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‘365 días’, ni tan erótica ni sucesora de ‘Cincuenta sombras de Grey’

Cada vez estoy más convencida de que el cine es una de las herramientas más potentes del patriarcado para romantizar la violencia de género.

No dejes de leer todavía, que voy a justificar mi respuesta.

@iammichelemorroneofficial

Desde hace unas semanas, la película 365 días no deja de salir en la lista de las más populares en Netflix. Una popularidad que viene, en parte, por quienes dicen que es la nueva versión de Cincuenta sombras de Grey.

Para que te ahorres el verla, te voy a resumir la trama en una línea: un mafioso millonario secuestra a una mujer con la que una vez soñó y le da un año para enamorarse de el.

Ya para empezar, solo pensar en que un desconocido que ha soñado conmigo me mantenga retenida a la fuerza durante un año (o el tiempo que sea en realidad) me parece escalofriante.

Pero ahí empieza la capa de purpurina: el actor que interpreta al protagonista no tiene nada que ver con los que suelen salir detenidos en las noticias. Es guapo, joven, está en forma y se compromete a no tocarla hasta que ella se enamore de él. ¿Todo un caballero? Todo un lavado de cerebro.

Mientras una sucesión de escenas que parecen salidas de Pretty Woman -por aquello de que él le compra todo tipo de cosas-, ponen el lazo al objetivo de sacarle el romanticismo a un delito, muchas de las espectadoras de la película afirman fantasear con secuestros.

Que una mujer vea este tipo de películas y sueñe con protagonizar algo así es como si una persona homosexual comienza a fantasear con agresiones homófobas porque hay una película que las expone como parte de una historia romántica.

Si eso parece una barbaridad, ¿por qué esto no?

Y eso solo en cuanto al hilo conductor. En la película no faltan estereotipos de industria pornográfica como violaciones, violencia física durante el sexo y por supuesto la premisa de que lo que más desea la víctima es practicarle una felación a su secuestrador.

No que le hagan un buen cunnilingus de esos en los que terminas sudada, con el pelo enmarañado y despatarrada, no. Viendo que así es cómo se representa el deseo femenino, da la sensación de que las personas autoras la ficción saben poco o nada de lo que realmente nos excita a las mujeres.

O quizás es que, una vez más, estamos ante el nuevo ejemplo de adoctrinamiento por parte de la cultura popular y sus productos de éxito. Violencia física, sexo sin consentimiento y una relación sexual en la que el pene es el centro.

¿Y lo peor? Que esta ficción tenga cabida en una plataforma del alcance de Netflix.

Una historia tan vieja, casposa, machista y cansina que de verdad hace que me pregunte por qué no parece haber interés en sacar tramas nuevas en las que se inviertan los papeles.

En explorar otros tipos de relaciones que no estén basadas en un hombre dominante y una mujer sumisa, que nos conviertan en sujetos activos y no en las habituales víctimas. Unas ficciones que nos empoderen, no que nos sigan doblegando.

Porque aunque solo sea una película, el cine nos moldea, nos enseña y nos sirve de referente. Así que yo pregunto, ¿son estas las relaciones que queremos? ¿No es una forma de perpetuar relaciones desiguales entre hombres y mujeres?

Duquesa Doslabios.

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Kendall Jenner tiene la mejor respuesta para las críticas machistas de tu vida sentimental

Del machismo no te libras. Ya te llames María Rodríguez o Kendall Jenner, es algo tan metido en la sociedad, que a todas nos toca vivirlo en algún momento de nuestra vida.

GTRES

El caso del que voy a hablar también te resultará familiar. Cuando tú o alguna de tus compañeras del colegio salía con más de uno -ya fuera del grupo, de la clase, del curso o del propio centro- enseguida oías el comentario de que la chica en cuestión pasaba, de mano a mano, como una pelota de baloncesto.

Kendall sabe lo que es eso, aunque ya han pasado unos cuantos años desde que ha acabado el colegio.

Hace unos días se volvió viral un vídeo en el que aparecen tres hombres lanzándose una niña. Y hay quien ha tenido la ocurrencia de utilizar el meme ilustrando la frase de que son los jugadores de la NBA pasándose a Kendall Jenner.

En seguida, alguien salió en defensa de la modelo diciendo que igual era ella quien se los pasaba a ellos, pero los chistes y comentarios machirulescos proliferaron como si de un hilo de Forocoches se tratara.

