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Historias de amor, sexo y otros delirios

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Por qué deberíamos dejar de decir “coñazo”

(Y no, no es una pregunta. Es una afirmación.)

No sé en qué momento empezamos a convertir los genitales en expresiones, pero me gustaría retroceder al segundo concreto en el que se repartieron los calificativos para cada uno. Curiosamente lo relativo al pene, es “la polla” y “cojonudo”, mientras que si hablamos de la vagina, es un “coñazo”.

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El lenguaje es la manera de construir nuestro pensamiento. Y como decía Descartes “Pienso, luego existo”, por lo que si pensamos que lo referente al falo es genial, y lo que tiene que ver con la vulva es negativo, estamos construyendo una existencia bastante desigual, ¿no?

Y yo, que la igualdad es la más fuerte de mis fantasías sexuales, quiero darte algunos motivos para que dejes de decir “coñazo” en tu jerga coloquial si lo usas con esa connotación.

En primer lugar porque naciste de un coño. No solo tú, yo también. El señor que tienes delante en el metro también. Pero ten presente que hace unos años viniste de uno de ellos, concretamente el de tu madre, así que teniendo en cuenta que fue tu vía de entrada a la vida, ¿no debería ser la cosa más guay y genial del mundo? Un altar es lo que deberíamos hacerle a los coños.

Por si no lo habías sospechado, decir “qué coñazo” como algo malo es machista. Lo he explicado antes, según nuestro lenguaje la polla es guay, y los testículos cojonudos, todo lo relativo a los genitales masculinos es lo más. Solo lo relativo al coño es malo. Y ¡eh! Últimas noticias: tener coño no es malo.

Porque “coñazo” según la real Academia Española significa que algo es aburrido o pesado (persona o cosa latosa, insoportable) y yo, que ya llevo más de 20 años con un coño entre las piernas, no entiendo por qué seguimos haciendo esa relación. Vamos a ver, yo tengo uno y nunca nos hemos aburrido juntos, de hecho me lo paso estupendamente cuando le dedico un ratito.

Para quienes digan que utilizan la palabra porque no hay ninguna expresión equivalente, decirles que hay adjetivos alternativos que podemos utilizar en su lugar. No es como el caso de “esternocleidomastoideo”, que no tiene sinónimos el pobrecito. El significado que se le ha atribuido a “coñazo” nos permite encontrar más maneras de expresarlo. ¿Quieres ejemplos? Tedioso, rollazo, aburrido, pesado, insufrible, irritante, molesto, fastidioso…

En definitiva, es un buen momento para dejar de utilizarlo porque forma parte de esas expresiones del lenguaje habitual que solo está perpetuando un estereotipo denigra a las mujeres. Pero, si realmente quieres que siga formando parte de tu vocabulario porque se te llena la boca cada vez que dices “co-ña-zo”, ¿por qué no empezar a utilizarla en un contexto positivo?

Ojalá poder escuchar algún día “Cómo mola Avengers 4, el final es la polla, un auténtico coñazo“.

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Duquesa Doslabios.

Desmontando mitos machistas: ¿Por qué las mujeres entramos gratis a la discoteca?

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Si me dieran un céntimo por cada vez que, hablando sobre la desigualdad de la mujer respecto al hombre, me interrumpen con el argumento de “Sí, pero de entrar gratis a las discotecas bien que no os quejáis” tendría ahora un fondo lo bastante boyante como para suscribirme a Netflix o a cualquier otra plataforma de contenido en streaming.

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Por lo visto es el argumento irrefutable, el callejón sin salida de las conversaciones sobre el feminismo. Ya sea un tema sobre víctimas de violencia de género, mutilación femenina, techo de cristal o el hecho de que el 85% de las mujeres que tienen hijos dejan su trabajo que alguien te contestará que no es para tanto, que menuda exageración y que las mujeres no nos quejamos de entrar gratis.

Todos tus argumentos previos, tus reivindicaciones, tus protestas… Todo a la basura porque, a fin de cuentas, bien que has entrado gratis de discoteca por muy femiista que seas. Vamos, que ya puedes sentirte seguidora número uno de Clara Campoamor que parece que si has ido de discoteca gratis, todas tus ideas quedan desacreditadas.

Pero antes de empezar os diré algo: las mujeres no hemos decidido entrar gratis a las discotecas, no es un complot para arruinaros y que nosotras nademos en los billetes de 10 euros que nos costaría entrar y que, en vez de gastar en eso, estamos invirtiendo en Bitcoins.

Que un hombre te diga que la mujeres también tenemos ventajas ya que entramos gratis a una discoteca significa dos cosas: la primera que es un ignorante, y la segunda que es un ignorante del que encima se están aprovechando económicamente.

