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Las señales de que tu nuevo ‘crush’ es tóxico que deberías aprender a identificar

Me gusta especialmente la frase de “El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra” porque tiene una excepción: los maltratadores.

O quizás, más bien, las mujeres que hemos estado en sus manos.

UNSPLASH

Hace ocho años, ese era mi caso. Tras una relación con violencia de todo tipo, amenazas de suicido, persecuciones, etc la terapia con una psicóloga me abrió los ojos sobre un maltrato que, incluso con todo eso a mis espaldas, era incapaz de ver.

Nunca me he sentido agradecida por haber vivido aquello. Sí por salir a tiempo (y vivir para contarlo), pero no por haber tenido la experiencia.

Creo que decir que las mujeres que seguimos teniendo pesadillas con estos seres tenemos que estarles agradecidas porque ahora somos más fuertes es una barbaridad inmensa.

No siento que me haya hecho un favor tratándome de esa manera. O no lo sentía hasta hace poco.

Fue cuando, de nuevo abriendo el corazón, presentía que podía estar ante el comienzo de algo grande, nuevo, bonito, profundo, real, pero ante todo, sano.

Empiezan a darse las primeras discusiones y lo achacas a que os conocéis desde hace poco tiempo, que has podido hacerlo mejor y por eso se ha molestado, que la partida aún se puede remontar.

Y llega otra, y otra después, y otra más. Y ves como por mucho que hagas, nadie te libra del día negro de la semana, ese en el que te sientes físicamente mal, intranquila, sin poder descansar de lo alterada que estás. El día a la semana se convierten en dos y hasta en cuatro (o cinco si no lo empiezas a cortar).

Llegan los comentarios sutiles, las manipulaciones pequeñas, el “¿no te basta lo que te doy yo?” el “pues para subir cosas a Instagram sí que tienes tiempo” y empieza a sonarte familiar.

Porque ya eres capaz de leer entre líneas lo que pasa, lo que quiere decir sin decirlo directamente.

Y es que cambies tu comportamiento, que te amoldes a sus “sugerencias”, a lo que te dice expresándose “fruto de la más pura y sincera honestidad” en el nombre de sus sentimientos más auténticos -esos que tú dañas cada dos por tres con tus actitudes según él-.

Que no es otra cosa más que un intento de que se imponga siempre su voluntad. Simplemente porque la tuya no sirve. Se tiene que plegar.

Solo que esta vez, lo ves venir al vuelo. Eres capaz de adelantarte, reconoces los patrones y sabes lo que viene después.

Sabes que tras machacarte, señalarte, juzgarte e intentar amedrentarte, de ponerte como la que siempre falla de los dos, como vea que quieres escapar, va a cambiar la estrategia.

A la de ponerte de lo peor. Pero no es la primera vez que te acusan de ser cruel o poco humana por hacer valer tus ideas y defender tu libre albedrío. No es la primera vez que, ante un razonamiento impecable, te acusan de atacar.

Todo lo que haga falta con tal de desestabilizarte. Incluso negarte una y otra vez que, lo que oíste con tus propios oídos, nunca llegó a pasar.

El clásico gaslighting para hacerme dudar de unas percepciones que, ocho años atrás, sí me hicieron plantearme si mi juicio atinaba. Esta vez no di la oportunidad.

Y cuando, viviéndolo casi desde un segundo plano, tomas distancia, dejas las cosas claras, le dices que no es bueno para ti y que te vas, llega el momento final de la interpretación. El tercer acto: pena.

Apelaciones al cariño, a su salud psicológica, a que está pasando un día de mierda en el trabajo por tu culpa, de los peores de su vida, a que lleva esperando todo el día la ocasión de hablar, a que no pide tanto, a que lo que ha hecho no es tan grave, que no ha matado a nadie, que no fue con mala intención (pero tú sí eres mala dispensándole ese trato).

Aquí y solo aquí, me he sentido agradecida de haber vivido antes la experiencia. Porque sé al 100% en qué deriva esta toxicidad si se le da margen.

Porque he estado ahí, en lo más oscuro, en el mayor de los miedos, en la anulación de mi voluntad como persona y empezó de la misma manera.

Siempre empieza de la misma manera.

Ocho años después, me he encontrado la misma piedra en el camino. La diferencia es que la he visto a tiempo y no he llegado a caerme. La he saltado -porque saltar implica impulsarte y, por unos segundos, volar- y he seguido adelante.

Es la prueba de que hay que estar siempre atenta a lo que pueda pasar, a quién pueda traernos la vida. Porque yo he evitado caerme a tiempo, pero la piedra sigue ahí, esperando a la siguiente.