Quizás en su día, si también viviste lo mismo que la maniquí por tu vida sentimental, no supieras cómo contestar ante eso, pero Kendall ha dado con la respuesta definitiva.

“Actúan como si yo no tuviera todo el control de a dónde lanzo este ‘chichi'”, replicó la modelo. No me pongo en pie a aplaudir porque tiraría el portátil, pero mi ovación es igual de grande.

Y es que Kendall tiene toda la razón del mundo. Son esos comentarios los que convierten a las mujeres en algo pasivo.

Como si nosotras no tuviéramos realmente ni voz ni voto y, como una pelota de baloncesto, nos dejáramos llevar sin poder de decisión. Pero lo cierto es que lo tenemos y sin excepción, ya seamos periodistas, cajeras o supermodelos.

Como la propia Kendall dice, tú y solo tú decides qué haces con tu vagina. Y que sean 3 tíos o 30 es algo que tú decides libremente.

Y no solo porque queremos, sino porque podemos.

Aunque quizás esto último es lo que tanto les escuece a ellos y la razón por la que se esfuerzan tanto en intentar convertirnos -aunque sea vía meme- en un objeto inerte. ¿Lo has pensado?

Duquesa Doslabios.

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Acoso sexual, el verdadero ‘secreto’ de Victoria’s Secret

Mientras que las mujeres de Hollywood o del mundo del deporte alzaban la voz para denunciar todo tipo de agresiones, un sector parecía resistirse a los embistes de la violencia de género: la fantasía lencera de Victoria’s Secret.

Si ya de por sí, solo por nacer mujer, tienes un 30% de posibilidades de sufrir violencia (a lo que se le puede sumar que 4 de cada 5 mujeres en España han sido acosadas), parecía imposible que en el desfile más visto del mundo en el que la ropa interior era denominador común, se escapara.

Casi como si las modelos más famosas de la industria de la moda hubieran encontrado un universo alternativo en el que era segura la (casi) desnudez.

O al menos hasta que un reportaje de The New York Times ha sacado a la luz que no todo eran push ups, tangas y alas de ángel.

Las modelos han hablado en ‘Ángeles en el infierno: La cultura de la misoginia dentro de Victoria’s Secret‘ porque llevan mucho calladas.

Andy Muise o Alyssa Millerson algunas de las que han denunciado una figura fundamental en toda la trama del gigante de la lencería: Ed Razek, quien era director ejecutivo hasta 2019 y encargado de los célebres castings para el desfile.

Las quejas que llegaron al departamento de Recursos Humanos de la firma iban desde tocamientos hasta comentarios lascivos, una serie de comportamientos que la empresa justificaba como algo ‘normal’ en ese trabajo sin darle ninguna importancia.

En el caso de Andy, el resistirse a los intentos del director de tener un encuentro sexual con ella tuvo una consecuencia inmediata: no volver a ser llamada para recorrer la pasarela.

Aunque es quizás Bella Hadid en nombre más destacado del artículo, quien también ha tenido mucho que decir sobre Razek y sus comentarios sexuales en fittings previos al desfile o en el mismo día del espectáculo.

Tocamientos a la fuerza, sesiones de fotos con las modelos desnudas que nunca habían sido aprobadas por la agencia, viajes con hombres mayores con los que debían flirtear y hasta una red de captación de mujeres para la prostitución son algunas de las ‘perlas’ detrás de la fantasía de color de rosa.

Afortunadamente, por motivos alejados de las acusaciones, Victoria’s Secret está cayendo por sí sola junto a su rancio estereotipo de belleza.

No serán las únicas historias de supermodelos que escucharemos (¡tiempo al tiempo!). No descarto que llegue el día en que Cindy Crawford, Naomi Campbell o Claudia Schiffer digan lo que han visto o vivido.

Duquesa Doslabios.

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¿Era necesario que Tinder añadiera el botón del pánico?

El mundo de las citas es escalofriante de por sí. Un mar digital donde la mitad de los peces desaparece al poco tiempo o, si tienes la suerte de quedar con alguien, puedes dar con el que insiste en tocarte como si no supiera qué es eso del espacio personal.

TINDER FACEBOOK

En el peor de los casos, encuentras al misógino de turno que insiste en que todas sus ex novias eran unas locas y se dedica a destriparlas o, todavía más grave, das con alguien que te gusta para no volver a saber nada nunca.

