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¿Estamos al borde de la recesión sexual?

Sí, yo también he oído que 2020 va a ser el año de la recesión económica, que va a tocar apretarse el cinturón. Y lo peor es que las tendencias sexuales parecen indicar que en la intimidad puede pasar algo parecido.

GTRES

Los millennials y la generación Z no pensamos en el sexo de la misma manera que nuestros padres. Y, ¿quienes son los culpables? La tecnología, esa que tanto nos encanta pero que nos está cambiando la vida sin que nos demos cuenta.

Puede que nuestras fantasías estén mejor vistas ahora que hace décadas, que tengamos la libertad de hacer todo tipo de prácticas o que incluso seamos capaces de vivir una sexualidad más plena e igualitaria, pero nada de eso importa.

Nos estamos alejando del sexo.

Ya os he contado que Netflix ha sido capaz de robarle el protagonismo a los genitales. Pero el fenómeno está sucediendo a nivel mundial.

Vale que en el salón gobierna la tele, pero en la cama es el teléfono quien manda. Es lo último que vemos antes de acostarnos y lo primero al levantarnos.

Si a eso le sumamos el porno, que se ha encargado de satisfacer el deseo sexual sin necesidad de una segunda persona, o la creciente popularidad de los robots sexuales, la situación no pinta muy bien.

Y por último, tiene también su parte de responsabilidad la cultura de las relaciones esporádicas, del match y el superlike. Que por mucho que pueda venirnos bien en ciertas ocasiones, hace que las relaciones de todo tipo -sexuales y sentimentales- se vean como algo de usar y tirar.

Mi idea de qué hacer ante este panorama desolador es correr a buscar refugio. Al abrigo de una buena compañía, por supuesto.

Duquesa Doslabios.

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Si quieres mejorar tu vida sexual, cumple estos 8 propósitos en 2020

Es el último día del año. Y, como mandan las buenas costumbres, estoy haciendo balance: 2019 ha ido genial en la cama. Me he atrevido con posturas, con fantasías, con juguetes…

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Mi objetivo para el año que viene está claro, seguir mejorando como amante y convertirme en maestra jedi del sexo (¿se nota que hace poco vi ‘Star Wars’?).

Conseguirlo está tan solo a ocho propósitos de distancia, resoluciones que van a ser mi guía sexual en los nuevos años 20 y que quiero compartir con quienes siempre estáis ahí, al otro lado de la pantalla.

Porque por mucho que las haya escrito para mí, todos deberíamos seguirlas los siguientes 365 días:

    1. Darle al slow sex. Darle mucho. Darle sin prisa. Darle porque quiero que el placer y el deseo se conviertan en el presente y en lo más importante, en vez de la búsqueda del orgasmo.
    2. Los mal llamados ‘preliminares’ no son entrantes, sino plato principal. En 2020 quiero disfrutar con cada práctica, sin presiones, situándolas todas al mismo nivel. Que la penetración deje de ser el centro de la vida sexual.
    3. El clítoris, la asignatura pendiente. Ha sido el año de darle todo el protagonismo gracias a los succionadores. El reto para nosotras es conectar con nuestro órgano del placer no solo con estimulación mecánica. El de ellos, ponerse las pilas para hacerle la competencia (de una vez) al juguete sexual.
    4. Beber un vaso agua después de tener sexo. Estimula la vejiga (acuérdate de que hacer pis es casi obligatorio si eres mujer para eliminar las bacterias) y te hidrata después del esfuerzo físico.
    5. El tamaño del pene no es importante. A ver si en 2020 rompemos con el mito sexual de que solo nos sentimos satisfechas con tallas XXL.
    6. Salir del dormitorio. Soy la primera en hablaros de las prácticas en la cama o entre las sábanas, pero lo cierto es que este año toca dejar el colchón a un lado y probar el resto de estancias. Las superficies te sorprenderán (especialmente la de la encimera de la cocina).
    7. Es el momento de cumplir fantasías, en la variedad está el gusto. Es algo que puedes conseguir o bien llevando a cabo esas ilusiones que solo existen en tu imaginación o con juegos aplicables al ámbito sexual.
    8. Viva el romanticismo en la era consumista y digital. Deja el móvil, los regalos de Amazon y las historias de Instagram, en 2020 toca recuperar las muestras de amor más analógicas. Que vuelvan los post-its en la página del libro que está leyendo, la repostería casera o más ‘te quiero’ en el espejo.

