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La glorificación de las relaciones de pareja

Vivir la soltería a partir de cierta edad, esa en la que la mayoría de tus amistades ya se han dado el ‘sí, quiero’, puede resultar un poco agobiante.

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Es el mismo momento en el que, cuando piensas en los noviazgos o ves una pareja cerca, quieres eso.

Ver películas los domingos en el sofá, despertarte en medio de la noche y tener a esa persona a tu lado, citas románticas… Todos esos momentos que solo se experimentan en una relación parecen tener una pátina dorada cuando todavía entras en la categoría de single y no tachas el “+1” en las invitaciones de las bodas de tus amigas.

Sin embargo, es un efecto momentáneo que, en cuanto empiezas a salir con alguien, termina por desaparecer al tiempo.

Lo de las películas está bien, pero te apetece volver a quedar con las amigas de terraceo, te despiertas en medio de la noche por sus ronquidos o porque habla en sueños (cosa que puede pasar tanto a hombres como mujeres) y las citas románticas están bien, sí, pero ir otra vez a cenar comida italiana ya no es tan emocionante.

Y aunque, con esas pequeñas cosas, eres muy feliz, te das cuenta de que era mucho más intenso y vibrante en tu cabeza, cuando no tenías pareja.

Es lo que se conoce como la glorificación de las relaciones.

La glorificación de las relaciones es como cuando recuerdas con fervor el lugar en el que veraneabas en tu infancia, lo vuelves a visitar en la edad adulta y te gusta, sí, pero no te parece tan espectacular como hace años.

Poner los noviazgos en un altar tiene una parte buena y una mala, como todo. La buena es que, cuando se da el caso de encontrarte en pareja, sientes que puedes cumplir esas cosas con las que llevas fantaseando. Y hacerlas, proporciona felicidad.

@alexandre_halle

La mala es que esté tan idealizada la relación, que las alegrías del día a día no superen la película digna de Spielberg que nos hemos montado en la cabeza.

¿La conclusión? Que, puestos a idealizar, pongamos en el altar únicamente el amor propio, que tanto en la soltería como en pareja, es el que debemos respetar y cultivar. Menos, quizás, por encima de las croquetas de tu madre, que esas tampoco decepcionan nunca (permitidme que haga la comparativa con la comida, porque al final comer y amar son ambas cuestión de gusto).

Duquesa Doslabios.

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Es hora de despedirse de los amores de verano

Posiblemente es uno de los sabores más amargos que trae septiembre. El trago que más cuesta, después de haber adquirido la costumbre de degustar el mojito, las tapas a pie de playa o el helado en la vacía ciudad.

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El verano se acaba, y con él los posibles amoríos que hayan podido tener lugar.

Por mucho que pensemos que podremos sobrevivir al otoño, es probable que se quede en algo de las vacaciones, lo que supone un golpe que debemos encajar.

Una de mis mejores amigas tiene claro que, en el caso de las historias de amor, lo mejor es asumir que no son tanto los amores sino más bien el verano.

Y, por mucho que, en su día, me costara creerlo, viéndolo con perspectiva me resulta imposible no darle algo de razón.

El destino diferente al habitual, los planes alternativos como pueden ser ver el atardecer delante del mar o un paseo romántico a la luz de las estrellas en medio del campo, no son tanto la persona sino instantes que, de por sí, llegan a emocionarnos.

Es decir, que, con ese tipo de momentos, lo más normal es que tendamos a ‘enamorarnos’, o a tener sensación de enamoramiento, mucho más que si se trata de una cita tomando cervezas en el 100 Montaditos de tu calle de siempre.

No es él o ella, es el momento y el lugar, todo es mucho más intenso y, emocionalmente, hasta nuestro estado de ánimo es distinto.

Sin más responsabilidad que la de decidir al día siguiente en qué lado de la playa poner la sombrilla, cualquiera se siente lo bastante relajado como para mantener conversaciones durante horas o disfrutar estando en silencio, simplemente deslizando un dedo sobre el dorso de una mano ajena.

Una serie de pequeños placeres que, con el acelerado ritmo de vida y el estrés diario, no solemos permitirnos.

Vale que en esta época del año hemos podido tener la suerte de dar con alguien especial, pero preguntarse hasta qué punto es la persona y hasta dónde llega todo lo demás, hace mucho más sencillo poner las cosas en su sitio.

