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El sexo cambia un poco cuando empiezas a vivir con tu pareja (y es normal)

Esta semana me toca mentalizarme, voy camino de mi quinta mudanza. Aunque solo es la segunda con mi pareja (espero que nos queden muchas más juntos), nos veo ahora y me da la sensación de que somos otros.

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En el mejor de los sentidos, por suerte. Desde que empezamos a vivir juntos, creo que hemos avanzado como pareja y también como adultos.

Aunque de nuestra madurez ya os hablaré en otro momento, hoy me encontraba algo melancólica pensando en la vida sexual que habíamos tenido en nuestro primer ‘nidito’.

Sí, las cosas habían cambiado desde que él compartía piso y yo todavía vivía con mis padres. Hace dos años, en cuanto teníamos un momento de intimidad, lo aprovechábamos al máximo, no sabíamos cuando iba a repetirse en un futuro y no eran tan habituales.

Podía ser su habitación, el salón que compartía con otros dos o la parte de atrás del coche en alguna calle poco frecuentada de Madrid, daba igual. Lo importante era que afloraban las ganas en cuanto veíamos la posibilidad de estar solos.

Compartir piso cambia eso por completo. Y no necesariamente en el mal sentido. Conviviendo tienes el espacio disponible cuando quieras, aunque -teniendo en cuenta las distintas rutinas- lo que empieza a costar es encontrar el momento.

Pero qué gozada es cerrar la puerta, pensar ‘ya estoy en casa’ y tener la libertad de saltar desnuda a por el otro o esperarle de la misma manera cuando llega del trabajo.

Sí que es verdad que la urgencia se pierde en el momento en el que construyes con tu pareja la pequeña república independiente de tu casa.

Es algo que hay que asumir y que toca compensar con otros aspectos de la relación. Es la hora de darle rienda suelta a la creatividad.

De comprar unas velas, unas esposas, de idear un juego de mesa que se pague la derrota con prendas, de colonizar cada centímetro de la casa: desde la encimera hasta el sofá o incluso el balcón.

Es el momento de pensar “Mierda, los vecinos” y al segundo “Total, me da igual”.

Convivir permite que el sexo se convierta en una experiencia a la altura de una degustación y la casa en el espacio gourmet en el que llevarla a cabo.

Al igual que el fin de semana sacas tiempo para que ambos cocinéis -codo con codo-, un buen plato, acabas refinando también la calidad de tus relaciones sexuales.

Estás compartiendo piso, facturas, hacer la compra, la película de la noche o incluso conciliar el sueño a diario, sobre la misma almohada, con la que es tu persona favorita.

Un vínculo emocional que también se traslada a las sábanas haciendo que, si quedaban inhibiciones o límites que superar, la relación sexual alcance un nuevo nivel de expresión y libertad.

Duquesa Doslabios.

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Cosas que hacer en verano: trabajar la autoestima sexual

Tetas. Es lo que no paro de ver en redes sociales. Cientos y cientos de fotos de tetas. Si ya el pecho era un tema recurrente a lo largo del año, en verano es como si fuera la época oficial de lucirlas con bikinis y bañadores.

Y por mucho que me parezca perfecto que cada cual se fotografíe su cuerpo como le dé la gana, no puedo evitar hacer comparaciones.

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Porque por mucho que me guste un buen escote, eso está lejos de mi alcance natural. Me doy cuenta de que esos trajes de baño o vestidos veraniegos quedarían mejor con una talla más o dos.

Ahora que la ropa es más ligera y me paso el día en crop top, a la hora de estar con mi pareja, el pensamiento de si mi pecho es suficiente, se cuela -como un zumbido de mosquito tigre-, de vez en cuando en mi cabeza.

Tengo claro que la solución, en mi caso, no está en el quirófano. Asumo mi falta de autoestima y el impacto que puede tener en mi vida sexual, y me toca ponerme a trabajar en ello.

