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El machismo del ‘sugar dating’ o por qué quieren que nos gusten hombres mayores

Si parecía que, a estas alturas, no podían llegar más páginas web para ligar por internet, las de sugar dating cada vez están más en alza en España. Para quienes desconozcan el término, consiste en poner en contacto a un hombre mayor, presumiblemente de alta posición social o económica, con una mujer joven a la que pasaría una asignación mensual o facilitaría un estilo de vida, que, en principio, sería inalcanzable para ella.

SUGARDATERS FACEBOOK

El olor a gato encerrado es difícil de esconder, aunque se le haya puesto por encima una gruesa capa de azúcar, que es lo que intentan quienes están detrás de estas páginas de contactos.

Sobre todo cuando, uno de los principales argumentos que esgrimen para legitimar el sugar dating es criticar duramente que se juzgue que una mujer pueda buscar a un hombre de una posición alta hasta el punto de considerarlo machista.

Claro que estamos en un momento social en el que gozamos de más libertad que nunca, claro que una mujer es libre de salir, relacionarse y divertirse con quien quiera pero, ¿es ese el verdadero dilema de estético de citas o más bien una cortina de humo que pretende desviar nuestra atención mientras realizan el truco a nuestras espaldas?

Y es que sí es machista el hecho de considerar que las mujeres somos un objeto. Porque por mucho que la web hable en general de mujeres cuando se refiere a sugar babies, lo cierto es que se encuentran entre los 18 y los 27 años. Es raro encontrar candidatas pasada esa edad porque a los propios sugar daddies no les interesa.

Es machista de manual cosificar, tan machista como el A mí me gustan mayores o todos esos refranes que buscan perpetuar la idea de que la mujer parece estar más predispuesta a relacionarse con un hombre que supere con creces su edad que a fijarse en los de su entorno.

Este es el principal beneficio de los usuarios, que pueden acceder a una red de contactos de mujeres jóvenes que, en el caso de tener más años, no les producirían ningún interés. Pero, ¿qué significa que busquen juventud antes que experiencia, madurez o una persona con una vida semejante?

No ya solo el físico, sino una relación sexual que, de otra manera no podrían tener. Y solo hace falta una búsqueda rápida en internet para descubrir en capturas de conversaciones que el sexo es el objetivo de la mayoría de sugar daddies. Es decir, acceso a la cama a cambio de un estilo de vida de lujo o de dinero. ¿No os suena de algo? Yo os ayudo. Empieza por “P” y acaba por “rostitución”. Por tanto sí, sí es machista proponer este servicio.

Es especialmente revelador que un porcentaje íntimo de los sugar daddies sean mujeres, lo que demuestra dos cosas: en primer lugar la existencia del techo de cristal -la dificultad que tenemos por llegar a un nivel socioeconómico por la discriminación en el entorno laboral- y, en segundo lugar, que es un servicio pensado en su mayoría por hombres.

“Todos y todas pueden dar el braguetazo”, encuentro en una de las webs de este tipo de citas, una frase ante la que no puedo evitar soltar una carcajada. Quizás en el mundo ideal de fantasía de los creadores de estas páginas sí, pero no en la vida real.

La diferencia entre la proporción de hombres y mujeres, en uno y otro lado, habla por sí sola, y lo que revela es que esto, más que un braguetazo, es una vía de prostituirse muy maquillada con términos como sugar baby.

Encontrar que quienes lo defienden llegan incluso a ondear la bandera del feminismo (en la dirección del viento que les interesa, claro) no deja de sorprenderme. Ya que es una aparente lucha por la libertad de que (solo) las mujeres más jóvenes puedan apuntarse y convertirse en el cebo cárnico de sus clientes sin ser estigmatizadas.

El objetivo del sugar dating no es empoderar a la mujer, el objetivo es tener la suficiente variedad de candidatas como para que los clientes paguen las cuotas mensuales que les permitan acceder a ponerse en contacto con todas ellas.

Que los beneficios sean por parte de los clientes, que acuden en busca de juventud y barra libre de sexo por su nivel de vida, promueve no solo el estereotipo de que como hombre, ‘tienes derecho’ a tener sexo con quien quieras -hasta con mujeres a las que doblas la edad que, de otra manera, no tendrían interés en ti-, sino el tópico que tu valor reside en tu cartera, y que cuanto más grande mejor. No necesitas nada más para impresionar.

