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A ti, que te hicieron pensar que era malo ser ‘intensa’

Si lees esto es porque te ha pasado como a mí, que te has planteado si te pasas de intensa.

No necesitas que nadie te lo diga a la cara, basta conque hagas un poco de reflexión sobre el fin de muchas historias que te han sucedido para que llegues a la conclusión de que puedes resultar abrumadora.

Especialmente a quien te gustaba mucho. Pero déjame decirte algo, no eres tú el problema.

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En el mundo de la apatía, de desaparecer de la vida de otra persona dejando de contestar, en el que no puedes pedir explicaciones ni llamar a las cosas por su nombre -aunque lo sean-, enfrentarse a las emociones reales asusta.

Y es la gente como tú la que se sale de esa norma extendida de indiferencia hacia todo.

Por eso ser intensa no solo se ve como algo malo, sino para algunos, una razón más que de peso para dejar de relacionarse contigo.

«¿Qué pasó? Se os veía muy bien juntos». «Es que ella era demasiado intensa». Como si lo raro fuera tener emociones en vez de desvincularse siempre de ellas.

Y es porque expresar el cariño, el afecto, querer que las cosas avancen, comprometerse, da miedo a quien no está preparado para esas cosas.

Así que en vez de dar un paso al frente y comentar esa inseguridad que se tiene de no estar a la altura de las necesidades afectivas, es probable que coja la puerta de atrás viendo que tú tienes las cosas claras y las vives con vehemencia, con fuerza, con intensidad.

Pero déjame que te diga también que no deberías cambiar.

Que tienes todo el derecho a sentir y compartirlo, no a que se queden solo en tu cabeza con la esperanza de que, callada y siendo discreta, complaciente y viviendo con el corazón a medias, vais a funcionar.

No deberías flaquear ni dudar de ti porque te diga que eres demasiado intensa, que te llegan los sentimientos demasiado deprisa, porque así eres tú.

No eres demasiado por tener respuestas emocionales normales de reír, llorar o enfadarte si te dan razones. No hay nada erróneo en que le digas que contigo no se puede comportar como un capullo si es lo que está haciendo.

Y mucho menos controlarte para evitar que se ‘asuste’, que le entren los sudores fríos, el miedo al compromiso, las excusas malas, la falta de responsabilidad afectiva…

Porque no es que tú seas intensa, es que la otra persona se te queda corta.

Mara Mariño

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¿Soy la pareja que quiero para mí?

«Una buena persona», es lo que siempre contestan mis padres cuando les pregunto cómo quieren que sea mi pareja. Lo demás les da igual.

Me encantaría que mi lista fuera tan breve como la de ellos, pondría las cosas mucho más fáciles, pero quiero más.

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Vale que es lo más importante, pero es importante también que tenga sentido del humor, que sea tranquilo (el nervio ya lo pongo yo), que sepa relativizar, que tenga conciencia feminista, que le preocupe el medio ambiente, que su salud sea una prioridad

Y además de eso, que me atraiga físicamente, que sea detallista, que sepa escuchar, que tengamos química, que me valore, me cuide…

Podría seguir la lista desmenuzando cosas que me pierden, como el hecho de que le apasionen las croquetas tanto como a mí, lea o disfrute de la naturaleza.

Visto así, cómo puede ser una potencial pareja para mí, ya no es tan sencillo como imaginaban mis padres en un principio.

Y es lo que hace que me pregunte si yo estoy a la altura de todo lo que pido.

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Porque si hay un sinónimo de ‘relación’ es ‘reciprocidad’ y no puedo pretender recibir tanto sin dar.

Conocer a las personas a la velocidad de la luz e ir saltando de una relación a un amor líquido (y, si no funciona, a otro más), pone difícil que nos paremos a plantearnos qué estamos haciendo mal.

Desde mi perspectiva, nunca es mi culpa, siempre son los demás.

Hacer el ejercicio de autocrítica no es fácil, porque implica ver en qué cosas has podido fallar, qué era eso que te pedían tus ex novios y que pensabas que no tenías que revisarte porque eran ellos el problema.

