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Consentir a tener sexo no es consentir todo tipo de sexo

Tenemos un cacao en la cabeza, uno importante. Y empieza por no saber muy bien lo que está sucediendo en nuestra intimidad.

Te pongo un ejemplo. Imagina que vas a una cita con alguien que has conocido por una aplicación de ligar.

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Os lleváis genial, la química está por las nubes y no veis el momento de que el camarero traiga la cuenta para iros a casa de alguno de los dos.

No hay tiempo para delicadezas, la ropa va quedando por el suelo hasta que ya podéis complaceros. Y el sexo deja de ser apresurado y urgente para convertirse en violento.

Hay golpes, hay estrangulamientos, tirones de pelo, un “perra” de por medio… Sabes que forma parte del polvo, pero no puedes evitar una cosa: asustarte.

Porque en todo momento querías tener sexo con esa persona, pero no podías imaginar que esto era lo que te esperaba. Igual, de haberlo sabido, ahora que lo estás padeciendo, te lo habrías pensado dos veces.

Se puede decir que consentiste, claro, pero que accedieras a tener sexo no significa que dieras libertad para hacer cualquier cosa con tu cuerpo.

Billie Ellish lo comentó en una entrevista en televisión hace unos meses: “Las primeras veces que tuve sexo, no dije que no a cosas que no estaban bien. Fue porque pensaba que se suponía que era lo que me tenía que gustar”.

¿Cómo no sentirnos identificadas?

Evitar que esto pase no significa que (como alguno que otro comenta) haya falta ir siempre con una carpeta de formularios en la mano. Rellenando previamente que prácticas se pueden hacer -y cuáles no- y firmando ante notario.

Pero sí que en la conversación previa se puede decir que el tipo de sexo que te gusta es duro y que si le va a hacer sentir cómoda a la otra persona.

Y también hacerle saber que, en el caso de que sea demasiado, siempre puede decir que no quiere continuar o que se bajará el nivel de intensidad un poco.

Eso sería lo ideal, claro. Pero si por lo que sea, no surge la conversación y ya se está en faena, parar y decir que eso no, que no está en una película porno, que no eres fan de ese tipo de sexo (o al menos, no de primeras sin conoceros).

Y si contesta que es su manera normal de hacerlo -algo bastante probable si tenemos en cuenta los vídeos eróticos de los que estamos rodeados-, pedirle más cuidado si quiere continuar.

Decir que sí en un primer momento no nos compromete ni con una persona ni con una forma de tener sexo.

Se puede cambiar de idea si la situación se vuelve incómoda o, simplemente, no apetece seguir. Recuerda que la persona a la que te debes es a ti.

Duquesa Doslabios.
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El tabú del placer anal y un corazón con tirita, lo que me dejo sobre sexo y amor en 2021

Con un sonriente selfie después de haber llorado en varios momentos de la noche. Así empezaba mi 2021.

Estaba afrontando la ruptura más complicada de mi vida con un pensamiento claro: no volvería a enamorarme, aquello había sido bastante.

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El mundo de la soltería no me sentó bien -nunca lo ha hecho, por otro lado-. Me abrí Tinder.

Me recordó lo frío que era todo, lo superficial de un swipe left y que ni un swipe right seguido del “Es un match” significaría que tendría química con la otra persona.

Me hicieron ghosting. Y breadscrumbing. Y benching.

Y todos los comportamientos que se te puedan ocurrir acabados en “ing” para una única cosa: tenerme en el banquillo con el mínimo esfuerzo.

Me quité Tinder.

2021 fue, de alguna manera, parecido a mi 2014 en el momento que identifiqué un patrón controlador por parte de alguien que pasó por mi vida brevemente.

Confirmé que todos los tóxicos empiezan de la misma forma y esquivé la bala. Lección aprendida, siguiente.

Este año me saqué de encima un montón de prejuicios. De los demás y de mí misma.

Probé cosas que nunca me habría imaginado haciendo. Y os escribí sobre ellas.

El placer anal pasó de ser un conocido, con el que me veía pocas veces al año, a una materia en la que me especialicé. Fui a un local de intercambio de parejas, saqué a paseo mi lado bisexual por una noche y tuve sexo en la calle.

Varias veces.

Me quité de encima todas esas tonterías que me encadenaban sobre mi cuerpo.

