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Tenemos que hablar del acoso que están recibiendo las sexólogas en redes sociales

Irene Negri, Melanie Quintana y Sara Izquierdo tienen algo en común, las tres se dedican a la sexología y utilizan las redes sociales para la divulgación.

También tienen en común que las tres han sido víctimas de acoso sexual, en la misma plataforma, por su profesión.

mujer teléfono

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Recibir una ‘fotopolla‘ o una invitación sexual de alguien a quien acabas de conocer, es algo a lo que la mayoría de mujeres -por desgracia- nos hemos enfrentado alguna vez. Pero hablando con ellas, me doy cuenta de que esta situación, en su caso, es casi el pan de cada día.

Poco a poco, es un problema que se empieza a denunciar en redes sociales, ya no queda solo entre ellas, como antes. Y la única conclusión, tras compartir el acoso constante con mensajes que se alejan de lo profesional, es que tiene que parar.

Instagram o Facebook son dos herramientas fantásticas para divulgar e interaccionar con seguidores de diferentes edades y partes del mundo. Como afirma Irene, «tu contenido y trabajo se ven expuestos a mayor cantidad de personas».

El problema empieza cuando, en palabras de la sexóloga, «las redes sociales deshumanizan a las personas. La gente es super maleducada, no te saluda no te da las gracias… Tienen esta idea de que nuestro tiempo no vale y si te hacen una pregunta, tienes que responder. De ese lugar parte el acoso».

Melanie pone también en el foco el desconocimiento de su ciencia: «La mayoría de las personas aún hoy en día se piensa que enseñamos a follar bien. En gran parte por ese motivo llegamos a recibir fotopollas no solicitadas, mensajes de hombres que se piensan que enseñamos a follar o que directamente nos dedicamos a follar por dinero y quieren solicitar nuestros ‘servicios’».

«Y digo hombres porque la mayoría que mandan ese tipo de mensajes son hombres cis», afirma.

De las imágenes íntimas a las proposiciones sexuales

«Lo del tema de las fotopollas da para libro y es constante», dice Melanie. «Directamente te abren conversación con la foto o te preguntan si pueden enseñarte algo antes de mandártela. Yo tiendo a bloquearlos pero ha habido ocasiones en los que he denunciado harta de la reiteración».

«Una vez, cansada, a uno le dije que fuera al médico porque tenía una malformación en el glande que era preocupante. Él estaba bien, pero se asustó bastante y declinó en una conversación donde le expliqué los motivos por los que no podía seguir mandando ese tipo de mensajes, y que si se los mandaba a una profesional no esperara otra cosa que no fuera una valoración. El gran problema es que se creen que así nos seducen».

Como ella misma aclara, el sexting no tiene nada que ver con mandar una foto de este estilo. La diferencia es que es una imagen íntima no solicitada.

Otro ejemplo es el que relata Sara Izquierdo cuando ha compartido fotografías suyas en su cuenta.

«Lo que más me sorprendió fue uno que me dijo que me quería hacer de todo», explica. «Te quiero dar placer en esa postura», escribió un seguidor. «Me encantaría comerte el coño y follarte el culo», escribió otro.

«Luego me dijo ‘con perdón’», cuenta Sara. «Realmente se pensaba que estaba siendo educado y que me iba a gustar eso. Se pensaba que no estaba haciendo nada mal con ese comentario».

«Me pasa mucho que tengo seguidores que son súper majos que me responden a todo de buenas, que son simpáticos y punto, pero luego, en cuanto pueden soltar alguna, ya me dicen que o dónde vivo o que si quedamos a tomar algo. En seguida sabes que no están siendo majos, sino que quieren sexo», afirma.

La experiencia de Melanie con las proposiciones sexuales pasa porque incluso ha intentado -como dice ella- ponerse en modo sexóloga, e intentarles explicar que no es la forma de aproximarse de manera íntima a alguien.

«Hay tíos que te mandan mensajes preguntando si pueden follar contigo gratis y cuando les dices que no, y que esa no es forma de entrar a una mujer -porque no activa su deseo-, se enfadan y alegan cosas como ‘pero si eres sexóloga'».

Menos acoso, más educación

Para Melanie, gran culpa de esto la tiene la pornografía que se empieza a consumir a edades muy tempranas: «La interacción con el porno les ha construido unos patrones en la interacción que nada tienen que ver con la realidad o con los patrones de activación del deseo o la seducción».

No quita que, como ella dice, no pueda haber quien se excite con un mensaje directo o una foto privada: «Aunque seguro que haya mujeres que les ponga esto, no se puede dar por hecho. Primero pregunta o conoce a esa tía antes de entrarle así».

