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No eres una media naranja, eres la fruta entera

Estoy harta de las frases tipo Mr. Wonderful que prometen que llegará una persona que repondrá todas mis partes. No soy una cosa rota, las piezas de un rompecabezas incompleto ni una media naranja rodando por el mundo, a la espera de otra que complete mi circunferencia.

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Y ahí reside, para mí, la magia del amor.

En que cuando conocí a mi pareja no estaba buscando alguien que compensara mi timidez a la hora de soltarme con sus altas dosis simpatía.

No necesitaba quien terminara mis frases, sino alguien con quien mis frases se intercalaran en diálogos que nos tuvieran despiertos hasta la madrugada.

Supongo que funciona más el mito romántico de que recorremos la vida a la espera de encontrar esa persona que arregle lo que en nosotros está mal, pero se nos olvida enseñar que no somos el problema.

Ni siquiera cuando la frase es no eres tú, soy yo. Ya que, generalmente en nuestra cabeza suena como “Soy yo, que quiero estar sin ti”.

Cuando conocí a mi pareja no estaba ni rota ni perdida. Tenía las cosas claras, fijaos si las tenía claras que le quería a él.

Y, como yo, él tampoco era un pedazo fracturado buscando su polo opuesto. Era (es) un todo. Y lo mejor es que de ese todo ahora puedo disfrutar yo también.

Debe ser que, a la hora de diseñar la estrategia de marketing del amor, si no hay necesidad que cubrir no saben cómo venderlo.

Pero lo cierto es que no es necesaria. Porque esa obsesión por buscar a una persona que nos complementa nos hace pensar que tenemos defectos y carencias que deben ser cubiertas por otros.

La realidad es que todo aquello que nos falte, no depende de terceros, está en nuestra mano solucionarlo.

Así que, retomando la metáfora inicial, en vez de medias naranjas, vamos a empezar a considerarnos, no ya piezas de frutas enteras, sino fruteros andantes.

Y, solo si apetece, con la fruta de otro frutero, que es distinta a la nuestra, hacer la más sabrosa y variada de las macedonias.

Duquesa Doslabios.

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Ahora somos esos veinteañeros que van a terapia de pareja

Lo más atrevido que he hecho con mi pareja no ha sido lanzarme con prácticas sexuales descabelladas o con lugares alternativos para darle rienda suelta a la pasión. Lo más atrevido que he (hemos) hecho, ha sido empezar a ir a terapia juntos.

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Y yo soy la primera que piensa que cómo es posible que con 26 y 27 años necesitemos la ayuda de un experto. ¡Si es cuando todo debería ir rodado!

Cuando las ganas están por las nubes, el primer piso a estrenar, el cuerpo siempre encendido…

Y todo eso está ahí, sí, pero hay cosas que se nos escaparon de nuestro control. Así que tomamos la decisión más adulta (pese a que aún nos cueste creernos que esa es la palabra que nos define) y apostamos por un profesional que nos ayudara.

No llevamos mucho asistiendo a las reuniones a tres, pero, por primera vez, conseguimos poner las cosas sobre la mesa sin que termine saltando todo por los aires.

En este tiempo, ya hemos aprendido que la solución no es averiguar quién de los dos tenía la razón -la que parecía la eterna pelea-, sino ser conscientes de que tendremos que llegar a un acuerdo.

Ambos renunciaremos a cosas, ya nos lo aseguraron en la primera sesión, pero ganaríamos, a cambio, muchas otras. Un punto medio en el que, palabra de experto, estaremos mejor siempre y cuando trabajemos por alcanzarlo.

Aunque mi pareja me pedía que me pusiera en sus zapatos, ha tenido que hacerme ver alguien de fuera que mi manera de afrontar las situaciones no era la más empática.

Me ha hecho falta una tercera persona para darme cuenta, pero es precisamente lo que quiero conseguir con esta experiencia. No solo mejorar mi relación, sino crecer como persona y ser una mejor pareja.

Al final, mi pensamiento recurrente cuando estamos en la consulta es que ahí nos encontramos los dos, uno junto al otro, luchando por sacar adelante la relación. La prueba de que queremos seguir esto.

