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El blog de Lilih Blue El blog de Lilih Blue

Historias de amor, sexo y otros delirios

Archivo de la categoría ‘relación’

Hoy no es San Valentín pero sigo enamorada de ti

Hoy no es San Valentín y yo me sigo enterneciendo a cada paso que doy por la vida contigo al lado.

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No es San Valentín, pero te sigo llenando el WhatsApp de corazones y tú me vuelves a escribir en cualquier momento del día para preguntarme si hoy me has dicho que me quieres.

Y yo, que aunque me lo hayas puesto ya, siempre te respondo de la misma manera: “No, no me lo has dicho” y aprovecho para escribírtelo yo también.

Porque aunque no es San Valentín, siempre es un buen momento para decirte “Te quiero”, que contigo los días no son números sino series de Netflix en las que me quedo medio dormida y canciones de Europa FM que cantamos juntos desafinando (sobre todo si son las antiguas de Melendi).

Ya no es 14 de febrero, es un día cualquiera de abril, mayo, septiembre o diciembre. Nos da igual, el amor es el de siempre. O quizás no el de siempre, sino el de ahora, que es más intenso que el de hace un tiempo.

Puede que no sea el día de los enamorados, pero sigo queriendo quitarte la ropa a besos, aunque me vaya a llevar mucho más tiempo que utilizando las manos.

Me doy cuenta de que, aunque no es San Valentín, has vuelto a preparar el desayuno, y de que, porque sí, te he invitado cenar a un sitio bonito. Aunque “bonito” para nosotros suela significar que la hamburguesa sea tan alta que casi necesitemos alcanzar la cima con un ascensor.

Y si no es San Valentín, ¿por qué corres con la moto detrás de mi coche para darme un último beso a través de la ventanilla, justo antes de que cambie la luz del semáforo?

Quizás porque independientemente del día del año, el amor es amor, y seguimos siendo así tú y yo.

Haciendo de la vida un San Valentín interminable, una rutina, un estado civil, mental y emocional.

Duquesa Doslabios.

Por qué deberían hacer más películas románticas realistas

Todos estamos familiarizados con la estructura básica de las películas románticas: chico conoce a chica, uno de los dos se comporta como un capullo integral, y el karma corresponde al que lo ha pasado mal con la que era en realidad la persona de su vida que, o estaba ahí desde el principio, o ha demostrado que nunca le fallaría (no como la pareja del principio).

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Pero el otro día, en uno de esos domingos por la tarde de estar envuelta en una manta en el sofá, descubrí Mesa 19, que, por supuesto, empezaba siguiendo la estructura básica.

El cliché de este filme en concreto era que el chico de turno había roto con la protagonista por mensaje después de dos años juntos. Se encuentran unos meses más tarde en la boda de la hermana del chico y la protagonista sufre profundamente viendo a su ex pareja con una de las damas de honor.

Sin embargo conoce, por casualidad, a un hombre atento, simpático, elegante, que le saca a bailar y le demuestra un par de lecciones interesantes como: “Nadie merece un minuto de tu atención si no te lo va a devolver” o que hay que disfrutar del momento presente.

Ese es el momento en el que sabes que ella terminará liada con él porque claro, se lo merece. Pobrecita mía, ¡con lo mal que lo estaba pasando y lo majo que parece este!

Sin embargo la película pega un giro de 180 grados (es tu última ocasión de dejar de leer si quieres ver la película y no comerte los spoilers). Porque vale, su ex al principio la ha cagado, pero ella tampoco es perfecta, sino que le dijo una serie de cosas que le dejaron claro que no se veía con él en un futuro por considerarlo poco merecedor de ella.

La cosa es que aunque se esperara el desenlace feliz con el chico nuevo, ambos protagonistas se centran en trabajar en sus fallos dentro de la pareja. No los olvidan, sino que se preocupan de ponerles remedio para hacer que la relación funcione.

A la hora de analizar el ritmo, puede parecer menos emocionante que una película americana estándar, pero me sentí tan identificada por lo realista que me resultó, que solo puedo esperar que haya tenido éxito para que dejen de vendernos ficciones de algodón de azúcar y nos cuenten estas historias.

Que nos hagan saber que las relaciones no son perfectas, que todos cometemos errores, que la cagamos, pero que podemos aprender de los errores y madurar emocionalmente, lo que hace de la pareja una unión mucho más fuerte.

Duquesa Doslabios.

¿De verdad nos ponen los malotes?

