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Mujeres guapas, hombres feos o el mito de que la belleza está en el interior

Antes de contarte por qué creo que lo de que la belleza está en el interior, es un cuento contado solo a la mitad de la población, has de saber que llevo un mes desde que me quitaron la cuenta de Instagram.

Y que subía contenido relacionado con el blog con un toque de humor que puedes volver a disfrutar aquí.

Ahora que ha terminado el momento de spam, voy directa al tema que te interesa.

Shrek fue una película revolucionaria a su manera. La conclusión a la que llegué -además de que deberíamos proteger a los burros-, es que triunfaba lo de dentro y no la apariencia de fuera. O eso me pensaba.

Cuando la vi de más mayor, me di cuenta de que, aun bajo los efectos de la maldición, Fiona no era fea.

pareja relación belleza

PEXELS

No solo no era fea, es que era un pibón.

Según los estándares de belleza, tiene unas medidas armónicas y simétricas, los dientes como si hubiera llevado el Invisalign, los ojos grandes, pestañas largas y las cejas perfectamente depiladas.

Vamos, que las únicas diferencias entre la versión humana y la ‘grotesca’ era la piel verde y despedirse de la talla 34.

Pero en cambio a Shrek sí le habían pintado como un señor calvo y gordo –sin faltar a ningún calvo ni gordo– que vive en un tronco de árbol con humedades y rodeado de barro.

La fantasía de que lo importante es lo que está en el interior solo se aplica para el caso de ellos, y es algo que venimos escuchando desde pequeñas.

Fíjate que hasta Fiona se lo tragó.

Lo mismo pasó con Bella, que desde el minuto uno de la película ya nos lo advierte: Gastón es un prepotente. Mucho músculo poco cerebro. Mejor alguien que te secuestra a la fuerza, porque si lee libros y comparte su biblioteca, ¿qué más da lo demás?

Nótese la ironía de esto.

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Cuando empezamos a ser mayores y damos el salto al resto de películas, se le sigue dando la razón a esto.

A ese razonamiento llegué también con Harry Potter, cuando Hermione es criticada por Ron cuando decide salir con Viktor Krum por ser el típico musculoso -que no olvidemos su carrera estelar en el quidditch y que idolatraba a la Gryffindor por ser tan aplicada-.

Y todo para que al final termine con el Weasley que tiene problemitas de falta de atención, por ser uno de los hermanos pequeños, y que además se siente amenazado cada dos por tres por tener una novia más lista que él.

A Hermione, de premio, le queda el tío mediocre, que la ha menospreciado en varias ocasiones, en vez del guaperas famoso.

Repasando las comedias románticas, el capitán del equipo de fútbol siempre va a ser un capullo. El que hace bullying a la chica de gafas.

Respecto a las series, si por un casual sale en Por trece razones o en Euphoria, estarás ante un depredador sexual o un psicópata directamente.

Si es el personaje de Stranger Things, un fanático que no tiene reparos en disparar a quien haga falta.

No te fijes en el guapo, en el que está cachas, porque, aunque no viole o mate, siempre son unos flipados y eso es suficiente como para sacarles de la ecuación.

Como si el ego masculino realmente estuviera relacionado con la belleza. Sí, claro.

Díselo a cualquiera de tus amigas, que han escuchado el «tampoco eres tan guapa» hasta del señor más feo al que no le han contestado con una sonrisa al piropo callejero.

Pero voy a ponerte otro ejemplo. Coge una alfombra roja, la que quieras. Mira a las parejas que posan y dime a cuántos hombres ves con mujeres feas.

Es tan raro que suceda que el único caso que se me viene a la cabeza es de cuando Alexandra Grant, pareja de Keanu Reeves, recibió todo tipo de críticas por llevar el pelo al natural, por no estar operada, por tener su edad y aparentarla (en vez de esconderla como si fuera un secreto familiar).

Por ser natural. La crítica era realmente cómo el actor se atrevía a estar con una mujer que, desde fuera, muchos no consideraban a su ‘altura’ de belleza física.

Pero claro, cómo no vas a llegar a esa conclusión cuando ves El código Da Vinci y Tom Hanks siempre tiene una pretendienta nueva.

Más joven, más guapa y más admiradora suya que la de la película anterior.

