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Si te encantan la comida y el sexo, es momento de que pruebes el ‘sploshing’

Morder, chupar, lamer, probar, degustar… Que tantos verbos se puedan aplicar tanto al sexo como a la comida podría ser todo menos casualidad si hablamos del sploshing.

Esta filia consigue unir las dos pasiones de los que encontramos, a partes iguales, auténtico placer en la comida y el disfrute sexual.

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Y aunque el nombre suene a chapuzón en la piscina -más que a una modalidad que pueda excitarnos-, el fetichismo tiene su público.

Como una de las variantes del WAMlas siglas de la parafilia wet and messy-, esta tendencia consiste en añadir todo tipo de alimentos (a ser posible semilíquidos o que puedan frotarse o deslizarse por el cuerpo), que es muy distinto a sacar cualquier ingrediente aleatorio de la nevera y echárselo por encima.

Son los favoritos para el sploshing la nata montada, los siropes, el helado, el chocolate fundido, la mermelada, la miel, la mantequilla de cacahuete, la leche… Pero también puedes probar con ketchup, mostaza o mayonesa si eres más de sabores salados.

Una serie de alimentos con doble estímulo, el de degustarlos -por supuesto-, así como el de extenderlos de una forma sensual (por eso es mejor que optes por los que sean tipo crema). Como tercer aliciente, habría que mencionar el morbo de lo prohibido.

El de “con la comida no se juega”.

Texturas que se pueden poner tanto por la piel como en los genitales sin que generen un problema (no puedo decir lo mismo de la salsa picante de Taco Bell).

Eso sí, el riesgo que existe es el de terminar manchados. Aunque, por suerte, una toalla negra sobre la cama o el sofá a modo de protección -o simplemente darse una ducha posterior-, son las formas de poner en práctica la parafilia sin que la casa sufra sus efectos.

¿Te atreves a visitar la cocina para darle rienda suelta a tu imaginación?

Duquesa Doslabios.

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El mundo de los pies para fetichistas novatos (o que no saben si lo son)

“Sería bastante interesante leer un artículo sobre fetichismo”, me comentaba hace unos días un seguidor que, como Tarantino, comparte el amor por los pies.

Como mi experiencia con la filia es más bien breve, se convirtió en mi mejor fuente de información para averiguar si es algo en lo que puedes introducirte o un gusto adquirido con el tiempo.

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Y es que fetichismos aparte, los pies y las manos son dos importantes puntos de placer por las terminaciones nerviosas (en nuestras plantas habría unas 7.000).

Una razón más que suficiente como para darles la oportunidad de que, la próxima vez que tengamos ocasión, adquieran mayor protagonismo.

Mi seguidor me confirma que, a nivel sexual, los pies producen morbo por su forma y su tacto. Pero la excitación va mucho más allá cuando entra en la ecuación la variedad de prácticas.

Dentro del fetichismo hay todo un mundo. Un abanico de placer que puede ir desde verlos a tocarlos, una paja con los pies (que recibe el nombre de footjob) o combinándolo con la sumisión, el trampling (disciplina que consiste en caminar sobre una persona).

Pero antes de que te atrevas a andar sobre la espalda de tu pareja, mi consejo es que empieces por un nivel más ligero y compruebes (comprobéis) si os va gustando o preferís probar otro fetichismo porque no es el vuestro.

El punto de partida que de uno mismo depende es llevar los pies a punto.

La higiene es fundamental (a no ser que encontremos justamente a alguien que le gustan con olor) y un mínimo de pedicura -no hace falta que lleves cristales en las uñas, conque estén bien cortadas ya tienes todo hecho-, siempre es bienvenido para seducir con esta zona.

En cuanto a los zapatos, ¿es mejor llevar algún modelo que deje el pie a la vista o prescindir del calzado?

