Archivo de la categoría ‘pareja’

Bandera roja en la relación: las 9 señales de que se acerca el final

Cuando cogemos un resfriado, una serie de síntomas dan la cara, lo que nos permite identificar qué le está pasando al cuerpo. Al igual que las señales informan sobre la salud física, la de nuestras relaciones de pareja también se puede medir con diferentes banderas rojas.

GTRES

No es que yo te esté descubriendo nada nuevo. Y es que bien que se encarga nuestro instinto de hacer sonar las alarmas cuando esa persona nos dice que preferiría que no trabajáramos o cuando se tira la mayoría de horas del día hablando de sí misma.

Aunque cada pareja es un mundo, he querido reunir una combinación entre las más populares así como las que, vía experiencia personal, he sabido identificar adelantando lo que estaba por llegar, el fin.

-Aunque sois pareja, no formas parte de su círculo íntimo.  Las quedadas familiares o los planes con los amigos son algo desconocido para ti. De hecho, solo les identificas por fotos de Instagram, ya que nunca has llegado a conocerles en persona. O directamente no te invita a los planes o, cuando tú se lo mencionas, salta con que es exclusivo de amistades y que te aburrirías. Si al principio pasa más o menos desapercibido, cuando llevas años en pareja y los únicos amigos en común son los tuyos, aquello empieza a oler a chamusquina.

-Otra muestra de que el fin ha llegado es que no te llevas especialmente bien con sus amistades. No necesitas convertirte en el nuevo mejor amigo de la intimísima de tu novia, pero sí llevarte bien. Es más fácil que desplaces una montaña grano a grano a que hagas cambiar de una opinión a una amiga sobre tu novio si se le ha cruzado. Y ojo, estereotipos de género fuera que, en el caso contrario, funciona exactamente igual. Os lo dice alguien que terminó con su pareja porque sus amigos insistían en que no encajaba con su estilo de vida fiestero.

-Que prefiera evitar las discusiones, desapareciendo del mapa, es algo relativamente normal (no siempre apetece discutir, sobre todo después de un día de trabajo). Pero cuando sientes que no hay alternativa, que evita a cualquier costa los enfrentamientos, hay algo que no funciona. Y es que esta actitud se traduce en una gran falta de interés por solucionar cualquier tipo de problema. Al final, si se sigue sin poder atajar los conflictos en pareja, es probable que, en una discusión, sin nada por lo que luchar, la relación finalice.

-O, cuando hay discusiones, en vez de ser saludables (sí, se puede discutir de manera sana sin faltar el respeto a tu pareja, sin subir la voz y tratando los temas con objetividad y dejando a un lado el drama) son bastante tóxicas. Aquellos choques en los que el chantaje, el victimismo, los extremos, las amenazas o los insultos aparecen, pasan una factura demasiado grande a la relación, factura que, a no ser que cambie la manera de abordar los conflictos, termina por separar a la pareja.

El futuro no es un tema de conversación especialmente claro, igual ni formas parte de la ecuación. No, planear juntos qué vais a hacer el fin de semana que viene no es que te vea en su futuro. Si en sus planes a medio o largo plazo, no tienes cabida, deberías plantearte si te compensa o si quieres seguir en un barco con destino a ninguna parte. Igual el trayecto merece la pena, pero en tu fuero interno, ¿te parece bien ir a la deriva?

-Pero no hace falta poner la mira en el futuro, ya que también sientes que no formas casi parte de su presente. Y es que por mucho que te gustaría, no comparte su vida contigo. Eso sí, bien que se encierra en la habitación a contarle con todo detalle a su madre el acompañante del segundo plato del menú del día de hoy.

La falta de comunicación, que llegue a casa y no te diga cómo le ha ido el día, que solo tenga ojos para el teléfono o que prefiera sentarse delante de la televisión a cenar, antes que pasar un rato contigo en la cocina poniéndoos al día, son otros detalles que también han anticipado el final (o al menos una crisis importante). También se puede aplicar a cuando tienes que enterarte de las cosas o planes de su vida por terceras personas.

