Archivo de la categoría ‘violencia machista’

¿Nos aproximamos al fin de las fotos de genitales no solicitadas?

Hace unos meses me preguntaba a qué se debía ese hábito que han adquirido ciertos hombres en bombardear con fotos de sus genitales que, para empezar, no se habían pedido (una reflexión que puedes leer aquí).

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A modo de inyección de autoestima o como una curiosa forma de impresionar a una mujer que produce interés, son algunas de las razones ‘sanas’ que argumentan los expertos a la hora de tratar de explicar esta práctica.

Otras, como el control o ejercer poder -ya que no existe la opción de negarse- son menos saludables, pero también comunes.

Recibir estas fotos cuando no hay ningún tipo de consentimiento es una manera de acosar, por lo que hay quienes únicamente encuentran satisfacción en reacciones de sorpresa, dolor o enfado cuando la otra persona ve las imágenes.

Si nos ponemos a consultar cifras, el estudio realizado en 2017 sobre acoso cibernético por el Pew Research Center averiguó que un 53% de mujeres entre 18 y 29 años habían recibido estas fotos que no habían sido solicitadas.

Personalmente, estoy convencida de que, si volvieran a hacer la prueba en 2019, el resultado sería incluso mayor.

Y, como el acoso de cualquier tipo, sobre todo el online, es una asignatura pendiente también para todas las aplicaciones, no existen medidas efectivas que realmente puedan combatir este tipo de prácticas.

La estadounidense Kelsey Bressler, harta de este tipo de envíos, tomó la decisión de ir un paso más allá y elaborar un filtro de Inteligencia Artificial en redes sociales que consiguiera difuminar esas fotos para evitar el impacto.

Una manera muy eficaz de solventar el problema de las fotos no deseadas -funciona en un 95% de las veces- evitando la visión del contenido explícito.

Por buena idea que parezca –ojos que no ven, corazón que no siente– y por extraño que me resulte que, hasta ahora, no hubieran desarrollado mecanismos que evitaran estos actos (que no son otra cosa más que otro tipo de violencia), ¿es realmente la solución?

¿Qué nos garantiza que no habrá otro desarrollador que decida crear un sistema para escapar de la censura de la Inteligencia Artificial?

Aplicaciones que registran el recorrido de las mujeres cuando vuelven a casa, accesos rápidos a llamadas de emergencia por si se da una situación de peligro, filtros que borran imágenes que no queremos recibir… Soluciones a modo de parche que no curan la herida, sino que se dedican a taparla.

La atención debería centrarse en programas, estrategias o planes que trabajen el problema desde dentro, que se centren en esos hombres que mandan esas fotos que nadie ha pedido. Que les enseñen que no tienen que mandarlas.

No que tengamos que estar poniendo nosotras una serie de barreras para evitar recibirlas. Es como si tuviéramos un sinfín de medidas antiincendios en el monte, pero no se hiciera nada para controlar a los pirómanos sueltos.

Duquesa Doslabios.

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El caso de Ted Bundy o cuando el violador es guapo y simpático

El otro día le tocó el turno a Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile, una película basada en la historia de Ted Bundy, quien violó y asesinó de manera tan cruel a 30 mujeres en diferentes ciudades de los Estados Unidos, que terminó condenado a la silla eléctrica después de que, durante años, se declaró inocente.

FACEBOOK EXTREMELY WICKED, SHOCKINGLY EVIL AND VILE

Al terminar la película, una frase resumió lo que habíamos visto. “Hay que ver los locos que nos rodean”.

Si algo consigue la película es dejar claro el mensaje que ni los violadores ni los asesinos suelen cumplir las características del imaginario colectivo.

Cuando pensamos en la palabra “vampiro”, todos imaginamos dientes afilados, capa negra y piel cetrina.

Es un mecanismo automático que compartimos socialmente. Por eso, cuando se trata de la palabra “violador”, viene a la cabeza un hombre, generalmente mayor, agazapado detrás de una esquina.

Con la palabra “asesino”, algo casi igual, pero con una máscara, la cara quemada u ojos inyectados en sangre.

Ninguno de los dos términos nos hace pensar en un hombre como Ted Bundy, un hombre de ojos claros, sonrisa afable, voz seductora, derrochando guiños simpáticos y carisma.