Depende de cada persona, lo que nos invita a experimentar con unos tacones o unas sandalias. Por lo general, es el pie desnudo el que excita, así que por mucho que busquemos el modelo perfecto, terminará en el suelo tarde o temprano (si se quitan de una manera sugerente, mejor).

Y se puede aplicar el mismo razonamiento a medias y calcetines.

A la hora de jugar con ellos, acariciarlos con las manos puede ser un buen punto de partida (si aguantas las cosquillas esto te resultará muy fácil). Sube de nivel recorriéndolos, o dejando que te los recorran, con los labios o la lengua.

Para poner el broche de oro, nada como incluir en la rutina posturas en las que se pueda hacer eso al mismo tiempo que se estimulan los genitales.

Es el caso del misionero, que se pueden colocar cerca de la cara o si estando nosotras encima dejamos las piernas hacia delante. Pero también con un cunnilingus o incluso el célebre 69.

Duquesa Doslabios.

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Si te pone esta cara, puede que seas fetichista del ‘ahegao’

El día que un fabricante de juguetes me contó que su producto estrella era un asiento de madera con un agujero para poder defecar en el pecho de la persona que se pusiera debajo, entendí que sobre gustos sexuales no hay nada escrito.

Y un poco por ahí van los tiros de la última moda que está triunfando en internet. No es el nuevo succionador de clítoris, un revolucionario masturbador masculino o la postura que realmente consigue estimular el punto G, es la pose que ves bajo estas líneas.

@STARBITERZER

Esto de ponerse bizca mirando hacia arriba, a la vez que sacas la lengua, tiene un nombre: ‘ahegao’ y es una tendencia que viene desde Japón.

Aunque de primeras solo pueda parecerte una cara rara, tiene una connotación sexual importante, ya que se usa para expresar placer o éxtasis tanto en el manga erótico como el hentai o los videojuegos.

Al principio, el término se utilizó para definir las cara de una actriz porno teniendo un orgasmo. Luego se empezó a popularizar y se extendió por la cultura otaku (personas aficionadas al anime).

El término se ha disparado en internet hasta el punto de que en las webs de contenido erótico o en cualquier red social encuentras millones (MILLONES) de chicas haciendo la ahegao face.

Incluso hay profesionales -llamadas ahegaoers– expertas en hacer la cara (como Belle Delphine, la que vendía el agua de su bañera a precio de oro) y hasta quienes añaden complementos como espuma o líquidos (blanquecinos, por supuesto, por si alguno sigue sin pillar la referencia).

El gesto juega entre la diversión y la perversión. Para mi quien mejor lo resume es el youtuber Juanito Say cuando dice que la razón del éxito del ahegao es precisamente “la expresión de la sexualidad sin ser demasiado explícito o estar desnudo“.

Solo hay dos cosas que me llaman la atención de la pose y de las que me gustaría reflexionar. La primera es el hecho de que, buscándola en redes sociales, solo se encuentren mujeres interpretándola. No hay hombres que la imiten.

¿Cómo me lo tomo? ¿Como que quizás hay un posado equivalente masculino -igual con solo un ojo enseñando los dientes a la vez que se levanta la nariz- o como que a nosotras este tipo de poses no nos seducen por igual?

La segunda es que no verás ahegaoers de más edad que las veinteañeras entrecruzando la mirada y con la lengua hacia fuera (y oye, que si te gusta ¿por qué no hacerlo a tus cuarenta?).

¿Estamos ante otra manifestación de la cultura sexual basada en la infantilización y sumisión de la mujer?

Duquesa Doslabios.

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No imaginaba que llegaría a excitarme que huelan mi ropa interior

Sí, claro que tengo prácticas sexuales que nunca probaría. Uno de mis límites preestablecidos en el dormitorio (o en la parte que sea de la casa), sería el sexo bizarro. Sigo sin verle el lado erótico por encima del escatológico.

Otras sospechaba que no me iban a gustar -como por ejemplo que me escupan en la cara-. Y, después de probarlas, he confirmado que no van conmigo.