No te sientes tú porque, de alguna manera, no te ves con la libertad de mostrarte tal cual eres cuando estás en compañía de tu pareja.Algo que puede ir desde que no te sientas con confianza de dejar salir tu auténtica forma de ser, hasta que actúes de manera totalmente diferente en su presencia.

-La felicidad depende de cada uno, por supuesto, pero cuando decidimos embarcarnos en una relación es porque, a nivel emocional, sentimos una ilusión, una seguridad y un bienestar. Cuando no te sientes feliz y en tu fuero interno, algo te dice que aquello no marcha, es más que seguro que aquello esté en peligro.

Así que si, por lo que sea, has encontrado varios puntos en los que tu relación está perfectamente reflejada, evitar el problema no es sinónimo de cerrar los ojos ante él, sino sacarlo en la pareja y solucionarlo (al menos si ambos miembros quieren seguir adelante, claro).

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

El último polvo: los pros y contras del sexo de despedida

Con la llegada del verano, ya os he hablado del efecto que tiene sobre muchas relaciones llevándolas a su fin.

GTRES

La tentación de ponerle punto y final con una sesión de sexo, a modo de despedida, es grande y, las ventajas y desventajas deben tenerse en cuenta antes.

Una de las razones puede ser para cerrar la etapa con una especie de broche de oro, la guinda del pastel. O, si no ha sido tan fantástica la relación, el equivalente al postre (que, como todos sabemos, si la comida no ha estado especialmente buena, terminar con buen sabor de boca, puede sumarle puntos a la experiencia).

Es el momento de darlo todo, de poner toda la carne en el asador. Se sabe que aquello ha terminado y te dedicas a grabar y disfrutar cada segundo y momento al detalle.

Equivaldría a acabar por todo lo alto, sí, pero también se convierte en una manera tierna de decirse adiós. Sin pesar, pasándolo bien por última vez y cerrando ‘físicamente’.

Además, al ser el fin de una relación, suele ser el último polvo con una persona que sabe dónde está cada cosa, algo que se agradece antes de volver a salir al ruedo con lo que conlleva empezar con alguien de cero.

Aunque no todo son cosas positivas, claro. Por mucho que nos comprometamos a que va a ser solo algo físico, o que incluso lleguemos a convencernos de que se va a quedar ahí, por mucho que nos empeñemos, no somos cachos de carne.

En primer lugar, porque suele haber una parte más tocada que la otra. Si tienes la mala suerte de ser tú, es probable que ese polvo lo vivas acompañado de un desgarro emocional, algo que te impedirá disfrutarlo.

En segundo lugar, los sentimientos no desaparecen de un día para otro. Tener sexo y volver a acurrucarse después es algo que puede confundir a cualquiera.

Así que, a no ser que sea un punto y final en buenos términos por igual entre ambas partes, lo mejor, ante la duda, es cortar por lo sano y seguir adelante. Además, siempre nos quedará la masturbación si tantas ganas tenemos de retomar la actividad sexual, y esa, por suerte, no conlleva emociones encontradas.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

¿Por qué parece que se desgasta el amor cuando se acerca el verano?

Si algo ha conseguido la ruptura de Irina Shayk y Bradley Cooper es recordarnos lo que parece el efecto negativo (e inevitable) del verano sobre nuestras relaciones.

PIXABAY

Al poco de que empiezan las vacaciones, las campañas contra la velocidad, el uso del cinturón o la precaución al volante, nos rodean y es que en los meses de junio, julio y agosto vienen curvas, y no solo sobre la carretera.

No vamos a engañarnos a estas alturas de nuestra relación, sabemos que la época estival es el mejor momento del año para estar sin pareja, un efecto contrario al que parece que sentimos cuando se aproxima la Navidad.

El frío y las ganas de quedarse en casa hibernando bajo una buena manta con un maratón de películas parecen pedir a gritos una persona con quien compartirlo para entrar en calor.

