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Conversaciones con un fetichista de la ropa transparente

Como buena pogonofílica (las barbas me producen pasión), soy muy consciente de lo que supone ser fetichista. Además, hay tantas cosas peculiares que pueden excitarnos, que es habitual que más de una forme parte de nuestro repertorio.

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Quizás la mía no sea especialmente conocida por el nombre. Otras como el exhibicionismo, el sadismo, el masoquismo o la podofilia son las más comunes de todas las que nos rodean.

Pero hace poco, a través de Instagram, un seguidor que prefiere mantenerse en el anonimato, me habló sobre el fetiche de la ropa transparente. En su cuenta (@feti_sheer), recopila este tipo de prendas.

Claro que, para mí, las piezas semitupidas, no son más que una elección de estilo. Solo hay que echarle un vistazo a cualquier tienda o incluso a una alfombra roja para ver que la ropa con transparencias está muy extendida.

Pero tal y como me explica mi seguidor, también es posible encontrarle el lado erótico a este tipo de tejidos.

Tal y como me cuenta, la excitación se produce al “ver personas con este tipo de prendas (aunque también se puede usar la tela aparte). No es solo es el hecho de que las prendas sean transparentes o traslúcidas, sino que también hay gusto, atracción y excitación por la textura que pueda tener la tela entre los dedos”.

“Abrazar, acariciar o apretar a quien viste la prenda y sentirla. Incluso, tenerla entre las manos produce una sensación muy excitante y placentera”, afirma.

Este sería un derivado de la elifilia, una obsesión sexual por los tejidos, y aunque dentro del abanico de estos podríamos incluir el cuero, la lana, la mesa o el satén, en el caso de la ropa transparente se reduce a otro tipo de materiales.

La organza y el chiffon son sus favoritas, ya que admite que el tul o la malla, -así como las texturas como red o encajes-, no le atraen lo mismo.

¿Por qué estas en concreto? “La organza tiene un encanto adicional cuando, además de tersa y lisa, también es brillante. Esa es la textura perfecta, ya que es sensual a la vista y agradable al tacto”, afirma.

Como reflexión final, me gustaría aclarar que en mi armario, ese tipo de prendas tienen para mí una única misión: vestirme en el día a día.

Sin embargo es importante entender que, independientemente de nuestros gustos, podemos aceptar y normalizar todo tipo de parafilias (siempre y cuando las practiquemos en la intimidad con un consentimiento de por medio sin que dañen ni perjudiquen a nadie, claro).

Duquesa Doslabios.

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¿Es fetichismo o más bien racismo sexual?

Hoy quiero contaros la historia de uno de mis amigos más antiguos al que llamaremos Juan.

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Juan nació en República Dominicana hace casi 29 años y en su tierna infancia se mudó a Madrid con sus padres y su hermana.

Cuando le conocí, tenía bastante éxito con las chicas y, en más de una ocasión, hablábamos abiertamente de nuestra vida sexual.

Pero había una gran diferencia, él sabía que, para muchas mujeres, era una especie de escalón, un logro.

Una casilla que poder tachar en la ruleta del sexo o una conquista de la que presumir con las amigas, simplemente una categoría más dentro de la lista de diversidades étnicas.

Aunque los dos podíamos tener relaciones o aventuras esporádicas, yo no tenía nunca la sensación de que la otra persona podía verme como algo exótico. Algo que él sí podía preguntarse.

Y eso sin hablar de las connotaciones sobre los atributos físicos que también pesaban sobre él, una presión social que es fruto de una mentalidad colectiva bastante simplista que se resume en, hablando mal y pronto, “si es de color, la tiene grande”.

Juan quería ser considerado una persona y no una hipersexualización que se limitaba a reducirle a su etnia. A la vez que se le adjudicaba una identidad que él debía tener por mucho de que, en muchos aspectos, fuera más madrileño que un bocata de calamares.

Estereotipos y prejuicios iban siempre de la mano cuando Juan ligaba, siendo también víctima de la cosificación al ser considerado únicamente un objeto sexual.

También el porno tiene gran parte de la culpa en el momento que divide el sexo por “Asiáticas”, “BBC” (Big Black Cock) o “Interracial”. Esta categorización degrada a la persona que, como mi amigo, ve cómo desaparece viéndose relegado únicamente a su etnia.

Y el problema no es solo que Juan ya no sabía hasta qué punto gustaba él, su piel o la idea preconcebida de lo que podría tener entre las piernas. Incluso esa atracción que podrían sentir hacia él luego no se traducía en seguir conociendo a la chica, quien solo quería tener esa experiencia con él por ser físicamente distinto.

