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Un violador en cada esquina

Fue uno de los reproches que le hice a mis padres respecto a la educación que me habían dado: que habían conseguido que nunca me sintiera segura por la calle, que caminaba con el miedo de que, en cualquier momento, podría salir un violador detrás de una esquina. 

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Para mí, entender a una edad tan temprana, porque nos lo enseñan cuando todavía somos pequeñas, que fuera siempre con cuidado por si alguien me hacía algo, me marcó de la manera en la que a todas nos marca saberlo cuando llega el momento.

Y si a mí me parecía injusto, doloroso y horripilante, si me hizo sentir insegura, ahora pienso en el lugar de mis padres.

Pienso en lo que debe ser tener una hija que nace mujer y saber que, en algún momento de su vida, tendrás que tener esa charla con ella. La charla en la que le haces entender a tu hija, a lo que más quieres, que puede haber gente que la quiera agredir, violar o incluso matar.

La impotencia, el dolor y el miedo que yo siento, imagino que es solo la mitad de lo que pueden llegar a sentir ellos. Mucho más vasto y lacerante que el mío.

Unas sensaciones que, me consta, podrían volverse más intensas, aunque no me lo dijeran, si me olvidaba de contestarles a qué hora volvía a cada o si al final me quedaba a dormir en una casa de una amiga y no tenían señales de mí hasta el día siguiente.

Al tiempo que a mí me enseñaban eso, el mensaje para mi hermano ha sido el del máximo respeto hacia las mujeres.

Pero que él haya aprendido que no debe hacer nada en contra de la voluntad de otra persona, no garantiza que las mujeres estemos exentas de peligro en manos de otra persona que no ha tenido el mismo desarrollo.

Si los padres siguen teniendo esa charla con sus hijas es porque la sociedad tiene un problema estructural cuya solución no es solo que los padres den una buena educación.

La responsabilidad, más que la culpa, es de todos y somos incapaces de asumirla. Así que mientras no haya cambios en las leyes, no se refuercen las penas, no se tomen medidas, no se apliquen estrategias en los colegios o las series de televisión, como The Big Bang Theory, no dejen de vendernos como objetos, seguiremos transmitiendo ese mensaje generación tras generación.

Seguiremos diciendo, como mi bisabuela a mi abuela, mi abuela a mi madre, mi madre a mí, y yo, si tengo algún día, a mi hija, que tengamos mucho cuidado, porque ya no se esconden en las esquinas, puede ser el de la casa de enfrente, tu ex novio o el compañero de la oficina.

Y no habrá cuidado o medida que podamos tomar, ropa larga, calle llena, sobriedad o luz del día, que garantice nuestra seguridad ni nuestra vida.

Duquesa Doslabios.

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Ni la violes ni la mates

Son las siete y media de la tarde. A estas horas, normalmente, cojo las zapatillas, el abrigo más grueso que tengo y salgo a correr. Hoy no, hoy no hay ganas, ni fuerzas ni nada. Hoy hay, además de una pena que me llega al tuétano, miedo.

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No es que haya empezado hoy a sentirlo, siempre ha estado ahí, siempre lo he vivido. Pero hoy pesa más que de costumbre.

Tengo miedo de salir por mi barrio, mi parque con sus columpios donde he pasado tantas tardes de mi vida, mi zona de siempre, y no volver.

Porque quizás un día, o tú que me lees, o yo, que te escribo, no volvamos a casa. Y no dependerá de ti ni de mí. No es que, motu proprio, hayas decidido irte sin mirar atrás, es que han decidido por ti que ese era el final de tu camino.

Como tantas mujeres que se han cruzado a lo largo de mi vida en la universidad o en el trabajo, aviso siempre a alguien cuando salgo de casa a hacer ejercicio y mi madre o mi padre me piden encarecidamente que “me cuide”, que tenga “sentidiño”.

Pero que “me cuide” no es suficiente, porque por mucho que vaya por el camino que no tiene pendiente, por la zona iluminada para evitar tropiezos y que pueda caerme al suelo, mi seguridad desde que salgo de casa, por mucho que tanto a mí como a ellos nos pese, deja de estar bajo mi control.

Pienso en mis amigos, en mi hermano, en cómo no tienen que preocuparse de estas cosas, en como salen a correr, a andar, de fiesta, de viaje, a estudiar, en como vuelven a la hora que quieran solos o con las compañías que deciden sin ese miedo a no regresar.

Y entonces solo cabe preguntarse, ¿esto es vivir en libertad? ¿Es libertad vivir con miedo de salir de casa? ¿Con miedo de ir por la calle independientemente de la hora, de la gente que circule, de la zona, de mi ropa, de mi edad?

¿Cuándo van a dejar de pedir que nos cuidemos? ¿Por qué el planteamiento es que, siendo mujer, te protejas en vez de que, si eres hombre, no agredas?

