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Historias de amor, sexo y otros delirios

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Otros 6 trucos (aún más infalibles si cabe) para superar lo suyo

Querid@,

¿Qué tal la resaca?

Imagino que piensa que con los truquitos que le he dado piensan no va a ser suficiente. Lleva usted todo el santo fin de semana regodeándose en bucle en el fango de la melancolía . Déjelo ya, en serio, es bochornoso, lamentable, ridículo. Sé que piensa que lo suyo es diferente, lo suyo mucho más serio, de acuerdo. Antes de continuar, deje de referirse a lo suyo como lo suyo. ¿Capicci? También es ridículo. Estoy convencida de que lo está pasando muy mal y realmente necesita un milagro. Ya no puede más, ya no puede más, siempre se repite la misma historia. Está bien.

Temiéndome lo peor, voy a compartir con ustedes otros 6 trucos infalibles para salir vivito y colenado de esta.

7. Celos

Esa chiflada estrategia de intentar provocar celos en el ex es una pésima idea, además de  resultar de lo más patético. Y sobre todo, no funciona. Comerse el morro y tontear con alguien delante del ex no es digno. Por favor, no lo haga.

8. Salga allende de su zona de confort. Mande a la mierda su hábitat natural, cambie de look, rásguese las vestiduras, sueltese la melena, vaya a bailar bachata -si no le gusta- y si le gusta plantéese que es usted un hortera. Aproveche sus horas (que ahora han quedado muertas) para conocer gente nueva. Viaje, váyase a cualquier otra parte, aunque solo se atreva a coger el cercanías e irse al pueblo de al lado. Cómprese una moto o una bicileta y márchese de paseo.

La verdad es que da igual donde, simplemente cambie de aires y a otra cosa mariposa. Ponga rumbo a lo desconocido, no temas y atrévete a soñar de n nuevo. Todo con el fin de crear nuevos recuerdos y olvidarse de esos malos pensamientos que aparecen a destiempo, esos fantasmas que se le aparecen a escupirle su recuerdo, y de paso a tocarle los huevos. Con el amor, con la soltería, o ir de flor o en flor o de capullo en capullo, pero no me llore más. Piense que ya llorara mañana.

9. Un clavo saca otro clavo.

Aunque suene a frase de manual, me manifiesto completamente de acuerdo. Eso sí, no se enganche a un clavo ardiendo. Echarse novio o novia de nuevo nada más terminar una relación no es la mejor de las ideas. La cosa no suele acabar bien si lo que usted intenta es llenar el vacío con el primero o la primera que se pasea. Creo que todos necesitamos un respiro, cada uno el suyo, para aprender de los errores (seguro que los ha habido), mimar su maltrecho corazón y reconstruirse uno después de la ruptura, que digo yo que algo le habrá desmontado.

Dese tiempo y no se precipites en tener una nueva relación. Las prisas no son buenas en las cosas del querer. Como decía mi tía Isabelin (DEP), Amor y mortaja del cielo bajan.

10. ¿Cómo quedamos? ¿Cómo amigos? De ninguna de las maneras.

Eso de quedar como amigos es como una peli de ciencia-ficción y la mayor mentira de la humanidad. El timo de la estampita. Vamos, digo yo que si a uno le dejan, de lo último de lo que tiene ganas es de hacerse amigo de aquel cretino que le ha roto el corazón. Esta usted en pleno duelo, déjese de tonterías. Para amigos los que le van a tener que tolerar hasta que se le pase a usted el disgusto. No conozco a nadie (mínimamente en su sano juicio) que mantenga una relación de sincera amistad con su ex, al menos, no inmediatamente después de la ruptura. Deje que pase el tiempo, y cuando ya no le importe como antes, y aun así siga queriéndole en su vida, inténtelo si quiere. Ya me dirá qué tal.

11. No se cierre al amor. Eso es absurdo, ilógico y una mamarrachada, es como ponerle puertas al mar. Recuerdo que después de la tormenta siempre llega la calma y que zas, cuando menos se lo espere, el amor volverá a llamar a la puerta de su maltrecho corazón. Y es que tras una ruptura de esas que te dejan jodido una buena temporada, el miedo se apodera de uno y solo de pensar que le vuelvan a hacer daño, nos cagamos de miedo. No sea tonto o tonta, de sobra saben que el que no arriesga no gana y si se cierras al amor y lo espanta como si fuera una fastidiosa mosca , el amor, como usted bien comprende, no podrá entrar de nuevo en tu vida. Si el amor asoma tras su puerta, vámonos, no se lo piense más.

12.¿Y si…?

¿Y si se la cruza por la calle, si l@ ve con otro@, si ya ha rehecho su vida? Esta es la parte más jodida de todas querid@, no le voy a negar lo evidente. Escúchela a ella que sabe de lo que habla.