Pero no, el problema también soy yo. Y mi mecha corta que explota en cuanto me enfado, mi difícil tolerancia cuando hay cambios y se salen las cosas de lo previsto, mi cabezonería absoluta, mi -a veces demasiada- independencia, mi tendencia a verlo todo en blanco o negro, la idea que tengo del amor romántico, mi orgullo

Entre mis asignaturas pendientes me toca revisar que debo aprender a trabajar mejor los conflictos y desprenderme de todo lo que no ayude a solucionar.

Que no soy dueña de la razón absoluta, que de toda situación hay dos puntos de vista y que si quiero que validen mis emociones, debo hacer lo mismo.

Así que, antes de buscar esas cosas fuera, debo empezar a trabajarlas por mi cuenta y, de esa manera, poder cumplir la lista de requisitos que la otra persona tenga.

No aspiro a convertirme en la pareja perfecta, pero sí en una buena pareja.

Mara Mariño

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Pasar del ‘chico malo’ y quedarse con el ‘buen tío’

Tú y yo seguro que compartimos que, lo fácil, que viene en bandeja y no nos supone ningún esfuerzo, deja de interesarnos rápido (si alguna vez nos llamó la atención).

Nos puede el desafío, lo complicado, que nos lleven la contraria -hasta cierto punto-, que nos hagan un lío.

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Esto se traduce, o al menos en mi caso, en engancharme con personas montaña-rusa, que hoy te quieren y mañana te ignoran.

Las mismas que no he llegado a entender porque no querían que lo hiciera.

Llegaba un punto en el que, más que comunicación, sentía que estaba descifrando continuamente lo que podía significar eso que había dicho.

Son también quienes desaparecen cuando la cosa les asusta, aunque eran los primeros que venían diciendo que también querían eso, que estaban preparados para volver a empezar algo nuevo.

Y, cuando más adelante volvían, que no se me ocurriera decir nada de su ausencia.

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Así que, cansada, tuve una intervención conmigo misma. Se había acabado dedicarles mi tiempo y energía.

Desde ese momento, solo iba a conocer más a fondo a la clase de tío con el que me gustaría ver a mi mejor amiga, uno bueno.

Si me ha costado tanto tiempo llegar a la conclusión de que era el momento de dejar al ‘chico malo’ es porque, socialmente, al ‘buen tío’ nos lo pintan menos interesante.

Como si ser tratada bien, con afecto, con respeto, por alguien que se comunica y expresa su sentimientos sin juegos, fuera aburrido.

Amigas, ese es el objetivo.

En que esté ahí cuando tienes un resultado médico que te da miedo recibir, en que te dé espacio cada vez que lo necesitas, sin montarte un escándalo, en que respete tus tiempos y tu vida fuera de la relación, porque es normal que ambos tengáis otros círculos.

En que te escucha cuando algo te preocupa, dedicándote toda su atención. En que te prioriza.

En que no esté contigo como si no estuvierais juntos, yéndose por las ramas a la hora de ponerle nombre a lo vuestro porque eso significaría centrarse solo en ti (y te mereces quien lo haga, si es lo que quieres).

En que te apoye en el trabajo porque ve lo lejos que estás yendo. En que no tenga envidia, no te haga sentir chiquitita, sino que te diga que está ahí para lo que necesites, que no estás sola y sois un equipo.

Así que, por mi parte, dejo a los ‘chicos malos’ donde pertenecen, que en mi caso es el pasado, los libros, las películas y las series de comedia, donde van en motos a 200 km por hora con su chupa de cuero y su inaccesibilidad emocional.

Me quedo con el buen tío. El que va en chándal, llama a su familia con regularidad y me presta un libro, porque sabe que me va a gustar.

Me quedo con lo sexy que me resulta una persona estable y cariñosa.

Mara Mariño

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La confianza en la pareja está muy bien, pero prefiero la comunicación

Si cuando tuve mi primer novio me hubieras preguntado a qué le daba más importancia, te habría dicho la confianza.

