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La prostitución, esa ‘gran salida laboral’ según la Universidad de La Coruña

Desde muy pequeñas aprendemos, cada una a nuestra manera, qué es la prostitución.

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Y, aunque nunca llegues a ponerla en práctica, con los años te das cuenta de que, para muchos hombres, tu cuerpo no es más que una mercancía.

Afortunadamente, con la madurez, y, sobre todo, en la era en la que estamos actualmente con tantas voces de mujeres rebelándose a ser relegadas a meros objetos de usar y tirar, cada vez reivindicas más tu cuerpo. El tuyo y el de tus compañeras.

Porque entiendes que, cuanto más rememos todas en la misma dirección, más libres, independientes y seguras viviremos.

Avanzamos a pasos agigantados, pero siempre habrá quienes quieran devolvernos al patriarcado, a ocupar el eterno segundo plano. Esa jaula con barrotes de oro que dice que, si te metes en ella -desnuda, eso sí-, puedes recibir lo que quieras a cambio.

Y el último ejemplo de ello viene del ámbito universitario.

Bajo el nombre Jornadas sobre el Trabajo Sexual, la Universidad de La Coruña quiere llevar el debate de la prostitución a la enseñanza superior, pero ¿realmente está bien planteado?

Solo hay que echar un vistazo al programa para descubrir que, el hilo argumental de las ponencias, busca legitimar y fomentar una actividad que, en España, no es legal (empezando ya por camuflarla poniéndole un nombre menos denostado).

El hecho de que sea una universidad pública quien ofrezca esto se traduce en dos cosas, la primera, que ha sido financiado con dinero de todos y, la segunda, que pretenden hacer de un acto, basado en la explotación de mujeres, una salida laboral a la misma altura que socióloga, profesora, matemática o periodista.

Pero, ¿que una actividad que no es legal se quiera pintar como una opción seria de futuro tiene sentido?

El último estudio realizado en España sobre la prostitución dejó unas cifras muy esclarecedoras al respecto.

Las mujeres son el 90% de las personas que se dedican a ella. Y, de uno de los programas de comando Actualidad sobre esta práctica, saco otra cantidad impactante, el 96% de ellas lo hacen obligadas, ya sea por proxenetas o porque no encuentran otra manera de sobrevivir.

Es decir, de 100 prostitutas, menos de 14 lo hacen por voluntad propia, por decisión personal, porque quieren o porque les gusta. Todo lo demás es coacción o desesperación por salir adelante.

Por tanto es como si se crean unas jornadas para hablar del enriquecimiento mediante las casas de apuestas obviando conscientemente que, la gran mayoría de personas que lo hacen, terminan con problemas de adicción y arruinadas.

A excepción de ese porcentaje tan ínfimo, el resto de mujeres se enfrentan a una actividad en la que están totalmente expuestas física y emocionalmente, donde son abusadas por hombres que en muchas ocasiones las fuerzan, las hieren y les terminan contagiando enfermedades en el mejor de los casos. Eso si tienen la ‘suerte’ de no ser asesinadas.

Así que por mucho que las jornadas universitarias quieran dar un lavado de cara a la prostitución, lo cierto es que es una ‘profesión’ incompatible con la igualdad.

El programa parece buscar todo lo contrario, darle fuerza a una actividad que somete y esclaviza a las mujeres, aprovechándose de la situación económica de aquellas que están más indefensas.

Quienes han llegado a España para salir adelante o bien han sido traídas como parte de la red de trata de personas.

La prostitución no empodera a la mujer, que no puede poner en su currículum esa experiencia, la paraliza. No le permite desarrollarse profesionalmente o ver proyectada su carrera como en otro trabajo, porque no es un trabajo.

Pienso en mí y en las mujeres trabajadoras de mi entorno. En que hemos sido contratadas en nuestro puesto por nuestra formación. Para la prostitución, en cambio, solo es necesario el cuerpo, que, más que mano de obra, no es otra cosa más que un bien de consumo (del que se abusa hasta el extremo).

Y yo me pregunto que cómo vamos a avanzar en la liberación de la explotación sexual, cómo vamos a erradicar la violencia machista, cuando una universidad quiere normalizar la explotación de mujeres y realmente ofrecerla como una opción de futuro para que sus alumnas (repito, las mujeres somos el 90% del mercado y 96% lo hacen forzadas) vean con buenos ojos la práctica.

