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Historias de amor, sexo y otros delirios

Archivo de la categoría ‘relación’

Llevar el móvil a la cama puede afectar a tu vida sexual (negativamente)

Domingo, once de la noche: deslizas el dedo por la pantalla de tu móvil mientras tu pareja lee el Marca en su teléfono para enterarse de cómo va el mercado de fichajes. ¿Te suena?

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Mirar el móvil se ha convertido en la última actividad que hacemos antes de dormir, y, por supuesto, la vida sexual se resiente.

Sucede que, si llevas el teléfono a la cama tienes el doble de probabilidades de pasar ese rato previo a acostarte delante de la pantalla que relacionándote con tu pareja.

Algo que, aunque lo han descubierto gracias al estudio de Asurion, una marca de soluciones tecnológicas (¿no te parece irónico?), ya se venía sospechando todo este tiempo.

No es que yo sea contraria a los móviles ni que los quiera prohibir y alejar de nuestros hogares, de hecho soy la primera en estar pendiente de las redes sociales hasta que llega el momento de apagar la luz, pero sí que es cierto que cuando estoy con mi pareja, procuro evitarlo.

Especialmente intento mantenerme alejada cuando se acerca el momento de ir a la cama, ya que no es solo donde dormimos sino el lugar donde más frecuencia tenemos intimidad con nuestra pareja, lo que significa que, lógicamente, el móvil nos puede pasar factura.

De hecho recuerdo cuando antes de coger el mal vicio de tener el móvil pegado a la mano todo el día, antes de ir a dormir hablaba con mi pareja y nos deseábamos las buenas noches. Es algo que creo que muchos echamos en falta y que viene a significar que nuestra relación está perdiendo calidad.

He hablado en más de una ocasión con mi pareja de que creo que pasamos demasiado tiempo con el móvil, de que debemos empezar a poner ciertos límites. Al igual que no nos llevamos los respectivos trabajos al dormitorio antes de dormir, la clase de inglés o las pesas del gimnasio para entrenar sobre la cama, dejemos también el móvil fuera de ella.

Y no, no es fácil, pero puedes empezar a despedirte antes si tienes conversaciones pendientes, dejar las alarmas ya puestas y el móvil lejos del alcance de la mano (y en un modo que no moleste si llegan las notificaciones, claro). Otra opción es que si quieres usarlo, haz que ayude a tu relación siendo el reproductor de una lista que genere un ambiente interesante.

Vamos a ver si entre todos volvemos a conseguir que lo último que veamos al terminar el día sea nuestra pareja y no una pantalla. Puede que con el teléfono sintamos que estamos conectados, pero no es tanto el estar conectado, sino el hecho de conectar realmente. Y repito, realmente, de realidad.

Duquesa Doslabios.

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Las 10 claves para irte de vacaciones con tu pareja (y no romper)

La convivencia, ver juntos una película en el cine y averiguar si es de esas personas que guardan silencio o de las que tiene que comentar absolutamente todo, comer una hamburguesa y procurar seguir pareciendo un ser humano atractivo al terminar o ir de vacaciones en pareja son algunas de las pruebas de fuego a las que se enfrentan dos personas estando en una relación.

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Es por eso que hoy me gustaría hablar de cuáles son mis consejos a la hora de hacer un viaje. Un decálogo de normas que, por mi experiencia, debo aplicar siempre y cuando sale la posibilidad de viajar.

En primer lugar recomiendo tener una especie de lista de lugares de interés. Cada uno puede elegir dos o tres imprescindibles y de esa manera queda garantizado que veréis sitios que os apetezcan por igual.

Viajar supone estar todo el rato junto a tu pareja, por lo que es importante estar pendiente de sus necesidades. Si quiere agua, se muere de hambre o se hace pis lo suyo es movilizarse para solucionarlo. Además no estar pendiente de ello o hacer caso omiso casi siempre termina en discusión (y la comida todo lo calma).

Para mí viajar es feminismo, ya que no concibo un viaje sin igualdad. Siempre procuro dividir con mi pareja las tareas de organización, planificación, logística… Que haya un equilibrio, ya que no debe recaer todo el peso sobre una sola persona.