Sin embargo, hay a quien, una vez se le ha pasado el furor por hacer piececitos con los calcetines de lana, los polvos con el chisporroteo de la chimenea de fondo o las digestiones después de las comilonas familiares en compañía, las ganas de estar junto a alguien van descendiendo mes a mes.

Culpo a los anuncios de cerveza de las altas expectativas que se nos han hecho respecto al verano y a sus historias de amor.

Aunque la publicidad tiene algo de cierto: los viajes, el tiempo libre en la ciudad como para visitar esos sitios que se resisten el resto del año, planes de todo tipo con las amistades, conocer lugares y culturas desconocidas…

Es el periodo por excelencia de conocer gente nueva o volver a encontrarse con aquellos ligues de verano que resisten el paso del año como los últimos granos de arena que encontramos tiempo después cuando llega el momento de hacer la primera maleta.

Y si igual pensabas que esto era algo excepcional, como el caso de Irina y Brad, deja que te diga que el efecto del cambio de estación es real llegando incluso a convertirse en una extraña tendencia que se conoce como Seasonal Dating Disorder o el trastorno de las citas estacionales.

Creo que la mayoría, especialmente entre los 16 y los veintipocos hemos pasado por un ssd prefiriendo liberar nuestro estado civil ya que sabíamos que tampoco aquello iba a ningún lado.

Porque esa es la clave de los amores que se enfrían cuando suben las temperaturas, que realmente alguien no estaba preparado para aquello, que veía grande o en mal momento, y que para eso, mejor separar los caminos (especialmente si llevan a la playa).

Claro que no son todos los casos. Hay parejas que resisten el paso del tiempo a cualquier edad y hacen del verano un momento igual de intenso e inolvidable.

De hecho, es en esta etapa del año, cuando puedes permitirte pasar más tiempo de calidad, cuando puedes viajar, follar en cualquier lugar, morder las marcas del bañador, ver la puesta de sol sentados en el puerto y hasta hacer la ruta de los mejores helados de la ciudad.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

No, no pasa nada por no llegar al orgasmo a la vez que tu pareja

Creo que podría contar con los dedos de una mano (igual aquí he sido exagerada y podría llegar a usar las dos), las veces que he llegado al orgasmo al mismo tiempo que mi compañero.

GTRES

De hecho es algo tan excepcional que, cuando ha pasado ha resultado ser algo tan mágico como ver un animal mitológico.

Podría parecer por el cine o las series que solo existe el sexo donde el clímax se sincroniza, y nada más lejos de la realidad.

Hay polvos buenos con orgasmos, polvos buenos sin orgasmos y polvos malos en cualquiera de esos casos. Soy de la firme opinión de que no es especialmente importante si se da o no al mismo tiempo.

De hecho, de un tiempo a esta parte, le he cogido el gusto a correrme antes que mi pareja ya que, físicamente, nosotras solemos tardar algo más.

Y algo que me da tiempo, de paso, a llegar incluso a tener otro si la cosa se prolonga, que, como todos coincidiremos, dos son mejor que uno. Creo que todo se podría resumir en dos palabras: no importa.

Podemos estar sintonizados con nuestra pareja en muchas otras cosas. Ser buenísimos jugando a adivinar películas, haciendo el descenso de un río, organizando las tareas de la casa…

Podemos ser apasionados, con una química digna de asignatura de colegio. Que en la cama no se dé la coincidencia en el preciso momento no significa que nuestra vida sexual esté en peligro ni mucho menos. El orgasmo son tan solo unos segundos de entre todos los minutos que dura la experiencia.

¿Merece la pena obsesionarse con ellos o es mejor disfrutar de, absolutamente, todos y cada uno desde el primero? El momento es cualquiera.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

Mis 8 votos antes de irnos a vivir juntos

Hace un rato te he dicho que ya lo tenía todo casi listo y que no podía esperar para cumplir una lista de momentos que disfrutar viviendo en pareja, que mi pie ya estaba en camino para dar ese gran paso.