La depilación nunca me importó tan poco, estar más fuerte que la otra persona menos. Al igual que un kilo extra o si justo tenía el pelo sucio la noche que me coincidía acompañada.

Me acepté y sentí aceptada cuando llegó alguien que besó todos mis complejos. Y me dijo que le encantaban y quería repetir de comerme todos ellos.

En 2021 me abrí en Instagram más que nunca sobre mis juguetes sexuales, mis vivencias, recibí historias de mis seguidoras que me emocionaron, otras me hicieron llorar de rabia y deseé poder abrazar a quienes me las mandaban.

Decirles que no estaban solas, que viví eso mismo. Que van a superarlo. Que pueden con todo lo que puede con ellas.

Sin buscarlo, tuve sentimientos por dos personas al mismo tiempo. Iba dejando de querer a una mientras empezaba a querer a otra.

Me llevé una ostia de realidad. Mi corazón funcionaba por encima de sus posibilidades.

Eso no le impidió prenderse, volver a latir con fuerza, acelerarse haciendo caso omiso de mis miedos.

Todo por un par de ojos verdes (cuando nunca he sido de miradas claras).

He vuelto a reír a carcajadas, a sentirme especial, querida y deseada. A bailar acompañada. A responder al telefonillo con una sonrisa en la cara. A jugar, a viajar, a embarcarme en la locura que es confiar.

En 2021 me ha tocado la lotería sentimental.

Si ahora echo la vista atrás, y me pides que haga balance, te diría que ha sido un buen año.

Y que por pena que me dé que termine, creo en que la fortuna de coincidir con el amor en un partido de voley en la Barceloneta, solo acaba de empezar.

Duquesa Doslabios.
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Feliz Navidad con este relato erótico sobre sexo oral

Cuando le digo a mi madre que sí, que iré a la farmacia a por una prueba de antígenos antes de comer con la abuela para que se quede tranquila, me doy cuenta de que ha sido la peor de las ideas. La cola de la farmacia dobla la esquina de la manzana. En este punto en el que lo más probable es que me quede sin test -ya ayer se agotaron en menos de una hora- empiezo a pensar que habría hecho mejor en decirle que no iba y me quedaba en casa. Así que normal que explotara cuando vi que te querías colar delante de mí.

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Perdona- digo con ese tono que lo que insinúa en realidad es que te vayas a la mierda-, la cola termina ahí.

Sin apenas girarte me dices que te estaba guardando el sitio tu vecina y le das conversación la mujer de delante. No sé si será verdad o no que la conoces, pero ante la duda, me resulta más sencillo volcar mi enfado sobre ti. Representas todo lo que no me gusta ahora mismo, sexo masculino (dale las gracias al ghosting por esto), el típico corte de pelo de barbería con los laterales rapados -y una mata por encima que parece un ser vivo-, y la sinvergonzonería de colarte en algo tan vital. Cuando la fila empieza a moverse al abrirse la farmacia solo puedo pensar en que más te vale que haya un test para mí.

***

No puedo esperar a llegar a casa, me meto en la cafetería de al lado y hago la prueba en el baño. Aunque no sé cómo he conseguido llevar a cabo el proceso con el mix de palitos y botes de tamaño mini, al final el hisopo ha terminado en la prueba de Covid. Solo me queda esperar. Estoy sentada mirando el test que está sobre la mesa lo que se me antojan como varias horas (y que en realidad son apenas unos minutos). Por fin la línea se empieza a dibujar junto a la ‘C’ y respiro aliviada. Me dura poco, otra línea le acompaña junto a la ‘T’. Positiva en Covid. Tras escribirle a mi madre el mensaje y asumir que voy a pasar las fiestas sola, estoy lista para encargar un cargamento de bollos y pastas. Y cuando voy a levantarme de la mesa, reparo en que tú estás enfrente. No me había dado cuenta de que habías tomado la misma decisión que yo, sin poder esperar a llegar a casa para salir de dudas. Me miras entre los mechones que caen de tu flequillo y sostienes en alto un test con dos rayas. Si es el karma por haberte colado delante de mí, no entiendo que he podido hacer yo mal para que también me haya tocado. Me encojo de hombros mientras te devuelvo una sonrisa que me tapa la mascarilla y se me ocurre la más loca de las ideas.

