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Cariño, soy tu novia, no tu madre

Martes, 9 de la mañana. Me escribe una amiga desesperada porque no sabe cómo hacerle entender a su pareja que lo de recoger el tendedero no es solo doblar la ropa y dejarla apilada en la mesa, sino conseguir que llegue a los armarios, un trayecto que, por lo que parece, su novio piensa que sucede mágicamente.

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Otra está harta de tener que pedirle a su pareja que no es que no pida ayuda porque no la necesite, sino que asuma que el peso de la casa es una cosa de los dos. Y también tengo a la que lava, plancha, cocina y limpia como si el cuento de La Cenicienta siguiera, pese a que ya se ha casado con el príncipe.

En mi caso, sé que, si vamos a un hotel, corre de mi cuenta llevar la pasta de dientes, el desodorante o los cargadores del teléfono, mientras que él solo necesita meter en su mochila calzoncillos, un pantalón y tres camisetas. También soy quien tiene que dejar las luces apagadas y acordarse de coger la llave de la habitación y la cartera. Así pasa, que vayamos a dónde vayamos, él consigue desconectar porque va con la tranquilidad de que va a haber de todo mientras que yo llego a los sitios ya medio quemada por el estrés de preparar el equipaje por dos.

Todo se resume en que, cada vez que nos desahogamos entre amigas, siento que no somos solo novias, somos cuidadoras, pendientes de que tomen sus medicinas cuando se ponen malos cada ocho horas porque no están pendientes y secretarias, ya que confían en nosotras para decirles que es el cumpleaños de una amistad en común.

Las novias somos esas personas encargadas de la limpieza cuando se dejan algo en el suelo, el papel higiénico fuera de sitio, el bote de champú y el cartón de leche vacíos, todas esas cosas que quedan a medio hacer porque todavía sigue con la mentalidad de que va a pasar alguien detrás a terminar la faena. Nos encargamos en muchos casos de la manutención y, por supuesto, no podemos dejar se ser amables y cariñosas compañeras y amantes, que no pueden arriesgarse a dejar ese lado descuidado.

La carga mental consiste en eso, en los trabajillos poco lucidos, poco recompensados, pero que, de una manera o de otra (aunque ya hayan pasado décadas desde 1950) nos sigue tocando a nosotras. ¿Por qué?

Bajo mi punto de vista, en primer lugar, hay una pasmosa falta de empatía a la hora de ponerse en nuestro lugar, de entender que las responsabilidades deben caer sobre los hombros de ambos de la misma manera. En segundo lugar, que para ellos vivir así es más cómodo, y con comodidad, no nos engañemos, se vive mejor, porque hasta ahora habían tenido a una persona, ya fuera su madre o su padre, solucionando esos problemas y no estaban acostumbrados a hacerse cargo por su cuenta propia.

Si ya bastante compleja es de por sí una relación, intentemos evitar este tipo de desigualdades que, lo único que consiguen, es quemarnos y terminar discutiendo constantemente con unos novios que no entienden que un hogar se lleva entre dos.

Mujeres, os invoco a rebelaros de vuestros puestos. Hombres, os invito a que aprendáis a zurciros los calcetines solos. Hay tutoriales en Youtube fantásticos.

Duquesa Doslabios.

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Sobre la prostitución: “La imagen de felicidad que se proyecta no es así, te sientes sucia y vacía”

Dentro de la prostitución: conversaciones con Ojitos Hechiceros
Tras leer la experiencia de Chica X, se puso en contacto conmigo Ojitos Hechiceros, un pseudónimo con el que protege su identidad y que, como exprostituta, sabe cómo funcionan las cosas en la otra cara de la luna, esa más oscura y desconocida por la gran mayoría de nosotros. Tiene 24 años pero llegó a España mucho antes. Una nueva vida en un país diferente en el que empezó como estudiante de secundaria, después un curso de grado medio y, luego, la prostitución.

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¿Cómo empezaste en esto? ¿Fuiste tú quien decidió empezar a ejercerla o te viste coaccionada a hacerlo?
Empecé por necesidad y problemas económicos familiares. Me veía en la necesidad de hacerlo. Se pusieron en contacto conmigo por internet a través de una página para ligar y me empezaron a comentar si estaría interesada en trabajar en la prostitución diciéndome que ganaría mucho dinero en poco tiempo. A mí me sonaba que era una cosa que no estaba bien pero no le hice mucho caso al asunto hasta después de 4 0 5 años.

Tenía 24 años cuando empecé en una casa. No fue nada fácil para mí cuando me tocó el primer hombre. Era joven pero su manera de comportarse fue muy desagradable, chula y asquerosa. Me trató de forma muy violenta pasándose de lo que se había acordado.

¿Consideras que es algo que hacer libremente o más bien una vía de escape que te permita sobrevivir? 
Pues por la experiencia que yo viví es una manera de sobrevivir, de todo lo que me habían contado nada tuvo que ver con realidad. De lo bonito y fácil que me habían dicho que sería, nada fue verdad. Llegué con poco y con poco me fui.