«Que seamos mujeres y nos dediquemos a hablar de sexualidad, produce dos cosas. Por un lado un efecto de fascinación, de wow, qué raro lo que haces, qué exótico, qué extraño. Por el otro lado hay esta idea de que si eres sexóloga eres una diosa del sexo, como si esto no fuese una carrera profesional que depende de un montón de conocimientos», explica Irene.

«Es súper frustrante, te encuentras con hombres que tienen estas fantasías y asumen que tienes mucho sexo, asumen que eres muy buena teniendo sexo y asumen que tienes un deseo tan ferviente que, cada día de tu vida, necesitas tener sexo».

Y más allá de las imágenes no solicitadas o las proposiciones, exigir recibir respuesta a cualquier duda es también una forma de acosar a las profesionales.

«Hace poco una persona me preguntaba muy obsesivamente si estaba bien que tuviera un fetichismo de los pies, que qué opinaba yo al respecto… Fue una conversación muy incómoda (no por el fetichismo de los pies), sino por lo insistente que se puso. No aceptar un no también se puede considerar como violencia», dice la sexóloga.

¿Les pasa a los sexólogos hombres?

Hace poco, estando en medio de un directo en Instagram con José Alberto Medina (también psicólogo y sexólogo), un espectador pedía a mi interlocutor que le contestara una consulta personal que le tenía que hacer.

Llegó a tal punto la insistencia que José Alberto, en plena emisión, tuvo que pedirle que por favor le contactara por mensaje privado, en vez de utilizando la sección de comentarios del directo.

Cuando acudió a su bandeja de entrada, se encontró una consulta medio habitual: «Te voy a preguntar algo. Me cuesta ahora empalmarme. ¿Por qué puede ser?».

En esos casos, la respuesta del sexólogo suele ser la de facilitarle su mail, pidiendo que le cuenten un poco sobre el tema, e invitar a hacer la sesión online, lo que hizo también con él.

La sorpresa fue cuando, la respuesta que recibió a su mensaje, fue si lo «quería ver un momento». El psicólogo le aclaró que esa no era una manera profesional de abordar el tema -si ese era su objetivo- y que de otra forma estaría encantado de atenderle.

Curiosamente, por mucho que se ofrece una asesoría online para tratar lo que muchos califican como un ‘problema’, no suelen terminar teniendo lugar. Lo que demuestra que el objetivo de los que contactan no tiene mucho que ver con el ejercicio de los sexólogos.

Así que, con este último ejemplo, hay algo más que debo añadir a la reflexión con la que empezaba el artículo.

Irene, Melanie, Sara y José Alberto, no solo tienen en común su profesión y que, por ejercerla en redes o divulgar conocimientos sobre ella, sufren acoso.

Sino que, quien les acosa, son hombres.

Puedes encontrar en Instagram a todos los participantes de este artículo: Irene Negri (@sexeducando), Melanie Quintana (@mel_apido), Sara Izquierdo (@vozdelagarta) y José Alberto Medina (@sex_esteem).

De las mujeres que intimidan a los hombres

La última vez que me abrí Tinder, me dieron dos plantones. Con el tercero pude quedar y tomarme algo y aproveché para preguntarle por qué pensaba que podía ser que no habían querido quedar conmigo.

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En su opinión había dos cosas que podían echar para atrás a mis matches a la hora de conocerme.

(Inciso: ¿no me sigues en Instagram? ¡Pues corre!)

La primera, que hago pesas. No voy al gimnasio a la clase de yoga o spinning (que me parece perfecto). Voy al gimnasio a mover hierros.

La segunda, por supuesto, que escribía este blog.

En mi perfil no lo escondía. «Escribo un blog de sexo y pareja, puede que mi siguiente artículo vaya sobre ti«, era lo que aparecía más o menos.

Quizás era la idea de encontrarse leyendo mi experiencia en el espacio (siempre de manera anónima, claro), les hacía recular.

O a lo mejor el hecho de que, después de tantos años como la Lilih Blue de 20minutos, algo de sexo he aprendido.

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Fuera por lo que fuere, mi acompañante apostaba por esas dos cosas. Eran lo que, según él, me convertían en intimidante ante algunos ojos masculinos.

Porque sí, las mujeres intimidamos. O eso parece cuando otra de mis amigas me cuenta que, teniendo casa y viviendo sola, si conoce a un chico con el que quiere acostarse, este prefiere ir a su piso compartido antes que a donde vive ella.

O cuando otra conocida, centrada en su trabajo en el sector bancario, comenta que recibe un salario mensual muy por encima del de él.

Hasta el punto de sacarle un cero por la derecha.

Es curioso que ellos se sientan intimidados por nuestra fuerza, una vida sexual pasada, la situación de independencia o incluso por nuestro dinero.

