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El blog de Lilih Blue El blog de Lilih Blue

Historias de amor, sexo y otros delirios

Archivo de la categoría ‘relación’

Segundas partes nunca fueron hasta que son

(Si prefieres escucharlo leído por mí, dale al play)

“Segundas partes nunca fueron buenas” me digo mientras se hace de día en la habitación del hotel. Ese tan ridículamente caro por el que hemos pasado tantas veces por delante soñando con que, algún día, nos alcanzaría para una noche memorable entre sus sábanas. Y vaya si lo ha sido.

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“Segundas partes nunca fueron buenas” pienso mientras recorro con la mirada tu silueta, que altera la forma de la cama. Que me pide volver a perderme en ella y olvidarme de que existe una salida de ese laberinto que encuentro cuando empiezo a besarte la espalda y pierdo la noción del tiempo y del espacio.

Pero es que “Segundas partes nunca fueron buenas” me repito cuando desayuno el chocolate de tus ojos acompañado de un yogur artesanal y una rebanada de pan con tomate. Ahora entiendo lo elevado del precio. Aquella primera comida se merecía al menos un cometa, que el hotel ya cuenta con las cinco estrellas.

“Segundas partes nunca fueron buenas” pero qué culpa íbamos a tener de que después de meses sin vernos hubiera nervios a flor de piel, piel que no sabe cómo portarse por los nervios, que volvieran a escaparse sonrisas incontenibles a la mitad de un ceño fruncido, de que se te fuera el santo al cielo y la mano a mi pantalón, como tantas veces antes, por una de las calles de Malasaña. Esas que vieron la primera cita de verdad.

No fueron buenas, no. Pero el tiempo separados volvió a desvanecerse. Se me había olvidado lo difícil que era resistirse a tus miradas infinitas y al olor de tu cuello, no el de tu colonia, no, sino el auténtico.

Y así fue como dejé de echar de menos tu espontaneidad y tus expresiones tan de un pueblo de algún lugar de La Mancha de cuyo nombre siempre voy a poder, y querer, acordarme.

“Parecía nada y sin embargo aquí estamos” dice la canción que llevamos desde entonces escuchando. Porque dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero igual es que aún no conocían la nuestra.

Duquesa Doslabios.

¿Qué hay detrás de la felicitación navideña de tu ex?

La Navidad se caracteriza por una cosa en especial. No es el turrón extraño que saca cada año Vicens, la lotería que nunca toca pero casi, las cenas interminables o los juegos de mesa que enfrentan a más familias que los retos virales del tipo “¿De qué color es el vestido?”.

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La época natalicia se caracteriza por el mensaje inesperado de tu ex después de un periodo de tiempo sin ningún tipo de contacto.

Te puede pillar en el baño, a punto de hincarle el diente a una gamba pelada o celebrando la cuenta atrás hacia el Año Nuevo que siempre (siempre, siempre) te sorprenderá.

“¿Pero qué quiere ahora?” Suele ser lo primero que se nos pasa por la cabeza ante lo que, por lo visto, es tan solo una inocente felicitación navideña (que además va con tiernos emoticonos incluidos).

Si esto te resulta familiar, te han “Marleyado”, que es el nombre que le han puesto en honor al fantasma Jacob Marley, que visita a Scrooge en Un cuento de Navidad, la obra de Charles Dickens.

La visita de los fantasmas de las exparejas o Marleying, según la web de citas Eharmony, sucede a una de cada diez personas de las que fueron encuestadas, y el 8% de la muestra afirmó que eran los que habían dado el paso a la hora de contactar.

Los factores que se barajan son varios (aunque David Guapo lo tendría claro: tu ex te quiere chuscar). La oportunidad por la proximidad, ya se sabe que todos volvemos a casa por Navidad, hace que haya quienes quieran ver si se puede reavivar unas llamas. Otra razón es la soledad, y es que ver a todas tus hermanas emparejadas (y a una que encima sospechas que tiene la cintura más ancha y no porque se esté pasando de polvorones) hace que te entre la melancolía de “Pero qué bien que estaba yo con mi ex”.

Por mucho que las fiestas nos permiten acceder a la barra libre de escribir a las exparejas, piensa antes de contestar en qué punto te encuentras. A fin de cuentas, si no te convence, siempre puedes quedarte en devolver los buenos deseos y no dar más bola a la situación. Gracias y buen trato, valen mucho y cuesta barato

Duquesa Doslabios.

Querido capullo

(Si prefieres escucharlo leído por mí, dale al play)

Voy a hacer algo que nunca pensé que haría contigo: te voy a dar las gracias. Gracias por llegar a mi vida y, por qué no, gracias también por destrozarla.

