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‘Green flags’ que tienes que buscar en tu pareja este 2022 (y siempre)

¿Te imaginas que has empezado 2022 con una persona emocionalmente accesible que encima no huye del compromiso y quiere tener una relación contigo?

Si no te ha pasado, este artículo te interesa igual para lo que venga -que más vale prevenir que curar-.

PEXELS

A estas alturas de mi vida te sé decir de corrido cuáles son las señales de alarma o red flags que me echan para atrás de alguien.

Pero, ¿sabemos identificar las alertas positivas, las que demuestran que estamos ante un buen material de pareja?

En mis años de (des)engaños amorosos, he llegado a la conclusión de que lo que me conquista de una persona es lo siguiente:

  1. Que valide mis emociones. Aunque no las entienda. Aunque se quede pillado porque me ha entrado la llorera por la regla. Que me diga que no pasa nada porque esté triste y que está ahí para apoyarme, secarme el moco gigante que me cae de la nariz o simplemente estar ahí conmigo.
  2. Que se interese por mí de una manera lineal, no que un día me dé conversación y desaparezca los tres siguientes. Que quiera saber sobre mi trabajo, mis gustos, mis sueños o la razón de por qué tengo una cicatriz en el lado derecho de la barbilla.
  3. Que hable bien de su ex. Ojo, no que siga enamorado, pero que sea capaz de ver lo bueno en él (o ella). Que sea capaz de resaltar lo que le aportó como persona y lo que ha aprendido de la ruptura. Si habla mal de todas sus exparejas, corre lejos.
  4. Que tenga tarifa plana de respeto. Que me respete a mí, por supuesto, pero también al resto de personas, ya sean conocidas o desconocidas. Que respete los animales y al medio ambiente.
  5. Que pueda ser yo misma a su lado, sin filtros ni maquillajes. Que me ría tanto que escupa el agua y le haga gracia en vez de montar un escándalo. Que acepte que no comparto postre o que me cambio siempre de ropa tres veces antes de salir de casa.
  6. Que sea capaz de hacer autocrítica. Que reflexione sobre sus comportamientos menos buenos y sea capaz de ponerles remedio. Que no se quede en el “Yo es que soy así” sino en el “Lo tendré en cuenta e intentaré hacerlo de forma diferente la próxima vez”.
  7.  Que se abra con sinceridad. Que podamos hablar de cualquier cosa, de nuestros miedos, nuestras inseguridades, las experiencias sexuales pasadas, las relaciones superadas o los traumas que aún gestionamos como adultos de nuestra infancia.
  8. Que tenga una vida fuera de la relación de pareja. Que salga con sus amigos, tenga pasiones en las que yo no tenga cabida y otras que pueda compartir (si quiere) conmigo. Pero que haga sus planes, disfrute de sus momentos sin mí y tenga un espacio propio.
  9. Que trate a sus padres con cariño. Que les hable de buena manera, que les cuide, que se preocupe por ellos.
  10. Que tenga confianza en mí. Total y absoluta. Como la que va a recibir por mi parte. Que si le digo que me voy de fiesta con unos amigos me desee que lo pase estupendamente. Porque sabe que si le digo que quiero estar con él, lo pienso (y siento) de verdad.

Duquesa Doslabios.
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El tabú del placer anal y un corazón con tirita, lo que me dejo sobre sexo y amor en 2021

Con un sonriente selfie después de haber llorado en varios momentos de la noche. Así empezaba mi 2021.

Estaba afrontando la ruptura más complicada de mi vida con un pensamiento claro: no volvería a enamorarme, aquello había sido bastante.

PEXELS

El mundo de la soltería no me sentó bien -nunca lo ha hecho, por otro lado-. Me abrí Tinder.

Me recordó lo frío que era todo, lo superficial de un swipe left y que ni un swipe right seguido del “Es un match” significaría que tendría química con la otra persona.

Me hicieron ghosting. Y breadscrumbing. Y benching.

Y todos los comportamientos que se te puedan ocurrir acabados en “ing” para una única cosa: tenerme en el banquillo con el mínimo esfuerzo.

Me quité Tinder.

