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7 fantasías eróticas fáciles de imaginar y de cumplir (si no tienes ninguna)

A día de hoy me sigo sorprendiendo cuando pregunto a mis amigas que cuáles son sus fantasías, las hay que me dicen que no tienen ninguna.

¿Cómo no vas a tener ninguna? Te estás perdiendo la mitad de la diversión que es montarte la película en tu cabeza.

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Y es que las fantasías son una manera sanísima de vivir tu sexualidad. Además ni hace falta que sean algo que cumplas, basta con que alimentes tu imaginario erótico

Entre sus beneficios está que te sirven para expresar tus deseos sexuales (y por tanto conocerte más en profundidad).

Al imaginar algo que te estimula, se aumenta tu excitación sexual individual -y también en pareja si haces partícipe a otra persona-.

Y, por último, son una forma estupenda de tener diversidad y evadirte de tu vida (que tire la primera piedra quien nunca se haya imaginado a una celebridad entre sus piernas).

Entonces hoy quería escribir pensando en esas amigas, y compartirles además algunas fantasías muy comunes -por lo que me han contestado mis seguidores de Instagram-, para que ahora sí tengan una lista:

  • Sexo con una tercera persona implicada: se puede empezar con la fantasía de darse unos besos o acariciarse por encima de la ropa. Al ser la monogamia el régimen relacional más popular, que haya alguien más en la ecuación hace que sea interesante por la novedad.
  • Hacerlo en el trabajo con un compañero o compañera: trabajamos 8 horas al día, ¿cómo no vamos a fantasear con que pase algo en la oficina? Si decides ponerlo en práctica, dicen que los baños del almacén son los menos frecuentados…
  • Grabarse en vídeo: cuando te acostumbras a ver tu cuerpo desde el mismo ángulo, es el momento de cambiarlo. Eso sí, luego bórralo que la nube es muy traicionera. Y de paso, léete este artículo con algunos consejos para que a experiencia sea de cine (tenía que hacer el chiste).
  • Hacerlo con una persona de ideología contraria a la propia: ¿que por qué resulta esto excitante? Ni idea, pero en las respuestas encontré desde «me encantaría montármelo con un facha» a «les pasa lo mismo, fantasean con perroflautas». Igual en política no vamos a ponernos de acuerdo, pero si esas chispas saltan a la cama, suena a que puede ser intenso.
  • En un spa: la excusa de un plan relajante e íntimo pone a tono a cualquiera cuando ves a la otra persona medio desnuda. Algo tiene la sauna que te hace querer sudar (todavía) más. Y el morbo de que puedan descubrirte solo hace que la experiencia resulte aún más sexy.
  • Con tu crush del gimnasio: tener a una persona que te encanta físicamente es el primer requisito cuando empiezas a acudir con asiduidad al gimnasio (y una buena razón para no perder el ritmo de asistencia). Que físicamente te atraiga sin haber pronunciado una sola palabra demuestra que es ‘Fantasy material’, perfecto para montarte la ficción mental de que algo pasa en las duchas.
  • Shibari: el arte erótico japonés de las cuerdas es una fantasía recurrente tanto para dejarse atar como para inmovilizar a tu pareja. Puedes imaginarte que le tienes a tu total disposición o que eres tú quien queda a su voluntad.

Si mientras las leías, no has fantaseado con ninguna de ellas, es el momento de que pienses la tuya…

Mara Mariño

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Algunas ventajas de grabarte con tu pareja haciendo ‘eso’ (si todavía no lo has hecho)

Mira que yo soy de llevar la iniciativa y proponer cosas en la cama, pero el tema de grabarme en vídeo siempre me ha seducido menos.

Teniendo dispositivos que son tan fáciles de hackear, ¿quién se siente cómoda ante la idea de una película en la que aparece teniendo sexo?

Quitando a Kim Kardashian, creo que a ninguna de nosotras.

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Pero ahí es donde está también el morbo de ponerse delante del objetivo y darlo todo.

Porque sí, cuando te graba la cámara, te vienes arriba. Le das más profundidad al movimiento, te cambia la cara… Conectas con tu lado más sensual.

