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¿Mis mejores citas? Las menos parecidas a una ‘de película’

A diferencia de lo que Hollywood podría haberme hecho creer, mis mejores citas no han sido montada en un descapotable con los brazos al viento o tirándome champán sobre el cuerpo en un jacuzzi.

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La preferida, hasta la fecha, fue recibiendo el día, a las cinco de la mañana, por un parque de Madrid desde el que se veía mi ciudad como si se tratara de un cuadro puntillista.

Con brillos que titilaban en lo lejos allá donde se podían distinguir la Gran Vía o la Almudena solo a la vista de nosotros dos, como si nadie más existiera en el mundo.

Grandes citas han sido en coche, recorriendo las calles durante horas, porque hacía demasiado frío para andar.

Sin sospechar en aquel momento que aquello podía ser considerado cita romántica, se convertiría en una de mis favoritas con Hit FM como banda sonora y semáforos que marcaban excusas para besarse continuamente.

En los primeros puestos, no puede faltar la que pasé sentada en una plaza de Malasaña. Con un batido de frutas en la mano y una buena conversación en la boca que terminó, aún no sé cómo, en la cama de un hotel.

Y sí, el desayuno estilo continental era maravilloso, pero aquel reencuentro junto a mi balcón favorito de Velarde no tuvo precio.

Otra de ellas no necesitó flores, bombones, una lista de reproducción personalizada, ni un plan demasiado elaborado.

Solo un horno y un pescado marinado en un piso universitario -donde la limpieza brillaba por su ausencia- pero la frase “Me gustas” relucía por todos los lados.

Con esto digo que no sea exigente con las quedadas, pero sí que mis favoritas hasta el momento no han necesitado de mucho, solo de la persona adecuada.

Duquesa Doslabios.

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¿Era necesario que Tinder añadiera el botón del pánico?

El mundo de las citas es escalofriante de por sí. Un mar digital donde la mitad de los peces desaparece al poco tiempo o, si tienes la suerte de quedar con alguien, puedes dar con el que insiste en tocarte como si no supiera qué es eso del espacio personal.

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En el peor de los casos, encuentras al misógino de turno que insiste en que todas sus ex novias eran unas locas y se dedica a destriparlas o, todavía más grave, das con alguien que te gusta para no volver a saber nada nunca.

Y eso si tienes la suerte de que te toque una persona ‘normal’ (aunque lo de manosear constantemente no es algo que metería en esta categoría).

Pero también están los casos de citas que se tuercen, de esas en las que el instinto te dice “Sal de aquí. Ahora”, o de las que, por mucho que te lo diga, algo te impide irte.

Para esos casos, Tinder ha añadido un botón del pánico que pretende alertar a los servicios de emergencia que, por ubicación se encuentran más próximos al lugar desde el que se manda el aviso.

Pero, ¿qué significa que los de la aplicación hayan llegado a la conclusión de que necesitamos esto? Y, sobre todo, ¿para quién está pensado?

La respuesta es bastante fácil. Solo hay que leer las noticias o ir a las estadísticas oficiales (en 2019, 35.000 mujeres denunciaron violencia de género o agresiones sexuales en España), por lo que no quedan dudas de a quién tratan de proteger este tipo de medidas.

Al final, el botón vendría a ser una versión perfeccionado de lo que nosotras llevamos tiempo haciendo, cuando antes de una cita, o en medio de esta, le mandamos la ubicación a una amiga. Para que no tenga que utilizarla, esperamos.

Por supuesto que la seguridad es importante y que todos merecemos un entorno seguro en el que poder relacionarnos.

Mi pregunta es por qué tanto esfuerzo en proteger a quien puede ser susceptible de vivir este tipo de situaciones -de las que necesita una vía de escape-, en vez de atajar de raíz los comportamientos de los que hay que pedir ayuda.

Al final, seguimos haciendo lo de siempre y no entendemos que tiene menos sentido apagar un bosque cuando está ardiendo que educar al pirómano en que no tiene que encender el fuego.

Duquesa Doslabios.

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Toda primera cita debería empezar por comer una hamburguesa

De todos los sitios, de todos los planes, de todo Madrid, ir a tomarnos una hamburguesa fue la primera cosa que hicimos juntos. Nuestro comienzo.

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No lo sabía entonces, pero sería el mejor plan para conocerte, o, al menos, para darme cuenta rápido de que el estómago era una de las vías más directas para conquistarte.