Si llegas a un local y no te hacen pagar ningún tipo de entrada mientras que a tus compañeros varones sí, la respuesta es clara: en ese sitio eres el cebo, la carnaza. No pagas por un producto porque el producto eres tú.

La discoteca sabe que eliminando esta entrada las mujeres se sentirán más dispuestas a ir a un sitio que a otro donde tengan que pagar porque, a ciertas edades, el bolsillo es lo primero (y más si estás de Erasmus).

Si las mujeres atraen hombres y de los hombres se hace negocio se nos está reduciendo a algo bonito que decora el lugar, un atractivo y un reclamo sexual. Si entras gratis sabes que estás en un sitio machista en el que se cosifica a la mujer.

Es la ley del mercado en versión nocturna: mujeres=objeto de consumo. Hombres= consumidores. Y quienes hacen negocio son los propietarios.

Pero aun así el hecho de que el listo o lista de turno te diga que las mujeres “tenemos la ventaja de pasar sin pagar” demuestra lo asumido que tenemos un machismo que no nos permite ver una objetización cuando está teniendo lugar delante nuestro.

Y el hombre, por lo visto, está dispuesto a pagar una inflada entrada por un alcohol de garrafa siempre y cuando el local no sea ‘un campo de nabos’.

Pero oye, que igual tú no tienes ningún interés en las mujeres, a lo mejor solo quieres pasarlo bien porque es el cumple del Juanito o porque eres asexual o yo que sé, entonces ¿por qué tienes que pagar el doble? ¿No es injusto?

La solución es sencilla: evitar este tipo de locales, ya seas hombre o mujer hasta que no dispensen un trato digno para todos sin aprovecharse del físico de unos ni de la cartera de otros. La solución para los dueños es que en vez de ser tan machistas sean un poco más feministas poniendo entrada universal. Si a uno le cobras diez, y a otro cero, ¿por qué no cobrar cinco a cada uno y todos contentos?

Que no por ser mujer tengas que pagar menos. Yo me sentiría más a gusto yendo a un sitio donde pago igual que mi amigo y sé que no entro gratis porque se me considera un filete.

Ya no basta con que dividamos el precio de la entrada y las copas, si queremos igualdad debe ser en todos los ámbitos y, la noche, no es una excepción, pero no basta con que nosotras queramos pagar una entrada, es importante que vosotros, los hombres, os neguéis a pasar a sitios donde sois los únicos en apoquinar.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas I : “Quien come bien en casa no se va de restaurante”

Desmontando mitos machistas II: “Las mujeres son traicioneras, los hombres son nobles”

Desmontando mitos machistas III: “Tengo celos porque te quiero”

Desmontando mitos machistas IV: “El amor puede con todo”

Desmontando mitos machistas V: El asesinato de Mariana Leiva

Desmontando mitos machistas VI: “Las mujeres matan tanto como los hombres”

Desmontando mitos machistas VII: “Quien bien te quiere te hará llorar”

Desmontando mitos machistas VIII: “Las visten como putas”

Desmontando mitos machistas: “Las visten como putas”

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Hace poco hablaba con una amiga de la cantidad de veces que nos cambiamos de ropa antes de salir de casa por lo que pueda pasar. Por lo que nos pueda pasar.

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No os hablo de cambiar los tacones por zapatillas de deportes por si en algún momento dado toca echar a correr (que también nos ha pasado), sino de dejar una falda por ser muy alta y un escote por ser demasiado bajo.

Y me resulta impensable que a día de hoy dos mujeres en sus veinte años tengan que estar dejando ropa que realmente quieren ponerse en el armario por lo que pueda pasar. Por lo que pueda pasarnos.

¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo es que ‘decido libremente’ ponerme una u otra ropa? Porque aunque nadie me obligue a ir corta, sé lo que se dirá de mí si me violan e iba con una falda.

Que “lo iba buscando por ir tan corta”. Que “casi iba enseñando las bragas”. Que “me vestía como una puta”. Que “iba pidiendo guerra”.

Que “así vestida, normal que me hubiera pasado algo”. Que “si no hubiera querido que me hicieran nada, que me hubiera puesto un pantalón vaquero largo”.

Porque la triste realidad es que socialmente, la violación, se sigue exculpando. Se justifica de tal manera que la responsabilidad del acto no recae sobre el agresor, sino sobre la víctima.

Pero os diré algo que parece que se ha olvidado y es que la víctima tiene la libertad de vestir y el derecho a ser respetada independientemente de cómo vaya vestida.

