícipes y explicarle que educación sexual en la infancia no es hablarles de cómo se tiene sexo, sino que va de aceptar y amar su propio cuerpo, respetar el de los demás, entenderse, conocerse… Para prevenir el abuso sexual infantil y adolescente y que crezcan disfrutando de una sexualidad libre, que libre no es sinónimo de «me voy a acostar con todo lo que se me mueva», sino que crecerán entendiendo que tienen el derecho de no ceder ante la presión y que no tienen el derecho de tocar a ninguna persona que no lo desee. La educación sexual no adelanta etapas, la educación sexual protege a los/as menores.

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Abro melón: hay ciertos sexólogos hombres que hacen terapias masturbando a sus pacientes mujeres, ¿qué opinión tienes al respecto?
Me cabrea profundamente y contribuye a que la gente piense que eso es un sexólogo, cuando en realidad es una forma más de violencia sexual disfrazada de progresismo y profesionalidad. Genera en las mujeres mucha confusión porque ceden ante algo que les incomoda, pero ante lo que no saben cómo reaccionar. En ese contexto no se levantan y se van porque están ahí por voluntad propia ante alguien que tiene una autoridad en ese campo y que supuestamente es un profesional que está mirando por tu bien, pero después muchas se sienten muy mal. Dicho sea de paso que esto no es algo habitual entre los sexólogos, al menos yo no tengo constancia de ello.

¿Cómo elegir sexóloga? ¿Es una cuestión de feeling?
Aparte de lo obvio de que tenga la formación correcta y tal (hay mucho gurú del sexo últimamente) sí que creo que es importante sentirse cómodo/a, sin juicio, entendido/a porque es un lugar donde se cuentan muchas intimidades y qué menos que te caiga bien, que te dé buen rollo la persona que va a recoger todo eso.

Puede que después de la entrevista te hayas dado cuenta de que no necesitas ir a la sexóloga, porque tienes tus asuntos íntimos en orden. Pero seguro que a su monólogo sí. Silvia Pérez estará en Madrid (Off Latina) el 4 de diciembre y en Bilbao (Teatro Campos Elíseos) el 16 de diciembre.

Mara Mariño

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No sola ni con ropa de deporte: la desacertada campaña contra las agresiones sexuales de la Xunta de Galicia

«Se viste con mallas de deporte. Va a correr sola por la noche. ¿Qué sucede ahora? No debería pasar, pero pasa».

Con ese argumento, la Xunta de Galicia saca su nueva campaña contra la violencia de género, utilizando imágenes que imitan el día a día de mujeres y acompañadas de reflexiones.

Xunta Galicia campaña violencia de género

XUNTA DE GALICIA

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Además de la foto de la chica haciendo running, encuentro también en la campaña otros mensajes: «Le envía una foto íntima. Él está con sus amigos. ¿Qué sucede ahora? No debería pasar, pero pasa».

«Una discoteca, una copa desatendida. ¿Qué sucede ahora? No debería pasar, pero pasa». «Una chica camina sola de noche. Lleva las llaves en la mano. ¿Qué sucede ahora? No debería pasar, pero pasa».

El foco de los mensajes es claro: prevenir violaciones. Lo que pasa es que, a la hora de escoger el destinatario, se han liado.

Así que la mejor manera de evitar sufrir una agresión sexual es que las mujeres cambiemos nuestra forma de vestir, nuestras zonas de paso o tu manera de vivir el ocio… O al menos, es la solución según la Xunta.

Lo que quizás deberían tener presente es que, según los datos de Amnistía Internacional, una de cada cinco mujeres será violada en algún momento de su vida. Y spoiler: la ropa no tiene nada que ver.

Repasando una de las muestras más impactantes de hace unos años, una exposición que mostraba qué ropa llevaban las víctimas de agresiones sexuales, las mallas de deporte no son el común denominador.

Chilabas, pijamas, el uniforme de policía, una camiseta de manga corta y pantalones vaqueros, una camisa blanca… Lo que ellas llevaban puesto aquel día es tan variado como lo que puedes encontrar en un armario.

Hacer de la ropa no solo la protagonista, sino la causante directa, es señalar a la víctima y mantener el estereotipo de que es la ropa la que va provocando.

En otras palabras, la responsabilidad de sufrir una agresión es de quien la sufre, no de quien decide ejercerla.

Una idea que refuerza la cultura de la violación, que normaliza la violencia minimizándola y la fomenta con las actitudes misóginas.

