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No es a tu amiga a quien tienes que prevenir de los pinchazos de droga

El sábado salí a bailar. Pedimos agua y la vaciamos del tirón.

Así que el miedo de que nos echen algo en la copa parece casi de los 80, cuando mi madre me decía que tapaba su vaso con una servilleta.

«Tía, ¿te has enterado de lo de los pinchazos?», me pregunta mi amiga.

mujer discoteca

PEXELS

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Y procede a explicarme cómo una tendencia de drogar vía intravenosa -mediante una inyección-, para luego violar a la víctima, se ha empezado a propagar en España.

«Ha pasado en los San Fermines», me dice hablando de este nuevo sistema mucho más rápido -entra de inmediato al torrente sanguíneo- y anula por completo la voluntad.

Protegerse ante eso ya no es tan fácil como ponerle un trozo de papel por encima a una copa, hablamos de empezar a salir de casa con una armadura para evitar el aguijonazo.

O no salir, directamente, si no tenemos a mano la opción estilística medieval.

No le doy más vueltas. Río y bailo con ella. Nos lo pasamos como adolescentes y volvemos a casa sana y salvas. La noche ha sido nuestra.

Al día siguiente una famosa cuenta de Instagram habla de que la noche anterior, en un local de Barcelona, dos chicas han sido pinchadas.

Cuentan su experiencia, los síntomas a los que se debe prestar atención. Tuvieron la suerte de actuar rápido y nadie se aprovechó de su situación.

La misma historia me la pasa una amiga de Barcelona por Whatsapp, nos pide ir con cuidado.

El fin de semana que viene tengo una despedida de soltera en esa ciudad y pienso en lo mucho que me fastidia tener que ir como un perro guardián.

Vigilando que mi rebaño de amigas se mantenga junto en todo momento, atenta a cualquier señal de que algo raro está pasando.

Pienso en lo que va a ser tener que alertarlas de todo esto.

Ponerles en antecedentes de que, si notan un pinchazo, avisen inmediatamente al resto.

Envidio el privilegio masculino de pasarlo bien de fiesta y ya.

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En tan solo dos días tengo la sensación de que esta nueva manera de drogar, ha sido el monotema.

Y siento un deja vu de cuando hablablan de las drogas que se inspiraban o de la burundanga. Todas usadas para lo mismo.

Ya empieza a convertirse en costumbre que el hit del verano venga acompañado de la sustancia de turno para conseguir forzarnos.

Lo peor es que el mensaje es el mismo, hacia nosotras.

Pidiéndonos que sepamos como actuar, recomendándonos ir a un centro de salud por si es una aguja reutilizada (ahora además de ser drogada, de regalo te puedes llevar el VIH).

Los mensajes concienciadores hacia los agresores ni están ni se les espera.

 

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No he visto una sola historia ni sé de ningún amigo que haya recibido el mensaje de «No pinches a nadie para forzarla. No está bien. No lo hagas».

Y me encantaría que no solo se viralizaran las reflexiones de que somos las víctimas las que tenemos que andar con mil ojos.

Ojalá el mismo volumen de mensajes previsores para nosotras lo fueran de mensajes disuasorios para ellos.

Así que ahora te hablo a ti, lector, que tienes una posición de privilegio. Que te escuchan y te toman en serio, que no van a llamarte «dramática» ni «exagerada».

No quiero entrar en la reflexión de que, una de esas mujeres pinchadas, puede ser tu prima, tu novia, tu hermana…

Porque aunque no haya parentesco o lazo de ningún tipo, no necesitan formar parte de tu entorno para que merezcan ser tratadas como el resto de personas.

Te propongo que pruebes a cambiar el enfoque ahora que ves todo esto que está pasando.

Y que en vez de alertar a tus amigas, hables con los hombres de tus círculos.

Diles que den la voz de alarma a su vez o avisa de que condenas esto, ponlo de vuelta y media, critícalo con todas tus fuerzas.

Usa tu voz y tu espacio para condenarlo, que esta sea tu manera de luchar para que no nos lo sigan haciendo.

Porque puede que no conozcas de nada a la próxima chica que vaya a ser pinchada, pero recuerda que la mayoría de tus amigos son hombres heterosexuales, que es lo que tienen en común con los agresores que buscan anular la voluntad al suministrar esta droga.