Una vez, solo una vez en la vida me puso de verdad un malote. Y el malote del que os hablo llevaba escrita en la frente la señal de precaución.

YOUTUBE. Fotograma de Grease

Los “malotes” que me gustaban anteriormente eran los que se perdían la hora de religión o el guaperas de turno del barrio, que daba vueltas con su motillo por la plaza.

Hasta ahí el historial de malotes, hasta que llegó el malote de verdad. Pero malote de los buenos, eh? De esos que creéis que nos gustan a los mujeres. De esos de “paso cinco días de ti, te hago sentir como una mierda, te digo que no lleves faldas tan cortas porque es de puta y que qué haces yendo con tu amigo de fiesta porque eres una guarra y en realidad te quieres liar con ellos a mis espaldas”.

Eso era un malote.

Y cuando el malote me levantó la mano (y muchas otras cosas que ahora no vienen a cuento) me di cuenta de que había terminado con los malotes.

Que eso de que te trate como a una basura, de que no te conteste, de que te ordene, de que no tenga en cuenta tu opinión, de que te falte al respeto, de que se ponga celoso por tonterías, no era algo que fuera a querer nunca en mi vida.

Quizás de pequeña te guste el repetidor del colegio, ese que, con un año más que tú, sale respondón al profesor. Y en esa época, que necesitas rebelarte contra todo, te parece más llamativo que el tímido de la clase.

Pero luego ese rebelde crece y se hace dentista. Y tú, que ya eres adulta, te dejas de tonterías, porque lo que quieres en realidad es una buena persona a tu lado, una que te quiera, que te corresponda, que te trate de igual, que te valore…

Y así pasa… Que pierdes el corazón, y ya de paso las bragas, por el buenazo de turno, el de pestañas de personaje de Disney cuando pone ojos de corderillo degollado. El que te perdona doscientas veces y te perdonará a lo largo de su vida unas doscientas más. El que no te haría daño, a no ser que de verdad le pidas el cachete cuando está la luz apagada y la cama encendida. El que te pone el hombro, el rollo de papel higiénico a mano y su camiseta de Levi’s para que se la llores entera cuando tengas un momento de bajón.

Te quedas con el que te coge de la mano cuando veis por quinta vez Frozen, el que te saca a bailar pegados en una boda porque sabe que te encanta aunque se mueva menos que un mueble, el que te responde los mensajes ñoños de amor, el que no se anda con tonterías, el que te dice y, aún mejor, te demuestra, el que siempre está ahí.

Porque si algo queremos las mujeres, además del amor, parafraseando a Isabel Allende, es la seguridad.

Y os puedo asegurar que lo mucho que quieres a un “buenazo” nunca lo conseguirá un “malote”.

Duquesa Doslabios.

¿Tu relación no funciona? Igual no le estás prestando atención a estos detalles

No está remunerado, pero muchas veces tengo la sensación de que mantener una relación es un trabajo a tiempo completo. Requiere tiempo, dedicación, energía… Es, como una vez me dijo una amiga, “como llevar un negocio”.

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Establecemos conexiones que se convierten en relaciones porque damos con alguien con quien compartimos cosas y nos aporta felicidad. Pero es algo que debemos cuidar siempre.

Entonces, ¿cuál es el truco para que funcione?

Hablar con el corazón de todo lo que podamos necesitar. La honestidad es algo básico, ya sea porque necesitamos más cercanía o más espacio. Una pareja que puede tratar de todos los temas de manera abierta crea un espacio seguro en el que todo puede salir con la confianza: deseos, necesidades, miedos, aspiraciones… Compartir estas cosas con tu pareja hace que ambos os conozcáis mejor.

Ten siempre, también, la mente abierta, intenta no juzgar a tu pareja. No ya solo porque dentro de la cama le gusta que te pongas algo que a ti a lo mejor te parece raro, sino respecto a todos los temas: política, gustos, religión… No es necesario que compartas todo absolutamente con él, pero sí que lo tengas en consideración. El respeto es básico.

No critiques a no ser que sea de manera constructiva, y procura encontrar el momento. Esa comida familiar puede que no sea el sitio más adecuado para recordarle que siempre deja gotas de pis fuera de la taza del váter. Intenta no usar sus pequeños defectos (que todos tenemos) en su contra. Hazle saber que le valoras siempre.

Comparte, comparte cosas tan ridículas como el postre, una cerveza y termina compartiendo cosas grandes como experiencias, viajes, vivencias… Crea recuerdos. Todo eso fortalecerá vuestro vínculo.

