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El acoso sexual a las de siempre (por parte de los de siempre)

«No os quejéis, que luego subís fotos que casi se os ve el coño», escribía uno de los alumnos del centro de Almendralejo en redes sociales sobre la difusión de imágenes de sus compañeras.

Con una ‘sutil’ diferencia, que no es lo mismo elegir voluntariamente qué foto subes a tus redes y que se descarguen esa foto tuya sin permiso, que la retoquen con un programa para que parezca que no tienes ropa y que la difundan.

uniforme colegio

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Ha pasado hace unos días, pero la historia no es nueva, es la misma de siempre: apropiarse del cuerpo femenino sin importar el deseo de la implicada.

Ahora lo hacen con inteligencias artificiales, pero hace nada era levantando la falda para comprobar qué bragas llevábamos.

La que era la práctica habitual en mi colegio, hasta el punto de que trasladamos a los profesores el problema, quedó impune cuando la recomendación que recibimos fuera que apostáramos por shorts o mallas cortas que quedaran cubiertas por la falda del uniforme.

Llama la atención que la respuesta de muchos sea la de poner la mira en quien señala el problema porque es víctima de él.

Cuando la pregunta no es qué hacíamos nosotras para que nos levantaran la falda (solo llevarla, como mandaban las normas del colegio).

Ahora la acusación se ha adaptado a los nuevos tiempos convirtiéndose en «No haber subido fotos a redes».

Un aviso que suena familiar, que me devuelve a aquel «Si no queréis que se os vea nada y hagan bromas, poneos pantalones debajo de la falda».

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Siempre nosotras, desde niñas, las responsables de parar algo que no hemos elegido. Pero lo que parece que cuesta preguntarse es, en vez de qué podemos hacer nosotras para ‘remediarlo’, por qué siempre son ellos.

Por qué los chavales de ahora -y los de hace 10 o 20 años-, encuentran una fuente de diversión en la intimidad de sus compañeras de clase, desnudándolas física o digitalmente.

Y sobre todo haciendo de ello una mofa o un juicio, que hace que el colegio se convierta en un lugar peligroso por partida doble.

Por un lado por ser el sitio donde se comparte espacio a diario con quienes han realizado la agresión, que se regodean en sus malos actos con el acoso, y donde los adultos miran hacia otro lado.

A excepción de las madres de las afectadas. Sí, digo bien, madres, que son ellas quienes se han organizado y copan los titulares de estos días.

Aquí lo que toca cuestionarse de una vez por todas es por qué nosotras ni bajamos pantalones por los pasillos del colegio ni usamos herramientas digitales para quitarles la ropa a nuestros compañeros de clase.

Qué está pasando para que cambien las generaciones, sintamos que como sociedad estamos avanzando hacia un mundo más abierto de miras, cuando el problema es que el sistema apenas ha evolucionado con nosotros.

Porque las actitudes machistas no desaparecen, se adaptan a los nuevos tiempos.

Y seguimos estando expuestas porque existe esa mentalidad compartida de que la intimidad de las mujeres está al alcance de cualquiera, que la culpa la tiene ella por buscárselo o por cómo iba vestida o por lo que subía a su perfil.

Todo con tal de llamarlo como lo que verdaderamente es: violencia hacia las mujeres.

Porque el primer escalón es que difunda una foto tuya y quien la edita o lo comparte, no lo vea como algo serio; pero el siguiente es que te dé un beso sin que tú quieras recibirlo y el otro que, después de una violación, afirme que solo lo llamas así porque no has quedado satisfecha.

Mara Mariño

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¿Qué une a más de la mitad de los feminicidios de 2023?

Lo de las cifras de feminicidios de 2023 está siendo de película de terror.

Pero hay otro dato que me ha inquietado: repasando los 52 crímenes mortales, 29 de ellos han sido producidos por parejas o exparejas.

Mujeres feminicidios

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Sí, el porcentaje es escalofriante: el 55% de las mujeres asesinadas han fallecido por hombres con los que están casadas, intentando separarse, separadas o con los que solo tienen relaciones esporádicas.

Es decir, más de la mitad de las mujeres a las que matan en España, no pierden la vida por culpa de un asesino en serie.

Esa figura -que suena casi de ficción- del monstruo que circula libremente y espera de noche detrás de una esquina, expectante, a su próxima víctima.

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Más de la mitad de las mujeres que han perdido la vida este 2023, ha sido en manos de la misma persona con la que se tomaban el café por la mañana, con quien tenían hijos o con quien se iban de vacaciones.

Los hombres de su círculo más cercano, de los que menos han sospechado por esa idea, tan romántica y errónea, de que quien te quiere no te haría daño.

Que el 100% de los homicidas de feminicidios íntimos sean hombres es la prueba de irrefutable de quienes quieren volver a cuestionar que este es un problema con nombre propio (violencia de género).

Porque ha sido dentro de parejas de todo tipo: sentimental, sexual o ambas. Con el denominador común, también, de que han sido ellas las asesinadas.

Leyendo estos datos en la pantalla, hasta diciéndolo hasta para mí misma, sé que suena alarmista. Ninguna queremos ver con recelo a nuestro compañero, la persona en la que más confiamos.

