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¿Deberíamos ir a terapia de pareja? Lo que querías saber pero no tenías a quién preguntar

En cualquier relación se dan discusiones, rachas más flojas (emocionalmente hablando), roces… Son solo algunas de las experiencias que vivimos en las fases que atravesamos con nuestra pareja. Sin embargo, no siempre somos capaces de gestionarlo correctamente. ¿Lo mejor para esos casos? Pedir ayuda a alguien de fuera. Pero para las situaciones en las que nuestras amistades o familiares no pueden echarnos una mano, siempre podemos recurrir a alguien profesional.

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Es el caso de la psicóloga Paula Pérez Marina (@paula_psiconsulta en Instagram), la creadora de Psiconsulta.es, que se encarga de tratar a parejas para que logren mejorar la calidad de su relación. Hablando con ella descubro que no solo la terapia no tiene edad, sino cuáles son las consultas más frecuentes que recibe o los comportamientos nocivos que más factura nos pasan (por muy enamorados que estemos).

Solemos pensar que la terapia en pareja es algo más de nuestros padres, pero ¿podemos hacerlo a cualquier edad?
Por supuesto, las parejas jóvenes acuden en igual medida que las más maduras a terapia.

Si bien en las parejas de mayor edad son más comunes las consultas relacionadas con la pérdida de la pasión, en los jóvenes observamos un mayor número de conductas violentas y dependencia emocional. Además, muchos jóvenes también atraviesan crisis en sus relaciones debido a las dificultades para independizarse y crear un proyecto de vida en común.

Otra de las diferencias es que los jóvenes tienden a realizar la terapia en formato online en lugar de presencial como lo harían sus padres y eso ha hecho que la demanda se incremente en este colectivo, ya que aumenta la accesibilidad desde cualquier punto del planeta y ahorrando una considerable cantidad de tiempo de desplazamiento.

¿Por qué es recomendable ponerse en manos profesionales en lo que a problemas en la pareja se refiere?
A menudo las personas tenemos pensamientos distorsionados o irracionales que provocan emociones nocivas, generándose una espiral de la que es difícil tomar conciencia y salir. Si a esto le sumas que en una relación de pareja la espiral de uno interactúa con la espiral del otro, la complejidad se incrementa exponencialmente.

Por ejemplo, esto se ve muy claramente en relaciones de dependencia emocional donde una de las partes tiene el pensamiento de que “necesita” la atención de la otra persona y por tanto lleva a cabo acercamientos excesivos, lo que provoca que la otra persona de vez en cuando responda a esas demandas, pero por lo general se vaya alejando más, lo cual va a incrementar todavía más la dependencia por la otra parte y a reforzar la sensación de que no está obteniendo atención suficiente.

Acudir al psicólogo es recomendable ya que sirve para ver la situación desde un punto de vista más objetivo, permitiendo romper dicha espiral destructiva.

¿Cuáles son los problemas más comunes que suele tratar a la hora de hacer terapia de pareja?
Las causas por las que las parejas acuden a terapia son muy diversas, pero las más comunes son:
· Problemas en la comunicación. Ya sea por falta de comunicación o por una comunicación demasiado agresiva.
· Infidelidades. Son comunes y suelen acarrear crisis de confianza en la pareja.
· Problemas tras tener hijos. Muchas parejas acuden a terapia al haber tenido hijos, ya que esto supone un cambio en la relación. Se hace más difícil encontrar momentos de comunicación e intimidad e implica llegar a acuerdos en temas de crianza que no siempre son fáciles.
· Problemas sexuales. Son variados y tienen implicaciones afectivas para ambos miembros de la pareja.

¿Cuáles diría que son las señales que tienen que darse en una relación que indican que es recomendable que esa pareja vaya a terapia?
Lo mejor es no esperar a que las señales sean demasiado grandes. La mayoría de las veces las parejas acuden a terapia cuando la relación ya está demasiado deteriorada y resulta difícil su recomposición. Por eso, es recomendable acudir cuando se detecta que existe un conflicto que está comenzando a enquistarse y hace sentir mal a una de las partes o a ambas.

Respecto a consultas sobre la sexualidad en la pareja, ¿cuáles son las consultas más frecuentes?
En los hombres suelen ser comunes los problemas para conseguir o mantener la erección durante las relaciones sexuales, así como la eyaculación precoz. En las mujeres, muchas veces se encuentran dificultades para llegar al orgasmo y falta de lubricación.

Como problema común a ambos sexos, encontramos la falta de deseo hacia la pareja debido a la monotonía. Por eso es importante innovar y ser espontáneos a la hora de tener relaciones, es decir, no establecer una rutina fija, sino que haya cierto componente de impredecibilidad.