De que nos queremos.

Y teniendo eso de nuestra parte, tengo claro que lo demás vendrá rodado con un poco de esfuerzo.

Duquesa Doslabios.

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Estando en pareja, ¿dónde está el límite de quedar con terceras personas?

A estas alturas de la historia -y cuando digo historia, me refiero a la relación de pareja– coincidirás conmigo en que hay una serie de temas que, estés con la persona que estés, sacarlos es algo delicado.

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Y no me refiero solo a la política, más bien al dinero, a la familia y, al asunto que traigo hoy, los amigos.

En mi experiencia, estando en una relación, las amistades me parecen un aspecto fundamental. No solo porque necesitamos espacios seguros para estar sin pareja, sino por la importancia que tienen en la vida los amigos.

No en vano tenemos la frase de que los amores pasan, pero las amistades auténticas prevalecen.

Que entren en la dinámica de tu nueva relación es tan sencillo como presentarlos un día cualquiera tomando algo.

Luego hay quienes van más allá y salen de fiesta con el grupo de su pareja o establecen vínculos tan profundos que los considera, al tiempo, como amigos propios.

Pero, ¿qué pasa cuando se fragua una amistad estando ya en la relación?

Para mí, hay dos claves fundamentales a la hora de analizar este tipo de vínculos. En primer lugar la intencionalidad.

¿Tanto tú o tu pareja buscáis solo una amistad sincera en la tercera persona o hay algo más? Porque puede que se dé el caso de que el interés que él o ella tenga, sea de otro estilo.

Al final tiene que ser una situación que se debe evaluar de manera personal. Se está ofreciendo una amistad real, pero igual ves que, por su parte, empieza a invadir un espacio que no quieres compartir.

Por incómoda que pueda resultar esta situación a la pareja, hay que tratarlo de manera asertiva, porque quizás fruto de la ingenuidad (porque te jura y perjura que solo la ve como una buena amistad) es algo que puede hacer daño sin buscarlo.

Es también para mí un límite cuando surge una amistad de la que nunca me han hablado. Ya que hace que me pregunte hasta qué punto la relación es tal.

Por lo general, tarde o temprano terminamos conociendo a todos los amigos de nuestra pareja, por lo que si aparece una de la que nunca nos han hablado, y se niegan a presentarnos, es lógico que surjan dudas al respecto.

Al final, unir ambos mundos es tan sencillo como recordar que hay dos claves sagradas en la relación, la sinceridad y el respeto por tu pareja.

Cuando las amistades se mantienen cumplido esas dos premisas, nadie te podrá decir nada al respecto.

Duquesa Doslabios.

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Que tú venías para quedarte

Dices que ya no escribo de ti. O que, si lo hago, es para hablar de las (pocas) cosas que haces mal.

Pues aquí va, otro texto más para ti. Sí, para ti.

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Han pasado… ¿Cuántos van ya? Casi cinco años desde que nos tropezamos.

Me parece que fue ayer cuando pasé por delante de tu trabajo. Si en ese momento habría sabido que eras tú, no te habría hablado de primeras. Hubiera cruzado a la acera de enfrente y me hubiera sentado en cualquier cafetería.

A tomar cualquier cosa que me hubiera servido de excusa para mirar por la ventana viendo cómo te desenvuelves, empezando a descubrir los gestos (tan) tuyos que terminarían por tatuárseme en el cerebro hasta el punto de saberlos de memoria.

Habría descubierto que te muerdes las uñas hasta el hueso y que te peinas el flequillo más veces al día de las que puedo llevar la cuenta (y ya no hablamos de los días de viento).

También me habría gustado conocer que a todo el mundo que te preguntaba, le dedicabas una sonrisa. Algo que mantienes cinco años más tarde por muy cansado que a veces estés de trabajar de cara al público.

Porque, en aquella supuesta cafetería de hace cinco años, no lo sabría, pero terminaría reconociendo que si algo te caracteriza es tu amabilidad, hasta límites insospechados.

