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Ahora somos esos veinteañeros que van a terapia de pareja

Lo más atrevido que he hecho con mi pareja no ha sido lanzarme con prácticas sexuales descabelladas o con lugares alternativos para darle rienda suelta a la pasión. Lo más atrevido que he (hemos) hecho, ha sido empezar a ir a terapia juntos.

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Y yo soy la primera que piensa que cómo es posible que con 26 y 27 años necesitemos la ayuda de un experto. ¡Si es cuando todo debería ir rodado!

Cuando las ganas están por las nubes, el primer piso a estrenar, el cuerpo siempre encendido…

Y todo eso está ahí, sí, pero hay cosas que se nos escaparon de nuestro control. Así que tomamos la decisión más adulta (pese a que aún nos cueste creernos que esa es la palabra que nos define) y apostamos por un profesional que nos ayudara.

No llevamos mucho asistiendo a las reuniones a tres, pero, por primera vez, conseguimos poner las cosas sobre la mesa sin que termine saltando todo por los aires.

En este tiempo, ya hemos aprendido que la solución no es averiguar quién de los dos tenía la razón -la que parecía la eterna pelea-, sino ser conscientes de que tendremos que llegar a un acuerdo.

Ambos renunciaremos a cosas, ya nos lo aseguraron en la primera sesión, pero ganaríamos, a cambio, muchas otras. Un punto medio en el que, palabra de experto, estaremos mejor siempre y cuando trabajemos por alcanzarlo.

Aunque mi pareja me pedía que me pusiera en sus zapatos, ha tenido que hacerme ver alguien de fuera que mi manera de afrontar las situaciones no era la más empática.

Me ha hecho falta una tercera persona para darme cuenta, pero es precisamente lo que quiero conseguir con esta experiencia. No solo mejorar mi relación, sino crecer como persona y ser una mejor pareja.

Al final, mi pensamiento recurrente cuando estamos en la consulta es que ahí nos encontramos los dos, uno junto al otro, luchando por sacar adelante la relación. La prueba de que queremos seguir esto.

De que nos queremos.

Y teniendo eso de nuestra parte, tengo claro que lo demás vendrá rodado con un poco de esfuerzo.

Duquesa Doslabios.

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‘Gagging’, el sexo oral que pasa de las arcadas a las lágrimas

Hace poco os hablaba de la ‘arcadización’ de las felaciones, de esa costumbre que parece que muchos han adquirido mientras practicamos sexo oral de estrujarnos la nuca contra la entrepierna hasta que nos entran ganas de vomitar. Y de lo poco que nos gusta a las mujeres, claro.

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Muchos (hombres, claro) alegaban en los comentarios o me replicaban en las redes sociales que no, que había mujeres a las que les encantaba, que les producía excitación notar el glande hacerle cosquillas a la campanilla y que ellas tenían tanto derecho de disfrutar de las arcadas como ellos de la mamada.

La diferencia es que la arcada no es una sensación ni placentera ni agradable y el hecho de realizar sexo oral en el que aparecen las contracciones que preceden la expulsión del vómito es algo que se basa únicamente en el imaginario erótico masculino.

Esta práctica, en la que se ve pasarlo a una mujer mal, entre espasmos, toses, mocos y lágrimas, tiene hasta nombre: el gaggingque se podría traducir literalmente del inglés por “tener arcadas”.

Basta poner la etiqueta en cualquier página de contenido erótico para que el buscador nos devuelva cientos de resultados en los que las náuseas están garantizadas hasta el punto de ver a la actriz al borde del llanto.

Pero lo que hay en realidad detrás de un vídeo de gagging, lo que tiene detrás, es una triquiñuela más de las películas pornográficas.

Una máscara de pestañas que no es resistente al agua que hace que termine la cara como si volvieras de fiesta a las cinco de la mañana para hacer aún más exagerado ese aspecto dramático de llanto desconsolado.