Así, es posible meter esa historia en el cajón de las anécdotas de las vacaciones, junto al salto de diez metros de altura que daba miedo o la noche con el concierto de Liam Gallagher en una capital europea.

Esa es la manera de que, en el futuro, recordarlo no sea doloroso, sino algo mágico que se ha vivido y que forma parte, no tanto de la magia del amor, sino de la magia del verano.

Duquesa Doslabios.

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La solución a tu escasa vida sexual puede estar en los ‘emojis’

“Entonces, ¿te apetece venir después a mi casa a cenar?”

“Claro, yo pongo el postre 😏”

“🔥🔥🔥”

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De todos los estudios inesperados que se realizan en el mundo, poco me esperaba uno que analizara la eficacia de los emoticonos a la hora de intimar.

Pero parece que parece ser que los jeroglíficos del siglo XXI han salido más efectivos que los que usaban en el Antiguo Egipto, o, al menos, esa es la conclusión a la que ha llegado el estudio realizado por el Kinsey Institute.

¿Su conclusión principal? Las personas que usan regularmente emoticonos en sus conversaciones digitales suelen tener más sexo y éxito en sus relaciones que quienes evitan esta forma de comunicarse. Y no es una cuestión de magia o de que cada vez el móvil nos coma más terreno, sino de expresividad.

Empecemos por el principio. Lo que intrigaba a las personas detrás de la investigación era cómo importaba el uso de los emojis en nuestras conexiones e, incluso, si podían resultar de ayuda.

Lo que no imaginaban es que han comprobado que no solo ayudan, sino que además consiguen que los potenciales pretendientes mantengan el contacto después de la primera cita (¿es el fin del ghosting?), lo que se traduce en que, en un futuro, se tienen más intercambios sexuales.

De los encuestados, el 30% de los participantes usaban emoticonos regularmente con personas con las que tenían citas, porque, de esa manera, conseguían expresarse más en profundidad que solo el texto con palabras.

Casualmente eran esos usuarios los que tenían no solo más citas, sino también mayor actividad sexual.

Un segundo estudio analizó cómo la frecuencia de los emojis creaba conexiones más íntimas a la hora de mantener el contacto después de la primera cita, algo que podría desembocar en una relación con esa persona (si le ves como posible novio, ya estás tardando en mandarle el guiño).

Es decir, los emoticonos son una herramienta para sustituir nuestra expresión facial del momento cuando el lenguaje textual no nos lo permite. Son divertidos, juguetones, llenos de significado, sugerentes e incluso dicen más que mil palabras.

La parte negativa es que los miembros del Kinsey Institute tras la investigación aún no han sabido decir específicamente cuáles son aquellos que más llevan al sexo ni los que deberíamos evitar.

Debemos quedarnos de momento con el lado bueno. Es el momento de decirle adiós a la teoría de que somos incapaces de relacionarnos a través de una pantalla. No solo podemos hacerlo, sino que las herramientas digitales (los emojis, gifs…) nos permiten crear vínculos de calidad que pueden desembocar o en futuros noviazgos o en noches de pasión.

Sea cual sea de ambas, todos salimos ganando.

Duquesa Doslabios.

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Bandera roja en la relación: las 9 señales de que se acerca el final

Cuando cogemos un resfriado, una serie de síntomas dan la cara, lo que nos permite identificar qué le está pasando al cuerpo. Al igual que las señales informan sobre la salud física, la de nuestras relaciones de pareja también se puede medir con diferentes banderas rojas.

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No es que yo te esté descubriendo nada nuevo. Y es que bien que se encarga nuestro instinto de hacer sonar las alarmas cuando esa persona nos dice que preferiría que no trabajáramos o cuando se tira la mayoría de horas del día hablando de sí misma.

Aunque cada pareja es un mundo, he querido reunir una combinación entre las más populares así como las que, vía experiencia personal, he sabido identificar adelantando lo que estaba por llegar, el fin.

-Aunque sois pareja, no formas parte de su círculo íntimo.  Las quedadas familiares o los planes con los amigos son algo desconocido para ti. De hecho, solo les identificas por fotos de Instagram, ya que nunca has llegado a conocerles en persona. O directamente no te invita a los planes o, cuando tú se lo mencionas, salta con que es exclusivo de amistades y que te aburrirías. Si al principio pasa más o menos desapercibido, cuando llevas años en pareja y los únicos amigos en común son los tuyos, aquello empieza a oler a chamusquina.