Al empezar la veintena, te habría dado la misma respuesta. Ahora, que ya termino esa década, te diría que, por encima de todo, en una relación de pareja valoro la comunicación. Quiero pensar que he madurado.

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Porque que confiéis el uno en el otro está genial, pero poder comunicarte sin filtros, no tiene punto de comparación.

Algunas de mis mayores peleas han sido precisamente porque, por uno de los dos lados, faltaba la claridad a la hora de hablar.

Mis mayores triunfos -la clave del éxito de estar mucho tiempo (y bien) con la misma persona-, han sido gracias a abrirnos por completo sobre cómo nos sentíamos.

Ya que nos pasamos el día hablando, por WhatsApp, por Instagram, haciendo una videollamada, teniendo una cita que empieza un sábado y termina un domingo por la mañana, cualquier diría que comunicarse es lo que nos sale más sencillo y natural.

Pero no solo de hablar va la cosa.

Comunicarse en pareja bien es comprometerte contigo al ser consciente de que la otra persona no tiene un acceso directo a lo que ocurre en tus pensamientos.

Es esforzarte en decir lo que sientes en cada momento y hacérselo saber de una manera sincera y con tacto.

Para mí, la relación perfecta, es con esa persona a la que le puedes decir que necesitas que se vaya porque quieres llorar sola.

Es comentarle de una manera tranquila, que no te ha gustado un comentario y explicarle cómo te hace sentir.

Es poder tener un diálogo maduro porque te preocupa algo de su estilo de vida.

Comunicarse es poner un límite, en la cama y fuera de ella, poder expresar que no quieres hacer esa práctica o que deseas probar cosas nuevas, que no te apetece ver esa película o que no quieres que siga haciendo apuestas deportivas.

Es sincerarte de aquello que más te cuesta admitir, como una relación regulera con su familia, su poca implicación en las tareas compartidas o cuál es el siguiente paso que queréis dar porque quizás, ya no va en la misma dirección.

La tarea de la otra persona es la de recibir esos mensajes sin tomarlos como algo personal, tratando de empatizar y, si entra en conflicto con lo que piensa o siente, buscar un punto intermedio en el que ambos os lleváis (o renunciáis) a algo.

Aunque si me pongo a pensarlo, abrirse de esa forma, está tan relacionado con la comunicación como con la confianza.

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Ya que solo estando al lado de alguien con quien tenemos la seguridad de que nos acepta tal y como somos, nos permitimos sincerarnos.

Y es también una prueba de confianza por su parte, que lo encaje bien, que se lo tome de una manera positiva y vea que hemos sido capaces de expresar algo que podía producirnos desde pequeño un malestar hasta una gran incomodidad.

Así que, la próxima vez que valores la confianza por encima de todas las cosas, haz la reflexión por un momento si es tanta que te permite desnudarte de palabra.

Mara Mariño

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‘Bridgerton’: el desfile de hombres emocionalmente inaccesibles

Ya no sé cuántos días lleva Bridgerton en lo más visto de Netflix España. Y yo, como buena fan de la serie, he vuelto a caer en su trama romántica.

Solo le saco una pega, una vez más el protagonista masculino, es un hombre emocionalmente inaccesible.

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Algo tienen en común el duque, cuya trama se desarrolla en la primera temporada y el vizconde, protagonista en la segunda, son hombres tan centrados en sus objetivos y en sus deberes, que poco o nada de tiempo pueden dedicarle a los sentimientos.

Y, también en común en ambas temporadas, es la protagonista femenina -Daphne y Kate, en estos casos-, quien ‘salva’ al hombre del que se enamora con la fuerza de sus sentimientos. Quien le cambia con y por amor.

Si ese mensaje se me atragantó en la primera temporada, en la última que han estrenado, me ha empezado a preocupar.

¿Cómo vamos a tener relaciones sanas y buscar posibles parejas comunicativas y cariñosas si lo que más nos gusta de la serie de Netflix es precisamente ver todo lo contrario?

Puede que pienses que no es para tanto. Que tan solo es una ficción. Que tratándose de una serie que nos traslada al siglo XIX, no podemos tomar nota de sus lecciones.