PIXABAY

Y aunque sabes que soy de hacer más que de decir, he querido escribir esto para nosotros, para que tengas algo sobre el papel (que es la pantalla hoy en día) y puedas leer cuando quieras.

Prometo buscar el momento para decirte las cosas delicadas. Y, si no lo encuentro, te haré saber que tenemos un tema sensible pendiente de hablar para que te prepares y me digas cuando podemos hacerle un hueco. Porque como bien dice nuestra amiga de apellido impronunciable, la privacidad no nos la va a dar el piso ni las puertas (y menos con ese tamaño), sino la persona con la que lo compartamos.

Prometo enseñarte cuando no sepas hacer algo que a mí me hayan enseñado y prometo poner todo de mi parte para que me ilustres tú cuando sea el caso contrario. Ya sea a fregar unos platos de la manera más eficiente o a limpiar la vitrocerámica para que no quede con marcas. El motivo es lo de menos, lo demás es entendernos.

Prometo echarle paciencia, mucha. Fíjate si me lo he propuesto en serio que hasta voy a sacar la que no tengo mientras nos adaptamos a ese ritmo en el que tú y yo marcaremos los compases. También prometo decirte las cosas con calma, ya de paso (por lo menos hasta la tercera vez, a partir de la cuarta que tenga que repetir algo no prometo nada).

Prometo no asustarme a la primera de cambio, no darlo todo por perdido, no pensar que nos hemos precipitado. Prometo esperar, darme (y darnos) tiempo para empezar a rodar.

Discutiremos. No sé cuánto, ni por qué pero sé que a veces será por tonterías. Cuando eso pase, no olvides que te quiero. Y que, aunque no lo admita, prometo que ya estoy pensando en arreglarlo contigo.

Porque quiero ser tu compañera de equipo, tu apoyo, tu aliada, quien te cubra siempre las espaldas. Podrás contar conmigo para desahogarte, porque prometo estar ahí para ti. Para los días buenos en los que salgamos a correr después del desayuno. Para los malos en los que no nos pongamos de acuerdo porque tú quieres poner una planta con flores, siendo yo más de hojas verdes, y terminemos destapando la caja de Pandora.

Prometo que haré todo lo que esté en mi mano para convertir nuestra casa en un hogar. Darte espacio cuando lo necesites, respetar tus cosas y, por qué no, cogerte alguna camiseta de vez en cuando (sabes que me gustan oversize y que lo de compartir ropa estaba en el contrato verbal entre nosotros desde un principio).

Al final, va a ser, como es todo entre nosotros, sencillo, natural y fluido.

Aun así te prometo que estamos juntos en esto y que funcionará porque te quiero. ¿Que cuánto? Como nos decimos, muchísimo más que mucho.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

Ojos que no ven o por qué deberías bloquear a tu ex de las redes sociales

Hoy en día, bloquear a alguien de una red social es casi tan grave como salirse de un grupo de Whatsapp, la pena capital del siglo XXI.

PIXABAY

Por lo general, al terminar una relación, hay un punto de inflexión en nuestra personalidad digital. Esas alegres imágenes en Instagram del viaje a Cuenca ya no parecen brillar igual. Pero sabes que, en el fondo, hay algo que te frena a la hora de borrarlas y luego bloquear a tu expareja.

Y es que se nos tacha de actuar bajo el despecho, el resentimiento o la inmadurez, sentimientos que en la era donde todo viene acompañado de etiquetas como #goodvibes están muy mal vistos.

Sin embargo, cuando tenemos necesidad de hacerlo, es el momento de dar un paso al frente y pulsar la opción “dejar de seguir” o eliminar de mi lista de amigos.

Bloquear a alguien con quien hemos tenido una relación, puede ser hasta terapéutico según los expertos en la materia.

Por mucho que sepamos que esa relación ha terminado, en ocasiones mantenemos la costumbre de meternos en su perfil.

