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Historias de amor, sexo y otros delirios

Archivo de la categoría ‘citas’

Hoy no es San Valentín pero sigo enamorada de ti

Hoy no es San Valentín y yo me sigo enterneciendo a cada paso que doy por la vida contigo al lado.

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No es San Valentín, pero te sigo llenando el WhatsApp de corazones y tú me vuelves a escribir en cualquier momento del día para preguntarme si hoy me has dicho que me quieres.

Y yo, que aunque me lo hayas puesto ya, siempre te respondo de la misma manera: “No, no me lo has dicho” y aprovecho para escribírtelo yo también.

Porque aunque no es San Valentín, siempre es un buen momento para decirte “Te quiero”, que contigo los días no son números sino series de Netflix en las que me quedo medio dormida y canciones de Europa FM que cantamos juntos desafinando (sobre todo si son las antiguas de Melendi).

Ya no es 14 de febrero, es un día cualquiera de abril, mayo, septiembre o diciembre. Nos da igual, el amor es el de siempre. O quizás no el de siempre, sino el de ahora, que es más intenso que el de hace un tiempo.

Puede que no sea el día de los enamorados, pero sigo queriendo quitarte la ropa a besos, aunque me vaya a llevar mucho más tiempo que utilizando las manos.

Me doy cuenta de que, aunque no es San Valentín, has vuelto a preparar el desayuno, y de que, porque sí, te he invitado cenar a un sitio bonito. Aunque “bonito” para nosotros suela significar que la hamburguesa sea tan alta que casi necesitemos alcanzar la cima con un ascensor.

Y si no es San Valentín, ¿por qué corres con la moto detrás de mi coche para darme un último beso a través de la ventanilla, justo antes de que cambie la luz del semáforo?

Quizás porque independientemente del día del año, el amor es amor, y seguimos siendo así tú y yo.

Haciendo de la vida un San Valentín interminable, una rutina, un estado civil, mental y emocional.

Duquesa Doslabios.

Por qué no creo en el “efecto goma elástica” masculino

Hace unos años, cuando era una tierna adolescente que no sabía nada de la vida ni del género masculino (ahora tampoco, pero disimulo estupendamente) leí un libro que prometía darme las respuestas que, por mi corta experiencia, desconocía: Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus.

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No recuerdo casi nada del libro pero sí que comentaba algo relativo al “efecto goma de pelo” en lo que a afectividad masculina se refería. Años más tarde, una amiga me comentó la historia de un ligue que volvió después de un tiempo sin dar señales y se me vino a la cabeza la teoría del libro.

Para explicarle la teoría correctamente le copié el texto que encontré en varias páginas web:  “Una banda elástica constituye una metáfora perfecta para comprender el ciclo de la intimidad masculina. Dicho ciclo constituye el acercamiento, el alejamiento y luego un nuevo acercamiento“.

La cosa es que después de contárselo, y de reflexionar al respecto, me pareció una tontería monumental. Solo podía pensar en que lo único que estaba haciendo el amigo John Gray, el autor del libro, era cubrirse las espaldas, las suyas y las de sus compañeros varones, para que las mujeres les demos libertad plena de desaparecer cuando les plazca y no pedirles ninguna explicación ni agobiarles al respecto por el efecto “goma elástica”.

Luego me puse a pensar en mi experiencia cuando he estado con hombres que realmente tenían interés por mí (incluyendo a mi querido marido, el buen duque) y nunca he vivido ese fenómeno tan paranormal para mí y tan cotidiano según Gray.

Cuando empezaba a nacer el cariño, la relación se intensificaba por parte de ambos. Nadie hacía bomba de humo, y ni se me pasa por la cabeza que si se desaparece, luego no se dé algún tipo de razón lógica por haberlo hecho. La sinceridad no es solo la base, sino el raíl del camino.

Pero en cambio lo he vivido en numerosas ocasiones con ligues que, de repente y sin venir a cuento, te escriben. Sin embargo no lo llamo “efecto goma de pelo”, lo llamo “Antes no me interesabas pero ahora que vuelvo a estar libre estoy tirando de agenda, me he encontrado con tu número y voy a volver a probar contigo por lo que pueda pasar”.

Claro, como teoría no queda tan bonita ni tan poética como la del libro, pero, como mujer (de la tierra, no de Venus) os aseguro que es una explicación mucho más realista.

Duquesa Doslabios.