¿El gran peligro de esto? El mensaje que se transmite de dominación y maltrato. Trátala mal, aunque se queje. Mal hasta que se asfixie, hasta que llore, hasta que veas que no puede contener las lágrimas, hasta que se le corra el maquillaje. Porque eso es lo que has aprendido en el porno. Porque eso es lo que tan cachondo te ponía cuando te masturbabas, una mujer asfixiada sollozando.

Para evitarlo, Canadá me parece el mejor ejemplo ya que la Canada Border Services Agency vigila cada tres meses las películas que entran en el país de este estilo.

Entre las cosas que no pasan la criba están “sexo con dolor o violencia. Situaciones que envuelvan pegar, tener arcadas, asfixiarse, quemar o actividades que irriten zonas del cuerpo”. Tampoco tiene cabida la humillación con el objetivo de excitar sexualmente.

Sin embargo, y por mucho que me gustaría que tuviéramos algún tipo de regulación, por lo pronto lo único que podemos hacer es ser conscientes de la violencia que encierran estos vídeos, una violencia que se aprende y se pone en práctica pensando que es lo normal y lo sexualmente sano cuando nos encontramos ante un intercambio incómodo y desagradable para una de las partes.

Duquesa Doslabios.

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Antes éramos más románticos

Te quiero pero…

Echo de menos que te quedes mirándome como si fuera lo más entretenido del salón, por encima de la televisión. Echo de menos ir hablando en el coche, aunque sea sobre la música de la radio. Teníamos un juego de adivinar las canciones de Cadena 100, ¿por qué lo hemos dejado?

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¿Por qué hemos dejado de hacernos fotos juntos? Como si ya tuviéramos tantas que cualquiera podría decir que parece que hemos gastado todas las que nos quedaban en la vida por sacarnos. Yo quiero seguir saliendo contigo, quiero abrir la galería del teléfono y que seamos nosotros quienes más aparezcamos, entre platos de comida y paisajes de Madrid.

Quiero que nos abracemos más a menudo, que no pasemos solo por la cama con el cuerpo desnudo, que desvistamos el alma. Que hablemos de la vida, de la muerte, de la lámpara del techo que elegimos en Ikea, de todas esas cosas que nos gustaban de pequeños y que llevamos años sin probar.

Quiero que volvamos a ir a bailar, aunque seamos los peores de la sala, aunque solo sepamos un paso. Pero bailemos. Bailemos, joder. Bailemos hasta que me pises y yo me tropiece con mis propios pies. Bailemos hasta que riamos y aprovechemos, ya que estamos, para reír bailando.

No solo bailar, pensar en planes más allá de hacer deporte, comer, o pasar la tarde en el sofá. Tenemos un mundo fuera de casa que no estamos investigando lo suficiente.

Echo de menos tocarnos, en público, en privado. Hubo un tiempo en el que no faltaban nuestras manos entrelazadas en cualquier lugar, donde lo difícil era mantenernos separados. ¿Cuándo decidimos dejar de hacerlo? ¿Por qué lo hicimos?

Y ya que estás dime por qué no nos cogemos por la espalda, como cuando empezábamos a conocernos y estrenábamos el “te quiero”. Esa época en la que tu parecías el imán y yo la nevera, siempre atraídos, siempre en contacto.

Dímelo, por favor, y dime también por qué no consigo que me cuentes cada mínima cosa que te ha pasado a lo largo del día, cuando me interesa cada segundo de lo que te ha pasado sin mí. Ca. Da. U. No.

Ya no salimos de fiesta, ya no bebemos una jarra de sangría, ya no hay conversaciones ni coqueteos por Whatapp ni tampoco en el desayuno si te quedas entre las sábanas mirando el móvil en vez de acompañándome. Ya no sé si el silencio es la nueva norma, o que lo normal en realidad era que cada uno viajara mirando por su ventana, inmerso en sus propios pensamientos.

Me pregunto si esto es lo que viene después del amor, o si es en lo que se ha (nos hemos) convertido, en besarnos solo para despedirnos y no por el inmenso placer que produce comernos la boca sin prisa. En compañeros de piso que se enfadan cada dos por tres por los cuadros que colgamos o no o porque te parece que yo estoy demasiado pendiente y a mí, que tú estás demasiado despistado.