***

Mi casa se ha convertido en uno de los mayores focos de contagios de Madrid teniendo en cuenta que en apenas 179 centímetros del sofá de Ikea estamos dos personas con coronavirus. Nada más llegar a casa he dejado la mascarilla junto a las llaves, pero tú todavía la tienes puesta. Como si no estuvieras muy seguro de soltarla. De desprenderte de la única barrera que, por lo que nos han dicho, evita la transmisión. Decido por ti y recorto el espacio que nos separa sentándome a tu lado.

Creo que ya no te va a hacer falta eso- te suelto las gomas de detrás de las orejas y dejo la FFP2 junto a tu abrigo, donde aún asoma el test de antígenos con las rayas tan dibujadas que parecen de neón.

No tengo la casa especialmente ordenada, así que el chaquetón plantado en la mesa baja, junto a mis libros, portátil y bolígrafos, parece encajar. Te miro por primera vez la cara desnuda y me sorprendo de que seas más pequeño de lo que pensaba. ¿24? ¿25? Es una diferencia de edad notable, pero no alarmante -nunca los números me han asustado-. Pero no deja de llamarme la atención como, automáticamente, hace apenas una hora, te eché más años de los que tenías. Toda esa seguridad aplastante con la que reivindicaste tu sitio en la cola parece haberse quedado delante de la farmacia. O es que quizás te preocupa recontagiarte, algo ya improbable. De cualquier manera no tuviste ninguna duda cuando te propuse pasar juntos la Nochebuena. Dos extraños asintomáticos aislados del mundo en plena pandemia global.

***

Cuando vuelvo del baño tras lavarme las manos, pareces más relajado. La situación ha pasado de parecerte extraña a divertida. Es algo que deduzco por cómo inspeccionas mis cuadernos de biología marina, con la confianza de quien ha visitado la casa de su anfitrión más veces.

Este verano hice snorkel en Malta y vi unas algas idénticas a estas- dices señalando la foto de la Asparagopsis taxiformis.

Podría seguir la conversación y contarte que no es original del mediterráneo, que es una especie invasora o que puede reproducirse sexual o asexualmente. Que te hayas fijado en una alga cuyo nombre en hawaiano se relaciona con el placer, me parece casi una señal. Me siento junto al libro y te cojo de la mano, guiándola para cerrarlo. Sigo pensando lo mismo que cuando te quitaste la mascarilla, que tus labios, por finos que sean, piden a gritos ser besados. Así que me lanzo. Y tu boca me recibe en lo que por dentro siento como aplausos. Alzo las manos y acaricio tu intento de barba, esa que aún no es cerrada y tiene algún hueco sin vello. Rodeo tu cara mientras te dibujo los labios con la punta de la lengua. Como si lamiera una piruleta que no me sabe a fresa, sino al capuchino de la cafetería de abajo. Te acomodas en el sofá, pero te llevo la contraria. No voy a seguirte a tu terreno, sino que me reclino aún más en la mesa abriéndome espacio entre los libros, cuadernos y tu chaqueta mientras me desabrocho el botón de los pantalones. Pareces saber interpretar la señal cuando tiras de ellos para bajarlos. Un forcejeo que vivo recreándome en tu esfuerzo hasta que los dejas abandonados por el suelo. Empiezas por el tobillo, recorriendo la cara interna de mi pierna con la boca entreabierta. Un camino que llega a su fin cuando alcanzas el borde de mis bragas. Me sacas la lengua y catas, con algodón de por medio, qué te espera debajo de la tela. Queriendo desintegrar la ropa, alargas el momento para sacarme de mis casillas. Muerdes mis muslos y deslizas un dedo que mueves en círculos por donde intuyes que se encuentra mi clítoris (no andas tan desencaminado). Por fin te decides y, con una mano, apartas la ropa interior para hundirte entre mis piernas. Me perfilas con la lengua, primero el labio izquierdo, luego el derecho. Te recreas lamiendo de arriba a abajo pasando por los recovecos de mi cuerpo. Hasta que vuelves a subir y te quedas -ahora sí- en mi clítoris. Deslizándolo de lado a lado, como si fuera la pelota de tenis y tu lengua las raquetas.

