Entradas etiquetadas como ‘matrimonio’

¿Podemos terminar ya con la costumbre de tirar el ramo en las bodas?

Tengo una teoría respecto a las novias que disfrutan con la experiencia de poner a todas sus invitadas (solteras) en un corro en medio de la pista de baile a ver quién es la que agarra el ramo: tienen un punto sádico.

PIXABAY

Por mucho que, según la tradición, signifique suerte o que será la próxima en casarse, se ha ido pervirtiendo su significado y hay un placer interno y oscuro en reunir a tus amigas como un rebaño y someterlas a lo que viene a ser una humillación pública de ver cómo se pegan por ser la siguiente, por vivir lo que está pasando la novia en ese momento.

Como invitada, es una experiencia que me parece horrible más que divertida. Para empezar, ¿por qué tenemos que ponernos las mujeres? Lo único que se consigue es dar la imagen de lo desesperadas que estamos por casarnos, la historia de que solo el altar va a convertirnos en mujeres, y luego madres, claro, nuestros dos objetivos en la vida que son las únicas vivencias que la llenan de significado.

Quizás no quiero el ramo, quizás no quiero participar en ese espectáculo. A lo mejor estoy muy bien en un noviazgo en el que los únicos votos que recitamos en alto son las facturas, a ver cuánto nos toca pagar a cada uno este mes. O igual estoy soltera y ESTOY BIEN. Sorprendentemente, puedes ir a una boda y no necesariamente estar soñando con casarte.

Enfrentarnos por un ramo es crear una competición entre nosotras (con sus correspondientes envidias por no haber sido quien lo ha cogido). La historia de que las mujeres somos nuestras peores enemigas, ¡hasta en una boda! Incluso en un momento de felicidad como es que unos amigos o familiares contraigan matrimonio, tienes que dejar de disfrutar para arrimarte al grupo de las que van a saltar hacia el bouquet.

Y no se te ocurra decirle que no a esa novia cuando te plantea la idea de tirar el ramo, porque es su boda y se hace lo que quiere, aunque tú no quieras participar, da igual. “It’s my party and I’ll cry if I want to“, te dirá. Ella quiere que te pongas en el grupo y hagas el amago, que lo finjas (palabras textuales que me dijo una amiga en su fiesta), que tampoco es tan complicado. Y todo para darle un extraño tipo de satisfacción. ¿No os resulta una escena macabra?

Es aún más indignante cuando buscas vídeos del estilo en Internet y son los más reproducidos los que incluyen caídas, resbalones o peleas entre nosotras. Somos el chiste de la boda, uno de los tantos espectáculos como cortar la tarta o abrir el baile: las invitadas llegando a las manos. Pasen y vean a las gladiadoras del siglo XXI, que, en vez de espada usan un tacón y cambian la armadura por la gasa o el chifón.

Así que, si eres de esas novias, por favor, ten en cuenta que quizás estás obligando a tus amigas a hacer algo que no quieren por ti. Ten en cuenta que, igual entre tu lista de invitados, tienes amigos, conocidos, primos o un hermano al que sí que le haría ilusión casarse próximamente (sorpresa, los hombres también tienen sentimientos y se emocionan en las bodas) y cree que recibir el ramo le va a traer suerte.

Rompe estereotipos. Si de verdad quieres hacer el juego del ramo, crea un grupo mixto formado por los que realmente quieran casarse y tengan ilusión en recibirlo. Que por mucho que tu prima de 14 años lo haya cogido porque es la más rápida, todos sabemos que le va a durar la emoción por las flores lo que a ti el gas de tu copa de cristal y que es muy poco probable que sea ella precisamente quien siga tus pasos.

Haz algo mejor, dale un significado especial y regálalo a quien tú quieras, sin más razón que, porque sí, porque quieres que lo tengan de recuerdo o porque quieres que le traiga suerte (eso ya es cosa tuya). En las bodas a las que he ido donde el ramo no era algo por lo que pegarse y se regalaba de esta manera, se respiraba paz por todos los lados. A quien se lo habían regalado lo quería y las demás no teníamos que hacer el paripé ridículo de dar saltitos.

O incluso otra opción es dividirlo y regalar una flor a cada asistente (o a aquellos más destacados). Tengo el caso reciente de una compañera de trabajo que lo va a dejar en el sitio en el que están enterrados sus abuelos para hacerles partícipes en la ceremonia. Y me parece precioso.