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¿Ya habéis leído mis 8 propósitos para mejorar la vida sexual en 2020? 1. Darle al slow sex. Darle mucho. Darle sin prisa. 2. Los mal llamados ‘preliminares’ no son entrantes, sino plato principal. 3. El clítoris, la asignatura pendiente. Ha sido el año de darle todo el protagonismo gracias a los succionadores. 4. Beber un vaso agua después de tener sexo. 5. El tamaño del pene no es importante. 6. Salir del dormitorio. Las superficies te sorprenderán (especialmente la de la encimera de la cocina). 7. Es el momento de cumplir fantasías, en la variedad está el gusto. 8. Viva el romanticismo en la era consumista y digital. Los tienes desarrollados en mi último post de #ElblogdeLilihBlue 🌹❤️

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Duquesa Doslabios.

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‘Aunque está muy bien el aquí te pillo aquí te mato, no creemos que el sexo merezca ser devaluado’

Consumimos, más que de forma acelerada, casi compulsiva. El catálogo de Netflix, la comida a domicilio, ropa que añadimos al cesto con el acompañamiento de estresantes cuentas hacia atrás para que no pierda validez el código de descuento…

Y es algo que, siendo ya parte de nuestra rutina, incluimos también en la intimidad. Contra ese polvo rápido y mal echado -para ponernos a hacer otras cosas-, o ese beso a medias, para no perder de vista ni un detalle de las historias de Instagram, está el slow sex.

CALVIN KLEIN

Es un estilo de vida sexual que no consiste únicamente en tener sexo más despacio. Pero, en vez de ser yo quien os lo cuente, ha sido Elsa Viegas, cofundadora de Bijoux Indiscrets, quien me ha convencido para hacer autocrítica sobre la calidad de mis intercambios.

No solo me explica lo necesario que es disfrutar de una vida sexual sin prisas, sino de centrarla también (y darle importancia por igual) a cada uno de los momentos, alejándonos del mito de que solo la penetración cuenta como sexo.

¿En qué consiste la filosofía slow sex?
Básicamente trata de poner en el presente el placer y el deseo sin ir a buscar directamente el orgasmo. Disfrutar con cada práctica, sin presiones. Trata de ponerle voz a cada práctica mientras las sitúa a todas al mismo nivel, sin prejuicios y sin prisas. Por eso hemos lanzado una colección con el nombre de esta filosofía, diseñada para algo tan serio como disfrutar.

¿Por qué ha surgido ahora?
Por varios motivos. Primero porque aunque pensemos que está muy bien el sexo de ‘aquí te pillo, aquí te mato’, express, sin ataduras, no creemos que el sexo merezca ser devaluado. Se puede tener muy buen sexo con alguien que no conoces si ambos (o ambas) escucháis vuestros verdaderos deseos. Segundo porque queremos aportar un granito de arena a la eliminación de prejuicios y clichés. ¡La penetración no lo es todo!

¿Por qué vuelve a tener importancia vivir un sexo con todos los sentidos y sin prisa?
Creo que el sexo es un lugar donde refugiarse a solas o en compañía de quien decidas, un oasis a donde huir y disfrutar. Algo muy opuesto al estrés diario, al ritmo frenético de estos tiempos. La gente se está empezando a dar cuenta lo valioso que es estar presente y dedicarle tiempo de calidad a las cosas en las que aún puedes decidir a qué ritmo consumirlas.

¿Diría que es algo que va a mejorar nuestra vida íntima?
Sin duda. Slow Sex te obliga de un modo muy tentador a cuestionar todo lo que sabes sobre el sexo. Por ejemplo, tenemos un roll-on frío para pezones que te invita a pensar “¿qué hago con esto?”. Bueno, si no sabes qué hacer con unos pezones, tal vez debas redescubrir el sexo. Cuestionarse es bueno, es desarmarse para volver a montarse, pero esta vez como a ti te gusta.