No sé si es que a partir de ahora será así. Pero sí recuerdo todo eso que hacíamos antes. Y me parecía la mejor relación del mundo.

Echo de menos el amor.

Duquesa Doslabios.

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Los 4 temas que deberías hablar antes de irte a vivir con tu pareja

Cuando llega el momento de dar el paso, ese que nos va a cambiar la vida (o, al menos, la rutinaria), hay una serie de conversaciones que deberíamos tratar, fuera de las cuatro paredes del hogar a compartir, que nos sirva para dejar las cosas claras.

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Una de las primeras cosas que deberías hacer es establecer un reparto de tareas (hasta encuentras planificadores que puedes colgar en la pared para que no haya dudas).

Tiene que haber un equilibrio que incluya hacer la compra, cocinar y, por supuesto, limpiar. Si cada pareja es un mundo con la logística del hogar pasa un poco lo mismo, se tiene que adaptar a cada caso y no hay dos iguales.

En función de los turnos, trabajos, etc puede variar, pero lo más importante es encontrar el hueco para que ambas personas puedan dedicarle tiempo o, si la agenda no lo permite, establecer un día a la semana en el que poder trabajar juntos en ello.

En el momento en el que paséis a compartir techo, la toma de decisiones se hace de manera conjunta, ya sea la colocación de un cuadro o alquilar una plaza de garaje. Una vez vives con tu pareja, si no lo habías hecho antes, es el momento de cambiar el chip y entender que se pasa de ser uno a pensar por dos. 

Trabajar en la convivencia será igual de importante que trabajar en la relación, por lo que, por mucho que nos gusten ciertas cosas, queramos hacer algo tengamos la manía de rellenar constantemente los tarros de pasta porque tenemos una obsesión del orden, hay que moldearse un poco a la otra persona.

¿El truco infalible? Respetar, tanto al espacio como a la otra persona a la hora de comentar lo que nos molesta.

Hablar de dinero es algo que, tenemos que asumir, nos acompaña antes y durante la relación. La clave está en conseguir que se convierta en una charla y no en una discusión (puede llevar años de práctica).

Temas como cuánto va a aportar cada persona, cómo va a ser la organización a la hora de pagar los pagos, si se ahorra o qué presupuesto se destina a hacer actividades en pareja son cosas que deberían quedar claras desde el primer momento.

Cabe negociar también cuál va a ser la política de invitados. Es decir hasta qué punto (o cuánto tiempo) puede pasar un familiar o amigo por casa, cómo van a ser los días y el reparto cuando vengan más personas o si, por ejemplo, va a ser una república independiente de tu casa con fronteras totalmente cerradas.

No se puede olvidar que, el objetivo de todo esto, es evitar futuros problemas y asumir este tipo de temas de manera madura, siempre con la idea de conseguir una relación sana.

Duquesa Doslabios.

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¿Sufres de estrés? Enamórate

Sí, yo también he leído el titular con voz de anuncio de la Teletienda al escribirlo. Pero por mucho que podamos pensar que lo más agobiante del mundo es llegar a casa y ver que nuestra pareja no ha vaciado el lavavajillas, sino que se ha limitado a sacar un plato para recalentarse la cena, el amor es el mejor antiestrés.

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Mejor que cualquier ansiolítico y 100% natural, una medicina en forma de persona de carne y hueso.

Así como hay otras buenas razones para enamorarse, como poder compartir los postres, hay varios estudios que han puesto el amor bajo la mira descubriendo que independientemente de si está en el aire, como decía John Paul Young, ronda por el cerebro.

Hay varios cambios que suceden sin que nos demos cuenta en el interior de nuestro cráneo. Modificaciones que van desde la explicación de la felicidad, la tranquilidad o la falta de miedo.