Pero eso no quita que estamos ante un problema de alcance mundial, nos guste o no escuchar. Por ser mujeres nos jugamos la vida.

Y aprovechando que parece que esta semana la frecuencia y cantidad de homicidios se han salido de la violencia habitual, la que casi se ve socialmente como inevitable, es el momento de tomar nota de en qué circunstancias se han dado los asesinatos y pedir más.

Más intervenciones tempranas, más vías de salida financiadas para que las víctimas tengan a dónde acudir, dónde sentirse protegidas.

Si el 55% de los homicidas eran las parejas, la casa ya no es un lugar seguro.

Y por supuesto mayor peso de la justicia ante estos crímenes. Al mismo tiempo, blindarnos en banda hacia cualquier forma de violencia hacia las mujeres (verbal, física…).

Hacernos intolerantes del maltrato e implicarnos en la lucha contra el terrorismo machista.

Porque si seguimos debatiendo que si existe o no, no se pone el foco en esto: en ellas, en prevenir que suceda.

Y menos aún en pensar que no estamos a salvo en casa con nuestra pareja.

Pero mientras tanto la cifra sigue creciendo cada día.

Mara Mariño

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El cambio en la ley del ‘Solo sí es sí’ que nos debería preocupar (más)

Tengo la sensación de que la ley del ‘Solo sí es sí’ (o Ley Orgánica 10/2022) ha quedado en el olvido. Sabemos que salió adelante, pero que al poco una reforma en el Congreso aprobó una reforma sobre algunas de sus disposiciones.

Con ese cambio parecía que la primera ley que habría llevado el consentimiento a la Justicia, se había quedado en la nada absoluta.

Mucho ruido y pocas nueces.

agresión sexual pareja

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Con todo lo que se habló sobre ella en su día -y la polémica que generó antes de ser aprobada-, así como el goteo constante de noticias acerca de las rebajas en las condenas de los agresores sexuales, me encuentro que ahora no hay mucha información circulando al respecto.

Lo que no quita que, discreta y en silencio, la reforma de la ley vuelve a tocar un aspecto que supone un retroceso.

Así que quiero aprovechar para hacer una llamada de atención, porque no quiero dejar pasar algo nos están colando de nuevo.

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Uno de los grandes avances de esta ley era que unificaba abuso -cuando no había fuerza e intimidación- con violación -casos en los que sí lo había- pasando a llamarse todo ‘agresión sexual’.

Es decir, daba igual que no hubiera habido ningún tipo de violencia, el hecho de que no se contara con el consentimiento ya hacía que se penara como agresión.

Además esto era algo muy positivo para las víctimas «que no tienen que demostrar el uso de la fuerza para que sea considerado agresión», me comentaba el abogado Emilio Marful hace unos meses.

El problema es que esta disposición, con la reforma, ha desaparecido.

Uno de los cambios que experimentará la ley será que vuelve a convertir la violencia en un factor agravante y separa lo que es una violación de una violación con violencia o intimidación.

¿Y cuál es el problema?

Me comentaba mi profesora de autodefensa que, ante situaciones de peligro, a las mujeres se nos ha socializado en la parálisis, en la indefensión, en una inmovilidad que -como nos han vendido- garantiza nuestra supervivencia ante un mal mayor, el de ser asesinadas.

Pero no en la lucha ni en la resistencia.

De esta manera, una mujer que está siendo víctima de una violación, es mucho más probable que reaccione quedándose quieta que peleando contra el agresor.

Conclusión, en muchas ocasiones no necesitamos intimidación ni violencia, porque quedarnos quietas ya es nuestra primera respuesta si sentimos que es una situación de riesgo.

Cuando esas agresiones suceden, ¿de verdad es menos violación? ¿Merece menos años de condena?

Pienso en esas mujeres que no solo sufren esto en manos de un violador (el clásico violador que compartimos en el imaginario colectivo y que está en un callejón a la espera de su próxima víctima), sino las que sufren esto en silencio en el seno de su pareja, de su familia, de su trabajo…

En las que viven una serie de microsistemas donde no tienen forma de librarse de sus agresores por las relaciones que las atan.

Y pienso también en ellos, claro, que con esta reforma vuelven a recibir el mensaje de no deben volver a preocuparse de si ella consintió o no.

Este cambio en la reforma es dar un paso atrás de nuevo. El paso de volver a ser juzgadas socialmente como que no te resististe lo suficiente.

Lo que supone poner, una vez más, el peso de la agresión no en forzar a un acto sexual no deseado, sino en lo que hemos forcejeado (y luego demostrarlo).

Como si la violación no fuera bastante violencia.

Mara Mariño

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¿Por qué hay rebajas de penas o excarcelaciones? Un abogado nos resuelve las dudas sobre la ley del ‘Solo sí es sí’

Puede que no lo supieras, pero esta es la primera vez de la historia de nuestro país en la que se legisla de algo tan importante y complejo para el sistema judicial como es el consentimiento.

De hecho, esa debería ser la razón por la que la Ley de Garantía de Libertad Sexual o conocida como Ley del ‘sí es sí’, debería ser famosa.