Sin embargo Bridgerton sí que se ha encargado de actualizarse. La diversidad étnica de su casting es el mejor ejemplo de ello.

Entonces, ¿por qué las relaciones principales parecen seguir siempre la misma fórmula?

De hecho, hay tantas frases que podemos aplicarnos («El amor no son ojos que se miran, son almas que bailan»), y trasladar al día de hoy, que lo mismo nos sucede con las historias que vemos en la pantalla.

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Es imposible ver al duque o al vizconde y no pensar en ese crush que ha pasado por nuestra vida que cumplía las mismas características de los héroes.

Un hombre algo más mayor, con una carrera brillante, tan absorbido por su trabajo que no tiene tiempo de empezar una relación de pareja.

Un argumento que utiliza desde el principio para dejarte claro que no puede comprometerse con nadie.

Tiene un puesto de mucha responsabilidad, una jornada agotadora y, cuando se queda solo, necesita disfrutar de sus amigos o su familia, como bien te explica.

Solo le da la agenda para tener relaciones esporádicas –para follar sin apegarse siempre está disponible, curiosamente-.

Y nosotras, sintiéndonos la lady Bridgerton o lady Sharma de turno, no nos cansamos de esperar, de confiar en que los sentimientos harán todo el trabajo y él se verá, tarde o temprano, preparado para estar a nuestro lado.

Lo cierto es que, a diferencia de Bridgerton, lo que ocurre en la vida real es que, el emocionalmente inaccesible, solo puede dejar de serlo o bien trabajándolo por su cuenta o con ayuda profesional, si ni con esas es capaz de abrirse.

En ningún caso es ‘el poder del amor’ lo que, por arte de magia, va a conseguir que cambie en ese aspecto.

Pero como esa parte no sale en Bridgerton, solo la de las protagonistas enamoradas hasta las trancas de hombres que no las corresponden (y el final feliz correspondiente, por su puesto), preferimos quedarnos con eso.

El resultado no puede ser otro más que la historia de la era del ghosting. Quedarnos en el banquillo hasta que vuelve a acordarse de que estamos ahí.

Y cuando llama, una vez más, contestar corriendo complacientes y haciendo un derroche de afecto.

Puede que Netflix no tenga toda la culpa de que las relaciones que vivimos sean un desastre. Pero definitivamente no ayuda a que salgamos de ellas e intentemos estar con personas que sienten de manera libre.

Mara Mariño

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No eres mala pareja por fijarte en otras personas

En el momento en el que entendí que mi pareja podía fijarse en otras personas sin que cambiara nada, me empecé a tomar nuestra relación de una forma mucho más relajada.

Supongo que los libros y películas que habían llegado a mi vida hasta la fecha, se oponían totalmente a esa idea.

No, si mi novio no tenía ojos solo para mí, es que no era amor verdadero.

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Algo parecido vimos en La Isla de las Tentaciones. Un ofendidísimo Alejandro le recriminaba a Tania que si se sentía atraída por algún otro hombre, es que no estaban hechos para estar juntos.

Como digo, hace unos años podía compartir ese punto de vista. Pero fue un factor el que me hizo cambiar de idea: la seguridad en mí misma.

Si alguien -quien sea- quiere estar conmigo, es porque realmente quiere estar conmigo. Más que nada porque, si se da el caso contrario, tiene toda la libertad del mundo de dejar la relación (lo mismo que yo).

La elección de estar juntos es libre y entenderlo me quitó muchos agobios innecesarios.

Una vez teniendo claro esto y confiando en la otra persona, que aparezcan terceros –respetando el acuerdo entre los dos-, es lo de menos.

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Mis novios me parecen guapos no, guapísimos. Y de la misma manera que también me fijo en ellos por su aspecto, puedo entender que les suceda lo mismo a otras chicas.

Sé que si salen a un bar con amigos, van a un festival o planean un viaje de trabajo, recibirán atención en algún momento.

Decidiendo que la relación va por delante, lo que pueda suceder en esos casos no pasa de un flirteo.