Ni Burger, ni McDonalds, ni Goiko Grill: un mercado de Malasaña fue el elegido para alejarnos de las más típicas y buscar algo de calidad, ya que eras nuevo en la ciudad.

Porque mi objetivo, el que pudiste adivinar si leías entre líneas entonces, y el que sigue siendo a día de hoy, es descubrirte lo menos conocido de aquí.

Que el veganismo no era lo tuyo me quedó claro cuando tu elección fue una hamburguesa de buey. Quién te iba a decir que, años más tarde, me verías a mí pidiendo lo mismo, solo que de lentejas y quinoa.

Si la tortilla -con o sin patata-, funciona a la hora de hacerte una idea de si tienes futuro con tu acompañante, con la hamburguesa pasa lo mismo.

O eres de huevo o de tomarla sin huevo. Te gusta con pepinillo o lo aborreces. Y, en el peor de los casos, de esa gente que incluso teniendo una buena carne, le echa ketchup.

La escogiste con el típico pan de semillas de sésamo pero de una carne peculiar. Clásico, pero con un punto sorprendente, muy en tu línea, como eres en todos los aspectos.

Al poco descubrí, con tu ofrecimiento de probarla, que eras (y eres) muy de compartir. Hasta el punto de que somos de esos que piden dos platos que nos vayan a gustar a ambos para catar siempre la mitad del otro.

Que no dejaras ni una miga en la bandeja tachó otra de las cosas de la lista. Tenía ante mí a alguien de buen comer. Si llegaba el momento, ibas a encajar en la familia.

También la hamburguesa me sirvió para analizar hasta qué punto me seguías pareciendo atractivo cuando tenías la boca manchada con un poco de tomate (y me lo pareciste mucho, créeme).

Deduzco que lo mismo te pasó a ti, que me viste pringada casi hasta los codos. Mi técnica, en ese momento, era tan terrible que terminé por comerla medio deshecha.

La particular prueba de fuego gastronómica me permitió fantasear sobre cómo eras en la cama. Viendo cómo la cogías y te la llevabas a la boca -con ganas, de forma casi apasionada-, la imaginación jugó la buena pasada de pensar que es así como podrías llegar a hacérmelo a mí.

Aunque la respuesta más simple de por qué mi test de compatibilidad empieza por una hamburguesa es tan sencilla como que se trata de una de mis comidas favoritas. Encontrar a alguien con quien compartir no ya el gusto, sino el amor por ella (ya que pretendo comerla muy a menudo a lo largo de mi vida), me parece un buen punto de partida.

Duquesa Doslabios.

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Que siempre te guste la persona incorrecta tiene nombre: ‘fleabagging’

Si en más de una ocasión has oído a tus padres o a tus amigos decir que no sabes escoger parejas, que parece que tienes un imán para atraer a la gente incorrecta, igual es que te estás haciendo fleabagging.

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A diferencia del ghosting, que no se puede controlar al tratarse de una falta de comunicación por solo una de las partes, la nueva tendencia del universo de las citas depende al 100% de ti.

Y es que para saber si eres fleabagger, tienes que hacer un poco de autocrítica y echarle un vistazo a tus últimas historias de amor.

¿Cómo son tus comportamientos a la hora de buscar pareja y tener un noviazgo si lo que ves, una vez pasado el tiempo, es tu colección de catastróficas relaciones?

Hacer malas elecciones continuamente es una de las bases de la tendencia, que, por desgracia y como el ghosting, también tiene su parte tóxica.

Puede que no esté en tus manos que él o ella te conteste al mensaje o que te dé plantón en el último minuto, pero sí puedes llegar a la conclusión de que mereces a alguien a tu lado que no haga eso.

El culpable y la víctima del fleabagging no es otro que uno mismo. Aunque, para tu tranquilidad, no es algo que decidas libremente.

Es un hábito negativo que terminas desarrollando por una idea del amor romántico que aprendemos a lo largo de nuestra vida, que consiguen que aceptemos ciertos tipos de comportamientos (¿qué son sino las parejas de Chuck y Blair de ‘Gossip Girl’, Noah y Allie de ‘El diario de Noah’, Rachel y Ross de ‘Friends’ o Carrie y Aidan de ‘Sexo en Nueva York’?).

Lo bueno es que tiene solución: tienes el poder de decidir. Empieza por poner algún tipo de límite y respetarlo una vez identificas las señales de alarma, intentando no aceptar la misma conducta en tu siguiente relación.

Al final, dar con una persona buena no significa salir solo con quien haga voluntariado todas las semanas y que en su tiempo libre se dedique a salvar gatitos atrapados en los árboles.