Y no por las rebajas en las penas y las excarcelaciones de los agresores, lo que realmente ha conseguido que esté en boca de todos estos días.

mujer 8m Ley Libertad Sexual

GETTY

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Yo he sido la primera que, defendiendo la libertad sexual, no entendía cómo podía ser que una ley que supuestamente la garantiza, tuviera una cara tan oscura como la de liberar a agresores condenados con antelación.

«¿Es que nadie había pensado en las víctimas?», me preguntaba.

Y sí, sí que se ha pensado en las víctimas, pero hay tantos factores alrededor de una ley que pueden verse afectados por razones externas, que acudí a un amigo abogado para que me ayudara a entender lo que estaba sucediendo.

Mi entrevista con Emilio Marfull, abogado penalista experto en extranjería, comienza por la razón que hay detrás de esas excarcelaciones (20 hace unos días) y las 259 reducciones de pena.

Algo que se resume en que se han unificado los delitos de abuso -cuando no había fuerza e intimidación- con violación -casos en los que sí lo había- pasando a llamarse todo ‘agresión sexual’.

Con este cambio se evitaría que la víctima tenga que demostrar si hubo o no fuerza, todo lo que implique falta de consentimiento explícito sería considerado agresión.

«Es una mejora para las víctimas, que no tienen que demostrar el uso de la fuerza para que sea considerado agresión, pero un fallo en cuando a la duración de las penas«, dice el letrado.

Pero, ¿cómo no se pensó en la consecuencia? «Es una cosa bastante evidente hasta para una persona que no tiene conocimiento de Derecho. El problema es que no hay que ver las decisiones en penal como solo ese delito aislado», dice Emilio.

«Se pedía una rebaja porque no tiene coherencia con las penas no tan elevadas respecto a las que tienen delitos sobre la vida como el homicidio», explica. Es decir, para distanciar más el bien jurídico de la vida y el de la libertad sexual, ya que el de la vida está bastante por encima, de ahí que se reduzcan los años de todo lo que no atente a esta.

«Pero la diferencia de penas no representaba esa distancia. Había que reducir las penas de ciertos delitos, ya que en relación a ellas, otros delitos que afectan a bienes jurídicos más importantes quedarían infrapenados», comenta el experto, aunque si bien admite que «se preveía que esto iba a pasar», dice en cuanto a las rebajas y excarcelaciones, la consecuencia más directa.

«Al reformar un delito para englobar otro delito que ya existía, tienes que hacer este tipo de ingenierías», explica el letrado. Así como analizar «qué penas hay con bienes por encima y bienes por debajo, para que el catálogo de penas en su conjunto tenga una sistemática».

«Mirándolo desde una justificación teórica puede estar bien ajustar las penas para que sean coherentes. Pero no si te lo dicen desde una perspectiva más práctica, pensando en las propias asociaciones de víctimas y de juristas», afirma Emilio.

Ahí es donde reside una de las críticas en la elaboración de la ley, que no se haya escuchado como se debería a quienes verían y vivirían las consecuencias que iba a tener esto de ver a sus agresores puestos en libertad antes de tiempo, con el impacto que puede causar en sus vidas.

Uno de los mayores problemas, según el abogado, es que el «el Sistema Penitenciario está infradotado de recursos para generar la reinserción social y evitar reincidencias», comenta el penalista.

Y es algo que se ve en el perfil de algunos de los excarcelados, como por ejemplo un hombre en Oviedo, ​condenado por dos delitos de violación consumada, un delito de violación en grado de tentativa y un delito de agresión sexual en grado de tentativa. O el hombre que violó a sus hijas menores de edad en varias ocasiones.

El primero ya ha sido excarcelado, el segundo ha tenido una rebaja de pena de dos años y cinco meses.

 

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A favor del reo, el artículo 2

Que tantas penas se encuentren en revisión se debe a que la ley se va a aplicar con carácter retroactivo, lo que significa que los casos de violencia sexual cuyos agresores hayan sido expresamente condenados a la pena mínima, siempre que no concurran agravantes, verán que esa pena mínima se ha reducido tras la reforma del código penal. Aunque existen mecanismos para evitar esa reducción de penas.

O, al menos, eso es lo que dice la teoría de la ley. «Desde la teoría tienen razón porque no deberían ocurrir estas rebajas si se interpreta la ley como hay que interpretarla, de manera sistemática» explica el jurista. «Es decir, entendiendo la normativa penal en su conjunto y no el nuevo delito de agresión sexual de manera aislada».

«Los jueces que interpretan así se están centrando en un artículo, que es el artículo 2. Si existía una pena mayor, y la nueva norma prevé una pena menor, se aplica la nueva norma por ser más favorable. Las normas penales solo tienen efecto retroactivo cuando son favorables, dice el artículo, que es un principio muy básico del derecho penal. Al llegar la nueva ley, lo fácil es aplicarla conforme al artículo 2, sin entrar en interpretaciones más complejas», comenta.

Pero ahí es donde entra que los jueces no estén contemplando la imagen en su totalidad, sino yendo a la aplicación de un artículo aislado y punto.

«Desde una perspectiva de lo que hay que hacer, según la interpretación hermenéutica tienes que juntar todo, entenderlo todo de manera sistémica, no quedarte solo con ese artículo. Qué más da que te bajen la pena mínima del delito de agresión sexual si luego tienes dos artículos abajo que te meten los agravantes», explica el letrado, ya que los agravantes suman años de condena.