Y, por desgracia, no es la única.

Duquesa Doslabios.

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Rocío Carrasco o por qué hablar del maltrato no es suficiente

Hace unos meses compartí en una de mis redes sociales la sesión de fotos que me hizo un exnovio que me maltrataba.

Aquellas imágenes, acompañadas de algunos textos en los que contaba lo que no se veía -mis ataques de ansiedad, pánico, el miedo que me quitaba el sueño o el acoso- hicieron que muchas de mis seguidoras me escribieran.

Algunas preocupadas, queriendo saber cómo había llegado a ese punto, otras para darme apoyo y varias para felicitarme por contar uno de los episodios más oscuros de mi vida.

@salvameoficial

Pero con quién me quedé fue con las que, como yo, habían vivido casos parecidos y compartieron sus experiencias conmigo.

Seguidoras que conocía en persona, pero también otras desconocidas, fueron abriéndose y plasmando, bajo mi publicación, algunas de sus historias. Palabras que me resultaban tan familiares que era como estar leyendo diferentes versiones de la mía.

Lo que pude comprobar es que, cuando una mujer habla de esto, se abre y se sincera, saca lo más crudo que ha vivido con una pareja y lo pone sobre la mesa, hay quien tras sufrir algo parecido que se anima a sumarse al diálogo.

No sé si es el efecto ‘bola de nieve’ o que nos sentimos cómodas confiando entre nosotras, incluso cuando no existe amistad de por medio, al tratarse de un tema tan crudo.

Si eso pasó en mi cuenta personal, Rocío Carrasco ha llevado el fenómeno a otro nivel.

Admito que me he voy enterando a trompicones de las entregas del programa. Y aunque no estoy muy puesta en la vida de las celebridades del país, hay un dato que explica la importancia de su testimonio.

Desde que Rociíto ha empezado a hablar por televisión, las llamadas al 016 subieron en un 42% tan solo una semana después de que se emitiera el primer episodio.

Una mujer hablando de cómo había sido maltratada se tradujo en unas 2.050 consultas telefónicas pidiendo información o ayuda, en un incremento de los mails al correo electrónico (016-online@igualdad.gob.es) y al WhatsApp (600 000 016).

Quizás no soy una gran fan de Telecinco o, más allá, de los programas que suele hacer Mediaset. Pero dar la oportunidad de contar su versión, con la influencia que siempre ha tenido la hija de Rocío Jurado y, sobre todo, de narrarlo en un medio nacional, habla por sí solo.

Este problema es interseccional. Afecta a la rica, a la pobre, a la que no tiene estudios, a la que tiene tres carreras, a la empresaria y a la cajera. Afecta a las mujeres en general.

Y mientras Rocío sigue dejándonos en shock con sus palabras, se hace más evidente que no solo necesitamos espacios para alzar la voz ante un maltrato, sino medidas al respecto.

Hablar de ello es el primer paso para ponerlo sobre la mesa, identificarlo y señalarlo. Pero no es suficiente con eso.

Necesitamos cambios: una educación feminista, desterrar el machismo de nuestra sociedad, un nuevo enfoque para las generaciones que vienen…

Si no lo ponemos en práctica, solo nos quedará hablar en redes sociales, pequeños grupos o en televisión, consolarnos entre nosotras y seguir llamando a líneas de ayuda. Y eso es ponerle la tirita a una herida, pero en ningún caso ponerle solución al problema.

Duquesa Doslabios.

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No participas en ‘La isla de las tentaciones’, pero has tenido alguno de estos (malos) comportamientos

Si algo nos permite la segunda temporada de La isla de las tentaciones es criticar desde el sofá las malas conductas de los concursantes. Soy la primera que se indigna con Tom, sufre con Melyssa o alucina con Mayka.

@islatentaciones

Y aunque mi vida sentimental dista mucho de lo que veo en la pantalla, ¿de verdad puedo presumir de que nunca he caído en los comportamientos que repiten las cinco parejas?

He repasado algunas de sus actuaciones más tóxicas y sí, en algún momento los he experimentado desde uno u otro lado.

Así que es el momento de que el programa de Telecinco me sirva para hacer un poco de autocrítica y me lleve a vivir unas relaciones más sanas.