Encuentra a quien te dedique tiempo, te aporte, te apoye, te priorice y te quiera tal y como eres. No mereces nada menos que eso.

Duquesa Doslabios.

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Los 3 pasos básicos para volver a entrar al juego de las citas después de una ruptura

Has pasado ya la fase de negación (“Esto no está pasando, volveremos”), la de la ira (“¿Cómo ha sido capaz de hacerme esto a mí? ¿A mí? Le odio”),  negociación (“Si vuelve, prometo ser más paciente la próxima vez que deje la tapa del wáter subida”) y la de depresión (“Voy a ponerme Adele y a llorar hasta que encuentre Someone like you“).

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Si te resultan familiares, sabrás qué momento viene a continuación: el de aceptación. Una vez entiendes que lo vuestro es agua pasada, da comienzo un nuevo capítulo en tu vida. Y lo mejor es que no tienes que compartir protagonismo con nadie.

Es probable que, llegado ese instante, pienses “Creo que soy demasiado mayor para estas cosas”. Da igual si tienes 17, 23 o 45 años, la idea de volver a entrar al ruedo de las citas, las intrigas de los mensajes sin responder o las aplicaciones para ligar, se te hacen un poco cuesta arriba.

Antes de que la ansiedad te lleve de vuelta a la cama a ver Modern Love con los restos de polvorones navideños, quiero darte mi plan maestro para retomar ‘el juego’. Un sencillo método de tres pasos con el que podrás ponerte a punto de nuevo y abrir tu corazón (o la parte del cuerpo que quieras abrir, eso ya es cosa tuya) a nuevas personas.

  1. Ten citas contigo. Puede parecer ridículo pensar en dedicarnos tiempo cuando lo que queremos es alguien nuevo a nuestro lado. Pero si no sabes cómo eres, ¿cómo identificar lo que mejor funciona contigo? Después de una relación, sobre todo si ha sido de mucho tiempo, es probable que hayamos cambiado en ciertos aspectos. Averigua qué te gusta, qué no, haz autocrítica. ¿Saldrías contigo si te conocieras? Trabajar en ti va desde aprender de lo que puedes mejorar hasta conocer a la perfección lo que quieres en tu vida a partir de ahora.
  2. Liga, y, si no sabes cómo, pregunta. Tus amistades te darán consejos y frases de oro. Si sigues sin saber, puedes preguntarle incluso a él o a ella. Una forma de romper el hielo y de paso empezar con dosis de humor lo que sea que dé comienzo. En el amor y en la guerra todo vale, así que aprovecha las nuevas tecnologías para conectar con más gente. Cualquier sitio es bueno para dar rienda suelta a tus encantos, ¡piensa que hay personas que ligan en iglesias!
  3. Sal, la más obvia y la más difícil. “Pero es que no me acuerdo de cómo se hacía eso de las primeras citas”. Da igual, ligar es como montar en bicicleta, solo necesitas un empujoncito para arrancar la marcha que enseguida recordarás cómo se hacía. A fin de cuentas, a diferencia de los móviles, es un mundo que no cambia tan rápidamente. Y sí, chicas, podéis llevar la iniciativa.

Duquesa Doslabios.

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Del ‘ghosting’ al poliamor, así han cambiado nuestras relaciones en estos 10 años

Estamos a punto de vivir el cambio de década, -qué bien sonáis, nuevos años 20-, y, ya que se trata de una fecha destacada, hay un poco de nostalgia en el ambiente.

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Todavía recuerdo como si fuera ayer la entrada a 2010. Estaba en el colegio y eran otros tiempos para ligar.

Por entonces era, casi todo, analógico. Vale, puede que empezáramos a hacer nuestros primeros pinitos ligando por internet.

¿Quién no se acuerda de bombardear al que le gustaba de clase a base de zumbidos de Messenger? Y si encima te ponía un comentario en la foto de Tuenti, ya tenías anécdota para contar a las amigas en el recreo.

Desde ese momento hasta ahora, las redes sociales se han convertido en el nuevo punto de encuentro.

Es raro que en algún grupo de amigos no des con una la pareja que se conoció por Instagram o aquellos que lo utilizaron para retomar el contacto después de años.

Internet lo ha puesto tan fácil que en estos diez años hemos vivido el boom de las aplicaciones para ligar. Tinder, Grindr, Happn, Badoo, Meetic…

Las opciones han sido tantas que, si no has ligado a través de alguna de ellas, ha sido -como diría tu abuela-, porque no has querido.

