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‘Nunca saldría con una chica como tú’

-¿Y por qué no?- le dije sorprendida. Era la primera vez que me rechazaban sin tan siquiera haber preguntado si tenían interés en mí.

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Empezó a soltar una ristra de frases inconexas. Que tenía que ser muy difícil, que se sentiría ‘castrado’… Pero la que tenía más peso de todas: porque yo no parecía necesitar a un hombre. Y eso, en su opinión, me invalidaba.

Supongo que le preocupaba mucho el hecho de que pudiera abrirme sola la puerta, cargar mis propias maletas, tener como prioridad en la vida ascender en la empresa, ser la que tira la caña en el bar o pagar la cuenta de la cena.

Aquello me produjo, al mismo tiempo, mucha pena y mucha risa. Creo que si algo ha conseguido el feminismo es que las mujeres tengamos la libertad de salir con quien nos dé la gana con un interés real en la persona, en vez de por segundas intenciones.

Quizás nuestras tatarabuelas, bisabuelas e incluso abuelas tenían la presión de terminar con un hombre en su vida. Una sociedad en la que no podían progresar laboralmente, y solo alcanzaban el sentido al lado de un marido dándole una familia, empujaba a que el amor fuera imprescindible en sus vidas.

Sin embargo hoy en día, y como dijo Cher, los hombres pueden considerarse un lujo. No significa, claro, que no queramos darnos el capricho. “Son como el postre”, declaró en aquella famosa entrevista de 1996. “¿Y a quién no le gusta el postre?”.

Además de poder elegir sin ningún tipo de condición con quien queremos estar, venimos ya ‘criadas’ de casa. Con formación, trabajo y una independencia económica que nos convierte en dueñas absolutas de nuestras vidas.

Pero no solo nosotras nos beneficiamos de este cambio. La igualdad ha permitido que los hombres puedan liberarse del estereotipo rancio de la caballerosidad.

Nunca más estarán sujetos a invitar a todo lo que surja en pareja, a regalar flores, a conquistar… También pueden dejarse seducir y disfrutar de ello (recordemos que ni todos los hombres son cazadores ni todas las mujeres indefensas presas).

Es decir, el feminismo permite que cada uno elija el rol que más le va con su personalidad.

En fin, que para mí el problema no es que haya tantas chicas como yo, sino que haya chicos que piensen como él. Aunque en el fondo, es sencillo para ambos, yo tampoco saldría con una persona que opina así.

Duquesa Doslabios.

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Sí, el ‘polvo de la reconciliación’ tiene más sentido del que te imaginas

Han pasado siete días. Siete larguísimos días con sus siete interminables noches en las que lo único que has hecho con tu pareja ha sido discutir y aprovechar para retomar tu relación con el succionador de clítoris.

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Una semana en la que, como si de en tus tiempos de soltera se trataran, te has hecho cargo por completo de tu placer. Aunque eso no quitaba lo mucho que te atraía cuando se quitaba la camiseta para ponerse el pijama.

Vale que el enfado no es capaz de apagar la atracción, pero qué duro se hace mantener las distancias cuando hay una bronca de por medio.

Por suerte, la guerra llega a su fin. Uno de los dos dice las palabras mágicas (“Lo siento”), y tu siguiente pensamiento es, lo admitas en alto o no, ‘follemos’.

Al final, el sexo es un lenguaje de la pareja. Se ha convertido en una forma de acercarnos entre nosotros, no ya solo de darle rienda suelta a las ganas.

Y es que ese tipo de polvo, en concreto, tiene un objetivo que los demás no comparten, volver a instaurar ese vínculo que se ha debilitado por la discusión.

“Tener sexo tras una discusión en pareja puede a veces ayudar a que nos volvamos a unir, a confirmarnos que la relación va bien y sigue adelante, y que damos el asunto que nos llevó a discutir como zanjado”, afirma la sexóloga Ana Lombardía de Sexoenlapiel.com.

¿El resultado? Fuegos artificiales, deseo por las nubes (como para no después de una semana sin tocaros ni con un palo), todo tipo de peripecias en la cama, ilusión, manos entrelazadas, ojos incapaces de despegarse… Pero sobre todo la seguridad de que las cosas vuelven a funcionar.