En su opinión: «Los jueces comprometidos con el problema del machismo harán interpretación sistémica y tendrán en cuenta el resto del articulado del código. El legislador esperaba que ese ‘desvalor de la acción’ causado por el delito, fuera suplido por una interpretación judicial acorde a otros artículos del código penal -entre ellos los agravantes- y no quedara ahora cubierto ante la reducción de penas».

Siendo la primera vez que se está legislando sobre el consentimiento sexual «los jueces no se la juegan a ir a la par con la novedad. No se juegan su carrera supliendo con interpretaciones complejas la falta de una redacción más impecable por parte del legislador», comenta Emilio.

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Aunque también entra en escena la cultura patriarcal que pueden tener los jueces: «Son los políticos quienes les dejan margen de interpretación para poner en acción su cultura patriarcal. Si la ley se redacta de manera más estricta, menos interpretable, limitas el margen en que un juez puede verter su moral y su ideología en la aplicación de las normas».

«En el momento que la judicatura es pagada con dinero público para juzgar, los políticos tienen la responsabilidad de minimizar su margen de interpretación, más cuando se trata de una norma tan revolucionaria, tan nueva, y que sabes que puede encontrarse con el obstáculo de una justicia patriarcal». Algo que califica de «un error de novato».

«Tendrían que haber hecho una ley más perfecta. Desde una perspectiva electoral se podría haber aprovechado mucho más», opina.

¿Y la solución?

Aunque ahora mismo, según el abogado, «No hay tiempo para cambiar la ley», se ha propuesto desde el ministerio de Igualdad el plan con 10 medidas para subsanar los efectos adversos de la ley.

Aunque es algo que el PSOE ha rechazado por el momento anunciando que sí que habrá «retoques».

Preguntándole a Emilio cuáles serían las medidas para poder solventar los efectos de la ley, comenta como prioridad «reducir el margen de interpretación que puedan tener los jueces explicando cómo tiene que aplicarse la ley, para minimizar la existencia de la justicia patriarcal».

«Con esto limitas la aplicación del artículo 2», explica. «O directamente metes una disposición transitoria que dice que estas normas no se aplicarán ante delitos ocurridos con anterioridad a la aplicación, así sorteas la retroactividad».

Aunque eso no solucionaría el problema de que, en delitos futuros, las penas fueran menores. Pero no en un caso para el que afirma que no habría que centrarse en «establecer coherencia entre las penas de distintos delitos, ni equiparar las penas con los bienes jurídicos; no es el momento -y menos esta ley-, de jugársela con eso».

También hace hincapié en la concienciación de los jueces de cara a que incluyan los agravantes, ya que estos son los que pueden ‘compensar’ la reducción de años de pena con años extra. «Haber incorporado algún agravante como trato degradante o vejatorio, que haya varios involucrados…» son algunos ejemplos que aumentan el tiempo de condena.

«Ateniéndose a la reducción de pena del artículo 2, no se podría reducir la condena, porque quedaría parte de la acción sin castigar», explica reflexionando sobre el hecho de que los agravantes pudieran no haberse tenido en cuenta.

Lo que me queda claro, después de la conversación con el abogado, es que es un tema lo bastante importante como para que, la crítica que hagamos al respecto, sea constructiva.

Sí, que la aplicación teórica de la ley era una buena idea pensando en las víctimas en primer lugar, no tienen lugar a dudas.

Ahora, sabiendo que en su aplicación no se ha visto igual de reflejado y entendiendo que siendo algo nuevo y siendo todos humanos, errar es algo común, lo que resultaría decepcionante es que no aprendieran de sus errores.

La intención era (y es) buena, ahora necesitamos que la práctica también lo sea.

Mara Mariño

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Los defensores de Dani Alves, el mejor ejemplo de la ‘cultura de la violación’

Dani Alves sigue en prisión a la espera del juicio.

Y, aunque el testimonio de la víctima, del miembro de seguridad de Sutton, del informe médico y los vídeos parecen apuntar a su culpabilidad, hoy no voy a hablar del jugador de fútbol (y presunto agresor).

Sí, todavía hay que decir ‘presunto‘.

Dani Alves

@DANIALVES

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De lo que quiero pronunciarme es de los mensajes que me encuentro escritos por sus defensores.

Mensajes que se pueden leer en cualquiera de las noticias que forman la cobertura mediática de lo que le está sucediendo con su caso.

Porque hay quienes no solo creen firmemente en la inocencia del deportista, sino que alegan una serie de argumentos que solo se pueden entender en el marco de algo que forma parte de una de las bases del patriarcado: la cultura de la violación.

Los comentarios que circulan por la web dan diferentes razones que respaldarían la inocencia de Dani Alves, que el futbolista no cometió esa presunta agresión.

Ayudan a quitarle peso al culpable, normalizando la violencia que pudo haber ejercido minimizándola hasta el punto de querer hacerla increíble, casi de ficción.

Esta minimización, que no hace más que destruir el discurso de la víctima poniéndolo en tela de juicio, y todo lo que le acompaña, pasa por exponer una serie de factores que poco o nada tienen que ver con las razones que llevan a cometer una agresión sexual.

Pero, ¿cómo se articulan estos argumentos que eximirían a un presunto agresor sexual como Dani Alves?

