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A esas parejas que rompen y vuelven cada por por tres

“Todos conocemos a una pareja que rompe y se reconcilia constantemente, y si no la conoces, es que esa pareja es la tuya” Duquesa Doslabios

Hoy bien, mañana regular y pasado mal. Decides romper y, al poco tiempo, vuelves con tu pareja otra vez. Las cosas marchan de nuevo, hasta que empieza a ir cuesta abajo y ves que la ruptura es, repetidamente, la solución.

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Si te resulta familiar, es posible que hayas estado en una relación montaña rusa, donde las buenas y malas rachas parecen el constante y común denominador.

Es probable que, por amor, no quieras terminar. Pero existe una razón por la que la dinámica se repite una y otra vez. Y es que sabemos romper, pero no sabemos volver.

A la hora de enfrentar la ruptura, entendemos que todos los problemas quedan atrás, con la persona de la que nos despedimos. No solo decimos adiós a lo bueno sino a todo lo malo (razón que hace tomar ese rumbo).

Sin embargo, con la emoción del retorno, aquellos temas que en su día originaron la crisis en un primer lugar, ni se tratan ni se resuelven en profundidad. En otras palabras, es como intentar curar una hemorragia interna poniéndole una tirita por fuera.

Si realmente quieres que esa vez sea la buena, y, sobre todo, llevar una relación sana emocionalmente, es el momento de sentarte con tu pareja en el sofá y zanjar de una vez esas cosas pendientes, la manera de evitar que el patrón se siga repitiendo una y otra vez a lo largo de los años (porque, hazme caso, se repite constantemente).

La única vía posible es la de solucionar el asunto de una manera constructiva, en vez de seguir adelante haciendo como que el problema que separó en su día ya no existe. O, dicho de otra forma, mediante acciones, demostrar que hay un compromiso real de arreglar la relación.

Todos merecemos felicidad en estando en pareja sin el drama de las separaciones constantes, el “me voy a dormir al sofá” o “pasaré un tiempo en casa de mis padres”, sobre todo cuando se deben a ‘los temas de siempre’.

Una buena relación de pareja no es la que te hace sentir fuegos artificiales y te jura bajarte la luna a los pies, al final es esa persona que escucha, como parte de la rutina, tus preocupaciones y tus aspiraciones. Tus días de mierda y tus pequeñas alegrías.

Quien quiere poner de su parte todo lo necesario para que la relación funcione.

En cambio, si sigues en pleno estancamiento con temas que vienen y van constantemente, y, sobre todo con alguien que se niega a tratar los problemas de raíz y sigue cayendo en lo mismo, déjame decirte que ahí fuera existe una persona con quien no tendrás problema en conseguir que las cosas vayan en línea recta en vez de en círculos a ninguna parte.

Y tampoco tengas miedo en ir a buscarla.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook).

Ojos que no ven o por qué deberías bloquear a tu ex de las redes sociales

Hoy en día, bloquear a alguien de una red social es casi tan grave como salirse de un grupo de Whatsapp, la pena capital del siglo XXI.

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Por lo general, al terminar una relación, hay un punto de inflexión en nuestra personalidad digital. Esas alegres imágenes en Instagram del viaje a Cuenca ya no parecen brillar igual. Pero sabes que, en el fondo, hay algo que te frena a la hora de borrarlas y luego bloquear a tu expareja.

Y es que se nos tacha de actuar bajo el despecho, el resentimiento o la inmadurez, sentimientos que en la era donde todo viene acompañado de etiquetas como #goodvibes están muy mal vistos.

Sin embargo, cuando tenemos necesidad de hacerlo, es el momento de dar un paso al frente y pulsar la opción “dejar de seguir” o eliminar de mi lista de amigos.

Bloquear a alguien con quien hemos tenido una relación, puede ser hasta terapéutico según los expertos en la materia.

Por mucho que sepamos que esa relación ha terminado, en ocasiones mantenemos la costumbre de meternos en su perfil.

Nos fijamos en cada detalle de la foto que sube -qué sitio es, si es el mismo al que nos llevó aquella vez-, cotilleando quién es la persona que le ha dejado ese comentario lleno de emoticonos enigmáticos.

Tirar del hilo lleva incluso a analizar también esa cuenta, descubriendo que tiene una hermana que va a clase de inglés con tu compañera del master y preguntándote si podrías averiguar más. Una bola de nieve que va creciendo a cada link.

Si el dolor todavía está ahí, ver imágenes de la otra persona puede hacer todavía más dura la separación. ¿Por qué torturarse de esa manera? ¿No es mejor evitar que, cada dos por tres, salgan sus stories de fiesta?

