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El amor de tu vida, ni uno ni para siempre

Ayer, mi primo de 19 años nos decía que por qué no iba a ser su primera novia la persona con la que estaría siempre. No sería el único en encontrar el amor a esa edad.

Que algo no sea frecuente, no significa que no pueda pasar. Pero claro que su pareja de la universidad podría convertirse en su futura esposa o la madre de sus hijos. Es algo que el tiempo dirá.

DEREK ROSE

Hasta hace poco, yo no tenía dudas de que, como si del número del DNI se tratara, solo nos correspondía una única persona.

O más bien que todo lo que no fuera con quien acabaras tus días, no podía llevarse el título de ‘el amor de tu vida’.

Querer es algo tan grande y se nos da tan bien, que verlo de una forma tan limitada y exclusiva es como si solo pudiera dar por válidas las amigas que me aguanten cuando ya sea viejecita.

Precisamente es sentir amor por esas personas lo que las convierte en los hombres o las mujeres que han dejado huella sentimental.

Tanto vale quienes han estado 15 años juntos y se han divorciado este último tomando caminos separados, el que tiene un hijo en común con su expareja, quien tuvo un flechazo que quedó en la adolescencia o quien solo fue un amor de verano. Son también merecedores del calificativo.

No es ni el tiempo ni el grado de relación que alcanzamos. Es la intensidad de los sentimientos aquello que las distingue.

Habrá quien tenga uno, quien lleve dos o quien multiplique esa cantidad por cuatro. Lo importante es que forman parte del corazón.

Son personas que han puesto nombre y apellidos a los latidos de un periodo de nuestra vida. Ni hacen menos válidas a las anteriores ni significan que, a partir de ellas, nadie vaya a igualarlas.

Simplemente serán diferentes e irán ocupando su sitio en la memoria, como las perlas -de esas que nunca hay dos iguales-, que van colocándose sucesivamente engarzadas en un collar.

Nuestros grandes amores están ahí, los llevamos puestos y escritos en la piel como parte de nuestra historia. Y es lo que aprendemos de quererlos, de dejarlos ir y de ilusionarnos por alguien nuevo lo que hace que también pulamos las emociones y practiquemos no ya tanto el querer, sino el hacerlo bien y de una forma sana y libre, hasta el fin de nuestros días.

Duquesa Doslabios.

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‘¿Qué somos?’, tener o no tener la conversación

Cuando estaba en el colegio, una notita previamente leída por toda la clase con el texto “¿Quieres ser mi novia? Marca Sí o No”, era todo lo necesario para saber que, oficialmente, tenías pareja.

Y aunque me encantaría que las cosas fueran tan fáciles de resolver hoy en día, este tema sigue siendo de los que más nos cuesta sacar.

Vivimos en un mundo de evasivas, uno en el que nos encantan las etiquetas que vienen acompañadas con un hashtag siempre y cuando no nos definan a nosotros mismos.

@VALENTINAFERRAGNI

Decir que sois “novios” o “pareja” cuando estás quedando con alguien parece casi una ofensa. “Solo nos estamos conociendo”, sale como nerviosa y apurada respuesta, como si insinuar que pudiera existir algo más fuera un problema.

Cuando quedar es la normalidad, los sentimientos van creciendo y las ganas quemando, en definitiva, sintiéndonos más entrelazados, es difícil hacer caso omiso del pensamiento que nos ronda. El “sí, estamos genial, pero ¿qué somos?”.

Mientras que hay personas que llevan años sin haberse hecho nunca esa pregunta y siguen juntas sin que empañe la felicidad de la relación, quiero reflexionar sobre hasta qué punto es importante sacar el tema.

Por un lado, lo veo innecesario. Sobre todo si me remito a la notita del trozo de cuaderno que cambiaba el estado de una persona a efectos inmediatos.

Los planes, el Netflix & Chill (que cada vez es más Netflix), conocer a los respectivos amigos, que los padres sepan de la existencia del otro, hacer viajes en común o hablar de un hipotético futuro juntos parecen ser los síntomas de que nos hemos ‘contagiado’ de una pareja.