Nos resulta imposible porque da demasiado miedo, porque se escapa a lo que nos han enseñado. Pero, sobre todo, porque esos hombres son nuestros compañeros de universidad, de trabajo, nuestros vecinos, el chico que te encuentras de fiesta con el que terminas ligando en la discoteca.

Son ellos. Pero no sabes cuál.

Y si bien, no todos (afortunadamente) van a terminar violándonos con un frasco de colonia que nos destroce los órganos internos, es el momento de desligarnos un poco del imaginario colectivo y ser conscientes de que están ahí.

Y no van a venir hacia nosotras vestidos con un jersey de rayas y agitando un guante cubierto de cuchillas. Van a venir sonriendo e invitándonos a un café.

Duquesa Doslabios.

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‘Gran Hermano’ o cómo grabar una violación por un programa de televisión

Este miércoles reflexionaba sobre la anormal normalidad que, aún hoy en día, se da con las agresiones sexuales y todo lo que conlleva violencia de cualquier tipo hacia la mujer.

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Poco después me entero de que Carlota Prado, una antigua concursante de Gran Hermano, durante su estancia en Guadalix –en plena grabación del programa-, fue violada mientras todo el equipo tras las cámaras, que se turnan a lo largo de las 24 horas del día para no perder detalle, no hacía nada para evitarlo.

Con ínfulas de documentalistas de National Geographic, redactores, realizadores y operadores de cámara dejaron que la ‘naturaleza’ siguiera un curso atroz. Lo que no sabían es que, en ese momento, junto al agresor, se estaban convirtiendo en animales.

No todo vale en el circo mediático, y este ha sido uno de los casos en los que se han cruzado los que debería ser considerados límites: el bienestar físico, emocional y mental de una participante y un delito.

No puedo evitar acordarme de una tuitera que comentaba, hace unos días, que al mediodía, en plena Gran Vía de Madrid, un hombre empezó a insultarla a gritos de manera violenta por haberle respondido a un piropo.

Se sentía sola en una de las calles más concurridas de la capital al ver que nadie hacía nada por pararle los pies al hombre.

Y si ella experimentaba esas sensaciones, ¿qué no experimentará Carlota sabiendo que puso su vida en manos de una cadena de televisión y nadie del programa hizo nada para protegerla?

No solo hay hombres que nos violan, algo ya de por sí duro que, como mujeres, nos toca asumir. También hay cómplices -según la RAE persona que, sin ser autora de un delito, coopera con actos simultáneos- que se mantienen al margen. Una serie de testigos mudos, pero no ciegos, de un crimen que, en sus manos, estaba evitar.

¿Qué sacamos de esto? Lo de siempre. Una mujer con un trauma que arrastrará toda su vida, un agresor con una pena que nunca parecerá suficiente y Mediaset dispuesta a pensar en la siguiente edición del programa.

Si grabar una violación en un reality show no es telebasura, yo ya no sé.

Duquesa Doslabios.

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¿Ha sido viral el ‘efecto Manada’ sobre los casos de violaciones grupales?

Leo en El periódico.com que, desde los Sanfermines, las denuncias de violaciones grupales se han multiplicado. Podría parecer que abusar en grupo es la nueva moda, el reto viral último, lo más guay que hacer con tus amigos. En lo que llevamos de año han sido 42 las denunciadas, y aún quedan otros cuatro meses por delante.

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Estoy segura de que si algo nos pasa por la cabeza a todas nosotras, cada vez que un diario anuncia un nuevo caso en otro punto de España, es el miedo. Porque, hablemos claro, casi da la sensación de que, desde La Manada, las violaciones en grupo han sucumbido al efecto bola de nieve.

Hoy quiero tranquilizaros, un poco en la medida de mis posibilidades, al respecto. Desgraciadamente, las violaciones colectivas no son cosa nueva. Ya eran un instrumento de represión que se utilizaba hace miles de años.

Lo que vivimos ahora casi semanalmente es la versión contemporánea que demuestra que, en realidad, no hemos avanzado tanto como deberíamos.

Quienes hemos evolucionado hemos sido las mujeres. Mientras en otros momentos de la historia no quedaba otra que callar y vivir con la losa de la agresión cometida, sin poder denunciar, sin conseguir ningún tipo de justicia, el feminismo ha puesto el punto y final a nuestro voto de silencio.

