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¿Sabías que todos, en mayor o menor medida, somos fetichistas?

Fui a un colegio de monjas, así que el pudor por el sexo era algo normal en mi vida.

Piensa que venía de un entorno en el que, si un chico te tocaba el pecho, ya eras bautizada como ‘la guarra’ del grupo.

esposas mano

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(Inciso: ¿no me sigues en Instagram? ¡Pues corre!)

Así que, ¿cómo no llevarme esa mochila emocional conmigo cuando empecé a tener sexo?

Ya ni hablamos de lo que se saliera de las relaciones más convencionales. La vida más allá del misionero era un misterio.

Por suerte, me puse las pilas rápido en cuanto dejé atrás esa etapa de mi vida. No había tiempo que perder, quería experimentar a ver qué era lo que iba conmigo.

Y había tanto por probar…

Quizás por esa razón fue tan sencillo animarme a descubrir lo que, hasta ese momento, había estado prohibido.

También Valérie Tasso, que es sexóloga, escritora y Embajadora de LELO en España (podéis seguir sus pasos virtuales en Instagram @valerietasso69) me explica otra buena razón por la que cogí el cambio con tantas ganas: «Nos han vendido durante siglos un modelo de sexualidad que sólo implicaba los genitales y cuya práctica estrella era el coito».

«Todo lo que se salía de este modelo se consideraba como una perversión, una desviación, porque estaba en manos de la Psiquiatría y esta se encargó de hacer un decálogo de todo lo que se salía de la norma (el sexo como algo reproductivo)», declara la sexóloga.

«Y si bien ahora se visibilizan más tipos de fetichismos, todavía a día de hoy, se sigue viendo como algo ‘rarito’. Basta ver cómo define la RAE al fetichismo que lo considera socialmente ‘negativo o inmoral’«, destaca Valérie.

Sin embargo, es una erótica más: «Es la atracción erótica por una o varias partes del cuerpo como por ejemplo los pies o el ombligo, e incluso hacia objetos o imágenes (zapatos de tacón, globos, medias, tatuajes, por dar sólo algunos ejemplos)».

Como ella misma afirma, «todos, en mayor o menor medida, somos fetichistas. Y algunos también tenemos relaciones eróticas ‘convencionales’. El fetichismo pone un poco de pimienta a nuestras interacciones y es necesario verlo como tal. Como un aderezo a un plato culinario».

El problema de ver esta atracción erótica como algo raro, genera malestar y supone un impedimento a la hora de vivir nuestra sexualidad de manera libre.

(Aunque eso sí, si te pone que te llamen «pervertido» o «pervertida», puede que estés ante tu fetiche).

¿Significa eso que absolutamente cada persona tiene que encontrar la particularidad sexual que le ponga especialmente? Para nada.

«El fetichismo en general no tiene por qué gustar a todo el mundo. Pero no por eso tiene que ser demonizado ni rechazado como algo inmoral. Si no me gusta el arroz, no voy a pensar que toda la gente que come arroz es ‘rarita’, ¿verdad?», reflexiona la sexóloga.

«El desconocimiento hace estragos y genera tópicos. Una erótica ‘peculiar’ es una gran fuente de riqueza para nosotros, los seres sexuados. Es un valor«, resume.

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Además, Valérie recuerda que hay una serie de beneficios entre aquellas personas que viven sus fetichismos con total naturalidad: «Suelen entender mejor que todo nuestro cuerpo es sexuado (en el caso de fetichismos hacia otras partes que no sean zonas erógenas primarias)».

«Suelen tener un imaginario erótico más rico y sano (la mente también es sexuada), y no suelen tener dificultades eróticas comunes que solemos tratar a diario los sexólogos», declara la experta.

Si además, tenemos en cuenta todas estas ventajas que la sexóloga comenta, es como para darle una oportunidad, ¿no?

Mara Mariño

Así es un taller de iniciación al BDSM desde dentro

Mi relación con el BDSM se remonta al principio de mi vida sexual sin saberlo.