No me malinterpretes, no es que lo necesitara. Nadie necesita en su vida un capullo y menos aún si nos paramos a pensar en lo devota que fui yo contigo.

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Pero claro, cómo iba yo a saber que me encontraba delante de un capullo cuando me desarmaste con esa sonrisa de pillo, no es como si lo llevaras en la frente escrito o como si hubiera sabido que en tu cartera tenías el carné de capullo integral, de esos con un master, especializados en joder.

En el fondo me río, me río por no llorar, porque pensaba que ya a mi edad sabía reconoceros desde la distancia, a kilómetros, a millas, a años luz. Pensaba que ese radar que me he construido a prueba de capullos saltaría en cuanto alguno se me acercara.

El problema es que los capullos sabéis cómo esquivarlo, sois capullos con piel de cordero, el capullo definitivo, la evolución, el 2.0.

Quiero decirte que ya está, que no te guardo rencor, que no importa si me jodiste más fuera de la cama que dentro de ella, que no pasa nada por las mentiras que me he comido de primer plato, segundo y hasta de postre con cuchara, porque ya me he dado cuenta.

Me he dado cuenta de que eres un capullo. Y si bien no puedes cambiar, yo si puedo decidir dejar de sentirme mal por ti.

Estoy agradecida porque gracias a ti he descubierto que soy indestructible, que aún despedazada, puedo recomponerme de nuevo. Que lo hermoso de un corazón es volver a juntarlo usando oro para mantenerlo unido. ¿Y sabes qué? El resultado, no podría ser más bonito.

Querido capullo, no te equivoques. No quiero que te justifiques conmigo para que te sientas bien contigo mismo. Perdiste tu crédito de tantas motos que te he venido comprando. Además que compré todas sin excepción. Compré “Eres la única”, compré “Me he enamorado de ti”, compré “Quiero pasar contigo todos los días de mi vida”. Fíjate si era una buena clienta que hasta te compré el “No volverá a pasar” y la de “Esta es la última vez”. Te compré tantos “Te quiero” que cuando descubrí que no me estabas vendiendo algo verdadero, sino un artículo falso, de imitación, empecé a encontrar las taras en todos los demás.

Y así terminamos la relación, descubriendo que tú estabas vacío y yo, de llena de mentiras, empachada.

Aún con todo, que tus todos son nada en realidad, quiero darte las gracias. Porque me has enseñado que aunque tú eres un capullo de serie, no todos sois iguales.

Gracias porque tenía que toparme con un capullo para apreciar realmente a alguien original, alguien de diseño, de edición limitada, alguien especial.

Duquesa Doslabios.

p.d.: También aplicable a las capullas.

Quererte a miles de kilómetros

Hiciste lo que parecía la cosa más complicada del mundo, convertir a una agnóstica, convencida de que la distancia era el punto final de una relación, en la devota más fiel de un noviazgo que desafiaba todas las ideas lógicas y probabilidades exhibidas hasta el momento.

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Pero, ¿cómo no iba a hacerlo? ¿Cómo iba a ser de otra manera cuando llegó el momento de despedirme, si lo que quería era enredarme en tus pestañas de viernes noche a lunes por la mañana?

Yo que, confieso, era del grupo de rupturas anónimas. Esas que se convencen más de que no pueden hacer algo buscando motivos para no hacerlo porque, en realidad, no quieren seguir con ello.

Era de las que firmaba con tinta indeleble que “El roce hace el cariño” y que la falta de este podría acabar con todo. Era, era, era… Era hasta que llegaste tú y dejé los “yo era” para cambiarme al “yo soy”.

Y ahora yo soy valiente. Tengo un par de ovarios bien puestos (y tú un buen par de cojones) que nos han hecho poder. Pero poder porque en realidad lo que ambos compartíamos era el querer. Quieres a ciegas, a corazón abierto, de manera desinteresada y sana.

Me quedó claro que no era la distancia. No eran los besos que no nos daríamos a lo largo del día o las noches infinitas en esa cama de matrimonio en la que me pierdo si no está tu pie para buscarlo durmiendo. Es que eras tú y que yo no concebía mi vida sin ti en ella, aunque fuera en la otra punta del mundo.

No te mentiré, hay días de mierda. Días que (no te imaginas cómo) me pesan como si el suelo me retuviera. Días en los que mi fuerza de voluntad férrea no puede evitar un par de lágrimas de lo mucho que te echo de menos. Echar de menos… eso que se ha convertido en mi pan de cada día, así como mi nuevo hábito de vivir mi relación de pareja a través de una pantalla.