  1. Uno de los vicios más extendidos es el gaslighting, o táctica de luz de gas. En este caso, se da sobre todo por parte de los chicos de la isla. Es una táctica que consiste en minimizar constantemente tanto sentimientos como ideas de tu pareja, hasta el punto de que la otra persona duda de sus propias reacciones llegando a tildarlas como ‘locuras suyas’. Una forma de invalidar reacciones con las que no están de acuerdo, en vez de asumir su parte de culpa, llegando al clásico ‘todas mis ex están locas’.
  2. Otro problema que comparten varias parejas es el de responsabilizar a otros de sus propias acciones. Tom o Mayka actúan así porque ‘su pareja no les daba eso’. En el caso de Tom es el roce físico el que afirma que le faltaba y, tratándose de Mayka, es la confianza o intimidad emocional que no decía sentir por su pareja de tres años. Es una sutil táctica de manipulación que quita responsabilidad sobre lo que sucede en la relación echándole al otro las culpas de las decisiones y comportamientos que nacen de uno mismo.
  3. La mentira ‘para proteger’ a la otra persona es la que me resulta más familiar de toda la lista. En primera persona he vivido engaños constantes por parte de mi pareja que terminaban por minar mi confianza hacia ella. Y no, ninguna razón justifica que no haya sinceridad. Lo que hay detrás de este tipo de inventos es una salida fácil para quien los emplea, que sabe que diciendo la verdad puede llegar a tener un conflicto al que prefiere no enfrentarse. No es un acto humanitario por mucho que se use la premisa de ocultar para no hacer daño. No hay nada más doloroso que la mentira en sí.
  4. Muchos de los concursantes afirman que por fin, en la isla, están siendo ellos mismos gracias a la distancia con su pareja. Una vez más se echan balones fuera: la culpa es de la otra persona por no ‘permitir’ desarrollar la propia personalidad. Claro que es importante que en una relación los miembros sean auténticos. Pero hay una diferencia entre dejar salir la forma de ser y otra entre portarse como soltero/a.
  5. Las muestras de afecto no tienen valor suficiente, enseguida salen en las hogueras los “Él nunca baila conmigo” o “es que ella no me da cariño por la mañana”, cosas que -por mucho que puede ser que no se den en la pareja-, no justifican comportamientos negativos por la otra parte. Además, que no se den momentos puntuales no quita que haya muchas otras cosas en la relación que merezcan la pena. No podemos reducir toda una historia de amor a un caso concreto (y esto es algo en lo que también me toca trabajar, porque soy mucho de quedarme con detalles puntuales y no ver el panorama completo).
  6. Aunque Sandra no se cansa de repetir que la experiencia en la isla es la que conseguirá llevar sus relaciones a un nivel superior, lo cierto es que no es la mejor forma de tratar los celos. Siendo un problema que comparten todos los concursantes, por un lado u otro, nos hacemos a la idea de la dimensión que tiene uno de los peores sentimientos que se pueden experimentar. Lo suyo para que desaparezcan es trabajar en una comunicación abierta y sincera, tratar a la otra persona con cariño y respeto, cuidar la propia autoestima (a veces pueden salir de ahí) y centrarse en los aspectos buenos de la pareja.
  7. Relacionados con ellos, damos con otro vicio emocional en el que la mayoría caemos. ¿Alguien puede afirmar que nunca ha interpretado lo que ha hecho o dicho el otro? Si nos centramos más en nuestras conclusiones que en escuchar a la otra persona, alteramos el canal de comunicación con nuestra pareja. Es como una especie de ‘teléfono escacharrado’ sentimental que termina por hacernos daño. Así que ante la duda, lo mejor es olvidarnos de las deducciones que hemos sacado y, ante la duda, hablarlo.
  8. Tal vez consideran a estas alturas a Inma y a Ángel como vencedores del programa. Pero tampoco es sano vivir en una relación con dependencia extrema, hasta el punto de que no se puede pasar más de dos noches por separado. Hay una gran diferencia entre tener pareja y fagocitarte con ella. Por eso es tan importante no solo mantener las aficiones o las amistades propias, sino también encontrar momentos para uno mismo.

Duquesa Doslabios.

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La relación entre Amber Heard y Johnny Depp o por qué es tan difícil posicionarse en el juicio del año

Siempre que una pareja de conocidos discute, queramos o no -aunque sea solo internamente- solemos empatizar más con uno de los miembros. Y aunque Johnny Depp y Amber Heard no forman parte de nuestro círculo de amigos, también su sonadísimo divorcio nos ha llegado de una forma o de otra.

GTRES

Tras su mediática ruptura en 2016, han vuelto a enfrentarse en los tribunales por la demanda que el actor ha puesto al diario The Sun, un juicio que parece haberse convertido en definitivo a la hora de arrojar algo de luz a su compleja relación y declarar, o al menos lo que esperan los fans, quién de los dos era el auténtico ‘monstruo’.

Pero no ha resultado fácil seguir durante estas tres semanas el ritmo de declaraciones. Al tratarse de un caso en el que la violencia se habría visto envuelta en ambas direcciones (aunque no sabemos en qué medida), las acusaciones recíprocas no solo buscan llevar la razón, sino dejar al otro de mentiroso.