¿Qué diferencias existen entre nuestras experiencias sexuales convencionales y aquellas que nos tomamos de manera slow?
Que buscamos desesperadamente el orgasmo. Y sí, el orgasmo está bien, es intenso, pero dura poco. ¿Qué hacemos con los minutos previos al orgasmo? Disfrutarlos, sin duda. Lo máximo posible. Tratar el sexo de manera slow no implica necesariamente ser más tiernos en la cama, implica dedicarle tiempo al placer en todas sus formas. Es no tener tapujos para decir qué te gusta, cuánto quieres de eso o de lo otro.

¿Cuál sería el decálogo de este tipo de sexo?
Consensúa, dedica, siente, experimenta, fluye, cuida, desea, sé consciente, derriba tabúes y disfruta.

¿Hay algún reflejo de esta filosofía en las tiendas eróticas?
Creo que todos los juguetes, o al menos los que he tenido el placer de ver y probar, se enfocan en dar placer instantáneo pasando de 0 a 100 y llamando al orgasmo constantemente. Dildos, dildos vibradores con conejito, punto G, geles orgásmicos. Si no se alcanza la meta es porque no se quiere o, te lo dicen de manera indirecta, te pasa algo. Pretendemos revolucionar y cambiar el mensaje, para que se empiece a decir: Con esto vas a disfrutar a tu manera. Y conseguirlo; realmente conseguir que quien esté interesado en un producto erótico disfrute como quiera.

¿Qué productos nos ayudan a introducirnos en el slow sex?
Finger Play sería otro de los favoritos. ¡Hay que tocarse más! O el Skin and Hair Shimmer Dry Oil, que desgenitaliza por completo el sexo, hidrata y deja una estela brillante en tu cuerpo. Un must si quieres empezar a cuidarte y empoderarte en el sexo.

¿A qué generación diría que le va a costar más practicarlo?
A los baby boomers y a los X. De los millennials en adelante el discurso en los medios ha cambiado, por no hablar de internet, que ha abierto miras y ha derribado muros que se pensaban infranqueables. Pero aún existe el pensamiento, sobre todo en estas dos generaciones pasadas, del pecado, del sexo por concebir, de la culpa, del sacrificio… Es muy difícil cambiar ese pensamiento religioso y de tabú con una filosofía o un producto erótico.

¿De qué manera podemos introducir el slow sex? ¿Como experiencia puntual o volviéndolo nuestro estilo de vida sexual?
Primero desde una decisión propia. Tomar consciencia de nuestros deseos y de nuestro placer se puede lograr desde la experimentación: tocarse como si fuese la primera vez, visualizar nuestras fantasías, revisar por qué nos gusta lo que nos gusta o si existe alguna práctica que realicemos por cumplir o por vergüenza a decir que no. Después de tenerlo definido lo comunicaremos con nuestra pareja (o pareja puntual), consensuando o directamente aplicando lo que queremos en nuestras relaciones. Si se puede volver un estilo de vida, o no, solo puede determinarlo la persona interesada en disfrutar decidiendo cómo quiere hacerlo.

Duquesa Doslabios.

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Mi vida sexual después de la copa menstrual

Que la copa menstrual ha llegado para cambiarnos los periodos, es algo que ya sabíais. Pero no se queda solo ahí, también nuestra vida sexual puede verse beneficiada por su uso. Y es algo que he ido descubriendo en este tiempo.

GTRES/Duquesa Doslabios

Quizás la más sorprendente de todas fue descubrir que el lubricante cada vez era menos necesario. Vale que la sangre siempre ayuda a que todo fluya, pero en esos días en los que se está yendo o está a punto de bajarte, días en los que el tampón mini parecía imprescindible, pasan factura a la flora vaginal.

Puede que sean un apaño estupendo para no ir manchando calle abajo, pero lo cierto es que absorben mucho más que la sangre, lo que se traduce en sequedad cuando el momento de la intimidad surja.

Y hablando de que surja. ¿Hay algo más cómodo que, antes de pasar a la acción, pasar al baño, quitártela, vaciarla, lavarla y dejarla ahí? A diferencia de los tampones o compresas no tienes que preocuparte de hacer paquetes estratégicamente envueltos con el envoltorio y con papel higiénico para que no sospeche de lo que hay dentro.