Si el Juez de Menores de Granada, Emilio Calatayud, afirma por televisión que las chicas jóvenes “se hacen fotos como putas”, ¿qué se supone que debemos interpretar?

¿Que la mujer es culpable de lo que le pase? ¿Que soy yo la que tiene que cambiar mi manera de vestir en vez de cambiar la manera de educar a los hombres en que no deben violar?

Con este panorama no es de extrañar que haya víctimas que no denuncien por miedo a que, además del trauma de la agresión, se les eche la culpa por ir vestidas de una determinada manera.

Ejemplo reciente, el caso de la Manada. La mujer es culpable por hacer su vida después de ser violada, culpable por llevar una camiseta. Todo un conjunto de argumentos para quitarle peso a un crimen que cometieron cinco personas en contra de la voluntad de una.

La sociedad dice que si no quieres ser violada no te pongas nada corto, no lleves tacones, escotes, maquillaje… Y sin embargo hay mujeres a las que violan sin ir vestidas de esa manera.

Traducción: el problema no es la ropa. El problema es el violador.

De hecho, según ONU Mujeres el análisis de las estadísticas de las violaciones dejan claro que no existe ninguna relación entre el vestuario y estas. La organización estima que el 35% de las mujeres del mundo sufren algún tipo de violencia física o sexual en su vida y que es independientemente de como se vistan.

De hecho, la mayor parte de estas agresiones son de personas conocidas, parejas, exnovios, familiares, compañeros de trabajo o escuela, etc.

Pero por si acaso, solo por si acaso, por si sigues queriendo justificar una agresión por cómo iba una persona vestida, voy a dejar esto por aquí para que, si alguien tiene dudas, se aclare al respecto:

ONDA FEMINISTA

Ahora haz un poquito de introspección y piensa cuando hay una violación a quién culpas y a quién justificas. Porque si justificas al agresor, formas parte del problema. Eres solo un elemento más que apoya la cultura de la violación.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas I : “Quien come bien en casa no se va de restaurante”

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Desmontando mitos machistas V: El asesinato de Mariana Leiva

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Desmontando mitos machistas: “Quien bien te quiere te hará llorar”

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-Invención, fantasía

Relacionar amor con sufrimiento es como encontrar relación entre Navidad e infelicidad, términos que resulta complicado casar. Sin embargo, la frase de turno se encuentra suelta y sin orden de busca y captura (o al menos que yo sepa). Y cuidado, es una frase que muerde.

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Pero no muerde en la mano o en el tobillo, que son los sitios que pueden tener mejor alcance, muerde psicológicamente. 

“Quien te quiere te hará llorar” nos cala desde que somos pequeños. Sobre todo porque es un concepto que escuchas siendo menor de edad y, como tantas cosas que experimentas en ese momento, no sabes cómo gestionar.

Las películas, las series y hasta las canciones que nos acompañan durante esa época nos lo demuestran con grandes historias de amor y sufrimiento a partes iguales, haciendo que en nuestras cabezas entre esa nociva idea de que, como los referentes que vemos en la gran pantalla, tendremos que luchar, sufrir y sacrificarnos en el nombre de ese amor con mayúsculas que todos ansiamos.

Si alguien realmente cree en esto a pies juntillas, le recomiendo que hable con su madre para saber si realmente amor es sufrimiento. Yo lo hice con la mía.

Lo que recibí como respuesta cuando quise saber cómo se imaginaba a mi pareja ideal fue un : “No lo sé hija, como sea. Pero que sea buena persona“.

Ni alto, ni bajo, ni fuerte, ni con barba cerrada, ni ojos profundos, ni voz de participante de Operación Triunfo, ni abdominales de anuncio de ropa interior de Calvin Klein. Lo que mi madre me deseaba (y aún me desea), es que me traten bien.

El amor no es que te hagan llorar, por mucho que Alex Ubago se haya empeñado en relacionar ambas cosas a lo largo de prácticamente toda su carrera discográfica.

Quien bien te quiere te tratará con respeto, con paciencia, con cariño. Al igual que, si tú quieres a alguien, le dispensarás el mismo trato. Y no es que vayas a comportarte así de manera forzada, es que, y créeme, te va a salir solo.

Ligar el amor al sufrimiento es uno de los síntomas que sufre una relación enferma, tóxica.  Los insultos, desprecios, violencia o gritos no tienen cabida en el amor. No deberían tenerla en ningún lado.

El desenlace que tiene aguantar ‘en el nombre del amor’ esas situaciones está más cerca de un final bajo tierra que del final de los cuentos de “Felices para siempre”. Y, desgraciadamente, somos nosotras las que perdemos antes la partida.

Duquesa Doslabios.

