El ‘slut shaming’ o por qué se nos juzga a las mujeres por nuestra vida privada

#StopPeriodismoMachista se convirtió ayer por la tarde en el tema más candente de Twitter después de que un diario afirmara que la carrera profesional televisiva de una economista y presentadora, Marta Flich, se debía a una relación que mantuvo con un nieto de Franco.

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Y, como dos imágenes se entienden mejor juntas, tengo también el ejemplo de una conocida modelo española, casada con un futbolista, que escribió a una revista para darle las gracias por haber sido incluida en un artículo con su nombre y apellido, y no como “la mujer de”.

Aunque pueda parecer que no tienen nada que ver una con la otra, el trasfondo es el mismo. Ver a las mujeres triunfando por sí mismas, por lo visto, es algo que a muchos les pica.

Era algo que ya empecé a sospechar en la carrera, cuando ciertos compañeros rabiosos susurraban por lo bajo que aquella o aquella otra solo había conseguido las prácticas en televisión por haberla chupado o haberse puesto a cuatro patas.

Rabiosos porque, la verdad, es que ellas habían conseguido ese trabajo por horas extra de prácticas en la universidad y más dedicación al estudio que el que estaba a mi lado quejándose, un compañero que, me consta, pasaba todas las tardes con sus amigos en la calle.

Utilizar la vida personal o sexual para desacreditarnos, es algo muy típico, tan típico que, como a mí me sucedió, ni llegué a extrañarme del odio que destilaba el comentario del que se sentaba a mi lado. A fin de cuentas, no era la primera vez que lo oía ni sería la última.

Y aunque el caso de Monica Lewinsky y Bill Clinton nos pilla un poco lejos, tenemos más a mano el suicidio de la trabajadora de Iveco por la difusión de un vídeo sexual con el consecuente acoso y derribo que padeció en el trabajo.

Lo que todas ellas comparten, es el denominador común del slut shaming, cuando te critican por tu vida sexual, ya sea pasada futura, analógica o digital.

Y por mucho que, racionalmente, quiero pensar que la mayoría somos conscientes de que nadie puede juzgar sobre las decisiones que toman los demás sobre su propio cuerpo, en un estudio sobre el tema encuentro una frase anónima que resume el éxito de este método.

“Cuando quieres desacreditar o humillar a una mujer, acusarla de ser zorra siempre funciona“.

Las exparejas, las parejas actuales, la coletilla de “pareja de” antes del nombre, la difusión de unas imágenes hasta el hastío o el comentario del tipo (o tipa, ojo) de turno afirmando que solo ha llegado a un sitio “por sexo”, son todo variantes del slut shaming, un problema del que, las únicas víctimas, por desgracia, somos las mujeres.

En todos los casos, la sexualidad es algo que se somete al escrutinio, que se nos es arrebatada y que se utiliza en nuestra contra quitándole valor, despersonalizándola, haciendo de su privacidad lo que la define como ser.

Me parece especialmente revelador que, en un estudio realizado en 2018 para el diario alemán Sex Roles, un 37% de los encuestados mostraron prejuicios ante mujeres en puestos de poder.

Porque, lo que hay detrás del slut shaming, de las persecuciones en los medios, en persona o en redes, lo que muestran en realidad, es el desprecio general que existe a que las mujeres tengamos éxito.

Duquesa Doslabios.

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‘Bonding’, lo nuevo de Netflix sobre BDSM… o no

Desde que las plataformas de contenido en streaming han empezado a reclamar su trozo del pastel, las producciones de la pantalla tratan todo tipo de temas, y el sexo, afortunadamente, empieza a ser uno de los más recurrentes.

FACEBOOK BONDING

Hace unos meses ya os comenté mi opinión sobre Sex Education, una serie que nos ayudaba a repasar algunos conceptos básicos sobre la sexualidad.

Bonding ha sido mi segunda experiencia con las ficciones de tono subido (que no subidas de tono). De producción propia, la serie habla sobre una dominatrix profesional que le pide a un antiguo amigo que sea una mezcla entre su asistente y su guardaespaldas.