¿Por qué estar cómodos en la incomodidad o añadir una infelicidad innecesaria a nuestras vidas? ¿O es que después de una ruptura nos volvemos un poco masoquistas?

Bloquear y hacer que desaparezca (al menos de tu mundo digital) ayuda a seguir adelante y a poder superarlo al ritmo de cada uno.

Cuando hemos tenido una relación abusiva esta es, sin duda, una de las manera de salir de ella. Cortando todo y de golpe, evitando dejar resquicios por los que pueda volver a entrar un discurso manipulador o victimista. Romper el vínculo emocional y acompañarlo del físico, mental y social.

No es algo obligatorio en todas las separaciones, por supuesto. Una de las excepciones a la opción de bloquear se da cuando el amor se ha acabado pero queréis probar lo de ser amigos.

Para todo lo demás, ya lo dice el refranero: “Ojos que no ven, corazón que no siente”, sobre todo en la era de Instagram.

Duquesa Doslabios.

¿Por qué nos cortamos el pelo después de una ruptura?

He comprobado cómo, cada vez que termina una relación en mi vida, soy un cliché andante. O bien me voy al supermercado más cercano a ahogar mis penas en galletas, viendo películas con finales dramáticos en pijama sin salir de la cama, o bien me corto el pelo.

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No tengo punto medio. Supongo que es la mejor manera que tengo de gestionarlo. El fenómeno de cortarse el pelo al terminar con tu pareja está tan extendido que hasta existe un hashtag oficial en Instagram para compartir los cambios de look al salir de una relación, el #breakuphair.

Si se trata de una práctica tan habitual, ¿qué es lo que tiene la peluquería que consigue formar parte del kit básico cuando la soltería vuelve a llamar a la puerta?

Por típico que pueda parecer, y hasta cierto punto absurdo (a fin de cuentas, el pelo vuelve a crecer, no es como si te cortaras una extremidad), tiene un trasfondo psicológico. Es el que hace que los salones de belleza sean uno de los primeros sitios que visitamos después de la casa de la amiga de turno, esa que nos presta su hombro por horas.

Cortarse el pelo es un proceso terapéutico interna y externamente. Por fuera el resultado es el que todos podemos apreciar, ya que además no es un corte del estilo “las puntas y ya”, sino un cambio de look de los que tienen que volver a retroceder en tu historia de Instagram para cerciorarse de que eres tú.

El corte de pelo nuevo significa en idioma universal no escrito: “Sigo adelante”, por lo que es una manera de transmitir a primera vista que hemos roto con lo anterior, y que además que nos enfrentamos con ganas y buen aspecto a lo que sea que venga a continuación.

El mensaje, potente y claro, y sin necesidad de abrir la boca, es lo bastante tentador como para no apuntarse a él simplemente pasando por la tijera, ¿no?

Cuando termina una relación toca pararse y plantearse algunas cosas, como qué va a pasar a continuación. ¿Qué hacer? ¿Qué dirección tomar? Y la pregunta más importante, ¿quién soy?

SAVAGE X FENTY

Es un momento en el que puedes conocerte de nuevo y hacer esa locura a la que tanto te resistías. El cambio de pelo sacia esas ganas de vivir cambios que experimentamos al salir de una relación pero sin llegar a hacer algo de lo que realmente nos arrepintamos más adelante (a no ser que el cambio de peinado sea muy demencial).

Puede que el resultado se vea por fuera, pero el cambio de estilo ayuda reconstruirnos a nivel íntimo. Es una gestión personal, una manera no solo de redescubrirnos, sino de concienciarnos de que seguimos adelante y de que es algo que hacemos porque queremos.

Si necesitas encontrar una vía de escape a las ganas de reinventarte, de seguir adelante y de aumentar tu confianza, una cita en la peluquería es lo que necesitas. Para Sansón perder el pelo era el equivalente de perder la fuerza, pero hoy en día, más que perderla significa recuperarla.

No solo es una manera de rebelarse, de mostrar la libertad individual, algo que podía faltar en la relación, de atreverse o de experimentar, es como echar un buen polvo con una misma.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook)

¿Cómo superar a alguien con quien no has llegado a salir en realidad?

Tenemos una manía muy mala, mala de verdad. Conocemos a alguien, chico, chica, género fluido, da igual. La cosa es que hay una persona nueva en la vida y la vida mola más.

Pero (sí, tiene que haber un pero. Como en todos los grandes dramas, el pero no puede faltar) esa persona se va.

