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Historias de amor, sexo y otros delirios

Entradas etiquetadas como ‘amor’

Las relaciones (erróneas) que puede que tengas antes de sentar cabeza

Si eres de las afortunadas que dio con el hombre de su vida a la primera, es posible que no cuentes con el “Pasillo de las Conquistas Fallidas” en el que se exponen nuestras relaciones que no anduvieron a buen término.

Son ese tipo de hombres (hablo de hombres porque, como mujer heterosexual, mi relación es con ellos. Pero este artículo funciona igual de bien a la inversa) que te has encontrado o seguramente encontrarás y pensarás que es una buena idea salir con cualquiera de ellos. Pero no.

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El vendemotos: es un experto en comer oreja. Te dice todo lo que quieres escuchar. Ni siquiera sabías que estabas tan interesada en tener con él una escapada romántica, pero ha bastado que él lo mencionara para que no puedas quitártelo de la cabeza en todo el día. Todo es maravilloso en vuestra relación hasta que los planes nunca se realizan, pierde interés y te das cuenta de que todo lo que te había dicho este tiempo no es más que una gigantesca nube de humo.

El fóbico al compromiso: es oírte decir las palabras “relación”, “novio”, “estado de Facebook” y se sube por las paredes. Él está “viviendo el momento” disfrutando contigo. Te desarmará con frases del tipo “no creo en las etiquetas”. Ten en cuenta que puedes pasártelo bien durante un tiempo pero la cosa no irá a más.

El polo opuesto: te justificas pensando que los contrarios se atraen pero la verdad es que esa persona es tu antítesis. Tú de playa, él de montaña, tú de indie, él de reggae, tú de Stranger Things de Netflix, él de Mujeres y Hombres y Viceversa de Telecinco. No compartís ni gustos, ni aficiones, ni maneras de pensar. Ambos sabéis que por mucho que se sucedan las citas, es algo que no va a ningún lado.

El que mete quinta: acabas de conocerle, pero de repente está hablando de presentarte a sus padres, de las vacaciones del próximo año que podéis pasar en pareja y de que su prima se casa y le encantaría que fueras con él a la boda. Cuando estás sacudiendo la servilleta por encima de tu cabeza en el banquete, conociendo a esa persona solo de una semana, es cuando te preguntas cómo has llegado hasta ahí. Las prisas no son buenas.

El que absorbe: quiere, pide y repite. La relación es alrededor de la otra persona. Puede que para ti no sea el ombligo del mundo pero como para él sí, a ver quién es la guapa que se lo dice. Es un tipo de relación que te hará sentir emocionalmente exhausta. Algo que debe ser algo mutuo, si siempre es uno de los dos el que tira y el que da, está destinada al desastre.

El del Síndrome de Peter Pan: se niega a crecer, ya puede tener 27 o 37 años que seguirá comportándose como a los 17. Te choca la mano, viste con camisetas de adolescente y sigue viviendo de fiesta constantemente pese a que ya tiene canas en los laterales de la cabeza. Aprenderás con ellos que la edad no es garantía de madurez.

El intermitente: estar con una persona que te cambia según el día es algo de lo que ya nos previno Katy Perry: “Cause you’re hot then you’re cold. You’re yes then you’re no. You’re in then you’re out. You’re up then you’re down“. Lo más probable es que te acaben volviendo loca con tantas idas y venidas. Nunca te hará sentir estable y no sabrás a que atenerte con eso de que de repente te está encima y al poco desaparece durante varios días.

Duquesa Doslabios.

“A los 50 lo que quieres es dormir”

Firma invitada M.C.M.E. para El blog de Lilih Blue

“Cuando nos enamoramos, queremos compartir todo con esa persona: nuestros sentimientos, intelecto y apetencias sexuales giran a su alrededor. Nos las prometemos felices y nos lanzamos a una vida en pareja, mediante contrato o sin él. La duración del enamoramiento es limitada: “no es bueno estar en la nube todo el rato” nos aseguran los expertos en química cerebral. Pero el amor permanece y nos aventuramos en una etapa criando hijos, que llenarán nuestras noches y días.