Empiezo a encorvarme sobre la mesa  y utilizas tu mano libre (la otra sigue con la tarea de no dejar que la tela de mis bragas corte el transbordo mis labios-tu lengua) para acariciarme con la yema. Y aprovechando mi humedad, que juega a tu favor, hundes el dedo para seguidamente, alzarlo desde dentro. Lo sacas de nuevo y te lo llevas a la boca sin dejar de observarme, con tu mirada fija en mí. No me queda otra escapatoria que no sea ver cómo me catas con el improvisado cubierto en el que se ha convertido tu dedo. Entrecierras los ojos como si lo que has encontrado te hubiera gustado. La imagen me pierde y te pido que repitas el juego gastronómico. Obediente vuelves, esta vez con el doble de dedos y repartes lo que encuentras. Uno termina en tu boca y otro en la mía. Contento con haber compartido tu descubrimiento, vuelves a la carga conmigo. Arrodillado frente a mí, empiezas un nuevo patrón. Mecánico, pero lento y profundo, sigues embistiendo con la mano. Mi cuerpo te da la señal de que cada vez estoy más cerca de que eso se convierta en fuego artificial y me prenda. Me falta el aire, el mismo que mi frecuencia cardiaca pide multiplicar convirtiendo mi respiración en jadeos. Cambias de estrategia y utilizas la boca para apretar, masajear, succionar… Pierdo la cuenta del compás de sensaciones y me dejo llevar a sabiendas que la combinación de tu lengua y el dedo tienen más peligro en mi sangre que un chupito de tequila. Si te pillo por sorpresa, no lo demuestras, sigues manteniendo el ritmo cuando mi cadera se eleva hacia arriba y se me cierran los ojos con fuerza para disfrutar de la corriente eléctrica que me sacude entera. Cuando los efectos del orgasmo desaparecen y cada vez me palpita menos el cuerpo, soy capaz de incorporarme a ver cómo le dedicas a mi vulva los últimos lametazos, más suaves y relajantes que ninguno de los anteriores. Te despegas y apoyándote en mis piernas desnudas, me deseas una Feliz Navidad.

Todavía es Nochebuena- te respondo con risas. Mientras preparo mentalmente un contraataque en el que los primeros en caer van a ser tus vaqueros.

¿Por qué mi cabeza me boicotea los orgasmos?

Es inexplicable el sabotaje que a veces ejerzo sobre mi persona cuando se trata de llegar al orgasmo. Te pongo en situación.

Me lo estoy pasando bien. Bien nivel la ropa está ya por el suelo, el tanga seguramente perdido debajo de la cama y tengo una cabeza entre las piernas.

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Además, tengo una almohada para estar aún más cómoda y no hay nadie más que nosotros dos en casa.

Respiro hondo y veo cómo mi caja torácica sube y baja. La imagen de mi pecho y su pelo es tan estimulante como las sensaciones que me recorren el cuerpo.

Y, de repente, mi cerebro, hasta ese momento desactivado, cobra vida propia y empieza a hablarme.

“Estás tardando mucho”, “No sé, yo creo que hoy no es el día”, “Mejor haz otra cosa, no te vas a correr“…

Los pensamientos intrusivos me cortan el rollo hasta el punto que las predicciones mentales se cumplen. Ya no consigo llegar al orgasmo.

Por mucho que él esté ejecutando el cunnilingus perfecto, que el momento y el lugar acompañen y que esté con el deseo por las nubes, siento que el clímax se me escapa cuando le doy vueltas a la cabeza.

Nuestra práctica compartida más visceral necesita que la mente esté en un lugar tranquilo, casi como si se apagara.

Por esa razón, el primer consejo que te puedo dar es dejarte llevar intentando frenar los pensamientos.

Despedirse de lo que genera tensión y esas ideas que solo sirven para distraer y centrarse en las sensaciones del cuerpo.

Pero si no funciona y la vocecita interna se sigue colando en tu polvazo, puedes aprovechar que el cerebro tiene ganas de trabajar y reconducirlo.

Cambia la dirección y acude a esos pensamientos que te excitan, a tus fantasías. Cierra los ojos con fuerza y que sea tu consciente el que potencie lo demás.

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Y ya puesta a que se cuelen ideas negativas, puedes plantearte también la práctica al revés. En que bajo ningún concepto quieres tener un orgasmo y que si notas como cada vez crece más el placer, estás fallando.

