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La relación entre Amber Heard y Johnny Depp o por qué es tan difícil posicionarse en el juicio del año

Siempre que una pareja de conocidos discute, queramos o no -aunque sea solo internamente- solemos empatizar más con uno de los miembros. Y aunque Johnny Depp y Amber Heard no forman parte de nuestro círculo de amigos, también su sonadísimo divorcio nos ha llegado de una forma o de otra.

GTRES

Tras su mediática ruptura en 2016, han vuelto a enfrentarse en los tribunales por la demanda que el actor ha puesto al diario The Sun, un juicio que parece haberse convertido en definitivo a la hora de arrojar algo de luz a su compleja relación y declarar, o al menos lo que esperan los fans, quién de los dos era el auténtico ‘monstruo’.

Pero no ha resultado fácil seguir durante estas tres semanas el ritmo de declaraciones. Al tratarse de un caso en el que la violencia se habría visto envuelta en ambas direcciones (aunque no sabemos en qué medida), las acusaciones recíprocas no solo buscan llevar la razón, sino dejar al otro de mentiroso.

Un caso de maltrato es confuso ya de por sí para todos aquellos que lo ven desde fuera. Lógicamente, la persona culpable de las agresiones difícilmente va a querer quedar como tal (y menos si se es una figura de Hollywood con lo que eso supondría para el resto de su carrera).

El de Johnny y Amber –rodeado de estupefacientes, familiares e incluso amigos– es todavía más dudoso.

Ambos son estrellas de éxito en la industria. Quien no recuerde al Capitán Jack Sparrow con un ramalazo de cariño, es que no ha visto suficientes veces la saga de Piratas del Caribe.

Y lo mismo podemos decir de otros grandes papeles que hemos visto interpretar al actor, lo que hace difícil separar las acusaciones que recibe de su carrera.

Quizás Amber Heard no tiene tanto recorrido, pero como Mera en Aquaman también se convirtió en toda una heroína. Algo que ha conseguido aún más al donar el dinero del divorcio a causas benéficas (un hospital infantil y una asociación para la defensa de los derechos civiles).

Por otro lado, al ser violencia doméstica, esas acusaciones que han puesto sobre el estrado han sucedido a nivel íntimo. La ausencia de testigos o de pruebas, mientras otras evidencias que apuntarían a ambos también han salido en el juicio, hacen que resulte muy complicado.

Lógicamente, al tratarse de dos personajes públicos, el circo mediático también parece dividir opiniones. Hay medios que se han posicionado en el bando de Depp y otros apoyan la inocencia de la actriz.

Incluso para mí, que he tenido una pareja tóxica -con la que el maltrato también formaba parte de la relación-, me resulta difícil decir quién de los dos sería el agredido y quien el agresor.

Lo que realmente siento es que, como en la de los actores, haya relaciones en las que la violencia se convierta en la moneda de cambio.

Quizás más que buscar culpables y señalarlos -que por supuesto, tiene que hacerse justicia-, podríamos utilizar este tema para abordar con nuestra pareja qué conductas (si las tenemos) son violentas para erradicarlas lo antes posible y sustituirlas por diálogos serenos, en definitiva, un trato más respetuoso hacia la otra persona.

Duquesa Doslabios.

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‘365 días’, ni tan erótica ni sucesora de ‘Cincuenta sombras de Grey’

Cada vez estoy más convencida de que el cine es una de las herramientas más potentes del patriarcado para romantizar la violencia de género.

No dejes de leer todavía, que voy a justificar mi respuesta.

@iammichelemorroneofficial

Desde hace unas semanas, la película 365 días no deja de salir en la lista de las más populares en Netflix. Una popularidad que viene, en parte, por quienes dicen que es la nueva versión de Cincuenta sombras de Grey.

Para que te ahorres el verla, te voy a resumir la trama en una línea: un mafioso millonario secuestra a una mujer con la que una vez soñó y le da un año para enamorarse de el.

Ya para empezar, solo pensar en que un desconocido que ha soñado conmigo me mantenga retenida a la fuerza durante un año (o el tiempo que sea en realidad) me parece escalofriante.

Pero ahí empieza la capa de purpurina: el actor que interpreta al protagonista no tiene nada que ver con los que suelen salir detenidos en las noticias. Es guapo, joven, está en forma y se compromete a no tocarla hasta que ella se enamore de él. ¿Todo un caballero? Todo un lavado de cerebro.