Entre ellas están, por ejemplo el ideal de la ‘buena mujer’, esa que la Xunta nos invita a ser: la misma que está en casa a las 5 de la tarde y no se maquilla ni hace nada que pueda provocar (como si no hubiera violaciones a plena luz del día o en lugares concurridos).

No falta en la misoginia de la cultura de la violación la cosificación: la mujer es un objeto sexual y por tanto vive expuesta a ser agredida por ello, por lo que no debe exponerse.

Y por supuesto, no se puede minimizar una agresión sexual sin exculpar al verdadero causante.

Por eso decir «No debería pasar, pero pasa» es invitarnos a asumir que las violaciones son inevitables.

Considerar que el hombre es violento por el hecho de ser hombre y que solo en nuestra mano está evitar que dé rienda suelta a sus deseos.

Unos deseos que «no deberían pasar, pero pasan» como si no pudiera controlarse, quitándole peso a sus actos.

Sin embargo, las feministas no nos cansamos de repetir que nosotras no tenemos la responsabilidad de ser acosadas, abusadas o agredidas.

«La culpa no era mía, ni donde estaba ni como vestía. El violador eres tú».

Tampoco la tenemos de sufrir revenge porn porque hemos mandado una foto a una persona con la que teníamos una atracción y esta decide filtrarlo hasta el punto de que es tan insostenible el acoso que ella decide terminar con todo y suicidarse.

O de ir solas por la calle cuando nos sucede algo. Todo esto es también achacárselo a la víctima.

Decir que es culpa suya dejar la bebida sola por lo que pudiera pasar. Está a la altura del Xocas alabando a su amigo (al que definió como un «crack») porque se mantenía sobrio para así aprovecharse de mujeres que habían bebido.

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¿Cómo vamos a atajar la violencia de género si seguimos obviando el origen real de la violencia, que es las personas que ejercen esa violencia?

¿Empezaremos también a prevenir el bullying en el colegio pidiéndole a los menores de edad que sean menos ‘insultables’ o ‘agredibles’ para sus compañeros?

¿Combatiremos la homofobia pidiéndole a las personas que, por favor, sean más heterosexuales, que con su orientación sexual van provocando?

Y ya de paso, ¿lucharemos contra el racismo pidiendo a todas las etnias que no sean tan poco caucásicas porque, aunque no debería pasar que las ataquen física o verbalmente por el color de su piel, pasa?

Las mujeres tenemos el mismo derecho a vivir seguras que los hombres y eso significa igualdad de poder andar, quedar, salir o hacer deporte como nos dé la gana, sin que eso suponga un riesgo.

No necesitamos que nos sigan machacando a nosotras, que somos las que lo padecemos en la propia piel, con el tipo de víctima que debemos ser, necesitamos que el prisma cambie de dirección y se les empiece a concienciar a ellos.

Lo que realmente no debería pasar, pero pasa, es esta campaña.

Mara Mariño

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Sin educación sexual seguiremos pensando que todo es coito y miembros descomunales

Hace unos meses cogí a una de mis mejores amigas y nos plantamos delante del Elías Ahúja a reivindicar que el trato hacia las mujeres debía ser respetuoso.

Que las nuevas generaciones vinieran con la violencia machista debajo del brazo y disfrazada de bromita o pulla entre colegios mayores, me ponía la piel de gallina.

pareja sexo

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Apenas unas semanas después, los universitarios vuelven a las andadas. Solo que esta vez son los de Derecho de la Complutense que juegan en el equipo de rugby.

¿Su machistada? Ensalzar sus penes por encima de los de los miembros (el sinónimo perfecto) de otras facultades.

Que si en Medicina la tienen fina, en Arquitectura no se les pone dura… ¿Pero a los de Derecho? A los de Derecho les llega «hasta el pecho», gritaban con una especie de júbilo animal al terminar el partido.

Dios mío la generación de jueces y abogados que viene de camino.

Habrá quien diga que no pasa nada, que son cosas de chavales, como los gritos de «zorras» y «conejas» o como cuando en el colegio los chicos nos levantaban la falda y los profesores decían que era un juego inocente.

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Pero el lenguaje tiene el poder de cincelar nuestro pensamiento.

Por eso escuchar una especie de himno a la hombría -que más que a las características propias del hombre, es al pene en solitario-, realmente promueve esta idea de que en la cama, solo penetración equivale a sexo.

Y no con cualquier miembro, sino con penes descomunales, bien gordos y duros como un desagüe industrial o la máquina tuneladora que abre paso al Metro.

