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Mascarillas, las ‘enemigas’ de la pogonofilia o la pasión por las barbas

Una de las cosas que más me gusta de mi pareja es la barba. Al principio, cuando se la empezó a dejar larga, no terminaba de encajarme su nuevo aspecto. Ahora es fascinación.

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Poco a poco, se ha ido convirtiendo en un fetiche. Sobre todo desde que una de mis imágenes favoritas -y de las que más se repiten en mi cabeza- es el momento que se la lava en el lavabo del baño, sube la cabeza y algunas gotitas se le deslizan por la barba.

No fue hasta que empezó a dejársela crecer, y se le cerró por completo, que me di cuenta que, para mí, resultaba un acelerador inmediato.

Por eso me ha dolido tanto que, por el uniforme de la nueva normalidad -que lleva la mascarilla integrada- haya decidido recortársela hasta dejársela casi a ras de barbilla.

Claro que sigue siendo guapísimo, pero internamente, me ha tocado llorar un poco la pérdida de aquel objeto de mi deseo.

Siendo práctica, prefiero que sea así. A fin de cuentas, la barba, como el pelo de la cabeza (sobre todo en el caso de las melenas), es uno de esos puntos de riesgo del cuerpo que, cuanto menos expuesto vaya, mejor para evitar contagiarse del virus.

Para las personas con pogonofilia, toca ver la mascarilla como la nueva barba.

Pero, ¿en qué consiste ese fetiche del que puede que oigas hablar por primera vez?

Como comentaba, se refiere a la excitación sexual por el vello facial. Y aunque uno de los síntomas más claros es que los hombres con barba te llaman la atención irremediablemente, también puedes comprobar si la ‘padeces’ buscando las fotos de los famosos cuando se la dejan crecer.

La pogonofilia no es solo que Chris Evans te parezca mucho más atractivo en la película de Los Vengadores en la que se deja barba (Infinity War, por si quieres comprobar si te sucede o no).

El componente sexual es el que marca la diferencia entre que sea algo que te guste o que estemos ante una auténtica filia. ¿Se te acelera la respiración? ¿Notas un cosquilleo? ¿Pierdes de vista todo lo que no sea la barba?

Entonces, amiga o amigo, puede que seas del club de los amantes de las barbas.

Duquesa Doslabios.

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Conversaciones con un fetichista de la ropa transparente

Como buena pogonofílica (las barbas me producen pasión), soy muy consciente de lo que supone ser fetichista. Además, hay tantas cosas peculiares que pueden excitarnos, que es habitual que más de una forme parte de nuestro repertorio.

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Quizás la mía no sea especialmente conocida por el nombre. Otras como el exhibicionismo, el sadismo, el masoquismo o la podofilia son las más comunes de todas las que nos rodean.

Pero hace poco, a través de Instagram, un seguidor que prefiere mantenerse en el anonimato, me habló sobre el fetiche de la ropa transparente. En su cuenta (@feti_sheer), recopila este tipo de prendas.

Claro que, para mí, las piezas semitupidas, no son más que una elección de estilo. Solo hay que echarle un vistazo a cualquier tienda o incluso a una alfombra roja para ver que la ropa con transparencias está muy extendida.

Pero tal y como me explica mi seguidor, también es posible encontrarle el lado erótico a este tipo de tejidos.

Tal y como me cuenta, la excitación se produce al “ver personas con este tipo de prendas (aunque también se puede usar la tela aparte). No es solo es el hecho de que las prendas sean transparentes o traslúcidas, sino que también hay gusto, atracción y excitación por la textura que pueda tener la tela entre los dedos”.

“Abrazar, acariciar o apretar a quien viste la prenda y sentirla. Incluso, tenerla entre las manos produce una sensación muy excitante y placentera”, afirma.

Este sería un derivado de la elifilia, una obsesión sexual por los tejidos, y aunque dentro del abanico de estos podríamos incluir el cuero, la lana, la mesa o el satén, en el caso de la ropa transparente se reduce a otro tipo de materiales.

La organza y el chiffon son sus favoritas, ya que admite que el tul o la malla, -así como las texturas como red o encajes-, no le atraen lo mismo.