En cristiano, quítele hierro al asunto y no dramatice en exceso. No voy a caer en frases de manual (las detesto) ni en típicos tópicos y decirle que no le merece, que usted es mejor y aquel que ha despreciado su amor, que solo le daba migajas, no le llega ni a la suela del zapato. Puede que sí, puede que no. ¿Quién soy yo para juzgarle a usted y al verdugo de su alma? Lo único que puedo decirle es que todo pasará y que sobrevivirá.

Un buen amigo me dijo hace años “Pepita, no malgastes tu tiempo deshojando margaritas.” Ahora soy yo la que se lo dice.

Sé que tiene miedo, está petrificado. Sigue pensando que nunca podrá vivir sin esa persona a su lado. Pase de capítulo a la de ya. Ahora toca empoderarse para curarse. Vuelva a mirarse al espejo, dele al play y digale eso de:

Y ahora vete, date-media-vuelta-y-sal-de-mi-vida. ya no eres bienvenido nunca mas, ya no eres mi numero uno, 
¿Quien trató de romperme con deseo? 
¿Creíste que me derrumbaría? 
¿Creíste que caería y moriría? 
¡Oh, yo no! 
Sobreviviré 
¡Si! 
Mientras que yo sepa amar, 
podré vivir sin ti, 
¡Tengo toda mi vida para vivir! 
¡Tengo todo mi amor para dar! 
Sobreviviré 
Sobreviviré 
¡Si, si! 

Toma toda la fuerza que tuviste 
y no te desmorones, 
estoy tratando de reparar las piezas 
de mi corazón roto. 
Y yo ¡Oh! pase tantas noches 
sintiendo lastima por mi mismo, 
solía llorar, 
pero ahora tengo mi cabeza en alto 
y me verás con 
alguien nuevo, 
ya no soy ese estúpido 
enamorado de ti, 
tu pensabas que esto acababa de pasar, 
y esperabas que estuviera libre, 
pero ahora estoy guardando todo mi amor 
para alguien que me ame.

Insisto. Se le pasará, sobrevivirá. Todos lo hacemos.

POST DATA: Casi se me olvidaba incluir esta advertencia en esta guía de andar por casa de cómo olvidar a ese ex al que quiso con locura. Si en esta ocasión es usted el abandonador, el malo o la mala de la película, háganos a todos un favor: NO MAREE. Si ha decidido poner punto y final a su relación, sea consecuente y no joda la marrana. No sea como el perro del hortelano que ni come ni deja comer.

Que follen mucho y mejor.

Hay amores que matan. Está bien, pero no éste, no a usted

Querid@,

Y morirme contigo si te matas
Y matarme contigo si te mueres
Porque el amor cuando no muere mata
Porque amores que matan nunca mueren.

De eso nada, monada. En forma de poesía ciertamente son palabras sentidas, hermosas, incluso preciosas diría yo. Pero en la vida real es un drama dantesco. Hay amores que nunca mueren, supongo que así es. Otros simplemente se terminan, se esfuman, se consumen y acaban muriendo. ¿Pero eso de que hay amores que matan? Si todavía no ha muerto de amor, hipótesis altamente probable, ¿qué me dice?

¿Se les acabó el amor de tanto usarlo? como cantaba -como nadie- la Más Grande. El amor se ha terminado, o peor aún, le han dejado tirado como una colilla, le han abandonado como si fuera usted un indeseable trasto o un mueble viejo que ya no sabe uno ni dónde colocarlo. Esta usted bien jodido. Desde que le dejó tiene usted un terrible aspecto, come menos -o más- que antes, se pasa el día pegado a un pañuelo inundado de mocos y lágrimas mientras llora como un muffin y escucha esa música de esa de cortarse las venas que perjuró millones de veces que jamás atendería, y cuando le da por salir a la calle, vaga sin rumbo con cara de ido o de ida.

Por si esto fuera poco, se encuentra usted enfadado, triste, iracundo, intratable, nostálgico, todo a la vez. Por si fuera poco, está usted intratable y no hay quien le tosa. Ya no sabe qué hacer, va a volverse usted loco (pero muyyyyy loco) y siente como que se ahoga en un estado manifiestamente catatónico, descendiendo a los infiernos. Es una  verdad innegable, está a punto de tocar fondo.

central

Mi más sincero pésame. No me gustaría estar en su pellejo. Pero aquí no estamos para lamentarnos ni para consentir que siga usted paseándose (más bien arrastrándose) cabizbajo y con la mirada perdida por la vida. No, de ninguna de las maneras. Aquí estamos para salir adelante, para que usted se arranque (por bulerías o no). Pero antes de ir al grano, quisiera hacer una reflexión. Que yo sepa, nadie muere de amor. Afortunadamente, convendrán. Morir de amor, aunque suene de lo más romántico y poético, ya no se lleva. Está pasado de moda, como las hombreras, los pantalones de campana o las carpetas forradas de fotos de los protagonistas de Sensación de Vivir. Hablo en serio.