Mientras que todos somos más o menos conscientes de la importancia que tiene la consideración con nosotros mismos, reconocer lo que somos y tenemos y apreciarlo, no nos damos tanta cuenta de hasta qué punto afecta a nuestra vida sexual.

He llegado a evitar algunas posturas, prefiriendo hacer otras en su lugar, solo para que la perspectiva jugara a mi favor y mi pecho tuviera el aspecto que, en mi cabeza, debe tener durante el sexo.

No he llegado sola a ese punto, me doy cuenta que la presión social por la construcción de lo que es ser sexy (o incluso el porno) ha jugado un papel fundamental a la hora de que busque los únicos ángulos con los que estoy cómoda en la intimidad.

Puede que a mí solo me afecte a esa zona del cuerpo, pero lo mismo podría haberme dado por las piernas, el culo o incluso mis genitales en vez de por el pecho.

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Averiguar si te pasa a ti es tan fácil como reconocer(te) si te has sentido identificado con mi relato o si sientes rechazo por probar cosas nuevas, sientes preocupación por cómo eres en la cama, incluso si tienes sexo por razones equivocadas (como sentir aceptación en vez de hacerlo por disfrute) o si tomas decisiones -como no usar condón-, por razones ajenas a ti.

Así que ahora que es verano, que hace calor y no queda otra que vernos el cuerpo a menudo, es el mejor momento para aprender a gustarnos. Y va desde mirarnos hasta dedicarnos pensamientos positivos, pasando por buscar nuestras partes favoritas para hacerlas resaltar y descubrir que ese todo no solo nos gusta, sino que nos encanta.

Ahí podemos incluir también las formas de darnos placer. De llegar a la conclusión de que sea cual sea nuestro aspecto, podemos disfrutar con todo nuestro cuerpo.

Y, por supuesto, una vez en la cama, dejar fuera tantos miedos e inseguridades. Ya que tenemos vacaciones, escapadas y, sobre todo, tiempo, relajarnos y aprender sabiendo que el único objetivo es el de pasarlo bien.

No hay que ser bueno o buena en la cama para otra persona, hay que serlo para uno mismo.

Duquesa Doslabios.

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Este es el juguete sexual con el que se mantiene la distancia de seguridad

Puede que salgamos a la calle, que procuremos hacer vida normal (dentro de las nuevas medidas) o que volvamos a quedar con los amigos, pero el espacio entre nosotros parece ahora más importante que nunca.

Aunque siempre está el ciudadano de turno que pasa por tu lado como si no hubiera más que un centímetro cuadrado de acera, ya no nos sentimos tan cómodos como antes en las distancias cortas.

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Y es algo que también ha llegado al sexo, claro. Desde que el coronavirus empezó a expandirse, las teorías para evitar su contagio no han parado de salir.

Mientras que los expertos de algunos países pedían la abstención total, otros recomendaban confinarse con la pareja. Al poco de que las videollamadas se convirtieran en una de las nuevas formas de erotismo, con el desescalamiento también salieron posibles posturas con menor riesgo (como el perrito) o tener sexo con mascarilla.

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Pero, ¿qué significa eso entonces para la industria de los juguetes sexuales? ¿Solo es seguro utilizar el succionador -u otros artículos del estilo para la masturbación-, y a solas?

Aunque podríamos estar frente al boom de los juguetes que se controlan a distancia, lo cierto es que hay quien incluso ha creado un artículo perfecto para jugar sin arriesgarse al contagio.

El británico Lee Allen ha ideado un dildo de silicona de 1 metro de longitud que se coloca con arneses de velcro, perfecto para intimar respetando la distancia mínima a la que se supone que no hay contagio del virus.

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El único fallo que le veo es que todavía no está a la venta, pero con su crowfunding pretende popularizar el juguete.

Sobre todo entre “muchas parejas incapaces de hacer el amor según las medidas del gobierno o con la posibilidad de tener nuevos compañeros sexuales completamente descartada”, dice la web de recogida de fondos.

