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Si que te ‘busquen’ te despierta las ganas, eres del club del deseo reactivo

Eres o de mañanas o de noches, una persona madrugadora o trasnochadora, dejas el gimnasio, la mayor carga de trabajo o estudiar para nada más levantarte o prefieres hacerlo en las últimas horas del día, y lo mismo pasa con tu vida sexual.

pareja deseo sexual

PEXELS

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Y tener un momento del día favorito para quitarte las ganas -hace un tiempo os conté que por logística, para mí era después de la siesta-, no supone un problema si no coincide con el de tu pareja.

Porque esa falta de acuerdo se convierte en que una vez se tendrá sexo por la mañana y otro por las tardes.

Pero de lo que quiero hablarte hoy es de cuando no dependes tanto del día o la noche y te apetece cuando te buscan, te desean, cuando se cuela la mano entre tus dos piernas o los besos pasan de la boca al cuello y continúan su camino más abajo.

Si es en esos casos cuando te apetece, tienes un deseo sexual reactivo.

Cuando eres del club del ‘se me despiertan las ganas según lo que me rodea’, todo tu contexto es susceptible de convertirse en detonador.

Desde ese libro en el que la descripción de una escena de sexo oral entre los dos protagonistas te hace volver al principio de la página al capítulo de la serie mexicana donde se montan un trío en el que no te importaría participar.

Y claro que recibir esos estímulos por parte de la otra persona, ya sea porque ha optado por no cerrar la puerta cuando se ha metido en la ducha o porque, como decía antes, ve más interesante empezar a besar otras partes del cuello mientras contestas un mail, se convierten en el despertador sexual.

Una alarma que dice ‘aquí y ahora’.

Cuando tu pareja es activa

Pero, ¿qué pasa si llega un punto en el que te acomodas a esa situación porque es tu manera de sentir el deseo?

En el momento en el que te has acostumbrado a darle rienda suelta a tus ganas, siempre después de que te lo hayan activado, puedes recibir algún tipo de comentario de «es que siempre me toca a mí empezar«.

Ahí tienes que coger a tu pareja y quitarle esas inseguridades de golpe (porque seguramente piensa que o no tienes interés o que ya no le tienes ganas) y explicarle cómo funcionas.

Tenemos que recordar que, al igual que nuestros gustos con la comida o la música son diferentes, nuestra sexualidad también.

Y que no importa tanto quién empiece, sino cogerse con ganas cuando eso pasa.

Mara Mariño

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No eres mala pareja por fijarte en otras personas

En el momento en el que entendí que mi pareja podía fijarse en otras personas sin que cambiara nada, me empecé a tomar nuestra relación de una forma mucho más relajada.

Supongo que los libros y películas que habían llegado a mi vida hasta la fecha, se oponían totalmente a esa idea.

No, si mi novio no tenía ojos solo para mí, es que no era amor verdadero.

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Algo parecido vimos en La Isla de las Tentaciones. Un ofendidísimo Alejandro le recriminaba a Tania que si se sentía atraída por algún otro hombre, es que no estaban hechos para estar juntos.

Como digo, hace unos años podía compartir ese punto de vista. Pero fue un factor el que me hizo cambiar de idea: la seguridad en mí misma.

Si alguien -quien sea- quiere estar conmigo, es porque realmente quiere estar conmigo. Más que nada porque, si se da el caso contrario, tiene toda la libertad del mundo de dejar la relación (lo mismo que yo).

La elección de estar juntos es libre y entenderlo me quitó muchos agobios innecesarios.

Una vez teniendo claro esto y confiando en la otra persona, que aparezcan terceros –respetando el acuerdo entre los dos-, es lo de menos.

Te puede interesar leer: Cómo quiero que me quieran

Mis novios me parecen guapos no, guapísimos. Y de la misma manera que también me fijo en ellos por su aspecto, puedo entender que les suceda lo mismo a otras chicas.