Solo hace falta escuchar los testimonios de algunas mujeres que se dedican a ella para entender que no es un trabajo, sino la única opción de sobrevivir. Una vía que es una forma de violencia.

En el momento en el que la dignidad de un trabajador no se respeta, hemos dado con algo que contradice los Derechos Humanos, un motivo más por el que no puede ser considerada, catalogada y mucho menos explicada en una universidad pública como una actividad profesional regulada.

¿Esa es la nueva lección maestra de la universidad pública, que las mujeres dejemos de estudiar, de formarnos, de crecer, de reivindicar igualdad en salarios y que nos metamos a prostitutas para llegar a lo alto?

Duquesa Doslabios.

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‘Gran Hermano’ o cómo grabar una violación por un programa de televisión

Este miércoles reflexionaba sobre la anormal normalidad que, aún hoy en día, se da con las agresiones sexuales y todo lo que conlleva violencia de cualquier tipo hacia la mujer.

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Poco después me entero de que Carlota Prado, una antigua concursante de Gran Hermano, durante su estancia en Guadalix –en plena grabación del programa-, fue violada mientras todo el equipo tras las cámaras, que se turnan a lo largo de las 24 horas del día para no perder detalle, no hacía nada para evitarlo.

Con ínfulas de documentalistas de National Geographic, redactores, realizadores y operadores de cámara dejaron que la ‘naturaleza’ siguiera un curso atroz. Lo que no sabían es que, en ese momento, junto al agresor, se estaban convirtiendo en animales.

No todo vale en el circo mediático, y este ha sido uno de los casos en los que se han cruzado los que debería ser considerados límites: el bienestar físico, emocional y mental de una participante y un delito.

No puedo evitar acordarme de una tuitera que comentaba, hace unos días, que al mediodía, en plena Gran Vía de Madrid, un hombre empezó a insultarla a gritos de manera violenta por haberle respondido a un piropo.

Se sentía sola en una de las calles más concurridas de la capital al ver que nadie hacía nada por pararle los pies al hombre.

Y si ella experimentaba esas sensaciones, ¿qué no experimentará Carlota sabiendo que puso su vida en manos de una cadena de televisión y nadie del programa hizo nada para protegerla?

No solo hay hombres que nos violan, algo ya de por sí duro que, como mujeres, nos toca asumir. También hay cómplices -según la RAE persona que, sin ser autora de un delito, coopera con actos simultáneos- que se mantienen al margen. Una serie de testigos mudos, pero no ciegos, de un crimen que, en sus manos, estaba evitar.

¿Qué sacamos de esto? Lo de siempre. Una mujer con un trauma que arrastrará toda su vida, un agresor con una pena que nunca parecerá suficiente y Mediaset dispuesta a pensar en la siguiente edición del programa.

Si grabar una violación en un reality show no es telebasura, yo ya no sé.

Duquesa Doslabios.

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Que te toquen el culo en la discoteca y todo lo que no es ‘normal’ por ser mujer

Todas coincidimos en que es mejor ir con zapato plano en vez de sacar los tacones. “Yo quiero ir cómoda”, dice una. Aunque no lo pongamos por escrito sabemos que, en el caso de tener que correr, es preferible ir con un calzado bajo.

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Quedamos poco antes de que abran la discoteca y vienen los dos de turno. “¿Por qué estáis tan solas?”, dicen a ese grupo de cuatro amigas.

Sabemos qué hacer en esos casos. El corte más ‘limpio y rápido’, la baza del novio. Una vez saben que “estamos todas cogidas”, se van. La excusa de siempre que, cuando surge, te garantiza la ‘libertad’, algo que sabemos todas, por lo que utilizarla es ya normal.

Entramos a bailar. Pedimos copas y recordamos cómo nuestros padres dejaban el vaso en la barra con una servilleta por encima, para que no les echaran drogas. Nos reímos de aquel acto pero no soltamos el nuestro, no vaya a ser. De modo que se convierte en habitual ese baile a una mano mientras con la otra mantenemos la bebida va bien sujeta. Hasta ahí todo normal.