Con un poco de suerte, hacer las cosas distintas -por una vez- puede llevarnos a un resultado diferente y no al de siempre.

Mara Mariño

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Si es tu pareja, ¿necesita tu consentimiento?

Te planteo una pregunta: el que era mi novio de aquel momento, estaba tumbado en la cama. Yo me encontraba recostada a su lado.

Estábamos viendo la reposición de una famosa serie de televisión cuando me dijo que si se la podía chupar.

Una pareja sentada en la cama consentimiento

PEXELS

En aquel momento, con toda la pereza del mundo de estar en la postura perfecta sin ganas de nada que no fuera seguir tumbada, le dije que no me apetecía.

Se incorporó y empezó a decirme que cómo podía ser tan egoísta. Que si me lo pedía era porque lo «necesitaba», porque «estaba pasando un mal momento», porque aquello le haría «pensar en otra cosa».

Si como pareja suya, no era capaz de ver todo eso, si no lo hacía por «el amor que sentía», es que no era «una buena novia».

Bajé la cabeza y se la chupé.

Y ahora la pregunta: ¿consentí a tener sexo?

Accedí, sí, pero de manera coaccionada, sin ninguna gana de hacerlo.

Solo por la presión de su discurso y por haber pulsado una tecla que siempre funcionaba conmigo, la de la culpabilidad de querer ser la mejor pareja.

Accedí y ahora me arrepiento. Porque así no debería ser poner en práctica algo placentero, con un chantaje emocional, haciendo a la otra (o al otro) sentir mal.

Accedí, pero mi consentimiento interno -que no el que puse en práctica- no estaba de acuerdo con mis acciones.

En aquel momento tenía que haber visto que, una persona que recurre a la manipulación para conseguir algo (lo que sea), no era buena para mí.

Pero llegamos a una pareja todavía con muchas cosas que desaprender. La primera es que estar con alguien nos abre la puerta a una barra libre de sexo. Cuando y donde quieras puedes pasar por la estación de sus piernas a recargar o descargar, lo que prefieras.

Y nosotras todavía arrastramos la culpabilidad de que, si nuestra pareja no está satisfecha, puede irse a otro lugar -que es otra persona- a conseguir eso que no podemos darle.

Lo que deberíamos tener claro, en su lugar, es que si esa es la razón por la que alguien se va de nuestra vida, no es la persona que queremos a nuestro lado. Mejor solas que forzadas a follar.

Estar en pareja implica que haya sexo siempre y cuando las dos personas quieran tenerlo por voluntad propia. Si uno de los miembros no está de acuerdo por lo que sea (dolor, sueño, cansancio o que no le apetece y punto), debe ser respetado.

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Que haya sexo en pareja no implica tampoco acceder a cualquier tipo de sexo. No todas las prácticas se pueden realizar sin tener antes una conversación primero asegurándonos de que no cruzan los límites de nadie.

Así que quédate con esto: si ignora tus negativas, si te coacciona, si te manipula, si se enfada si no lo haces, si te amenaza, si te resignas, no estás teniendo sexo con tu pareja. Te está violando tu pareja.

Mara Mariño

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Decimos que ‘si tocan a una, nos tocan a todas’ porque ya lo han hecho

«Me gusta ser mujer», proclama una famosa marca de compresas en sus anuncios.

Entonces ¿por qué hay tantas ocasiones que no quiero serlo?

UNSPLASH

¿Por qué lo vivo como si en la lotería de la genética me hubiera tocado estar con el equipo perdedor, el XX en vez del triunfante XY?

¿Por qué en vez tener siempre la felicidad que muestran las actrices en la pantalla para mí es una carga?

Porque ser mujer tiene de idílico más bien poco.

Porque no hay nada satisfactorio en saber que, el hecho de que llegues a casa esta noche, no depende nunca de ti. De tu voluntad.

Ni por mucho que tu madre te diga «Ten cuidado al salir, hija».

Ni aunque sigas al pie de la letra el manual de la «chica buena» que sutilmente nos vende la sociedad machista.

