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Historias de amor, sexo y otros delirios

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De cuando fui la guarra del colegio

Hoy me apetece hablar de cuando fui la guarra del colegio. Fue una época que duró entre primero y segundo de bachillerato, es decir, cuando tenía entre 16 y 17 años.

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Ser la guarra del colegio, y en un colegio de monjas, era algo a lo que le teníamos más miedo que a los exámenes de tipo test en los que no hay una única respuesta correcta. Y ahí caí yo, por la puerta grande de las guarras.

Pero, ¿cómo pasé de alumna media a ser una guarra? Con la hormona alterada, a los 16 resultaba que los chicos que me llamaban la atención a mí, por primera vez, se la llamaba yo a ellos. Viví el milagro de la pubertad pasada, pero fue el amor platónico colegial el que me tiraba de la silla.

Tirar de la silla casi literalmente, ya que mi tutora pidió reunirse con mi madre de lo difícil que me resultaba despegar los ojos de él en clase. Al tenerle sentado a mi lado no conseguía concentrarme en clase, y aquello, a las puertas de la selectividad, no nos vamos a engañar, era un drama.

Fue en el viaje de fin de curso, que en mi caso fue un año antes de acabar, cuando terminé a golpe de casualidad y de correr de un lado a otro del hotel huyendo de los profesores que vigilaban los pasillos, terminé en la habitación del susodicho.

Un par de besos y alguna mano por encima del pantalón fue todo lo que aguantamos hasta quedarnos totalmente dormidos (viajábamos en autobús por Italia y al madrugón había que sumarle que todos los días salíamos por la noche, por lo que nos fue imposible escapar del cansancio).

Al día siguiente me despertaron las voces de su grupo de amigos, que entre mi sueño y la confusión de dormir cada noche en una ciudad italiana, no llegué a enterarme de qué hacían allí, pero al descubrirme en la habitación de un chico el rumor se extendió como la pólvora.

Y pasa lo que siempre pasa en los colegios, que él era el más crack, un campeón, y yo había sido una guarra. Aquella primera semana de clases a la vuelta del viaje fue una pesadilla de la presión que tenía encima. Recuerdo que fue difícil hasta el punto de que mi propio grupo de amigas me recriminaba mi “actitud”.

No quería ir al colegio. Odiaba despertarme por las mañanas y saber que tenía que enfrentarme a comentarios hirientes. Sentía que no podía aguantar aquello y no encontraba las fuerzas como para afrontar otro año más.

Recuerdo un día concreto que, ante tanto insulto, me fui a llorar al baño, lugar en el que me encontró mi profesora de química y le conté compungida que todo el mundo se pensaba que me había acostado con un chico cuando simplemente habíamos dormido.

Ella, que era una bendita, me dijo que no me preocupara y que yo siguiera con mi vida que no era de nadie más que mía, cosa que hice.

Y no solo ese año sino el siguiente. Seguí comiendo la boca a cuanto chico quise y seguí aguantando a mis amigas decir que como podía ir haciendo eso de un día quedar con uno y otro besar a otro. Pues simplemente porque me apetecía y quería hacerlo.

Del colegio me llevé acosadores, una fama inmensa, ninguna amiga de esa época y una convicción certera: iba a seguir haciendo lo que quisiera con quien quisiera porque no estaba haciendo nada malo a nadie.

Llegó un punto en el que me di cuenta de que me daba igual lo que se dijera de mí. Y si por disfrutar de mi vida y de mi sexualidad me iban a acosar y a tildar de puta, prefería ser una “guarra” feliz libre que una santa amargada que encaja.

Ahora solo espero que llegue el día en el que ninguna mujer, chica o niña se sienta mal, vejada, humillada o acosada por vivir su sexualidad como ella decida.

Duquesa Doslabios.

¿Quieres mejor sexo? Hazte feminista

Si tuviera que resumir en una palabra lo que ha supuesto el feminismo en mi vida sexual, os resultaría familiar el término: orgasmos.

