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Del ‘ghosting’ al poliamor, así han cambiado nuestras relaciones en estos 10 años

Estamos a punto de vivir el cambio de década, -qué bien sonáis, nuevos años 20-, y, ya que se trata de una fecha destacada, hay un poco de nostalgia en el ambiente.

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Todavía recuerdo como si fuera ayer la entrada a 2010. Estaba en el colegio y eran otros tiempos para ligar.

Por entonces era, casi todo, analógico. Vale, puede que empezáramos a hacer nuestros primeros pinitos ligando por internet.

¿Quién no se acuerda de bombardear al que le gustaba de clase a base de zumbidos de Messenger? Y si encima te ponía un comentario en la foto de Tuenti, ya tenías anécdota para contar a las amigas en el recreo.

Desde ese momento hasta ahora, las redes sociales se han convertido en el nuevo punto de encuentro.

Es raro que en algún grupo de amigos no des con una la pareja que se conoció por Instagram o aquellos que lo utilizaron para retomar el contacto después de años.

Internet lo ha puesto tan fácil que en estos diez años hemos vivido el boom de las aplicaciones para ligar. Tinder, Grindr, Happn, Badoo, Meetic…

Las opciones han sido tantas que, si no has ligado a través de alguna de ellas, ha sido -como diría tu abuela-, porque no has querido.

Esa velocidad a la hora de conocer gente y tener encuentros sexuales casi inmediatos (vamos a ser sinceros, nadie usaba las apps para encontrar pareja con la que ir a ver arte al Museo Reina Sofía), se ha traducido también en una serie de tendencias de las que la mayoría hemos salido escaldados.

El ghosting, el benching o el orbiting  nos han pasado factura. Las malas prácticas derivadas del fast dating nos han llenado la década de mensajes leídos y nunca respondidos, enigmáticos ‘me gusta’ que nunca venían acompañados de mensajes o el resurgir de un antiguo ligue sin venir a cuento.

Teniendo esto en cuenta, el panorama sentimental con el que entramos a 2020 no es, precisamente, el mejor.

Aunque me gustaría destacar que parece que, por fin, el consentimiento ha hecho acto de presencia en las relaciones de cualquier tipo, algo que hasta ahora muchos hombres no consideraban que fuera imprescindible.

Respetar el “No”, seguirá siendo el básico de los próximos diez y, me aventuro a decir, cien años. Así como seguir debatiendo sobre la explotación sexual hasta erradicarla, así como el revenge porn, difundir imágenes privadas para hacerle daño a una persona.

Desde 2010 las relaciones han evolucionado. Los posmillennials han sido clave en enseñarnos que, aunque sea novedoso, el poliamor también es una opción. Así como su manera de tener sexo, mucho menos heterosexual que la que practicamos las generaciones anteriores.

Afortunadamente, también el final de la década nos deja algunas cosas que merecen la pena.

El despertar del empoderamiento femenino a la hora de reivindicar el placer (los succionadores son el mejor ejemplo) y el slow sex, que invita a poner la intimidad en el lugar que le corresponde dedicándole no solo tiempo sino la totalidad de nuestra atención.

Duquesa Doslabios.

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¿Qué implica que la generación Z haga más tríos que los ‘millennials’?

Si me pongo a enumerar las cosas en las que creo que nos supera la generación Z a los millennials, solo destacaría que, más que nativos digitales, son prenatales y que, seguramente, tendrán menos depresión de la que ya padecen algunos de los nacidos entre finales de los 80 y de los 90.

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Pero hay una característica más que añadir a la lista. Y tiene que ver con las sábanas.

Más de la mitad de los millennials teníamos (o tenemos, depende de a quién preguntes) la fantasía de hacer un trío, una ilusión en la que la generación Z nos ha tomado la delantera.

El 10% de los nacidos a finales de los 90 ya ha experimentado lo que es el sexo en el que tres (por primera vez) no son multitud, según el barómetro de Control.

Es decir, uno de cada 10 de aquellos menores de 20 años ya han tenido sexo a tres bandas. Lo repito porque me sigue pareciendo alucinante.