Sé que si salen a un bar con amigos, van a un festival o planean un viaje de trabajo, recibirán atención en algún momento.

Decidiendo que la relación va por delante, lo que pueda suceder en esos casos no pasa de un flirteo.

Y me parece hasta sano tener esa pequeña vía de escape. La inyección de autoestima de que gustas a otra gente te pone la confianza por las nubes.

Puede suceder también que la atracción sea muy grande, es ahí donde debe entrar el razonamiento personal de identificar lo que está sucediendo.

Cualquier conversación o tonteo con una persona nueva va a despertar una serie de emociones que, por la evolución normal de las relaciones, ya no tenemos en la actual pareja.

Se está en otra etapa y esa fase de nervios, emoción, incertidumbre y juego, ha quedado atrás.

Hay que saber distinguir entre que nos haga gracia alguien o si realmente hay algo que nos falte en nuestra relación de pareja (en cuyo caso, lo primero sería solucionarlo). Pero por lo general, esto son solo distracciones momentáneas.

Si te planteas dejar la relación por eso, es probable que, en cuanto vuelvas a ‘acomodarte’, una nueva persona llame tu atención y te plantees lo mismo.

Pero no es señal de alarma que se dé un deseo sexual por alguien más. No cambia la decisión de estar en una relación con alguien.

Al final, todos tenemos ojos en la cara. Que nos resulten llamativas otras personas y que sigamos un poco el juego, no tiene nada de malo.

Mara Mariño

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Cómo quiero que me quieran

Mal, me han querido mal. Me han querido de la peor manera. De la más egoísta, controladora y violenta.

Me han querido de forma que dolía cada segundo de ese -erróneamente llamado- amor.

Me han querido como nunca quiero que vuelvan a quererme.

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Lo he pensado, le he dado vueltas. Y claro que quiero cariño de vuelta.

Pero distinto, del que no haya ningún parecido con la realidad pasada.

Quiero que me quieran a lo grande, a lo fuerte y alocada. Cada vez que esté con ropa de fiesta y en chándal.

Quiero un amor tranquilo como una taza de caldo de mi madre, de ese al que puedo volver a refugiarme cuando la cosa se pone fea ahí fuera. Del que calienta por dentro, como si te abrigaran el corazón.

Quiero un amor libre, libre de escribir cuando quiera, de quedar cuando me apetezca, de salir a bailar a la discoteca, perrear hasta el suelo y decirle que he llegado bien a casa, que me lo he pasado genial, que he pensado en él y que tengo ganas de verle al día siguiente.

Un amor estable, sin idas y venidas ni subidas ni bajadas, que para eso está la montaña rusa del día a día, la ansiedad de la pandemia o la cita médica que llevo postergando.

Un amor fácil, sin dramas, historias, reproches, búsquedas de defectos constantes, prejuicios, traiciones o engaños. Uno transparente como el agua, donde tenga tanta importancia perfeccionar la sinceridad que la manera de follarnos.

Lo quiero a medida, con paseos largos porque la jornada de teletrabajo se hace pesada. Con un táper de pasta en la nevera que me has cocinado porque sabes que voy hasta el cuello.

Un amor de cuidadoen el que te doy un beso en la frente para comprobar si tienes fiebre y me acercas el ibuprofeno porque, del dolor de la regla, no puedo moverme.

Puesta a pedir, quiero un amor de estar durante media hora eligiendo la serie de Netflix para quedarnos dormidos a los cinco minutos. Un amor simple de cada día, del lunes por la mañana al domingo por la noche, lleno de momentos pequeños como prepararte un café porque sé que así te cuesta menos salir de la cama.

Quiero un amor sin frenos por el miedo al compromiso, que avance a su ritmo. Un amor en el que mando saludos para tus padres y tú te quedas durante la sobremesa con los míos.

Ese por el que nos seguiríamos a cualquier parte del mundo. Y donde no me sueltas la mano cuando despega el avión, porque sabes que me da miedo.

