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Vida en pareja feminista: ¿cómo repartirnos los gastos?

Hace unos meses dejé mi trabajo de jornada completa para lanzarme al vacío de volver a estudiar. Y digo vacío porque mi cuenta bancaria fue la primera que apreciaría la nueva situación de dejar de recibir aquellos ingresos estables.

Estando independizada, con un alquiler, las facturas de la casa y una nevera por llenar, de repente, aquello de estar independizada se sentía como una carga. Una carga cara que mantener a costa de mis ahorros.

Mi pareja lo veía distinto, durante esa nueva fase de estudiante quería ser él quien se encargara de los gastos.

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Pero claro, educada en el feminismo, en la independencia, aquello me hacía sentir fatal conmigo misma.

En la medida que pudiera, quería aportar, así que al final quedamos en hacer una distribución equitativa que ha llegado para quedarse.

Y es que, por primera vez, le vi las goteras al discurso de la igualdad entre hombres y mujeres. Nos vamos a convivir con nuestra pareja pagando todo al 50%. Pero, ¿nuestros ingresos son los mismos?

Me encantaría dar un golpe en la mesa con cifras paritarias en lo que a salarios de la gente de mi edad se refiere. Pero no puedo hacerlo.

En la mayoría de parejas de mi entorno, nosotras ganamos menos que ellos. El desfase de la muestra podría no ser representativo, pero que, llevado a la población española, se mantiene.

Es lo que conocemos como «brecha salarial» o que cobremos un 28,6% menos que nuestros novios o maridos (según datos de Técnicos del Ministerio de Hacienda del año 2020).

¿Igualdad? Mejor equidad

Después de hablarlo con mi pareja instauramos una nueva distribución de los gastos.

Ajustando mi porcentaje de participación a los ingresos que recibo, como puede ser esta colaboración con 20 Minutos o trabajos puntuales, coincidimos en que tenía todo el sentido del mundo dividirlo de esa manera, más justa.

A fin de cuentas, los dos nos estamos beneficiando de vivir juntos en un piso que nos encanta y él tiene una situación mucho más desahogada que la mía.

Aunque debería ser ‘lo normal’, igualmente me sorprendió ver su mentalidad de equipo, su predisposición a que este cambio se hiciera cuanto antes porque, en su opinión, tenía que centrarme en los estudios y olvidarme del resto.

Y no porque le urgiera que, en cuanto empezara a trabajar, «devolviera» la parte que él había puesto de más.

Más bien por el simple motivo de que quiere verme crecer y su forma de apoyarme en el proceso es disipando agobios externos que pueda tener.

Porque, como sabemos, si las tornas se invirtieran, yo haría lo mismo por él.

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Nuestro caso no es el habitual, ya que el reparto que se hace normalmente es del 50-50. Algo muy asimétrico, por otro lado.

No digo que este sistema sea el modelo perfecto, pero sí que bien merece la pena revisar cuáles son las condiciones económicas de los miembros de la pareja para ver de qué manera se puede equilibrar la balanza.

Es una manera de hacer activismo feminista sin salir de casa y que -aprovecho para hacerme publicidad, que como te he dicho más arriba ahora mismo llevo vida de estudiante y la venta de libros me viene como agua de mayo- explico largo y tendido en Todo lo que mi novio debe saber sobre feminismo (Grijalbo, 2023).

Quiero terminar el artículo con una reflexión final para quienes todavía no ven esto claro.

Estamos a favor de que las personas con rentas altas paguen más impuestos y, las personas con rentas más bajas, menos, lo que se conoce como equidad distributiva.

Esta proporcionalidad tributaria se basa en que los gastos públicos no sean desmesurados en cuanto a las capacidades económicas, porque beneficiarían a los contribuyentes económicamente privilegiados.

Si eso implica que se reconozcan las características y condiciones personales, para asegurar que todo el mundo tenga acceso a lo necesario para vivir dignamente, ¿por qué en pareja no es igual de habitual llevarlo a cabo?

Mara Mariño

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¿Vamos a funcionar si el sexo es aburrido?

Nunca vas a encontrar a nadie que en la cama tenga el mismo gusto que tú.

Habrá personas con quien tengas mucha química, otras con quien las preferencias sean muy parecidas, pero dar con una ‘media naranja sexual’ es tan irreal como esperar encontrarla en la vida real.

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Y es una de las cosas que más nos cuesta entender y posteriormente negociar, ya que lo tomamos como motivo de incompatibilidad y señal inequívoca de que no puede funcionar.

Pero vamos por partes: ahora que ya has identificado que vuestros gustos no parecen aproximarse lo más mínimo o que la insatisfacción empieza a abrirse camino, el primer paso es sacar el tema (y preferiblemente en un contexto que no sea sexual).

Tener la conversación al respecto no es fácil, porque es un tema privado muy personal que no sabes cómo lleva tu acompañante.

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Además puede despertar vergüenza, timidez y otro tipo de reacciones que hagan que se cierre en banda.

Una aproximación asertiva puede ir desde «Me gusta cuando hacemos esto, pero querría probar esto o esto», «No quiero que hagas cosas que no quieres, pero me gustaría que nuestra vida sexual fuera más dinámica y estas son mis ideas» o «Necesito que hablemos de esto y que mejoremos en este aspecto porque siento que desde hace un tiempo el sexo es algo aburrido/estoy insatisfecha/o con nuestra vida íntima y es algo que valoro en la relación».