Mientras una sucesión de escenas que parecen salidas de Pretty Woman -por aquello de que él le compra todo tipo de cosas-, ponen el lazo al objetivo de sacarle el romanticismo a un delito, muchas de las espectadoras de la película afirman fantasear con secuestros.

Que una mujer vea este tipo de películas y sueñe con protagonizar algo así es como si una persona homosexual comienza a fantasear con agresiones homófobas porque hay una película que las expone como parte de una historia romántica.

Si eso parece una barbaridad, ¿por qué esto no?

Y eso solo en cuanto al hilo conductor. En la película no faltan estereotipos de industria pornográfica como violaciones, violencia física durante el sexo y por supuesto la premisa de que lo que más desea la víctima es practicarle una felación a su secuestrador.

No que le hagan un buen cunnilingus de esos en los que terminas sudada, con el pelo enmarañado y despatarrada, no. Viendo que así es cómo se representa el deseo femenino, da la sensación de que las personas autoras la ficción saben poco o nada de lo que realmente nos excita a las mujeres.

O quizás es que, una vez más, estamos ante el nuevo ejemplo de adoctrinamiento por parte de la cultura popular y sus productos de éxito. Violencia física, sexo sin consentimiento y una relación sexual en la que el pene es el centro.

¿Y lo peor? Que esta ficción tenga cabida en una plataforma del alcance de Netflix.

Una historia tan vieja, casposa, machista y cansina que de verdad hace que me pregunte por qué no parece haber interés en sacar tramas nuevas en las que se inviertan los papeles.

En explorar otros tipos de relaciones que no estén basadas en un hombre dominante y una mujer sumisa, que nos conviertan en sujetos activos y no en las habituales víctimas. Unas ficciones que nos empoderen, no que nos sigan doblegando.

Porque aunque solo sea una película, el cine nos moldea, nos enseña y nos sirve de referente. Así que yo pregunto, ¿son estas las relaciones que queremos? ¿No es una forma de perpetuar relaciones desiguales entre hombres y mujeres?

Duquesa Doslabios.

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¿Te han hecho ‘gaslighting’? A mí sí

De todas mis manías, hay una que no consigo quitarme. Cada cierto tiempo busco a mi exnovio.

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Me diréis que no es para tanto, que es algo que entre la curiosidad y lo fácil que lo pone internet, nos pasa a todos de vez en cuando.

Pero yo busco al exnovio con el que sufrí maltrato.

Y si más de cinco años después, cada cierto tiempo, tengo que volver a comprobar por dónde van sus pasos, es porque lo que viví con él fue tan irreal en todos los aspectos, que necesito cerciorarme de que él existe y no de que nuestra relación fue algo tan descabellado que me lo imaginé.

Si de algo se encargó en los meses que estuvimos juntos fue de hacerme dudar de todo. Yo, que, hasta ese momento, había sido una mujer con las ideas claras.

Primero empezó con cosas sencillas, como que estaba exagerando o que tenía que tomarme las cosas de otra manera (la que él quisiera, claro).

Luego ya fue afirmar que estaba imaginando y hasta inventando, empezó a achacarme crisis nerviosas que, con el tiempo, él mismo provocaba.

Llegó a confundirme hasta tal punto -porque bien que se encargó de que no quedaran ni familiares ni amigas en mi entorno cercano para contrariarle- que solo podía creer su palabra, al ser la única persona que tenía en mi vida.

Me cosió alrededor de los ojos una venda tan grande, que hasta me hacía dudar de que, unos segundos antes, me había puesto la mano encima.

Luego había moretones o heridas que me lo recordaban, pero su trabajo de inventar historias alternativas que lo justificaran, era digno de película de ficción.

Historias en las que era mi torpeza la responsable de ello.

Pero el mayor dolor iba por dentro. Porque que él dudara de mi palabra, y fuera tan contundente con su discurso, me hizo dudar de la mía.

Hasta el punto de que ni yo me fiaba de lo que decía o de lo que pensaba. Hasta el punto de que necesitaba que estuviera él para asegurarme o desmentirme.

No fue de un día para otro. Desarmarme y desacreditarme ante mí le llevo meses de cuidadosa manipulación. Y yo solo me di cuenta cuando ya no estaba con él y reparé en lo que había hecho.

Me había hecho naufragar en mí misma. Por suerte, y con ayuda, volví a encontrarme.

Duquesa Doslabios.

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