Un caso de maltrato es confuso ya de por sí para todos aquellos que lo ven desde fuera. Lógicamente, la persona culpable de las agresiones difícilmente va a querer quedar como tal (y menos si se es una figura de Hollywood con lo que eso supondría para el resto de su carrera).

El de Johnny y Amber –rodeado de estupefacientes, familiares e incluso amigos– es todavía más dudoso.

Ambos son estrellas de éxito en la industria. Quien no recuerde al Capitán Jack Sparrow con un ramalazo de cariño, es que no ha visto suficientes veces la saga de Piratas del Caribe.

Y lo mismo podemos decir de otros grandes papeles que hemos visto interpretar al actor, lo que hace difícil separar las acusaciones que recibe de su carrera.

Quizás Amber Heard no tiene tanto recorrido, pero como Mera en Aquaman también se convirtió en toda una heroína. Algo que ha conseguido aún más al donar el dinero del divorcio a causas benéficas (un hospital infantil y una asociación para la defensa de los derechos civiles).

Por otro lado, al ser violencia doméstica, esas acusaciones que han puesto sobre el estrado han sucedido a nivel íntimo. La ausencia de testigos o de pruebas, mientras otras evidencias que apuntarían a ambos también han salido en el juicio, hacen que resulte muy complicado.

Lógicamente, al tratarse de dos personajes públicos, el circo mediático también parece dividir opiniones. Hay medios que se han posicionado en el bando de Depp y otros apoyan la inocencia de la actriz.

Incluso para mí, que he tenido una pareja tóxica -con la que el maltrato también formaba parte de la relación-, me resulta difícil decir quién de los dos sería el agredido y quien el agresor.

Lo que realmente siento es que, como en la de los actores, haya relaciones en las que la violencia se convierta en la moneda de cambio.

Quizás más que buscar culpables y señalarlos -que por supuesto, tiene que hacerse justicia-, podríamos utilizar este tema para abordar con nuestra pareja qué conductas (si las tenemos) son violentas para erradicarlas lo antes posible y sustituirlas por diálogos serenos, en definitiva, un trato más respetuoso hacia la otra persona.

Duquesa Doslabios.

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¿Te han hecho ‘gaslighting’? A mí sí

De todas mis manías, hay una que no consigo quitarme. Cada cierto tiempo busco a mi exnovio.

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Me diréis que no es para tanto, que es algo que entre la curiosidad y lo fácil que lo pone internet, nos pasa a todos de vez en cuando.

Pero yo busco al exnovio con el que sufrí maltrato.

Y si más de cinco años después, cada cierto tiempo, tengo que volver a comprobar por dónde van sus pasos, es porque lo que viví con él fue tan irreal en todos los aspectos, que necesito cerciorarme de que él existe y no de que nuestra relación fue algo tan descabellado que me lo imaginé.

Si de algo se encargó en los meses que estuvimos juntos fue de hacerme dudar de todo. Yo, que, hasta ese momento, había sido una mujer con las ideas claras.

Primero empezó con cosas sencillas, como que estaba exagerando o que tenía que tomarme las cosas de otra manera (la que él quisiera, claro).

Luego ya fue afirmar que estaba imaginando y hasta inventando, empezó a achacarme crisis nerviosas que, con el tiempo, él mismo provocaba.

Llegó a confundirme hasta tal punto -porque bien que se encargó de que no quedaran ni familiares ni amigas en mi entorno cercano para contrariarle- que solo podía creer su palabra, al ser la única persona que tenía en mi vida.

Me cosió alrededor de los ojos una venda tan grande, que hasta me hacía dudar de que, unos segundos antes, me había puesto la mano encima.

Luego había moretones o heridas que me lo recordaban, pero su trabajo de inventar historias alternativas que lo justificaran, era digno de película de ficción.

Historias en las que era mi torpeza la responsable de ello.

Pero el mayor dolor iba por dentro. Porque que él dudara de mi palabra, y fuera tan contundente con su discurso, me hizo dudar de la mía.

Hasta el punto de que ni yo me fiaba de lo que decía o de lo que pensaba. Hasta el punto de que necesitaba que estuviera él para asegurarme o desmentirme.

No fue de un día para otro. Desarmarme y desacreditarme ante mí le llevo meses de cuidadosa manipulación. Y yo solo me di cuenta cuando ya no estaba con él y reparé en lo que había hecho.

Me había hecho naufragar en mí misma. Por suerte, y con ayuda, volví a encontrarme.

Duquesa Doslabios.