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Cuando empecé a tener sexo (me refiero a acompañada, claro, sola ya lo llevaba practicando bastante tiempo) aquello eran unos cuantos meneos, se corre, tiramos el condón y a dormir. Fin del cuento. Normal que no me pareciera para tanto.

Me preocupaba pensar que algo no funcionaba. Primero pensaba que era yo, pero, como os he dicho, había sido muy capaz de llegar al orgasmo yo sola sin que nadie tuviera que explicarme nada. No entendía por qué no me lo pasaba tan bien como en todas esas comedias románticas, en las que, solo con rozarse, ya llegaban los gemidos al cielo.

Y entonces lo entendí. Por supuesto que yo sabía cómo darme placer, eran ellos los que no. Y claro, iba a quedar muy mal que yo le llamara la atención a mi acompañante, o eso pensaba, por lo que me limitaba a fingir un poco y luego a terminarme la faena en casa.

Hasta que llegó el día en el que me di cuenta de que estaba viviendo en una mentira, una enorme, y que quería empezar a ser sincera, no solo con ellos sino conmigo misma.

Fui franca y los orgasmos falsos se acabaron, lo que hizo que vinieran los auténticos y esa brecha orgásmica descendiera.

Me di cuenta de que quería igualdad en la cama, que si él se corría, yo me corriera también. Y no era algo egoísta, ni que no quisiera que él no lo disfrutara, sino que ambos recibiéramos placer.

El feminismo me quitó la tontería de encima, la de los orgasmos y muchas otras, como por ejemplo los complejos. Comprendí (al fin) que tenía que quererme tal y como era y que aquello no cambiaba en función de si estaba más o menos depilada, de si mis tetas estaban o no caídas o de si el culo tenía celulitis, que daba exactamente igual.

Eso de “el macho tiene que mandar en la cama unga unga” era mi concepción pre-feminista. Mi yo feminista entendió que era más divertido compartir la “dominación” en el colchón y no ser siempre la que se deja llevar. Tomar la iniciativa y experimentar es algo también muy placentero.

Que me aburro

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Pero feminismo también es asumir la responsabilidad, entender que si algo sale mal no es que hayas topado con un mal amante y ya está, sino que está en mano de los dos hacer de la experiencia algo sobresaliente.

Con el feminismo aprendes a darle al sexo la importancia que tiene, mucho menor que la que me vendían en el colegio,  que, supuestamente, tenía que ir ligado siempre a un matrimonio con amor. Resulta que podía tener sexo con alguien solo porque me apeteciera y no pasaba nada. No se me ligaban las trompas de Falopio, no era una puta ni una guarra. Era una mujer disfrutando de su vagina (y de otras partes, sin duda).

Para todos aquellos preocupados que piensan que el feminismo está en contra del sexo, os diré algo, todo lo contrario. El feminismo le da a la mujer la libertad de disfrutar de su cuerpo, está a favor del placer que durante tanto tiempo hemos tenido prohibido.

Quiere la igualdad en todos los aspectos, quiere que puedas disfrutar de una buena comida y que te traigan a ti la cuenta, en vez de dar por hecho que va a pagar él, y que disfrutes sin complejos de los postres que ofrecen las entrepiernas.

Duquesa Doslabios.

¿Un buen polvo? No (solo) gracias al pene

No tengo pene y nunca lo he tenido (me ha parecido importante dejarlo claro nada más empezar ya que la Duquesa Doslabios es una aristócrata muy sexual, sí, pero muy anónima al mismo tiempo), pero si hubiera nacido hombre, tengo claro que habría sido una de mis preocupaciones.

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Lo sé porque siendo mujer pasé toda mi adolescencia preocupada de los tamaños y formas de mi cuerpo: que si el pecho, los pies, las piernas, la nariz, el pelo… Por lo que imagino, de haber sido de género masculino, habría pasado por lo mismo.