En el que hablamos de todo lo que nos hace sentir mal pero de lo que nos hace sentir genial. Donde nos consolamos y nos celebramos cada derrota o victoria como si fuera propia, en el que me llenas de orgullo, te acerco un pañuelo porque necesitabas desahogarte de un momento duro de tu vida o te acompaño al médico porque para ti es más fácil que vaya contigo.

Quiero el amor que me hace sentir que regreso a casa conforme recorto la distancia y me acerco a ti por la calle. En el que te plantas con una galleta en mi portal y me dices que lo sientes, que estabas equivocado.

En el que ganamos mucho más por disculparnos, que estando enfadados. Un amor que sigue porque, creemos que son discusiones, cuando en realidad hablamos.

Un amor que es conexión. Conversaciones por WhatsApp hasta las dos de la mañana. Abrazos infinitos porque ninguno de los dos se quiere marchar. Escupir la pasta de dientes por todas partes porque te pones a bailar. Oler tu ropa a escondidas. Hacerte eso una vez más. Espontaneidad y magia. Amistad.

Mara Mariño.

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‘Green flags’ que tienes que buscar en tu pareja este 2022 (y siempre)

¿Te imaginas que has empezado 2022 con una persona emocionalmente accesible que encima no huye del compromiso y quiere tener una relación contigo?

Si no te ha pasado, este artículo te interesa igual para lo que venga -que más vale prevenir que curar-.

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A estas alturas de mi vida te sé decir de corrido cuáles son las señales de alarma o red flags que me echan para atrás de alguien.

Pero, ¿sabemos identificar las alertas positivas, las que demuestran que estamos ante un buen material de pareja?

En mis años de (des)engaños amorosos, he llegado a la conclusión de que lo que me conquista de una persona es lo siguiente:

  1. Que valide mis emociones. Aunque no las entienda. Aunque se quede pillado porque me ha entrado la llorera por la regla. Que me diga que no pasa nada porque esté triste y que está ahí para apoyarme, secarme el moco gigante que me cae de la nariz o simplemente estar ahí conmigo.
  2. Que se interese por mí de una manera lineal, no que un día me dé conversación y desaparezca los tres siguientes. Que quiera saber sobre mi trabajo, mis gustos, mis sueños o la razón de por qué tengo una cicatriz en el lado derecho de la barbilla.
  3. Que hable bien de su ex. Ojo, no que siga enamorado, pero que sea capaz de ver lo bueno en él (o ella). Que sea capaz de resaltar lo que le aportó como persona y lo que ha aprendido de la ruptura. Si habla mal de todas sus exparejas, corre lejos.
  4. Que tenga tarifa plana de respeto. Que me respete a mí, por supuesto, pero también al resto de personas, ya sean conocidas o desconocidas. Que respete los animales y al medio ambiente.
  5. Que pueda ser yo misma a su lado, sin filtros ni maquillajes. Que me ría tanto que escupa el agua y le haga gracia en vez de montar un escándalo. Que acepte que no comparto postre o que me cambio siempre de ropa tres veces antes de salir de casa.
  6. Que sea capaz de hacer autocrítica. Que reflexione sobre sus comportamientos menos buenos y sea capaz de ponerles remedio. Que no se quede en el «Yo es que soy así» sino en el «Lo tendré en cuenta e intentaré hacerlo de forma diferente la próxima vez».
  7.  Que se abra con sinceridad. Que podamos hablar de cualquier cosa, de nuestros miedos, nuestras inseguridades, las experiencias sexuales pasadas, las relaciones superadas o los traumas que aún gestionamos como adultos de nuestra infancia.
  8. Que tenga una vida fuera de la relación de pareja. Que salga con sus amigos, tenga pasiones en las que yo no tenga cabida y otras que pueda compartir (si quiere) conmigo. Pero que haga sus planes, disfrute de sus momentos sin mí y tenga un espacio propio.
  9. Que trate a sus padres con cariño. Que les hable de buena manera, que les cuide, que se preocupe por ellos.
  10. Que tenga confianza en mí. Total y absoluta. Como la que va a recibir por mi parte. Que si le digo que me voy de fiesta con unos amigos me desee que lo pase estupendamente. Porque sabe que si le digo que quiero estar con él, lo pienso (y siento) de verdad.

