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¿Soy mala feminista si quiero que me pidan la mano?

Esta semana una de mis compañeras de trabajo nos ha dado el notición: su novio le hizo la gran pregunta y se casan el año que viene.

Además de la alegría que me ha dado comprobar que no solo las historias de amor llegan a su fin en estos dos años tan raros, hablaba con ella sobre si el hecho de tener ilusión por recibir la petición nos convertía, instantáneamente, en malas feministas.

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Ya no basta con defender los derechos de las mujeres a nuestra manera, movilizándonos en redes o en persona, sometemos a un escrutinio constante situaciones de nuestra vida como puede ser esta. Y el miedo ante nosotras mismas, de no estar a la altura de nuestra propia ideología, nos paraliza.

Si retrocedo en el tiempo, buscando el origen histórico de la pedida de mano y cómo ha evolucionado desde entonces, la respuesta es rápida y tranquilizadora.

La herencia de las peticiones de matrimonio clásicas vienen del Derecho Romano, ya que era el padre quien tenía el poder para conceder su autoridad al pretendiente.

No era más que un mero intercambio del dominio sobre la mujer -que por cierto, ni pinchaba ni cortaba-, quien pasaba desde la boda a pertenecer al marido.

Por suerte, el emancipamiento femenino ha convertido en una costumbre libre de connotaciones posesivas el trámite de la pedida.

Nosotras decidimos a quién damos la manus (nombre que recibía la norma, de ahí que hablemos de pedir la mano) o si solicitamos por nuestra cuenta la de la otra persona.

El primer triunfo del feminismo fue que dejáramos de ser considerada una mercancía a la hora de unir nuestra vida a la de alguien más. El segundo, poder tomar la decisión de cómo queremos que suceda la pedida.

Es raro que el tema no salga en algún momento mientras dura la relación con otra persona. Por lo general, sentar las bases y llegar a un punto que satisfaga a ambos en una conversación (o varias) es también establecer un acuerdo igualitario.

En el caso de mi compañera, sabiendo su pareja la ilusión que le producía la tradición, el ‘trato’ era que él hiciera la pregunta en algún momento.

Para lectoras que, como yo, vemos la boda propia como un momento especial -pero tampoco nos entristecería que no llegara a suceder-, no tendría problema en ser quien hincara rodilla si sé que la otra persona quiere de corazón vivir esa experiencia.

Ambos casos pueden parecer distintos, pero el trasfondo es el mismo. Cada mujer es un mundo y tener la posibilidad de hacerlo de la manera que queramos -porque es cada una quien lo ha decidido así-, es un logro de la igualdad.

Conclusión: es tan feminista una pedida como la otra.

Ahora, ¿son igual de populares? Todavía no, pero tiempo al tiempo.

Aunque cada vez se vea con más normalidad que salga de nosotras la propuesta o sea una conversación entre ambos -como fue el caso de mis padres-, los años adoptando un papel pasivo pesan a nuestras espaldas.

Hace unos meses, en una tarde melancólica que solo parece pedir una buena película romántica, cayó Tenías que ser tú.

Una enamorada Amy Adams recorre Irlanda para pedirle a su pareja la mano porque, según a tradición irlandesa, el 29 de febrero una mujer puede proponerse.

Esta trama con pedida de mano a la inversa estaría bien planteada de no ser por el mensaje de fondo, ese de que, en cualquier otra fecha, que una mujer hiciera eso le haría quedar como desesperada (una idea que sí me parece machista, por ejemplo, aunque la banda sonora es una fantasía).

En 11 años que han pasado desde que salió la película han cambiado las cosas. Y quiero pensar que si fuera un filme moderno de Netflix no solo la protagonista le pediría casarse en cualquier momento, sino que lo haría en un fotomatón o en un festival itinerante por el desierto.

Volviendo al hilo, el feminismo es un aprendizaje constante que nos hace cuestionarnos todo lo que hemos aprendido, las propias decisiones que tomamos y el mundo que nos rodea, pero es tan sencillo como limitarlo a la igualdad entre hombres y mujeres, sea la situación que sea.

En este caso, ser tan libres como ellos de diseñar el matrimonio desde el momento de hacer oficial el compromiso.

Nos permite preguntarnos si realmente queremos pasar por una tradición como es una boda, una pedida al borde de un acantilado o cualquier costumbre que traemos ‘de serie’ pero igual, razonándola un poco, no van con nosotras.