Digamos que, de repente, eres más consciente de tu cuerpo y te centras en que aparezca lo más favorecido posible.

Entonces el resultado no es el mismo que cuando echas un polvo tontorrón debajo de las sábanas (por muy fantásticos que sean esos encuentros perezosos).

En el momento en el que te ves en la pantalla, crecida, segura y tremenda, y de la misma manera a la otra persona, ¿cómo no excitarte con la imagen?

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Yo soy partidaria de grabar en modo avión, reproducirlo y eliminar las pruebas. No hay necesidad de que quede guardado y de repente aparezca por error cuando le estás enseñando a tu abuela las fotos y vídeos del viaje en plena comida familiar.

Se puede utilizar en el momento como aliciente en vez de la pornografía y luego mandarlo a la papelera.

Así te llevas lo mejor de los dos mundos: vives la experiencia con tu pareja y no tienes la mosca detrás de la oreja de que ese vídeo va a aparecer en ningún otro sitio.

¿Cómo grabar un buen vídeo casero?

-Hazlo con alguien con quien tengas mucha confianza por dos razones, te vas a sentir más cómoda siendo grabada y sabes que no va a darle un uso distinto al vídeo.

Dale a la luz, ilumina la habitación y disfruta de ver vuestros cuerpos desde un punto de vista de tercera persona. Hazte voyeur de ti misma. Eres preciosa y no me canso de decírtelo.

Seduce a la cámara, mírala, juega, llama tu propia atención y desinhíbete enseñando todas esas zonas que te encantan. Disfruta. Luego te verás en el vídeo y tu autoestima se vendrá arribísima.

Apuesta por algo de lencería: hay monos de encaje de cuerpo entero con aberturas estratégicas que son una pasada. Puedes empezar con ellos y luego ir desnudándote. Te encantará la experiencia.

No eres una actriz porno: no intentes imitarlas. Tus vecinos no tienen que enterarse de que estáis grabando ni tienes que replicar prácticas que has visto como ahogarte haciendo el sexo oral más profundo del mundo. Sois tu pareja y tú teniendo un sexo un poquito más cinematográfico de lo habitual. Punto.

Recuerda que lo interesante de la experiencia no es el resultado final, sino el proceso (y lo bien que te lo pases mientras tanto, por supuesto).

Mara Mariño

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No cumplimos nuestras fantasías, el obstáculo de la sexualidad femenina

Cuando estuve varios años en una relación de pareja, que él cumpliera sus fantasías era uno de mis objetivos.

Las que fueran, siempre y cuando yo me encontrara cómoda. Y conseguí poner en práctica la mayoría de ellas.

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En cambio, cumplir las mías propias, estaba en un segundo plano para mí y para él, por su parte no tenía la misma prioridad.

Por mucho que había insinuado qué era lo que me gustaría que él hiciera (o llevara, más bien), me quedé con las ganas.

Puedes pensar que soy una excepción, pero si repaso uno de los últimos estudios que se han hecho sobre la evolución de la sexualidad de la mujer española, mi caso es bastante habitual.

El análisis de Gleeden llega a la misma conclusión que mi vida íntima: las mujeres cumplimos en menor medida nuestras fantasías sexuales.

Y, además de que te toque una pareja poco abierta a cumplirlas, como me ha pasado a mí, hay otras razones por las que nunca le vas a ver vestido de bombero o haciéndote un baile erótico mientras se desnuda.

Por ejemplo, las veces que tenemos deseo sexual superan a las veces que tenemos relaciones sexuales al mes (chúpate esa, mito que dice que nuestra libido es más baja).

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Así que casi el 40% de las veces que tenemos ganas, no tenemos relaciones con nadie.

Aunque tanto cuando estamos en pareja, como cuando no, la masturbación es una gran aliada para esas situaciones (y los juguetes ni te cuento).

Afecta también la manera en la que concebimos el sexo. Seguimos el guión de que la penetración es la reina del dormitorio (o del coche, no entro en los sitios donde quieres dar rienda suelta a tu pasión).

