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A mi amiga que se casa hoy

Querida amiga, hoy es el día.

(Madre mía, cuánto voy a llorar escribiendo esto).

boda amigas dama de honor

PEXELS

Parece que fue ayer cuando nos sentábamos en el pasillo de la facultad a hablar de esos chicos de clase que nos habían hecho gracia (¡y encima eran amigos entre ellos, como nosotras!).

Han pasado 12 años de eso y desde hoy, de alguna manera, tu vida no volverá a ser la misma. Y tú tampoco.

Sé lo que estaré sintiendo al verte de blanco entrando a la iglesia. Una mezcla abrumadora de orgullo y emoción.

Porque se te verá radiante, segura y guapísima, al igual que, al que a está a punto de convertirse, de manera oficial, en el compañero de tu vida.

Más madura, más adulta, consciente del peso de los votos que vas a prometer y de lo todo lo que vendrá después. Pero sobre todo con la convicción de que queréis hacerlo de la mano.

Y yo sé, mejor que nadie, lo que habéis pasado hasta haber llegado a este momento.

La de lágrimas que has dejado por el camino (porque alguna tiene que haber), la de carcajadas (mucho más frecuentes y la mayoría gracias a él), la de sueños cumplidos…

Has crecido a su lado y verte hacerlo ha sido una mezcla constante entre preocupación y, finalmente alegría, al ver que ibas floreciendo.

Porque ese es el mayor miedo de una amiga.

Al tener un amor que está al nivel de la idolatración de una abuela (siempre me vas a parecer demasiado buena para cualquier hombre de la faz de la tierra), temía no saber al 100% si la pareja que acompaña a una de las personas más importantes de mi vida sería capaz de hacerla feliz y dejarla brillar, sin cortarte las alas ni hacerte pequeñita.

Pero yo puedo decir que ha sido vuestro caso. Has perseguido tus objetivos con esa determinación que te caracteriza, has evolucionado y te has convertido en esa mujer fuerte e independiente, siempre llena de garra e iniciativa, que tanto me inspira.

Y él estaba aplaudiéndote con cada escalón que subías, queriéndote de la manera más sana. Luego fue tu turno de hacerlo.

De alguna manera, los dos habéis sabido convertiros en lo que necesitaba el otro en cada momento de estos 10 años incluso durante la convivencia. Habéis crecido juntos.

Y si algo me ha quedado claro viéndote (y viéndoos) es que en equipo, cuando tu compañero es el apropiado y está de tu lado, las cosas se consiguen antes y mejor.

Poco puedo enseñarte yo de relaciones de pareja o del amor cuando has sido tú quien me ha dado las mayores lecciones hasta hoy.

La de estar ahí cuando la vida se pone complicada, la de encontrar la vía de solucionar las cosas, la de mostrarte vulnerable y dejar que te vean rota porque, tu pareja es, ante todo, tu mejor amigo.

Así que solo me queda desear que esa felicidad, que llevas compartiendo a su lado todos estos años, siga por el resto de tu vida.

Y aunque no sea en un altar, delante de amigos y familiares, yo te prometo seguir también a tu lado. Pase lo que pase.

Porque el mío también es amor del bueno.

Mara Mariño

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Mi amiga se ha casado y…

Mi amiga se ha casado.

Ha tenido una de esas bodas preciosas de cuento de hadas. La misma en la que vas con invitada y piensas «sí, definitivamente el amor era esto».

boda pareja

PEXELS

En la mesa del banquete donde me tocó sentarme, cada una de mis compañeras tenía una historia diferente.

Estaba la que también llevaba varios años con su novio y acababan de mudarse a su segundo piso juntos.

La que se planteaba la convivencia en un futuro cercano, la que veía ese paso todavía muy lejos, la que acababa de darlo pero a él le había surgido trabajo en otro país e iban a pasar el próximo año separados.

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Estaba yo, que, con mi enésima mudanza, ya estaba inmersa en el mundo de las relaciones a distancia y estaba la que se encontraba recientemente soltera.

Y la novia, claro, que se había casado después de 10 años de noviazgo.

Todas compartíamos lo mismo, nuestras maneras de vivir las relaciones de pareja eran las correctas.