“Tampoco eres tan guapa”

Dos cervezas, tres, cuatro… Una conversación que se hilvana con otra hasta que, de tener los móviles bocabajo, os piden que salgáis del bar, que van a cerrar, que ya no son horas y que si quieres seguir de charla mañana es otro día.

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Él te acompaña a casa y por un motivo o por otro, eso al final es lo de menos, no hay beso. Subes a casa con la sensación de que la velada ha estado bien, divertida y refrescante a partes iguales. Has pasado un buen rato pero te falta eso, la química, la magia, el je ne seis quoi, la atracción, lo que hace que cada vez que te encuentras con alguien que lleva su colonia, se te acelere el pulso.

Y piensas que ojalá te gustara, porque es divertido, tiene conversación, sentido del humor irreverente (como el tuyo) y una extraña afición a regañar a la gente que se pone a hablar en el cine. Pero si no hay química no hay tu tía. El corazón entiende a razones que hacen que la razón se exaspere por completo y tire la toalla pensando “Me mudo a otro cerebro”.

Te escribe tierno, hasta un poco romántico queriendo saber si habrá una segunda cita. Con tacto, mimo y todo el cariño del mundo, procuras no pisar su seguridad en una conversación que para algunos se convierte en minas antiautoestima. Le dices que podéis quedar como amigos, ya que, muy a tu pesar no has sentido atracción por él pese a lo bien que te lo has pasado. Un perfecto sandwich de cumplidos.

“Ok”, te contesta seco. “Me da igual. Tampoco eres tan guapa“.

Y vale que no eres la Marilyn Monroe de Bilbao, ni tan guapa como te insiste tu abuela, pero ¿de verdad hay necesidad de que te ataquen directamente la autoestima cuando tú has intentado ser lo más delicada posible?

Mi sorpresa es que este tipo de respuestas (que no sé si llamarlo “respuesta” o bautizarlo directamente como “ataque”) abundan hoy en día en las relaciones personales:

(Y esto son solo los últimos tuits que he encontrado buscando en Twitter “Tampoco eres tan guapa”.)

Es curioso que, cuando he vivido experiencias del estilo o que amigas cercanas las han compartido conmigo, se ha dado el caso de que siempre hemos y han sido las receptoras del ataque.

Y creedme, si personalmente me hubiera prestado a este juego, bien podría haberle dicho a más de uno que se ha portado mal conmigo: “Tampoco la tienes tan grande” “Tampoco estás tan fuerte” o “Tampoco eres tan bueno en la cama que no encontrarías el clítoris ni aunque estudiaras un grado del tema”. La diferencia es que nunca me he sentido con la libertad de espetarle a nadie un comentario que pueda resultarle dañino.

Supongo que esto reside en la personalidad de cada uno. En que el ego del que muestra interés, que, en vez de encajar con madurez el rechazo, se queda con lo dolido de la respuesta, no encuentra otra salida que no sea la de responder con el berrinche propio de un niño de siete años sabiendo que, con su contestación, está tirando a dar.

Estés en el lado que estés, si, por lo que sea, te encuentras con un descarte del estilo, tómatelo con pragmatismo y recuerda que, en el caso de que recurras al “Tampoco eres tan guapa” solo estás haciendo gala de tu inmadurez (lo que, encima, le da más razón a la otra persona).

Y si por casualidad, has recibido la frasecita recientemente, da gracias de que has tomado la decisión correcta, porque esa persona que se retrata sola con semejante comportamiento, no merece ocupar más tiempo en tu vida.

Duquesa Doslabios.

¿Estás micro-engañando a tu pareja?

Antes que nada: ¿micro-engañar? ¿Pero eso existe? Yo también pensaba que lo de engañar era o blanco o negro, o lo haces o no. No que existía un nivel de engaño tan pequeño que se conocía como ‘micro-engaño’.

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El micro-engaño es tan relativo que comprende todo aquello que para algunos puede ser considerado infidelidad mientras que para otros no.

El hecho de dar “me gusta” a alguien en una fotografía, poner un comentario en una red social o compartir chistes privados son, para ciertas parejas, digno de considerar como una falta de concentración en la relación.

Pero, teniendo en cuenta que el mundo virtual es el nuevo espacio de las relaciones sociales, ¿es cualquier interacción con una persona del género contrario (o del mismo si hablamos de alguien homosexual) una traición?

Yo creo que todo reside en el propósito que se tenga con esa persona. Amigos virtuales no tienen por qué ser un problema siempre que ambos tengan claro la relación de amistad. Para mí, si no hay una intención escondida tras los intercambios, no hay engaño.