De hecho, por mucho que el amor romántico diga que la persona de la que nos enamoramos tiene que ponernos el mundo del revés, la cabeza en los pies y el corazón a ritmo de hombros de Shakira, lo cierto es que, a nivel fisiológico, supone todo lo contrario.

Calma y seguridad son dos sensaciones que experimentamos cuando estamos con la persona de la que nos hemos enamorado.

La Neurobiología del Amor, un estudio de la Universidad de Medicina de Berlín de 2005, fue la investigación que descubrió de qué manera estar enamorado interaccionaba con los sistemas de respuesta del estrés.

Ante discusiones, problemas o situaciones de agobio, una persona enamorada reacciona de manera más calmada.

Al aumentar la sensación de seguridad, disminuyen la de estrés y ansiedad. De hecho, es tal la estabilidad que se siente, que es incluso extensible a otros aspectos de la vida, lo que permite tomar mejores decisiones que si los enamorados estuvieran en un estado emocional alterado.

Este cambio lo secundó el Instituto Blavatnik, de la Escuela de Medicina de Harvard de Medicina, con un estudio realizado en parejas enamoradas averiguando por qué cuando estamos enamorados enseguida nos lo notan en casa.

La felicidad que sentimos, es difícil de disimular hasta el punto que sentimos que brillamos, algo que sucede a nivel cerebral en algunas zonas.

El amor nos hace sentir satisfechos, de hecho hace que aumente la actividad en las zonas que están asociadas con el sexo, la memoria y la recompensa ya que se iluminan en los escáneres de las personas enamoradas.

¿A cambio? Disminuye la actividad cerebral en las zonas relacionadas con el miedo y el disgusto. Lo que nos da la ecuación de que Amor= – menos mal rollo + más felicidad.

Tampoco podemos olvidar el papel de la dopamina en el amor, un neurotransmisor que estimula los centros de placer que se libera en mayor cantidad cuando estamos en pareja, así que ante la duda, enamórate y mucho.

Duquesa Doslabios.

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Llevar el móvil a la cama puede afectar a tu vida sexual (negativamente)

Domingo, once de la noche: deslizas el dedo por la pantalla de tu móvil mientras tu pareja lee el Marca en su teléfono para enterarse de cómo va el mercado de fichajes. ¿Te suena?

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Mirar el móvil se ha convertido en la última actividad que hacemos antes de dormir, y, por supuesto, la vida sexual se resiente.

Sucede que, si llevas el teléfono a la cama tienes el doble de probabilidades de pasar ese rato previo a acostarte delante de la pantalla que relacionándote con tu pareja.

Algo que, aunque lo han descubierto gracias al estudio de Asurion, una marca de soluciones tecnológicas (¿no te parece irónico?), ya se venía sospechando todo este tiempo.

No es que yo sea contraria a los móviles ni que los quiera prohibir y alejar de nuestros hogares, de hecho soy la primera en estar pendiente de las redes sociales hasta que llega el momento de apagar la luz, pero sí que es cierto que cuando estoy con mi pareja, procuro evitarlo.

Especialmente intento mantenerme alejada cuando se acerca el momento de ir a la cama, ya que no es solo donde dormimos sino el lugar donde más frecuencia tenemos intimidad con nuestra pareja, lo que significa que, lógicamente, el móvil nos puede pasar factura.

De hecho recuerdo cuando antes de coger el mal vicio de tener el móvil pegado a la mano todo el día, antes de ir a dormir hablaba con mi pareja y nos deseábamos las buenas noches. Es algo que creo que muchos echamos en falta y que viene a significar que nuestra relación está perdiendo calidad.

He hablado en más de una ocasión con mi pareja de que creo que pasamos demasiado tiempo con el móvil, de que debemos empezar a poner ciertos límites. Al igual que no nos llevamos los respectivos trabajos al dormitorio antes de dormir, la clase de inglés o las pesas del gimnasio para entrenar sobre la cama, dejemos también el móvil fuera de ella.