“Voy al baño”, dice una. Da igual la distancia al servicio, es una norma no escrita acompañarnos. Son muchas las historias de amigas que, ante las ganas de hacer pis se han alejado y han aparecido en un piso desnudas al día siguiente.

Las colas en los baños de mujeres son siempre infinitas, todas llevamos compañía, como es normal.

Una vez reunidas de nuevo, seguras por la fuerza del grupo, el baile es más pleno. Hasta que, en la décima bajada al suelo -cambiando solo el peso de las caderas de una a otra rodilla-, hay quien nota una mano indiscreta.

Pena que, al girarse, haya un grupo de ocho o nueve chicos. Imposible dar con el autor del roce. Aunque claro, con tanta gente, y bailando hasta el suelo, es normal que se den ese tipo de choques. Que no empiece la paranoia.

Vuelve a notarla y al minuto se arrepiente de haberse puesto minifalda, no como sus amigas -más expertas en materia-, que prefieren los pantalones largos para evitar, como es normal, los manoseos que suelen acompañar aquí, en Valencia, en Cáceres, en Murcia o en Málaga, los acordes de Daddy Yankee. Pero ella no cayó en eso, solo quería estrenar su nueva compra.

Así que se resigna y entiende que el toqueteo será el nuevo normal de la noche.

Las horas se agotan y los pies, incluso sin tacones, también. Es el momento de despedirse. Dos comparten taxi, otra irá en autobús nocturno y la última, que no ha bebido, prefiere coger un coche de alquiler.

Tras los besos y abrazos, la promesa de todas las noches. “Avisad al llegar”. Es el voto normal en estos casos en los que la oscuridad todavía hace mella en el cielo.

El coche está más lejos de lo que se pensaba. Tiene que andar sola un trecho e incluso pasar por delante de un grupo de hombres que también acaban de salir de otra discoteca.

“Hola bebé, ¿te acompaño?”. Risas del grupo, él se ha puesto casi enfrente suyo. Ella le esquiva y aprieta el paso, mirando con desesperación el mapa del móvil para localizar el vehículo.

Por mucha rabia que le dé confesarlo, ese tipo de encuentros son lo normal cuando vuelve a casa. El miedo apretándole la boca del estómago durante los últimos metros antes de abrir la puerta -que muchas veces alcanza corriendo- se ha convertido casi en el denominador común, lo raro es que no le digan algo. El broche de siempre a sus veladas con amigas.

Finalmente llega a casa, es la última en hacerlo. Escribe que ya está en la cama y aprovecha para revisar por última vez Instagram. El chico al que le dijo su perfil le ha escrito un mensaje. Uno detrás de otro, viendo que ella no le contestaba.

Que si quiere terminar la noche por todo lo alto. Que por qué no le contesta. Que hay que ver estas feminazis que se asustan por todo. Que quién se cree que es. Que es una zorra calientapollas por haber bailado así. Que tampoco está tan buena. Que ojalá se muera.

Y ella apaga el móvil y se va a dormir después de pasarle el pantallazo a sus amigas, que, poco o nada extrañadas, le dicen que así son muchos tíos. No les sorprende a estas alturas porque tienen en sus bandejas de entrada textos parecidos. Es hasta normal.

Solo que nada de lo descrito como normal en este texto lo es. Por mucho que socialmente hayamos aprendido a normalizar las agresiones sexuales, las intimidaciones, es el momento de desaprenderlo.

Que lo normal empiece a ser no tener miedo porque no haya ningún motivo para ello.

Duquesa Doslabios.

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¿Eres mujer? Consejo de la Ertzaintza: ni tengas citas a ciegas ni camines sola de noche

“No aceptes citas extrañas, ni citas a ciegas. No transites de noche a solas, por lugares apartados o poco iluminados.”

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Estos ‘consejos’ (por llamarlos de alguna manera) son los que promulga la policía del País Vasco para, en su opinión, que las mujeres eviten las agresiones sexistas durante las fiestas.

Unos consejos que vienen diciendo que, si queremos estar seguras, vayamos siempre bien acompañadas, por sitios bien iluminados. O lo que es mejor, que no salgamos de casa no vaya a ser que pase algo.

Pero, ¿incluye el folleto alguna mención hacia los hombres diciéndoles que respeten a las mujeres que están disfrutando de las fiestas? Os dejo adivinar la respuesta.