Si por lo que sea, ese romanticismo nos encanta, por favor, no renunciemos a celebraciones con cientos de flores, discursos de amor eterno o que nuestro padre nos lleve del brazo al altar. La igualdad significa que nuestra vida sea lo que decidamos libremente y podamos ser quienes queramos.

Duquesa Doslabios.

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¿Es para mí la monogamia? Lo que se plantean algunas parejas en el estado de alarma

Pasar las 24 horas del día junto a tu pareja ha sido una de las pequeñas ventajas para las personas que, como yo, solíamos coincidir poco antes del estado de alarma.

DEREK ROSE

Y aunque creo que mi caso es uno de los más afortunados -quitando las típicas discusiones y algún que otro momento de necesitar un poco de espacio hemos sabido llevarla-, hay parejas que no sienten lo mismo (preparaos, la temporada de las rupturas está al caer).

Pero quitando quienes han descubierto que prefieren terminar la cuarentena estrenando soltería, la mayoría de parejas hemos tenido que dar un paso más en la relación.

De una u otra manera, creo que tanto quienes estamos teniendo que convivir en pareja, como los que han pasado la cuarentena separados, hemos tenido que crear normas o dar con ideas para hacer más llevadera la situación.

Volvernos imaginativos en el sexo, crear romanticismo -incluso cuando solo se puede crear una cita en las cuatro paredes de casa-, o intentar no pagar los enfados del trabajo con el otro serían algunos de los ejemplos más comunes.

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No han sido los únicos, podría haber relaciones planteándose lo de tener sexo solo con su pareja.

Según el estudio que analiza el comportamiento sexual de los españoles en cuarentena realizado por JOYclub, comunidad basada en la sexualidad liberal, la idea del intercambio de pareja se ha pasado por las cabezas.

Un 40% ha hablado o pensado en hacer un intercambio de pareja cuando la situación vuelva a la normalidad, afirma el estudio.

Y más allá de que, para su primera vez, el 88% preferiría que fuese con amigos mientras que el 15% cree que los desconocidos son mejor opción, lo que en realidad esto da a entender no es tanto que nos estemos planteando experimentar con este tipo de intercambios.

En mi opinión, si alguna conclusión se puede sacar al respecto, es que hay quienes se están planteando la monogamia, quizás de una manera como nunca antes.

Quizás vernos obligados a estar juntos en todos los aspectos con solo una persona ha sido determinante a la hora de descubrir que, por mucho que socialmente aceptemos el ‘felices para siempre’, lo cierto es que la sexualidad liberal cada vez parece ganar más fuerza como alternativa a la convencional pareja.

Según la comunidad del estudio, esas nuevas prácticas pueden ayudar a fortalecer la confianza en una relación y abrir nuevos horizontes en el sexo.

Que no estemos acostumbrados, no significa que no debamos entenderlo y respetarlo. Al final, es tan libre la elección de quien quiere estar solo con una persona como la de quien decide que no es lo suyo.

Duquesa Doslabios.

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Si uno no quiere casarse, ¿es mejor terminar la relación?

Cuando te toca pasar la cuarentena con tu pareja, es normal que salgan todo tipo de conversaciones. Desde con qué superhéroe de Marvel se identifica cada uno hasta comentar largo y tendido la desinfección de objetos de la casa.

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Hablando de tantas cosas, era de esperar que en algún momento se colara el tema de dar el siguiente paso, especialmente teniendo en cuenta de que llevas casi las 24 horas de los dos últimos meses con la misma persona.

Y sorprendentemente, lo habéis llevado genial. La casa sigue entera, se han superado las pequeñas discusiones y, lo más importante, sabes que en la próxima cuarentena, repetirías de compañía sin dudar.

Así que parece hasta lógico hablar del tema. Alejarse de las espectaculares pedidas de película y, sentados en el sofá de siempre, soltar un “quiero más y lo quiero contigo”.

A partir de ese momento pueden pasar dos cosas. Que por la cabeza (y el corazón) de tu pareja también rondara esa idea, que estéis en el mismo punto y queráis exactamente lo mismo o que no.

Ya sea una por cuestión de tiempo, emociones, madurez o compromiso, pero que no entrara en sus planes.