-Otra muestra de que el fin ha llegado es que no te llevas especialmente bien con sus amistades. No necesitas convertirte en el nuevo mejor amigo de la intimísima de tu novia, pero sí llevarte bien. Es más fácil que desplaces una montaña grano a grano a que hagas cambiar de una opinión a una amiga sobre tu novio si se le ha cruzado. Y ojo, estereotipos de género fuera que, en el caso contrario, funciona exactamente igual. Os lo dice alguien que terminó con su pareja porque sus amigos insistían en que no encajaba con su estilo de vida fiestero.

-Que prefiera evitar las discusiones, desapareciendo del mapa, es algo relativamente normal (no siempre apetece discutir, sobre todo después de un día de trabajo). Pero cuando sientes que no hay alternativa, que evita a cualquier costa los enfrentamientos, hay algo que no funciona. Y es que esta actitud se traduce en una gran falta de interés por solucionar cualquier tipo de problema. Al final, si se sigue sin poder atajar los conflictos en pareja, es probable que, en una discusión, sin nada por lo que luchar, la relación finalice.

-O, cuando hay discusiones, en vez de ser saludables (sí, se puede discutir de manera sana sin faltar el respeto a tu pareja, sin subir la voz y tratando los temas con objetividad y dejando a un lado el drama) son bastante tóxicas. Aquellos choques en los que el chantaje, el victimismo, los extremos, las amenazas o los insultos aparecen, pasan una factura demasiado grande a la relación, factura que, a no ser que cambie la manera de abordar los conflictos, termina por separar a la pareja.

El futuro no es un tema de conversación especialmente claro, igual ni formas parte de la ecuación. No, planear juntos qué vais a hacer el fin de semana que viene no es que te vea en su futuro. Si en sus planes a medio o largo plazo, no tienes cabida, deberías plantearte si te compensa o si quieres seguir en un barco con destino a ninguna parte. Igual el trayecto merece la pena, pero en tu fuero interno, ¿te parece bien ir a la deriva?

-Pero no hace falta poner la mira en el futuro, ya que también sientes que no formas casi parte de su presente. Y es que por mucho que te gustaría, no comparte su vida contigo. Eso sí, bien que se encierra en la habitación a contarle con todo detalle a su madre el acompañante del segundo plato del menú del día de hoy.

La falta de comunicación, que llegue a casa y no te diga cómo le ha ido el día, que solo tenga ojos para el teléfono o que prefiera sentarse delante de la televisión a cenar, antes que pasar un rato contigo en la cocina poniéndoos al día, son otros detalles que también han anticipado el final (o al menos una crisis importante). También se puede aplicar a cuando tienes que enterarte de las cosas o planes de su vida por terceras personas.

No te sientes tú porque, de alguna manera, no te ves con la libertad de mostrarte tal cual eres cuando estás en compañía de tu pareja.Algo que puede ir desde que no te sientas con confianza de dejar salir tu auténtica forma de ser, hasta que actúes de manera totalmente diferente en su presencia.

-La felicidad depende de cada uno, por supuesto, pero cuando decidimos embarcarnos en una relación es porque, a nivel emocional, sentimos una ilusión, una seguridad y un bienestar. Cuando no te sientes feliz y en tu fuero interno, algo te dice que aquello no marcha, es más que seguro que aquello esté en peligro.

Así que si, por lo que sea, has encontrado varios puntos en los que tu relación está perfectamente reflejada, evitar el problema no es sinónimo de cerrar los ojos ante él, sino sacarlo en la pareja y solucionarlo (al menos si ambos miembros quieren seguir adelante, claro).

Duquesa Doslabios.

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Mis 8 votos antes de irnos a vivir juntos

Hace un rato te he dicho que ya lo tenía todo casi listo y que no podía esperar para cumplir una lista de momentos que disfrutar viviendo en pareja, que mi pie ya estaba en camino para dar ese gran paso.

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Y aunque sabes que soy de hacer más que de decir, he querido escribir esto para nosotros, para que tengas algo sobre el papel (que es la pantalla hoy en día) y puedas leer cuando quieras.

Prometo buscar el momento para decirte las cosas delicadas. Y, si no lo encuentro, te haré saber que tenemos un tema sensible pendiente de hablar para que te prepares y me digas cuando podemos hacerle un hueco. Porque como bien dice nuestra amiga de apellido impronunciable, la privacidad no nos la va a dar el piso ni las puertas (y menos con ese tamaño), sino la persona con la que lo compartamos.