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Nuestra vida como pareja se puede ver reforzada o debilitada, porque nuestra prioridad son esos pequeñines a los que hay que cuidar. Vamos sumando aniversarios mientras los hijos crecen. Tal vez ya ni los celebres, o te regale, después de olvidarse los últimos años, un jersey horroroso y le dices que muy bonito, (pobre, que ya que se acordó).

Con el paso del tiempo cimentamos la soñada vida común, acumulando experiencias gratificantes y agravios. Las discusiones pueden ser un “más de lo mismo”, porque, nuestra memoria, no permite que nos olvidemos de antiguos rencores, que saldrán una y otra vez, cuando surja un desencuentro.

Nos volvemos tan previsibles, que es fácil dejarnos llevar por la rutina. Es posible que un silencio denso, insoportable, esté multiplicando la distancia, a una escala cósmica, del espacio que separa las butacas en las que sentados, veis alguna pantalla. Y pasan lustros, décadas, y te ves en la mitad de tu vida, con el tiempo lleno de ocupaciones.

¿Y el tiempo para el sexo? Las amistades te dicen: “A los cincuenta lo que quieres es dormir, o prefieres leer un libro antes que ponerte al tema, o tienes más ganas que tu pareja, que ya casi ni te mira“. Igual estáis instalados en la falsa calma de los que llevan tiempo juntos y apenas comparten sus inquietudes y mucho menos sus ilusiones, y ya ni siquiera discuten porque les parece un esfuerzo inútil, y el sexo esporádico.

Como dice la canción de Luz Casal: “Y no me importa nada, nada…escucho tus bobadas acerca del amor y del deseo… Que rías o que sueñes, que digas o que hagas… Por mucho que me empeñe… Que vengas o que vayas…”

La pareja necesita tiempo para compartir ideas, afecto y el deseo sexual, porque si no, su vida puede resumirse en un compartir piso, con derecho a roce o no. Buscar tiempo para los dos, para hablar de lo que pensáis y sentís. Poner en común para mejorar. Elegir actividades para disfrutar juntos. Planificar un viaje. Revisar todo lo que se puede cambiar. Olvidar lo que no permita avanzar. Organizar una cena o comida romántica de vez en cuando. Hacer todo aquello que os impulse a seguir adelante juntos, porque creáis que merece la pena.”

Querer como se quieren los ‘millennials’

Voy a quererte a lo millennial. Y, como enamorada de la ‘Generación Y’, así es amar de esta manera tan nuestra.

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Soy millennial, lo que significa que, generalmente, no tengo para una hipoteca ni para irme a vivir contigo cuando quisiera. Pero soy de las que aprovechan el escaso salario de colaboraciones o de becas para pagarnos una escapada de fin de semana por todo lo alto o para cenar en el nuevo local de moda de Barcelona (después de leer las correspondientes recesiones en Internet, por supuesto).

Me considero una romántica tecnómada, porque vivo a caballo entre el mundo analógico y el 2.0, y mis declaraciones de amor vienen en forma de una historia de Instagram, ya sea mencionando tu nombre o con una canción, aparentemente, al azar. Porque solo Spotify entiende qué banda sonora ponerle a este amor digital. Tampoco esperes cartas de amor metidas en sobres a través del buzón, sino a través de Whatsapp, y cargadas de emoticonos, gifs y frases de canciones de Leiva.

Y es que por mucho que hayan cambiado las cosas en 50 años, sigo siendo una sentimental. Crédula hasta el final, con consciencia del pin de tu móvil y contraseña de tu ordenador, respeto tu intimidad y no siento necesidad de curiosear. Nunca me falta la tranquilidad de saber que por mucho que vuelen corazones en una red social, es a mí a quien reservas el biológico en su totalidad.

Porque al, y a la, millennial, enamorados también nos guía la fe ciega cuando nuestra pareja se va a un festival con los amigos o cuando tardan en contestarte más de lo esperado.