No, no tenía ni idea que había objetos que se relacionaban con esa práctica o que, adoptar un rol u otro, me estaba identificando con una sumisa o una dominante (o, en mi caso, pudiendo hacer ambas cosas, una switch).

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Ha sido algo que he aprendido hace unos días tras el taller sobre Iniciación al BDSM que impartió la formadora de Sex Academy Irene Negri (@sexeducando en Instagram), en una de las tiendas de Amantis (@amantisoficial).

Como la psicóloga y sexóloga, llegué al BDSM por casualidad. Y, al descubrir que me gustaba, pensé que no eran normal y algo raro podía estar pasándome.

¿Cómo era posible que pudiera disfrutar del dolor físico en el que se supone que es el momento más placentero para el cuerpo? Se me había cruzado un cable.

Peor no, la propia Irene comentó que las dos caras del BDSM tienen mucho sentido desde un punto de vista biológico. «Todas las personas sentimos placer en dañar, solo que a este juego, se juega con reglas», comentó en el taller.

En cuanto a mi placer por este tipo de ‘torturas’, la experta explicó que tanto el dolor como el placer se producen desde el sistema límbico. Las neuronas liberan dopamina cuando se da cualquiera de esos momentos, por lo que juntar ambos, eleva el placer.

Quizás la principal diferencia entre lo que yo hacía y una manera más ‘profesional’ de ejecutarlo, es la asignación de roles, que es algo tan sencillo como imaginar que te gustaría hacer o que te hicieran.

En esta distribución de poder -siempre pautada- se da una desigualdad, que es lo que produce el morbo de la dinámica en primer lugar.

Lo que Irene nos asegura es que «el BDSM no tiene por qué corresponder con el mundo real. No le vamos a dar con la fusta a la gente por la calle».

Es igual de importante dar con una persona con deseos o necesidades parecidas, confiar en esa persona y también conocer los propios límites. Hasta dónde nos vemos capaces de llegar.

Lo principal es la seguridad, hacer las cosas con sensatez y dentro del ambiente de la sesión.

El consenso del acuerdo no tiene por qué ser un folio con cada práctica perfectamente descrita y detallada (aunque si lo prefieres, puedes hacerlo así, sobre todo si es tu primera vez con alguien).

Ya sea en un papel o mediante una conversación, ambas partes se comprometen a cumplir lo acordado.

Y hablando de acuerdos, la palabra de seguridad es de las primeras cosas que relacionamos con el BDSM, pero, como Irene explica, igual es mejor plantearnos las indicaciones como un semáforo.

Verde si vamos bien, amarillo si hay que ir con cuidado o rojo si queremos detener la práctica de forma inmediata.

Aunque después del taller nos enseñó una colección de juguetes que iban desde una mordaza a un collar con una anilla para inmovilizar, pasando por una vela o látigos (floggers), no es imprescindible tenerlos en casa.

«El BDSM implica utilizar la creatividad. Se puede tener un arsenal de juguetes o no», reflexionó Irene.

Un cinturón cualquiera, el antifaz de dormir o la cuchara de madera de la cocina pueden ser, con un poco de imaginación, grandes aliados.

Mas allá del dolor, el placer, los juguetes o los roles, la conclusión con la que me quedo del taller es que el BDSM no solo va de «que te entregues sabiendo que alguien te va a sostener«.

También «implica autocuidarse y cuidar a la persona con la que estás«, resumió Irene.

Mara Mariño.

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¿Eres fetichista? Este psicólogo te resuelve la gran duda

Siempre hay algo. Algo que te da reparo compartir incluso con tu amiga con la que tienes más confianza. Algo que tú disfrutas -porque vaya si lo haces- pero sabes que no está bien visto por tratarse de un fetichismo.