Esa que no bebe, no lleva ropa corta, no sale de fiesta, no coge el atajo por las callejuelas para llegar a casa antes…

Porque algo puede pasarte siempre, a los 8 años, a los 16, a los 50, haciendo running por un parque a mediodía, en el autobús cualquier día de enero camino a la oficina, llevando tu chandal más viejo paseando a tu perro.

Porque si me duele tanto leer noticias de agresiones sexuales es porque sé lo que es.

Porque quizás no todos los hombres las cometan, pero sí todas las mujeres tienen un caso que contar.

Porque vamos cada día de la mano del miedo, sabiendo que lo menos grave que te puede pasar es que él (o ellos) se quede contento con agredir y te deje seguir viviendo.

Porque decimos que «si nos tocan a una nos tocan a todas» y realmente se siente de esa manera.

Así de profundo y visceral. Como si te hubiera pasado también a ti.

Porque ya lo han hecho. Porque ya nos han tocado, insultado, agredido o acosado en algún momento.

Y eso es lo que no puede seguir pasando. No queremos ser más del equipo perdedor.

Duquesa Doslabios.

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Cultura de la violación, vamos a por ti

Hace algunos años, vivía en Italia. Primero estudiando y luego trabajando, de forma que pude ver de primera mano una de las cosas que menos me gustaban de allí: el machismo.

Un machismo muy parecido al español, escandalosamente evidente, pero tan silenciado que era casi de mala educación mencionarlo.

En Italia, como aquí, la víctima nunca es la mujer agredida. En todo caso es el agresor.

GTRES

Fue algo que aprendí cuando, uno de esos días en los que iba al trabajo, un desconocido me siguió por el tranvía hasta ponerse a mi altura y tocarme de cintura para abajo en varias ocasiones.

Al increparle en alto con mi italiano básico empezó a llamarme loca, como si me lo estuviera imaginando todo.

Nadie de mi alrededor más cercano hizo nada por mí hasta que distintas mujeres salpicadas por los extremos de la cabina empezaron a gritarle -a una- que se bajara.

Cuando llegué a la oficina, todavía temblorosa, y le conté lo que había pasado a mi jefe, pavesano de pura cepa (aunque podría haber sido de cualquier otra parte de Italia), no solo me llamó exagerada.

Afirmó que debería sentirme halagada de esa clase de atención y que verlo como una agresión me convertía, y cito literalmente, en una radical.

Tres años después, sale en los medios italianos el caso de un empresario de 43 años que drogó, secuestró y violó de todas las formas posibles durante horas -grabándolo en vídeo desde distintos ángulos- a una mujer de 18 años.

Y, como podría pasar en España, las reacciones han ido del “Hay que ver estas chicas de ahora que solo quieren hundir con sus mentiras a hombres decentes, es una cruzada contra nosotros” al “Bueno, pero es que ella fue a cenar voluntariamente con él, que no hubiera ido” y pasando por “Hasta que no haya un veredicto debe primar la presunción de inocencia”.

No solo estos son los discursos que circulan por ahí, es igual de doloroso que uno de los diarios italianos haya sacado el caso entre sus páginas (digitales) refiriéndose a él como un empresario brillante y activo como un volcán que, por culpa de esto, se ha apagado.

De la víctima, que pasará el resto de su vida traumatizada, intentando recomponerse de una cosa tan cruel siendo además juzgada como si fuera la responsable de haber sido violada, nada. Su ‘apagón’ no es digno de mención.

Por suerte, la indignación de otro sector de la población ha mostrado que aquel artículo solo fomentaba la errónea creencia de que son las mujeres las que deben ser puestas en el punto de mira, mientras se exculpa a sus agresores bajo argumentos relacionados con cuestiones que nada tienen que ver con sus actos (como si ser un gran profesional exculpara de haberse portado como un monstruo).

Y es que este tipo de excusas forman parte del discurso que defiende la cultura de la violación, una de las consecuencias de moverse en una sociedad machista que pretende minimizar las agresiones sexuales mediante la normalización y la justificación.

Que Italia, por primera vez, reivindique un caso de ese estilo hasta el punto de que el diario haya borrado la noticia y se haya disculpado, es una buena noticia.