No hay problema. Ya no me estreso con nada, porque somos de una generación que es feliz con poco. Hasta el punto de que ahora, las mayores muestra de amor verdadero, el compromiso auténtico, son cambiarse la foto de perfil por una juntos o resistirse a ver el siguiente capítulo de la serie de Netflix a la que ambos estamos enganchados.

Y como millennial que soy respeto tus sueños como los míos. Porque ninguno tiene por qué renunciar a ellos aunque signifique poner kilómetros y muchas llamadas de Skype de por medio. Formamos parte de las generaciones emigrantes que llevan el amor a cuestas, el móvil con batería de recambio y el corazón sin repuestos, porque si algo compartimos con las generaciones anteriores es que, si de amor se trata, nos lo seguimos jugando todo.

Duquesa Doslabios.

Separar sexo y amor nos ha salido un poco rana

Y mira que parecía buena idea en un principio. Eso de ir a la cama sin sentimientos de por medio, solo por pasar un buen rato, como quien queda para echar una partida de billar, sonaba bien… O al menos en teoría.

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Siempre en teoría. Porque luego está la práctica, con ese empeño que tiene en complicar las cosas que de primeras parecen sencillas.

Yo era de las que pensaba que el sexo sin sentimientos era uno de los inventos del siglo, como la copa menstrual o el wifi público.

Incluso fui de las que se apañó para tener alguna que otra follamistad auténtica, de esas regulares porque la compañía era buena, la relación amigable y, para qué engañarnos, las noches más entretenidas.

Pero no voy por ahí. Hablo de la función estrella de solo una noche entre las sábanas (o en el coche, o en el baño del restaurante, que el lugar es lo de menos). Esa nos ha salido rana. Nos ha salido rana y de qué manera. El sexo este se nos ha subido a la chepa.

Si tenemos un poco de suerte, a lo sumo, acumulamos muchas experiencias raras. Porque, y esto lo sabes, de la mayoría de ellas no repetirás. Ya sea porque o bien no te ha gustado o porque no te han dejado satisfecha. Y es que estar ante desconocidos hace que, en ocasiones, no seamos capaces de comunicarnos apropiadamente. Porque lo malo de lo casual, lo rápido, lo fugaz, del “dejarse llevar” es que no tienes la confianza con esa persona como para decirle cómo te gustan las cosas.

Porque solo es un polvo.

Y repito, eso con un poco de suerte. Porque también se dan (en mucha menor medida) otras experiencias incluso dolorosas. Lo de los encuentros esporádicos da una libertad que va ligada a un sentimiento de impunidad que muchas veces te acojona hasta la médula. Cuando te encuentras en una de esas situaciones solo puedes pensar “¿Cómo narices me he encontrado a este friki?”.

Porque ese tio sabe que no le vas a volver a ver.

Porque solo es un polvo.

Nos hemos vuelto confiados, sobre todo de los 25 a los 35 años, que es cuando (y valga la irreverencia) pese a que más confianza emocional nos falta, más confiamos nuestros cuerpos a extraños. Nos sentimos casi invencibles con ese par de condones en la cartera. Ese que no te va a pillar nunca la fecha de caducidad porque estás pendiente de ella. Pero, ¿lo usamos cuando hacemos sexo oral? ¿Sabes tan siquiera cómo es un preservativo femenino?

No. Porque solo es un polvo y vamos de vagina en vagina, de polla en polla y tiro otra vez, porque esta noche me toca.

Tanto querer cuidarnos el corazón y al final va y casi nos matamos jugando a la ruleta rusa de las venéreas. Y repito, eso con un poco de suerte de que no acabe en unos años en un cáncer de garganta por esas entrepiernas que nos pasamos de unos a otros como si fueran una bolsa de patatas. Haces pop y ya no hay stop.

Porque solo es un polvo. O doscientos. Pero todos tienen algo en común. En ninguno de ellos, o al menos, mientras sigan desligados del sentimiento, se encontrará la intimidad, el conocer a alguien por encima, por abajo, por delante, por detrás, por fuera, por dentro y del revés.