Pero más allá de eso, hay muchas otras virtudes que convierten a Bonding en nuestro próximo producto de temática sexual preferido, salido de la pequeña pantalla.

Para empezar, y jugando con nuestra vena voyeur -esa que todos tenemos en mayor o menor medida-, la serie nos permite colarnos en el mundo desconocido (para la mayoría) de la dominación. Abordado de una manera muy ligera, dicho sea de paso, pero muy divertida, consigue su objetivo: que podamos conocer cómo es la profesión de ama.

Y, spoiler alert, no es tan sencilla como parece.

Otra gran cualidad de Bonding es que representa una sexualidad más variada que la mayoría de las series que encontramos en la parrilla de este tipo de plataformas. Con un coprotagonista gay con un desarrollo y peso en la trama casi más importante que el de la dominatrix, queda en evidencia que necesitamos más homosexualidad en las pantallas.

Es curioso conocer mediante los diferentes casos que atiende la ama cómo se integra el BDSM en cualquier tipo de relación, cómo lo gestiona una persona soltera o una pareja casada, algo que deja claro que, como una buena camisa blanca, funciona con todo.

Además, abre las miras de lo variadas que pueden ser las parafilias, más allá de la clásica lluvia dorada o los tipiquísimos azotes, hasta el punto de imaginarnos que hay alguien en el mundo que puede encontrar excitante vestirse de pingüino.

En definitiva, es una serie perfecta para liberarnos en muchos aspectos, en animarnos a experimentar y probar cosas nuevas, en coger ideas, pero, sobre todo, en sentirnos lo bastante confiados como para sincerarnos sobre lo que nos gusta y, por supuesto, disfrutarlo.

Duquesa Doslabios.

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El machismo del ‘sugar dating’ o por qué quieren que nos gusten hombres mayores

Si parecía que, a estas alturas, no podían llegar más páginas web para ligar por internet, las de sugar dating cada vez están más en alza en España. Para quienes desconozcan el término, consiste en poner en contacto a un hombre mayor, presumiblemente de alta posición social o económica, con una mujer joven a la que pasaría una asignación mensual o facilitaría un estilo de vida, que, en principio, sería inalcanzable para ella.

SUGARDATERS FACEBOOK

El olor a gato encerrado es difícil de esconder, aunque se le haya puesto por encima una gruesa capa de azúcar, que es lo que intentan quienes están detrás de estas páginas de contactos.

Sobre todo cuando, uno de los principales argumentos que esgrimen para legitimar el sugar dating es criticar duramente que se juzgue que una mujer pueda buscar a un hombre de una posición alta hasta el punto de considerarlo machista.

Claro que estamos en un momento social en el que gozamos de más libertad que nunca, claro que una mujer es libre de salir, relacionarse y divertirse con quien quiera pero, ¿es ese el verdadero dilema de estético de citas o más bien una cortina de humo que pretende desviar nuestra atención mientras realizan el truco a nuestras espaldas?

Y es que sí es machista el hecho de considerar que las mujeres somos un objeto. Porque por mucho que la web hable en general de mujeres cuando se refiere a sugar babies, lo cierto es que se encuentran entre los 18 y los 27 años. Es raro encontrar candidatas pasada esa edad porque a los propios sugar daddies no les interesa.

Es machista de manual cosificar, tan machista como el A mí me gustan mayores o todos esos refranes que buscan perpetuar la idea de que la mujer parece estar más predispuesta a relacionarse con un hombre que supere con creces su edad que a fijarse en los de su entorno.

Este es el principal beneficio de los usuarios, que pueden acceder a una red de contactos de mujeres jóvenes que, en el caso de tener más años, no les producirían ningún interés. Pero, ¿qué significa que busquen juventud antes que experiencia, madurez o una persona con una vida semejante?

No ya solo el físico, sino una relación sexual que, de otra manera no podrían tener. Y solo hace falta una búsqueda rápida en internet para descubrir en capturas de conversaciones que el sexo es el objetivo de la mayoría de sugar daddies. Es decir, acceso a la cama a cambio de un estilo de vida de lujo o de dinero. ¿No os suena de algo? Yo os ayudo. Empieza por “P” y acaba por “rostitución”. Por tanto sí, sí es machista proponer este servicio.