Y me parece hasta sano tener esa pequeña vía de escape. La inyección de autoestima de que gustas a otra gente te pone la confianza por las nubes.

Puede suceder también que la atracción sea muy grande, es ahí donde debe entrar el razonamiento personal de identificar lo que está sucediendo.

Cualquier conversación o tonteo con una persona nueva va a despertar una serie de emociones que, por la evolución normal de las relaciones, ya no tenemos en la actual pareja.

Se está en otra etapa y esa fase de nervios, emoción, incertidumbre y juego, ha quedado atrás.

Hay que saber distinguir entre que nos haga gracia alguien o si realmente hay algo que nos falte en nuestra relación de pareja (en cuyo caso, lo primero sería solucionarlo). Pero por lo general, esto son solo distracciones momentáneas.

Si te planteas dejar la relación por eso, es probable que, en cuanto vuelvas a ‘acomodarte’, una nueva persona llame tu atención y te plantees lo mismo.

Pero no es señal de alarma que se dé un deseo sexual por alguien más. No cambia la decisión de estar en una relación con alguien.

Al final, todos tenemos ojos en la cara. Que nos resulten llamativas otras personas y que sigamos un poco el juego, no tiene nada de malo.

Mara Mariño

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‘El problema del ghosting es que no sabemos el porqué y gastamos nuestra energía buscándolo’

Todas, absolutamente todas, tenemos una amiga coach sin saberlo. Esa persona que siempre te da los mejores consejos y comparte un punto de vista que parece digno de charla de Ted Talk.

Y aunque no le quito importancia a tu bestie, hay ocasiones en las que te va a venir mejor una opinión profesional como la de Vanesa Rizo, que es Coaching Emocional (puedes contactar con ella en Merakiva.es).

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Algunas de las consultas más frecuentes que atiende esta experta sobre sus clientes tratan sobre la dificultad a la hora de comprometerse o encontrar el amor, las altas expectativas en la pareja… ¿Te suenan?

Los conflictos amorosos en general son la especialidad de Vanesa, que recuerda que el coaching nos ayuda a conseguir nuestra mejor versión.

«Cuando nos queremos, damos lo mejor que tenemos. Somos capaces de mejorar cualquier relación y más en el ámbito sentimental, que es donde más trabas y bloqueos solemos tener», afirma la experta.

Pero, ¿cuál es el trabajo de una coaching emocional? El objetivo es el de «sanar heridas emocionales pasadas, nuestra niña interior, trabajar el perdón, desarrollar la inteligencia emocional para poder enfrentarnos a  situaciones complicadas…».

Es más, ella misma se aplica las lecciones para su propia vida amorosa: «Intento aplicarme todos los consejos y lo consigo en la mayoría de las ocasiones. Suelo trabajar mucho la empatía con la otra persona, de ese modo todo funciona mucho mejor».  

¿Podrías darnos un consejo básico de coaching para nosotras mismas?
¡Querernos mucho! Me especialicé en Autoestima porque después de mucho estudiar y ver casos diferentes, entendí que la base es quererse  y valorarse. Así que como tip básico os diría que, desde hoy, empecéis a tener en cuenta vuestros valores a la hora de actuar, vuestras necesidades, vuestras emociones y sobre todo, que os conozcáis, aceptéis y cuidéis mucho. 

Los problemas a la hora de comprometerse, la dificultad de encontrar el amor,  nuestras altas expectativas en una pareja… ¿cómo abordar estas situaciones desde  el coaching?
El coaching enfocado al amor, desde las emociones, te enseña a valorarte tú y a empatizar con los demás, a entender que la vida no deja de ser buena si no se está en pareja, que no pasa nada si vives soltera, que las expectativas son ilusiones que nos creamos que solo nos limitan y hacen daño. Para cambiar estos patrones y creencias, en mi caso trabajo con ejercicios de PNL (programación neurolingüistica) y desde el trabajo cognitivo conductual.

En el taller ‘Sanando el Amor’, me centro en un intensivo de todos estos patrones, para dar un cambio a esas mentalidades autodestructivas, y este es el taller más potente y el que más interés despierta, puesto que como te digo, el amor es la “herida” de la gran mayoría. 