Una vez pasado el momento de pasión, el resultado no podría ser mejor: los dos exhaustos, con subidón de endorfinas y el nexo intacto de nuevo, con la sensación de fortaleza después de haber superado otra prueba más para la relación.

Siempre y cuando sea la manera de ponerle el punto y final (por todo lo alto) a un desencuentro, claro.

“A veces se tiene sexo tras -o durante- una discusión porque alivia las tensiones y refuerza el vínculo, pero obviando resolver la desavenencia. Es decir, tras el sexo el enfado se nos pasa, pero el problema sigue ahí”, recuerda Ana.

Duquesa Doslabios.

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¿Y si me equivoco de persona? ¿Y si no es la correcta?

De pequeña pensaba que el amor sería mucho más fácil si, al nacer, nos pusieran un código y, a la persona de nuestra vida, exactamente el mismo. Descubrirla sería tan sencillo como ir comparándolos (¡y qué cantidad de tiempo ahorraríamos con historias que no van a ninguna parte!).

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Pero por desgracia para mi “yo” de 8 años -y por suerte, en general- el amor escapa a todo tipo de control.

La duda de si la persona que está a nuestro lado es la correcta, con la que realmente queremos pasar el resto de nuestra vida, puede ser una pregunta que nos repitamos en más de una ocasión.

Como dice un amigo mío: “¿Y si hay alguien más apropiado, más idóneo, ahí fuera?”

Es imposible saberlo nunca al 100%, ni siquiera cuando has construido todo con alguien: una casa, una familia, un universo. Incluso en esos casos, está el ejemplo del divorcio tardío que viene seguido de matrimonios, todavía más posteriores, porque han encontrado de nuevo el amor.

El miedo a no estar con la persona correcta se cuela en nuestra cabeza. A veces es un susurro y otras irrumpe a voces.

Sobre todo porque antes no había tantas opciones a la hora de mantener una relación, tanto tiempo libre ni tantas conexiones con personas de diferentes parte del mundo a las que puedes llegar usando únicamente un teléfono.

Como romántica empedernida, soy de las que anima a ponerse en manos del sexto sentido y hacer un experimento sencillo. Basta con escoger cualquier noche en su compañía y mirar mientras duerme.

Imagina ver esa cara todos los días desde ahora. En invierno, en verano, en Navidad, cuando estrenen la próxima película de Marvel, cuando te levantes con un trancazo, cuando haya una comida familiar…

¿Sientes una mezcla entre ilusión, ganas, expectación y, ante todo, felicidad? No busques más.

Y ya que nunca tendremos la seguridad de que la de ese momento es ‘la historia de amor’, la auténtica, ¿por qué no vivirlas todas con la misma intensidad como si lo fueran?

De la misma manera, forma parte del camino salirse en algún momento del sendero principal y conocer otros paisajes.  A todos se nos puede venir a la mente esa persona que, en el fondo, tanto la cabeza como el corazón, coincidían en que no iba a ninguna parte.

Pese a ello, hemos seguido adelante, ignorando el aviso. Porque lo bonito de la vida también son las equivocaciones.

Duquesa Doslabios.

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San Valentín sí, mitos románticos no

Los escaparates de las tiendas, la oferta en el gimnasio del 2×1, el feed de Instagram y hasta el mensaje de Whatsapp de tu madre deseándote un día especial… Parece imposible escapar de la avalancha que se crea por San Valentín.

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Sin embargo, cada vez somos más los que preferimos vivirlo como un día normal y celebrar el amor, a nuestra manera, el resto del año. En otras palabras: quizás no nos sentimos identificados con la atmósfera de corazones y color de rosa que parece venir de la mano con esta fecha.

Mónica García, directora del centro El Factor Humano, también ha reflexionado sobre esto. ¿El ‘culpable’ de la perversión de San Valentín? El amor romántico.

“Promueve un modelo único de amor entre dos personas (tradicionalmente hombre y mujer) en cuya relación todo se justifica ‘por amor’. Los celos o el no poder ni pensar en perder a la otra persona son una prueba de amor. Y solo es verdadero si todo va bien y dura toda la vida. No admite la otra cara de estar en una relación”, afirma Mónica.