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Y puede ser desde una pasión desmesurada por oler la ropa interior de otra persona, conseguir alcanzar el clímax solo si participan los pies en el juego o pasear toda una tarde con un juguete metido en cualquiera de tus orificios, porque es la orden que has recibido.

Lo que tienen en común es precisamente lo que las hace peculiares. Se escapan de lo convencional, del sexo que sí parece moralmente aceptable simplemente por estar más extendido.

Pero, ¿te digo algo? No somos bichos raros.

Y me he encargado de tener un punto de vista profesional antes de escribirlo. José Alberto Medina Martín, (@sex_esteem en Instagram) psicólogo y sexólogo, me ha tranquilizado al respecto.

Porque, para empezar, creemos que el hecho de que nos excite algo en concreto del cuerpo, como puede ser (aquí hablo en mi caso) una barba o vello corporal, ya significa que es un fetichismo, lo que es una confusión muy frecuente.

“Si solo obtienes placer en prácticas sexuales que involucran esa parte, objeto o material, sí se considera fetichismo, que estaría englobado dentro de las parafilias. Son prácticas sexuales no convencionales que se salen del modelo de una sexualidad normal, normal de norma”, afirma el psicólogo.

Es más, para él, que necesites una práctica distinta (se me ocurre como ser escupido o insultado) para llegar al orgasmo, solo tiene una dificultad y es que des con alguien a quien también pueda gustarle eso.

“Cuando solo obtienes placer del fetichismo, ya sea cuero, tacones, fusta o una parte del cuerpo, hay un problema de cara al público que se pueda encontrar. Es más complicado encontrar parejas sexuales con tus preferencias, se cierra el abanico de las posibilidades”, reflexiona.

“El caso es que interiorices que tienes la capacidad de tener gustos por otras cosas, la capacidad está ahí. Pero si no quieres explorarla por cualquier motivo -y quieres seguir ciñéndote a tu parafilia porque te encuentras cómoda así-, no hay ningún problema contigo”, afirma el experto.

En sus palabras: “Es una práctica más. Tiene una serie de dificultades a la hora de encontrar pareja/público con la que disfrutar de ella, pero todo el mundo tiene su espacio y su público, aunque sea más difícil de encontrarlo”.

Solo es un problema si te supone un problema, no porque venga en un libro”, resume.

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Y ¿qué pasa si me encuentro a una persona fetichista pero mi vida sexual es más convencional? José Alberto resuelve la duda.

“Si no te gustan esas prácticas -o no al mismo nivel que a tu pareja-, estás en todo tu derecho de decir no. Es cuestión de encontrar un punto de encuentro. Si no lo hay, no pasa nada. Hay mucha gente en el mundo”, declara.

En lo que coincidimos ambos es que la carga social de tener este tipo de preferencias sigue siendo muy grande. Quitarle peso no empieza en la intimidad de la habitación.

“Ambas partes tienen que tener en cuenta que es una práctica más y no hay ninguna alteración neurológica ni ningún tipo de enfermedad o patología. Por mucho que quieran hablar los manuales de trastornos parafílicos simplemente son gustos.”

Duquesa Doslabios.
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Introducción al fetichismo de la ‘lluvia dorada’: cómo hacerle pis sin que sea escatológico

Defiendo a capa y espada que, en el sexo, no hay nada incorrecto ni sucio siempre y cuando cuente con el consentimiento de los participantes.

Por eso creo que tenemos que avergonzarnos menos cuando, al compartir una fantasía, empezamos con «me da vergüenza que esto te parezca demasiado pervertido«.

Y las que se llevan la palma de esta categoría son las relativas a las excreciones.

LELO

Pero si hay gente que se pide helado de higo confitado, ¿cómo no va a haber a quien le guste que le hagan pis encima?

De hecho, la lluvia dorada, el nombre que recibe esta práctica (golden shower en inglés), es más común de lo que podemos pensar.

Además, tiene un punto a favor: puedes probarla en una versión mucho más higiénica si te da reparo al principio.

