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Historias de amor, sexo y otros delirios

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Por qué la ‘siexta’ es mi momento favorito para tener sexo

No recuerdo dónde fue que leí que el mejor momento para tener sexo era por la mañana, recién levantados.

GTRES

Y yo, que nada más abrir el ojo tengo un humor que me hace más peligrosa que un tigre de Bengala, no podría estar más en desacuerdo.

Lo único que me quiero llevar a las manos y a la boca es una taza de café de esas que van bien cargadas y sin prácticamente leche, para espabilarme a golpe de cafeína.

Por mucho que hablen de lo beneficioso que es activar el cuerpo con un buen desayuno en forma de sexo (además parece ser que con la liberación de endorfinas empiezas el día de buen humor) es un momento que no va conmigo.

Para empezar porque, además de la necesidad vital del café, el desayuno para mí es más sagrado que una vaca dándose un paseo por la India. Intocable. Si encima tengo que esperar toda la noche para poder hacerlo, por cualquier cosa que se retrase muerdo.

Y no es por ser tiquismiquis pero llena de legañas, con el pelo pegado a la cara con baba y con ese maravilloso aliento matutino que nos caracteriza a los bípedos, no es que me sienta con talante como para excitar(me).

De todos los momentos del día, y si debo quedarme con uno como favorito, elegiría después de la siesta ya que es realmente cuando todas mis necesidades están cubiertas y puedo permitirme estar relajada y en paz con el mundo, lo que me ayuda a tener una predisposición positiva.

Después de una buena siesta ya no te sientes pesada por la comida pero tampoco muerta de hambre porque has estado ocho horas durmiendo (¿o sí?). No estás cansada y si te has podido echar una siesta es que dispones de tiempo para ti y para tu pareja.

Pero contadme, ¿cuál es vuestro momento favorito para los arrumacos? Os reto a que encontréis uno mejor que mi preferido (y acordaos de seguirme en Twitter y Facebook).

Duquesa Doslabios.

Las cosas que he aprendido de sexo a lo largo de mis 20 años

Puedes ponerte a follar mientras haces el amor, con rabia, con fuerza, con desenfreno, con ganas, contra la pared… Pero nunca, mientras follas, podrás fingir que estás haciendo el amor.

PIXABAY

Esa fue una de las primeras cosas que aprendí a lo largo de mi veintena, que más allá de la química, los sentimientos no los podía simular. Aprendí rápido a diferenciarlo, por mucho que las películas y libros de mi adolescencia me insistían en que solo estaba bien hecho el sexo si era con alguien con quien me uniera un sentimiento.

Admito que con los años me he relajado, y es que al principio, la mera idea de tener sexo era sobrecogedora de todo el esfuerzo que implicaba por mi parte.

No sé bien por qué, insistía en comprarme lencería cada vez que conocía a alguien. Y eso sin contar las horas depilando cada zona de mi cuerpo al milímetro para que no hubiera un solo pelo fuera de sitio, que, por aquella entonces, tenía la impresión de que la más mínima aparición de vello corporal cortaría cualquier posible oportunidad de tener sexo.

Pero como os digo, me he relajado. Si bien lo de la lencería lo he dejado para ocasiones especiales, para dar una sorpresa de vez en cuando, la depilación se ha vuelto un tema secundario hasta llegar al punto de que apenas le presto importancia.

Si antes era algo para ellos, para seguir su fantasía de que ahí abajo las mujeres somos lampiñas (también es cierto que mis compañías venían muy influidas con el porno), después empecé a dejármelo como yo quería, ya fuera por gusto o comodidad, y, para mi sorpresa inicial, no cambió nada en absoluto.

Dejé de pensar en el sexo como en un escenario donde tenía que dar lo mejor de mí SIEMPRE: probar cincuenta posturas en un minuto, subir una pierna, moverme, tener siempre el pelo perfecto o la luz adecuada para que no se me marcara la piel de naranja. Entendí que mi vida sexual no tenía por qué parecerse a una película porno, que disfrutaba más sin tanto agobio y dejándome llevar.

Me di cuenta de que mi cuerpo era perfecto para el sexo independientemente de arrugas o cicatrices, de kilos de más o de menos, de que tenía que dejarme de complejos porque mi vagina no cambiaba para nada y que el clítoris, menos todavía.

Durante los veinte años me di cuenta de que el sexo estaba sobrevalorado. Que no el placer, sino el sexo, el acto en sí, el “toma y daca”, el “mete y saca”. Pero claro, al empezar mi vida sexual aquello era el culmen, el broche, el punto final, lo demás son solo paradas breves antes de la última estación. Pero pasan los años y descubres que no todo es el coito, que la mayoría de las veces una buena comida puede ser mucho más espacial (por aquello de que es como antes subimos muchas a las estrellas).

Aprendí a “ser egoísta” en la cama, a mirar por mi placer porque ellos no lo hacían. A tomar riendas en el asunto y dejar de fingir unos orgasmos que nunca sucedían. A pararme y decir “me gusta así”, porque con el tiempo, le perdí la vergüenza a hablar y prefería sincerarme antes que seguir con unas interpretaciones que habrían sido de Óscar.

Por animarme a hablar, aprendí a ser sincera y también a ser empática. De mi primer encuentro con un gatillazo, solo recuerdo sentirme incómoda y poner distancia de por medio, los pocos que vinieron detrás me hicieron más comprensiva y que mostrara mi apoyo, lo que, definitivamente, tuvo mucho mejor resultado.

Me di cuenta de que mi número daba absolutamente lo mismo y aprendí a quitarle importancia al hecho de tener sexo en una primera cita, en la número 37 o a no tener sexo en absoluto en meses.

Y es que por último, aprendí que, si a veces no me apetecía, estaba bien y no pasaba nada. Hormonal, emocional o personalmente he pasado por momentos en los que la libido estaba en las nubes y otros en los que no me apetecía ni la de Vladimir (una paja y a dormir). Imagino que, al final, no es que haya aprendido más o menos sobre sexo, sino que, a lo largo de mis veinte años, he aprendido sobre mí.

Duquesa Doslabios.