Entre el final de los 20 y los primeros años de los 30 si algo nos unía también era que, en esa etapa, estábamos contentas con nuestra situación sentimental. Éramos felices.

Atrás han quedado los tiempos en los que el paso por el altar -igualmente emocionante para quien quiera darlo- era el único sinónimo de disfrutar del amor en una relación.

El compromiso, si bien no estaba afirmado ante los ojos de Dios o un juez, era algo que no faltaba en nuestro día a día.

Si a esta boda, tan digna de reportaje de la revista ¡Hola! como de película Disney, llego a venir hace unos años, mis sentimientos habrían sido muy diferentes.

Casi de urgencia, de querer ser la siguiente porque se supone que es el próximo escalón que me tocaría subir.

Ahora me doy cuenta de que no es que hayan cambiado los tiempos -que un poco también, no me malinterpretes-, pero sobre todo he cambiado yo.

Porque comprendo mejor que la suerte no es un «sí, quiero» delante de la familia y amigos. Sino encontrar a una persona con la que la felicidad es la constante.

Alguien que te tranquiliza, anima, cuida, escucha, apoya, acompaña, te acepta con tus luces y tus sombras, te ve guapa devorando los espagueti con tomate o babeando sobre la almohada.

Y seguir disfrutando a su lado es lo que importa. Sin pensar en qué vendrá detrás porque la etapa del amor no es algo que va a llegar más adelante con un vestido blanco.

Sino que ya estamos en ella.

Mara Mariño

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¿Es machista tu próxima despedida de soltero?

Este año se casa mi mejor amiga y uno de los requisitos que me puso, cuando estábamos hablando de lo que podría gustarle y lo que no, era que no hubiera penes.

Ni en diademas, ni en camisetas ni pegados a strippers. Veto total a los penes.

despedida soltero stripper

UNSPLASH

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Claro que, de la teoría a la práctica, hay un paso grande.

Porque, curiosamente, cuando entras a una tienda erótica buscando con qué aderezar la fiesta de tu amiga -como me pasó a mí-, son este tipo de artículos los más populares (no los strippers, claro, sino todo lo demás).

Un pene de peluche en el velo (muy realista además, con cordones negros a modo de pelos), pajitas con forma de pene para que beber tu copa se convierta en la versión mini de una felación, piruetas fálicas, vasos con pegatinas, chupetes, el aviso de que hacen tartas personalizadas con el nombre de la novia encima de un pastel también con forma de pene…

Incluso si es una noche de chicas, el pene tiene que ser el protagonista.

Mi crítica viene cuando es algo que a la inversa no pasa. En las despedidas de soltero, no ves a un grupo de chicos con vulvas como decoración en forma de chapas, bandas o gorritos.

Lo más parecido que puedes encontrar a una referencia sexual femenina, es al futuro novio disfrazado de Satisfyer. Poco más.

Para ellos, los genitales femeninos no forman parte de la noche. O al menos, no en la versión de juguete o plástico.

Es importante puntualizar esto porque es más probable que los vean en vivo y en directo.

Y la stripper que no falte

No hace falta tirar de estadística. Solo necesitamos hablar con nuestros amigos más cercanos para confirmar que sí, es en las despedidas de soltero donde se suelen contratar espectáculos de desnudos (ofrecidos por mujeres, por supuesto).

O echarle un vistazo a la oferta. Mientras que para ellos hay un sinfín de locales y catálogos de mujeres con una ristra de detalles (que si altura, las medidas de su cuerpo, etnia, opción a disfraces de geisha, enfermera, catwoman, policía, marinera o azafata de vuelo…).

En el caso de los boys, además de las dificultades de encontrar sitios donde sean ellos los que se desnuden; haciendo la comparativa, ellos se dedican a esto menos, por lo que las opciones son más limitadas.

Sí, la cosa está desigualada. Otra amiga que se casa este año, puso la misma condición de evitar todo tipo de show que implicara a un hombre quitándose la ropa.

En cambio, en planes de deporte, comida, baile o fiesta, que aparezca un hombre como animador es más que bienvenido. En resumen, contratar a un stripper es, para mis dos amigas, algo con lo que no se sienten cómodas.