Y no, no es fácil, pero puedes empezar a despedirte antes si tienes conversaciones pendientes, dejar las alarmas ya puestas y el móvil lejos del alcance de la mano (y en un modo que no moleste si llegan las notificaciones, claro). Otra opción es que si quieres usarlo, haz que ayude a tu relación siendo el reproductor de una lista que genere un ambiente interesante.

Vamos a ver si entre todos volvemos a conseguir que lo último que veamos al terminar el día sea nuestra pareja y no una pantalla. Puede que con el teléfono sintamos que estamos conectados, pero no es tanto el estar conectado, sino el hecho de conectar realmente. Y repito, realmente, de realidad.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas: “Tengo celos porque te quiero”

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Formamos parte de una sociedad en la que los celos aparecen a edades muy tempranas (y los que tenemos hermanos pequeños lo sabemos bien). Sin embargo se nos enseña rápidamente, o al menos en mi caso, a racionalizarlos, y, por tanto, terminan desapareciendo.

Los celos parten de la autoestima, no de las actuaciones de otra persona. No son causa de comportamientos, son una muestra de inseguridad. 

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Y yo, en su momento, los viví en carne propia. Tuve una de esas relaciones en las que mi pareja me pedía que le mandara fotos, vídeos e incluso audios si así lo deseaba, que acreditaran dónde estaba. Según él era algo que demostraba que yo era digna de su confianza pero en realidad se trataba de una herramienta de control.

Aquella pareja borró, literalmente, todos los amigos varones con los que contaba. Yo no estaba autorizada a quedar con ellos ya que “teniéndole a él, no necesitaba a nadie más”. Y claro, si yo me empeñaba en quedar con alguno de ellos, me llegaba al minuto el reproche de que tendría la culpa si él se ponía celoso y me tocaba asumir las consecuencias (desplantes, enfado, insultos, mal rollo en nuestra relación…). Por lo que procuraba evitarlo para que hubiera paz en mi pareja.

Pero los celos no entran en el pack del amor, de hecho, todo lo contrario. Cuando tienes la suerte de encontrar a alguien que viene con el amor debajo del brazo, no hay lugar para celos por el simple motivo de que sabes que esa persona solo te quiere a ti y que si no te quisiera no estaría contigo, y ninguna compañera del trabajo, monitora de full body o amiga de la infancia lo va a cambiar.

Sin embargo es difícil llegar a esa conclusión cuando los mensajes que nos mandan desde fuera son contradictorios. Hugo en Tres metros sobre el cielo actúa movido por los celos, así como Edward Cullen o Christian Grey. Todos se comportan como si su pareja fuera de su propiedad. De hecho no hace falta ir al cine, si por lo que sea ves Mujeres y Hombres y Viceversa o Gran Hermano encontrarás todo tipo de polémica generada porque un concursante tiene celos de que la tronista haya hablado con un pretendiente.

Otros datos alarmantes son que un tercio de los españoles según el estudio del CIS consideran inevitable o aceptable ciertos comportamientos como controlar los horarios de su pareja, impedir que vea a su familia o amistades, no dejarle que estudie o trabaje o decirle lo que puede o no puede hacer.

De hecho, las nuevas generaciones asocian la violencia machista a lesiones y no consideran los celos y el control algo negativo.

Y antes de nada, aclarar que yo no digo que no haya mujeres celosas, ni mucho menos. Por supuesto que las hay. Sin embargo la diferencia está en las estadísticas. ¿Cuántas mujeres son asesinadas por sus parejas o antiguas parejas? ¿Y cuántos hombres? Ahora empezamos a entendernos…

Los hieren, los celos consumen, los celos son un riesgo, pero sobre todo, LOS CELOS MATAN. Lo pongo en mayúsculas para que quede bien claro. Los celos forman parte de la cultura machista que nos considera a las mujeres objetos, posesiones, algo que pertenece al hombre. Recordemos que desde que se empezó a llevar un registro de las víctimas, 945 mujeres han sido asesinadas por violencia machista.