¡Si hasta los maridos de Marilyn Monroe eran, además de bastante en la media en cuanto a belleza, unos inseguros que terminaban insultándola o agrediéndola físicamente!

La mujer más guapa de la historia es el perfecto ejemplo de cómo se nos ha comido la cabeza sobre el tema de la belleza interior (y a nosotras parece no importarnos lo más mínimo).

Según un estudio (que podéis leer aquí) se llegó a la conclusión de que esta combinación de ‘mujer guapa+hombre feo’ funciona porque los hombres buscan belleza, pero nosotras buscamos respaldo.

Y que si el hombre está con una mujer, pero considera que puede aspirar a una pareja que esté mejor físicamente, va a vivir en una eterna insatisfacción por poder estar con esa otra persona más guapa (e incluso terminar la relación para irse con ella).

O eso dice el estudio.

Así que, ya que han pasado unos añitos desde que se llegaron a estas conclusiones, propongo lo siguiente.

Que eduquemos a las mujeres en que merecemos respaldo siempre, de una pareja guapa o fea. Pero que si es guapo, pues tanto mejor, porque un feo también puede tratarte mal o carecer de responsabilidad afectiva. Que se lo digan a Marilyn.

Que eduquemos a los hombres en que la belleza, si bien tenemos ojos en la cara y hay un factor de atracción física, no se trata de algo de lo que dependan los sentimientos o sea el único motivo para estar o rechazar a alguien.

Tiene narices que tengamos que deconstruirnos para poder estar también con tíos guapos. Y ellos con alguna fea que, en su interior, es respetuosa, cariñosa y la mejor persona que pueden encontrar por el camino.

 

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Mara Mariño

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Si es tu pareja, ¿necesita tu consentimiento?

Te planteo una pregunta: el que era mi novio de aquel momento, estaba tumbado en la cama. Yo me encontraba recostada a su lado.

Estábamos viendo la reposición de una famosa serie de televisión cuando me dijo que si se la podía chupar.

Una pareja sentada en la cama consentimiento

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En aquel momento, con toda la pereza del mundo de estar en la postura perfecta sin ganas de nada que no fuera seguir tumbada, le dije que no me apetecía.

Se incorporó y empezó a decirme que cómo podía ser tan egoísta. Que si me lo pedía era porque lo «necesitaba», porque «estaba pasando un mal momento», porque aquello le haría «pensar en otra cosa».

Si como pareja suya, no era capaz de ver todo eso, si no lo hacía por «el amor que sentía», es que no era «una buena novia».

Bajé la cabeza y se la chupé.

Y ahora la pregunta: ¿consentí a tener sexo?

Accedí, sí, pero de manera coaccionada, sin ninguna gana de hacerlo.

Solo por la presión de su discurso y por haber pulsado una tecla que siempre funcionaba conmigo, la de la culpabilidad de querer ser la mejor pareja.

Accedí y ahora me arrepiento. Porque así no debería ser poner en práctica algo placentero, con un chantaje emocional, haciendo a la otra (o al otro) sentir mal.

Accedí, pero mi consentimiento interno -que no el que puse en práctica- no estaba de acuerdo con mis acciones.

En aquel momento tenía que haber visto que, una persona que recurre a la manipulación para conseguir algo (lo que sea), no era buena para mí.

Pero llegamos a una pareja todavía con muchas cosas que desaprender. La primera es que estar con alguien nos abre la puerta a una barra libre de sexo. Cuando y donde quieras puedes pasar por la estación de sus piernas a recargar o descargar, lo que prefieras.

Y nosotras todavía arrastramos la culpabilidad de que, si nuestra pareja no está satisfecha, puede irse a otro lugar -que es otra persona- a conseguir eso que no podemos darle.

Lo que deberíamos tener claro, en su lugar, es que si esa es la razón por la que alguien se va de nuestra vida, no es la persona que queremos a nuestro lado. Mejor solas que forzadas a follar.

Estar en pareja implica que haya sexo siempre y cuando las dos personas quieran tenerlo por voluntad propia. Si uno de los miembros no está de acuerdo por lo que sea (dolor, sueño, cansancio o que no le apetece y punto), debe ser respetado.