Otro caso muy diferente es el de quienes cambian sus horarios para coincidir con dicho tercer elemento o ponen un pseudónimo para poder seguir comunicándose a espaldas de su pareja, ya que eso sí que se podría considerar que se está centrando en tener una conexión más cercana y recíproca con alguien fuera de la relación.

Si leer un comentario de nuestra pareja en una cuenta o si le felicita a su ex pareja el cumpleaños ya hace que salten todas nuestras alarmas, (además de que todos habríamos micro-engañado miles de veces) lo que debemos hacer es una introspección de si realmente tenemos confianza en nuestro compañero (algo que, como todos sabemos, es la base de cualquier relación).

A lo largo de nuestra vida, si estamos en una relación, seguiremos conociendo gente, alguna interesante, otra nada, alguna atractiva, otra no… Pero será en ese momento en el que debemos confiar en que la relación es lo bastante fuerte como para no querer perder a la persona que tenemos al lado por mucho que aparezcan otros elementos por el camino.

Duquesa Doslabios.

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Planes para San Valentín si quieres huir de la típica cena romántica

El restaurante elegante con velas está bien. Pero cuando llevas celebrando San Valentín en el mismo sitio durante los últimos cinco años aquello empieza a oler.

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Como enamorada madrileña, enamorada y madrileña, voy a contaros las que han sido algunas de mis citas favoritas en la capital que salvan la situación para el Día de los Enamorados:

  1. Entradas para un show: lo importante es salir de casa y disfrutar del espectáculo. Puedes sorprender a la otra persona con su grupo favorito, un comediante que hace monólogos en tu ciudad, una obra de teatro (también échale un vistazo a los musicales)… Los espectáculos de Jamming o Microteatro por dinero son algunos que encuentras en Madrid a precio asequible.
  2. Masterclass de cocina: así ninguno podrá poner como excusa que no sabe cocinar. Las ofrecen en diferentes escuelas y si rebuscas un poco en Internet, puedes encontrar descuentos. Una que funciona de maravilla es la escuela de Paco Amor.
  3. Ir a bailar: pero a bailar de verdad, no a ir a una discoteca. A bailar, como diría Sergio Dalma, pegados. Puedes ir al Templo, sobre todo si tienes más de cuarenta años, ya que el público es adulto; y si no sabes bailar, no tienes excusa en Azúcar Madrid. Con el precio de la entrada, que incluye una consumición, tienes la clase de baile.
  4. Spa casero es la idea perfecta para los que no puedan permitirse una cita por las nubes. Prepara en una cesta una vela, aceite, exfoliante, esponja, una buena lista de reproducción en Spotify y organiza una velada romántica en casa.
  5. Ver las estrellas, para lo que tendrás que alejarte un poco de la ciudad. Aprovecha que anochece temprano y pásate por la Silla de Felipe II. La carretera de noche es un poco liosa, pero será de las experiencias más románticas de tu vida. Eso sí, lleva una manta en el coche porque las temperaturas son muy bajas.
  6. Picnic con vistas para los diurnos. Coge manta, botella de vino y hummus y súbete al Cerro del Tío Pío (también conocido como Las Tetas de Vallecas) o al parque de Debod.
  7. Cine sobre ruedas: aunque este todavía no ha llegado a Madrid, fue una de mis aventuras en Valencia. El Autocine Star te permite entrar con el coche y ver la película desde el vehículo. Te sentirás como Sandy y Danny en Grease.
  8. Cata de vinos o de cervezas: si las que encuentras online te parecen un poco caras, puedes ir a las que se organizan en la Escuela de Agrónomos, a través de la Asociación Cultural La Carrasca, por 3 euros (no, no hace falta que le digas a tu acompañante el precio).
  9. Escapada de un día: aprovecha los sitios de interés turístico que tengas cerca. No es necesario que te atravieses la Península Ibérica. Coge un billete de autobús a algún lugar próximo y anímate a conocer Chinchón, El Escorial, Patones…
  10. Para los locos de la aventura lo mejor es una experiencia para liberar adrenalina. Prueba un juego de escape (en Dark Street van a hacer uno especial por San Valentín), un paseo en kayak por el río Sequillo en Lozoya, un día en la Warner o una visita al Parque de Atracciones.

Esto sirve para los que prefiramos crear recuerdos con nuestras parejas antes que recibir regalos, claro.