Sin embargo, lo referente al miembro masculino parece tener mucha más gravedad. Encuentras divisiones en la talla de condones, apartados específicos en páginas web de pornografía con ejemplos descomunales, consoladores en tiendas de sexo del tamaño de calabacines gallegos

En definitiva, la medida del pene es una cosa que nos rodea. Incluso en esas amenas tertulias con amigas entre té matcha y pasta de anís ecológica (o cerveza y aceitunas) sale en muchas ocasiones el tema de las tallas.

Nos permitimos el lujo de hablar sobre el tema porque, a fin de cuentas, somos quienes los disfrutamos.

Pero mayor parte de nosotras, aunque disfruta de recibir información y animar la cerveza o el café con una buena porra, nos consideramos mucho más  prácticas.

Tanto pensar en el tamaño puede dar a entender que vivimos inmersos en una ‘falofiebre’, cuando, hay veces que lo único que te gustaría es coger al susodicho y decirle “pero que tamaño ni que tamaño y cómeme la boca (u otros sitios), que para eso no necesitas más que los labios“.

Y es que a la hora de la verdad, y por mucho que España sea el tercer país que más intervenciones de alargamiento de pene realiza, nos interesan otras cosas. No dais crédito cuando afirmamos esto, pero es así. Pasado el impacto del primer momento, valoramos en mayor medida la química y a la dinámica del momento.

Pero si no os queréis fiar de mí, fiaos de Plátano Melón que de sexo saben un rato y quisieron tener las opiniones de las mujeres a pie de calle que lo confirmaron: alguien que sepa moverse bien, en detrimento del tamaño. La declaración rotunda de una de las encuestadas lo resume: “No creo en absoluto que el tamaño del pene sea algo decisivo para que haya una relación sexual placentera”.

Un pene garantiza un contacto físico entre dos personas, pero no la conexión. ¿La conclusión de todo esto? Que se le dedique menos tiempo a mirar el pubis y más a mirar a los ojos de la otra persona.

Duquesa Doslabios.

(Y si todavía no me sigues en Twitter ni en Facebook no te pierdas mis rayadas emocionales)

Sexo festivalero: los lugares para tener un encuentro pasional

Coachella nos pilla lejos de casa y del presupuesto, pero eso no significa que no te plantees hacerte el equivalente a la Ruta 69 solo que en vez de Estados Unidos, recorriendo la costa española en busca de los festivales del año.

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Pero por mucho que te gusten Love of Lesbian, Paco Osuna o Mägo de Oz, no es la música el único de tus menesteres, o, al menos no lo es del 33,6% de asistentes a un festival que practican sexo (y el 44,6% sexo oral) según ha revelado un estudio de la web de venta de entradas TickPick.

Y en España, me atrevería a decir que el número es mayor (el estudio cubre solo los Estados Unidos).

El lugar favorito por más de la mitad de los participantes de la encuesta para el escarceo romántico fue la tienda de campaña. La respuesta es de una lógica aplastante teniendo en cuenta que es el equivalente al dormitorio en los festivales y por tanto el mejor sitio donde se puede disfrutar de intimidad.

Pero ¿y para aquellas celebraciones de un día en las que no se llega a hacer noche y, si se hace, es bailando? El coche, otro de nuestros favoritos por excelencia. Además es un espacio tan familiar que ya sabemos cuáles son las posturas con las que podemos sacarle partido.

En el tercer lugar quedó el campo. Ya que los festivales se realizan en amplios espacios al aire libre, no es complicado encontrar, si te alejas un poco de los escenarios, un trocito de suelo en el que ponerte mirando para las estrellas. La alergia al césped del día siguiente merecerá la pena.

Un 15% de los encuestados, totalmente ajenos al concepto de “intimidad”, afirmaron haber mantenido relaciones entre la multitud rodeados de testigos. Si te da por hacerlo públicamente, procura que sea bien entrado en horas el festival, para evitar que la gente tenga batería en sus móviles.