Y si antes el día era esperar al momento de verte ahora el día es no verte en ningún momento, pero tenerte siempre conmigo. Dos mil kilómetros me han enseñado que no necesito tenerte al alcance de la vista para sentirte a mi lado. Que te llevo puesto en los labios que te has comido cientos de veces. Te llevo de seguido y sin pausa.

Yo soy (nosotros somos) la fuerza que nos ha dado esta prueba de fuego. Un reto que hace un año parecía difícil, que no insuperable, pero complicado como ninguna cosa que hubiéramos vivido antes.

No sé si la clave es saber que somos las personas con quien queremos estar todos los días o si es encontrar a alguien por quien desatenderías todas las razones en contra.

Quizás el truco está en hacer de kilómetros corazón.

Duquesa Doslabios

Los importantes pequeños detalles sin importancia

Estoy enamorada. Lo sé ahora y lo llevo sabiendo un tiempo. Y como enamorada que llevo ya estando unos años, sé cuándo quitarme la venda de los ojos.

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Más que quitármela, decidí que prefería ver las cosas como eran en realidad, con sus cosas buenas y no tan buenas.

Y como enamoradas que estamos muchas, viviendo una rutina con nuestras parejas, todos vemos algunas cosas, pequeñas tonterías: hoy en vez de dejarte en casa, te deja más lejos para poder llegar a otra cosa a tiempo.

Lo que antes era una cena mirándote a los ojos se convierte en una cena en la que tú, de no ser por la camarera, te sentirías invisible ya que, lo que antes solo eran ojos para ti, ahora lo son para el Real Madrid. Los cinco minutos de “buenos días” que tanto te gustaban, de abrazos y remoloneo en la cama, se sustituyen por cinco minutos en los que uno teclea en el teléfono y el otro, aburrido, le sigue para no estar mirando al techo.

De repente te suelta un “Cállate un poquito” que te deja plantada en el sitio y otro día más que vuelve a dejarte a una manzana de casa para no perder el tiempo dando la vuelta o que ya llega tarde a buscarte cuando antes (quizás por la presión de estar al comienzo de la relación) habría llegado con más tiempo.

Y notas los descuidos contigo, con los detalles, que ahora que hay más confianza por lo visto ya se puede ser más descuidado y pasar de limpiar o de lavar las sábanas. “Confianza”, esa palabra que parece justificar que ya no se reciba el mismo cuidado ni la misma atención dentro de una relación.

Te das cuenta de que esas veces que has salido de su coche un poco más rápido, sintiéndote más fría cada vez por la despedida fugaz, lo único que querías era que él corriera detrás en pleno ataque de romanticismo y te dijera una vez más que te quiere, que tu adiós le ha sabido a poco y que sin otro beso tú no te vas.

El amor no es una prueba de velocidad, no es a ver quién conquista antes la meta y luego ya está. Se nos olvida que es una carrera de fondo de, más que años, de toda una vida, de resistir embates, de aguantar hasta el final. Porque al final los pequeños detalles sin importancia, a algunos, sí que nos parecen importantes.

Duquesa Doslabios.

A ti, gracias

A veces se me olvida darte las gracias.

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Gracias por aguantar mis enfados. Los de verdad, los estúpidos que no tienen ni pies ni cabeza, los que amenazo con reducir el mundo a cenizas y tú solo esperas a que pase la tormenta para seguir queriéndome de esa forma tuya, tan cruda y tan genuina.

Gracias por cada segundo que me has echado de menos en la distancia. Prometo compensarlos todos cuando llegue el momento de estar juntos.

Gracias por mirarme como si en el mundo no hubiera, no ya más mujeres, sino más personas. Gracias por batir para mí esas pestañas tan largas.

Gracias por todas las veces que has aguantado mis pies helados que te buscaban en la cama, mis manos frías por debajo de tu camiseta, mis duchas a cuarenta grados de temperatura que podrían servir para hervir cualquier alimento.

Gracias por todas las veces en las que me has visto enfrentarme a problemas, porque siempre me dejas hacer, y solo cuando realmente necesito tu ayuda es cuando das un paso al frente.

Y no hay una sola ocasión que te haya necesitado que no lo hayas dado.

Gracias por sacar aire de donde no lo había, por buscarlo hasta de debajo de las piedras, cuando empezaba a desplegar las alas. Por animarme a volar, aunque fuera muy lejos de ti. Por regalarme esas cerillas para mantener encendida la llama cuando amenazara con apagarse.

Gracias por hacerme sentir siempre preciosa, ya esté sudada, con mocos, granos, afonía o hinchada como un globo por la regla. Por enseñarme que la belleza no es algo que yo tenga sino algo a través de lo que me miran tus ojos.

Gracias por demostrarme día a día que mereces todas las alegrías que me depare la vida porque has merecido las penas.

Duquesa Doslabios.