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-Invención, fantasía

Resulta prácticamente imposible, una vez sale el tema de la cantidad de mujeres asesinadas por violencia machista en España, no escuchar a alguien que enseguida recuerda “los hombres asesinados por las mujeres“, esos que, según la persona no salen tanto en las noticias y por tanto, injustamente, pasan a un segundo plano al no ser algo de lo que se habla.

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Es, como el tema de las denuncias falsas o el hecho de comparar el feminismo con el nazismo (poner al mismo nivel la barbarie nazi que terminó con la vida de cientos de miles de personas con la lucha por la igualdad de derechos es una comparación que debería hacer que se le cayera la cara de vergüenza al interlocutor por semejante falta de respeto a las víctimas).

Sin embargo, nos encontramos ante otro de los muchos argumentos cuyo objetivo es el de quitarle importancia al problema que tenemos en el país con el machismo.

En España las mujeres tenemos, más que las de perder, las de morir, y no lo digo yo, lo prueban las cifras de las víctimas.

Alguna vez ha salido, ya fuera en Twitter o en comentarios relativos a mis artículos, que son aproximadamente “treinta hombres asesinados cada año por mujeres”. Y para aquellos que esgrimen el argumento como si fuera la verdad absoluta, más les valdría informarse correctamente antes de ir propagando información falsa.

Si acudimos al estudio de sentencias elaborado por el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) “en el año 2011 los estudios empiezan a realizarse de manera desagregada, según sean homicidios o asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o exparejas masculinas (violencia de género) y asesinatos de hombres a manos de sus parejas o exparejas femeninas o bien parejas del mismo sexo (violencia doméstica)”.

El estudio revelaba que esa supuesta cantidad de hombres asesinados cada año a manos de mujeres no es más que un bulo que mezcla la cantidad de hombres asesinados por parejas hombres y por parejas mujeres.

Según el informe entre 2008 y 2015 fueron 58 los hombres que murieron a manos de sus parejas (mujeres). Y por supuesto que se trata de una cantidad dramática, siempre lo es cuando hablamos de fallecidos, no es esa la discusión.

Pero, ¿y la cifra de mujeres asesinadas por sus parejas hombres en el mismo periodo? 485.

Repito: 485 mujeres asesinadas en siete años. Una gran diferencia cuyo origen se encuentra en el machismo, que, al igual que el tabaco, mata (para gente escéptica, podéis consultar todas las cifras aquí).

Hablo del machismo a la hora de señalar un culpable ya que el abismo entre ambas cantidades se debe a que estructuralmente nosotras sufrimos mayor violencia. En otras palabras, somos asesinadas más a menudo y en mayor cantidad. 

Lo que supone que la promoción de los bulos como herramienta a la hora de desacreditar la realidad de las mujeres en España es una manera de seguir ocultando la verdad acerca de la situación que padecemos.

La vida de un hombre y la de una mujer tiene el mismo valor. Por tanto, como feminista, no pretendo una igualdad en la que las víctimas de hombres se equiparen a las de las mujeres, y también sean cientos de fallecimientos, faltaría más. No quiero más muertes.

Quiero que la cifra se iguale por ambas partes y que el resultado de las víctimas mortales por sus parejas sea cero. Con la diferencia de que, tratándose de mujeres asesinadas, hay mucho más trabajo por delante para llegar a esa cantidad.

Duquesa Doslabios.

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Beatles, que flaco favor nos hicisteis con All you need is love, que al final nos lo hemos tomado en serio.

En el Romanticismo, el amor romántico se convirtió en una verdad inalterable. Presentaba dificultades constantemente, un precio alto, fruto de sacrificios, y una lucha infinita que se justificaba por lo que nos podía proporcionar en nuestras simples y llanas vidas, unas sensaciones imposibles de vivir con cualquier otra cualquier experiencia.

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Pero no es algo que se quedó en los cuentos de los hermanos Grimm, sino que el mito ha ido perpetuándose a lo largo de los años hasta llegar a nuestro tiempo.

Te lo suelto rápido antes de que pienses un argumento en contra de lo que te estoy diciendo: Titanic. Una película que trata de cómo la pareja está todo el rato enfrentándose al mar, a la sociedad e incluso a la muerte en el nombre del amor.

Un amor tan fuerte, poderoso y definitivo que aún años después del hundimiento, con un feliz matrimonio de por medio, Rose solo es feliz volviendo a encontrarse con Jack.

No solo de cine vive el mito, pensemos en los primeros discos de Taylor Swift, en la canción Love Story que no paraba de sonar en Los 40 principales diciéndonos en 2009: “Romeo llévame a algún lugar en el que podamos estar solos, te estaré esperando y todo lo que tenemos que hacer es huir“.