Es especialmente revelador que un porcentaje íntimo de los sugar daddies sean mujeres, lo que demuestra dos cosas: en primer lugar la existencia del techo de cristal -la dificultad que tenemos por llegar a un nivel socioeconómico por la discriminación en el entorno laboral- y, en segundo lugar, que es un servicio pensado en su mayoría por hombres.

“Todos y todas pueden dar el braguetazo”, encuentro en una de las webs de este tipo de citas, una frase ante la que no puedo evitar soltar una carcajada. Quizás en el mundo ideal de fantasía de los creadores de estas páginas sí, pero no en la vida real.

La diferencia entre la proporción de hombres y mujeres, en uno y otro lado, habla por sí sola, y lo que revela es que esto, más que un braguetazo, es una vía de prostituirse muy maquillada con términos como sugar baby.

Encontrar que quienes lo defienden llegan incluso a ondear la bandera del feminismo (en la dirección del viento que les interesa, claro) no deja de sorprenderme. Ya que es una aparente lucha por la libertad de que (solo) las mujeres más jóvenes puedan apuntarse y convertirse en el cebo cárnico de sus clientes sin ser estigmatizadas.

El objetivo del sugar dating no es empoderar a la mujer, el objetivo es tener la suficiente variedad de candidatas como para que los clientes paguen las cuotas mensuales que les permitan acceder a ponerse en contacto con todas ellas.

Que los beneficios sean por parte de los clientes, que acuden en busca de juventud y barra libre de sexo por su nivel de vida, promueve no solo el estereotipo de que como hombre, ‘tienes derecho’ a tener sexo con quien quieras -hasta con mujeres a las que doblas la edad que, de otra manera, no tendrían interés en ti-, sino el tópico que tu valor reside en tu cartera, y que cuanto más grande mejor. No necesitas nada más para impresionar.

Pero también mantiene la tóxica idea de que las mujeres, desde muy jóvenes, tenemos un precio. Solo hay que estar dispuesto a pagarlo en efectivo o en forma de exclusiva suite de París. Pero, un momento, aceptar que tengan derecho sobre nuestros cuerpos, derecho que no se concedería si no fuera por estas páginas de contactos, ¿no es mantener la cultura de la violación?

Duquesa Doslabios.

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El misionero puede ser la postura sexual más divertida (si sigues estos consejos)

Los puentes sobre el río Madison, un Cadillac, el Chanel 2.55, los álbumes de los Beatles, el sillón Egg de Arne Jacobsen, una fotografía de Helmut Newton o el misionero tienen algo en común, entran en la categoría de clásicos.

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Amada y denostada a partes iguales, la postura más conocida del sexo juega con la ventaja de lo placentera que resulta para los participantes, pero también con que, de lo fácil, tendemos a recurrir a ella más que a otras, lo que la convierte en un básico poco sorprendente de nuestro repertorio.

Y aunque siempre podemos poner música de fondo (cualquiera de los discos de los Beatles, ya que los he mencionado), hay más formas de añadirle picante.

Como todo en esta vida, el secreto no está tanto en la posición que escogemos sino en la actitud que ponemos al elegirla. De nada sirve repasar el kamasutra si las ganas que ponemos al hacerlo son las mismas con las que contestamos los mails de trabajo el lunes a primera hora de la mañana.

El misionero se adapta a todo: puede ser romántico con intercambio de miradas, puede ser salvaje con mordiscos, puede ser duro con arañazos o puede ser profundo y suave haciéndolo más tierno.

¿La clave? No centrarse tanto en la postura sino en la experiencia, en el momento. De hecho, ¿por qué no aprovechar la coyuntura, y con coyuntura me refiero a tener su oreja a la altura de tu boca, y decirle lo que te está gustando, lo mojada que estás o que quieres sentirle más lento, pero hasta el fondo?