Lo más importante para ponerla en práctica es, para empezar, que haya consentimiento entre ambas partes. O que las dos personas queráis practicarla por igual.

Si alguien tiene dudas, es mejor dejarlo pasar.

Escoger el sitio donde poder hacer pis es clave. Lo más cómodo a la hora de limpiar es optar por la ducha o la bañera.

Pero suelos que se puedan fregar -de baldosa por ejemplo-, son también una buena alternativa. Incluso poner una toalla o sábana vieja, que luego eches directamente a la lavadora, es otra solución.

Ya que las características del pis son el olor y el color, recomiendo una ingesta de agua muy abundante a lo largo del día (y que te mantengas lejos de los espárragos).

Así te aseguras de que, en el momento, el líquido salga casi transparente, lo que hace que la experiencia sea más agradable para principiantes.

Por último, hay que ser pacientes. La primera vez puede dar algo de reparo y quizás eres incapaz, por muy llena que tengas la vejiga, de hacerle pis encima a alguien.

Imagina que tienes muchas ganas de probar la golden shower, has bebido dos litros de agua y has encontrado una piscina hinchable para que la experiencia con tu pareja sea de cinco estrellas.

Pero justo llega el momento y te ves incapaz. No sale ni una gota.

Los nervios, la presión, la falta de práctica o incluso la vergüenza pueden jugar en nuestra contra en el último momento.

¿Mi consejo? Intentar no pensar, relajar el esfínter o ponerte ruido de agua de fondo (abrir un grifo o que la otra persona te haga «pspspsssss» son remedios infalibles).

Y, una vez empieces a mear, a disfrutar.

Duquesa Doslabios.

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Alimentar el mapa erótico: la forma de actualizar tus fantasías sexuales

Tus fantasías sexuales no son eternas. Al igual que tus metas, tienes que ir actualizándolas a lo largo de tu vida.

Lo que te encantaba a los 20 años no suele ser lo mismo que te seduce a los 30.

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En eso consiste el mapa erótico, en aquellas historias que nutren nuestro imaginario sexual.

El ir cumpliéndolas o ir descubriendo cosas nuevas consiguen que las etapas íntimas vayan cambiando.

Pero configurar este mapa no es algo que caiga del cielo. Se debe trabajar.

Y no hay nadie más que tú que pueda decidir qué aparece y qué no.

He dicho varias veces que disfrutar de la sexualidad es tarea de la propia persona, y el mapa erótico es el ejemplo perfecto.

Incluso si consideras que la imaginación no es algo que te sobre precisamente, vengo a darte algunas ideas que a mí me han funcionado.

Tu mapa erótico puede empezar por la fantasía de cumplir con un desconocido ese polvazo que te ha contado tu amiga que echó con su novio.

Puede ser la escena de una película que siempre te haya excitado y quieras poner en práctica.

También probar todo tipo de fetiches a ver si hay alguno con el que hasta ahora no te habías atrevido (y resulta que te encanta).

Fuentes de fantasías eróticas son también los libros, hacerse con juguetes nuevos…

Y si lo que se te da bien es tirar de imaginación, montarte historias en la cabeza será tu primer campo de experimentación.

Fantasear con que sucede algo con la compañera de trabajo, ir en el ascensor y pensar qué pasaría si entrara ese vecino que te gusta…

De la misma manera, es posible hacer el ejercicio con gente desconocida.

¿De esas personas que compartes espacio en el vagón, ¿cuántas tendrán sexo esta noche? ¿Cuántas lo tuvieron ayer?

Todo sirve para estimular tu mayor órgano sexual: tu cerebro.

Duquesa Doslabios.

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Después de la sesión BDSM, no olvides lo más importante: el ‘aftercare’

Si te pregunto qué es lo primero que se te pasa por la cabeza cuando lees las siglas BDSM es probable que pienses en esposas, fustas o cuerdas.