Aunque, por otro lado, no sé de qué me sorprendo tanto pensando en que mi primo pequeño puede estar ahora mismo acompañado de dos amigas (o dos amigos).

No es difícil imaginar el por qué. Rara es la serie, canción o película actual (y sí, estoy hablando de ‘Élite’) en la que no se proclama el amor libre, dando alas a todo tipo de mezclas incluso cuando las experiencias sexuales acaban de empezar.

Me habría encantado que el barómetro les preguntara qué les había llevado a hacerlo, y sobre todo, si había sido tan satisfactorio como la ficción les vende, ya que dudo mucho que la mitad de posmilénicos sepan que el clítoris es algo más que una palabra que queda guay en Instagram.

(Ah, y esto lo cuento desde la perspectiva de una millennial que sí cumplió esa fantasía y que siente que no se habría perdido mucho de no experimentarla.)

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Cruda, sincera, abierta y genuina.

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Curiosamente, esto me recuerda a una conversación sobre la monogamia que tuve hace poco con mi madre. Ella me comentaba que parecía que ahora todo eran números.

Con cuántos has estado, con cuántos has tenido sexo, con cuántos quedas… Pero que realmente hasta qué punto eran relaciones sexuales que nos llenaban.

Vivimos en una sociedad en la que solo cuenta sumar, sumar seguidores, visitas, likes, series vistas en Netflix, personas con las que acostarnos y el número de experiencias que hemos tenido, ya sean con dos personas, en grupo, con espectadores…

Y no digo que no deban vivir esas cosas, que, si quieren, me alegro de que puedan hacerlo. ¿Pero tiene que ser ahora? La vida es lo bastante larga como para invitar a una tercera persona a la cama una vez sabemos como funciona el deseo sexual y el aparato genital más importante de cualquier vivencia, el propio.

Duquesa Doslabios.

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Ni eres tú ni soy yo, es que somos sexualmente incompatibles

Normalmente, cuando las películas tratan incompatibilidad sexual, se limitan a representarla mediante una escena en la que, la pareja de turno, en pleno arrebato pasional, se mete un coscorrón.

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“Oh, vaya, qué incompatibles somos que no nos hemos coordinado bien”, parece que quiere decir el momento en el que a continuación solo hay risas nerviosas y más intentos infructuosos.

Sin embargo, la falta de compatibilidad es un universo mucho más profundo, algo que, en más de una ocasión, puede que hayas tenido que experimentar.

Por lo general, si no lo ves claro, lo más habitual es que no repitas con esa persona, algo que se soluciona no volviendo a verla (pero, por favor, procura evitar el ghosting).

Pero cuando la incompatibilidad sexual se da en la pareja, no es tan fácil gestionarlo.

La primera señal de alarma, y la más sencilla de identificar, es que uno de los dos no quiere hablar de sexo de ninguna manera. Es un tema que, directamente, se evita a toda costa.

Un comportamiento que puede ser el primer indicativo de que no se toma la relación sexual como tú. Bien porque piensa que lo relativo a ese ámbito no tiene importancia o porque le puede parecer una tontería.

Sin embargo, como seres sexuales, tiene mucho peso en nuestra vida (¡en toda ella!) y en nuestra relación de pareja, por lo que debemos atender a las alarmas si las necesidades se ven descuidadas.

Las preferencias en la cama son un gran punto de no retorno, una prueba de fuego solo comparable a si le gusta la tortilla con cebolla, donde antes se van a notar las diferencias.

Y aunque no es imprescindible que sean 100% idénticas, es decir, no es indispensable que también sea entusiasta de la agalmatofília, y sienta atracción sexual por estatuas, si una de las dos partes siente repugnancia o llega incluso a juzgar las preferencias, la incompatibilidad es un hecho innegable.

No funcionar en ese aspecto hace que los intercambios sean vividos con desagrado, incluso los que no son nuestros, llegando incluso a sentir embarazo si hay escenas de sexo en la tele (no la incomodidad normal, sino una más profunda).

La incomodidad puede empezar por ahí llegando hasta el punto de no tener deseo ni ganas de tener sexo con tu pareja. También sentir desagrado al ver a la otra persona desnuda es una muestra de falta de compatibilidad.