El sexo no es racista. Los racistas somos nosotros.

Duquesa Doslabios.

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El furor por la vela de Gwyneth Paltrow que huele como su vagina o el nuevo fetichismo viral

Hasta hace poco, pensar en el fetichismo era sinónimo de intimidad e incluso, un poco, de secretismo. Formaba parte de aquellas cosas que solo unas pocas personas de nuestro entorno conocían, una de las razones por las que producen tanto morbo.

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Claro que hablo de los tiempos previos a internet, cuando era más conocer los gustos privados más allá de que nos los contaran o los compartiera una amiga.

Las parafilias sexuales han experimentado un cambio, o al menos eso es lo que nos permiten deducir algunas de las últimas modas virales.

Cuando hace unos meses la youtuber Belle Delphine puso a la venta el agua con la que se había bañado, parecía que el colmo del fetichismo había llegado.

La fiebre se desató hasta el punto de que tuvo que pasar de los botes de 250 ml a barreños de varios litros -que llegaron a superar los 10.000 euros-.

El resultado de ambos productos fue idéntico, la británica colgó el cartel virtual de ‘Agotado’ a las pocas horas.

Reticencias morales aparte (vender agua usada con países en sequía no es precisamente el negocio más empático), aquel éxito de ventas mundial hizo que me preguntara qué faltaba por llegar.

Gwyneth Paltrow no tardó en darme la respuesta. Lo próximo serían velas perfumadas cuya fragancia le recordó a su vagina, una anécdota con la que ha dado con la estrategia de ventas más perfecta.

Las ‘velas vaginales’ de la actriz pasarán a la historia de Goop, su web de estilo de vida, como uno de los mayores éxitos.

Cuesta casi 70 euros, pero literalmente, han volado. Muchas de ellas han terminado en tiendas de reventa, donde su precio alcanza los 300 euros.

No solo la estrella ha dado salida a todas las existencias, sino que ha desatado un fenómeno fan-fetichista en el que ha llegado a participar Elton John, quien se ha hecho con varias existencias del producto.

Y por clásica que pueda sonar, me gustaba más cuando los fetichismos eran algo privado y no de dominio público. Para mí, esta sobreexposición consigue quitarle gracia al asunto.

Duquesa Doslabios.

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Vender agua de baño usada, el conflictivo fetichismo de Belle Delphine

Que los fetichismos son de lo más variopinto, son algo que en el momento en el que descubrí que había gente a la que le excitaba vestirse y comportarse como un caballo, me quedó más que claro. De hecho, toparme con la Burusera, la venta de bragas usadas, fue algo que también me llamó la atención al ser una experiencia mucho más extendida de lo que esperaba.

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Incluso, casualmente, tuve la oportunidad de vivirla en primera persona cuando puse a la venta un body en Wallapop y solo había hombres interesados en adquirirlo, lo que me produjo sentimientos encontrados. No era esa la intención que tenía cuando pensaba en darle una segunda vida a la prenda.

E incluso cuando quería deshacerme de unas zapatillas de deporte, algún fetichista poco sutil me preguntó cómo de usadas estaban.

Y aunque nunca ha pasado por mi mente compartir ese tipo de productos personales con desconocidos que le darían un uso sexual -prefiero compartirlo con alguien que conozca en el caso de que lo disfrute-, me consta que ciertas mujeres encuentran una forma de sacarse un dinero en este tipo de ventas como os conté en esta publicación.

Bragas, calcetines, deportivas… El armario de ropa interior parece haberse quedado obsoleto en la parafilia. El nuevo objeto de deseo va más allá y es igual o más personal que todos los anteriores: agua de baño.

Esta ocurrencia tan loca ha sido la que la cosplayer Belle Kirschner, conocida artísticamente como Belle Delphine (también os hablé de ella aquí) le ha propuesto a sus seguidores.

Aunque empezó con tarros de 250 ml, el éxito de su Gamer Girl Bath Water llegó hasta eBay con subastas disparadas. Algo que debió hacerle reflexionar y tomar nota para hacer la acción a mayor escala.

“Voy a vender agua de baño por última vez”, empezaba la publicación de la cosplayer. “La diferencia es que en esta ocasión es suficiente como para ahogarse en ella. Si estás extra sediento, no busques más. También tendrás un vídeo personalizado en el que aparezco bañándome en el agua que te mando”.

Eso sí, como la propia Belle recuerda: “No es para beber, solo para fines emocionales”, ya que más de un fan ha colgado vídeos en Youtube ingiriendo el líquido de los tarros.