Raramente relacionarías el término con un antiinflamatorio, una manta o incluso chocolate. Y es que estos tres últimos objetos son igual de importantes que los primeros.

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Pueden formar parte de un kit de aftercare BDSM, una serie de cuidados que, por lo que me explica Valérie Tasso, escritora, sexóloga y embajadora de LELO, son fundamentales.

Lo que sucede después de la sesión nos sirve, según la experta, como balance.

«Este balance consiste en hablar sobre lo que se acaba de experimentar, analizar lo que nos ha gustado o no, cuán cómodos hemos estado, etc. También incluye el mimar el cuerpo del otro, si una sesión ha sido particularmente dura, a través de abrazos, caricias, curas de pequeñas heridas, moratones, etc», afirma Valérie.

Y no solo después de practicar BDSM, por ejemplo se puede hacer también, en palabras de la sexóloga, «cuando hemos tenido relaciones eróticas convencionales e, incluso, cuando hemos probado nuestro nuevo juguete erótico de LELO».

¿Por qué es importante que después de las prácticas de BDSM se realicen ciertos cuidados?
Es una parte esencial de la erótica BDSM. Durante una sesión bedesemera, se suele generar mucha adrenalina (una hormona que todos producimos) y, después, suele aparecer un bajón significativo (es lógico porque el nivel de adrenalina baja) que se puede manifestar de muchas maneras, según la persona, desde la tristeza, una sensación de vacío, dolores varios que nos llevará a cierto estado mental (por la tensión del cuerpo), etc.

¿Qué tipo de aftercare podemos poner en práctica?
Debería ser una mezcla de cuidados físicos (un ejemplo: si hemos practicado bondage, deberemos revisar que no se haya producido ninguna rozadura con la cuerda (y si es el caso, cuidar estas rozaduras) y psicológicos post-relación. Si bien cobra mucho sentido en relaciones eróticas más ‘convencionales’, por llamarlas de alguna manera, más importante lo es en el BDSM.

Pero, ¡ojo! Muchas personas se limitan al aftercare justo después de una sesión cuando realmente se debería prolongar más allá en el tiempo ya que, muchas veces, el tipo de bajón que puede aparecer, no necesariamente lo hará justo después de jugar. Suele pasar a menudo que en nuestras prácticas eróticas, ciertos estados anímicos se manifiesten unos días después. Debemos estar atentos a ellos.

¿Cuáles son las diferencias entre el aftercare físico y el emocional?
En el aftercare emocional, hablaremos de cómo nos hemos sentido, con qué hemos disfrutado, qué no nos ha gustado… La idea es garantizar un bienestar mental a nivel que, además, nos servirá a la hora de volver a practicar BDSM más adelante, ya sea con la misma persona o con otra diferente. Esas reflexiones nos ayudan a aprender y ser más conscientes de la experiencia. Y sobre todo a conocernos a nosotros mismos mejor.

En cuanto al aspecto físico, nos encargaremos de comprobar que el cuerpo está bien y, en caso de que tengan alguna rozadura, por ejemplo, aplicar alguna crema indicada para esos casos. Sin embargo, y bien practicado, el BDSM no debe suponer un perjuicio para nuestra anatomía.

Una buena sesión de aftercare aborda tanto la parte emocional (para mí, la más importante) como la física. Ambos aspectos tienen que ir de la mano.

¿Cuánto tiempo deberíamos dedicarle?
Como en cualquier otro aspecto, el tiempo que haga falta. Puede variar dependiendo de diversos factores. Así, dependerá de cada persona, de quién es la pareja con la que ha practicado el BDSM, de cada sesión, del estado anímico en el que nos encontremos, de si hemos introducido juegos nuevos en una sesión, etc. Y como decía antes, y que quiero recalcar nuevamente, puede ir más allá en el tiempo, no solo justo después de una sesión.