Tanto que, lo que nuestras amigas pueden considerar éxitos, se convierten en factores que juegan en nuestra contra.

Mientras que, lo que a nosotras nos intimida, es que nos toquen sin consentimiento, puedan hacernos daño, forzarnos y destrozarnos.

Así de diferente es lo que puede echarnos para atrás a la hora de dejarnos llevar. De estar con él a solas.

Que hable de las mujeres de cierta manera, que sea un experto en artes marciales, que enseguida frecuente nuestro espacio y consiga que no lo sintamos más nuestro… En definitiva, que nos sintamos amenazadas, expuestas.

Al final va a ser verdad que lo que más les aterra a ellos es que una mujer ponga en peligro su ego.

Y lo que más nos aterra a nosotras es que nos ponga en peligro la vida.

Mara Mariño

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Decimos que ‘si tocan a una, nos tocan a todas’ porque ya lo han hecho

«Me gusta ser mujer», proclama una famosa marca de compresas en sus anuncios.

Entonces ¿por qué hay tantas ocasiones que no quiero serlo?

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¿Por qué lo vivo como si en la lotería de la genética me hubiera tocado estar con el equipo perdedor, el XX en vez del triunfante XY?

¿Por qué en vez tener siempre la felicidad que muestran las actrices en la pantalla para mí es una carga?

Porque ser mujer tiene de idílico más bien poco.

Porque no hay nada satisfactorio en saber que, el hecho de que llegues a casa esta noche, no depende nunca de ti. De tu voluntad.

Ni por mucho que tu madre te diga «Ten cuidado al salir, hija».

Ni aunque sigas al pie de la letra el manual de la «chica buena» que sutilmente nos vende la sociedad machista.

Esa que no bebe, no lleva ropa corta, no sale de fiesta, no coge el atajo por las callejuelas para llegar a casa antes…

Porque algo puede pasarte siempre, a los 8 años, a los 16, a los 50, haciendo running por un parque a mediodía, en el autobús cualquier día de enero camino a la oficina, llevando tu chandal más viejo paseando a tu perro.

Porque si me duele tanto leer noticias de agresiones sexuales es porque sé lo que es.

Porque quizás no todos los hombres las cometan, pero sí todas las mujeres tienen un caso que contar.

Porque vamos cada día de la mano del miedo, sabiendo que lo menos grave que te puede pasar es que él (o ellos) se quede contento con agredir y te deje seguir viviendo.

Porque decimos que «si nos tocan a una nos tocan a todas» y realmente se siente de esa manera.

Así de profundo y visceral. Como si te hubiera pasado también a ti.

Porque ya lo han hecho. Porque ya nos han tocado, insultado, agredido o acosado en algún momento.

Y eso es lo que no puede seguir pasando. No queremos ser más del equipo perdedor.

Duquesa Doslabios.

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Amigo, así es cómo te afecta la ley del ‘Solo sí es sí’

¿Piensas que es muy complicado ser hombre hoy en día? ¿Que vas a tener que ir con un contrato en el bolsillo y firmar ante notario si quieres tener sexo con una chica?

Este artículo es para ti.

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Vengo a explicarte de una forma sencilla cómo te afecta la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual o, como la conocemos coloquialmente, la del «Solo sí es sí».

Por lo pronto, abuso y violación han pasado de ser considerados delitos diferentes a que ambos vayan a juzgarse como agresión.

Es decir, ya no es necesaria que haya violencia o intimidación para que puedas ir a la cárcel si haces algo en contra del consentimiento de otra persona.

Y cuidado, porque esto se aplica también a lo que suceda en la calle.

Si por un casual eres lectora, recordarás con todo lujo de detalles aquella vez que te tocaron por sorpresa en el vagón de metro, en unas fiestas de pueblo o cuando te asaltó ese desconocido en el parque siendo tú pequeña.

Ahora todo acoso callejero es considerado delito leve y se puede penar con multas o hasta un año de cárcel. ¿El secreto para evitarlo si eres un hombre? Tan sencillo como no tocar a una mujer que no te ha dado permiso.

De tanto reivindicar que las calles también son nuestras, la nueva ley también recoge el acoso callejero.

Comportamientos no deseados verbales que violen la dignidad de una persona -y sobre todo si se crea un ambiente intimatorio, hostil, degradante, humillante u ofensivo (cada vez que te sueltan el comentario troglodita de turno, en resumen), también será castigado.

Ante la duda guárdate para ti la opinión sobre cómo nos queda ese escote o las piernas que tenemos. No te la hemos pedido.

Respecto a tener que llevar siempre boli y papel encima para que quede claro que la relación entre ambos fue consentida, decirte que no, que no hace falta que vayas cargado.