La práctica alternativa más repetida después del coito es el sexo oral y después la masturbación en solitario.

Muchas otras prácticas apenas tienen peso o directamente no entran en nuestro radar. Cuando abrirse de miras sexuales es fundamental.

El estudio señala el swinging (intercambio de pareja) y el trío sexual como las fantasías que menos se ponen en práctica.

Pero vaya, que más allá de tener sexo con más gente, hay un sinfín de experiencias que no realizamos tampoco como hacerlo al aire libre, tener espectadores, el sexo anal, el bdsm

Así que para ponerle solución propongo por un lado hacer ese trabajo de investigación de qué es lo que realmente nos pone.

Definir nuestras fantasías es tenerlas claras y saber cómo ejecutarlas (ya me lo agradecerás si investigas antes de ponerte a hacer la lluvia dorada por primera vez).

En segundo lugar contarlo abiertamente, porque debemos comunicarlo para que la otra persona sepa qué nos gusta -y si quiere participar-.

Y, en tercer lugar, dar con alguien que se apunte a ponerlo en práctica.

Si no se dan las tres, seguiremos montándonos las películas eróticas en nuestra cabeza sin que salgan de allí y dando pie a que el próximo estudio revele lo mismo, que no se cumplen nuestros sueños húmedos.

Mara Mariño

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Hacerlo con ropa: la forma de salir de la rutina que tienes que probar en pareja (o con quien quieras)

¿Sabes el refrán de ‘En casa del herrero, cuchillo de palo’? Pues lo cumplo a la perfección. Mira que tengo juguetes con los que desmelenarme que, la mayoría de las veces, soy más de tirar por lo que tengo más a mano.

Que si un «vamos a la ducha», un pasarme por la cocina a ver si en la nevera hay algo con lo que jugar… A no ser que tengas muy claro que quiero usar algo de mi colección, prefiero dejarme llevar.

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Y es ahí donde entra la práctica que te quiero recomendar para este fin de semana (o para cuando tú quieras, tampoco te obligo a nada), hacerlo con ropa puesta.

O al menos con alguna prenda.

Porque sí, también se pueden echar polvos fantásticos sin estar completamente desnuda. Es un cambio en tu vida sexual muy apañado para el bolsillo y respetuoso con el medio ambiente.

No es solo que no tienes que pasar por ninguna sex shop, sino plantarte delante de tu armario y hacer revisión de lo que puede servirte en estos casos.

Si me preguntas a mí, lo tengo claro. Un top que transparente los pezones (ese que siempre llevas con sujetador), una falda a pelo sin nada por debajo -eso sí, procura no salir de casa por si acaso-…

O, una de mis opciones preferidas, un vestido de tubo lo bastante ajustado como para que remangado no resulte un incordio y lo suficientemente suelto como para que se pueda subir hasta la cintura y usar como punto de agarre.

Ropa de tu día a día que puedas reciclar en este contexto y luego, tras terminar puedas seguir usando como si nada. Lo que, dicho sea de paso, también me parece bastante erótico.

Aunque también soy muy fan de aprovechar para estas ocasiones las prendas que ya van pidiendo la jubilación. Como por ejemplo, las medias que ya tienen pelotillas.

Hazles (o mejor, pídele que haga) un agujero en la costura del centro y déjatelas puestas sin renunciar a que tenga acceso directo.

Puedes marcarte también la clásica de las películas y ponerte su camiseta o camisa, bien arremangada o semiabierta, para que luego, una vez se la lleve, el recuerdo de cómo la usasteis juntos, forme parte de la fantasía.

O en otras palabras, no volverás a ver tu armario con los mismos ojos.

Y, en cuanto a vosotros -no cariños, no me he olvidado de mis lectores-, os han vendido la moto de que la ropa masculina no es sexy.

Bien, dejad que os cambie el chip porque para empezar, que sea sexy o no es algo que os tiene que dar igual. Nos atraéis vosotros.

Sí, llevar un pantalón sin nada por debajo y que nos sorprendáis deslizando nuestra mano por la abertura de la cremallera es tan buena opción como dejaros el cinturón desabrochado y a mano o la camisa entreabierta.