¿Se da en el caso contrario que el futuro novio no quiera que sus amigos paguen por algo así porque le genera incomodidad? Me consta que los hay que sí, pero no todos han llegado a ese punto de deconstrucción.

Porque si, socialmente hablando, algo reúne toda buena despedida organizada por colegas, es la expresión de la masculinidad.

El griterío de las voces (que todo el tren, avión, calle, bar o discoteca sepan que están de despedida), el control sobre el cuerpo femenino y la gran potencia sexual en comentarios jocosos o acoso a desconocidas, son cosas que no pueden faltar.

¿Qué tiene de gracioso disfrazar al novio de mujer?

Y no solo el poder sobre la mujer se traduce en pagar a la stripper -porque ya no voy a abrir el melón de que se puedan pagar otros servicios aún más deplorables-, los disfraces son otra prueba de ello.

Lo ideal en una despedida -de ellas o ellos- es buscar algo divertido. Mientras que nosotras vestimos a la protagonista de princesa, patatas fritas o superheroína, uno de los más habituales para el futuro novio es el de mujer.

Esto me llamó la atención especialmente en una de las despedidas que me crucé el sábado. Todos los amigos iban vestidos de tiroleses y el novio llevaba una peluca rubia de trenzas, medias altas y el dirndl, el clásico vestido bávaro.

Otro amigo que ha coincidido con varias despedidas este fin de semana me cuenta lo mismo, al darse cuenta de que el disfraz más repetido, es el de mujer.

Y claro, cuando siendo mujer, te cruzas con algo de este estilo, con un futuro novio llevando peluca, tetas falsas, un vestido que seguramente es de su novia y la cara medio pintarrajeada por sus amigos -que en su vida han cogido un pintalabios-, te preguntas que qué tiene de gracioso.

O, por qué les resulta en su grupito tan divertido que uno de ellos se disfrace de mujer. Que por qué tu género es una caricatura.

Una despedida de soltero feminista, pasaría por dejar a las mujeres fuera de la ecuación siempre y cuando su participación sea o como inspiración para el disfraz o bien porque deben desnudarse a cambio de dinero.

Porque ni somos un chiste ni un bien de consumo. Que es lo que se fomenta si continúas incluyendo esto en tu próxima fiesta o dejando que lo organicen por el grupo de WhatsApp sin decir nada al respecto, no vaya a ser que te llamen ‘cortarrollos’ o te acusen de ser menos machote que el resto.

Luego mándame la foto felicitándome el 8M, claro que sí.

Mara Mariño

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No lo llames ‘crisis de pareja’, es que tú haces más cosas en casa

Mientras vivía con sus padres, antes de salir de casa a cualquier cosa, mi madre tenía que dejar las camas de sus hermanos hechas.

Mientras vivía con sus padres, antes de salir de casa a cualquier cosa, mi padre no tenía que hacer nada.

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PEXELS

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A ella le iban preparando para lo que iba a ser su vida futura: hacer las tareas a su marido. A él, nada.

Pasó de que su madre o su hermana le resolvieran todo, a que se encargara su pareja de hacerlo.

Y pensarás, «Bueno, pero eso era en los 80. Ahora las cosas no son así. Hombres y mujeres vivimos en igualdad

¿Seguro?

Voy hablarte de mi experiencia conviviendo en pareja: durante casi dos años, que la casa estuviera limpia era, en su mayoría, responsabilidad mía.

Y que no se me ocurriera decirle nada, que bastante había hecho él bajando la basura esa semana.

Para empezar, las tareas mayores -que si pasar la aspiradora, fregar y limpiar baño y cocina a fondo- de una vez a la semana, solo se hacían si yo insistía.

Si llegaba el lunes y yo no había dicho nada, la casa seguía sucia otra semana.

Las tareas menores, a las que también hay que dedicarles tiempo (limpiar el cubo de la basura para que no huela, pasarle a los cristales de la casa, repasar los estantes de la nevera para limpiar los restos…) eran cosas que él no parecía ver.

Solo entraban en mi radar visual y claro, como él no las apreciaba, ni las hacía ni las reconocía cuando estaban resueltas.