Solo que aprendas que ni quedarse en silencio ni adoptar una postura pasiva significan que estén aceptando tener sexo contigo. Que esta vez no vale lo de «ella no opuso resistencia».

Y con los agravantes de si además se hace en grupo, es la pareja, un familiar o se usan sustancias para anular la voluntad de la víctima.

Así que antes de que salgas con el «Es que ya no vamos a poder hacer nada», déjame aclararte que no te tienes que preocupar.

Que vas a poder hacer de todo, pero con consentimiento, claro. Que igual es de lo que te estabas olvidando hasta ahora.

Y antes de despedirme, una noticia que, si eres amante del teclado, te puede interesar. Hasta el 26 de septiembre puedes inscribirte en los XV Premios 20Blogs y, además de llevarte el premio de 5.000 euros, formar parte de la familia bloguera. Si te quieres apuntar, tienes toda la información aquí.

Duquesa Doslabios.

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¿Y si no volvieran a abrir los prostíbulos que ha cerrado el coronavirus?

Mi última semana de vacaciones termina con un regusto agridulce.

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No tanto por la melancolía tan propia del fin del verano, esa que sigo teniendo la suerte de desconocer por la ilusión que me provoca el nuevo curso.

La sensación era producida por aquellas puertas metálicas cerradas, rodeadas de palmeras, que estaban a pocos metros de la entrada principal del hotel.

Recuerdo que, la primera vez que llegamos, pensé que se trataba de un bar de copas.

El nombre -con letras gigantes plateadas o el toldo oscuro que tanto se usa a la entrada de los pubs-, parecían que aquello o era una discoteca o un local para tomar algo, el clásico sitio donde la música no va a ser estridente y el alcohol no (tan) malo.

Ante la perspectiva de poder hacer ese plan durante la estancia, quise comprobar vía Google si debíamos conocer medidas concretas por la Covid o si, simplemente, lo que íbamos a encontrar dentro era un antro de garrafón y suelo pegajoso.

Las reseñas lo aclararon todo. Aquello era un puticlub.

Y, en los comentarios, los puteros valoraban su experiencia como quien escribe una reseña en Tripadvisor tras probar el menú de un restaurante.

«Chicas muy guapas y cariñosas», «Muy lagartas para lo que pagas», «Mujeres muy hermosas para pasar una noche de una gran compañía. Lo recomiendo»…

Uno tras otro, usando nombres de las propias mujeres del local, o hablando de ellas por su nacionalidad, comparaban, comentaban, recomendaban o desaconsejaban.

Incluso hubo quien afirmaba que mejor ir a esos locales, en vez de a bares, por el físico de las mujeres que, a diferencia de las camareras, según el putero, no eran comparables.

«Chicas con un cuerpo estupendo. Mejor gastar el dinero en un club que en bares donde las camareras te sacan el dinero y no tienen cuerpo», decía.

Lo común en todas las valoraciones es que hablaban de las mujeres con la distancia de quien menciona la decoración del restaurante, reduciendo a seres humanos a meros objetos más del lugar. Solo comparables, por las recesiones, a los platos que se critican en internet.

Personas al nivel de la carne.

Otro, el último en escribir, se quejaba del precio tras gastarse 800 € «en chicas» y no poder pagar casi su alquiler. Anteponiendo un deseo como es el sexual, a la verdadera necesidad de tener un espacio donde vivir.

Durante los días que pasé frente al local, pensaba en ellas. Si tendrían comida suficiente, si podrían descansar, si les estarían tratando bien, si estarían sanas, si se habrían contagiado del virus o de algo peor

Y mi conclusión siempre era la misma. Aquel lugar en el que las mujeres eran una mercancía más, donde no eran tratadas como personas sino como cosas que puntuar, donde no tenían ninguna protección, alternativa o libertad, no debería estar cerrado únicamente por el coronavirus (si es que realmente lo estaba).

Debería cerrarse, tanto ese como el resto de clubs, para siempre.

Duquesa Doslabios.

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Mike y Once o Guzmán y Nadia: 5 parejas tóxicas que se han romantizado en la ficción

«Cinco parejas tóxicas que se han romantizado y así nos va» sería el titular completo de esta reflexión, ya que, hay una curiosa conexión entre estas relaciones en la pantalla y el comportamiento que reproducimos en nuestra propia vida.

@ladygaga

Cuando pensábamos que sería algo que quedaría en las tramas de los 90 de Friends -protagonizadas por Rachel y Ross-, la televisión siguió brindándonos comportamientos tóxicos en Sexo en Nueva York a través de Carrie y Big.

Y, años después, Crepúsculo y Cincuenta Sombras de Grey llevaban a la gran pantalla, convirtiéndose en blockbusters, un enfermizo amor controlador que creímos a pies juntillas.