Y como mujer -pero encima como mujer joven que sale de fiesta, ha tenido citas a ciegas y vuelve sola a casa- estoy harta. Harta de que la culpa de que me pase algo sea mía. Harta de que hasta la policía me diga que si no quiero que me pase nada, no haga nada. Con nadie. Nunca.

Si me paro a pensarlo, me parece tan ridículo como lo sería pedirle a una persona de etnia bereber que no se relacionara con ninguna persona caucásica, para evitar agresiones racistas.

Que no se le ocurra salir a la calle exhibiendo su piel oscura. Que para evitar provocaciones se la aclare con un maquillaje, que se ponga una careta, que se tape las manos con guantes para que no parezca que va buscando guerra.

Que procure evitar a ciertas horas del día y por ciertos barrios de la ciudad donde las personas caucásicas abundan. Que procure evitar subir en ascensor, quedarse a solas en el portal de casa con alguien caucásico por si le ataca, que no intime ni quede con nadie de piel blanca.

Pero es que también podemos aplicar el mismo razonamiento a una persona homosexual. La policía vasca podría pedirle que no entre en un local de ambiente por si, en un ataque de homofobia, alguien se lía a tiros dentro del bar.

O incluso que no vaya de la mano con alguien de su mismo sexo. Que no le bese. Que no vista con un arcoíris estampado en la camiseta “por si acaso”.

¿Ridículo? Así suena la lógica de la policía vasca, que, casualmente, solo aplica este discurso cuando son las mujeres las posibles víctimas.

Querida policía vasca, catalana, madrileña o andaluza, querida policía de toda España: las mujeres no vamos a encerrarnos en casa. No vamos a dejar de salir, de enamorarnos, de beber, de bailar, de volver a las tantas de la mañana. No vamos a dejar de vivir esta vida tan bonita que hemos tenido la suerte de encontrarnos.

Y no deberían animarnos a dejar de hacerlo como “recomendaciones por nuestra seguridad”. Deberían enseñar a los hombres que el hecho de que hagamos todas esas cosas es respetable y no da ningún derecho a gritarnos, a agredirnos, a violarnos ni a matarnos.

Duquesa Doslabios.

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Por complacer a los hombres

Voy en el avión de regreso a Madrid. En una revista británica encuentro una columna de Lisa Taddeo -autora del libro Three women- que cuenta como, con 14 años, se quedó dormida en la playa, despertando una hora más tarde por una extraña sensación.

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Un hombre -con bigote, recuerda- le estaba lamiendo la axila. Ante la situación, medio dormida, confusa e incómoda, solo atinó a decir “Lo siento” antes de irse corriendo, viendo que el hombre se había quedado a la espera de ver si ella se animaba a continuar una vez despierta.

Treinta años más tarde reflexiona en el papel que leo sobre aquella disculpa y sobre tantas otras cosas que, a lo largo de su vida, ha hecho por complacer a los hombres, por no molestarles.

Habla de una vez que, aún más pequeña, un hombre le preguntó la edad. Tras afirmar que tenía 12 años, el sujeto le contestó que, si en el campo había césped, se podía jugar el partido.

¿Su respuesta? Una risa incómoda que ahora le pesa al igual que esa disculpa al desconocido con bigote de la playa. Dos salidas presa de los nervios que, actualmente, querría haber cambiado por un “Lárgate cerdo asqueroso”.

Me resulta inevitable, en un momento dado del vuelo, dejar la revista a un lado y reflexionar sobre mí misma. Sobre aquella vez que aguanté durante horas la conversación de dos extraños en la parte de atrás de un autobús, volviendo sola de las fiestas de Las Rozas, por miedo a que me hicieran algo.

Las carcajadas a modo de broma cuando uno de los amigos del bar de debajo de mi casa me decía que fuera al baño, que me esperaba ahí para tener sexo salvaje.

Las ocasiones en las que he esbozado una sonrisa forzada porque el novio de turno me decía que por qué estaba tan seria. E incluso los emojis de risa cuando un conocido se puso a gritar debajo de mi ventana para que me asomara y en realidad estaba metida en la cama muerta de miedo.

Todas esas veces que me callo cuando el de al lado se abre de piernas en el metro como si todo el espacio fuera suyo. O cuando seguí teniendo sexo con un tío al que le iba el rollo duro, pese a no estar cómoda, porque tenía miedo de que, si intentaba irme, se pusiera más violento.