Si tiene alas y vuela es un avión, podríamos pensar. Pero también un pájaro o incluso el superhéroe Falcon.

Las conversaciones son acuerdos no verbales que construyen nuestras relaciones (del tipo que sean) y saber ante qué tipo estamos, es también una forma de ubicarnos.

Así que, ¿cuáles son las ventajas de hablarlo? Ademas de definir lo que existe entre dos personas, también supone expresar abiertamente las necesidades, deseos y límites poniendo sobre la mesa si se está en el mismo punto en cuanto a las expectativas y compromiso emocional en ambos lados.

Y no implica necesariamente llegar a la conclusión de que se es algo más, puede servir tanto para hablar de si se tiene algo a largo plazo como de algo casual y liberal, lo importante es que haya un entendimiento compartido.

Pero si cuesta tener una comunicación abierta y, sobre todo, una de las dos personas parece estar cómoda en la ambigüedad (mientras quizás la otra quiera algo más), nos sale a cuenta por salud mental y emocional sacar el tema, independientemente de que nos pueda dar “miedo” asustar al otro, una de las razones por las que no nos atrevemos a dar el paso.

Al final, si no se tiene pero aquello sigue sin avanzar como nos gustaría, hablarlo y recibir una negativa como respuesta nos da a entender que de ahí no va a salir nada más. Es mejor dejar de perder el tiempo si no era eso lo que esperábamos.

Duquesa Doslabios.

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Cuando el amor no era suficiente

Era quererle o nada. Quererle con cada fibra muscular, célula epitelial o de cualquier tipo. Quererle de todas las maneras. No concebía otra cosa más que quererle cada día.

Y queriéndole tanto, no me entraba en la cabeza que aquello pudiera llegar a terminar. Sabía de parejas que -sin amor quizás de haberlo gastado-, no encontraban más razones para continuar.

Pero no era nuestro caso. El amor sobraba.

DEREK ROSE

Salía del grifo de la cocina, de los mensajes de ‘Buenos días’ si se iba de casa antes de que me despertara, de organizarnos para limpiar, de esas cosas tan cotidianas como ir de la mano a hacer la compra al supermercado.

Siempre con amor. Amor incluso en las discusiones, recordando que por muy dolidos que estuviéramos en aquel momento, nos queríamos.

Imagina cuando he descubierto que eso no basta. Que querer con todo tu ser a alguien ya no es suficiente.

Esto no era parte del plan. El trato era quererse hasta el final. Así que siento si fallo a los Beatles por proclamar que no, que no me creo el All you need is love.

Renegante de la misma melodía que tarareaba desde pequeña, me siento ingenua de pensar que con amor solucionaríamos todos los problemas.

Por las malas es que lo he aprendido. Que el amor es una de las patas, pero que debe venir acompañada. Y, si no trabajas todos los pilares por igual, el desastre va a llegar.

He tomado los apuntes de la lección tarde, debería haber llegado a esta conclusión antes -y reaccionado ante las señales, cogiendo la salida cuando empezaron las primeras alarmas-, pero en el nombre del amor seguí sin mirar.

(Es más fácil hacer la vista gorda cuando vives cegada por unos sentimientos que crees que pueden superar todos los escollos.)

Te haré el spoiler que no he podido evitar: no solo no lo superarán, te harán seguir enganchada -por muchas cosas que veas, que sufras o mierda que te toque tragar-, hasta que llegues a tu propio límite, al devastador detonante, tu particular bomba nuclear.

El ‘hasta aquí’ que te hace llenar tus maletas de amor, ropa y menaje que comprasteis juntos en Ikea y marcharte.

Solo cuando puse mis pertenencias sobre el suelo, la vida sentimental en perspectiva y el corazón a diseccionar por el ojo crítico -ya que había recuperado la cordura- llegué a un pacto conmigo misma.

Que para la próxima vez (o el próximo que venga) quiero y querré amor, lo habrá y a raudales. Pero debe venir en las mismas cantidades que el resto de ingredientes.

Vivimos demasiado obsesionados con los sentimientos y se nos olvida aprender a expresarnos, a abrirnos por completo. Tampoco aprendemos a decir de forma clara cómo nos sentimos o qué necesitamos en cada momento.