2021 fue, de alguna manera, parecido a mi 2014 en el momento que identifiqué un patrón controlador por parte de alguien que pasó por mi vida brevemente.

Confirmé que todos los tóxicos empiezan de la misma forma y esquivé la bala. Lección aprendida, siguiente.

Este año me saqué de encima un montón de prejuicios. De los demás y de mí misma.

Probé cosas que nunca me habría imaginado haciendo. Y os escribí sobre ellas.

El placer anal pasó de ser un conocido, con el que me veía pocas veces al año, a una materia en la que me especialicé. Fui a un local de intercambio de parejas, saqué a paseo mi lado bisexual por una noche y tuve sexo en la calle.

Varias veces.

Me quité de encima todas esas tonterías que me encadenaban sobre mi cuerpo.

La depilación nunca me importó tan poco, estar más fuerte que la otra persona menos. Al igual que un kilo extra o si justo tenía el pelo sucio la noche que me coincidía acompañada.

Me acepté y sentí aceptada cuando llegó alguien que besó todos mis complejos. Y me dijo que le encantaban y quería repetir de comerme todos ellos.

En 2021 me abrí en Instagram más que nunca sobre mis juguetes sexuales, mis vivencias, recibí historias de mis seguidoras que me emocionaron, otras me hicieron llorar de rabia y deseé poder abrazar a quienes me las mandaban.

Decirles que no estaban solas, que viví eso mismo. Que van a superarlo. Que pueden con todo lo que puede con ellas.

Sin buscarlo, tuve sentimientos por dos personas al mismo tiempo. Iba dejando de querer a una mientras empezaba a querer a otra.

Me llevé una ostia de realidad. Mi corazón funcionaba por encima de sus posibilidades.

Eso no le impidió prenderse, volver a latir con fuerza, acelerarse haciendo caso omiso de mis miedos.

Todo por un par de ojos verdes (cuando nunca he sido de miradas claras).

He vuelto a reír a carcajadas, a sentirme especial, querida y deseada. A bailar acompañada. A responder al telefonillo con una sonrisa en la cara. A jugar, a viajar, a embarcarme en la locura que es confiar.

En 2021 me ha tocado la lotería sentimental.

Si ahora echo la vista atrás, y me pides que haga balance, te diría que ha sido un buen año.

Y que por pena que me dé que termine, creo en que la fortuna de coincidir con el amor en un partido de voley en la Barceloneta, solo acaba de empezar.

Duquesa Doslabios.
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¿Cuánto debe pasar para que una relación sea estable? Según la OMS…

¿Qué es lo que convierte en estable una relación? ¿Es el tiempo? ¿El grado de compromiso? ¿Las experiencias compartidas? ¿Haber adoptado un perro? Fue una pregunta que tuve que contestar en una visita a la ginecóloga.

“¿Tienes pareja estable?”, me preguntó mientras no despegaba la vista de la pantalla. Aquí empecé a dudar. ¿Qué era estable?

“Llevo unos meses viéndome con alguien”, le dije por si eso le servía.

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“Entonces no, según la OMS solo cuenta como estable si llevas al menos un año“, me respondió.

[La OMS y la ginecóloga tenían la razón de que no era estable cuando al mes se terminó.]

No deja de ser curioso que sea un año lo que se considera no solo las autoridades médicas, también una de las Kardashian.

El otro día, la noticia de que Kendall Jenner tenía por costumbre no sacar a sus parejas en el programa de televisión Keeping Up with the Kardashians a no ser que fuera algo serio también me hizo volver a reflexionar sobre esto.

Sobre todo porque, según la supermodelo, era también un año el tiempo que debía pasar conociendo a la otra persona antes de que participara en el reality show familiar.

Aunque todos podemos tener relaciones de meses que han podido parecernos más intensas en vivencias que quizás un amor de años, 365 días parece una fecha significativa en cuando a que ya se han superado todos los periodos del año.

Tanto los más fáciles de sobrellevar (la estación de estar acurrucados en casa porque fuera hace malo) como los complicados como puede ser la llegada del verano.

La teoría está muy bien, sí. Pero no es eso lo que llevamos a la práctica. En una conversación con mis compañeros de trabajo llegamos a la conclusión de que es algo que sucede en los primeros meses.