Llegó un punto en el que sentía -sin querer ser madre- que tenía un hijo adolescente que dejaba la ropa sucia por todas partes y protestaba cuando le pedía que se involucrara en la división del trabajo doméstico.

E, irónicamente, convivir con alguien tan dejado, y poco comprometido con nuestro espacio, consiguió que perdiera puntos de atractivo.

A más pasota y desordenado, menos me apetecía follarle. Así te lo digo.

En cambio, era en las ocasiones que le veía con los guantes de fregar rosas y un desinfectante en mano, que me motivaba por cómo los dos remábamos en la misma dirección.

Claro que el encanto se perdía cuando me preguntaba, una vez más, si quedaba leche en la nevera y los dos teníamos la cocina a la misma distancia.

O quería saber dónde había dejado esto o esto otro. Que le recordara los cumpleaños de los amigos en común o me encargara de organizar los planes conjuntos, porque él estaba muy cansado.

O que siempre tuviera que ser yo la que estaba pendiente de la fecha para hacer el ingreso del alquiler en el banco.

Yo no estaba cansada, claro que no. Trabajar 8 horas al día, volver a casa, ver que seguía teniendo que hacerme yo cargo de cosas que para él nunca se ensuciaban, hacer compra casi a diario, cocinar para los dos y ponerle la lavadora de la ropa de spinning, es algo que me permitía desconectar.

Con el tiempo, me sentía más y más frustrada de todo lo que me tocaba hacer. Y sí, cada vez tenía menos paciencia.

Cuando pierdes la cuenta de las veces que pides que no deje las zapatillas por medio -porque vuelves a tropezarte con ellas-, no te sale un tono  dulce y cariñoso. Te sale enfadarte. Y discutís.

Era cuando pensaba si estábamos hechos para estar juntos. Si eso iba a funcionar o si me había equivocado y esto demostraba nuestra incompatibilidad.

Pero lo que tenía no era una crisis de pareja, sino un mal reparto de las tareas domésticas que se traducían en que yo asumía todo: lo hecho y por hacer.

Curiosamente, esto no me pasaba solo a mí. Mis amigas estaban en el mismo punto.

Todas las que convivíamos en pareja, menores de 30, que habíamos recibido una educación más igualitaria, éramos empleadas domésticas, asistentes, enfermeras y secretarias de nuestros novios.

Y todas estábamos hasta las narices.

Hablarlo entre nosotras nos permitía desahogarnos, quitarle hierro y hasta reírnos, pero seguíamos teniendo el mismo problema.

Además, sabíamos que seguir recordando las cosas por hacer terminaría desembocando en una discusión de pareja, por lo que preferíamos ‘tener la fiesta en paz’, asumir lo que quedara pendiente -más carga sobre nuestros hombros- y seguir adelante.

Así, la casa estaba limpia y nuestra pareja contenta. Nosotras quemadas, eso sí. Hasta el moño de la convivencia en pareja y soñando con un reparto al 50-50.

Volver a estar sola, ocupándome solo de lo mío, me ha devuelto la felicidad de que ya no tengo esa fuente de conflictos. No me hago cargo de nadie.

Pero la solución no está en que las mujeres solo podamos ser felices en pareja si estamos en sitios aparte, atendiendo solo a lo nuestro.

Sino en aprender a convivir juntos y que cada uno se haga cargo de lo que se ve y no se ve a primera vista, de la mitad (real) del trabajo.

Mara Mariño

¿Soy mala feminista si quiero que me pidan la mano?

Esta semana una de mis compañeras de trabajo nos ha dado el notición: su novio le hizo la gran pregunta y se casan el año que viene.

Además de la alegría que me ha dado comprobar que no solo las historias de amor llegan a su fin en estos dos años tan raros, hablaba con ella sobre si el hecho de tener ilusión por recibir la petición nos convertía, instantáneamente, en malas feministas.

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Ya no basta con defender los derechos de las mujeres a nuestra manera, movilizándonos en redes o en persona, sometemos a un escrutinio constante situaciones de nuestra vida como puede ser esta. Y el miedo ante nosotras mismas, de no estar a la altura de nuestra propia ideología, nos paraliza.