Para empezar, con las descripciones físicas del jugador.

Sus fans comentan que «le llueven las mujeres voluntariamente», «Con las tías que podrá tener siendo futbolista ¿para qué va a violar a nadie?» o «Se ve que le faltan las mujeres dispuestas a este millonario brasileño, trigueño de ojos claros y forma física casi perfecta».

Pero lo cierto es que ser guapo o estar en buena forma no garantiza que cualquier persona del planeta quiera tener un intercambio sexual en cualquier momento y del tipo que sea.

Lo importante es el consentimiento y es algo imprescindible para tener sexo independientemente nivel de belleza de los participantes en el encuentro.

Una agresión no sucede por carencia de belleza física (¿es necesario recordar que Ted Bundy, que confesó 30 violaciones y homicidios de mujeres, era considerado «guapo»?)  se trata de ejercer el poder, la dominación sobre otra persona sin respetar su voluntad.

En estos casos en los que una estrella se ve involucrada en alguna polémica, no falta el componente de que se ha beneficiado de su posición de poder.

Algo que hemos visto con casos como el de Harvey Weinstein o Plácido Domingo entre muchos otros. Por eso el argumento de «un tío millonario no necesita abusar de nadie» tampoco tiene ningún sentido.

Precisamente por ostentar un cargo privilegiado, muchos tienden a pensar que pueden salir de la situación con dinero o contactos, lo que puede dar falsa sensación de impunidad, de estar por encima de la ley.

 

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El éxito de Dani Alves con las mujeres es algo que también se ha usado como argumento para desacreditar la versión de la víctima.

Empezando por alusiones a la belleza de su pareja o a su trayectoria sexual: «un tipo que habrá estado con 500 pibas mínimo, rico, bailongo, mazao y ultrafamoso. Cualquiera con dos neuronas sabría que es una denuncia falsa», se puede leer en el muro de Instagram de un famoso medio de comunicación.

Con estos razonamientos se busca sostener la idea de que la violación es algo a lo que únicamente recurriría quien careciera de vida sexual.

Se debe a una necesidad imperiosa por tener sexo y, teniendo una vida íntima satisfactoria, no haría falta recurrir a la violencia física para conseguirlo.

Sin embargo, es el momento de recordar que no solo el sexo no es una necesidad -como si son comer o beber, pero nadie se muere por no echar un polvo-, sino que la cultura de la violación sostiene que el hombre es incapaz de reprimir su deseo.

Pero lo cierto es que es una cuestión de voluntad y recurrir a la fuerza, una elección.

«Un tío famoso y millonario no necesita abusar de nadie», «De verdad pensáis que este chico tiene necesidad de ir por ahí violando mujeres?», «Seguro que le hace falta agredir sexualmente», los verbos ‘necesitar’ o ‘hacer falta’ hablan de esa imperiosa necesidad.

No, ni Dani Alves ni nadie ‘necesita’ violar a una mujer. Pero el hecho de que haya violaciones con personas con novias, esposas, amantes, etc, demuestra que es se hace porque se quiere hacer.

También parece que el lugar es algo que le resta importancia. «Como si le fuera la vida en un mal polvo en un cuarto de baño», hay quien comenta.

Si tenemos en cuenta que, como decía anteriormente, es una cuestión de ejercer el derecho que creen que tienen de conseguir lo que quieren cuando quieren, el sitio es lo de menos.

Porque lo mismo puede ser una habitación de un hotel -uno de los lugares preferidos de Bill Cosby para drogar y abusar de sus víctimas, que el baño de una discoteca de Barcelona.

La cara B de la cultura de la violación

No falta tampoco la otra cara de la cultura de la violación en los comentarios de los defensores del jugador de fútbol: acusar a la víctima fomentando ideas misóginas.

Entre los mensajes que le han rodeado, no han faltado los que afirman que es para hacerse famosa.

Sin embargo, a nadie se le viene a la mente nombres de celebridades que hayan construido carreras de éxito tras una agresión sexual.

No caigo en mujeres que hayan entrado en la lista de millonarios de Forbes, hayan recibido un Nobel, les hayan ofrecido oportunidades de trabajo infinitas o una estrella en el paseo de la fama de Hollywood a raíz de denunciar a nadie.

Cabría preguntarse, ¿qué fama? Porque la única que logran al denunciar a una celebridad (o a cualquier hombre, en realidad) es la de ser puestas en el centro de la polémica siendo juzgado cada detalle de sus vidas, desde su ropa, su comportamiento o lo que suben a sus redes sociales.

Y sin embargo aún se lee que «si consigues que te meta mano, pues le puedes sacar pasta«, como dice un usuario.

Es tal la extensión de la creencia de que el dinero es el motivo para denunciar una agresión, que la víctima ha renunciado a la compensación económica para combatir esas ideas.

Como la jueza le recordó, tiene derecho a ser resarcida económicamente por las lesiones y los daños morales sufridos. Pero ella lo que quiere es «que se haga justicia».

Solo que justicia es también esto. Y cultura de la violación sostener que, si eres violada por un famoso, tienes que renunciar para que no se diga que es por fama o dinero.