Con una vida sentimental tan rápida -donde las relaciones esporádicas se suceden a la velocidad de la luz-, es entre 3 y 6 meses lo que ya podemos empezar a considerar como algo más serio.

¿Y tú piensas como la OMS o te quedas con el trimestre?

Duquesa Doslabios.

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El amor líquido o por qué todas tus relaciones fracasan

Una y solo una. Esa es la cantidad que corresponde a las veces que he estado enamorada en mi vida. Y qué vez.

No me mal interpretes, con esto no quiero decir que la ponga por las nubes y crea que sea imposible llegar a igualarla, pero sí que quiero volver a sentir esa fuerza visceral, esa emoción, la ternura inmensa de verle dormido en el sofá y la certeza de que si necesitara un riñón, serías la primera de la fila.

Pareja dándose un beso

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Va a ser de todo menos fácil. Lo estoy comprobando desde ya. Quizás porque fantaseamos con el amor idílico como concepto, publicamos textos profundos sobre él en Instagram y creemos que, la siguiente persona, va a ser la que nos haga volar.

Para que luego se quede más reducido que la copa de cava cuando se le han ido las burbujas de gas.

No hay día que no compruebe que los millennials somos la generación de las relaciones líquidas.

Queremos todo lo bueno de estar en pareja: los planes divertidos, el sexo salvaje, los mimos, compartir esa porción de tarta, tomar unas cañas -a la segunda invita el otro-, mandar memes por Whatsapp, avisar de que estás con el humor algo por los suelos, dejarnos cuidar.

Pero llega el momento de hablar, de quedar una tercera o cuarta vez cuando aparentemente todo iba normal, y sin saber por qué, desaparece (el ghosting de manual).

Es triste que conociendo a alguien no podamos dejarle un libro, la camiseta o el cepillo en su casa (es probable que en poco tiempo no vuelvas a verlas).

Ni siquiera llevaréis lo bastante conociéndoos como para que se esfuerce en devolverlas, sencillamente le dará igual.

Llega la tecnología, esa que decimos que nos ha cambiado la vida (aún queda decidir hasta qué punto para bien y hasta cuál para mal) y cambiamos nuestra forma de relacionarnos, la manera de ligar

Nos hemos especializado en crear conexiones, muchísimas. Nuestra estrategia es mantenernos en contacto, sí, pero siempre desde una distancia prudencial.

Cada vez más sumidos en un círculo de relación estrella fugaz. Es intensa, emocionante y de película, pero es breve y pasa rápido. Parpadeas un par de veces y ya no está el match en la aplicación, toca volver a hacer swipe.

Si los expertos se refieren a las nuestras como las relaciones líquidas es porque nuestros vínculos, de la misma forma que el agua, son maleables y se escapan entre los dedos.

La satisfacción momentánea manda, el estímulo, el ahora, que después ya no interesa. En cuanto ha pasado no solo ha quedado atrás, es como si se hubiera olvidado.

Somos más individualistas que nunca, nos gusta viajar, tomar ese brunch el domingo con la amiga, el grupo de los de siempre yéndose de casa rural.

Vale que a nuestros padres les gustaba también el ocio, pero eran menos reticentes que nosotros a la hora de renunciar a él.

Te propongo un reto, vete a un círculo de veinteañeros casi treintañeros y pregunta quién tiene pensado, en los próximos cinco años, casarse o tener hijos.

Es habitual que encuentres respuestas evasivas, que aún somos muy jóvenes, nos queda mucho por vivir, viajar, experimentar.

Y esa falta total de significado y compromiso nos vuelve incapaces de crear relaciones reales. Con contadas excepciones, claro.

Duquesa Doslabios.

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Amor millennial: el hilo que ata y que sueltas

“Este es tu hilo”, dice la voz en off de Morgan Freeman cuando, al empezar una relación con alguien, te hacen entrega de un carrete.

Este es tu hilo y puedes usarlo para lo que quieras. Querrás entrelazarlo suave, alrededor de su cintura cada vez que sea tierno contigo.

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Cuando te retire el pelo de la cara, te coja por la barbilla o te haga reír para distraerte sabiendo que estás preocupada por un examen, una entrega, una amiga.