Y me voy llenando de rabia porque sé que, como las mías, las historias del estilo en mi círculo se multiplican. Y pienso que quizás ya es el momento de dejar de ser educadas y complacientes y empezar a soltar más a menudo un “déjame en paz”, un “lárgate de una vez”a tiempo.

De echarle ovarios y no pensar solo en que hay que hacer lo que les salga de los cojones.

Duquesa Doslabios.

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‘Gagging’, el sexo oral que pasa de las arcadas a las lágrimas

Hace poco os hablaba de la ‘arcadización’ de las felaciones, de esa costumbre que parece que muchos han adquirido mientras practicamos sexo oral de estrujarnos la nuca contra la entrepierna hasta que nos entran ganas de vomitar. Y de lo poco que nos gusta a las mujeres, claro.

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Muchos (hombres, claro) alegaban en los comentarios o me replicaban en las redes sociales que no, que había mujeres a las que les encantaba, que les producía excitación notar el glande hacerle cosquillas a la campanilla y que ellas tenían tanto derecho de disfrutar de las arcadas como ellos de la mamada.

La diferencia es que la arcada no es una sensación ni placentera ni agradable y el hecho de realizar sexo oral en el que aparecen las contracciones que preceden la expulsión del vómito es algo que se basa únicamente en el imaginario erótico masculino.

Esta práctica, en la que se ve pasarlo a una mujer mal, entre espasmos, toses, mocos y lágrimas, tiene hasta nombre: el gaggingque se podría traducir literalmente del inglés por “tener arcadas”.

Basta poner la etiqueta en cualquier página de contenido erótico para que el buscador nos devuelva cientos de resultados en los que las náuseas están garantizadas hasta el punto de ver a la actriz al borde del llanto.

Pero lo que hay en realidad detrás de un vídeo de gagging, lo que tiene detrás, es una triquiñuela más de las películas pornográficas.

Una máscara de pestañas que no es resistente al agua que hace que termine la cara como si volvieras de fiesta a las cinco de la mañana para hacer aún más exagerado ese aspecto dramático de llanto desconsolado.

¿El gran peligro de esto? El mensaje que se transmite de dominación y maltrato. Trátala mal, aunque se queje. Mal hasta que se asfixie, hasta que llore, hasta que veas que no puede contener las lágrimas, hasta que se le corra el maquillaje. Porque eso es lo que has aprendido en el porno. Porque eso es lo que tan cachondo te ponía cuando te masturbabas, una mujer asfixiada sollozando.

Para evitarlo, Canadá me parece el mejor ejemplo ya que la Canada Border Services Agency vigila cada tres meses las películas que entran en el país de este estilo.

Entre las cosas que no pasan la criba están “sexo con dolor o violencia. Situaciones que envuelvan pegar, tener arcadas, asfixiarse, quemar o actividades que irriten zonas del cuerpo”. Tampoco tiene cabida la humillación con el objetivo de excitar sexualmente.

Sin embargo, y por mucho que me gustaría que tuviéramos algún tipo de regulación, por lo pronto lo único que podemos hacer es ser conscientes de la violencia que encierran estos vídeos, una violencia que se aprende y se pone en práctica pensando que es lo normal y lo sexualmente sano cuando nos encontramos ante un intercambio incómodo y desagradable para una de las partes.

Duquesa Doslabios.

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¿Quién le dio la palabra a mis bragas?

Fue en 1933 cuando la mujer pudo, por primera vez, manifestar su opinión respecto a la política de España a través del voto, algo que los hombres llevaban haciendo habitualmente más de cuarenta años. En ese momento se empezó a tener en cuenta nuestra voz.

SAVAGE X FENTY

Y con lo que ha costado que se oiga, que se tenga en cuenta a través de una votación o que no se desacredite si dicha voz denuncia un abuso, me niego a que me la roben.

Pero, sobre todo, a que me la quite nada menos que una prenda de ropa, un tanga. Un tanga, que, hasta donde yo tengo entendido, no habla (o al menos, los míos del armario nunca han tenido la cortesía de darme los “Buenos días” cuando abro el cajón medio adormilada).