Esa velocidad a la hora de conocer gente y tener encuentros sexuales casi inmediatos (vamos a ser sinceros, nadie usaba las apps para encontrar pareja con la que ir a ver arte al Museo Reina Sofía), se ha traducido también en una serie de tendencias de las que la mayoría hemos salido escaldados.

El ghosting, el benching o el orbiting  nos han pasado factura. Las malas prácticas derivadas del fast dating nos han llenado la década de mensajes leídos y nunca respondidos, enigmáticos ‘me gusta’ que nunca venían acompañados de mensajes o el resurgir de un antiguo ligue sin venir a cuento.

Teniendo esto en cuenta, el panorama sentimental con el que entramos a 2020 no es, precisamente, el mejor.

Aunque me gustaría destacar que parece que, por fin, el consentimiento ha hecho acto de presencia en las relaciones de cualquier tipo, algo que hasta ahora muchos hombres no consideraban que fuera imprescindible.

Respetar el “No”, seguirá siendo el básico de los próximos diez y, me aventuro a decir, cien años. Así como seguir debatiendo sobre la explotación sexual hasta erradicarla, así como el revenge porn, difundir imágenes privadas para hacerle daño a una persona.

Desde 2010 las relaciones han evolucionado. Los posmillennials han sido clave en enseñarnos que, aunque sea novedoso, el poliamor también es una opción. Así como su manera de tener sexo, mucho menos heterosexual que la que practicamos las generaciones anteriores.

Afortunadamente, también el final de la década nos deja algunas cosas que merecen la pena.

El despertar del empoderamiento femenino a la hora de reivindicar el placer (los succionadores son el mejor ejemplo) y el slow sex, que invita a poner la intimidad en el lugar que le corresponde dedicándole no solo tiempo sino la totalidad de nuestra atención.

Duquesa Doslabios.

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El machismo del ‘sugar dating’ o por qué quieren que nos gusten hombres mayores

Si parecía que, a estas alturas, no podían llegar más páginas web para ligar por internet, las de sugar dating cada vez están más en alza en España. Para quienes desconozcan el término, consiste en poner en contacto a un hombre mayor, presumiblemente de alta posición social o económica, con una mujer joven a la que pasaría una asignación mensual o facilitaría un estilo de vida, que, en principio, sería inalcanzable para ella.

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El olor a gato encerrado es difícil de esconder, aunque se le haya puesto por encima una gruesa capa de azúcar, que es lo que intentan quienes están detrás de estas páginas de contactos.

Sobre todo cuando, uno de los principales argumentos que esgrimen para legitimar el sugar dating es criticar duramente que se juzgue que una mujer pueda buscar a un hombre de una posición alta hasta el punto de considerarlo machista.

Claro que estamos en un momento social en el que gozamos de más libertad que nunca, claro que una mujer es libre de salir, relacionarse y divertirse con quien quiera pero, ¿es ese el verdadero dilema de estético de citas o más bien una cortina de humo que pretende desviar nuestra atención mientras realizan el truco a nuestras espaldas?

Y es que sí es machista el hecho de considerar que las mujeres somos un objeto. Porque por mucho que la web hable en general de mujeres cuando se refiere a sugar babies, lo cierto es que se encuentran entre los 18 y los 27 años. Es raro encontrar candidatas pasada esa edad porque a los propios sugar daddies no les interesa.

Es machista de manual cosificar, tan machista como el A mí me gustan mayores o todos esos refranes que buscan perpetuar la idea de que la mujer parece estar más predispuesta a relacionarse con un hombre que supere con creces su edad que a fijarse en los de su entorno.

Este es el principal beneficio de los usuarios, que pueden acceder a una red de contactos de mujeres jóvenes que, en el caso de tener más años, no les producirían ningún interés. Pero, ¿qué significa que busquen juventud antes que experiencia, madurez o una persona con una vida semejante?

No ya solo el físico, sino una relación sexual que, de otra manera no podrían tener. Y solo hace falta una búsqueda rápida en internet para descubrir en capturas de conversaciones que el sexo es el objetivo de la mayoría de sugar daddies. Es decir, acceso a la cama a cambio de un estilo de vida de lujo o de dinero. ¿No os suena de algo? Yo os ayudo. Empieza por “P” y acaba por “rostitución”. Por tanto sí, sí es machista proponer este servicio.