Ese momento de choque tiene la importancia que queramos darle. Habrá a quien no le preocupe en absoluto (aunque me cuesta creer que queriendo avanzar en la relación se lleve bien que la pareja no quiera hacerlo al mismo ritmo) y habrá para quien esta diferencia suponga un mundo.

Cuando se quiere realmente a esa persona, la única alternativa posible ante esta respuesta es esperar. Esperar a que llegue ese día en el que entre en sus planes, esperar a que se sienta lista a dar el paso, esperar a que “le llegue la edad”…

Una espera que se vive con una mezcla entre ilusión y miedo porque el premio al final de la espera es el mayor de tu vida, pero al mismo tiempo, con la preocupación de que pasen los años y vuelvan a necesitar una ampliación del plazo para decidirse.

Y es que, por mucho que haya amor, que la persona que tenemos delante sea la que imaginamos a nuestro lado cada día, es también una prueba muy significativa en la relación el querer dar ese paso, otro ejemplo de que se rema en la misma dirección.

Así que, en mi opinión, al igual que entiendo que haya quien no quiera verlo todo perdido por mucho que le toque ocupar el banco de la paciencia “en el nombre del amor”, sí podría ser una buena razón para, si no se ven las cosas claras por parte de la pareja, plantearse ponerle fin a la relación.

Lógicamente, hay muchas cosas que sopesar antes de tomar la decisión de romper. Pero el primer compromiso debería ser hacia uno mismo. Y si lo que se quiere es comprometerse, debemos respetarlo. Al igual que hay que se respeta que la pareja no quiera hacerlo.

Duquesa Doslabios.

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¿Seremos capaces de querernos como nuestros abuelos?

Empiezo la semana con el regusto más amargo, el de un adiós que no esperaba tener que dar hasta dentro de muchos años. Pero el coronavirus ha trastocado los planes de vida de mi abuela.

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Si ya de por sí ha sido dura la distancia física, que no ha permitido que nadie de mi familia pudiera estar con ella, he intentado reducirla vía telefónica buscando y ofreciendo ese apoyo que tanto necesitábamos en aquel momento.

No podía faltar en la lista de llamadas el nombre de su marido, mi abuelo.

Aquella no fue una conversación larga, pero había algo que tenía que decirle, además de que le quiero. Quería darle las gracias.

Gracias porque llevaba años cuidando de ella. Por ser quien controlaba las pastillas que debía tomar, por cocinar, por avisar en el caso de que se cayera, respirara mal, de que algo fuera de lo habitual pasara.

Si algo sé es que para él no ha sido fácil. Vivir con una persona que tiene alzhéimer te obliga a sacar una paciencia y una fuerza que ni sabías que tenías.

Y con esto no digo que fuera una relación de película. Sé que hubo momentos difíciles y retos a los que no muchos matrimonios han tenido que enfrentarse.

Con todo, mi abuelo estuvo ahí. A veces con más energía, otras rezongando, pero siempre ahí, hasta el final.

Exactamente igual que mi otro abuelo, convirtiéndose para mí en dos grandes ejemplos de que el amor va mucho más allá de subir las fotos juntos a una red social.

Es ese amor cotidiano que se construye, más resistente que ningún otro, en las alegrías y penas del día a día.

En compartir la cita del telediario de las 9, en ir del brazo a ese pasito tan lento de quien se adapta a la poca movilidad de la otra persona, en quedarse al pie de la camilla cuando uno de los dos pasaba por el hospital.

Así que de esta pérdida saco en claro que, dentro de lo devastador que ha sido, he tenido suerte.

He podido ver durante muchos años cómo se querían. Más o menos cariñosos -quizás hasta a su manera-, pero sin dar nunca la espalda a la otra persona, la mayor lección de amor que podrían enseñarme.

Duquesa Doslabios.

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Hoy se casa mi amor platónico (y no es conmigo)

Hoy se casa mi amor platónico. Joder, si eso no te da perspectiva, no sé qué te la puede dar en esta vida. Se casa y yo estoy a más de mil kilómetros del altar, física y figuradamente.

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Que se casen tus primas, tus amigas, tu círculo íntimo -ese que va cayendo poco a poco como las fichas de un dominó-, lo ves hasta normal.

Pero cuando se casa tu amor platónico, que además te enteras de refilón y casi sin querer, son palabras mayores. Es inevitable que piense en la frase de “lo hace hasta el más tonto”.