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¿Qué consejos le das a tus clientes para superar una experiencia negativa -como una ruptura o el ghosting– desde el coaching?
¡El ghosting es todo un mundo! Si lo analizas, las personas necesitamos un porqué de todo. Y el problema de algunas rupturas, y sobre todo del ghosting, es que no sabemos el porqué. Surge de repente, sin explicación alguna, lo que hace que toda nuestra energía la gastemos buscando ese motivo que nadie nos dio para que todo terminara. Para afrontar este tipo de situaciones, concentramos la energía en el «¿para qué?», en lugar de en el «¿por qué?», de este modo, sacamos respuesta del presente y el futuro inmediato, y dejamos de perder tiempo y energía en el pasado. 

¿Qué malos hábitos personales podemos cambiar para que mejores nuestras  relaciones de pareja?
El primer hábito que debemos cambiar es dejar nuestra vida en el momento que comenzamos una relación. Cuando conocemos a alguien e iniciamos una relación, centramos la mayoría de nuestra energía e invertimos la mayoría de nuestro tiempo en ella, olvidándonos del resto de nuestra vida, de nuestros hobbies, necesidades, vida social, etc. El primer hábito a cambiar es este, seguir siendo TÚ, fiel a ti y a tus valores, haciendo lo que te gusta y motiva, y compartiendo todo esto con la persona que has elegido tener a tu  lado. Desde ahí, podemos vivir en paz y no en dependencia, como viven la mayoría de las parejas. 

¿Cuál es el motivo o la razón por la que te contactan la mayoría de tus clientas  buscando un servicio de ‘coaching del corazón’?
La mayoría, como te decía anteriormente, suelen contactar conmigo por problemas sentimentales. Yo lo dividiría en tres sectores.  

En el primero se encontrarían las personas que suelen tener problemas para encontrar  pareja puesto que se centran únicamente en esto, y ya sabes, lo que se busca con  ansiedad, nunca llega. Se olvidan de ellas para buscar la felicidad fuera y esto nunca sale  bien, lo que crea frustración, que en muchos casos deriva en ansiedad y falta de  autoestima, creyéndose culpables o no válidas al no encontrar esa pareja. 

Y la otra parte, son personas que han tenido experiencias negativas en el amor: infidelidades, malos tratos, etc, y ya viven desde esa desconfianza y patrones tóxicos el resto de sus relaciones, sin permitirse disfrutar, sentir o dejarse llevar. 

Y por último, el otro tercio, son personas que viven sus relaciones desde la dependencia, la obsesión, las inseguridades y la posesión, por lo tanto, están inmersas en relaciones tóxicas y dolorosas de las cuales no saben como salir o no saben como hacer para cambiar.

Puedes contactar con Vanesa Rizo a través de su Instagram (@vanesa_merakiva) o en su página web (merakiva.es).

Mara Mariño

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Dedicado a los amores imposibles de mi vida

Asumimos -mejor o peor- las rupturas, las separaciones, el punto final de la relación y el cierre de una historia de amor, la lista de ensayos sentimentales que, por un tiempo, fueron acierto.

Pero hay algo peor que amar y haber fracasado a medio camino del intento, no haberle dado una oportunidad.

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Hoy, 16 de febrero, es el día en el que toca homenajearlas a ellas, a las historias que nunca se pusieron de acuerdo en el bucle espacio-tiempo, en la franja horaria, en el país o en el momento.

Las historias que, aún no sucediendo, dolieron, porque tenían todo el potencial de hacerlo: la química, las ganas y los protagonistas, pero les faltaron el resto de elementos que las ponen en marcha.

Somos nuestros fracasos amorosos porque hablan de nosotros y lo que hemos vivido. Nos recuerdan cómo y cuánto hemos querido.

Pero somos también las veces que nacieron sentimientos sin que llegaran a materializarse sobre la piel de otra persona.