No en vano, en una de nuestras primeras citas, atravesaste tres carriles solo para darle un pañuelo de papel a una chica que estaba vomitando. Siempre atento, siempre dispuesto a ofrecer tu ayuda a cualquiera.

En otoño de 2015 no me habría creído que compartiría mi vida contigo. Creo que la mezcla entre mi estado emocional (una autoestima rota después de una relación tóxica) y tu profesión -cuánta mala fama os lleváis- jugaban en contra en aquel momento.

Y aun con todo, habríamos de ingeniárnoslas para seguir adelante.

No sería fácil, le habría dicho a esa antigua yo. Estaban por venir problemas, mudanzas al extranjero, discusiones por todo y por nada, convivencia extrema…

Habría querido pararme a observarte con detalle, lo que sigo haciendo ahora mismo de manera disimulada mientras tecleas a mi lado en tu ordenador. Y es que casi dos mil días más tarde no me canso de hacerlo.

Aunque si pudiera decirle algo a mi yo del pasado en ese momento, no sería otra cosa que no fuera tonta y no tuviera tanto miedo en dejarte entrar.

Que tú venías para quedarte.

Duquesa Doslabios.

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A esas parejas que rompen y vuelven cada por por tres

“Todos conocemos a una pareja que rompe y se reconcilia constantemente, y si no la conoces, es que esa pareja es la tuya” Duquesa Doslabios

Hoy bien, mañana regular y pasado mal. Decides romper y, al poco tiempo, vuelves con tu pareja otra vez. Las cosas marchan de nuevo, hasta que empieza a ir cuesta abajo y ves que la ruptura es, repetidamente, la solución.

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Si te resulta familiar, es posible que hayas estado en una relación montaña rusa, donde las buenas y malas rachas parecen el constante y común denominador.

Es probable que, por amor, no quieras terminar. Pero existe una razón por la que la dinámica se repite una y otra vez. Y es que sabemos romper, pero no sabemos volver.

A la hora de enfrentar la ruptura, entendemos que todos los problemas quedan atrás, con la persona de la que nos despedimos. No solo decimos adiós a lo bueno sino a todo lo malo (razón que hace tomar ese rumbo).

Sin embargo, con la emoción del retorno, aquellos temas que en su día originaron la crisis en un primer lugar, ni se tratan ni se resuelven en profundidad. En otras palabras, es como intentar curar una hemorragia interna poniéndole una tirita por fuera.

Si realmente quieres que esa vez sea la buena, y, sobre todo, llevar una relación sana emocionalmente, es el momento de sentarte con tu pareja en el sofá y zanjar de una vez esas cosas pendientes, la manera de evitar que el patrón se siga repitiendo una y otra vez a lo largo de los años (porque, hazme caso, se repite constantemente).

La única vía posible es la de solucionar el asunto de una manera constructiva, en vez de seguir adelante haciendo como que el problema que separó en su día ya no existe. O, dicho de otra forma, mediante acciones, demostrar que hay un compromiso real de arreglar la relación.

Todos merecemos felicidad en estando en pareja sin el drama de las separaciones constantes, el “me voy a dormir al sofá” o “pasaré un tiempo en casa de mis padres”, sobre todo cuando se deben a ‘los temas de siempre’.

Una buena relación de pareja no es la que te hace sentir fuegos artificiales y te jura bajarte la luna a los pies, al final es esa persona que escucha, como parte de la rutina, tus preocupaciones y tus aspiraciones. Tus días de mierda y tus pequeñas alegrías.

Quien quiere poner de su parte todo lo necesario para que la relación funcione.

En cambio, si sigues en pleno estancamiento con temas que vienen y van constantemente, y, sobre todo con alguien que se niega a tratar los problemas de raíz y sigue cayendo en lo mismo, déjame decirte que ahí fuera existe una persona con quien no tendrás problema en conseguir que las cosas vayan en línea recta en vez de en círculos a ninguna parte.

Y tampoco tengas miedo en ir a buscarla.

Duquesa Doslabios.