¿Diría que el reparto desigual de tareas del hogar, las mujeres históricamente hemos llevado un peso mayor en ese aspecto, es un factor que afecta a la salud de nuestra relación?
Vemos en terapia que el reparto desigual de las tareas del hogar sigue siendo a día de hoy un punto de fricción en algunas relaciones de pareja, donde la mujer continúa asumiendo gran parte de la carga familiar.

A nivel social, es positivo que se estén generando estos problemas, pues nos hacen cuestionar las pautas actuales y al fin y al cabo son el motor de un cambio que todavía parece ser algo lento.

Pasamos gran parte del día mirando la pantalla del teléfono hasta el punto que es lo último que vemos muchos antes de ir a dormir. ¿Se han convertido las tecnologías en un problema para la pareja?
La tecnología puede ser un enemigo o un aliado en función del uso que hagamos de ella.

Supone un problema cuando mirar la pantalla desplaza el contacto directo con las personas que tenemos cerca, en este caso la pareja, y es lo que se conoce como phubbing.

Sin embargo, las nuevas tecnologías tienen la ventaja de poder acortar distancias y hacer más fluida y frecuente la comunicación. Esto en las relaciones a distancia, por ejemplo, tiene un impacto importantísimo.

¿Cuánto tarda una pareja en notar los efectos positivos de ir a terapia?
Todo depende del tipo del problema y la magnitud de este. Si se acude a terapia ante las primeras señales, en cuestión de cuatro sesiones podrían notarse cambios significativos. Sin embargo, lo habitual es que las parejas que acuden a terapia no tengan únicamente un problema en su relación y estos estén bastante avanzados, por lo que el proceso es más lento.

¿Cuáles son las claves o bases, en opinión de una experta, para que funcione una relación?
Necesitamos conocer cómo somos nosotros mismos y cómo es nuestra pareja para, en función de ello, establecer hábitos y proyectos de vida compartidos por ambos.

También es importante que en este proceso la comunicación sea fluida y exista flexibilidad suficiente para poder comprender a la otra persona y poder adaptarnos a los cambios que vayan surgiendo.

Además de esto, no podemos olvidar que la intimidad y la pasión juegan un papel fundamental a la hora de predecir si una relación funcionará.

Y, por el otro lado, ¿cuáles son los comportamientos más nocivos?
Gottman define 4 jinetes del apocalipsis en las relaciones de pareja que anuncian que el fin es inminente, los cuales son:
· La crítica destructiva. Estas se diferencian de las críticas constructivas en que utilizan etiquetas globales como “bueno/malo” o “todo/nada”, en lugar de aceptar la complejidad y la ambigüedad de las causas de la conducta humana.
· El desprecio. Son faltas de respeto hacia la pareja donde se incluyen palabras, gestos, sarcasmos, etc. que infravaloran a la otra persona. Por ejemplo, cuando un miembro de la pareja le dice al otro: “antes de hablar, conecta tu lengua al cerebro”.
· La actitud defensiva. Se produce cuando uno de los integrantes de la pareja no acepta su responsabilidad dentro del conflicto y, por tanto, no colabora en la búsqueda de soluciones, por lo que las complicaciones siguen creciendo.
· La actitud evasiva. Son actitudes de pasividad como el silencio o evitar el tratamiento de ciertos temas relevantes para el buen funcionamiento de la relación. Por ejemplo, cuando una persona constantemente ante un mismo tema dice algo como: “déjame, no quiero hablar de eso” o simplemente se muestra indiferente.

Duquesa Doslabios.

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Los 4 temas que deberías hablar antes de irte a vivir con tu pareja

Cuando llega el momento de dar el paso, ese que nos va a cambiar la vida (o, al menos, la rutinaria), hay una serie de conversaciones que deberíamos tratar, fuera de las cuatro paredes del hogar a compartir, que nos sirva para dejar las cosas claras.

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Una de las primeras cosas que deberías hacer es establecer un reparto de tareas (hasta encuentras planificadores que puedes colgar en la pared para que no haya dudas).

Tiene que haber un equilibrio que incluya hacer la compra, cocinar y, por supuesto, limpiar. Si cada pareja es un mundo con la logística del hogar pasa un poco lo mismo, se tiene que adaptar a cada caso y no hay dos iguales.

En función de los turnos, trabajos, etc puede variar, pero lo más importante es encontrar el hueco para que ambas personas puedan dedicarle tiempo o, si la agenda no lo permite, establecer un día a la semana en el que poder trabajar juntos en ello.

En el momento en el que paséis a compartir techo, la toma de decisiones se hace de manera conjunta, ya sea la colocación de un cuadro o alquilar una plaza de garaje. Una vez vives con tu pareja, si no lo habías hecho antes, es el momento de cambiar el chip y entender que se pasa de ser uno a pensar por dos. 