Nos fijamos en cada detalle de la foto que sube -qué sitio es, si es el mismo al que nos llevó aquella vez-, cotilleando quién es la persona que le ha dejado ese comentario lleno de emoticonos enigmáticos.

Tirar del hilo lleva incluso a analizar también esa cuenta, descubriendo que tiene una hermana que va a clase de inglés con tu compañera del master y preguntándote si podrías averiguar más. Una bola de nieve que va creciendo a cada link.

Si el dolor todavía está ahí, ver imágenes de la otra persona puede hacer todavía más dura la separación. ¿Por qué torturarse de esa manera? ¿No es mejor evitar que, cada dos por tres, salgan sus stories de fiesta?

¿Por qué estar cómodos en la incomodidad o añadir una infelicidad innecesaria a nuestras vidas? ¿O es que después de una ruptura nos volvemos un poco masoquistas?

Bloquear y hacer que desaparezca (al menos de tu mundo digital) ayuda a seguir adelante y a poder superarlo al ritmo de cada uno.

Cuando hemos tenido una relación abusiva esta es, sin duda, una de las manera de salir de ella. Cortando todo y de golpe, evitando dejar resquicios por los que pueda volver a entrar un discurso manipulador o victimista. Romper el vínculo emocional y acompañarlo del físico, mental y social.

No es algo obligatorio en todas las separaciones, por supuesto. Una de las excepciones a la opción de bloquear se da cuando el amor se ha acabado pero queréis probar lo de ser amigos.

Para todo lo demás, ya lo dice el refranero: “Ojos que no ven, corazón que no siente”, sobre todo en la era de Instagram.

Duquesa Doslabios.

¿Podemos terminar ya con la costumbre de tirar el ramo en las bodas?

Tengo una teoría respecto a las novias que disfrutan con la experiencia de poner a todas sus invitadas (solteras) en un corro en medio de la pista de baile a ver quién es la que agarra el ramo: tienen un punto sádico.

PIXABAY

Por mucho que, según la tradición, signifique suerte o que será la próxima en casarse, se ha ido pervirtiendo su significado y hay un placer interno y oscuro en reunir a tus amigas como un rebaño y someterlas a lo que viene a ser una humillación pública de ver cómo se pegan por ser la siguiente, por vivir lo que está pasando la novia en ese momento.

Como invitada, es una experiencia que me parece horrible más que divertida. Para empezar, ¿por qué tenemos que ponernos las mujeres? Lo único que se consigue es dar la imagen de lo desesperadas que estamos por casarnos, la historia de que solo el altar va a convertirnos en mujeres, y luego madres, claro, nuestros dos objetivos en la vida que son las únicas vivencias que la llenan de significado.

Quizás no quiero el ramo, quizás no quiero participar en ese espectáculo. A lo mejor estoy muy bien en un noviazgo en el que los únicos votos que recitamos en alto son las facturas, a ver cuánto nos toca pagar a cada uno este mes. O igual estoy soltera y ESTOY BIEN. Sorprendentemente, puedes ir a una boda y no necesariamente estar soñando con casarte.

Enfrentarnos por un ramo es crear una competición entre nosotras (con sus correspondientes envidias por no haber sido quien lo ha cogido). La historia de que las mujeres somos nuestras peores enemigas, ¡hasta en una boda! Incluso en un momento de felicidad como es que unos amigos o familiares contraigan matrimonio, tienes que dejar de disfrutar para arrimarte al grupo de las que van a saltar hacia el bouquet.

Y no se te ocurra decirle que no a esa novia cuando te plantea la idea de tirar el ramo, porque es su boda y se hace lo que quiere, aunque tú no quieras participar, da igual. “It’s my party and I’ll cry if I want to“, te dirá. Ella quiere que te pongas en el grupo y hagas el amago, que lo finjas (palabras textuales que me dijo una amiga en su fiesta), que tampoco es tan complicado. Y todo para darle un extraño tipo de satisfacción. ¿No os resulta una escena macabra?

