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¿Sufres de estrés? Enamórate

Sí, yo también he leído el titular con voz de anuncio de la Teletienda al escribirlo. Pero por mucho que podamos pensar que lo más agobiante del mundo es llegar a casa y ver que nuestra pareja no ha vaciado el lavavajillas, sino que se ha limitado a sacar un plato para recalentarse la cena, el amor es el mejor antiestrés.

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Mejor que cualquier ansiolítico y 100% natural, una medicina en forma de persona de carne y hueso.

Así como hay otras buenas razones para enamorarse, como poder compartir los postres, hay varios estudios que han puesto el amor bajo la mira descubriendo que independientemente de si está en el aire, como decía John Paul Young, ronda por el cerebro.

Hay varios cambios que suceden sin que nos demos cuenta en el interior de nuestro cráneo. Modificaciones que van desde la explicación de la felicidad, la tranquilidad o la falta de miedo.

De hecho, por mucho que el amor romántico diga que la persona de la que nos enamoramos tiene que ponernos el mundo del revés, la cabeza en los pies y el corazón a ritmo de hombros de Shakira, lo cierto es que, a nivel fisiológico, supone todo lo contrario.

Calma y seguridad son dos sensaciones que experimentamos cuando estamos con la persona de la que nos hemos enamorado.

La Neurobiología del Amor, un estudio de la Universidad de Medicina de Berlín de 2005, fue la investigación que descubrió de qué manera estar enamorado interaccionaba con los sistemas de respuesta del estrés.

Ante discusiones, problemas o situaciones de agobio, una persona enamorada reacciona de manera más calmada.

Al aumentar la sensación de seguridad, disminuyen la de estrés y ansiedad. De hecho, es tal la estabilidad que se siente, que es incluso extensible a otros aspectos de la vida, lo que permite tomar mejores decisiones que si los enamorados estuvieran en un estado emocional alterado.

Este cambio lo secundó el Instituto Blavatnik, de la Escuela de Medicina de Harvard de Medicina, con un estudio realizado en parejas enamoradas averiguando por qué cuando estamos enamorados enseguida nos lo notan en casa.

La felicidad que sentimos, es difícil de disimular hasta el punto que sentimos que brillamos, algo que sucede a nivel cerebral en algunas zonas.

El amor nos hace sentir satisfechos, de hecho hace que aumente la actividad en las zonas que están asociadas con el sexo, la memoria y la recompensa ya que se iluminan en los escáneres de las personas enamoradas.

¿A cambio? Disminuye la actividad cerebral en las zonas relacionadas con el miedo y el disgusto. Lo que nos da la ecuación de que Amor= – menos mal rollo + más felicidad.

Tampoco podemos olvidar el papel de la dopamina en el amor, un neurotransmisor que estimula los centros de placer que se libera en mayor cantidad cuando estamos en pareja, así que ante la duda, enamórate y mucho.

Duquesa Doslabios.

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No estoy más sola, soy más libre

Cada vez que quedo con mi abuela, me pregunta hasta el hastío que cuando me voy a casar, que ella con 26 años ya tenía un hijo (mi padre). Sabe que los tiempos han cambiado, pero no se hace una idea de cuánto.

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La principal diferencia es que las mujeres ya no tenemos miedo de la soledad. Ella creció escuchando que tenía que cuidar la casa, ser buena esposa y buena madre, a cambio su marido se encargaría de todo lo demás.

La generación de mis padres puede que tuviera algo menos de presión, sin embargo continuaban todavía muy lastrada por el modelo familiar tradicional que aún prevalece en España (el hombre sustenta y la mujer vive mantenida). Pero poco a poco, las cosas empiezan a cambiar.

Cada vez somos más libres económicamente hablando gracias a la educación que nos han dado nuestros padres babyboomers. Que no tengas que depender de nadie” es seguramente una de las frases que más nos han dicho hasta que se nos ha quedado grabada.

Ya no es necesario formar parte de una pareja para tener un sustento, para viajar, para salir, para abrirte una cuenta en el banco o para disfrutar de la vida. Entiendo que en la época de mi abuela todo a lo que podría aspirar una mujer era a hacer de secretaria o taquígrafa, pero la batalla que luchamos contra el techo de cristal nos acerca, espero, a puestos de mayor importancia y, por tanto, a más remuneración económica.