Desde que Romeo y Julieta la liaran parda allá por el siglo XVI y se mataran los dos así sin ton ni son, no he conocido a nadie que se haya muerto de amor. Bueno, están también los amantes de Teruel. Cuenta la leyenda la historia de amor entre dos jóvenes turolenses, Isabel de Segura y Juan Diego Martínez de Marcilla. Además de tonta ella y tonto él, la palmaron los dos por no darse un buen beso a tiempo. Dejemos a los muertos descansar en paz y ocupémonos de usted, que vaga como puta por rastrojo y sumido en un perenne valle de lágrimas tras esa tortuosa ruptura amorosa con la persona amada.

Escúcheme y siga a pies juntillas (o no me haga ni puñetero caso) estos pasos infalibles para salir airoso – dentro de la desgracia- de una demoledora ruptura sentimental.

    1. Deje de escuchar música que le hará sentirse más miserable aún si cabe. Haga oídos sordos a esos cantares que le envalentonen para cometer una insensatez. Les hablo de canciones como esta.

Puestos a escuchar penas del corazón, mejor esta dulce condena.

Parece que no está tan mal, oiga. En cuanto a usted, aproveche hoy (ya que se pone, mañana también) para llorar. El viernes se despertará con los pasos infalibles para salir airoso – dentro de la desgracia- de una demoledora ruptura sentimental.

Que follen mucho y mejor.

Solo una semana para acabar con un matrimonio

Una miserable semana de vacaciones. Eso es todo lo que ha necesitado una pareja de amigos para que su matrimonio pasase a mejor vida. Ya sé que hay tropecientos estudios y expertos que hablan de cómo el descanso estival provoca multitud de separaciones, que si en septiembre se disparan los divorcios, que las parejas no están acostumbradas a pasar tanto tiempo juntas y todo ese rollo, pero una semana me parece todo un récord, la verdad.

GTRES

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Y sí, supongo que, como todas las parejas, tenían sus más y sus menos y sus problemas de fondo, pero de verdad que, en esta ocasión, no lo vi venir. La versión de ambos, por separado, coincide bastante: que la rutina diaria les había hecho tener vidas muy distantes y que al final, casi sin querer, acabaron siendo más compañeros de piso que otra cosa, de esos que se ven solo por la noche para cenar, y a veces ni eso. En este caso no había niños de por medio, así que todo ha sido más fácil, pero su ruptura ha provocado que muchos amigos de nuestro entorno se hayan puesto a reflexionar sobre sus relaciones y sobre su ritmo de vida. Y no son pocos los cimientos que se han echado a temblar. “No nos dimos cuenta hasta que nos tuvimos ahí, el uno frente al otro sin nada que decirnos y sin saber cómo tocarnos, con siete largos días con sus siete noches por delante. Al final hasta nos resultábamos molestos el uno al otro, como la típica visita pesada que no termina de irse de casa y ya no puedes soportar”, me cuenta él. Triste, muy triste.

En seguida me acordé de unos tíos míos que, hace unos años, cuando pasaban la cincuentena, se fueron de vacaciones a las islas Seychelles. Normalmente pasaban las vacaciones en una pequeña casita que tienen en un pueblo de Cádiz, pero ese año decidieron darse un homenaje. Y claro, no es lo mismo. En su pueblecito cada uno tenía sus quehaceres, sus hobbies, tenían amigos, etc. Pero allí, en aquel trozo de tierra en medio del océano Índico, solo tenían un par de libros y una baraja de cartas para matar el tiempo. Ni sexo, ni deportes acuáticos, ni excursiones, ni nada. A los tres días de estar allí a él se le cruzó el cable y no quiso hacer nada. A la vuelta, hizo las maletas y se fue a vivir a un hotel. “No quiero acabar como mis padres”, dijo a modo de explicación. En lugar de hundirse, recuerdo a mi tía repitiendo como un mantra: “Si no me quiere como soy, prefiero que se vaya”. Al final, tras tres meses de mareo, él volvió a casa, y hasta hoy. Personalmente creo que no fue por amor, sino por miedo a envejecer en solitario. El peso de la costumbre y el calorcito de lo conocido. La zona de confort, que diría hoy en día cualquier de coach de tres al cuarto.

No los juzgo, en serio, pero de verdad que para mí espero algo más. Algo más que tener que rellenar los días con multitud de actividades y compañías para poder estar en pareja. Algo más que resistir, algo más que la simple confortabilidad. Porque el amor es otra cosa… y la vida, también.