Esto es lo que pasa cuando dedicas más tiempo jugando al rugby que recibiendo una educación sexual, que de verdad piensas que lo que vales en la cama se reduce a tu tamaño, forma y funcionamiento.

Porque solo metiéndola cuenta como follar.

Ojalá un canto deportivo que exaltara las virtudes del sexo con ternura, protección y respeto por los límites, donde todas las prácticas tienen cabida.

También ojalá un canto deportivo donde no se diera por sentada la sexualidad de los miembros del equipo (todos heterosexuales, por supuesto).

Pero sobre todo, ojalá encuentren un antídoto a esa machistada de cántico que les recuerde que no son solo un apéndice colgante, que su valía como personas y sus capacidades como amantes, van más allá.

Porque sin educación sexual, esto va a pasarles factura en algún momento de su vida íntima: ya sea en cuanto a inseguridad con sus medidas, preocupación por no dar la talla -con erecciones que se prolongan más en el tiempo que una inspección de Hacienda-, o incluso por el miedo de sentirse atraídos hacia otros hombres.

Y sin educación sexual, dentro de unos años, no serán capaces de entender que no solo coito es follar y que una agresión sexual va más allá de meterla o no.

Sin educación sexual, la Justicia seguirá siendo como su himno: machista.

Mara Mariño

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Limpieza íntima con enemas o lavativas: ¿más problemas que beneficios?

¿Sabes cuando estás con una persona, vas a la puerta de atrás y, cuando sacas el juguete o apéndice que has introducido, hay sorpresa?

Lo más probable es que no, porque gracias a los enemas (que consiste en meter líquidos para hacer una limpieza interior de recto) cada vez es menos frecuente que eso suceda.

pareja ducha

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Y no me malinterpretes, yo soy muy escrupulosa: cuanta más higiene haya en cualquier aspecto de mi vida, más cómoda me siento.

Pero, ¿de verdad hace falta tanta cosa en el sexo? Y, sobre todo, ¿es bueno para nuestra salud?

Socialmente, cada vez avanzamos más y nos vamos liberando.

Tanto de vincularnos de una única manera -los modelos de relaciones más allá de la monogamia están a la orden del día-, como de vivir el sexo sin que sea un tabú.

Sin embargo más lo personalizamos por el camino, haciendo que pierda su propia esencia: la del placer físico crudo y en bruto.

Ya no vale solo con tener sexo oral, ahora tienes que usar el jabón genital con aroma de ‘flores salvajes’ o un lubricante de la fruta tropical de turno que ‘enmascare’ tu propio olor y sabor.

En la cama libramos la batalla contra la naturalidad.

Con el tema del sexo anal pasa lo mismo. El miedo de que pueda mancharse cualquier mínima cosa, nos aterra.

La pornografía es una de las grandes responsables de esto, ya que elimina por completo de escena todo lo que pueda ser normal en el cuerpo: vello, que se pueda escapar un pedo, y por supuesto, excrementos.

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Por eso se recurren a las lavativas, lo cual es mucho peor que prescindir de ellas.

«Las duchas se cargan la microbiota», me contaba hace unos días la sexóloga Esperanza Gil (@sexperanza en Instagram) acerca del uso de las peras.

Es un sistema tan agresivo que puede dañar la flora intestinal, lo que expone al organismo a ataques del exterior o hace que deje de asimilar ciertos nutrientes.

Lo suyo sería permitir que el cuerpo cumpliera su función natural manteniendo una vida sana con una dieta donde abunde la fibra, lo mejor si necesitas un buen tránsito intestinal.

Con las duchas vaginales pasa lo mismo, ya que la vagina está diseñada para limpiarse sola.

Tanto el agua como las fórmulas comercializadas para ‘limpiarla’ se cargan el pH, causando desde inflamación o sequedad a vaginosis bacteriana, y, por supuesto, la temida candidiasis.

¿Solución? Para aquellas personas que les pase como a mí, y sean aprensivas, el preservativo hace las veces de barrera como de aliado de la limpieza.

«Es higiénico y ayuda al deslizamiento», confirma la experta. Lo cual es perfecto lo usemos por donde lo usemos.

Además, el lubricante que suele llevar no daña la flora del cuerpo. Así que sabiendo eso, más vale que la próxima vez que optes por la pera, que sea la de fruta porque es rica en fibra.