Mara Mariño

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La agresión sexual de Waka Sabadell o por qué nos queda mucho por aprender

Desde este espacio reivindico la libertad sexual, el empoderamiento del placer, todo lo que implique coger tu deseo de frente y por los cuernos y darle rienda suelta.

Quiero que tengamos la tranquilidad de poseer nuestras ganas y ponerlas en práctica. Pero para esa libertad, tiene que haber un respeto por parte de los demás, que solo se consigue a través de la educación en la empatía.

discoteca Waka sabadell

PEXELS

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El respeto de mantener algo que forma parte de la esfera privada en la intimidad, por mucho que lo estemos presenciando en vivo y en directo.

Porque somos conscientes de que es algo que no nos pertenece airear (independientemente de donde lo veamos).

No hay mejor ejemplo de lo mucho que nos queda de ser conscientes de esto -de aprender, en definitiva- que lo que ha sucedido en la discoteca Waka de Sabadell.

Las imágenes de una chica menor de edad practicando sexo oral han sido el último contenido viral ‘gracias’ a las múltiples cuentas que usaban Twitter como patio de vecinos volviendo a subir una y otra vez la escena.

Si es una discoteca que permite el acceso a quienes tienen menos de 18 años en su versión light, y que por tanto no sirve alcohol, nos hace levantar las sospechas de por qué ella ni era consciente en el momento ni se acuerda de nada.

Que después de pedir una consumición sin alcohol se encontrara mal y, al día siguiente no recordara lo sucedido hasta que sus amigas le pusieron al día, es el clásico patrón de quien ha sido víctima de sumisión química.

Si a eso le sumamos que esta discoteca colecciona 50 denuncias, entre los que se encuentran 3 casos de violación, la matemática es muy sencilla: es un sitio que da vía libre a los agresores y explica por qué nadie fue a ayudarla ni se puso en marcha ningún protocolo de actuación.

O, como alguien ha preguntado irónicamente en su perfil de Instagram debajo del flyer de una de sus fiestas «¿La entrada incluye mamada

Olvídate de los pinchazos, el truco de la copa con calmantes y sedantes -que producen automatismo y amnesia- es al que deberíamos seguir poniendo el foco.

Sobre todo cuando pasa en un lugar que supuestamente debería hacerse responsable de una clientela que es menor de edad y por tanto se encuentra más expuesta.

Y más todavía si se difunden las imágenes grabadas en su local que muestran una agresión sexual (porque hermana, yo sí te creo).

Salir de fiesta con la tranquilidad de que estamos seguras es solo posible si las discotecas se comprometen con lo que sucede entre sus paredes, pero también por encontrar apoyo en su staff si pasa algo.

Una noche con las amigas no debería venir acompañada de los mensajes de cuidado antes de salir por la puerta hacia nosotras, sino de la concienciación hacia ellos de que no se debe usar sustancias psicotrópicas para alterar la voluntad de nadie.

Pero también el mensaje de que no grabemos y colguemos en internet algo de lo que no hemos recibido el consentimiento de las personas que aparecen.

Porque si puede dañar tu imagen que hables de Cristiano Ronaldo, imagínate que aparezcas teniendo sexo en público.

Que veas un acto sexual (del tipo que sea, está mal hacerlo si es forzado, pero también si es un acto consentido) y solo pienses en grabarlo y compartirlo, te convierte en parte del problema.

Quizás se debe a que, para los chicos millennials y de la Generación Z, el porno es el pan de cada día.

Lo que significa que están acostumbrados a ver a las mujeres practicando sexo en cualquier lugar y, con la distancia de la pantalla y su sensación de seguridad por ser un dispositivo electrónico, se permiten colgarlo, retuitearlo y compartirlo hasta el infinito.

Sin plantearse realmente que es algo que no está bien porque, a fin de cuentas, está acostumbrado a ver ese tipo de vídeos que también parecen robados.

Con la diferencia de que subir este sí puede tener represalias.

Y, para terminar, nos queda evolucionar en la opinión pública. Esa que ha tildado -para variar- de culpable a la menor de 16 años con «si no se hubiera puesto a mamársela, no habría ningún vídeo» o «no entiendo por qué tanta gente defendiendo a una guarra».

Hablando única y exclusivamente de ella, que además, repito es menor, mientras que de la otra mitad involucrada, un chico mayor de edad, no se comenta nada.

Quizás es porque se sigue viendo con buenos ojos que practicar sexo en público es para él una demostración de virilidad y para ella algo de lo que sentirse culpable.

Y nada más lejos.

Quiero recordar que sexo es sexo. Que el deseo es algo con lo que contamos todos, pero lo realmente vergonzoso es que aún pasando una noche con una sumisión química de por medio, un contacto sexual no deseado y una filtración de imágenes no consentida, se nos tache de golfas.

Porque eso es, nada más y nada menos, la enésima prueba del machismo que aún arrastramos como sociedad.

La cara de vergüenza se le debería caer a los dueños de la discoteca, a quien echara lo que fuera en la copa de una desconocida, a quien grabó el vídeo, a todos y cada uno de los que lo han compartido y a quienes hacen esos comentarios.

Mara Mariño

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Sumisión química o por qué nosotras no nos atrevemos a dejar el vaso solo

Hace unos días quedé con un hombre. Un plan de tarde a las 18h en una cafetería cualquiera de Madrid.