“Llega una nueva posibilidad, una nueva forma de tener sexo, la esperanza para esas parejas frustradas sexualmente. Permite conectar al mismo tiempo que mantener la distancia. Ya no tienes que estar cerca para intimar”.

Aunque todavía no ha creado el prototipo, veremos si la campaña del británico tiene éxito y, sobre todo, si significa un punto de partida para la industria sexual, que puede tomar nota de su idea y aplicarlo a sus productos.

Duquesa Doslabios.

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5 formas tan sencillas de facilitar el sexo oral que ya deberías estar probando

Una de mis frases favoritas de Sexo en Nueva York es la que menciona Samantha cuando dice que, si el sexo oral fuera fácil, no se le llamaría “hacer un trabajito”.

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Porque claro, la teoría, aparentemente, es sencilla. Nadie tiene que estudiar cómo besar, lamer o chupar.

Pero, ¿cuántas veces, en plena faena, piensas en que te empieza a doler el cuello, te dan calambres en los brazos, se te está metiendo el pelo en la boca o cualquier otro tipo de pensamiento que te saca, mentalmente, del momento?

Aunque parece muy obvio, si no tenemos ni idea de si lo que hacemos gusta o no, podemos empezar por preguntar si vamos bien. Es preferible parar, poner un nuevo rumbo e ir en el sentido correcto, que estar haciendo las cosas de una forma que no termina de gustar.

A la hora de colocarse, una buena posición es fundamental. Y sí, lo ideal sería que ambos estuvieran cómodos, una razón por la que no siempre estar completamente tumbado es lo mejor.

El borde de la cama, una silla o la esquina del sofá son algunos lugares que nos permiten tener dos alturas, algo que el cuello de quien está poniendo en práctica sus habilidades orales, agradece infinitamente.

Al igual que el hecho de que te sujeten en pelo si tienes melenaza. Vale que existen los coleteros, pero para esas ocasiones en las que quedan en casa, que te lo recojan con la mano -haciendo una cola de caballo- te quita la preocupación de que se te metan mechones en el ojo (o en la boca, lo cual es muy incómodo).

En cuanto a nosotras, podemos poner de nuestra parte con el simple gesto de separar los labios vaginales. A fin de cuentas, nosotras tampoco tenemos que hacer más que facilitar la llegada al clítoris.

Si tiene dudas de por dónde llegar, mostrando directamente el camino no solo conseguimos que sepa dónde es el lugar, también le ahorramos que tenga que estar sujetándolos al mismo tiempo que masajeando con la lengua y jugando con los dedos.

Duquesa Doslabios.

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¿Verdadero o falso? Estamos más salidos después del confinamiento

Primero fue la fase del encierro con todo ese tiempo libre que no sabíamos a qué dedicar -cuando las exparejas volvieron a la carga incluso después de años-, a continuación siguió la fase de la adaptación, convirtiendo el nuevo campo de juego para ligar en las aplicaciones para conocer gente.

Y, con la desescalada, la última de ellas: la del desfase.

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Las imágenes que vemos de aglomeraciones en playas o fiestas, se pueden comparar a cómo está ahora el panorama de las citas teniendo en cuenta que se han levantado las restricciones.

Hemos cogido la vuelta a la normalidad -sí, aunque sea nueva-, con tantas ganas que ¿cómo no caer en la euforia sexual?

Por un lado, está la liberación de poder volver a tener contacto físico, aunque sea con medidas de seguridad, después de haber estado varios meses en aislamiento.

Esas parejas separadas por el estado de alarma, han vuelto a encontrarse. Lo mismo que los matches, que por fin se han puesto cara.

Y es que durante esos meses, las apps no han dejado de crecer, pero ahora han pasado a bullir, lo que ha permitido que cada cual diseñara su particular agenda para cuando volviera a estar permitida la vida social.

De esa forma, hay quien ve la urgencia de tener sexo ahora como una especie de reacción lógica al periodo en el que solo tenía cabida la masturbación.