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Que haya sexo en pareja no implica tampoco acceder a cualquier tipo de sexo. No todas las prácticas se pueden realizar sin tener antes una conversación primero asegurándonos de que no cruzan los límites de nadie.

Así que quédate con esto: si ignora tus negativas, si te coacciona, si te manipula, si se enfada si no lo haces, si te amenaza, si te resignas, no estás teniendo sexo con tu pareja. Te está violando tu pareja.

Mara Mariño

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Las 20 mentiras sobre el sexo que todos hemos escuchado

El sexo es como un idioma: se aprende practicándolo.

Y si repetir una y otra vez no es lo único que se necesita para mejorar, sí que ha hecho que descubriera la cantidad de mitos que me he llegado a creer desde que empecé hasta hoy.

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1 – Que era virgen y solo me podría ‘quitar’ la virginidad un hombre.

2 – Que mi vagina siempre debe oler a rosas o estar recién lavada con agua y con jabón. Que el pene igual. Que ese olor particular, que empapa la habitación, es algo sucio.

3 – Que si no hay penetración en algún momento, no cuenta como tener sexo. No, ni aunque te haya follado con la boca o con los dedos.

4 – Que sin penetración, no podía llegar al orgasmo en pareja.

5 – Que todo acaba en cuanto él se corre, porque no se puede seguir. Que solo queda limpiarse con el papel y ponerse a otra cosa.

6 – Que si no hay amor, no se puede tener sexo. Que hay que esperar a tener una conexión emocional más profunda porque solo con atracción física no basta. O es de guarras.

7 – Que si te dejas dar por detrás, también. Que él nunca se queda con la que tiene sexo anal.

8 – Que en el sexo lésbico no hay que usar protección porque no hay riesgo de quedarte embarazada. Que no hay anticonceptivos para la vulva.

9 – Que si solo haces sexo oral, no hay riesgo de que te contagies de nada.

10 – Que el tamaño del pene importa. Y la duración también.

11 – Que para dar placer a una vagina, tienes que hacer mete-saca. Muy rápido, como si inflaras una rueda de bicicleta con una bomba de aire.

12 – Que son ellos los que siempre tienen más ganas. Que a nosotras nos apetece (o nos gusta) menos.

13 – Que la píldora anticonceptiva es tu mejor amiga. Que vas a tener una vida sexual increíble y no va a afectar a tu libido para nada. Y si afecta, tienes que comportarte como si nada.

14 – Que es como en el porno.

15 – Que si ya has dicho que sí, no puedes decir que no si de repente, o por lo que sea, cambias de idea. Que no le puedes dejar ‘a medias’.

16 – Que el sexo en el agua es una pasada. Que ya sea en la ducha, piscina o bañera, el líquido ayuda a que todo sea más fluido.

17 – Que es algo muy limpio y aséptico cuando en realidad terminas en una mezcla de flujos, semen, sudor y babas (y siempre pringarás tus sábanas).

18 – Que la vagina siempre está preparada para tener sexo. Que no cambia ni la facilidad a la hora de lubricar ni su posición según el momento del mes.

19 – Que usar juguetes sexuales significa que no estás satisfecha con tu pareja. Que no vas a poder volver a disfrutar del sexo sin ellos. Que son para pervertidas.

20 – Que lo que hace que seas un buen amante son las ganas, en vez de la comunicación, la reciprocidad o la confianza.

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No es que a las mujeres no nos guste el sexo casual, es que no nos renta

Cuando Terri Conley, psicóloga social, se puso a investigar sobre las diferencias entre hombres y mujeres a la hora de tener sexo casual, se encontró con un mito en el que quiso profundizar: biológicamente, a las mujeres les gusta menos el sexo casual que a los hombres.

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Esa especie de afirmación extendida, que lo que hace es idealizar la forma en la que las mujeres tienen relaciones sexuales en las que parece imprescindible un vínculo emocional, fue la que se encargó de desmitificarlo.

Por si alguien tenía alguna duda, no, no hay nada en nuestro ADN que nos frene a la hora de tener sexo casual.

Sí, nos gusta el sexo sin ataduras emocionales tanto como a los hombres, aunque, para todas aquellas heterosexuales, son ellos el problema que termina derivando en una falsa creencia.

Y no lo digo yo, fue a la conclusión a la que llegó la psicóloga con su investigación.