Aquí la psicología inversa también puede ser la solución. Siempre resulta estimulante el pensar que estás haciendo algo ‘prohibido’ (aunque sea por ti)…

Duquesa Doslabios.
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Posturas sexuales donde puedes incluir el succionador de clítoris

Soy partidaria de compartir todos los juguetes sexuales de mi cajón menos uno, el succionador de clítoris.

Prefiero usarlo en la intimidad y dejar para cuando estoy acompañada otros que puedan estimularnos a ambos.

Pero por un azar del destino, recibí de parte de EroticFeel el Satisfyer Curvy mientras estaba teletrabajando con otra persona en casa.

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Todo parecía indicar que era el mejor momento para comprobar si podía sacarle partido a la vez que a una boca o dedos ajenos a los míos.

Si algo tienen este tipo de juguetes, es que la boquilla y el agarre dejan parte de la vulva a la vista (y al alcance).

Así que combinar sexo oral con las ondas del juguete, te lleva -como suelen conseguir esas vibraciones- al borde del orgasmo en apenas un minuto.

Integrarlo durante la penetración es otra historia. Quien haya visto un Satisfyer sabe que mantenerlo en contacto es imprescindible.

Si no te sujetas el juguete pegado al clítoris, no hay forma de que se sienta tan placentero.

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Una buena guía para usarlo podría ser escoger esas posturas en las que te puedes alcanzar la entrepierna con la mano.

Pero con las dimensiones del juguete no basta solo eso. Es algo que comprobé con el clásico e ineludible misionero.

El básico del repertorio sexual entra un poco en conflicto con los empujones de quien tienes encima.

Dándole una vuelta a la situación de manera literal, no hay postura como la del perrito para esta tarea.

Con toda la fuerza en las piernas -y un brazo apuntalando el resto del peso-, puedes usar el otro para colocar el juguete y, literalmente, tocar el cielo.

Porque es tan efectivo que no te va a dar ni tiempo a cansarte de la posición.

Otra que también viene estupenda cuando quieres probar el juguete sin renunciar a la penetración (parafraseando a Hannah Montana: ‘You get the best of both worlds’) es cuando él se encuentra tumbado bocarriba y tú estás encima en cuclillas.

Puedes apoyarte en algún mueble que tengas cerca. Si lo haces en el suelo, mi consejo es que aproveches algún lado de la cama.

Una vez colocada, se sujeta fácilmente mientras te mueves de arriba a abajo.

Y ahora cuéntame, ¿has probado a tener penetración a la vez que usabas un succionador de clítoris? Si no lo has hecho, ¿a qué esperas?

Duquesa Doslabios.
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Qué hacer si no quiere salir del sexo vainilla (y tú sí)

La curiosidad sexual puede ser algo que traemos de serie o un despertar que llega en algún momento de la vida.

Y, por mucho que haya cosas que se puedan hacer en solitario, no hay nada más satisfactorio que poder compartir nuestros fetiches o apetencias.

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Pero, ¿qué pasa cuando la pareja no está en ese punto bien porque no le motiva especialmente o porque prefiere un sexo más convencional?

Como no todos tenemos el mismo gusto sexual, un buen ejercicio es preguntarle a la pareja en qué está interesada de cara a introducir cosas nuevas en la cama.

No solo sus posibles fantasías, también cuáles son sus límites, con qué siente seguridad y con qué no.

Sentir comprensión ante nuestro punto de vista, amor, cariño y apoyo tanto para quien propone como para quien recibe la propuesta de innovar, es algo que puede facilitar las cosas.

La idea es dar con una zona de confort para ambas personas en la que los deseos aparezcan en el punto de mutuo consenso.

Recuerda que tu vida íntima es una carretera de dos direcciones.

Quizás probar el BDSM no sería algo que entraría en nuestros planes, pero ¿por qué no experimentar si la otra persona está interesada?

Es también una manera de descubrir qué más puede gustarnos y abrirnos a nuevas experiencias.

¿Un buen punto de partida? Ir a cualquier tienda erótica, mirar sin prisa, preguntar y decantarse por algún juguete sexual e ir probando.

