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Historias de amor, sexo y otros delirios

Archivo de la categoría ‘acoso sexual’

El grito feminista contra La Manada

Ayer grité. Grité hasta desgañitarme, hasta que Madrid se quedó con mi garganta seca secuestrada fruto de muchas horas y poca agua. Grité parada, grité en marcha, grité delante de un Ministerio de (in)Justicia cuyos valores debían estar de vacaciones y delante de un Congreso de los Diputados que permite que las mujeres, a quienes supuestamente representa, se sientan menospreciadas.

GTRES

Ayer grité y gritaron conmigo un grupo de adolescentes que ni de puntillas rasparían los 17 con las voces muy altas y las zapatillas bajas, de cordones. Porque con deportivas nos aferramos mejor a un suelo que, en ocasiones como la de ayer, parece tambalear bajo nuestros pies.

Gritaron conmigo, también, mujeres que llevan (vi)viendo estas situaciones décadas. Aquellas que gritaron en su día en los 70, 80, 90 y deben seguir gritando porque, y a los hechos me remito, nuestras voces no parecen ser lo bastante escuchadas (o, de serlo, ignoradas deliberadamente).

Muchas, incluso, gritaron todo el camino que transcurrió desde el Ministerio de (in)Justicia hasta el Congreso de los Diputados con ayuda de muletas, porque “No tenemos miedo” pero “Sí tenemos rabia”. Y la rabia mueve montañas (y en este caso, personas con movilidad reducida).

Gritaron hijos, novios, primos, amigos, hermanos, padres y abuelos que entienden que no estamos solas porque las injusticias nos afectan a todos. Gritaron indignados que “aquí están las feministas”, sin que se les cayera la barba al suelo o disminuyeran sus niveles de testosterona por usar el femenino plural.

DUQUESA2LABIOS

Grité por mí y por todas mis compañeras. Grité por las que ya no estaban, que no éramos todas porque, como recordamos, “faltan las asesinadas”. Grité por quienes no podían unirse pero estaban presentes en espíritu.

Grité porque no puedo hacer otra cosa. Grité por creer a una desconocida que afirma haber sido violada porque su palabra me basta, porque no puedo estar tranquila sabiendo que hay violadores que pisan la calle sin cumplir más pena que dos años de cárcel y 6.000 euros, el precio que nos han puesto.

Pero grité también por todas las veces que he sentido miedo andando por la calle, grité por la que es forzada por su novio, y todavía no se ha dado cuenta de ello, porque se cree que así es el amor, grité por una mujer que no puede salir de Madrid ya que es el único sitio que sus violadores no pueden pisar. Grité por una (in)justicia que le deja encerrada. Grité por aquella que se siente sola en el colegio porque le llaman “guarra”, por las que nos quedamos pegadas al WhatsApp y no conciliamos el suelo hasta que nuestra amiga escribe “Ya estoy en casa”.

Y de gritar por tantas cosas me di cuenta de que, al final, gritar por la liberación de La Manada se me quedaba corto, porque no es un caso aislado, sino un patriarcado que respalda y defiende a los culpables culpabilizando, en cambio, a quienes deberían ser defendidas.

Grité, en definitiva, por esa sociedad que nos pide que no vayamos tan cortas, que no tengamos la lengua larga, que no bailemos de esa manera que podemos provocar, que no pasemos por ciertos sitios, que no bebamos, que si no decimos nada estamos accediendo, aunque sean cinco, que nos protejamos, que nos cuidemos, que nos echa la culpa, que rebaja condenas, que atenúa penas, que señala a la víctima para evitar señalar lo podrida que está ella misma al no enseñar a los hombres que no nos acosen, vejen, violen o maten.

Duquesa Doslabios.

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“Rompí con mi carnicero por machista”

“- Hay uno por ahí del barrio que te quiere violar– suelta mi carnicero a bocajarro a una chica que pasa junto al puesto de carne en el que trabaja.

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No conozco a la chica, pero hace ya diez años que acudo al mismo sitio a comprar, al mismo puesto del mismo mercado madrileño y casi siempre a hacer los mismos pedidos.

Sé que el hombre es de lisonja fácil, siempre en la punta de la lengua, preparada para disparar. Es de esos que siempre te tratan de ‘guapa’ tengas 20 o 70 años. Y si bien puede gustarnos más o menos según las clientas, una cosa es que pasemos esas confianzas por alto en bien de las compras, que ese tipo de comentarios.

Por muy neutra que me pueda considerar, correcta y tratando de evitar conflictos que puedan ser esquivables (que ya bastante nos pone la vida por delante como para ir buscando el enfrentamiento) no pude quedarme callada ante semejante apreciación.

– Hombre, yo creo que la cosa no está como para que hagas ese tipo de comentarios teniendo en cuenta la cantidad de mujeres que denuncian abusos sexuales– le digo tratando de hacerle entender que hay límites que uno debe procurar respetar, y más en el trabajo.

Él, no solo responde a la defensiva esgrimiendo las denuncias falsas como si fueran su blasón de batalla, que debiera defender a toda costa. Prefiero no meterme en que esas denuncias, de las que él tan orgulloso se siente, no llegan al 0,01% de todos los casos denunciados a las autoridades (ya os ha quedado claro que evito el enfrentamiento). Pero él sigue, hinchado, imparable, arrollador:

– Además, yo sé por qué lo digo. A esa también le gustaría que la violara. Y, entre tú y yo, te digo yo que no gritaría– me dice como de confidencia, socarronamente, ebrio de su ego, satisfecho de su comentario de ‘machito’.

Y pienso que no hay derecho en que nadie haga ese tipo de comentarios de ningún ser humano, y menos a una clienta en su puesto trabajo. No hay derecho en que alguien considere que puede agredir a otra persona, forzarla a hacer algo que no quiere utilizando la violencia, por mucho que lo utilice como broma.

Era como si me hubiera dicho que a esa persona también le habría gustado ser torturada por él.

Como si me hubiera dicho “a esa también le gustaría experimentar los efectos del gas mostaza personalmente, y entre tú y yo, no gritaría ni con las quemaduras químicas por la cara” o ” a esa le habría gustado que le pusiera inyecciones intravenosas de soluciones con yodo y nitrato de plata, y te digo que no gritaría, no, ni aun con la hemorragia vaginal o el cáncer cervical“.

Porque lo que tienen en común esas prácticas con la violación es que todas son crímenes contra la humanidad. Y si ya de por sí son deleznables, no me parecen para hacer un chiste de ellas.

Me di cuenta de que, después de tantos años trabajando en una carnicería, mi carnicero había terminado viendo a las mujeres como un pedazo de carne, como esos con los que estaba tan habituado a tratar.

Cogí mi pedido, uno de los más habituales que llevo haciendo en estos diez años que llevo yendo a su puesto del mercado, y me fui. Ya que a él le parece bien bromear con el abuso hacia las mujeres, a mí me parece mejor no volver a comprar en su tienda.

(Solo espero que después de lo revuelta que llegué a casa por su comentario, no me sienten mal los filetes de ternera)”

El texto ha sido extraído de la carta “Rompí con mi carnicero por machista” de J. A. para El blog de Lilih Blue