Sobre todo cuando llevan años aceptando titulares que justificaban feminicidios con la retórica del crimen pasional: el «no soportaba vivir sin ella», «no le correspondía» o «en un ataque de celos».

Si nuestro país vecino despierta, nos sirve para refrescar también a este lado del Mediterráneo algunas ideas, empezando por la importancia de reclamar lo que nos parece justo, incluso cuando pensamos que por compartirlo en una red social no va a tener repercusión.

Se empieza por lograr cambiar un titular, un titular que promueve un discurso y, por último, una cultura de desigualdad.

Y aunque es triste que sea de las pocas formas de combatir el machismo, que tiene tantas ramificaciones y defensas hasta de sectores (en teoría) al servicio de la sociedad, estamos en un punto en el que no tenemos otra alternativa que andar con mil ojos y exigir periodismo de rigor, sin excepciones desiguales.

De lo contrario, volveremos al mismo punto en el que estábamos hace unos años.

El de guardar silencio porque, si ni la justicia, ni los medios ni los propios lectores posicionan su credibilidad en el lado que deben.

El de no decir nada para no tener que leer o escuchar que solo lo haces para buscar fama.

El de callar para evitar ser, después de violada, juzgada por limitarte a vivir tu vida sin hacer daño a nadie.

Duquesa Doslabios.

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El caso de Ted Bundy o cuando el violador es guapo y simpático

El otro día le tocó el turno a Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile, una película basada en la historia de Ted Bundy, quien violó y asesinó de manera tan cruel a 30 mujeres en diferentes ciudades de los Estados Unidos, que terminó condenado a la silla eléctrica después de que, durante años, se declaró inocente.

FACEBOOK EXTREMELY WICKED, SHOCKINGLY EVIL AND VILE

Al terminar la película, una frase resumió lo que habíamos visto. «Hay que ver los locos que nos rodean».

Si algo consigue la película es dejar claro el mensaje que ni los violadores ni los asesinos suelen cumplir las características del imaginario colectivo.

Cuando pensamos en la palabra «vampiro», todos imaginamos dientes afilados, capa negra y piel cetrina.

Es un mecanismo automático que compartimos socialmente. Por eso, cuando se trata de la palabra «violador», viene a la cabeza un hombre, generalmente mayor, agazapado detrás de una esquina.

Con la palabra «asesino», algo casi igual, pero con una máscara, la cara quemada u ojos inyectados en sangre.

Ninguno de los dos términos nos hace pensar en un hombre como Ted Bundy, un hombre de ojos claros, sonrisa afable, voz seductora, derrochando guiños simpáticos y carisma.

Nos resulta imposible porque da demasiado miedo, porque se escapa a lo que nos han enseñado. Pero, sobre todo, porque esos hombres son nuestros compañeros de universidad, de trabajo, nuestros vecinos, el chico que te encuentras de fiesta con el que terminas ligando en la discoteca.

Son ellos. Pero no sabes cuál.

Y si bien, no todos (afortunadamente) van a terminar violándonos con un frasco de colonia que nos destroce los órganos internos, es el momento de desligarnos un poco del imaginario colectivo y ser conscientes de que están ahí.

Y no van a venir hacia nosotras vestidos con un jersey de rayas y agitando un guante cubierto de cuchillas. Van a venir sonriendo e invitándonos a un café.

Duquesa Doslabios.

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‘Gran Hermano’ o cómo grabar una violación por un programa de televisión

Este miércoles reflexionaba sobre la anormal normalidad que, aún hoy en día, se da con las agresiones sexuales y todo lo que conlleva violencia de cualquier tipo hacia la mujer.

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Poco después me entero de que Carlota Prado, una antigua concursante de Gran Hermano, durante su estancia en Guadalix –en plena grabación del programa-, fue violada mientras todo el equipo tras las cámaras, que se turnan a lo largo de las 24 horas del día para no perder detalle, no hacía nada para evitarlo.

Con ínfulas de documentalistas de National Geographic, redactores, realizadores y operadores de cámara dejaron que la ‘naturaleza’ siguiera un curso atroz. Lo que no sabían es que, en ese momento, junto al agresor, se estaban convirtiendo en animales.

No todo vale en el circo mediático, y este ha sido uno de los casos en los que se han cruzado los que debería ser considerados límites: el bienestar físico, emocional y mental de una participante y un delito.