Por último, casi un 10% dijo que el baño era el sitio donde había podido practicar sexo. Iba a poner “a sus anchas”, pero si solo de hacer pis en uno de esos cubículos me entra el agobio, no puedo imaginarme a dos personas revolviéndose.

Además entre los olores (todos sabemos cómo huele eso), el pis (y otras cosas) por todas partes o la compresa pegada al suelo, hacen que cualquier otro sitio del festival sea mejor que el baño portátil.

Y recuerda que el lugar, la persona y el momento son cosas opcionales. Que utilices protección, no.

Duquesa Doslabios.

“Hablar de sexo sigue escandalizando, continúa siendo un tabú”

La curiosidad que nos produce la sexualidad es algo que, como la condición misma, nos acompaña toda nuestra vida.

El descubrimiento del cuerpo, su desarrollo o el placer despierta un sinfín de preguntas que solo los más atrevidos o confiados se permiten hacer en voz alta.

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Pero cuando el interés puede más que cualquier vergüenza, aparece Alfred López, escritor y miembro de la familia de blogueros de 20 Minutos (podéis leerle en su espacio Ya está el listo que todo lo sabe).

El divulgador se atreve con todo lo que haya que descubrir al respecto en el campo del sexo (o al menos con gran parte) y nos lo entrega en formato de libro para que podamos satisfacer nuestras dudas.

Después de sumergirme en Ya está el listo que todo lo sabe de SEXO con sus 240 curiosidades, López y yo hablamos al respecto. 

Al empezar a escribir el libro, ¿cuántas curiosidades conocía acerca del sexo y cuántas ha averiguado al redactar la obra?

Alrededor del 40 por ciento de las curiosidades que aparecen en el libro ya las tenía publicadas, recopiladas o con información acerca de ellas, por lo que más de la mitad del libro son datos que he ido averiguando y escribiendo a lo largo de los últimos dos años. Aquellas entradas que ya las había publicado anteriormente en alguno de mi blogs o colaboraciones han sido reescritas y actualizadas con nuevos datos.

Comenta que el Kamasutra tiene 8 capítulos y solo uno es el dedicado a las posturas sexuales (el que ha hecho que todos conozcamos el libro, al menos de oídas). ¿De qué más cosas trata? ¿Lo ha leído?

En realidad el Kamasutra se concibió como un tratado sobre las artes amatorias, la seducción y, sobre todo, a cómo satisfacer sexualmente a las distintas parejas femeninas que a un hombre de la época se le permitía poseer (porque tristemente en aquel tiempo las mujeres estaban consideradas como posesiones de los varones).

Debo reconocer (y entonar el ‘mea culpa’) que yo también soy una más de esas personas que no se han leído el Kamasutra al completo y que me he entretenido más en el famoso capítulo dedicado a las posturas, aunque alguna ojeada le he dado al resto de páginas.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención es que el hecho de que el término “desflorar” solo se utilice para mujeres. ¿Por qué cuando un hombre pierde la virginidad no se “desflora”?

El hecho de que una mujer sea virgen o no consiste en si está intacto el himen, la pequeñísima membrana en el orificio de entrada de la vagina. En el caso de los hombres si hay algo que debía romperse para perder la virginidad se suponía que era el frenillo o parte del prepucio que cubría el glande del pene pero en la antigüedad (y estamos hablando de hace más de 4.500 años) a todos los hombres, siendo estos bebés, se les realizaba la circuncisión (por motivos culturales y religiosos) dándose por hecho que tras ese corte ya no había virginidad alguna. Por tanto el hombre desde la más tierna infancia ya no disponía de su virgo, que era algo que no ocurría en el caso de las hembras.