Si retrocedo en el tiempo, buscando el origen histórico de la pedida de mano y cómo ha evolucionado desde entonces, la respuesta es rápida y tranquilizadora.

La herencia de las peticiones de matrimonio clásicas vienen del Derecho Romano, ya que era el padre quien tenía el poder para conceder su autoridad al pretendiente.

No era más que un mero intercambio del dominio sobre la mujer -que por cierto, ni pinchaba ni cortaba-, quien pasaba desde la boda a pertenecer al marido.

Por suerte, el emancipamiento femenino ha convertido en una costumbre libre de connotaciones posesivas el trámite de la pedida.

Nosotras decidimos a quién damos la manus (nombre que recibía la norma, de ahí que hablemos de pedir la mano) o si solicitamos por nuestra cuenta la de la otra persona.

El primer triunfo del feminismo fue que dejáramos de ser considerada una mercancía a la hora de unir nuestra vida a la de alguien más. El segundo, poder tomar la decisión de cómo queremos que suceda la pedida.

Es raro que el tema no salga en algún momento mientras dura la relación con otra persona. Por lo general, sentar las bases y llegar a un punto que satisfaga a ambos en una conversación (o varias) es también establecer un acuerdo igualitario.

En el caso de mi compañera, sabiendo su pareja la ilusión que le producía la tradición, el ‘trato’ era que él hiciera la pregunta en algún momento.

Para lectoras que, como yo, vemos la boda propia como un momento especial -pero tampoco nos entristecería que no llegara a suceder-, no tendría problema en ser quien hincara rodilla si sé que la otra persona quiere de corazón vivir esa experiencia.

Ambos casos pueden parecer distintos, pero el trasfondo es el mismo. Cada mujer es un mundo y tener la posibilidad de hacerlo de la manera que queramos -porque es cada una quien lo ha decidido así-, es un logro de la igualdad.

Conclusión: es tan feminista una pedida como la otra.

Ahora, ¿son igual de populares? Todavía no, pero tiempo al tiempo.

Aunque cada vez se vea con más normalidad que salga de nosotras la propuesta o sea una conversación entre ambos -como fue el caso de mis padres-, los años adoptando un papel pasivo pesan a nuestras espaldas.

Hace unos meses, en una tarde melancólica que solo parece pedir una buena película romántica, cayó Tenías que ser tú.

Una enamorada Amy Adams recorre Irlanda para pedirle a su pareja la mano porque, según a tradición irlandesa, el 29 de febrero una mujer puede proponerse.

Esta trama con pedida de mano a la inversa estaría bien planteada de no ser por el mensaje de fondo, ese de que, en cualquier otra fecha, que una mujer hiciera eso le haría quedar como desesperada (una idea que sí me parece machista, por ejemplo, aunque la banda sonora es una fantasía).

En 11 años que han pasado desde que salió la película han cambiado las cosas. Y quiero pensar que si fuera un filme moderno de Netflix no solo la protagonista le pediría casarse en cualquier momento, sino que lo haría en un fotomatón o en un festival itinerante por el desierto.

Volviendo al hilo, el feminismo es un aprendizaje constante que nos hace cuestionarnos todo lo que hemos aprendido, las propias decisiones que tomamos y el mundo que nos rodea, pero es tan sencillo como limitarlo a la igualdad entre hombres y mujeres, sea la situación que sea.

En este caso, ser tan libres como ellos de diseñar el matrimonio desde el momento de hacer oficial el compromiso.

Nos permite preguntarnos si realmente queremos pasar por una tradición como es una boda, una pedida al borde de un acantilado o cualquier costumbre que traemos ‘de serie’ pero igual, razonándola un poco, no van con nosotras.

Si por lo que sea, ese romanticismo nos encanta, por favor, no renunciemos a celebraciones con cientos de flores, discursos de amor eterno o que nuestro padre nos lleve del brazo al altar. La igualdad significa que nuestra vida sea lo que decidamos libremente y podamos ser quienes queramos.

Duquesa Doslabios.

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¿Es para mí la monogamia? Lo que se plantean algunas parejas en el estado de alarma

Pasar las 24 horas del día junto a tu pareja ha sido una de las pequeñas ventajas para las personas que, como yo, solíamos coincidir poco antes del estado de alarma.