Por otro lado, el miedo del rebrote sigue ahí. La incertidumbre ante la llegada de una posible segunda ola hace que se haya adoptado la postura del carpe diem, aprovechando al máximo los días en los que sí es posible tener encuentros, algo que me confirman mis amigos solteros.

Esto incluye encuentros que igual antes ni se planteaban y se ven ahora con otros ojos (ya sea el vecino del quinto que hasta antes del aislamiento te parecía insoportable o incluso ese ex).

El miedo por la pandemia, el consecutivo encierro, la sensación de irrealidad constante por vivir algo que nos imaginábamos imposible sumado a la sensación de libertad de la nueva normalidad, hace que nos sintamos llenos de vida, con ganas de aprovechar al máximo.

Así que disfrutemos, mientras nos dejen, pero con cuidado. El riesgo no ha desaparecido.

Duquesa Doslabios.

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Es absurdo tenerle tanto miedo a ser malos en la cama

¿Has tenido alguna vez miedo a no dar la talla en la cama? Yo unas cuantas. Supongo que no es como la repostería, donde ves a la hora de probarlo si se te ha dado bien el cocinado.

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Si hemos podido estar a la altura de las circunstancias, o no, es un misterio y, al mismo tiempo, un agobio para algunas personas.

Pero ya que este año se están derribando tantos mitos (como el de que el secador de manos no mata al coronavirus), voy a aportar mi granito de arena: no, no existe ser buen o mal amante.

Lo que sí existe es nuestra percepción, que se construye en función de lo que podemos valorar la experiencia.

Aunque claro, es algo muy relativo. Mientras que hay a quien puede gustarle llevar las riendas, también hay quien prefiere adoptar un rol pasivo.

Y como eso, todo el resto de circunstancias. Besos, gestos, caricias, movimientos… Todo el repertorio completo que nos sale en el momento y que puede gustar más o menos en función de con quién lo pongamos en práctica.

Incluso la química -una variante fuera de nuestro control-, es crucial a la hora de que el sexo pase de ‘bueno’ a ‘increíble’.

En lo que sí coincidiremos es en que nadie nace sabiendo cómo hacer bien el sexo, y con toda la cantidad de gustos diferentes, tampoco es que haya un manual universal en el que todos los habitantes del globo nos hayamos puesto de acuerdo.

Haberse acostado con mucha gente, saberse de memoria 50 posturas del kamasutra, aguantar durante horas o correrse varias veces no son métricas que garanticen ser un buen amante.

Para mí, es más importante, para empezar, conocerse en la intimidad para que los demás sepan cómo hacerte disfrutar. Escuchar a la otra persona, empatizar, transmitir tranquilidad, mostrar interés y llevar a cabo los gustos ajenos con una mentalidad abierta y, sobre todo, poner en práctica la reciprocidad, me parecen otras cualidades que realmente hacen que, lo que sea que pase en la cama, se lleve un sobresaliente.

Duquesa Doslabios.

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Sobre el sexo oral y el coronavirus: ¿es seguro practicarlo o me puedo contagiar?

El lío que tenemos con las fases y lo que podemos hacer en cada una de ellas, solo me parece comparable a las dudas que nos han surgido respecto al sexo.

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¿Podemos volver a hacerlo? ¿Está limitado a parejas estables? ¿Qué posturas son las mejores para evitar el contagio? ¿En serio deberíamos usar mascarilla?

Y la pregunta a la que intentaré darle respuesta hoy: ¿qué hay del sexo oral?

Parece que encontrar una respuesta unánime y avalada por la ciencia, está todavía por llegar, ya que las investigaciones solo han dado comienzo.

Por un lado, el estudio del Hospital Municipal de Shangqiu llegó a encontrar rastros del virus en muestras de semen de pacientes con coronavirus. Por otro, la Universidad de Harvard destacaba el riesgo de las excreciones respiratorias, lo que se traduce en que no podemos descartar que ahora la mascarilla también forme parte de la vida íntima.