Aunque utilizamos “viejo verde” como término peyorativo hace referencia a una persona que, pese a la edad, goza de salud sexual y energía, mientras que un montón de expresiones tienen su origen en la prostitución o simplemente en la connotación negativa de la mujer. Leyendo su libro se confirma que la Historia nos ha puesto a las mujeres muy mal y todavía nos encontramos “apechugando” con las consecuencias (según el Antiguo Testamento cuando la mujer tiene la menstruación derrama una sangre que la hace impura, emite humos nocivos que vuelve rabiosos a los perros y un largo etcétera). De hecho habla del machismo en la Historia a lo largo del libro. ¿Opina que el lenguaje sigue siendo muy machista hoy en día? Si es así, ¿cómo cree que podemos cambiarlo?

Sí, evidentemente seguimos usando muchas frases y términos que son claramente machistas o que han surgido por algún aspecto misógino. Pero el problema está en cuando se utiliza para herir, menospreciar o insultar. Hoy en día la mayoría de personas dicen muchas de esas locuciones o palabras como latiguillo de su lenguaje cotidiano pero sin darle ninguna connotación malintencionada.

Poco a poco se van enmendando esas cosas y si nos ponemos a pensar, llevamos relativamente poco tiempo corrigiéndolo. Sin ir más lejos, el Diccionario de la RAE sigue manteniendo algunos términos y acepciones que pueden ser hirientes para según qué personas o colectivos y continuamente aparecen campañas para que se modifiquen. Es un camino largo, pero con el tiempo se conseguirá.

Una de las curiosidades que trata es que el Doctor Kellogg desarrolló los cereales como algo que evitara que la gente se masturbara. ¿Le salió el tiro por la culata? ¿Diría que les pasó lo mismo a los que buscaban una pastilla para combatir la angina de pecho y terminaron desarrollando la Viagra o que, por el contrario, han salido ganando con el cambio?

No, no creo que les saliera el tiro por la culata, todo lo contrario. El Dr. Kellogg estaba convencido de que esos cereales desinhibían el deseo onanista y lo dio para desayunar a sus pacientes del sanatorio que dirigó durante varias décadas. Era una cuestión de fe… bueno, más bien de obsesión religiosa. Quien finalmente hizo negocio fue su hermano Will Keith Kellogg que montó la empresa y comercializó los cereales tal y como los conocemos hoy en día.

Y respecto a la Viagra, la verdad es que fue un acierto el descubrir que el sildenafil era un potente vasodilatador que ha ayudado en la disfunción eréctil a millones de hombres de todo el planeta y con ello directamente a sus parejas sexuales.

Comenta en su libro que el ser humano lleva escogiendo pareja desde el siglo XX. A su parecer, ¿cómo lo estamos haciendo?

El matrimonio, hasta prácticamente finales del siglo XIX, estaba concebido como una transacción comercial entre familias o clanes. Matrimonios de conveniencia para las dos partes en la que no se contaba con el hecho de que los contrayentes sintiesen amor e incluso las abismales diferencias de edad (sobre todo del hombre respecto a su esposa). Los matrimonios por amor se daban en contadísimas ocasiones.

Desde hace algo más de un siglo esto cambió, afortunadamente, y aunque somos libres (en la mayoría de ocasiones) de elegir nuestra pareja no siempre acertamos.

Expresiones que vienen de acciones como drogarse (echar un polvo hacía referencia a excusarse para esnifar polvo de rapé) o violar (el término “Pánico” viene del miedo a sufrir una violación por parte del Dios Pan) ¿deberían dejar de usarse o al estar tan arraigadas en la lengua no tienen ningún tipo de “peligro” por el sentido inicial?

Hoy en día ninguna de esas expresiones se dice con ese sentido vejatorio u ofensivo, por lo que encuentro ilógico que deban de ser retirados de nuestro lenguaje cotidiano y coloquial. Encuentro que hay algunas que pueden ser mucho más hirientes y que, tal y como te he comentado más atrás, todavía se mantienen en los diccionarios oficiales.

Hay cosas que leyendo el libro me han chocado por la mentalidad que podían tener las personas en otras épocas, sin embargo encontramos que hoy en día hay gente que piensa que el vello púbico es antihigiénico y otras barbaridades. ¿Cómo podemos estar tan avanzados en unas cosas y tan atrasados en otras?