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Y nos deja vacíos alguien con quien realmente, no habíamos empezado a salir ni a lo mejor habíamos tenido nada especial, pero ya no está físicamente y, en cambio, en nuestra cabeza, no puede parar de estar.

Tenemos una manía muy mala de quedarnos en ese momento congelados en el stand by de “¿Y ahora qué?” Tratando de seguir adelante y sin saber ni por dónde empezar a andar.

Pero, ¿se habla también de seguir adelante cuando nunca has salido con esa persona?

Avanzar en la vida sintiendo que quedan sentimientos atrás, es complicado, pero avanzar sin una relación es confuso.

Una vez nos ha quedado claro que no vamos a recibir nada por lo que debamos esperar, hay que preguntarse qué era lo que realmente hacía que esa persona nos interesara tanto.

¿Por qué tanta importancia si, a fin de cuentas, no ha sido correspondido? El amor propio debe imponerse y hacernos recordar que merecemos a alguien que también quiera estar a nuestro lado.

Es un buen momento para tener claro lo que buscamos en la otra persona. Pensar que características nos gustaría que tuviera una posible futura pareja.

Sufrir, darle vueltas a la cabeza o simplemente cerrarse en banda, son comportamientos que no llevan a ningún lado.

Es el momento de concienciarnos de que tenemos opciones. La estrategia del clavo saca a otro clavo no funciona a todo el mundo ni siempre nos apetece realizarla.

Pero independientemente de eso, perder el tiempo pensando en alguien que no nos corresponde es un gasto de energía que, en cambio, podemos invertir en el pensamiento positivo de que hay más peces en el mar.

Duquesa Doslabios.

Otros 6 trucos (aún más infalibles si cabe) para superar lo suyo

Querid@,

¿Qué tal la resaca?

Imagino que piensa que con los truquitos que le he dado piensan no va a ser suficiente. Lleva usted todo el santo fin de semana regodeándose en bucle en el fango de la melancolía . Déjelo ya, en serio, es bochornoso, lamentable, ridículo. Sé que piensa que lo suyo es diferente, lo suyo mucho más serio, de acuerdo. Antes de continuar, deje de referirse a lo suyo como lo suyo. ¿Capicci? También es ridículo. Estoy convencida de que lo está pasando muy mal y realmente necesita un milagro. Ya no puede más, ya no puede más, siempre se repite la misma historia. Está bien.

Temiéndome lo peor, voy a compartir con ustedes otros 6 trucos infalibles para salir vivito y colenado de esta.

7. Celos

Esa chiflada estrategia de intentar provocar celos en el ex es una pésima idea, además de  resultar de lo más patético. Y sobre todo, no funciona. Comerse el morro y tontear con alguien delante del ex no es digno. Por favor, no lo haga.

8. Salga allende de su zona de confort. Mande a la mierda su hábitat natural, cambie de look, rásguese las vestiduras, sueltese la melena, vaya a bailar bachata -si no le gusta- y si le gusta plantéese que es usted un hortera. Aproveche sus horas (que ahora han quedado muertas) para conocer gente nueva. Viaje, váyase a cualquier otra parte, aunque solo se atreva a coger el cercanías e irse al pueblo de al lado. Cómprese una moto o una bicileta y márchese de paseo.

La verdad es que da igual donde, simplemente cambie de aires y a otra cosa mariposa. Ponga rumbo a lo desconocido, no temas y atrévete a soñar de n nuevo. Todo con el fin de crear nuevos recuerdos y olvidarse de esos malos pensamientos que aparecen a destiempo, esos fantasmas que se le aparecen a escupirle su recuerdo, y de paso a tocarle los huevos. Con el amor, con la soltería, o ir de flor o en flor o de capullo en capullo, pero no me llore más. Piense que ya llorara mañana.

9. Un clavo saca otro clavo.

Aunque suene a frase de manual, me manifiesto completamente de acuerdo. Eso sí, no se enganche a un clavo ardiendo. Echarse novio o novia de nuevo nada más terminar una relación no es la mejor de las ideas. La cosa no suele acabar bien si lo que usted intenta es llenar el vacío con el primero o la primera que se pasea. Creo que todos necesitamos un respiro, cada uno el suyo, para aprender de los errores (seguro que los ha habido), mimar su maltrecho corazón y reconstruirse uno después de la ruptura, que digo yo que algo le habrá desmontado.

Dese tiempo y no se precipites en tener una nueva relación. Las prisas no son buenas en las cosas del querer. Como decía mi tía Isabelin (DEP), Amor y mortaja del cielo bajan.