Si no sientes todavía la suficiente confianza como para que vea la copa apoyada en su lavabo -yo la dejaba sobre un poco de papel si no me fiaba de la higiene de la casa del susodicho-, (aunque, plantéatelo, ya te está viendo desde todos los ángulos) puedes envolverla y guardártela en el bolsillo.

Otra de sus enormes ventajas es que, como todo va por dentro, no tienes que preocuparte de tener los labios o las ingles manchadas, algo que siempre sucedía con la compresa y ya te obligaba a montar el circo en el baño. Algo a lo que, además, seguramente sumabas el agobio de “Seguro que se pregunta por qué tardo tanto”.

Y, por supuesto, ante la perspectiva de pasar la noche fuera, no necesitas preocuparte por llevar tampones encima o por si va a haber artículos de higiene femenina en la casa de la persona a la que ves. Basta con tu copa, y hasta la puedes llevar puesta.

Aunque, si tuviera que quedarme con la que ha sido para mí la mayor mejora, sin duda, sería poder quedarme desnuda abrazada a la otra persona, los mimos del después.

Vale que con el tampón podía hacerlos de igual manera, pero el hilillo blanco no es la cosa más natural del mundo junto a las pieles desnudas. Con la copa ya no tenía que renunciar a ese placer y no lo he hecho desde entonces.

Además, para aquellas a las que le cueste ponérsela (no siempre es igual de sencillo o estamos igual de relajadas), el pospolvo es el mejor momento para introducirla, ya que el espacio suele estar aún flexible por la actividad y permitirá que la copa se ajuste estupendamente.

Duquesa Doslabios.

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No, no pasa nada por no llegar al orgasmo a la vez que tu pareja

Creo que podría contar con los dedos de una mano (igual aquí he sido exagerada y podría llegar a usar las dos), las veces que he llegado al orgasmo al mismo tiempo que mi compañero.

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De hecho es algo tan excepcional que, cuando ha pasado ha resultado ser algo tan mágico como ver un animal mitológico.

Podría parecer por el cine o las series que solo existe el sexo donde el clímax se sincroniza, y nada más lejos de la realidad.

Hay polvos buenos con orgasmos, polvos buenos sin orgasmos y polvos malos en cualquiera de esos casos. Soy de la firme opinión de que no es especialmente importante si se da o no al mismo tiempo.

De hecho, de un tiempo a esta parte, le he cogido el gusto a correrme antes que mi pareja ya que, físicamente, nosotras solemos tardar algo más.

Y algo que me da tiempo, de paso, a llegar incluso a tener otro si la cosa se prolonga, que, como todos coincidiremos, dos son mejor que uno. Creo que todo se podría resumir en dos palabras: no importa.

Podemos estar sintonizados con nuestra pareja en muchas otras cosas. Ser buenísimos jugando a adivinar películas, haciendo el descenso de un río, organizando las tareas de la casa…

Podemos ser apasionados, con una química digna de asignatura de colegio. Que en la cama no se dé la coincidencia en el preciso momento no significa que nuestra vida sexual esté en peligro ni mucho menos. El orgasmo son tan solo unos segundos de entre todos los minutos que dura la experiencia.

¿Merece la pena obsesionarse con ellos o es mejor disfrutar de, absolutamente, todos y cada uno desde el primero? El momento es cualquiera.

Duquesa Doslabios.

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¿Es Netflix el culpable de tu (escasa) vida sexual?

Los estudios lo confirman y mis amigas son la mejor prueba de ello, los jóvenes tenemos menos sexo (si no sabes de qué hablo, puedes leerte antes ¿Ha llegado el apocalipsis sexual?).

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Pero, ¿cómo no vamos a tener menos sexo? Para vivir, al menos en España, y de alquiler en un piso minúsculo, necesitas dos salarios. Tu horario no siempre es el mismo que el de tu pareja.

A eso le sumas que las jornadas rondan entre las 9 y las 12 horas y que el fin de semana es cuando toca limpiar y cocinar (que no está la cosa para comer todos los días fuera).