Prometo enseñarte cuando no sepas hacer algo que a mí me hayan enseñado y prometo poner todo de mi parte para que me ilustres tú cuando sea el caso contrario. Ya sea a fregar unos platos de la manera más eficiente o a limpiar la vitrocerámica para que no quede con marcas. El motivo es lo de menos, lo demás es entendernos.

Prometo echarle paciencia, mucha. Fíjate si me lo he propuesto en serio que hasta voy a sacar la que no tengo mientras nos adaptamos a ese ritmo en el que tú y yo marcaremos los compases. También prometo decirte las cosas con calma, ya de paso (por lo menos hasta la tercera vez, a partir de la cuarta que tenga que repetir algo no prometo nada).

Prometo no asustarme a la primera de cambio, no darlo todo por perdido, no pensar que nos hemos precipitado. Prometo esperar, darme (y darnos) tiempo para empezar a rodar.

Discutiremos. No sé cuánto, ni por qué pero sé que a veces será por tonterías. Cuando eso pase, no olvides que te quiero. Y que, aunque no lo admita, prometo que ya estoy pensando en arreglarlo contigo.

Porque quiero ser tu compañera de equipo, tu apoyo, tu aliada, quien te cubra siempre las espaldas. Podrás contar conmigo para desahogarte, porque prometo estar ahí para ti. Para los días buenos en los que salgamos a correr después del desayuno. Para los malos en los que no nos pongamos de acuerdo porque tú quieres poner una planta con flores, siendo yo más de hojas verdes, y terminemos destapando la caja de Pandora.

Prometo que haré todo lo que esté en mi mano para convertir nuestra casa en un hogar. Darte espacio cuando lo necesites, respetar tus cosas y, por qué no, cogerte alguna camiseta de vez en cuando (sabes que me gustan oversize y que lo de compartir ropa estaba en el contrato verbal entre nosotros desde un principio).

Al final, va a ser, como es todo entre nosotros, sencillo, natural y fluido.

Aun así te prometo que estamos juntos en esto y que funcionará porque te quiero. ¿Que cuánto? Como nos decimos, muchísimo más que mucho.

Duquesa Doslabios.

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Ojos que no ven o por qué deberías bloquear a tu ex de las redes sociales

Hoy en día, bloquear a alguien de una red social es casi tan grave como salirse de un grupo de Whatsapp, la pena capital del siglo XXI.

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Por lo general, al terminar una relación, hay un punto de inflexión en nuestra personalidad digital. Esas alegres imágenes en Instagram del viaje a Cuenca ya no parecen brillar igual. Pero sabes que, en el fondo, hay algo que te frena a la hora de borrarlas y luego bloquear a tu expareja.

Y es que se nos tacha de actuar bajo el despecho, el resentimiento o la inmadurez, sentimientos que en la era donde todo viene acompañado de etiquetas como #goodvibes están muy mal vistos.

Sin embargo, cuando tenemos necesidad de hacerlo, es el momento de dar un paso al frente y pulsar la opción “dejar de seguir” o eliminar de mi lista de amigos.

Bloquear a alguien con quien hemos tenido una relación, puede ser hasta terapéutico según los expertos en la materia.

Por mucho que sepamos que esa relación ha terminado, en ocasiones mantenemos la costumbre de meternos en su perfil.

Nos fijamos en cada detalle de la foto que sube -qué sitio es, si es el mismo al que nos llevó aquella vez-, cotilleando quién es la persona que le ha dejado ese comentario lleno de emoticonos enigmáticos.

Tirar del hilo lleva incluso a analizar también esa cuenta, descubriendo que tiene una hermana que va a clase de inglés con tu compañera del master y preguntándote si podrías averiguar más. Una bola de nieve que va creciendo a cada link.

Si el dolor todavía está ahí, ver imágenes de la otra persona puede hacer todavía más dura la separación. ¿Por qué torturarse de esa manera? ¿No es mejor evitar que, cada dos por tres, salgan sus stories de fiesta?

¿Por qué estar cómodos en la incomodidad o añadir una infelicidad innecesaria a nuestras vidas? ¿O es que después de una ruptura nos volvemos un poco masoquistas?