En el mundo de lo efímero son valientes aquellos que se permitan el lujo de dedicar tiempo a conocer, a desarrollar una conexión, a cuidarla y a descubrir el sexo como expresión del amor. No se trata de una competición entre monógamos y ejecutantes de función estrella de una noche. Pero, si lo fuera, yo tengo claro quiénes serían para mí los ganadores.

Duquesa Doslabios.

La sección de sentimientos de El Corte Inglés

(Si lo prefieres, puedes escucharlo leído por mí dándole al play)

Un día un poco tonto, y un poco lista que andaba yo ese día al mismo tiempo, me pidieron una frase para una escena de teatro improvisado. Me salió, tal cual lo leéis, “Sección de sentimientos de El Corte Ingles”. Dadle tiempo a Dimas Gimeno, quizás un día nos la encontremos.

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La sección de sentimientos de El Corte Inglés no es el más grande de los departamentos. De hecho, es posible que te topes con ella sin esperarlo, entre “Bebés” y “Cine y Música”, ya que a veces, es algo de la sección de sentimientos, lo que lleva de una zona a otra. Aunque, por lo visto, en el de Vitoria y algunos más, como el de Albacete, Málaga, Avilés o Vigo, se encuentra pegada a la de Viajes.

Tengo entendido que, incluso en la Gourmet Experience de El Corte Inglés de Callao, el que tiene vistas a Gran Vía, van a añadir una isla dedicada a los sibaritas de sentimientos que buscan emoción de alta calidad y son aficionados a la cultura del buen amar.

Puede que llegaras a la sección de sentimientos de El Corte Inglés por casualidad, porque realmente tienes de todo y no necesitas nada, o al menos hasta que un dependiente avispado, que sabe más de sentimientos por experiencia que por trabajo, te conduce a una remesa recién llegada de productos. Y no es hasta ese momento que no te das cuenta de las ganas que tenías de hacerte con uno.

Más allá, en otra caja, hay una chica exasperada tratando de cambiar un sentimiento (sí, esta sección también cuenta con clientes descontentos, no iba a ser la excepción). La dependienta intenta hacerle ver que el problema no es el producto, sino que no es compatible con la persona con la que lo quiere instalar. “Mire que lo siento señorita, pero es irreconciliable”. “No lo entiendo, si está nuevo. Acabo de comprarlo. ¿Cómo puede ser que no funcione?” La dependienta trata de explicarle pacientemente y de buenos modos (porque por mucho que sea una sección nueva, el curso vestibular de los grandes almacenes, es para todos), que el problema es que el sentimiento de ella no cuadra con el sistema operativo del chico. Que por mucho que a ella le guste, para él solo ha sido un “rapidito”.

Acaba de llegar, directamente salido de las escaleras mecánicas, un hombre con un sentimiento destrozado entre las manos. En el servicio técnico ya le han dicho que no hay nada que puedan hacer para salvar ese matrimonio, y que acuda a la sección de sentimientos para ver si pueden ofrecerle algo nuevo que pueda ser parecido a aquel que compró, feliz y confiado, hace más de 30 años. Es una tarea difícil, le han dicho, ya que ese modelo dejaron de fabricarlo hace tiempo, pero se encuentra en la sección adecuada para reponerlo.

Lo más maravilloso de la sección de sentimientos de El Corte Inglés, es el estante de Oportunidades. No ocupa apenas espacio, pero es una de las zonas más frecuentadas del departamento. Sus productos vuelan casi al instante de ser depositados. Si te acercas ahora podrás ver que ofrecen los siguientes: “oportunidad a tu ex”, “oportunidad a ti misma de que mereces ser feliz“, “oportunidad a esa chica que estás conociendo y que, aunque no quieres tener pareja, no puedes dejar de pensar en ella“, “oportunidad perfecta para decirle te quiero”, “oportunidad de cogerle la mano”, “oportunidad de darle un primer beso“…

Duquesa Doslabios.

Miedo por nosotros

(Si lo prefieres, puedes escucharlo leído por mí dándole al play)

Lo sé, no lo esperabas. No creas que yo lo hacía, a mí también me ha pillado por sorpresa, pero ha pasado y no quiero hacer como si nada. Quiero decirlo en alto pese a que, solo de pensarlo, se me encoge el estómago y me secan las palabras la garganta.

