¿Sabías que ni todos los lubricantes son iguales ni valen para lo mismo?

Si me preguntas cuál es el juguete que no puede faltar en el cajón de la mesilla de la cama -ese que reservamos para lo que debe estar a mano cuando la intimidad sube de nivel-, no te diría ni un succionador de clítoris ni un aceite para masajes.

Lo que realmente no puede faltar nunca es un buen lubricante.

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Además por varias razones, la primera porque es uno de los pocos cosméticos que podemos usar todos, la segunda porque hace que sea más placentera cualquier práctica y, porque como me recuerda Elsa Viegas (cofundadora y diseñadora de Bijoux Indiscrets), “dan muchísimo juego tanto a solas como en compañía”.

¿Es normal usar lubricante de manera habitual o solo es ‘necesario’ a partir de cierta edad?
Voy a sustituir la palabra “normal” por “recomendable”. El uso de lubricantes poco tiene que ver con “necesidades”. Tal como la edad puede afectar las funciones de nuestros cuerpos, hay tantísimos factores que pueden influir en la lubricación natural y la erección: el estilo de vida sedentario, la alimentación poco saludable, el consumo de alcohol y/o drogas, el estrés… Además, cuando hablamos de lubricantes solemos incluir solo a las personas con vulva pero nos olvidamos de que los lubricantes son muy interesantes también para personas con pene. ¿Acaso no es más agradable y placentero tocar y ser tocadx con manos lubricadas? El deslizar por la zona íntima es infinitamente más agradable con un lubricante, sea con las manos o juguetes, haya o no penetración.

¿Son iguales todos los lubricantes? ¿Qué tipos hay y cuáles son sus diferencias?
Hay varios tipos de lubricantes: base de agua, base de silicona, híbridos de agua y silicona, base de aceite… Voy a profundizar más sobre los de base de agua que creo que son los más versátiles y que dan más juego en todas las prácticas. Son ideales para masturbación, con o sin juguetes, son compatibles con condones y todos los juguetes sexuales, son compatibles con la mucosa vaginal e hidratan la mucosa anal (permitiendo una mayor elasticidad de la zona que no lubrica naturalmente -en este caso se puede combinar posteriormente con un lubricante base de silicona para prolongar el juego-). Los hay de sabores que los hace ideales para el sexo oral.

¿Qué otras cosas debemos tener en cuenta sobre ellos?
Los lubricantes que contengan silicona no son comestibles y no se recomienda su uso con juguetes de silicona porque los puede llegar a degradar. Son geniales para prolongar el juego, porque no se absorben y permite jugar más tiempo. Como no son solubles en agua, también son ideales para jugar bajo el agua y combinados con un lubricante de base acuosa, son un buen aliado para el sexo anal.

¿Solo sirven para la penetración? ¿Para qué más podemos usar el lubricante?
Existe la creencia de que son para personas con vulva que tienen problemas de lubricación, es decir, implica su uso exclusivamente para penetración y relaciones heterosexuales. Nada más alejado de la realidad. Los lubricantes son ideales para masturbación (a solas, al otrx, mutua…); son geniales para masajes íntimos; para sexo oral; para estimular la zona perianal y el ano, con lo cual reducir su uso a “problemas” o “penetración” es limitar su potencial a nivel de placer.

¿Qué consejos nos podéis dar para escoger el lubricante perfecto?
Yo recomiendo un buen lubricante con base de agua. A poder ser, probad antes de comprar en la mano, por ejemplo. Mirad como se absorbe, si se reseca (huid de estos), si deja residuos y/o es pegajoso (evitadlos). Escoged uno que sea fluido, que se absorba sin dejar residuos y que no sea pegajoso (esto puede significar que lleva azúcares que no son ideales para la flora vaginal). Los lubricantes son como cualquier otro cosmético o comida por decir de alguna forma, mirad los envases. Si hay demasiados ingredientes en el rótulo y no entiendes qué son, mejor optar por la simplicidad de ingredientes. Revisad quién y dónde se fabrican, esto os garantizará la calidad de los ingredientes y la seguridad en el proceso de fabricación (y envasado). Las normativas europeas son muy estrictas. Y no porque se vendan en farmacias significa necesariamente que sean de mejor calidad.