Tu pareja, tu prioridad. Puede que tengas un trabajo muy estresante, una vida familiar que te exige mucho y un montón de cosas más, pero eso no significa que tu pareja deba estar a un lado. Haz que sea partícipe de tu vida y que le des la importancia que se merece. A fin de cuentas, si no se la estás dando, ¿para qué estás en pareja?

Nunca des el amor (ni a la persona) por sentado. Que para ti todo esté yendo de maravilla, no tiene por qué significar que tu pareja tenga la misma concepción de la relación. No escatimes en recursos para conocer y trabajar en vuestra relación.

Pero, sobre todo, quiere, quiere mucho y sin parar, porque queriendo el resto de cosas no supondrán para ti ningún problema.

Duquesa Doslabios.

Las relaciones (erróneas) que puede que tengas antes de sentar cabeza

Si eres de las afortunadas que dio con el hombre de su vida a la primera, es posible que no cuentes con el “Pasillo de las Conquistas Fallidas” en el que se exponen nuestras relaciones que no anduvieron a buen término.

Son ese tipo de hombres (hablo de hombres porque, como mujer heterosexual, mi relación es con ellos. Pero este artículo funciona igual de bien a la inversa) que te has encontrado o seguramente encontrarás y pensarás que es una buena idea salir con cualquiera de ellos. Pero no.

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El vendemotos: es un experto en comer oreja. Te dice todo lo que quieres escuchar. Ni siquiera sabías que estabas tan interesada en tener con él una escapada romántica, pero ha bastado que él lo mencionara para que no puedas quitártelo de la cabeza en todo el día. Todo es maravilloso en vuestra relación hasta que los planes nunca se realizan, pierde interés y te das cuenta de que todo lo que te había dicho este tiempo no es más que una gigantesca nube de humo.

El fóbico al compromiso: es oírte decir las palabras “relación”, “novio”, “estado de Facebook” y se sube por las paredes. Él está “viviendo el momento” disfrutando contigo. Te desarmará con frases del tipo “no creo en las etiquetas”. Ten en cuenta que puedes pasártelo bien durante un tiempo pero la cosa no irá a más.

El polo opuesto: te justificas pensando que los contrarios se atraen pero la verdad es que esa persona es tu antítesis. Tú de playa, él de montaña, tú de indie, él de reggae, tú de Stranger Things de Netflix, él de Mujeres y Hombres y Viceversa de Telecinco. No compartís ni gustos, ni aficiones, ni maneras de pensar. Ambos sabéis que por mucho que se sucedan las citas, es algo que no va a ningún lado.

El que mete quinta: acabas de conocerle, pero de repente está hablando de presentarte a sus padres, de las vacaciones del próximo año que podéis pasar en pareja y de que su prima se casa y le encantaría que fueras con él a la boda. Cuando estás sacudiendo la servilleta por encima de tu cabeza en el banquete, conociendo a esa persona solo de una semana, es cuando te preguntas cómo has llegado hasta ahí. Las prisas no son buenas.

El que absorbe: quiere, pide y repite. La relación es alrededor de la otra persona. Puede que para ti no sea el ombligo del mundo pero como para él sí, a ver quién es la guapa que se lo dice. Es un tipo de relación que te hará sentir emocionalmente exhausta. Algo que debe ser algo mutuo, si siempre es uno de los dos el que tira y el que da, está destinada al desastre.

El del Síndrome de Peter Pan: se niega a crecer, ya puede tener 27 o 37 años que seguirá comportándose como a los 17. Te choca la mano, viste con camisetas de adolescente y sigue viviendo de fiesta constantemente pese a que ya tiene canas en los laterales de la cabeza. Aprenderás con ellos que la edad no es garantía de madurez.

El intermitente: estar con una persona que te cambia según el día es algo de lo que ya nos previno Katy Perry: “Cause you’re hot then you’re cold. You’re yes then you’re no. You’re in then you’re out. You’re up then you’re down“. Lo más probable es que te acaben volviendo loca con tantas idas y venidas. Nunca te hará sentir estable y no sabrás a que atenerte con eso de que de repente te está encima y al poco desaparece durante varios días.

Duquesa Doslabios.

Las 10 tradiciones pasadas de moda que deberían volver en las citas

Como melancólica amante de lo vintage hay una serie de normas que deberíamos recuperar de las citas que podían tener nuestros abuelos y que, con el tiempo, se han perdido (aplicándolas a la manera que tenemos ahora de pensar respecto a relaciones y géneros, claro).

