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Sobre el sexo oral y las arcadas

¿Sabéis de qué estoy harta? De las mamadas que te producen arcadas. No porque sea la reacción que desencadenan, no, sino por el tío de turno que te agarra el pelo de la nuca y te empuja la cabeza hacia su entrepierna, como si quisiera fusionarte con su cuerpo haciendo de tu cabeza un tercer testículo, hasta que, cuando ve que empiezas a regurgitar, relaja la presión.

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Lo que podemos reconocerle a las películas eróticas es que han construido una imagen para que una arcada en plena felación resulte estimulante para ellos, llegando incluso a tener una categoría específica de mujeres que las sufren practicando sexo oral. Y lo más fuerte es que es una de las categorías más vistas. ¿Gracias, porno? Todo lo contrario.

A fin de cuentas, una arcada es una reacción del cuerpo, unas contracciones de los músculos respiratorios y abdominales que realiza para provocar el vómito, movimientos que se han vuelto muy populares gracias al cine para adultos. Pero, si te paras a pensarlo, ¿cómo reaccionaríamos si tuviéramos una arcada y jamás hubiera aparecido en el porno?

-Ghhhhhh
-Perdona, Laura. ¿Estás bien?
-Real que casi echo las lentejas
-Tía, no te la metas tanto a ver si vas a potar
-Jajaja ¿te imaginas?

En mi cabeza así sería la reacción normal que tendríamos al respecto sin la ‘arcadización’ de las felaciones.

Imaginemos un caso a la inversa y que cada vez que nos hicieran un cunilingus, si apretáramos más su cabeza contra nosotras, les produjera un estornudo. A nadie le excita que las reacciones naturales del cuerpo hagan acto de presencia.

Que se empiece a toser o estornudar te saca del momento. Incluso si en pleno polvo a alguien le empezaran a dar arcadas nos preocuparíamos bastante (así como escaparíamos del alcance de un posible vómito).

Pero volvamos a ese chico que empieza a estornudar comiéndole todo a su novia. Imaginad que llega un director, decide hacer de eso algo erótico y se pone a grabar escenas constantemente de chicos estornudando mientras bajan al pilón.

¿No os parecería preocupante que una persona tuviera que estar estornudando hasta cinco o seis veces? Parece algo no solo agotador para el pobre chaval que tuviera que practicarlo, sino poco morboso (no conozco ninguna parafilia que consista en ver a gente estornudando).

Una encuesta rápida entre mis amigas, compañeras y hasta seguidoras, me confirma lo que llevo comprobando desde la primera vez que me tocaron la campanilla, las arcadas nos cortan el rollo.

De hecho, hay quienes se emocionan tanto en conseguir la ansiada reacción de película que hacen que termines medio asfixiada, algo que, creedme, hará que nos lo pensemos dos veces antes de volver a pasaros por la cama.

“Me encanta ver cómo disfrutas”, se atreve a decir más de uno mientras notas cómo la tortilla del mediodía está empezando a emprender su camino hacia tu boca. Así que si todavía no ha quedado claro, lo voy a repetir: no disfrutamos.

Si de algo me siento afortunada es de haber entendido que, por mucho que el porno marque un camino, yo no tengo por qué seguirlo si no estoy cómoda físicamente o si no lo comparto por mis principios.

Y, os digo desde ya, que tener que sufrir espasmos no es algo que esté dispuesta a hacer. Rebelaos. Que las arcadas vuelvan a recuperar su significado y sucedan solo si hemos comido algo en mal estado.

Ya está bien de seguir promoviendo la imagen de que produce morbo ver mujeres sufriendo. La sensibilidad por parte de muchos hombres cada vez brilla más por su ausencia y lo que empieza por algo tan simple como puede ser tener una arcada chupándola termina en un grupo violando a una mujer.

¿Y todo por qué? Porque han aprendido que, si le salen lágrimas, está sin aire y se encuentra incómoda, es excitante.

Duquesa Doslabios.

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¿Ropa interior especial para comerlo mejor?

Las mujeres tenemos tres veces más probabilidades de alcanzar el orgasmo si nos practican sexo oral, algo nada desdeñable teniendo en cuenta que en pleno acto el orgasmo ni lo olemos (o al menos las clitorianas).

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Pero cuando llega la hora de que el acompañante visite el piso de abajo, hay mujeres que se cierran en banda (y de piernas) por pudor, vergüenzas o esas rayadas mentales relacionadas con inseguridades absurdas que nos entran en el momento más inesperado del tipo “tengo las ingles oscuras, ¿debería blanqueármelas? ¿Y si piensa que soy un monstruo por no llevarlas brillantes como unas cortinas recién lavadas?”.