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Si la experiencia es agradable para ambos, se puede continuar investigando. En el caso de que no también hay que hacer un ejercicio de empatía y no forzar una vez se ha probado (o incluso si no se quiere).

El deseo no puede estar por encima del respeto.

Duquesa Doslabios.
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Si tiene los ojos cerrados durante el sexo, ¿está pensando en otra persona?

En varios foros encuentro esta pregunta, la prueba de que a veces entra un miedo irracional en el momento que nos sentimos más expuestos.

Pero, ¿tiene sentido que nos preocupemos por esto?

Voy a ponerme del lado de quien duda, de quien ve a su pareja retorcida de placer -con los ojos fuertemente cerrados-, y se plantea que por su cabeza pase alguien que no sea él (o ella).

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Y es que tener sexo con una persona que queremos es algo tan íntimo, que todas nuestras inseguridades tienen vía libre.

Si se estará fijando en la celulitis, en esa zona con pelo que pocas veces ha visto una cuchilla o si le parecerá alguna parte del cuerpo pequeña, son pensamientos intrusivos que pueden llegar a paralizarnos.

Sin embargo, tener o no contacto visual depende de muchas cosas. Por lo pronto, es el mejor método para centrarse en las sensaciones.

Con el sentido de la vista privado, parece más sencillo prestarle atención a los demás.

Al oído, al gusto, al olfato, pero sobre todo al tacto. Especialmente si es el que se da en el piso de abajo.

Sin mirar, no hay distracciones. Evitas cruzar la vista con la lámpara del techo y recordar que aún no has comprado la bombilla. Solo está una agradable oscuridad y el contacto incendiario que te despierta por dentro.

Por otro lado, abrirlos y mantener los ojos clavados, es algo también ligado a la intimidad.

Una concesión de verse en ese momento tan vulnerable y encontrarlo lleno de erotismo. También la forma de recordarle a la pareja qué es lo que tanto nos gusta de ella, dándole impulso a su autoestima.

Pero y aún en el caso de que esos párpados bajados significaran que hay una fantasía detrás, ¿es de verdad para alarmarse?

Dejarse llevar por una idea que nos excita, funciona de maravilla en la cama.

Es más, precisamente lo bueno que tiene la imaginación es que está solo en la cabeza y se puede usar como gatillo para disparar aún más las ganas.

Por placer, para concentrarse, para excitarse más… ¿Qué más da el motivo si el resultado es que esa persona disfrute en mayor medida de la experiencia compartida?

Duquesa Doslabios.
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¿Es normal que con la regla cueste más llegar al orgasmo?

Te afecta al humor, a la talla de pantalón, a las horas de sueño, a las ganas de comer… ¿Cómo no iba a afectarte la regla a la hora de tener orgasmos?

Lo bueno de conocerme al dedillo mi ciclo menstrual es que sé en qué etapa del mes llegar al orgasmo me va a resultar más complicado.

La que coincide con la semana previa a que baje la regla.

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La ovulación es el momento estrella del ciclo cuando hablamos de la facilidad a la hora de correrse.

Con los estrógenos por las nubes, el flujo vaginal aumenta. Esa lubricación natural hace que el sexo sea estupendo.

Pero después de haber ovulado, el nivel de estrógenos baja y sube la progesterona.

La vagina no produce flujo, por lo que está más ‘seca’ y puede ser difícil disfrutar de la penetración.

Al sentir molestias o incomodidad, es complicado llegar al clímax. Lo que no sucede si en vez de coito se opta por otro tipo de práctica.

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En cuanto a la menstruación, pueden pasar dos cosas si se decide tener relaciones en esos días del mes.

O bien un sexo maravilloso en pleno día de sangrado abundante, ya que la sangre hace las veces de lubricante.

O un polvo menos espectacular y algo desagradable. Esto se debe a que justo coincide en el momento en el que no hay apenas sangrado.

En ese momento los estrógenos no son lo bastante abundantes como para que hay un flujo normal.

Además de que el lubricante puede ser una buena solución para tener a mano siempre, queda prohibido estresarse.

Y, por mucho que el ciclo pueda afectar, hay muchos factores que nos ayudan o nos frenan en el camino al orgasmo.

Así que mi sugerencia es dejar de darle vueltas si hay veces que no nos sale y pensar en disfrutar más de la travesía que del final.