¿Por qué estas en concreto? “La organza tiene un encanto adicional cuando, además de tersa y lisa, también es brillante. Esa es la textura perfecta, ya que es sensual a la vista y agradable al tacto”, afirma.

Como reflexión final, me gustaría aclarar que en mi armario, ese tipo de prendas tienen para mí una única misión: vestirme en el día a día.

Sin embargo es importante entender que, independientemente de nuestros gustos, podemos aceptar y normalizar todo tipo de parafilias (siempre y cuando las practiquemos en la intimidad con un consentimiento de por medio sin que dañen ni perjudiquen a nadie, claro).

Duquesa Doslabios.

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El furor por la vela de Gwyneth Paltrow que huele como su vagina o el nuevo fetichismo viral

Hasta hace poco, pensar en el fetichismo era sinónimo de intimidad e incluso, un poco, de secretismo. Formaba parte de aquellas cosas que solo unas pocas personas de nuestro entorno conocían, una de las razones por las que producen tanto morbo.

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Claro que hablo de los tiempos previos a internet, cuando era más conocer los gustos privados más allá de que nos los contaran o los compartiera una amiga.

Las parafilias sexuales han experimentado un cambio, o al menos eso es lo que nos permiten deducir algunas de las últimas modas virales.

Cuando hace unos meses la youtuber Belle Delphine puso a la venta el agua con la que se había bañado, parecía que el colmo del fetichismo había llegado.

La fiebre se desató hasta el punto de que tuvo que pasar de los botes de 250 ml a barreños de varios litros -que llegaron a superar los 10.000 euros-.

El resultado de ambos productos fue idéntico, la británica colgó el cartel virtual de ‘Agotado’ a las pocas horas.

Reticencias morales aparte (vender agua usada con países en sequía no es precisamente el negocio más empático), aquel éxito de ventas mundial hizo que me preguntara qué faltaba por llegar.

Gwyneth Paltrow no tardó en darme la respuesta. Lo próximo serían velas perfumadas cuya fragancia le recordó a su vagina, una anécdota con la que ha dado con la estrategia de ventas más perfecta.

Las ‘velas vaginales’ de la actriz pasarán a la historia de Goop, su web de estilo de vida, como uno de los mayores éxitos.

Cuesta casi 70 euros, pero literalmente, han volado. Muchas de ellas han terminado en tiendas de reventa, donde su precio alcanza los 300 euros.

No solo la estrella ha dado salida a todas las existencias, sino que ha desatado un fenómeno fan-fetichista en el que ha llegado a participar Elton John, quien se ha hecho con varias existencias del producto.

Y por clásica que pueda sonar, me gustaba más cuando los fetichismos eran algo privado y no de dominio público. Para mí, esta sobreexposición consigue quitarle gracia al asunto.

Duquesa Doslabios.

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Noche en un hotel con mazmorra: el paraíso de los amantes del BDSM

Por mucho que pueda gustarnos la idea de probar el sadomasoquismo, no es como otro tipo de prácticas. Aunque la dominación y sumisión pueden empezar por cosas tan sencillas como dar azotes o atar con elementos que tengamos por casa, si buscamos avanzar en materia, por lo general, no solemos tener un calabozo en nuestro piso lleno de instrumentos y mobiliario adaptado.

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Es una buena idea para quienes quieran probarlo optar por una noche en un hotel especializado. Gracias a que cada vez tenemos una mentalidad más abierta con las parafilias, hay ciertos hoteles que ofrecen este tipo de servicios en sus suites y yo, hace poco, pude probar uno de ellos.

¿Las principales ventajas? En mi opinión, están bastante claras. A no ser que seas Christian Grey y tengas un apartamento de cientos de metros cuadrados, tener una habitación con esas características no es algo al alcance de la mayoría de nosotros, y aunque lo estuviera no sé hasta qué punto me haría gracia que si algún día recibo visitas, mis cuñados la encontraran por sorpresa.

Pero en tu mazmorra de paso, por unas horas, puedes jugar, experimentar, y poner en práctica todas aquellas cosas que solo has visto en páginas webs o que has leído en novelas eróticas. La higiene es impecable, el espacio perfectamente aclimatado, la privacidad máxima y siempre tienes cerca el baño, algo que no viene mal por si en el último momento te entran las ganas de hacer pis por los nervios.