Hay un tercer grupo que no me planteaba hace unos años, pero ahora se ha incorporado a mi lista de fetiches. Es el caso de la misofilia o burusera.

SAVAGEXFENTY

¿Significa eso que he empezado a excitarme con la imagen de unos calzoncillos usados tirados por el suelo? No (al menos todavía).

Me posiciono en el bando contrario, el de la voyeur fetichista que disfruta observando cómo su propia lencería produce ese efecto en la otra persona. Uno de mis nuevos estímulos más efectivos.

Supongo que se me juntan una serie de razones que van más allá de la satisfacción sexual cuando siento que domino la situación, como es mi lado feminista de mujer empoderada que se rebela ante lo socialmente aceptado.

¿Hay algo más morboso que lo que nos dicen que está mal de nuestro cuerpo -ese flujo vaginal que debemos eliminar, camuflar o perfumar a toda costa, que en los anuncios debería ser color azul y oler a suavizante de ropa-, excite a una persona?

Se me ocurren pocas cosas que me hayan encendido tanto como ver a alguien llevarse un tanga, que me acabo de quitar unos segundos antes, a su cara y olfatearlo.

Con delicadeza y cerrando los ojos, de la misma forma que olería una buena copa antes de llevarse a los labios el vino tinto.

Una sensual cata con resultado inmediato: a cada inhalada aumenta su excitación de manera proporcional al tamaño de su miembro.

El morbo de que sea algo tan íntimo mío -aquí también entra el juego el pudor, por supuesto– sumado a que se considera un olor prohibido, me hace sentir tan agitada como poderosa sobre él.

Y esa sensación de control, de saber que una parte de mi cuerpo pueda provocarle esa reacción, es embriagadora (y me preocupa que adictiva).

Incluso la idea de regalárselo, sabiendo que en un futuro vaya a tocarse volviendo a acercar mi ropa interior a su nariz, también me provoca. No hace falta que estemos en persona para que podamos encontrar placer juntos.

Solo me pregunto quién sería más fetichista de los dos: ¿el fetichista o quien encuentra placer viendo excitarse al fetichista en pleno fetichismo?

Duquesa Doslabios.

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Es el momento de olvidar el concepto ‘perder la virginidad’ (y te explico por qué)

La historia de mi himen fue tan misteriosa que, si tuviera que firmar la razón por la que desapareció, no lo tendría nada claro.

No sé si fue mi curiosidad -esa que me llevó a experimentar a edades tempranas-, un tampón mal puesto o cualquier golpe fruto de las actividades extraescolares.

Lo cierto es que, cuando llegó mi primera vez, no había no rastro de él. La suerte fue que mi caso sucedió en el siglo XXI.

En otros momentos históricos, esa situación me habría metido en un aprieto.

CALVIN KLEIN

Me encantaría afirmar que, la primera vez que tenemos sexo en nuestra vida, es igual que la primera vez que vamos al Aquopolis o a Roma.

Pero todavía existe una gran distinción, ya que la primera sigue anclada en el pasado mediante un concepto que te resultará más que familiar: perder la virginidad.

Y no solo eso, que hasta hace poco, era algo únicamente ligado a las mujeres.

Así que antes de que digas que ya estoy con mi discurso feminista de turno, quejándome de la desigualdad entre unos y otras, te voy a explicar por qué la virginidad es un mito machista.

Pero para eso te tienes que venir conmigo al pasado, concretamente algunos siglos a. C., cuando las sociedades patriarcales de la Antigüedad ligaban la virginidad con el valor de la mujer.

Ya en la Antigua Grecia, el himen era la estrella. Su ruptura simbolizaba el paso de niña virgen a mujer casada y garantizaba al marido que toda la descendencia que ella tuviera iba a ser suya.