Y eso si tienes la suerte de que te toque una persona ‘normal’ (aunque lo de manosear constantemente no es algo que metería en esta categoría).

Pero también están los casos de citas que se tuercen, de esas en las que el instinto te dice “Sal de aquí. Ahora”, o de las que, por mucho que te lo diga, algo te impide irte.

Para esos casos, Tinder ha añadido un botón del pánico que pretende alertar a los servicios de emergencia que, por ubicación se encuentran más próximos al lugar desde el que se manda el aviso.

Pero, ¿qué significa que los de la aplicación hayan llegado a la conclusión de que necesitamos esto? Y, sobre todo, ¿para quién está pensado?

La respuesta es bastante fácil. Solo hay que leer las noticias o ir a las estadísticas oficiales (en 2019, 35.000 mujeres denunciaron violencia de género o agresiones sexuales en España), por lo que no quedan dudas de a quién tratan de proteger este tipo de medidas.

Al final, el botón vendría a ser una versión perfeccionado de lo que nosotras llevamos tiempo haciendo, cuando antes de una cita, o en medio de esta, le mandamos la ubicación a una amiga. Para que no tenga que utilizarla, esperamos.

Por supuesto que la seguridad es importante y que todos merecemos un entorno seguro en el que poder relacionarnos.

Mi pregunta es por qué tanto esfuerzo en proteger a quien puede ser susceptible de vivir este tipo de situaciones -de las que necesita una vía de escape-, en vez de atajar de raíz los comportamientos de los que hay que pedir ayuda.

Al final, seguimos haciendo lo de siempre y no entendemos que tiene menos sentido apagar un bosque cuando está ardiendo que educar al pirómano en que no tiene que encender el fuego.

Duquesa Doslabios.

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Que te toquen el culo en la discoteca y todo lo que no es ‘normal’ por ser mujer

Todas coincidimos en que es mejor ir con zapato plano en vez de sacar los tacones. “Yo quiero ir cómoda”, dice una. Aunque no lo pongamos por escrito sabemos que, en el caso de tener que correr, es preferible ir con un calzado bajo.

FACEBOOK TOMORROWLAND

Quedamos poco antes de que abran la discoteca y vienen los dos de turno. “¿Por qué estáis tan solas?”, dicen a ese grupo de cuatro amigas.

Sabemos qué hacer en esos casos. El corte más ‘limpio y rápido’, la baza del novio. Una vez saben que “estamos todas cogidas”, se van. La excusa de siempre que, cuando surge, te garantiza la ‘libertad’, algo que sabemos todas, por lo que utilizarla es ya normal.

Entramos a bailar. Pedimos copas y recordamos cómo nuestros padres dejaban el vaso en la barra con una servilleta por encima, para que no les echaran drogas. Nos reímos de aquel acto pero no soltamos el nuestro, no vaya a ser. De modo que se convierte en habitual ese baile a una mano mientras con la otra mantenemos la bebida va bien sujeta. Hasta ahí todo normal.

“Voy al baño”, dice una. Da igual la distancia al servicio, es una norma no escrita acompañarnos. Son muchas las historias de amigas que, ante las ganas de hacer pis se han alejado y han aparecido en un piso desnudas al día siguiente.

Las colas en los baños de mujeres son siempre infinitas, todas llevamos compañía, como es normal.

Una vez reunidas de nuevo, seguras por la fuerza del grupo, el baile es más pleno. Hasta que, en la décima bajada al suelo -cambiando solo el peso de las caderas de una a otra rodilla-, hay quien nota una mano indiscreta.

Pena que, al girarse, haya un grupo de ocho o nueve chicos. Imposible dar con el autor del roce. Aunque claro, con tanta gente, y bailando hasta el suelo, es normal que se den ese tipo de choques. Que no empiece la paranoia.

Vuelve a notarla y al minuto se arrepiente de haberse puesto minifalda, no como sus amigas -más expertas en materia-, que prefieren los pantalones largos para evitar, como es normal, los manoseos que suelen acompañar aquí, en Valencia, en Cáceres, en Murcia o en Málaga, los acordes de Daddy Yankee. Pero ella no cayó en eso, solo quería estrenar su nueva compra.

Así que se resigna y entiende que el toqueteo será el nuevo normal de la noche.