Tras una encuesta entre alumnos de diferentes universidades estadounidenses, averiguó que la principal razón por la que las mujeres evitan este tipo de sexo es porque, aunque afirmaban elegir en función de quién les parecía que podía ser buen amante, lo cierto es que ya tenían claro -antes de acostarse con él- que el sexo no iba a ser bueno.

Por otro lado, los hombres que fueron encuestados, llegaron a contestar -si se trataba de un rollo de una noche-, que su acompañante llegara al orgasmo no era algo que les preocupara.

Así que parecen las dos caras de la misma moneda. Por un lado, nosotras mismas no tenemos mucho interés al saber de antemano que la experiencia no va a conseguir buena nota.

Por otro, somos más que conscientes (no necesitamos un estudio) de que con este tipo de polvos, el acompañante en cuestión no va a ir más que a lo suyo.

De ahí que las mujeres lleguemos a la conclusión de que para qué meterse en este tipo de relaciones esporádicas si no nos van a aportar mucho placer.

Curiosamente, cuando en la investigación examinó la opción de tener sexo entre homosexuales, los resultados eran todo lo contrario.

Los gays y lesbianas que participaron en el estudio, fueron preguntando por la calle a desconocidos si querían tener sexo y tanto hombres como mujeres recibieron respuestas positivas en mayor medida. No había diferencias.

También se repitió el experimento con bisexuales. Mientras que si la mujer era quien hacía la pregunta, recibía una respuesta positiva tanto por hombres como por mujeres, si era hombre recibía la misma cantidad de respuestas positivas por parte de hombres y en menor medida de mujeres.

Si a eso le sumamos que socialmente, y a diferencia de ellos, somos criticadas por este tipo de comportamientos (especialmente por ellos), ¿cómo no mostrarse un poco reacia siendo una mujer heterosexual?

Así que la conclusión a la que llegó Terri -y que me toca reafirmar- es que el problema es más el estigma por tener sexo casual, así como las diferencias que se dan por las distintas actitudes ante la relación sexual, no tanto porque biológicamente no nos guste.

En resumen, ¿sexo malo y encima humillación pública? No compensa.

Duquesa Doslabios.

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San Valentín sí, mitos románticos no

Los escaparates de las tiendas, la oferta en el gimnasio del 2×1, el feed de Instagram y hasta el mensaje de Whatsapp de tu madre deseándote un día especial… Parece imposible escapar de la avalancha que se crea por San Valentín.

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Sin embargo, cada vez somos más los que preferimos vivirlo como un día normal y celebrar el amor, a nuestra manera, el resto del año. En otras palabras: quizás no nos sentimos identificados con la atmósfera de corazones y color de rosa que parece venir de la mano con esta fecha.

Mónica García, directora del centro El Factor Humano, también ha reflexionado sobre esto. ¿El ‘culpable’ de la perversión de San Valentín? El amor romántico.

«Promueve un modelo único de amor entre dos personas (tradicionalmente hombre y mujer) en cuya relación todo se justifica ‘por amor’. Los celos o el no poder ni pensar en perder a la otra persona son una prueba de amor. Y solo es verdadero si todo va bien y dura toda la vida. No admite la otra cara de estar en una relación», afirma Mónica.

Finales felices donde si no hay perdices no cuentan, príncipes, princesas y mitos que lo promueven como el de la media naranja. Esa persona divina que necesitamos para sentirnos completos.

«Por un lado nos lleva a sentirnos incompletos, inadecuados o insatisfechos mientras no tenemos pareja y por otro lado, a alimentar dudas cuando estamos con una pareja, al pensar si será nuestra media naranja. Como si solo hubiera uno», dice la experta.

Lo cierto es que, como recuerda: «Nacemos completos y en nuestras relaciones, románticas o no, tenemos la oportunidad de expresar un rango más amplio de quién somos.»

«Es una idea muy romántica el pensar que solo hay una persona que es el amor de tu vida, y si quieres seguir pensando así, genial. Puedes abrirte a pensar que en la vida puede haber más de un amor verdadero. Depende de lo que ambos ofrecen a la relación mientras están en ella», declara Mónica.

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Que nuestra pareja tiene que ser romántica, parece una premisa indispensable este día.