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He tenido miedo.

He tenido miedo y lo siento, porque de considerarme intrépida he tenido que asumir, por vez primera, que estaba asustada. He tenido miedo por nosotros. Ya está, ya lo he dicho una vez más. No me pidas que lo haga otra o no podré parar.

No es un miedo ridículo o absurdo, de esos que me entran a veces cuando te digo que no me atrevo a andar a oscuras en casa, por miedo a encontrarme con alguien, ha sido un miedo real, el miedo a no verte más, a imaginar lo que sería una vida en la que tú no estás, no ya lejos de mi lado, sino fuera de ella. Del todo. Borrado.

Y la idea, que al empezar la pelea en el coche, parecía de pequeñita, una gota de agua, se ha hecho lluvia, tormenta, mar y océano en mi cabeza, provocando inundaciones unas plantas más abajo, en el corazón.

Por suerte, eres de esos que se deja algo olvidado en mi mesa para así tener una excusa para vernos tras una discusión. Porque así eres tú, no sé si por despistado o por previsor. Porque es tu forma de rescatarme de los torbellinos en los que yo sola me enredo.

Quiero que conste, y os pongo a todos por testigos, que volverá a sucederme, que volveré a sentir miedo. Te lo he dicho en crudo, a la cara, convencida. “Tendré miedo muchas veces a lo largo de nuestra vida y aunque ya me lo hayas dicho cientos de ellas, volveré a necesitar que me digas que me quieres“.

No te pido que seas más valiente que yo, solo que me repitas una vez más que no estoy sola, que aunque el futuro es incierto, algo que ya me he cansado de escuchar de tus labios, tu estarás en él, en el nuestro, porque quieres hacerlo. Con eso, únicamente con eso, ya consigues que se me pase el miedo.

Mis propósitos sexuales para 2018

Mi 2018 empezó, como uno de mis últimos post del año, en la habitación de un hotel, en la undécima planta de uno con vistas a la Castellana de Madrid.

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En la cama king size dormía una mujer, una de mis personas favoritas, después de una de esas noches surrealistas que solo suceden al lado de las buenas amigas que más que amigas son hermanas de otra madre.

Este 2018, francamente, ha tenido uno de los mejores comienzos que recuerdo de mi vida.

Y como soy mujer de costumbres, y aprovechando que mi amiga continuaba inmersa en su primer sueño de 2018, empecé a pensar en los propósitos del nuevo y recién estrenado año.

Los generales los tengo ya pensados desde finales de 2017, pero quería enfocarme en aquellos más personales, esos que involucran más que cabeza, corazón.

Así que para 2018 me he propuesto besar más, besar todo lo que pueda y en general. Besar más a mi familia siempre y cuando la tenga cerca, besar a mis amigos, besar a mi pareja hasta el hastío, hasta que proteste de tanto beso. Besarle hasta que mi versión quinceañera sienta que me estoy pasando de dar besos.

Me he propuesto, también, cumplir más fantasías sexuales y repetir aquellas que ocupan los primeros puestos de mi lista de favoritas. Da igual si alguna parece una locura, como esa del año pasado en la que por los pelos nos pillan. De hecho quiero atreverme a hacer una insensatez, una imprudencia o un disparate (dentro de los límites de la salud, por supuesto).

Este año voy a trabajar en la calidad aprendiendo más de sexo, informándome de lo que me produce curiosidad para quitarme los pocos miedos o bloqueos que pueda tener al respecto (o que pueda tener mi pareja).

Porque uno de mis objetivos principales va a ser trabajar la conexión emocional, seguir repitiendo los “hablemos de nosotros” que sirven para sincerarnos acerca de cómo nos encontramos dentro de la relación.

Y, por supuesto, este 2018, voy a seguir queriendo con todo el corazón cuya carne siempre echo por completo en el asador. Voy a seguir con esa manera de amar sin condiciones ni límites que me ha traido tanta felicidad estos años y espero que me la traiga también en los venideros.