Y, aunque muchas de ellas pueden llegar a solucionarse con ayuda y trabajo de por medio (para estas cosas existen los expertos especializados en sexología), si no tiene arreglo, lo mejor es poner las cartas sobre la mesa y sincerarse.

Duquesa Doslabios.

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¿Ha llegado el apocalipsis sexual?

Como mujer nacida en los 90, hay varios problemas que me preocupan de mi generación: la crisis económica que nos ha dejado independientemente de nuestros estudios en el paro, las malas condiciones laborales cuando tenemos la suerte de encontrar trabajo, la fuga de cerebros para trabajar de pizzero en Londres… Y, por supuesto, la crisis sexual.

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Creo que los millennials nos encontramos en pleno apocalipsis de la sexualidad y ni siquiera nos hemos dado cuenta de que lo tenemos sobre las cabezas.

De entre nosotros ya salen los primeros impotentes, ya que muchos hombres jóvenes están teniendo problemas a la hora de excitarse por culpa de los estímulos de la pornografía.

Estando expuestos y encontrando placer viendo imágenes explícitas e irreales hacen que las relaciones sexuales convencionales resulten poco estimulantes y terminen padeciendo disfunción eréctil siendo el nuevo mercado de las clínicas de salud sexual masculina.

Aunque no tenga relación con la industria cinematográfica, cabe mencionar también que la calidad del semen ha empeorado.

Ni Crossfit ni puenting, vivir en las ciudades es el nuevo deporte de riesgo ya que factores ambientales como la contaminación, los químicos que llegan a los alimentos así como un estilo de vida poco saludable en el que abunden las sustancias poco recomendables pasan factura a los espermatozoides volviéndolos más pequeños y deformes.

La conclusión es que cada vez son más parejas las que tienen que recurrir a las clínicas de fertilidad y fecundación asistida para poder tener hijos, otro punto en contra de la vida sexual de la Generación Y.

Si 1980 fue la década del sida, en los últimos 5 años podemos hablar del cáncer de garganta provocado por el sexo oral, una enfermedad que no hace otra cosa más que crecer en España.

Aunque todavía estamos muy por detrás del número de personas que lo padecen en Estados Unidos o en Europa, a este ritmo de parejas sexuales sin protección alguna, aumentarán los casos. Una enfermedad que, encima, tienen más riesgo de contraer los hombres.

E irónicamente, en contraposición a la promiscuidad y falta de barreras que hacen que crezcan los casos de contagiados de VPH, como millennials somos la generación que menos practica sexo.

Quitando aquellas personas en los veintitantos que han aceptado el celibato como forma de vida, el menos número de casos, varios estudios han revelado que nuestra vida sexual es mucho menos activa que la de la generación anterior, la nacida entre los 60 y 70.

Por mucho que parezca que las tecnologías nos acercan, la conexión online no siempre es la clave. Estamos tan saturados que nos perdemos el contacto directo, experiencias reales, vínculos en vivo y conversaciones más allá de emoticonos.

En plena era del #MeToo, la preocupación sobre la seguridad está más latente que nunca ya que cada vez hay más conciencia sobre los riesgos de quedar con personas desconocidas.

La masculinidad tóxica propia de una sociedad machista también deja claro que debemos aprender nuevas maneras de relacionarnos alejadas de los estereotipos de género y del mito del amor romántico.

Y si a eso le sumamos nuestros problemas de compromiso, que no nos casamos, que no tenemos prisa en dar pasos acompañados, (algo que no tiene por qué ser necesariamente malo) tenemos el último factor que prueba que los millennials estamos en pleno cambio afectivo-sexual.

Pero que no cunda el pánico, al igual que hemos salido de la etapa de los contratos de prácticas cuando parecía imposible, saldremos de esta. Somos millennials.

Duquesa Doslabios.

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“Necesitamos que a las parejas liberales no nos miren mal”

He de admitir que uno de mis proyectos fallidos este 2018 fue intentar entrar en la zona swinger del Salón Erótico de Barcelona. Y eso que mi amiga y yo lo teníamos todo controlado.

TINDER

Habíamos encontrado dos chicos que también querían conocerla y habíamos hecho la cola. Me encontraba sacando el dinero para pagar, y, al girarme, nos habían hecho una bomba de humo.