«Es común esperar que nos sorprendan con muestras de amor románticas. Incluso cuando decimos que a mí eso me da igual. Está tan activo en nuestra cultura la creencia de que las muestras románticas de amor significan que la otra persona te ama, que si no existen, o son escasas, nos pueden hacer hasta dudar de si la otra persona realmente nos quiere», afirma.

¿El resumen de la experta? Cada pareja es un mundo: «Un mundo a imagen y semejanza de las personas que lo crean. Tanto si es romántico en el sentido tradicional de la palabra como si es un romanticismo único y hecho a medida que nadie entiende».

Si no tienes pareja, no hay amor en tu vida parece ser otra de las afirmaciones más extendidas del amor romántico. Al relacionar el amor a la pareja, hemos unido ambos conceptos. «Hasta tal punto que hay personas que si no tienen pareja lo viven como si faltara el amor en sus vidas», opina Mónica.

La solución a la falta de amor empieza por amar. «El estado emocional de amor es un estado de apertura de corazón en formas de aceptación, comprensión, empatía, generosidad, apreciación… Si de verdad quieres sentir más amor, mi receta es ama más. Porque el amor que tú sientes, no es el amor que la otra persona te da, sino la consecuencia de que abres tu corazón como respuesta a la muestra de amor del otro».

Duquesa Doslabios.

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No eres una media naranja, eres la fruta entera

Estoy harta de las frases tipo Mr. Wonderful que prometen que llegará una persona que repondrá todas mis partes. No soy una cosa rota, las piezas de un rompecabezas incompleto ni una media naranja rodando por el mundo, a la espera de otra que complete mi circunferencia.

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Y ahí reside, para mí, la magia del amor.

En que cuando conocí a mi pareja no estaba buscando alguien que compensara mi timidez a la hora de soltarme con sus altas dosis simpatía.

No necesitaba quien terminara mis frases, sino alguien con quien mis frases se intercalaran en diálogos que nos tuvieran despiertos hasta la madrugada.

Supongo que funciona más el mito romántico de que recorremos la vida a la espera de encontrar esa persona que arregle lo que en nosotros está mal, pero se nos olvida enseñar que no somos el problema.

Ni siquiera cuando la frase es no eres tú, soy yo. Ya que, generalmente en nuestra cabeza suena como «Soy yo, que quiero estar sin ti».

Cuando conocí a mi pareja no estaba ni rota ni perdida. Tenía las cosas claras, fijaos si las tenía claras que le quería a él.

Y, como yo, él tampoco era un pedazo fracturado buscando su polo opuesto. Era (es) un todo. Y lo mejor es que de ese todo ahora puedo disfrutar yo también.

Debe ser que, a la hora de diseñar la estrategia de marketing del amor, si no hay necesidad que cubrir no saben cómo venderlo.

Pero lo cierto es que no es necesaria. Porque esa obsesión por buscar a una persona que nos complementa nos hace pensar que tenemos defectos y carencias que deben ser cubiertas por otros.

La realidad es que todo aquello que nos falte, no depende de terceros, está en nuestra mano solucionarlo.

Así que, retomando la metáfora inicial, en vez de medias naranjas, vamos a empezar a considerarnos, no ya piezas de frutas enteras, sino fruteros andantes.

Y, solo si apetece, con la fruta de otro frutero, que es distinta a la nuestra, hacer la más sabrosa y variada de las macedonias.

Duquesa Doslabios.

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¿Eres mujer? Consejo de la Ertzaintza: ni tengas citas a ciegas ni camines sola de noche

«No aceptes citas extrañas, ni citas a ciegas. No transites de noche a solas, por lugares apartados o poco iluminados.»

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Estos ‘consejos’ (por llamarlos de alguna manera) son los que promulga la policía del País Vasco para, en su opinión, que las mujeres eviten las agresiones sexistas durante las fiestas.

Unos consejos que vienen diciendo que, si queremos estar seguras, vayamos siempre bien acompañadas, por sitios bien iluminados. O lo que es mejor, que no salgamos de casa no vaya a ser que pase algo.

Pero, ¿incluye el folleto alguna mención hacia los hombres diciéndoles que respeten a las mujeres que están disfrutando de las fiestas? Os dejo adivinar la respuesta.