Bloquear y hacer que desaparezca (al menos de tu mundo digital) ayuda a seguir adelante y a poder superarlo al ritmo de cada uno.

Cuando hemos tenido una relación abusiva esta es, sin duda, una de las manera de salir de ella. Cortando todo y de golpe, evitando dejar resquicios por los que pueda volver a entrar un discurso manipulador o victimista. Romper el vínculo emocional y acompañarlo del físico, mental y social.

No es algo obligatorio en todas las separaciones, por supuesto. Una de las excepciones a la opción de bloquear se da cuando el amor se ha acabado pero queréis probar lo de ser amigos.

Para todo lo demás, ya lo dice el refranero: “Ojos que no ven, corazón que no siente”, sobre todo en la era de Instagram.

Duquesa Doslabios.

Antes éramos más románticos

Te quiero pero…

Echo de menos que te quedes mirándome como si fuera lo más entretenido del salón, por encima de la televisión. Echo de menos ir hablando en el coche, aunque sea sobre la música de la radio. Teníamos un juego de adivinar las canciones de Cadena 100, ¿por qué lo hemos dejado?

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¿Por qué hemos dejado de hacernos fotos juntos? Como si ya tuviéramos tantas que cualquiera podría decir que parece que hemos gastado todas las que nos quedaban en la vida por sacarnos. Yo quiero seguir saliendo contigo, quiero abrir la galería del teléfono y que seamos nosotros quienes más aparezcamos, entre platos de comida y paisajes de Madrid.

Quiero que nos abracemos más a menudo, que no pasemos solo por la cama con el cuerpo desnudo, que desvistamos el alma. Que hablemos de la vida, de la muerte, de la lámpara del techo que elegimos en Ikea, de todas esas cosas que nos gustaban de pequeños y que llevamos años sin probar.

Quiero que volvamos a ir a bailar, aunque seamos los peores de la sala, aunque solo sepamos un paso. Pero bailemos. Bailemos, joder. Bailemos hasta que me pises y yo me tropiece con mis propios pies. Bailemos hasta que riamos y aprovechemos, ya que estamos, para reír bailando.

No solo bailar, pensar en planes más allá de hacer deporte, comer, o pasar la tarde en el sofá. Tenemos un mundo fuera de casa que no estamos investigando lo suficiente.

Echo de menos tocarnos, en público, en privado. Hubo un tiempo en el que no faltaban nuestras manos entrelazadas en cualquier lugar, donde lo difícil era mantenernos separados. ¿Cuándo decidimos dejar de hacerlo? ¿Por qué lo hicimos?

Y ya que estás dime por qué no nos cogemos por la espalda, como cuando empezábamos a conocernos y estrenábamos el “te quiero”. Esa época en la que tu parecías el imán y yo la nevera, siempre atraídos, siempre en contacto.

Dímelo, por favor, y dime también por qué no consigo que me cuentes cada mínima cosa que te ha pasado a lo largo del día, cuando me interesa cada segundo de lo que te ha pasado sin mí. Ca. Da. U. No.

Ya no salimos de fiesta, ya no bebemos una jarra de sangría, ya no hay conversaciones ni coqueteos por Whatapp ni tampoco en el desayuno si te quedas entre las sábanas mirando el móvil en vez de acompañándome. Ya no sé si el silencio es la nueva norma, o que lo normal en realidad era que cada uno viajara mirando por su ventana, inmerso en sus propios pensamientos.

Me pregunto si esto es lo que viene después del amor, o si es en lo que se ha (nos hemos) convertido, en besarnos solo para despedirnos y no por el inmenso placer que produce comernos la boca sin prisa. En compañeros de piso que se enfadan cada dos por tres por los cuadros que colgamos o no o porque te parece que yo estoy demasiado pendiente y a mí, que tú estás demasiado despistado.

No sé si es que a partir de ahora será así. Pero sí recuerdo todo eso que hacíamos antes. Y me parecía la mejor relación del mundo.

Echo de menos el amor.

Duquesa Doslabios.

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¿Deberíamos ir a terapia de pareja? Lo que querías saber pero no tenías a quién preguntar

En cualquier relación se dan discusiones, rachas más flojas (emocionalmente hablando), roces… Son solo algunas de las experiencias que vivimos en las fases que atravesamos con nuestra pareja. Sin embargo, no siempre somos capaces de gestionarlo correctamente. ¿Lo mejor para esos casos? Pedir ayuda a alguien de fuera. Pero para las situaciones en las que nuestras amistades o familiares no pueden echarnos una mano, siempre podemos recurrir a alguien profesional.