DEREK ROSE

Y aunque creo que mi caso es uno de los más afortunados -quitando las típicas discusiones y algún que otro momento de necesitar un poco de espacio hemos sabido llevarla-, hay parejas que no sienten lo mismo (preparaos, la temporada de las rupturas está al caer).

Pero quitando quienes han descubierto que prefieren terminar la cuarentena estrenando soltería, la mayoría de parejas hemos tenido que dar un paso más en la relación.

De una u otra manera, creo que tanto quienes estamos teniendo que convivir en pareja, como los que han pasado la cuarentena separados, hemos tenido que crear normas o dar con ideas para hacer más llevadera la situación.

Volvernos imaginativos en el sexo, crear romanticismo -incluso cuando solo se puede crear una cita en las cuatro paredes de casa-, o intentar no pagar los enfados del trabajo con el otro serían algunos de los ejemplos más comunes.

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No han sido los únicos, podría haber relaciones planteándose lo de tener sexo solo con su pareja.

Según el estudio que analiza el comportamiento sexual de los españoles en cuarentena realizado por JOYclub, comunidad basada en la sexualidad liberal, la idea del intercambio de pareja se ha pasado por las cabezas.

Un 40% ha hablado o pensado en hacer un intercambio de pareja cuando la situación vuelva a la normalidad, afirma el estudio.

Y más allá de que, para su primera vez, el 88% preferiría que fuese con amigos mientras que el 15% cree que los desconocidos son mejor opción, lo que en realidad esto da a entender no es tanto que nos estemos planteando experimentar con este tipo de intercambios.

En mi opinión, si alguna conclusión se puede sacar al respecto, es que hay quienes se están planteando la monogamia, quizás de una manera como nunca antes.

Quizás vernos obligados a estar juntos en todos los aspectos con solo una persona ha sido determinante a la hora de descubrir que, por mucho que socialmente aceptemos el ‘felices para siempre’, lo cierto es que la sexualidad liberal cada vez parece ganar más fuerza como alternativa a la convencional pareja.

Según la comunidad del estudio, esas nuevas prácticas pueden ayudar a fortalecer la confianza en una relación y abrir nuevos horizontes en el sexo.

Que no estemos acostumbrados, no significa que no debamos entenderlo y respetarlo. Al final, es tan libre la elección de quien quiere estar solo con una persona como la de quien decide que no es lo suyo.

Duquesa Doslabios.

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Si uno no quiere casarse, ¿es mejor terminar la relación?

Cuando te toca pasar la cuarentena con tu pareja, es normal que salgan todo tipo de conversaciones. Desde con qué superhéroe de Marvel se identifica cada uno hasta comentar largo y tendido la desinfección de objetos de la casa.

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Hablando de tantas cosas, era de esperar que en algún momento se colara el tema de dar el siguiente paso, especialmente teniendo en cuenta de que llevas casi las 24 horas de los dos últimos meses con la misma persona.

Y sorprendentemente, lo habéis llevado genial. La casa sigue entera, se han superado las pequeñas discusiones y, lo más importante, sabes que en la próxima cuarentena, repetirías de compañía sin dudar.

Así que parece hasta lógico hablar del tema. Alejarse de las espectaculares pedidas de película y, sentados en el sofá de siempre, soltar un «quiero más y lo quiero contigo».

A partir de ese momento pueden pasar dos cosas. Que por la cabeza (y el corazón) de tu pareja también rondara esa idea, que estéis en el mismo punto y queráis exactamente lo mismo o que no.

Ya sea una por cuestión de tiempo, emociones, madurez o compromiso, pero que no entrara en sus planes.

Ese momento de choque tiene la importancia que queramos darle. Habrá a quien no le preocupe en absoluto (aunque me cuesta creer que queriendo avanzar en la relación se lleve bien que la pareja no quiera hacerlo al mismo ritmo) y habrá para quien esta diferencia suponga un mundo.