No puedo evitar acordarme de una tuitera que comentaba, hace unos días, que al mediodía, en plena Gran Vía de Madrid, un hombre empezó a insultarla a gritos de manera violenta por haberle respondido a un piropo.

Se sentía sola en una de las calles más concurridas de la capital al ver que nadie hacía nada por pararle los pies al hombre.

Y si ella experimentaba esas sensaciones, ¿qué no experimentará Carlota sabiendo que puso su vida en manos de una cadena de televisión y nadie del programa hizo nada para protegerla?

No solo hay hombres que nos violan, algo ya de por sí duro que, como mujeres, nos toca asumir. También hay cómplices -según la RAE persona que, sin ser autora de un delito, coopera con actos simultáneos- que se mantienen al margen. Una serie de testigos mudos, pero no ciegos, de un crimen que, en sus manos, estaba evitar.

¿Qué sacamos de esto? Lo de siempre. Una mujer con un trauma que arrastrará toda su vida, un agresor con una pena que nunca parecerá suficiente y Mediaset dispuesta a pensar en la siguiente edición del programa.

Si grabar una violación en un reality show no es telebasura, yo ya no sé.

Duquesa Doslabios.

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¿Ha sido viral el ‘efecto Manada’ sobre los casos de violaciones grupales?

Leo en El periódico.com que, desde los Sanfermines, las denuncias de violaciones grupales se han multiplicado. Podría parecer que abusar en grupo es la nueva moda, el reto viral último, lo más guay que hacer con tus amigos. En lo que llevamos de año han sido 42 las denunciadas, y aún quedan otros cuatro meses por delante.

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Estoy segura de que si algo nos pasa por la cabeza a todas nosotras, cada vez que un diario anuncia un nuevo caso en otro punto de España, es el miedo. Porque, hablemos claro, casi da la sensación de que, desde La Manada, las violaciones en grupo han sucumbido al efecto bola de nieve.

Hoy quiero tranquilizaros, un poco en la medida de mis posibilidades, al respecto. Desgraciadamente, las violaciones colectivas no son cosa nueva. Ya eran un instrumento de represión que se utilizaba hace miles de años.

Lo que vivimos ahora casi semanalmente es la versión contemporánea que demuestra que, en realidad, no hemos avanzado tanto como deberíamos.

Quienes hemos evolucionado hemos sido las mujeres. Mientras en otros momentos de la historia no quedaba otra que callar y vivir con la losa de la agresión cometida, sin poder denunciar, sin conseguir ningún tipo de justicia, el feminismo ha puesto el punto y final a nuestro voto de silencio.

Time’s Up no ha sido solo una moda, sino el grito de las mujeres de España, India, Alemania o Suecia que se ponían de acuerdo en algo: que te violen es violación.

La consecuencia de hacer ruido, de que las mujeres ya no seamos ciudadanas de segunda, es que la igualdad, le pese a quien le pese, forma parte de la agenda.

La sensibilidad con el tema afecta a la esfera política, a la social, a la económica y también a la doméstica. Las injusticias en nuestra contra aparecen en la conversación cuando antes era algo que ni se planteaba.

Si algo hemos aprendido en estos años es que gritando en las calles que «No es no», el país escucha. Puede que no tanto como quisiéramos y puede que ni siquiera hasta el punto de poner una pena con la que estemos de acuerdo, pero el mensaje ha calado: hay consecuencias.

Quedan aún frentes abiertos. La pornografía es la nueva maestra. El gangbang, un contenido sexual de alto éxito. Y las agresiones en grupo se seguirán repitiendo siempre y cuando los niños continúen recibiendo mensajes de que el consentimiento es algo opcional, que son ellos quienes están en una posición de poder.

Las agresiones han existido siempre. Antes nos callábamos, pero ahora, muchas de nosotras nos animamos a denunciar. Hemos dejado claro a voz en grito, a golpe de pancarta, en manifestación y en nuestras redes sociales que nuestros cuerpos son nuestros, que nuestra libertad incluye nuestro armario, nuestra sexualidad, nuestra vida.