¿Te gustaría dedicarte a otra cosa? ¿A qué?
Pues de momento a estar detrás de un mostrador como dependienta, como hace poco, que estuve reponiendo y arreglando cosas atendiendo al público.

Cuéntame un poco cómo era tu día a día. ¿Cuántos hombre solían visitarte?
Pues muy triste, la verdad, sin sentido y vacía. Solía tener una máxima de dos o tres al día, aunque había días o semanas que no se hacía nada.

¿Consideras la prostitución una forma de violación ya que, si no fuera por el dinero, no accederías a tener sexo con esas personas?
Considero que es una violación en toda regla porque estás dando tu consentimiento porque te pagan para que abusen de ti y te hagan de todo, desde humillaciones hasta que te roben y más cosas.  Yo no estaría con esos tíos ni para mirarlos de los guarros, enfermos y misóginos qué son.

 ¿Crees que es realista la imagen que se busca dar de mujeres felices que lo ejercen libremente ganando sueldos de miles de euros al mes?
Para nada es así, esa imagen que proyectan de la prostitución de felicidad no es así. Esa vida no es nada bonita, te sientes sucia y vacía y de lo peor. Lo de cobrar miles de euros lo dudo, no te vas a hacer rica en esto, no es así.

¿Cómo es el tipo de cliente que te visita? ¿Qué perfiles dirías que hay?
Chavales de 18 años, tíos de 35 y hasta hombres mayores de 56. Casados y, en su gran mayoría, misóginos. De esos venían montones

¿Alguna vez han reaccionado de manera violenta o realizando algo que te haya hecho sentir especialmente incómoda?
Muchas veces. Recuerdo uno que vino a agredirme de todas las maneras posibles verbalmente y sexualmente. Intentaba hacerlo sin preservativo porque se ve que venía con intención de hacer daño. Recuerdo decirle al putero que tuviera cuidado con el preservativo, que yo veía venir lo que quería hacer: quitar el preservativo y meterla sin nada. Yo pensaba cómo de enfermas tienen las cabezas estos tíos para ir por ahí sin tomar precauciones.

Solo con verle la cara cuando llegó tenía que haberle dejado plantado ni atenderlo porque estaba loco. Me agredió físicamente yendo con el coche en marcha muy rápido y sin cinturón y dándome contra la parte del asiento de detrás del coche en la cabeza y en el pecho para robarme el móvil.

En varias ocasiones varios se quitaron el preservativo sin mi consentimiento, otro me dejó tirada en medio de la calle porque se le fue la olla y yo sin dinero para volver, otro se puso violento pidiéndome que le devolviera el dinero por las guarradas que pedía. Van sin conocimiento y su salud les da igual. Si tienen parejas las compadezco, porque no saben lo que tienen en casa una persona sin escrúpulos cogiendo enfermedades por todos los lados.

Muchos pedían que la chupara sin goma o meterla sin condón por el culo, correrse en la boca, en medio de los labios de la vagina o que les chupara el culo o los pies. Una serie de cosas asquerosas que me daban repugnancia.

¿Te sentías segura realizando ese trabajo?
No, muchas veces me daba miedo con lo que iba a salir el próximo tío que vendría. Muchas supongo que tienen chulos. Yo tenía un chulo que se llevaba la mitad de todo. Si era una miseria también y encima ni te protegen.

¿Crees que en España la justicia está de parte del putero o de las personas que ejercen la prostitución?
Sin duda alguna del putero. La peor fama se la lleva la mujer.

¿Qué preferirías, que la prostitución se regulara o que se aboliera?
Que se aboliera claramente.

¿Dirías que es una profesión que pasa más factura física o emocional?
De las dos, tanto física como emocionalmente. Es jodido estar en esa vida porque ya no te sientes mujer.
Ya no te sientes nada. Yo aún estoy superando ese estilo de vida.

Que cada cual saque sus propias conclusiones, pero la mía está clara. Hay que poner fin a este negocio basado en la explotación, en el engaño, en el sufrimiento, en el maltrato, en el sometimiento de mujeres aprovechándose de una necesidad económica.

Son hombres que no vienen a buscar cariño y amor como piensa la mayoría. Los hay que empiezan a ligar y que hacen como que se interesan por ti, pero te das cuenta de que solo quieren follar gratis. Yo he llegado a sentir afecto por alguno, pero si un hombre paga por compañía es por sexo o porque tiene un problema. Quien viene aquí viene a maltratarte, a humillarte, a vejarte, a tratarte como una mierda, a intentar follar de gratis, a engañarte o a robarte.

Me ha pasado de no poder superarlo incluso estando estudiando o no poder acabar un curso por las heridas que me había dejado. Esto es muy duro, me sentía hundida y tenía que dejar a medias los estudios. Te pierdes mucho y a la hora de querer conocer a alguien, desconfías.

 

Y a todos aquellos defensores de la práctica, que ni leyendo estos testimonios tan duros sois capaces de empatizar con mis entrevistadas viendo lo necesario que es abolirla, contestadme a una pregunta: si tan a favor estáis de la prostitución, ¿os gustaría que vuestra hija se dedicara a ello?