Duquesa Doslabios.
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Esta escala del sabotaje romántico te ayuda a entender por qué te cargas tus relaciones

No es hasta la enésima vez que algo falla en tu nueva relación que te planteas que, igual esta vez, no ha sido culpa de la otra persona.

Es más, tienes incluso amigas -esas amantes del psicoanálisis- que están convencidas de que si no encuentras el amor es porque tú te encargas de ponerle piedras en el camino.

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Puedes hacerlo de tres maneras: cambiando de relación cada poco tiempo porque no te parece ninguna lo bastante buena, estar en una relación larga pero sin abrirte emocionalmente o decidir que buscar el amor no es lo tuyo y no establecer vínculos.

Conocerte más en ese sentido es algo que puedes averiguar gracias a la doctora Raquel Peel. Esta psicóloga ha desarrollado la ‘Escala del Sabotaje de Relaciones’ para medir de forma concreta cómo torpedeamos nuestros lazos románticos.

Son 12 comportamientos sobre las formas más típicas de protegerse ante el miedo: estar a la defensiva, problemas de confianza, falta de herramientas a la hora de trabajar en la relación.

La puntuación en la escala puede ayudar a identificar cuáles son los problemas que hay (se mide cada cuestión del 1 al 7: 1 completamente en desacuerdo y 7 completamente de acuerdo).

De esta manera, aquellas que saquen la puntuación más alta son las que revelan cuáles son nuestros asuntos pendientes en la relación y en qué debemos trabajar.

Y es que, por desgracia, tener miedo cuando comienza una historia de amor es algo bastante habitual.

Como explicó la psicóloga al presentar su escala «si estamos enamorados, somos vulnerables. Puede que las cosas no salgan bien y terminemos sufriendo».

Asumir que pueden rompernos el corazón es la cara B del amor.

Lo bueno de esta escala es que es un buen punto de partida para identificar por dónde empezar a sentarse a hablar con la otra persona.

¿Te apuntas a hacerla con tu pareja?

1. Me culpan injustamente de los problemas en mi relación.
2. Muy a menudo me siento incomprendido/a por mi pareja.
3. Siento que mi pareja me critica constantemente.
4. Mi pareja me hace sentir inferior.
5. Me molesta la cantidad de tiempo que mi pareja pasa con sus amistades.
6. Creo que para que mi pareja esté a salvo, tengo que saber dónde está.
7. Siento celos de mi pareja.
8. A veces compruebo los perfiles de redes sociales de mi pareja.
9. Cuando me doy cuenta de que mi pareja está molesta, no intento ponerme en su situación para entender su punto de vista.
10. No suelo encontrar soluciones y trabajar en los problemas de la relación.
11. Si estoy equivocada/o sobre algo no se lo admito a mi pareja.
12. No me gusta que mi pareja me diga las cosas que tengo que hacer para mejorar la relación de pareja.

Duquesa Doslabios.

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Ideas que puedes probar en la cama desde ya para salir de la rutina sexual

Novedad, qué bonito nombre tienes. Sobre todo cuando se relaciona con la cama.

Por mucho que intentemos evitarlo, somos animales de costumbres. Las dinámicas y la rutina se cuelan en nuestra vida sexual estancándola.

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Pero evitar que, por tercera vez en esta semana, terminemos en el ‘misionero’ de siempre, podemos variar un poco la experiencia.

Tener una vida íntima divertida en la que no falten las sorpresas es algo que nos une a la mayoría.

Según los datos del Barómetro de Control, 8 de cada 10 jóvenes españoles participantes en la encuesta respondieron que le gustaría probar cosas nuevas en la cama.