Por la sencilla razón de que hasta hace poco no ha habido una educación y cultura sexual. Gracias a Internet, los blogs y youtubers cada vez hay más conocimiento, pero hasta hace cuatro días la divulgación sexual era escasa.

¿Cuántos programas de televisión dedicados al sexo recuerdas en las últimas tres décadas? Lo mismo pasa con la radio… Podríamos contarlos todos con los dedos de las dos manos (y nos sobraría alguno).

La educación y divulgación sexual no solo es explicar a los estudiantes cómo se evita un embarazo no deseado o qué hay que hacer para no contraer una ETS. Hay que educar en la tolerancia, el respeto… Y eso se consigue conociendo también la Historia, costumbres, hábitos. De haber sido así, hoy en día no estaríamos lamentándonos de tantísimos casos de abusos, violaciones, violencia de género.

Deben enseñarnos educación sexual pero a todos, jóvenes y adultos y no solo sobre qué es el aparato reproductor, sino también aquellos ‘pequeños detalles’ como para qué sirve el vello púbico (que es una barrera profiláctica natural que nos brinda nuestro organismo contra algunas infecciones y que tan de moda se ha puesto rasurárselo, con el peligro que eso implica de cara a contraer una ETS).

¿Su objetivo a la hora de escribir el libro era normalizar ciertos temas y aclarar dudas al respecto de la sexualidad?

Sí, lo has descrito perfectamente. Hablar de sexo sigue escandalizando, sonrojando, continúa siendo un tabú en según qué ámbitos y, sobre todo, públicamente. Sin embargo en privado quien más o quien menos consume pornografía, tiene sus filias, fetiches y fantasías eróticas. Respecto al sexo la inmensa mayoría de personas usamos un doble rasero.

Hablemos de ello sin avergonzarnos y seremos mucho más felices y libres.

Posiciones para tocar clítoris como si no hubiera un mañana

La penetración está muy bien, no te digo yo que no. Sobre todo si viene acompañada de complementos, como la ensalada.

Pero la penetración acompañada de meneo clitoriano es más placentera que explotar un grano (hoy me he despertado salida y escatológica, qué le vamos a hacer).

Los años de práctica como clitoriana me han hecho formar un top de posturas “Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo toco”:

5. En el último puesto: el perrito. Las embestidas traseras pueden hacer un poco complicado mantener un ritmo decente, es por eso que queda en el último puesto.

DOCTISSIMO

 

4. A cuatro patas invertida: esta postura permite que tu pareja se encargue de darle vida al asunto. Pero claro, entre el movimiento, la mano y demás, o tiene muchas habilidades o aquello termina más descuadrado que las ventanillas de los aviones.

DOCTISSIMO

 

3. De espaldas haciendo sentadilla: para las que no tardáis mucho va bien, pero las que necesitamos un poco de tiempo terminamos con el cuádriceps reventado, por lo que queda en el ecuador de la clasificación.

DOCTISSIMO

 

2. El misionero: parecía que no, pero la mano entra perfectamente entre pubis y pubis. ¿Lo mejor? Estás cómodamente tumbada y puedes elevar las piernas para experimentar con nuevas sensaciones.

DOCTISSIMO

 

1. Sentada encima (en el suelo): ponte en modo dominatrix y ordena a tu pareja que se tumbe bocarriba en el suelo (con una almohadita debajo de la cabeza, que ser dominatrix no significa que tengas que dejar al otro desnucado). Siéntate encima con las piernas flexionadas y ponte en modo rana saltadora. Importante que sea en el suelo ya que si lo haces en una superficie que no sea fija, tu pareja se mueve por la inercia y terminas perdiendo ritmo.

DOCTISSIMO

Y ahora mi momento favorito: cuéntame cuál es tu postura preferida para tocarte el clítoris (así podemos copiarte en cuanto tengamos oportunidad).