Hay tradiciones geniales en las bodas, pero tal y como está planteado el lanzamiento del ramo, ya no forma parte de ellas. Es una manera de avergonzar a las solteras, como si las señalaras en medio de toda la fiesta.

Es como si las novias, una vez habiendo contraído matrimonio, no recordaran algo básico de cuando estaban solteras. Cuando estás sin pareja hay algo que no quieres que te estén recordando constantemente como si fuera algo malo y es precisamente tu soltería, lo que hace esta tradición en medio de una celebración del amor. Así que amigas, dadnos un respiro.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

De tiempos y relaciones de pareja

Llevo algunos años con mi pareja. Igual nunca lo había escrito abiertamente, pero es el periodo que llevamos juntos. En ese tiempo hemos hecho avances a nuestros ojos, pero aún no hemos dado ninguno de los pasos que, socialmente, se consideran como progresos del compromiso entre ambos.

PIXABAY

Mientras tanto, uno de mis mejores amigos, a los tres meses de conocer a su novia, le pidió la mano. Nueve más tarde se casaron. Es curioso como cada vez que sale esa pareja, en algún tema de conversación, siempre sale rápido la pregunta de “¿No era un poco pronto?”. Y, en el caso de mi relación, “¿No vais un poco tarde?”.

Ahí es cuando te das cuenta de que da igual la manera en la que tú lo veas desde dentro, de puertas para afuera siempre parecerá que no estás siguiendo el ritmo oficial de estar en pareja. Como si hubiera una autoridad competente elegida democráticamente que es la que decide cuál es el mejor momento para ir avanzando.

Hablando con mi amiga casada, (siendo la mujer de uno de mis mejores amigos, no podría considerarla de otra manera), antes de la boda me comentaba que más de una persona le había mostrado sus recelos por la rapidez de la celebración.

Pero, como dice ella: “Cuando sabes que es el hombre de tu vida, ¿para qué esperar más?”. Su opinión, en ese aspecto, es bastante distinta de la mía, que va más bien por los derroteros de: “Si lo sabes, ¿qué prisa hay?”.

Pero lo bonito de su relación, así como lo bonito de la mía, es que ni su argumento invalida pensamiento ni el mío convierte en menos aceptable el suyo. Que mi amigo se decidiera a dar ese paso, con esa prisa y esa boda organizada en menos de un año, solo me ha confirmado que las personas tenemos diferentes tiempos.

Y que no solo tiene nada de malo, sino que el hecho de que sean distintos nos permite disfrutar de sus particularidades (y, como podremos coincidir todos, en la variedad está el gusto).

Porque haber ido a su boda, una boda llena de gente joven, de amigos, ha sido un disfrute enorme como también lo fue acudir a una celebración de primos, una pareja que casi ronda los 40, llena de niños.

Lo importante, al final, es que cada uno siga los tiempos de ese reloj interno y personal, único e intransferible, que nos va marcando nuestro ritmo. Que vayamos pasando por las diferentes fases cuando lo sintamos y queramos.

Al final, ya te prometas a los pocos meses o lleves años sin dar el paso, hay algo en lo que ambas estamos de acuerdo: el amor es un pilar fundamental de nuestra vida, y eso ni lo cambia ni lo determina el matrimonio.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

Si tu pareja no te devuelve un abrazo, no es una crisis

Los rumores sobre la posible disolución del matrimonio entre David y Victoria Beckham llevan sonando desde que la pareja se casó en 1999. Supongo que es algo con lo que te acostumbras a lidiar cuando tu relación tiene semejante exposición mediática.

GTRES

Sin embargo, las “pruebas irrefutables” de la decadencia de los Beckham las tenía, supuestamente, un diario inglés que aseguraba haber descubierto lo que los ingleses no revelaban verbalmente pero no podían ocultar a través de gestos.

Según el artículo, en una jornada que pasaron en el parque el día de los deportes, la ex spice se mostró “necesitada” al abrazarle la cintura, al apoyar la mano sobre su pierna para “llamar la atención” o al mirarle sin que David le devolviera la mirada.

Por supuesto no tengo ni la más remota idea de lo que sucede en su matrimonio, pero por experiencia creo que en el caso de los famosos tendemos a hacer sonar las alarmas con demasiada premura.