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Qué duro es vivir en pareja (y qué poco se habla al respecto)

Nadie te dice lo duro que es vivir en pareja. Nadie, ni siquiera tu mejor amiga que ya te lleva dos o tres años de ventaja en la convivencia.

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Lo más cerca que ha estado de decirte algo parecido fue cuando, una vez de pasada, comentó una discusión por ver quién vaciaba el lavavajillas.

La cosa es que ninguna pareja de tu alrededor te lo cuenta antes de dar el paso. Aunque, siendo sincera, creo que, si alguien me lo hubiera contado, no me lo habría creído (o no me lo hubiera querido creer).

Habría soltado una risotada y habría respondido que seguro no era para tanto.

Ay. Pues igual sí me habría gustado que me hubieran contado lo que estaba por venir. Las broncas que empiezan por unos calcetines por el suelo y terminan en “Es que tu madre dijo una vez”.

Ver una cara de tu pareja que, hasta ese momento desconocías.

Descubrir que por mucho que Shakira hable del hombre que le cambie las bombillas y le lave el carro, lo más seguro es que acabes tú montando los muebles del Ikea.

Lo más difícil de la convivencia es que se enfrenta tu manera de vivir con la de otra persona, y esa manera de vivir es fruto de una educación que hemos recibido.

Por lo que los padres de uno y de otro entran, en algún momento, en la discusión.

Jamás imaginaría que terminaría teniendo que explicar cómo se limpia una mesa con una bayeta, cómo se deben cocinar los alimentos para no morir intoxicados porque (en mi caso él) deja el pollo crudo o incluso cómo se recicla.

Me ha tocado dar una serie de lecciones de sabiduría doméstica (con sus correspondientes altercados) que no me correspondían pero que he tenido que hacer igualmente.

Y si a eso le sumas las diferentes opiniones sobre el orden y la limpieza, el resultado de la ecuación es un cóctel molotov que explota día sí y día también.

Dicen que el primer mes es el más duro. En mi caso han sido tres y todavía hay ocasiones en las que me llevo (y se lleva) las manos a la cabeza.

Nadie te dice lo duro que es vivir en pareja, nadie. Así que como nadie lo hace, te lo voy a decir yo. Vivir en pareja es muy duro, de las cosas más desafiantes a las que te enfrentarás en tu vida. Pero con todo, te aseguro que merece la pena.

Duquesa Doslabios.

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Ni eres tú ni soy yo, es que somos sexualmente incompatibles

Normalmente, cuando las películas tratan incompatibilidad sexual, se limitan a representarla mediante una escena en la que, la pareja de turno, en pleno arrebato pasional, se mete un coscorrón.

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“Oh, vaya, qué incompatibles somos que no nos hemos coordinado bien”, parece que quiere decir el momento en el que a continuación solo hay risas nerviosas y más intentos infructuosos.

Sin embargo, la falta de compatibilidad es un universo mucho más profundo, algo que, en más de una ocasión, puede que hayas tenido que experimentar.

Por lo general, si no lo ves claro, lo más habitual es que no repitas con esa persona, algo que se soluciona no volviendo a verla (pero, por favor, procura evitar el ghosting).

Pero cuando la incompatibilidad sexual se da en la pareja, no es tan fácil gestionarlo.

La primera señal de alarma, y la más sencilla de identificar, es que uno de los dos no quiere hablar de sexo de ninguna manera. Es un tema que, directamente, se evita a toda costa.

Un comportamiento que puede ser el primer indicativo de que no se toma la relación sexual como tú. Bien porque piensa que lo relativo a ese ámbito no tiene importancia o porque le puede parecer una tontería.

Sin embargo, como seres sexuales, tiene mucho peso en nuestra vida (¡en toda ella!) y en nuestra relación de pareja, por lo que debemos atender a las alarmas si las necesidades se ven descuidadas.

Las preferencias en la cama son un gran punto de no retorno, una prueba de fuego solo comparable a si le gusta la tortilla con cebolla, donde antes se van a notar las diferencias.