Una tórrida melodía en la que el padre no deja a los amantes estar juntos, pero que da igual, porque, según la cantante “es un amor difícil pero es real”.

“Romeo, sálvame. Me he sentido tan sola. Te he estado esperando pero nunca venías” era una de mis estrofas favoritas con 17 años, cuando ya me estaban diciendo que tenía que estar esperando a mi amor y me lo creía a pies juntillas.

Los mitos son tan sutiles a través de todo lo que nos rodea que forman roles en las relaciones de pareja y se asumen de manera diferente. Nosotras crecemos con la idea del príncipe azul por el que hay que aguardar mientras que ellos tienen que ser quienes den el primer paso y que reconozcan la belleza y el amor que les profesa una mujer. Somos los príncipes y princesas del patriarcado.

De hecho nos lo creemos de tal manera que si falla la relación se nos dice enseguida que “No era amor”, que “No era tu media naranja” (un mito del que hablaré algún día), que “No se luchó lo suficiente”… Sencillamente tenemos el amor romántico en un pedestal tan grande que no nos importa echarnos la culpa antes que pensar que podemos estar aferrándonos a un concepto demasiado idealizado por nuestra parte.

Fotograma del vídeo ‘Love Story’ de Taylor Swift. YOUTUBE

En mi caso, La Bella y la Bestia era una de mis películas preferidas. Tanto que cuando llegó mi “bestia” yo ya sabía que pasara lo que pasase, al final, la película iba a acabar bien. Eso me habían prometido toda mi vida.

Mi príncipe embrujado no tenía biblioteca llena de libros ni una rosa encantada, pero de mal genio iba sobrado. Por eso cada vez que recibía gritos aguantaba estoicamente, como Bella, porque es lo que se hace por amor.

Esto es simplemente un ejemplo de cómo es precisamente en los momentos en los que estamos viviendo una relación cuando reproducimos esos mitos que tenemos interiormente aprendidos.

Por amor sabía que no podía tirar la toalla en aquella lucha diaria que era nuestra relación, hasta que descubrí que las películas están muy bien pero que la mía no iba encaminada hacia el “y vivieron felices para siempre” por mucho que yo pusiera de mi parte. Y poner de mi parte había sido tolerar los celos, el control e incluso a la violencia.

Hace dos días me escribió mi amiga. Su novio le había montado una escena en un centro comercial y le había agarrado del brazo impidiéndola que se fuera. Le había dejado marca.

Ella le dijo que no quería verle más y él le respondió que estaba reaccionando de una manera exagerada. Que nunca más iba a volver a pasar, que la quería.

Pero querer ya no basta, porque, como vemos en las estadísticas, el amor “no puede con todo” pero puede con nosotras que somos las que tenemos las de perder, ya que en lo que va de año son 25 las mujeres asesinadas por violencia machista, y, la mayor parte de ellas, por sus parejas.

Porque esa idea del amor romántico, mata.

Y ya basta de soportar atrocidades en el nombre del amor. El amor, el de verdad, tiene que empezar por nosotras mismas.

Duquesa Doslabios.

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Formamos parte de una sociedad en la que los celos aparecen a edades muy tempranas (y los que tenemos hermanos pequeños lo sabemos bien). Sin embargo se nos enseña rápidamente, o al menos en mi caso, a racionalizarlos, y, por tanto, terminan desapareciendo.

Los celos parten de la autoestima, no de las actuaciones de otra persona. No son causa de comportamientos, son una muestra de inseguridad. 

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Y yo, en su momento, los viví en carne propia. Tuve una de esas relaciones en las que mi pareja me pedía que le mandara fotos, vídeos e incluso audios si así lo deseaba, que acreditaran dónde estaba. Según él era algo que demostraba que yo era digna de su confianza pero en realidad se trataba de una herramienta de control.

Aquella pareja borró, literalmente, todos los amigos varones con los que contaba. Yo no estaba autorizada a quedar con ellos ya que “teniéndole a él, no necesitaba a nadie más”. Y claro, si yo me empeñaba en quedar con alguno de ellos, me llegaba al minuto el reproche de que tendría la culpa si él se ponía celoso y me tocaba asumir las consecuencias (desplantes, enfado, insultos, mal rollo en nuestra relación…). Por lo que procuraba evitarlo para que hubiera paz en mi pareja.

Pero los celos no entran en el pack del amor, de hecho, todo lo contrario. Cuando tienes la suerte de encontrar a alguien que viene con el amor debajo del brazo, no hay lugar para celos por el simple motivo de que sabes que esa persona solo te quiere a ti y que si no te quisiera no estaría contigo, y ninguna compañera del trabajo, monitora de full body o amiga de la infancia lo va a cambiar.