Más de seiscientos mil likes y un gigantesco “Agotado” acompañaban la publicación de Belle Delphine. Un paso más en el fetichismo convencional que ha causado todo tipo de reacciones.

Mientras que muchos han calificado la acción como “genial” o “icónica”, hay quienes la consideran, simple y llanamente, asquerosa.

Por mucho que respete la libertad de cada uno de hacer con su cuerpo lo que le de la gana, hay dos cosas que me chirrían. En primer lugar el precio, 10.000 dólares por agua usada. Cuando en Etiopía parte de la población tiene que escarbar para conseguir un poco de agua, llena de lodo, para poder llevarse a la boca, la idea de vender agua usada por casi 8.99 euros es cuando menos indignante.

Sobre todo porque no solo hay quien está dispuesto a pagar ese dinero por una satisfacción sexual, sino también por quien está dispuesto a utilizar ese agua para lucrarse.

En segundo lugar, la higiene. Aunque se ha puesto en tela de juicio si el agua es o no es auténtica, pensar en recibir agua usada para darse un baño por otra persona, no es precisamente lo más limpio que se me viene a la cabeza (vale que tampoco lo es recibir bragas sudadas llenas de flujo).

Que se popularice un producto que, de ser auténtico, llevaría células muertas, hace que me pregunte qué es lo siguiente que nos espera en el camino del fetichismo. ¿La roña de los dedos de los pies? ¿Toallas con sudor de la axila? ¿Mocos?

Pero sobre todo, ¿realmente estamos dispuestos a comprar estos productos? Porque sin demanda no hay oferta…

Duquesa Doslabios.

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“Llevo vendiendo mi ropa interior desde hace 2 años”

Ninette Shibara (@ninette_shibara en Instagram) es el alias escogido por una joven de 27 años que se dedica, además de al modelaje, a la venta de ropa interior usada.

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“Llevo vendiendo mi ropa interior desde hace 2 años”, me dice la embajadora de Panty.com en el Salón Erótico de Barcelona.

La curiosidad es demasiado grande como para no preguntarle qué fue lo que le hizo decidir empezar a hacerlo. ¿Cuestión de gusto? ¿Necesidad? ¿O es que tenía demasiada lencería gastada y ponerla en venta podría ser una manera de renovar el armario?

Me dice que empezó de manera casual vendiendo productos normales, en concreto una falda. Fue cuando un usuario le preguntó si le vendería algo más íntimo. De ahí pasó a convertirse en una de las vendedoras de ropa interior usada más activas.

La burusera, el fetichismo por las prendas íntimas usadas, no le resultaba totalmente ajeno a Ninette.

“Ya había experimentado con el fetiche con alguna expareja”, comenta. Y si bien había utilizado la web de segunda mano para vender algunas de sus pertenencias, su cuenta terminó siendo censurada hasta encontrar a Panty.com, una plataforma específica para la venta de este tipo de mercancía.

Por lo general define la experiencia como buena. Se trata de una faceta que no se desarrolla a expensas de su pareja, algo que entiende al formar parte de su vida.

“Él acepta esta parte de mi sexualidad. Siempre lo ha visto con respeto”, afirma Ninette.

No solo de bragas vive el fetichista de ropa interior. Las medias o calcetines usados son otros productos cuyo éxito está garantizado. “Pero calcetines súper sudados”, llega a decir la vendedora.

¿Su venta más beneficiosa en estos años? Un body que compraron por 100 euros.

“Las personas cada vez son más abiertas de mente, ya no tienen miedo“, dice la modelo, aunque admite que todavía falta un poco para que se vea con buenos ojos a quienes les gusta masturbarse oliendo bragas usadas.

Duquesa Doslabios.

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En defensa de la venta de bragas usadas tras la polémica de Ana Rosa Quintana

Es difícil pensar en un momento de la historia en el que la sexualidad de la mujer no causara controversia, incluso actualmente continúa dando pie a debate con temas como el consentimiento o la maternidad.

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¿El último a añadir a la lista? La venta de ropa interior usada.

Después de la polémica que se generó a raíz del programa de Ana Rosa Quintana sobre este tema, la portavoz de Panty.com, una plataforma que se dedica precisamente a poner en contacto a las vendedoras de bragas (que son al mismo tiempo quienes ‘crean’ el producto) con los clientes, responde como firma invitada:

¿Y si la sexualidad de las mujeres fuera como la de los hombres?

Es un día entre semana cualquiera y cualquier ama de casa, estudiante universitaria o mujer joven desempleada, puede estar viendo la televisión tranquilamente en su hogar.

