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¿Y si me equivoco de persona? ¿Y si no es la correcta?

De pequeña pensaba que el amor sería mucho más fácil si, al nacer, nos pusieran un código y, a la persona de nuestra vida, exactamente el mismo. Descubrirla sería tan sencillo como ir comparándolos (¡y qué cantidad de tiempo ahorraríamos con historias que no van a ninguna parte!).

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Pero por desgracia para mi “yo” de 8 años -y por suerte, en general- el amor escapa a todo tipo de control.

La duda de si la persona que está a nuestro lado es la correcta, con la que realmente queremos pasar el resto de nuestra vida, puede ser una pregunta que nos repitamos en más de una ocasión.

Como dice un amigo mío: “¿Y si hay alguien más apropiado, más idóneo, ahí fuera?”

Es imposible saberlo nunca al 100%, ni siquiera cuando has construido todo con alguien: una casa, una familia, un universo. Incluso en esos casos, está el ejemplo del divorcio tardío que viene seguido de matrimonios, todavía más posteriores, porque han encontrado de nuevo el amor.

El miedo a no estar con la persona correcta se cuela en nuestra cabeza. A veces es un susurro y otras irrumpe a voces.

Sobre todo porque antes no había tantas opciones a la hora de mantener una relación, tanto tiempo libre ni tantas conexiones con personas de diferentes parte del mundo a las que puedes llegar usando únicamente un teléfono.

Como romántica empedernida, soy de las que anima a ponerse en manos del sexto sentido y hacer un experimento sencillo. Basta con escoger cualquier noche en su compañía y mirar mientras duerme.

Imagina ver esa cara todos los días desde ahora. En invierno, en verano, en Navidad, cuando estrenen la próxima película de Marvel, cuando te levantes con un trancazo, cuando haya una comida familiar…

¿Sientes una mezcla entre ilusión, ganas, expectación y, ante todo, felicidad? No busques más.

Y ya que nunca tendremos la seguridad de que la de ese momento es ‘la historia de amor’, la auténtica, ¿por qué no vivirlas todas con la misma intensidad como si lo fueran?

De la misma manera, forma parte del camino salirse en algún momento del sendero principal y conocer otros paisajes.  A todos se nos puede venir a la mente esa persona que, en el fondo, tanto la cabeza como el corazón, coincidían en que no iba a ninguna parte.

Pese a ello, hemos seguido adelante, ignorando el aviso. Porque lo bonito de la vida también son las equivocaciones.

Duquesa Doslabios.

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Toda primera cita debería empezar por comer una hamburguesa

De todos los sitios, de todos los planes, de todo Madrid, ir a tomarnos una hamburguesa fue la primera cosa que hicimos juntos. Nuestro comienzo.

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No lo sabía entonces, pero sería el mejor plan para conocerte, o, al menos, para darme cuenta rápido de que el estómago era una de las vías más directas para conquistarte.

Ni Burger, ni McDonalds, ni Goiko Grill: un mercado de Malasaña fue el elegido para alejarnos de las más típicas y buscar algo de calidad, ya que eras nuevo en la ciudad.

Porque mi objetivo, el que pudiste adivinar si leías entre líneas entonces, y el que sigue siendo a día de hoy, es descubrirte lo menos conocido de aquí.

Que el veganismo no era lo tuyo me quedó claro cuando tu elección fue una hamburguesa de buey. Quién te iba a decir que, años más tarde, me verías a mí pidiendo lo mismo, solo que de lentejas y quinoa.

Si la tortilla -con o sin patata-, funciona a la hora de hacerte una idea de si tienes futuro con tu acompañante, con la hamburguesa pasa lo mismo.

O eres de huevo o de tomarla sin huevo. Te gusta con pepinillo o lo aborreces. Y, en el peor de los casos, de esa gente que incluso teniendo una buena carne, le echa ketchup.

La escogiste con el típico pan de semillas de sésamo pero de una carne peculiar. Clásico, pero con un punto sorprendente, muy en tu línea, como eres en todos los aspectos.