Duquesa Doslabios.

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No es que te haya dado calabazas, es que eres un machista

Estoy pedaleando sobre la bicicleta a que pasen los 30 minutos de rigor antes de irme del gimnasio. En la sala de cardio de mi centro a esas horas no hay mucha gente.

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De hecho estoy sola en mi fila de bicis. O al menos lo estaba. De un salto, a mis espaldas, aparece uno de los cruasanes, uno de los de manual, cabeza diminuta, brazos desproporcionados y desbordando testosterona por cada poro de la piel.

Su aparición me asusta porque ¿quién narices llega de un salto? Sonriéndome se pone en la bici de al lado y veo que empieza a mover la boca. Mis cascos no me permiten oír nada, así que me toca quitarme uno de ellos para escuchar lo que quiere decir y, por tanto, dejar por el momento uno de mis podcasts.

“¿Qué?”, le digo. “Holaaa”, me contesta. “Hola”, digo cortante mientras vuelvo a mi podcast. Pero no es suficiente, vuelve a llamar mi atención. Me quito el casco con más desgana. “¿Qué?”. “Do you speak English?”, me suelta. “Yes”, contesto parca.

Vuelvo a ponerme el casco y retrocedo los últimos 10 segundos para volver a engancharme al diálogo, que, casualmente, también es en inglés. Una tercera vez veo que el cruasán se inclina hacia mí hablándose.

Vuelvo a quitar el auricular y le increpo. “¿Qué?”. “What’s your name?” Me dice ignorando claramente mi lenguaje corporal.

“Mi nombre es estoy haciendo cardio y no quiero que nadie me moleste“, le digo en un perfecto inglés mientras coloco el auricular y sigo pedaleando mirando a las pantallas de la sala. Pero siento que farfulla a mis espaldas.

Me giro y veo que está bajándose de la bici con rapidez para marcharse mientras mueve la boca. Libero mi oído para escucharle. “¿Qué dices?”, le pregunto.

A mitad de la sala y a voces me contesta girándose. “Que eres tú quien me molesta a mí”. Ahí está, justo ahí, el frágil ego de un hombre más de metro noventa y casi 90 kilos.

El armario empotrado ha tenido una reacción de machito herido al nivel de “tampoco estás tan buena”, una prueba de su madurez y su autoestima así como de su educación.

Como no ha conseguido su objetivo, su presa, se conforma con otro pequeño placer, humillarme públicamente buscando quedar él por encima de mí para proteger su estima, ya que ha conseguido que un par de personas se giraran a ver quién había osado molestarle.

El mensaje por su parte está claro: como mujer si no te sometes, sufres las consecuencias, y yo las acabo de experimentar en carne propia.

Hablando con varios amigos hombres feministas, y poniéndoles en situación, me confirman que si una mujer les dice que no quiere que le molesten de la manera que yo lo hice, su reacción sería la de pedir perdón y dejar a la persona en paz, pero en ningún caso generar alborotos y mucho menos faltando al respeto.

Hay varias cosas que me molestan del suceso, la primera es que alguien se sienta con la libertad de molestarme, porque lo que hacía esta persona pasando por encima de mis deseos de hacer ejercicio a mi aire, es molestar, cuando ambos estamos en un espacio neutro, lugar en el que pagamos precisamente por hacer uso del servicio que yo estaba utilizando.

No estoy en un evento organizado para ligar de citas rápidas, estoy haciendo ejercicio a mi bola y reivindico que se respete mi derecho de entrenar tranquila.

En segundo lugar, si alguien te dice que no quiere ser molestada, discúlpate, eso antes que nada, y vete. No hace falta que reacciones como un drama king esgrimiendo tu machismo solo para ‘protegerte’ porque, noticias frescas, nadie te estaba atacando. En todo caso la atacada sería yo que he tenido que aguantar cómo invadías mi espacio hasta tres veces.

No digo que no se pueda entrar a gente desconocida en cualquier lugar si sentimos que realmente queremos conocer a esa persona, pero sí que respetemos su voluntad por encima de todo.

El final de esta historia es que fui a quejarme del comportamiento de aquel cruasán con la sorpresa de que su conducta alborotadora se podía seguir fácilmente en su ficha.

Es decir, aquel personaje tenía ya varias faltas de conducta, por lo que con mi queja, y una máquina sin descargar, se le invitó a irse del gimnasio. A día de hoy no continúa entrenando en mi centro, y solo espero que deje un poco de lado las pesas para centrarse más en cómo debe relacionarse con las personas (y mujeres especialmente) que le rodean, que más le valdría un poco de civismo para compensar tanto machismo.

¿Mi conclusión? Sed francas, marcad los límites, siempre educadamente, si sentís que los están sobrepasando. Y si tenéis la mala suerte de toparos con individuos como el que os he descrito, y se comporta como un salvaje, quejaos. No dejéis pasar ni media, porque el tiempo de que calladitas estamos más guapas, o el de sonreír con desdén esperando a que el otro se canse y cesen sus intentos, se ha acabado.