Las horas se agotan y los pies, incluso sin tacones, también. Es el momento de despedirse. Dos comparten taxi, otra irá en autobús nocturno y la última, que no ha bebido, prefiere coger un coche de alquiler.

Tras los besos y abrazos, la promesa de todas las noches. “Avisad al llegar”. Es el voto normal en estos casos en los que la oscuridad todavía hace mella en el cielo.

El coche está más lejos de lo que se pensaba. Tiene que andar sola un trecho e incluso pasar por delante de un grupo de hombres que también acaban de salir de otra discoteca.

“Hola bebé, ¿te acompaño?”. Risas del grupo, él se ha puesto casi enfrente suyo. Ella le esquiva y aprieta el paso, mirando con desesperación el mapa del móvil para localizar el vehículo.

Por mucha rabia que le dé confesarlo, ese tipo de encuentros son lo normal cuando vuelve a casa. El miedo apretándole la boca del estómago durante los últimos metros antes de abrir la puerta -que muchas veces alcanza corriendo- se ha convertido casi en el denominador común, lo raro es que no le digan algo. El broche de siempre a sus veladas con amigas.

Finalmente llega a casa, es la última en hacerlo. Escribe que ya está en la cama y aprovecha para revisar por última vez Instagram. El chico al que le dijo su perfil le ha escrito un mensaje. Uno detrás de otro, viendo que ella no le contestaba.

Que si quiere terminar la noche por todo lo alto. Que por qué no le contesta. Que hay que ver estas feminazis que se asustan por todo. Que quién se cree que es. Que es una zorra calientapollas por haber bailado así. Que tampoco está tan buena. Que ojalá se muera.

Y ella apaga el móvil y se va a dormir después de pasarle el pantallazo a sus amigas, que, poco o nada extrañadas, le dicen que así son muchos tíos. No les sorprende a estas alturas porque tienen en sus bandejas de entrada textos parecidos. Es hasta normal.

Solo que nada de lo descrito como normal en este texto lo es. Por mucho que socialmente hayamos aprendido a normalizar las agresiones sexuales, las intimidaciones, es el momento de desaprenderlo.

Que lo normal empiece a ser no tener miedo porque no haya ningún motivo para ello.

Duquesa Doslabios.

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¿Eres mujer? Consejo de la Ertzaintza: ni tengas citas a ciegas ni camines sola de noche

“No aceptes citas extrañas, ni citas a ciegas. No transites de noche a solas, por lugares apartados o poco iluminados.”

GTRES

Estos ‘consejos’ (por llamarlos de alguna manera) son los que promulga la policía del País Vasco para, en su opinión, que las mujeres eviten las agresiones sexistas durante las fiestas.

Unos consejos que vienen diciendo que, si queremos estar seguras, vayamos siempre bien acompañadas, por sitios bien iluminados. O lo que es mejor, que no salgamos de casa no vaya a ser que pase algo.

Pero, ¿incluye el folleto alguna mención hacia los hombres diciéndoles que respeten a las mujeres que están disfrutando de las fiestas? Os dejo adivinar la respuesta.

Y como mujer -pero encima como mujer joven que sale de fiesta, ha tenido citas a ciegas y vuelve sola a casa- estoy harta. Harta de que la culpa de que me pase algo sea mía. Harta de que hasta la policía me diga que si no quiero que me pase nada, no haga nada. Con nadie. Nunca.

Si me paro a pensarlo, me parece tan ridículo como lo sería pedirle a una persona de etnia bereber que no se relacionara con ninguna persona caucásica, para evitar agresiones racistas.

Que no se le ocurra salir a la calle exhibiendo su piel oscura. Que para evitar provocaciones se la aclare con un maquillaje, que se ponga una careta, que se tape las manos con guantes para que no parezca que va buscando guerra.

Que procure evitar a ciertas horas del día y por ciertos barrios de la ciudad donde las personas caucásicas abundan. Que procure evitar subir en ascensor, quedarse a solas en el portal de casa con alguien caucásico por si le ataca, que no intime ni quede con nadie de piel blanca.

Pero es que también podemos aplicar el mismo razonamiento a una persona homosexual. La policía vasca podría pedirle que no entre en un local de ambiente por si, en un ataque de homofobia, alguien se lía a tiros dentro del bar.

O incluso que no vaya de la mano con alguien de su mismo sexo. Que no le bese. Que no vista con un arcoíris estampado en la camiseta “por si acaso”.