Pero también mantiene la tóxica idea de que las mujeres, desde muy jóvenes, tenemos un precio. Solo hay que estar dispuesto a pagarlo en efectivo o en forma de exclusiva suite de París. Pero, un momento, aceptar que tengan derecho sobre nuestros cuerpos, derecho que no se concedería si no fuera por estas páginas de contactos, ¿no es mantener la cultura de la violación?

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

Segundas partes nunca fueron hasta que son

(Si prefieres escucharlo leído por mí, dale al play)

“Segundas partes nunca fueron buenas” me digo mientras se hace de día en la habitación del hotel. Ese tan ridículamente caro por el que hemos pasado tantas veces por delante soñando con que, algún día, nos alcanzaría para una noche memorable entre sus sábanas. Y vaya si lo ha sido.

PIXABAY

“Segundas partes nunca fueron buenas” pienso mientras recorro con la mirada tu silueta, que altera la forma de la cama. Que me pide volver a perderme en ella y olvidarme de que existe una salida de ese laberinto que encuentro cuando empiezo a besarte la espalda y pierdo la noción del tiempo y del espacio.

Pero es que “Segundas partes nunca fueron buenas” me repito cuando desayuno el chocolate de tus ojos acompañado de un yogur artesanal y una rebanada de pan con tomate. Ahora entiendo lo elevado del precio. Aquella primera comida se merecía al menos un cometa, que el hotel ya cuenta con las cinco estrellas.

“Segundas partes nunca fueron buenas” pero qué culpa íbamos a tener de que después de meses sin vernos hubiera nervios a flor de piel, piel que no sabe cómo portarse por los nervios, que volvieran a escaparse sonrisas incontenibles a la mitad de un ceño fruncido, de que se te fuera el santo al cielo y la mano a mi pantalón, como tantas veces antes, por una de las calles de Malasaña. Esas que vieron la primera cita de verdad.

No fueron buenas, no. Pero el tiempo separados volvió a desvanecerse. Se me había olvidado lo difícil que era resistirse a tus miradas infinitas y al olor de tu cuello, no el de tu colonia, no, sino el auténtico.

Y así fue como dejé de echar de menos tu espontaneidad y tus expresiones tan de un pueblo de algún lugar de La Mancha de cuyo nombre siempre voy a poder, y querer, acordarme.

“Parecía nada y sin embargo aquí estamos” dice la canción que llevamos desde entonces escuchando. Porque dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero igual es que aún no conocían la nuestra.

Duquesa Doslabios.

¿Has sufrido Tindstagramming?

Todos hemos usado Internet para ligar, todos. Y quien esté libre de pecado que niegue haber dado nunca un like con segundas intenciones.

GTRES

Hace diez años, el ligoteo se daba a través del Messenger, con esas conversaciones tan llenas de emoticonos que hacían las palabras innecesarias, con los zumbidos urgentes que seguían los apremiantes “cnt” o “ctxt” y con abreviaturas que harían las delicias de cualquier desencriptador.

Después pasamos a las redes sociales, a Tuenti, Facebook, Instagram y esos “Me gusta” que en realidad significan “Me da absolutamente igual lo que publiques porque quien me gusta eres tú“.

Es algo tan natural y a lo que estamos tan acostumbrados que ya nadie se sorprende cuando te dicen que dos personas se han conocido en la red, especialmente desde el desarrollo de aplicaciones como Loovoo, Tinder, Happn, Meetic… o un sinfín más de juegos de palabras en inglés convertidas en los nuevos puntos de encuentro en la era 2.0.

Algunas, como es el caso de Tinder, te permiten enlazar tu cuenta de Instagram con el perfil del programa, lo que significa que se da acceso a las imágenes de la red social y permite a los que ven tu perfil conocerte más allá de la información que se escriba en la aplicación.

Sin embargo, hay ciertos usuarios que, no contentos con el unmatched (cuando el otro usuario decide que no está interesado y elimina a esa persona de la lista de usuarios que pueden verla o mantener conversación con él o ella) deciden salir de la aplicación e iniciar conversaciones en Instagram, llegando incluso al punto de, en algunos casos, insultar a la persona por no haberle dado la oportunidad de conocerse.

Esto, además de demostrar la incapacidad de más de uno (o de una) de no aceptar un “no” por respuesta, es una falta de respeto hacia la voluntad de la otra persona y algo que demuestra que no se tiene mucho amor propio a la hora de forzar una conversación, que por uno de los lados no es deseada, de esa manera.