Ahora recordamos la anécdota no solo con risas sino que me sirvió para conocer a Luis Alfonso Beltrán. Padre de familia y escritor, empezó en el ambiente liberal hace 20 años, una experiencia que cuenta en su libro Ambiente Swinger o Liberal.

Lo primero que me cuenta es que pese a que muchos lo usemos como sinónimos, swinger y pareja liberal no significan lo mismo.

Swinger en la pareja es una situación que se da dentro del matrimonio. Las parejas liberales tienen la libertad de tener relaciones fuera del matrimonio”, me explica.

Su objetivo al sacar el libro hablando del desconocido mundo de las relaciones liberales es normalizar su estilo de vida ya que, admite, “desde fuera tiene una mala aceptación”.

“Necesitamos que no nos miren mal“, dice a modo de resumen, algo que ya le ha pasado factura puesto que desde que sacó el libro, su relación ha cambiado con algunos grupos de amigos que no quieren que los cataloguen.

Al llevar más de veinte años dentro del mundillo, me interesa saber cuáles son los cambios más llamativos que ha visto, variaciones que ha notado especialmente en el dress code.

Hace diez años se vestía de manera más elegante y la mujer, de manera provocativa ya que en palabras de Beltrán “es el gancho de la pareja en el ambiente liberal”.

“La mujer es quien tiene el poder, el hombre se amolda”, dice el escritor. Ahora la etiqueta es más informal, algo que achaca a la juventud de las parejas.

Pasar de pareja monógama a liberal es algo que ha tenido un proceso. “He tenido que conocer a mi mujer para saber que quiero compartir estas cosas con ella”, afirma el escritor, que me explica que ser swingers suele ser el primer paso antes de ser una pareja liberal.

No sigue un patrón estándar ya que la situación varía en cada caso. Se va evolucionando, por lo que cada relación, que es un mundo, puede empezar de manera distinta.

Respecto a cómo se puede abordar la situación como cuando, en su caso, hay hijos, el escritor revela que cada familia trata el tema a su manera. En el caso de su hija se enteró en la adolescencia y “lo encajó con bastante normalidad. Seguimos siendo la misma familia”, dice Beltrán.

“Mi hija es monógama. Siente respeto por nuestro estilo de vida pero no lo comparte”.

Duquesa Doslabios.

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Posiciones para tocar clítoris como si no hubiera un mañana

La penetración está muy bien, no te digo yo que no. Sobre todo si viene acompañada de complementos, como la ensalada.

Pero la penetración acompañada de meneo clitoriano es más placentera que explotar un grano (hoy me he despertado salida y escatológica, qué le vamos a hacer).

Los años de práctica como clitoriana me han hecho formar un top de posturas “Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo toco”:

5. En el último puesto: el perrito. Las embestidas traseras pueden hacer un poco complicado mantener un ritmo decente, es por eso que queda en el último puesto.

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4. A cuatro patas invertida: esta postura permite que tu pareja se encargue de darle vida al asunto. Pero claro, entre el movimiento, la mano y demás, o tiene muchas habilidades o aquello termina más descuadrado que las ventanillas de los aviones.

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3. De espaldas haciendo sentadilla: para las que no tardáis mucho va bien, pero las que necesitamos un poco de tiempo terminamos con el cuádriceps reventado, por lo que queda en el ecuador de la clasificación.

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2. El misionero: parecía que no, pero la mano entra perfectamente entre pubis y pubis. ¿Lo mejor? Estás cómodamente tumbada y puedes elevar las piernas para experimentar con nuevas sensaciones.

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1. Sentada encima (en el suelo): ponte en modo dominatrix y ordena a tu pareja que se tumbe bocarriba en el suelo (con una almohadita debajo de la cabeza, que ser dominatrix no significa que tengas que dejar al otro desnucado). Siéntate encima con las piernas flexionadas y ponte en modo rana saltadora. Importante que sea en el suelo ya que si lo haces en una superficie que no sea fija, tu pareja se mueve por la inercia y terminas perdiendo ritmo.