¿Es algo que habría que realizar siempre después de cada sesión o depende del momento? ¿Necesitan aftercare todas las personas que han participado en la sesión?
Rotundamente, sí. Por mucho que hayamos jugado a los mismos juegos una y otra vez, y con la(s) misma(s) persona(s), la teatralización erótica de una sesión siempre incorpora, aunque sea de forma sutil, nuevos elementos. Y no solo habría que practicar el aftercare siempre después de cada sesión, también los días siguientes, según cómo vayan reaccionando los participantes.

El aftercare no solo es válido para el sumiso/a, también lo es para el/la dominante. Se trata de ir creciendo juntos y aprendiendo. Y el/la dominante también se tiene que incluir. Tiene que haber, en todo momento, una retroalimentación en los roles que cada uno ha ido adoptando. El espíritu crítico de un/a dominante es la garantía futura de llegar a ser muy bueno/a en una sesión.

¿Qué tipo de artículos o productos no pueden faltar en un kit de aftercare?
Hay quien incluye hidratantes, cremas antiinflamatorias, frío, paracetamol, etc. Pero también es frecuente meter en ese kit aceites esenciales que, por sus aromas, nos ayudan a relajarnos tras una sesión de BDSM. También se pueden incluir mantas o jerséis que nos hagan sentir cómodos, té, dulces… ¡El kit de una persona puede incluir de todo! Dependerá de los gustos de cada uno, de las prácticas que suele llevar a cabo, del nivel de adrenalina que haya tenido que experimentar… Después de una sesión, las personas suelen sentirse particularmente vulnerables. El aftercare (y su kit) trata de reconfortar tanto físico como mentalmente.

En el libro Sexo kinky y BDSM, que he escrito en colaboración con la marca de bienestar sexual y juguetes eróticos LELO, explico todos los pasos para iniciarse en este conjunto de prácticas de forma segura.

Duquesa Doslabios.

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Si te encantan la comida y el sexo, es momento de que pruebes el ‘sploshing’

Morder, chupar, lamer, probar, degustar… Que tantos verbos se puedan aplicar tanto al sexo como a la comida podría ser todo menos casualidad si hablamos del sploshing.

Esta filia consigue unir las dos pasiones de los que encontramos, a partes iguales, auténtico placer en la comida y el disfrute sexual.

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Y aunque el nombre suene a chapuzón en la piscina -más que a una modalidad que pueda excitarnos-, el fetichismo tiene su público.

Como una de las variantes del WAMlas siglas de la parafilia wet and messy-, esta tendencia consiste en añadir todo tipo de alimentos (a ser posible semilíquidos o que puedan frotarse o deslizarse por el cuerpo), que es muy distinto a sacar cualquier ingrediente aleatorio de la nevera y echárselo por encima.

Son los favoritos para el sploshing la nata montada, los siropes, el helado, el chocolate fundido, la mermelada, la miel, la mantequilla de cacahuete, la leche… Pero también puedes probar con ketchup, mostaza o mayonesa si eres más de sabores salados.

Una serie de alimentos con doble estímulo, el de degustarlos -por supuesto-, así como el de extenderlos de una forma sensual (por eso es mejor que optes por los que sean tipo crema). Como tercer aliciente, habría que mencionar el morbo de lo prohibido.

El de «con la comida no se juega».

Texturas que se pueden poner tanto por la piel como en los genitales sin que generen un problema (no puedo decir lo mismo de la salsa picante de Taco Bell).

Eso sí, el riesgo que existe es el de terminar manchados. Aunque, por suerte, una toalla negra sobre la cama o el sofá a modo de protección -o simplemente darse una ducha posterior-, son las formas de poner en práctica la parafilia sin que la casa sufra sus efectos.

¿Te atreves a visitar la cocina para darle rienda suelta a tu imaginación?

Duquesa Doslabios.

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El mundo de los pies para fetichistas novatos (o que no saben si lo son)

«Sería bastante interesante leer un artículo sobre fetichismo», me comentaba hace unos días un seguidor que, como Tarantino, comparte el amor por los pies.