Al poco descubrí, con tu ofrecimiento de probarla, que eras (y eres) muy de compartir. Hasta el punto de que somos de esos que piden dos platos que nos vayan a gustar a ambos para catar siempre la mitad del otro.

Que no dejaras ni una miga en la bandeja tachó otra de las cosas de la lista. Tenía ante mí a alguien de buen comer. Si llegaba el momento, ibas a encajar en la familia.

También la hamburguesa me sirvió para analizar hasta qué punto me seguías pareciendo atractivo cuando tenías la boca manchada con un poco de tomate (y me lo pareciste mucho, créeme).

Deduzco que lo mismo te pasó a ti, que me viste pringada casi hasta los codos. Mi técnica, en ese momento, era tan terrible que terminé por comerla medio deshecha.

La particular prueba de fuego gastronómica me permitió fantasear sobre cómo eras en la cama. Viendo cómo la cogías y te la llevabas a la boca -con ganas, de forma casi apasionada-, la imaginación jugó la buena pasada de pensar que es así como podrías llegar a hacérmelo a mí.

Aunque la respuesta más simple de por qué mi test de compatibilidad empieza por una hamburguesa es tan sencilla como que se trata de una de mis comidas favoritas. Encontrar a alguien con quien compartir no ya el gusto, sino el amor por ella (ya que pretendo comerla muy a menudo a lo largo de mi vida), me parece un buen punto de partida.

Duquesa Doslabios.

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En una relación larga, ¿con condón o sin condón?

Llega el momento en una relación de pareja que miras a tu novio a los ojos y te dice “Bueno, qué, ¿lo hacemos sin?” “¿Cómo? ¡Pues claro que no!”, respondes como buena ex alumna de colegio de monjas que ha aprendido en las charlas de orientación sexual que el preservativo es su mejor amigo.

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Pero pasa el tiempo y aquello entre los dos ya es más serio. Así que te preguntas si seguir usando protección.

No por nada, pero los condones no son precisamente baratos. Si a eso le sumas que es algo que utilizas a menudo, termina por ser un gasto considerable.

Plantearte dejarlo no debería ser algo que decides una noche y pones en práctica al día siguiente. Ya que por mucho que llevéis tiempo, no sabes hasta qué punto es sinónimo de monogamia.

Por eso la exclusividad en la relación es lo primero a tratar, aunque suponga que tienes que confiar en que va a ser respetada por encima de todo. Y, lo segundo, que ambos estéis sanos.

Yo no es que no me fíe de mi pareja, es que me fío más de un test de enfermedades venéreas. Así que cuando hay resultados negativos de por medios, tienes la tranquilidad de que, entre la monogamia y la salud sexual, no tiene por qué haber contagios.

El tercer punto a considerar es el embarazo. ¿Cuánto te preocupa el riesgo de que haya un bebé de por medio?

A mí al principio, era algo que me aterraba. Años después, siguiendo con mi pareja, con la que tengo pensado construir el resto de mi vida, y en el punto económico en el que estamos, la idea no me resulta tan angustiosa.

Así que la respuesta no es otra que depende de la importancia que le des a las tres bases fundamentales, las mismas que nos hacen usarlo. Pero ante la duda con cualquiera de ellas, mejor que la relación que nunca termines sea con el preservativo.

Duquesa Doslabios.

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No eres una media naranja, eres la fruta entera

Estoy harta de las frases tipo Mr. Wonderful que prometen que llegará una persona que repondrá todas mis partes. No soy una cosa rota, las piezas de un rompecabezas incompleto ni una media naranja rodando por el mundo, a la espera de otra que complete mi circunferencia.

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Y ahí reside, para mí, la magia del amor.

En que cuando conocí a mi pareja no estaba buscando alguien que compensara mi timidez a la hora de soltarme con sus altas dosis simpatía.

No necesitaba quien terminara mis frases, sino alguien con quien mis frases se intercalaran en diálogos que nos tuvieran despiertos hasta la madrugada.

Supongo que funciona más el mito romántico de que recorremos la vida a la espera de encontrar esa persona que arregle lo que en nosotros está mal, pero se nos olvida enseñar que no somos el problema.