Además de sillones tántricos, esos especialmente diseñados para conectar en 1001 posturas diferentes (he de admitir que uno de ese estilo si entrará en mi futura casa), pude probar un columpio. El columpio es la alternativa ideal a quienes quieren entrar en el bondage pero no tienen ni idea de cómo hacer un nudo.

Es probable que a todos nos resulte familiar la escena de gente colgada mediante cuerdas. Por curioso y atrayente que pueda parecerme en un primer momento, tengo claro que, si no es acompañada de un experto, no me atrevería a probarlo. Por suerte, el juguete está diseñado para imitar la sensación con seguridad y comodidad, es la alternativa ideal.

Aunque lógicamente, el plato fuerte de este tipo de mazmorras suelen ser los potros de dominación o camas con anillas. Son muebles especiales acolchados en los que atarse y experimentar solo está limitado por la imaginación.

¿Detrimentos? Pocos, quizás el único a destacar sea el precio, ya que este tipo de servicios salen por unos 200 euros la noche (recalco noche porque las tarifas de check in cubren aproximadamente 12 horas) y que suelen ser hoteles que, por lo general, no están a un par de paradas de metro de tu casa.

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Sin embargo, como experimento en pareja, tiene la máxima puntuación. Además de ser una novedad, ayuda a romper el hielo con este tipo de instrumentos. El límite entre el dolor y el placer no es el mismo para todos y hacer noche en un lugar de estas características sirve como vara de medida del nivel de afición que tienes por la parafilia. Puede ser tanto un descubrimiento, el punto de partida o la confirmación de que, el camino que habías tomado, es el que realmente te gusta.

Además, para quienes se presenten y al final no se vean con ganas de sacar su lado más sumiso o dominante, siempre les quedará la cama o el sofá. Son dos clásicos que nunca fallan. Palabra de duquesa.

Duquesa Doslabios.

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¿Ha muerto el sexo telefónico?

¿Os acordáis del sexo telefónico? Bueno, pues yo no. Me he dado cuenta de que todo lo que sé sobre sexo a través del aparato (el aparato del teléfono, ya me entendéis) lo he visto en películas o en series antiguas. Y con antiguas quiero decir de 1990.

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Pero ni yo, ni la mayoría de las personas de mi círculo cercano, todos millennials de principios de los 90, habíamos probado a tener sexo a través del auricular. De hecho, lo más excitada que me he sentido hablando por teléfono fue una vez que mi pareja me llama decirme que ya había cogido las pizzas.

¿Significa entonces que el sexo por teléfono ha muerto?

Puede que me digáis, quienes sí lo conozcáis de oídas, por aquello de que el estímulo es auditivo, que no me pierdo nada, que ha evolucionado, que ahora tenemos más opciones para poner en práctica nuestras perversiones sin necesidad de estar pegados.

En mi caso, habiendo tenido una relación a distancia, estoy familiarizada con las formas de crear intimidad a través de un ordenador, sin embargo he de admitir que el sexo telefónico 2.0 me parece de todo menos excitante.

Lo de ver a la otra persona desnuda en una especie de chat sexual cutre de mala calidad que me recuerda a los vídeos de publicidad, que aparecen como pantallas emergentes, no termina de ponerme.

La velocidad de la conexión, verte también a ti misma en la pequeña pantalla haciendo cosas que te hacen pensar que pareces totalmente ridícula o el miedo de que te oigan los compañeros de piso, son cosas que enfrían un poco el momento. Y no es que mejore con auriculares, menos todavía si tiendes a ser torpe por naturaleza.

Quizás se podría hablar del sexting como sustitutivo, que viene de unir las palabras “sex” y texting” refiriéndose a mandar mensajes de carácter sexual, pero la forma de utilizar el móvil para excitar a alguien tampoco me parece la más efectiva.

Desde que los móviles tienen cámara, el sexting que predomina es el del envío de imágenes. De hecho, si te paras a pensarlo, ¿cuántas exparejas tuyas tienen fotos comprometidas de ti? Yo he hecho las cuentas, son varias.