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Y ahora mi momento favorito: cuéntame cuál es tu postura preferida para tocarte el clítoris (así podemos copiarte en cuanto tengamos oportunidad).

Los errores que cometes (sin saberlo) cuando practicas sexo anal

De la serie Los errores que cometes (sin saberlo) cuando le haces una felación, y Los errores que cometes (sin saberlo) cuando le haces un cunnilingus, llega el tercer volumen para todos los que tienen curiosidad acerca del sexo por la puerta de atrás.

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“Las cosas no están bien por hechas, sino por bien hechas”, una máxima que deberás aplicar a la hora de tener sexo anal ya que estos son los errores más comunes a la hora de ponerse manos a la obra:

  1. Estresarse: el acto de ser enculado empieza en la mente. Para comenzar hay que estar mentalizado de que es una práctica sexual como cualquier otra, que no tiene nada de malo y cuyo fin es el placer. Aquí hemos venido a pasarlo bien.
  2. No ir al baño antes. No digo inflarse a laxantes, una limpieza de colon o usar una pera para ducha íntima. Basta con que hayamos ido al baño un par de horas antes para que tengamos el camino despejado. Y por supuesto lavarnos la zona con agua y jabón.
  3. No excitar. El recto es un músculo, y aunque mentalmente no lo podemos controlar podemos conseguir que se relaje. ¿Cómo? Estando excitados, por lo que lo mejor es estar estimulando el clítoris de manera continua de principio a fin.
  4. No lubricar adecuadamente o directamente no lubricar. Si no hay una adecuada lubricación puede ser la primera y última vez que practiques sexo anal. Piensa que el recto está diseñado como vía de escape, no como zona de carga y por tanto no se humedece naturalmente.
  5. Usar lubricantes de base oleosa es mucho más incómodo que usar uno de base acuosa. El lubricante a base de agua no se convierte en algo pegajoso, y aunque hay que reponerlo más a menudo, es preferible a la hora de tener sexo anal.
  6. Meter el pene directamente. Al ser un músculo, hay que acostumbrarlo previamente. Se puede empezar metiendo un dedo delicadamente (prohibido llevar uñas largas) y una vez entre sin problema pasar al pene.
  7. No usar condón. Independientemente de que a través del ano no exista riesgo de embarazo, sigue siendo una vía de contagio de enfermedades de transmisión sexual, por lo que el condón, además de más higiénico, es obligatorio.
  8. Ser impaciente. Esto no es como el sexo vaginal, no se puede meter nada rápido. Hay que tomarse su tiempo por lo que escoge un momento en el que no tengas ningún tipo de prisa y puedas dedicarle la atención que se merece.
  9. Dar duro. Esto no es una película pornográfica en la que los actores puedan meterse una berenjena por el ano sin sentir ni padecer, por lo que es muy importante la gentileza y ser delicado. El sexo anal es una cuestión de confianza, ya que confías plenamente en que la otra persona va a parar si a uno le duele. Recuerda que el dolor es una señal de que algo está yendo mal. Es mejor parar y volver a empezar varias veces antes que arriesgarse a un desgarro.
  10. La posición inadecuada. Para creativos en la cama ya está el sexo vaginal. En el anal el receptor debe estar relajado, por lo que las posturas más cómodas son la del perrito o tumbados medio de lado. Esta última hace algo más tediosa la penetración pero es la que permite que el receptor pueda estimularse cómodamente mientras el otro trajina a sus espaldas.

Una vez está entro, solo queda disfrutar de los orgasmos estelares, ya que la sensación de placer es mucho más intensa que durante la penetración vaginal (recordad que el clítoris no debe abandonarse en ningún momento), y, también, aguantar las ganas de ir al baño, que son algo normal y simplemente fruto de lo que está pasando detrás.

Duquesa Doslabios.

Las cosas que he aprendido de sexo a lo largo de mis 20 años

Puedes ponerte a follar mientras haces el amor, con rabia, con fuerza, con desenfreno, con ganas, contra la pared… Pero nunca, mientras follas, podrás fingir que estás haciendo el amor.