Finales felices donde si no hay perdices no cuentan, príncipes, princesas y mitos que lo promueven como el de la media naranja. Esa persona divina que necesitamos para sentirnos completos.

“Por un lado nos lleva a sentirnos incompletos, inadecuados o insatisfechos mientras no tenemos pareja y por otro lado, a alimentar dudas cuando estamos con una pareja, al pensar si será nuestra media naranja. Como si solo hubiera uno”, dice la experta.

Lo cierto es que, como recuerda: “Nacemos completos y en nuestras relaciones, románticas o no, tenemos la oportunidad de expresar un rango más amplio de quién somos.”

“Es una idea muy romántica el pensar que solo hay una persona que es el amor de tu vida, y si quieres seguir pensando así, genial. Puedes abrirte a pensar que en la vida puede haber más de un amor verdadero. Depende de lo que ambos ofrecen a la relación mientras están en ella”, declara Mónica.

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Que nuestra pareja tiene que ser romántica, parece una premisa indispensable este día.

“Es común esperar que nos sorprendan con muestras de amor románticas. Incluso cuando decimos que a mí eso me da igual. Está tan activo en nuestra cultura la creencia de que las muestras románticas de amor significan que la otra persona te ama, que si no existen, o son escasas, nos pueden hacer hasta dudar de si la otra persona realmente nos quiere”, afirma.

¿El resumen de la experta? Cada pareja es un mundo: “Un mundo a imagen y semejanza de las personas que lo crean. Tanto si es romántico en el sentido tradicional de la palabra como si es un romanticismo único y hecho a medida que nadie entiende”.

Si no tienes pareja, no hay amor en tu vida parece ser otra de las afirmaciones más extendidas del amor romántico. Al relacionar el amor a la pareja, hemos unido ambos conceptos. “Hasta tal punto que hay personas que si no tienen pareja lo viven como si faltara el amor en sus vidas”, opina Mónica.

La solución a la falta de amor empieza por amar. “El estado emocional de amor es un estado de apertura de corazón en formas de aceptación, comprensión, empatía, generosidad, apreciación… Si de verdad quieres sentir más amor, mi receta es ama más. Porque el amor que tú sientes, no es el amor que la otra persona te da, sino la consecuencia de que abres tu corazón como respuesta a la muestra de amor del otro”.

Duquesa Doslabios.

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¿Mis mejores citas? Las menos parecidas a una ‘de película’

A diferencia de lo que Hollywood podría haberme hecho creer, mis mejores citas no han sido montada en un descapotable con los brazos al viento o tirándome champán sobre el cuerpo en un jacuzzi.

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La preferida, hasta la fecha, fue recibiendo el día, a las cinco de la mañana, por un parque de Madrid desde el que se veía mi ciudad como si se tratara de un cuadro puntillista.

Con brillos que titilaban en lo lejos allá donde se podían distinguir la Gran Vía o la Almudena solo a la vista de nosotros dos, como si nadie más existiera en el mundo.

Grandes citas han sido en coche, recorriendo las calles durante horas, porque hacía demasiado frío para andar.

Sin sospechar en aquel momento que aquello podía ser considerado cita romántica, se convertiría en una de mis favoritas con Hit FM como banda sonora y semáforos que marcaban excusas para besarse continuamente.

En los primeros puestos, no puede faltar la que pasé sentada en una plaza de Malasaña. Con un batido de frutas en la mano y una buena conversación en la boca que terminó, aún no sé cómo, en la cama de un hotel.

Y sí, el desayuno estilo continental era maravilloso, pero aquel reencuentro junto a mi balcón favorito de Velarde no tuvo precio.

Otra de ellas no necesitó flores, bombones, una lista de reproducción personalizada, ni un plan demasiado elaborado.

Solo un horno y un pescado marinado en un piso universitario -donde la limpieza brillaba por su ausencia- pero la frase “Me gustas” relucía por todos los lados.

Con esto digo que no sea exigente con las quedadas, pero sí que mis favoritas hasta el momento no han necesitado de mucho, solo de la persona adecuada.

Duquesa Doslabios.