Hablo de aquel amor platónico del gimnasio al que siempre mirabas de lejos, la compañera de clase a la que sigues la pista en redes y nunca supiste cómo romper el hielo para invitarla a salir.

La persona eternamente emparejada que parece no estar soltera nunca, pese a que te has prometido varias veces que, la próxima vez que no esté con nadie, te la llevarás a una cita.

O a quién siempre habías querido conocer, pero eras tú quien siempre tenía pareja y tampoco llegó a darse la ocasión de que coincidierais.

Hablo del amor de verano que caducó el 31 de agosto del que no has podido olvidarte años después (quién sabe por qué).

O de ese flechazo en el metro de Madrid cuando, antes de bajarse, te sonrió con los ojos. También del que parece tener siempre inaccesibilidad emocional y no se permitió abrir la puerta a lo que pudiera pasar.

Es la historia del amigo de tu ex por el que siempre tuviste curiosidad secretamente y queda vetado por una cuestión de principios.

De quien resulta incorrecto a secas. Es la madre de José del Canto del Loco y Carolina de M-Clan, porque es menor de edad.

O de quien siempre te da un «no» porque no te corresponde, que solo pasó en tu cabeza, porque nunca se interesó por ti en ese sentido. Quien te dejó en leído y no volvió a escribir nunca.

La historia de quien te hizo el match en Tinder, te robó las noches llenándolas de conversación y luego te dio plantón. Quien tenía otra orientación sexual.

Es ese chico que descubriste en Instagram. Quien no se quiso mojar porque decía que era demasiado complicado por ser compañeros de trabajo (y quizás sí que lo era).

Son todas las historias que llevamos clavadas, las que soñamos que fueran realidad -porque desde nuestro corazón lo fueron- y las vivimos como tal.

Las «yo quiero» que recibieron un «no puedo».

O, al menos, que no pueden ser de momento.

Mara Mariño.

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Cómo quiero que me quieran

Mal, me han querido mal. Me han querido de la peor manera. De la más egoísta, controladora y violenta.

Me han querido de forma que dolía cada segundo de ese -erróneamente llamado- amor.

Me han querido como nunca quiero que vuelvan a quererme.

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Lo he pensado, le he dado vueltas. Y claro que quiero cariño de vuelta.

Pero distinto, del que no haya ningún parecido con la realidad pasada.

Quiero que me quieran a lo grande, a lo fuerte y alocada. Cada vez que esté con ropa de fiesta y en chándal.

Quiero un amor tranquilo como una taza de caldo de mi madre, de ese al que puedo volver a refugiarme cuando la cosa se pone fea ahí fuera. Del que calienta por dentro, como si te abrigaran el corazón.

Quiero un amor libre, libre de escribir cuando quiera, de quedar cuando me apetezca, de salir a bailar a la discoteca, perrear hasta el suelo y decirle que he llegado bien a casa, que me lo he pasado genial, que he pensado en él y que tengo ganas de verle al día siguiente.

Un amor estable, sin idas y venidas ni subidas ni bajadas, que para eso está la montaña rusa del día a día, la ansiedad de la pandemia o la cita médica que llevo postergando.

Un amor fácil, sin dramas, historias, reproches, búsquedas de defectos constantes, prejuicios, traiciones o engaños. Uno transparente como el agua, donde tenga tanta importancia perfeccionar la sinceridad que la manera de follarnos.

Lo quiero a medida, con paseos largos porque la jornada de teletrabajo se hace pesada. Con un táper de pasta en la nevera que me has cocinado porque sabes que voy hasta el cuello.

Un amor de cuidadoen el que te doy un beso en la frente para comprobar si tienes fiebre y me acercas el ibuprofeno porque, del dolor de la regla, no puedo moverme.

Puesta a pedir, quiero un amor de estar durante media hora eligiendo la serie de Netflix para quedarnos dormidos a los cinco minutos. Un amor simple de cada día, del lunes por la mañana al domingo por la noche, lleno de momentos pequeños como prepararte un café porque sé que así te cuesta menos salir de la cama.

Quiero un amor sin frenos por el miedo al compromiso, que avance a su ritmo. Un amor en el que mando saludos para tus padres y tú te quedas durante la sobremesa con los míos.