El dinero suele ser fuente de conflictos, por lo que es recomendable ir a la par con los gastos. Si crees que tu pareja se aprovecha un poco de eso y opta por la maniobra del despiste, haz un Excel y pon las cartas (o los euros) sobre la mesa.

La base de una relación es el respeto, la base de un viaje también. Se debe respetar, especialmente, las zonas comunes. Si te gusta el desorden, procura evitarlo ya que estás compartiendo habitación con tu pareja e igual no le hace tanta gracia como a ti entrar al baño y encontrarse una manzana a medio comer.

Respeta, también, la opinión del otro. Si no quiere tirarse al agua desde esa altura, subirse a una atracción o pasa soberanamente del paseo en góndola porque es ridículamente caro, entiéndelo. La excepción a esta norma es la crema solar. Pónsela aunque no quiera.

Las vacaciones en pareja no significan volverte uña y carne. Seguís siendo dos individuos y no es necesario hacer todo juntos o estar pegados. Si tú lees tu pareja puede escuchar música y no pasa nada.

Y ya de paso respeta el descanso. Se está de vacaciones. No hay por qué estar todo el rato haciendo cosas.

Un último consejo que he añadido recientemente es usar el móvil con moderación. Y a ser posible, esto ya sería lo ideal, si se quiere usar buscar el momento para no dejar a la otra persona descolgada.

Por eso, para terminar, deciros que la clave que debéis repetiros como un mantra es muy sencilla: paciencia.

Duquesa Doslabios.

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Desmontando mitos machistas: “Quien come bien en casa no se va de restaurante”

Mito:
-Conjunto de creencias e imágenes idealizadas que se forman alrededor de un personaje o fenómeno y que le convierten en modelo o prototipo.
-Invención, fantasía

Hace poco, uno de mis lectores me recordó una frase con la que estaba más que familiarizada. “Quien come bien en casa no se va de restaurante” me escribió comentándome que, seguramente, me estaban siendo infiel.

Es curioso como a lo largo de mi vida he oído esa frase en varias ocasiones y estoy segura de que o bien esa o diferentes variantes, la han escuchado otras mujeres.

¿No te suena? Igual no la has oído todavía, pero hay una que seguramente sí.

Recuerdo que una de mis mejores amigas, estando con su novio, este la presionaba para tener sexo por primera vez. “Yo te quiero, ¿y qué es hacer el amor si no la prueba de que tú también me quieres?”. Chantaje emocional con la típica herramienta para controlar a las mujeres que se lleva usando desde el final de la Segunda Guerra Mundial: el amor romántico.

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Como mi amiga seguía sin querer, él empleó una táctica más sibilina: “Pues como no lo hagamos igual termina aquí la relación, porque yo tengo unas necesidades”. Utilizaba la palabra “necesidad” como si el sexo fuera para él algo como el oxígeno o el agua en el cuerpo, algo imprescindible biológicamente hablando.

Esa ya empieza a sonarte, ¿verdad? Ya estaba la amenaza flotando en el aire. Si mi amiga no se acostaba con él, que como su novia y enamorada, era su ‘deber’, él recurriría a otra persona.

Cuando empecé en la universidad, también escuché a algún compañero decir que era normal poner los cuernos si la novia “no te tocaba ni con un palo”. Y la verdad es que ambos razonamientos tienen un ligero tufillo a machismo falocéntrico, a que ellos deben conseguir sus deseos (porque no es una necesidad, es un deseo) sin importar cómo se sientan sus parejas. ¿Lo notáis? Agudizad el olfato y quitaos la venda de la nariz.

Anteriormente, no sé si mis abuelas, pero seguramente sus coetáneas, vivían con el miedo de que si en casa sus maridos no estaban satisfechos, irían al club más cercano donde tendrían compañías que no les molestarían con las historias del mercado o con lo cansadas que estaban después de arar la huerta y cuidar a los niños.