Sin embargo es difícil llegar a esa conclusión cuando los mensajes que nos mandan desde fuera son contradictorios. Hugo en Tres metros sobre el cielo actúa movido por los celos, así como Edward Cullen o Christian Grey. Todos se comportan como si su pareja fuera de su propiedad. De hecho no hace falta ir al cine, si por lo que sea ves Mujeres y Hombres y Viceversa o Gran Hermano encontrarás todo tipo de polémica generada porque un concursante tiene celos de que la tronista haya hablado con un pretendiente.

Otros datos alarmantes son que un tercio de los españoles según el estudio del CIS consideran inevitable o aceptable ciertos comportamientos como controlar los horarios de su pareja, impedir que vea a su familia o amistades, no dejarle que estudie o trabaje o decirle lo que puede o no puede hacer.

De hecho, las nuevas generaciones asocian la violencia machista a lesiones y no consideran los celos y el control algo negativo.

Y antes de nada, aclarar que yo no digo que no haya mujeres celosas, ni mucho menos. Por supuesto que las hay. Sin embargo la diferencia está en las estadísticas. ¿Cuántas mujeres son asesinadas por sus parejas o antiguas parejas? ¿Y cuántos hombres? Ahora empezamos a entendernos…

Los hieren, los celos consumen, los celos son un riesgo, pero sobre todo, LOS CELOS MATAN. Lo pongo en mayúsculas para que quede bien claro. Los celos forman parte de la cultura machista que nos considera a las mujeres objetos, posesiones, algo que pertenece al hombre. Recordemos que desde que se empezó a llevar un registro de las víctimas, 945 mujeres han sido asesinadas por violencia machista.

Lo que me parece todavía peor es que encima muchos de estos asesinatos se relatan como auténticas novelas en las que tiene lugar un crimen pasional del estilo “el ex marido, llevado por los celos, asesinó a su ex mujer y a su amante”, como tratando de dar un significado o una justificación al hecho de que los celos son una cosa “normal” que pueden hacer que te entren ganas de matar a tu pareja.

No es normal. Y es el momento de darse cuenta de ello y de decir “Hasta aquí”. En el momento en el que tu pareja habla de celos o los utiliza para que tú modifiques tu comportamiento, hay que ser consciente de que el problema no es nuestro, sino que lo tiene la persona consigo misma. Si es capaz de resolverlo y mantener una relación sana (considerar que tienes control sobre una mujer es algo que hay que desaprender), adelante. Pero si tu pareja no es capaz de deshacerse de ello, quizás es el momento de que te deshagas tú del compromiso que mantienes.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas II: “Las mujeres son traicioneras, los hombres son nobles”

 

Desmontando mitos machistas: “Quien come bien en casa no se va de restaurante”

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Hace poco, uno de mis lectores me recordó una frase con la que estaba más que familiarizada. “Quien come bien en casa no se va de restaurante” me escribió comentándome que, seguramente, me estaban siendo infiel.

Es curioso como a lo largo de mi vida he oído esa frase en varias ocasiones y estoy segura de que o bien esa o diferentes variantes, la han escuchado otras mujeres.

¿No te suena? Igual no la has oído todavía, pero hay una que seguramente sí.

Recuerdo que una de mis mejores amigas, estando con su novio, este la presionaba para tener sexo por primera vez. “Yo te quiero, ¿y qué es hacer el amor si no la prueba de que tú también me quieres?”. Chantaje emocional con la típica herramienta para controlar a las mujeres que se lleva usando desde el final de la Segunda Guerra Mundial: el amor romántico.

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Como mi amiga seguía sin querer, él empleó una táctica más sibilina: “Pues como no lo hagamos igual termina aquí la relación, porque yo tengo unas necesidades”. Utilizaba la palabra “necesidad” como si el sexo fuera para él algo como el oxígeno o el agua en el cuerpo, algo imprescindible biológicamente hablando.

Esa ya empieza a sonarte, ¿verdad? Ya estaba la amenaza flotando en el aire. Si mi amiga no se acostaba con él, que como su novia y enamorada, era su ‘deber’, él recurriría a otra persona.

Cuando empecé en la universidad, también escuché a algún compañero decir que era normal poner los cuernos si la novia “no te tocaba ni con un palo”. Y la verdad es que ambos razonamientos tienen un ligero tufillo a machismo falocéntrico, a que ellos deben conseguir sus deseos (porque no es una necesidad, es un deseo) sin importar cómo se sientan sus parejas. ¿Lo notáis? Agudizad el olfato y quitaos la venda de la nariz.