Cuando se quiere realmente a esa persona, la única alternativa posible ante esta respuesta es esperar. Esperar a que llegue ese día en el que entre en sus planes, esperar a que se sienta lista a dar el paso, esperar a que «le llegue la edad»…

Una espera que se vive con una mezcla entre ilusión y miedo porque el premio al final de la espera es el mayor de tu vida, pero al mismo tiempo, con la preocupación de que pasen los años y vuelvan a necesitar una ampliación del plazo para decidirse.

Y es que, por mucho que haya amor, que la persona que tenemos delante sea la que imaginamos a nuestro lado cada día, es también una prueba muy significativa en la relación el querer dar ese paso, otro ejemplo de que se rema en la misma dirección.

Así que, en mi opinión, al igual que entiendo que haya quien no quiera verlo todo perdido por mucho que le toque ocupar el banco de la paciencia «en el nombre del amor», sí podría ser una buena razón para, si no se ven las cosas claras por parte de la pareja, plantearse ponerle fin a la relación.

Lógicamente, hay muchas cosas que sopesar antes de tomar la decisión de romper. Pero el primer compromiso debería ser hacia uno mismo. Y si lo que se quiere es comprometerse, debemos respetarlo. Al igual que hay que se respeta que la pareja no quiera hacerlo.

Duquesa Doslabios.

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¿Seremos capaces de querernos como nuestros abuelos?

Empiezo la semana con el regusto más amargo, el de un adiós que no esperaba tener que dar hasta dentro de muchos años. Pero el coronavirus ha trastocado los planes de vida de mi abuela.

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Si ya de por sí ha sido dura la distancia física, que no ha permitido que nadie de mi familia pudiera estar con ella, he intentado reducirla vía telefónica buscando y ofreciendo ese apoyo que tanto necesitábamos en aquel momento.

No podía faltar en la lista de llamadas el nombre de su marido, mi abuelo.

Aquella no fue una conversación larga, pero había algo que tenía que decirle, además de que le quiero. Quería darle las gracias.

Gracias porque llevaba años cuidando de ella. Por ser quien controlaba las pastillas que debía tomar, por cocinar, por avisar en el caso de que se cayera, respirara mal, de que algo fuera de lo habitual pasara.

Si algo sé es que para él no ha sido fácil. Vivir con una persona que tiene alzhéimer te obliga a sacar una paciencia y una fuerza que ni sabías que tenías.

Y con esto no digo que fuera una relación de película. Sé que hubo momentos difíciles y retos a los que no muchos matrimonios han tenido que enfrentarse.

Con todo, mi abuelo estuvo ahí. A veces con más energía, otras rezongando, pero siempre ahí, hasta el final.

Exactamente igual que mi otro abuelo, convirtiéndose para mí en dos grandes ejemplos de que el amor va mucho más allá de subir las fotos juntos a una red social.

Es ese amor cotidiano que se construye, más resistente que ningún otro, en las alegrías y penas del día a día.

En compartir la cita del telediario de las 9, en ir del brazo a ese pasito tan lento de quien se adapta a la poca movilidad de la otra persona, en quedarse al pie de la camilla cuando uno de los dos pasaba por el hospital.

Así que de esta pérdida saco en claro que, dentro de lo devastador que ha sido, he tenido suerte.

He podido ver durante muchos años cómo se querían. Más o menos cariñosos -quizás hasta a su manera-, pero sin dar nunca la espalda a la otra persona, la mayor lección de amor que podrían enseñarme.

Duquesa Doslabios.

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Hoy se casa mi amor platónico (y no es conmigo)

Hoy se casa mi amor platónico. Joder, si eso no te da perspectiva, no sé qué te la puede dar en esta vida. Se casa y yo estoy a más de mil kilómetros del altar, física y figuradamente.

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Que se casen tus primas, tus amigas, tu círculo íntimo -ese que va cayendo poco a poco como las fichas de un dominó-, lo ves hasta normal.

Pero cuando se casa tu amor platónico, que además te enteras de refilón y casi sin querer, son palabras mayores. Es inevitable que piense en la frase de «lo hace hasta el más tonto».

No porque le falten luces ni mucho menos, al contrario, sino porque, en ese momento, te das cuenta de que ahora sí que se está casando todo el mundo.

¿Y yo? Aquí.

Bien, eso seguro.