Amores interrumpidos, amores eternos

Había oído hablar de él toda mi vida, desde que tenía uso de razón. Pepe Cabello, el pintor. El gran y único amor de mi tía Paca. Tardé años en oírselo nombrar a ella, que vivía aparentemente ajena a los comentarios y chismorreos que sobre su vida y su pasado hacían familiares y amigos. Siempre a sus espaldas, eso sí: “Pobre, tan buena y tan sola”, “ha sido incapaz de rehacer su vida desde entonces”, “si no hubiera sido tan cabezota…” Mi curiosidad crecía cada día, pero siempre que preguntaba me respondieron con evasivas. Al fin y al cabo, yo solo era una niña.

Paca era mi tía “la solterona”. Tía abuela, en realidad, pero se ve que su condición de no-casada la convertía a nuestros ojos en una especie de tía universal que siempre estaba cuando la necesitábamos, capaz de cuidar de todo y a todos. Era extremadamente cariñosa, detallista y poseía una alegría contagiosa; todo le hacía gracia. Pero un día, mientras paseábamos las dos por la Plaza Alta, la de las palomas, se le heló la sonrisa en la cara. Tardé en darme cuenta porque me había acercado un momento al quiosco a por pipas, y hasta que no me di la vuelta no vi a aquel hombre, del brazo de una señora, parado frente a mi tía. Para cuando los alcancé, la conversación ya estaba iniciada.

—Hace ya seis meses que regresé. Que regresamos —dijo él, mirando fugazmente a la que a todas vistas era su mujer—. La jubilación, ya sabes… Es raro que no nos hayamos encontrado antes, esta es una ciudad pequeña”.

—Uy, ya no tanto… ha crecido mucho, no es la que era. Te habrá costado reconocerla…

—Está distinta, sí, pero en esencia sigue siendo la misma. Algunas cosas no cambian nunca.

A mi tía le temblaba ligeramente la barbilla y él me miró.

—¿Tu hija?

—No, mi sobrina —aclaró ella, y aunque sonreía, o al menos lo intentaba, no pudo evitar que se le ensombreciera el rostro. Tenía los ojos acuosos.

Se hizo un silencio demasiado largo —incluso una niña podía darse cuenta de eso—, hasta que la mujer que colgaba del brazo del hombre, visiblemente incómoda, carraspeó. Por un momento creí que iba a decir algo, pero no dijo nada. Ahora pienso que quizás estaba invitando a su marido a presentarla, pero aquello no sucedió. Solo miradas y más silencio incómodo.

—Bueno, me alegro de verte, Pepe, que disfrutéis del regreso —dijo mi tía mientras tiraba de mi mano—. Tenemos que irnos.

Él hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y la mujer sonrió, educada. Ya caminaban hacia la Calle Ancha, cuando se volvió.

—Paca…

Ella se dio la vuelta, expectante.

—Me ha gustado mucho volver a verte.

Cuando se es muy joven se tiende a creer, por error, que el amor no es cosa de mayores. No es un pensamiento consciente, es algo interiorizado, que sale sin querer. Uno cree que sus calores y anhelos, sus vaivenes y navajazos son patrimonio exclusivo de la juventud. Cuando se es muy joven nadie se imagina a un señor o una señora de 60 años temblando por la cercanía de otra persona, o con el corazón a mil, o simplemente hecho trizas por lo que fue, por lo que ya no, por lo que pudo haber sido. Cuando se es muy joven, a menudo, se está equivocado.

Aquella tarde Paca y yo anduvimos de vuelta a su casa. Ni ella ni yo dijimos una palabra, aunque juraría que le vi alguna que otra lágrima. Casi podía tocar su tristeza.

Años después, cuando mi tía enfermó, le conté a mi madre aquel episodio de la plaza y lo triste que había visto a la tía. Entonces ella me contó que ese debía de ser Pepe Cabello, su amor de juventud y el único novio que había tenido. Al parecer estaban muy enamorados e iban a casarse. Pero en aquellos años España no era un buen lugar para el amor… Como muchos otros, en esos tiempos de oscuridad y represión Paca y Pepe necesitaban de una carabina para poder verse. Sí, una de esas señoras mayores que acompañaban a las chicas jóvenes en sus citas para asegurarse de que no hacían nada indecente. En su caso, una prima de ella bastante mayor, Luisa, que a su vez arrastraba la amargura de un amor truncado por ser él más joven que ella. Luisa, a la que prohibieron casarse con ese hombre. Luisa, que se quedó para vestir santos. Luisa, que si no se casaba ella no se casaba nadie.