Llega un momento en el que las fotos se intercambian sin más, simplemente como aliciente visual. Y claro que a nadie le amarga un dulce, especialmente si llega en un momento inesperado en plena clase de Bioquímica o en una jornada dura de oficina, pero a mí, como buena amante de las letras, se me queda cojo.

Si me dais a elegir, me quedo sin duda con el sexting redactado. Ese que no precisa casi de emoticonos pero que, de insinuante, resulta tan potente como una buena copa de vino rosado (o del afrodisíaco que se os venga a la cabeza en vuestro caso).

El sexting vía mensaje juega con el juguete sexual más potente que tiene el ser humano, la imaginación. Precisamente el mismo principio que estimula el sexo telefónico. Excitarse viendo una imagen es tan sencillo que la pornografía ha hecho de ello un negocio, pero ¿qué hay de la dificultad, el morbo y el reto que supone conducir a alguien al orgasmo jugando con sus fantasías únicamente a través de la voz? ¿No os parece un buen motivo como para recuperarlo?

Duquesa Doslabios.

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“Somos el eBay de las bragas usadas”

Si hablamos del fetichismo de bragas usadas es probable que venga a tu mente la imagen de las máquinas expendedoras que todas las personas que han estado en Japón afirman haber encontrado por las principales ciudades niponas.

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Pero no hay que ir tan lejos, los fetichistas de ropa interior femenina usada no necesitan mirar hacia el país del sol naciente, ya que, como pude comprobar, en España el mercado de compra y venta de bragas está en plena ebullición.

Todos conocemos casos por redes sociales de intercambios con algún seguidor que te manda un privado preguntándote por esos calcetines, sin embargo yo os hablo de algo mucho mayor y, también, mejor organizado.

En una de mis vueltas por el Salón Erótico de Barcelona me encontré con Elsa Angulo, a quien entrevisté como portavoz de Panty.com, una web que pone en contacto a las vendedoras (que en este caso también son productoras) con los clientes.

Si bien el pago se da fuera de la web, ellos establecen la conexión entre ambos en un espacio seguro, que es el portal. ¿El negocio? Una cuota prémium de 15 euros que solo deben pagar los consumidores si quieren acceder a los artículos en venta.

Además de tomarse la privacidad de las vendedoras y los clientes como prioridad, el sitio da libertad a la hora de hacer el negocio ya que “tú pones el precio, aunque depende de lo que hayas hecho con las bragas puestas“.

De esta manera, si un precio base puede ser de 20 o 25 euros muchas aumentan la cantidad en función de si han ido al gimnasio o si se han masturbado por poner unos ejemplos.

Lógicamente la historia de las bragas vende, por lo que es recomendable hacer descripciones detalladas del producto a la venta para suscitar un mayor interés.

“Solo necesitamos un correo electrónico y en tres minutos puedes tener tu tienda” me dice Angulo. Aunque empezaron con las bragas “luego se extendió. Tienen cabida otras prendas” como es el caso de calcetines o calzado usado para los fetichistas de pies.

Además, como en una especie de TripAdvisor lencero, los consumidores pueden dejar opiniones sobre lo que han adquirido (si el envío fue rápido, la comunicación sencilla…).

No solo encontramos prendas lenceras dignas de desfile de Victoria’s Secret, sino que, como me confirma Elsa Angulo “también hay bragas muy normales”, ya que algunas vendedoras usan la plataforma como vía de salida de prendas más antiguas.

A la hora de conocer los patrones de consumo me dice que “un fetichismo es como un capricho” y que lo mismo tienen clientes que compran seis o siete bragas en dos semanas hasta otros que solo una o dos al mes.

Independientemente de si nos atrae o no la idea de deshacernos de esa manera de nuestra ropa interior, ¿no es fascinante que haya quien disfrute de la feromona pura que resulta de un aroma corporal natural?

Como olfateadora profesional de los rincones del cuello de mis parejas, puedo llegar a entenderlo.

Duquesa Doslabios.

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Quieres que te den unos azotes

(Y no es una pregunta)

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Una de mis prácticas favoritas son los azotes. Desde el momento en el que una de mis primeras parejas me preguntó si me apetecía que me diera “un cachete” descubrí que soy de esas personas que saben apreciarlo y degustarlo como si de un buen vino se tratara.