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Amor, si el karma existe, que no vuelva a ponerme en tu camino

Estoy a punto de cumplir 27 años. La edad que tú tenías cuando me conociste. En aquel momento, los seis años que nos diferenciaban me parecían una tontería por mucho que tú te empeñaras en llamarme “pequeñaja” continuamente.

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Hay quien dice incluso que es hasta recomendable que el hombre sea más mayor. Yo creo que lo recomendable es que sea buena persona.

Voy a cumplir 27 años y, hubo un momento de mi vida, en el que no las tenía todas conmigo de si llegaría a cumplirlos. Por ti, claro. Por ti que me hiciste dudar tantas tardes de si volvería o no a mi casa.

Con los acelerones, los frenazos, las conducciones en sentido contrario con coches viniendo de frente, tus manos fuertes, tus puños llenos de arañazos, tu boca sangrando.

Y todavía alguien se preguntará por qué a punto de cumplir 27 años tengo miedo a la oscuridad. Y al día, no nos engañemos. No me acuerdo de lo que es pasar por mi calle sin miedo, sin el corazón galopándome en el pecho antes de abrir el portal, sin salir de casa mirando antes a ambos lados, sin que se me atenace la garganta cuando veo un Peugeot morado.

Desde que llegaste a mi vida y yo me fui de la tuya, cumplo, cada año, con miedo. Pensando si algún día volverás a cumplir todas las sentencias que me pusiste por escrito. Los mails, mensajes y whatsapps en los que me declaras muerta son tantos que se me antoja aún increíble que no acataras ninguna.

De ahí que nunca esté tranquila. Porque dijiste que sería tuya para siempre. Que, aunque me fuera, seguiríamos perteneciéndonos. Y ahora que he aprendido que no soy de nadie más que de mí misma, me da miedo que vuelvas a terminar el trabajo.

Voy a cumplir 27 años, que es cuando tú te topaste con una yo de 21 y le dijiste que no valía nada y que su único valor residía en el amor que decías sentir por mí.

No me imagino, a mis casi 27 años, amenazando a nadie ni de 21 ni de 22 ni de 30 ni de 60. No me imagino diciendo las cosas que me hiciste escuchar.

Que estaba liada con todos mis amigos, que, si había karma en este mundo, terminaría con sida o algo peor por puta, por zorra. Que cómo me atrevía a moverme por el presente si no era contigo al lado, a tener un pasado, a pelear por mi futuro, en definitiva, a ser yo sin ti.

A punto de cumplir los 27 sigo andando más rápido si siento pasos detrás de mí, sigo con miedo de espacios abiertos con gente donde podamos encontrarnos, sigo evitando pasar por tu Madrid.

Tú decías que, si la justicia poética existe, volveríamos a encontrarnos algún día. Yo rezo porque si realmente hay en el mundo algo así, no vuelva a ponerme en tu camino. Porque sigo con el temor de estar en él sin darme cuenta y de que decidas que hasta ahí han llegado mis pasos.

Escapar de ti fue el más pequeño de los desafíos incluso con cubertería afilada, golpes, gritos, escupitajos, persecuciones y casi un accidente con un conductor de autobús de por medio.

Eso es lo gracioso, que aquella tarde infernal fue lo más sencillo de todo. Lo complicado es llegar así a los 27 años.

Pero puedo garantizarte que, cuando llegue mi día, soplaré esas velas con todo el aire de mis pulmones. Porque el acto más revolucionario que se me ocurre, después de ese amor tan envenenado que trajiste bajo el brazo, es vivir y seguir cumpliendo (y celebrando) los años.

Y aún con miedo seguir saliendo a la calle, seguir riéndome a carcajadas, seguir maquillándome cuando tanto te molestaba, seguir teniendo amigos, compañeros, hombres de confianza, amigas que me quieren y no como las que te encargaste de apartar de mi vida dejándome aislada.

Lo más rebelde de mis 27 años es tener la suerte de darle las gracias a mis padres por apoyarme, por saber que algo pasaba, por pagarme una psicóloga, por darme tanto cariño y apoyo en casa.

Porque el acto más insurrecto de todos ha sido aprender, de nuevo, a querer, a quererme.

Duquesa Doslabios.

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Suegros tóxicos, el artículo que tu familia política no quiere que leas

“Tóxico” es una palabra que ha marcado este 2018. “Contiene veneno o produce envenenamiento“, es la acertada manera en la que la Real Academia Española define un concepto que hemos podido asociar a las relaciones de pareja.

GTRES

Se ha popularizado tanto de un tiempo a esta parte gracias a artículos, libros, debates o campañas por las redes sociales que sabemos, a estas alturas, si la persona con la que nos encontramos reúne ese tipo de características.