Y aunque no es imprescindible que sean 100% idénticas, es decir, no es indispensable que también sea entusiasta de la agalmatofília, y sienta atracción sexual por estatuas, si una de las dos partes siente repugnancia o llega incluso a juzgar las preferencias, la incompatibilidad es un hecho innegable.

No funcionar en ese aspecto hace que los intercambios sean vividos con desagrado, incluso los que no son nuestros, llegando incluso a sentir embarazo si hay escenas de sexo en la tele (no la incomodidad normal, sino una más profunda).

La incomodidad puede empezar por ahí llegando hasta el punto de no tener deseo ni ganas de tener sexo con tu pareja. También sentir desagrado al ver a la otra persona desnuda es una muestra de falta de compatibilidad.

Y, aunque muchas de ellas pueden llegar a solucionarse con ayuda y trabajo de por medio (para estas cosas existen los expertos especializados en sexología), si no tiene arreglo, lo mejor es poner las cartas sobre la mesa y sincerarse.

Duquesa Doslabios.

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Si no sales de fiesta con tu pareja, te estás perdiendo un mundo

Este fin de semana, volvimos a salir juntos. No fue hasta que bailábamos con una jarra de cerveza en la mano una canción de Raphael que me di cuenta de lo que lo había echado de menos.

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Porque, de muchas cosas que eres, una de ellas es esta.

Eres tú mi compinche, mi amigo de juergas, el que se encarga de que -ya sea un festival, un concierto o una fiesta de pueblo-, me lo pase bien hasta el último momento, hasta el segundo antes de meterme en la cama (con más o menos acierto) y pensar que ha vuelto a ser una noche genial.

Eres tú el primero que baila sin vergüenza, con ese movimiento tuyo de hombros que me produce entre risa y ternura y, según avanza la noche, produce otras cosas que merecen otra entrada.

Porque hay que ver lo que mola saber dónde empezamos la noche, pero no dónde vamos a acabarla.

Si en un garito en el centro, con música que no hemos escuchado en nuestra vida, o en la discoteca de moda de turno donde hay quienes bajan hasta el suelo a perrear.

Y lo mejor de todo es que, en muchas de esas ocasiones, ni siquiera necesitamos en el equipo más de dos miembros, tú y yo. Bailando cogidos del brazo como si fuéramos dos tiroleses o incluso rompiendo las vallas que cierran el festival en busca de intimidad.

Riéndonos hasta que duele la tripa de lo mal que nos inventamos la letra de las canciones en inglés, de recordar que llegamos al apartamento de alquiler y estaba el casero disfrutando de su nudismo o de la noche que terminamos bañándonos en una piscina en ropa interior.

La cosa es que contigo, siempre hay una historia que contar.

Me gusta que siempre te encuentres gente en todas partes, especialmente si están en los primeros puestos de alguna cola que nos iba a tocar hacer para entrar, y que me guardes la espalda si le recrimino a un tío que deje de llamar a una chica “zorra”.

No pasa siempre, por suerte. A lo que sí estás más acostumbrado es a aguantarme el bolso y vigilar que no venga nadie si tengo que hacer pis en un momento de necesidad.

Necesidad, como la que nos entra al final con la tontería de bailar tan pegados y terminar con las manos imantadas en el uno sobre el otro.

Es cuando me doy cuenta de que ser compatibles como pareja puede que no empiece por ser compatibles como colegas de fiesta. Pero ser lo segundo hace lo primero increíblemente divertido.

Duquesa Doslabios.

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La glorificación de las relaciones de pareja

Vivir la soltería a partir de cierta edad, esa en la que la mayoría de tus amistades ya se han dado el ‘sí, quiero’, puede resultar un poco agobiante.

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Es el mismo momento en el que, cuando piensas en los noviazgos o ves una pareja cerca, quieres eso.

Ver películas los domingos en el sofá, despertarte en medio de la noche y tener a esa persona a tu lado, citas románticas… Todos esos momentos que solo se experimentan en una relación parecen tener una pátina dorada cuando todavía entras en la categoría de single y no tachas el “+1” en las invitaciones de las bodas de tus amigas.

Sin embargo, es un efecto momentáneo que, en cuanto empiezas a salir con alguien, termina por desaparecer al tiempo.