Y como mujer -pero encima como mujer joven que sale de fiesta, ha tenido citas a ciegas y vuelve sola a casa- estoy harta. Harta de que la culpa de que me pase algo sea mía. Harta de que hasta la policía me diga que si no quiero que me pase nada, no haga nada. Con nadie. Nunca.

Si me paro a pensarlo, me parece tan ridículo como lo sería pedirle a una persona de etnia bereber que no se relacionara con ninguna persona caucásica, para evitar agresiones racistas.

Que no se le ocurra salir a la calle exhibiendo su piel oscura. Que para evitar provocaciones se la aclare con un maquillaje, que se ponga una careta, que se tape las manos con guantes para que no parezca que va buscando guerra.

Que procure evitar a ciertas horas del día y por ciertos barrios de la ciudad donde las personas caucásicas abundan. Que procure evitar subir en ascensor, quedarse a solas en el portal de casa con alguien caucásico por si le ataca, que no intime ni quede con nadie de piel blanca.

Pero es que también podemos aplicar el mismo razonamiento a una persona homosexual. La policía vasca podría pedirle que no entre en un local de ambiente por si, en un ataque de homofobia, alguien se lía a tiros dentro del bar.

O incluso que no vaya de la mano con alguien de su mismo sexo. Que no le bese. Que no vista con un arcoíris estampado en la camiseta «por si acaso».

¿Ridículo? Así suena la lógica de la policía vasca, que, casualmente, solo aplica este discurso cuando son las mujeres las posibles víctimas.

Querida policía vasca, catalana, madrileña o andaluza, querida policía de toda España: las mujeres no vamos a encerrarnos en casa. No vamos a dejar de salir, de enamorarnos, de beber, de bailar, de volver a las tantas de la mañana. No vamos a dejar de vivir esta vida tan bonita que hemos tenido la suerte de encontrarnos.

Y no deberían animarnos a dejar de hacerlo como «recomendaciones por nuestra seguridad». Deberían enseñar a los hombres que el hecho de que hagamos todas esas cosas es respetable y no da ningún derecho a gritarnos, a agredirnos, a violarnos ni a matarnos.

Duquesa Doslabios.

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Ni la violes ni la mates

Son las siete y media de la tarde. A estas horas, normalmente, cojo las zapatillas, el abrigo más grueso que tengo y salgo a correr. Hoy no, hoy no hay ganas, ni fuerzas ni nada. Hoy hay, además de una pena que me llega al tuétano, miedo.

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No es que haya empezado hoy a sentirlo, siempre ha estado ahí, siempre lo he vivido. Pero hoy pesa más que de costumbre.

Tengo miedo de salir por mi barrio, mi parque con sus columpios donde he pasado tantas tardes de mi vida, mi zona de siempre, y no volver.

Porque quizás un día, o tú que me lees, o yo, que te escribo, no volvamos a casa. Y no dependerá de ti ni de mí. No es que, motu proprio, hayas decidido irte sin mirar atrás, es que han decidido por ti que ese era el final de tu camino.

Como tantas mujeres que se han cruzado a lo largo de mi vida en la universidad o en el trabajo, aviso siempre a alguien cuando salgo de casa a hacer ejercicio y mi madre o mi padre me piden encarecidamente que «me cuide», que tenga «sentidiño».

Pero que «me cuide» no es suficiente, porque por mucho que vaya por el camino que no tiene pendiente, por la zona iluminada para evitar tropiezos y que pueda caerme al suelo, mi seguridad desde que salgo de casa, por mucho que tanto a mí como a ellos nos pese, deja de estar bajo mi control.

Pienso en mis amigos, en mi hermano, en cómo no tienen que preocuparse de estas cosas, en como salen a correr, a andar, de fiesta, de viaje, a estudiar, en como vuelven a la hora que quieran solos o con las compañías que deciden sin ese miedo a no regresar.

Y entonces solo cabe preguntarse, ¿esto es vivir en libertad? ¿Es libertad vivir con miedo de salir de casa? ¿Con miedo de ir por la calle independientemente de la hora, de la gente que circule, de la zona, de mi ropa, de mi edad?

¿Cuándo van a dejar de pedir que nos cuidemos? ¿Por qué el planteamiento es que, siendo mujer, te protejas en vez de que, si eres hombre, no agredas?