No aprendemos a admitir ante el otro los errores, a pedirle ayuda, a decir ‘lo siento’ del de verdad, no del de quedarnos tranquilos y dormir bien esa noche.

No aprendemos a tolerar nuestro fracaso ni ante nosotros ni ante sus ojos. No aprendemos a pensar en equipo en una sociedad en la que solo el individuo importa, no aprendemos a remar en la misma dirección.

Y si no aprendemos esas cosas, ni todo el amor del mundo va a salvarnos.

Duquesa Doslabios.

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María Esclapez, la psicóloga que se ha vuelto viral por analizar ‘La isla de las tentaciones’

Tengo por costumbre ver La isla de las tentaciones. Aunque, más que los del programa en sí, mis momentos favoritos son al día siguiente.

El primero, leyendo la reseña de mi compañero en Reality Blog Show (Hola, Gus) y, a continuación, viendo en las redes de María Esclapez su opinión sobre el episodio.

Y es que la psicóloga y sexóloga -a cuyo perfil llegué precisamente por hacer este tipo de análisis sobre los comportamientos de los concursantes- no hace otra cosa más que señalar, una por una, las conductas más tóxicas con las que, desgraciadamente, no puedo evitar sentirme identificada en alguna ocasión.

@islatentaciones

Además de generar debate en el tablón de comentarios (¿en serio hay personas que siguen viendo los celos como algo normal a día de hoy?), he querido saber qué le llevó a tomar nota de lo que veía en la televisión y, sobre todo, compartirlo.

La manera en la que muchos de sus followers hemos descubierto que todavía nos queda tanto por aprender en esto de las relaciones sanas, dicho sea de paso.

“Sentí la necesidad porque yo lo veía y pensaba en todas las personas que repiten los mismos patrones y tienen los mismos comportamientos o ideas sobre el amor. Entonces caí en que era buena idea colocar todos los comentarios que hacía en mi cabeza en un orden coherente y hacerlos llegar a más gente para evitar normalizar los numerosos comportamientos tóxicos que tienen las parejas del programa”, me confirma la experta.

Porque eso es algo que tiene la televisión pública, que como es un medio de gran alcance y, sobre todo, con un éxito tan fulgurante, podemos pensar que lo que sucede en las villas -lo que dicen o la forma de tratar a sus parejas-, es de lo más normal.

Aunque sus seguidores suelen estar de acuerdo con sus reflexiones (podéis ficharlas en su perfil @maria_esclapez), “alguna persona hay que se niega a entender otra realidad y se ofende con las cosas que digo, pero suelen ser muy pocas”, dice la psicóloga.

@maria_esclapez

Una de mis preguntas es si cree que la emisión de programas con tantos mitos del amor romántico es un paso hacia adelante (podemos identificarlos con más facilidad) o un retroceso que nos lleva a normalizar algunas conductas.

“Yo creo que ni una cosa ni la otra. Considero que el programa pretende entretener, no educar. De lo que vemos podemos sacar la parte pedagógica que tanta falta hace, eso sí”, afirma.

Y es que nuestro deber como espectadores sería poner en tela de juicio si realmente estamos de acuerdo con lo que hemos visto en la pequeña pantalla o hay formas más empáticas de tratar a las personas.

“La clave está en el conocimiento. Si tienes información, tienes el poder de decidir qué quieres, qué no quieres y qué es lo mejor para ti y para tu salud mental y emocional”, opina María Esclápez.

Quizás una buena modificación, de cara a próximas ediciones, sería incluir una figura que gestionara las situaciones más difíciles, algo que según ella sería el único cambio necesario en el programa.

“Simplemente incluiría un profesional de la Psicología que asesorara y acompañara a los/as participantes del reality en el manejo del malestar generado. Así están acompañados/as durante los posibles conflictos y aprenden a gestionar sus vínculos de pareja de una manera sana (o al menos entienden que puede haber otras opciones de pensamiento sobre el amor y las relaciones de pareja) y ya de paso, aprende también la audiencia que esté viviendo o pasando por algo parecido a nivel personal”, dice la psicóloga.