Ni siquiera cuando la frase es no eres tú, soy yo. Ya que, generalmente en nuestra cabeza suena como “Soy yo, que quiero estar sin ti”.

Cuando conocí a mi pareja no estaba ni rota ni perdida. Tenía las cosas claras, fijaos si las tenía claras que le quería a él.

Y, como yo, él tampoco era un pedazo fracturado buscando su polo opuesto. Era (es) un todo. Y lo mejor es que de ese todo ahora puedo disfrutar yo también.

Debe ser que, a la hora de diseñar la estrategia de marketing del amor, si no hay necesidad que cubrir no saben cómo venderlo.

Pero lo cierto es que no es necesaria. Porque esa obsesión por buscar a una persona que nos complementa nos hace pensar que tenemos defectos y carencias que deben ser cubiertas por otros.

La realidad es que todo aquello que nos falte, no depende de terceros, está en nuestra mano solucionarlo.

Así que, retomando la metáfora inicial, en vez de medias naranjas, vamos a empezar a considerarnos, no ya piezas de frutas enteras, sino fruteros andantes.

Y, solo si apetece, con la fruta de otro frutero, que es distinta a la nuestra, hacer la más sabrosa y variada de las macedonias.

Duquesa Doslabios.

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Que tú venías para quedarte

Dices que ya no escribo de ti. O que, si lo hago, es para hablar de las (pocas) cosas que haces mal.

Pues aquí va, otro texto más para ti. Sí, para ti.

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Han pasado… ¿Cuántos van ya? Casi cinco años desde que nos tropezamos.

Me parece que fue ayer cuando pasé por delante de tu trabajo. Si en ese momento habría sabido que eras tú, no te habría hablado de primeras. Hubiera cruzado a la acera de enfrente y me hubiera sentado en cualquier cafetería.

A tomar cualquier cosa que me hubiera servido de excusa para mirar por la ventana viendo cómo te desenvuelves, empezando a descubrir los gestos (tan) tuyos que terminarían por tatuárseme en el cerebro hasta el punto de saberlos de memoria.

Habría descubierto que te muerdes las uñas hasta el hueso y que te peinas el flequillo más veces al día de las que puedo llevar la cuenta (y ya no hablamos de los días de viento).

También me habría gustado conocer que a todo el mundo que te preguntaba, le dedicabas una sonrisa. Algo que mantienes cinco años más tarde por muy cansado que a veces estés de trabajar de cara al público.

Porque, en aquella supuesta cafetería de hace cinco años, no lo sabría, pero terminaría reconociendo que si algo te caracteriza es tu amabilidad, hasta límites insospechados.

No en vano, en una de nuestras primeras citas, atravesaste tres carriles solo para darle un pañuelo de papel a una chica que estaba vomitando. Siempre atento, siempre dispuesto a ofrecer tu ayuda a cualquiera.

En otoño de 2015 no me habría creído que compartiría mi vida contigo. Creo que la mezcla entre mi estado emocional (una autoestima rota después de una relación tóxica) y tu profesión -cuánta mala fama os lleváis- jugaban en contra en aquel momento.

Y aun con todo, habríamos de ingeniárnoslas para seguir adelante.

No sería fácil, le habría dicho a esa antigua yo. Estaban por venir problemas, mudanzas al extranjero, discusiones por todo y por nada, convivencia extrema…

Habría querido pararme a observarte con detalle, lo que sigo haciendo ahora mismo de manera disimulada mientras tecleas a mi lado en tu ordenador. Y es que casi dos mil días más tarde no me canso de hacerlo.

Aunque si pudiera decirle algo a mi yo del pasado en ese momento, no sería otra cosa que no fuera tonta y no tuviera tanto miedo en dejarte entrar.

Que tú venías para quedarte.

Duquesa Doslabios.

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La glorificación de las relaciones de pareja

Vivir la soltería a partir de cierta edad, esa en la que la mayoría de tus amistades ya se han dado el ‘sí, quiero’, puede resultar un poco agobiante.

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Es el mismo momento en el que, cuando piensas en los noviazgos o ves una pareja cerca, quieres eso.