De pronto, el programa de Ana Rosa, uno de los programas matinales con más ‘share’, decide crear un vídeo en el que habla de la prostitución entre estudiantes para pagar sus estudios. Además, indaga más en el sector y relaciona la venta de ropa interior usada con la prostitución.

¿Cuál es la crítica en este reportaje?¿ A la prostitución en general, a que las estudiantes realicen esta práctica, a la falta de ayudas para el pago de los estudios? Difícil de comprender, pero tema fácil para crear controversia.

El ejemplo de la venta de ropa interior usada se expone como una práctica a la que las estudiantes se ven forzadas, incluso cuando la única chica que aparece como testimonio comenta todo lo contrario, afirmando que lo hace de manera libre.

En cualquiera de los casos, el redactor va señalando, con comentarios muy negativos, lo que esta joven hace.

Sin adentrarnos en los detalles, la ‘Burusera’, es decir, la venta de ropa interior usada, se inició en Japón.

¿De qué trata? Fácil y simple. En un fetichismo. Si se mira la definición de fetichismo encontramos que es una idolatría, una veneración y, en este caso concreto, a la ropa interior usada. Una práctica no solo común en Japón, también en gran parte del mundo occidental.

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Una ‘web’ como Panty.com, con mercado en español, registra más de 80.000 miembros a nivel mundial. Un número bastante alto para ser un mero fetiche. Parece algo más común de lo que se piensa.

Mujeres, adultas, que deciden llevar a la práctica un fetichismo para generar una satisfacción, no solo en los compradores de sus prendas, sino en ellas mismas.

Excitación, morbo o masturbación, son las prácticas más comunes entre las mujeres que ofrecen sus bragas. Las hay que lo hacen por el aporte económico exclusivamente, pero como cualquier otro trabajo, nadie lo desarrolla si no está a gusto en el mismo.

El vídeo que este programa matinal decidió mostrar, no solo pretendía crear una atmósfera negativa alrededor de todas las temáticas y juzgar a las mujeres que aparecían en el vídeo. También, ponía en entredicho la capacidad de decisión de una mujer a hacer lo que le venga en gana en el plano sexual.

¿Cuándo se empezará a ver la sexualidad de la mujer como un mundo libre y abierto? ¿Por qué no se puede admitir que una chica quiera vender sus bragas y además esto “le ponga”? ¿Por qué de puertas para afuera queremos aparentar, y sin embargo en casa damos rienda suelta a nuestra imaginación?

El día que a la mujer se le trate como una persona adulta con una sexualidad completa, se podrá vivir en una sociedad libre de prejuicios, en la que este tipo de noticias en programas matinales, ya no lo sean.

“Somos el eBay de las bragas usadas”

Si hablamos del fetichismo de bragas usadas es probable que venga a tu mente la imagen de las máquinas expendedoras que todas las personas que han estado en Japón afirman haber encontrado por las principales ciudades niponas.

FACEBOOK PANTY.COM

Pero no hay que ir tan lejos, los fetichistas de ropa interior femenina usada no necesitan mirar hacia el país del sol naciente, ya que, como pude comprobar, en España el mercado de compra y venta de bragas está en plena ebullición.

Todos conocemos casos por redes sociales de intercambios con algún seguidor que te manda un privado preguntándote por esos calcetines, sin embargo yo os hablo de algo mucho mayor y, también, mejor organizado.

En una de mis vueltas por el Salón Erótico de Barcelona me encontré con Elsa Angulo, a quien entrevisté como portavoz de Panty.com, una web que pone en contacto a las vendedoras (que en este caso también son productoras) con los clientes.

Si bien el pago se da fuera de la web, ellos establecen la conexión entre ambos en un espacio seguro, que es el portal. ¿El negocio? Una cuota prémium de 15 euros que solo deben pagar los consumidores si quieren acceder a los artículos en venta.

Además de tomarse la privacidad de las vendedoras y los clientes como prioridad, el sitio da libertad a la hora de hacer el negocio ya que “tú pones el precio, aunque depende de lo que hayas hecho con las bragas puestas“.

De esta manera, si un precio base puede ser de 20 o 25 euros muchas aumentan la cantidad en función de si han ido al gimnasio o si se han masturbado por poner unos ejemplos.

Lógicamente la historia de las bragas vende, por lo que es recomendable hacer descripciones detalladas del producto a la venta para suscitar un mayor interés.

“Solo necesitamos un correo electrónico y en tres minutos puedes tener tu tienda” me dice Angulo. Aunque empezaron con las bragas “luego se extendió. Tienen cabida otras prendas” como es el caso de calcetines o calzado usado para los fetichistas de pies.