La conversación fue agradable, el rato tranquilo y mi vejiga, insistente. Cada dos por tres las señales de alarma de que necesitaba vaciarse estaban ahí, avisando.

Pero aguanté por una simple y llana razón: no me iba a levantar hasta terminar el vaso con mi bebida.

bar cita pareja

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Y lo cierto es que cuando llegué a casa después de que no pasara nada, me sentí hasta un poco tonta por tomarme todo tan a la tremenda.

Por ver el peligro en todas partes.

Me encantaría decir que peco de exagerada, que no hay nada de qué preocuparse, pero no es así.

Y para llegar a esa conclusión no necesito dar con esa amiga -que todas tenemos- que o bien sabe a ciencia cierta que le ha pasado o bien sospecha de aquella noche que recuerda borrosa (cuando no bebió prácticamente nada).

Basta con irme a los datos de sumisión química que publicó hace unos meses el Ministerio de Justicia sobre el estudio del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses (INTCF).

En casi un 24% de las agresiones sexuales a mujeres, la víctima dio positivo en sustancias como drogas o alcohol.

Si, como yo, eres de ir con la copa tapada con la mano en la discoteca o de apurar hasta la última gota antes de perder de vista tu consumición, no es solo con desconocidos con quien deberías tener cuidado.

Y es que precisamente en muchos casos es la relación previa, la amistad o el compañerismo que pueden hacer que bajemos la guardia.

Pero, ¿es este el enfoque que se le debe dar al problema? ¿Estar en constante alerta para no ser las siguientes? ¿No fiarnos de nadie?

Hemos reivindicado en cada 8 de marzo que «solas y borrachas queremos llegar a casa», defendiendo que podamos salir de fiesta, sin miedo a que nos pase algo por si nos tomamos una copa con las amigas.

Y se han hecho oídos sordos, porque cuando buscas este tipo de agresiones, lo primero que te enseñan es una lista de prevenciones entre las que se incluyen «No abuses de las bebidas alcohólicas», «No consumas drogas», «No pierdas de vista lo que bebes o comes», «En un bar, pub o discoteca nunca dejes sin supervisión tu copa» y «Procura mantenerte junto a tus amigos cuando sales por la noche».

Porque una vez más es la víctima la que tiene la culpa de haberse despistado y que la agredan.

Una lógica que sigue la línea de “si no quieres que te violen, no salgas con minifalda, ponte pantalones”, “evita calles oscuras y solitarias”o “vuelve de día”,

Lo de enseñarles a ellos a no ponernos nada en la bebida y aprovecharse de nosotras en un estado de inconsciencia, brilla por su ausencia.

Así que nada, sigue aguantando el pis, amiga.

Mara Mariño

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El problema son los hombres que agreden (y los que les cubren las espaldas)

Es mucha casualidad que todas (o casi) admitimos que hemos experimentado algún tipo de acoso sexual. Pero, curiosamente, no encontrarás un solo hombre que se considere acosador o que admita que se relaciona con ninguno.

La camaradería está por encima de atentar contra la dignidad de una persona, por lo visto.

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Y no hay mayor prueba que lo que ha sucedido con el Xocas, el streamer que ha calificado de «estrategia de ligue» que uno de sus amigos fuera de fiesta sobrio, para poder aprovecharse de mujeres borrachas.

Porque el problema no es solo que el Xocas hable ahora de esto. El problema es el Xocas quedándose callado cada vez que ha visto a su amigo hacerlo.

Nos ponen en peligro los tíos que abusan, por supuesto, pero también los que hacen la vista gorda aún sabiendo que, el comportamiento de su colega, no está bien.

Que ellos paren antes de utilizar un estado alterado de consciencia de una mujer, en su propio beneficio, es aprendizaje, fruto de una educación basada en la igualdad y el respeto.

Pero también resulta de ayuda no recibir el apoyo silencioso de los amigos -o a viva voz felicitándoles en internet delante de millones de seguidores-.

Son siempre los mismos. Puede que no silben por la calle, que no se aprovechen del tumulto de la discoteca para deslizar su mano entre tus piernas o que no manden una foto de sus genitales.

Pero son los que no dicen nada cuando su colega pasa fotos de la chica con la que se está liando por el grupo de Whatsapp, los que no responden a quien hace los chistes de traer a las ucranianas a España.

Los que ríen las gracias, aunque no estén de acuerdo, porque es más importante el respaldo de los demás que lo que está correcto, los que hacen oídos sordos cuando una mujer recibe comentarios por la calle porque no la conocen, no es problema suyo.

Los que te escriben que eres un poco exagerada cuando compartes tuits del acoso que recibes en redes por parte de otros hombres, los que piensan que esto del feminismo no va con ellos.

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Y mientras el Xocas blanquea el delito de la violación (recordemos que es también una agresión sexual atentar contra la libertad de la víctima sin que haya violencia o intimidación y sin que exista el consentimiento previo de esta), ensalzándolo, los demás toman apuntes.

Para la siguiente, buscar la más borracha. Y si es el amigo el que lo hace, es un crack, no pasa nada.

Lo que consigue esta mentalidad, una vez más, es cargarnos a las mujeres con la culpa de que, si nos hacen algo, es por no habernos protegido lo suficiente.