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Antes, las citas no eran tan impersonales sino que la interacción era mucho más directa de la que vivimos actualmente. No había Whatsapp, Facebook, Twitter ni manera de enterarte de los gustos de la otra persona que no fuera hablando, hablando y hablando.

  1. Llamar por teléfono: y dejarse de teclear. La comunicación a través de la pantalla hace que se pierdan muchos matices, algo que pasa en menor medida si escuchamos la voz.
  2. Vestirse bien: damos por hecho que con vaqueros y zapatillas podemos ir a cualquier lado cuando cuidar los aspectos de la vestimenta demuestra que le damos importancia a la situación.
  3. Llevar flores independientemente del género. Y si no le gustan las flores porque las considera bonitas pero inútiles (como es mi caso) tener otro tipo de detalles como un aguacate o cualquier cosa que se corresponda a sus gustos.
  4. Recogerle en casa también independientemente del género, especialmente si uno de los dos tiene coche y el otro no. Puede parecer algo nimio pero es un detalle que nos hace quedar maravillosamente y no cuesta nada.
  5. Sentarse a cenar en vez de quedar “a tomar algo” así como hacerle saber que estáis en una cita.
  6. Mantener el teléfono fuera de la mesa. Además de que es algo de muy mala educación se utilice con quien se utilice, en una cita el efecto es todavía mucho peor.
  7. Concretar: ni todo vale, ni todo es etéreo. Hoy en día parece que nos asusta llamar a las cosas por su nombre y dejamos abierto el paréntesis para no cerrarnos, pero es importante cerciorarse del punto en el que se está para que nadie se haga daño.
  8. Pequeños gestos de cortesía como ceder el paso, abrir una puerta, colgar un abrigo o pagar la cuenta que también puedes realizar independientemente del género. Recuerda que la buena educación no entiende de sexos, la galantería, ahora, tampoco.
  9. Escribir a mano una nota, una tarjeta o una carta, puede ser con una frase tuya o sacada de Internet si te cuesta encontrar la inspiración, pero esos obsequios son los tesoros favoritos de los que pecamos de románticos.
  10. Presentar a la persona, no ya solo a la familia, que cada vez vive más al margen de nuestras relaciones, también en el caso de que nos encontremos a alguien. No hacerlo es muy maleducado por nuestra parte.

Duquesa Doslabios.

Querer como se quieren los ‘millennials’

Voy a quererte a lo millennial. Y, como enamorada de la ‘Generación Y’, así es amar de esta manera tan nuestra.

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Soy millennial, lo que significa que, generalmente, no tengo para una hipoteca ni para irme a vivir contigo cuando quisiera. Pero soy de las que aprovechan el escaso salario de colaboraciones o de becas para pagarnos una escapada de fin de semana por todo lo alto o para cenar en el nuevo local de moda de Barcelona (después de leer las correspondientes recesiones en Internet, por supuesto).

Me considero una romántica tecnómada, porque vivo a caballo entre el mundo analógico y el 2.0, y mis declaraciones de amor vienen en forma de una historia de Instagram, ya sea mencionando tu nombre o con una canción, aparentemente, al azar. Porque solo Spotify entiende qué banda sonora ponerle a este amor digital. Tampoco esperes cartas de amor metidas en sobres a través del buzón, sino a través de Whatsapp, y cargadas de emoticonos, gifs y frases de canciones de Leiva.

Y es que por mucho que hayan cambiado las cosas en 50 años, sigo siendo una sentimental. Crédula hasta el final, con consciencia del pin de tu móvil y contraseña de tu ordenador, respeto tu intimidad y no siento necesidad de curiosear. Nunca me falta la tranquilidad de saber que por mucho que vuelen corazones en una red social, es a mí a quien reservas el biológico en su totalidad.

Porque al, y a la, millennial, enamorados también nos guía la fe ciega cuando nuestra pareja se va a un festival con los amigos o cuando tardan en contestarte más de lo esperado.

No hay problema. Ya no me estreso con nada, porque somos de una generación que es feliz con poco. Hasta el punto de que ahora, las mayores muestra de amor verdadero, el compromiso auténtico, son cambiarse la foto de perfil por una juntos o resistirse a ver el siguiente capítulo de la serie de Netflix a la que ambos estamos enganchados.