Duquesa Doslabios.

Las 10 tradiciones pasadas de moda que deberían volver en las citas

Como melancólica amante de lo vintage hay una serie de normas que deberíamos recuperar de las citas que podían tener nuestros abuelos y que, con el tiempo, se han perdido (aplicándolas a la manera que tenemos ahora de pensar respecto a relaciones y géneros, claro).

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Antes, las citas no eran tan impersonales sino que la interacción era mucho más directa de la que vivimos actualmente. No había Whatsapp, Facebook, Twitter ni manera de enterarte de los gustos de la otra persona que no fuera hablando, hablando y hablando.

  1. Llamar por teléfono: y dejarse de teclear. La comunicación a través de la pantalla hace que se pierdan muchos matices, algo que pasa en menor medida si escuchamos la voz.
  2. Vestirse bien: damos por hecho que con vaqueros y zapatillas podemos ir a cualquier lado cuando cuidar los aspectos de la vestimenta demuestra que le damos importancia a la situación.
  3. Llevar flores independientemente del género. Y si no le gustan las flores porque las considera bonitas pero inútiles (como es mi caso) tener otro tipo de detalles como un aguacate o cualquier cosa que se corresponda a sus gustos.
  4. Recogerle en casa también independientemente del género, especialmente si uno de los dos tiene coche y el otro no. Puede parecer algo nimio pero es un detalle que nos hace quedar maravillosamente y no cuesta nada.
  5. Sentarse a cenar en vez de quedar “a tomar algo” así como hacerle saber que estáis en una cita.
  6. Mantener el teléfono fuera de la mesa. Además de que es algo de muy mala educación se utilice con quien se utilice, en una cita el efecto es todavía mucho peor.
  7. Concretar: ni todo vale, ni todo es etéreo. Hoy en día parece que nos asusta llamar a las cosas por su nombre y dejamos abierto el paréntesis para no cerrarnos, pero es importante cerciorarse del punto en el que se está para que nadie se haga daño.
  8. Pequeños gestos de cortesía como ceder el paso, abrir una puerta, colgar un abrigo o pagar la cuenta que también puedes realizar independientemente del género. Recuerda que la buena educación no entiende de sexos, la galantería, ahora, tampoco.
  9. Escribir a mano una nota, una tarjeta o una carta, puede ser con una frase tuya o sacada de Internet si te cuesta encontrar la inspiración, pero esos obsequios son los tesoros favoritos de los que pecamos de románticos.
  10. Presentar a la persona, no ya solo a la familia, que cada vez vive más al margen de nuestras relaciones, también en el caso de que nos encontremos a alguien. No hacerlo es muy maleducado por nuestra parte.

Duquesa Doslabios.

El amor en tiempos de la ‘Generación Erasmus’

Somos la ‘Generacion Erasmus’. Puede que ya hayamos acabado la universidad pero seguimos perdidos por el mundo. Algunos estudiando, otros trabajando, pero lejos de casa y de nuestras raíces, que, por mucho que llevemos puestas, en suelo ajeno no prenden de la misma manera.

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Aún así nos permitimos la licencia de enamorarnos. Nos atrevemos a llevar a cabo eso a lo que tanto nos instan las frases de Instagram. Nos atrevemos al carpe diem y al you only live once, que usamos como posesos en forma de hashtags acompañando todos los momentos de nuestra vida.

Perdemos la cabeza y el corazón. Nos embarcamos en relaciones que parecen más imposibles que cualquier misión protagonizada por Tom Cruise porque seguimos encontrando gente que nos encanta y sin la cual no queremos vivir, aunque sea a una distancia infernal.

La ‘Generación Erasmus’ vive el presente porque no tenemos futuro, o al menos, no lo tenemos en el sentido de que no parece estar claro para ninguno.

Empezamos la educación en un sitio, pero no terminaremos ahí los estudios ya que nos graduamos en otro lado, un lugar que será diferente a aquel en el que estaremos trabajando. Después cambiaremos de trabajo el doble de veces (o más) que nuestros padres.

Eso de estar toda nuestra vida en el mismo espacio es algo que no existe. Nos transferirán lejos y no siempre la pareja podrá seguirnos. Y, si puede, quizás no quiere hacerlo, y nadie podrá reprochárselo porque si antes éramos nosotras las que podíamos renunciar a tener una carrera prfesional por formar una familia, las millennials hemos roto con eso.