¿Ridículo? Así suena la lógica de la policía vasca, que, casualmente, solo aplica este discurso cuando son las mujeres las posibles víctimas.

Querida policía vasca, catalana, madrileña o andaluza, querida policía de toda España: las mujeres no vamos a encerrarnos en casa. No vamos a dejar de salir, de enamorarnos, de beber, de bailar, de volver a las tantas de la mañana. No vamos a dejar de vivir esta vida tan bonita que hemos tenido la suerte de encontrarnos.

Y no deberían animarnos a dejar de hacerlo como “recomendaciones por nuestra seguridad”. Deberían enseñar a los hombres que el hecho de que hagamos todas esas cosas es respetable y no da ningún derecho a gritarnos, a agredirnos, a violarnos ni a matarnos.

Duquesa Doslabios.

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El ‘slut shaming’ o por qué se nos juzga a las mujeres por nuestra vida privada

#StopPeriodismoMachista se convirtió ayer por la tarde en el tema más candente de Twitter después de que un diario afirmara que la carrera profesional televisiva de una economista y presentadora, Marta Flich, se debía a una relación que mantuvo con un nieto de Franco.

PIXABAY

Y, como dos imágenes se entienden mejor juntas, tengo también el ejemplo de una conocida modelo española, casada con un futbolista, que escribió a una revista para darle las gracias por haber sido incluida en un artículo con su nombre y apellido, y no como “la mujer de”.

Aunque pueda parecer que no tienen nada que ver una con la otra, el trasfondo es el mismo. Ver a las mujeres triunfando por sí mismas, por lo visto, es algo que a muchos les pica.

Era algo que ya empecé a sospechar en la carrera, cuando ciertos compañeros rabiosos susurraban por lo bajo que aquella o aquella otra solo había conseguido las prácticas en televisión por haberla chupado o haberse puesto a cuatro patas.

Rabiosos porque, la verdad, es que ellas habían conseguido ese trabajo por horas extra de prácticas en la universidad y más dedicación al estudio que el que estaba a mi lado quejándose, un compañero que, me consta, pasaba todas las tardes con sus amigos en la calle.

Utilizar la vida personal o sexual para desacreditarnos, es algo muy típico, tan típico que, como a mí me sucedió, ni llegué a extrañarme del odio que destilaba el comentario del que se sentaba a mi lado. A fin de cuentas, no era la primera vez que lo oía ni sería la última.

Y aunque el caso de Monica Lewinsky y Bill Clinton nos pilla un poco lejos, tenemos más a mano el suicidio de la trabajadora de Iveco por la difusión de un vídeo sexual con el consecuente acoso y derribo que padeció en el trabajo.

Lo que todas ellas comparten, es el denominador común del slut shaming, cuando te critican por tu vida sexual, ya sea pasada futura, analógica o digital.

Y por mucho que, racionalmente, quiero pensar que la mayoría somos conscientes de que nadie puede juzgar sobre las decisiones que toman los demás sobre su propio cuerpo, en un estudio sobre el tema encuentro una frase anónima que resume el éxito de este método.

“Cuando quieres desacreditar o humillar a una mujer, acusarla de ser zorra siempre funciona“.

Las exparejas, las parejas actuales, la coletilla de “pareja de” antes del nombre, la difusión de unas imágenes hasta el hastío o el comentario del tipo (o tipa, ojo) de turno afirmando que solo ha llegado a un sitio “por sexo”, son todo variantes del slut shaming, un problema del que, las únicas víctimas, por desgracia, somos las mujeres.

En todos los casos, la sexualidad es algo que se somete al escrutinio, que se nos es arrebatada y que se utiliza en nuestra contra quitándole valor, despersonalizándola, haciendo de su privacidad lo que la define como ser.

Me parece especialmente revelador que, en un estudio realizado en 2018 para el diario alemán Sex Roles, un 37% de los encuestados mostraron prejuicios ante mujeres en puestos de poder.

Porque, lo que hay detrás del slut shaming, de las persecuciones en los medios, en persona o en redes, lo que muestran en realidad, es el desprecio general que existe a que las mujeres tengamos éxito.

Duquesa Doslabios.