Mara Mariño

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Las probabilidades de casarte no dependen de tu (ajetreada) vida sexual según la ciencia, pero…

Por las redes siguen circulando vídeos de hombres afirmando que nunca tendrían algo serio con una mujer que haya tenido parejas sexuales por encima de lo que ellos consideran aceptable.

Fue algo que me pareció tan absurdo que os hablé en este artículo compartiendo mi punto de vista.

pareja encontrar el amor

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Pero ahora la ciencia me respalda porque un nuevo estudio demuestra que, por muchas experiencias íntimas que hayas tenido, no te van a afectar a la hora de dar con una persona con la que tener una relación estable y duradera o incluso casarte (si es lo que quieres).

Que hagas lo que hagas en la cama -cuándo, dónde, con quién o con cuántos-, no tiene ningún tipo de impacto en lo que pueda pasar más adelante.

Para el estudio siguieron a casi 10.000 personas durante 18 años para ver cómo evolucionaban sus vidas sentimentales.

La conclusión fue que el número de parejas sexuales solo afectaba en las probabilidades de casarse a lo largo del tiempo: se podían retrasar un año respecto a los que tenían menos parejas.

Las cifras de matrimonios eran las mismas en los diferentes segmentos de parejas sexuales.

Así que a la hora de la verdad, o a la hora de comprometerse a largo plazo, tu bodycount no cambia las probabilidades de que des con el amor de tu vida.

Este descubrimiento, aunque pueda parecer lógico, va en contra de la extendida idea de que, si tienes una vida sexual activa, con distintas parejas sexuales, eres incapaz de tener algo serio.

Especialmente las mujeres, que somos las que sufrimos mayor estigma con esto por aquello de perseguir el ideal de la ‘buena mujer’, santa y pura hasta el matrimonio.

Sobre todo con las figuras de estos instagramers machistas, que insisten en dividir a las mujeres en categorías y poner en el cajón de ‘desechar’ a las que consideran que no son material para tener una relación larga por su historial sexual.

El estudio afirma que ya seas virgen o hayas estado con el equipo de fútbol al completo, las probabilidades de terminar casada son las mismas con la única diferencia de que puede ser algo más tarde.

Y, yo, que estoy en esa etapa en la que cada vez más amigas dan el paso, mientras considero que no ha llegado aún mi momento, creo que hay muchas razones detrás de no querer dar el ‘Sí, quiero’.

Desde querer conseguir estabilidad económica hasta probar con diferentes parejas, a ver si la compatibilidad mejora -porque, no nos engañemos, la cosa no está para tirar cohetes-.

Mucho se habla de que la fluidez con la que nos relacionamos, la urgencia y la inmediatez de que saltamos de una pareja a otra, hace que se nos quiten las ganas de comprometernos, como se podía pensar.

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Como que teniendo sexo de manera tan sencilla, para los millennials, no tenía sentido casarse.

Tener varias parejas, ya sean sexuales o emocionales, te ayuda a conocer lo que sí y lo que no y a conocerte a ti también de paso.

Te permite disfrutar de algo tan sano como es el placer sin tener que depender de una relación romántica, sino entender que un compromiso de ese estilo es como el postre de una buena comida.

Puedes ponerle la guinda al pastel, pero también puedes pasar sin él perfectamente porque hay más alternativas (o esperarte a tomarlo a la hora de la merienda).

Así que estamos ante la prueba avalada por la ciencia de que comprometerse no es una cuestión de accesibilidad al sexo. Que aún teniéndolo, queremos dar ese paso.

Eso sí, a nuestro tiempo.

Mara Mariño

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¿Y si la persona tóxica de la relación soy yo?

Con una relación de violencia y dos terapeutas -uno especializado en pareja- a mis espaldas, el tema de los comportamientos tóxicos me lo conozco al milímetro.

Es más, soy toda una experta en analizar si la persona que tengo delante es potencialmente tóxica o no.

Pero, ¿qué pasa conmigo? Porque mucho hablo de los demás, pero ¿soy la más indicada para hacerlo?

pareja relación tóxica

PEXELS

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Este proceso de conocer cómo vivo mis vínculos emocionales ha sido liberador y doloroso a partes iguales por encontrar en mí misma comportamientos que no encajan en lo que son relaciones sanas.

Hablando con Isabel Zanón (psicóloga feminista que me concedió una entrevista muy interesante hace unas semanas) me queda cada vez más claro que el término más popular de internet, se ha diluido al ser usado tan coloquialmente.