Igual si empezáramos a enseñar de manera diferente, a decir que si ves a una chica sola por la calle a las tres de la mañana, que si te cruzas con una que va borracha, que si coincides en el parking, que si es una vecina que te encuentras en el rellano, que si tu pareja quiere romper la relación, que si va viajando sola, que si es tu compañera de trabajo y ha ido al baño, ni la violes ni la mates.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas: ¿Por qué las mujeres entramos gratis a la discoteca?

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Si me dieran un céntimo por cada vez que, hablando sobre la desigualdad de la mujer respecto al hombre, me interrumpen con el argumento de “Sí, pero de entrar gratis a las discotecas bien que no os quejáis” tendría ahora un fondo lo bastante boyante como para suscribirme a Netflix o a cualquier otra plataforma de contenido en streaming.

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Por lo visto es el argumento irrefutable, el callejón sin salida de las conversaciones sobre el feminismo. Ya sea un tema sobre víctimas de violencia de género, mutilación femenina, techo de cristal o el hecho de que el 85% de las mujeres que tienen hijos dejan su trabajo que alguien te contestará que no es para tanto, que menuda exageración y que las mujeres no nos quejamos de entrar gratis.

Todos tus argumentos previos, tus reivindicaciones, tus protestas… Todo a la basura porque, a fin de cuentas, bien que has entrado gratis de discoteca por muy femiista que seas. Vamos, que ya puedes sentirte seguidora número uno de Clara Campoamor que parece que si has ido de discoteca gratis, todas tus ideas quedan desacreditadas.

Pero antes de empezar os diré algo: las mujeres no hemos decidido entrar gratis a las discotecas, no es un complot para arruinaros y que nosotras nademos en los billetes de 10 euros que nos costaría entrar y que, en vez de gastar en eso, estamos invirtiendo en Bitcoins.

Que un hombre te diga que la mujeres también tenemos ventajas ya que entramos gratis a una discoteca significa dos cosas: la primera que es un ignorante, y la segunda que es un ignorante del que encima se están aprovechando económicamente.

Si llegas a un local y no te hacen pagar ningún tipo de entrada mientras que a tus compañeros varones sí, la respuesta es clara: en ese sitio eres el cebo, la carnaza. No pagas por un producto porque el producto eres tú.

La discoteca sabe que eliminando esta entrada las mujeres se sentirán más dispuestas a ir a un sitio que a otro donde tengan que pagar porque, a ciertas edades, el bolsillo es lo primero (y más si estás de Erasmus).

Si las mujeres atraen hombres y de los hombres se hace negocio se nos está reduciendo a algo bonito que decora el lugar, un atractivo y un reclamo sexual. Si entras gratis sabes que estás en un sitio machista en el que se cosifica a la mujer.

Es la ley del mercado en versión nocturna: mujeres=objeto de consumo. Hombres= consumidores. Y quienes hacen negocio son los propietarios.

Pero aun así el hecho de que el listo o lista de turno te diga que las mujeres “tenemos la ventaja de pasar sin pagar” demuestra lo asumido que tenemos un machismo que no nos permite ver una objetización cuando está teniendo lugar delante nuestro.

Y el hombre, por lo visto, está dispuesto a pagar una inflada entrada por un alcohol de garrafa siempre y cuando el local no sea ‘un campo de nabos’.

Pero oye, que igual tú no tienes ningún interés en las mujeres, a lo mejor solo quieres pasarlo bien porque es el cumple del Juanito o porque eres asexual o yo que sé, entonces ¿por qué tienes que pagar el doble? ¿No es injusto?

La solución es sencilla: evitar este tipo de locales, ya seas hombre o mujer hasta que no dispensen un trato digno para todos sin aprovecharse del físico de unos ni de la cartera de otros. La solución para los dueños es que en vez de ser tan machistas sean un poco más feministas poniendo entrada universal. Si a uno le cobras diez, y a otro cero, ¿por qué no cobrar cinco a cada uno y todos contentos?

Que no por ser mujer tengas que pagar menos. Yo me sentiría más a gusto yendo a un sitio donde pago igual que mi amigo y sé que no entro gratis porque se me considera un filete.