Trabajar en la convivencia será igual de importante que trabajar en la relación, por lo que, por mucho que nos gusten ciertas cosas, queramos hacer algo tengamos la manía de rellenar constantemente los tarros de pasta porque tenemos una obsesión del orden, hay que moldearse un poco a la otra persona.

¿El truco infalible? Respetar, tanto al espacio como a la otra persona a la hora de comentar lo que nos molesta.

Hablar de dinero es algo que, tenemos que asumir, nos acompaña antes y durante la relación. La clave está en conseguir que se convierta en una charla y no en una discusión (puede llevar años de práctica).

Temas como cuánto va a aportar cada persona, cómo va a ser la organización a la hora de pagar los pagos, si se ahorra o qué presupuesto se destina a hacer actividades en pareja son cosas que deberían quedar claras desde el primer momento.

Cabe negociar también cuál va a ser la política de invitados. Es decir hasta qué punto (o cuánto tiempo) puede pasar un familiar o amigo por casa, cómo van a ser los días y el reparto cuando vengan más personas o si, por ejemplo, va a ser una república independiente de tu casa con fronteras totalmente cerradas.

No se puede olvidar que, el objetivo de todo esto, es evitar futuros problemas y asumir este tipo de temas de manera madura, siempre con la idea de conseguir una relación sana.

Duquesa Doslabios.

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De tiempos y relaciones de pareja

Llevo algunos años con mi pareja. Igual nunca lo había escrito abiertamente, pero es el periodo que llevamos juntos. En ese tiempo hemos hecho avances a nuestros ojos, pero aún no hemos dado ninguno de los pasos que, socialmente, se consideran como progresos del compromiso entre ambos.

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Mientras tanto, uno de mis mejores amigos, a los tres meses de conocer a su novia, le pidió la mano. Nueve más tarde se casaron. Es curioso como cada vez que sale esa pareja, en algún tema de conversación, siempre sale rápido la pregunta de “¿No era un poco pronto?”. Y, en el caso de mi relación, “¿No vais un poco tarde?”.

Ahí es cuando te das cuenta de que da igual la manera en la que tú lo veas desde dentro, de puertas para afuera siempre parecerá que no estás siguiendo el ritmo oficial de estar en pareja. Como si hubiera una autoridad competente elegida democráticamente que es la que decide cuál es el mejor momento para ir avanzando.

Hablando con mi amiga casada, (siendo la mujer de uno de mis mejores amigos, no podría considerarla de otra manera), antes de la boda me comentaba que más de una persona le había mostrado sus recelos por la rapidez de la celebración.

Pero, como dice ella: “Cuando sabes que es el hombre de tu vida, ¿para qué esperar más?”. Su opinión, en ese aspecto, es bastante distinta de la mía, que va más bien por los derroteros de: “Si lo sabes, ¿qué prisa hay?”.

Pero lo bonito de su relación, así como lo bonito de la mía, es que ni su argumento invalida pensamiento ni el mío convierte en menos aceptable el suyo. Que mi amigo se decidiera a dar ese paso, con esa prisa y esa boda organizada en menos de un año, solo me ha confirmado que las personas tenemos diferentes tiempos.

Y que no solo tiene nada de malo, sino que el hecho de que sean distintos nos permite disfrutar de sus particularidades (y, como podremos coincidir todos, en la variedad está el gusto).

Porque haber ido a su boda, una boda llena de gente joven, de amigos, ha sido un disfrute enorme como también lo fue acudir a una celebración de primos, una pareja que casi ronda los 40, llena de niños.

Lo importante, al final, es que cada uno siga los tiempos de ese reloj interno y personal, único e intransferible, que nos va marcando nuestro ritmo. Que vayamos pasando por las diferentes fases cuando lo sintamos y queramos.

Al final, ya te prometas a los pocos meses o lleves años sin dar el paso, hay algo en lo que ambas estamos de acuerdo: el amor es un pilar fundamental de nuestra vida, y eso ni lo cambia ni lo determina el matrimonio.

Duquesa Doslabios.

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¿Sufres de estrés? Enamórate

Sí, yo también he leído el titular con voz de anuncio de la Teletienda al escribirlo. Pero por mucho que podamos pensar que lo más agobiante del mundo es llegar a casa y ver que nuestra pareja no ha vaciado el lavavajillas, sino que se ha limitado a sacar un plato para recalentarse la cena, el amor es el mejor antiestrés.

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Mejor que cualquier ansiolítico y 100% natural, una medicina en forma de persona de carne y hueso.