Anteriormente, no sé si mis abuelas, pero seguramente sus coetáneas, vivían con el miedo de que si en casa sus maridos no estaban satisfechos, irían al club más cercano donde tendrían compañías que no les molestarían con las historias del mercado o con lo cansadas que estaban después de arar la huerta y cuidar a los niños.

Ya lo decía El manual de la buena esposa, libro que se utilizaba para ‘educar’ a las mujeres a partir de los años cuarenta: “Luce hermosa. Sé dulce. Hazlo sentir en el paraíso”.

Por tanto pensarían que, entre eso y aguantar un rato, imagino que preferirían pasar el trago, por si al marido se le ocurría buscar sexo fuera de casa. Y aun así, en el caso de que lo hiciera, que tampoco se le ocurriera a su mujer decir nada, ya que él estaba “en su derecho”.

El problema es, como explica Leticia Dolera en Morder la manzana, que “históricamente se ha establecido y aceptado que en la pareja heterosexual (considerada como la forma de organización social y amorosa correcta), por naturaleza y fuerza mayor, el hombre necesita saciar sus necesidades sexuales fuera de ese pacto”.

Pero que se haya aceptado, que lo viéramos como una cosa normal, no significa que ahora tengamos que estar de acuerdo o que debamos seguir perpetuando esas ideas tan anticuadas. Por mi parte, hasta aquí.

Los cotidianos refranes o frases hechas machistas para tenernos a las mujeres sometidas como, por ejemplo, “Más puta que las gallinas”, “La suerte de la fea, la guapa la desea” o “Calladita estás más guapa” están concebidos para fomentar la rivalidad entre las mujeres y el control sobre nosotras. Son un arma de doble filo ya que construyen el tejido del imaginario colectivo y forman, por tanto, nuestra identidad, de ahí que debamos empezar a replanteárnoslos.

Porque ‘lamento’ comunicar que las mujeres no somos una barra libre. Estar en una relación tampoco significa que tengamos que estar abierta las 24 horas del día. La frase, utilizada como amenaza, juega con la culpabilidad, el reproche y de fondo, el miedo al abandono y a la soledad.

Si un hombre quiere ‘comer en casa’ y tú no estás con ‘hambre’, él puede ‘comer’ solo y no pasa absolutamente nada, que para algo tiene una mano y mucha imaginación. Y si por no querer ‘comer solo’ se va ‘de restaurante’, se está retratando completamente.

De un hombre así, puedo garantizar que es mejor estar lejos, ya que nosotras no somos solamente un agujero y no merecemos a una persona que solamente nos valore como tal.

Una relación sexual es un intercambio, un lenguaje, uno de los pilares que puede tener diferente importancia ya que cada pareja es un mundo.

La sexualidad es algo personal, no es como un mueble de Ikea que viene con instrucciones para que todos tengamos el mismo diseño en casa. Cada persona la vive y desarrolla de diferente manera.

Si por lo que sea no quieres tener sexo, háblalo, piensa a qué se debe, si crees que necesitas ayuda, búscala, y si estás bien así, no te preocupes. Hay gente que le gusta el helado de pistacho y gente a la que no le gusta en absoluto.

Recuerda que sea como sea, la comunicación es básica. Hazlo si quieres, si no quieres no lo hagas, y si tu pareja no lo entiende, y quiere ‘buscar la comida’ fuera de casa, cito textualmente al dúo Aitana War: “Pa fuera lo malo”.

Duquesa Doslabios

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El Mundial del abuso sexual

No sé si habéis visto en Facebook un vídeo que anda circulando estos días acerca de cómo quizás el fútbol no sea un lenguaje universal a diferencia de la misoginia.

(EFE/EPA/MOHAMED MESSARA)

Aficionados varones (sí, debo recalcar que son varones ya que, sorprendentemente, no aparecía ninguna mujer) se aprovechaban de las barreras lingüísticas para hacer decir a las aficionadas, totalmente desconocedoras del idioma, comentarios de índole sexual.

Me gustaría citar algunos literalmente: “Argentinos vengan que les tiramos la goma” (practicar una felación), “Yo soy perra. Perra, bien perra. Más puta pa’ donde” (aficionado colombiano a foro fas japonesas), “Quiero cachar” (tener relaciones sexuales) o “Quiero chupar pija” (ver primera expresión).

Otro ejemplo: un grupo de aficionados mexicanos estaban cargando con una mujer rusa a la que le decían: “La rusa va a probar el chile nacional“. También, un grupo de brasileños, alrededor de otra mujer que no conocía la lengua, comenzaron a gritar: “Esta es bien rosita. Vagina rosa”.