No podemos olvidarnos, si hablamos de la libertad de la mujer, de la Iglesia, por supuesto, ese órgano supresor que te condenaba al infierno si ibas a vivir en pecado con tu pareja sin pasar por el sacramento. Cuando la educación que recibes dice que el centro de tu vida es tu marido, tu Dios, tus hijos y tu casa, ¿qué queda para ti?

¿Qué clase de escapatoria podrían tener quizás de un matrimonio en el que no eran felices si ni siquiera sabían qué les gustaba a ellas mismas? Y claro, ¿cómo tomar esa decisión? Con lo mal visto que iba a estar entre las vecinas. Y ya si se enteraban en el pueblo mejor ni hablamos.

Quizás actualmente estamos tan absorbidas entre el trabajo, las amigas, las series e Netflix y las manifestaciones feministas que lo último que nos preocupa es si vaciamos la lavadora aunque luego suponga una discusión con la compañera de piso de turno.

Y aún con todos estos pasos hacia adelante, hay quien se atreve a criticarlos. Se nos acusa, injustamente, de haber perdido el romanticismo, de no ser lo bastante dedicadas a las relaciones, a las parejas, a la crianza de los hijos. Se nos acusa de lo que los hombres llevan haciendo toda la vida. “Con dinero pero pobres en espíritu” es como una escritora inglesa, Suzanne Venker, nos ha definido a las millennials.

Claro que nuestra percepción del dinero ha cambiado. Dinero es poder, dinero es éxito, el dinero representa felicidad ya que, ¿qué puede hacerte más feliz que trabajar por y para ti misma? Estamos centradas en llegar a la cima de nuestras carreras y si no es la cumbre, todo lo alto que podamos subir mientras tanto.

Por mucho que sepamos hacer la declaración de la renta, construir edificios o salir airosas de operaciones a corazón abierto según ella y sus hordas de seguidores, no tiene ningún valor ya que hemos perdido la noción básica de criar a un bebé. Qué contrariedad. ¿Ya soy menos mujer? Casi parece con esa manera de pensar que por no dejar el trabajo y quedarnos en casa la sociedad está abocada al desastre.

A ella y a quienes compartan ese punto de vista, les pediría que no miraran solo la paja en el ojo ajeno. A fin de cuentas, lo único que consiguen con esas ideas es mantener que son los hombres los que pueden elegir tenerlo todo y nosotras las que, sin más opción, nos toca quedarnos con solo una de las caras de la moneda. Pero es que queremos ambas, queremos lo mismo que ellos, es decir, todo.

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Así que quienes nos compadecen a las mujeres de estas nuevas generaciones, estas que no sabemos cambiar un pañal ni falta que nos hace (además si lo necesitaríamos ya buscaríamos un tutorial en Youtube), que nos ven ricas pero miserables por preocuparnos solo por el trabajo sin centrar todas nuestras energías en encontrar una pareja, decirles que no estamos solas, que somos libres y felices de serlo.

Duquesa Doslabios.

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¿Cuánto drama aportas en tu relación?

Lo admito. Me encanta el drama. Soy de esas personas que disfruta viendo Titanic.

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Y como buena drama queen, en mi relación tampoco falta la tragedia. Aunque es una tragedia sana, de esas de discusiones absurdas, de temas que no son ni relevantes. De las que ni sirven para hacer un ingenioso hilo y volverme el nuevo fenómeno viral.

No es que discutir sea algo habitual en mi personalidad. Pero es que a veces, “hay que buscar drama” (estoy hablando en una relación sana con momentos puntuales de discusión, no de una pareja tóxica en la que una persona sistemáticamente hunde a otra).

Y ahí es donde entra la regulación emocional. Cómo dejamos que nos afecten las cosas y cómo reaccionamos ante ellas, algo que podemos aplicar a por qué te molesta tanto que tu pareja haya vuelto a dejar (por quinta vez) los calcetines en el suelo.

Tenemos que partir de que los sentimientos no se equivocan y que si por algo nos enfadamos y nos sentimos mal, estamos en lo cierto, lo que sí cabe buscar es el origen de ello.

Hay tres aspectos que debemos tener en cuenta: el subconsciente, el consciente y el consciente social.

El subconsciente es la versión más salvaje de nosotros mismos, sin filtros. La que no aguanta al novio de tu amiga.

El consciente es el que sabe que, aunque te caiga mal, quieres a tu amiga y lo importante es que ella sea feliz. Y por último el consciente social es el que sabe que no puedes decirle lo que piensas porque sería bombardear vuestra relación y lo que te importa realmente es lo que tienes con ella.