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En una relación larga, ¿con condón o sin condón?

Llega el momento en una relación de pareja que miras a tu novio a los ojos y te dice “Bueno, qué, ¿lo hacemos sin?” “¿Cómo? ¡Pues claro que no!”, respondes como buena ex alumna de colegio de monjas que ha aprendido en las charlas de orientación sexual que el preservativo es su mejor amigo.

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Pero pasa el tiempo y aquello entre los dos ya es más serio. Así que te preguntas si seguir usando protección.

No por nada, pero los condones no son precisamente baratos. Si a eso le sumas que es algo que utilizas a menudo, termina por ser un gasto considerable.

Plantearte dejarlo no debería ser algo que decides una noche y pones en práctica al día siguiente. Ya que por mucho que llevéis tiempo, no sabes hasta qué punto es sinónimo de monogamia.

Por eso la exclusividad en la relación es lo primero a tratar, aunque suponga que tienes que confiar en que va a ser respetada por encima de todo. Y, lo segundo, que ambos estéis sanos.

Yo no es que no me fíe de mi pareja, es que me fío más de un test de enfermedades venéreas. Así que cuando hay resultados negativos de por medios, tienes la tranquilidad de que, entre la monogamia y la salud sexual, no tiene por qué haber contagios.

El tercer punto a considerar es el embarazo. ¿Cuánto te preocupa el riesgo de que haya un bebé de por medio?

A mí al principio, era algo que me aterraba. Años después, siguiendo con mi pareja, con la que tengo pensado construir el resto de mi vida, y en el punto económico en el que estamos, la idea no me resulta tan angustiosa.

Así que la respuesta no es otra que depende de la importancia que le des a las tres bases fundamentales, las mismas que nos hacen usarlo. Pero ante la duda con cualquiera de ellas, mejor que la relación que nunca termines sea con el preservativo.

Duquesa Doslabios.

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Que siempre te guste la persona incorrecta tiene nombre: ‘fleabagging’

Si en más de una ocasión has oído a tus padres o a tus amigos decir que no sabes escoger parejas, que parece que tienes un imán para atraer a la gente incorrecta, igual es que te estás haciendo fleabagging.

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A diferencia del ghosting, que no se puede controlar al tratarse de una falta de comunicación por solo una de las partes, la nueva tendencia del universo de las citas depende al 100% de ti.

Y es que para saber si eres fleabagger, tienes que hacer un poco de autocrítica y echarle un vistazo a tus últimas historias de amor.

¿Cómo son tus comportamientos a la hora de buscar pareja y tener un noviazgo si lo que ves, una vez pasado el tiempo, es tu colección de catastróficas relaciones?

Hacer malas elecciones continuamente es una de las bases de la tendencia, que, por desgracia y como el ghosting, también tiene su parte tóxica.

Puede que no esté en tus manos que él o ella te conteste al mensaje o que te dé plantón en el último minuto, pero sí puedes llegar a la conclusión de que mereces a alguien a tu lado que no haga eso.

El culpable y la víctima del fleabagging no es otro que uno mismo. Aunque, para tu tranquilidad, no es algo que decidas libremente.

Es un hábito negativo que terminas desarrollando por una idea del amor romántico que aprendemos a lo largo de nuestra vida, que consiguen que aceptemos ciertos tipos de comportamientos (¿qué son sino las parejas de Chuck y Blair de ‘Gossip Girl’, Noah y Allie de ‘El diario de Noah’, Rachel y Ross de ‘Friends’ o Carrie y Aidan de ‘Sexo en Nueva York’?).

Lo bueno es que tiene solución: tienes el poder de decidir. Empieza por poner algún tipo de límite y respetarlo una vez identificas las señales de alarma, intentando no aceptar la misma conducta en tu siguiente relación.

Al final, dar con una persona buena no significa salir solo con quien haga voluntariado todas las semanas y que en su tiempo libre se dedique a salvar gatitos atrapados en los árboles.

Encuentra a quien te dedique tiempo, te aporte, te apoye, te priorice y te quiera tal y como eres. No mereces nada menos que eso.

Duquesa Doslabios.