Así como hay otras buenas razones para enamorarse, como poder compartir los postres, hay varios estudios que han puesto el amor bajo la mira descubriendo que independientemente de si está en el aire, como decía John Paul Young, ronda por el cerebro.

Hay varios cambios que suceden sin que nos demos cuenta en el interior de nuestro cráneo. Modificaciones que van desde la explicación de la felicidad, la tranquilidad o la falta de miedo.

De hecho, por mucho que el amor romántico diga que la persona de la que nos enamoramos tiene que ponernos el mundo del revés, la cabeza en los pies y el corazón a ritmo de hombros de Shakira, lo cierto es que, a nivel fisiológico, supone todo lo contrario.

Calma y seguridad son dos sensaciones que experimentamos cuando estamos con la persona de la que nos hemos enamorado.

La Neurobiología del Amor, un estudio de la Universidad de Medicina de Berlín de 2005, fue la investigación que descubrió de qué manera estar enamorado interaccionaba con los sistemas de respuesta del estrés.

Ante discusiones, problemas o situaciones de agobio, una persona enamorada reacciona de manera más calmada.

Al aumentar la sensación de seguridad, disminuyen la de estrés y ansiedad. De hecho, es tal la estabilidad que se siente, que es incluso extensible a otros aspectos de la vida, lo que permite tomar mejores decisiones que si los enamorados estuvieran en un estado emocional alterado.

Este cambio lo secundó el Instituto Blavatnik, de la Escuela de Medicina de Harvard de Medicina, con un estudio realizado en parejas enamoradas averiguando por qué cuando estamos enamorados enseguida nos lo notan en casa.

La felicidad que sentimos, es difícil de disimular hasta el punto que sentimos que brillamos, algo que sucede a nivel cerebral en algunas zonas.

El amor nos hace sentir satisfechos, de hecho hace que aumente la actividad en las zonas que están asociadas con el sexo, la memoria y la recompensa ya que se iluminan en los escáneres de las personas enamoradas.

¿A cambio? Disminuye la actividad cerebral en las zonas relacionadas con el miedo y el disgusto. Lo que nos da la ecuación de que Amor= – menos mal rollo + más felicidad.

Tampoco podemos olvidar el papel de la dopamina en el amor, un neurotransmisor que estimula los centros de placer que se libera en mayor cantidad cuando estamos en pareja, así que ante la duda, enamórate y mucho.

Duquesa Doslabios.

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No estoy más sola, soy más libre

Cada vez que quedo con mi abuela, me pregunta hasta el hastío que cuando me voy a casar, que ella con 26 años ya tenía un hijo (mi padre). Sabe que los tiempos han cambiado, pero no se hace una idea de cuánto.

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La principal diferencia es que las mujeres ya no tenemos miedo de la soledad. Ella creció escuchando que tenía que cuidar la casa, ser buena esposa y buena madre, a cambio su marido se encargaría de todo lo demás.

La generación de mis padres puede que tuviera algo menos de presión, sin embargo continuaban todavía muy lastrada por el modelo familiar tradicional que aún prevalece en España (el hombre sustenta y la mujer vive mantenida). Pero poco a poco, las cosas empiezan a cambiar.

Cada vez somos más libres económicamente hablando gracias a la educación que nos han dado nuestros padres babyboomers. Que no tengas que depender de nadie” es seguramente una de las frases que más nos han dicho hasta que se nos ha quedado grabada.

Ya no es necesario formar parte de una pareja para tener un sustento, para viajar, para salir, para abrirte una cuenta en el banco o para disfrutar de la vida. Entiendo que en la época de mi abuela todo a lo que podría aspirar una mujer era a hacer de secretaria o taquígrafa, pero la batalla que luchamos contra el techo de cristal nos acerca, espero, a puestos de mayor importancia y, por tanto, a más remuneración económica.

No podemos olvidarnos, si hablamos de la libertad de la mujer, de la Iglesia, por supuesto, ese órgano supresor que te condenaba al infierno si ibas a vivir en pecado con tu pareja sin pasar por el sacramento. Cuando la educación que recibes dice que el centro de tu vida es tu marido, tu Dios, tus hijos y tu casa, ¿qué queda para ti?

¿Qué clase de escapatoria podrían tener quizás de un matrimonio en el que no eran felices si ni siquiera sabían qué les gustaba a ellas mismas? Y claro, ¿cómo tomar esa decisión? Con lo mal visto que iba a estar entre las vecinas. Y ya si se enteraban en el pueblo mejor ni hablamos.

Quizás actualmente estamos tan absorbidas entre el trabajo, las amigas, las series e Netflix y las manifestaciones feministas que lo último que nos preocupa es si vaciamos la lavadora aunque luego suponga una discusión con la compañera de piso de turno.