Podríamos echarle la culpa a la pandemia y a que el 63,2% de los encuestados dijeron que tenían menos sexo que antes.

Pero lo cierto es que la monotonía ya era algo que existía antes del Covid-19. Y, para combatirla, te dejo algunas ideas:

  1. Cambia de lugar: tanto físico como geográfico. Atrévete a salir del clásico camino y recorre otras zonas que ni sabías que podían resultar eróticas. Fuérzate a salir de la cama y echa ese polvo encima de la lavadora que tanto has visto en la nueva temporada de Valeria. Vete de viaje y déjate llevar en la playa (cuidado con los mirones). Y, si no tienes vacaciones, espera a que esté bien entrada la madrugada y cuélate en el ascensor para echar uno de esos rápidos -entre el miedo de ser pillados y la gracia por la incomodidad de tener sexo en un metro cuadrado.
  2. Las fantasías están para cumplirlas: la ola de calor parece la excusa perfecta para tener la casa bien aireada y aprovechar el aire que corre en sitios como la terraza y, de paso, arriesgarte a que te pillen los vecinos. Di lo que te gusta, una sesión de BDSM, sexo en la piscina o juegos de rol, y planea cómo ponerlas en práctica. Solo con pensarlo irás calentando el terreno para cuando llegue el momento.
  3. Coge toalla, crema, mucha agua y vete a una playa nudista: no hay nada como liberarte de la imposición de la ropa para sentirte más libre que nunca. Ver a tu pareja en la misma situación, y rodeados de personas en pelota picada, se convierte en una experiencia muy excitante. Aprovecha la intimidad que dan esas rocas delante de la cala salvaje para tocarle. Sin bañador ni bikini de por medio, todo está mucho más a mano.
  4. Y si el nudismo no va contigo, hazlo con ropa. Pero no con cualquiera. Más allá de echar ese polvo urgente en el que parece que no hay tiempo de esperar a bajarse los pantalones ni a sacarse las bragas por las piernas, puedes convertirlo en un fetiche. Un vestido de largo intermedio que tengas que remangar o abrir su camisa y utilizar los extremos para empujarle hacia ti son dos buenas alternativas si quieres añadir variedad.
  5. Sal de las posturas de siempre, esas que tiendes a repetir porque siempre funcionan. Improvisa. Sube una pierna, baja la cabeza, ponte bocaabajo en el 69 vertical o busca en Google la lista de posiciones del kamasutra y vete a una por día. Puede ser una buena forma de descubrir penetraciones más profundas o de ver a tu pareja desde otra perspectiva.
  6. Echa uno rapidísimo. En tiempo récord. Sin pensarlo ni darle vueltas. Prepara el preservativo y ponte a ello. El sexo produce más ganas de sexo, así que es una forma de asegurar repetir más adelante (y quizás incluso con más tiempo).
  7. Pasa una noche fuera. Por mucho que innoves entre las sábanas, hay algo que no cambia: tu cama sigue siendo tu cama. Misma forma, mismo cabecero, mismas patas, misma orientación… Una escapada a un hotel, a un apartamento o incluso de acampada es perfecta para salir del entorno conocido.
  8. Vídeos eróticos para subir la temperatura: que cada uno escoja una película que le guste. Podéis verla en compañía y, como diría Rigoberta Bandini, «a ver qué pasa». Es la ocasión perfecta para que busques un vídeo que se ajuste a tus gustos sexuales o para dejarle caer un fetichismo. Además de excitaros viendo el vídeo juntos, ¿por qué no intentar ponerlo en práctica mientras tanto? Puede daros un sinfín de ideas.
  9. Mastúrbate mientras le miras hacer lo mismo. Se me ocurren pocas cosas tan íntimas como entrelazarte con la mirada de otra persona en el momento que estás a punto de explotar de placer (o incluso dejarte llevar por el orgasmo sin despegarse las pupilas). El reto es el de convertirte en voyeur y excitarte con su imagen a la vez que hacen lo mismo contigo. Requiere mucha confianza y quitarse muchas presiones de encima -como la forma en que te masturbas que no se ajusta demasiado a lo que ha visto en el porno-. Una vez lo consigues, además de clímax asegurado, notarás que estáis más en conexión que nunca.
  10. Cambia la franja horaria: todos tenemos un momento del día que, por unas razones o por otras, se convierte en nuestro favorito. Puede ser nada más despertarse de una siesta de varias horas o justo antes de ir a dormir. Lo importante es que le des un giro al reloj sexual y busques la ocasión cuando menos parezca encajar. Que se despierte en plena madrugada por una ejecución de premio de sexo oral o pon la alarma un poco antes para empezar el día con un buen chute de serotonina. No falla.