Tú misma lo enrollarás alrededor de ti, acercándoos más todavía, cuando te salga ser detallista. Cuando hagas cosas por amor que no imaginarías, cuando le sorprendas con una receta o una llamada nocturna solo para comprobar, por el tono de su voz, que está bien.

Con ese hilo puedes hacerlo todo. Incluso reforzar vuestro cariño al descubrir que tenéis aficiones en común, que ya podéis ir juntos a clases de baile en pareja o al club de poesía, a ver una exposición o a comer una hamburguesa, a engancharos a una serie, a ver una película…

Poco a poco, esos nuevos hilos entre los dos harán más fuerte cualquier vínculo y ayudarán a tirar de vosotros hacia delante en el momento en el que uno -o ambos- pierda el equilibrio.

Sirve tanto un hilo para atar con suavidad unas muñecas, e inmovilizar piel al compás de suspiros y jadeos, como para soltarlas. Liberándolas para dejar espacio de por medio, para no dejar marcas, ni hacerles daño.

Porque es también el hilo el que pone distancia entre los extremos. Sirve para unirse y para separarse.

Habrá momentos que lo mejor será soltar hilo y los reconocerás porque no quieres seguir tan unida.

Un reproche aquí, otro allá, un comentario que “va sin maldad” pero hiere a rabiar, el daño constante, la carga mental, las noches de insomnio sola en la cama que ganan terreno a las demás, la falta de concentración, la ansiedad de no ver las cosas funcionar como quisieras…

Irás soltando carrete para respirar, para no sentirte tan mal contigo misma, para recuperarte, dormir esas ocho horas que ya pensabas perdidas desde que su forma de ser resultó incompatible con la tuya.

Y por mucho que hayas entrelazado, atado y reatado, con doble nudo e incluso uno de los cabos esté fijado a la pata del sofá, llegarán personas que te harán soltar el carrete sin parar.

Hasta el punto de que, cuando buscas dar unos centímetros más, te darás cuenta de que te has quedado sin hilo porque te lo han gastado.

“Y solo hay un hilo por persona”, me recuerda Morgan Freeman. “Úsalo bien”.

Duquesa Doslabios.

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Vive cada historia de amor como si fuera la última

Siempre en la línea de querer por encima de mis posibilidades, después de mi última relación pensaba que no habría un después. Que aquello no iba a tener fecha de caducidad, que no llegaría el punto final.

Y cuando acabó, me tocó hacer cambio de armario emocional. Guardar el amor -quién sabía hasta qué temporada- y sacar en su lugar todas las dudas que iba a llevar puestas a partir de ese momento.

Las de qué viene ahora, cómo voy a volver a querer a otra persona, si podré volver a confiar o si me volveré a enamorar.

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Sin prestarles mucha atención, no fue hasta que empezaron a llegar otras personas que pasaron de ser pensamientos sueltos a una retahíla diaria y machacona, como cuando se te pega una canción y no puedes cantar otra cosa.

Mi problema es que esas preguntas pesan, me pesan porque es muy reciente mi estancia en ambos lados. El bueno, el de vivir de sentimientos como único sustento y saber que solo viéndole vaciar el lavavajillas, yo tocaba la felicidad con los dedos.

Y el oscuro, el de aprender a vivir recogiendo los trozos de un amor que se ha roto al mismo tiempo que lidiaba con el dolor que conllevó perder a alguien que, en mi cabeza y corazón, era mitad.

Mis dudas no vienen solas -no iban a ponerme las cosas tan fáciles, las muy cabronas- vienen con miedo. Uno insondable que me hace sentir pequeñita. Hasta el punto de que a veces me come y arrolla por el camino.

El miedo de estar volcándome de nuevo, de abrirme y confiar lo más privado de mí y, de paso, regalar a mi círculo más cercano, esas personas que se vuelcan tanto como yo misma y abren puertas sin reservarse el derecho de admisión.

Y no es tanto por compartirme y que sepa que lloro con todas y cada una de las películas musicales que me pongan. Es por volver a apostar y que salga mal.

Por seguir dando tumbos entre personas con las que, por mucho que quiera con todas mis fuerzas, nunca llegan para quedarse conmigo.