Ya lo decía El manual de la buena esposa, libro que se utilizaba para ‘educar’ a las mujeres a partir de los años cuarenta: “Luce hermosa. Sé dulce. Hazlo sentir en el paraíso”.

Por tanto pensarían que, entre eso y aguantar un rato, imagino que preferirían pasar el trago, por si al marido se le ocurría buscar sexo fuera de casa. Y aun así, en el caso de que lo hiciera, que tampoco se le ocurriera a su mujer decir nada, ya que él estaba “en su derecho”.

El problema es, como explica Leticia Dolera en Morder la manzana, que “históricamente se ha establecido y aceptado que en la pareja heterosexual (considerada como la forma de organización social y amorosa correcta), por naturaleza y fuerza mayor, el hombre necesita saciar sus necesidades sexuales fuera de ese pacto”.

Pero que se haya aceptado, que lo viéramos como una cosa normal, no significa que ahora tengamos que estar de acuerdo o que debamos seguir perpetuando esas ideas tan anticuadas. Por mi parte, hasta aquí.

Los cotidianos refranes o frases hechas machistas para tenernos a las mujeres sometidas como, por ejemplo, “Más puta que las gallinas”, “La suerte de la fea, la guapa la desea” o “Calladita estás más guapa” están concebidos para fomentar la rivalidad entre las mujeres y el control sobre nosotras. Son un arma de doble filo ya que construyen el tejido del imaginario colectivo y forman, por tanto, nuestra identidad, de ahí que debamos empezar a replanteárnoslos.

Porque ‘lamento’ comunicar que las mujeres no somos una barra libre. Estar en una relación tampoco significa que tengamos que estar abierta las 24 horas del día. La frase, utilizada como amenaza, juega con la culpabilidad, el reproche y de fondo, el miedo al abandono y a la soledad.

Si un hombre quiere ‘comer en casa’ y tú no estás con ‘hambre’, él puede ‘comer’ solo y no pasa absolutamente nada, que para algo tiene una mano y mucha imaginación. Y si por no querer ‘comer solo’ se va ‘de restaurante’, se está retratando completamente.

De un hombre así, puedo garantizar que es mejor estar lejos, ya que nosotras no somos solamente un agujero y no merecemos a una persona que solamente nos valore como tal.

Una relación sexual es un intercambio, un lenguaje, uno de los pilares que puede tener diferente importancia ya que cada pareja es un mundo.

La sexualidad es algo personal, no es como un mueble de Ikea que viene con instrucciones para que todos tengamos el mismo diseño en casa. Cada persona la vive y desarrolla de diferente manera.

Si por lo que sea no quieres tener sexo, háblalo, piensa a qué se debe, si crees que necesitas ayuda, búscala, y si estás bien así, no te preocupes. Hay gente que le gusta el helado de pistacho y gente a la que no le gusta en absoluto.

Recuerda que sea como sea, la comunicación es básica. Hazlo si quieres, si no quieres no lo hagas, y si tu pareja no lo entiende, y quiere ‘buscar la comida’ fuera de casa, cito textualmente al dúo Aitana War: “Pa fuera lo malo”.

Duquesa Doslabios

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“¿Sois gays? ¿Y quién es el hombre?”

Déjame adivinar. No, en serio, déjame. Alguna vez yendo por la calle has visto a una pareja de lesbianas por la calle y has pensado de una de ellas que seguramente es “el chico” por su manera de vestir o su corte de pelo.

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También, y sabes que es verdad, te ha pasado en el caso contrario. Cuando viendo a una pareja de gays has pensado “Se ve claramente quién es la mujer” al parecerte uno de los dos el más femenino.

Puede que cuando lo pensaras lo hicieras sin ningún tipo de maldad, como una mera apreciación superficial. Pero lo que aparentemente es una observación inocente es en realidad una manera de ver la vida a través de los cristales de la heterosexualidad.

Voy a intentar explicarme. Desde pequeños nos asignan unos roles de género, aprendemos a diferenciar entre azul y rosa, uno para niños, otro para ellas. Te dicen que llorar “es de niñas” y que no te tires al suelo porque no eres tan bruta como los niños. No solo los muñequitos del baño nos dividen por géneros.