¿En qué casos no es recomendable usarlo con condones?
En conjunto con lubricantes con base aceite que pueden dañarlos (igual que los aceites de masaje naturales o minerales, el aceite de oliva, las vaselinas…). Además pueden alterar el PH y desequilibrar la flora vaginal, potenciando infecciones. Son divertidos para masajes en la vulva o en el pene pero no recomendables con preservativos de látex.

¿Recomendáis alguna forma de aplicarlo o es mejor dejarse llevar por la imaginación?
Me parecen ideales para tocar y que nos toquen. ¿Una forma muy placentera de usarlos? Durante el sexo oral probad a masajear con los dedos -con lubricante-, la zona perianal y el ano. ¿Una recomendación? Generosidad a la hora de aplicarlos y repetir la aplicación tantas veces como sea necesario.

Duquesa Doslabios.

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‘Bondage’ sí, pero no vale atar de cualquier manera

Siempre he tenido una extraña fascinación por atar. Sí, desde pequeña. Lo de dejar a alguien inmovilizado e irme a mis cosas era una sensación de poder con la que ya me familiaricé en la infancia.
Así que imagínate cuando descubrí que podía trasladar el juego al terreno sexual. No sé si diría que es mi práctica favorita, pero el bondage definitivamente se encuentra en el top 3.

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De atar me gustan los dos lados: tanto el de llevar el control de la situación –dejando a la otra persona completamente indefensa-, como ser quien debe someterse a las cuerdas (o cinturones, vaya).

Para mí los alicientes son varios. Tener que buscar vías alternativas de desenvolverte cuando no puedes usar las manos, posturas que te sacan de tu zona de confort y también experimentar con quien está paralizado. Aceite fundido de vela (de las que sirven para eso), un hielo, una pluma y hasta subir de nivel el juego colocando una cinta alrededor de los ojos. Ahora sin tocar y sin ver.

Aunque nunca me había interesado por la técnica. Toda mi formación en inmovilización erótica había sido fruto de algún cinturón despistado que se me había venido a la mano o la ocurrencia de darle un uso alternativo a mis lazos del pelo.

Al final ataba de la misma forma que hacía un nudo para ponerme un pañuelo, como te cierras unos cordones, sin mucho más misterio. Claro que eso no era atadura erótica pulida ni nada. Usar un cinturón alrededor de las manos como si fueran unas esposas es bondage, vale, pero no me preocupaba por el proceso.

Sin embargo, ya que son objetos que se utilizan durante un periodo de tiempo considerable, es importante tener en cuenta que no puedes cortarle la circulación a la otra persona o dañarle un nervio.

Si tu idea es iniciarte en la práctica, procura dejar al principio las ataduras sueltas, que sepas que puedes desembarazarte de ellas en cualquier momento para ir familiarizándote con la sensación.

Después prueba a ajustar el nudo siempre dejando un dedo de espacio entre la piel y la cuerda para que no se duerman las manos (si están frías es mala señal).

Y la pregunta del millón, ¿a dónde atar? Mi consejo es que busques vida más allá del cabecero de la cama. Hay puertas, asideros, radiadores, barandillas y todo tipo de superficies en casa que harán del juego algo mucho más interesante. Aunque si no quieres complicarte, limítate a inmovilizar las manos juntas o las piernas.

Cuando empiezas a probar lo de atar o dejarte atar, hay quienes recomiendan buscar una contraseña que signifique que se quiere parar. Yo sinceramente creo que no estamos en Cincuenta sombras de Grey y puedes decirla a la otra persona que afloje el nudo, que lo de atar mejor otro día o que prefieres que la cuerda se la ponga en el pito.

Y por último, que el bondage forme parte del BDSM (concretamente es la ‘B’ que inicia la palabra), no significa que tengas que sufrir necesariamente. Hay quien encuentra en un poco de dolor un estímulo que potencia el placer y quien no lo experimenta para nada. Lo importante es que pruebes qué va más contigo y te diseñes una inmovilización a tu manera.

Duquesa Doslabios.

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La otra cara de la soltería

Por inercia tiendo a la positividad (qué remedio con estos tiempos que corren si no quiero terminar hundida en la miseria). Y es algo que he tenido que poner a prueba en 2020, así como en lo que llevo de 2021.

Te cuento, ahí estaba yo hace unos meses. Feliz. Feliz a rabiar. En un pisazo estupendo, el trabajo de mis sueños, una pareja que me hacía latir el corazón y la vida entera y una ristra de sueños por delante para despedirme de la veintena y agarrarme a los 30 como una osa, con garra.