Es aún más indignante cuando buscas vídeos del estilo en Internet y son los más reproducidos los que incluyen caídas, resbalones o peleas entre nosotras. Somos el chiste de la boda, uno de los tantos espectáculos como cortar la tarta o abrir el baile: las invitadas llegando a las manos. Pasen y vean a las gladiadoras del siglo XXI, que, en vez de espada usan un tacón y cambian la armadura por la gasa o el chifón.

Así que, si eres de esas novias, por favor, ten en cuenta que quizás estás obligando a tus amigas a hacer algo que no quieren por ti. Ten en cuenta que, igual entre tu lista de invitados, tienes amigos, conocidos, primos o un hermano al que sí que le haría ilusión casarse próximamente (sorpresa, los hombres también tienen sentimientos y se emocionan en las bodas) y cree que recibir el ramo le va a traer suerte.

Rompe estereotipos. Si de verdad quieres hacer el juego del ramo, crea un grupo mixto formado por los que realmente quieran casarse y tengan ilusión en recibirlo. Que por mucho que tu prima de 14 años lo haya cogido porque es la más rápida, todos sabemos que le va a durar la emoción por las flores lo que a ti el gas de tu copa de cristal y que es muy poco probable que sea ella precisamente quien siga tus pasos.

Haz algo mejor, dale un significado especial y regálalo a quien tú quieras, sin más razón que, porque sí, porque quieres que lo tengan de recuerdo o porque quieres que le traiga suerte (eso ya es cosa tuya). En las bodas a las que he ido donde el ramo no era algo por lo que pegarse y se regalaba de esta manera, se respiraba paz por todos los lados. A quien se lo habían regalado lo quería y las demás no teníamos que hacer el paripé ridículo de dar saltitos.

O incluso otra opción es dividirlo y regalar una flor a cada asistente (o a aquellos más destacados). Tengo el caso reciente de una compañera de trabajo que lo va a dejar en el sitio en el que están enterrados sus abuelos para hacerles partícipes en la ceremonia. Y me parece precioso.

Hay tradiciones geniales en las bodas, pero tal y como está planteado el lanzamiento del ramo, ya no forma parte de ellas. Es una manera de avergonzar a las solteras, como si las señalaras en medio de toda la fiesta.

Es como si las novias, una vez habiendo contraído matrimonio, no recordaran algo básico de cuando estaban solteras. Cuando estás sin pareja hay algo que no quieres que te estén recordando constantemente como si fuera algo malo y es precisamente tu soltería, lo que hace esta tradición en medio de una celebración del amor. Así que amigas, dadnos un respiro.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

Un paseo por la librería de orgasmos

Piensa en un orgasmo. Ahora. Así. De repente.

Piensa en un orgasmo este martes por la mañana mientras me lees en el ordenador de la oficina o en el trayecto que haces en el metro para ir a la universidad.

GTRES

¿Cómo es? Déjame adivinar o describirte cómo suena en mí cabeza. Seguro que es estruendoso, rítmico, alto, exagerado… Esa es la palabra clave, exagerado.

Realmente existe un mundo de diferencia entre los orgasmos que nos imaginamos y aquellos que son auténticos al 100%.

Podría parecer que solo consideramos que es orgasmo si es alto, lacerante, ostentoso, con unos gemidos que superen el nivel de decibelios permitidos en la comunidad de vecinos. Y con grandes frases de por medio como “Oh sí”, “Más, más”, “Dios”, “Joder” o cualquier tipo de improperios.

Si no ejecutas toda la performance de sonidos, expresiones y vibraciones guturales, es probable que más de uno te pregunte si te has corrido. Porque claro, ¿cómo va a saberlo si te has limitado a contraer el gesto en absoluto silencio?

Pero no solo de gemidos altos se retroalimenta el orgasmo. Y es algo que descubrí alejándome del porno en la Librería de Orgasmos. Un proyecto de Bijoux Indiscrets que reúne sonidos reales grabados desde el anonimato y representan las diferentes sinfonías que se pueden escuchar en pleno clímax.