Ver películas los domingos en el sofá, despertarte en medio de la noche y tener a esa persona a tu lado, citas románticas… Todos esos momentos que solo se experimentan en una relación parecen tener una pátina dorada cuando todavía entras en la categoría de single y no tachas el “+1” en las invitaciones de las bodas de tus amigas.

Sin embargo, es un efecto momentáneo que, en cuanto empiezas a salir con alguien, termina por desaparecer al tiempo.

Lo de las películas está bien, pero te apetece volver a quedar con las amigas de terraceo, te despiertas en medio de la noche por sus ronquidos o porque habla en sueños (cosa que puede pasar tanto a hombres como mujeres) y las citas románticas están bien, sí, pero ir otra vez a cenar comida italiana ya no es tan emocionante.

Y aunque, con esas pequeñas cosas, eres muy feliz, te das cuenta de que era mucho más intenso y vibrante en tu cabeza, cuando no tenías pareja.

Es lo que se conoce como la glorificación de las relaciones.

La glorificación de las relaciones es como cuando recuerdas con fervor el lugar en el que veraneabas en tu infancia, lo vuelves a visitar en la edad adulta y te gusta, sí, pero no te parece tan espectacular como hace años.

Poner los noviazgos en un altar tiene una parte buena y una mala, como todo. La buena es que, cuando se da el caso de encontrarte en pareja, sientes que puedes cumplir esas cosas con las que llevas fantaseando. Y hacerlas, proporciona felicidad.

@alexandre_halle

La mala es que esté tan idealizada la relación, que las alegrías del día a día no superen la película digna de Spielberg que nos hemos montado en la cabeza.

¿La conclusión? Que, puestos a idealizar, pongamos en el altar únicamente el amor propio, que tanto en la soltería como en pareja, es el que debemos respetar y cultivar. Menos, quizás, por encima de las croquetas de tu madre, que esas tampoco decepcionan nunca (permitidme que haga la comparativa con la comida, porque al final comer y amar son ambas cuestión de gusto).

Duquesa Doslabios.

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Bandera roja en la relación: las 9 señales de que se acerca el final

Cuando cogemos un resfriado, una serie de síntomas dan la cara, lo que nos permite identificar qué le está pasando al cuerpo. Al igual que las señales informan sobre la salud física, la de nuestras relaciones de pareja también se puede medir con diferentes banderas rojas.

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No es que yo te esté descubriendo nada nuevo. Y es que bien que se encarga nuestro instinto de hacer sonar las alarmas cuando esa persona nos dice que preferiría que no trabajáramos o cuando se tira la mayoría de horas del día hablando de sí misma.

Aunque cada pareja es un mundo, he querido reunir una combinación entre las más populares así como las que, vía experiencia personal, he sabido identificar adelantando lo que estaba por llegar, el fin.

-Aunque sois pareja, no formas parte de su círculo íntimo.  Las quedadas familiares o los planes con los amigos son algo desconocido para ti. De hecho, solo les identificas por fotos de Instagram, ya que nunca has llegado a conocerles en persona. O directamente no te invita a los planes o, cuando tú se lo mencionas, salta con que es exclusivo de amistades y que te aburrirías. Si al principio pasa más o menos desapercibido, cuando llevas años en pareja y los únicos amigos en común son los tuyos, aquello empieza a oler a chamusquina.

-Otra muestra de que el fin ha llegado es que no te llevas especialmente bien con sus amistades. No necesitas convertirte en el nuevo mejor amigo de la intimísima de tu novia, pero sí llevarte bien. Es más fácil que desplaces una montaña grano a grano a que hagas cambiar de una opinión a una amiga sobre tu novio si se le ha cruzado. Y ojo, estereotipos de género fuera que, en el caso contrario, funciona exactamente igual. Os lo dice alguien que terminó con su pareja porque sus amigos insistían en que no encajaba con su estilo de vida fiestero.