En un abrir y cerrar de ojos, me encontré soltera, mudándome a casa de mis padres, notando que perdía otro óvulo bueno en esa última regla y, en definitiva, con una perspectiva de futuro completamente distinta a la que me había planteado.

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Así que después de un puñado de años fuera del mercado, tocaba comprobar cómo andaba la temperatura del agua por si me apetecía darme un baño en ese mar que dicen que está lleno de peces.

En otra época de mi vida, aquello habría sido una fiesta en la piscina como las de las películas americanas. Hoy aquí y mañana allí. Contigo, ese, aquel y aquella (por ejemplo).

Pero esta vez era tan diferente que el simple hecho de empezar a hablar con alguien ya me producía una tremenda pereza (y no os hablo de si encima era una de esas personas con las que necesitas sacacorchos para que la conversación fluya).

Vamos, que el panorama de la soltería no me parecía ni atractivo ni estimulante. Más bien un circuito en el que no quería meterme.

Lo bueno es que tomarme las cosas con calma y disfrutar de un periodo sola, ha hecho que caiga en lo mucho que estoy disfrutando en esta etapa conmigo.

Ya sé que es evidente -claro que lo obvio no quita lo cierto-, pero para empezar mi tiempo es solo mío. M-í-o. Y no sé tú, pero a estas alturas de mi vida, no conozco a muchas personas de mi entorno que puedan decir eso.

No tengo que ponerme de acuerdo para ver una serie, para seguir con la película que quedó a medias el día anterior u organizar si este finde se veían a sus padres o a los míos.

Que sí, que son ejemplos tontos. Pero que hacer lo que te apetece en cada momento de tu vida es un lujo que solo valoramos cuando ya no lo tenemos. Te lo digo yo, que he estado en el otro lado hasta hace dos días.

Y lo mejor es que el egoísmo de este momento no tiene nada de malo, porque al final estás sola. Así que no molestas a nadie si vives a tu manera, sea la que sea.

Esa cantidad de tiempo me está permitiendo darle vueltas a muchas cosas. A qué quiero y, sobre todo, a qué no. Por mucho que haya sido un mal trago ponerle fin a la relación, es como si hubiera subido de nivel. Una digievolución emocional que me está permitiendo ver cómo puedo mejorar de cara a la próxima vez.

Aunque esto vaya a sonar cutre, es otra grandísima verdad: me gusta encargarme yo sola de mis finanzas.

Organizarme para hacer solo gasto en las ocasiones especiales que yo decida (como puede ser celebrarme a mí o irme de viaje a ver a una amiga) y en definitiva, poder ahorrar en condiciones sin desembolsos que a lo mejor antes consideraba más superfluos.

Pero sobre todo porque me he quitado el runrún de muchos agobios que traía en la mochila emocional. Si había suficiente confianza, si no, si me estaría contando toda la verdad, si me podía fiar… Esos malos hábitos que viciaban el día a día empañando la rutina.

Cuando a tu lado no hay nadie de quien esperar nada, es imposible que te decepciones. Dos no discuten si uno no quieren y dos no discuten si solo hay uno.

He perdido el miedo que me acompañaba de si estaba con la persona correcta. Ese futuro que me preocupaba que no llegara a suceder, si nos casaríamos, tendríamos hijos, un bulldog francés o una parrilla para hacer barbacoas los domingos, ha desaparecido.

Si al principio me agobiaba la idea de haber perdido esa opción, me ha tocado entender que la vida no es como mi agenda. No puedo organizarlo todo y apuntarme las citas de cada semana. Se va haciendo por su cuenta independientemente de mis planes.

Así que, ¿para qué estresarme por lo que se escapa de mi control cuando puedo disfrutar los cambios? ¿Cuando quizás los caminos me lleven a otros sitios, personas y vivencias que resulta que también me apetece descubrir y que ni me había planteado?

Duquesa Doslabios.

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Manual de uso (y disfrute) de los testículos o cómo tocarle las pelotas y que le encante

¿Sabes cuando vas por las escaleras y salen por la puerta los vecinos del piso de abajo? Saludas, intercambias un par de frases en el rellano y continúas el ascenso. Esa era la relación que mantenía con los testículos.