En cambio, los mismos coetáneos de esa niña, pero varones, claro, eran animados a seguir sus impulsos desde el principio, yendo incluso a burdeles a tener sus primeras relaciones.

Primero era responsabilidad del padre vigilar que su hija no tuviera ningún tipo de encuentro, una vez conseguido, la dominación de la mujer pasaba a manos del marido. La excusa perfecta para controlar su cuerpo y su deseo, ¿no te parece?

Fíjate si funcionó bien que seguía repitiéndose en la Edad Media (en la novela caballeresca Tirant lo Blanc se refleja a la perfección) e incluso, a día de hoy, muchas culturas siguen comprobando, en ceremonias tradicionales, que el himen siga intacto.

Hay más razones por las que este es un mito machista. Que se centre únicamente en la penetración, sin llegar a considerar pérdida de virginidad otro tipo de prácticas sexuales, deja claro a qué sector de la población le interesa mantener esa idea (al que tiene pene, claro).

Y sí, quizás a día de hoy, en una sociedad desarrollada, nos parece muy lejano lo de perder la virginidad ligado a otra cosa que no sea tener la primera relación sexual (siendo hombre o mujer).

Pero lo cierto es que el mito continúa haciendo estragos. El himen ha escalado alcanzando un nuevo nivel: el de la fetichización.

La joven mujer virgen -tiene que ser joven, otro detalle importante-, es una fantasía sexual andante.

Y para encontrar hombres que encuentran excitante ser el primero, no tenemos que irnos al siglo IV.

Britney Spears al comienzo de su carrera, la subasta de himen de adolescentes en ciertos países o incluso la cantidad de vídeos que hay en cualquier página porno con la etiqueta de “virgen” -incluso cuando se limitan a falsificar la ruptura de la membrana con sangre falsa- hablan por sí solas del peso que sigue teniendo hoy en día la virginidad.

¿Mi conclusión? Que realmente espero que lleguemos a desembarazarnos de esta construcción social que sigue pasando factura (especialmente a las mujeres).

Al final, que arrastremos sin darnos cuenta un concepto tan desigual y desfasado solo provoca presión y ansiedad a la hora de vivir las primeras experiencias sexuales.

Y, en nuestro caso, recordar que somos mucho más que un himen, algo que no controlamos y que puede romperse por cualquier situación.

¿No sería mejor que llegáramos a la conclusión de que no nacemos con ella, sino que la virginidad nos la encasquetan?

Y, sobre todo, ¿por qué hablamos de perderla como si fuera el móvil o la cartera? ¿Por qué descubrir nuestra intimidad con otra persona (del tipo que sea) es algo que se va cuando debería ser una experiencia que ganamos?

Duquesa Doslabios.

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Conversaciones con un fetichista de la ropa transparente

Como buena pogonofílica (las barbas me producen pasión), soy muy consciente de lo que supone ser fetichista. Además, hay tantas cosas peculiares que pueden excitarnos, que es habitual que más de una forme parte de nuestro repertorio.

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Quizás la mía no sea especialmente conocida por el nombre. Otras como el exhibicionismo, el sadismo, el masoquismo o la podofilia son las más comunes de todas las que nos rodean.

Pero hace poco, a través de Instagram, un seguidor que prefiere mantenerse en el anonimato, me habló sobre el fetiche de la ropa transparente. En su cuenta (@feti_sheer), recopila este tipo de prendas.

Claro que, para mí, las piezas semitupidas, no son más que una elección de estilo. Solo hay que echarle un vistazo a cualquier tienda o incluso a una alfombra roja para ver que la ropa con transparencias está muy extendida.

Pero tal y como me explica mi seguidor, también es posible encontrarle el lado erótico a este tipo de tejidos.

Tal y como me cuenta, la excitación se produce al “ver personas con este tipo de prendas (aunque también se puede usar la tela aparte). No es solo es el hecho de que las prendas sean transparentes o traslúcidas, sino que también hay gusto, atracción y excitación por la textura que pueda tener la tela entre los dedos”.