Pero, ¿qué pasa cuando no es tu pareja con quien mantienes un lazo envenenado sino con alguien cercano a ella o a él? Hoy quiero hablaros de los suegros tóxicos, una clase de personas con las que, o tienes cuidado o, más que seguramente, tu relación terminará al borde del abismo (eso si con suerte consigues evitarlo).

Aunque hablo en plural, no significa que ambos compartan la personalidad tóxica, puede ser que tu suegra sea una santa llevándole la contraria a los tópicos y a los chistes casposos y por tanto tu suegro, el que te ponga la cruz.

¿Cómo saber entonces si la conexión está empezando a ser nociva? La psicología nos da la respuesta.

En primer lugar, no respetan vuestro espacio. Esto puede manifestarse de muchas maneras. ¿Te agobia la cantidad de mensajes que te escribe al día? ¿Lleva una vigilancia constante de tus redes por lo que dejan ver sus likes y comentarios?

¿Interrumpe en las conversaciones que mantienes con otras personas para contarte otras cosas que no tienen nada que ver solo para que dejes de hablar con otros? ¿Se inmiscuye constantemente en tus planes o incluso en tu casa? Es probable que sea uno de los primeros síntomas en aparecer.

El suegro o la suegra tóxica te hace sentir mal a propósito. Todos sabemos que, como humanos, puede que en algún momento hagamos daño sin quererlo, pero en este caso es totalmente buscado. Lo notarás en comentarios que llegarán sin que los veas venir.

No solo en incomodar o dañar se queda el asunto. Llega un momento en el que el chantaje emocional se convierte en el denominador común de vuestra relación. “Qué solos estamos” o “Ya no nos queréis” son quizás dos de los ejemplos más típicos que puedes haber identificado, aunque son solo la punta de un iceberg de manipulaciones en las que, el único resultado, es que terminas sintiéndote mal y en la obligación de hacer ciertas cosas.

Otra manera de envenenar es meterse constantemente en las decisiones que se deberían tomar como pareja. Cuestiones que pueden ir desde la decisión de avanzar en la relación hasta algo tan simple como comprar un cuadro para decorar el salón.

Es propio de este tipo de familiares políticos hablar mal de ti a tus espaldas cuando por delante todo son sonrisas y emoticonos de corazones. Son capaces de desarrollar una doble cara de la que puede que estés años sin darte cuenta de que existe.

Los suegros tóxicos no respetan las emociones ajenas. Puede que tú seas la persona más cuidadosa en tratar ciertos temas cuando te encuentras con la familia de la pareja, pero no encontrarás lo mismo por su parte. Ante situaciones que enfrentes de dolor, enfado o felicidad notarás pequeños desprecios que solo tienen cabida en este tipo de relaciones envenenadas.

Otro rasgo característico que cumplen este tipo de personas es que logran ponerte en contra de la gente. Sobre todo contra tu pareja o contra otros miembros de la familia, miembros sobre los que pueden ejercer el control.

Tener el control es uno de los principales objetivos de los suegros tóxicos, una meta que puede desencadenar otra serie de reacciones, con tal de seguir manteniéndolo, que encajan en el patrón de comportamiento venenoso.

¿Te suena encontrar a tu suegro vociferando por una nimiedad o a tu suegra fingiendo un desmayo o un ataque? Las reacciones de este tipo de personas, cuando ven que pierden el mando, es la de llevar la situación al extremo para volver a recuperarlo actuando de manera desmesurada.

Los ataques contra ti o el hecho de meter a segundas personas, que nada tienen que ver con el conflicto inicial, son otros recursos que pueden llegar a utilizar en cualquier tipo de situación.

Y ahora, cuéntame. ¿Te suenan estos rasgos? ¿Has vivido algún caso de suegros venenosos? Recuerda que estaré encantada de leer tu experiencia en los comentarios.

Duquesa Doslabios.

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¿Estás en una relación tóxica? Ojo con estas frases

Creo que no somos realmente conscientes de lo poderosas que son las palabras. Pero fijaos hasta qué punto llega su autoridad que son capaces de convertir a dos personas solteras en casadas.

Con los años he empezado a entender el valor y la influencia que tienen no solo en mi vida, sino en la de aquellos que me rodean, y el mejor caso para ilustrarlo fue una relación pasada en la que las palabras formaban sinergia en mi pareja, eran más que la unión de las letras.

GTRES

Comencé a oír una serie de frases que se convirtieron en normalidad dentro de la dinámica que establecí con otra persona. Y no fue hasta que pasó el tiempo que pude realmente entender lo que mi pareja me decía cuando hablaba.