Duquesa Doslabios.

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Por qué no deberías enamorarte en verano

Pillarse da miedo. Hacerlo en verano es deporte de riesgo.

A ver quién le explica a esas ganas de juntarse que la otra piel está a kilómetros. Da igual si son los 9.471 que dividen Barcelona y Oaxaca o los 93 que separan Madrid y Villacañas, en Castilla-La Mancha.

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Porque solo se entiende una distancia: la nula.

El circuito cerrado de la cabeza se regodea en esos instantes en los que parecía que por delante estaba todo el tiempo del mundo.

Tanto que te podías permitir el lujo de perderlo. Lo que darías ahora por volver a esa tarde calurosa, buscando un ápice de sombra, donde poder degustar una barra libre de besos.

En vez de eso, es meterte cada dos por tres en su conversación de WhatsApp solo para ver si aparece el «en línea», mejor calmante para los nervios que cualquier ibuprofeno.

No ya porque conteste el último mensaje que lleva horas en el limbo del ‘Visto’, sino por saber que está bien, que sigue ahí, al otro lado.

Que quien tanto te fascina y te puede no es fruto de una elaborada fantasía.

Es real, volverá, te repites como una cantinela. Suena tanto en tus pensamientos como una pegadiza canción del verano.

Esa que has decidido sustituir voluntariamente por un tema melancólico de Vance Joy o Lana del Rey, que no hace otra cosa más que sumirte en el bucle de seguir echando de menos.

Ojalá nadie se enamorara en verano. Ojalá no encontrarle en cada rincón del viaje: en el verde claro que conecta con sus ojos, en las conversaciones donde sacas a relucir su nombre de manera casual -como si pudiera acercaros-, en los sitios que querrías compartir cogiéndole la mano y en cada vivencia que podría convertirse en un recuerdo.

Ojalá no pasar las noches dando vueltas por el calor buscando los últimos retazos de su olor en la almohada.

Sí, pillarse en verano da el doble de miedo que hacerlo en condiciones normales.

Porque es fácil olvidarse cuando alguien se lo está pasando todo el día tan bien por su cuenta, porque se puede cambiar de idea, decidir que es mejor seguir recorriendo el camino en solitario o incluso querer otra compañía en algún momento.

Y precisamente, por atemorizarnos hasta la médula, no deberíamos dejar de hacerlo.

Lo más valiente es seguir el corazón, incluso cuando no parece el tiempo más apropiado, el lugar ni la ocasión. Porque igual hay algo que sí es (o apunta maneras de ser), la persona.

Duquesa Doslabios.

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El amor líquido o por qué todas tus relaciones fracasan

Una y solo una. Esa es la cantidad que corresponde a las veces que he estado enamorada en mi vida. Y qué vez.

No me mal interpretes, con esto no quiero decir que la ponga por las nubes y crea que sea imposible llegar a igualarla, pero sí que quiero volver a sentir esa fuerza visceral, esa emoción, la ternura inmensa de verle dormido en el sofá y la certeza de que si necesitara un riñón, serías la primera de la fila.

Pareja dándose un beso

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Va a ser de todo menos fácil. Lo estoy comprobando desde ya. Quizás porque fantaseamos con el amor idílico como concepto, publicamos textos profundos sobre él en Instagram y creemos que, la siguiente persona, va a ser la que nos haga volar.