Pornografía, ¿diversión “inocente” o infidelidad?

Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente. Pero ¿y si los ojos ven y lo que miran es pornografía?

YOUTUBE/Padre de Familia

Tengo 26 años y llevo viendo porno desde los 17, que fue cuando tuve un portátil para mí sola (y cuando aprendí a borrar el historial).

En este tiempo nada ha hecho que dejara de verlo. He tenido épocas de mi vida en las que lo veía con más frecuencia, otras menos y otras, prácticamente, nada.

Es algo un poco aleatorio y no depende de si tengo o no pareja, a veces me apetece, a veces no, a veces tiro de archivo o me meto a leer relatos eróticos… Lo que tiene el porno es que es un recurso fácil que, como dice una amiga mía, nos apaña porque lo tenemos “a mano”, y literalmente.

No hace falta pensar, basta mirar y atender a la respuesta física. Como animales que somos, los estímulos visuales de la pornografía nos producen excitación. Como cuando alguien bosteza y seguidamente te entran ganas de repetir la acción aunque no tengas sueño.

Así como también nos lo puede producir además de la película, un recuerdo o una fantasía salida de nuestra imaginación.

Sin embargo, son vivencias que forman parte de nuestra vida sexual individual, no por hacerlo solos, sino por que hablo de aquella propia de cada individuo.

La cabeza es libre, no hay intimidad real con otra persona, y, como dice otro amigo (pregunté a muchos al respecto) “pensar en robar un banco no significa que lo vayas a robar”.

Otra cosa es que la pornografía se convierta en una obsesión y reste tiempo de estar con nuestra pareja, altere nuestros hábitos o produzca ansiedad por no vivir en carnes esa “realidad sexual” que termina al grito de “Corten” (aunque eso no lo veamos).

El porno es un show, un espectáculo, un producto para pasar un buen rato y debe ser tratado como tal, no como un reflejo fiel de la realidad.

Además de usarlo a solas o en compañía, podemos “tomar nota” y usarlo como fuente de ideas para ponerlas luego con alguien a prueba. Si se atreve…

Duquesa Doslabios.

La (dañina) fiebre por los “empotradores”

Me gustaría que alguien me explicara a qué viene ese furor que generan los empotradores.

Vale que puede gustarnos que nos cojan y nos pongan con la cara pegada al espejo en una intensa sesión de sexo, de esas de las que luego te dejan el cuerpo al día siguiente como si te hubiera pasado un camión por encima.

Pero no es oro todo lo que te empotra.

Parece que, desde que conocemos el término, las otras maneras de practicar sexo han quedado relegadas a un segundo plano. Como si solo nos interesara el fuelle. Si empuja menos de lo que consideramos empotramiento, ya no nos vale.

Lo que cuenta es que te reviente, que tenga la fuerza suficiente como para cogerte en peso en cualquier momento y lugar. Y cuidado del que no lo haga, ya que se arriesga a que opinemos que no ha estado a la altura de las expectativas, que es un soso en la cama.

Sin embargo, hay hombres que deben “forzarse” para que les salga ese empotrador ya que supuestamente, es lo que creen que esperamos de ellos en la cama.

Y si no es por nosotras, es por los amigos, ya que ninguno presume como hazaña de haber puesto una lista de Spotify de baladas románticas o de haber llenado una bañera de pétalos de rosa.

¿Entonces, hasta que punto es algo libre el “empotramiento”? Y sobre todo, ¿cuando empezamos a valorar una experiencia sexual únicamente por una performance o por si necesitamos Ibuprofeno al día siguiente?

Con esto no quiero decir que esté en contra de los empotradores ni mucho menos (que benditas sacudidas nos dan), pero no nos olvidemos del resto, y sobre todo, no perdamos la capacidad de apreciar, que hay vida más allá del empotramiento. Que hay polvos que te ponen de punta piel que ni siquiera sabías que tenía esa capacidad.