Time’s Up. Ahora toca dar un paso adelante y defendernos. Piensa que si a mí no me amedrentó aquel armario, nadie debería hacerlo.

Duquesa Doslabios.

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El hombre que nos quiso explicar a las mujeres la diferencia entre vulva y vagina

Desde tiempos inmemoriales, hay una serie de hombres que nos explican el mundo a las mujeres. Debe ser algo que les pica en su interior, el mismo picor que les hace necesitar abrirse de piernas en el transporte público ocupando el espacio de la de al lado.

No, no es este. Pero me gustó su expresión risueña viendo el Facebook de Media Markt.

Hoy os traigo la historia de uno de esos casos. Uno sonado que llegó a hacerse viral el Twitter y mi reflexión al respecto.

Paul Bullen se encontraba pasando el rato en Twitter cuando vio un tema que le llamó la atención. “Mi vulva y yo: 100 mujeres revelan todo”.

El usuario, que según su descripción es escritor, editor e investigador, aclaró a la autora que la palabra correcta no era “vulva” sino “vagina”.

Hasta aquí, podría pasar la situación por alto si hubiera sido el caso de que la escritora del tuit hubiera cometido un fallo ortográfico (cosa que no hizo).

Para resolver la duda genital, una ginecóloga, la doctora Jennifer Gunter, acudió al rescate de la ortografía, y de las vulvas y vaginas del mundo, aclarándole a Paul Bullen que el término estaba correctamente empleado, ya que la serie de fotografías mostraba la parte externa del aparato reproductor femenino.

Vamos, que para los que no seáis muy fans de la terminología, los labios, clítoris, uretra y toda esa zona que os encontráis cada vez que bajáis a las profundidades de la entrepierna, es la vulva.

La vagina, como explicó la ginecóloga, que habiendo estudiado ginecología y dedicándose a ello, algo sabría (además de que tiene ambas cosas en el interior de sus bragas), es el conducto interno que se comunica con el útero.

Pero el bueno de Paul, erre que erre, continuó diciendo que no, que ni términos, ni términas, ni términes, que el lenguaje coloquial manda y que la palabra “vagina” es la que se utiliza.

En ese momento, la doctora Gunter, flipando en colores de que hubiera estudiado horas y horas en sus años de facultad el dibujito de los genitales femeninos para que viniera un usuario aleatorio de Twitter a corregirla.

¿Su contestación? Hacerle saber que le estaba haciendo mansplaining, el concepto que se utiliza para referirse a las explicaciones que dan algunos hombres (los que mencionaba al principio, no se me ofenda algún lector diciendo que “NO TODOS LOS HOMBRES”) a las mujeres de manera paternalista sin que las pidamos o necesitemos, solo porque entienden que, por ser hombres, saben más que nosotras.

Mansplaining es cuando, por ejemplo, estás tranquilamente entrenando en el gimnasio y te viene el cruasán de turno a explicarte como deberías hacer el ejercicio cuando tú eres monitor personal.

También cuando tu tío se pone a explicarte en las comidas familiares cómo deberías salir vestida o evitar ciertos lugares para que no te pasara nada, cuando tu padre te dice que a ver si te pides ya la baja porque claro, con siete meses de embarazo no deberías seguir trabajando o cuando después de pasarte dos años trabajando en una asociación cultural del vino, te llega tu cita a contarte con todo detalle cómo se cata.

Cualquiera podría pensar que en ese momento, Paul Bullen recordaría que está hablando con una ginecóloga y recularía, pero, no solo insistió en su razonamiento sino que alegó que el término “mansplaining” no era correcto en su caso haciendo mansplaining del mansplaining en una espiral de explicaciones que no desgarró el espacio-tiempo de milagro, respuesta ante la que la doctora, imagino, no sabría si reír o darse de golpes contra la pared.

¿La conclusión? La vulva es lo de fuera, la vagina lo de dentro, nadie te ha pedido explicaciones al respecto y, si tienes la urgente necesidad de explicar algo a tu compañera de trabajo/tía/amiga/madre/esposa/conocida/clienta/novia/hermana piensa primero:

  • ¿Me ha preguntado?
  • ¿Sé más que ella en este campo por experiencia?
  • ¿Sé más que ella porque me he informado al respecto?
  • ¿Sé más que ella porque soy una eminencia en ese campo?
  • ¿Estoy al 100% convencido de que la información que le voy a dar es nueva y relevante?

Si cualquiera de tus respuestas a estas preguntas es “No”, mejor cállate, porque de lo contrario, estás practicando el mansplaining. Y eh, noticias frescas, no necesitamos que nadie nos explique las cosas.

Duquesa Doslabios.

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No son las putas, son los puteros

Desde que empecé a escribir este blog, sabría que llegaría el día en el que me tendría que mojar sobre la prostitución. Abrochaos los cinturones, ahí voy.

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España es el Disneyland de la prostitución en Europa. Ya lo he soltado. Os dije que os sujetarais. No solo somos el país con más demanda del continente, sino que el 39% de los españoles reconocen haber pagado por sexo según los estudios de la Asociación de Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida (APRAMP), editados por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad.