Estando con nuestra pareja ocurre una cosa, y es que podemos llegar a perder los filtros y decir directamente lo que pensamos desde el subconsciente. Y claro que decir lo que pensamos está bien, pero no siempre es correcta la manera en la que lo hacemos.

Volviendo al calcetín que lleva todo el rato ahí tirado en lo que escribo esto. Si vas y le dices a tu novio que es “un cerdo”, en tu línea, directa y sin rodeos, estás dejando salir tu pensamiento inconsciente, pero no es la mejor forma de abordar la situación ya que seguramente tu pareja se lo va a tomar mal.

En cambio si aplicas el consciente, sabes que no es un cerdo porque se ducha todos los días y es bastante ordenado. Y si después añades el consciente social, para cuidar el trato entre ambos, le dirás que si no le importa recogerlo cuando tenga un momento.

Para quienes, como yo, parezcamos unidas ineludiblemente al drama, ser consciente de esto es un punto clave, no solo a la hora de comportarnos sino a la hora de encajar los comentarios del estilo.

La clave, como todo, está en el balance, en saber dónde está nuestro filtro. ¿Es extremadamente social por lo que no buscamos nunca el confrontamiento? La base de las relaciones es la comunicación sincera por lo que deberíamos poder discutir con madurez cuestiones en las que surgen desacuerdos.

En el otro extremo, la discusión. ¿Buscamos continuamente la pelea? Si es así, es el momento de hacer introspección y plantearnos si todo esta bien o hay algo por ahí en lo que tengamos que trabajar a nivel personal.

Lo mejor es que el dial se encuentre bien situado entre los dos puntos. De hecho lo suyo es que la mayor parte del tiempo la relación esté bien y también haya un pequeño porcentaje para una sana discusión y diálogo siempre con respeto y tratando las cuestiones de manera correcta.

A cambio, además de disminuir ese drama, nos hace madurar en la relación y mejorar la conexión con nuestra pareja.

Así que, ¿qué tal si de deberes te haces autoexamen y te preguntas si no estarás pasándote de calamidad?

Duquesa Doslabios.

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Tonta por ti

Hay una cosa que no te digo a menudo, y es que me sigues encantando.

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Quién me iba a decir a mí que, con la de años que llevamos a la espalda juntos, ibas a seguir gustándome tanto.

Sigo pensando que qué suerte la mía la de que tus ojos castaños se cruzaran con los míos y qué divertido es ahora conocer de memoria todos los cambios de expresión que pueden llegar a experimentar, desde cuando se encogen de felicidad porque el Madrid ha marcado gol hasta cuando frunces el ceño porque no se despega tu tortita de avena de la sartén, esas que por fuera son muy feas pero que, en realidad, están buenas.

Me gusta como cada vez que te tocas el flequillo te dejas la ceja izquierda despeinada, lo que me obliga a alisarla y perderme un poco por tu mirada o, ya que estoy con la mano en tu cara, darme un paseo por tu barba.

Tu barba, tan tuya como los espasmos que te dan de repente mientras duermes o tus pesadillas que no se te pasan hasta que sales de la cama y te das un paseo para tranquilizarte por mucho que te diga que no estás en un coche sin frenos.

Pero es que dormir es una maravilla gracias a que continuas con tu manía de acostarte en calzoncillos aunque sea un mes frío y yo termine con los calcetines por encima del pijama.

No me crees cuando te digo que es una suerte encontrarse en mitad de la noche, en una de esas pausas entre sueño y sueño, con tu pecho desnudo. O incluso verlo con las primeras luces del día, que es cuando yo abro el ojo y tú, como buena persona nocturna, te niegas a salir de la cama hasta que no pasen las once de la mañana.

Me encantas con tu acento, tus refranes manchegos, tu costumbre de cantar las canciones en inglés e inventarte la letra porque no entiendes el idioma. Y sí, aunque no lo comparta, me sigue encantando tu manera de combinar calcetines negros con zapatillas blancas porque según tú, es lo que pega.

No pierdas nunca el hábito de cambiarme, desde tu aplicación del móvil, la canción que estoy escuchando en el Spotify del ordenador aprovechando que compartimos cuenta para que, aunque estemos separados, me hagas sonreír en la distancia con Leiva.