Pero hasta que llegue ese momento (si llega) nos toca adoptar un rol más activo.

Pensar en cómo consumimos el programa. Si nos está sirviendo solo para desconectar, si criticamos cuestiones que igual deberíamos replantearnos porque han quedado un poquito desfasadas y, sobre todo, si nuestra gestión emocional se parece en algo a la de los concursantes, porque, en ese caso, nos queda mucho camino que recorrer a la hora de aprender a sentir, a pensar y a comunicarnos.

Duquesa Doslabios.

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No necesitas una pareja perfecta, perfecto es que además de amor haya amistad

Hay cosas que echo de menos de estar en pareja. Quedarme dormida abrazada, acompasando la respiración a la suya, es algo que siempre me ha encantado (aunque luego termináramos la noche en la otra punta de la cama).

También hay muchas otras que para nada. Esas me las guardo para otro día.

Una de ellas, y quizás la que más me está costando sobrellevar, es haber perdido un amor en el que una de las bases era la amistad.

@FEDEZ

Es cuando me acuerdo de lo que era mirar a los ojos a la otra persona -en plena comida familiar-, y echar a reír de algo que solo entendíamos los dos.

O como cuando te conviertes en cómplice de todas las locuras que pudieran ocurrir, como escapar de una boda para echar un polvazo.

Podría enumerar como ejemplo los infinitos memes, bromas, los vídeos hechos a traición, las menciones en fotos de Instagram para recordarle lo mucho que ronca… Pero también ser la primera de la lista cuando hacen falta un par de manos o un hombro sobre el que llorar.

Echo de menos conectar en ese aspecto, en uno más allá de físico, en la complicidad. En disfrutar de compartir aficiones, ya sean ir a hacer senderismo, perderse en un museo o ver películas musicales comiendo directamente de la tarrina del Ben & Jerry’s.

Porque cuando tu pareja es tu amigo, eres capaz de hacer cosas tan locas como traer un hijo al mundo y reírte cuando le da vueltas a tu alrededor, aunque lleves un mes sin pegar casi ojo.

Hablamos de la confianza, el sentido del humor o tener en común ciertas perspectivas vitales a la hora de que funcione una relación.

Pero es la amistad la que da la confianza de poder abrirte por completo, de contar (y escuchar) todo sin juzgar. Tener con quien hablar de lo más trascendente a lo más nimio sabiendo que estás en una zona segura en la que puedes ser tú.

Si tu pareja es tu amiga, quieres que sea partícipe de tu vida. No porque no puedas vivir sin él o ella, sino porque quieres que esté en todo. En lo bueno y en lo malo.

Cuando tienes que despedirte de unas amigas, un trabajo, una mascota… Cuando le das la bienvenida a un proyecto, a un triunfo, a un libro publicado.

Es algo a lo que me niego a renunciar. Y cuánto cuesta encontrarlo.

Duquesa Doslabios.

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Casa e hijos: tu próxima relación seria podría salir de una ‘app’ de ligar, según un estudio

Conocer gente a través de una pantalla pone ciertas cosas fáciles. La primera saber que, en cualquier momento y solo pulsando un botón, puedes cortar la comunicación sin dar explicaciones.

Si quedas y no sale bien, habrá un repuesto cerca a golpe de click. Y la tercera es que hace que conocerse en persona sea tan sencillo que no requiere un esfuerzo más allá de proponer ir a tomar algo.

Y además sabiendo que puede dar pie a que avance rápido.

DEREK ROSE

Así que sí, admito que soy de las que veía en este tipo de aplicaciones el campo de cultivo perfecto para historias esporádicas.

Muy intensas y muy fugaces, como un petardo. Al menos, así funcionaban (o lo había comprobado en su día) hace años.

Sin embargo, parece que o bien las apps de ligar se están adaptando a los nuevos tiempos o hay quienes empiezan a utilizarlas como auténticas celestinas del siglo XXI.

Hace unos días, un amigo me contaba que, en su familia, dos de sus hermanos habían encontrado a sus parejas en Tinder. Ayer mismo, mi hermano se abría un perfil en Bumblee con el filtro de que buscaba una relación.