Y aún con todos estos pasos hacia adelante, hay quien se atreve a criticarlos. Se nos acusa, injustamente, de haber perdido el romanticismo, de no ser lo bastante dedicadas a las relaciones, a las parejas, a la crianza de los hijos. Se nos acusa de lo que los hombres llevan haciendo toda la vida. “Con dinero pero pobres en espíritu” es como una escritora inglesa, Suzanne Venker, nos ha definido a las millennials.

Claro que nuestra percepción del dinero ha cambiado. Dinero es poder, dinero es éxito, el dinero representa felicidad ya que, ¿qué puede hacerte más feliz que trabajar por y para ti misma? Estamos centradas en llegar a la cima de nuestras carreras y si no es la cumbre, todo lo alto que podamos subir mientras tanto.

Por mucho que sepamos hacer la declaración de la renta, construir edificios o salir airosas de operaciones a corazón abierto según ella y sus hordas de seguidores, no tiene ningún valor ya que hemos perdido la noción básica de criar a un bebé. Qué contrariedad. ¿Ya soy menos mujer? Casi parece con esa manera de pensar que por no dejar el trabajo y quedarnos en casa la sociedad está abocada al desastre.

A ella y a quienes compartan ese punto de vista, les pediría que no miraran solo la paja en el ojo ajeno. A fin de cuentas, lo único que consiguen con esas ideas es mantener que son los hombres los que pueden elegir tenerlo todo y nosotras las que, sin más opción, nos toca quedarnos con solo una de las caras de la moneda. Pero es que queremos ambas, queremos lo mismo que ellos, es decir, todo.

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Así que quienes nos compadecen a las mujeres de estas nuevas generaciones, estas que no sabemos cambiar un pañal ni falta que nos hace (además si lo necesitaríamos ya buscaríamos un tutorial en Youtube), que nos ven ricas pero miserables por preocuparnos solo por el trabajo sin centrar todas nuestras energías en encontrar una pareja, decirles que no estamos solas, que somos libres y felices de serlo.

Duquesa Doslabios.

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¿Cuánto drama aportas en tu relación?

Lo admito. Me encanta el drama. Soy de esas personas que disfruta viendo Titanic.

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Y como buena drama queen, en mi relación tampoco falta la tragedia. Aunque es una tragedia sana, de esas de discusiones absurdas, de temas que no son ni relevantes. De las que ni sirven para hacer un ingenioso hilo y volverme el nuevo fenómeno viral.

No es que discutir sea algo habitual en mi personalidad. Pero es que a veces, “hay que buscar drama” (estoy hablando en una relación sana con momentos puntuales de discusión, no de una pareja tóxica en la que una persona sistemáticamente hunde a otra).

Y ahí es donde entra la regulación emocional. Cómo dejamos que nos afecten las cosas y cómo reaccionamos ante ellas, algo que podemos aplicar a por qué te molesta tanto que tu pareja haya vuelto a dejar (por quinta vez) los calcetines en el suelo.

Tenemos que partir de que los sentimientos no se equivocan y que si por algo nos enfadamos y nos sentimos mal, estamos en lo cierto, lo que sí cabe buscar es el origen de ello.

Hay tres aspectos que debemos tener en cuenta: el subconsciente, el consciente y el consciente social.

El subconsciente es la versión más salvaje de nosotros mismos, sin filtros. La que no aguanta al novio de tu amiga.

El consciente es el que sabe que, aunque te caiga mal, quieres a tu amiga y lo importante es que ella sea feliz. Y por último el consciente social es el que sabe que no puedes decirle lo que piensas porque sería bombardear vuestra relación y lo que te importa realmente es lo que tienes con ella.

Estando con nuestra pareja ocurre una cosa, y es que podemos llegar a perder los filtros y decir directamente lo que pensamos desde el subconsciente. Y claro que decir lo que pensamos está bien, pero no siempre es correcta la manera en la que lo hacemos.

Volviendo al calcetín que lleva todo el rato ahí tirado en lo que escribo esto. Si vas y le dices a tu novio que es “un cerdo”, en tu línea, directa y sin rodeos, estás dejando salir tu pensamiento inconsciente, pero no es la mejor forma de abordar la situación ya que seguramente tu pareja se lo va a tomar mal.

En cambio si aplicas el consciente, sabes que no es un cerdo porque se ducha todos los días y es bastante ordenado. Y si después añades el consciente social, para cuidar el trato entre ambos, le dirás que si no le importa recogerlo cuando tenga un momento.

Para quienes, como yo, parezcamos unidas ineludiblemente al drama, ser consciente de esto es un punto clave, no solo a la hora de comportarnos sino a la hora de encajar los comentarios del estilo.