Lo que me parece todavía peor es que encima muchos de estos asesinatos se relatan como auténticas novelas en las que tiene lugar un crimen pasional del estilo “el ex marido, llevado por los celos, asesinó a su ex mujer y a su amante”, como tratando de dar un significado o una justificación al hecho de que los celos son una cosa “normal” que pueden hacer que te entren ganas de matar a tu pareja.

No es normal. Y es el momento de darse cuenta de ello y de decir “Hasta aquí”. En el momento en el que tu pareja habla de celos o los utiliza para que tú modifiques tu comportamiento, hay que ser consciente de que el problema no es nuestro, sino que lo tiene la persona consigo misma. Si es capaz de resolverlo y mantener una relación sana (considerar que tienes control sobre una mujer es algo que hay que desaprender), adelante. Pero si tu pareja no es capaz de deshacerse de ello, quizás es el momento de que te deshagas tú del compromiso que mantienes.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas I : “Quien come bien en casa no se va de restaurante”

Desmontando mitos machistas II: “Las mujeres son traicioneras, los hombres son nobles”

 

Las 10 claves para irte de vacaciones con tu pareja (y no romper)

La convivencia, ver juntos una película en el cine y averiguar si es de esas personas que guardan silencio o de las que tiene que comentar absolutamente todo, comer una hamburguesa y procurar seguir pareciendo un ser humano atractivo al terminar o ir de vacaciones en pareja son algunas de las pruebas de fuego a las que se enfrentan dos personas estando en una relación.

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Es por eso que hoy me gustaría hablar de cuáles son mis consejos a la hora de hacer un viaje. Un decálogo de normas que, por mi experiencia, debo aplicar siempre y cuando sale la posibilidad de viajar.

En primer lugar recomiendo tener una especie de lista de lugares de interés. Cada uno puede elegir dos o tres imprescindibles y de esa manera queda garantizado que veréis sitios que os apetezcan por igual.

Viajar supone estar todo el rato junto a tu pareja, por lo que es importante estar pendiente de sus necesidades. Si quiere agua, se muere de hambre o se hace pis lo suyo es movilizarse para solucionarlo. Además no estar pendiente de ello o hacer caso omiso casi siempre termina en discusión (y la comida todo lo calma).

Para mí viajar es feminismo, ya que no concibo un viaje sin igualdad. Siempre procuro dividir con mi pareja las tareas de organización, planificación, logística… Que haya un equilibrio, ya que no debe recaer todo el peso sobre una sola persona.

El dinero suele ser fuente de conflictos, por lo que es recomendable ir a la par con los gastos. Si crees que tu pareja se aprovecha un poco de eso y opta por la maniobra del despiste, haz un Excel y pon las cartas (o los euros) sobre la mesa.

La base de una relación es el respeto, la base de un viaje también. Se debe respetar, especialmente, las zonas comunes. Si te gusta el desorden, procura evitarlo ya que estás compartiendo habitación con tu pareja e igual no le hace tanta gracia como a ti entrar al baño y encontrarse una manzana a medio comer.

Respeta, también, la opinión del otro. Si no quiere tirarse al agua desde esa altura, subirse a una atracción o pasa soberanamente del paseo en góndola porque es ridículamente caro, entiéndelo. La excepción a esta norma es la crema solar. Pónsela aunque no quiera.

Las vacaciones en pareja no significan volverte uña y carne. Seguís siendo dos individuos y no es necesario hacer todo juntos o estar pegados. Si tú lees tu pareja puede escuchar música y no pasa nada.

Y ya de paso respeta el descanso. Se está de vacaciones. No hay por qué estar todo el rato haciendo cosas.

Un último consejo que he añadido recientemente es usar el móvil con moderación. Y a ser posible, esto ya sería lo ideal, si se quiere usar buscar el momento para no dejar a la otra persona descolgada.

Por eso, para terminar, deciros que la clave que debéis repetiros como un mantra es muy sencilla: paciencia.

Duquesa Doslabios.

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“¿Sois gays? ¿Y quién es el hombre?”