En nuestro país las leyes son bastante generosas ya que la práctica no se encuentra penada, simplemente regulada por los municipios cuando hablamos de ejercerla en las calles. Todo lo demás es campo. Un negocio de cuerpos basado en la explotación sexual de mujeres, demasiado atractivo y rentable como para hacer algo al respecto, ya que son varias las bases sólidas que lo sostienen.

La economía, por supuesto, es la primera. En el momento en el que de casi diez hombres, cuatro están dispuestos a pagar, o han pagado por ello, habrá una segunda persona moviendo cielo y tierra para llevarse ese dinero. Ilegalizarla sigue sin estar sobre la mesa cuando debería ser la primera carta que levantar de esta partida.

Pero claro, no interesa. A fin de cuentas, tampoco está tan mal visto. Ya se encarga la sociedad de que sigamos diciendo “O follamos todos o la puta al río” como cualquier otro refrán.

Para eso se sigue defendiendo refiriéndose a ella como “el oficio más viejo del mundo”, una nomenclatura que solo busca arrojar luz sobre un provecho en el que todo son sombras.

¿Lo que refleja? El poder del machismo, el mayor responsable de que la prostitución continúe. Una serie de mentalidades y comportamientos que dejan claro por qué los puteros son la lacra de la sociedad. Y sino, aquí analizo su trasfondo.

    • Quienes defienden la prostitución afirman que los hombres tienen unas necesidades que deben ser satisfechas a cualquier precio sin importar la integridad, estima o respeto hacia la mujer. Para sus protectores, tener sexo es una necesidad vital. La realidad es que las relaciones sexuales no son una urgencia biológica como respirar, beber agua o comer.
    • El placer de la mujer no cuenta en ningún caso. Ya sea dentro del matrimonio o fuera de él, lo único que busca el putero es que se satisfagan sus deseos con quien, normalmente, no podría hacerlo.
    • Las mujeres no somos recipientes sexuales por mucho que la prostitución considere así a quienes lo ejerzan. Reducirnos a meros objetos de placer es rebajarnos colocándonos en un escalón inferior.
    • Los defensores de la prostitución sostienen que es una manera de empoderar a las mujeres cuando solo es una manera de someternos. El dinero no paga más que una violación, porque, recordemos, es una relación sexual que, en otra circunstancia, la mujer no realizaría. Dinero no equivale a consentimiento.
    • Es imposible que la prostitución se considere una manera real de empoderamiento cuando los casos de prostitutas que han conseguido salir del círculo han dejado claro que no es otra cosa más que una espiral en la que confluyen las amenazas, abusos o exposiciones a enfermedades, una indefensión total. Una rueda que termina con miles de mujeres destrozadas física y psicológicamente. Los puteros son capaces de hacer oídos sordos ante eso (la mayoría son conscientes de la situación de las mujeres que les prestan sus cuerpos) demostrando, una vez más, que siguen siendo ellos quienes están por encima con sus deseos.
    • No existe la puta feliz. Es un mito que esgrimen algunos partidarios para defender que la práctica continúe. Pero lo de que hay quienes se meten por decisión propia solo es una cortina que nos pinta de rosa una realidad cruda tras la que solo hay sufrimiento. Quienes ejercen la prostitución se han visto coaccionadas, empujadas por pobreza, por traumas, adicciones… Es una decisión a la que se ven más obligadas quienes pertenecen a minorías étnicas o carecen de oportunidades laborales. De pasados y presentes destrozados se ha erigido un negocio que sigue destrozando personas sacando provecho de ellas.

La prostitución, pagar por tener sexo, no es un derecho. Pero sí es un derecho no estar sometido a esclavitud, torturas, penas, tratos crueles, inhumanos o degradantes, un artículo que forma parte de la Declaración Universal de los Derechos Humanos al que se le ha puesto precio cuando, es también un derecho humano trabajar en unas condiciones justas y favorables.

Duquesa Doslabios.

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Un violador en cada esquina

Fue uno de los reproches que le hice a mis padres respecto a la educación que me habían dado: que habían conseguido que nunca me sintiera segura por la calle, que caminaba con el miedo de que, en cualquier momento, podría salir un violador detrás de una esquina. 

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Para mí, entender a una edad tan temprana, porque nos lo enseñan cuando todavía somos pequeñas, que fuera siempre con cuidado por si alguien me hacía algo, me marcó de la manera en la que a todas nos marca saberlo cuando llega el momento.

Y si a mí me parecía injusto, doloroso y horripilante, si me hizo sentir insegura, ahora pienso en el lugar de mis padres.

Pienso en lo que debe ser tener una hija que nace mujer y saber que, en algún momento de su vida, tendrás que tener esa charla con ella. La charla en la que le haces entender a tu hija, a lo que más quieres, que puede haber gente que la quiera agredir, violar o incluso matar.

La impotencia, el dolor y el miedo que yo siento, imagino que es solo la mitad de lo que pueden llegar a sentir ellos. Mucho más vasto y lacerante que el mío.