Para mí, no tenían importancia. Les visitas de camino porque te pillan de paso, pero tampoco paras mucho porque vas al piso de arriba, el que tiene terraza y buenas vistas.

DIM

En resumen, que si hacía esto es porque soy una digna hija de la educación sexual de mi generación, esa en la que el pene es el único elemento que tiene importancia de todo el material que guardan los calzoncillos.

Meterlo, sacarlo, volver a meterlo, chuparlo, acariciarlo, masajearlo… Todo lo que fuera salir de allí, buscar otros caminos alternativos de placer, se me antojaba un terreno desconocido.

¿Qué necesidad había? ¡Si el falocentrismo funciona siempre!

Claro que era consciente de que los testículos estaban ahí, pero como pueden estar el hígado o la vesícula. Simplemente no me planteaba que pudieran participar. Es como que ellos estaban a sus cosas, creando esperma y demás, y yo a las mías.

Ahí estaba mi primer error, hay hombres que encuentran en esa zona una grandísima fuente de placer gracias a las terminaciones nerviosas.

Ojo, que también los hay que encuentran una gran fuente de risa porque les hace cosquillas. Y un tercer grupo lo formarían aquellos que no sienten nada más allá del estímulo visual que puede ser ver nuestra performance desde abajo.

Antes de nada, asegúrate de qué tipo de testículos tienes delante, si los placenteros, los risueños o los indiferentes. Queda prohibido pasar de largo hasta que no resuelvas eso.

Y, una vez confirmes que son del primer tipo -y puedes darle rienda suelta a tu imaginación, que no va a empezar a retorcerse de carcajadas-, empieza por la articulación central que llega a la base del pene. Esa línea puede ser un buen punto de partida.

No tendrás ningún problema en dar con ella, porque es una línea más oscura que recorre el pene y sigue bajando por el escroto. Ese ‘caminito’, que recibe el nombre de “rafe”, es la cresta del tejido y un lugar que conviene que recuerdes.

A la hora de tocarlos, puedes empezar con caricias suaves, envolverlos con la mano (como si cogieras un racimo de uvas) y acariciarlos con el pulgar.

Sugerencia: recorre con la lengua la zona vertical que te he mencionado, la línea del tejido, subiendo y bajando y aplicando diferentes niveles de presión (sin espachurrar a no ser que te lo pida), así como dejando la lengua en punta o lamiendo al estilo vaca y soltando bastante saliva.

No te olvides de dedicarles atención por separado lamiendo un testículo y luego otro o incluso metiéndolos en la boca. Mejor si evitas la succión y te limitas a introducirlos y acariciarlos con la lengua por dentro (si te entran los dos, pues estupendo).

En el momento de llegar al orgasmo, también puedes hacer participar a los testículos o bien elevándolos un poco hacia la base del pene (que ya estarán ahí colocados) o bajándolos con suavidad, lo que hará que se prolonga la sensación de placer.

Y, ante la duda, pregúntale sin vergüenza. No venimos con manual de instrucciones y si quieres hacerle disfrutar, nadie mejor que él para que te diga qué le gusta más.

Duquesa Doslabios.

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Ya vas tarde si no usas Bizum para ligar

Los caminos del ligar son tan inescrutables que nunca sabes con quién vas a acabar hablando por comentar una foto en bañador.

Yo, por ejemplo, soy una firme defensora de que, teniendo Instagram, ya no hace falta darse de alta en las webs de ligar. Aunque varios amigos que encontraron a su pareja escondida detrás de un swipe parecen llevarme la contraria.

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Está también quien consigue triunfar en aplicaciones de venta de segunda mano, tratando de sacarle algo a esas zapatillas de deporte que se pasaron de moda en 2010 (aunque sea entre un público de gusto retifista, quienes disfrutan lamiendo zapatos usados).

Gamers que ponen a prueba no solo sus habilidades en los videojuegos, sino su capacidad de seducción con una pantalla de por medio a través del Fortnite o la nueva moda: cartera (digital) en mano, conquistar vía Bizum.

La primera vez que puse a prueba la estrategia por excelencia -en mi caso pedirle el número de teléfono para pagar una partida de bolos a la que llegué con retraso- , mi intención era hacer una transferencia real.

Tanto que, cuando luego él me preguntó por qué hablar por Instagram si tenía su WhatsApp, ni se me había pasado por la cabeza hacer un uso diferente de aquella información.