Siempre nos quedará la promesa de que cuando salimos a comer fuera, tuya es la última patata del plato principal y para mí el último bocado del postre.

Si me enfado, ya sabes que el remedio es abrazarme e inclinarme hacia el suelo para darme un beso de esos de película antigua, para que, de la risa que me entra, se me pasen todos los mosqueos.

Y es que es difícil resistirse a lo bien que te sienta la ropa que me compro de talla XL para llevar suelta, por mucho que me la quites del armario y me dejes sin ella.

Así como es difícil decirte que no cuando me pides un beso de esos que nos damos al vuelo disimuladamente porque estás en el trabajo.

Supongo que solo puedo responsabilizarte de haber convertido la adolescencia en un estado mental, porque, con mis casi treinta años, no se pasa esta tontería que tengo por ti.

Duquesa Doslabios.

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“Por no habernos querido a tiempo”

Puede que las heridas del corazón necesiten cuidados intensivos, pero hay quienes hemos encontrado en la escritura una terapia. Hoy os traigo una pluma invitada que, por mucho que se preocupa más por la tinta impresa en los guiones, sabe también cómo usarla para cicatrizar(se).

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Almas.

Hemos viajado por un tiempo y un espacio que ha visto fuego y luz en todos lados. Sobrevivido a universos y vidas que desconoce cualquier humano.

Eones que siempre terminan con nuestros besos y cogidos de la mano. 

En este tiempo, en estos cuerpos, nuestros almas no se han encontrado. Nunca se han perdido, pero en esta historia, nos hemos varado.

Asumir que nos tendríamos, fue el principio del comienzo de este inicio.

De un inicio que terminaría con un final extremo. Donde la meta no sería, sino el epílogo de nuestro libro.

Uno de hojas en blanco sin historias para contar una vida que cuente. Un libro lleno de vacío. Un libro que solo tiene la marca de nuestros nombres en la solapa.

Con un lomo tan grueso y distante que como el destino, en esta edición, impide que ambas partes se unan.

En este libro vivimos.

En este cuerpo, donde no somos más que una marca. Almas que olvidaron lo que aprendieron en mil vidas. Perdidas en cuerpos que se deshacen con los años.

Llenos de sueños, llenos de llantos. Por no habernos querido a tiempo. Por no habernos valorado. Por todo: nunca nos amamos.

Señor Origásmico.

¿Estás en una relación tóxica? Ojo con estas frases

Creo que no somos realmente conscientes de lo poderosas que son las palabras. Pero fijaos hasta qué punto llega su autoridad que son capaces de convertir a dos personas solteras en casadas.

Con los años he empezado a entender el valor y la influencia que tienen no solo en mi vida, sino en la de aquellos que me rodean, y el mejor caso para ilustrarlo fue una relación pasada en la que las palabras formaban sinergia en mi pareja, eran más que la unión de las letras.

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Comencé a oír una serie de frases que se convirtieron en normalidad dentro de la dinámica que establecí con otra persona. Y no fue hasta que pasó el tiempo que pude realmente entender lo que mi pareja me decía cuando hablaba.

Quizás no era muy consciente en ese momento, pero caló hasta el punto de que una vez descubierto el engaño, la trampa, la verdad que ocultaban, me he quedado atenta para hacer saltar las alarmas en el caso de volver a escucharlas.

“Escríbeme, que si no, me preocupo” fue una de las primeras. Una maniobra que empezó con algo tan inocente como lo de mandar un mensaje avisando de que ya había llegado a casa. Pero eso, muchas veces, sirve como vía de entrada a estar mandando mensajes constantemente. Pasa de ser una vía de control para que la otra persona sepa lo que estamos haciendo constantemente, lo que demuestra que no existe ningún tipo de confianza ni autonomía. De avisar de que has llegado bien a casa a tener que estar mandando fotos o vídeos en directo que prueben que estás donde dices estar, hay un mundo.

“Está muy bien pero…” es una frase que puede tener varios finales. Coge el que más te resulte familiar. “…¿pero no vas demasiado corta?” “…¿pero no llevas mucho escote?” “…¿pero no vas muy maquillada?” “…¿pero no crees que esa amiga tuya te pone demasiados Me gusta en Instagram?” “…¿pero no te va a quitar tiempo de estar juntos?” Una vez más lo que deja al descubierto es la inseguridad en la otra persona y su intento por controlar una vida que no le pertenece. Ante este tipo de situaciones, siempre recordar que somos libres y que nadie debería coaccionarnos si queremos hacer, ser o llevar algo de una determinada manera. Ya lo decía Vicky Larraz: “No controles mi forma de bailar porque es total”.