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Es el caso de la psicóloga Paula Pérez Marina (@paula_psiconsulta en Instagram), la creadora de Psiconsulta.es, que se encarga de tratar a parejas para que logren mejorar la calidad de su relación. Hablando con ella descubro que no solo la terapia no tiene edad, sino cuáles son las consultas más frecuentes que recibe o los comportamientos nocivos que más factura nos pasan (por muy enamorados que estemos).

Solemos pensar que la terapia en pareja es algo más de nuestros padres, pero ¿podemos hacerlo a cualquier edad?
Por supuesto, las parejas jóvenes acuden en igual medida que las más maduras a terapia.

Si bien en las parejas de mayor edad son más comunes las consultas relacionadas con la pérdida de la pasión, en los jóvenes observamos un mayor número de conductas violentas y dependencia emocional. Además, muchos jóvenes también atraviesan crisis en sus relaciones debido a las dificultades para independizarse y crear un proyecto de vida en común.

Otra de las diferencias es que los jóvenes tienden a realizar la terapia en formato online en lugar de presencial como lo harían sus padres y eso ha hecho que la demanda se incremente en este colectivo, ya que aumenta la accesibilidad desde cualquier punto del planeta y ahorrando una considerable cantidad de tiempo de desplazamiento.

¿Por qué es recomendable ponerse en manos profesionales en lo que a problemas en la pareja se refiere?
A menudo las personas tenemos pensamientos distorsionados o irracionales que provocan emociones nocivas, generándose una espiral de la que es difícil tomar conciencia y salir. Si a esto le sumas que en una relación de pareja la espiral de uno interactúa con la espiral del otro, la complejidad se incrementa exponencialmente.

Por ejemplo, esto se ve muy claramente en relaciones de dependencia emocional donde una de las partes tiene el pensamiento de que “necesita” la atención de la otra persona y por tanto lleva a cabo acercamientos excesivos, lo que provoca que la otra persona de vez en cuando responda a esas demandas, pero por lo general se vaya alejando más, lo cual va a incrementar todavía más la dependencia por la otra parte y a reforzar la sensación de que no está obteniendo atención suficiente.

Acudir al psicólogo es recomendable ya que sirve para ver la situación desde un punto de vista más objetivo, permitiendo romper dicha espiral destructiva.

¿Cuáles son los problemas más comunes que suele tratar a la hora de hacer terapia de pareja?
Las causas por las que las parejas acuden a terapia son muy diversas, pero las más comunes son:
· Problemas en la comunicación. Ya sea por falta de comunicación o por una comunicación demasiado agresiva.
· Infidelidades. Son comunes y suelen acarrear crisis de confianza en la pareja.
· Problemas tras tener hijos. Muchas parejas acuden a terapia al haber tenido hijos, ya que esto supone un cambio en la relación. Se hace más difícil encontrar momentos de comunicación e intimidad e implica llegar a acuerdos en temas de crianza que no siempre son fáciles.
· Problemas sexuales. Son variados y tienen implicaciones afectivas para ambos miembros de la pareja.

¿Cuáles diría que son las señales que tienen que darse en una relación que indican que es recomendable que esa pareja vaya a terapia?
Lo mejor es no esperar a que las señales sean demasiado grandes. La mayoría de las veces las parejas acuden a terapia cuando la relación ya está demasiado deteriorada y resulta difícil su recomposición. Por eso, es recomendable acudir cuando se detecta que existe un conflicto que está comenzando a enquistarse y hace sentir mal a una de las partes o a ambas.

Respecto a consultas sobre la sexualidad en la pareja, ¿cuáles son las consultas más frecuentes?
En los hombres suelen ser comunes los problemas para conseguir o mantener la erección durante las relaciones sexuales, así como la eyaculación precoz. En las mujeres, muchas veces se encuentran dificultades para llegar al orgasmo y falta de lubricación.

Como problema común a ambos sexos, encontramos la falta de deseo hacia la pareja debido a la monotonía. Por eso es importante innovar y ser espontáneos a la hora de tener relaciones, es decir, no establecer una rutina fija, sino que haya cierto componente de impredecibilidad.