Ya llevo dos días queriendo y casi no puedo esperar a seguir queriendo a mi pareja durante otros 363 días.

Segundas partes nunca fueron hasta que son

(Si prefieres escucharlo leído por mí, dale al play)

“Segundas partes nunca fueron buenas” me digo mientras se hace de día en la habitación del hotel. Ese tan ridículamente caro por el que hemos pasado tantas veces por delante soñando con que, algún día, nos alcanzaría para una noche memorable entre sus sábanas. Y vaya si lo ha sido.

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“Segundas partes nunca fueron buenas” pienso mientras recorro con la mirada tu silueta, que altera la forma de la cama. Que me pide volver a perderme en ella y olvidarme de que existe una salida de ese laberinto que encuentro cuando empiezo a besarte la espalda y pierdo la noción del tiempo y del espacio.

Pero es que “Segundas partes nunca fueron buenas” me repito cuando desayuno el chocolate de tus ojos acompañado de un yogur artesanal y una rebanada de pan con tomate. Ahora entiendo lo elevado del precio. Aquella primera comida se merecía al menos un cometa, que el hotel ya cuenta con las cinco estrellas.

“Segundas partes nunca fueron buenas” pero qué culpa íbamos a tener de que después de meses sin vernos hubiera nervios a flor de piel, piel que no sabe cómo portarse por los nervios, que volvieran a escaparse sonrisas incontenibles a la mitad de un ceño fruncido, de que se te fuera el santo al cielo y la mano a mi pantalón, como tantas veces antes, por una de las calles de Malasaña. Esas que vieron la primera cita de verdad.

No fueron buenas, no. Pero el tiempo separados volvió a desvanecerse. Se me había olvidado lo difícil que era resistirse a tus miradas infinitas y al olor de tu cuello, no el de tu colonia, no, sino el auténtico.

Y así fue como dejé de echar de menos tu espontaneidad y tus expresiones tan de un pueblo de algún lugar de La Mancha de cuyo nombre siempre voy a poder, y querer, acordarme.

“Parecía nada y sin embargo aquí estamos” dice la canción que llevamos desde entonces escuchando. Porque dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero igual es que aún no conocían la nuestra.

Duquesa Doslabios.

Querido capullo

(Si prefieres escucharlo leído por mí, dale al play)

Voy a hacer algo que nunca pensé que haría contigo: te voy a dar las gracias. Gracias por llegar a mi vida y, por qué no, gracias también por destrozarla.

No me malinterpretes, no es que lo necesitara. Nadie necesita en su vida un capullo y menos aún si nos paramos a pensar en lo devota que fui yo contigo.

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Pero claro, cómo iba yo a saber que me encontraba delante de un capullo cuando me desarmaste con esa sonrisa de pillo, no es como si lo llevaras en la frente escrito o como si hubiera sabido que en tu cartera tenías el carné de capullo integral, de esos con un master, especializados en joder.

En el fondo me río, me río por no llorar, porque pensaba que ya a mi edad sabía reconoceros desde la distancia, a kilómetros, a millas, a años luz. Pensaba que ese radar que me he construido a prueba de capullos saltaría en cuanto alguno se me acercara.

El problema es que los capullos sabéis cómo esquivarlo, sois capullos con piel de cordero, el capullo definitivo, la evolución, el 2.0.

Quiero decirte que ya está, que no te guardo rencor, que no importa si me jodiste más fuera de la cama que dentro de ella, que no pasa nada por las mentiras que me he comido de primer plato, segundo y hasta de postre con cuchara, porque ya me he dado cuenta.

Me he dado cuenta de que eres un capullo. Y si bien no puedes cambiar, yo si puedo decidir dejar de sentirme mal por ti.

Estoy agradecida porque gracias a ti he descubierto que soy indestructible, que aún despedazada, puedo recomponerme de nuevo. Que lo hermoso de un corazón es volver a juntarlo usando oro para mantenerlo unido. ¿Y sabes qué? El resultado, no podría ser más bonito.