Como mi experiencia con la filia es más bien breve, se convirtió en mi mejor fuente de información para averiguar si es algo en lo que puedes introducirte o un gusto adquirido con el tiempo.

BIJOUX INDISCRETS

Y es que fetichismos aparte, los pies y las manos son dos importantes puntos de placer por las terminaciones nerviosas (en nuestras plantas habría unas 7.000).

Una razón más que suficiente como para darles la oportunidad de que, la próxima vez que tengamos ocasión, adquieran mayor protagonismo.

Mi seguidor me confirma que, a nivel sexual, los pies producen morbo por su forma y su tacto. Pero la excitación va mucho más allá cuando entra en la ecuación la variedad de prácticas.

Dentro del fetichismo hay todo un mundo. Un abanico de placer que puede ir desde verlos a tocarlos, una paja con los pies (que recibe el nombre de footjob) o combinándolo con la sumisión, el trampling (disciplina que consiste en caminar sobre una persona).

Pero antes de que te atrevas a andar sobre la espalda de tu pareja, mi consejo es que empieces por un nivel más ligero y compruebes (comprobéis) si os va gustando o preferís probar otro fetichismo porque no es el vuestro.

El punto de partida que de uno mismo depende es llevar los pies a punto.

La higiene es fundamental (a no ser que encontremos justamente a alguien que le gustan con olor) y un mínimo de pedicura -no hace falta que lleves cristales en las uñas, conque estén bien cortadas ya tienes todo hecho-, siempre es bienvenido para seducir con esta zona.

En cuanto a los zapatos, ¿es mejor llevar algún modelo que deje el pie a la vista o prescindir del calzado?

Depende de cada persona, lo que nos invita a experimentar con unos tacones o unas sandalias. Por lo general, es el pie desnudo el que excita, así que por mucho que busquemos el modelo perfecto, terminará en el suelo tarde o temprano (si se quitan de una manera sugerente, mejor).

Y se puede aplicar el mismo razonamiento a medias y calcetines.

A la hora de jugar con ellos, acariciarlos con las manos puede ser un buen punto de partida (si aguantas las cosquillas esto te resultará muy fácil). Sube de nivel recorriéndolos, o dejando que te los recorran, con los labios o la lengua.

Para poner el broche de oro, nada como incluir en la rutina posturas en las que se pueda hacer eso al mismo tiempo que se estimulan los genitales.

Es el caso del misionero, que se pueden colocar cerca de la cara o si estando nosotras encima dejamos las piernas hacia delante. Pero también con un cunnilingus o incluso el célebre 69.

Duquesa Doslabios.

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Si te pone esta cara, puede que seas fetichista del ‘ahegao’

El día que un fabricante de juguetes me contó que su producto estrella era un asiento de madera con un agujero para poder defecar en el pecho de la persona que se pusiera debajo, entendí que sobre gustos sexuales no hay nada escrito.

Y un poco por ahí van los tiros de la última moda que está triunfando en internet. No es el nuevo succionador de clítoris, un revolucionario masturbador masculino o la postura que realmente consigue estimular el punto G, es la pose que ves bajo estas líneas.

@STARBITERZER

Esto de ponerse bizca mirando hacia arriba, a la vez que sacas la lengua, tiene un nombre: ‘ahegao’ y es una tendencia que viene desde Japón.

Aunque de primeras solo pueda parecerte una cara rara, tiene una connotación sexual importante, ya que se usa para expresar placer o éxtasis tanto en el manga erótico como el hentai o los videojuegos.

Al principio, el término se utilizó para definir las cara de una actriz porno teniendo un orgasmo. Luego se empezó a popularizar y se extendió por la cultura otaku (personas aficionadas al anime).

El término se ha disparado en internet hasta el punto de que en las webs de contenido erótico o en cualquier red social encuentras millones (MILLONES) de chicas haciendo la ahegao face.