Oirás desde jadeos, respiraciones aceleradas o murmullos a suaves resoplidos, pero alejados de aquellas exageradas muestras de placer. Pero entonces, ¿por qué nos resulta más familiar el otro tipo de orgasmo?

Como sociedad en la que el placer masculino lleva años ganándonos por goleada en cuanto a peso, los productos a su disponibilidad (cine, series…) estaban destinados a estimular a ese público al que había que tener satisfecho.

Librería de Orgasmos, Bijoux Indiscrets

De hecho, es tal la importancia del orgasmo que ya hemos hablado de que la mayoría de nosotras los hemos fingido alguna vez a modo de ‘premio’ para que la otra persona se sintiera satisfecha y pudiéramos pasar a otra cosa.

Sin embargo, y aunque claro que puede haber personas que hagan de sus orgasmos auténticas interpretaciones, esa pompa no es otra cosa más que parte de la escena, de la ilusión, de la película, igual que las luces, el maquillaje o la lencería de encaje del vestuario.

Así que hoy, y aprovechando que mañana es festivo, os invito a que, como yo, os deis un paseo por la Librería de los Orgasmos (con cascos si estáis acompañados) y descubráis cómo suenan realmente:

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

Antes éramos más románticos

Te quiero pero…

Echo de menos que te quedes mirándome como si fuera lo más entretenido del salón, por encima de la televisión. Echo de menos ir hablando en el coche, aunque sea sobre la música de la radio. Teníamos un juego de adivinar las canciones de Cadena 100, ¿por qué lo hemos dejado?

GTRES

¿Por qué hemos dejado de hacernos fotos juntos? Como si ya tuviéramos tantas que cualquiera podría decir que parece que hemos gastado todas las que nos quedaban en la vida por sacarnos. Yo quiero seguir saliendo contigo, quiero abrir la galería del teléfono y que seamos nosotros quienes más aparezcamos, entre platos de comida y paisajes de Madrid.

Quiero que nos abracemos más a menudo, que no pasemos solo por la cama con el cuerpo desnudo, que desvistamos el alma. Que hablemos de la vida, de la muerte, de la lámpara del techo que elegimos en Ikea, de todas esas cosas que nos gustaban de pequeños y que llevamos años sin probar.

Quiero que volvamos a ir a bailar, aunque seamos los peores de la sala, aunque solo sepamos un paso. Pero bailemos. Bailemos, joder. Bailemos hasta que me pises y yo me tropiece con mis propios pies. Bailemos hasta que riamos y aprovechemos, ya que estamos, para reír bailando.

No solo bailar, pensar en planes más allá de hacer deporte, comer, o pasar la tarde en el sofá. Tenemos un mundo fuera de casa que no estamos investigando lo suficiente.

Echo de menos tocarnos, en público, en privado. Hubo un tiempo en el que no faltaban nuestras manos entrelazadas en cualquier lugar, donde lo difícil era mantenernos separados. ¿Cuándo decidimos dejar de hacerlo? ¿Por qué lo hicimos?

Y ya que estás dime por qué no nos cogemos por la espalda, como cuando empezábamos a conocernos y estrenábamos el “te quiero”. Esa época en la que tu parecías el imán y yo la nevera, siempre atraídos, siempre en contacto.

Dímelo, por favor, y dime también por qué no consigo que me cuentes cada mínima cosa que te ha pasado a lo largo del día, cuando me interesa cada segundo de lo que te ha pasado sin mí. Ca. Da. U. No.

Ya no salimos de fiesta, ya no bebemos una jarra de sangría, ya no hay conversaciones ni coqueteos por Whatapp ni tampoco en el desayuno si te quedas entre las sábanas mirando el móvil en vez de acompañándome. Ya no sé si el silencio es la nueva norma, o que lo normal en realidad era que cada uno viajara mirando por su ventana, inmerso en sus propios pensamientos.