“Abrazar, acariciar o apretar a quien viste la prenda y sentirla. Incluso, tenerla entre las manos produce una sensación muy excitante y placentera”, afirma.

Este sería un derivado de la elifilia, una obsesión sexual por los tejidos, y aunque dentro del abanico de estos podríamos incluir el cuero, la lana, la mesa o el satén, en el caso de la ropa transparente se reduce a otro tipo de materiales.

La organza y el chiffon son sus favoritas, ya que admite que el tul o la malla, -así como las texturas como red o encajes-, no le atraen lo mismo.

¿Por qué estas en concreto? “La organza tiene un encanto adicional cuando, además de tersa y lisa, también es brillante. Esa es la textura perfecta, ya que es sensual a la vista y agradable al tacto”, afirma.

Como reflexión final, me gustaría aclarar que en mi armario, ese tipo de prendas tienen para mí una única misión: vestirme en el día a día.

Sin embargo es importante entender que, independientemente de nuestros gustos, podemos aceptar y normalizar todo tipo de parafilias (siempre y cuando las practiquemos en la intimidad con un consentimiento de por medio sin que dañen ni perjudiquen a nadie, claro).

Duquesa Doslabios.

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¿Es fetichismo o más bien racismo sexual?

Hoy quiero contaros la historia de uno de mis amigos más antiguos al que llamaremos Juan.

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Juan nació en República Dominicana hace casi 29 años y en su tierna infancia se mudó a Madrid con sus padres y su hermana.

Cuando le conocí, tenía bastante éxito con las chicas y, en más de una ocasión, hablábamos abiertamente de nuestra vida sexual.

Pero había una gran diferencia, él sabía que, para muchas mujeres, era una especie de escalón, un logro.

Una casilla que poder tachar en la ruleta del sexo o una conquista de la que presumir con las amigas, simplemente una categoría más dentro de la lista de diversidades étnicas.

Aunque los dos podíamos tener relaciones o aventuras esporádicas, yo no tenía nunca la sensación de que la otra persona podía verme como algo exótico. Algo que él sí podía preguntarse.

Y eso sin hablar de las connotaciones sobre los atributos físicos que también pesaban sobre él, una presión social que es fruto de una mentalidad colectiva bastante simplista que se resume en, hablando mal y pronto, “si es de color, la tiene grande”.

Juan quería ser considerado una persona y no una hipersexualización que se limitaba a reducirle a su etnia. A la vez que se le adjudicaba una identidad que él debía tener por mucho de que, en muchos aspectos, fuera más madrileño que un bocata de calamares.

Estereotipos y prejuicios iban siempre de la mano cuando Juan ligaba, siendo también víctima de la cosificación al ser considerado únicamente un objeto sexual.

También el porno tiene gran parte de la culpa en el momento que divide el sexo por “Asiáticas”, “BBC” (Big Black Cock) o “Interracial”. Esta categorización degrada a la persona que, como mi amigo, ve cómo desaparece viéndose relegado únicamente a su etnia.

Y el problema no es solo que Juan ya no sabía hasta qué punto gustaba él, su piel o la idea preconcebida de lo que podría tener entre las piernas. Incluso esa atracción que podrían sentir hacia él luego no se traducía en seguir conociendo a la chica, quien solo quería tener esa experiencia con él por ser físicamente distinto.

El sexo no es racista. Los racistas somos nosotros.

Duquesa Doslabios.

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El furor por la vela de Gwyneth Paltrow que huele como su vagina o el nuevo fetichismo viral

Hasta hace poco, pensar en el fetichismo era sinónimo de intimidad e incluso, un poco, de secretismo. Formaba parte de aquellas cosas que solo unas pocas personas de nuestro entorno conocían, una de las razones por las que producen tanto morbo.