10. ¿Cómo quedamos? ¿Cómo amigos? De ninguna de las maneras.

Eso de quedar como amigos es como una peli de ciencia-ficción y la mayor mentira de la humanidad. El timo de la estampita. Vamos, digo yo que si a uno le dejan, de lo último de lo que tiene ganas es de hacerse amigo de aquel cretino que le ha roto el corazón. Esta usted en pleno duelo, déjese de tonterías. Para amigos los que le van a tener que tolerar hasta que se le pase a usted el disgusto. No conozco a nadie (mínimamente en su sano juicio) que mantenga una relación de sincera amistad con su ex, al menos, no inmediatamente después de la ruptura. Deje que pase el tiempo, y cuando ya no le importe como antes, y aun así siga queriéndole en su vida, inténtelo si quiere. Ya me dirá qué tal.

11. No se cierre al amor. Eso es absurdo, ilógico y una mamarrachada, es como ponerle puertas al mar. Recuerdo que después de la tormenta siempre llega la calma y que zas, cuando menos se lo espere, el amor volverá a llamar a la puerta de su maltrecho corazón. Y es que tras una ruptura de esas que te dejan jodido una buena temporada, el miedo se apodera de uno y solo de pensar que le vuelvan a hacer daño, nos cagamos de miedo. No sea tonto o tonta, de sobra saben que el que no arriesga no gana y si se cierras al amor y lo espanta como si fuera una fastidiosa mosca , el amor, como usted bien comprende, no podrá entrar de nuevo en tu vida. Si el amor asoma tras su puerta, vámonos, no se lo piense más.

12.¿Y si…?

¿Y si se la cruza por la calle, si l@ ve con otro@, si ya ha rehecho su vida? Esta es la parte más jodida de todas querid@, no le voy a negar lo evidente. Escúchela a ella que sabe de lo que habla.

En cristiano, quítele hierro al asunto y no dramatice en exceso. No voy a caer en frases de manual (las detesto) ni en típicos tópicos y decirle que no le merece, que usted es mejor y aquel que ha despreciado su amor, que solo le daba migajas, no le llega ni a la suela del zapato. Puede que sí, puede que no. ¿Quién soy yo para juzgarle a usted y al verdugo de su alma? Lo único que puedo decirle es que todo pasará y que sobrevivirá.

Un buen amigo me dijo hace años “Pepita, no malgastes tu tiempo deshojando margaritas.” Ahora soy yo la que se lo dice.

Sé que tiene miedo, está petrificado. Sigue pensando que nunca podrá vivir sin esa persona a su lado. Pase de capítulo a la de ya. Ahora toca empoderarse para curarse. Vuelva a mirarse al espejo, dele al play y digale eso de:

Y ahora vete, date-media-vuelta-y-sal-de-mi-vida. ya no eres bienvenido nunca mas, ya no eres mi numero uno, 
¿Quien trató de romperme con deseo? 
¿Creíste que me derrumbaría? 
¿Creíste que caería y moriría? 
¡Oh, yo no! 
Sobreviviré 
¡Si! 
Mientras que yo sepa amar, 
podré vivir sin ti, 
¡Tengo toda mi vida para vivir! 
¡Tengo todo mi amor para dar! 
Sobreviviré 
Sobreviviré 
¡Si, si! 

Toma toda la fuerza que tuviste 
y no te desmorones, 
estoy tratando de reparar las piezas 
de mi corazón roto. 
Y yo ¡Oh! pase tantas noches 
sintiendo lastima por mi mismo, 
solía llorar, 
pero ahora tengo mi cabeza en alto 
y me verás con 
alguien nuevo, 
ya no soy ese estúpido 
enamorado de ti, 
tu pensabas que esto acababa de pasar, 
y esperabas que estuviera libre, 
pero ahora estoy guardando todo mi amor 
para alguien que me ame.

Insisto. Se le pasará, sobrevivirá. Todos lo hacemos.

POST DATA: Casi se me olvidaba incluir esta advertencia en esta guía de andar por casa de cómo olvidar a ese ex al que quiso con locura. Si en esta ocasión es usted el abandonador, el malo o la mala de la película, háganos a todos un favor: NO MAREE. Si ha decidido poner punto y final a su relación, sea consecuente y no joda la marrana. No sea como el perro del hortelano que ni come ni deja comer.

Que follen mucho y mejor.

Hay amores que matan. Está bien, pero no éste, no a usted

Querid@,

Y morirme contigo si te matas
Y matarme contigo si te mueres
Porque el amor cuando no muere mata
Porque amores que matan nunca mueren.