Si se denuncian más que antes las manadas es porque las mujeres nos hemos dado cuenta (tiempo nos ha costado) de que no es nuestra la culpa. Que somos las víctimas.

«Quedó con uno de ellos, se mandaba mensajes con contenido erótico, acudió al piso a mantener relaciones sexuales…», todo eso se ha acabado. Pueden empeñarse en que retrocedamos y volvamos a guardar silencio tildándonos de culpables, pero ahora contamos con respaldo.

Hemos aprendido lo que es y lo que no es violación, somos conscientes de ello como quizás nunca lo habíamos sido hasta ahora. Tenemos claro que no es no, que no decir nada es no, que oponer y no oponer resistencia es no, que todo lo que no sea un consentimiento explícito, es violación.

La pregunta es, por qué, si aumenta el número de denuncias, se sigue poniendo el foco en nosotras. Por qué si hay adolescentes menores de edad, de jóvenes adultos o de hombres de más de 50 años, o de composiciones de todo lo anterior junto, nadie se pregunta cómo es posible que de un grupo de cuatro, cinco o diez hombres, ni uno solo de ellos echara el freno y pusiera el punto de cordura, de respeto y todos optaran en cambio, con conocimiento de causa, por cometer un crimen.

Duquesa Doslabios.

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Sobre el consentimiento y el «Tener sexo ante notario»

Mucho se habla estos días de las relaciones entre hombres y mujeres, de cuál es la más segura.

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Los hay incluso que se atreven a decir barbaridades tales como que solo mediante acuerdo económico para conseguir sexo (siendo la mujer la mercancía, por supuesto), es seguro poder conectar.

Pero, ¿realmente entendemos qué es el consentimiento? No es por dudar de nosotros mismos, pero con los mensajes que circulan, no siempre es fácil hacerse una idea clara. Empezamos con «No es no», luego fue el «Solo sí es sí», pero quedan fuera el «Antes sí, pero ahora no», «En otro momento», «Eso no» o «Más de esto otro».

Incluso queda fuera de la ecuación el consentimiento que se da sin hablar acompañando caricias. Y es que, por mucho que se empeñen en limitarlo, el consentimiento ni es un monosílabo ni un contrato ante terceros, el consentimiento va mucho más allá.

Empieza por los límites, los corporales, y pasa por todo tipo de actos en los que están involucrados. Es mi cuerpo, son mis genitales y, por tanto, mis normas. Consentir es permitir que alguien pueda acceder a ellos siempre con respeto. Unas fronteras que van desde el hasta dónde llegar pasando también por el de qué manera. Pero también cuándo.

El consentimiento sucede entre dos o más personas y se debe poner en práctica en cada actividad, porque que se acceda a dar un beso, no significa que se abra la puerta a todo lo que venga detrás.

Hay que entender que, al igual que se puede dar en cualquier momento, también se puede cambiar de idea y llegar incluso a quitar. E independientemente de la fase en la que nos encontremos, como si ya estamos casi en el final.

La máxima universal e indiscutible es que las personas tienen que sentirse cómodas y seguras.

Para ello (y para dudosos), ante la duda, plantéate si tus intercambios son consentidos haciéndote estas preguntas:

-¿Estás seguro de que tu pareja quiere tener sexo?

-¿Está tu pareja cómoda teniendo sexo?

-¿Lo hace libremente o has presionado de cualquier manera mediante amenazas, insultos, el tristemente típico «si no quieres, ¿para qué me haces venir? Eres una calientapollas»…?

-¿Ha accedido de manera voluntaria o porque has seguido insistiendo pese a que ya te había dicho que no?

-¿Se encuentra en un estado plenamente consciente o está alterado su juicio por el consumo de sustancias?

Si cualquiera de las respuestas a estas preguntas es negativa, el sexo no es consentido. Así que, como veis, no resulta difícil. De hecho, es relativamente sencillo, no es necesaria la presencia de un notario. El problema actual, más que de comprensión, es que muchos prefieren hacer como que no lo entienden.

Duquesa Doslabios.

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Que si te violan, es violación

Hemos necesitado tres años, tres años como sociedad y tres años como individuos, para penar un crimen que, para mí, parecía más que claro.