Reducimos tantas cosas a “hombre y mujer” que hasta metemos las relaciones homosexuales en el mismo saco. Pero no son nada del estilo, son dos hombres o dos mujeres que no necesitan adoptar otro género para funcionar.

Decir que en una relación entre lesbianas o entre gays hay uno de los miembros que hace papel de “hombre” y otro que hace papel de “mujer” es dar por hecho que el modelo de relación heterosexual es el único existente.

De quedarse corto, el argumento cojea. Por eso, la próxima vez que te pase (porque pasará), recuerda quitarte las gafas con los cristales color heterosexual.

Sí, aunque nos resulte más difícil porque vivimos en una sociedad en la que damos por hecho que, a no ser que digan lo contrario, lo convencional es ser heterosexual.

Aprendamos que, si somos los primeros en decir que “cada relación es un mundo”, lo debemos aplicar a todas las relaciones de pareja por igual y sin excepción por el género de los miembros que la formen (y acordaos de seguirme en Twitter y Facebook).

Duquesa Doslabios.

Sexo rápido, amor lento

Si te paras a pensarlo, tiene hasta sentido. Somos la generación más rápida para unas cosas y la más lenta para otras.

Podemos deslizar el pulgar hacia la izquierda a la velocidad del rayo descartando personas y quedarnos estancados dedicando las canciones a través de los stories a una sola durante meses.

Si bien somos capaces de reservar un vuelo a la otra punta del mundo en unos segundos, planeamos minuciosamente los pequeños detalles antes de marcharnos. No queremos sorpresas, tiene que salir todo perfecto. Y en el amor no íbamos a comportarnos de otra manera.

¿A quién le importa guardar los tiempos de espera si te quiero desnudar aquí y ahora? Pero totalmente diferente son las doscientas vueltas a la cabeza pensando dónde o qué hacer estando vestidos.

No tenemos prisa. Y es que si algo ha hecho que a los 20 años todavía no nos sintamos adultos, es que aún estamos aprendiendo a hacer las cosas (que se lo digan a nuestros padres, que a muchos nos ayudan a descifrar la Declaración de la Renta).

Nos caracteriza estar con nuestra pareja varios años. No nos lo tomamos a la ligera, queremos no solo conocernos, sino conocernos bien. Y no solo a la otra persona, sino a nosotros mismos.

Queremos desarrollarnos como individuos, saber a dónde queremos llegar, qué nos gusta y que no. Tener las cosas claras porque la primera persona con quien debemos sentirnos a gusto somos nosotros mismos.

Nuestros problemas de compromiso a la hora de fidelizarnos con una plataforma de vídeo, se traduce en la dificultad que encontramos en mantener nuestra palabra con alguien.

Puede que tu abuela a tu edad (o incluso antes) ya estuviera casada. Antes, el matrimonio, era el primer paso en la vida adulta. Ahora forma parte de los últimos.

Y es que si algo tenemos claro es que si nos decidimos a darlo, será la guinda del pastel. De un maravilloso pastel del que conoces y has construido cada capa, cada cobertura, relleno y topping extra.

Duquesa Doslabios.

Hoy no es San Valentín pero sigo enamorada de ti

Hoy no es San Valentín y yo me sigo enterneciendo a cada paso que doy por la vida contigo al lado.

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No es San Valentín, pero te sigo llenando el WhatsApp de corazones y tú me vuelves a escribir en cualquier momento del día para preguntarme si hoy me has dicho que me quieres.

Y yo, que aunque me lo hayas puesto ya, siempre te respondo de la misma manera: “No, no me lo has dicho” y aprovecho para escribírtelo yo también.

Porque aunque no es San Valentín, siempre es un buen momento para decirte “Te quiero”, que contigo los días no son números sino series de Netflix en las que me quedo medio dormida y canciones de Europa FM que cantamos juntos desafinando (sobre todo si son las antiguas de Melendi).