De eso nada, monada. En forma de poesía ciertamente son palabras sentidas, hermosas, incluso preciosas diría yo. Pero en la vida real es un drama dantesco. Hay amores que nunca mueren, supongo que así es. Otros simplemente se terminan, se esfuman, se consumen y acaban muriendo. ¿Pero eso de que hay amores que matan? Si todavía no ha muerto de amor, hipótesis altamente probable, ¿qué me dice?

¿Se les acabó el amor de tanto usarlo? como cantaba -como nadie- la Más Grande. El amor se ha terminado, o peor aún, le han dejado tirado como una colilla, le han abandonado como si fuera usted un indeseable trasto o un mueble viejo que ya no sabe uno ni dónde colocarlo. Esta usted bien jodido. Desde que le dejó tiene usted un terrible aspecto, come menos -o más- que antes, se pasa el día pegado a un pañuelo inundado de mocos y lágrimas mientras llora como un muffin y escucha esa música de esa de cortarse las venas que perjuró millones de veces que jamás atendería, y cuando le da por salir a la calle, vaga sin rumbo con cara de ido o de ida.

Por si esto fuera poco, se encuentra usted enfadado, triste, iracundo, intratable, nostálgico, todo a la vez. Por si fuera poco, está usted intratable y no hay quien le tosa. Ya no sabe qué hacer, va a volverse usted loco (pero muyyyyy loco) y siente como que se ahoga en un estado manifiestamente catatónico, descendiendo a los infiernos. Es una  verdad innegable, está a punto de tocar fondo.

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Mi más sincero pésame. No me gustaría estar en su pellejo. Pero aquí no estamos para lamentarnos ni para consentir que siga usted paseándose (más bien arrastrándose) cabizbajo y con la mirada perdida por la vida. No, de ninguna de las maneras. Aquí estamos para salir adelante, para que usted se arranque (por bulerías o no). Pero antes de ir al grano, quisiera hacer una reflexión. Que yo sepa, nadie muere de amor. Afortunadamente, convendrán. Morir de amor, aunque suene de lo más romántico y poético, ya no se lleva. Está pasado de moda, como las hombreras, los pantalones de campana o las carpetas forradas de fotos de los protagonistas de Sensación de Vivir. Hablo en serio.

Desde que Romeo y Julieta la liaran parda allá por el siglo XVI y se mataran los dos así sin ton ni son, no he conocido a nadie que se haya muerto de amor. Bueno, están también los amantes de Teruel. Cuenta la leyenda la historia de amor entre dos jóvenes turolenses, Isabel de Segura y Juan Diego Martínez de Marcilla. Además de tonta ella y tonto él, la palmaron los dos por no darse un buen beso a tiempo. Dejemos a los muertos descansar en paz y ocupémonos de usted, que vaga como puta por rastrojo y sumido en un perenne valle de lágrimas tras esa tortuosa ruptura amorosa con la persona amada.

Escúcheme y siga a pies juntillas (o no me haga ni puñetero caso) estos pasos infalibles para salir airoso – dentro de la desgracia- de una demoledora ruptura sentimental.

    1. Deje de escuchar música que le hará sentirse más miserable aún si cabe. Haga oídos sordos a esos cantares que le envalentonen para cometer una insensatez. Les hablo de canciones como esta.

Puestos a escuchar penas del corazón, mejor esta dulce condena.

Parece que no está tan mal, oiga. En cuanto a usted, aproveche hoy (ya que se pone, mañana también) para llorar. El viernes se despertará con los pasos infalibles para salir airoso – dentro de la desgracia- de una demoledora ruptura sentimental.

Que follen mucho y mejor.

Solo una semana para acabar con un matrimonio

Una miserable semana de vacaciones. Eso es todo lo que ha necesitado una pareja de amigos para que su matrimonio pasase a mejor vida. Ya sé que hay tropecientos estudios y expertos que hablan de cómo el descanso estival provoca multitud de separaciones, que si en septiembre se disparan los divorcios, que las parejas no están acostumbradas a pasar tanto tiempo juntas y todo ese rollo, pero una semana me parece todo un récord, la verdad.