El hecho de adoptar un rol más pasivo y quedar a disposición del otro y el placer del calambrazo excitante convierten al azote en ese gran aliado en la cama.

¿Que nunca lo has probado? Escoge una palabra, la que más te guste, y úsala como contraseña de seguridad por si uno de los dos se emociona demasiado. Ahora llega el momento de azotar.

Debe ser algo que cuente con el consentimiento de ambos y que se puede realizar de manera aislada en los preliminares o en plena postura sexual.

Olvida las películas porno incestuosas que sacan el azote. No es algo realista (ya que si tu madre era más aficionada a la zapatilla voladora que al cachete).

Para mí, el buen azote es sorprendente, porque llega cuando no te lo esperas pero te lo pide el cuerpo (y la otra persona sabe leerlo). Es energético, porque tiene la fuerza necesaria para que lo sientas pero no como para que tengas que interrumpir la sesión para ponerte una tirita.

Como diría Elettra Lamborghini, es certero ya que da en medio de la nalga con la precisión de un pincel de Picasso.

El poder de dar azotes conlleva una gran responsabilidad ya que puede ser el trampolín a un orgasmo bestial o la manera de cortar el ambiente de manera instantánea si ha sido mal ejecutado.

El azote dado con puntería consigue estremecerte desde las nalgas hasta las pestañas. Y se puede pedir, con la tranquilidad de acierto seguro, cuando el culmen está cerca y se quiere dar un empujoncito extra.

Quien no llora no mama y si no te lo dan y te callas, es más que probable que te quedes sin él, así que lo mejor que puedes hacer es pedirlo sin vergüenza.

Una vez llega el momento, solo queda abrir la mano y ponerla donde el ojo con un movimiento rápido, siempre en el nombre del placer, por supuesto. Y si vemos que eso de los azotes no es algo que vaya con nosotros, podemos optar por pasar y seguir con otras prácticas que nos resulten más placenteras.

Duquesa Doslabios.

Lo que debes saber si quieres tener sexo en lugares públicos

Si perteneces al grupo de los que pensamos que la vida es demasiado corta como para tener una vida sexual aburrida, seguramente estarás familiarizado con el concepto de tener sexo en lugares públicos o agorafilia, y, si no, te va a acabar picando la curiosidad, que por algo has hecho click en el titular.

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¿De dónde nos viene ese deseo de tener sexo “al fresco”? Apetece por varios motivos: porque hablamos de lugares “prohibidos”, porque tiene un riesgo añadido de que nos descubran, o, generalmente la más común, porque el calentón no se aguanta y la cama está muy lejos o que, directamente, no hay disponibilidad de casa. O simplemente porque te apetece, vaya.

De hecho, recuerdo una vez hablando con un caballero que me dijo que lo mejor que podría haber hecho la Iglesia era convertir el sexo en tabú, ya que gracias a eso, era algo tan divertido.

Pero por muy divertido que nos parezca, ¿tenemos que tener cuidado? El Código Penal solo prohíbe la exhibición y provocación sexual y solo tiene sanción si dicha actuación ocurre ante menores o incapaces (además tiene que ser una exhibición obscena de realmente mostrarle a alguien los genitales).

Por tanto, se entiende que si se da una relación sexual de una pareja en un lugar público, la intención no es exhibirse por lo que no es sancionable.

Si bien podemos pasar un poco del Código Penal, debemos atenernos al código cívico, ya que la única regla que deberíamos seguir es que aunque te la estés jugando, procurar de verdad no jugártela. Está muy bien el aquí te pillo, aquí te cepillo, pero intenta evitar traumas innecesarios al resto de ciudadanos inocentes que no tienen el más mínimo interés en ver lo mucho que quieres apretarte a alguien.

Respecto a los lugares preferidos, y según el último estudio de Dr. Ed, plataforma que pone en contacto con doctores vía online, realizado entre 500 americanos y 500 europeos reveló que el lugar más común son los bosques o parques. Qué le vamos a hacer, cuando se dice que la cabra tira para el monte es por algo.