Me pregunto si esto es lo que viene después del amor, o si es en lo que se ha (nos hemos) convertido, en besarnos solo para despedirnos y no por el inmenso placer que produce comernos la boca sin prisa. En compañeros de piso que se enfadan cada dos por tres por los cuadros que colgamos o no o porque te parece que yo estoy demasiado pendiente y a mí, que tú estás demasiado despistado.

No sé si es que a partir de ahora será así. Pero sí recuerdo todo eso que hacíamos antes. Y me parecía la mejor relación del mundo.

Echo de menos el amor.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

¿Es Netflix el culpable de tu (escasa) vida sexual?

Los estudios lo confirman y mis amigas son la mejor prueba de ello, los jóvenes tenemos menos sexo (si no sabes de qué hablo, puedes leerte antes ¿Ha llegado el apocalipsis sexual?).

PIXABAY

Pero, ¿cómo no vamos a tener menos sexo? Para vivir, al menos en España, y de alquiler en un piso minúsculo, necesitas dos salarios. Tu horario no siempre es el mismo que el de tu pareja.

A eso le sumas que las jornadas rondan entre las 9 y las 12 horas y que el fin de semana es cuando toca limpiar y cocinar (que no está la cosa para comer todos los días fuera).

Con ese ritmo de vida al que hay que sumarle que debemos mantener una imagen digital que acompañe nuestra Personal Branding y que, lógicamente, hay que sacarle tiempo los amigos y a los padres e incluso al ejercicio para no oxidarnos por adelantado de las horas que pasamos frente a la pantalla, lo raro sería disponer de tiempo como para que sea una actividad que realicemos con mucha frecuencia.

Sin embargo, no es lo único que nos diferencia de la generación de nuestros padres, la vara de medir que han tomado como referencia este tipo de estudios haciendo la comparativa con la actividad sexual de nuestros progenitores cuando tenían nuestra edad.

¡Es que no tenían Netflix!“, soltó un día de sopetón una de mis amigas. Por descabellado que pudiera parecer en un momento su razonamiento, que reducía este problema a la plataforma de streaming, dándole vueltas empecé a pensar que no le faltaba razón.

No es ya solo Netflix, me da igual si es HBO, Prime Video o Sky, la cosa es que hace 30 años, nuestros padres llegaban a casa y no tenían un catálogo disponible las 24 horas con cualquier material sino, además, con material de calidad.

Porque me juego lo que quieras a que en este momento no estás viendo solo una serie, tienes el enganche por lo menos con tres o cuatro. y en cuanto una se termina ya le preguntas todos los que te rodean que te recomienden alguna para ver que esté bien.

Y es que vivimos en la edad de oro de las series, las tramas y presupuestos que les dedican superan incluso a Blockbusters y eso sin pensar que tienes una nueva entrega cada semana.

De hecho, el otro día, mi padre me comentaba que no entendía a qué venía el furor de las series, que a él no le gustaba eso de tener que esperar, que prefería la simplicidad de las películas, que en dos horas te introducían, contaban y resolvían la historia para que tú luego pudieras seguir a otra cosa.

Realmente, a mi entender, se resume a que, como nativos de la era digital, nos toca lidiar con todos los diferentes estímulos que nuestros padres desconocían más allá de la tele o los libros. Una serie de distracciones que ocupan los primeros puestos relegando la intimidad a las posiciones inferiores de la lista.

Es curioso que usábamos hasta el infinito la expresión Netflix & chill, algo que podría traducirse como Netflix y relax, para referirnos a una sesión de series en casa y lo que pudiera surgir en la cama en el transcurso de la ficción, y ha terminado convirtiéndose en su significado literal al tenernos demasiados enganchados a la trama (¡Juego de Tronos: devuélvenos nuestra vida sexual!).

Por mi parte, tengo claro que, la próxima vez que se me estropee la conexión a internet, no voy a tener tanta prisa en que la arreglen.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).