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Y sí, supongo que, como todas las parejas, tenían sus más y sus menos y sus problemas de fondo, pero de verdad que, en esta ocasión, no lo vi venir. La versión de ambos, por separado, coincide bastante: que la rutina diaria les había hecho tener vidas muy distantes y que al final, casi sin querer, acabaron siendo más compañeros de piso que otra cosa, de esos que se ven solo por la noche para cenar, y a veces ni eso. En este caso no había niños de por medio, así que todo ha sido más fácil, pero su ruptura ha provocado que muchos amigos de nuestro entorno se hayan puesto a reflexionar sobre sus relaciones y sobre su ritmo de vida. Y no son pocos los cimientos que se han echado a temblar. “No nos dimos cuenta hasta que nos tuvimos ahí, el uno frente al otro sin nada que decirnos y sin saber cómo tocarnos, con siete largos días con sus siete noches por delante. Al final hasta nos resultábamos molestos el uno al otro, como la típica visita pesada que no termina de irse de casa y ya no puedes soportar”, me cuenta él. Triste, muy triste.

En seguida me acordé de unos tíos míos que, hace unos años, cuando pasaban la cincuentena, se fueron de vacaciones a las islas Seychelles. Normalmente pasaban las vacaciones en una pequeña casita que tienen en un pueblo de Cádiz, pero ese año decidieron darse un homenaje. Y claro, no es lo mismo. En su pueblecito cada uno tenía sus quehaceres, sus hobbies, tenían amigos, etc. Pero allí, en aquel trozo de tierra en medio del océano Índico, solo tenían un par de libros y una baraja de cartas para matar el tiempo. Ni sexo, ni deportes acuáticos, ni excursiones, ni nada. A los tres días de estar allí a él se le cruzó el cable y no quiso hacer nada. A la vuelta, hizo las maletas y se fue a vivir a un hotel. “No quiero acabar como mis padres”, dijo a modo de explicación. En lugar de hundirse, recuerdo a mi tía repitiendo como un mantra: “Si no me quiere como soy, prefiero que se vaya”. Al final, tras tres meses de mareo, él volvió a casa, y hasta hoy. Personalmente creo que no fue por amor, sino por miedo a envejecer en solitario. El peso de la costumbre y el calorcito de lo conocido. La zona de confort, que diría hoy en día cualquier de coach de tres al cuarto.

No los juzgo, en serio, pero de verdad que para mí espero algo más. Algo más que tener que rellenar los días con multitud de actividades y compañías para poder estar en pareja. Algo más que resistir, algo más que la simple confortabilidad. Porque el amor es otra cosa… y la vida, también.

Amores interrumpidos, amores eternos

Había oído hablar de él toda mi vida, desde que tenía uso de razón. Pepe Cabello, el pintor. El gran y único amor de mi tía Paca. Tardé años en oírselo nombrar a ella, que vivía aparentemente ajena a los comentarios y chismorreos que sobre su vida y su pasado hacían familiares y amigos. Siempre a sus espaldas, eso sí: “Pobre, tan buena y tan sola”, “ha sido incapaz de rehacer su vida desde entonces”, “si no hubiera sido tan cabezota…” Mi curiosidad crecía cada día, pero siempre que preguntaba me respondieron con evasivas. Al fin y al cabo, yo solo era una niña.

Paca era mi tía “la solterona”. Tía abuela, en realidad, pero se ve que su condición de no-casada la convertía a nuestros ojos en una especie de tía universal que siempre estaba cuando la necesitábamos, capaz de cuidar de todo y a todos. Era extremadamente cariñosa, detallista y poseía una alegría contagiosa; todo le hacía gracia. Pero un día, mientras paseábamos las dos por la Plaza Alta, la de las palomas, se le heló la sonrisa en la cara. Tardé en darme cuenta porque me había acercado un momento al quiosco a por pipas, y hasta que no me di la vuelta no vi a aquel hombre, del brazo de una señora, parado frente a mi tía. Para cuando los alcancé, la conversación ya estaba iniciada.

—Hace ya seis meses que regresé. Que regresamos —dijo él, mirando fugazmente a la que a todas vistas era su mujer—. La jubilación, ya sabes… Es raro que no nos hayamos encontrado antes, esta es una ciudad pequeña”.

—Uy, ya no tanto… ha crecido mucho, no es la que era. Te habrá costado reconocerla…

—Está distinta, sí, pero en esencia sigue siendo la misma. Algunas cosas no cambian nunca.

A mi tía le temblaba ligeramente la barbilla y él me miró.

—¿Tu hija?

—No, mi sobrina —aclaró ella, y aunque sonreía, o al menos lo intentaba, no pudo evitar que se le ensombreciera el rostro. Tenía los ojos acuosos.