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Y de lo que más discuto con mi pareja es…

Por sorprendente que parezca, el motivo por el que más a menudo discuto con mi pareja, no es la cantidad de sexo ni las respectivas familias de cada uno. No es por nuestras salidas nocturnas con amigos, por el tiempo que pasamos separados o por nuestras complicadas agendas de millennials en edad laboral.

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El motivo por el que más discuto con mi pareja es por las tareas del hogar.

Y sí, entiendo que puede parecer una nimiedad, sobre todo cuando, muchas de ellas, son cosas de poca importancia.

“Hija, tampoco te vas a herniar por hacerlo tú”, puedes pensar. Pero no es el hecho de que me haga cargo en ese momento, es que muchas de esas tareas ni siquiera pasan por la cabeza de mi pareja. Es como si en su universo no existieran o no viera que hay que llevarlas a cabo.

Por eso, cuando veo un calzoncillo (suyo) en la almohada, me veo con el dilema de la semana. ¿Qué hago? ¿Le digo que lo recoja y discutimos porque siente que estoy demasiado encima de él -pese a que ni se acuerda de que lo ha dejado ahí- o me ocupo yo de devolverlo a su sitio, sin enfado de por medio?

La segunda es la que siempre me seduce más, la menos problemática, casi hasta la fácil, aunque implique que me encargue yo de más cantidad de tareas.

Pero me niego a hacerla porque no soy yo quien tiene que hacerle la vida más fácil. Al igual que él no me la tiene que hacer a mí.

Los dos nos tenemos que encargar, en igualdad de condiciones, de gestionar las cosas de la casa. Un proceso que va desde las tareas más clásicas, como poner lavadoras, a las más específicas de cada hogar como, en nuestro caso, fregar de vez en cuando el escurreplatos que tenemos, porque tiende a acumular manchas de jabón y polvo.

En mi cerebro, tanto las tareas grandes como las pequeñas, están en la categoría de ‘deberes domésticos’. En el suyo, en cambio, he podido comprobar que solo están las generales, las que hemos hecho juntos. No se hace cargo de aquellas, aparentemente, más tontas, pero que también hay que solucionar y que terminan llevando su tiempo.

Afortunadamente, cuento con una pareja comprensiva y trabajadora. Después de una charla a corazón abierto, le hablé de la gestión del hogar al completo, de esas cosas en las que él no se fijaba, pero que podían terminar derivando en algo más serio (hace unos años tuve una plaga de cucarachas en un piso universitario por una compañera que dejaba la comida tirada en el suelo).

Al hacerle saber que también formaban parte del mantenimiento del hogar, y que yo no tenía que estar detrás de él diciéndole que había que controlar esas cosas (al igual que él no me las tenía que ir diciendo a mí, porque me daba cuenta sola), entendió que me resultaba incómodo tener que estar recordándoselo.

Si veíamos el asunto en perspectiva, mi pareja tiene las dos opciones que suele contemplar en estos casos: enfadarse conmigo porque, según él, pienso que no hace suficiente o entender que es una reivindicación lógica y que tiene que poner de su parte en solucionarlo.

Por suerte, ha escogido la opción B.

Y para terminar, ¿por qué no quiero hacer yo esas cosas? Porque tengo ejemplos de sobra en mi familia de mujeres que llevan el peso por completo de la casa con maridos que han pasado toda su vida cómodamente, con una carga doméstica mental mínima.

No tengo miedo a discutir, a hablar, a poner las cosas sobre la mesa y a exigir el mismo nivel de trabajo hogareño para los dos. Se llama igualdad y no voy a aceptar nada que no sea eso.

Duquesa Doslabios.

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Los 3 pasos básicos para volver a entrar al juego de las citas después de una ruptura

Has pasado ya la fase de negación (“Esto no está pasando, volveremos”), la de la ira (“¿Cómo ha sido capaz de hacerme esto a mí? ¿A mí? Le odio”),  negociación (“Si vuelve, prometo ser más paciente la próxima vez que deje la tapa del wáter subida”) y la de depresión (“Voy a ponerme Adele y a llorar hasta que encuentre Someone like you“).

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Si te resultan familiares, sabrás qué momento viene a continuación: el de aceptación. Una vez entiendes que lo vuestro es agua pasada, da comienzo un nuevo capítulo en tu vida. Y lo mejor es que no tienes que compartir protagonismo con nadie.