No porque le falten luces ni mucho menos, al contrario, sino porque, en ese momento, te das cuenta de que ahora sí que se está casando todo el mundo.

¿Y yo? Aquí.

Bien, eso seguro.

Más que bien, diría. Sin prisa por anillo ni nadie que me la meta (hablo de la prisa, por suerte, lo otro ya es otro tema).

Pero lejos del altar del ‘sí, quiero’ del que se sentaba a mi lado en clase. Y lejos del mío propio que, ni siquiera sé si existirá en un futuro o no. Lejísimos.

En la distancia se pueden ver mejor las cosas y apreciarlas en toda su magnitud. Por algo subimos montañas y no nos conformamos con mirar el paisaje desde abajo.

En su cumbre, él la verá a ella, de blanco y con velo. Porque sí, ella siempre me pareció la típica novia que se casaría con velo.

Desde mi cima, el paisaje de mi vida, igual de bonito y espectacular por mucho que no lleve votos matrimoniales de por medio.

Se casa mi amor platónico, yo, no lo tengo en mente ni de lejos y me siento bien por el camino que ha tomado cada uno. Y por el que vamos a seguir recorriendo, aunque lleven a destinos totalmente separados.

No voy a hablaros de que no estábamos destinados, del hilo rojo, del sino predeterminado. Voy a hablaros de la alegría que es ver que se casa hasta tu amor platónico y no entras en bucle ni agobios, porque has comprendido que tu felicidad está en otra parte.

Y a mi amor platónico y a su pareja, aunque no me lean, les deseo exactamente la misma. Que estoy segura de que la tendrán.

Duquesa Doslabios.

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Ojos que no ven o por qué deberías bloquear a tu ex de las redes sociales

Hoy en día, bloquear a alguien de una red social es casi tan grave como salirse de un grupo de Whatsapp, la pena capital del siglo XXI.

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Por lo general, al terminar una relación, hay un punto de inflexión en nuestra personalidad digital. Esas alegres imágenes en Instagram del viaje a Cuenca ya no parecen brillar igual. Pero sabes que, en el fondo, hay algo que te frena a la hora de borrarlas y luego bloquear a tu expareja.

Y es que se nos tacha de actuar bajo el despecho, el resentimiento o la inmadurez, sentimientos que en la era donde todo viene acompañado de etiquetas como #goodvibes están muy mal vistos.

Sin embargo, cuando tenemos necesidad de hacerlo, es el momento de dar un paso al frente y pulsar la opción “dejar de seguir” o eliminar de mi lista de amigos.

Bloquear a alguien con quien hemos tenido una relación, puede ser hasta terapéutico según los expertos en la materia.

Por mucho que sepamos que esa relación ha terminado, en ocasiones mantenemos la costumbre de meternos en su perfil.

Nos fijamos en cada detalle de la foto que sube -qué sitio es, si es el mismo al que nos llevó aquella vez-, cotilleando quién es la persona que le ha dejado ese comentario lleno de emoticonos enigmáticos.

Tirar del hilo lleva incluso a analizar también esa cuenta, descubriendo que tiene una hermana que va a clase de inglés con tu compañera del master y preguntándote si podrías averiguar más. Una bola de nieve que va creciendo a cada link.

Si el dolor todavía está ahí, ver imágenes de la otra persona puede hacer todavía más dura la separación. ¿Por qué torturarse de esa manera? ¿No es mejor evitar que, cada dos por tres, salgan sus stories de fiesta?

¿Por qué estar cómodos en la incomodidad o añadir una infelicidad innecesaria a nuestras vidas? ¿O es que después de una ruptura nos volvemos un poco masoquistas?

Bloquear y hacer que desaparezca (al menos de tu mundo digital) ayuda a seguir adelante y a poder superarlo al ritmo de cada uno.

Cuando hemos tenido una relación abusiva esta es, sin duda, una de las manera de salir de ella. Cortando todo y de golpe, evitando dejar resquicios por los que pueda volver a entrar un discurso manipulador o victimista. Romper el vínculo emocional y acompañarlo del físico, mental y social.

No es algo obligatorio en todas las separaciones, por supuesto. Una de las excepciones a la opción de bloquear se da cuando el amor se ha acabado pero queréis probar lo de ser amigos.