Se escapa de mi entendimiento que le den una voz y no solo una voz, en abstracto, sino una voz concreta que decide sobre el cuerpo de su portadora.

Mi tanga no dice nada. Está callado ahí, en la entrepierna. Ni pincha ni corta, solo está protegiendo mi vagina, evitando que entren bacterias, que es, a fin de cuentas, el objetivo de la ropa interior.

La pieza lencera no manda sobre mí ni sobre mi vida, no es responsable de lo que me pase, no dirige mis actos, no me controla.

Si llevo tanga, puede que lo lleve por mil razones, porque no me apetece llevar bragas porque me resultan incómodas, porque estaban de oferta en el supermercado o porque sencillamente, me gustan y quiero llevarlos.

Es por ello que me niego a pensar que, si tardamos tantos años en que se escuchara nuestra voz, y que aún cuando se escucha se pone muchas veces en duda, ahora la perdamos por un trozo de algodón.

Porque en ningún caso llevar tanga es una invitación, una indirecta, una respuesta a preguntas no formuladas (o formuladas y que reciben cualquier respuesta a excepción de un “sí” claro y rotundo).

Un tanga no es nada, y aun así hay quienes se han atrevido a convertir el objeto en el todo, en el principal motivo que justifica que una mujer haya sido violada y que, por ello, su agresor está libre de culpa porque tenía la ‘bendición’ de un tanga.

Que, según esas personas, llevar un tanga justifica que una mujer sea forzada porque la prenda equivale a un consentimiento nunca expresado, no solo reduce nuestra voluntad y palabra a la nada dándole peso a un material textil inerte, sino que además le están dando un significado que, en ningún caso, nosotras hemos puesto.

Una vez más el problema no son las bragas, el tanga, el culotte o quien las lleva. El problema es quienes ven en ellas una personalidad o un deseo, y también quienes, después de un crimen, avergüenzan y juzgan a la víctima en vez de señalar al agresor.

Porque la realidad es, que independientemente de lo que se lleve puesto, en el momento en el que te fuerzan a mantener relaciones sexuales, por el simple hecho de hacerlo en contra de la voluntad de otra persona, ya no existe el consentimiento. Y eso es lo que debería condenarse.

Duquesa Doslabios.

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Cómo evitar que te llamen “violador”

Me fascina la cantidad de hombres a los que les he oído decir, preocupados, que ahora tenían miedo de acercarse o decirle algo a una mujer por si eran tachados de “violadores”.

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Pero no os hablo solamente de los que me leéis al otro lado de la pantalla, de gente de a pie, sino incluso de actores de Hollywood que han compartido públicamente esta angustia con la prensa.

“Si ahora hablo con una mujer, ¿quién sabe que va a pasar?” decía el actor Henry Cavill (Superman en La Liga de la Justicia) refiriéndose a que tenía miedo de que por ligar o silbar a una mujer fuera a terminar en la cárcel o etiquetado como “violador”.

Os diré algo, últimas noticias, solo hay una cosa que hace que se llame a una persona “violador” y es que haya violado.

Por piropos indeseados, insistencias, exceso de toqueteo, intentar dar un beso sin consentimiento o demás comportamientos con los que no nos sentimos cómodas y que se hacen en contra de nuestros deseos por el hecho de que creáis que estáis en vuestro derecho de hacerlos, no van a hacer que os califiquemos de violadores, sí de  sobones, pesados, aprovechados, acosadores, cerdos o machistas, pero no de violadores.

Pero lo realmente preocupante es que haya hombres que realmente se planteen si sus comportamientos van a ser tachados de “violación” por dos motivos.

En primer lugar porque no mola que den a entender que, como de costumbre, estamos con la histeria propia de nuestras hormonas exagerando y sacando las cosas de quicio porque somos unas perturbadas que se aburren (todo comentarios que he leído aquí escritos, queridos lectores).

Las mujeres SABEMOS qué es una violación, qué es un abuso y qué es un acoso. Que no os haga gracia que ahora señalemos cosas que hacíais impunemente hasta hace relativamente poco, es otra cosa.

Pero no utilicéis lo de “es que si intento entrarle a una tía me va a llamar violador” para desprestigiar nuestra causa ni quitarle peso a la seriedad que tienen las violaciones.