Duquesa Doslabios.
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Cinco consejos para mejorar el sexo en el coche

Ya es oficial, el frío ha llegado para quedarse. Adiós a esos despreocupados polvos al aire libre que podían surgir de forma casual durante los meses de buen tiempo.

Estamos en la estación de correr a casa y tener intimidad bajo techo con la calefacción bien alta e igual alguna prenda de ropa todavía puesta.

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Pero también la de volver a recurrir a uno de los lugares básicos para refugiarnos: el coche.

Esa sensación de proximidad que da tener intimidad en un espacio pequeño como son los asientos, es impensable con el calor del verano.

Pero de lo más agradecida en invierno.

Así que puestos a empañar las ventanas del coche al más puro estilo Jack y Rose en Titanic, quiero darte algunos consejos para que le saques el máximo partido a la experiencia.

  1. Tú eliges la falta de privacidad: ¿que lo tuyo no es que te vean? Puedes buscar un rincón alejado de todo -si se ven estrellas, mejor- donde disfrutar. Si te gusta la idea del exhibicionismo, el picadero de tu ciudad o ese parking al aire libre de centro comercial, son la alternativa perfecta. Pensar en que te pillen puede ser un aliciente que haga la experiencia más excitante.
  2. No vayas a por la creatividad, apuesta por funcionalidad. A no ser que tengas una limusina, el espacio del coche suele ser bastante reducido. No es el sitio de experimentar con posturas nuevas, sino el de ir a las prácticas. Posturas muy próximas son las posiciones en las que se puede disfrutar en un espacio pequeño. Y tampoco es obligatorio el coito, tener sexo oral o masturbarse son dos prácticas perfectas para hacer sin moverse del asiento.
  3. Juega con los accesorios del coche: la música puede caldear el ambiente de la misma forma que la calefacción. Si la apagas o enciendes el aire acondicionado (si hace mucho frío, bajar las ventanillas tiene el mismo efecto) el juego de contrastes es un punto a favor.
  4. La ropa es clave. Cuanto más fácil de quitar, subir o bajar, mejor. Aunque bien es cierto que nadie se viste por la mañana pensando en si va a tener sexo en el asiento de un coche. Con mantenerte lejos de los monos -la prenda más complicada de quitar si se quiere echar un polvo espontáneo- es suficiente, por lo pronto.
  5. Seguridad ante todo. Antes de ponerte al lío comprueba que el coche esté debidamente parado en un sitio donde no moleste ni dificulte la circulación. También que las puertas estén cerradas y las ventanillas subidas. Además de mantener una temperatura agradable, te aseguras de que tus pertenencias no corran peligro (sí, hay gente a la que le han robado la cartera o el móvil en esos momentos de pasión).

 

Duquesa Doslabios.
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Entre el placer de arañar y el de ser arañado

“Amiga, abre ya el melón de los arañazos en la espalda”, me escribieron hace unos días. Y es un melón que me parece delicioso.

Hay algo ahí. En dejar salir el instinto animal y desprendernos de la humanidad de hacer el amor mirándose a los ojos. Algo bestia y salvaje, carnal y un poco oscuro.

LELO

Porque en el momento en el que las clavas, sabes que vas a dejar huella.

Quizás es el disfrute de convertir algo placentero en todavía más intenso, con esa fina línea que divide el gozo del sufrimiento y multiplica el primero.

Pero es también el gusto por marcar como nuestro el terreno conquistado.

De decir “esa piel es mía”, al menos durante ese rato y el tiempo que duren las heridas.

Y lo mismo con quien las lleva puestas, que cada vez que las ve en el espejo de la ducha -haciendo un poco de contorsionista, no nos vamos a engañar-, recuerda la ocasión en que fueron hechas.

Biológicamente, seguro que hay una explicación racional.y perfectamente lógica.

Porque acumulamos tanta tensión en el momento del orgasmo, que es una de las formas de dejarlas salir.

Pero prefiero seguir pensando en que arañamos porque podemos, porque queremos.

Queremos convertirnos en esa fiera que araña, muerde, gruñe, grita y gime que no podemos ser en la oficina, comiendo el domingo en casa de los padres o haciendo la compra en el supermercado.

Y joder, qué gusto da liberarla.

O que la liberen contigo.

Duquesa Doslabios.

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