He tenido varias parejas y no siempre me he sentido igual de cariñosa o con ganas de hacer demostraciones de afecto. En otras ocasiones ha sido la persona con la que estaba quien no me devolvía el gesto o que no agarraba mi mano pese a tenerla sobre la mesa ostensiblemente.

Los seres humanos (todos) experimentamos cambios de humor, que pueden hacer que nos sintamos con mayor o menor ganas de intimidad física y no pasa nada, sino que es algo normal en una relación.

O incluso aún sintiéndonos con ganas de recibir o de dar un poco de caso, nuestra pareja puede estar a otras cosas, sin tan siquiera darse cuenta.

No es un indicativo de crisis, sino una cuestión de sincronización. Pero con la ventaja de que siendo dos personas diferentes, con picos de humor distintos, tienes el doble de oportunidades de poder aprovechar estas ocasiones.

Aunque, francamente, ¿queremos un mundo en el que nos quedamos sin los pequeños placeres de mirar ‘a escondidas’ a la persona a la que queremos?

(y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook)

Duquesa Doslabios.

Amores que matan: pedidas de mano arriesgadas

Dicen que el minimalismo es algo que caracteriza esta época, que somos generaciones que aprecian la simplicidad de las formas puras, la ausencia de artificios.

PIXABAY

Conseguimos reducir las fotos en redes sociales a composiciones con el mínimo imprescindible de objetos que logren una armonía, que se traduce en forma de interacciones sociales online.

Y sin embargo, en otros aspectos, rozamos de tal manera la fastuosidad que, hablar del respeto hacia la frontera de lo pomposo, no tendría ningún tipo de sentido.

Pero esto no es un debate filosófico, esto es un ejemplo concreto de una pedida de mano que tuve la oportunidad de presenciar en Barcelona.

La propuesta empezó en el mirador de la iglesia que se encuentra sobre el parque de atracciones del Tibidabo, el Sagrado Corazón. Un grupo de personas reunidas sostenían letras recortadas en cartón en las que podía leerse “MARRY ME!” (quiero pensar que la persona a punto de prometerse no tendría muchas nociones de la lengua, ya que de otra manera, ¿por qué evitar el uso del castellano?).

Cuando uno de ellos, al teléfono, recibió la que pensamos, sería la señal afirmativa de que estaban a punto de asomarse al mirador situado a los pies del Cristo, pidió a los compinches que alzaran las letras hacia el cielo, desde donde estarían siendo observados.

Pero como todo hoy en día, no basta con vivirlo sino que hay que grabarlo, fotografiarlo, compartirlo y volverlo a compartir según se van cumpliendo los aniversarios, un dron hacía de cámara de toda la escena.

El artefacto, que salió de uno de los tejados de la iglesia, presumiblemente colocado con anterioridad, alzó el vuelo para no perder detalle de la pareja en las alturas. Al ir a bajar para capturar el momento de los amigos sincronizados, y, debido al fuerte viendo, terminó chocando con alguno de los pináculos, no solo dañando la construcción sino quedando ligeramente afectado.

Cuando parecía que conseguía estabilizarse otra vez, un golpe de viento imposible de contrarrestar con unas hélices poco más grandes que una mano, lo condujo lejos de la zona del mirador hacia el parque de atracciones.

Vimos a la máquina planear hasta que, de pronto, dejó el vuelo horizontal y empezó a caer en picado con la mala suerte de aterrizar a un metro escaso de un corredor que aprovechaba la cima de la montaña para descansar.

El hombre, paralizado, con las manos en las caderas, miraba el robot totalmente reventado a sus pies sin entender nada. Cuando llegó el organizador de la pedida a recogerlo, por lo que nos enteramos después, le hizo saber que serían denunciados, y es que aquella pedida, además de un “Sí, quiero”, podía haber costado una brecha y una buena pérdida de conocimiento de paso.

Basta teclear un par de palabras en Internet para encontrar ejemplos de declaraciones del estilo. Pedidas orquestadas de tal manera que han convertido a las declaraciones, al igual que a algunos matrimonios, en un espectáculo, una especie de competición inconsciente en la que todo el mundo quiere ser el más original, recibir el mayor número de visitas y de likes (y encima con el riesgo añadido de que alguien puede salir herido).

Hace que eche de menos la sencillez y el minimalismo de las pedidas naturales e improvisadas. Esas de mirar a tu pareja y que te salga el “¿nos casamos?”.

Duquesa Doslabios.