Y con un rápido paseo por Twitter confirmo que he debido ser la única en no llegar a la conclusión de que era la mejor excusa.

Lo bastante natural como para no despertar sospechas y a la vez infalible, al ser raro recibir un ‘no’ como respuesta (porque todos queremos que nos salden las deudas, aunque sean los 5,50 euros de la bolera).

Las ocurrencias para alcanzar el objetivo -la preciada cifra de nueve dígitos- cambian en función de si es un desconocido o no.

Si no se conoce de nada a la otra persona, puedes fingir que no tienes efectivo para una máquina expendedora, que lo pague él o ella y luego conseguir su teléfono para devolvérselo.

Si es alguien conocido con quien se quiere pasar al siguiente nivel, siempre se puede aprovechar la ocasión de un plan grupal para pedirle que te invite y luego hacerle la transferencia por Bizum.

Otra estrategia, si ya tienes el número y quieres salirte de lo convencional, es mandar una cantidad simbólica y decir que invitas a un café/cerveza por ser viernes. Para que se lo tome a tu salud y se plantee si quiere hacerlo en tu compañía próximamente.

La imaginación es el límite, ¿te atreverías a probarlo?

En San Valentin celébra(te) estar soltera

Llámame “típica”, “ñoña”, “romántica”, “cursi” o “novelera”, que me va a dar igual. Estando en pareja me encantaba San Valentín.

Me encantaba de la misma forma que el día del padre o de la madre hago un plan familiar especial. O como cuando es el día de la croqueta le escribo a alguna amiga que tocaría meterse una buena ración entre pecho y espalda.

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Porque por mucho que todos los días queramos a la pareja, a los padres -y a las croquetas, claro-, cosas tan bonitas de la vida que nos hacen tan felices merecen tener su propia fiesta.

Así que mi pregunta -por y para mí- solo podía ser una. ¿Qué iba a pasar con mi idea de San Valentín estando soltera? ¿El día de los enamorados me incluye si no estoy en pareja o no hay un crush en el punto de mira al que invitar a cenar?

He decidido que sí. Que en mi primer San Valentín soltera después de muchos años en una relación, me toca celebrarlo de alguna manera.

Hay algo que no cambia respecto a los otros 14 de febreros: el amor.

Los anteriores años eran la excusa perfecta para hacer algo especial entre los dos, aunque especial fuera algo tonto y no necesariamente digno de compartir en Instagram.

Pero cocinar una cena codo con codo puede ser tan romántico como cualquier ramo de flores que te manden a casa con forma de corazón.

Para 2021 he decidido celebrar el amor por el que he decidido estar sola, el que me profeso hacia mí misma.

El mismo que me llevó a tomar la decisión de separarme, de empezar una nueva etapa individual. Así que el homenaje me lo daré a mí, recordando por qué me puse por delante para cuidarme, cómo estoy, cómo va mi autoestima, cómo puedo quererme más, qué capricho (¿por qué no?) puedo concederme hoy para mimarme…

Y, por supuesto, cómo puedo darme placer, cómo hacerme disfrutar.

Porque todo lo que sea conocerme, es una forma de celebrarme. Un buen libro, un masaje, la subscripción a esa plataforma de Streaming o un juguete sexual entran en mi top de regalos personales en este día.

Si bien el furor por los succionadores de clítoris está más que justificado (y para mí es el nuevo básico del cajón de la mesilla de noche), también unas bolas chinas me parecen una buena idea -siempre es un buen momento para empezar a trabajar la musculatura del suelo pélvico-.

Sin olvidar el vibrador conejito, un buen recuerdo de que las ramificaciones del clítoris rodean la zona interior de la vagina.

“La cuestión es que si te apetece probar algún juguete, lo hagas sin ningún tipo de recelo. Son buenos complementos para tu sexualidad, a solas o en pareja”, me recuerda Lorena Berdún, psicóloga y sexóloga (podéis encontrarle en lorenaberdun.es).

“Cuando te conoces bien, sabes qué es lo que te gusta, cómo responde tu cuerpo ante determinada estimulación y, por lo tanto, estarás más preparado/a para guiar a una posible pareja. Cuando te abres a otra persona y tienes la confianza para decirle lo que te gusta, las relaciones sexuales pasan a un plano mucho más rico y nutrido“, afirma.