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El machismo del ‘sugar dating’ o por qué quieren que nos gusten hombres mayores

Si parecía que, a estas alturas, no podían llegar más páginas web para ligar por internet, las de sugar dating cada vez están más en alza en España. Para quienes desconozcan el término, consiste en poner en contacto a un hombre mayor, presumiblemente de alta posición social o económica, con una mujer joven a la que pasaría una asignación mensual o facilitaría un estilo de vida, que, en principio, sería inalcanzable para ella.

SUGARDATERS FACEBOOK

El olor a gato encerrado es difícil de esconder, aunque se le haya puesto por encima una gruesa capa de azúcar, que es lo que intentan quienes están detrás de estas páginas de contactos.

Sobre todo cuando, uno de los principales argumentos que esgrimen para legitimar el sugar dating es criticar duramente que se juzgue que una mujer pueda buscar a un hombre de una posición alta hasta el punto de considerarlo machista.

Claro que estamos en un momento social en el que gozamos de más libertad que nunca, claro que una mujer es libre de salir, relacionarse y divertirse con quien quiera pero, ¿es ese el verdadero dilema de estético de citas o más bien una cortina de humo que pretende desviar nuestra atención mientras realizan el truco a nuestras espaldas?

Y es que sí es machista el hecho de considerar que las mujeres somos un objeto. Porque por mucho que la web hable en general de mujeres cuando se refiere a sugar babies, lo cierto es que se encuentran entre los 18 y los 27 años. Es raro encontrar candidatas pasada esa edad porque a los propios sugar daddies no les interesa.

Es machista de manual cosificar, tan machista como el A mí me gustan mayores o todos esos refranes que buscan perpetuar la idea de que la mujer parece estar más predispuesta a relacionarse con un hombre que supere con creces su edad que a fijarse en los de su entorno.

Este es el principal beneficio de los usuarios, que pueden acceder a una red de contactos de mujeres jóvenes que, en el caso de tener más años, no les producirían ningún interés. Pero, ¿qué significa que busquen juventud antes que experiencia, madurez o una persona con una vida semejante?

No ya solo el físico, sino una relación sexual que, de otra manera no podrían tener. Y solo hace falta una búsqueda rápida en internet para descubrir en capturas de conversaciones que el sexo es el objetivo de la mayoría de sugar daddies. Es decir, acceso a la cama a cambio de un estilo de vida de lujo o de dinero. ¿No os suena de algo? Yo os ayudo. Empieza por “P” y acaba por “rostitución”. Por tanto sí, sí es machista proponer este servicio.

Es especialmente revelador que un porcentaje íntimo de los sugar daddies sean mujeres, lo que demuestra dos cosas: en primer lugar la existencia del techo de cristal -la dificultad que tenemos por llegar a un nivel socioeconómico por la discriminación en el entorno laboral- y, en segundo lugar, que es un servicio pensado en su mayoría por hombres.

“Todos y todas pueden dar el braguetazo”, encuentro en una de las webs de este tipo de citas, una frase ante la que no puedo evitar soltar una carcajada. Quizás en el mundo ideal de fantasía de los creadores de estas páginas sí, pero no en la vida real.

La diferencia entre la proporción de hombres y mujeres, en uno y otro lado, habla por sí sola, y lo que revela es que esto, más que un braguetazo, es una vía de prostituirse muy maquillada con términos como sugar baby.

Encontrar que quienes lo defienden llegan incluso a ondear la bandera del feminismo (en la dirección del viento que les interesa, claro) no deja de sorprenderme. Ya que es una aparente lucha por la libertad de que (solo) las mujeres más jóvenes puedan apuntarse y convertirse en el cebo cárnico de sus clientes sin ser estigmatizadas.

El objetivo del sugar dating no es empoderar a la mujer, el objetivo es tener la suficiente variedad de candidatas como para que los clientes paguen las cuotas mensuales que les permitan acceder a ponerse en contacto con todas ellas.

Que los beneficios sean por parte de los clientes, que acuden en busca de juventud y barra libre de sexo por su nivel de vida, promueve no solo el estereotipo de que como hombre, ‘tienes derecho’ a tener sexo con quien quieras -hasta con mujeres a las que doblas la edad que, de otra manera, no tendrían interés en ti-, sino el tópico que tu valor reside en tu cartera, y que cuanto más grande mejor. No necesitas nada más para impresionar.