Que no llevéis nada más que una cazadora y las botas u os dejéis los calzoncillos -el efecto push up de la goma de la cintura bajada, cuando os queda el culo a la vista, es una fantasía para los ojos- son otras opciones con las que también podéis jugar (y de paso entrar en contacto con vuestro lado más sensual).

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Al acabar, eso sí, nada de confiarse y guardar la ropa que ha participado en el armario.

Aún recuerdo aquella vez que fui al trabajo directamente desde casa de un chico y no me di cuenta de que había manchado el pantalón con un poco de flujo. Eso me pasó por no haberlo revisado tras limitarme a bajarlo un poco.

Los fluidos son traicioneros. Y aunque te pienses que solo la ropa de abajo se arriesga a ser manchada, entre que tocas, agarras y acaricias es más que probable que acabes manchando otras partes.

Mara Mariño

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¿Y si la fantasía del hombre empotrador no era para tanto?

Define el amante perfecto, el compañero de vicio ideal, el que fantaseas con tus amigas cuando os ponéis a charlar.

Me juego lo que quieras a que se te viene a la mente la imagen un empotrador (el que sea).

Uno conocido con quien has tenido sexo o uno que, en tu cabeza, tiene que follar a las mil maravillas. Una máquina de penetrar.

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Pero, ¿es el empotrador quien más nos hace disfrutar entre las sábanas?

Porque cada vez estoy más convencida de que, todo este tiempo, estábamos engañadas y no era lo que necesitábamos (aunque sí lo que nos vendían).

Yo soy de las que piensa que el empotrador está sobrevalorado. A la hora de la verdad, lo que nos da placer es otra cosa.

La mayoría de los orgasmos, que solo consigo con una estimulación directa del clítoris, me lo confirman. Por mucho que aparezca un empotrador, ahí no es.

No quito lo placentero del roce, de una buena embestida. Pero que la figura del empotrador sea popular, que todo trate de la penetración beneficia solo sale a cuenta a una mitad de los participantes.

Ah, y que una vez tienen sexo, a follar como bestias. Legitima un sexo que arrolla, destroza y hasta maltrata.

Si bien es agradable si te apetece o te va un rollo más intenso, el empotramiento queda romantizado entre las amigas.

Si no te revienta la vagina -y al día siguiente no caminas como un cervatillo recién nacido-, no cuenta.

Igual mi punto de vista es menos popular, pero me encantaría que se popularizara, en vez del empotrador, el que sabe tocarte en condiciones.

Quiero que se reconozca de una vez a esos que saben hacerte un sexo oral de fantasía, que consiguen que se te olvide hasta que se ha puesto a llover y te has dejado fuera la ropa tendida. Los auténticos expertos en lengua (y no la castellana).

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Los que circulan por tu clítoris a una velocidad digna de autopista y van cortando los hilos de lucidez que te atan al cerebro para que, lo único que alcances a sentir, sea el centro de tu cuerpo, palpitando al ritmo que te marca.

Son quienes se merecen para mí, el máximo reconocimiento. Porque el pene está muy bien, nadie lo duda.

Pero que sepa leerte, entenderte, tocarte, estimularte, complacerte, beberte, comerte y correrte, le da de vueltas a cualquier empotrador.

Mara Mariño

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Así es un taller de iniciación al BDSM desde dentro

Mi relación con el BDSM se remonta al principio de mi vida sexual sin saberlo.

No, no tenía ni idea que había objetos que se relacionaban con esa práctica o que, adoptar un rol u otro, me estaba identificando con una sumisa o una dominante (o, en mi caso, pudiendo hacer ambas cosas, una switch).

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Ha sido algo que he aprendido hace unos días tras el taller sobre Iniciación al BDSM que impartió la formadora de Sex Academy Irene Negri (@sexeducando en Instagram), en una de las tiendas de Amantis (@amantisoficial).

Como la psicóloga y sexóloga, llegué al BDSM por casualidad. Y, al descubrir que me gustaba, pensé que no eran normal y algo raro podía estar pasándome.