Pelos, la forma de nuestros labios o, en el caso de una amiga mía, olores. La cosa es que muchas encuentran algo que les frena y no les permite disfrutar del momento.

Para “darles ese empujón de seguridad que les falta” a las mujeres que ponen pegas aunque en realidad quieren tener sexo oral, Melanie Cristol, fundadora y CEO de Lorals, ha creado una braga ultra mega fina (tan fina que si la viera tu abuela le metería un bocata entre pecho y espalda) para que puedas tener un sexo oral digno en el que no te avergüences de tus partes pudendas y tu pareja pueda lamer tejido textil sin traumatizarse por la experiencia.

Aunque la creadora de estas bragas asegura que no es su intención fomentar el body shaming, yo no veo otra cosa que un producto que esconde algo que forma parte de nuestra sexualidad y que debemos aceptar desde pequeños.

Yo no digo que comer entrepierna después de una noche de fiesta sea algo agradable (para ninguno de los dos), pero es tan fácil como recurrir al agua y al jabón (ya lo decía mi antecesora Pepa Miravet en su entrada Sin agua y jabón no hay bajada al pilón).

Si el objetivo de esta lencería es “evitar la brecha orgásmica” no me parece la mejor manera de hacerlo. Una fibra que evitara el contagio de enfermedades sería mucho más interesante como propuesta a la hora de tener sexo oral, ya que tampoco existe nada del estilo en el mercado.

Desde luego tiene mucha más utilidad que fomentar la idea de que los flujos, olores o formas femeninas deben ser algo que se acepta mejor si no están ni a la vista ni al alcance de la lengua.

Duques Doslabios.

Separar sexo y amor nos ha salido un poco rana

Y mira que parecía buena idea en un principio. Eso de ir a la cama sin sentimientos de por medio, solo por pasar un buen rato, como quien queda para echar una partida de billar, sonaba bien… O al menos en teoría.

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Siempre en teoría. Porque luego está la práctica, con ese empeño que tiene en complicar las cosas que de primeras parecen sencillas.

Yo era de las que pensaba que el sexo sin sentimientos era uno de los inventos del siglo, como la copa menstrual o el wifi público.

Incluso fui de las que se apañó para tener alguna que otra follamistad auténtica, de esas regulares porque la compañía era buena, la relación amigable y, para qué engañarnos, las noches más entretenidas.

Pero no voy por ahí. Hablo de la función estrella de solo una noche entre las sábanas (o en el coche, o en el baño del restaurante, que el lugar es lo de menos). Esa nos ha salido rana. Nos ha salido rana y de qué manera. El sexo este se nos ha subido a la chepa.

Si tenemos un poco de suerte, a lo sumo, acumulamos muchas experiencias raras. Porque, y esto lo sabes, de la mayoría de ellas no repetirás. Ya sea porque o bien no te ha gustado o porque no te han dejado satisfecha. Y es que estar ante desconocidos hace que, en ocasiones, no seamos capaces de comunicarnos apropiadamente. Porque lo malo de lo casual, lo rápido, lo fugaz, del “dejarse llevar” es que no tienes la confianza con esa persona como para decirle cómo te gustan las cosas.

Porque solo es un polvo.

Y repito, eso con un poco de suerte. Porque también se dan (en mucha menor medida) otras experiencias incluso dolorosas. Lo de los encuentros esporádicos da una libertad que va ligada a un sentimiento de impunidad que muchas veces te acojona hasta la médula. Cuando te encuentras en una de esas situaciones solo puedes pensar “¿Cómo narices me he encontrado a este friki?”.

Porque ese tio sabe que no le vas a volver a ver.

Porque solo es un polvo.

Nos hemos vuelto confiados, sobre todo de los 25 a los 35 años, que es cuando (y valga la irreverencia) pese a que más confianza emocional nos falta, más confiamos nuestros cuerpos a extraños. Nos sentimos casi invencibles con ese par de condones en la cartera. Ese que no te va a pillar nunca la fecha de caducidad porque estás pendiente de ella. Pero, ¿lo usamos cuando hacemos sexo oral? ¿Sabes tan siquiera cómo es un preservativo femenino?

No. Porque solo es un polvo y vamos de vagina en vagina, de polla en polla y tiro otra vez, porque esta noche me toca.

Tanto querer cuidarnos el corazón y al final va y casi nos matamos jugando a la ruleta rusa de las venéreas. Y repito, eso con un poco de suerte de que no acabe en unos años en un cáncer de garganta por esas entrepiernas que nos pasamos de unos a otros como si fueran una bolsa de patatas. Haces pop y ya no hay stop.