-Que prefiera evitar las discusiones, desapareciendo del mapa, es algo relativamente normal (no siempre apetece discutir, sobre todo después de un día de trabajo). Pero cuando sientes que no hay alternativa, que evita a cualquier costa los enfrentamientos, hay algo que no funciona. Y es que esta actitud se traduce en una gran falta de interés por solucionar cualquier tipo de problema. Al final, si se sigue sin poder atajar los conflictos en pareja, es probable que, en una discusión, sin nada por lo que luchar, la relación finalice.

-O, cuando hay discusiones, en vez de ser saludables (sí, se puede discutir de manera sana sin faltar el respeto a tu pareja, sin subir la voz y tratando los temas con objetividad y dejando a un lado el drama) son bastante tóxicas. Aquellos choques en los que el chantaje, el victimismo, los extremos, las amenazas o los insultos aparecen, pasan una factura demasiado grande a la relación, factura que, a no ser que cambie la manera de abordar los conflictos, termina por separar a la pareja.

El futuro no es un tema de conversación especialmente claro, igual ni formas parte de la ecuación. No, planear juntos qué vais a hacer el fin de semana que viene no es que te vea en su futuro. Si en sus planes a medio o largo plazo, no tienes cabida, deberías plantearte si te compensa o si quieres seguir en un barco con destino a ninguna parte. Igual el trayecto merece la pena, pero en tu fuero interno, ¿te parece bien ir a la deriva?

-Pero no hace falta poner la mira en el futuro, ya que también sientes que no formas casi parte de su presente. Y es que por mucho que te gustaría, no comparte su vida contigo. Eso sí, bien que se encierra en la habitación a contarle con todo detalle a su madre el acompañante del segundo plato del menú del día de hoy.

La falta de comunicación, que llegue a casa y no te diga cómo le ha ido el día, que solo tenga ojos para el teléfono o que prefiera sentarse delante de la televisión a cenar, antes que pasar un rato contigo en la cocina poniéndoos al día, son otros detalles que también han anticipado el final (o al menos una crisis importante). También se puede aplicar a cuando tienes que enterarte de las cosas o planes de su vida por terceras personas.

No te sientes tú porque, de alguna manera, no te ves con la libertad de mostrarte tal cual eres cuando estás en compañía de tu pareja.Algo que puede ir desde que no te sientas con confianza de dejar salir tu auténtica forma de ser, hasta que actúes de manera totalmente diferente en su presencia.

-La felicidad depende de cada uno, por supuesto, pero cuando decidimos embarcarnos en una relación es porque, a nivel emocional, sentimos una ilusión, una seguridad y un bienestar. Cuando no te sientes feliz y en tu fuero interno, algo te dice que aquello no marcha, es más que seguro que aquello esté en peligro.

Así que si, por lo que sea, has encontrado varios puntos en los que tu relación está perfectamente reflejada, evitar el problema no es sinónimo de cerrar los ojos ante él, sino sacarlo en la pareja y solucionarlo (al menos si ambos miembros quieren seguir adelante, claro).

Duquesa Doslabios.

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¿Deberíamos ir a terapia de pareja? Lo que querías saber pero no tenías a quién preguntar

En cualquier relación se dan discusiones, rachas más flojas (emocionalmente hablando), roces… Son solo algunas de las experiencias que vivimos en las fases que atravesamos con nuestra pareja. Sin embargo, no siempre somos capaces de gestionarlo correctamente. ¿Lo mejor para esos casos? Pedir ayuda a alguien de fuera. Pero para las situaciones en las que nuestras amistades o familiares no pueden echarnos una mano, siempre podemos recurrir a alguien profesional.

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Es el caso de la psicóloga Paula Pérez Marina (@paula_psiconsulta en Instagram), la creadora de Psiconsulta.es, que se encarga de tratar a parejas para que logren mejorar la calidad de su relación. Hablando con ella descubro que no solo la terapia no tiene edad, sino cuáles son las consultas más frecuentes que recibe o los comportamientos nocivos que más factura nos pasan (por muy enamorados que estemos).

Solemos pensar que la terapia en pareja es algo más de nuestros padres, pero ¿podemos hacerlo a cualquier edad?
Por supuesto, las parejas jóvenes acuden en igual medida que las más maduras a terapia.