Para que luego se quede más reducido que la copa de cava cuando se le han ido las burbujas de gas.

No hay día que no compruebe que los millennials somos la generación de las relaciones líquidas.

Queremos todo lo bueno de estar en pareja: los planes divertidos, el sexo salvaje, los mimos, compartir esa porción de tarta, tomar unas cañas -a la segunda invita el otro-, mandar memes por Whatsapp, avisar de que estás con el humor algo por los suelos, dejarnos cuidar.

Pero llega el momento de hablar, de quedar una tercera o cuarta vez cuando aparentemente todo iba normal, y sin saber por qué, desaparece (el ghosting de manual).

Es triste que conociendo a alguien no podamos dejarle un libro, la camiseta o el cepillo en su casa (es probable que en poco tiempo no vuelvas a verlas).

Ni siquiera llevaréis lo bastante conociéndoos como para que se esfuerce en devolverlas, sencillamente le dará igual.

Llega la tecnología, esa que decimos que nos ha cambiado la vida (aún queda decidir hasta qué punto para bien y hasta cuál para mal) y cambiamos nuestra forma de relacionarnos, la manera de ligar

Nos hemos especializado en crear conexiones, muchísimas. Nuestra estrategia es mantenernos en contacto, sí, pero siempre desde una distancia prudencial.

Cada vez más sumidos en un círculo de relación estrella fugaz. Es intensa, emocionante y de película, pero es breve y pasa rápido. Parpadeas un par de veces y ya no está el match en la aplicación, toca volver a hacer swipe.

Si los expertos se refieren a las nuestras como las relaciones líquidas es porque nuestros vínculos, de la misma forma que el agua, son maleables y se escapan entre los dedos.

La satisfacción momentánea manda, el estímulo, el ahora, que después ya no interesa. En cuanto ha pasado no solo ha quedado atrás, es como si se hubiera olvidado.

Somos más individualistas que nunca, nos gusta viajar, tomar ese brunch el domingo con la amiga, el grupo de los de siempre yéndose de casa rural.

Vale que a nuestros padres les gustaba también el ocio, pero eran menos reticentes que nosotros a la hora de renunciar a él.

Te propongo un reto, vete a un círculo de veinteañeros casi treintañeros y pregunta quién tiene pensado, en los próximos cinco años, casarse o tener hijos.

Es habitual que encuentres respuestas evasivas, que aún somos muy jóvenes, nos queda mucho por vivir, viajar, experimentar.

Y esa falta total de significado y compromiso nos vuelve incapaces de crear relaciones reales. Con contadas excepciones, claro.

Duquesa Doslabios.

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Si estás conociendo a alguien, ¿te gustaría pedirle referencias a sus ex parejas?

Conocer a alguien por primera vez, esa fase en la que emoción y miedo van de la mano. Emoción por lo que pueda venir, por un sentimiento que puede empezar a cocinarse a fuego lento, por la felicidad de sentirse con ilusión de nuevo.

Y miedo, por supuesto, miedo de lo que puedes encontrar si sigues escarbando un poco más. Miedo de que no sea quien dice que es.

Porque sí, en las primeras citas somos todos maravillosos, el match perfecto, el amor de nuestra vida, la pareja ideal.

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¿Sería un punto a favor, puesta a fantasear, que pudiéramos pedir referencias a sus exparejas antes de seguir conociéndole?

De la misma forma que la empresa que nos entrevista para ese puesto -para el que nos consideramos la persona más idónea, dicho sea de paso- tiene la opción de ponerse en contacto con nuestros antiguos trabajos, ¿qué pasaría si fuera normal una llamada telefónica con sus ex y preguntarles cómo fue su experiencia juntos?

Pensando en mí, en lo que dirían ellos, me doy cuenta de que depende mucho a quién le preguntes.