Por haber bebido de más, por habernos vestido de menos, por haber dejado que nos acompañara a casa, por no decirle que parara por miedo a su reacción.

Pero cuando ese razonamiento no se acompaña del resto de violaciones, cuando abusan de ti de día, sobria y llevando un chándal, el foco debería dejar de estar puesto en que la víctima se cuide.

Porque da igual lo que hagamos nosotras. Lo único que nos evita protagonizar la siguiente agresión sexual es que él no decida hacerlo.

Y que los demás no miren hacia otro lado, si pasa delante de sus narices, y pueden evitarlo.

Mara Mariño

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De las mujeres que intimidan a los hombres

La última vez que me abrí Tinder, me dieron dos plantones. Con el tercero pude quedar y tomarme algo y aproveché para preguntarle por qué pensaba que podía ser que no habían querido quedar conmigo.

PEXELS

En su opinión había dos cosas que podían echar para atrás a mis matches a la hora de conocerme.

(Inciso: ¿no me sigues en Instagram? ¡Pues corre!)

La primera, que hago pesas. No voy al gimnasio a la clase de yoga o spinning (que me parece perfecto). Voy al gimnasio a mover hierros.

La segunda, por supuesto, que escribía este blog.

En mi perfil no lo escondía. «Escribo un blog de sexo y pareja, puede que mi siguiente artículo vaya sobre ti«, era lo que aparecía más o menos.

Quizás era la idea de encontrarse leyendo mi experiencia en el espacio (siempre de manera anónima, claro), les hacía recular.

O a lo mejor el hecho de que, después de tantos años como la Lilih Blue de 20minutos, algo de sexo he aprendido.

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Fuera por lo que fuere, mi acompañante apostaba por esas dos cosas. Eran lo que, según él, me convertían en intimidante ante algunos ojos masculinos.

Porque sí, las mujeres intimidamos. O eso parece cuando otra de mis amigas me cuenta que, teniendo casa y viviendo sola, si conoce a un chico con el que quiere acostarse, este prefiere ir a su piso compartido antes que a donde vive ella.

O cuando otra conocida, centrada en su trabajo en el sector bancario, comenta que recibe un salario mensual muy por encima del de él.

Hasta el punto de sacarle un cero por la derecha.

Es curioso que ellos se sientan intimidados por nuestra fuerza, una vida sexual pasada, la situación de independencia o incluso por nuestro dinero.

Tanto que, lo que nuestras amigas pueden considerar éxitos, se convierten en factores que juegan en nuestra contra.

Mientras que, lo que a nosotras nos intimida, es que nos toquen sin consentimiento, puedan hacernos daño, forzarnos y destrozarnos.

Así de diferente es lo que puede echarnos para atrás a la hora de dejarnos llevar. De estar con él a solas.

Que hable de las mujeres de cierta manera, que sea un experto en artes marciales, que enseguida frecuente nuestro espacio y consiga que no lo sintamos más nuestro… En definitiva, que nos sintamos amenazadas, expuestas.

Al final va a ser verdad que lo que más les aterra a ellos es que una mujer ponga en peligro su ego.

Y lo que más nos aterra a nosotras es que nos ponga en peligro la vida.

Mara Mariño

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Decimos que ‘si tocan a una, nos tocan a todas’ porque ya lo han hecho

«Me gusta ser mujer», proclama una famosa marca de compresas en sus anuncios.

Entonces ¿por qué hay tantas ocasiones que no quiero serlo?

UNSPLASH

¿Por qué lo vivo como si en la lotería de la genética me hubiera tocado estar con el equipo perdedor, el XX en vez del triunfante XY?

¿Por qué en vez tener siempre la felicidad que muestran las actrices en la pantalla para mí es una carga?

Porque ser mujer tiene de idílico más bien poco.

Porque no hay nada satisfactorio en saber que, el hecho de que llegues a casa esta noche, no depende nunca de ti. De tu voluntad.

Ni por mucho que tu madre te diga «Ten cuidado al salir, hija».

Ni aunque sigas al pie de la letra el manual de la «chica buena» que sutilmente nos vende la sociedad machista.

Esa que no bebe, no lleva ropa corta, no sale de fiesta, no coge el atajo por las callejuelas para llegar a casa antes…

Porque algo puede pasarte siempre, a los 8 años, a los 16, a los 50, haciendo running por un parque a mediodía, en el autobús cualquier día de enero camino a la oficina, llevando tu chandal más viejo paseando a tu perro.

Porque si me duele tanto leer noticias de agresiones sexuales es porque sé lo que es.

Porque quizás no todos los hombres las cometan, pero sí todas las mujeres tienen un caso que contar.

Porque vamos cada día de la mano del miedo, sabiendo que lo menos grave que te puede pasar es que él (o ellos) se quede contento con agredir y te deje seguir viviendo.

Porque decimos que «si nos tocan a una nos tocan a todas» y realmente se siente de esa manera.

Así de profundo y visceral. Como si te hubiera pasado también a ti.

Porque ya lo han hecho. Porque ya nos han tocado, insultado, agredido o acosado en algún momento.

Y eso es lo que no puede seguir pasando. No queremos ser más del equipo perdedor.

Duquesa Doslabios.

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