Y hablemos ahora de los medios de comunicación, de mis compañeras periodistas desperdigadas por el mundo que se han reunido en Rusia para aguantar situaciones durante sus transmisiones en directo como besos, tocamientos, colocarse detrás de la reportera a realizar gestos de placer como si estuviera manteniendo relaciones con ella…

Y todo, por supuesto, en plena ejecución de su trabajo y en contra de su voluntad.

Una periodista brasileña, en cambio, fue lo bastante rápida como para evitar que la besaran e intentó recriminar al acosador que se alejó rápidamente. “No te permito que hagas eso. Nunca, ¿vale? No es educado y no está bien. No vuelvas a hacer eso a una mujer, ¿vale? Respeto” le espetó.

Tras increparle, en su cuenta de Twitter escribió que “es difícil encontrar las palabras. Por suerte nunca me ha pasado esto en Brasil. Aquí ya me ha pasado dos veces. Triste. Vergonzoso“.

La euforia del momento, las decepciones por las derrotas, el ambiente distendido, el alcohol… Nada, no hay nada que justifique el comportamiento de los aficionados. Nada justifica el acoso ni el abuso.

Como declaró en su carta abierta a los aficionados Simon Bank, periodista sueco de un diario cuya periodista fue besada y zarandeada, “se trata de todos estos hombres fanáticos. Se están divirtiendo, están bromeando, en varios casos estoy convencido de que ni siquiera tienen ni idea de que lo que están enfrentando son violaciones o abusos. Dice mucho sobre mucho, porque ya no hay excusas para ti.”

“Nadie debe aferrarse al lugar de trabajo de su esposa, sus novias, hijas o hermanas y envolver sus cuerpos. Y nadie se aferrará a los trabajos de estas mujeres tampoco y hará lo mismo. Una mujer con un micrófono no puede estar segura de hacerlo sin ser besada o azuzada por diversión. ¿Deberíamos simplemente mirar hacia otro lado? ¿No dejar que la policía informe el abuso? ¿Fingir que está lloviendo? Estimado fan, ¿de verdad deberíamos hacer esto?”

¿Por qué lo llaman ‘friendzone’ cuando deberían llamarlo “machismo”?

La Torre de Londres en el siglo XVI y XVII o la prisión de Alcatraz en la década de 1930 no son nada comparables a la friendzone, la temida cárcel del siglo XXI que, solo con oírla nombrar, a más de uno le recorre una gota de sudor frío la espalda.

PIXABAY

“¿Cómo es posible?” se pregunta el chico de turno. “¿Cómo ha podido suceder que, siendo cariñoso, amable, atento, comprensivo e incluso mandándole el enlace de los apuntes de Patatabrava, haya caído en la friendzone? ¿Qué he hecho mal?

Bueno, ya te lo digo yo. Lo que has hecho mal son varias cosas. Para empezar, tu primer error, craso y garrafal, es considerar que por el hecho de mostrarte amable con una persona, esta contrae un tipo de deuda contigo que debe ser devuelta con un cariz emocional o sexual.

En segundo lugar, y este es otro error que deberías trabajar por tu cuenta, es que en vez de encajar con madurez el rechazo (puedes aprender a encajarlo elegantemente aquí), has culpado a la otra persona usando el manido término porque a tu ego le resulta más fácil excusarse que entender que simplemente esa persona no estaba interesada en ti. La persona que te rechaza es “la mala”, la que no consigue ver lo bueno que hay en ti pese a que tú lo has dado todo.

Sin embargo, al igual que entendemos que no podemos caer bien a todo el mundo, no siempre nos van a corresponder. Pensadlo, si así fuera tendríamos la mitad del mp3 vacía. Son las lecciones 1 y 2 de la vida, de las que te daban tus padres cuando te iban a buscar a clase.

La friendzone declara (pero sutilmente, eh) que no puede existir la amistad entre un hombre y una mujer porque él siempre va a estar buscando algo más y el hecho de caer en esa “cárcel” es un castigo en vida. Se convierte automáticamente en una víctima.

El término sostiene que si se mantiene una relación de amistad es a disgusto y obligado porque no le ha quedado otra alternativa. Y francamente, me parece bastante ofensivo y reduccionista el hecho de que asumamos que la amistad con el género por el que nos sentimos atraídos es imposible.

Aprendamos a identificar las diferencias. Una persona que busca tu amistad sincera, porque considera que le aporta tenerte en su vida de esa manera, no dirá que le has friendzoneado. Una persona que quería metértela, sí.

Duquesa Doslabios.