Del monte va seguido el coche, la playa, los baños públicos y el cine, que encabezan los puestos más altos de la lista. Menos habituales son la universidad o biblioteca, en un vestuario, en la piscina, en el balcón, en el trabajo, en el garaje o en el ascensor.

Además, de la cosecha Doslabios, me gustaría añadir azoteas, festivales, probadores, en una celebración familiar o en una discoteca.

Mi propuesta es la siguiente, ¿qué tal si, aprovechando que aún no ha terminado el primer mes del año, incluyes en tu lista de propósitos aderezar tu vida sexual con algún sitio de los comentados?

Duquesa Doslabios.

El día que un fetichista me ofreció dinero por mis calcetines

Siendo de Madrid hasta la médula, no puedo evitar que, de vez en cuando, salga la gata que hay en mí, esa que merodea con interés cada vez que algo le llama la atención. Tengo claro que perderé una de mis siete vidas porque me mató la curiosidad.

Mi instinto por la singularidad me llevó a una conversación vía Instagram con un seguidor que quería mis zapatos, al que, de broma, le había contestado que se los podía prestar (una que peca de gata y de chistosa también). Cuando el susodicho me habló por privado para interesarse por el calzado supe que tenía que sacarle del error.

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Nada más decirle que se trataba únicamente de una gracia me hizo saber que coleccionaba calzado usado de mujer. Y calcetines usados.

“Duquesa, ataca” me incité mentalmente movida por la curiosidad más absoluta. Mi experiencia más cercana a la podofilia, o fetichismo de pies, era un ex novio que disfrutaba besándomelos (algo que, cuando tienes cosquillas hasta en las pestañas, resulta hasta cierto punto difícil de aguantar).

Le pregunté al follower fetichista cómo funcionaba el tema lo de los calcetines, si al ser usados le gustaba que olieran levemente a pie o le gustaba más conservar calcetines sudados, de esos que casi tenemos de un color diferente cuando nos descalzamos después de entrenar en el gimnasio.

A mi idólatra de pies, muy sibarita él, no le gustaba que el calcetín atufara, sino que mantuvieran el olor ligeramente: “Depende de lo que huelan. Me gusta que huelan a pies pero que no apesten. ¿Me darías unos?”.

En seguida le hice saber que aquella no era la manera en la que me habían educado mis padres, en darle calcetines a desconocidos. Cuando me preguntó si me estaba riendo de él insistió en que iba totalmente en serio y que podría pagarme si se los hacía llegar.

Mi curiosidad se despertó otra vez. “¿Sueles pagar a mujeres para que te los envíen? ¿Y pagas por calcetín individual o por el par de calcetines?”.  Me respondió que a veces había pagado y que solía adquirir el par. Algo que tiene sentido, supongo, ya que de nada te sirve tener luego por el cajón un calcetín desparejado.

Diez euros por el par y quince por masaje” insistió. Bueno, al menos con diez euros te da para reponer sobradamente los calcetines por unos nuevos y te sobra para tomarte una copa con una amiga y contarle la experiencia.

Me considero de mentalidad abierta por lo que no juzgué en ningún momento al hombre. Allá cada cual con lo que le guste en la cama siempre y cuando no dañe a nadie más (a no ser que le guste el sadoquismo, claro).

Lo que no iba a hacer era mandarle algo tan personal como un calcetín con mi olor, aunque fuera de pies, ya que prefiero que sea una cosa que disfruten (o no) mis parejas o con quien yo quiera compartirlo.

Además, como buena mujer con dedo libre de anillo pero corazón casado, aquello podría considerarse de cierta manera una traición a mi compañero. “Sigue siendo un acercamiento sexual con otra persona que no es tu pareja” me respondió el Duque Doslabios cuando le saqué el tema a toro pasado para saber su opinión.

Lo último que le pregunté a mi fetichista fue su opinión de los pies de Chiara Ferragni, ya que más de una vez la bloguera ha sufrido acoso en las redes sociales por ellos. “¡Me encantan! ¡Son preciosos!” contestó él entre emojis. Chiara, quédate tranquila. Los que saben del tema te los aprecian.

Duquesa Doslabios.