Encuentra la postura que mejor te funcione. El misionero no es solo tirarte en la cama con las piernas abiertas y esperar a que hagan todo el trabajo. Arquea la espalda, estira los pies, apóyate sobre la punta de los dedos, ayuda con el movimiento… Puedes incluso añadir un cojín que te haga estar con la cadera más incorporada.

Las dos manos libres te permiten jugar. Puedes pasarlas por su cabeza, su espalda, puedes agarrar las nalgas, acompañar con las manos o incluso tocarte. Y es que no hay nada más placentero que poner en práctica las posturas con el clítoris a mano (literalmente).

Es quizás ese uno de los grandes inconvenientes del misionero, que la estimulación femenina en esa zona brilla por su ausencia. O bien te encargas tú de ella o le pides a la otra persona que realice un poco de TAC. No, no es que te haga un diagnóstico médico en pleno polvo.

El TAC es la Técnica de Alineación en el Coito (hablaré de ello más adelante), una variación del misionero que consiste en que el hombre se alce un poco para que su pubis alcance el clítoris y lo estimule con el movimiento.

¿Te parece una variante simplona? Pues más de la mitad de las mujeres que la integraron en su rutina, llegaron al orgasmo según un estudio publicado en el Journal of Sex and Marital Therapy.

Así que, llega el momento de hacer del misionero algo menos más religioso y más visceral, que suele ser lo más divertido del sexo.

Duquesa Doslabios.

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¿Por qué parece que se desgasta el amor cuando se acerca el verano?

Si algo ha conseguido la ruptura de Irina Shayk y Bradley Cooper es recordarnos lo que parece el efecto negativo (e inevitable) del verano sobre nuestras relaciones.

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Al poco de que empiezan las vacaciones, las campañas contra la velocidad, el uso del cinturón o la precaución al volante, nos rodean y es que en los meses de junio, julio y agosto vienen curvas, y no solo sobre la carretera.

No vamos a engañarnos a estas alturas de nuestra relación, sabemos que la época estival es el mejor momento del año para estar sin pareja, un efecto contrario al que parece que sentimos cuando se aproxima la Navidad.

El frío y las ganas de quedarse en casa hibernando bajo una buena manta con un maratón de películas parecen pedir a gritos una persona con quien compartirlo para entrar en calor.

Sin embargo, hay a quien, una vez se le ha pasado el furor por hacer piececitos con los calcetines de lana, los polvos con el chisporroteo de la chimenea de fondo o las digestiones después de las comilonas familiares en compañía, las ganas de estar junto a alguien van descendiendo mes a mes.

Culpo a los anuncios de cerveza de las altas expectativas que se nos han hecho respecto al verano y a sus historias de amor.

Aunque la publicidad tiene algo de cierto: los viajes, el tiempo libre en la ciudad como para visitar esos sitios que se resisten el resto del año, planes de todo tipo con las amistades, conocer lugares y culturas desconocidas…

Es el periodo por excelencia de conocer gente nueva o volver a encontrarse con aquellos ligues de verano que resisten el paso del año como los últimos granos de arena que encontramos tiempo después cuando llega el momento de hacer la primera maleta.

Y si igual pensabas que esto era algo excepcional, como el caso de Irina y Brad, deja que te diga que el efecto del cambio de estación es real llegando incluso a convertirse en una extraña tendencia que se conoce como Seasonal Dating Disorder o el trastorno de las citas estacionales.

Creo que la mayoría, especialmente entre los 16 y los veintipocos hemos pasado por un ssd prefiriendo liberar nuestro estado civil ya que sabíamos que tampoco aquello iba a ningún lado.

Porque esa es la clave de los amores que se enfrían cuando suben las temperaturas, que realmente alguien no estaba preparado para aquello, que veía grande o en mal momento, y que para eso, mejor separar los caminos (especialmente si llevan a la playa).

Claro que no son todos los casos. Hay parejas que resisten el paso del tiempo a cualquier edad y hacen del verano un momento igual de intenso e inolvidable.