Querido capullo, no te equivoques. No quiero que te justifiques conmigo para que te sientas bien contigo mismo. Perdiste tu crédito de tantas motos que te he venido comprando. Además que compré todas sin excepción. Compré “Eres la única”, compré “Me he enamorado de ti”, compré “Quiero pasar contigo todos los días de mi vida”. Fíjate si era una buena clienta que hasta te compré el “No volverá a pasar” y la de “Esta es la última vez”. Te compré tantos “Te quiero” que cuando descubrí que no me estabas vendiendo algo verdadero, sino un artículo falso, de imitación, empecé a encontrar las taras en todos los demás.

Y así terminamos la relación, descubriendo que tú estabas vacío y yo, de llena de mentiras, empachada.

Aún con todo, que tus todos son nada en realidad, quiero darte las gracias. Porque me has enseñado que aunque tú eres un capullo de serie, no todos sois iguales.

Gracias porque tenía que toparme con un capullo para apreciar realmente a alguien original, alguien de diseño, de edición limitada, alguien especial.

Duquesa Doslabios.

p.d.: También aplicable a las capullas.

El amor en tiempos de la ‘Generación Erasmus’

Somos la ‘Generacion Erasmus’. Puede que ya hayamos acabado la universidad pero seguimos perdidos por el mundo. Algunos estudiando, otros trabajando, pero lejos de casa y de nuestras raíces, que, por mucho que llevemos puestas, en suelo ajeno no prenden de la misma manera.

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Aún así nos permitimos la licencia de enamorarnos. Nos atrevemos a llevar a cabo eso a lo que tanto nos instan las frases de Instagram. Nos atrevemos al carpe diem y al you only live once, que usamos como posesos en forma de hashtags acompañando todos los momentos de nuestra vida.

Perdemos la cabeza y el corazón. Nos embarcamos en relaciones que parecen más imposibles que cualquier misión protagonizada por Tom Cruise porque seguimos encontrando gente que nos encanta y sin la cual no queremos vivir, aunque sea a una distancia infernal.

La ‘Generación Erasmus’ vive el presente porque no tenemos futuro, o al menos, no lo tenemos en el sentido de que no parece estar claro para ninguno.

Empezamos la educación en un sitio, pero no terminaremos ahí los estudios ya que nos graduamos en otro lado, un lugar que será diferente a aquel en el que estaremos trabajando. Después cambiaremos de trabajo el doble de veces (o más) que nuestros padres.

Eso de estar toda nuestra vida en el mismo espacio es algo que no existe. Nos transferirán lejos y no siempre la pareja podrá seguirnos. Y, si puede, quizás no quiere hacerlo, y nadie podrá reprochárselo porque si antes éramos nosotras las que podíamos renunciar a tener una carrera prfesional por formar una familia, las millennials hemos roto con eso.

Preferimos éxito profesional por encima de cualquier victoria emocional. Pero por fuerza, porque no nos queda otra, porque como Marilyn decía en su día “Un beso puede ser espectacular, pero no va a pagar el alquiler”. Todos tenemos que buscarnos las castañas y salir adelante.

Y aunque muchas cosas han cambiado, seguimos siendo unos románticos incurables. No tenemos día a día por mucho que busquemos una rutina que no se va a encontrar, un volver a casa y encontrarle que parece que nunca va a llegar. Creemos en vuelos, en aeropuertos, en vivir la vida y de repente, que todo se vuelque patas arriba porque estás viviendo un fin de semana con ella o con él.

Sabemos que es complicado, que creer en los finales felices que nos prometían las películas de nuestra infancia, parece ahora más difícil que nunca, pero no por ello vamos a dejar de intentarlo.

Somos Erasmus aún pasados los 25 años,  somos los que no tenemos nada asegurado por mucho que hayamos estudiado, los que tienen una vida que está por escribir, que no podrán planear como hicieron sus padres. Somos jóvenes inmigrantes, somos soledad constante allá donde estamos, somos la incerteza personificada, pero, al mismo tiempo, la seguridad de que nada de eso nos importa porque lo único seguro que tenemos claro es que queremos seguir enamorándonos.

Duquesa Doslabios.