“¿Nos casamos?”: Mujeres que piden la mano

Podría decir que fue el vino, pero eso sería darle al alcohol un protagonismo que, en realidad, no es merecido ya que no tiene prácticamente peso en esta historia.

LA PROPUESTA

Podría decir también que fue la situación, esa cena en casa con dos trotamundos refugiados en nuestro sofá (y es que las sorpresas que nos trae el coachsurfing son en su mayoría, maravillosas).

Podría decir que fue el lugar, el piso de Barcelona en el que, por poco que llevemos, tanto hemos vivido, construido y compartido. Ese que nos preocupaba al principio de lo vacío que nos parecía y en el que, cada vez que entras por la puerta, encuentras un libro o una planta nueva.

Podría decir que estaba claro que tarde o temprano lo acabaría haciendo, pero no sería cierto, ya que no me imaginaba que sería yo la que daría el paso (de hecho, fíjate si no se puede dar por sentado que no sabía si en algún momento de mi vida quería darlo).

Podría decir que fueron tantas cosas, pero en realidad no fue ninguna de esas. Por lo que realmente fue, y sigue siendo, se llama amor.

Y por mucho que pueda parecer que peco de manida (los habrá incluso que me tachen de ñoña), no podría ser más verdad.

No por el amor que os imagináis que parece salido de una escena de La La Land, de un videoclip de Neyo o de un anuncio de perfumes (femeninos), sino el amor de verdad. El amor que nos acompaña en la rutina, en la convivencia, en un pósit de “Buenos días” en la nevera o en un domingo de hacernos juntos mascarillas faciales porque sabes que me encanta la cosmética coreana.

Cuando te escuchaba por enésima vez contarle a esos desconocidos la historia de tu vida en inglés con un leve acento catalán, recordé por qué me había enamorado de ti, por qué aún después de todos estos años, me sigues gustando tanto. A cántaros, mogollón y a rabiar.

Hasta tal punto que me urgía pasar el resto de mi vida contigo, aunque fuera algo que ya estábamos haciendo. Eso fue, y nada más realmente, lo que hizo que, antes de ir a dormir, te dijera:

-Ens casem?

Sin anillo, sin prepararlo, sin preocuparme, sin declaraciones exageradas, preparaciones previas, sin nada… Pero con todo.

“Vale” me dijiste. Y aquí estamos, pasando todos los días de nuestra vida juntos. Poniéndonos las botas el uno del otro.

Duquesa Doslabios.

Sexo rápido, amor lento

Si te paras a pensarlo, tiene hasta sentido. Somos la generación más rápida para unas cosas y la más lenta para otras.

Podemos deslizar el pulgar hacia la izquierda a la velocidad del rayo descartando personas y quedarnos estancados dedicando las canciones a través de los stories a una sola durante meses.

Si bien somos capaces de reservar un vuelo a la otra punta del mundo en unos segundos, planeamos minuciosamente los pequeños detalles antes de marcharnos. No queremos sorpresas, tiene que salir todo perfecto. Y en el amor no íbamos a comportarnos de otra manera.

¿A quién le importa guardar los tiempos de espera si te quiero desnudar aquí y ahora? Pero totalmente diferente son las doscientas vueltas a la cabeza pensando dónde o qué hacer estando vestidos.

No tenemos prisa. Y es que si algo ha hecho que a los 20 años todavía no nos sintamos adultos, es que aún estamos aprendiendo a hacer las cosas (que se lo digan a nuestros padres, que a muchos nos ayudan a descifrar la Declaración de la Renta).

Nos caracteriza estar con nuestra pareja varios años. No nos lo tomamos a la ligera, queremos no solo conocernos, sino conocernos bien. Y no solo a la otra persona, sino a nosotros mismos.

Queremos desarrollarnos como individuos, saber a dónde queremos llegar, qué nos gusta y que no. Tener las cosas claras porque la primera persona con quien debemos sentirnos a gusto somos nosotros mismos.

Nuestros problemas de compromiso a la hora de fidelizarnos con una plataforma de vídeo, se traduce en la dificultad que encontramos en mantener nuestra palabra con alguien.

Puede que tu abuela a tu edad (o incluso antes) ya estuviera casada. Antes, el matrimonio, era el primer paso en la vida adulta. Ahora forma parte de los últimos.

Y es que si algo tenemos claro es que si nos decidimos a darlo, será la guinda del pastel. De un maravilloso pastel del que conoces y has construido cada capa, cada cobertura, relleno y topping extra.