De hecho, es en esta etapa del año, cuando puedes permitirte pasar más tiempo de calidad, cuando puedes viajar, follar en cualquier lugar, morder las marcas del bañador, ver la puesta de sol sentados en el puerto y hasta hacer la ruta de los mejores helados de la ciudad.

Duquesa Doslabios.

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Que me invites a una copa no significa que tengas derechos conmigo

Hoy, domingo, vengo con un cuento. ¿Empiezo?

Esta es la historia de una chica que, después de una noche de fiesta divertida en la que bailó, bebió, rió y conoció a gente que le llamó la atención, quiso escribir al chico con el que había estado hablando el día anterior en la discoteca.

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Después de presentarse e identificarse como la chica que llevaba “aquel vestido vaquero”, su interlocutor le pidió si podía ingresarle el dinero que había gastado en invitarle a copas.

Según él, y cito textualmente la conversación: “No volvimos a casa juntos y por tanto no me ha merecido la pena perder el tiempo”.

Esta historia, que parece no solo surrealista porque haya sucedido en 2019 sino también por el poder que tiene la igualdad hoy en día, por la incansable lucha de las mujeres por no seguir siendo cosificadas, es, desgraciadamente, real.

Y aunque le sucediera a una estudiante en Reino Unido, ¿no os resulta familiar? Puede que no de la misma forma, puede que no con copas, puede que fuera una cena, un regalo, pasar al reservado o cualquier otra cosa.

Nunca he tenido una conversación del estilo, eso para empezar, pero sin tenerla, muchas de nosotras nos negamos a aceptar invitaciones de este tipo porque, por desgracia todavía hay mucha persona suelta (y al chico de nuestro ejemplo me remito) que se piensa que tiene algún tipo de derecho simplemente por habernos invitado a una bebida.

Es algo que en sus cabezas funciona como un trueque, un contrato que, aunque no es necesario verbalizar, no deja de ser irrompible: “yo te doy alcohol, tú me das sexo”. Uno más uno, dos.

De hecho, de una situación parecida sale también el popular término ‘pagafantas’ con su respectiva connotación negativa: el amigo o conocido de turno que se encarga de pagar las bebidas sin pasar nunca a la siguiente base y, cuya única intención con la chica, no es otra. Si solo quisiera su amistad, e invitara a beber algo sin segundas lecturas, se le llamaría ‘amigo’.

Es como si el ticket de consumición funcionara igual que en la puerta de la discoteca. Dos copas, doce euros. Una copa, un par de bragas al suelo.

Recuerdo también, hace un año, cuando en un fin de semana de escapada con mis amigas, un grupo de chicos nos preguntó en qué discoteca estábamos. Cuando llegaron, nosotras nos volvíamos al hotel y uno de ellos me cogió del brazo diciendo que de irnos nada, que habían ido hasta allí por nosotras.

Después de decirle que no volviera a tocarme, le dejé muy claro que nosotras éramos libres de hacer lo que quisiéramos al igual que ellos lo habían sido de quedarse en su casa o de lanzarse a la calle, pero en ningún caso habíamos contraído ningún tipo de deuda con ellos. Ni de ese tipo ni de ningún otro.

El problema es que todavía se sigue pensando que las mujeres tenemos un precio. Aunque claro, ¿cómo no pensarlo teniendo en cuenta lo poco que se hace para abolir la prostitución? ¿Cómo no pensarlo si todavía seguimos prolongando, de una manera o de otra, la teoría de que las mujeres estamos a la venta?

No digo que no haya hombres que no inviten a beber algo con buena intención porque realmente les apetece pagar (hay de todo en este mundo, tampoco voy a ponerme catastrofista), pero no siempre va a ser ese el caso.

Por eso, ya de primeras, mis copas me las pago yo, que no necesito a nadie que las pague por mí. Y, si quieres hablar conmigo, que sea sin que pienses que tienes poder alguno sobre mi persona, sino que sea de igual a igual. Y, una vez puestos a la misma altura, veremos a dónde nos lleva la noche.

Duquesa Doslabios.