Y aunque mañana no pueda darme el gustazo con nadie, me puedo encargar igualmente de que sea un gran día del amor de mi vida, yo. La persona con la que, a ciencia cierta, voy a tener la relación más larga.

Duquesa Doslabios.

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¿Una diferencia entre ‘Los Bridgerton’ y ‘Juego de Tronos’? Cómo se graban las escenas de sexo

Hay todo un mundo de distancia entre los desnudos o escenas íntimas que podíamos ver en Juego de Tronos y las de ahora en series como Los Bridgerton, Sex Education o Euphoria.

Antes bastaba con incluir en el guión que tocaba quitarse la ropa, un coito, la interpretación de una felación… Las nuevas producciones cuentan con una figura nueva en el set: la coordinadora de intimidad.

Netflix

Un puesto que idea la coreografía para la filmación de los momentos sexuales después de un encuentro previo al rodaje entre los actores, comunicando sus preferencias.

Una reunión para saber qué les haría sentir cómodos para crear una escena capaz de respetar todos los límites.

Como si fueran una lucha o parte de un momento musical -con todos los bailarines moviéndose de un lado al otro- las escenas de besos y caricias, se ensayan y se graban siguiendo los pasos.

Y lo raro es que, hasta ahora, esto no existiera, no fuera necesario. Que todo lo relativo a escenas íntimas quedara en manos de un director que hacía y deshacía sin tener en cuenta los deseos de los actores.

Solo si nos da por repasar algunas de las escenas de películas de éxito podemos entender la dimensión del problema. Cuando no siempre los contactos físicos o la desnudez han sido fruto del consentimiento.

Como el caso de una Maria Schneider de 19 años que no sabía que iba a ser forzada por Marlon Brando debido a la ocurrencia de Bernardo Bertolucci en El último tango en París.

Por su idea de untar sus genitales con mantequilla delante de la cámara sin que ella estuviera informada y quitándole hierro con el “Es solo una película”.

Ese es el problema, que cuando ella pasó el resto de su vida sin poder volver a desnudarse delante de una cámara -con varios intentos de suicidio por el camino y adicción a las drogas-, no es solo una película ni una serie.

Es la historia de siempre, de forzar en contra de la voluntad. Y, en este caso, en el nombre de un bien mayor, que ya puede ser la próxima película ganadora de varios Oscar o la serie estrella de la plataforma de streaming de turno.

Porque solo sabiendo a qué atenerse, qué va a pasar y respetando dónde están los límites, se puede trabajar con dignidad.

Eso también forma parte de los derechos humanos, el derecho a “condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo”, condiciones que no pasen por sentir miedo, humillación, sometimiento o abuso.

Así que si la solución es convertirlo en una danza de caricias y besos detallada en el guión, que se haga desde ahora y en todas las producciones, ya sean películas o series.

Sin que se repita la historia de una Emilia Clarke llorando en el baño antes de rodar la escena de Daenerys desnudándose, la de una Emma Stone padeciendo un ataque de asma en plena escena de sexo por la tensión a la que estaba sometida o la de Evangeline Lilly en Lost sin poder dormir después de ser grabada semidesnuda.

Sin más nombres de mujeres que terminan con los nervios destrozados en el nombre del séptimo arte ni de ningún otro.

Duquesa Doslabios.

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¿Y si lo que no hay que hacer en una primera cita es lo que deberíamos hacer?

Soy toda una experta en pasar vergüenza en las primeras citas. Y parece que, con los años, he perfeccionado mi habilidad de vivir momentos humillantes.

Uno de los más incómodos fue cuando me dio un tirón en la pierna y tuve que hacer estiramientos en pleno afterwork.

Contorsionarme para estirar la ingle me ayudó a no pasar desapercibida, no ante la otra persona, pero sí en general.

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Aunque aquella vez que me escogió una paloma como su inodoro portátil también es digna de recordar.

Pero qué le voy a hacer si me pueden los nervios y mi primera frase suele ser algo tan absurdo como “Soy tu solución para tener hijos altos”.

Me preocupa, como a cualquiera, que en ese encuentro, salga todo de la mejor manera. Que mi pelo esté en su sitio, la piel sin granos, el look de infarto…

Una excelencia que no tiene sentido, que no es real porque no suele representarnos. Y aun así, ¿por qué queremos que todo sea redondo?

Que el encuentro vaya bien -sin demasiados episodios embarazosos-, que el plan pase al recuerdo o nos trabajemos la imagen con cuidado, nos da resultado.