Ya no es 14 de febrero, es un día cualquiera de abril, mayo, septiembre o diciembre. Nos da igual, el amor es el de siempre. O quizás no el de siempre, sino el de ahora, que es más intenso que el de hace un tiempo.

Puede que no sea el día de los enamorados, pero sigo queriendo quitarte la ropa a besos, aunque me vaya a llevar mucho más tiempo que utilizando las manos.

Me doy cuenta de que, aunque no es San Valentín, has vuelto a preparar el desayuno, y de que, porque sí, te he invitado cenar a un sitio bonito. Aunque “bonito” para nosotros suela significar que la hamburguesa sea tan alta que casi necesitemos alcanzar la cima con un ascensor.

Y si no es San Valentín, ¿por qué corres con la moto detrás de mi coche para darme un último beso a través de la ventanilla, justo antes de que cambie la luz del semáforo?

Quizás porque independientemente del día del año, el amor es amor, y seguimos siendo así tú y yo.

Haciendo de la vida un San Valentín interminable, una rutina, un estado civil, mental y emocional.

Duquesa Doslabios.

Por qué deberían hacer más películas románticas realistas

Todos estamos familiarizados con la estructura básica de las películas románticas: chico conoce a chica, uno de los dos se comporta como un capullo integral, y el karma corresponde al que lo ha pasado mal con la que era en realidad la persona de su vida que, o estaba ahí desde el principio, o ha demostrado que nunca le fallaría (no como la pareja del principio).

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Pero el otro día, en uno de esos domingos por la tarde de estar envuelta en una manta en el sofá, descubrí Mesa 19, que, por supuesto, empezaba siguiendo la estructura básica.

El cliché de este filme en concreto era que el chico de turno había roto con la protagonista por mensaje después de dos años juntos. Se encuentran unos meses más tarde en la boda de la hermana del chico y la protagonista sufre profundamente viendo a su ex pareja con una de las damas de honor.

Sin embargo conoce, por casualidad, a un hombre atento, simpático, elegante, que le saca a bailar y le demuestra un par de lecciones interesantes como: “Nadie merece un minuto de tu atención si no te lo va a devolver” o que hay que disfrutar del momento presente.

Ese es el momento en el que sabes que ella terminará liada con él porque claro, se lo merece. Pobrecita mía, ¡con lo mal que lo estaba pasando y lo majo que parece este!

Sin embargo la película pega un giro de 180 grados (es tu última ocasión de dejar de leer si quieres ver la película y no comerte los spoilers). Porque vale, su ex al principio la ha cagado, pero ella tampoco es perfecta, sino que le dijo una serie de cosas que le dejaron claro que no se veía con él en un futuro por considerarlo poco merecedor de ella.

La cosa es que aunque se esperara el desenlace feliz con el chico nuevo, ambos protagonistas se centran en trabajar en sus fallos dentro de la pareja. No los olvidan, sino que se preocupan de ponerles remedio para hacer que la relación funcione.

A la hora de analizar el ritmo, puede parecer menos emocionante que una película americana estándar, pero me sentí tan identificada por lo realista que me resultó, que solo puedo esperar que haya tenido éxito para que dejen de vendernos ficciones de algodón de azúcar y nos cuenten estas historias.

Que nos hagan saber que las relaciones no son perfectas, que todos cometemos errores, que la cagamos, pero que podemos aprender de los errores y madurar emocionalmente, lo que hace de la pareja una unión mucho más fuerte.

Duquesa Doslabios.

¿De verdad nos ponen los malotes?

Una vez, solo una vez en la vida me puso de verdad un malote. Y el malote del que os hablo llevaba escrita en la frente la señal de precaución.

YOUTUBE. Fotograma de Grease

Los “malotes” que me gustaban anteriormente eran los que se perdían la hora de religión o el guaperas de turno del barrio, que daba vueltas con su motillo por la plaza.

Hasta ahí el historial de malotes, hasta que llegó el malote de verdad. Pero malote de los buenos, eh? De esos que creéis que nos gustan a los mujeres. De esos de “paso cinco días de ti, te hago sentir como una mierda, te digo que no lleves faldas tan cortas porque es de puta y que qué haces yendo con tu amigo de fiesta porque eres una guarra y en realidad te quieres liar con ellos a mis espaldas”.