“Nadie te va a querer tanto como yo” es una fruta envenenada y no lo que se comió Blancanieves. Lo que desencadena esta frase en tu cabeza, sin que te des cuenta, es una espiral de negatividad de la que ni siquiera eres consciente. Por un lado sientes agradecimiento y hasta un cierto punto de endeudamiento con esa persona ya que nadie va a quererte así como eres (porque esa es otra, recalcará que con tu forma de ser, que alguien te quiera es como para que te des con un canto en los dientes). Por otro lado produce miedo. Mucho miedo. Miedo de que si esa persona desaparece, solo te queda la soledad. Miedo de que nadie te vuelva a querer o quizás de que no te quieran tanto como tu pareja dice quererte.

“Eres demasiado para mí” o “Yo nunca voy a estar a tu altura” continúa el menú tóxico que empezó la fruta envenenada. La frase es una especie de sandwich de halagos venenoso. Tú lo muerdes porque por un lado tu ego se siente muy complacido (a todos nos gusta sentirnos valorados por nuestra pareja). Sin embargo debemos recordar que no es una competición en la que gana el más alto, listo, guapo, fuerte o quien tiene un salario más alto. Especialmente cuando la frase lo que deja en evidencia es que nuestra pareja tiene problemas de autoestima. Cuando hay amor es sorprendente las cosas que ni tú misma esperabas que te pudieran aportar.

Y para terminar, la más grande, poderosa y efectiva de todas: “Eres todo lo que tengo”. Si hay una oración que aparezca como ejemplo cuando buscamos en el diccionario “chantaje emocional” es esta. Tu pareja nunca debe ser tu único motivo para seguir adelante en la vida. La motivación, las ganas de vivir, lo que te impulsa a salir de la cama por las mañanas dependen única y exclusivamente de ti. Si la otra persona no es capaz de encontrar sus propios alicientes, no es tu responsabilidad.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas: “El amor puede con todo”

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Beatles, que flaco favor nos hicisteis con All you need is love, que al final nos lo hemos tomado en serio.

En el Romanticismo, el amor romántico se convirtió en una verdad inalterable. Presentaba dificultades constantemente, un precio alto, fruto de sacrificios, y una lucha infinita que se justificaba por lo que nos podía proporcionar en nuestras simples y llanas vidas, unas sensaciones imposibles de vivir con cualquier otra cualquier experiencia.

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Pero no es algo que se quedó en los cuentos de los hermanos Grimm, sino que el mito ha ido perpetuándose a lo largo de los años hasta llegar a nuestro tiempo.

Te lo suelto rápido antes de que pienses un argumento en contra de lo que te estoy diciendo: Titanic. Una película que trata de cómo la pareja está todo el rato enfrentándose al mar, a la sociedad e incluso a la muerte en el nombre del amor.

Un amor tan fuerte, poderoso y definitivo que aún años después del hundimiento, con un feliz matrimonio de por medio, Rose solo es feliz volviendo a encontrarse con Jack.

No solo de cine vive el mito, pensemos en los primeros discos de Taylor Swift, en la canción Love Story que no paraba de sonar en Los 40 principales diciéndonos en 2009: “Romeo llévame a algún lugar en el que podamos estar solos, te estaré esperando y todo lo que tenemos que hacer es huir“.

Una tórrida melodía en la que el padre no deja a los amantes estar juntos, pero que da igual, porque, según la cantante “es un amor difícil pero es real”.

“Romeo, sálvame. Me he sentido tan sola. Te he estado esperando pero nunca venías” era una de mis estrofas favoritas con 17 años, cuando ya me estaban diciendo que tenía que estar esperando a mi amor y me lo creía a pies juntillas.

Los mitos son tan sutiles a través de todo lo que nos rodea que forman roles en las relaciones de pareja y se asumen de manera diferente. Nosotras crecemos con la idea del príncipe azul por el que hay que aguardar mientras que ellos tienen que ser quienes den el primer paso y que reconozcan la belleza y el amor que les profesa una mujer. Somos los príncipes y princesas del patriarcado.