Unas sensaciones que, me consta, podrían volverse más intensas, aunque no me lo dijeran, si me olvidaba de contestarles a qué hora volvía a cada o si al final me quedaba a dormir en una casa de una amiga y no tenían señales de mí hasta el día siguiente.

Al tiempo que a mí me enseñaban eso, el mensaje para mi hermano ha sido el del máximo respeto hacia las mujeres.

Pero que él haya aprendido que no debe hacer nada en contra de la voluntad de otra persona, no garantiza que las mujeres estemos exentas de peligro en manos de otra persona que no ha tenido el mismo desarrollo.

Si los padres siguen teniendo esa charla con sus hijas es porque la sociedad tiene un problema estructural cuya solución no es solo que los padres den una buena educación.

La responsabilidad, más que la culpa, es de todos y somos incapaces de asumirla. Así que mientras no haya cambios en las leyes, no se refuercen las penas, no se tomen medidas, no se apliquen estrategias en los colegios o las series de televisión, como The Big Bang Theory, no dejen de vendernos como objetos, seguiremos transmitiendo ese mensaje generación tras generación.

Seguiremos diciendo, como mi bisabuela a mi abuela, mi abuela a mi madre, mi madre a mí, y yo, si tengo algún día, a mi hija, que tengamos mucho cuidado, porque ya no se esconden en las esquinas, puede ser el de la casa de enfrente, tu ex novio o el compañero de la oficina.

Y no habrá cuidado o medida que podamos tomar, ropa larga, calle llena, sobriedad o luz del día, que garantice nuestra seguridad ni nuestra vida.

Duquesa Doslabios.

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Las veces en las que fui machista (sin darme cuenta)

Es imposible, o al menos en mi caso, no hacerme autocrítica con todo lo que estamos viviendo (no en vano “feminismo” ha vuelto a ser una de las palabras del año).

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Y es que resulta que me he portado muchas veces de manera machista. No ha sido de manera consciente ni consecuente, no es que realmente piense que el hombre está por encima de las mujeres.

Pero sí que es fruto de haber crecido en una sociedad machista con unos ideales machistas que me van moldeando a través de las películas, las series, la publicidad, las canciones o los propios mensajes de las camisetas del Primark.

Gracias a mi madre, a leer muchos libros al respecto, a Pamela Palenciano, a Barbijaputa o a Caitlin Moran, poco a poco me he quitado la venda de los ojos y me los he pintado de morado. Pero hasta ese momento, en el que aún me queda mucho por ver a través de las gafas de cristal violeta, repito, he tenido varias actitudes machistas.

He juzgado la vida sexual de otras mujeres, desde compañeras del colegio que daban un beso hasta otras de la carrera que hacían pleno acostándose con un hombre diferente cada día de la semana. Así hasta darme cuenta de que cada una podía hacer lo que le diera la gana, que no cambiaba absolutamente nada.

Me he atormentado a mí misma pensando “¿Y la maternidad para cuándo?” como si fuera lo único alrededor de lo que debiera construir mi vida. Según ha pasado el tiempo me he dado cuenta de que no es una prioridad y que no solo no pasa nada sino que no soy menos mujer por ello. No es necesario que tenga hijos para que, como persona, tenga valía.

Me he levantado de la mesa en numerosas ocasiones a ayudar a recoger a mi madre mientras otros miembros de mi familia (varones) se quedaban sentados esperando a que las mujeres limpiáramos, sirviéramos y volviéramos a limpiar el siguiente plato. Y ya van 26 años. Aunque, por suerte, en mi casa, es algo que vamos cambiando.

He utilizado “qué coñazo” cuando algo me parecía aburrido y “cojonudo” si quería expresar alegría. He insultado diciendo “hijo/a de puta”. Ambos los he cambiado de mi vocabulario por otras expresiones más acertadas y menos ofensivas (para las mujeres, claro).

Incluso he llegado a decir que era feminista, pero en ningún caso feminazi. Luego terminé entendiendo que feminazi no existe, es un término creado para desprestigiar la búsqueda de la igualdad. Y que si me lo llaman, sigo sin ser una persona que va a Polonia a asesinar judíos.

Me he reído de un chiste o una gracia machista en público solo por no generar polémica, por no incomodar a la otra persona. Y por no incomodar contestando, he llegado a sentirme incómoda yo al recibir un piropo pensando “No es para tanto, solo te ha dicho algo bonito” sin entender que lo único que estaba dejando la otra persona hacia mí era un acoso normalizado.

Y ahora soy capaz de ver esas cosas porque reconocí que tenía un problema. No es tan grave haber tenido comportamientos machistas en una sociedad machista como darse cuenta de ello y no hacer nada para cambiarlo. El machismo es como la ignorancia, se sale queriendo.

Duquesa Doslabios.

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¿Quién le dio la palabra a mis bragas?

Fue en 1933 cuando la mujer pudo, por primera vez, manifestar su opinión respecto a la política de España a través del voto, algo que los hombres llevaban haciendo habitualmente más de cuarenta años. En ese momento se empezó a tener en cuenta nuestra voz.

SAVAGE X FENTY

Y con lo que ha costado que se oiga, que se tenga en cuenta a través de una votación o que no se desacredite si dicha voz denuncia un abuso, me niego a que me la roben.