Y como millennial que soy respeto tus sueños como los míos. Porque ninguno tiene por qué renunciar a ellos aunque signifique poner kilómetros y muchas llamadas de Skype de por medio. Formamos parte de las generaciones emigrantes que llevan el amor a cuestas, el móvil con batería de recambio y el corazón sin repuestos, porque si algo compartimos con las generaciones anteriores es que, si de amor se trata, nos lo seguimos jugando todo.

Duquesa Doslabios.

Las cosas que he aprendido de sexo a lo largo de mis 20 años

Puedes ponerte a follar mientras haces el amor, con rabia, con fuerza, con desenfreno, con ganas, contra la pared… Pero nunca, mientras follas, podrás fingir que estás haciendo el amor.

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Esa fue una de las primeras cosas que aprendí a lo largo de mi veintena, que más allá de la química, los sentimientos no los podía simular. Aprendí rápido a diferenciarlo, por mucho que las películas y libros de mi adolescencia me insistían en que solo estaba bien hecho el sexo si era con alguien con quien me uniera un sentimiento.

Admito que con los años me he relajado, y es que al principio, la mera idea de tener sexo era sobrecogedora de todo el esfuerzo que implicaba por mi parte.

No sé bien por qué, insistía en comprarme lencería cada vez que conocía a alguien. Y eso sin contar las horas depilando cada zona de mi cuerpo al milímetro para que no hubiera un solo pelo fuera de sitio, que, por aquella entonces, tenía la impresión de que la más mínima aparición de vello corporal cortaría cualquier posible oportunidad de tener sexo.

Pero como os digo, me he relajado. Si bien lo de la lencería lo he dejado para ocasiones especiales, para dar una sorpresa de vez en cuando, la depilación se ha vuelto un tema secundario hasta llegar al punto de que apenas le presto importancia.

Si antes era algo para ellos, para seguir su fantasía de que ahí abajo las mujeres somos lampiñas (también es cierto que mis compañías venían muy influidas con el porno), después empecé a dejármelo como yo quería, ya fuera por gusto o comodidad, y, para mi sorpresa inicial, no cambió nada en absoluto.

Dejé de pensar en el sexo como en un escenario donde tenía que dar lo mejor de mí SIEMPRE: probar cincuenta posturas en un minuto, subir una pierna, moverme, tener siempre el pelo perfecto o la luz adecuada para que no se me marcara la piel de naranja. Entendí que mi vida sexual no tenía por qué parecerse a una película porno, que disfrutaba más sin tanto agobio y dejándome llevar.

Me di cuenta de que mi cuerpo era perfecto para el sexo independientemente de arrugas o cicatrices, de kilos de más o de menos, de que tenía que dejarme de complejos porque mi vagina no cambiaba para nada y que el clítoris, menos todavía.

Durante los veinte años me di cuenta de que el sexo estaba sobrevalorado. Que no el placer, sino el sexo, el acto en sí, el “toma y daca”, el “mete y saca”. Pero claro, al empezar mi vida sexual aquello era el culmen, el broche, el punto final, lo demás son solo paradas breves antes de la última estación. Pero pasan los años y descubres que no todo es el coito, que la mayoría de las veces una buena comida puede ser mucho más espacial (por aquello de que es como antes subimos muchas a las estrellas).

Aprendí a “ser egoísta” en la cama, a mirar por mi placer porque ellos no lo hacían. A tomar riendas en el asunto y dejar de fingir unos orgasmos que nunca sucedían. A pararme y decir “me gusta así”, porque con el tiempo, le perdí la vergüenza a hablar y prefería sincerarme antes que seguir con unas interpretaciones que habrían sido de Óscar.

Por animarme a hablar, aprendí a ser sincera y también a ser empática. De mi primer encuentro con un gatillazo, solo recuerdo sentirme incómoda y poner distancia de por medio, los pocos que vinieron detrás me hicieron más comprensiva y que mostrara mi apoyo, lo que, definitivamente, tuvo mucho mejor resultado.

Me di cuenta de que mi número daba absolutamente lo mismo y aprendí a quitarle importancia al hecho de tener sexo en una primera cita, en la número 37 o a no tener sexo en absoluto en meses.

Y es que por último, aprendí que, si a veces no me apetecía, estaba bien y no pasaba nada. Hormonal, emocional o personalmente he pasado por momentos en los que la libido estaba en las nubes y otros en los que no me apetecía ni la de Vladimir (una paja y a dormir). Imagino que, al final, no es que haya aprendido más o menos sobre sexo, sino que, a lo largo de mis veinte años, he aprendido sobre mí.