Ahora lo más frecuente es llamar ‘tóxico’: si una amiga dice algo que no nos gusta escuchar, se lo soltamos, al igual que si nos contestan de manera más brusca a algo por marcarnos un límite.

Todo es toxicidad y nunca es la nuestra.

«Es importante desterrar el concepto de relaciones tóxicas, o al menos, definirlas muy bien. Creo que es importante delimitar las relaciones tóxicas a esas relaciones que no te sientan bien», explica Isabel.

«No porque la otra persona sea tóxica, sino porque esa dinámica de pareja en cuestión a ti no te hace feliz; por ejemplo, porque no compartís los mismos valores y sin embargo o tú o la otra persona, o ninguna conseguís dejar la relación. Es lo que solemos llamar dependencia emocional», afirma.

Cuando me contaba que le parecía que era una persona tóxica, entiendo a que se refiere Isabel con «el problema es que es una palabra que a menudo lo que consigue es invibilizar las relaciones donde en lugar de primar el buentrato, hay violencia».

«Puede normalizarse porque acabamos usando lo de que ‘tóxico’ o ‘tóxica’ ante comportamientos como los celos o el control», explica.

Tengo un caso reciente de una amiga que dejó de quedar con un chico porque su idea de futuro era que ella dejara de trabajar para que se quedara con los niños.

¿Tóxico? No. ¿Machista? Seguro. La diferencia de compatibilidad hizo que ella saliera de la relación y cada uno siguiera con su vida.

Pero volviendo a cómo saber si soy yo esa persona, si nunca he tocado a mi pareja -porque no es el único maltrato que existe- Isabel da las claves para averiguarlo:

«Podemos preguntarnos lo siguiente: Cuando hay un conflicto de intereses o algo que negociar con mi pareja ¿llegamos a un acuerdo que nos convenga a ambos? ¿Nos sentimos seguros y libres dialogando? ¿Acabo presionando para conseguir lo que quiero? ¿Cedo de vez en cuando? ¿Insisto cuando ya me ha dicho que algo no le parece bien? Lo mismo a nivel económico y gastos: ¿nos convienen los acuerdos económicos a ambos?», comenta.

«Cuando nos peleamos ¿me cuesta mantener el respeto en las palabras que utilizo? ¿Puedo mostrar mi legítimo enfado sin gritar o caer en faltas de respeto como los insultos o los desprecios? ¿Cómo noto a mi pareja: la noto segura y tranquila cuando está conmigo? ¿Se expresa con libertad? O más bien ¿creo que puede tener miedo de que la juzgue o de cualquier otra reacción?»

«¿Alguna vez me ha dicho mi pareja que no está cómoda conmigo? Si es así, ¿en qué tipo de situaciones? ¿La escucho cuando cuenta algo importante? ¿le doy importancia a la conversación cuando me habla de sus sentimientos, aunque me incomode? ¿Sé qué cosas le preocupan y qué cosas le parecen importantes? ¿Le digo cómo tiene que sentirse o acepto cómo se siente sin juzgar? ¿Le doy mi versión de los hechos tirando abajo la suya o asumo que los dos podemos tener dos puntos de vista diferentes?»

«Cuando me equivoco ¿sé reconocerlo o le resto importancia aunque le haya dolido? ¿Puedo hacer esa autocrítica aunque me duela en el orgullo o echo balones fuera (hacia mi pareja o hacia el contexto)? ¿Cómo me siento cuando no sé dónde está o lo que está haciendo? Y más allá de cómo me siento ¿qué hago? ¿Qué me gustaría que hiciera mi pareja si estuviera en mi misma situación?»

«En cuanto a sus amistades y familia ¿me incomoda la relación que mantienen? Y más allá de cómo me siento, ¿qué hago al respecto? ¿Hago algo que directa o indirectamente condicione ese contacto social? ¿Comprendo que una pareja no tiene que cubrir todas las necesidades de apoyo de mi pareja y aun así estoy disponible como apoyo? ¿La tengo en cuenta para tomar decisiones que nos afectan como pareja? ¿Ambos tomamos decisiones y tenemos voz y voto? Si convivimos, ¿cómo están repartidas las tareas y el tiempo de descanso? ¿Hay reciprocidad en los gestos de cuidado y ternura que tenemos el uno con el otro o más bien suele haber alguien que cuida y alguien que se deja querer?».

Si respondiéndolas descubrimos que hay cosas en las que podemos mejorar, es probable que tengamos ciertos hábitos tóxicos. Pero lo esperanzador es que está en nuestra mano cambiarlos.

Mara Mariño

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