De hecho nos lo creemos de tal manera que si falla la relación se nos dice enseguida que “No era amor”, que “No era tu media naranja” (un mito del que hablaré algún día), que “No se luchó lo suficiente”… Sencillamente tenemos el amor romántico en un pedestal tan grande que no nos importa echarnos la culpa antes que pensar que podemos estar aferrándonos a un concepto demasiado idealizado por nuestra parte.

Fotograma del vídeo ‘Love Story’ de Taylor Swift. YOUTUBE

En mi caso, La Bella y la Bestia era una de mis películas preferidas. Tanto que cuando llegó mi “bestia” yo ya sabía que pasara lo que pasase, al final, la película iba a acabar bien. Eso me habían prometido toda mi vida.

Mi príncipe embrujado no tenía biblioteca llena de libros ni una rosa encantada, pero de mal genio iba sobrado. Por eso cada vez que recibía gritos aguantaba estoicamente, como Bella, porque es lo que se hace por amor.

Esto es simplemente un ejemplo de cómo es precisamente en los momentos en los que estamos viviendo una relación cuando reproducimos esos mitos que tenemos interiormente aprendidos.

Por amor sabía que no podía tirar la toalla en aquella lucha diaria que era nuestra relación, hasta que descubrí que las películas están muy bien pero que la mía no iba encaminada hacia el “y vivieron felices para siempre” por mucho que yo pusiera de mi parte. Y poner de mi parte había sido tolerar los celos, el control e incluso a la violencia.

Hace dos días me escribió mi amiga. Su novio le había montado una escena en un centro comercial y le había agarrado del brazo impidiéndola que se fuera. Le había dejado marca.

Ella le dijo que no quería verle más y él le respondió que estaba reaccionando de una manera exagerada. Que nunca más iba a volver a pasar, que la quería.

Pero querer ya no basta, porque, como vemos en las estadísticas, el amor “no puede con todo” pero puede con nosotras que somos las que tenemos las de perder, ya que en lo que va de año son 25 las mujeres asesinadas por violencia machista, y, la mayor parte de ellas, por sus parejas.

Porque esa idea del amor romántico, mata.

Y ya basta de soportar atrocidades en el nombre del amor. El amor, el de verdad, tiene que empezar por nosotras mismas.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas I : “Quien come bien en casa no se va de restaurante”

Desmontando mitos machistas II: “Las mujeres son traicioneras, los hombres son nobles”

Desmontando mitos machistas III: “Tengo celos porque te quiero”

El Orgullo Gay también es tu día aunque seas heterosexual

El Orgullo LGTB absorbe Madrid y a los madrileños con ella. Los gatos de aquí y los de adopción sabemos que, durante la semana que duran las fiestas, la circulación es imposible y las reservas, en muchos sitios, impensables.

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Hablando con un conocido mío de la celebración, me comentó que, como heterosexual, no sentía que fuera con él, que no lo iba a celebrar.

Entiendo que haya quienes no disfruten de ver las carrozas, asistir a fiestas multitudinarias o a los conciertos, es cuestión de gustos. Sin embargo creo que todos deberíamos sentirnos implicados en la celebración del Orgullo independientemente de nuestra sexualidad, pero especialmente si nuestra orientación es heterosexual.

Me explico, concienciar en la tolerancia y en la igualdad no es solo para aquellos que sienten que les falta. No es como si hubiera que sensibilizar sobre el tema a las personas que han sufrido discriminación o violencia, sino a todas las demás.

Que no hayamos tenido problemas ni impedimentos a la hora de disfrutar de nuestra sexualidad no nos exime de una lucha por el respeto y los derechos de las personas.

Nunca me he sentido juzgada ni preocupada por mi integridad física al querer a quien quisiera, siempre me he sentido libre de amar y sin miedo a que se me discriminara por ello, y al igual que yo vivo esa situación quiero que todo el mundo puedo vivirla también.

Porque al final el Orgullo no es quién gana la carrera de tacones o la fiesta con las drag queens más famosas, son actividades que reivindican que puedes ser quien quieras y amar a quien quieras en libertad y que vas a ser aceptado por ello.

El Orgullo gay es una protesta en forma de fiesta que, con una bandera multicolor, pretende cambiar esas mentes que se empeñan en pensar en blanco y negro.

Duquesa Doslabios.