Quizás no era muy consciente en ese momento, pero caló hasta el punto de que una vez descubierto el engaño, la trampa, la verdad que ocultaban, me he quedado atenta para hacer saltar las alarmas en el caso de volver a escucharlas.

“Escríbeme, que si no, me preocupo” fue una de las primeras. Una maniobra que empezó con algo tan inocente como lo de mandar un mensaje avisando de que ya había llegado a casa. Pero eso, muchas veces, sirve como vía de entrada a estar mandando mensajes constantemente. Pasa de ser una vía de control para que la otra persona sepa lo que estamos haciendo constantemente, lo que demuestra que no existe ningún tipo de confianza ni autonomía. De avisar de que has llegado bien a casa a tener que estar mandando fotos o vídeos en directo que prueben que estás donde dices estar, hay un mundo.

“Está muy bien pero…” es una frase que puede tener varios finales. Coge el que más te resulte familiar. “…¿pero no vas demasiado corta?” “…¿pero no llevas mucho escote?” “…¿pero no vas muy maquillada?” “…¿pero no crees que esa amiga tuya te pone demasiados Me gusta en Instagram?” “…¿pero no te va a quitar tiempo de estar juntos?” Una vez más lo que deja al descubierto es la inseguridad en la otra persona y su intento por controlar una vida que no le pertenece. Ante este tipo de situaciones, siempre recordar que somos libres y que nadie debería coaccionarnos si queremos hacer, ser o llevar algo de una determinada manera. Ya lo decía Vicky Larraz: “No controles mi forma de bailar porque es total”.

“Nadie te va a querer tanto como yo” es una fruta envenenada y no lo que se comió Blancanieves. Lo que desencadena esta frase en tu cabeza, sin que te des cuenta, es una espiral de negatividad de la que ni siquiera eres consciente. Por un lado sientes agradecimiento y hasta un cierto punto de endeudamiento con esa persona ya que nadie va a quererte así como eres (porque esa es otra, recalcará que con tu forma de ser, que alguien te quiera es como para que te des con un canto en los dientes). Por otro lado produce miedo. Mucho miedo. Miedo de que si esa persona desaparece, solo te queda la soledad. Miedo de que nadie te vuelva a querer o quizás de que no te quieran tanto como tu pareja dice quererte.

“Eres demasiado para mí” o “Yo nunca voy a estar a tu altura” continúa el menú tóxico que empezó la fruta envenenada. La frase es una especie de sandwich de halagos venenoso. Tú lo muerdes porque por un lado tu ego se siente muy complacido (a todos nos gusta sentirnos valorados por nuestra pareja). Sin embargo debemos recordar que no es una competición en la que gana el más alto, listo, guapo, fuerte o quien tiene un salario más alto. Especialmente cuando la frase lo que deja en evidencia es que nuestra pareja tiene problemas de autoestima. Cuando hay amor es sorprendente las cosas que ni tú misma esperabas que te pudieran aportar.

Y para terminar, la más grande, poderosa y efectiva de todas: “Eres todo lo que tengo”. Si hay una oración que aparezca como ejemplo cuando buscamos en el diccionario “chantaje emocional” es esta. Tu pareja nunca debe ser tu único motivo para seguir adelante en la vida. La motivación, las ganas de vivir, lo que te impulsa a salir de la cama por las mañanas dependen única y exclusivamente de ti. Si la otra persona no es capaz de encontrar sus propios alicientes, no es tu responsabilidad.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas: “Quien bien te quiere te hará llorar”

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Relacionar amor con sufrimiento es como encontrar relación entre Navidad e infelicidad, términos que resulta complicado casar. Sin embargo, la frase de turno se encuentra suelta y sin orden de busca y captura (o al menos que yo sepa). Y cuidado, es una frase que muerde.

PIXABAY

Pero no muerde en la mano o en el tobillo, que son los sitios que pueden tener mejor alcance, muerde psicológicamente. 

“Quien te quiere te hará llorar” nos cala desde que somos pequeños. Sobre todo porque es un concepto que escuchas siendo menor de edad y, como tantas cosas que experimentas en ese momento, no sabes cómo gestionar.

Las películas, las series y hasta las canciones que nos acompañan durante esa época nos lo demuestran con grandes historias de amor y sufrimiento a partes iguales, haciendo que en nuestras cabezas entre esa nociva idea de que, como los referentes que vemos en la gran pantalla, tendremos que luchar, sufrir y sacrificarnos en el nombre de ese amor con mayúsculas que todos ansiamos.

Si alguien realmente cree en esto a pies juntillas, le recomiendo que hable con su madre para saber si realmente amor es sufrimiento. Yo lo hice con la mía.