El segundo punto es escuchar, saber en qué situación está tu pareja y cómo se siente sobre el sexo y sobre lo que le comentas. De esta manera, identificarás en qué punto está y qué puedes aportar que le ayude a abrirse íntimamente.

Puede ir desde que necesita seguridad emocional o quizás un erotismo a vuestra medida (y no el que ves en las películas).

Porque el tercer punto es llegar a la conversación de lo que os excita y cómo podéis trasladar eso a la relación física, teniendo en cuenta las preferencias del otro.

Un trabajo en equipo

Todos tenemos límites y aprovechar que se ha puesto el tema sobre la mesa, es una buena ocasión para marcarlos.

Pero si los límites son no tener la conversación o no tomarse en serio las emociones por la insatisfacción en la cama, el problema ya no es solo el sexo.

Sí, se puede cambiar una visa íntima monótona en el momento en el que las dos personas están dispuestas a trabajar por ello.

Para hacerlo, hay que ir con calma, pasito a pasito, de la mano, dejando claro que el ritmo lo marcará quien necesite más margen de maniobra y haciendo saber que se puede parar o reconducir si hace falta en cualquier momento.

Decir en alto que se tienen nervios o incluso contar por qué aterra el cambio son otras buenas estrategias. A veces decirlo basta sacarlo del pecho para que se pase el miedo.

Mi recomendación es ‘desde abajo’, por lo que gusta a ambas personas y luego, poco a poco, probar un juguete, una práctica nueva, ver una película excitante…

Es clave comprender que la curiosidad sexual no tiene que ser un deber, algo que se hace por otra persona, sino descubrir sus beneficios.

En el sexo podemos explorar sin prejuicios, alejarnos de lo que somos en el día a día y reinventarnos, ir a por nuestro placer y hacernos sentir bien.

Como cierre, recordar que el sexo tiene que ser divertido para todos los participantes, si solo lo es para una persona, tan buen sexo no es.

Mara Mariño

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Síndrome de Wendy: cuando en vez de su novia te sientes su madre

Tengo una amiga que, estando en una relación, estaba pendiente de limpiar y recoger todo lo que iba manchando su pareja, de que nunca faltara en la nevera lo que a él le gustaba.

Hasta empezó a dedicar sus horas libres a arrancar un proyecto laboral de su novio para que este pudiera ‘cumplir sus sueños’.

Esa amiga cayó en el Síndrome de Wendy. Y la amiga soy yo.

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Veía la película de Peter Pan con la misma cercanía con la que veía mi día a día. Como hermana mayor, estar pendiente del pequeño de la casa siempre ha sido lo más natural del mundo.

Querer protegerle y ayudarle en todo lo que estuviera en mi mano era mi forma de mostrarle mi cariño.

Podía sentirme identificada con Wendy, que vigilaba que sus hermanos pequeños estuvieran siempre a salvo y cómodos y lo hacía extensible a Peter Pan.

Años más tarde, aquello salía a la luz en mi relación de pareja. Yo estaba convirtiéndome en su madre sin darme cuenta.

Nadie me había dicho que tenía que asumirlo, como tal. No me habían sentado en una sala a aleccionarme sobre cómo debía hacer para que no le faltara de nada.

Pero al verle tan ‘dejado’, directamente asumí el rol de cuidadora sin tener una conversación al respecto ni plantearme si era lo que quería hacer.

También me limitaba a repetir lo que llevaba viendo hacer toda la vida: a mi madre en modo multitasking encargándose de todo lo que implicara la gestión de la casa y el cuidado de sus tres hijos, mi hermano, mi padre y yo.

No sé cómo llegué al punto de estallar por hartarme de la situación, cuál fue la gota que colmó el vaso, pero aquello terminó reventando.

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Porque llegó un momento en el que vi que era yo quien estaba asumiendo más carga de trabajo y encima estaba poniendo su autorrealización laboral por encima de la mía.

El Síndrome de Wendy campaba a sus anchas en nuestra relación. Yo sentía que para ser valorada en la relación debía comportarme de esa manera.

Mi espontaneidad a la hora de que no me estresara el desorden o aceptar que tenía que ayudarle, porque parecía que solo no podía sacar su proyecto adelante, dejaba de lado mis propias necesidades.

Para mí, amor era sacrificio de mi tiempo, de mis sueños. Para él, comodidad y ser el protagonista de la historia.

Así pues, aunque esa relación no terminó funcionando, me ha servido para darme cuenta de que ese síndrome no puede venirse conmigo.

Porque una relación es entre dos personas independientes que deciden empezar un camino juntas en igualdad de condiciones.

Y claro que habrá veces en que uno tenga que tirar más, pero el compromiso y la implicación a la hora de hacer las tareas, debe ser 50-50.

Necesitamos ser individuos capaces de poner una lavadora, pero también de perseguir nuestros sueños sin que alguien nos lleve de la mano para hacerlo.

Valorar a la pareja no debe ser recibir el apoyo en forma de todas esas cosas tediosas que no se quieren hacer (pero que son necesarias).

Contar con una figura maternal que te cuida y te permite que disfrutes haciéndose cargo de esas responsabilidades.

Peter Pan necesita crecer y ser autónomo para que Wendy pueda ser feliz volviendo a dedicarse a sí misma.

Mara Mariño

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