No tiene por qué acabar en una relación, pero sí ayuda a mantener vivo el interés y dar pie a nuevos planes en el futuro.

Propongo darle la vuelta, ser tan naturales que lo normal incluya también un moño deshecho o una cita con gafas dejando las lentillas en casa.

Pero cuidado, no digo que nos movamos al extremo contrario y se convierta el chándal con pelotillas (y manchas de las que ya no salen ni en la lavadora) en el atuendo oficial de ir a una cita.

Sí me refiero a un punto medio, más cercano a nuestra persona, tanto por dentro como por fuera.

Porque es ahí, tanto cuando vas al estilo de tu día a día o cuando te equivocas (y quieres que te trague la tierra), que te ríes y te liberas de la presión por el 10.

Que vives algo más parecido a lo que es tu vida fuera de ahí. Quien eres tú.

Equivocarse, tropezarse, incontinencia verbal, un pedo que se ha escapado en el peor momento y lugar, ese pelo por dentro de la boca que no consigues quitarte con la mascarilla…

En resumen, mostrarte tal cual, con defectos. Los mismos que hacen que ese alguien pase de gustarte un poco a que no te importe aceptarlos en el pack, porque incluso con los fallos -la otra persona-, nos sigue encantando.

Solo desprendernos de los agobios que vienen impuestos es la verdadera señal de que estamos cómodos en su compañía.

Y es que, ¿no es eso lo que queremos al fin y al cabo? ¿Alguien con quien poder ser auténticos?

Duquesa Doslabios.

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Hombres del mundo, es el momento de romper este tabú sobre el sexo

No hace falta que él lo diga en alto. En el mismo momento que notas su cuerpo crispándose, justo cuando tus manos se acercaban al culo -a esa zona sagrada e intocable que muchos hombres consideran su ano-, ya sabes que aquello no le está gustando.

Que tu intención fuera la de continuar la incursión con un dedo o un juguete algo más grande, es lo de menos. Es raro (muy raro), dar con alguno a favor de experimentar con el culo si se trata del suyo.

CALVIN KLEIN

[Y recalco la parte de que sea el suyo, porque de la obsesión por el ano ajeno podría escribir un tema entero.]

Aunque más curiosa me parece todavía la explicación que dan para justificarlo. “No es lo mismo para hombres que para mujeres, a vosotras os gusta”, he llegado a oír cuando el tema ha salido.

Como si a la hora de formarse nuestro sistema digestivo en el útero materno, a las mujeres nos pusieran pequeños clítoris revistiendo el tracto y a ellos pistolas táser.

El primer mito a derribar es que las sensaciones son diferentes. El ano es exactamente igual independientemente del género: un esfínter para expulsar los excrementos. Fin. No tiene más misterio.

Entonces, ¿a qué viene tanto alboroto, tanto susto y tanto miedo cuando se trata de introducirles algo por el culo?

Para mí, la diferencia está clara. Si se trata de nosotras, el ano no está mal visto.

Que una mujer experimente con su sexualidad es siempre motivo de celebración. Ponte escotazo, la falda más corta, ese tacón que te empodera, besa a tu amiga en el botellón, métele la lengua, haz un trío con tu novio y otra chica, usa ligas, prueba el sexo por detrás…

Cambia mucho la cosa si es un hombre el que se besa con su amigo o el que se permite el lujo de probar a qué viene tanto misterio con el punto erógeno del culo.

A día de hoy muchos llevan tan interiorizada la homofobia que saber que su amigo ha disfrutado de una buena comida de culo, un beso griego realizado majestuosamente, es sinónimo de vergüenza.

No vaya a ser que caiga un “gay” o un “maricón” en la conversación, que ante el grupo peligre la hombría, que se cuestione que se es tan macho como los demás.

Lo preocupante no es solo que factores externos -y encima discriminatorios-, condicionen a la hora de conocerse en el ámbito más íntimo. Ese que se queda entre nosotros y las paredes de la habitación.

También que, a estas alturas, se relacione la masculinidad con cosas que son totalmente ajenas a ella.

Si que pruebe el sexo anal no me convierte en menos femenina, en menos mujer, no debería suceder tampoco a la inversa (y eso también es feminismo).