Con ese ritmo de vida al que hay que sumarle que debemos mantener una imagen digital que acompañe nuestra Personal Branding y que, lógicamente, hay que sacarle tiempo los amigos y a los padres e incluso al ejercicio para no oxidarnos por adelantado de las horas que pasamos frente a la pantalla, lo raro sería disponer de tiempo como para que sea una actividad que realicemos con mucha frecuencia.

Sin embargo, no es lo único que nos diferencia de la generación de nuestros padres, la vara de medir que han tomado como referencia este tipo de estudios haciendo la comparativa con la actividad sexual de nuestros progenitores cuando tenían nuestra edad.

¡Es que no tenían Netflix!“, soltó un día de sopetón una de mis amigas. Por descabellado que pudiera parecer en un momento su razonamiento, que reducía este problema a la plataforma de streaming, dándole vueltas empecé a pensar que no le faltaba razón.

No es ya solo Netflix, me da igual si es HBO, Prime Video o Sky, la cosa es que hace 30 años, nuestros padres llegaban a casa y no tenían un catálogo disponible las 24 horas con cualquier material sino, además, con material de calidad.

Porque me juego lo que quieras a que en este momento no estás viendo solo una serie, tienes el enganche por lo menos con tres o cuatro. y en cuanto una se termina ya le preguntas todos los que te rodean que te recomienden alguna para ver que esté bien.

Y es que vivimos en la edad de oro de las series, las tramas y presupuestos que les dedican superan incluso a Blockbusters y eso sin pensar que tienes una nueva entrega cada semana.

De hecho, el otro día, mi padre me comentaba que no entendía a qué venía el furor de las series, que a él no le gustaba eso de tener que esperar, que prefería la simplicidad de las películas, que en dos horas te introducían, contaban y resolvían la historia para que tú luego pudieras seguir a otra cosa.

Realmente, a mi entender, se resume a que, como nativos de la era digital, nos toca lidiar con todos los diferentes estímulos que nuestros padres desconocían más allá de la tele o los libros. Una serie de distracciones que ocupan los primeros puestos relegando la intimidad a las posiciones inferiores de la lista.

Es curioso que usábamos hasta el infinito la expresión Netflix & chill, algo que podría traducirse como Netflix y relax, para referirnos a una sesión de series en casa y lo que pudiera surgir en la cama en el transcurso de la ficción, y ha terminado convirtiéndose en su significado literal al tenernos demasiados enganchados a la trama (¡Juego de Tronos: devuélvenos nuestra vida sexual!).

Por mi parte, tengo claro que, la próxima vez que se me estropee la conexión a internet, no voy a tener tanta prisa en que la arreglen.

Duquesa Doslabios.

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¿Cómo tener sexo en casa si todavía vives con tus padres?

La idea de meter a alguien en casa y que tu madre se ponga a llamar a la puerta preguntándote si has ofrecido algo de beber, ya que te han educado para que te comportes de manera hospitalaria, no es quizás la más halagüeña.

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Pero si has nacido entre los años 80 y mediados de los 90 estoy segura de dos cosas, una, eres millennial y dos, si me lees desde España, es probable que aún vivas con tus padres (tú y otros 24 millones de millennials en todo el mundo, que no cunda el pánico).

El precio de la vivienda, que directamente no tienes empleo, o porque simplemente te gusta estar en casa (que puede ser que prefieras compartir piso con tus padres antes que con una estudiante que deja pudrirse verduras en la nevera) son algunos motivos para no dejar el nido. Sin embargo, como persona adulta con deseo que eres, la vida sexual puede ser un interrogante.

Lo ideal es aprovechar esos momentos en los que tus padres se encuentran fuera para tener un poco de intimidad. Además te perfeccionas en el arte del quickie, es decir, un polvo rápido en el que siempre estás un poco alerta por si oyes las llaves y tienes que vestirte a toda prisa.

Y aunque está genial aderezar la experiencia con un poco de adrenalina, no siempre puedes tener la casa para ti. Si tu agenda es más caótica que la de un presidente el 4 de julio, es normal que se te haga todavía más complicado sincronizarla con la de tus padres (o hermanos) para que justo tengas plena disponibilidad de la casa en ese momento, entonces, ¿cómo hacer para tener sexo debajo del mismo techo?