Es especialmente revelador que un porcentaje íntimo de los sugar daddies sean mujeres, lo que demuestra dos cosas: en primer lugar la existencia del techo de cristal -la dificultad que tenemos por llegar a un nivel socioeconómico por la discriminación en el entorno laboral- y, en segundo lugar, que es un servicio pensado en su mayoría por hombres.

“Todos y todas pueden dar el braguetazo”, encuentro en una de las webs de este tipo de citas, una frase ante la que no puedo evitar soltar una carcajada. Quizás en el mundo ideal de fantasía de los creadores de estas páginas sí, pero no en la vida real.

La diferencia entre la proporción de hombres y mujeres, en uno y otro lado, habla por sí sola, y lo que revela es que esto, más que un braguetazo, es una vía de prostituirse muy maquillada con términos como sugar baby.

Encontrar que quienes lo defienden llegan incluso a ondear la bandera del feminismo (en la dirección del viento que les interesa, claro) no deja de sorprenderme. Ya que es una aparente lucha por la libertad de que (solo) las mujeres más jóvenes puedan apuntarse y convertirse en el cebo cárnico de sus clientes sin ser estigmatizadas.

El objetivo del sugar dating no es empoderar a la mujer, el objetivo es tener la suficiente variedad de candidatas como para que los clientes paguen las cuotas mensuales que les permitan acceder a ponerse en contacto con todas ellas.

Que los beneficios sean por parte de los clientes, que acuden en busca de juventud y barra libre de sexo por su nivel de vida, promueve no solo el estereotipo de que como hombre, ‘tienes derecho’ a tener sexo con quien quieras -hasta con mujeres a las que doblas la edad que, de otra manera, no tendrían interés en ti-, sino el tópico que tu valor reside en tu cartera, y que cuanto más grande mejor. No necesitas nada más para impresionar.

Pero también mantiene la tóxica idea de que las mujeres, desde muy jóvenes, tenemos un precio. Solo hay que estar dispuesto a pagarlo en efectivo o en forma de exclusiva suite de París. Pero, un momento, aceptar que tengan derecho sobre nuestros cuerpos, derecho que no se concedería si no fuera por estas páginas de contactos, ¿no es mantener la cultura de la violación?

Duquesa Doslabios.

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Segundas partes nunca fueron hasta que son

(Si prefieres escucharlo leído por mí, dale al play)

“Segundas partes nunca fueron buenas” me digo mientras se hace de día en la habitación del hotel. Ese tan ridículamente caro por el que hemos pasado tantas veces por delante soñando con que, algún día, nos alcanzaría para una noche memorable entre sus sábanas. Y vaya si lo ha sido.

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“Segundas partes nunca fueron buenas” pienso mientras recorro con la mirada tu silueta, que altera la forma de la cama. Que me pide volver a perderme en ella y olvidarme de que existe una salida de ese laberinto que encuentro cuando empiezo a besarte la espalda y pierdo la noción del tiempo y del espacio.

Pero es que “Segundas partes nunca fueron buenas” me repito cuando desayuno el chocolate de tus ojos acompañado de un yogur artesanal y una rebanada de pan con tomate. Ahora entiendo lo elevado del precio. Aquella primera comida se merecía al menos un cometa, que el hotel ya cuenta con las cinco estrellas.

“Segundas partes nunca fueron buenas” pero qué culpa íbamos a tener de que después de meses sin vernos hubiera nervios a flor de piel, piel que no sabe cómo portarse por los nervios, que volvieran a escaparse sonrisas incontenibles a la mitad de un ceño fruncido, de que se te fuera el santo al cielo y la mano a mi pantalón, como tantas veces antes, por una de las calles de Malasaña. Esas que vieron la primera cita de verdad.

No fueron buenas, no. Pero el tiempo separados volvió a desvanecerse. Se me había olvidado lo difícil que era resistirse a tus miradas infinitas y al olor de tu cuello, no el de tu colonia, no, sino el auténtico.

Y así fue como dejé de echar de menos tu espontaneidad y tus expresiones tan de un pueblo de algún lugar de La Mancha de cuyo nombre siempre voy a poder, y querer, acordarme.

“Parecía nada y sin embargo aquí estamos” dice la canción que llevamos desde entonces escuchando. Porque dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero igual es que aún no conocían la nuestra.

Duquesa Doslabios.

¿Has sufrido Tindstagramming?

Todos hemos usado Internet para ligar, todos. Y quien esté libre de pecado que niegue haber dado nunca un like con segundas intenciones.

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Hace diez años, el ligoteo se daba a través del Messenger, con esas conversaciones tan llenas de emoticonos que hacían las palabras innecesarias, con los zumbidos urgentes que seguían los apremiantes “cnt” o “ctxt” y con abreviaturas que harían las delicias de cualquier desencriptador.