Con los años, encuentro grandes esperanzas en que no solo yo, sino también mis amigas, comenzaron a darse cuenta de que algo olía a podrido en todas aquellas relaciones.

No solo por haber salido ya del fervor de la adolescencia, también porque, curiosamente, habíamos atravesado experiencias del estilo y sabíamos identificarlas.

Aunque no siempre es tan sencillo poder reconocer que se está viviendo una relación tóxica desde dentro. Por eso me resulta tan chocante que, a día de hoy, algunas de las películas y series con más éxito sean también las que siguen quitándole hierro a lo peor que te puede hacer tu pareja.

¿La estrategia para ello? Exactamente la misma que se usa desde hace tres décadas: darle un buen lavado de amor para ver la ficción de color de rosa.

  • Ally y Jackson, de Ha nacido una estrella son mi primer ejemplo. Tanto la banda sonora, como la trágica historia de los protagonistas, dio la vuelta al mundo. Recuerdo sacar un día en el trabajo el tema de que no me había gustado por la clase de relación que representaba y que mis compañeras alucinaran. ¡Si eran los nuevos Jack y Rose de nuestra generación! Pero con varias diferencias. Mientras que Jackson muestra un comportamiento abusivo con Ally ella no deja de perdonarle, pasándole una y otra y otra más, y apoyándole en todo. Aunque él tiene adicciones a las drogas y va camino de la autodestrucción, su novia encuentra la forma de justificarlo y cargar con sus problemas salvándole de sí mismo llegando a sacrificar su propia carrera laboral, incluso cuando sabe que no va a cambiar. Esta devoción y entrega por solo uno de los miembros de la pareja, llega a su calmen (CUIDADO, SPOILER) cuando ella le dedica su última canción, que no es más que una declaración de amor que desmerece la persona que le ha estado complicando la vida.
  • Cuando en Twitter se convirtió en objeto de deseo la relación entre Joe y Guinevere, de You, me quedó claro que nos la estaban colando otra vez. Varias fans de la serie suspiraban por experimentar ese tipo de atención -que no es otra cosa más que acoso- por parte del actor. El propio Penn Badgley tuvo que recordar que no era una historia de amor, más bien la representación de cómo se puede llegar al extremo con estos comportamientos tan, aparentemente, comunes como son los de controlar las publicaciones de otra persona. Es algo que está al alcance de todos gracias a las redes sociales y precisamente creo que la trama buscaba concienciar en un principio de eso. Aunque fue ver la segunda temporada, viendo que se repetían patrones por partida doble, también en el nombre del amor (llegando incluso a asesinar por esa razón y otorgando finales felices a los homicidas) y ya descubrir que era otro lavado de cara de las relaciones tóxicas.
  • Piper y Alex de Orange is The New Black comienza con la protagonista yendo a la cárcel por su ex novia después de que esta la imputara. Si eso no es empezar la serie con una buena dosis de amor tóxico, yo ya no sé… Pero para hacer la relación todavía más conflictiva, vuelve a surgir la chispa. Y no viene sola. Manipulaciones, engaños, mentiras e infidelidades hacen acto de presencia hasta que terminan por romper. No desesperes, más adelante vuelven, repiten el círculo y rompen. Así en un ciclo sin fin en el que queda claro que, por mucho que el sexo sea genial (porque no faltan escenas explícitas que lo den a entender), el amor no va a salvar todos esos hábitos nocivos. Más que nada porque, si se dan en una relación, es que no hay amor.
  • En menor medida, Guzmán y Nadia de Élite, también tienen un merecido hueco en la lista. Vale que no es una relación tan turbulenta como las anteriores mencionadas, pero el tufillo a relación tóxica también se puede apreciar. Guzmán es retado a desvirgar a Nadia por un amigo (porque claro, en la adolescencia es el típico desafío que te ponen en el colegio, los challenges de TikTok son para los pringados). Ella lo descubre y le manda a paseo -hasta ahí bien-, pero como él ha empezado a sentir algo, utiliza el amor que ha comenzado a sentir como prueba de que es un buen tío y se merece una oportunidad. Nadia sigue sin tener interés en una persona así y, ¿cuál es el movimiento de Guzmán? Darle la vuelta a la tortilla y echarle a ella la culpa de que quería ese acercamiento, lo que, desde hace unos años, se ha bautizado como gaslight o una forma de manipulación que consiste en hacerte dudar de la propia realidad, es decir, poniendo en tela de juicio tu propia cordura. Bravo, Guzmán, buen chico.
  • Con Once y Mike, de Stranger Things termino la lista. Los he dejado para el final porque, como la de Guzmán y Nadia, su relación tiene sutiles matices tóxicos que es importante que aprendamos a identificar. Cuando empiezas a conocer a alguien y ya aparecen estos hábitos, suele ser la señal de que aquello no va bien (y, sobre todo, que puede ir a peor). Aunque fui la primera que se derritió con la historia entre ambos (en serio, ¿quién no se acordó de su primer amor en esos momentos?), lo cierto es que en la última temporada, Mike se retrata como un tóxico de manual. Su única motivación es pasar el día con Once liándose. Que claro que a esas edades ya tienes un chute hormonal importante, pero ambos dejan de lado al grupo de amigos para hacer lo mismo una y otra vez, tal y como dejan caer en la trama. Mientras que la ruptura significa que Mike se coge un berrinche (más enfado que tristeza), Once comienza a hacer vida social con Max y, por primera vez en su vida, tiene la oportunidad de descubrir qué cosas le gustan, un crecimiento personal que Mike frenaba.