Ya no basta con que dividamos el precio de la entrada y las copas, si queremos igualdad debe ser en todos los ámbitos y, la noche, no es una excepción, pero no basta con que nosotras queramos pagar una entrada, es importante que vosotros, los hombres, os neguéis a pasar a sitios donde sois los únicos en apoquinar.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas I : «Quien come bien en casa no se va de restaurante»

Desmontando mitos machistas II: «Las mujeres son traicioneras, los hombres son nobles»

Desmontando mitos machistas III: «Tengo celos porque te quiero»

Desmontando mitos machistas IV: «El amor puede con todo»

Desmontando mitos machistas V: El asesinato de Mariana Leiva

Desmontando mitos machistas VI: «Las mujeres matan tanto como los hombres»

Desmontando mitos machistas VII: «Quien bien te quiere te hará llorar»

Desmontando mitos machistas VIII: «Las visten como putas»

Desmontando mitos machistas: «Las mujeres matan tanto como los hombres»

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Resulta prácticamente imposible, una vez sale el tema de la cantidad de mujeres asesinadas por violencia machista en España, no escuchar a alguien que enseguida recuerda «los hombres asesinados por las mujeres«, esos que, según la persona no salen tanto en las noticias y por tanto, injustamente, pasan a un segundo plano al no ser algo de lo que se habla.

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Es, como el tema de las denuncias falsas o el hecho de comparar el feminismo con el nazismo (poner al mismo nivel la barbarie nazi que terminó con la vida de cientos de miles de personas con la lucha por la igualdad de derechos es una comparación que debería hacer que se le cayera la cara de vergüenza al interlocutor por semejante falta de respeto a las víctimas).

Sin embargo, nos encontramos ante otro de los muchos argumentos cuyo objetivo es el de quitarle importancia al problema que tenemos en el país con el machismo.

En España las mujeres tenemos, más que las de perder, las de morir, y no lo digo yo, lo prueban las cifras de las víctimas.

Alguna vez ha salido, ya fuera en Twitter o en comentarios relativos a mis artículos, que son aproximadamente «treinta hombres asesinados cada año por mujeres». Y para aquellos que esgrimen el argumento como si fuera la verdad absoluta, más les valdría informarse correctamente antes de ir propagando información falsa.

Si acudimos al estudio de sentencias elaborado por el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) «en el año 2011 los estudios empiezan a realizarse de manera desagregada, según sean homicidios o asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o exparejas masculinas (violencia de género) y asesinatos de hombres a manos de sus parejas o exparejas femeninas o bien parejas del mismo sexo (violencia doméstica)».

El estudio revelaba que esa supuesta cantidad de hombres asesinados cada año a manos de mujeres no es más que un bulo que mezcla la cantidad de hombres asesinados por parejas hombres y por parejas mujeres.

Según el informe entre 2008 y 2015 fueron 58 los hombres que murieron a manos de sus parejas (mujeres). Y por supuesto que se trata de una cantidad dramática, siempre lo es cuando hablamos de fallecidos, no es esa la discusión.

Pero, ¿y la cifra de mujeres asesinadas por sus parejas hombres en el mismo periodo? 485.

Repito: 485 mujeres asesinadas en siete años. Una gran diferencia cuyo origen se encuentra en el machismo, que, al igual que el tabaco, mata (para gente escéptica, podéis consultar todas las cifras aquí).

Hablo del machismo a la hora de señalar un culpable ya que el abismo entre ambas cantidades se debe a que estructuralmente nosotras sufrimos mayor violencia. En otras palabras, somos asesinadas más a menudo y en mayor cantidad. 

Lo que supone que la promoción de los bulos como herramienta a la hora de desacreditar la realidad de las mujeres en España es una manera de seguir ocultando la verdad acerca de la situación que padecemos.

La vida de un hombre y la de una mujer tiene el mismo valor. Por tanto, como feminista, no pretendo una igualdad en la que las víctimas de hombres se equiparen a las de las mujeres, y también sean cientos de fallecimientos, faltaría más. No quiero más muertes.

Quiero que la cifra se iguale por ambas partes y que el resultado de las víctimas mortales por sus parejas sea cero. Con la diferencia de que, tratándose de mujeres asesinadas, hay mucho más trabajo por delante para llegar a esa cantidad.

Duquesa Doslabios.

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