Después pasamos a las redes sociales, a Tuenti, Facebook, Instagram y esos “Me gusta” que en realidad significan “Me da absolutamente igual lo que publiques porque quien me gusta eres tú“.

Es algo tan natural y a lo que estamos tan acostumbrados que ya nadie se sorprende cuando te dicen que dos personas se han conocido en la red, especialmente desde el desarrollo de aplicaciones como Loovoo, Tinder, Happn, Meetic… o un sinfín más de juegos de palabras en inglés convertidas en los nuevos puntos de encuentro en la era 2.0.

Algunas, como es el caso de Tinder, te permiten enlazar tu cuenta de Instagram con el perfil del programa, lo que significa que se da acceso a las imágenes de la red social y permite a los que ven tu perfil conocerte más allá de la información que se escriba en la aplicación.

Sin embargo, hay ciertos usuarios que, no contentos con el unmatched (cuando el otro usuario decide que no está interesado y elimina a esa persona de la lista de usuarios que pueden verla o mantener conversación con él o ella) deciden salir de la aplicación e iniciar conversaciones en Instagram, llegando incluso al punto de, en algunos casos, insultar a la persona por no haberle dado la oportunidad de conocerse.

Esto, además de demostrar la incapacidad de más de uno (o de una) de no aceptar un “no” por respuesta, es una falta de respeto hacia la voluntad de la otra persona y algo que demuestra que no se tiene mucho amor propio a la hora de forzar una conversación, que por uno de los lados no es deseada, de esa manera.

No olvidemos que una cosa puede ser insistir y otra muy diferente acosar. Y me temo que los hay que tienen los conceptos mezclados.

 

¿Han muerto las primeras citas?

Pido un minuto de silencio. Pero uno de esos de verdad que se hacen ínfimos de lo que te concentras en el motivo por el cual lo guardas.

Pido un minuto de silencio por todas las primeras citas que ya no se organizan. Algo que ha pasado de ser tan habitual, que ni reparábamos en ello, a ser calificado como especie en extinción.

50 PRIMERAS CITAS – INSTAGRAM

Y yo, que no soy de mirar hacia otro lado, que me gusta señalar pecado y pecador, lo achaco, en primer lugar, a la pereza que nos entra por esforzarnos en conocer a una persona, de invertir nuestro tiempo en ella. De escuchar con atención. Porque nos hemos vuelto vagos en el amor y en las relaciones en general. Queremos todo masticado y fácil, para que no se nos atragante. Lo queremos más que rápido, inmediato, si puede ser para ayer, que si tenemos que esperar puede que nos deje de interesar.

Es por eso que le echo la culpa también al pragmatismo del que hacemos gala y que se ha convertido, si bien en una ventaja en el ámbito laboral, en un lastre para el emocional. Porque si ya es difícil competir para hacernos un hueco como profesionales, ¿cómo podemos combatir contra un teléfono que en cuanto sea desbloqueado mostrará solicitudes de amistad, likes, mensajes privados y gente, en general, como nunca antes a nuestro alcance?

Conocemos a tantas personas que fácilmente hemos duplicado o triplicado la cantidad de primeras citas que pudieron tener nuestros padres. Conocemos a más personas pero las conocemos menos, lo que hace que no nos queramos esmerar tanto para una primera cita ya que se sucede varias veces al mes. Ahora tiramos de la que es ya la habitual, común y ordinaria pregunta: “¿Te apetece que nos tomemos unas cervecitas?”, o incluso para los más directos “¿En tu casa o en la mía?”

Pero quiero reivindicar, en mi nombre y en el de aquellos que nos preocupa que ocurra esta extinción masiva, esas primeras citas especiales más allá de un encuentro en el bar de la esquina. Esas para las que, para empezar, analizabas meticulosamente cada detalle de una conversación para sacar, quizás mencionado entre líneas, las aficiones de una persona que podían ser una pista para organizar un encuentro único y característico.

Aquellas para las que te preparabas a conciencia, como si solo tuvieras esa oportunidad para dar una buena impresión. Esas en las que, si era sorpresa, no sabías ni dónde empezarías ni dónde terminarías la velada. Reivindico una primera cita con un significado detrás, porque él o ella quieren compartir, en concreto contigo, ese momento y ese lugar.

Que vuelvan las primeras citas, lo románticos las estamos esperando con ganas.

Duquesa Doslabios.