Para todo lo demás, ya lo dice el refranero: “Ojos que no ven, corazón que no siente”, sobre todo en la era de Instagram.

Duquesa Doslabios.

¿Podemos terminar ya con la costumbre de tirar el ramo en las bodas?

Tengo una teoría respecto a las novias que disfrutan con la experiencia de poner a todas sus invitadas (solteras) en un corro en medio de la pista de baile a ver quién es la que agarra el ramo: tienen un punto sádico.

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Por mucho que, según la tradición, signifique suerte o que será la próxima en casarse, se ha ido pervirtiendo su significado y hay un placer interno y oscuro en reunir a tus amigas como un rebaño y someterlas a lo que viene a ser una humillación pública de ver cómo se pegan por ser la siguiente, por vivir lo que está pasando la novia en ese momento.

Como invitada, es una experiencia que me parece horrible más que divertida. Para empezar, ¿por qué tenemos que ponernos las mujeres? Lo único que se consigue es dar la imagen de lo desesperadas que estamos por casarnos, la historia de que solo el altar va a convertirnos en mujeres, y luego madres, claro, nuestros dos objetivos en la vida que son las únicas vivencias que la llenan de significado.

Quizás no quiero el ramo, quizás no quiero participar en ese espectáculo. A lo mejor estoy muy bien en un noviazgo en el que los únicos votos que recitamos en alto son las facturas, a ver cuánto nos toca pagar a cada uno este mes. O igual estoy soltera y ESTOY BIEN. Sorprendentemente, puedes ir a una boda y no necesariamente estar soñando con casarte.

Enfrentarnos por un ramo es crear una competición entre nosotras (con sus correspondientes envidias por no haber sido quien lo ha cogido). La historia de que las mujeres somos nuestras peores enemigas, ¡hasta en una boda! Incluso en un momento de felicidad como es que unos amigos o familiares contraigan matrimonio, tienes que dejar de disfrutar para arrimarte al grupo de las que van a saltar hacia el bouquet.

Y no se te ocurra decirle que no a esa novia cuando te plantea la idea de tirar el ramo, porque es su boda y se hace lo que quiere, aunque tú no quieras participar, da igual. “It’s my party and I’ll cry if I want to“, te dirá. Ella quiere que te pongas en el grupo y hagas el amago, que lo finjas (palabras textuales que me dijo una amiga en su fiesta), que tampoco es tan complicado. Y todo para darle un extraño tipo de satisfacción. ¿No os resulta una escena macabra?

Es aún más indignante cuando buscas vídeos del estilo en Internet y son los más reproducidos los que incluyen caídas, resbalones o peleas entre nosotras. Somos el chiste de la boda, uno de los tantos espectáculos como cortar la tarta o abrir el baile: las invitadas llegando a las manos. Pasen y vean a las gladiadoras del siglo XXI, que, en vez de espada usan un tacón y cambian la armadura por la gasa o el chifón.

Así que, si eres de esas novias, por favor, ten en cuenta que quizás estás obligando a tus amigas a hacer algo que no quieren por ti. Ten en cuenta que, igual entre tu lista de invitados, tienes amigos, conocidos, primos o un hermano al que sí que le haría ilusión casarse próximamente (sorpresa, los hombres también tienen sentimientos y se emocionan en las bodas) y cree que recibir el ramo le va a traer suerte.

Rompe estereotipos. Si de verdad quieres hacer el juego del ramo, crea un grupo mixto formado por los que realmente quieran casarse y tengan ilusión en recibirlo. Que por mucho que tu prima de 14 años lo haya cogido porque es la más rápida, todos sabemos que le va a durar la emoción por las flores lo que a ti el gas de tu copa de cristal y que es muy poco probable que sea ella precisamente quien siga tus pasos.

Haz algo mejor, dale un significado especial y regálalo a quien tú quieras, sin más razón que, porque sí, porque quieres que lo tengan de recuerdo o porque quieres que le traiga suerte (eso ya es cosa tuya). En las bodas a las que he ido donde el ramo no era algo por lo que pegarse y se regalaba de esta manera, se respiraba paz por todos los lados. A quien se lo habían regalado lo quería y las demás no teníamos que hacer el paripé ridículo de dar saltitos.