Más que bien, diría. Sin prisa por anillo ni nadie que me la meta (hablo de la prisa, por suerte, lo otro ya es otro tema).

Pero lejos del altar del ‘sí, quiero’ del que se sentaba a mi lado en clase. Y lejos del mío propio que, ni siquiera sé si existirá en un futuro o no. Lejísimos.

En la distancia se pueden ver mejor las cosas y apreciarlas en toda su magnitud. Por algo subimos montañas y no nos conformamos con mirar el paisaje desde abajo.

En su cumbre, él la verá a ella, de blanco y con velo. Porque sí, ella siempre me pareció la típica novia que se casaría con velo.

Desde mi cima, el paisaje de mi vida, igual de bonito y espectacular por mucho que no lleve votos matrimoniales de por medio.

Se casa mi amor platónico, yo, no lo tengo en mente ni de lejos y me siento bien por el camino que ha tomado cada uno. Y por el que vamos a seguir recorriendo, aunque lleven a destinos totalmente separados.

No voy a hablaros de que no estábamos destinados, del hilo rojo, del sino predeterminado. Voy a hablaros de la alegría que es ver que se casa hasta tu amor platónico y no entras en bucle ni agobios, porque has comprendido que tu felicidad está en otra parte.

Y a mi amor platónico y a su pareja, aunque no me lean, les deseo exactamente la misma. Que estoy segura de que la tendrán.

Duquesa Doslabios.

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Ojos que no ven o por qué deberías bloquear a tu ex de las redes sociales

Hoy en día, bloquear a alguien de una red social es casi tan grave como salirse de un grupo de Whatsapp, la pena capital del siglo XXI.

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Por lo general, al terminar una relación, hay un punto de inflexión en nuestra personalidad digital. Esas alegres imágenes en Instagram del viaje a Cuenca ya no parecen brillar igual. Pero sabes que, en el fondo, hay algo que te frena a la hora de borrarlas y luego bloquear a tu expareja.

Y es que se nos tacha de actuar bajo el despecho, el resentimiento o la inmadurez, sentimientos que en la era donde todo viene acompañado de etiquetas como #goodvibes están muy mal vistos.

Sin embargo, cuando tenemos necesidad de hacerlo, es el momento de dar un paso al frente y pulsar la opción «dejar de seguir» o eliminar de mi lista de amigos.

Bloquear a alguien con quien hemos tenido una relación, puede ser hasta terapéutico según los expertos en la materia.

Por mucho que sepamos que esa relación ha terminado, en ocasiones mantenemos la costumbre de meternos en su perfil.

Nos fijamos en cada detalle de la foto que sube -qué sitio es, si es el mismo al que nos llevó aquella vez-, cotilleando quién es la persona que le ha dejado ese comentario lleno de emoticonos enigmáticos.

Tirar del hilo lleva incluso a analizar también esa cuenta, descubriendo que tiene una hermana que va a clase de inglés con tu compañera del master y preguntándote si podrías averiguar más. Una bola de nieve que va creciendo a cada link.

Si el dolor todavía está ahí, ver imágenes de la otra persona puede hacer todavía más dura la separación. ¿Por qué torturarse de esa manera? ¿No es mejor evitar que, cada dos por tres, salgan sus stories de fiesta?

¿Por qué estar cómodos en la incomodidad o añadir una infelicidad innecesaria a nuestras vidas? ¿O es que después de una ruptura nos volvemos un poco masoquistas?

Bloquear y hacer que desaparezca (al menos de tu mundo digital) ayuda a seguir adelante y a poder superarlo al ritmo de cada uno.

Cuando hemos tenido una relación abusiva esta es, sin duda, una de las manera de salir de ella. Cortando todo y de golpe, evitando dejar resquicios por los que pueda volver a entrar un discurso manipulador o victimista. Romper el vínculo emocional y acompañarlo del físico, mental y social.

No es algo obligatorio en todas las separaciones, por supuesto. Una de las excepciones a la opción de bloquear se da cuando el amor se ha acabado pero queréis probar lo de ser amigos.

Para todo lo demás, ya lo dice el refranero: “Ojos que no ven, corazón que no siente”, sobre todo en la era de Instagram.

Duquesa Doslabios.