“Mientras vivas bajo mi techo…” es uno de los comienzos de frase favorito de tus padres, pero es que es así. Tienes una serie de normas que debes cumplir, sí, aunque ya seas una persona adulta, sí, aunque seas capaz de asumir grandes responsabilidades como que tu jefe te pida que mandes el presupuesto al grupo japonés sin equivocarte en un solo decimal.

Por ello no tienes la confianza de entrar y salir de casa con gente aleatoria (a no ser que tus padres te hayan dado pie a ello, en cuyo caso genial).

Pero aún si la tienes y lo haces, no creo que te haga mucha gracia hacer partícipes a tus padres de que su pequeñín (o pequeñina) pasa cada vez por el salón con una persona diferente de la que no se sabe ni el nombre. Y, si lo haces, tampoco tienes la certeza de que tus padres no hagan preguntas innecesarias.

Las opciones para abordar el tema son diferentes si sientes que es algo que te está produciendo un poquito de ansiedad. En primer lugar son tus padres, son adultos también y entienden que quieras tener una vida emocional/sexual.

No te van a juzgar aunque tampoco hace falta que tengas una conversación super explícita con pelos y señales. Como no todo el mundo tiene el mismo grado de confianza con sus progenitores (y menos respecto a este tema), puedes empezar diciendo que respetas tu casa y sus normas y que dentro del respeto te gustaría hablar de las opciones que podéis barajar para que puedas tener tu intimidad con otras personas.

Piensa que, a fin de cuentas, a escondidas siempre lo puedes seguir haciendo, pero que igual sacándoles el tema, si son muy muy comprensivos y generosos (esto ya depende de cada padre) pueden ofrecerte la opción de irse alguna vez de casa.

Y si sigues viendo que es algo que no puedes hablar con ellos, puedes seguir con los quickies cuando no están a riesgo de que cualquier día infartes de la presión, esperar a que estén durmiendo, hacer pasar a la persona que viene como “un amigo con el que tengo que hacer un trabajo para la uni” o si no, siempre podrás aderezar tu vida sexual con polvos a escondidas en baños públicos, parkings

Duquesa Doslabios.

¿Quieres mejor sexo? Hazte feminista

Si tuviera que resumir en una palabra lo que ha supuesto el feminismo en mi vida sexual, os resultaría familiar el término: orgasmos.

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Cuando empecé a tener sexo (me refiero a acompañada, claro, sola ya lo llevaba practicando bastante tiempo) aquello eran unos cuantos meneos, se corre, tiramos el condón y a dormir. Fin del cuento. Normal que no me pareciera para tanto.

Me preocupaba pensar que algo no funcionaba. Primero pensaba que era yo, pero, como os he dicho, había sido muy capaz de llegar al orgasmo yo sola sin que nadie tuviera que explicarme nada. No entendía por qué no me lo pasaba tan bien como en todas esas comedias románticas, en las que, solo con rozarse, ya llegaban los gemidos al cielo.

Y entonces lo entendí. Por supuesto que yo sabía cómo darme placer, eran ellos los que no. Y claro, iba a quedar muy mal que yo le llamara la atención a mi acompañante, o eso pensaba, por lo que me limitaba a fingir un poco y luego a terminarme la faena en casa.

Hasta que llegó el día en el que me di cuenta de que estaba viviendo en una mentira, una enorme, y que quería empezar a ser sincera, no solo con ellos sino conmigo misma.

Fui franca y los orgasmos falsos se acabaron, lo que hizo que vinieran los auténticos y esa brecha orgásmica descendiera.

Me di cuenta de que quería igualdad en la cama, que si él se corría, yo me corriera también. Y no era algo egoísta, ni que no quisiera que él no lo disfrutara, sino que ambos recibiéramos placer.

El feminismo me quitó la tontería de encima, la de los orgasmos y muchas otras, como por ejemplo los complejos. Comprendí (al fin) que tenía que quererme tal y como era y que aquello no cambiaba en función de si estaba más o menos depilada, de si mis tetas estaban o no caídas o de si el culo tenía celulitis, que daba exactamente igual.