Time’s Up no ha sido solo una moda, sino el grito de las mujeres de España, India, Alemania o Suecia que se ponían de acuerdo en algo: que te violen es violación.

La consecuencia de hacer ruido, de que las mujeres ya no seamos ciudadanas de segunda, es que la igualdad, le pese a quien le pese, forma parte de la agenda.

La sensibilidad con el tema afecta a la esfera política, a la social, a la económica y también a la doméstica. Las injusticias en nuestra contra aparecen en la conversación cuando antes era algo que ni se planteaba.

Si algo hemos aprendido en estos años es que gritando en las calles que “No es no”, el país escucha. Puede que no tanto como quisiéramos y puede que ni siquiera hasta el punto de poner una pena con la que estemos de acuerdo, pero el mensaje ha calado: hay consecuencias.

Quedan aún frentes abiertos. La pornografía es la nueva maestra. El gangbang, un contenido sexual de alto éxito. Y las agresiones en grupo se seguirán repitiendo siempre y cuando los niños continúen recibiendo mensajes de que el consentimiento es algo opcional, que son ellos quienes están en una posición de poder.

Las agresiones han existido siempre. Antes nos callábamos, pero ahora, muchas de nosotras nos animamos a denunciar. Hemos dejado claro a voz en grito, a golpe de pancarta, en manifestación y en nuestras redes sociales que nuestros cuerpos son nuestros, que nuestra libertad incluye nuestro armario, nuestra sexualidad, nuestra vida.

Si se denuncian más que antes las manadas es porque las mujeres nos hemos dado cuenta (tiempo nos ha costado) de que no es nuestra la culpa. Que somos las víctimas.

“Quedó con uno de ellos, se mandaba mensajes con contenido erótico, acudió al piso a mantener relaciones sexuales…”, todo eso se ha acabado. Pueden empeñarse en que retrocedamos y volvamos a guardar silencio tildándonos de culpables, pero ahora contamos con respaldo.

Hemos aprendido lo que es y lo que no es violación, somos conscientes de ello como quizás nunca lo habíamos sido hasta ahora. Tenemos claro que no es no, que no decir nada es no, que oponer y no oponer resistencia es no, que todo lo que no sea un consentimiento explícito, es violación.

La pregunta es, por qué, si aumenta el número de denuncias, se sigue poniendo el foco en nosotras. Por qué si hay adolescentes menores de edad, de jóvenes adultos o de hombres de más de 50 años, o de composiciones de todo lo anterior junto, nadie se pregunta cómo es posible que de un grupo de cuatro, cinco o diez hombres, ni uno solo de ellos echara el freno y pusiera el punto de cordura, de respeto y todos optaran en cambio, con conocimiento de causa, por cometer un crimen.

Duquesa Doslabios.

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Que no te preocupen los ‘incels’

“¿Es que ahora tenemos también que preocuparnos por esta gente?”, me dice mi compañera de trabajo señalando la noticia de un incel que había atropellado a varias mujeres. Los incels son hombres heterosexuales, célibes de manera involuntaria, que convierten a las mujeres en el objeto de todo el odio que sienten, fruto de la frustración ante sus rechazos.

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La voz de mi compañera me resulta familiar. En ella encuentro miedo y preocupación, como si en el B.O.E. hubieran anunciado que hay un nuevo depredador suelto en el país. 

Y mi respuesta es que no. Ahora no tenemos que preocuparnos por ellos, porque en realidad llevamos conviviendo a su lado toda nuestra vida.

Se preocupa por los incels y yo pienso en aquel tío que me escupió a la cara por contestarle con un corte de mangas a los piropos.

Pienso en el que se sentaba a mi lado en la universidad y decía que aquella solo había conseguido prácticas en RTVE por chuparla. Pienso en el que se lió a darle puñetazos a una amiga en su portal. 

Pienso en el que ha ido de prostitutas porque según él, tener sexo es su derecho. Pienso en mi ex, que me cogía del cuello mientras me decía que mi valor era menor que el de la basura.

Pienso en las manadas de salvajes que cada mes van apareciendo por toda España y por todo el mundo.

Y realmente me pregunto si ahora nos preocupan los incels.