Duquesa Doslabios.

Segundas partes nunca fueron hasta que son

(Si prefieres escucharlo leído por mí, dale al play)

“Segundas partes nunca fueron buenas” me digo mientras se hace de día en la habitación del hotel. Ese tan ridículamente caro por el que hemos pasado tantas veces por delante soñando con que, algún día, nos alcanzaría para una noche memorable entre sus sábanas. Y vaya si lo ha sido.

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“Segundas partes nunca fueron buenas” pienso mientras recorro con la mirada tu silueta, que altera la forma de la cama. Que me pide volver a perderme en ella y olvidarme de que existe una salida de ese laberinto que encuentro cuando empiezo a besarte la espalda y pierdo la noción del tiempo y del espacio.

Pero es que “Segundas partes nunca fueron buenas” me repito cuando desayuno el chocolate de tus ojos acompañado de un yogur artesanal y una rebanada de pan con tomate. Ahora entiendo lo elevado del precio. Aquella primera comida se merecía al menos un cometa, que el hotel ya cuenta con las cinco estrellas.

“Segundas partes nunca fueron buenas” pero qué culpa íbamos a tener de que después de meses sin vernos hubiera nervios a flor de piel, piel que no sabe cómo portarse por los nervios, que volvieran a escaparse sonrisas incontenibles a la mitad de un ceño fruncido, de que se te fuera el santo al cielo y la mano a mi pantalón, como tantas veces antes, por una de las calles de Malasaña. Esas que vieron la primera cita de verdad.

No fueron buenas, no. Pero el tiempo separados volvió a desvanecerse. Se me había olvidado lo difícil que era resistirse a tus miradas infinitas y al olor de tu cuello, no el de tu colonia, no, sino el auténtico.

Y así fue como dejé de echar de menos tu espontaneidad y tus expresiones tan de un pueblo de algún lugar de La Mancha de cuyo nombre siempre voy a poder, y querer, acordarme.

“Parecía nada y sin embargo aquí estamos” dice la canción que llevamos desde entonces escuchando. Porque dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero igual es que aún no conocían la nuestra.

Duquesa Doslabios.

¿Qué hay detrás de la felicitación navideña de tu ex?

La Navidad se caracteriza por una cosa en especial. No es el turrón extraño que saca cada año Vicens, la lotería que nunca toca pero casi, las cenas interminables o los juegos de mesa que enfrentan a más familias que los retos virales del tipo “¿De qué color es el vestido?”.

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La época natalicia se caracteriza por el mensaje inesperado de tu ex después de un periodo de tiempo sin ningún tipo de contacto.

Te puede pillar en el baño, a punto de hincarle el diente a una gamba pelada o celebrando la cuenta atrás hacia el Año Nuevo que siempre (siempre, siempre) te sorprenderá.

“¿Pero qué quiere ahora?” Suele ser lo primero que se nos pasa por la cabeza ante lo que, por lo visto, es tan solo una inocente felicitación navideña (que además va con tiernos emoticonos incluidos).

Si esto te resulta familiar, te han “Marleyado”, que es el nombre que le han puesto en honor al fantasma Jacob Marley, que visita a Scrooge en Un cuento de Navidad, la obra de Charles Dickens.

La visita de los fantasmas de las exparejas o Marleying, según la web de citas Eharmony, sucede a una de cada diez personas de las que fueron encuestadas, y el 8% de la muestra afirmó que eran los que habían dado el paso a la hora de contactar.

Los factores que se barajan son varios (aunque David Guapo lo tendría claro: tu ex te quiere chuscar). La oportunidad por la proximidad, ya se sabe que todos volvemos a casa por Navidad, hace que haya quienes quieran ver si se puede reavivar unas llamas. Otra razón es la soledad, y es que ver a todas tus hermanas emparejadas (y a una que encima sospechas que tiene la cintura más ancha y no porque se esté pasando de polvorones) hace que te entre la melancolía de “Pero qué bien que estaba yo con mi ex”.

Por mucho que las fiestas nos permiten acceder a la barra libre de escribir a las exparejas, piensa antes de contestar en qué punto te encuentras. A fin de cuentas, si no te convence, siempre puedes quedarte en devolver los buenos deseos y no dar más bola a la situación. Gracias y buen trato, valen mucho y cuesta barato

Duquesa Doslabios.