¿Cómo era posible que pudiera disfrutar del dolor físico en el que se supone que es el momento más placentero para el cuerpo? Se me había cruzado un cable.

Peor no, la propia Irene comentó que las dos caras del BDSM tienen mucho sentido desde un punto de vista biológico. «Todas las personas sentimos placer en dañar, solo que a este juego, se juega con reglas», comentó en el taller.

En cuanto a mi placer por este tipo de ‘torturas’, la experta explicó que tanto el dolor como el placer se producen desde el sistema límbico. Las neuronas liberan dopamina cuando se da cualquiera de esos momentos, por lo que juntar ambos, eleva el placer.

Quizás la principal diferencia entre lo que yo hacía y una manera más ‘profesional’ de ejecutarlo, es la asignación de roles, que es algo tan sencillo como imaginar que te gustaría hacer o que te hicieran.

En esta distribución de poder -siempre pautada- se da una desigualdad, que es lo que produce el morbo de la dinámica en primer lugar.

Lo que Irene nos asegura es que «el BDSM no tiene por qué corresponder con el mundo real. No le vamos a dar con la fusta a la gente por la calle».

Es igual de importante dar con una persona con deseos o necesidades parecidas, confiar en esa persona y también conocer los propios límites. Hasta dónde nos vemos capaces de llegar.

Lo principal es la seguridad, hacer las cosas con sensatez y dentro del ambiente de la sesión.

El consenso del acuerdo no tiene por qué ser un folio con cada práctica perfectamente descrita y detallada (aunque si lo prefieres, puedes hacerlo así, sobre todo si es tu primera vez con alguien).

Ya sea en un papel o mediante una conversación, ambas partes se comprometen a cumplir lo acordado.

Y hablando de acuerdos, la palabra de seguridad es de las primeras cosas que relacionamos con el BDSM, pero, como Irene explica, igual es mejor plantearnos las indicaciones como un semáforo.

Verde si vamos bien, amarillo si hay que ir con cuidado o rojo si queremos detener la práctica de forma inmediata.

Aunque después del taller nos enseñó una colección de juguetes que iban desde una mordaza a un collar con una anilla para inmovilizar, pasando por una vela o látigos (floggers), no es imprescindible tenerlos en casa.

«El BDSM implica utilizar la creatividad. Se puede tener un arsenal de juguetes o no», reflexionó Irene.

Un cinturón cualquiera, el antifaz de dormir o la cuchara de madera de la cocina pueden ser, con un poco de imaginación, grandes aliados.

Mas allá del dolor, el placer, los juguetes o los roles, la conclusión con la que me quedo del taller es que el BDSM no solo va de «que te entregues sabiendo que alguien te va a sostener«.

También «implica autocuidarse y cuidar a la persona con la que estás«, resumió Irene.

Mara Mariño.

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El sexo, la culpa y Virginie Despentes

Dentro de que me considero feminista, me considero también mala feminista.

En mi vida sexual reside una de mis incongruencias.

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Porque encuentro excitantes las escenas en las que la relación sexual implica que la mujer sea forzada.

Recuerdo que fue algo que le confesé a mi pareja con vergüenza y un gran sentimiento de culpa.

Como si estuviera traicionando a todas las mujeres del mundo y fueran a prohibirme la entrada al 8M.

Y no me cabe en la cabeza. Es algo que ni quiero vivir ni deseo que experimente ninguna mujer.

Pero ahí está, me pasa que veo una escena y misteriosamente descubro que me estimula, que me despierta.

Intento racionalizarlo pensando que es solo una fantasía, que lo que pasa en mi cabeza se queda en mi cabeza.

Aun así he intentado descubrir por qué es eso en concreto. Por qué la circunstancia de una falta de consentimiento enciende mi cerebro.

Una de las explicaciones que encontré es que mis primeros contactos con escenas sexuales, justo cuando el cerebro es más maleable, recogían ese tipo de interacción.