Pero, sobre todo, a que me la quite nada menos que una prenda de ropa, un tanga. Un tanga, que, hasta donde yo tengo entendido, no habla (o al menos, los míos del armario nunca han tenido la cortesía de darme los “Buenos días” cuando abro el cajón medio adormilada).

Se escapa de mi entendimiento que le den una voz y no solo una voz, en abstracto, sino una voz concreta que decide sobre el cuerpo de su portadora.

Mi tanga no dice nada. Está callado ahí, en la entrepierna. Ni pincha ni corta, solo está protegiendo mi vagina, evitando que entren bacterias, que es, a fin de cuentas, el objetivo de la ropa interior.

La pieza lencera no manda sobre mí ni sobre mi vida, no es responsable de lo que me pase, no dirige mis actos, no me controla.

Si llevo tanga, puede que lo lleve por mil razones, porque no me apetece llevar bragas porque me resultan incómodas, porque estaban de oferta en el supermercado o porque sencillamente, me gustan y quiero llevarlos.

Es por ello que me niego a pensar que, si tardamos tantos años en que se escuchara nuestra voz, y que aún cuando se escucha se pone muchas veces en duda, ahora la perdamos por un trozo de algodón.

Porque en ningún caso llevar tanga es una invitación, una indirecta, una respuesta a preguntas no formuladas (o formuladas y que reciben cualquier respuesta a excepción de un “sí” claro y rotundo).

Un tanga no es nada, y aun así hay quienes se han atrevido a convertir el objeto en el todo, en el principal motivo que justifica que una mujer haya sido violada y que, por ello, su agresor está libre de culpa porque tenía la ‘bendición’ de un tanga.

Que, según esas personas, llevar un tanga justifica que una mujer sea forzada porque la prenda equivale a un consentimiento nunca expresado, no solo reduce nuestra voluntad y palabra a la nada dándole peso a un material textil inerte, sino que además le están dando un significado que, en ningún caso, nosotras hemos puesto.

Una vez más el problema no son las bragas, el tanga, el culotte o quien las lleva. El problema es quienes ven en ellas una personalidad o un deseo, y también quienes, después de un crimen, avergüenzan y juzgan a la víctima en vez de señalar al agresor.

Porque la realidad es, que independientemente de lo que se lleve puesto, en el momento en el que te fuerzan a mantener relaciones sexuales, por el simple hecho de hacerlo en contra de la voluntad de otra persona, ya no existe el consentimiento. Y eso es lo que debería condenarse.

Duquesa Doslabios.

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Por qué deberíamos dejar de decir “coñazo”

(Y no, no es una pregunta. Es una afirmación.)

No sé en qué momento empezamos a convertir los genitales en expresiones, pero me gustaría retroceder al segundo concreto en el que se repartieron los calificativos para cada uno. Curiosamente lo relativo al pene, es “la polla” y “cojonudo”, mientras que si hablamos de la vagina, es un “coñazo”.

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El lenguaje es la manera de construir nuestro pensamiento. Y como decía Descartes “Pienso, luego existo”, por lo que si pensamos que lo referente al falo es genial, y lo que tiene que ver con la vulva es negativo, estamos construyendo una existencia bastante desigual, ¿no?

Y yo, que la igualdad es la más fuerte de mis fantasías sexuales, quiero darte algunos motivos para que dejes de decir “coñazo” en tu jerga coloquial si lo usas con esa connotación.

En primer lugar porque naciste de un coño. No solo tú, yo también. El señor que tienes delante en el metro también. Pero ten presente que hace unos años viniste de uno de ellos, concretamente el de tu madre, así que teniendo en cuenta que fue tu vía de entrada a la vida, ¿no debería ser la cosa más guay y genial del mundo? Un altar es lo que deberíamos hacerle a los coños.

Por si no lo habías sospechado, decir “qué coñazo” como algo malo es machista. Lo he explicado antes, según nuestro lenguaje la polla es guay, y los testículos cojonudos, todo lo relativo a los genitales masculinos es lo más. Solo lo relativo al coño es malo. Y ¡eh! Últimas noticias: tener coño no es malo.

Porque “coñazo” según la real Academia Española significa que algo es aburrido o pesado (persona o cosa latosa, insoportable) y yo, que ya llevo más de 20 años con un coño entre las piernas, no entiendo por qué seguimos haciendo esa relación. Vamos a ver, yo tengo uno y nunca nos hemos aburrido juntos, de hecho me lo paso estupendamente cuando le dedico un ratito.

Para quienes digan que utilizan la palabra porque no hay ninguna expresión equivalente, decirles que hay adjetivos alternativos que podemos utilizar en su lugar. No es como el caso de “esternocleidomastoideo”, que no tiene sinónimos el pobrecito. El significado que se le ha atribuido a “coñazo” nos permite encontrar más maneras de expresarlo. ¿Quieres ejemplos? Tedioso, rollazo, aburrido, pesado, insufrible, irritante, molesto, fastidioso…

En definitiva, es un buen momento para dejar de utilizarlo porque forma parte de esas expresiones del lenguaje habitual que solo está perpetuando un estereotipo denigra a las mujeres. Pero, si realmente quieres que siga formando parte de tu vocabulario porque se te llena la boca cada vez que dices “co-ña-zo”, ¿por qué no empezar a utilizarla en un contexto positivo?