En general, podrían coincidir en que soy detallista, cariñosa, con corazón de niña, muy entusiasta y que no sé estar quieta por mucho que lo intente.

No todo serían cosas buenas, claro. De la misma forma, bien podrían decir que tengo cierto punto de adicción al trabajo, que soy cabezota hasta niveles insospechados, que raras son las veces en las que doy mi brazo a torcer y tardo mucho en ver que me he equivocado.

De mí destacarían que soy explosiva, como el champán, que rompo a mi paso y me enfado rápido (aunque también se me pasa a la misma velocidad).

Que me agobio, que tengo inseguridades, que me preocupo por todo y me rayo bastante la cabeza, son otros ejemplos que entrarían en la lista de cosas menos buenas.

Pero sí quiero pensar que la mayoría de ellos recomendarían ‘contratarme’ como posible futura pareja.

En cuanto a lo que preguntaría, lo tengo claro: si es sincero, si es atento, si deja espacio…

No faltaría en esa llamada con su ex la duda con bandera roja que ya soy incapaz de pasar por alto, si es controlador o celoso.

Qué relación tuvo -si se dio- con la familia política, si tiene buenos modales, si es empático o si es un punto de apoyo (como firme creyente de las relaciones que funcionan como un equipo, esto me parece fundamental.

Pero también averiguar cómo enfrentaba los malos momentos: las discusiones, cuando se atascaba la rutina o cuando los ánimos estaban más bajos.

A fin de cuentas, lo bonito ya vamos a verlo en las citas. Y saber las opiniones de quienes han compartido vivencias y sentimientos, nos ahorraría mucho tiempo.

Duquesa Doslabios.

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El amor de tu vida, ni uno ni para siempre

Ayer, mi primo de 19 años nos decía que por qué no iba a ser su primera novia la persona con la que estaría siempre. No sería el único en encontrar el amor a esa edad.

Que algo no sea frecuente, no significa que no pueda pasar. Pero claro que su pareja de la universidad podría convertirse en su futura esposa o la madre de sus hijos. Es algo que el tiempo dirá.

DEREK ROSE

Hasta hace poco, yo no tenía dudas de que, como si del número del DNI se tratara, solo nos correspondía una única persona.

O más bien que todo lo que no fuera con quien acabaras tus días, no podía llevarse el título de ‘el amor de tu vida’.

Querer es algo tan grande y se nos da tan bien, que verlo de una forma tan limitada y exclusiva es como si solo pudiera dar por válidas las amigas que me aguanten cuando ya sea viejecita.

Precisamente es sentir amor por esas personas lo que las convierte en los hombres o las mujeres que han dejado huella sentimental.

Tanto vale quienes han estado 15 años juntos y se han divorciado este último tomando caminos separados, el que tiene un hijo en común con su expareja, quien tuvo un flechazo que quedó en la adolescencia o quien solo fue un amor de verano. Son también merecedores del calificativo.

No es ni el tiempo ni el grado de relación que alcanzamos. Es la intensidad de los sentimientos aquello que las distingue.

Habrá quien tenga uno, quien lleve dos o quien multiplique esa cantidad por cuatro. Lo importante es que forman parte del corazón.

Son personas que han puesto nombre y apellidos a los latidos de un periodo de nuestra vida. Ni hacen menos válidas a las anteriores ni significan que, a partir de ellas, nadie vaya a igualarlas.

Simplemente serán diferentes e irán ocupando su sitio en la memoria, como las perlas -de esas que nunca hay dos iguales-, que van colocándose sucesivamente engarzadas en un collar.

Nuestros grandes amores están ahí, los llevamos puestos y escritos en la piel como parte de nuestra historia. Y es lo que aprendemos de quererlos, de dejarlos ir y de ilusionarnos por alguien nuevo lo que hace que también pulamos las emociones y practiquemos no ya tanto el querer, sino el hacerlo bien y de una forma sana y libre, hasta el fin de nuestros días.

Duquesa Doslabios.

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