Duquesa Doslabios.

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No existen las ‘zorras’, existen las personas enfadadas con mujeres

A lo largo del día escucho tantas veces la palabra «zorra» dirigida a mujeres, que he tenido que hacer el ejercicio de reflexionar sobre ella. Y he llegado a la conclusión de que una zorra no existe.

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Te pongo un ejemplo. Despega los ojos de la pantalla y mira a tu alrededor. ¿Qué ves? La ventanilla del metro, el café del desayuno, tu teléfono, el teclado… Son cosas reales, tangibles. Objetos que seguirían estando ahí si el ser humano se extinguiera de un día para otro.

¿Pasaría lo mismo con una «zorra»? No a no ser que se trate de la hembra del zorro, y te diré por qué.

Una «zorra» es un apelativo que se basa en una construcción social, pero no de cualquier tipo, sino una patriarcal. Esto significa que quien ejerce el papel dominante es el hombre, por lo que la mujer se encuentra siempre por debajo.

Es decir, «zorra» no es otra cosa más que el antiguo «bruja» con unas pequeñas diferencias. La palabra que invocaba a la hechicería tenía un objetivo claro: eliminar a aquellas mujeres que pudieran suponer una amenaza por cualquier motivo, ya fuera su influencia, su posición, sus actividades o, simplemente, en aquellas que no eran muy apreciadas por los vecinos.

Una palabra tan poderosa (perdonad el juego, pero hablando de brujería tenía en bandeja la expresión) que servía para quemarla viva y sacarla de en medio. En otras palabras, el paraíso de los hombres que consideraban a una mujer un peligro para su existencia.

Puede que «bruja» se haya quedado anticuado y ya no sirva para subir a la receptora del apelativo a la hoguera.

¿La nueva estrategia? Buscar una nueva palabra que sirviera para ‘quemar’ socialmente a aquellas que no se sometieran, ya sea en redes sociales, en la universidad, en el trabajo ¡y hasta en el colegio!

Para «zorra» no hay un significado unánime, es un término que sirve para todo. Y con todo, me refiero por supuesto, a todo lo que esté sujeto a ser criticado.

«Zorra» puede ser la que tontea en un bar. «Zorra» es la que te rechaza porque no le gustas. «Zorra» es la funcionaria que te dice que te has equivocado de centro de la Seguridad Social. «Zorra» es la que es infiel (si es a ti o a otra persona es lo de menos). «Zorra» es la que aprueba el examen a la primera. «Zorra» es la que perrea hasta el suelo con Daddy Yankee. «Zorra» es a la que le dan el trabajo cuya entrevista no pasaste.

¿A qué conclusión se puede llegar? Que cuando se usa ese término es fruto de algún sentimiento negativo que puede ir desde la envidia al deseo, pasando por el rencor.

De hecho, se ha vuelto tan famosa la palabra que, como «bruja», incluso las propias mujeres la usamos entre nosotras para desprestigiarnos.

Al final, como apuntó un amigo mío: «No existen las zorras, solo personas enfadadas».

Duquesa Doslabios.

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Acoso sexual, el verdadero ‘secreto’ de Victoria’s Secret

Mientras que las mujeres de Hollywood o del mundo del deporte alzaban la voz para denunciar todo tipo de agresiones, un sector parecía resistirse a los embistes de la violencia de género: la fantasía lencera de Victoria’s Secret.

Si ya de por sí, solo por nacer mujer, tienes un 30% de posibilidades de sufrir violencia (a lo que se le puede sumar que 4 de cada 5 mujeres en España han sido acosadas), parecía imposible que en el desfile más visto del mundo en el que la ropa interior era denominador común, se escapara.

Casi como si las modelos más famosas de la industria de la moda hubieran encontrado un universo alternativo en el que era segura la (casi) desnudez.