Hay contactos delicados con una complicidad y un cariño que no tienen nada que envidiarle a un meneo contra el cabecero de la cama.

¿O es que ya no queremos romanticismo en la cama?

Duquesa Doslabios.

¿Conoces el beso de Singapur, el único que se da sin los labios?

Inmersa en mi última lectura, que coincide que pertenece a uno de mis compañeros blogueros del diario, Ya está el listo que todo lo sabe de SEXO (autor del que muy pronto os traeré entrevista) encontré de pasada “El beso de Singapur” o también llamado “pompoir”.

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Así como conocía (y bien) todos los que habían aparecido hasta el momento como el beso francés o el beso griego, el de connotaciones asiáticas me pilló por sorpresa.

Como describe Alfred López, es una práctica que se realiza utilizando los músculos de la vagina sobre el glande ejecutando unas contracciones que dan placer y llevan al orgasmo (si se realiza bien, claro).

Pero ¿cómo podemos practicar para hacerlo? Exactamente igual que cuando nos ponemos un tutorial de hacer ejercicio en casa 20 minutos.

Por lo visto la rutina es la misma que la de mantener el suelo pélvico en forma. Los ejercicios de Kegel (contracciones controladas) y el posterior uso de bolas chinas para controlar la contracción son todo lo que debemos dominar para convertirnos en expertas.

Es decir, la contracción y relajación de los músculos circunvaginales con la idea de crear un efecto de succión como el que realizamos al hacer sexo oral.

A la hora de aplicar la teoría a la práctica, lo más recomendable es que la mujer esté colocada encima y que mantenga la cadera quieta en una postura en la que se encuentre cómoda y pueda concentrarse en el movimiento.

Perfecto no ya solo para sorprender a nuestra pareja sino para añadir algo nuevo a la cama y, ya de paso, mantener nuestros músculos de la zona siempre en forma (algo que agradecemos sobre todo después de los partos).

¿Le damos al pompoir?

Duquesa Doslabios

Posiciones para cuando te puede el cansancio (pero aún así estás caliente)

Típico día de diario por la noche, ambos estáis hechos fosfatina y solo queréis tiraros en la cama a dormir.

Pero con el ojo a medio cerrar empiezas ver a tu pareja desnudándose y como no eres de piedra (aunque te pese el cuerpo una tonelada por el cansancio), te entran las ganas. Para esos casos puedes optar por posturas en las que no tengas que moverte mucho. ¿Cuáles? Aquí tienes algunas ideas:

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Cucharita: gírate hacia uno de tus costados, pegaos el uno contra el otro y aprovecha una de las posturas para vagos por excelencia. Lo único que tenéis que hacer es darle un poco de movimiento y listo.

Misionero: ¿es necesario que la explique? Perfecta para las mujeres que no quieren mover un músculo, aunque procura interactuar con tu pareja y no quedarte despatarrada haciendo la estrellita de mar. El sexo es una cosa de dos.

-Cara a cara: Cambia el turno. Es el momento de que él se tumbe. Aprovecha para colocarte encima con todo tu cuerpo cubriéndole y repta levemente sobre él de delante hacia detrás.

Siéntate encima: la clásica postura perfecta para cuando estáis en el sofá y os ponéis tontorrones. Aprovecha que él está contra el respaldo y bien colocado para utilizarle como punto de apoyo. Seguir viendo la película es ya elección vuestra

-69 lateral, mucho más cómodo que el arácnido. Gira unos 90 grados la postura que tanto conoces. Evita que uno de los dos esté tumbado mientras el otro tiene que aguantar su peso. Se realiza apoyados sobre los costados como un 69 convencional.

Y, si conoces otras posturas que sean ideales para cuando la vaguería alcanza sus máximos niveles, te animo a compartir tus ideas en la caja de comentarios y a seguirme en las redes sociales (mi Facebook y Twitter) para estar al tanto de más posts como este para cuando andes con pocas ideas.

Duquesa Doslabios.