Lo de las películas está bien, pero te apetece volver a quedar con las amigas de terraceo, te despiertas en medio de la noche por sus ronquidos o porque habla en sueños (cosa que puede pasar tanto a hombres como mujeres) y las citas románticas están bien, sí, pero ir otra vez a cenar comida italiana ya no es tan emocionante.

Y aunque, con esas pequeñas cosas, eres muy feliz, te das cuenta de que era mucho más intenso y vibrante en tu cabeza, cuando no tenías pareja.

Es lo que se conoce como la glorificación de las relaciones.

La glorificación de las relaciones es como cuando recuerdas con fervor el lugar en el que veraneabas en tu infancia, lo vuelves a visitar en la edad adulta y te gusta, sí, pero no te parece tan espectacular como hace años.

Poner los noviazgos en un altar tiene una parte buena y una mala, como todo. La buena es que, cuando se da el caso de encontrarte en pareja, sientes que puedes cumplir esas cosas con las que llevas fantaseando. Y hacerlas, proporciona felicidad.

@alexandre_halle

La mala es que esté tan idealizada la relación, que las alegrías del día a día no superen la película digna de Spielberg que nos hemos montado en la cabeza.

¿La conclusión? Que, puestos a idealizar, pongamos en el altar únicamente el amor propio, que tanto en la soltería como en pareja, es el que debemos respetar y cultivar. Menos, quizás, por encima de las croquetas de tu madre, que esas tampoco decepcionan nunca (permitidme que haga la comparativa con la comida, porque al final comer y amar son ambas cuestión de gusto).

Duquesa Doslabios.

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Es hora de despedirse de los amores de verano

Posiblemente es uno de los sabores más amargos que trae septiembre. El trago que más cuesta, después de haber adquirido la costumbre de degustar el mojito, las tapas a pie de playa o el helado en la vacía ciudad.

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El verano se acaba, y con él los posibles amoríos que hayan podido tener lugar.

Por mucho que pensemos que podremos sobrevivir al otoño, es probable que se quede en algo de las vacaciones, lo que supone un golpe que debemos encajar.

Una de mis mejores amigas tiene claro que, en el caso de las historias de amor, lo mejor es asumir que no son tanto los amores sino más bien el verano.

Y, por mucho que, en su día, me costara creerlo, viéndolo con perspectiva me resulta imposible no darle algo de razón.

El destino diferente al habitual, los planes alternativos como pueden ser ver el atardecer delante del mar o un paseo romántico a la luz de las estrellas en medio del campo, no son tanto la persona sino instantes que, de por sí, llegan a emocionarnos.

Es decir, que, con ese tipo de momentos, lo más normal es que tendamos a ‘enamorarnos’, o a tener sensación de enamoramiento, mucho más que si se trata de una cita tomando cervezas en el 100 Montaditos de tu calle de siempre.

No es él o ella, es el momento y el lugar, todo es mucho más intenso y, emocionalmente, hasta nuestro estado de ánimo es distinto.

Sin más responsabilidad que la de decidir al día siguiente en qué lado de la playa poner la sombrilla, cualquiera se siente lo bastante relajado como para mantener conversaciones durante horas o disfrutar estando en silencio, simplemente deslizando un dedo sobre el dorso de una mano ajena.

Una serie de pequeños placeres que, con el acelerado ritmo de vida y el estrés diario, no solemos permitirnos.

Vale que en esta época del año hemos podido tener la suerte de dar con alguien especial, pero preguntarse hasta qué punto es la persona y hasta dónde llega todo lo demás, hace mucho más sencillo poner las cosas en su sitio.

Así, es posible meter esa historia en el cajón de las anécdotas de las vacaciones, junto al salto de diez metros de altura que daba miedo o la noche con el concierto de Liam Gallagher en una capital europea.

Esa es la manera de que, en el futuro, recordarlo no sea doloroso, sino algo mágico que se ha vivido y que forma parte, no tanto de la magia del amor, sino de la magia del verano.

Duquesa Doslabios.

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