Además, como en una especie de TripAdvisor lencero, los consumidores pueden dejar opiniones sobre lo que han adquirido (si el envío fue rápido, la comunicación sencilla…).

No solo encontramos prendas lenceras dignas de desfile de Victoria’s Secret, sino que, como me confirma Elsa Angulo “también hay bragas muy normales”, ya que algunas vendedoras usan la plataforma como vía de salida de prendas más antiguas.

A la hora de conocer los patrones de consumo me dice que “un fetichismo es como un capricho” y que lo mismo tienen clientes que compran seis o siete bragas en dos semanas hasta otros que solo una o dos al mes.

Independientemente de si nos atrae o no la idea de deshacernos de esa manera de nuestra ropa interior, ¿no es fascinante que haya quien disfrute de la feromona pura que resulta de un aroma corporal natural?

Como olfateadora profesional de los rincones del cuello de mis parejas, puedo llegar a entenderlo.

Duquesa Doslabios.

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El día que un fetichista me ofreció dinero por mis calcetines

Siendo de Madrid hasta la médula, no puedo evitar que, de vez en cuando, salga la gata que hay en mí, esa que merodea con interés cada vez que algo le llama la atención. Tengo claro que perderé una de mis siete vidas porque me mató la curiosidad.

Mi instinto por la singularidad me llevó a una conversación vía Instagram con un seguidor que quería mis zapatos, al que, de broma, le había contestado que se los podía prestar (una que peca de gata y de chistosa también). Cuando el susodicho me habló por privado para interesarse por el calzado supe que tenía que sacarle del error.

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Nada más decirle que se trataba únicamente de una gracia me hizo saber que coleccionaba calzado usado de mujer. Y calcetines usados.

“Duquesa, ataca” me incité mentalmente movida por la curiosidad más absoluta. Mi experiencia más cercana a la podofilia, o fetichismo de pies, era un ex novio que disfrutaba besándomelos (algo que, cuando tienes cosquillas hasta en las pestañas, resulta hasta cierto punto difícil de aguantar).

Le pregunté al follower fetichista cómo funcionaba el tema lo de los calcetines, si al ser usados le gustaba que olieran levemente a pie o le gustaba más conservar calcetines sudados, de esos que casi tenemos de un color diferente cuando nos descalzamos después de entrenar en el gimnasio.

A mi idólatra de pies, muy sibarita él, no le gustaba que el calcetín atufara, sino que mantuvieran el olor ligeramente: “Depende de lo que huelan. Me gusta que huelan a pies pero que no apesten. ¿Me darías unos?”.

En seguida le hice saber que aquella no era la manera en la que me habían educado mis padres, en darle calcetines a desconocidos. Cuando me preguntó si me estaba riendo de él insistió en que iba totalmente en serio y que podría pagarme si se los hacía llegar.

Mi curiosidad se despertó otra vez. “¿Sueles pagar a mujeres para que te los envíen? ¿Y pagas por calcetín individual o por el par de calcetines?”.  Me respondió que a veces había pagado y que solía adquirir el par. Algo que tiene sentido, supongo, ya que de nada te sirve tener luego por el cajón un calcetín desparejado.

Diez euros por el par y quince por masaje” insistió. Bueno, al menos con diez euros te da para reponer sobradamente los calcetines por unos nuevos y te sobra para tomarte una copa con una amiga y contarle la experiencia.

Me considero de mentalidad abierta por lo que no juzgué en ningún momento al hombre. Allá cada cual con lo que le guste en la cama siempre y cuando no dañe a nadie más (a no ser que le guste el sadoquismo, claro).

Lo que no iba a hacer era mandarle algo tan personal como un calcetín con mi olor, aunque fuera de pies, ya que prefiero que sea una cosa que disfruten (o no) mis parejas o con quien yo quiera compartirlo.

Además, como buena mujer con dedo libre de anillo pero corazón casado, aquello podría considerarse de cierta manera una traición a mi compañero. “Sigue siendo un acercamiento sexual con otra persona que no es tu pareja” me respondió el Duque Doslabios cuando le saqué el tema a toro pasado para saber su opinión.

Lo último que le pregunté a mi fetichista fue su opinión de los pies de Chiara Ferragni, ya que más de una vez la bloguera ha sufrido acoso en las redes sociales por ellos. “¡Me encantan! ¡Son preciosos!” contestó él entre emojis. Chiara, quédate tranquila. Los que saben del tema te los aprecian.

Duquesa Doslabios.