O al menos hasta que un reportaje de The New York Times ha sacado a la luz que no todo eran push ups, tangas y alas de ángel.

Las modelos han hablado en ‘Ángeles en el infierno: La cultura de la misoginia dentro de Victoria’s Secret‘ porque llevan mucho calladas.

Andy Muise o Alyssa Millerson algunas de las que han denunciado una figura fundamental en toda la trama del gigante de la lencería: Ed Razek, quien era director ejecutivo hasta 2019 y encargado de los célebres castings para el desfile.

Las quejas que llegaron al departamento de Recursos Humanos de la firma iban desde tocamientos hasta comentarios lascivos, una serie de comportamientos que la empresa justificaba como algo ‘normal’ en ese trabajo sin darle ninguna importancia.

En el caso de Andy, el resistirse a los intentos del director de tener un encuentro sexual con ella tuvo una consecuencia inmediata: no volver a ser llamada para recorrer la pasarela.

Aunque es quizás Bella Hadid en nombre más destacado del artículo, quien también ha tenido mucho que decir sobre Razek y sus comentarios sexuales en fittings previos al desfile o en el mismo día del espectáculo.

Tocamientos a la fuerza, sesiones de fotos con las modelos desnudas que nunca habían sido aprobadas por la agencia, viajes con hombres mayores con los que debían flirtear y hasta una red de captación de mujeres para la prostitución son algunas de las ‘perlas’ detrás de la fantasía de color de rosa.

Afortunadamente, por motivos alejados de las acusaciones, Victoria’s Secret está cayendo por sí sola junto a su rancio estereotipo de belleza.

No serán las únicas historias de supermodelos que escucharemos (¡tiempo al tiempo!). No descarto que llegue el día en que Cindy Crawford, Naomi Campbell o Claudia Schiffer digan lo que han visto o vivido.

Duquesa Doslabios.

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Las mujeres queremos que se sepa

Hace dos días, ‘tropecé’ virtualmente en Instagram con una frase con un color rojo de fondo que llamó mi atención. «Que se sepa», ponía. Así de atrevido, conciso y directo.

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Una declaración de intenciones que ha puesto en marcha Devermut, la pareja de youtubers que hace un año sacaron un libro en el que cien mujeres contaban sus historias.

Esta vez han vuelto a la carga con un estudio que pretende batir récords con la mayor encuesta del mundo sobre la violencia sexual que las mujeres experimentamos a diario, ya sea con el piropo callejero de turno o el que te manda genitales por mensaje privado.

En QueSeSepa.org encontrarás una serie de preguntas totalmente anónimas con un objetivo concreto: reflejar una realidad que ni políticos ni medios, están interesados en contar.

Y como periodista, muchas veces me avergüenzo de lo poco y mal que se trata el tema de la violencia de género en mi sector. Este espacio y la encuesta son pequeñas formas de plantarle cara a algunas de las malas artes de mi profesión.

No ha sido fácil. Hay preguntas que despiertan emociones que, en mi caso, llevaban años enterradas. Pero si quiero que esto cambie, hay que hacer de tripas corazón y marcar lo que ha pasado.

He participado porque quiero que se sepa todo. Quiero que se sepa que sin haber cumplido todavía los 10 años un desconocido me metió mano en el Metro, que a los 15 un hombre paró el coche y me invitó a subir, que de pequeña recuerdo a un señor de la piscina pública haciéndome fotos en bañador.

Que hace cinco años mi empareja me hacía chantaje para que me abriera de piernas, que tuve sexo con un ligue de una noche al que le iba el rollo violento porque me daba miedo que me hiciera algo que me negaba.

Y aunque muchas de esas cosas las sabe mi familia, mis amigos y hasta mi antigua terapeuta, algunas de ellas han salido por primera vez en la encuesta. La última que os he contado, por ejemplo.

Quiero que se sepa porque me ha tocado escuchar que no lo he dicho, que por qué me callo. Pues es el momento de que nos escuchen, de que hablemos, de que sepan. De que definamos entre todas esa violencia de género, la misma que todavía hay quienes nos niegan en la cara.

Toca que si no tienen interés en encuestarnos, en dejarnos hablar, en invitarnos a expresar nuestra opinión o en dejarnos hacerlo desde la comodidad de casa (los estudios a pie de calle, sobre asuntos tan delicados, no permiten que las mujeres podamos responder en muchas ocasiones de manera sincera), con la seguridad del anonimato, podamos hacerlo ahora por nuestra cuenta. Sin pedir perdón ni permiso. Con un par de ovarios.

Solo admitiendo que hay un problema y evaluando cuáles son sus dimensiones, podremos empezar a pensar en soluciones.

Duquesa Doslabios.