Estás cordialmente invitado a mi orgía emocional

Tengo una idea, hagamos un trío esta noche: tú, yo y la cama. Porque sí, porque me apetece, porque quiero compartirte un poco y terminar con la habitación llena de rastros, prueba de un crimen pasional en el que lo único que nos cargamos fueron las ganas de dormir (o las de despertarnos).

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Será testigo la manta, que podría ser llamada a declarar mostrando las arrugas incriminatorias a lo largo y ancho de las sábanas. Mi piel, en cambio, guardaría silencio en el estrado, cómplice de tu modus operandi fácilmente adivinable siguiendo las marcas de los besos húmedos bien repartidos. No eres de dejar vacíos.

Los sutiles van por el cuello y los otros se pierden con lengua de por medio allí donde tú ya sabes. El sitio que yo quiero saber que sabes y que sepas que bien sabe para ambos aunque solo uno lo saboree.

Quiero que hagamos un trío, uno de esos que puede convertirse en cuarteto en cualquier momento cuando el suelo (¡ay, el suelo! Ese que siempre tiene ganas de participar) nos termine llamando. Y que al final, me dejes entre la espada y el parqué, sin más elección que una erección, sin escapatoria.

Porque por mucho que la adrenalina del ‘Pilla pilla’ era que te persiguieran, no había nada más intenso que sentir que te habían pillado, que es justo como me siento contigo, total y completamente pillada. La diferencia que tengo con el juego es que cuando era pequeña tenía que correr para que no me pillaran y contigo es más probable que me corra después de que me hayas pillado el punto.

Vamos a hacer un trío que termine con el espejo, ese voyerista que no se cansa de asistir como espectador a nuestras fiestas de piel y endorfina y que alguna vez, de pasada, le he pillado devolviéndome la mirada.

Si siendo dos con él hacemos tres, vamos a seguir haciéndolo hasta que nos dupliquemos en su superficie y lleguemos al cuatro, o al cuarto orgasmo, lo que venga antes. Hasta que vea doble y sienta que mi reflejo, por mucho que parezca disfrutar de ti, tenga envidia de lo que estoy viviendo a este lado del cristal, porque solo una de las dos tiene las tres dimensiones de ti.

Y al final, después de tantos participantes, me daré cuenta de que no me importa cuántos invitados improvisados se unan a lo largo porque pase lo que pase siempre me voy contigo, y es eso precisamente lo que cuenta, que dentro y fuera me voy contigo.

Duquesa Doslabios.

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“¿Sois gays? ¿Y quién es el hombre?”

Déjame adivinar. No, en serio, déjame. Alguna vez yendo por la calle has visto a una pareja de lesbianas por la calle y has pensado de una de ellas que seguramente es “el chico” por su manera de vestir o su corte de pelo.

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También, y sabes que es verdad, te ha pasado en el caso contrario. Cuando viendo a una pareja de gays has pensado “Se ve claramente quién es la mujer” al parecerte uno de los dos el más femenino.

Puede que cuando lo pensaras lo hicieras sin ningún tipo de maldad, como una mera apreciación superficial. Pero lo que aparentemente es una observación inocente es en realidad una manera de ver la vida a través de los cristales de la heterosexualidad.

Voy a intentar explicarme. Desde pequeños nos asignan unos roles de género, aprendemos a diferenciar entre azul y rosa, uno para niños, otro para ellas. Te dicen que llorar “es de niñas” y que no te tires al suelo porque no eres tan bruta como los niños. No solo los muñequitos del baño nos dividen por géneros.

Reducimos tantas cosas a “hombre y mujer” que hasta metemos las relaciones homosexuales en el mismo saco. Pero no son nada del estilo, son dos hombres o dos mujeres que no necesitan adoptar otro género para funcionar.

Decir que en una relación entre lesbianas o entre gays hay uno de los miembros que hace papel de “hombre” y otro que hace papel de “mujer” es dar por hecho que el modelo de relación heterosexual es el único existente.

De quedarse corto, el argumento cojea. Por eso, la próxima vez que te pase (porque pasará), recuerda quitarte las gafas con los cristales color heterosexual.

Sí, aunque nos resulte más difícil porque vivimos en una sociedad en la que damos por hecho que, a no ser que digan lo contrario, lo convencional es ser heterosexual.

Aprendamos que, si somos los primeros en decir que “cada relación es un mundo”, lo debemos aplicar a todas las relaciones de pareja por igual y sin excepción por el género de los miembros que la formen (y acordaos de seguirme en Twitter y Facebook).

Duquesa Doslabios.