O incluso otra opción es dividirlo y regalar una flor a cada asistente (o a aquellos más destacados). Tengo el caso reciente de una compañera de trabajo que lo va a dejar en el sitio en el que están enterrados sus abuelos para hacerles partícipes en la ceremonia. Y me parece precioso.

Hay tradiciones geniales en las bodas, pero tal y como está planteado el lanzamiento del ramo, ya no forma parte de ellas. Es una manera de avergonzar a las solteras, como si las señalaras en medio de toda la fiesta.

Es como si las novias, una vez habiendo contraído matrimonio, no recordaran algo básico de cuando estaban solteras. Cuando estás sin pareja hay algo que no quieres que te estén recordando constantemente como si fuera algo malo y es precisamente tu soltería, lo que hace esta tradición en medio de una celebración del amor. Así que amigas, dadnos un respiro.

Duquesa Doslabios.

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Amores que matan: pedidas de mano arriesgadas

Dicen que el minimalismo es algo que caracteriza esta época, que somos generaciones que aprecian la simplicidad de las formas puras, la ausencia de artificios.

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Conseguimos reducir las fotos en redes sociales a composiciones con el mínimo imprescindible de objetos que logren una armonía, que se traduce en forma de interacciones sociales online.

Y sin embargo, en otros aspectos, rozamos de tal manera la fastuosidad que, hablar del respeto hacia la frontera de lo pomposo, no tendría ningún tipo de sentido.

Pero esto no es un debate filosófico, esto es un ejemplo concreto de una pedida de mano que tuve la oportunidad de presenciar en Barcelona.

La propuesta empezó en el mirador de la iglesia que se encuentra sobre el parque de atracciones del Tibidabo, el Sagrado Corazón. Un grupo de personas reunidas sostenían letras recortadas en cartón en las que podía leerse “MARRY ME!” (quiero pensar que la persona a punto de prometerse no tendría muchas nociones de la lengua, ya que de otra manera, ¿por qué evitar el uso del castellano?).

Cuando uno de ellos, al teléfono, recibió la que pensamos, sería la señal afirmativa de que estaban a punto de asomarse al mirador situado a los pies del Cristo, pidió a los compinches que alzaran las letras hacia el cielo, desde donde estarían siendo observados.

Pero como todo hoy en día, no basta con vivirlo sino que hay que grabarlo, fotografiarlo, compartirlo y volverlo a compartir según se van cumpliendo los aniversarios, un dron hacía de cámara de toda la escena.

El artefacto, que salió de uno de los tejados de la iglesia, presumiblemente colocado con anterioridad, alzó el vuelo para no perder detalle de la pareja en las alturas. Al ir a bajar para capturar el momento de los amigos sincronizados, y, debido al fuerte viendo, terminó chocando con alguno de los pináculos, no solo dañando la construcción sino quedando ligeramente afectado.

Cuando parecía que conseguía estabilizarse otra vez, un golpe de viento imposible de contrarrestar con unas hélices poco más grandes que una mano, lo condujo lejos de la zona del mirador hacia el parque de atracciones.

Vimos a la máquina planear hasta que, de pronto, dejó el vuelo horizontal y empezó a caer en picado con la mala suerte de aterrizar a un metro escaso de un corredor que aprovechaba la cima de la montaña para descansar.

El hombre, paralizado, con las manos en las caderas, miraba el robot totalmente reventado a sus pies sin entender nada. Cuando llegó el organizador de la pedida a recogerlo, por lo que nos enteramos después, le hizo saber que serían denunciados, y es que aquella pedida, además de un “Sí, quiero”, podía haber costado una brecha y una buena pérdida de conocimiento de paso.

Basta teclear un par de palabras en Internet para encontrar ejemplos de declaraciones del estilo. Pedidas orquestadas de tal manera que han convertido a las declaraciones, al igual que a algunos matrimonios, en un espectáculo, una especie de competición inconsciente en la que todo el mundo quiere ser el más original, recibir el mayor número de visitas y de likes (y encima con el riesgo añadido de que alguien puede salir herido).

Hace que eche de menos la sencillez y el minimalismo de las pedidas naturales e improvisadas. Esas de mirar a tu pareja y que te salga el “¿nos casamos?”.

Duquesa Doslabios.

“¿Nos casamos?”: Mujeres que piden la mano

Podría decir que fue el vino, pero eso sería darle al alcohol un protagonismo que, en realidad, no es merecido ya que no tiene prácticamente peso en esta historia.