Eso de “el macho tiene que mandar en la cama unga unga” era mi concepción pre-feminista. Mi yo feminista entendió que era más divertido compartir la “dominación” en el colchón y no ser siempre la que se deja llevar. Tomar la iniciativa y experimentar es algo también muy placentero.

Que me aburro

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Pero feminismo también es asumir la responsabilidad, entender que si algo sale mal no es que hayas topado con un mal amante y ya está, sino que está en mano de los dos hacer de la experiencia algo sobresaliente.

Con el feminismo aprendes a darle al sexo la importancia que tiene, mucho menor que la que me vendían en el colegio,  que, supuestamente, tenía que ir ligado siempre a un matrimonio con amor. Resulta que podía tener sexo con alguien solo porque me apeteciera y no pasaba nada. No se me ligaban las trompas de Falopio, no era una puta ni una guarra. Era una mujer disfrutando de su vagina (y de otras partes, sin duda).

Para todos aquellos preocupados que piensan que el feminismo está en contra del sexo, os diré algo, todo lo contrario. El feminismo le da a la mujer la libertad de disfrutar de su cuerpo, está a favor del placer que durante tanto tiempo hemos tenido prohibido.

Quiere la igualdad en todos los aspectos, quiere que puedas disfrutar de una buena comida y que te traigan a ti la cuenta, en vez de dar por hecho que va a pagar él, y que disfrutes sin complejos de los postres que ofrecen las entrepiernas.

Duquesa Doslabios.

Juguetes sexuales que tienes por casa (y no te habías dado cuenta)

El sexo es de las cosas más bonitas que hay, todos estaremos de acuerdo, pero innovar en la cama sin dejarte el sueldo en el sex shop del barrio, también es una maravilla.

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Para echarle un poco de sal a nuestra vida sexual no necesitamos hacernos con un catálogo digno de tupper sex, ya que por casa, muchos objetos cotidianos sacados fuera de su contexto convencional conseguirán que experimentemos una serie de sensaciones nuevas y muy placenteras:

  1. Hielos: olvídate de usarlos para los refrescos. Vacía la cubriera en un plato hondo y juega con ellos pasándolos por el cuerpo. Procura no dejarlos olvidados encima de la madera o aparatos electrónicos si no quieres llevarte un susto.
  2. Cucharas: enfríalas previamente en el congelador durante una hora. Te servirán, al igual que los hielos, para lograr estimulantes cambios de temperatura. Aplícalos sobre zonas como pezones, labios o cara interna de los muslos.
  3. Y ya que has abierto la nevera, échale un vistazo a lo que tengas. Alimentos como helados, nata, o chocolate son muy fáciles de untar sobre la piel para luego limpiarla a mordiscos o lametones.
  4. Collar de perlas o de bolas grandes, el aliado perfecto para ambos. Al igual que las perlas, enfriado puede ser una sorpresa de sensaciones, pero usado a temperatura ambiente es perfecto para masajear o masturbar.
  5. Las almohadas o cojines nos permiten mayor comodidad y placer en algunas posturas. Si te gusta especialmente la de ambos boca abajo, prueba a ponerte una almohada debajo de la tripa.
  6. Los complementos y accesorios como cinturones y pañuelos dan mucho juego. Se pueden utilizar para amordazar, tapar los ojos, atar las manos y pies… Las posibilidades son infinitas.
  7. El plumero y las brochas de maquillaje producen agradables cosquilleos sobre la piel. Úsalos después de limpiarlos bien y disfruta del hormigueo.
  8. Las pinzas u horquillas son muy útiles a la hora de sujetar la ropa o el pelo, pero ¿ te atreves a utilizarlas sobre el cuerpo? Si eres de emociones fuertes, esta idea te encantará.
  9. Y ya que estamos hablando de juego duro, un peine o una espátula de madera son elementos que se pueden utilizar para dar cachetes. No volverás a ver tu cepillo de la misma manera.

¿Qué otros objetos cotidianos de andar por casa utilizáis entre las sábanas? Compartid las ideas en los comentarios para que todos podamos divertirnos jugando.

Duquesa Doslabios.