Señoras, hay hombres llevan odiándonos toda la vida aunque no les llamáramos así. Y su único rasgo en común es ese, que son hombres. Ah, y que nos desprecian, claro.

La única diferencia es que ahora le han puesto una etiqueta y se reúnen en foros a insultarnos y a planear cómo acabar con el mayor número de nosotras.

Pero vamos, yo no me preocuparía demasiado teniendo en cuenta que ya estamos bastante perseguidas.

Llevamos todo este tiempo cruzándonos con ellos en el metro, en la discoteca y hasta en los privados de Instagram, cuando te han llamado “zorra” por no haber contestado a sus mensajes. 

Con esto solo quiero decir que el arsénico era peligroso ya incluso antes de que le pusieran nombre.

Duquesa Doslabios.

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¿Eres mujer? Consejo de la Ertzaintza: ni tengas citas a ciegas ni camines sola de noche

“No aceptes citas extrañas, ni citas a ciegas. No transites de noche a solas, por lugares apartados o poco iluminados.”

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Estos ‘consejos’ (por llamarlos de alguna manera) son los que promulga la policía del País Vasco para, en su opinión, que las mujeres eviten las agresiones sexistas durante las fiestas.

Unos consejos que vienen diciendo que, si queremos estar seguras, vayamos siempre bien acompañadas, por sitios bien iluminados. O lo que es mejor, que no salgamos de casa no vaya a ser que pase algo.

Pero, ¿incluye el folleto alguna mención hacia los hombres diciéndoles que respeten a las mujeres que están disfrutando de las fiestas? Os dejo adivinar la respuesta.

Y como mujer -pero encima como mujer joven que sale de fiesta, ha tenido citas a ciegas y vuelve sola a casa- estoy harta. Harta de que la culpa de que me pase algo sea mía. Harta de que hasta la policía me diga que si no quiero que me pase nada, no haga nada. Con nadie. Nunca.

Si me paro a pensarlo, me parece tan ridículo como lo sería pedirle a una persona de etnia bereber que no se relacionara con ninguna persona caucásica, para evitar agresiones racistas.

Que no se le ocurra salir a la calle exhibiendo su piel oscura. Que para evitar provocaciones se la aclare con un maquillaje, que se ponga una careta, que se tape las manos con guantes para que no parezca que va buscando guerra.

Que procure evitar a ciertas horas del día y por ciertos barrios de la ciudad donde las personas caucásicas abundan. Que procure evitar subir en ascensor, quedarse a solas en el portal de casa con alguien caucásico por si le ataca, que no intime ni quede con nadie de piel blanca.

Pero es que también podemos aplicar el mismo razonamiento a una persona homosexual. La policía vasca podría pedirle que no entre en un local de ambiente por si, en un ataque de homofobia, alguien se lía a tiros dentro del bar.

O incluso que no vaya de la mano con alguien de su mismo sexo. Que no le bese. Que no vista con un arcoíris estampado en la camiseta “por si acaso”.

¿Ridículo? Así suena la lógica de la policía vasca, que, casualmente, solo aplica este discurso cuando son las mujeres las posibles víctimas.

Querida policía vasca, catalana, madrileña o andaluza, querida policía de toda España: las mujeres no vamos a encerrarnos en casa. No vamos a dejar de salir, de enamorarnos, de beber, de bailar, de volver a las tantas de la mañana. No vamos a dejar de vivir esta vida tan bonita que hemos tenido la suerte de encontrarnos.

Y no deberían animarnos a dejar de hacerlo como “recomendaciones por nuestra seguridad”. Deberían enseñar a los hombres que el hecho de que hagamos todas esas cosas es respetable y no da ningún derecho a gritarnos, a agredirnos, a violarnos ni a matarnos.

Duquesa Doslabios.

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De un vagón de metro y de violencia machista

Ayer iba sentada en el Metro de Madrid. A mi izquierda, un hombre iba escribiendo una carta. Si ya de por sí me llaman la atención las personas que escriben en libretas (gajes del oficio, supongo), este, que iba redactando una carta, me intrigó hasta el punto de encontrarme leyendo disimuladamente por encima de su brazo.