Ojalá poder escuchar algún día “Cómo mola Avengers 4, el final es la polla, un auténtico coñazo“.

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Duquesa Doslabios.

Desmontando mitos machistas: ¿Por qué las mujeres entramos gratis a la discoteca?

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Si me dieran un céntimo por cada vez que, hablando sobre la desigualdad de la mujer respecto al hombre, me interrumpen con el argumento de “Sí, pero de entrar gratis a las discotecas bien que no os quejáis” tendría ahora un fondo lo bastante boyante como para suscribirme a Netflix o a cualquier otra plataforma de contenido en streaming.

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Por lo visto es el argumento irrefutable, el callejón sin salida de las conversaciones sobre el feminismo. Ya sea un tema sobre víctimas de violencia de género, mutilación femenina, techo de cristal o el hecho de que el 85% de las mujeres que tienen hijos dejan su trabajo que alguien te contestará que no es para tanto, que menuda exageración y que las mujeres no nos quejamos de entrar gratis.

Todos tus argumentos previos, tus reivindicaciones, tus protestas… Todo a la basura porque, a fin de cuentas, bien que has entrado gratis de discoteca por muy femiista que seas. Vamos, que ya puedes sentirte seguidora número uno de Clara Campoamor que parece que si has ido de discoteca gratis, todas tus ideas quedan desacreditadas.

Pero antes de empezar os diré algo: las mujeres no hemos decidido entrar gratis a las discotecas, no es un complot para arruinaros y que nosotras nademos en los billetes de 10 euros que nos costaría entrar y que, en vez de gastar en eso, estamos invirtiendo en Bitcoins.

Que un hombre te diga que la mujeres también tenemos ventajas ya que entramos gratis a una discoteca significa dos cosas: la primera que es un ignorante, y la segunda que es un ignorante del que encima se están aprovechando económicamente.

Si llegas a un local y no te hacen pagar ningún tipo de entrada mientras que a tus compañeros varones sí, la respuesta es clara: en ese sitio eres el cebo, la carnaza. No pagas por un producto porque el producto eres tú.

La discoteca sabe que eliminando esta entrada las mujeres se sentirán más dispuestas a ir a un sitio que a otro donde tengan que pagar porque, a ciertas edades, el bolsillo es lo primero (y más si estás de Erasmus).

Si las mujeres atraen hombres y de los hombres se hace negocio se nos está reduciendo a algo bonito que decora el lugar, un atractivo y un reclamo sexual. Si entras gratis sabes que estás en un sitio machista en el que se cosifica a la mujer.

Es la ley del mercado en versión nocturna: mujeres=objeto de consumo. Hombres= consumidores. Y quienes hacen negocio son los propietarios.

Pero aun así el hecho de que el listo o lista de turno te diga que las mujeres “tenemos la ventaja de pasar sin pagar” demuestra lo asumido que tenemos un machismo que no nos permite ver una objetización cuando está teniendo lugar delante nuestro.

Y el hombre, por lo visto, está dispuesto a pagar una inflada entrada por un alcohol de garrafa siempre y cuando el local no sea ‘un campo de nabos’.

Pero oye, que igual tú no tienes ningún interés en las mujeres, a lo mejor solo quieres pasarlo bien porque es el cumple del Juanito o porque eres asexual o yo que sé, entonces ¿por qué tienes que pagar el doble? ¿No es injusto?

La solución es sencilla: evitar este tipo de locales, ya seas hombre o mujer hasta que no dispensen un trato digno para todos sin aprovecharse del físico de unos ni de la cartera de otros. La solución para los dueños es que en vez de ser tan machistas sean un poco más feministas poniendo entrada universal. Si a uno le cobras diez, y a otro cero, ¿por qué no cobrar cinco a cada uno y todos contentos?

Que no por ser mujer tengas que pagar menos. Yo me sentiría más a gusto yendo a un sitio donde pago igual que mi amigo y sé que no entro gratis porque se me considera un filete.

Ya no basta con que dividamos el precio de la entrada y las copas, si queremos igualdad debe ser en todos los ámbitos y, la noche, no es una excepción, pero no basta con que nosotras queramos pagar una entrada, es importante que vosotros, los hombres, os neguéis a pasar a sitios donde sois los únicos en apoquinar.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas I : “Quien come bien en casa no se va de restaurante”

Desmontando mitos machistas II: “Las mujeres son traicioneras, los hombres son nobles”

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Desmontando mitos machistas IV: “El amor puede con todo”

Desmontando mitos machistas V: El asesinato de Mariana Leiva

Desmontando mitos machistas VI: “Las mujeres matan tanto como los hombres”

Desmontando mitos machistas VII: “Quien bien te quiere te hará llorar”

Desmontando mitos machistas VIII: “Las visten como putas”