Duquesa Doslabios.

Lo que he aprendido del amor viendo a mis padres

El amor de mis padres me recuerda a una canción de los Rolling Stones.

Puede que fuera un hit de los años 80, pero basta que oigas la melodía, aunque ya hayan pasado 30 años, para que sepas que estás escuchando algo bueno.

GTRES

La pareja que forman es como la de cualquier combinación estrella que se te venga a la cabeza: el cine y las palomitas, el domingo y una maratón de Netflix o la ginebra y la tónica (para que ellos, que no saben lo que es Netflix, me entiendan).

De ellos he aprendido la importancia de compartir aficiones. Son su compañía ideal cada vez que quieren ir a museos, a escuchar conciertos de música clásica o hacer turismo durante 12 horas seguidas. Me han enseñado lo importante que es tener frentes en común con mi pareja...

Y frentes en desacuerdo, por supuesto. Vivir el matrimonio de tus padres es como recibir clases intensivas sobre relaciones, como una emisión en directo 24 horas. Ves sus más y sus menos.

Al igual que veía los momentos de trabajar en equipo, de pensar como un “nosotros” sin dejar de respetar el espacio que precisa el individual “yo”, les he visto, también, en sus momentos no tan buenos.

De unos padres que se quieren aprendes también a discutir desde el respeto, a escuchar las demandas del otro, a esforzarte por mejorar lo que para la otra persona supondría tanto y que, a fin de cuentas, no cuesta demasiado.

Son ellos y no las grandilocuentes declaraciones de película romántica delante de un estadio de fútbol lleno, los que me han enseñado la importancia de pedir perdón, que a veces es tan discreto como entrar al salón y decirlo de manera sincera, algo que requiere tanto o más valor del que nos pueda parecer en la escena cinematográfica.

Mis padres me han enseñado que una pareja no es solo una pareja, que es un amigo, un compañero, alguien que siempre te va a apoyar, a acompañar, a echar una mano en los momentos de crisis de la vida como que un hijo se rebane un dedo o que no hay manera de que arranque el VHS…

La mayor parte de las mujeres de mi generación culpan a las comedias románticas americanas y a las películas de Disney de sus altas expectativas respecto a las relaciones de pareja, yo culpo a mis padres, que no han podido poner el listón más alto porque se quedaban sin poste donde apoyarlo.

Y no puedo esperar a seguir aprendiendo de ellos.

“A los 50 lo que quieres es dormir”

Firma invitada M.C.M.E. para El blog de Lilih Blue

“Cuando nos enamoramos, queremos compartir todo con esa persona: nuestros sentimientos, intelecto y apetencias sexuales giran a su alrededor. Nos las prometemos felices y nos lanzamos a una vida en pareja, mediante contrato o sin él. La duración del enamoramiento es limitada: “no es bueno estar en la nube todo el rato” nos aseguran los expertos en química cerebral. Pero el amor permanece y nos aventuramos en una etapa criando hijos, que llenarán nuestras noches y días.

GTRES

Nuestra vida como pareja se puede ver reforzada o debilitada, porque nuestra prioridad son esos pequeñines a los que hay que cuidar. Vamos sumando aniversarios mientras los hijos crecen. Tal vez ya ni los celebres, o te regale, después de olvidarse los últimos años, un jersey horroroso y le dices que muy bonito, (pobre, que ya que se acordó).

Con el paso del tiempo cimentamos la soñada vida común, acumulando experiencias gratificantes y agravios. Las discusiones pueden ser un “más de lo mismo”, porque, nuestra memoria, no permite que nos olvidemos de antiguos rencores, que saldrán una y otra vez, cuando surja un desencuentro.

Nos volvemos tan previsibles, que es fácil dejarnos llevar por la rutina. Es posible que un silencio denso, insoportable, esté multiplicando la distancia, a una escala cósmica, del espacio que separa las butacas en las que sentados, veis alguna pantalla. Y pasan lustros, décadas, y te ves en la mitad de tu vida, con el tiempo lleno de ocupaciones.

¿Y el tiempo para el sexo? Las amistades te dicen: “A los cincuenta lo que quieres es dormir, o prefieres leer un libro antes que ponerte al tema, o tienes más ganas que tu pareja, que ya casi ni te mira“. Igual estáis instalados en la falsa calma de los que llevan tiempo juntos y apenas comparten sus inquietudes y mucho menos sus ilusiones, y ya ni siquiera discuten porque les parece un esfuerzo inútil, y el sexo esporádico.