Se hizo un silencio demasiado largo —incluso una niña podía darse cuenta de eso—, hasta que la mujer que colgaba del brazo del hombre, visiblemente incómoda, carraspeó. Por un momento creí que iba a decir algo, pero no dijo nada. Ahora pienso que quizás estaba invitando a su marido a presentarla, pero aquello no sucedió. Solo miradas y más silencio incómodo.

—Bueno, me alegro de verte, Pepe, que disfrutéis del regreso —dijo mi tía mientras tiraba de mi mano—. Tenemos que irnos.

Él hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y la mujer sonrió, educada. Ya caminaban hacia la Calle Ancha, cuando se volvió.

—Paca…

Ella se dio la vuelta, expectante.

—Me ha gustado mucho volver a verte.

Cuando se es muy joven se tiende a creer, por error, que el amor no es cosa de mayores. No es un pensamiento consciente, es algo interiorizado, que sale sin querer. Uno cree que sus calores y anhelos, sus vaivenes y navajazos son patrimonio exclusivo de la juventud. Cuando se es muy joven nadie se imagina a un señor o una señora de 60 años temblando por la cercanía de otra persona, o con el corazón a mil, o simplemente hecho trizas por lo que fue, por lo que ya no, por lo que pudo haber sido. Cuando se es muy joven, a menudo, se está equivocado.

Aquella tarde Paca y yo anduvimos de vuelta a su casa. Ni ella ni yo dijimos una palabra, aunque juraría que le vi alguna que otra lágrima. Casi podía tocar su tristeza.

Años después, cuando mi tía enfermó, le conté a mi madre aquel episodio de la plaza y lo triste que había visto a la tía. Entonces ella me contó que ese debía de ser Pepe Cabello, su amor de juventud y el único novio que había tenido. Al parecer estaban muy enamorados e iban a casarse. Pero en aquellos años España no era un buen lugar para el amor… Como muchos otros, en esos tiempos de oscuridad y represión Paca y Pepe necesitaban de una carabina para poder verse. Sí, una de esas señoras mayores que acompañaban a las chicas jóvenes en sus citas para asegurarse de que no hacían nada indecente. En su caso, una prima de ella bastante mayor, Luisa, que a su vez arrastraba la amargura de un amor truncado por ser él más joven que ella. Luisa, a la que prohibieron casarse con ese hombre. Luisa, que se quedó para vestir santos. Luisa, que si no se casaba ella no se casaba nadie.

Y así, hizo todo lo posible por boicotear aquella relación. Si querían estar juntos, tenían que ir a donde ella quisiera y hacer lo que a ella le diera la gana. Si protestaban, se negaba a acompañarles y ya no había cita. Un día, en plena semana santa, Pepe pidió a su novia que fueran al balcón que había preparado su familia para ver la procesión. Luisa se negó, y el hombre ya no pudo más. “Estoy harto de que tu prima nos mangonee. Si no vienes esto se termina, Paca. O ella o yo”. Algo así debió de decirle. Pero Pepe no entendía que no se trataba de él o Luisa, sino de él y todo un régimen. ¿Cómo iba ella sola a poder dinamitarlo? Dolor, orgullo, llantos… y Luisa malmetiendo. Al final se canceló la boda y Pepe se fue de la ciudad, que por aquel entonces era más bien un pueblo.

Ignoro si volvieron a verse. Mi tía murió a los 66 años de un cáncer. Pepe, su Pepe, solo la sobrevivió un par de meses, aquejado del mismo mal. Están enterrados en el mismo cementerio, a no demasiados metros de distancia. Cerca, pero sin tocarse… como cuando estaban vivos.

Y en su casa, bajo la cama, una vieja lata llena de fotos.

PACA Y PEPE

PACA Y PEPE

Cuando el pasado te golpea en la cara

Hacía casi cinco años que no se veían. No es que su relación durase mucho, unos 12 meses de idas y venidas, pero fue de las que hacen temblar los cimientos de las catedrales del cuerpo. Y del alma. Una de esas pasiones que dejan huella. La ruptura fue tan inevitable como dolorosa para ambos, y aunque no hubo excesivo ruido, cualquier tipo de amistad entre ellos era sencillamente imposible. No por nada, sino porque eran incapaces de tenerse delante sin acabar mezclados y con la piel atada. Célula a célula.

Así que se dijeron adiós y el tiempo fue pasando haciendo su trabajo. A ella le llegó alguna vez alguna noticia lejana a través de algún conocido, pero poco más. “Sigue siendo el príncipe de la pirámide”, le comentó alguien en una ocasión. Y a ella, pese a ser la abeja reina, le escoció.