Y así, hizo todo lo posible por boicotear aquella relación. Si querían estar juntos, tenían que ir a donde ella quisiera y hacer lo que a ella le diera la gana. Si protestaban, se negaba a acompañarles y ya no había cita. Un día, en plena semana santa, Pepe pidió a su novia que fueran al balcón que había preparado su familia para ver la procesión. Luisa se negó, y el hombre ya no pudo más. “Estoy harto de que tu prima nos mangonee. Si no vienes esto se termina, Paca. O ella o yo”. Algo así debió de decirle. Pero Pepe no entendía que no se trataba de él o Luisa, sino de él y todo un régimen. ¿Cómo iba ella sola a poder dinamitarlo? Dolor, orgullo, llantos… y Luisa malmetiendo. Al final se canceló la boda y Pepe se fue de la ciudad, que por aquel entonces era más bien un pueblo.

Ignoro si volvieron a verse. Mi tía murió a los 66 años de un cáncer. Pepe, su Pepe, solo la sobrevivió un par de meses, aquejado del mismo mal. Están enterrados en el mismo cementerio, a no demasiados metros de distancia. Cerca, pero sin tocarse… como cuando estaban vivos.

Y en su casa, bajo la cama, una vieja lata llena de fotos.

PACA Y PEPE

PACA Y PEPE

Cuando el pasado te golpea en la cara

Hacía casi cinco años que no se veían. No es que su relación durase mucho, unos 12 meses de idas y venidas, pero fue de las que hacen temblar los cimientos de las catedrales del cuerpo. Y del alma. Una de esas pasiones que dejan huella. La ruptura fue tan inevitable como dolorosa para ambos, y aunque no hubo excesivo ruido, cualquier tipo de amistad entre ellos era sencillamente imposible. No por nada, sino porque eran incapaces de tenerse delante sin acabar mezclados y con la piel atada. Célula a célula.

Así que se dijeron adiós y el tiempo fue pasando haciendo su trabajo. A ella le llegó alguna vez alguna noticia lejana a través de algún conocido, pero poco más. “Sigue siendo el príncipe de la pirámide”, le comentó alguien en una ocasión. Y a ella, pese a ser la abeja reina, le escoció.

reloj

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Eso ha sido todo en cinco años de existencias divergentes. Pero el azar, ya se sabe, es caprichoso, y este verano los llevó a coincidir, cada uno con su respectiva pareja, en un avión con rumbo a Croacia a donde ambos iban a pasar sus vacaciones. Los mismos días y los mismos sitios. Dubrovnik y las islas de korkula y Miljet. Maravillosa esta última, por cierto. El caso es que allí estaban, los dos frente a frente en la cola para embarcar. Tras la sorpresa inicial, fueron inevitables los saludos y las presentaciones. Y el azar, lejos de conformarse con eso, quiso también que las dos parejas tuvieran asientos muy cercanos.

El novio de ella, ajeno al antiguo vínculo entre ambos, no paró de hablar con él en todo el viaje y para cuando este hubo terminado, parecían amigos de toda la vida. La novia del susodicho tampoco parecía estar al tanto. Es más, todos se mostraban encantados de haberse conocido, excepto ella. Aquello la hacía sentir incómoda. Para cuando quiso darse cuenta su chico había propuesto quedar a cenar y tomar una copa. A fin de cuentas, sus hoteles estaban relativamente cerca… Los dos se miraron, pero antes de que pudieran decir nada la chica había aceptado encantada.

Y aunque trató de hablarlo con su novio, al que quiere, tuvo miedo de herirlo, de que este lo interpretase mal, y sin saber cómo esperó uno y otro día sin saber manejar aquello y ahora no sabe qué hacer con la enorme bola de nieve. Se vieron todos varias veces, como si nada, e intercambiaron teléfonos. Un número que ella aún se sabía de memoria. Ahora, ya de vuelta en Madrid, su novio y su ex, si es que puede llamarse así, se intercambian bromas por WhatsApp y planean quedar para jugar al tenis. Ella quiere llamarlo, abordar con él el tema y explicarle que no se siente cómoda con la situación, pero tiene miedo. Mejor dicho, se tiene miedo. Entretanto, ha empezado a soñar con él. Sueños tan turbios como excitantes. Y en algún lugar, los cimientos de una catedral han empezado a temblar. De nuevo.

 

Enganchados a relaciones anteriores

Es algo que ha pasado toda la vida, pero últimamente tengo de la sensación de que ocurre cada vez más. Me refiero a la cantidad de gente que hay enganchada a relaciones anteriores. Hombres y mujeres por igual, sin distinción, que por alguna razón (o varias) se muestran incapaces de pasar página y permanecen atados por una especie de hilo, muchas veces invisible, a personas y momentos de sus vidas que les marcaron.