Como dice la canción de Luz Casal: “Y no me importa nada, nada…escucho tus bobadas acerca del amor y del deseo… Que rías o que sueñes, que digas o que hagas… Por mucho que me empeñe… Que vengas o que vayas…”

La pareja necesita tiempo para compartir ideas, afecto y el deseo sexual, porque si no, su vida puede resumirse en un compartir piso, con derecho a roce o no. Buscar tiempo para los dos, para hablar de lo que pensáis y sentís. Poner en común para mejorar. Elegir actividades para disfrutar juntos. Planificar un viaje. Revisar todo lo que se puede cambiar. Olvidar lo que no permita avanzar. Organizar una cena o comida romántica de vez en cuando. Hacer todo aquello que os impulse a seguir adelante juntos, porque creáis que merece la pena.”

Bodas sin novio ya disponibles en Japón

Querid@s,

Japón es un país extraño, raro de cojones diría yo. Como poco es diametralmente opuesto a nuestra querida España. Hace poco una amiga volvió de vacaciones del país nipón y me comentó, entre risas, las excentricidades que ahí descubrió. Además de los restaurantes donde usted puede comerse el culo de una señorita, sepan que hay bares para acariciar gatos por horas, empresas que ofrecen a los más orgullosos alguien que presenta sus disculpas en su nombre (con llanto incluido, si así lo desea el cliente), o la animalista Unagi Travel que se lleva a tus peluches de vacaciones, por si andan demasiado estresados con sus quehaceres diarios. Vean.

¿Estamos locos o qué? Pero el último grito en servicios raros de cojones tiene que ver con el amor. Escúcheme señora. Usted que lleva planeando su boda al detalle desde que su prima lejana contrajo matrimonio. Usted que ya sabe la canción que bailará con su marido para inaugurar el baile, usted que sabe hasta a quien regalará el ramo y el destino de la luna de miel. Usted que desea imperiosamente casarse, pero -un pequeño detalle sin importancia- no tiene con quien, deje de preocuparse porque ya puede casarse. Lamento decirle que no en España, todavía estamos en servicios nupciales, pero si en Japón. ¿Dónde sino?  

Resulta que existe una agencia de viajes japonesa que le llevará al altar sin necesidad de pasar por él. ¿Cómo se queda? La revolucionaria agencia de viajes que brinda este extraño servicio nupcial se llama Cerca TravelDate la oportunidad de sentirte como una princesa en la preciosa y encantadora ciudad de Kyoto es cómo anuncian este servicio llamado Kyoto Solo Wedding exclusivamente dirigido a las mujeres. Nos ofrece la posibilidad de enfundarnos en un traje de novia, pasar por el altar y poder inmortalizar para siempre toda la experiencia en un álbum de fotos. En sus seis primeros meses este servicio contó con más de 130 clientas. Poca broma.

¿Cuánto cuesta la broma?

El precio de este servicio ronda de los 2.500 a los 3.000 euros.

bodaa

¿Cuál es el plan?

El plan consiste en ponerse en la piel de una novia real y pasar por una experiencia similar a la que se vive el día más feliz de nuestra vida. El excéntrico servicio tiene una duración de dos días, con una noche de hotel incluida, en los que un equipo de profesionales asesorarán en todo momento a la novia para que todo salga a pedir de boca. Se desarrolla así. 

DIA 1:

13:00 Preparativos con el coordinador en la estación central de Kyoto donde podrá discutir sus deseos y preferencias.

14:00 Traslado a la tienda de vestidos de novia Ayumi y selección del vestido de sus sueños. Podrá escoger entre el tradicional kimono o el vestido de novia blanco de toda la vida. El personal se encargará de que el vestido afortunado le quede como un guante.

16:00 Si se decanta por el vestido de novia, nuestro diseñador la guiará en la preparación de un ramo especial para su día especial.

17:00 La acompañaran a su hotel. Si se siente nerviosa y no quiere cenar sola, el coordinador le hará compañía. Eso sí, tendrá que apoquinar. ¿Quién dijo que la cosa fuera gratis?

novia

 DIA 2:

09:00 Reunión con el coordinador en el lobby del hotel.