Si bien en las parejas de mayor edad son más comunes las consultas relacionadas con la pérdida de la pasión, en los jóvenes observamos un mayor número de conductas violentas y dependencia emocional. Además, muchos jóvenes también atraviesan crisis en sus relaciones debido a las dificultades para independizarse y crear un proyecto de vida en común.

Otra de las diferencias es que los jóvenes tienden a realizar la terapia en formato online en lugar de presencial como lo harían sus padres y eso ha hecho que la demanda se incremente en este colectivo, ya que aumenta la accesibilidad desde cualquier punto del planeta y ahorrando una considerable cantidad de tiempo de desplazamiento.

¿Por qué es recomendable ponerse en manos profesionales en lo que a problemas en la pareja se refiere?
A menudo las personas tenemos pensamientos distorsionados o irracionales que provocan emociones nocivas, generándose una espiral de la que es difícil tomar conciencia y salir. Si a esto le sumas que en una relación de pareja la espiral de uno interactúa con la espiral del otro, la complejidad se incrementa exponencialmente.

Por ejemplo, esto se ve muy claramente en relaciones de dependencia emocional donde una de las partes tiene el pensamiento de que “necesita” la atención de la otra persona y por tanto lleva a cabo acercamientos excesivos, lo que provoca que la otra persona de vez en cuando responda a esas demandas, pero por lo general se vaya alejando más, lo cual va a incrementar todavía más la dependencia por la otra parte y a reforzar la sensación de que no está obteniendo atención suficiente.

Acudir al psicólogo es recomendable ya que sirve para ver la situación desde un punto de vista más objetivo, permitiendo romper dicha espiral destructiva.

¿Cuáles son los problemas más comunes que suele tratar a la hora de hacer terapia de pareja?
Las causas por las que las parejas acuden a terapia son muy diversas, pero las más comunes son:
· Problemas en la comunicación. Ya sea por falta de comunicación o por una comunicación demasiado agresiva.
· Infidelidades. Son comunes y suelen acarrear crisis de confianza en la pareja.
· Problemas tras tener hijos. Muchas parejas acuden a terapia al haber tenido hijos, ya que esto supone un cambio en la relación. Se hace más difícil encontrar momentos de comunicación e intimidad e implica llegar a acuerdos en temas de crianza que no siempre son fáciles.
· Problemas sexuales. Son variados y tienen implicaciones afectivas para ambos miembros de la pareja.

¿Cuáles diría que son las señales que tienen que darse en una relación que indican que es recomendable que esa pareja vaya a terapia?
Lo mejor es no esperar a que las señales sean demasiado grandes. La mayoría de las veces las parejas acuden a terapia cuando la relación ya está demasiado deteriorada y resulta difícil su recomposición. Por eso, es recomendable acudir cuando se detecta que existe un conflicto que está comenzando a enquistarse y hace sentir mal a una de las partes o a ambas.

Respecto a consultas sobre la sexualidad en la pareja, ¿cuáles son las consultas más frecuentes?
En los hombres suelen ser comunes los problemas para conseguir o mantener la erección durante las relaciones sexuales, así como la eyaculación precoz. En las mujeres, muchas veces se encuentran dificultades para llegar al orgasmo y falta de lubricación.

Como problema común a ambos sexos, encontramos la falta de deseo hacia la pareja debido a la monotonía. Por eso es importante innovar y ser espontáneos a la hora de tener relaciones, es decir, no establecer una rutina fija, sino que haya cierto componente de impredecibilidad.

¿Diría que el reparto desigual de tareas del hogar, las mujeres históricamente hemos llevado un peso mayor en ese aspecto, es un factor que afecta a la salud de nuestra relación?
Vemos en terapia que el reparto desigual de las tareas del hogar sigue siendo a día de hoy un punto de fricción en algunas relaciones de pareja, donde la mujer continúa asumiendo gran parte de la carga familiar.

A nivel social, es positivo que se estén generando estos problemas, pues nos hacen cuestionar las pautas actuales y al fin y al cabo son el motor de un cambio que todavía parece ser algo lento.