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Juguetes pequeños pero matones, las máquinas de orgasmos para el clítoris

Pensar en un juguete sexual femenino tiene una respuesta automática en nuestro cerebro: un brillante y gigantesco dildo. Son tan vistosos, popularizados por las películas de cine X y por qué no, provocativos, que es hasta normal que sean los primeros en venir a la mente.

El Blog de Lilih Blue

Sin embargo, su fama no está tan merecida como pensamos y pisan mucho más fuerte los que estimulan el clítoris. En tan solo unos pocos milímetros cuadrados reunimos más de 8.000 terminaciones nerviosas (el doble que el glande), por lo que resulta mucho más lógico que los fabricantes de juguetes cada vez ofrezcan más variedad en artículos ideados para esa parte del cuerpo.

Mucho más discretos, quizás no son a los que antes se van los ojos cuando se entra en un sex shop. De hecho, es hasta probable que tengas que preguntar por ellos o que no los identifiques a primera vista. Pero, entre nosotras, la que lo prueba repite.

Los productos que estimulan el clítoris son varios. Por supuesto siempre puedes usar los vibradores al uso, aunque al ser tan grandes no resultan tan ergonómicos como los que han sido diseñados específicamente para estimular la zona (y pueden llegar a ser un poco engorrosos).

Una versión reducida de estos juguetes son los estimuladores pequeños tipo bala, unos productos que, si para iniciarse en el mundillo no están mal -son muy prácticos por el tamaño, que no llega a superar a un tampón-, no tienen excesiva potencia.

En segundo lugar, están los modelos algo más grandes, cuyo motor tiene más potencia vibratoria (no nos vamos a engañar) y, por tanto, suelen tener mejor resultado en cuanto a placer.

El blog de Lilih Blue

Los anillos vibradores, que, como su nombre indica, forman parte de esta categoría, son en mi opinión los menos prácticos. Ya que aquellos que se usan en pareja para colocar alrededor del pene terminan sin ser de mucha ayuda, ya que solo alcanzan la zona de manera intermitente.

Mis últimos descubrimientos, y algunas de las novedades en el mundillo ya de paso, son los más interesantes: los succionadores de clítoris. Con forma de trompa o, directamente, con una abertura, producen sensaciones que pueden recordar a cuando nos practican sexo oral. Y además te garantizan alcanzar el orgasmo rapidísimo (perfecto para mujeres con prisa).

También ocupan un lugar destacable los que estimulan de maneras alternativas mediante ondas, una vibración que afecta también a la parte interna del clítoris.

Saber cuál es el que mejor funciona para cada mujer es muy personal, y, como ves, las opciones son bastantes. Mi recomendación está clara: hay que probar, probar y probar.

Solo experimentando en carne propia nos conocemos y somos capaces de saber cuál es el que mejor encaja con nuestros gustos o el que más se amolda a nuestro estilo de vida.

Y en cuanto des con el perfecto, cuéntaselo a tus amigas, claro. Compartir es vivir.

Duquesa Doslabios.

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No, no pasa nada por no llegar al orgasmo a la vez que tu pareja

Creo que podría contar con los dedos de una mano (igual aquí he sido exagerada y podría llegar a usar las dos), las veces que he llegado al orgasmo al mismo tiempo que mi compañero.

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De hecho es algo tan excepcional que, cuando ha pasado ha resultado ser algo tan mágico como ver un animal mitológico.

Podría parecer por el cine o las series que solo existe el sexo donde el clímax se sincroniza, y nada más lejos de la realidad.

Hay polvos buenos con orgasmos, polvos buenos sin orgasmos y polvos malos en cualquiera de esos casos. Soy de la firme opinión de que no es especialmente importante si se da o no al mismo tiempo.

De hecho, de un tiempo a esta parte, le he cogido el gusto a correrme antes que mi pareja ya que, físicamente, nosotras solemos tardar algo más.

Y algo que me da tiempo, de paso, a llegar incluso a tener otro si la cosa se prolonga, que, como todos coincidiremos, dos son mejor que uno. Creo que todo se podría resumir en dos palabras: no importa.