No quiero repetir patrones, caer en los mismos errores una y otra vez y volver a la música de Leiva de madrugada. Soy de las que prefieren pensar que llevan la lección aprendida y, actuando en consecuencia (que no es consecuencia, es prudencia), no volverán a verse en una igual.

Como si envolver mis decisiones en papel de burbujas fuera a librarme de una hostia emocional. La ingenuidad…

Porque ni es algo que dependa de mí ni una enseñanza que me dé la certeza de que aquello no va a volver a pasar.

Se me olvida que es algo que no solo se escapa de mi control (como si hubiera algo que pudiera vigilar a estas alturas…). Cambiar el orden y la velocidad a la que quiero hacer las cosas se opone a serme fiel a lo que quiero y a dejarme llevar.

Que madurar no era dejar de sentir y rendir al 25% de capacidad sentimental.

Pero, sobre todo, por la vida en sí misma. Que solo es una y va al vuelo. No espera a que supere mis pérdidas.

Arrolladora y urgente, ya está aquí con la siguiente oportunidad. Y toca cogerla y darlo todo como si fuera la última vez que vas a latir por alguien.

Porque un día será así.

Duquesa Doslabios.

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Te hago el amor cuando…

Es al ver tu sombra desnuda recortada en la penumbra -gracias a los filos de luz que se cuelan por los huecos de la persiana-, que me doy cuenta de cómo ha cambiado hacerte el amor.

Ya no es solo desenvolverte, cogerte, tumbarte, detonarte, besarte, comerte y correrte, beberte el cuerpo o dibujarte a golpe de yema de los dedos.

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Es también interesarme por ti, prestarte mis oídos. Te hago el amor cuando escucho con toda mi atención que has tenido un día más duro de lo normal con esa persona que te hace tan difícil trabajar.

Te lo hago también cada vez que te pienso de manera automática, cuando te cuelas en mi cabeza y te enredas en mi lista de la compra. Algo tienes que serías el alimento que no faltaría en el carro si estuvieras en el supermercado.

Tú, mi comida favorita.

En mi cabeza te lo he hecho por la calle, en la oficina mientras mi jefa me dice que acaba de pasarme el archivo por WeTransfer y hasta cuando estoy echando un pulso con el sueño y consigues ser, incluso en la distancia, la última sonrisa del día (ya se encarga mi cerebro de reproducirla con todo lujo de detalles).

Me gusta cuando te hago el amor por la piel y cuando lo hago sin llegar a tocarte, como las mariposas. Cuando paseo por tu nuca y te recorre un escalofrío. Cuando te llevo la cuenta de los lunares con la punta de la lengua y suena Vance Joy.

Cuento como hacérnoslo bonito en esas ocasiones en las que nuestras miradas se cruzan en extremos contrarios de la mesa, que nos damos la mano aún averiguando qué postura nos resulta más cómoda para ir juntos por la calle o cuando te bajo la mascarilla para besarte en un semáforo.

También cuando sonríes porque te miro y tus mejillas reciben la visita de tus hoyuelos o cada vez que nos quedamos dormidos con esas conversaciones de madrugada sobre feminismo, política o xenofobia.

Siento que te hago el amor (o me lo haces tú, quizás) cada vez que sale el sol, cuando llueve y se me empapan los labios como si tú los lamieras. Cuando me dices que sí, que esas caricias en la espalda son mágicas y van a hacer que pase mi dolor de tripa.

Que de tanto amor y tanto practicarlo, contigo se me van todos los males.

Duquesa Doslabios.

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El amor de tu vida, ni uno ni para siempre

Ayer, mi primo de 19 años nos decía que por qué no iba a ser su primera novia la persona con la que estaría siempre. No sería el único en encontrar el amor a esa edad.

Que algo no sea frecuente, no significa que no pueda pasar. Pero claro que su pareja de la universidad podría convertirse en su futura esposa o la madre de sus hijos. Es algo que el tiempo dirá.

DEREK ROSE

Hasta hace poco, yo no tenía dudas de que, como si del número del DNI se tratara, solo nos correspondía una única persona.

O más bien que todo lo que no fuera con quien acabaras tus días, no podía llevarse el título de ‘el amor de tu vida’.