Pasamos gran parte del día mirando la pantalla del teléfono hasta el punto que es lo último que vemos muchos antes de ir a dormir. ¿Se han convertido las tecnologías en un problema para la pareja?
La tecnología puede ser un enemigo o un aliado en función del uso que hagamos de ella.

Supone un problema cuando mirar la pantalla desplaza el contacto directo con las personas que tenemos cerca, en este caso la pareja, y es lo que se conoce como phubbing.

Sin embargo, las nuevas tecnologías tienen la ventaja de poder acortar distancias y hacer más fluida y frecuente la comunicación. Esto en las relaciones a distancia, por ejemplo, tiene un impacto importantísimo.

¿Cuánto tarda una pareja en notar los efectos positivos de ir a terapia?
Todo depende del tipo del problema y la magnitud de este. Si se acude a terapia ante las primeras señales, en cuestión de cuatro sesiones podrían notarse cambios significativos. Sin embargo, lo habitual es que las parejas que acuden a terapia no tengan únicamente un problema en su relación y estos estén bastante avanzados, por lo que el proceso es más lento.

¿Cuáles son las claves o bases, en opinión de una experta, para que funcione una relación?
Necesitamos conocer cómo somos nosotros mismos y cómo es nuestra pareja para, en función de ello, establecer hábitos y proyectos de vida compartidos por ambos.

También es importante que en este proceso la comunicación sea fluida y exista flexibilidad suficiente para poder comprender a la otra persona y poder adaptarnos a los cambios que vayan surgiendo.

Además de esto, no podemos olvidar que la intimidad y la pasión juegan un papel fundamental a la hora de predecir si una relación funcionará.

Y, por el otro lado, ¿cuáles son los comportamientos más nocivos?
Gottman define 4 jinetes del apocalipsis en las relaciones de pareja que anuncian que el fin es inminente, los cuales son:
· La crítica destructiva. Estas se diferencian de las críticas constructivas en que utilizan etiquetas globales como “bueno/malo” o “todo/nada”, en lugar de aceptar la complejidad y la ambigüedad de las causas de la conducta humana.
· El desprecio. Son faltas de respeto hacia la pareja donde se incluyen palabras, gestos, sarcasmos, etc. que infravaloran a la otra persona. Por ejemplo, cuando un miembro de la pareja le dice al otro: “antes de hablar, conecta tu lengua al cerebro”.
· La actitud defensiva. Se produce cuando uno de los integrantes de la pareja no acepta su responsabilidad dentro del conflicto y, por tanto, no colabora en la búsqueda de soluciones, por lo que las complicaciones siguen creciendo.
· La actitud evasiva. Son actitudes de pasividad como el silencio o evitar el tratamiento de ciertos temas relevantes para el buen funcionamiento de la relación. Por ejemplo, cuando una persona constantemente ante un mismo tema dice algo como: “déjame, no quiero hablar de eso” o simplemente se muestra indiferente.

Duquesa Doslabios.

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Los 4 temas que deberías hablar antes de irte a vivir con tu pareja

Cuando llega el momento de dar el paso, ese que nos va a cambiar la vida (o, al menos, la rutinaria), hay una serie de conversaciones que deberíamos tratar, fuera de las cuatro paredes del hogar a compartir, que nos sirva para dejar las cosas claras.

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Una de las primeras cosas que deberías hacer es establecer un reparto de tareas (hasta encuentras planificadores que puedes colgar en la pared para que no haya dudas).

Tiene que haber un equilibrio que incluya hacer la compra, cocinar y, por supuesto, limpiar. Si cada pareja es un mundo con la logística del hogar pasa un poco lo mismo, se tiene que adaptar a cada caso y no hay dos iguales.

En función de los turnos, trabajos, etc puede variar, pero lo más importante es encontrar el hueco para que ambas personas puedan dedicarle tiempo o, si la agenda no lo permite, establecer un día a la semana en el que poder trabajar juntos en ello.

En el momento en el que paséis a compartir techo, la toma de decisiones se hace de manera conjunta, ya sea la colocación de un cuadro o alquilar una plaza de garaje. Una vez vives con tu pareja, si no lo habías hecho antes, es el momento de cambiar el chip y entender que se pasa de ser uno a pensar por dos. 