GTRES

GTRES

Esta semana, aprovechando unos días de descanso, bajé a mi pueblo y me encontré con una chica a la que hacía al menos un año que no veía. Hacía más de tres que lo había dejado con su novio, pero él fue de lo primero que me habló nada más verme. Ahí seguía, pendiente de sus idas y sus venidas, de con quien andaba, anclada en el pasado y esperando secreta y vanamente que él se arrepintiera y volviera a su lado. Aquello me hizo pensar y me acordé de todos los que conozco que están en una situación parecida. Como mi amigo Rodrigo, al que 12 años después no se le puede nombrar a su exnovia Begoña porque se le nublan los ojos y se le tuerce el gesto. Creo que no exagero si digo que vive amargado desde entonces, como si no hubiera perdonado al universo por semejante agravio.

¿Amor incondicional? ¿Dependencia afectiva? ¿Problemas de autoestima? Cada persona es un mundo, supongo. Una ruptura nunca es fácil, sobre todo cuando esta ha sido unilateral y es el otro/a quién ha decidido dar el paso, al margen de nuestros sentimientos. Aunque cada uno tiene su propio ritmo, antes o después las heridas cicatrizan y uno sigue adelante. Afortunadamente, porque si no, ¿Cómo podríamos vivir?

Pero a veces pasa que uno se queda atascado, como suspendido. En muchos de estos casos, más allá del dolor por la pérdida, intervienen algunos factores que contribuyen a ello. Dos psicólogas a las que he preguntado por el asunto coinciden al asegurar que muchas veces, amor aparte, se trata de dependencia emocional, un estado que se ve agravado por cuestiones como la inseguridad, una autoestima deficiente, idealización de la persona, intolerancia a la soledad, demasiadas autoexigencias… En ocasiones, dice una de ellas, “si el tiempo ha pasado y no se ha encontrado a nadie más, uno recurre mentalmente al referente inmediato, a aquello que le remite directamente a su experiencia del amor”. Ay, qué complicadito es a veces todo. Con lo fácil que parecía aquello de la mancha de una mora con otra mora se quita…

La maldición del ex que ni come ni deja comer

No es nada nuevo. Hasta a Lope de Vega le dio para escribir una de sus míticas comedias, allá por 1618… Pero el perro del hortelano sigue a la orden del día. Ni come ni deja comer, el maldito. O la maldita, porque no entiende de sexos.

pelea de novios

GTRES

En este caso vuelve a mi mente por el caso de una amiga, de la que ya os he hablado anteriormente. Os resumo rápidamente: 10 años de pareja, dos de ellos casados. Están intentando tener un hijo y un día, de repente, él le dice que se ha dado cuenta de que no la quiere y adiós muy buenas. No hay margen para ningún intento de nada; el argumento es aplastante.

Lo de después ya lo imagináis. Lágrimas, psicólogo, descenso a los infiernos y un día, al fin, un poco de tregua. Y entonces, cuando empezaba a respirar, conoce a alguien. El mundo es un pañuelo y, a las pocas quedadas, alguien le va con el cuento al ex. Resulta que los ha visto de la mano entrando en el cine.

Dado lo poco que la quiere, es decir, nada, lo lógico es que no le hubiera importado. Es más, sabiendo como sabe lo mal que lo ha pasado, lo normal es que, aunque fuera por los años compartidos, se hubiera alegrado. Más que nada porque así aligeraría la culpa y el mal sabor de boca. Pero no, el tipo lo que siente es un ataque de cuernos como una catedral y empieza a dar por culo.

Aparece por la casa de ambos cuando ella está haciendo cajas, recogiendo sus cosas, sin previo aviso, y le pone ojitos mientras intenta por todos los medios cualquier acercamiento. La llama, le manda mensajes… Y cuando ella parece flaquear, se vuelve implacable de nuevo. Una de cal, otra de arena y así hasta la eternidad, mientras lo dejen, claro. No la agarra, pero tampoco la suelta. El resultado es ella vuelta loca y sin saber qué hacer, qué pensar ni qué decir. Entretanto, el otro ha dado un paso atrás, a ver si se aclaran. ¿Qué otra cosa podía hacer, el pobre? Así no hay quien pueda.

Separados que quieren volver a casa por Navidad

La dejó de la noche a la mañana. Un día cualquiera de este otoño reciente, solo horas después de una comida familiar y una siesta con polvo incluido. Mirada perdida, unos cuantos suspiros para provocar los miedos y la conversación y voilà, un disparo a bocajarro y sin anestesia. La historia, aburrida de tan corriente. Que si tengo que encontrarme a mí mismo y vivir cosas nuevas, que si eres la mujer más maravillosa del mundo pero necesito estar un tiempo solo… Eso, en cuanto al manido discurso de manual; la verdad, como casi siempre, tenía nombre de mujer. El de otra, claro, una desconocida llegada tan solo unos meses antes a la oficina.