Aunque la prueba definitiva de que las cosas están cambiando más allá de mi círculo cercano (no solo encuentro ejemplos en mi entorno) ha sido el último estudio de la Universidad de Ginebra.

Analizando las intenciones de aquellas parejas que habían conectado de manera digital, llegaron a la conclusión de que no solo estaban más dispuestas a irse a vivir con la otra persona, sino a formar una familia en poco tiempo (sí, incluso antes que las personas que se conocían offline).

Claro que la pandemia ha también ha jugado un papel crucial en esto. Si dar con una persona con quien se tienen en común objetivos o planes de vida -que además resulta atractiva-, podía conseguir que las cosas fueran a una mayor velocidad, el distanciamiento social ha hecho el resto.

Durante varios meses, ya fuera por aplicaciones hechas expresamente para conocer gente o incluso el propio Instagram, hablar ha sido el nuevo quedar en directo.

Y sobre todo hacerlo largo y tendido, sacando temas que igual ni nos planteábamos y llegando a profundizar en la otra persona. La chispa ha surgido y no solo se han roto parejas durante la cuarentena.

Te puede interesar: ¿Tras la cuarentena has decidido dar el paso y comprometerte? Puede ser una mala idea…

Historias que arrancan, relaciones que han dado el paso y se han mudado a un piso, quienes han hecho la gran pregunta y se casarán en 2021…

El amor se ha abierto camino.

Así que parece que hay vida (y futuro) más allá del swipe right. Quizás se puede sentar la cabeza con el próximo match y quienes somos algo escépticos a encontrar el amor en las peceras digitales, nos atrevamos por fin a probar el agua.

Duquesa Doslabios.

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Unos días, un mes… ¿cuánto ‘luto’ se debe guardar tras terminar una relación?

Si preguntas cuánto hay que esperar después de una ruptura antes de volver a probar suerte con otra persona, es posible que encuentres varias opiniones al respecto.

Habrá quien te diga unos días, un mes, varios o incluso alguien que se descuelgue con una regla matemática según la cual, el periodo correcto, es una semana por cada año que haya durado la anterior relación.

Pero si tengo que contestar yo, mi respuesta es aún más clara: ninguno.

BERSHKA

O quizás, más que no guardar ningún ‘barbecho’, afirmar que no debería existir un tiempo de recuperación más allá del que cada uno sienta.

Habrá quien necesite decirle al cuerpo que aquello se ha acabado encontrando compañías como ciertas estrellas, fugaces.

Habrá quien prefiera un periodo largo en solitario y quien, sin comerlo ni beberlo, dé con alguien inesperado que logra que de pronto se plantee volver a intentarlo.

Lo que tienen en común los tres comportamientos es que son igual de válidos.

Si decimos que el corazón atiende a razones que la razón no entiende -una frase que nos hace quedar de neorrománticos en nuestra red social de turno-, no podemos pretender juzgarlas si no se ajustan a nuestra opinión.

Por mucha experiencia que tengamos en la materia, no sabemos qué piensa o siente quien tenemos enfrente. Cómo ha salido de la relación. Lidiar con una ruptura ya es bastante complejo como para andar cronometrando o haciendo juicios de valor.

En vez de eso, mostremos nuestro apoyo y comprensión entendiendo que cada persona afronta el duelo a su manera. Aceptando que, a nivel emocional y sexual, la recuperación es tan distinta e intransferible que solo nos queda aceptarla tal cual.

Y, en el caso de que tú -quien me lee-, seas quien está en el otro lado, decirte que desde el minuto en el que se pone fin a la relación puedes rehacer tu vida de la forma y en el periodo que consideres.

Duquesa Doslabios.

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Las redes sociales no me dejan olvidar(te)

Fue el día antes de que nos despidiéramos que te lo dije. “Ahora ya sabes lo que toca. Todos mis artículos van a hablar de lo que te voy a echar de menos”.

Y es que es tan difícil olvidar.

PIXABAY

Admito que era un tanto ingenuo por mi parte pensar que, solo poniendo tiempo y distancia de por medio, dividiendo a la mitad lo que habíamos construido en estos años, conseguiría que el proceso de pasar página fuera más eficaz.