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Aquella misiva empezaba con lo que empiezan todas mis cartas favoritas, el amor. Un mensaje destinado a su hijo donde empezaba deseándole que se encontrara bien y le mandaba recuerdos a su madre.

Lo que en un principio parecía una epístola amable y cariñosa, se empezó a convertir en algo menos romántico y más oscuro.

“Te voy a hablar de mi verdad, esa que tu madre te ha ocultado”, escribía con rapidez mi vecino de asiento. A continuación empezaba a desglosar una serie de razones que, en su opinión, demostraban el poco afecto que le tenía su madre en realidad, quien, por la carta, pude averiguar había roto la relación con él pidiéndole que se fuera de casa.

El hombre no solo afirmaba por escrito a su hijo que su antigua pareja no le quería, sino que empezó a esgrimir toda la serie de mitos del amor romántico (ese tan machista que, a muchas, nos termina matando), como que el amor verdadero es lucha constante, una fuerza que puede con todo, que su madre no le amaba realmente y que quienes se quieren nunca se abandonan, no como había hecho su mujer.

A continuación diferentes insultos rebajados aparecían sobre el papel para esa mujer a la que tanto decía amar. Una serie de menosprecios destinados a ella, pero que pasarían por los ojos de su hijo previamente.

También le decía al hijo que había intentado hablar con su madre mediante una amiga y que ella había rechazado el contacto, pidiéndole que respetara su decisión.

Su última baza, como dejaba por escrito en la carta, era que su hijo intercediera por él, por su relación de pareja. Una responsabilidad sobre una tercera persona que poco o nada pinta en un matrimonio que se da entre dos.

Una presión para el hijo innecesaria, injusta y, encima, fruto de una manipulación escrita mediante argumentos de novelas románticas machistas que se estaba desarrollando delante de mis narices.

Aquel hombre tildaba la situación de inmerecida mientras escribía con rabia. Pedía otra oportunidad para hablar porque esa vez sí que iba a cambiar. Se había dado cuenta de todo lo que había hecho mal y solo necesitaba que su hijo le hiciera de mensajero para poder volver a verse cara a cara con ella una vez más, y, según él, solucionarlo definitivamente.

Hasta ahí pude leer. Llegó mi parada y me tocó bajarme del vagón, no sin antes sentirme tentada de quitarle aquella carta.

De vuelta a casa, solo pude darle vueltas a aquellas palabras que había leído. A esa maniobra desesperada de retomar el contacto con su expareja que, en un primer momento, me pareció enternecedora para ver cómo se iba convirtiendo, según leía, en una manipulación por escrito con insultos y violencia sobre el papel.

Como víctima de violencia de género -hace unos años me topé con un indeseable de estos- solo puedo confiar en que, si a la mujer de la carta le llega el mensaje, se mantenga firme. Ojalá no se crea nada de todo lo que lee, de todo lo que le dice. Porque él no va a cambiar. Porque nunca lo hace.

Porque el mayor amor que puede profesarse es así misma y esta persona, la misma que la va poniendo en un vagón de Metro por tierra, nunca se lo va a poder dar.

Ojalá no lo haga por la presión de su hijo después de resistir la presión que ya le hizo su amiga. Ojalá él lo respete y recuerde que ella no es su posesión.

Ojalá no le pase nada.

Duquesa Doslabios.

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¿Qué hacer cuando en la cama te encuentras con un ‘empujacabezas’?

Por mucho que pueda gustarme practicar el sexo oral (siempre con la protección adecuada), hay algo que hace que la experiencia se convierta en una pesadilla: toparme con un ‘empujacabezas’.

FACEBOOK CALVIN KLEIN

El ‘empujacabezas’ es ese chaval, hombre o señor, aquí la edad es lo de menos, que, en pleno arranque pasional donde el magreo está en el máximo exponente, coloca su mano sobre tu cabeza (porque suele ser sobre la cabeza) y empieza a presionarla para que baje en dirección a su entrepierna.

Cuando eres tú quien está notando que te están redirigiendo a la bragueta, el corte de rollo suele ser inmediato. A no ser que forme parte de un juego de poderes, a nadie le gusta que le impongan lo que tiene que hacer. Y menos en la cama.

Enfrentarse al ‘empujacabezas’ es relativamente sencillo siempre y cuando recuerdes que no está en su mano lo que puede pasar, sino en la tuya.