Pero también mantiene la tóxica idea de que las mujeres, desde muy jóvenes, tenemos un precio. Solo hay que estar dispuesto a pagarlo en efectivo o en forma de exclusiva suite de París. Pero, un momento, aceptar que tengan derecho sobre nuestros cuerpos, derecho que no se concedería si no fuera por estas páginas de contactos, ¿no es mantener la cultura de la violación?

Duquesa Doslabios.

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Cariño, soy tu novia, no tu madre

Martes, 9 de la mañana. Me escribe una amiga desesperada porque no sabe cómo hacerle entender a su pareja que lo de recoger el tendedero no es solo doblar la ropa y dejarla apilada en la mesa, sino conseguir que llegue a los armarios, un trayecto que, por lo que parece, su novio piensa que sucede mágicamente.

GTRES

Otra está harta de tener que pedirle a su pareja que no es que no pida ayuda porque no la necesite, sino que asuma que el peso de la casa es una cosa de los dos. Y también tengo a la que lava, plancha, cocina y limpia como si el cuento de La Cenicienta siguiera, pese a que ya se ha casado con el príncipe.

En mi caso, sé que, si vamos a un hotel, corre de mi cuenta llevar la pasta de dientes, el desodorante o los cargadores del teléfono, mientras que él solo necesita meter en su mochila calzoncillos, un pantalón y tres camisetas. También soy quien tiene que dejar las luces apagadas y acordarse de coger la llave de la habitación y la cartera. Así pasa, que vayamos a dónde vayamos, él consigue desconectar porque va con la tranquilidad de que va a haber de todo mientras que yo llego a los sitios ya medio quemada por el estrés de preparar el equipaje por dos.

Todo se resume en que, cada vez que nos desahogamos entre amigas, siento que no somos solo novias, somos cuidadoras, pendientes de que tomen sus medicinas cuando se ponen malos cada ocho horas porque no están pendientes y secretarias, ya que confían en nosotras para decirles que es el cumpleaños de una amistad en común.

Las novias somos esas personas encargadas de la limpieza cuando se dejan algo en el suelo, el papel higiénico fuera de sitio, el bote de champú y el cartón de leche vacíos, todas esas cosas que quedan a medio hacer porque todavía sigue con la mentalidad de que va a pasar alguien detrás a terminar la faena. Nos encargamos en muchos casos de la manutención y, por supuesto, no podemos dejar se ser amables y cariñosas compañeras y amantes, que no pueden arriesgarse a dejar ese lado descuidado.

La carga mental consiste en eso, en los trabajillos poco lucidos, poco recompensados, pero que, de una manera o de otra (aunque ya hayan pasado décadas desde 1950) nos sigue tocando a nosotras. ¿Por qué?

Bajo mi punto de vista, en primer lugar, hay una pasmosa falta de empatía a la hora de ponerse en nuestro lugar, de entender que las responsabilidades deben caer sobre los hombros de ambos de la misma manera. En segundo lugar, que para ellos vivir así es más cómodo, y con comodidad, no nos engañemos, se vive mejor, porque hasta ahora habían tenido a una persona, ya fuera su madre o su padre, solucionando esos problemas y no estaban acostumbrados a hacerse cargo por su cuenta propia.

Si ya bastante compleja es de por sí una relación, intentemos evitar este tipo de desigualdades que, lo único que consiguen, es quemarnos y terminar discutiendo constantemente con unos novios que no entienden que un hogar se lleva entre dos.

Mujeres, os invoco a rebelaros de vuestros puestos. Hombres, os invito a que aprendáis a zurciros los calcetines solos. Hay tutoriales en Youtube fantásticos.

Duquesa Doslabios.

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No es que te haya dado calabazas, es que eres un machista

Estoy pedaleando sobre la bicicleta a que pasen los 30 minutos de rigor antes de irme del gimnasio. En la sala de cardio de mi centro a esas horas no hay mucha gente.

PIXABAY

De hecho estoy sola en mi fila de bicis. O al menos lo estaba. De un salto, a mis espaldas, aparece uno de los cruasanes, uno de los de manual, cabeza diminuta, brazos desproporcionados y desbordando testosterona por cada poro de la piel.

Su aparición me asusta porque ¿quién narices llega de un salto? Sonriéndome se pone en la bici de al lado y veo que empieza a mover la boca. Mis cascos no me permiten oír nada, así que me toca quitarme uno de ellos para escuchar lo que quiere decir y, por tanto, dejar por el momento uno de mis podcasts.