No había contado con Facebook ni Instagram. Pensaba que me había adelantado a ellos eliminándote como amistad y dejando de seguirte.

Pero no entraban en mis planes la cantidad de fotos que tendría que volver a ver -tanto en tu perfil como en el mío- de los momentos que compartimos. Los buenos, claro, los que disfrutas mostrando al círculo de contactos.

Los viajes a Italia, a Asturias, al fin del mundo si hubiera hecho falta…

Y no solo eso, sino la cantidad de seguidores de tu entorno. Tus familiares más cercanos, todas tus primas lejanas e incontables, tus amigos, tus compañeros de trabajo, hasta tus clientes.

El proceso de silenciar a todos y cada uno de ellos me hizo volver al momento de conocerles, cuando descubría nuevos aspectos de tu vida que se abrían como ventanas a una faceta desconocida de tu personalidad.

No ser lo bastante minuciosa me llevó a que uno de ellos se escapara de mi filtro (imposible llevar la cuenta de todos) y terminara apareciendo en mi pantalla el sábado noche que estabais pasando juntos.

Bastó una historia de 15 segundos para que volviera a desmoronarme. A llorar. A enfadarme. A que el nudo que llevo bajo el pecho oprimiera todavía más mi respiración. A repetirla una y otra vez para fijarme en tus gestos, tu ropa, para seguir la dirección de tus miradas.

Y lo peor, a llegar a pensar -después de reproducirla por vigésima vez- “Joder, qué guapo estás”.

Ya he llegado a la conclusión de que las redes van a ser mis propias enemigas en este sentido. Y será porque yo misma les he dado las herramientas para ello al hacerles partícipes de tantos episodios que hemos compartido.

Sé lo que viene ahora. Los recuerdos en mi cabeza van a ser tan vívidos como cuando me salten las alarmas de Facebook avisando de que ya hace 3 años desde que te convertiste en el protagonista de mi Trabajo de Fin de Máster.

La alternativa la conozco. No va por borrarte a ti, sino por salirme del círculo social. Por partir de cero también en internet con nuevos perfiles.

Pero como de momento no es algo que me plantee hacer (quizás recule, ya sabes lo mucho que me impactó el documental The Social Dilemma), fantaseo con la idea de que las aplicaciones ofrecieran el botón de “corta con tu pareja” y se encargaran de quitar las interacciones, las fotos y los comentarios, esos que ahora paso de puntillas para que no me escuezan.

Hasta entonces, mi perfil será un mausoleo de lo que fue nuestra historia de amor. Un lugar en el que perderse (si se quiere) en los instantes más maravillosos.

Duquesa Doslabios.

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¿Por qué es tan difícil recuperar la confianza en la pareja?

El día que te fías de una persona, no eres muy consciente de que has tomado la decisión de hacerlo, pero sí, ha sido algo que ha partido de ti. De ahí que te sientas también mal, a nivel personal, cuando te fallan a la confianza.

Porque, de una manera o de otra, te pareció una buena idea dar el paso y llegar a ese nuevo nivel de intimidad.

DEREK ROSE

Como seres sociales, necesitamos confiar. Confiar en que al día siguiente la nómina estará ingresada en el banco, en que van a contestarnos el mail de trabajo, en que el domingo tendrá lugar la comida familiar y confiar en que el año que viene siempre será mejor que el anterior.

Fiarnos de las personas de nuestro entorno nos hace sentir a salvo e integrados, que tenemos una red de apoyo que nos ayudará en cualquier momento de necesidad.

Es un compromiso que fortalece cualquier vínculo, ya que requiere de la unión para superar el escollo.

Cuando se habla de que la base de una relación de pareja es la confianza, no estamos pensando en casos concretos como que relate punto por punto qué ha hecho en cada hora del día.

Se refiere más bien a ese sistema de protección emocional que sabes que te rodea cuando ves a la otra persona.

A tu lado hay alguien con quien puedes despojarte de las corazas. En quien vas a encontrar refugio y ayuda inmediata. Una persona que conoces porque lo que hace, dice y piensa va en la misma línea.