Porque solo es un polvo. O doscientos. Pero todos tienen algo en común. En ninguno de ellos, o al menos, mientras sigan desligados del sentimiento, se encontrará la intimidad, el conocer a alguien por encima, por abajo, por delante, por detrás, por fuera, por dentro y del revés.

En el mundo de lo efímero son valientes aquellos que se permitan el lujo de dedicar tiempo a conocer, a desarrollar una conexión, a cuidarla y a descubrir el sexo como expresión del amor. No se trata de una competición entre monógamos y ejecutantes de función estrella de una noche. Pero, si lo fuera, yo tengo claro quiénes serían para mí los ganadores.

Duquesa Doslabios.

Los errores que cometes (sin saberlo) cuando le haces una felación

¿Recuerdas lo que te costó de pequeña aprender a comer un helado sin mancharte? Tenías que evaluar rápidamente la forma, dimensiones y textura del dulce para saber cuándo y dónde dar el estratégico lametazo y evitar la traicionera mancha que tendía a acabar en tu camiseta.

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Con el tiempo descubres que si bien una felación no es exactamente lo mismo, es parecido. Tiene su aquel mucho más allá de lo que nos parece en un primer momento tan sencillo como llevarnos algo a la boca.

Yo, que soy curiosa por naturaleza hice de la pornografía la maestra sexual que no había tenido en cuando a técnica de sexo oral se refiere. Y ante la duda, ni corta ni perezosa, preguntaba si aquella era la forma correcta o podía mejorar de alguna manera.

Como de preguntona también tengo bastante, he querido reunir los que son, según ellos, los errores que cometemos cuando bajamos.

  1. No mostrar una buena predisposición: tiene que entrarnos en la cabeza que una felación no es solo un preliminar al que dedicarle unos segundos y ya está. Al igual que le dedicamos su rato a confeccionar un currículum en el sexo oral también tenemos que entregarnos totalmente. Hay que darlo todo desde el minuto uno y recordar que las cosas no están bien por hechas sino por bien hechas. De modo que si no estás convencida es mejor que no bajes a que lo hagas con…
  2. Cara de asco. Eso de estar haciéndolo y que se te note a disgusto es algo que no pasa desapercibido (por mucho que pienses que estás disimulando divinamente). Es mejor que digas en un primer momento que es algo con lo que no te sientes cómoda. De todas formas, recuerda que el sexo (sea como sea) no tiene nada de vergonzoso y que se trata de pasarlo bien.
  3. Ir a saco. Vale que a veces el momento te pide aquí te pillo aquí te absorbo el pepinillo. Tómate tu tiempo y prepara el terreno para la que se avecina.
  4. No cubrir los dientes. Imagínate restregando tu brazo contra una lija. Cuando notan tus dientes deslizándose tienen una sensación parecida. Puedes evitarlo fácilmente si los escondes con los labios. Dientes no, lengua sí.
  5. No usar las manos que son un aliado excelente. Además de que te resultará más fácil manejarte puedes hacer las combinaciones que se te ocurran: con ambas, con dos dedos, entre el índice y el dedo medio… Aunque tampoco te motives con el tronco porque uno de los grandes errores es…
  6. Olvidarse de la punta. Y es que esa zona de carne rosada es la zona más sensible y a la que tendrás que dedicarte especialmente con mimo y paciencia. Recuerda que su sensibilidad puede hacer que moleste si…
  7. Frotas sin lubricar previamente. Puedes hacerlo elegantemente mientras chupas, de manera más atrevida si te chupas un par de dedos y luego bajas o escupiendo directamente si lo que os va es el rollo duro.
  8. No controlar los mofletes es otro de los errores que no controlamos al principio. Las mejillas no puedes dejarlas flácidas como cuando te las pellizca tu abuela. No es necesario que sorbas como si estuvieras tratando de terminar el granizado de limón en un día caluroso, pero sí que crees dentro de tu boca sensación de vacío, que es la clave para que la succión resulte placentera. Eso sí, debes hacerlo con conocimiento de causa ya que…
  9. Succionar los testículos es doloroso. Nada de querer hacerle un chupetón en esa zona. Limítate a lamerlos, acariciarlos o metértelos en la boca.
  10. Responder borde si te agarra de la cabeza para que te la metas hasta el fondo. Vale que igual no es la sensación más placentera del mundo, pero es mejor si le quitas la mano sutilmente y la apartas que si en medio de la felación le sueltas un “¿Pero qué narices haces?”. Si no capta la indirecta de que te suelte le dices, amablemente, que quieres encargarte tú.

Recuerda que en la dieta, en el sexo, en el armario y en la vida en general está en la variedad el gusto.

Duquesa Doslabios.