Tras la bomba y el aturdimiento iniciales ella vivió su duelo, con todas sus etapas. En ninguna de ellas él mostró el más mínimo signo de arrepentimiento, duda o siquiera compasión. Sin embargo, a medida que la Navidad se acercaba, empezó a dar sospechosas muestras de acercamiento. Aparecía por la casa con cualquier excusa, adoptó un estúpido tono paternalista y no dejaba de curiosearle los planes.

Comida de NavidadLa guinda llegó anoche, cuando con cara de corderito a punto de ser degollado le soltó con ojos llorosos que estaba confundido, que la echaba mucho de menos y que por qué no cenaban todos juntos en Nochebuena y comían en Navidad, en familia, como siempre. Daba la casualidad de que la chica de la oficina, que era de la otra punta de España, se iba a pasar las fiestas con su gente.

Mientras me lo contaba, no pude evitar acordarme de mi madre y de su horda de amigos jseparados, todos cincuentones. “Los ‘medias pagas’ siempre vuelven a casa por Navidad”, le he oído decir toda la vida. Así es como llama ella a los/las separados que tienen que pagar pensión a sus ex por los niños, etc. “Estas fiestas son muy malas, te remueven por dentro y la gente quiere volver a donde se siente seguro”. En definitiva, volver a sentir de cerca el calor del hogar perdido.

Mi madre es un poco chunga, lo reconozco, pero cuando hago un repaso a los amigos de la familia veo multitud de episodios en los que no ha parado de repetirse ese patrón. Y justo cuando empezaba a creer que era cosa de hombres, resulta que me entero de que la chica de la oficina, la de la otra punta de España, en realidad no se ha movido de la ciudad. Y no lo ha hecho porque ha preferido quedarse estos días a compartir el turrón con el que hasta hace poco ha sido su novio. El mismo al que hace unos meses le dijo que necesitaba tiempo, espacio para pensar. El mismo con el que ha compartido los últimos cinco años. Cosas del espíritu navideño.

Felices fiestas a todos.

Recomponer un corazón tras una ruptura inesperada

Me había propuesto escribir sobre algo trivial en el siguiente post, en plan ligerito y nada denso. Pero por más que lo intento, no puedo. Es difícil abstraerse de la tristeza y el sufrimiento, aunque sean ajenos. Y este fin de semana el dolor de alguien muy querido se ha instalado en mi casa pidiendo refugio, buscando arropo y un poco de consuelo. Solo que no hay forma de consolar a un corazón al que acaban de partir en mil pedazos.

Esta historia no tiene nada nuevo; es una más de tantas sobre desamor y abandono. Una separación repentina e inesperada y un divorcio inminente. En este caso es el dolor de una mujer, aunque igualmente podría ser el de un hombre, nada más lejos de mi intención que intentar poner sexo al sufrimiento. Como decía, no hay nada de especial en esta historia, salvo la inmensidad de un dolor que me conmueve hasta lo indecible.

Mujer llorandoPero por más que quisiera aliviar su pena, no se pueden llorar las lágrimas de otro, ni llenar sus huecos. Dicen que lo más duro y estresante por lo que puede pasar una persona es el fallecimiento de un ser querido y una separación, por ese orden. Y es verdad, aunque es lo mismo, en cierto modo. Porque una separación es como una forma de muerte, sobre todo cuando es unilateral y se está enamorado. Es la desaparición repentina de una forma de vida, de un proyecto común, y a ello hay que sumar la sensación de fracaso y el sentimiento de rechazo y abandono.

“Me ha echado de su vida”, me repite. “No me ha elegido a mí…” Hace tres semanas estaban buscando tener un hijo; hoy se ha dado cuenta de que ya no la quiere. La consecuencia es alguien roto, confuso, desorientado. Aniquilado.

La veía así, hecha un ovillo en la cama, con el rostro congestionado por el llanto, y sentía una impotencia enorme. Cualquier gesto o palabra por mi parte me resultaba groseramente ridículo e intrascendente ante semejante despliegue de desolación. Me parecían casi un insulto o una falta de respeto hacia sus sentimientos, hacia la profundidad de su tristeza.

Así que la única forma digna que hallé de acompañarla fue acordarme de mi propio dolor. Pero no el reciente, ya superado y diferente, sino otro muy lejano. Heridas de otra vida, casi. Una vida prácticamente olvidada, si no fuera porque, muy de vez en cuando, cuando menos me lo espero, me veo la cicatriz. Y entonces me acuerdo; me acuerdo de sentir dolor en partes del cuerpo que ni siquiera sabía que existían, de las noches oscuras y eternas repasando todos los detalles y preguntándome qué hice mal, qué fue lo que malinterpreté y cómo coño pude pensar que era tan feliz.

Y así estuvimos las dos. Ella lamiéndose las heridas y yo luciendo cicatrices mientras intentaba convencerla, sin éxito, de que no hay mal que dure 100 años.