¿Diría que el reparto desigual de tareas del hogar, las mujeres históricamente hemos llevado un peso mayor en ese aspecto, es un factor que afecta a la salud de nuestra relación?
Vemos en terapia que el reparto desigual de las tareas del hogar sigue siendo a día de hoy un punto de fricción en algunas relaciones de pareja, donde la mujer continúa asumiendo gran parte de la carga familiar.

A nivel social, es positivo que se estén generando estos problemas, pues nos hacen cuestionar las pautas actuales y al fin y al cabo son el motor de un cambio que todavía parece ser algo lento.

Pasamos gran parte del día mirando la pantalla del teléfono hasta el punto que es lo último que vemos muchos antes de ir a dormir. ¿Se han convertido las tecnologías en un problema para la pareja?
La tecnología puede ser un enemigo o un aliado en función del uso que hagamos de ella.

Supone un problema cuando mirar la pantalla desplaza el contacto directo con las personas que tenemos cerca, en este caso la pareja, y es lo que se conoce como phubbing.

Sin embargo, las nuevas tecnologías tienen la ventaja de poder acortar distancias y hacer más fluida y frecuente la comunicación. Esto en las relaciones a distancia, por ejemplo, tiene un impacto importantísimo.

¿Cuánto tarda una pareja en notar los efectos positivos de ir a terapia?
Todo depende del tipo del problema y la magnitud de este. Si se acude a terapia ante las primeras señales, en cuestión de cuatro sesiones podrían notarse cambios significativos. Sin embargo, lo habitual es que las parejas que acuden a terapia no tengan únicamente un problema en su relación y estos estén bastante avanzados, por lo que el proceso es más lento.

¿Cuáles son las claves o bases, en opinión de una experta, para que funcione una relación?
Necesitamos conocer cómo somos nosotros mismos y cómo es nuestra pareja para, en función de ello, establecer hábitos y proyectos de vida compartidos por ambos.

También es importante que en este proceso la comunicación sea fluida y exista flexibilidad suficiente para poder comprender a la otra persona y poder adaptarnos a los cambios que vayan surgiendo.

Además de esto, no podemos olvidar que la intimidad y la pasión juegan un papel fundamental a la hora de predecir si una relación funcionará.

Y, por el otro lado, ¿cuáles son los comportamientos más nocivos?
Gottman define 4 jinetes del apocalipsis en las relaciones de pareja que anuncian que el fin es inminente, los cuales son:
· La crítica destructiva. Estas se diferencian de las críticas constructivas en que utilizan etiquetas globales como “bueno/malo” o “todo/nada”, en lugar de aceptar la complejidad y la ambigüedad de las causas de la conducta humana.
· El desprecio. Son faltas de respeto hacia la pareja donde se incluyen palabras, gestos, sarcasmos, etc. que infravaloran a la otra persona. Por ejemplo, cuando un miembro de la pareja le dice al otro: “antes de hablar, conecta tu lengua al cerebro”.
· La actitud defensiva. Se produce cuando uno de los integrantes de la pareja no acepta su responsabilidad dentro del conflicto y, por tanto, no colabora en la búsqueda de soluciones, por lo que las complicaciones siguen creciendo.
· La actitud evasiva. Son actitudes de pasividad como el silencio o evitar el tratamiento de ciertos temas relevantes para el buen funcionamiento de la relación. Por ejemplo, cuando una persona constantemente ante un mismo tema dice algo como: “déjame, no quiero hablar de eso” o simplemente se muestra indiferente.

Duquesa Doslabios.

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Los 4 temas que deberías hablar antes de irte a vivir con tu pareja

Cuando llega el momento de dar el paso, ese que nos va a cambiar la vida (o, al menos, la rutinaria), hay una serie de conversaciones que deberíamos tratar, fuera de las cuatro paredes del hogar a compartir, que nos sirva para dejar las cosas claras.

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Una de las primeras cosas que deberías hacer es establecer un reparto de tareas (hasta encuentras planificadores que puedes colgar en la pared para que no haya dudas).

Tiene que haber un equilibrio que incluya hacer la compra, cocinar y, por supuesto, limpiar. Si cada pareja es un mundo con la logística del hogar pasa un poco lo mismo, se tiene que adaptar a cada caso y no hay dos iguales.

En función de los turnos, trabajos, etc puede variar, pero lo más importante es encontrar el hueco para que ambas personas puedan dedicarle tiempo o, si la agenda no lo permite, establecer un día a la semana en el que poder trabajar juntos en ello.