Pero ya sabemos cómo es la vida con mascarilla. Al igual que, en cuanto llegamos a la terraza, nos la quitamos para darle un trago a la bebida, podríamos llegar a pensar que es un caso idéntico, ya que también se trata de llevarse algo a la boca.

O incluso de engancharla en el codo a modo de pulsera (los que salís a la calle coincidiendo con runners o gente paseando sabéis a qué me refiero) mientras dure el momento, para luego volver a colocarla sobre la nariz y la boca en cuanto se termine.

Incluso aunque se haga con preservativos, sigue siendo una práctica de alto riesgo.

Por activa y por pasiva nos han repetido que las microgotas que expulsamos al toser (hasta al hablar), son las que poseen más carga vírica.

Imaginemos entonces lo que puede contener nuestra saliva. Al final, por mucho que intentemos hacerlo con cuidado -es decir, salivando lo menos posible-, ¿de verdad podemos evitar que no termine en nuestras manos, en la piel de la otra persona, en el sofá o incluso en las sábanas?

Como me dijo hace unas semanas Ana Lombardía, la práctica más segura actualmente sigue siendo la masturbación a solas.

Así que, por mucho que queramos usar todas las barreras del mundo, mejor que la boca quede fuera del juego.

Duquesa Doslabios.

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¿Es fetichismo o más bien racismo sexual?

Hoy quiero contaros la historia de uno de mis amigos más antiguos al que llamaremos Juan.

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Juan nació en República Dominicana hace casi 29 años y en su tierna infancia se mudó a Madrid con sus padres y su hermana.

Cuando le conocí, tenía bastante éxito con las chicas y, en más de una ocasión, hablábamos abiertamente de nuestra vida sexual.

Pero había una gran diferencia, él sabía que, para muchas mujeres, era una especie de escalón, un logro.

Una casilla que poder tachar en la ruleta del sexo o una conquista de la que presumir con las amigas, simplemente una categoría más dentro de la lista de diversidades étnicas.

Aunque los dos podíamos tener relaciones o aventuras esporádicas, yo no tenía nunca la sensación de que la otra persona podía verme como algo exótico. Algo que él sí podía preguntarse.

Y eso sin hablar de las connotaciones sobre los atributos físicos que también pesaban sobre él, una presión social que es fruto de una mentalidad colectiva bastante simplista que se resume en, hablando mal y pronto, “si es de color, la tiene grande”.

Juan quería ser considerado una persona y no una hipersexualización que se limitaba a reducirle a su etnia. A la vez que se le adjudicaba una identidad que él debía tener por mucho de que, en muchos aspectos, fuera más madrileño que un bocata de calamares.

Estereotipos y prejuicios iban siempre de la mano cuando Juan ligaba, siendo también víctima de la cosificación al ser considerado únicamente un objeto sexual.

También el porno tiene gran parte de la culpa en el momento que divide el sexo por “Asiáticas”, “BBC” (Big Black Cock) o “Interracial”. Esta categorización degrada a la persona que, como mi amigo, ve cómo desaparece viéndose relegado únicamente a su etnia.

Y el problema no es solo que Juan ya no sabía hasta qué punto gustaba él, su piel o la idea preconcebida de lo que podría tener entre las piernas. Incluso esa atracción que podrían sentir hacia él luego no se traducía en seguir conociendo a la chica, quien solo quería tener esa experiencia con él por ser físicamente distinto.

El sexo no es racista. Los racistas somos nosotros.

Duquesa Doslabios.

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¿Y si la cuarentena es la oportunidad de tener sexo durante el teletrabajo?

Algo tiene el lugar de trabajo para que se haya convertido en uno de los sitios más frecuentes en la clasificación de fantasías sexuales.

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La mezcla entre que es un espacio ‘prohibido’ (a nadie le apetece jugarse el sueldo por un momento de pasión) y la cantidad de horas que pasamos en él, en las que es inevitable pasar algún momento de mayor excitación, le da ese punto de morbo.