Eso era un malote.

Y cuando el malote me levantó la mano (y muchas otras cosas que ahora no vienen a cuento) me di cuenta de que había terminado con los malotes.

Que eso de que te trate como a una basura, de que no te conteste, de que te ordene, de que no tenga en cuenta tu opinión, de que te falte al respeto, de que se ponga celoso por tonterías, no era algo que fuera a querer nunca en mi vida.

Quizás de pequeña te guste el repetidor del colegio, ese que, con un año más que tú, sale respondón al profesor. Y en esa época, que necesitas rebelarte contra todo, te parece más llamativo que el tímido de la clase.

Pero luego ese rebelde crece y se hace dentista. Y tú, que ya eres adulta, te dejas de tonterías, porque lo que quieres en realidad es una buena persona a tu lado, una que te quiera, que te corresponda, que te trate de igual, que te valore…

Y así pasa… Que pierdes el corazón, y ya de paso las bragas, por el buenazo de turno, el de pestañas de personaje de Disney cuando pone ojos de corderillo degollado. El que te perdona doscientas veces y te perdonará a lo largo de su vida unas doscientas más. El que no te haría daño, a no ser que de verdad le pidas el cachete cuando está la luz apagada y la cama encendida. El que te pone el hombro, el rollo de papel higiénico a mano y su camiseta de Levi’s para que se la llores entera cuando tengas un momento de bajón.

Te quedas con el que te coge de la mano cuando veis por quinta vez Frozen, el que te saca a bailar pegados en una boda porque sabe que te encanta aunque se mueva menos que un mueble, el que te responde los mensajes ñoños de amor, el que no se anda con tonterías, el que te dice y, aún mejor, te demuestra, el que siempre está ahí.

Porque si algo queremos las mujeres, además del amor, parafraseando a Isabel Allende, es la seguridad.

Y os puedo asegurar que lo mucho que quieres a un “buenazo” nunca lo conseguirá un “malote”.

Duquesa Doslabios.

¿Tu relación no funciona? Igual no le estás prestando atención a estos detalles

No está remunerado, pero muchas veces tengo la sensación de que mantener una relación es un trabajo a tiempo completo. Requiere tiempo, dedicación, energía… Es, como una vez me dijo una amiga, “como llevar un negocio”.

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Establecemos conexiones que se convierten en relaciones porque damos con alguien con quien compartimos cosas y nos aporta felicidad. Pero es algo que debemos cuidar siempre.

Entonces, ¿cuál es el truco para que funcione?

Hablar con el corazón de todo lo que podamos necesitar. La honestidad es algo básico, ya sea porque necesitamos más cercanía o más espacio. Una pareja que puede tratar de todos los temas de manera abierta crea un espacio seguro en el que todo puede salir con la confianza: deseos, necesidades, miedos, aspiraciones… Compartir estas cosas con tu pareja hace que ambos os conozcáis mejor.

Ten siempre, también, la mente abierta, intenta no juzgar a tu pareja. No ya solo porque dentro de la cama le gusta que te pongas algo que a ti a lo mejor te parece raro, sino respecto a todos los temas: política, gustos, religión… No es necesario que compartas todo absolutamente con él, pero sí que lo tengas en consideración. El respeto es básico.

No critiques a no ser que sea de manera constructiva, y procura encontrar el momento. Esa comida familiar puede que no sea el sitio más adecuado para recordarle que siempre deja gotas de pis fuera de la taza del váter. Intenta no usar sus pequeños defectos (que todos tenemos) en su contra. Hazle saber que le valoras siempre.

Comparte, comparte cosas tan ridículas como el postre, una cerveza y termina compartiendo cosas grandes como experiencias, viajes, vivencias… Crea recuerdos. Todo eso fortalecerá vuestro vínculo.