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Que te toquen el culo en la discoteca y todo lo que no es ‘normal’ por ser mujer

Todas coincidimos en que es mejor ir con zapato plano en vez de sacar los tacones. «Yo quiero ir cómoda», dice una. Aunque no lo pongamos por escrito sabemos que, en el caso de tener que correr, es preferible ir con un calzado bajo.

FACEBOOK TOMORROWLAND

Quedamos poco antes de que abran la discoteca y vienen los dos de turno. «¿Por qué estáis tan solas?», dicen a ese grupo de cuatro amigas.

Sabemos qué hacer en esos casos. El corte más ‘limpio y rápido’, la baza del novio. Una vez saben que «estamos todas cogidas», se van. La excusa de siempre que, cuando surge, te garantiza la ‘libertad’, algo que sabemos todas, por lo que utilizarla es ya normal.

Entramos a bailar. Pedimos copas y recordamos cómo nuestros padres dejaban el vaso en la barra con una servilleta por encima, para que no les echaran drogas. Nos reímos de aquel acto pero no soltamos el nuestro, no vaya a ser. De modo que se convierte en habitual ese baile a una mano mientras con la otra mantenemos la bebida va bien sujeta. Hasta ahí todo normal.

«Voy al baño», dice una. Da igual la distancia al servicio, es una norma no escrita acompañarnos. Son muchas las historias de amigas que, ante las ganas de hacer pis se han alejado y han aparecido en un piso desnudas al día siguiente.

Las colas en los baños de mujeres son siempre infinitas, todas llevamos compañía, como es normal.

Una vez reunidas de nuevo, seguras por la fuerza del grupo, el baile es más pleno. Hasta que, en la décima bajada al suelo -cambiando solo el peso de las caderas de una a otra rodilla-, hay quien nota una mano indiscreta.

Pena que, al girarse, haya un grupo de ocho o nueve chicos. Imposible dar con el autor del roce. Aunque claro, con tanta gente, y bailando hasta el suelo, es normal que se den ese tipo de choques. Que no empiece la paranoia.

Vuelve a notarla y al minuto se arrepiente de haberse puesto minifalda, no como sus amigas -más expertas en materia-, que prefieren los pantalones largos para evitar, como es normal, los manoseos que suelen acompañar aquí, en Valencia, en Cáceres, en Murcia o en Málaga, los acordes de Daddy Yankee. Pero ella no cayó en eso, solo quería estrenar su nueva compra.

Así que se resigna y entiende que el toqueteo será el nuevo normal de la noche.

Las horas se agotan y los pies, incluso sin tacones, también. Es el momento de despedirse. Dos comparten taxi, otra irá en autobús nocturno y la última, que no ha bebido, prefiere coger un coche de alquiler.

Tras los besos y abrazos, la promesa de todas las noches. «Avisad al llegar». Es el voto normal en estos casos en los que la oscuridad todavía hace mella en el cielo.

El coche está más lejos de lo que se pensaba. Tiene que andar sola un trecho e incluso pasar por delante de un grupo de hombres que también acaban de salir de otra discoteca.

«Hola bebé, ¿te acompaño?». Risas del grupo, él se ha puesto casi enfrente suyo. Ella le esquiva y aprieta el paso, mirando con desesperación el mapa del móvil para localizar el vehículo.

Por mucha rabia que le dé confesarlo, ese tipo de encuentros son lo normal cuando vuelve a casa. El miedo apretándole la boca del estómago durante los últimos metros antes de abrir la puerta -que muchas veces alcanza corriendo- se ha convertido casi en el denominador común, lo raro es que no le digan algo. El broche de siempre a sus veladas con amigas.

Finalmente llega a casa, es la última en hacerlo. Escribe que ya está en la cama y aprovecha para revisar por última vez Instagram. El chico al que le dijo su perfil le ha escrito un mensaje. Uno detrás de otro, viendo que ella no le contestaba.

Que si quiere terminar la noche por todo lo alto. Que por qué no le contesta. Que hay que ver estas feminazis que se asustan por todo. Que quién se cree que es. Que es una zorra calientapollas por haber bailado así. Que tampoco está tan buena. Que ojalá se muera.

Y ella apaga el móvil y se va a dormir después de pasarle el pantallazo a sus amigas, que, poco o nada extrañadas, le dicen que así son muchos tíos. No les sorprende a estas alturas porque tienen en sus bandejas de entrada textos parecidos. Es hasta normal.

Solo que nada de lo descrito como normal en este texto lo es. Por mucho que socialmente hayamos aprendido a normalizar las agresiones sexuales, las intimidaciones, es el momento de desaprenderlo.

Que lo normal empiece a ser no tener miedo porque no haya ningún motivo para ello.

Duquesa Doslabios.

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