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Esa fue una de las primeras cosas que aprendí a lo largo de mi veintena, que más allá de la química, los sentimientos no los podía simular. Aprendí rápido a diferenciarlo, por mucho que las películas y libros de mi adolescencia me insistían en que solo estaba bien hecho el sexo si era con alguien con quien me uniera un sentimiento.

Admito que con los años me he relajado, y es que al principio, la mera idea de tener sexo era sobrecogedora de todo el esfuerzo que implicaba por mi parte.

No sé bien por qué, insistía en comprarme lencería cada vez que conocía a alguien. Y eso sin contar las horas depilando cada zona de mi cuerpo al milímetro para que no hubiera un solo pelo fuera de sitio, que, por aquella entonces, tenía la impresión de que la más mínima aparición de vello corporal cortaría cualquier posible oportunidad de tener sexo.

Pero como os digo, me he relajado. Si bien lo de la lencería lo he dejado para ocasiones especiales, para dar una sorpresa de vez en cuando, la depilación se ha vuelto un tema secundario hasta llegar al punto de que apenas le presto importancia.

Si antes era algo para ellos, para seguir su fantasía de que ahí abajo las mujeres somos lampiñas (también es cierto que mis compañías venían muy influidas con el porno), después empecé a dejármelo como yo quería, ya fuera por gusto o comodidad, y, para mi sorpresa inicial, no cambió nada en absoluto.

Dejé de pensar en el sexo como en un escenario donde tenía que dar lo mejor de mí SIEMPRE: probar cincuenta posturas en un minuto, subir una pierna, moverme, tener siempre el pelo perfecto o la luz adecuada para que no se me marcara la piel de naranja. Entendí que mi vida sexual no tenía por qué parecerse a una película porno, que disfrutaba más sin tanto agobio y dejándome llevar.

Me di cuenta de que mi cuerpo era perfecto para el sexo independientemente de arrugas o cicatrices, de kilos de más o de menos, de que tenía que dejarme de complejos porque mi vagina no cambiaba para nada y que el clítoris, menos todavía.

Durante los veinte años me di cuenta de que el sexo estaba sobrevalorado. Que no el placer, sino el sexo, el acto en sí, el “toma y daca”, el “mete y saca”. Pero claro, al empezar mi vida sexual aquello era el culmen, el broche, el punto final, lo demás son solo paradas breves antes de la última estación. Pero pasan los años y descubres que no todo es el coito, que la mayoría de las veces una buena comida puede ser mucho más espacial (por aquello de que es como antes subimos muchas a las estrellas).

Aprendí a “ser egoísta” en la cama, a mirar por mi placer porque ellos no lo hacían. A tomar riendas en el asunto y dejar de fingir unos orgasmos que nunca sucedían. A pararme y decir “me gusta así”, porque con el tiempo, le perdí la vergüenza a hablar y prefería sincerarme antes que seguir con unas interpretaciones que habrían sido de Óscar.

Por animarme a hablar, aprendí a ser sincera y también a ser empática. De mi primer encuentro con un gatillazo, solo recuerdo sentirme incómoda y poner distancia de por medio, los pocos que vinieron detrás me hicieron más comprensiva y que mostrara mi apoyo, lo que, definitivamente, tuvo mucho mejor resultado.

Me di cuenta de que mi número daba absolutamente lo mismo y aprendí a quitarle importancia al hecho de tener sexo en una primera cita, en la número 37 o a no tener sexo en absoluto en meses.

Y es que por último, aprendí que, si a veces no me apetecía, estaba bien y no pasaba nada. Hormonal, emocional o personalmente he pasado por momentos en los que la libido estaba en las nubes y otros en los que no me apetecía ni la de Vladimir (una paja y a dormir). Imagino que, al final, no es que haya aprendido más o menos sobre sexo, sino que, a lo largo de mis veinte años, he aprendido sobre mí.

Duquesa Doslabios.

Cinco películas porno para entrar en calor con tu pareja

Confieso que soy una sibarita de la pornografía. Le dedico bastante tiempo a la búsqueda de un vídeo que cumpla los requisitos que quiero ver en la pantalla y aún así, no siempre me siento totalmente identificada con lo que veo.

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Sin embargo, aún con eso, podemos utilizarla como parte de la experiencia sexual para empezar a ponernos en situación o sacar nuevas ideas de posturas y juegos.