Tu pareja, tu prioridad. Puede que tengas un trabajo muy estresante, una vida familiar que te exige mucho y un montón de cosas más, pero eso no significa que tu pareja deba estar a un lado. Haz que sea partícipe de tu vida y que le des la importancia que se merece. A fin de cuentas, si no se la estás dando, ¿para qué estás en pareja?

Nunca des el amor (ni a la persona) por sentado. Que para ti todo esté yendo de maravilla, no tiene por qué significar que tu pareja tenga la misma concepción de la relación. No escatimes en recursos para conocer y trabajar en vuestra relación.

Pero, sobre todo, quiere, quiere mucho y sin parar, porque queriendo el resto de cosas no supondrán para ti ningún problema.

Duquesa Doslabios.

Las relaciones (erróneas) que puede que tengas antes de sentar cabeza

Si eres de las afortunadas que dio con el hombre de su vida a la primera, es posible que no cuentes con el “Pasillo de las Conquistas Fallidas” en el que se exponen nuestras relaciones que no anduvieron a buen término.

Son ese tipo de hombres (hablo de hombres porque, como mujer heterosexual, mi relación es con ellos. Pero este artículo funciona igual de bien a la inversa) que te has encontrado o seguramente encontrarás y pensarás que es una buena idea salir con cualquiera de ellos. Pero no.

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El vendemotos: es un experto en comer oreja. Te dice todo lo que quieres escuchar. Ni siquiera sabías que estabas tan interesada en tener con él una escapada romántica, pero ha bastado que él lo mencionara para que no puedas quitártelo de la cabeza en todo el día. Todo es maravilloso en vuestra relación hasta que los planes nunca se realizan, pierde interés y te das cuenta de que todo lo que te había dicho este tiempo no es más que una gigantesca nube de humo.

El fóbico al compromiso: es oírte decir las palabras “relación”, “novio”, “estado de Facebook” y se sube por las paredes. Él está “viviendo el momento” disfrutando contigo. Te desarmará con frases del tipo “no creo en las etiquetas”. Ten en cuenta que puedes pasártelo bien durante un tiempo pero la cosa no irá a más.

El polo opuesto: te justificas pensando que los contrarios se atraen pero la verdad es que esa persona es tu antítesis. Tú de playa, él de montaña, tú de indie, él de reggae, tú de Stranger Things de Netflix, él de Mujeres y Hombres y Viceversa de Telecinco. No compartís ni gustos, ni aficiones, ni maneras de pensar. Ambos sabéis que por mucho que se sucedan las citas, es algo que no va a ningún lado.

El que mete quinta: acabas de conocerle, pero de repente está hablando de presentarte a sus padres, de las vacaciones del próximo año que podéis pasar en pareja y de que su prima se casa y le encantaría que fueras con él a la boda. Cuando estás sacudiendo la servilleta por encima de tu cabeza en el banquete, conociendo a esa persona solo de una semana, es cuando te preguntas cómo has llegado hasta ahí. Las prisas no son buenas.

El que absorbe: quiere, pide y repite. La relación es alrededor de la otra persona. Puede que para ti no sea el ombligo del mundo pero como para él sí, a ver quién es la guapa que se lo dice. Es un tipo de relación que te hará sentir emocionalmente exhausta. Algo que debe ser algo mutuo, si siempre es uno de los dos el que tira y el que da, está destinada al desastre.

El del Síndrome de Peter Pan: se niega a crecer, ya puede tener 27 o 37 años que seguirá comportándose como a los 17. Te choca la mano, viste con camisetas de adolescente y sigue viviendo de fiesta constantemente pese a que ya tiene canas en los laterales de la cabeza. Aprenderás con ellos que la edad no es garantía de madurez.

El intermitente: estar con una persona que te cambia según el día es algo de lo que ya nos previno Katy Perry: “Cause you’re hot then you’re cold. You’re yes then you’re no. You’re in then you’re out. You’re up then you’re down“. Lo más probable es que te acaben volviendo loca con tantas idas y venidas. Nunca te hará sentir estable y no sabrás a que atenerte con eso de que de repente te está encima y al poco desaparece durante varios días.

Duquesa Doslabios.