Lo que recibí como respuesta cuando quise saber cómo se imaginaba a mi pareja ideal fue un : “No lo sé hija, como sea. Pero que sea buena persona“.

Ni alto, ni bajo, ni fuerte, ni con barba cerrada, ni ojos profundos, ni voz de participante de Operación Triunfo, ni abdominales de anuncio de ropa interior de Calvin Klein. Lo que mi madre me deseaba (y aún me desea), es que me traten bien.

El amor no es que te hagan llorar, por mucho que Alex Ubago se haya empeñado en relacionar ambas cosas a lo largo de prácticamente toda su carrera discográfica.

Quien bien te quiere te tratará con respeto, con paciencia, con cariño. Al igual que, si tú quieres a alguien, le dispensarás el mismo trato. Y no es que vayas a comportarte así de manera forzada, es que, y créeme, te va a salir solo.

Ligar el amor al sufrimiento es uno de los síntomas que sufre una relación enferma, tóxica.  Los insultos, desprecios, violencia o gritos no tienen cabida en el amor. No deberían tenerla en ningún lado.

El desenlace que tiene aguantar ‘en el nombre del amor’ esas situaciones está más cerca de un final bajo tierra que del final de los cuentos de “Felices para siempre”. Y, desgraciadamente, somos nosotras las que perdemos antes la partida.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas I : “Quien come bien en casa no se va de restaurante”

Desmontando mitos machistas II: “Las mujeres son traicioneras, los hombres son nobles”

Desmontando mitos machistas III: “Tengo celos porque te quiero”

Desmontando mitos machistas IV: “El amor puede con todo”

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Carta de la idiota que tuviste en el banquillo

Recuerdo que la primera vez que te vi supe que serías una persona por la que acabaría llorando. Lo supe como supe que la vida tal y como la conocía, la vida A. T., Antes de Ti, había terminado.

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Recuerdo cómo pasamos de cero a cien, sin frenos y cuesta abajo, directos a una pendiente. Era una historia que terminaba en hostia segura. Y lo sabía, vaya si lo sabía, pero si era contigo, no me importaba pegármela, de hecho la habría recibido cuantas veces hiciera falta y siempre de buena gana.

Y cuando sonó la canción de Imagine Dragons en el coche y tuve la urgencia apremiante de abrazarte supe que cada vez que escuchara esa canción durante el resto de mi vida, pensaría en ti.

Me creí todo lo que salía por tu boca, te creí cuando me dijiste que yo era diferente, que hacía mucho tiempo que no llevabas a una chica a tu casa y mucho menos que se quedara a dormir en tu cama.

Te creí cada vez que me llevabas a un sitio especial o me sorprendías con una cena a dos mil metros de altura. Juro que creí que era la única con quien lo hacías.

Creí de verdad, o más bien, me quise creer, que acabaríamos teniendo lugar en algún momento, que habría un “nosotros” más allá de ese presente paralelo de pura felicidad que creamos al conocernos.

Y sin explicaciones, poco a poco, y, al mismo tiempo, de golpe, empezaste a desvanecerte y a desdecirte, como si todo hubiera tenido lugar en mi cerebro.

Sin motivo aparente perdiste el interés en mis mensajes, en mis llamadas, en verme… Y no sabes la cantidad de tiempo que me llevó entender que no es que en tu vida nunca le dieras pie al momento o al lugar, era que en tu vida no querías darme pie a mí.

Tan sencillo como eso y tan desgarrador y doloroso al mismo tiempo.

Y de repente, al tiempo, y sin que yo lo pidiera, volvías, como vuelven las personas que se van por voluntad propia.

Volvías y tirabas todo lo que me había llevado tanto tiempo construir. Volvías y me volvías creyente de nuevo, renovando mi fe en ti. Eras mi puñetero milagro mensual cada vez que desbloqueaba el teléfono y veía tu nombre.

Era una época en la que bebía los me gustas y otras pequeñas tazas de casito como si fueran el único vestigio de agua en un desierto infinito. Apuraba hasta la última gota.

Participé como espectadora pasiva en tu juego de entrar y salir de mi vida. Y ya por fin, no sé si fue a la sexta o a la séptima, pero esa vez que por fin fue la vencida, me di cuenta de lo que estabas haciendo, de que yo solo era una suplente a la que mantenías entretenida con unas pocas migas de atención para que estuviera lista cuando necesitaras que saltara al campo.

Porque no es hasta que te llaman a jugar que te das cuenta de que llevabas todo ese tiempo en el banquillo.

Y fue ahí, por respeto hacia mí misma, que decidí que para eso prefería ser titular en otro equipo.

Duquesa Doslabios.