Y es algo que consiguió quedarse tan grabado en mi retina, fueron unas imágenes tan potentes las que acompañaron mi despertar, que aún no he conseguido librarme de ellas con mi reeducación feminista.

Me consuela pensar que los gustos cambian y podré seguir trabajando en deconstruir mi imaginario erótico.

Pero no fue hasta que leí a Virginie Despentes y su libro Teoría King Kong, que pude llegar a comprenderlo en profundidad.

La escritora me hizo entender que mi fantasía no era tan rara, que era hasta habitual pensar en esos términos en un sexo con coacción.

Todo parte de la eterna lucha femenina que vivimos las mujeres. Esa que nos hace preferir ser siempre vírgenes antes que putas (aunque de lo primero ya tengamos poco).

Cuando el placer femenino se reivindica, el deseo se manifiesta y una mujer vive su vida sexual como quiere y tiene las parejas que desea, socialmente se le considera una ‘puta’. Se le rechaza y critica.

Mientras que la idea del sexo forzado, se escapa de todo ese prejuicio, ya que libera de culpa toda esa parte de disfrute consciente.

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En las fantasías de muchas, es la salida. El punto medio que permite disfrutar de la sexualidad sin que se comprometa nuestra imagen pública, sin que nos llamen ‘zorras’ por disfrutarlo.

Aunque soy consciente de que lo ideal no es encontrar un sexo en el que encontramos la liberación de disfrutar sin que nuestro subconsciente se preocupe.

Sino que vivir el sexo a nuestra manera -la que queramos- fuera algo que no nos afectara de cara a ser juzgadas por el hecho de ser mujeres.

Duquesa Doslabios.
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Si tiene los ojos cerrados durante el sexo, ¿está pensando en otra persona?

En varios foros encuentro esta pregunta, la prueba de que a veces entra un miedo irracional en el momento que nos sentimos más expuestos.

Pero, ¿tiene sentido que nos preocupemos por esto?

Voy a ponerme del lado de quien duda, de quien ve a su pareja retorcida de placer -con los ojos fuertemente cerrados-, y se plantea que por su cabeza pase alguien que no sea él (o ella).

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Y es que tener sexo con una persona que queremos es algo tan íntimo, que todas nuestras inseguridades tienen vía libre.

Si se estará fijando en la celulitis, en esa zona con pelo que pocas veces ha visto una cuchilla o si le parecerá alguna parte del cuerpo pequeña, son pensamientos intrusivos que pueden llegar a paralizarnos.

Sin embargo, tener o no contacto visual depende de muchas cosas. Por lo pronto, es el mejor método para centrarse en las sensaciones.

Con el sentido de la vista privado, parece más sencillo prestarle atención a los demás.

Al oído, al gusto, al olfato, pero sobre todo al tacto. Especialmente si es el que se da en el piso de abajo.

Sin mirar, no hay distracciones. Evitas cruzar la vista con la lámpara del techo y recordar que aún no has comprado la bombilla. Solo está una agradable oscuridad y el contacto incendiario que te despierta por dentro.

Por otro lado, abrirlos y mantener los ojos clavados, es algo también ligado a la intimidad.

Una concesión de verse en ese momento tan vulnerable y encontrarlo lleno de erotismo. También la forma de recordarle a la pareja qué es lo que tanto nos gusta de ella, dándole impulso a su autoestima.

Pero y aún en el caso de que esos párpados bajados significaran que hay una fantasía detrás, ¿es de verdad para alarmarse?

Dejarse llevar por una idea que nos excita, funciona de maravilla en la cama.

Es más, precisamente lo bueno que tiene la imaginación es que está solo en la cabeza y se puede usar como gatillo para disparar aún más las ganas.

Por placer, para concentrarse, para excitarse más… ¿Qué más da el motivo si el resultado es que esa persona disfrute en mayor medida de la experiencia compartida?

Duquesa Doslabios.
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Alimentar el mapa erótico: la forma de actualizar tus fantasías sexuales

Tus fantasías sexuales no son eternas. Al igual que tus metas, tienes que ir actualizándolas a lo largo de tu vida.

Lo que te encantaba a los 20 años no suele ser lo mismo que te seduce a los 30.