No olvidemos que una cosa puede ser insistir y otra muy diferente acosar. Y me temo que los hay que tienen los conceptos mezclados.

 

¿Han muerto las primeras citas?

Pido un minuto de silencio. Pero uno de esos de verdad que se hacen ínfimos de lo que te concentras en el motivo por el cual lo guardas.

Pido un minuto de silencio por todas las primeras citas que ya no se organizan. Algo que ha pasado de ser tan habitual, que ni reparábamos en ello, a ser calificado como especie en extinción.

50 PRIMERAS CITAS – INSTAGRAM

Y yo, que no soy de mirar hacia otro lado, que me gusta señalar pecado y pecador, lo achaco, en primer lugar, a la pereza que nos entra por esforzarnos en conocer a una persona, de invertir nuestro tiempo en ella. De escuchar con atención. Porque nos hemos vuelto vagos en el amor y en las relaciones en general. Queremos todo masticado y fácil, para que no se nos atragante. Lo queremos más que rápido, inmediato, si puede ser para ayer, que si tenemos que esperar puede que nos deje de interesar.

Es por eso que le echo la culpa también al pragmatismo del que hacemos gala y que se ha convertido, si bien en una ventaja en el ámbito laboral, en un lastre para el emocional. Porque si ya es difícil competir para hacernos un hueco como profesionales, ¿cómo podemos combatir contra un teléfono que en cuanto sea desbloqueado mostrará solicitudes de amistad, likes, mensajes privados y gente, en general, como nunca antes a nuestro alcance?

Conocemos a tantas personas que fácilmente hemos duplicado o triplicado la cantidad de primeras citas que pudieron tener nuestros padres. Conocemos a más personas pero las conocemos menos, lo que hace que no nos queramos esmerar tanto para una primera cita ya que se sucede varias veces al mes. Ahora tiramos de la que es ya la habitual, común y ordinaria pregunta: “¿Te apetece que nos tomemos unas cervecitas?”, o incluso para los más directos “¿En tu casa o en la mía?”

Pero quiero reivindicar, en mi nombre y en el de aquellos que nos preocupa que ocurra esta extinción masiva, esas primeras citas especiales más allá de un encuentro en el bar de la esquina. Esas para las que, para empezar, analizabas meticulosamente cada detalle de una conversación para sacar, quizás mencionado entre líneas, las aficiones de una persona que podían ser una pista para organizar un encuentro único y característico.

Aquellas para las que te preparabas a conciencia, como si solo tuvieras esa oportunidad para dar una buena impresión. Esas en las que, si era sorpresa, no sabías ni dónde empezarías ni dónde terminarías la velada. Reivindico una primera cita con un significado detrás, porque él o ella quieren compartir, en concreto contigo, ese momento y ese lugar.

Que vuelvan las primeras citas, lo románticos las estamos esperando con ganas.

Duquesa Doslabios.

A veces las segundas citas son las mejores

Querd@s,

Tras el monumental batacazo con el terror de las nenas (sin duda la peor cita que he tenido en mi dilatada experiencia de citas a ciegas) conocí a Jaime, todo un gentleman. Sabía que toparme con alguien peor que el informático era estadísticamente imposible y demasiado para el body, pero Jaime superó sobradamente mis expectativas. Todo hay que decirlo, yo estaba acojonada y a Dios rogando y con el mazo dando mientras pensaba en la joyita que me podía caer teniendo en cuenta la patética suerte que me había tocado otrora.

Pero esta vez tuve suerte. Jaime era, y sigue siendo, un tipo con clase, educado, simpático, guapete y además de mi mismo pueblo. La bella Jávea. Aunque cada uno es de su padre y de su madre, con Jaime conecté enseguida. Hubo química, buen feeling y lo cierto es que la cita se me pasó volando. Hablamos como lo hacen las personas normales, la conversación fluyó desde el principio, ninguno de los dos tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para mostrar interés por la vida del otro, y me di cuenta de que teníamos tantas cosas en común que la cita me supo a poco.

Además esta vez si pude probar el postre, que estaba de rechupete. Gracias Jaime por el buen rato que pasamos juntos. Me hizo olvidar con creces el mal trago del día anterior y pensar que, a veces, las primeras citas son las peores. Y las segundas, las buenas.

Como ya les he comentado, actualmente me encuentro en Chicago hasta nueva orden. Pero una paellita en el pueblo donde los dos pasamos los veranos no nos la quita nadie.