Tras una cuidadosa búsqueda, he hecho una selección de cinco vídeos que creo pueden gustarnos tanto a nosotras como a vosotros.

A mi parecer, un vídeo porno de calentamiento debe durar entre 5 y 10 minutos, lo suficiente para crear el ambiente pero no lo bastante para que resulte cansado estar pegados a la pantalla en vez de haciendo otras cosas.

Es importante también, o al menos para mí, que tengan buena calidad, que no estén censurados y, por supuesto, que no tenga música de fondo.

Sexo en el gimnasio: porque entre el sudor, la ropa ajustada y los músculos marcándose, el gimnasio es el nuevo picadero. No volverás a ver las máquinas con los mismos ojos.

Por la silla: si bien el cunnilingus se queda un poco corto, el vídeo presenta interesantes alternativas respecto a cómo utilizar una silla. Ideal para esas tardes en las que estamos sin ideas y nos apetece improvisar nuevas posturas con el mobiliario de casa.

Por el sexo oral: casi cuatro minutos de sexo oral (vale que algunos son con música, pero podemos hacer la vista gorda) de los que puedes tomar nota para tu repertorio. Es un vídeo perfecto para imitar con tu pareja mientras se reproduce.

Por la posición: un vídeo muy sorprendente que para pillar los matices de la postura tienes que ver por lo menos dos veces.

Por el actor: Nacho Vidal es sin duda uno de los nombres por excelencia del porno. Aunque cualquiera de sus vídeos son un preliminar ideal para las parejas a las que les guste “jugar duro”, este vídeo, algo más vainilla, es para todos los gustos.

Los cinco enlaces han salido de Xvideos, no porque me paguen (ojalá) sino porque es la página que visito normalmente y estoy familiarizada con ella.

Duquesa Doslabios.

Mis propósitos sexuales para 2018

Mi 2018 empezó, como uno de mis últimos post del año, en la habitación de un hotel, en la undécima planta de uno con vistas a la Castellana de Madrid.

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En la cama king size dormía una mujer, una de mis personas favoritas, después de una de esas noches surrealistas que solo suceden al lado de las buenas amigas que más que amigas son hermanas de otra madre.

Este 2018, francamente, ha tenido uno de los mejores comienzos que recuerdo de mi vida.

Y como soy mujer de costumbres, y aprovechando que mi amiga continuaba inmersa en su primer sueño de 2018, empecé a pensar en los propósitos del nuevo y recién estrenado año.

Los generales los tengo ya pensados desde finales de 2017, pero quería enfocarme en aquellos más personales, esos que involucran más que cabeza, corazón.

Así que para 2018 me he propuesto besar más, besar todo lo que pueda y en general. Besar más a mi familia siempre y cuando la tenga cerca, besar a mis amigos, besar a mi pareja hasta el hastío, hasta que proteste de tanto beso. Besarle hasta que mi versión quinceañera sienta que me estoy pasando de dar besos.

Me he propuesto, también, cumplir más fantasías sexuales y repetir aquellas que ocupan los primeros puestos de mi lista de favoritas. Da igual si alguna parece una locura, como esa del año pasado en la que por los pelos nos pillan. De hecho quiero atreverme a hacer una insensatez, una imprudencia o un disparate (dentro de los límites de la salud, por supuesto).

Este año voy a trabajar en la calidad aprendiendo más de sexo, informándome de lo que me produce curiosidad para quitarme los pocos miedos o bloqueos que pueda tener al respecto (o que pueda tener mi pareja).

Porque uno de mis objetivos principales va a ser trabajar la conexión emocional, seguir repitiendo los “hablemos de nosotros” que sirven para sincerarnos acerca de cómo nos encontramos dentro de la relación.

Y, por supuesto, este 2018, voy a seguir queriendo con todo el corazón cuya carne siempre echo por completo en el asador. Voy a seguir con esa manera de amar sin condiciones ni límites que me ha traido tanta felicidad estos años y espero que me la traiga también en los venideros.

Ya llevo dos días queriendo y casi no puedo esperar a seguir queriendo a mi pareja durante otros 363 días.