La clave, como todo, está en el balance, en saber dónde está nuestro filtro. ¿Es extremadamente social por lo que no buscamos nunca el confrontamiento? La base de las relaciones es la comunicación sincera por lo que deberíamos poder discutir con madurez cuestiones en las que surgen desacuerdos.

En el otro extremo, la discusión. ¿Buscamos continuamente la pelea? Si es así, es el momento de hacer introspección y plantearnos si todo esta bien o hay algo por ahí en lo que tengamos que trabajar a nivel personal.

Lo mejor es que el dial se encuentre bien situado entre los dos puntos. De hecho lo suyo es que la mayor parte del tiempo la relación esté bien y también haya un pequeño porcentaje para una sana discusión y diálogo siempre con respeto y tratando las cuestiones de manera correcta.

A cambio, además de disminuir ese drama, nos hace madurar en la relación y mejorar la conexión con nuestra pareja.

Así que, ¿qué tal si de deberes te haces autoexamen y te preguntas si no estarás pasándote de calamidad?

Duquesa Doslabios.

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Tonta por ti

Hay una cosa que no te digo a menudo, y es que me sigues encantando.

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Quién me iba a decir a mí que, con la de años que llevamos a la espalda juntos, ibas a seguir gustándome tanto.

Sigo pensando que qué suerte la mía la de que tus ojos castaños se cruzaran con los míos y qué divertido es ahora conocer de memoria todos los cambios de expresión que pueden llegar a experimentar, desde cuando se encogen de felicidad porque el Madrid ha marcado gol hasta cuando frunces el ceño porque no se despega tu tortita de avena de la sartén, esas que por fuera son muy feas pero que, en realidad, están buenas.

Me gusta como cada vez que te tocas el flequillo te dejas la ceja izquierda despeinada, lo que me obliga a alisarla y perderme un poco por tu mirada o, ya que estoy con la mano en tu cara, darme un paseo por tu barba.

Tu barba, tan tuya como los espasmos que te dan de repente mientras duermes o tus pesadillas que no se te pasan hasta que sales de la cama y te das un paseo para tranquilizarte por mucho que te diga que no estás en un coche sin frenos.

Pero es que dormir es una maravilla gracias a que continuas con tu manía de acostarte en calzoncillos aunque sea un mes frío y yo termine con los calcetines por encima del pijama.

No me crees cuando te digo que es una suerte encontrarse en mitad de la noche, en una de esas pausas entre sueño y sueño, con tu pecho desnudo. O incluso verlo con las primeras luces del día, que es cuando yo abro el ojo y tú, como buena persona nocturna, te niegas a salir de la cama hasta que no pasen las once de la mañana.

Me encantas con tu acento, tus refranes manchegos, tu costumbre de cantar las canciones en inglés e inventarte la letra porque no entiendes el idioma. Y sí, aunque no lo comparta, me sigue encantando tu manera de combinar calcetines negros con zapatillas blancas porque según tú, es lo que pega.

No pierdas nunca el hábito de cambiarme, desde tu aplicación del móvil, la canción que estoy escuchando en el Spotify del ordenador aprovechando que compartimos cuenta para que, aunque estemos separados, me hagas sonreír en la distancia con Leiva.

Siempre nos quedará la promesa de que cuando salimos a comer fuera, tuya es la última patata del plato principal y para mí el último bocado del postre.

Si me enfado, ya sabes que el remedio es abrazarme e inclinarme hacia el suelo para darme un beso de esos de película antigua, para que, de la risa que me entra, se me pasen todos los mosqueos.

Y es que es difícil resistirse a lo bien que te sienta la ropa que me compro de talla XL para llevar suelta, por mucho que me la quites del armario y me dejes sin ella.

Así como es difícil decirte que no cuando me pides un beso de esos que nos damos al vuelo disimuladamente porque estás en el trabajo.

Supongo que solo puedo responsabilizarte de haber convertido la adolescencia en un estado mental, porque, con mis casi treinta años, no se pasa esta tontería que tengo por ti.

Duquesa Doslabios.

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“Por no habernos querido a tiempo”

Puede que las heridas del corazón necesiten cuidados intensivos, pero hay quienes hemos encontrado en la escritura una terapia. Hoy os traigo una pluma invitada que, por mucho que se preocupa más por la tinta impresa en los guiones, sabe también cómo usarla para cicatrizar(se).

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Almas.

Hemos viajado por un tiempo y un espacio que ha visto fuego y luz en todos lados. Sobrevivido a universos y vidas que desconoce cualquier humano.

Eones que siempre terminan con nuestros besos y cogidos de la mano. 

En este tiempo, en estos cuerpos, nuestros almas no se han encontrado. Nunca se han perdido, pero en esta historia, nos hemos varado.