En una sociedad en la que el sexo es libertad y, sobre todo, igualdad, mi mejor recomendación es parar la acción (a fin de cuentas ya has perdido el interés cuando te empujaba la cabeza) y hablar.

Pregúntale si es consciente de lo que está haciendo y, sobre todo, por qué lo está haciendo, eso le desarmará. Al final el ‘empujacabezas’ no nace, no lleva en el cromosoma Y la información genética que le hace dirigir a las mujeres a su entrepierna, al igual que tampoco va en ese cromosoma una pasión desmesurada por el fútbol.

Toparse con un espécimen de este estilo hace que te preguntes de dónde viene, cuál es su origen.

Aunque quizás no lo sepa, es un hijo más de la pornografía. Se está limitando a repetir un comportamiento que ha visto decenas de veces en las películas y que, según la ficción, da un buen resultado.

Lo que tiene que entender, de ahí la importancia de que habléis, es que tú eres libre de bajar cuando consideres. Es tu decisión y debe ser respetada. El sexo oral no puede convertirse en algo que se hace mediante la fuerza, que es la sensación que nos da al sentir la presión en la cabeza.

Otro motivo por el que puede ser que lo haga es que, directamente, no sepa abordar el sexo oral y termine recurriendo a lo fácil para él, un acto violento que nos hace sentir forzadas.

Y como la clave de todo en esta vida es el diálogo, si por un casual, tú que me lees, eres un ‘empujacabezas’, mi consejo es que esperes a que salga de nosotras (que en algún momento saldrá), en vez de buscarlo con tanta urgencia.

Si por lo que sea te das cuenta de que por su parte no sale nunca, mientras que por la tuya, el pilón es un sitio de paso habitual, te doy el mismo consejo que encuentras unas líneas más arriba: hablar.

Imagínate que tu madre hace croquetas. Las pone en el plato y te empieza a empujar la cabeza hacia ellas. Da igual lo mucho que te gusten o la gran cantidad de amor que le profeses a tu madre.

Tu reacción no sería otra más que responderle con incomodidad que qué hace. No es que no me gusten las croquetas, pero déjame comerlas a mi ritmo, ¿no? Que me las sé meter sola en la boca.

Duquesa Doslabios.

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Que si te violan, es violación

Hemos necesitado tres años, tres años como sociedad y tres años como individuos, para penar un crimen que, para mí, parecía más que claro.

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Tres años en los que me he desgañitado en las calles en cuanto surgía la ocasión para protestar ante la Justicia, para darle la mano a una compañera que ni conocía ni estaba allí, para pelear por ella y por todas las que no salen en la prensa.

Tres años en los que las noticias sobre el caso me deprimían el día leyendo la aparición de un investigador privado, las declaraciones del abogado, los juicios de valor a una víctima por una camiseta, las opiniones en las comidas familiares de “que no hubiera entrado con ellos”…

Tres años para que aprendiéramos una nueva norma matemática. Si dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y una violación, quince años.

En este tiempo, no solo me he indignado con cada nuevo dato que iba saliendo a la luz, con ese primer fallo que, de laxo, parecía casi una decisión tomada por un tribunal de Los Simpsons, que por uno en la vida real.

El debate ha ido mucho más allá. Lo triste es que hasta ahora no hubiera salido sobre la mesa un tema tan importante como es el consentimiento, aclarando cuáles son los límites.

Lo realmente doloroso es que una mujer haya tenido que ser violada por cinco hombres para que nos demos cuenta de que aunque no digamos que no, aunque no protestemos, aunque no intentemos escapar, no significa que queramos tener sexo.

Hemos necesitado tres años para llamar a las cosas por su nombre, para penarlas “como se merecen”, aunque ni el número de años ni el sistema penitenciario me parecen suficientes para castigar el crimen cometido.

Si hemos necesitado tres años para aprender que si te violan, es violación, que no se nos olvide. Nunca.

Duquesa Doslabios.

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Mujer, tú te lo has buscado

Es difícil hoy en día ser mujer y que no te pesen las entrañas más de lo que te gustaría. Se me retuercen cada vez que discuto con ese amigo que no entiende que quiera que mis hipotéticos hijos puedan llevar primero mi apellido, cuando me dicen algo por la calle o, peor, cuando se lo dicen a otra mujer y sé exactamente cómo se siente.