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Eso ha sido todo en cinco años de existencias divergentes. Pero el azar, ya se sabe, es caprichoso, y este verano los llevó a coincidir, cada uno con su respectiva pareja, en un avión con rumbo a Croacia a donde ambos iban a pasar sus vacaciones. Los mismos días y los mismos sitios. Dubrovnik y las islas de korkula y Miljet. Maravillosa esta última, por cierto. El caso es que allí estaban, los dos frente a frente en la cola para embarcar. Tras la sorpresa inicial, fueron inevitables los saludos y las presentaciones. Y el azar, lejos de conformarse con eso, quiso también que las dos parejas tuvieran asientos muy cercanos.

El novio de ella, ajeno al antiguo vínculo entre ambos, no paró de hablar con él en todo el viaje y para cuando este hubo terminado, parecían amigos de toda la vida. La novia del susodicho tampoco parecía estar al tanto. Es más, todos se mostraban encantados de haberse conocido, excepto ella. Aquello la hacía sentir incómoda. Para cuando quiso darse cuenta su chico había propuesto quedar a cenar y tomar una copa. A fin de cuentas, sus hoteles estaban relativamente cerca… Los dos se miraron, pero antes de que pudieran decir nada la chica había aceptado encantada.

Y aunque trató de hablarlo con su novio, al que quiere, tuvo miedo de herirlo, de que este lo interpretase mal, y sin saber cómo esperó uno y otro día sin saber manejar aquello y ahora no sabe qué hacer con la enorme bola de nieve. Se vieron todos varias veces, como si nada, e intercambiaron teléfonos. Un número que ella aún se sabía de memoria. Ahora, ya de vuelta en Madrid, su novio y su ex, si es que puede llamarse así, se intercambian bromas por WhatsApp y planean quedar para jugar al tenis. Ella quiere llamarlo, abordar con él el tema y explicarle que no se siente cómoda con la situación, pero tiene miedo. Mejor dicho, se tiene miedo. Entretanto, ha empezado a soñar con él. Sueños tan turbios como excitantes. Y en algún lugar, los cimientos de una catedral han empezado a temblar. De nuevo.

 

Enganchados a relaciones anteriores

Es algo que ha pasado toda la vida, pero últimamente tengo de la sensación de que ocurre cada vez más. Me refiero a la cantidad de gente que hay enganchada a relaciones anteriores. Hombres y mujeres por igual, sin distinción, que por alguna razón (o varias) se muestran incapaces de pasar página y permanecen atados por una especie de hilo, muchas veces invisible, a personas y momentos de sus vidas que les marcaron.

GTRES

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Esta semana, aprovechando unos días de descanso, bajé a mi pueblo y me encontré con una chica a la que hacía al menos un año que no veía. Hacía más de tres que lo había dejado con su novio, pero él fue de lo primero que me habló nada más verme. Ahí seguía, pendiente de sus idas y sus venidas, de con quien andaba, anclada en el pasado y esperando secreta y vanamente que él se arrepintiera y volviera a su lado. Aquello me hizo pensar y me acordé de todos los que conozco que están en una situación parecida. Como mi amigo Rodrigo, al que 12 años después no se le puede nombrar a su exnovia Begoña porque se le nublan los ojos y se le tuerce el gesto. Creo que no exagero si digo que vive amargado desde entonces, como si no hubiera perdonado al universo por semejante agravio.

¿Amor incondicional? ¿Dependencia afectiva? ¿Problemas de autoestima? Cada persona es un mundo, supongo. Una ruptura nunca es fácil, sobre todo cuando esta ha sido unilateral y es el otro/a quién ha decidido dar el paso, al margen de nuestros sentimientos. Aunque cada uno tiene su propio ritmo, antes o después las heridas cicatrizan y uno sigue adelante. Afortunadamente, porque si no, ¿Cómo podríamos vivir?

Pero a veces pasa que uno se queda atascado, como suspendido. En muchos de estos casos, más allá del dolor por la pérdida, intervienen algunos factores que contribuyen a ello. Dos psicólogas a las que he preguntado por el asunto coinciden al asegurar que muchas veces, amor aparte, se trata de dependencia emocional, un estado que se ve agravado por cuestiones como la inseguridad, una autoestima deficiente, idealización de la persona, intolerancia a la soledad, demasiadas autoexigencias… En ocasiones, dice una de ellas, “si el tiempo ha pasado y no se ha encontrado a nadie más, uno recurre mentalmente al referente inmediato, a aquello que le remite directamente a su experiencia del amor”. Ay, qué complicadito es a veces todo. Con lo fácil que parecía aquello de la mancha de una mora con otra mora se quita…