Es probable que, llegado ese instante, pienses “Creo que soy demasiado mayor para estas cosas”. Da igual si tienes 17, 23 o 45 años, la idea de volver a entrar al ruedo de las citas, las intrigas de los mensajes sin responder o las aplicaciones para ligar, se te hacen un poco cuesta arriba.

Antes de que la ansiedad te lleve de vuelta a la cama a ver Modern Love con los restos de polvorones navideños, quiero darte mi plan maestro para retomar ‘el juego’. Un sencillo método de tres pasos con el que podrás ponerte a punto de nuevo y abrir tu corazón (o la parte del cuerpo que quieras abrir, eso ya es cosa tuya) a nuevas personas.

  1. Ten citas contigo. Puede parecer ridículo pensar en dedicarnos tiempo cuando lo que queremos es alguien nuevo a nuestro lado. Pero si no sabes cómo eres, ¿cómo identificar lo que mejor funciona contigo? Después de una relación, sobre todo si ha sido de mucho tiempo, es probable que hayamos cambiado en ciertos aspectos. Averigua qué te gusta, qué no, haz autocrítica. ¿Saldrías contigo si te conocieras? Trabajar en ti va desde aprender de lo que puedes mejorar hasta conocer a la perfección lo que quieres en tu vida a partir de ahora.
  2. Liga, y, si no sabes cómo, pregunta. Tus amistades te darán consejos y frases de oro. Si sigues sin saber, puedes preguntarle incluso a él o a ella. Una forma de romper el hielo y de paso empezar con dosis de humor lo que sea que dé comienzo. En el amor y en la guerra todo vale, así que aprovecha las nuevas tecnologías para conectar con más gente. Cualquier sitio es bueno para dar rienda suelta a tus encantos, ¡piensa que hay personas que ligan en iglesias!
  3. Sal, la más obvia y la más difícil. “Pero es que no me acuerdo de cómo se hacía eso de las primeras citas”. Da igual, ligar es como montar en bicicleta, solo necesitas un empujoncito para arrancar la marcha que enseguida recordarás cómo se hacía. A fin de cuentas, a diferencia de los móviles, es un mundo que no cambia tan rápidamente. Y sí, chicas, podéis llevar la iniciativa.

Duquesa Doslabios.

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¿Sexo con amor o sin amor?

Hace dos días decidí estrenar la opción de preguntas de Instagram. Quitando un seguidor que quiso saber a qué olían las nubes, hubo otras demandas que me hicieron reflexionar sobre mí misma, como mis fantasías sexuales pendientes para 2020 o qué tipo de sexo prefería.

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“¿Con amor o sin amor?”, me preguntó el usuario. Era una pregunta bastante seria, casi comparable a “¿Patatas con o sin ketchup?”, “¿Tortilla con o sin cebolla?” o “¿Netflix o HBO?”.

Como en las otras cuestiones (a excepción de la de la tortilla), mi respuesta es la misma: depende y ¿por qué no tener las dos?

Para mí el sexo es una cosa y el sexo con amor es otra, casi podría etiquetar uno como ‘sexo carnal’ y el otro como ‘sexo visceral’.

El carnal es el que busca, nada más y nada menos, que el placer o la conexión del momento, sin ningún tipo de interés aparte. Satisface un deseo del momento y listo.

En cambio, el visceral, permite una visión más completa del sexo. Es el placer y la conexión del momento, sí, pero aparecen también otra serie de factores.

Es decir, se puede tener sexo sin amor con alguien a quien quieres (ese polvete echado con urgencia porque sí), pero no se puede tener sexo con amor con alguien que no quieres.

Puedes fingirlo, claro, pero como hablo de sentimientos auténticos, eso es algo que, si no te pasa por dentro, no sucede y punto.

Lo que quiero decir es que en mi caso no puedo tomar partido por ninguno de ellos, porque tanto estando soltera como teniendo pareja, he experimentado (y sigo poniendo en práctica) ambos.

Y tú, ¿crees que puedes elegir solo uno de los dos?

Duquesa Doslabios.

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