Trabajar en la convivencia será igual de importante que trabajar en la relación, por lo que, por mucho que nos gusten ciertas cosas, queramos hacer algo tengamos la manía de rellenar constantemente los tarros de pasta porque tenemos una obsesión del orden, hay que moldearse un poco a la otra persona.

¿El truco infalible? Respetar, tanto al espacio como a la otra persona a la hora de comentar lo que nos molesta.

Hablar de dinero es algo que, tenemos que asumir, nos acompaña antes y durante la relación. La clave está en conseguir que se convierta en una charla y no en una discusión (puede llevar años de práctica).

Temas como cuánto va a aportar cada persona, cómo va a ser la organización a la hora de pagar los pagos, si se ahorra o qué presupuesto se destina a hacer actividades en pareja son cosas que deberían quedar claras desde el primer momento.

Cabe negociar también cuál va a ser la política de invitados. Es decir hasta qué punto (o cuánto tiempo) puede pasar un familiar o amigo por casa, cómo van a ser los días y el reparto cuando vengan más personas o si, por ejemplo, va a ser una república independiente de tu casa con fronteras totalmente cerradas.

No se puede olvidar que, el objetivo de todo esto, es evitar futuros problemas y asumir este tipo de temas de manera madura, siempre con la idea de conseguir una relación sana.

Duquesa Doslabios.

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De tiempos y relaciones de pareja

Llevo algunos años con mi pareja. Igual nunca lo había escrito abiertamente, pero es el periodo que llevamos juntos. En ese tiempo hemos hecho avances a nuestros ojos, pero aún no hemos dado ninguno de los pasos que, socialmente, se consideran como progresos del compromiso entre ambos.

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Mientras tanto, uno de mis mejores amigos, a los tres meses de conocer a su novia, le pidió la mano. Nueve más tarde se casaron. Es curioso como cada vez que sale esa pareja, en algún tema de conversación, siempre sale rápido la pregunta de “¿No era un poco pronto?”. Y, en el caso de mi relación, “¿No vais un poco tarde?”.

Ahí es cuando te das cuenta de que da igual la manera en la que tú lo veas desde dentro, de puertas para afuera siempre parecerá que no estás siguiendo el ritmo oficial de estar en pareja. Como si hubiera una autoridad competente elegida democráticamente que es la que decide cuál es el mejor momento para ir avanzando.

Hablando con mi amiga casada, (siendo la mujer de uno de mis mejores amigos, no podría considerarla de otra manera), antes de la boda me comentaba que más de una persona le había mostrado sus recelos por la rapidez de la celebración.

Pero, como dice ella: “Cuando sabes que es el hombre de tu vida, ¿para qué esperar más?”. Su opinión, en ese aspecto, es bastante distinta de la mía, que va más bien por los derroteros de: “Si lo sabes, ¿qué prisa hay?”.

Pero lo bonito de su relación, así como lo bonito de la mía, es que ni su argumento invalida pensamiento ni el mío convierte en menos aceptable el suyo. Que mi amigo se decidiera a dar ese paso, con esa prisa y esa boda organizada en menos de un año, solo me ha confirmado que las personas tenemos diferentes tiempos.

Y que no solo tiene nada de malo, sino que el hecho de que sean distintos nos permite disfrutar de sus particularidades (y, como podremos coincidir todos, en la variedad está el gusto).

Porque haber ido a su boda, una boda llena de gente joven, de amigos, ha sido un disfrute enorme como también lo fue acudir a una celebración de primos, una pareja que casi ronda los 40, llena de niños.

Lo importante, al final, es que cada uno siga los tiempos de ese reloj interno y personal, único e intransferible, que nos va marcando nuestro ritmo. Que vayamos pasando por las diferentes fases cuando lo sintamos y queramos.

Al final, ya te prometas a los pocos meses o lleves años sin dar el paso, hay algo en lo que ambas estamos de acuerdo: el amor es un pilar fundamental de nuestra vida, y eso ni lo cambia ni lo determina el matrimonio.

Duquesa Doslabios.

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