Asumir que nos tendríamos, fue el principio del comienzo de este inicio.

De un inicio que terminaría con un final extremo. Donde la meta no sería, sino el epílogo de nuestro libro.

Uno de hojas en blanco sin historias para contar una vida que cuente. Un libro lleno de vacío. Un libro que solo tiene la marca de nuestros nombres en la solapa.

Con un lomo tan grueso y distante que como el destino, en esta edición, impide que ambas partes se unan.

En este libro vivimos.

En este cuerpo, donde no somos más que una marca. Almas que olvidaron lo que aprendieron en mil vidas. Perdidas en cuerpos que se deshacen con los años.

Llenos de sueños, llenos de llantos. Por no habernos querido a tiempo. Por no habernos valorado. Por todo: nunca nos amamos.

Señor Origásmico.

¿Estás en una relación tóxica? Ojo con estas frases

Creo que no somos realmente conscientes de lo poderosas que son las palabras. Pero fijaos hasta qué punto llega su autoridad que son capaces de convertir a dos personas solteras en casadas.

Con los años he empezado a entender el valor y la influencia que tienen no solo en mi vida, sino en la de aquellos que me rodean, y el mejor caso para ilustrarlo fue una relación pasada en la que las palabras formaban sinergia en mi pareja, eran más que la unión de las letras.

GTRES

Comencé a oír una serie de frases que se convirtieron en normalidad dentro de la dinámica que establecí con otra persona. Y no fue hasta que pasó el tiempo que pude realmente entender lo que mi pareja me decía cuando hablaba.

Quizás no era muy consciente en ese momento, pero caló hasta el punto de que una vez descubierto el engaño, la trampa, la verdad que ocultaban, me he quedado atenta para hacer saltar las alarmas en el caso de volver a escucharlas.

“Escríbeme, que si no, me preocupo” fue una de las primeras. Una maniobra que empezó con algo tan inocente como lo de mandar un mensaje avisando de que ya había llegado a casa. Pero eso, muchas veces, sirve como vía de entrada a estar mandando mensajes constantemente. Pasa de ser una vía de control para que la otra persona sepa lo que estamos haciendo constantemente, lo que demuestra que no existe ningún tipo de confianza ni autonomía. De avisar de que has llegado bien a casa a tener que estar mandando fotos o vídeos en directo que prueben que estás donde dices estar, hay un mundo.

“Está muy bien pero…” es una frase que puede tener varios finales. Coge el que más te resulte familiar. “…¿pero no vas demasiado corta?” “…¿pero no llevas mucho escote?” “…¿pero no vas muy maquillada?” “…¿pero no crees que esa amiga tuya te pone demasiados Me gusta en Instagram?” “…¿pero no te va a quitar tiempo de estar juntos?” Una vez más lo que deja al descubierto es la inseguridad en la otra persona y su intento por controlar una vida que no le pertenece. Ante este tipo de situaciones, siempre recordar que somos libres y que nadie debería coaccionarnos si queremos hacer, ser o llevar algo de una determinada manera. Ya lo decía Vicky Larraz: “No controles mi forma de bailar porque es total”.

“Nadie te va a querer tanto como yo” es una fruta envenenada y no lo que se comió Blancanieves. Lo que desencadena esta frase en tu cabeza, sin que te des cuenta, es una espiral de negatividad de la que ni siquiera eres consciente. Por un lado sientes agradecimiento y hasta un cierto punto de endeudamiento con esa persona ya que nadie va a quererte así como eres (porque esa es otra, recalcará que con tu forma de ser, que alguien te quiera es como para que te des con un canto en los dientes). Por otro lado produce miedo. Mucho miedo. Miedo de que si esa persona desaparece, solo te queda la soledad. Miedo de que nadie te vuelva a querer o quizás de que no te quieran tanto como tu pareja dice quererte.

“Eres demasiado para mí” o “Yo nunca voy a estar a tu altura” continúa el menú tóxico que empezó la fruta envenenada. La frase es una especie de sandwich de halagos venenoso. Tú lo muerdes porque por un lado tu ego se siente muy complacido (a todos nos gusta sentirnos valorados por nuestra pareja). Sin embargo debemos recordar que no es una competición en la que gana el más alto, listo, guapo, fuerte o quien tiene un salario más alto. Especialmente cuando la frase lo que deja en evidencia es que nuestra pareja tiene problemas de autoestima. Cuando hay amor es sorprendente las cosas que ni tú misma esperabas que te pudieran aportar.