Querer es algo tan grande y se nos da tan bien, que verlo de una forma tan limitada y exclusiva es como si solo pudiera dar por válidas las amigas que me aguanten cuando ya sea viejecita.

Precisamente es sentir amor por esas personas lo que las convierte en los hombres o las mujeres que han dejado huella sentimental.

Tanto vale quienes han estado 15 años juntos y se han divorciado este último tomando caminos separados, el que tiene un hijo en común con su expareja, quien tuvo un flechazo que quedó en la adolescencia o quien solo fue un amor de verano. Son también merecedores del calificativo.

No es ni el tiempo ni el grado de relación que alcanzamos. Es la intensidad de los sentimientos aquello que las distingue.

Habrá quien tenga uno, quien lleve dos o quien multiplique esa cantidad por cuatro. Lo importante es que forman parte del corazón.

Son personas que han puesto nombre y apellidos a los latidos de un periodo de nuestra vida. Ni hacen menos válidas a las anteriores ni significan que, a partir de ellas, nadie vaya a igualarlas.

Simplemente serán diferentes e irán ocupando su sitio en la memoria, como las perlas -de esas que nunca hay dos iguales-, que van colocándose sucesivamente engarzadas en un collar.

Nuestros grandes amores están ahí, los llevamos puestos y escritos en la piel como parte de nuestra historia. Y es lo que aprendemos de quererlos, de dejarlos ir y de ilusionarnos por alguien nuevo lo que hace que también pulamos las emociones y practiquemos no ya tanto el querer, sino el hacerlo bien y de una forma sana y libre, hasta el fin de nuestros días.

Duquesa Doslabios.

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En la era del pasotismo, mostrar interés es marcar la diferencia

No contestes rápido, no mires su historia al poco de que la haya subido, no le pongas un comentario… ¡Que no te vea en línea si está escribiendo!

Así de surrealista es conocer a alguien que me gusta hoy en día. Siguiendo unas normas no escritas que ni siquiera he podido decidir. Pisando el freno a fondo cuando el pie, y los sentimientos, me piden acelerador al máximo.

SKYN USA

Analizarlo desde el ojo crítico de quien ha pasado por una relación tóxica me da una ventaja: puedo identificar que, esta vez, soy yo misma quien se cohíbe y comporta de una forma diferente a como lo haría en realidad.

Me estoy cambiando.

Y la razón es el miedo. Ese de ser demasiado intensa, de hacerle tanto caso que se pueda sentir abrumado, de quedar como ‘fácil’ por estar, dicho claro y pronto, pillada hasta las trancas (aunque todavía no sepa muy bien exactamente qué parte del cuerpo es esa).

En definitiva, miedo de que ser yo misma y contestar cuando me apetece, escribirle cuando le pienso o soltarle lo que me hace sentir, me hagan perder todos los progresos y volver a la casilla de salida.

No he llegado sola a este punto de incongruencia a la hora de relacionarme.

Que la mayor parte de nuestras conversaciones se den a través de una pantalla, sumado a que parece que es malo admitir que alguien nos gusta más allá del ‘like’ de su publicación  o historia, ha conseguido que premiemos lo inexplicable: la indiferencia.

¡Ahora nos tira el desapego! Que nos esquiven, que no nos presten atención de ninguna manera, la lejanía de lo incosquistable…

Pero se nos olvida que somos nosotros quienes decidimos si vemos en esa falta de interés algo estimulante -donde entra en juego nuestro ego y se convierte en un desafío para revalidar la propia autoestima-, o si nos damos cuenta, viendo esas actitudes, de que es una persona que realmente no merece la pena.

Desarrollar una adicción emocional hacia personas que son emocionalmente inalcanzables por la razón que sea nos lleva impresionarnos por la ley del mínimo esfuerzo.

Aprendamos que querer algo no es sinónimo de que sea bueno. Especialmente si se trata de quien no te elige o quien lo hace cuando no tiene nada mejor que hacer un sábado pos-toque de queda que responder con un fuego tu historia.

Yo tomé la decisión de que no apostaría por personas que se comportaran como si no existiera por mucho que eso, en su particular idioma, significara que en realidad podrían estar interesadas en conocerme.