Las cosas que he aprendido de sexo a lo largo de mis 20 años

Puedes ponerte a follar mientras haces el amor, con rabia, con fuerza, con desenfreno, con ganas, contra la pared… Pero nunca, mientras follas, podrás fingir que estás haciendo el amor.

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Esa fue una de las primeras cosas que aprendí a lo largo de mi veintena, que más allá de la química, los sentimientos no los podía simular. Aprendí rápido a diferenciarlo, por mucho que las películas y libros de mi adolescencia me insistían en que solo estaba bien hecho el sexo si era con alguien con quien me uniera un sentimiento.

Admito que con los años me he relajado, y es que al principio, la mera idea de tener sexo era sobrecogedora de todo el esfuerzo que implicaba por mi parte.

No sé bien por qué, insistía en comprarme lencería cada vez que conocía a alguien. Y eso sin contar las horas depilando cada zona de mi cuerpo al milímetro para que no hubiera un solo pelo fuera de sitio, que, por aquella entonces, tenía la impresión de que la más mínima aparición de vello corporal cortaría cualquier posible oportunidad de tener sexo.

Pero como os digo, me he relajado. Si bien lo de la lencería lo he dejado para ocasiones especiales, para dar una sorpresa de vez en cuando, la depilación se ha vuelto un tema secundario hasta llegar al punto de que apenas le presto importancia.

Si antes era algo para ellos, para seguir su fantasía de que ahí abajo las mujeres somos lampiñas (también es cierto que mis compañías venían muy influidas con el porno), después empecé a dejármelo como yo quería, ya fuera por gusto o comodidad, y, para mi sorpresa inicial, no cambió nada en absoluto.

Dejé de pensar en el sexo como en un escenario donde tenía que dar lo mejor de mí SIEMPRE: probar cincuenta posturas en un minuto, subir una pierna, moverme, tener siempre el pelo perfecto o la luz adecuada para que no se me marcara la piel de naranja. Entendí que mi vida sexual no tenía por qué parecerse a una película porno, que disfrutaba más sin tanto agobio y dejándome llevar.

Me di cuenta de que mi cuerpo era perfecto para el sexo independientemente de arrugas o cicatrices, de kilos de más o de menos, de que tenía que dejarme de complejos porque mi vagina no cambiaba para nada y que el clítoris, menos todavía.

Durante los veinte años me di cuenta de que el sexo estaba sobrevalorado. Que no el placer, sino el sexo, el acto en sí, el “toma y daca”, el “mete y saca”. Pero claro, al empezar mi vida sexual aquello era el culmen, el broche, el punto final, lo demás son solo paradas breves antes de la última estación. Pero pasan los años y descubres que no todo es el coito, que la mayoría de las veces una buena comida puede ser mucho más espacial (por aquello de que es como antes subimos muchas a las estrellas).

Aprendí a “ser egoísta” en la cama, a mirar por mi placer porque ellos no lo hacían. A tomar riendas en el asunto y dejar de fingir unos orgasmos que nunca sucedían. A pararme y decir “me gusta así”, porque con el tiempo, le perdí la vergüenza a hablar y prefería sincerarme antes que seguir con unas interpretaciones que habrían sido de Óscar.

Por animarme a hablar, aprendí a ser sincera y también a ser empática. De mi primer encuentro con un gatillazo, solo recuerdo sentirme incómoda y poner distancia de por medio, los pocos que vinieron detrás me hicieron más comprensiva y que mostrara mi apoyo, lo que, definitivamente, tuvo mucho mejor resultado.

Me di cuenta de que mi número daba absolutamente lo mismo y aprendí a quitarle importancia al hecho de tener sexo en una primera cita, en la número 37 o a no tener sexo en absoluto en meses.

Y es que por último, aprendí que, si a veces no me apetecía, estaba bien y no pasaba nada. Hormonal, emocional o personalmente he pasado por momentos en los que la libido estaba en las nubes y otros en los que no me apetecía ni la de Vladimir (una paja y a dormir). Imagino que, al final, no es que haya aprendido más o menos sobre sexo, sino que, a lo largo de mis veinte años, he aprendido sobre mí.

Duquesa Doslabios.