Preferimos éxito profesional por encima de cualquier victoria emocional. Pero por fuerza, porque no nos queda otra, porque como Marilyn decía en su día “Un beso puede ser espectacular, pero no va a pagar el alquiler”. Todos tenemos que buscarnos las castañas y salir adelante.

Y aunque muchas cosas han cambiado, seguimos siendo unos románticos incurables. No tenemos día a día por mucho que busquemos una rutina que no se va a encontrar, un volver a casa y encontrarle que parece que nunca va a llegar. Creemos en vuelos, en aeropuertos, en vivir la vida y de repente, que todo se vuelque patas arriba porque estás viviendo un fin de semana con ella o con él.

Sabemos que es complicado, que creer en los finales felices que nos prometían las películas de nuestra infancia, parece ahora más difícil que nunca, pero no por ello vamos a dejar de intentarlo.

Somos Erasmus aún pasados los 25 años,  somos los que no tenemos nada asegurado por mucho que hayamos estudiado, los que tienen una vida que está por escribir, que no podrán planear como hicieron sus padres. Somos jóvenes inmigrantes, somos soledad constante allá donde estamos, somos la incerteza personificada, pero, al mismo tiempo, la seguridad de que nada de eso nos importa porque lo único seguro que tenemos claro es que queremos seguir enamorándonos.

Duquesa Doslabios.

¿Esperar o no esperar en la primera cita?

La vida es prisa: leemos los artículos por encima sin llegar en muchas veces hasta el final, nos deslizamos por la interfaz de una red social sin apenas fijarnos en las fotos que nos pasan por delante, sustituimos diálogos complejos por una carita amarilla expresiva…

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Pero es que no tenemos tiempo que perder, y es algo que se ha trasladado también a nuestras relaciones. “¿Para qué esperar?”, puedes llegar a preguntarte cuando esa cena empieza a llegar a su fin y la botella de vino está a punto de agotarse.

¿Para qué esperar? A fin de cuentas hacerlo o no esa noche no va a cambiar el hecho de que solo querías quedar por un rato de diversión. No malinterpretemos, no es que no te lo hayas pasado bien, todo lo contrario, pero las intenciones estaban claras desde el momento de antes de verse, y, ya que ambos pensáis lo mismo, ¿qué sentido tiene postergar lo que va a suceder?

Tratar de pintar algo de un color que no es, y alargar las citas con una persona con la que solo quieres mantener un encuentro sexual, convierte las convocatorias en algo tedioso.

No tiene nada de malo irse a la cama con alguien a quien acabas de conocer. Hemos llegado al punto en el que el sexo desligado de sentimientos es también satisfactorio (no voy a entrar en las diferencias que puedan darse entre ambos).

Sin embargo, no es algo factible para todas las personas. Me explico. Puede darse el caso de llevar una racha de gente que pasa directamente a consulta sin pararse por la sala de espera, y gente a la que quieres hacer esperar.

Es algo que descubres en el punto antes mencionado, en esa cena con la botella de vino a punto de extinguirse, cuya cantidad de líquido es, en ese momento, inversamente proporcional a lo que estás experimentando hacia esa persona.

Y es cuando, por química, por sintonía, entendimiento, reciprocidad, o llamémoslo X (porque a veces ni siquiera es fácil de explicar) pierdes la prisa. Por esa vez, por esa compañía tu prioridad no es llenar el suelo de su ropa, sino llenar tu tiempo de esa persona.

Ahí nace la espera, de que sospechas que esa persona no es un encuentro más y quieres que, cuando llegue el momento, sea especial. Sí, por supuesto que también es cansada, como cualquier otra espera. Pero en el mundo de la prisa, tomarte tiempo, es un lujo que solo puedes permitirte en ocasiones.

Y así como los segundos antes de un beso, el minuto antes de que apaguen las luces en el cine para ver la nueva entrega de la saga de superhéroes, los segundos previos a que termine el microondas o el tiempo que le lleva a tu pedido online llegar a casa, son instantes que merecen la pena.

Duquesa Doslabios.

¿Has sufrido Tindstagramming?

Todos hemos usado Internet para ligar, todos. Y quien esté libre de pecado que niegue haber dado nunca un like con segundas intenciones.

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Hace diez años, el ligoteo se daba a través del Messenger, con esas conversaciones tan llenas de emoticonos que hacían las palabras innecesarias, con los zumbidos urgentes que seguían los apremiantes “cnt” o “ctxt” y con abreviaturas que harían las delicias de cualquier desencriptador.