Ese por el que nos seguiríamos a cualquier parte del mundo. Y donde no me sueltas la mano cuando despega el avión, porque sabes que me da miedo.

En el que hablamos de todo lo que nos hace sentir mal pero de lo que nos hace sentir genial. Donde nos consolamos y nos celebramos cada derrota o victoria como si fuera propia, en el que me llenas de orgullo, te acerco un pañuelo porque necesitabas desahogarte de un momento duro de tu vida o te acompaño al médico porque para ti es más fácil que vaya contigo.

Quiero el amor que me hace sentir que regreso a casa conforme recorto la distancia y me acerco a ti por la calle. En el que te plantas con una galleta en mi portal y me dices que lo sientes, que estabas equivocado.

En el que ganamos mucho más por disculparnos, que estando enfadados. Un amor que sigue porque, creemos que son discusiones, cuando en realidad hablamos.

Un amor que es conexión. Conversaciones por WhatsApp hasta las dos de la mañana. Abrazos infinitos porque ninguno de los dos se quiere marchar. Escupir la pasta de dientes por todas partes porque te pones a bailar. Oler tu ropa a escondidas. Hacerte eso una vez más. Espontaneidad y magia. Amistad.

Mara Mariño.

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¿Y si el nuevo romanticismo es gratis?

No hay nada más revolucionario que pensar que tú diseñas tu concepto de romanticismo.

Y que, si así lo quieres, es algo que queda muy lejos de ramos de flores y bombones de chocolate.

Porque, viviendo con tantas distracciones alrededor, que suelte el teléfono cuando habláis, es una declaración de intenciones.

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Una manera de decir, sin palabras de por medio, que su atención es toda tuya. Que te escucha.

Es romanticismo dejar de interrumpir y querer saber qué pasa por la mente de la otra persona (en vez de estar tan pendiente de asegurarte de que sabe qué sucede en la tuya propia).

Cree en el romanticismo de esos pequeños gestos que hace en público contigo.

De buscarte con la mirada, estrecharte la mano cuando os cruzáis en medio de un plan con más gente, de rodearte los hombros con el brazo porque te quiere más cerca.

Es romanticismo lo chiquito, lo habitual, hasta lo rutinario.

Llegar a la nevera en una casa ajena y encontrar tu snack favorito o que te otorgue el regalo de que termines tú el postre, porque eres más de dulce.

Empieza a encontrar romántico que te diga de dar un paseo, -aunque sea alrededor de la manzana-, porque has tenido un día duro en el trabajo y sabe que te vendrá bien el aire en la cara.

El nuevo romanticismo va menos al regalo material y más a estar ahí, a estar de verdad.

A echar una mano si hace falta, a que se ofrezca a bajar la basura porque está la bolsa de envases a punto de desbordar, a cambiar ese pañal o a ser la primera persona en estar ahí cuando llega tu enésima mudanza.

¿No nos iría mejor si hiciéramos de los cuidados la mayor muestra de sentimientos hacia alguien?

¿Si dedicar nuestro cariño, dar afecto físico o anticiparse a lo que pueda necesitar -porque se tiene en cuenta-, fuera algo que valoramos por encima de una cena en un restaurante del que poder presumir en Instagram?

Cuidar es también la palabra, hacerle saber por qué quieres que esté en tu vida, recordarle qué te gusta, qué te encanta, sin qué cosa de su forma de ser quieres (aunque puedes) vivir.

Repetirle que físicamente podría estar en una pasarela, en un concurso de belleza y que ganaría por ser increíble en apariencia y en interior.

Porque para ti es el sol.

Así que con la cercanía de la jornada que se dedica al amor, ¿por qué no hacer de ella la ocasión en la que regalarse un proyecto en compañía?

El que sea, un viaje por carretera a Chinchón, un puzzle, escribir una carta o enseñarse mutuamente algo que apasione.

Y, con un poco de suerte, recordar que San Valentín no es una ocasión para comprar, sino para sentir.

Mara Mariño.

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