Déjame adivinar. No, en serio, déjame. Alguna vez yendo por la calle has visto a una pareja de lesbianas por la calle y has pensado de una de ellas que seguramente es “el chico” por su manera de vestir o su corte de pelo.

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También, y sabes que es verdad, te ha pasado en el caso contrario. Cuando viendo a una pareja de gays has pensado “Se ve claramente quién es la mujer” al parecerte uno de los dos el más femenino.

Puede que cuando lo pensaras lo hicieras sin ningún tipo de maldad, como una mera apreciación superficial. Pero lo que aparentemente es una observación inocente es en realidad una manera de ver la vida a través de los cristales de la heterosexualidad.

Voy a intentar explicarme. Desde pequeños nos asignan unos roles de género, aprendemos a diferenciar entre azul y rosa, uno para niños, otro para ellas. Te dicen que llorar “es de niñas” y que no te tires al suelo porque no eres tan bruta como los niños. No solo los muñequitos del baño nos dividen por géneros.

Reducimos tantas cosas a “hombre y mujer” que hasta metemos las relaciones homosexuales en el mismo saco. Pero no son nada del estilo, son dos hombres o dos mujeres que no necesitan adoptar otro género para funcionar.

Decir que en una relación entre lesbianas o entre gays hay uno de los miembros que hace papel de “hombre” y otro que hace papel de “mujer” es dar por hecho que el modelo de relación heterosexual es el único existente.

De quedarse corto, el argumento cojea. Por eso, la próxima vez que te pase (porque pasará), recuerda quitarte las gafas con los cristales color heterosexual.

Sí, aunque nos resulte más difícil porque vivimos en una sociedad en la que damos por hecho que, a no ser que digan lo contrario, lo convencional es ser heterosexual.

Aprendamos que, si somos los primeros en decir que “cada relación es un mundo”, lo debemos aplicar a todas las relaciones de pareja por igual y sin excepción por el género de los miembros que la formen (y acordaos de seguirme en Twitter y Facebook).

Duquesa Doslabios.

Sexo rápido, amor lento

Si te paras a pensarlo, tiene hasta sentido. Somos la generación más rápida para unas cosas y la más lenta para otras.

Podemos deslizar el pulgar hacia la izquierda a la velocidad del rayo descartando personas y quedarnos estancados dedicando las canciones a través de los stories a una sola durante meses.

Si bien somos capaces de reservar un vuelo a la otra punta del mundo en unos segundos, planeamos minuciosamente los pequeños detalles antes de marcharnos. No queremos sorpresas, tiene que salir todo perfecto. Y en el amor no íbamos a comportarnos de otra manera.

¿A quién le importa guardar los tiempos de espera si te quiero desnudar aquí y ahora? Pero totalmente diferente son las doscientas vueltas a la cabeza pensando dónde o qué hacer estando vestidos.

No tenemos prisa. Y es que si algo ha hecho que a los 20 años todavía no nos sintamos adultos, es que aún estamos aprendiendo a hacer las cosas (que se lo digan a nuestros padres, que a muchos nos ayudan a descifrar la Declaración de la Renta).

Nos caracteriza estar con nuestra pareja varios años. No nos lo tomamos a la ligera, queremos no solo conocernos, sino conocernos bien. Y no solo a la otra persona, sino a nosotros mismos.

Queremos desarrollarnos como individuos, saber a dónde queremos llegar, qué nos gusta y que no. Tener las cosas claras porque la primera persona con quien debemos sentirnos a gusto somos nosotros mismos.

Nuestros problemas de compromiso a la hora de fidelizarnos con una plataforma de vídeo, se traduce en la dificultad que encontramos en mantener nuestra palabra con alguien.

Puede que tu abuela a tu edad (o incluso antes) ya estuviera casada. Antes, el matrimonio, era el primer paso en la vida adulta. Ahora forma parte de los últimos.

Y es que si algo tenemos claro es que si nos decidimos a darlo, será la guinda del pastel. De un maravilloso pastel del que conoces y has construido cada capa, cada cobertura, relleno y topping extra.

Duquesa Doslabios.