09:30 Rendez-vous en Karin, el acogedor taller del estilista. Sesión de maquillaje, peluquería y vestuario. No se apure, estos momentos efímeros serán inmortalizados por un hacendoso y profesional fotógrafo.

11:00 Cuando esté bella cual estrella y lista, la llevaremos hasta la localización de la foto (El Jardín Japonés).

13:30 Vuelta a Karin, que tiene que devolver el vestido, qué se pensaba. De paso la desmaquillaran (si quiere). Podrá charlar con el fotógrafo y el coordinador mientras toma una taza de té y verá las fotos por primera vez. Le enviarán las fotos en un usb y un mini album en un mes.

14:00 Se acabó lo que se daba.

Por último, aunque lo habitual es que la mujer aparezca sola en las fotografías, la agencia ofrece la oportunidad de salir acompañada de un “novio de turno” para dar mayor realismo a la experiencia. Todo un detalle.

Los del país del sol naciente ya no saben ni que inventar. Que no vayan de modernos, que Carrie Bradshaw ya se casó con ella misma hace unas cuantas temporadas. Pero aquello no fue amor, se casó por unos zapatos. Aunque bien visto si lo fue. El fetichismo es un tipo de amor como otro cualquiera.

P.D. Algo me chirría en este Solo Wedding. ¿Qué hay de la noche de bodas?

Que follen mucho y mejor.

Solo una semana para acabar con un matrimonio

Una miserable semana de vacaciones. Eso es todo lo que ha necesitado una pareja de amigos para que su matrimonio pasase a mejor vida. Ya sé que hay tropecientos estudios y expertos que hablan de cómo el descanso estival provoca multitud de separaciones, que si en septiembre se disparan los divorcios, que las parejas no están acostumbradas a pasar tanto tiempo juntas y todo ese rollo, pero una semana me parece todo un récord, la verdad.

GTRES

GTRES

Y sí, supongo que, como todas las parejas, tenían sus más y sus menos y sus problemas de fondo, pero de verdad que, en esta ocasión, no lo vi venir. La versión de ambos, por separado, coincide bastante: que la rutina diaria les había hecho tener vidas muy distantes y que al final, casi sin querer, acabaron siendo más compañeros de piso que otra cosa, de esos que se ven solo por la noche para cenar, y a veces ni eso. En este caso no había niños de por medio, así que todo ha sido más fácil, pero su ruptura ha provocado que muchos amigos de nuestro entorno se hayan puesto a reflexionar sobre sus relaciones y sobre su ritmo de vida. Y no son pocos los cimientos que se han echado a temblar. “No nos dimos cuenta hasta que nos tuvimos ahí, el uno frente al otro sin nada que decirnos y sin saber cómo tocarnos, con siete largos días con sus siete noches por delante. Al final hasta nos resultábamos molestos el uno al otro, como la típica visita pesada que no termina de irse de casa y ya no puedes soportar”, me cuenta él. Triste, muy triste.

En seguida me acordé de unos tíos míos que, hace unos años, cuando pasaban la cincuentena, se fueron de vacaciones a las islas Seychelles. Normalmente pasaban las vacaciones en una pequeña casita que tienen en un pueblo de Cádiz, pero ese año decidieron darse un homenaje. Y claro, no es lo mismo. En su pueblecito cada uno tenía sus quehaceres, sus hobbies, tenían amigos, etc. Pero allí, en aquel trozo de tierra en medio del océano Índico, solo tenían un par de libros y una baraja de cartas para matar el tiempo. Ni sexo, ni deportes acuáticos, ni excursiones, ni nada. A los tres días de estar allí a él se le cruzó el cable y no quiso hacer nada. A la vuelta, hizo las maletas y se fue a vivir a un hotel. “No quiero acabar como mis padres”, dijo a modo de explicación. En lugar de hundirse, recuerdo a mi tía repitiendo como un mantra: “Si no me quiere como soy, prefiero que se vaya”. Al final, tras tres meses de mareo, él volvió a casa, y hasta hoy. Personalmente creo que no fue por amor, sino por miedo a envejecer en solitario. El peso de la costumbre y el calorcito de lo conocido. La zona de confort, que diría hoy en día cualquier de coach de tres al cuarto.

No los juzgo, en serio, pero de verdad que para mí espero algo más. Algo más que tener que rellenar los días con multitud de actividades y compañías para poder estar en pareja. Algo más que resistir, algo más que la simple confortabilidad. Porque el amor es otra cosa… y la vida, también.