Podemos estar sintonizados con nuestra pareja en muchas otras cosas. Ser buenísimos jugando a adivinar películas, haciendo el descenso de un río, organizando las tareas de la casa…

Podemos ser apasionados, con una química digna de asignatura de colegio. Que en la cama no se dé la coincidencia en el preciso momento no significa que nuestra vida sexual esté en peligro ni mucho menos. El orgasmo son tan solo unos segundos de entre todos los minutos que dura la experiencia.

¿Merece la pena obsesionarse con ellos o es mejor disfrutar de, absolutamente, todos y cada uno desde el primero? El momento es cualquiera.

Duquesa Doslabios.

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Mis 8 votos antes de irnos a vivir juntos

Hace un rato te he dicho que ya lo tenía todo casi listo y que no podía esperar para cumplir una lista de momentos que disfrutar viviendo en pareja, que mi pie ya estaba en camino para dar ese gran paso.

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Y aunque sabes que soy de hacer más que de decir, he querido escribir esto para nosotros, para que tengas algo sobre el papel (que es la pantalla hoy en día) y puedas leer cuando quieras.

Prometo buscar el momento para decirte las cosas delicadas. Y, si no lo encuentro, te haré saber que tenemos un tema sensible pendiente de hablar para que te prepares y me digas cuando podemos hacerle un hueco. Porque como bien dice nuestra amiga de apellido impronunciable, la privacidad no nos la va a dar el piso ni las puertas (y menos con ese tamaño), sino la persona con la que lo compartamos.

Prometo enseñarte cuando no sepas hacer algo que a mí me hayan enseñado y prometo poner todo de mi parte para que me ilustres tú cuando sea el caso contrario. Ya sea a fregar unos platos de la manera más eficiente o a limpiar la vitrocerámica para que no quede con marcas. El motivo es lo de menos, lo demás es entendernos.

Prometo echarle paciencia, mucha. Fíjate si me lo he propuesto en serio que hasta voy a sacar la que no tengo mientras nos adaptamos a ese ritmo en el que tú y yo marcaremos los compases. También prometo decirte las cosas con calma, ya de paso (por lo menos hasta la tercera vez, a partir de la cuarta que tenga que repetir algo no prometo nada).

Prometo no asustarme a la primera de cambio, no darlo todo por perdido, no pensar que nos hemos precipitado. Prometo esperar, darme (y darnos) tiempo para empezar a rodar.

Discutiremos. No sé cuánto, ni por qué pero sé que a veces será por tonterías. Cuando eso pase, no olvides que te quiero. Y que, aunque no lo admita, prometo que ya estoy pensando en arreglarlo contigo.

Porque quiero ser tu compañera de equipo, tu apoyo, tu aliada, quien te cubra siempre las espaldas. Podrás contar conmigo para desahogarte, porque prometo estar ahí para ti. Para los días buenos en los que salgamos a correr después del desayuno. Para los malos en los que no nos pongamos de acuerdo porque tú quieres poner una planta con flores, siendo yo más de hojas verdes, y terminemos destapando la caja de Pandora.

Prometo que haré todo lo que esté en mi mano para convertir nuestra casa en un hogar. Darte espacio cuando lo necesites, respetar tus cosas y, por qué no, cogerte alguna camiseta de vez en cuando (sabes que me gustan oversize y que lo de compartir ropa estaba en el contrato verbal entre nosotros desde un principio).

Al final, va a ser, como es todo entre nosotros, sencillo, natural y fluido.

Aun así te prometo que estamos juntos en esto y que funcionará porque te quiero. ¿Que cuánto? Como nos decimos, muchísimo más que mucho.

Duquesa Doslabios.

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Mujer, tú te lo has buscado

Es difícil hoy en día ser mujer y que no te pesen las entrañas más de lo que te gustaría. Se me retuercen cada vez que discuto con ese amigo que no entiende que quiera que mis hipotéticos hijos puedan llevar primero mi apellido, cuando me dicen algo por la calle o, peor, cuando se lo dicen a otra mujer y sé exactamente cómo se siente.