Nos toca cambiarlo. Y es algo que va desde liberarse de prejuicios y probarlo, hasta cortar al cuñado que hace el comentario homófobo de turno sobre quienes -con más huevos que él- viven su sexualidad con libertad.

Lo que hagas en la cama no te define como persona. Solo es un culo.

Y, créeme, te va a gustar.

Duquesa Doslabios.

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No es tan mala idea hablar con tu ex si es para pasar página

Soy de las pocas excepciones que, en ese año tan raro que fue 2020, no rompió su relación por causa de la cuarentena. Al revés. Estar confinada con mi -ahora ex- pareja no supuso ningún inconveniente ni añadió dificultad a nuestra relación.

Ya que la ruptura fue después (y por una causa nada relacionada con pasar tiempo juntos), me enfrenté a las nuevas restricciones con una mudanza, mucho tiempo libre, demasiada gente en común en redes sociales y pocas opciones de escapar de todo aquello haciendo un retiro espiritual en un pueblo cualquiera, lo que realmente me pedía el cuerpo.

Enfrentarse a una separación es complicado siempre. Lo ha sido para mí en la recta final de mi veintena y lo está siendo para un amigo de la familia que se ha divorciado al poco de cumplir 60 años.

PULL&BEAR

Asumir el cambio de vida, el fin de una etapa o las nuevas rutinas que tienes que empezar a crear de cero y por tu cuenta, son siempre parte del proceso.

Pero cuando viene acompañado de la sensación de soledad de no poder casi reunirte con las amigas o refugiarte en abrazos y besos de conocidos que viven tus penas como propias, ¿cómo seguir adelante?

Hay dos momentos de mi vida sentimental que me han enseñado sobre mí misma más que cualquier otro. El primero fue cuando me desenganché de una relación tóxica. El segundo ha sido este.

Y no las pongo al mismo nivel ni mucho menos. Pero si en la primera vez averigüé lo que no quería volver a encontrarme en mi vida, en la segunda lo puse en práctica sin dudar.

No hubo dudas, remordimientos ni miradas hacia el pasado. Solo la certeza de que había aprendido la lección y había tomado la vía correcta.

Al principio fue de todo menos sencillo. Durante el primer mes repasaba cada poco tiempo sus redes y recorría los lugares en los que habíamos construido recuerdos juntos durante los últimos los años con un nudo en el estómago.

Llegó el punto de inflexión cuando lo que más me exasperaba era sentir que yo era la única que estaba viviendo ese sufrimiento, que a la otra persona no le importaba nada.

Que pese a no haber sido yo quien había fallado en la relación, era quien peor lo estaba pasando, quien no conseguía dejar todo atrás y avanzar.

Así que hice algo que desaconsejan en todas las normas no escritas cuando atraviesas una ruptura: le escribí para preguntarle su secreto.

Quería saber cómo hacía para evitar saber sobre mí, cómo aguantaba las ganas de escribir, cómo había dado todo tan por perdido…

Y no fue hasta ese momento, en el que tuvimos una conversación por WhatsApp, que pude escribir el punto final.

Lo mejor es que de todas las preguntas que me formulaba en mi cabeza y que le expuse en aquel momento, solo pudo contestarme a una: no me buscaba para no hacerse daño. Tan sencillo y obvio como eso.

Entendí que el hecho de no saber todo lo que podía estar pasando por su cabeza, de no entender sus motivos de no volver a querer saber nada, era algo que debía aceptar y con lo que me tocaría vivir.

Tenía dos opciones: quedarme anclada dándole vueltas a las cosas sin llegar a ninguna respuesta, porque lo mismo ni siquiera él la tenía (y si la tenía, no iba a compartirla conmigo), o soltar y salir del bucle.

Desde ese momento no he vuelto a pasar por su perfil y tampoco he tenido ganas de hacerlo. Tantos conocidos en común hacen que de vez en cuando se cuele en el mío.

De fondo, en alguna historia, soy capaz de reconocerle. La diferencia es que puedo decir que esas intrusiones ya no me aprietan las entrañas.

No siento nada.

Consciente de que ha sido un cierre poco convencional, es el que me ha servido a mí y el que realmente me ha ayudado a la hora de avanzar.

Ha pasado de ser personaje principal a un extra, un figurante más que ya no es relevante en la trama donde he vuelto a ponerme en el puesto de protagonista.

Y solo yo escribo la siguiente página.

Duquesa Doslabios.

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