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Me duelen hasta el punto de dejarme sin hambre cuando leo un diario y veo que la cifra de mujeres asesinadas aumenta lenta pero inexorablemente, como si fuera un contador al que le hubieran dado cuerda.

Cada vez que leo un nombre, conozco una historia o veo una foto, mis entrañas hacen acto de presencia llegando incluso en ocasiones a provocarme náuseas reales que me piden que deje, por un instante, lo que estoy haciendo para respirar hondo en el baño.

El malestar de ser mujer no se reduce a los días en los que puede tocarme una regla especialmente dolorosa, porque esos son los de menos. El malestar que me aqueja es el de ese número que no para de crecer a sabiendas de que ese día, y todos los que le precedan, faltará una Marta, Laura, Sonia o, desde anteayer, otra más. La más reciente, pero no la última desgraciadamente.

Señalar un culpable va más allá de nombrar a aquellos que hicieron circular su vídeo, que pasaron por su lugar de trabajo para ponerle cara (y cuerpo) a aquellas imágenes. Está por encima de eso (lo que no les exime de su comportamiento).

El verdadero culpable se llama machismo y tiene una doble moral muy peliaguda. Si ese vídeo hubiera sido de cualquiera de esos hombres, aquello habría quedado en anécdota, en un chiste de grupo de Whatsapp que al poco tiempo se pierde o, en todo caso, en un choque de manos discreto por semejante demostración de hombría.

En algo que no habría pasado más allá de alterar (si eso) una noche el sueño. Pero siendo mujer, el sexo no solo está mal, sino que es herramienta de represión, de culpa, arma arrojadiza como de aquellos que dicen que iba pidiendo guerra por ir enseñando las piernas.

La sexualidad solo está permitida si está al servicio de los hombres. Ahí es entonces cuando la mayoría salen esgrimiendo la lista de argumentos a favor de la prostitución o de las azafatas de Fórmula 1, de hacer con nuestro cuerpo lo que queramos que para eso somos mujeres libres y empoderadas. No les verás defendiendo nada que salga de ahí.

La diferencia es que, si en tu libertad y empoderamiento grabas un vídeo o mandas imágenes, lo que te espera no es un gran recibimiento, es acoso, humillación, ansiedad, depresión. O te sometes y aceptas esa sexualidad aprobada por el heteropatriarcado (de la que se benefician), o te castigan cuando la utilizas por y para ti hasta el punto de que contemples quitarte la vida.

Un sendero muy oscuro que es el que ha emprendido, sin sentir que tenía más salida, la última víctima de violencia machista.

Es también el mismo pensamiento machista el que dice que no grabes eso, que controles tu cuerpo, que tapes el escote, que no lleves pintalabios, que no vayas a los toros con minifalda, que no bebas, que no te grabes, porque ellos no van a poder controlarse en cualquiera de estos casos.

Una vez más, que liberes tu sexualidad solo si es para su uso y disfrute, nunca para el tuyo porque, entonces, te atienes a las consecuencias.

“Tú te lo has buscado”.

Grábatelo fuerte, a fuego, es la frase que más nos dicen.

Esta manera de eximirse de la responsabilidad, entra en la lista de argumentos que retuercen mis entrañas. Porque el dedo, una vez más, señala a esa chica que se mudó sola a otra ciudad y salió a correr, señala a esa que quedó a hablar con su exnovio sin saber que terminaría asesinada por quien tantas veces le dijo que le quería, señala a quien, grabó ese vídeo disfrutando de su cuerpo y de un momento de placer sin hacerle daño a nadie.

¿Pueden decir lo mismo quienes lo han visto, compartido y aprovechado la situación para pasearse por su puesto de trabajo?

Nos señala a nosotras por ir cortas, por bailar, por coquetear, por tomarnos dos copas de más, por grabarnos al follar. Y yo me pregunto ¿cómo es que, si nos señala a nosotras como culpables, somos nosotras las únicas víctimas que morimos a manos (o, en el caso de la mujer que se ha suicidado, por causa) de ellos?

El Time’s Up debería referirse a que se termine el machismo, no a que a las mujeres se nos agote el tiempo de vida.

Duquesa Doslabios.

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