Escogí no valorar esos aspectos y, con el tiempo, dejaron de atraerme quienes cumplían esos patrones. Fue la prueba definitiva de que me faltaba (mucho) por madurar emocionalmente.

Llegué a la reveladora conclusión de que quería algo tan normal (pero raro de encontrar) como una persona que me diera un trato de atención, cariño y consideración.

Porque no nos hace ni débiles ni necesitados querer ser cuidados. Buscar quien se preocupe por nuestros sentimientos, que nos trate en condiciones, sea capaz de expresarse y comportarse de forma coherente, nos pregunte “¿Qué tal ha ido hoy el día?” y que no quiera perdernos, es también desearnos lo mejor a nuestro lado.

Y si yo deseo eso para mí, no es tan absurdo pensar que pueda quererlo alguien más (y yo pueda dárselo).

Vamos a perderle el miedo entregar el corazón y todo lo que implica no solo cuando se trata del botón de ‘me gusta’.

Duquesa Doslabios.

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‘¿Qué somos?’, tener o no tener la conversación

Cuando estaba en el colegio, una notita previamente leída por toda la clase con el texto “¿Quieres ser mi novia? Marca Sí o No”, era todo lo necesario para saber que, oficialmente, tenías pareja.

Y aunque me encantaría que las cosas fueran tan fáciles de resolver hoy en día, este tema sigue siendo de los que más nos cuesta sacar.

Vivimos en un mundo de evasivas, uno en el que nos encantan las etiquetas que vienen acompañadas con un hashtag siempre y cuando no nos definan a nosotros mismos.

@VALENTINAFERRAGNI

Decir que sois “novios” o “pareja” cuando estás quedando con alguien parece casi una ofensa. “Solo nos estamos conociendo”, sale como nerviosa y apurada respuesta, como si insinuar que pudiera existir algo más fuera un problema.

Cuando quedar es la normalidad, los sentimientos van creciendo y las ganas quemando, en definitiva, sintiéndonos más entrelazados, es difícil hacer caso omiso del pensamiento que nos ronda. El “sí, estamos genial, pero ¿qué somos?”.

Mientras que hay personas que llevan años sin haberse hecho nunca esa pregunta y siguen juntas sin que empañe la felicidad de la relación, quiero reflexionar sobre hasta qué punto es importante sacar el tema.

Por un lado, lo veo innecesario. Sobre todo si me remito a la notita del trozo de cuaderno que cambiaba el estado de una persona a efectos inmediatos.

Los planes, el Netflix & Chill (que cada vez es más Netflix), conocer a los respectivos amigos, que los padres sepan de la existencia del otro, hacer viajes en común o hablar de un hipotético futuro juntos parecen ser los síntomas de que nos hemos ‘contagiado’ de una pareja.

Si tiene alas y vuela es un avión, podríamos pensar. Pero también un pájaro o incluso el superhéroe Falcon.

Las conversaciones son acuerdos no verbales que construyen nuestras relaciones (del tipo que sean) y saber ante qué tipo estamos, es también una forma de ubicarnos.

Así que, ¿cuáles son las ventajas de hablarlo? Ademas de definir lo que existe entre dos personas, también supone expresar abiertamente las necesidades, deseos y límites poniendo sobre la mesa si se está en el mismo punto en cuanto a las expectativas y compromiso emocional en ambos lados.

Y no implica necesariamente llegar a la conclusión de que se es algo más, puede servir tanto para hablar de si se tiene algo a largo plazo como de algo casual y liberal, lo importante es que haya un entendimiento compartido.

Pero si cuesta tener una comunicación abierta y, sobre todo, una de las dos personas parece estar cómoda en la ambigüedad (mientras quizás la otra quiera algo más), nos sale a cuenta por salud mental y emocional sacar el tema, independientemente de que nos pueda dar “miedo” asustar al otro, una de las razones por las que no nos atrevemos a dar el paso.

Al final, si no se tiene pero aquello sigue sin avanzar como nos gustaría, hablarlo y recibir una negativa como respuesta nos da a entender que de ahí no va a salir nada más. Es mejor dejar de perder el tiempo si no era eso lo que esperábamos.

Duquesa Doslabios.

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