Ojito con lo que grabas en la cama

Dicen que las armas las carga el diablo, pero este dicho tan famoso como antiguo bien podría aplicarse a las cámaras, ya sean de vídeo, de móvil, digitales o de cualquier tipo. Son muchas las parejas que conozco que, aunque sea una vez, se han grabado practicando sexo de una u otra manera. Les resulta divertido y muy excitante recrearse en ese momento, verse en acción, desde otra perspectiva. Muchos lo utilizan como prolegómeno, a modo de introducción traviesa y prometedora de lo que vendrá después. Para calentar motores, vaya. A otros simplemente les gusta conservarlo como recuerdo.

No obstante, tengo que reconocer que entre la gente de mi entorno son mayoría los que no se han grabado nunca. A las chicas, sobre todo (a las que me rodean, no estoy generalizando), les da cierto reparo. No por moralismo, sino por temor a donde pueda acabar ese material algún día. Porque no nos engañemos, si acabara donde no debe, ellas suelen ser las más perjudicadas, que en este país sigue habiendo mucho machismo y mucho doble rasero. Aunque tampoco es que a ellos les fuera a hacer gracia. En cualquier caso, sería una putada.

Entre las que no tenían estos reparos estaba mi amiga Almudena, que tenía una relación de muchos años con su novio, un tipo con bastante pasta al que volvían loco las cámaras, los equipos de música de alta fidelidad y todo ese rollo. Cuando llevaban solo unos meses saliendo él le sugirió grabar uno de sus encuentros; ella aceptó y desde entonces se convirtió en una práctica habitual entre ellos. Nunca hubo ningún problema y, con el paso de los años, se hicieron con una buena colección. Con pelucas, sin ellas, con disfraces, con juguetitos…

Grabar sexoHasta que un día, Almudena y su chico decidieron romper. Las razones no vienen a cuento, aunque diré que básicamente fue porque ella quería tener hijos y él no. El caso es que fue una ruptura muy civilizada, sin reproches y con mucho cariño. Se repartieron el material como recuerdo, y listos. Una tarde, Almudena se dio cuenta de que aún tenía en la casa de su ex unos papeles que le hacían falta, y como aún conservaba las llaves de la casa que habían compartido, le pidió permiso para ir a recogerlos. Él, que en esos momentos estaba trabajando, no le puso ningún problema.

Todo muy civilizado, como decía antes, solo que ella no estaba preparada para encontrarse en medio del salón un trípode enorme con la cámara que ella conocía tan bien apuntando directamente al sofá. A la pobre le entró un mareo tan grande que tuvo que sentarse en el suelo. Que sí, que ya no estaba con él y podía hacer lo que quisiera, pero es que no había pasado ni un par de meses desde la ruptura. De repente pensó en sus grabaciones y le entró un ataque de pánico, así que entró como una loca en el despacho, arrasó todo el material de los cajones y salió de allí pitando. Nunca más ha querido grabarse con nadie.

Belén, otra amiga, era bastante más modosita. Tanto, que siempre le estábamos dando la tabarra con que tenía que soltarse la melena. Y un día, harta, quiso darle una sorpresa por su cumpleaños a su novio, con el que vivía. Así que se compró lencería sexy y montó un streaptease con coreografía incluida que lo dejó francamente impresionado. Tanto, que quiso inmortalizar el momento, y después de mucho insistir, logró convencerla. La cinta, la única que hicieron, fue a parar a un cajón y allí siguió durante años, los mismos que duró la relación. Porque Belén y su chico también se separaron y ella, lo primero que hizo cuando fue a preparar las cajas y las maletas con sus cosas, fue ir al cajón donde estaba la cinta… salvo que no la encontró.

Presa de otro ataque de pánico llamó corriendo a su ex, que vino corriendo a ayudarla a buscar. Tiraron la casa abajo, pero la maldita cinta no apareció. Y por más vueltas que le daban, ninguno de los dos sabía a dónde narices habría podido ir a parar. Belén no tuvo más remedio que desistir, pero vivía en un sinvivir. A las dos semanas, finalmente su expareja la llamó para tranquilizarla: había dado la cinta por error a un compañero de trabajo con el que había ido de viaje hacía poco, pero el tipo aseguraba que no la había visto aún. De hecho, todavía la tenía en su mesa de trabajo, en un cajón bajo llave. Si era cierto o no, ella nunca lo sabrá, aunque la cinta fue devuelta a su dueña y posteriormente destruida. Otra a la que tampoco le han quedado ganas de volver a grabarse jamás.

Yo, por mi parte, tengo mi propio historial de ridículo cuando, en un viaje a Italia con unas amigas, les di mi cámara de fotos para que vieran todas las que habíamos hecho ese día sin acordarme de que no había borrado el material anterior. Aún se están riendo.