LA PROPUESTA

Podría decir también que fue la situación, esa cena en casa con dos trotamundos refugiados en nuestro sofá (y es que las sorpresas que nos trae el coachsurfing son en su mayoría, maravillosas).

Podría decir que fue el lugar, el piso de Barcelona en el que, por poco que llevemos, tanto hemos vivido, construido y compartido. Ese que nos preocupaba al principio de lo vacío que nos parecía y en el que, cada vez que entras por la puerta, encuentras un libro o una planta nueva.

Podría decir que estaba claro que tarde o temprano lo acabaría haciendo, pero no sería cierto, ya que no me imaginaba que sería yo la que daría el paso (de hecho, fíjate si no se puede dar por sentado que no sabía si en algún momento de mi vida quería darlo).

Podría decir que fueron tantas cosas, pero en realidad no fue ninguna de esas. Por lo que realmente fue, y sigue siendo, se llama amor.

Y por mucho que pueda parecer que peco de manida (los habrá incluso que me tachen de ñoña), no podría ser más verdad.

No por el amor que os imagináis que parece salido de una escena de La La Land, de un videoclip de Neyo o de un anuncio de perfumes (femeninos), sino el amor de verdad. El amor que nos acompaña en la rutina, en la convivencia, en un pósit de “Buenos días” en la nevera o en un domingo de hacernos juntos mascarillas faciales porque sabes que me encanta la cosmética coreana.

Cuando te escuchaba por enésima vez contarle a esos desconocidos la historia de tu vida en inglés con un leve acento catalán, recordé por qué me había enamorado de ti, por qué aún después de todos estos años, me sigues gustando tanto. A cántaros, mogollón y a rabiar.

Hasta tal punto que me urgía pasar el resto de mi vida contigo, aunque fuera algo que ya estábamos haciendo. Eso fue, y nada más realmente, lo que hizo que, antes de ir a dormir, te dijera:

-Ens casem?

Sin anillo, sin prepararlo, sin preocuparme, sin declaraciones exageradas, preparaciones previas, sin nada… Pero con todo.

“Vale” me dijiste. Y aquí estamos, pasando todos los días de nuestra vida juntos. Poniéndonos las botas el uno del otro.

Duquesa Doslabios.

Sexo rápido, amor lento

Si te paras a pensarlo, tiene hasta sentido. Somos la generación más rápida para unas cosas y la más lenta para otras.

Podemos deslizar el pulgar hacia la izquierda a la velocidad del rayo descartando personas y quedarnos estancados dedicando las canciones a través de los stories a una sola durante meses.

Si bien somos capaces de reservar un vuelo a la otra punta del mundo en unos segundos, planeamos minuciosamente los pequeños detalles antes de marcharnos. No queremos sorpresas, tiene que salir todo perfecto. Y en el amor no íbamos a comportarnos de otra manera.

¿A quién le importa guardar los tiempos de espera si te quiero desnudar aquí y ahora? Pero totalmente diferente son las doscientas vueltas a la cabeza pensando dónde o qué hacer estando vestidos.

No tenemos prisa. Y es que si algo ha hecho que a los 20 años todavía no nos sintamos adultos, es que aún estamos aprendiendo a hacer las cosas (que se lo digan a nuestros padres, que a muchos nos ayudan a descifrar la Declaración de la Renta).

Nos caracteriza estar con nuestra pareja varios años. No nos lo tomamos a la ligera, queremos no solo conocernos, sino conocernos bien. Y no solo a la otra persona, sino a nosotros mismos.

Queremos desarrollarnos como individuos, saber a dónde queremos llegar, qué nos gusta y que no. Tener las cosas claras porque la primera persona con quien debemos sentirnos a gusto somos nosotros mismos.

Nuestros problemas de compromiso a la hora de fidelizarnos con una plataforma de vídeo, se traduce en la dificultad que encontramos en mantener nuestra palabra con alguien.

Puede que tu abuela a tu edad (o incluso antes) ya estuviera casada. Antes, el matrimonio, era el primer paso en la vida adulta. Ahora forma parte de los últimos.

Y es que si algo tenemos claro es que si nos decidimos a darlo, será la guinda del pastel. De un maravilloso pastel del que conoces y has construido cada capa, cada cobertura, relleno y topping extra.

Duquesa Doslabios.