Incluso hay profesionales -llamadas ahegaoers– expertas en hacer la cara (como Belle Delphine, la que vendía el agua de su bañera a precio de oro) y hasta quienes añaden complementos como espuma o líquidos (blanquecinos, por supuesto, por si alguno sigue sin pillar la referencia).

El gesto juega entre la diversión y la perversión. Para mi quien mejor lo resume es el youtuber Juanito Say cuando dice que la razón del éxito del ahegao es precisamente «la expresión de la sexualidad sin ser demasiado explícito o estar desnudo«.

Solo hay dos cosas que me llaman la atención de la pose y de las que me gustaría reflexionar. La primera es el hecho de que, buscándola en redes sociales, solo se encuentren mujeres interpretándola. No hay hombres que la imiten.

¿Cómo me lo tomo? ¿Como que quizás hay un posado equivalente masculino -igual con solo un ojo enseñando los dientes a la vez que se levanta la nariz- o como que a nosotras este tipo de poses no nos seducen por igual?

La segunda es que no verás ahegaoers de más edad que las veinteañeras entrecruzando la mirada y con la lengua hacia fuera (y oye, que si te gusta ¿por qué no hacerlo a tus cuarenta?).

¿Estamos ante otra manifestación de la cultura sexual basada en la infantilización y sumisión de la mujer?

Duquesa Doslabios.

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No imaginaba que llegaría a excitarme que huelan mi ropa interior

Sí, claro que tengo prácticas sexuales que nunca probaría. Uno de mis límites preestablecidos en el dormitorio (o en la parte que sea de la casa), sería el sexo bizarro. Sigo sin verle el lado erótico por encima del escatológico.

Otras sospechaba que no me iban a gustar -como por ejemplo que me escupan en la cara-. Y, después de probarlas, he confirmado que no van conmigo.

Hay un tercer grupo que no me planteaba hace unos años, pero ahora se ha incorporado a mi lista de fetiches. Es el caso de la misofilia o burusera.

SAVAGEXFENTY

¿Significa eso que he empezado a excitarme con la imagen de unos calzoncillos usados tirados por el suelo? No (al menos todavía).

Me posiciono en el bando contrario, el de la voyeur fetichista que disfruta observando cómo su propia lencería produce ese efecto en la otra persona. Uno de mis nuevos estímulos más efectivos.

Supongo que se me juntan una serie de razones que van más allá de la satisfacción sexual cuando siento que domino la situación, como es mi lado feminista de mujer empoderada que se rebela ante lo socialmente aceptado.

¿Hay algo más morboso que lo que nos dicen que está mal de nuestro cuerpo -ese flujo vaginal que debemos eliminar, camuflar o perfumar a toda costa, que en los anuncios debería ser color azul y oler a suavizante de ropa-, excite a una persona?

Se me ocurren pocas cosas que me hayan encendido tanto como ver a alguien llevarse un tanga, que me acabo de quitar unos segundos antes, a su cara y olfatearlo.

Con delicadeza y cerrando los ojos, de la misma forma que olería una buena copa antes de llevarse a los labios el vino tinto.

Una sensual cata con resultado inmediato: a cada inhalada aumenta su excitación de manera proporcional al tamaño de su miembro.

El morbo de que sea algo tan íntimo mío -aquí también entra el juego el pudor, por supuesto– sumado a que se considera un olor prohibido, me hace sentir tan agitada como poderosa sobre él.

Y esa sensación de control, de saber que una parte de mi cuerpo pueda provocarle esa reacción, es embriagadora (y me preocupa que adictiva).

Incluso la idea de regalárselo, sabiendo que en un futuro vaya a tocarse volviendo a acercar mi ropa interior a su nariz, también me provoca. No hace falta que estemos en persona para que podamos encontrar placer juntos.

Solo me pregunto quién sería más fetichista de los dos: ¿el fetichista o quien encuentra placer viendo excitarse al fetichista en pleno fetichismo?

Duquesa Doslabios.

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