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Claro que hablo de los tiempos previos a internet, cuando era más conocer los gustos privados más allá de que nos los contaran o los compartiera una amiga.

Las parafilias sexuales han experimentado un cambio, o al menos eso es lo que nos permiten deducir algunas de las últimas modas virales.

Cuando hace unos meses la youtuber Belle Delphine puso a la venta el agua con la que se había bañado, parecía que el colmo del fetichismo había llegado.

La fiebre se desató hasta el punto de que tuvo que pasar de los botes de 250 ml a barreños de varios litros -que llegaron a superar los 10.000 euros-.

El resultado de ambos productos fue idéntico, la británica colgó el cartel virtual de ‘Agotado’ a las pocas horas.

Reticencias morales aparte (vender agua usada con países en sequía no es precisamente el negocio más empático), aquel éxito de ventas mundial hizo que me preguntara qué faltaba por llegar.

Gwyneth Paltrow no tardó en darme la respuesta. Lo próximo serían velas perfumadas cuya fragancia le recordó a su vagina, una anécdota con la que ha dado con la estrategia de ventas más perfecta.

Las ‘velas vaginales’ de la actriz pasarán a la historia de Goop, su web de estilo de vida, como uno de los mayores éxitos.

Cuesta casi 70 euros, pero literalmente, han volado. Muchas de ellas han terminado en tiendas de reventa, donde su precio alcanza los 300 euros.

No solo la estrella ha dado salida a todas las existencias, sino que ha desatado un fenómeno fan-fetichista en el que ha llegado a participar Elton John, quien se ha hecho con varias existencias del producto.

Y por clásica que pueda sonar, me gustaba más cuando los fetichismos eran algo privado y no de dominio público. Para mí, esta sobreexposición consigue quitarle gracia al asunto.

Duquesa Doslabios.

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Vender agua de baño usada, el conflictivo fetichismo de Belle Delphine

Que los fetichismos son de lo más variopinto, son algo que en el momento en el que descubrí que había gente a la que le excitaba vestirse y comportarse como un caballo, me quedó más que claro. De hecho, toparme con la Burusera, la venta de bragas usadas, fue algo que también me llamó la atención al ser una experiencia mucho más extendida de lo que esperaba.

FACEBOOK BELLE DELPHINE

Incluso, casualmente, tuve la oportunidad de vivirla en primera persona cuando puse a la venta un body en Wallapop y solo había hombres interesados en adquirirlo, lo que me produjo sentimientos encontrados. No era esa la intención que tenía cuando pensaba en darle una segunda vida a la prenda.

E incluso cuando quería deshacerme de unas zapatillas de deporte, algún fetichista poco sutil me preguntó cómo de usadas estaban.

Y aunque nunca ha pasado por mi mente compartir ese tipo de productos personales con desconocidos que le darían un uso sexual -prefiero compartirlo con alguien que conozca en el caso de que lo disfrute-, me consta que ciertas mujeres encuentran una forma de sacarse un dinero en este tipo de ventas como os conté en esta publicación.

Bragas, calcetines, deportivas… El armario de ropa interior parece haberse quedado obsoleto en la parafilia. El nuevo objeto de deseo va más allá y es igual o más personal que todos los anteriores: agua de baño.

Esta ocurrencia tan loca ha sido la que la cosplayer Belle Kirschner, conocida artísticamente como Belle Delphine (también os hablé de ella aquí) le ha propuesto a sus seguidores.

Aunque empezó con tarros de 250 ml, el éxito de su Gamer Girl Bath Water llegó hasta eBay con subastas disparadas. Algo que debió hacerle reflexionar y tomar nota para hacer la acción a mayor escala.

“Voy a vender agua de baño por última vez”, empezaba la publicación de la cosplayer. “La diferencia es que en esta ocasión es suficiente como para ahogarse en ella. Si estás extra sediento, no busques más. También tendrás un vídeo personalizado en el que aparezco bañándome en el agua que te mando”.