SKYN

En eso consiste el mapa erótico, en aquellas historias que nutren nuestro imaginario sexual.

El ir cumpliéndolas o ir descubriendo cosas nuevas consiguen que las etapas íntimas vayan cambiando.

Pero configurar este mapa no es algo que caiga del cielo. Se debe trabajar.

Y no hay nadie más que tú que pueda decidir qué aparece y qué no.

He dicho varias veces que disfrutar de la sexualidad es tarea de la propia persona, y el mapa erótico es el ejemplo perfecto.

Incluso si consideras que la imaginación no es algo que te sobre precisamente, vengo a darte algunas ideas que a mí me han funcionado.

Tu mapa erótico puede empezar por la fantasía de cumplir con un desconocido ese polvazo que te ha contado tu amiga que echó con su novio.

Puede ser la escena de una película que siempre te haya excitado y quieras poner en práctica.

También probar todo tipo de fetiches a ver si hay alguno con el que hasta ahora no te habías atrevido (y resulta que te encanta).

Fuentes de fantasías eróticas son también los libros, hacerse con juguetes nuevos…

Y si lo que se te da bien es tirar de imaginación, montarte historias en la cabeza será tu primer campo de experimentación.

Fantasear con que sucede algo con la compañera de trabajo, ir en el ascensor y pensar qué pasaría si entrara ese vecino que te gusta…

De la misma manera, es posible hacer el ejercicio con gente desconocida.

¿De esas personas que compartes espacio en el vagón, ¿cuántas tendrán sexo esta noche? ¿Cuántas lo tuvieron ayer?

Todo sirve para estimular tu mayor órgano sexual: tu cerebro.

Duquesa Doslabios.

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Dispara el placer en la cama: qué cosas decir al oído si te falta imaginación

Que me encante escribir es algo que se refleja también en mi vida íntima.

Por mensaje, correo electrónico o incluso carta puedo explayarme y contar la historia erótica que haga falta.

SAVAGEXFENTY

La cosa cambia cuando tengo que trasladar la experiencia al directo. Cuando es el momento de que me acerque al oído y estimule a la otra persona susurrándole palabras.

Y es que de siempre, el hablar en la cama más allá de «¿podemos cambiar de posición?» o «cuidado, que así me duele», me ha sobrado.

Así que como soy consciente de la importancia que tiene saber defenderse también en ese ámbito ya sea por dar con alguien a quien le encante o por el hecho de cambiar las cosas un poco, vamos a aprender cómo salir del paso.

Ah, ¿pero hay vida más allá del «sí, sigue»? fue lo primero que me planteé.

Gracias a la escuela del porno, sabemos que no hay palabras más efectivas.

Por eso, aunque no sea nuestra mayor fuente de estimulación, lo primero es admitir que podemos conseguir muy buenos resultados si hablamos ‘guarro’.

Lo segundo, perfeccionarlo.

Así que voy a darte un ratito para que reflexiones sobre ello y nos vamos al paso número dos.

Para principiantes en materia, relatar las sensaciones del momento puede ser un buen punto de partida: desde las sensaciones físicas, lo mucho que te está excitando o incluso describir cómo lo está haciendo la otra persona.

El siguiente nivel puede ser el de narrarle una fantasía que tengáis pendiente por realizar o algún tipo de experiencia que sepas que le puede provocar.

Puede ser esa sesión de BDSM para la que todavía no habéis encontrado tiempo, entrar en detalles de cómo echaríais ese polvo en la azotea del edificio o hacerle saber que la última vez que te masturbaste, fue pensando en su cara (y contarlo con pelos y señales).

Como las fantasías son algo libre, soy también una gran partidaria de hacer partícipes a terceras personas en estas historias suspiradas entre sudor y piel.

Para quienes no se planteen abrir la relación es un añadido más con el que fantasear. La historia de cómo hacer un trío inventado, participar en una orgía o acudir a un local de intercambio de parejas también subirán la temperatura.

Ahora solo falta que lo pongas en práctica.

Duquesa Doslabios.

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