Después pasamos a las redes sociales, a Tuenti, Facebook, Instagram y esos “Me gusta” que en realidad significan “Me da absolutamente igual lo que publiques porque quien me gusta eres tú“.

Es algo tan natural y a lo que estamos tan acostumbrados que ya nadie se sorprende cuando te dicen que dos personas se han conocido en la red, especialmente desde el desarrollo de aplicaciones como Loovoo, Tinder, Happn, Meetic… o un sinfín más de juegos de palabras en inglés convertidas en los nuevos puntos de encuentro en la era 2.0.

Algunas, como es el caso de Tinder, te permiten enlazar tu cuenta de Instagram con el perfil del programa, lo que significa que se da acceso a las imágenes de la red social y permite a los que ven tu perfil conocerte más allá de la información que se escriba en la aplicación.

Sin embargo, hay ciertos usuarios que, no contentos con el unmatched (cuando el otro usuario decide que no está interesado y elimina a esa persona de la lista de usuarios que pueden verla o mantener conversación con él o ella) deciden salir de la aplicación e iniciar conversaciones en Instagram, llegando incluso al punto de, en algunos casos, insultar a la persona por no haberle dado la oportunidad de conocerse.

Esto, además de demostrar la incapacidad de más de uno (o de una) de no aceptar un “no” por respuesta, es una falta de respeto hacia la voluntad de la otra persona y algo que demuestra que no se tiene mucho amor propio a la hora de forzar una conversación, que por uno de los lados no es deseada, de esa manera.

No olvidemos que una cosa puede ser insistir y otra muy diferente acosar. Y me temo que los hay que tienen los conceptos mezclados.

 

¿Han muerto las primeras citas?

Pido un minuto de silencio. Pero uno de esos de verdad que se hacen ínfimos de lo que te concentras en el motivo por el cual lo guardas.

Pido un minuto de silencio por todas las primeras citas que ya no se organizan. Algo que ha pasado de ser tan habitual, que ni reparábamos en ello, a ser calificado como especie en extinción.

50 PRIMERAS CITAS – INSTAGRAM

Y yo, que no soy de mirar hacia otro lado, que me gusta señalar pecado y pecador, lo achaco, en primer lugar, a la pereza que nos entra por esforzarnos en conocer a una persona, de invertir nuestro tiempo en ella. De escuchar con atención. Porque nos hemos vuelto vagos en el amor y en las relaciones en general. Queremos todo masticado y fácil, para que no se nos atragante. Lo queremos más que rápido, inmediato, si puede ser para ayer, que si tenemos que esperar puede que nos deje de interesar.

Es por eso que le echo la culpa también al pragmatismo del que hacemos gala y que se ha convertido, si bien en una ventaja en el ámbito laboral, en un lastre para el emocional. Porque si ya es difícil competir para hacernos un hueco como profesionales, ¿cómo podemos combatir contra un teléfono que en cuanto sea desbloqueado mostrará solicitudes de amistad, likes, mensajes privados y gente, en general, como nunca antes a nuestro alcance?

Conocemos a tantas personas que fácilmente hemos duplicado o triplicado la cantidad de primeras citas que pudieron tener nuestros padres. Conocemos a más personas pero las conocemos menos, lo que hace que no nos queramos esmerar tanto para una primera cita ya que se sucede varias veces al mes. Ahora tiramos de la que es ya la habitual, común y ordinaria pregunta: “¿Te apetece que nos tomemos unas cervecitas?”, o incluso para los más directos “¿En tu casa o en la mía?”

Pero quiero reivindicar, en mi nombre y en el de aquellos que nos preocupa que ocurra esta extinción masiva, esas primeras citas especiales más allá de un encuentro en el bar de la esquina. Esas para las que, para empezar, analizabas meticulosamente cada detalle de una conversación para sacar, quizás mencionado entre líneas, las aficiones de una persona que podían ser una pista para organizar un encuentro único y característico.

Aquellas para las que te preparabas a conciencia, como si solo tuvieras esa oportunidad para dar una buena impresión. Esas en las que, si era sorpresa, no sabías ni dónde empezarías ni dónde terminarías la velada. Reivindico una primera cita con un significado detrás, porque él o ella quieren compartir, en concreto contigo, ese momento y ese lugar.

Que vuelvan las primeras citas, lo románticos las estamos esperando con ganas.

Duquesa Doslabios.