Eso sí, como la propia Belle recuerda: “No es para beber, solo para fines emocionales”, ya que más de un fan ha colgado vídeos en Youtube ingiriendo el líquido de los tarros.

Más de seiscientos mil likes y un gigantesco “Agotado” acompañaban la publicación de Belle Delphine. Un paso más en el fetichismo convencional que ha causado todo tipo de reacciones.

Mientras que muchos han calificado la acción como “genial” o “icónica”, hay quienes la consideran, simple y llanamente, asquerosa.

Por mucho que respete la libertad de cada uno de hacer con su cuerpo lo que le de la gana, hay dos cosas que me chirrían. En primer lugar el precio, 10.000 dólares por agua usada. Cuando en Etiopía parte de la población tiene que escarbar para conseguir un poco de agua, llena de lodo, para poder llevarse a la boca, la idea de vender agua usada por casi 8.99 euros es cuando menos indignante.

Sobre todo porque no solo hay quien está dispuesto a pagar ese dinero por una satisfacción sexual, sino también por quien está dispuesto a utilizar ese agua para lucrarse.

En segundo lugar, la higiene. Aunque se ha puesto en tela de juicio si el agua es o no es auténtica, pensar en recibir agua usada para darse un baño por otra persona, no es precisamente lo más limpio que se me viene a la cabeza (vale que tampoco lo es recibir bragas sudadas llenas de flujo).

Que se popularice un producto que, de ser auténtico, llevaría células muertas, hace que me pregunte qué es lo siguiente que nos espera en el camino del fetichismo. ¿La roña de los dedos de los pies? ¿Toallas con sudor de la axila? ¿Mocos?

Pero sobre todo, ¿realmente estamos dispuestos a comprar estos productos? Porque sin demanda no hay oferta…

Duquesa Doslabios.

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“Llevo vendiendo mi ropa interior desde hace 2 años”

Ninette Shibara (@ninette_shibara en Instagram) es el alias escogido por una joven de 27 años que se dedica, además de al modelaje, a la venta de ropa interior usada.

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“Llevo vendiendo mi ropa interior desde hace 2 años”, me dice la embajadora de Panty.com en el Salón Erótico de Barcelona.

La curiosidad es demasiado grande como para no preguntarle qué fue lo que le hizo decidir empezar a hacerlo. ¿Cuestión de gusto? ¿Necesidad? ¿O es que tenía demasiada lencería gastada y ponerla en venta podría ser una manera de renovar el armario?

Me dice que empezó de manera casual vendiendo productos normales, en concreto una falda. Fue cuando un usuario le preguntó si le vendería algo más íntimo. De ahí pasó a convertirse en una de las vendedoras de ropa interior usada más activas.

La burusera, el fetichismo por las prendas íntimas usadas, no le resultaba totalmente ajeno a Ninette.

“Ya había experimentado con el fetiche con alguna expareja”, comenta. Y si bien había utilizado la web de segunda mano para vender algunas de sus pertenencias, su cuenta terminó siendo censurada hasta encontrar a Panty.com, una plataforma específica para la venta de este tipo de mercancía.

Por lo general define la experiencia como buena. Se trata de una faceta que no se desarrolla a expensas de su pareja, algo que entiende al formar parte de su vida.

“Él acepta esta parte de mi sexualidad. Siempre lo ha visto con respeto”, afirma Ninette.

No solo de bragas vive el fetichista de ropa interior. Las medias o calcetines usados son otros productos cuyo éxito está garantizado. “Pero calcetines súper sudados”, llega a decir la vendedora.

¿Su venta más beneficiosa en estos años? Un body que compraron por 100 euros.

“Las personas cada vez son más abiertas de mente, ya no tienen miedo“, dice la modelo, aunque admite que todavía falta un poco para que se vea con buenos ojos a quienes les gusta masturbarse oliendo bragas usadas.

Duquesa Doslabios.

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