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Me duelen hasta el punto de dejarme sin hambre cuando leo un diario y veo que la cifra de mujeres asesinadas aumenta lenta pero inexorablemente, como si fuera un contador al que le hubieran dado cuerda.

Cada vez que leo un nombre, conozco una historia o veo una foto, mis entrañas hacen acto de presencia llegando incluso en ocasiones a provocarme náuseas reales que me piden que deje, por un instante, lo que estoy haciendo para respirar hondo en el baño.

El malestar de ser mujer no se reduce a los días en los que puede tocarme una regla especialmente dolorosa, porque esos son los de menos. El malestar que me aqueja es el de ese número que no para de crecer a sabiendas de que ese día, y todos los que le precedan, faltará una Marta, Laura, Sonia o, desde anteayer, otra más. La más reciente, pero no la última desgraciadamente.

Señalar un culpable va más allá de nombrar a aquellos que hicieron circular su vídeo, que pasaron por su lugar de trabajo para ponerle cara (y cuerpo) a aquellas imágenes. Está por encima de eso (lo que no les exime de su comportamiento).

El verdadero culpable se llama machismo y tiene una doble moral muy peliaguda. Si ese vídeo hubiera sido de cualquiera de esos hombres, aquello habría quedado en anécdota, en un chiste de grupo de Whatsapp que al poco tiempo se pierde o, en todo caso, en un choque de manos discreto por semejante demostración de hombría.

En algo que no habría pasado más allá de alterar (si eso) una noche el sueño. Pero siendo mujer, el sexo no solo está mal, sino que es herramienta de represión, de culpa, arma arrojadiza como de aquellos que dicen que iba pidiendo guerra por ir enseñando las piernas.

La sexualidad solo está permitida si está al servicio de los hombres. Ahí es entonces cuando la mayoría salen esgrimiendo la lista de argumentos a favor de la prostitución o de las azafatas de Fórmula 1, de hacer con nuestro cuerpo lo que queramos que para eso somos mujeres libres y empoderadas. No les verás defendiendo nada que salga de ahí.

La diferencia es que, si en tu libertad y empoderamiento grabas un vídeo o mandas imágenes, lo que te espera no es un gran recibimiento, es acoso, humillación, ansiedad, depresión. O te sometes y aceptas esa sexualidad aprobada por el heteropatriarcado (de la que se benefician), o te castigan cuando la utilizas por y para ti hasta el punto de que contemples quitarte la vida.

Un sendero muy oscuro que es el que ha emprendido, sin sentir que tenía más salida, la última víctima de violencia machista.

Es también el mismo pensamiento machista el que dice que no grabes eso, que controles tu cuerpo, que tapes el escote, que no lleves pintalabios, que no vayas a los toros con minifalda, que no bebas, que no te grabes, porque ellos no van a poder controlarse en cualquiera de estos casos.

Una vez más, que liberes tu sexualidad solo si es para su uso y disfrute, nunca para el tuyo porque, entonces, te atienes a las consecuencias.

“Tú te lo has buscado”.

Grábatelo fuerte, a fuego, es la frase que más nos dicen.

Esta manera de eximirse de la responsabilidad, entra en la lista de argumentos que retuercen mis entrañas. Porque el dedo, una vez más, señala a esa chica que se mudó sola a otra ciudad y salió a correr, señala a esa que quedó a hablar con su exnovio sin saber que terminaría asesinada por quien tantas veces le dijo que le quería, señala a quien, grabó ese vídeo disfrutando de su cuerpo y de un momento de placer sin hacerle daño a nadie.

¿Pueden decir lo mismo quienes lo han visto, compartido y aprovechado la situación para pasearse por su puesto de trabajo?

Nos señala a nosotras por ir cortas, por bailar, por coquetear, por tomarnos dos copas de más, por grabarnos al follar. Y yo me pregunto ¿cómo es que, si nos señala a nosotras como culpables, somos nosotras las únicas víctimas que morimos a manos (o, en el caso de la mujer que se ha suicidado, por causa) de ellos?

El Time’s Up debería referirse a que se termine el machismo, no a que a las mujeres se nos agote el tiempo de vida.

Duquesa Doslabios.

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