En segundo lugar, si realmente no sabes por qué cosas te pueden llamar “violador”, tenemos un problema más serio, y el problema es que no sabéis cuándo una mujer está accediendo a tener sexo.

Puede que las películas porno que veis en vuestras casas os hagan pensar que les encanta que la asfixiéis o que, por mucho que diga que no, quiere tener algo porque “mira cómo se lo goza la tía”. Bueno, esa tía es actriz y cobra por gozar (o al menos fingirlo) delante de una cámara.

Todo lo demás es la película que os estáis montando en vuestra cabeza y por la que sí podemos llamaros “violadores”.

Así que a todos esos hombres preocupados que se sienten “perseguidos y atosigados”, les digo dos cosas, uno, bienvenidos a cómo nos sentimos nosotras con vuestros piropos, insistencias y toqueteos. Dos, no os preocupéis tanto por lo que os podamos llamar o no llamar y actuad de manera CORRECTA sabiendo que una mujer es una persona y solo eres un violador si abusas sexualmente de ella.

De nada.

Duquesa Doslabios.

El Mundial del abuso sexual

No sé si habéis visto en Facebook un vídeo que anda circulando estos días acerca de cómo quizás el fútbol no sea un lenguaje universal a diferencia de la misoginia.

(EFE/EPA/MOHAMED MESSARA)

Aficionados varones (sí, debo recalcar que son varones ya que, sorprendentemente, no aparecía ninguna mujer) se aprovechaban de las barreras lingüísticas para hacer decir a las aficionadas, totalmente desconocedoras del idioma, comentarios de índole sexual.

Me gustaría citar algunos literalmente: “Argentinos vengan que les tiramos la goma” (practicar una felación), “Yo soy perra. Perra, bien perra. Más puta pa’ donde” (aficionado colombiano a foro fas japonesas), “Quiero cachar” (tener relaciones sexuales) o “Quiero chupar pija” (ver primera expresión).

Otro ejemplo: un grupo de aficionados mexicanos estaban cargando con una mujer rusa a la que le decían: “La rusa va a probar el chile nacional“. También, un grupo de brasileños, alrededor de otra mujer que no conocía la lengua, comenzaron a gritar: “Esta es bien rosita. Vagina rosa”.

Y hablemos ahora de los medios de comunicación, de mis compañeras periodistas desperdigadas por el mundo que se han reunido en Rusia para aguantar situaciones durante sus transmisiones en directo como besos, tocamientos, colocarse detrás de la reportera a realizar gestos de placer como si estuviera manteniendo relaciones con ella…

Y todo, por supuesto, en plena ejecución de su trabajo y en contra de su voluntad.

Una periodista brasileña, en cambio, fue lo bastante rápida como para evitar que la besaran e intentó recriminar al acosador que se alejó rápidamente. “No te permito que hagas eso. Nunca, ¿vale? No es educado y no está bien. No vuelvas a hacer eso a una mujer, ¿vale? Respeto” le espetó.

Tras increparle, en su cuenta de Twitter escribió que “es difícil encontrar las palabras. Por suerte nunca me ha pasado esto en Brasil. Aquí ya me ha pasado dos veces. Triste. Vergonzoso“.

La euforia del momento, las decepciones por las derrotas, el ambiente distendido, el alcohol… Nada, no hay nada que justifique el comportamiento de los aficionados. Nada justifica el acoso ni el abuso.

Como declaró en su carta abierta a los aficionados Simon Bank, periodista sueco de un diario cuya periodista fue besada y zarandeada, “se trata de todos estos hombres fanáticos. Se están divirtiendo, están bromeando, en varios casos estoy convencido de que ni siquiera tienen ni idea de que lo que están enfrentando son violaciones o abusos. Dice mucho sobre mucho, porque ya no hay excusas para ti.”

“Nadie debe aferrarse al lugar de trabajo de su esposa, sus novias, hijas o hermanas y envolver sus cuerpos. Y nadie se aferrará a los trabajos de estas mujeres tampoco y hará lo mismo. Una mujer con un micrófono no puede estar segura de hacerlo sin ser besada o azuzada por diversión. ¿Deberíamos simplemente mirar hacia otro lado? ¿No dejar que la policía informe el abuso? ¿Fingir que está lloviendo? Estimado fan, ¿de verdad deberíamos hacer esto?”