Algo que, a la larga, hace que el lazo entre dos personas sea irrompible.

Pero, ¿qué pasa cuando esa sólida estructura basada en la familiaridad y la fe absoluta se resquebraja hasta el punto de terminar despedazada por el suelo?

Puede ser o no el fin de la relación, pero lo que sí desencadena es un dolor devastador.

Hay mil y una formas de traicionarla, desde mentir o manipular pasando por retractarse o romper promesas de manera sistemática. Dejar a la otra persona a un lado en un momento difícil, ocultar algo o no llegar a compartir del todo los sentimientos, son otros clásicos ejemplos.

Y, el mal rato, no se debe únicamente a la situación puntual que ha llevado a que se rompiera un acuerdo intangible, es más cómo te hace sentir y por qué llega a ser tan desolador, ya que implica mucho más.

No es solo por, como comentaba en un principio, haber descubierto que nuestro criterio para elegir a la persona digna de confianza no es tan agudo como pensábamos.

También porque encontramos una desigualdad en ese trato de dar y recibir que se supone que debería existir entre ambas personas.

Lloramos la pérdida de la seguridad, la desaparición de un mundo que creíamos conocer y en el que nos movíamos como peces en el agua.

La confianza rota es difícil de reconstruir, porque no es como sustituir la taza del café por una nueva cuando se ha roto por enésima vez. No es algo que ofrezcan en las tiendas.

Por lo pronto, significa ponerle remedio a lo que originó el problema en primer lugar. Pero también trabajar -desde ese momento y sin parar- en que no vuelva a pasar. Lo que puede suponer desde trabajar en ello por cuenta propia hasta ayuda profesional si no se sabe gestionar.

Porque lo más complejo no es cambiar y aprender de los errores (en nuestra mano está). El verdadero reto es que implica volver al punto de partida, a lograr que la otra persona vuelva a tomar la decisión de fiarse de nuevo, como ya hizo en su momento.

Duquesa Doslabios.

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Tú ya no estás

Me despierto y está oscuro. Estiro el pie y me extraña no encontrar el tuyo. Son unos segundos, unos segundos tan dulces como amargos cuando me doy cuenta de que no estoy en casa, contigo.

Cuando caigo en la cuenta de que estoy en otro sitio. En que he vuelto a la casilla de salida y esta vez me toca echar a correr sola.

PIXABAY

Y todo lo que ha pasado, lo que se me viene encima y la posibilidad de un futuro que ni contemplaba, me asfixia, me ahoga.

Vuelvo a forrar de lágrimas la funda de la almohada intentando apagar los sollozos para no despertar a mis nuevos cuatro compañeros de piso.

Mi cabeza entra en bucle, un jodido bucle lleno de tus sonrisas a cámara lenta. Y el pozo se hace todavía más profundo.

Tanto como cuando me di cuenta de que ya no iba a hacerte más la cucharita. Pero mi cabeza no entiende de corazones rotos y tira del hilo contigo.

Ahí estás, preparando el aperitivo en nuestra terraza. Bailando la banda sonora de The Greatest Showman con tantas ganas que llegamos a cargarnos una lámpara.

Entrando por la puerta de casa a veces más animado, a veces cansado, pero siempre con un beso con mi nombre y apellidos.

La de ellos que me has dado en estos años y lo a poco que me saben ahora que sé que tenían fecha de caducidad.

Pero así ha terminado este 2020, dejándome dos huecos tan grandes en el pecho que hasta tienen forma de persona. Dos vacíos lacerantes por los que me cuesta no gritar de la impotencia y de la pena.

Ayer (o hace unas horas, ya ni el puto tiempo tiene ni sentido ni importancia para mí) me preguntabas que qué venía ahora.

Dos días antes de que esto estallara, te habría dicho que por delante teníamos todo.

Ahora que mi ‘delante’ es un camino de nada, me doy cuenta de que los primeros pasos a ciegas, dolorida, con la cara destrozada y el corazón descompuesto, son los más duros de dar después de imaginarme que ibas a estar tú recorriendo esa senda conmigo.

Duquesa Doslabios.

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