En el momento en el que paséis a compartir techo, la toma de decisiones se hace de manera conjunta, ya sea la colocación de un cuadro o alquilar una plaza de garaje. Una vez vives con tu pareja, si no lo habías hecho antes, es el momento de cambiar el chip y entender que se pasa de ser uno a pensar por dos. 

Trabajar en la convivencia será igual de importante que trabajar en la relación, por lo que, por mucho que nos gusten ciertas cosas, queramos hacer algo tengamos la manía de rellenar constantemente los tarros de pasta porque tenemos una obsesión del orden, hay que moldearse un poco a la otra persona.

¿El truco infalible? Respetar, tanto al espacio como a la otra persona a la hora de comentar lo que nos molesta.

Hablar de dinero es algo que, tenemos que asumir, nos acompaña antes y durante la relación. La clave está en conseguir que se convierta en una charla y no en una discusión (puede llevar años de práctica).

Temas como cuánto va a aportar cada persona, cómo va a ser la organización a la hora de pagar los pagos, si se ahorra o qué presupuesto se destina a hacer actividades en pareja son cosas que deberían quedar claras desde el primer momento.

Cabe negociar también cuál va a ser la política de invitados. Es decir hasta qué punto (o cuánto tiempo) puede pasar un familiar o amigo por casa, cómo van a ser los días y el reparto cuando vengan más personas o si, por ejemplo, va a ser una república independiente de tu casa con fronteras totalmente cerradas.

No se puede olvidar que, el objetivo de todo esto, es evitar futuros problemas y asumir este tipo de temas de manera madura, siempre con la idea de conseguir una relación sana.

Duquesa Doslabios.

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De tiempos y relaciones de pareja

Llevo algunos años con mi pareja. Igual nunca lo había escrito abiertamente, pero es el periodo que llevamos juntos. En ese tiempo hemos hecho avances a nuestros ojos, pero aún no hemos dado ninguno de los pasos que, socialmente, se consideran como progresos del compromiso entre ambos.

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Mientras tanto, uno de mis mejores amigos, a los tres meses de conocer a su novia, le pidió la mano. Nueve más tarde se casaron. Es curioso como cada vez que sale esa pareja, en algún tema de conversación, siempre sale rápido la pregunta de “¿No era un poco pronto?”. Y, en el caso de mi relación, “¿No vais un poco tarde?”.

Ahí es cuando te das cuenta de que da igual la manera en la que tú lo veas desde dentro, de puertas para afuera siempre parecerá que no estás siguiendo el ritmo oficial de estar en pareja. Como si hubiera una autoridad competente elegida democráticamente que es la que decide cuál es el mejor momento para ir avanzando.

Hablando con mi amiga casada, (siendo la mujer de uno de mis mejores amigos, no podría considerarla de otra manera), antes de la boda me comentaba que más de una persona le había mostrado sus recelos por la rapidez de la celebración.

Pero, como dice ella: “Cuando sabes que es el hombre de tu vida, ¿para qué esperar más?”. Su opinión, en ese aspecto, es bastante distinta de la mía, que va más bien por los derroteros de: “Si lo sabes, ¿qué prisa hay?”.

Pero lo bonito de su relación, así como lo bonito de la mía, es que ni su argumento invalida pensamiento ni el mío convierte en menos aceptable el suyo. Que mi amigo se decidiera a dar ese paso, con esa prisa y esa boda organizada en menos de un año, solo me ha confirmado que las personas tenemos diferentes tiempos.

Y que no solo tiene nada de malo, sino que el hecho de que sean distintos nos permite disfrutar de sus particularidades (y, como podremos coincidir todos, en la variedad está el gusto).

Porque haber ido a su boda, una boda llena de gente joven, de amigos, ha sido un disfrute enorme como también lo fue acudir a una celebración de primos, una pareja que casi ronda los 40, llena de niños.

Lo importante, al final, es que cada uno siga los tiempos de ese reloj interno y personal, único e intransferible, que nos va marcando nuestro ritmo. Que vayamos pasando por las diferentes fases cuando lo sintamos y queramos.

Al final, ya te prometas a los pocos meses o lleves años sin dar el paso, hay algo en lo que ambas estamos de acuerdo: el amor es un pilar fundamental de nuestra vida, y eso ni lo cambia ni lo determina el matrimonio.

Duquesa Doslabios.

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