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Tres años en los que me he desgañitado en las calles en cuanto surgía la ocasión para protestar ante la Justicia, para darle la mano a una compañera que ni conocía ni estaba allí, para pelear por ella y por todas las que no salen en la prensa.

Tres años en los que las noticias sobre el caso me deprimían el día leyendo la aparición de un investigador privado, las declaraciones del abogado, los juicios de valor a una víctima por una camiseta, las opiniones en las comidas familiares de «que no hubiera entrado con ellos»…

Tres años para que aprendiéramos una nueva norma matemática. Si dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y una violación, quince años.

En este tiempo, no solo me he indignado con cada nuevo dato que iba saliendo a la luz, con ese primer fallo que, de laxo, parecía casi una decisión tomada por un tribunal de Los Simpsons, que por uno en la vida real.

El debate ha ido mucho más allá. Lo triste es que hasta ahora no hubiera salido sobre la mesa un tema tan importante como es el consentimiento, aclarando cuáles son los límites.

Lo realmente doloroso es que una mujer haya tenido que ser violada por cinco hombres para que nos demos cuenta de que aunque no digamos que no, aunque no protestemos, aunque no intentemos escapar, no significa que queramos tener sexo.

Hemos necesitado tres años para llamar a las cosas por su nombre, para penarlas «como se merecen», aunque ni el número de años ni el sistema penitenciario me parecen suficientes para castigar el crimen cometido.

Si hemos necesitado tres años para aprender que si te violan, es violación, que no se nos olvide. Nunca.

Duquesa Doslabios.

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Un violador en cada esquina

Fue uno de los reproches que le hice a mis padres respecto a la educación que me habían dado: que habían conseguido que nunca me sintiera segura por la calle, que caminaba con el miedo de que, en cualquier momento, podría salir un violador detrás de una esquina. 

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Para mí, entender a una edad tan temprana, porque nos lo enseñan cuando todavía somos pequeñas, que fuera siempre con cuidado por si alguien me hacía algo, me marcó de la manera en la que a todas nos marca saberlo cuando llega el momento.

Y si a mí me parecía injusto, doloroso y horripilante, si me hizo sentir insegura, ahora pienso en el lugar de mis padres.

Pienso en lo que debe ser tener una hija que nace mujer y saber que, en algún momento de su vida, tendrás que tener esa charla con ella. La charla en la que le haces entender a tu hija, a lo que más quieres, que puede haber gente que la quiera agredir, violar o incluso matar.

La impotencia, el dolor y el miedo que yo siento, imagino que es solo la mitad de lo que pueden llegar a sentir ellos. Mucho más vasto y lacerante que el mío.

Unas sensaciones que, me consta, podrían volverse más intensas, aunque no me lo dijeran, si me olvidaba de contestarles a qué hora volvía a cada o si al final me quedaba a dormir en una casa de una amiga y no tenían señales de mí hasta el día siguiente.

Al tiempo que a mí me enseñaban eso, el mensaje para mi hermano ha sido el del máximo respeto hacia las mujeres.

Pero que él haya aprendido que no debe hacer nada en contra de la voluntad de otra persona, no garantiza que las mujeres estemos exentas de peligro en manos de otra persona que no ha tenido el mismo desarrollo.

Si los padres siguen teniendo esa charla con sus hijas es porque la sociedad tiene un problema estructural cuya solución no es solo que los padres den una buena educación.

La responsabilidad, más que la culpa, es de todos y somos incapaces de asumirla. Así que mientras no haya cambios en las leyes, no se refuercen las penas, no se tomen medidas, no se apliquen estrategias en los colegios o las series de televisión, como The Big Bang Theory, no dejen de vendernos como objetos, seguiremos transmitiendo ese mensaje generación tras generación.

Seguiremos diciendo, como mi bisabuela a mi abuela, mi abuela a mi madre, mi madre a mí, y yo, si tengo algún día, a mi hija, que tengamos mucho cuidado, porque ya no se esconden en las esquinas, puede ser el de la casa de enfrente, tu ex novio o el compañero de la oficina.

Y no habrá cuidado o medida que podamos tomar, ropa larga, calle llena, sobriedad o luz del día, que garantice nuestra seguridad ni nuestra vida.

Duquesa Doslabios.

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