“¿Qué?”, le digo. “Holaaa”, me contesta. “Hola”, digo cortante mientras vuelvo a mi podcast. Pero no es suficiente, vuelve a llamar mi atención. Me quito el casco con más desgana. “¿Qué?”. “Do you speak English?”, me suelta. “Yes”, contesto parca.

Vuelvo a ponerme el casco y retrocedo los últimos 10 segundos para volver a engancharme al diálogo, que, casualmente, también es en inglés. Una tercera vez veo que el cruasán se inclina hacia mí hablándose.

Vuelvo a quitar el auricular y le increpo. “¿Qué?”. “What’s your name?” Me dice ignorando claramente mi lenguaje corporal.

“Mi nombre es estoy haciendo cardio y no quiero que nadie me moleste“, le digo en un perfecto inglés mientras coloco el auricular y sigo pedaleando mirando a las pantallas de la sala. Pero siento que farfulla a mis espaldas.

Me giro y veo que está bajándose de la bici con rapidez para marcharse mientras mueve la boca. Libero mi oído para escucharle. “¿Qué dices?”, le pregunto.

A mitad de la sala y a voces me contesta girándose. “Que eres tú quien me molesta a mí”. Ahí está, justo ahí, el frágil ego de un hombre más de metro noventa y casi 90 kilos.

El armario empotrado ha tenido una reacción de machito herido al nivel de “tampoco estás tan buena”, una prueba de su madurez y su autoestima así como de su educación.

Como no ha conseguido su objetivo, su presa, se conforma con otro pequeño placer, humillarme públicamente buscando quedar él por encima de mí para proteger su estima, ya que ha conseguido que un par de personas se giraran a ver quién había osado molestarle.

El mensaje por su parte está claro: como mujer si no te sometes, sufres las consecuencias, y yo las acabo de experimentar en carne propia.

Hablando con varios amigos hombres feministas, y poniéndoles en situación, me confirman que si una mujer les dice que no quiere que le molesten de la manera que yo lo hice, su reacción sería la de pedir perdón y dejar a la persona en paz, pero en ningún caso generar alborotos y mucho menos faltando al respeto.

Hay varias cosas que me molestan del suceso, la primera es que alguien se sienta con la libertad de molestarme, porque lo que hacía esta persona pasando por encima de mis deseos de hacer ejercicio a mi aire, es molestar, cuando ambos estamos en un espacio neutro, lugar en el que pagamos precisamente por hacer uso del servicio que yo estaba utilizando.

No estoy en un evento organizado para ligar de citas rápidas, estoy haciendo ejercicio a mi bola y reivindico que se respete mi derecho de entrenar tranquila.

En segundo lugar, si alguien te dice que no quiere ser molestada, discúlpate, eso antes que nada, y vete. No hace falta que reacciones como un drama king esgrimiendo tu machismo solo para ‘protegerte’ porque, noticias frescas, nadie te estaba atacando. En todo caso la atacada sería yo que he tenido que aguantar cómo invadías mi espacio hasta tres veces.

No digo que no se pueda entrar a gente desconocida en cualquier lugar si sentimos que realmente queremos conocer a esa persona, pero sí que respetemos su voluntad por encima de todo.

El final de esta historia es que fui a quejarme del comportamiento de aquel cruasán con la sorpresa de que su conducta alborotadora se podía seguir fácilmente en su ficha.

Es decir, aquel personaje tenía ya varias faltas de conducta, por lo que con mi queja, y una máquina sin descargar, se le invitó a irse del gimnasio. A día de hoy no continúa entrenando en mi centro, y solo espero que deje un poco de lado las pesas para centrarse más en cómo debe relacionarse con las personas (y mujeres especialmente) que le rodean, que más le valdría un poco de civismo para compensar tanto machismo.

¿Mi conclusión? Sed francas, marcad los límites, siempre educadamente, si sentís que los están sobrepasando. Y si tenéis la mala suerte de toparos con individuos como el que os he descrito, y se comporta como un salvaje, quejaos. No dejéis pasar ni media, porque el tiempo de que calladitas estamos más guapas, o el de sonreír con desdén esperando a que el otro se canse y cesen sus intentos, se ha acabado.

Time’s Up. Ahora toca dar un paso adelante y defendernos. Piensa que si a mí no me amedrentó aquel armario, nadie debería hacerlo.

Duquesa Doslabios.

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