Y para terminar, la más grande, poderosa y efectiva de todas: “Eres todo lo que tengo”. Si hay una oración que aparezca como ejemplo cuando buscamos en el diccionario “chantaje emocional” es esta. Tu pareja nunca debe ser tu único motivo para seguir adelante en la vida. La motivación, las ganas de vivir, lo que te impulsa a salir de la cama por las mañanas dependen única y exclusivamente de ti. Si la otra persona no es capaz de encontrar sus propios alicientes, no es tu responsabilidad.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas: “El amor puede con todo”

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Beatles, que flaco favor nos hicisteis con All you need is love, que al final nos lo hemos tomado en serio.

En el Romanticismo, el amor romántico se convirtió en una verdad inalterable. Presentaba dificultades constantemente, un precio alto, fruto de sacrificios, y una lucha infinita que se justificaba por lo que nos podía proporcionar en nuestras simples y llanas vidas, unas sensaciones imposibles de vivir con cualquier otra cualquier experiencia.

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Pero no es algo que se quedó en los cuentos de los hermanos Grimm, sino que el mito ha ido perpetuándose a lo largo de los años hasta llegar a nuestro tiempo.

Te lo suelto rápido antes de que pienses un argumento en contra de lo que te estoy diciendo: Titanic. Una película que trata de cómo la pareja está todo el rato enfrentándose al mar, a la sociedad e incluso a la muerte en el nombre del amor.

Un amor tan fuerte, poderoso y definitivo que aún años después del hundimiento, con un feliz matrimonio de por medio, Rose solo es feliz volviendo a encontrarse con Jack.

No solo de cine vive el mito, pensemos en los primeros discos de Taylor Swift, en la canción Love Story que no paraba de sonar en Los 40 principales diciéndonos en 2009: “Romeo llévame a algún lugar en el que podamos estar solos, te estaré esperando y todo lo que tenemos que hacer es huir“.

Una tórrida melodía en la que el padre no deja a los amantes estar juntos, pero que da igual, porque, según la cantante “es un amor difícil pero es real”.

“Romeo, sálvame. Me he sentido tan sola. Te he estado esperando pero nunca venías” era una de mis estrofas favoritas con 17 años, cuando ya me estaban diciendo que tenía que estar esperando a mi amor y me lo creía a pies juntillas.

Los mitos son tan sutiles a través de todo lo que nos rodea que forman roles en las relaciones de pareja y se asumen de manera diferente. Nosotras crecemos con la idea del príncipe azul por el que hay que aguardar mientras que ellos tienen que ser quienes den el primer paso y que reconozcan la belleza y el amor que les profesa una mujer. Somos los príncipes y princesas del patriarcado.

De hecho nos lo creemos de tal manera que si falla la relación se nos dice enseguida que “No era amor”, que “No era tu media naranja” (un mito del que hablaré algún día), que “No se luchó lo suficiente”… Sencillamente tenemos el amor romántico en un pedestal tan grande que no nos importa echarnos la culpa antes que pensar que podemos estar aferrándonos a un concepto demasiado idealizado por nuestra parte.

Fotograma del vídeo ‘Love Story’ de Taylor Swift. YOUTUBE

En mi caso, La Bella y la Bestia era una de mis películas preferidas. Tanto que cuando llegó mi “bestia” yo ya sabía que pasara lo que pasase, al final, la película iba a acabar bien. Eso me habían prometido toda mi vida.

Mi príncipe embrujado no tenía biblioteca llena de libros ni una rosa encantada, pero de mal genio iba sobrado. Por eso cada vez que recibía gritos aguantaba estoicamente, como Bella, porque es lo que se hace por amor.

Esto es simplemente un ejemplo de cómo es precisamente en los momentos en los que estamos viviendo una relación cuando reproducimos esos mitos que tenemos interiormente aprendidos.

Por amor sabía que no podía tirar la toalla en aquella lucha diaria que era nuestra relación, hasta que descubrí que las películas están muy bien pero que la mía no iba encaminada hacia el “y vivieron felices para siempre” por mucho que yo pusiera de mi parte. Y poner de mi parte había sido tolerar los celos, el control e incluso a la violencia.

Hace dos días me escribió mi amiga. Su novio le había montado una escena en un centro comercial y le había agarrado del brazo impidiéndola que se fuera. Le había dejado marca.

Ella le dijo que no quería verle más y él le respondió que estaba reaccionando de una manera exagerada. Que nunca más iba a volver a pasar, que la quería.

Pero querer ya no basta, porque, como vemos en las estadísticas, el amor “no puede con todo” pero puede con nosotras que somos las que tenemos las de perder, ya que en lo que va de año son 25 las mujeres asesinadas por violencia machista, y, la mayor parte de ellas, por sus parejas.

Porque esa idea del amor romántico, mata.

Y ya basta de soportar atrocidades en el nombre del amor. El amor, el de verdad, tiene que empezar por nosotras mismas.

Duquesa Doslabios.

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