Igual si empezáramos a enseñar de manera diferente, a decir que si ves a una chica sola por la calle a las tres de la mañana, que si te cruzas con una que va borracha, que si coincides en el parking, que si es una vecina que te encuentras en el rellano, que si tu pareja quiere romper la relación, que si va viajando sola, que si es tu compañera de trabajo y ha ido al baño, ni la violes ni la mates.

Duquesa Doslabios.

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A ti, que sufres violencia (y puede que aún no lo sepas)

Sé lo que es el silencio, ya sabes a cuál me refiero, ese que pesa más que una losa cargada a la espalda. Sé lo que es recibir reproches, uno a uno, como cuchillos, y todos certeros, directos a donde más te duele.

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Sé lo que es intentar aguantar esa mirada y finalmente bajarla porque toda tú empiezas a flaquear. Sé lo que es que se te encojan las entrañas cuando rompe algo delante de ti. Hoy una silla, mañana la guitarra, pasado la puerta del cristal de casa mientras lo único que haces es rezar por no ser tú la próxima que tenga delante cuando se enfade.

Sé lo que es tragarte todas tus lágrimas porque están tus padres, tus hijos, alguien fuera de la puerta y como se enteren de que estás llorando “será peor para todos“.

Sé lo que es que te cambie las contraseñas, que te vaya a buscar a todas partes, que no te deje ir a ningún lado sola “por tu seguridad”, porque “te quiere demasiado” y porque “no soportaría perderte”.

Sé lo que es repetirle una y otra vez a tus amigas de toda la vida, al vecino que sale a comprobar por qué estás tirada sobre la escalera llorando, que “no pasa nada”, que todo está bien, que no se preocupen, que “es normal”, que te has tropezado tú sola y que él solo te está ayudando a levantarte.

Sé lo que es que te insulte de desayuno, de comida, de merienda y de cena. Sé lo que es que te diga que va a cometer una imprudencia y pase casi 24 horas sin contestarte para que tú, mientras tanto, solo te imagines lo peor. Sé que te ha dicho que hoy iba a terminar con su vida. Sé que te lo creíste. Sé lo que es pensar que no puedes alejarte de su lado para que no “haga una tontería”.

Sé lo que es sentirte sola porque ya se ha encargado de alejarte de todos. Y lo ha hecho tan bien que ha conseguido que hasta tú te alejaras de ti. Sé lo que es mirarte en el espejo y verte con más ojeras, que te repitan en el trabajo que últimamente “tienes cara de cansada”. Sé lo que es no saber qué ponerte para que no se enfade.

Sé lo que es que te tire del pelo con rabia, que veas como en su mano cuelga un mechón de tu melena, que te empuje contra la pared, que de discutir encima de la cama termines en el suelo. Sé lo que es que diga que “le has obligado a hacerlo” o peor, que “estás paranoica” y que ese golpe, esas manos sobre tu cuello, solo han pasado en tu cabeza. Sé lo que es querer creerlo con todas tus fuerzas, pero que tu garganta, aún atenazada, te recuerde que no te lo has imaginado.

Sé lo que es que te fuerce, porque si no te bajas las bragas cuando quiere es porque “no entiendes sus necesidades”, porque “no le quieres” o peor todavía “porque estás pensando en otro“. Sé lo que es mirarte después, desnuda, y sentir asco y pena, al mismo tiempo, de ti misma.

Sé lo que marcharte y pensar que ni con esas, ni aun cambiándote de país, se va a terminar. Sé lo que es despertarte en mitad de la noche con un ataque de ansiedad, porque, como tantas otras veces, te estaba persiguiendo y lograba alcanzarte.

Sé lo que es que, años después, sigas mirando dos veces a la calle antes de salir de casa, que cambies cada cierto tiempo tus rutas para volver del trabajo o de la universidad, tu rutina, porque te juró y perjuró que o eras suya o no serías de nadie. Ni siquiera de ti misma, la única persona a quien realmente perteneces.

Sé que duele todavía, sé que te cuesta confiar, sé que le buscas en todos los hombres que se cruzan en tu camino porque te da miedo que te la vuelvan a colar. Sé que aún te sientes expuesta, débil, impotente ante lo que él, a estas alturas de tu vida, quiera y pueda hacerte. Lo voy a decir bajito, para que quede entre nosotras, sé que todavía vives con miedo a que te remate.

Pero sé también que eres fuerte, sé que eres compasiva, sé que eres valiente, decidida, sé que conseguiste aprobar ese examen que te llevó la vida estudiar, sé que puedes hacerte una carrera de cinco kilómetros aunque en tu vida te hayas puesto unas zapatillas de correr. Sé que puedes con todo porque eres tu mayor aliada. Sé que ahora parece imposible, pero también sé que basta que veas la jaula para que des el primer paso para salir de ella. Te prometo que en los pasos siguientes no estarás sola.

Duquesa Doslabios.