Y aunque es difícil cumplir esa fantasía en la mayoría de profesiones (aunque todos conocemos de primera mano alguna excepción), lo cierto es que el teletrabajo se ha convertido en la mejor oportunidad para quienes la tenían pendiente.

Ya no hace falta imaginar qué haríamos si estuviéramos a solas con esa persona cerca de la impresora o en los baños de la oficina.

Desde que hacemos las tareas en nuestra propia casa, es más que posible encontrar el momento para tachar la fantasía de la lista.

Puede que el morbo de hacerlo en la oficina no sea igual, pero al final consiste en incluir el sexo en la jornada laboral. Lo que no quiere decir que dejemos el trabajo en un segundo plano.

En todo caso, quienes se animen a probarlo tendrán que planificarlo de manera que no afecte de forma negativa.

Aquellos con trabajo autónomo lo tendrán mucho más fácil a la hora de organizarse. Para los demás, recomiendo buscar alguna hora en la que la cantidad de trabajo sea menor para que, en ningún caso, el sexo disminuya el rendimiento, todo lo contrario.

También puede sustituir a las pausas del café como moneda de cambio. Ese momento de desfogue va a ser mucho más estimulante. Además, volverás a tu puesto con mejor humor y las energías al máximo.

Por último, recordar que es mejor dejarlo para otro día si tienes una reunión programada. Ya son demasiadas videollamadas de trabajo que han terminado convirtiéndose en virales porque a alguien se le olvidó la ropa o apagar la cámara cuando iba al baño.

Duquesa Doslabios.

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Hay vida más allá del ‘striptease’: sexo alternativo para hacer por videollamada

Tenemos ganas de sexo. Y no lo digo solo yo.

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Que el trafico de porno haya pegado un repunte o la subida de ventas de juguetes sexuales -antes y durante la cuarentena-, son la prueba de que hemos dado con una forma de aprovechar el aislamiento y hacerlo más ameno.

Al final, no todos hemos tenido la suerte de encerrarnos en casa con nuestra pareja, pero tampoco es un problema. Tener dispositivos conectados a internet con cámara parecen pedir a gritos que los usemos más allá de la reunión del trabajo, para intimar.

Claro que siendo una ventana ‘virtual’ acompañada con un micrófono es como si los móviles y los teléfonos parecieran hechos para ejecutar stripteases.

Cuando parte de la excitación viene por el ojo, parece una opción más práctica. Además, ¿quién no ha ensayado alguna vez sus movimientos desvistiéndose con You can leave your hat on?

Aunque mi duda iba más allá. Siendo aficionados expertos en el striptease, ¿hay vida más allá de desnudarse delante de la videocámara?

Hablando con un amigo sobre sus relaciones en cuarentena me quedó claro que tirábamos demasiado de esta práctica, cuando nos ofrece muchas más posibilidades que no estamos teniendo en cuenta.

Mi primera sugerencia fue que hiciera un juego de rol play en el que aprovecharan para conocerse más relatándose mutuamente cosas que les gustaran sexualmente.

Eso sí, una vez las iban contando, empezaría la parte entretenida, ya que había que ponerlas en práctica para el otro.

Si se quiere llevar un paso más allá, también podemos tirar por el ‘efecto espejo’, imitando lo que vemos que hace la otra persona en la pantalla. Incluso dar rienda suelta a la imaginación jugando a usar las manos propias como si fueran los dedos o lengua del interlocutor, quien va dirigiendo la acción.

Al final, mi amigo, que es todo un artista en este ámbito, lo llevó al terreno del BDSM y ataviado con un pañuelo y unos guantes -es decir, irreconocible- iba mostrando unos carteles escritos a mano que daban órdenes.

Para mí, no solo se ha pasado el ‘videojuego’ de la cuarentena con su ocurrencia. Ha demostrado que la pantalla es compatible con cualquier parafilia.

Duquesa Doslabios.

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