Diganme que les pareció la cita. ¿A que Jaime mola? No me defrauden y sean sinceros plis. Como siempre.

Aunque en el restaurante de Primeras Citas lo de menos es la comida, les animo a que si están solteros y sus corazones abiertos a encontrar el amor, se sienten en una de sus mesas desconociendo por completo con que partenaire les va a tocar compartir mantel y velada. Y que se dejen llevar en esta especie de ruleta rusa del amorPor malérrima suerte que tengan con la cita que les caiga en gracia, les aseguro que, al menos, se lo pasarán bien. Que no se lo tengan que contar.

Que follen mucho y mejor.

Mi cita con el terror de las nenas

Querid@s,

Nuestro paso (el de Víctor y mío) por el programa de Primeras Citas  (#FirstDatesha dado de qué hablar. Tengo un buen amigo con el que acabo de hablar que hasta me dice que entre tanta cita romántica en la que todo eran risas, jolgorio y buenos modales, la de Víctor y la mía, fue una cita que, como poco, dejaba un desagradable sabor de boca. Como cuando uno se come un limón y no le queda otra que poner cara de pocos amigos y de puro asco.

Está claro que lo que mal empieza, bien no puede terminar. Y les confieso que no fue para menos. No me dedicaré a meterme con él. Creo que las cosas caen por su propio peso y que con su actitud lo dijo todo. Sé que algunos pensarán que yo también tengo lo mío y no les quito razón. Pero nadie es perfecto, ni siquiera ustedes. En mi defensa sólo puedo decir que fui yo misma e intenté ser lo más educada posible. Hasta el postre. Me quedé con ganas de hincarle la dentadura, pero a esas alturas del fatal desencuentro, la velada comenzaba a resultarme del todo insoportable, aburrida y mi acompañante, abyecto y bastante anodino. Torrente a su lado, un perfecto caballero.

Si esa cita hubiera tenido lugar sin cámaras y en un contexto normal, ya les aseguro que servidora se hubiera esfumado en el preciso momento en que el informático hizo su estelar entrada en el restaurante. Para los que se lo pueden preguntar, les confirmo de antemano que yo no estaba ahí para buscar novio. Entre otras cosas, porque esas cosas no se buscan. Yo estaba ahí para pasármelo bien, para conocer gente y probar suerte en esto del amor vía un programa de televisión. También a hacer televisión, con mejor o peor suerte– y a intentar darme a conocer, pues a mis treinta y cinco primaveras sigo diciéndole a mi madre que quiero ser artista. Y también a intentar que sean más los lectores que se dejen caer por este blog que siento mi casa.

Por si no quedó revelado en el programa, antes de la cita- según él mismo me afirmó ni corto ni perezoso- había amenizando su velada bebiendo birras con un colega en el parque y que a él las morenas no le gustaban, preferencia que ya había comunicado de antemano al programa y no entendía porque no había ahí una rubia para él. Comentarios zafios inundaron nuestra maravillosa velada. La verdad es que me lo pase hasta bien, pero me dio pena ver cuan profundo puede descender la condición humana con tal de dar de qué hablar.

Lógicamente no sale todo, pero “mi cita” me deleitó con comentarios tan ofensivos que entiendo que la cadena ha decidido omitir. Pero echando mano de aquel refrán manido pero escrupulosamente certero, no ofende quien quiere, sino quien puede. No les entretengo más por hoy. Sólo espero que nadie se encuentre en la fastidiosa tesitura de compartir un desencuentro con un@ señor@ de semejante calaña. Ni siquiera en la televisión.

Resultó que inmediatamente despues de la fatídica cita, los reponsables del programa me dijeron que mi cita verdadera se habia puesto enferma justo antes de que comenzara la grabacion y que el terror de las nenas era el sustituto. Se disculparon conmigo y me confesaron que se habían equivocado con él, a pesar del casting que sí realizó. Fueron muy amables y me pidieron que me quedara un día más y que al día siguiente tendría la cita con el chico que habían buscado ex profeso para mí. Así tuve la oportunidad de probar suerte una vez más en esto del amor y me atreví con una segunda cita a ciegas. Lógicamente infinitamente mejor que la del informático. Ni a la suela de los zapatos le llegaba el terror de las nenas al caballero que tuve el placer de conocer al día siguiente. Por si les apetece, se emite este jueves, o viernes. Ya les contaré…

Que follen mucho y mejor.