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¿Y si la fantasía del hombre empotrador no era para tanto?

Define el amante perfecto, el compañero de vicio ideal, el que fantaseas con tus amigas cuando os ponéis a charlar.

Me juego lo que quieras a que se te viene a la mente la imagen un empotrador (el que sea).

Uno conocido con quien has tenido sexo o uno que, en tu cabeza, tiene que follar a las mil maravillas. Una máquina de penetrar.

PEXELS

(Inciso: ¿no me sigues en Instagram? ¡Pues corre!)

Pero, ¿es el empotrador quien más nos hace disfrutar entre las sábanas?

Porque cada vez estoy más convencida de que, todo este tiempo, estábamos engañadas y no era lo que necesitábamos (aunque sí lo que nos vendían).

Yo soy de las que piensa que el empotrador está sobrevalorado. A la hora de la verdad, lo que nos da placer es otra cosa.

La mayoría de los orgasmos, que solo consigo con una estimulación directa del clítoris, me lo confirman. Por mucho que aparezca un empotrador, ahí no es.

No quito lo placentero del roce, de una buena embestida. Pero que la figura del empotrador sea popular, que todo trate de la penetración beneficia solo sale a cuenta a una mitad de los participantes.

Ah, y que una vez tienen sexo, a follar como bestias. Legitima un sexo que arrolla, destroza y hasta maltrata.

Si bien es agradable si te apetece o te va un rollo más intenso, el empotramiento queda romantizado entre las amigas.

Si no te revienta la vagina -y al día siguiente no caminas como un cervatillo recién nacido-, no cuenta.

Igual mi punto de vista es menos popular, pero me encantaría que se popularizara, en vez del empotrador, el que sabe tocarte en condiciones.

Quiero que se reconozca de una vez a esos que saben hacerte un sexo oral de fantasía, que consiguen que se te olvide hasta que se ha puesto a llover y te has dejado fuera la ropa tendida. Los auténticos expertos en lengua (y no la castellana).

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Los que circulan por tu clítoris a una velocidad digna de autopista y van cortando los hilos de lucidez que te atan al cerebro para que, lo único que alcances a sentir, sea el centro de tu cuerpo, palpitando al ritmo que te marca.

Son quienes se merecen para mí, el máximo reconocimiento. Porque el pene está muy bien, nadie lo duda.

Pero que sepa leerte, entenderte, tocarte, estimularte, complacerte, beberte, comerte y correrte, le da de vueltas a cualquier empotrador.

Mara Mariño

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Y así fue como el anilingus dejó de darte vergüenza

Si me preguntas cuándo me quedé más cortada, la vez que me dijeron que querían comerme el culo o la que me pidieron que lo hiciera yo, diría que la primera.

Y es que, por mucho que te dediques a la limpieza de la zona, nunca las tienes todas contigo de que aquello esté como para recibir la visita de una lengua.

SAVAGE X FENTY

O al menos, eso es lo que siempre me ha echado para atrás.

Pero bueno, no hay problema. Con vergüenza ni se come ni se almuerza, que dice el refrán, así que me ha tocado perderla.

Al menos no tengo el estigma que aprieta a más de uno de que dejar que le coman el culo (y disfrutarlo) es algo poco masculino.

Que el placer anal es solo para disfrutar si eres homosexual, es otro mito del beso negro que toca desterrar en 2022.

Si todos tenemos culo, aprovechémoslo para pasarlo bien.

No quiero volver a ver en una reunión con amigos a los que bajan la mirada si pregunto que por qué no se dejan hacer un anilingus.

Hay quien puede sacar el tema de las bacterias, que por mucho que no se vean, pululan por la zona. Que entre eso o que hay pelo, es poco higiénico.

Vale que puedes depilarte los cuatro (o cuatrocientos) pelos o utilizar un enema si eso te tranquiliza, pero piensa que quien quiere bajar sabe a dónde está yendo de paseo. 

Con agua y jabón de por medio no necesitas montar un puesto de desinfección. También basta con no ir con la boca a cualquier sitio después de la cata anal.

Abrirte de piernas para poner tu culo en bandeja, no significa que des luz verde a que te la metan por detrás.

Una cosa no tiene por qué implicar la otra. Así que si es algo que te preocupa, háblalo antes de empezar.

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Y si por lo que sea te ha pillado un día con dolor de tripa, diarrea o simplemente estás hinchada de la regla y no te apetece jugártela a la ruleta rusa del gas, déjalo para otra ocasión y fuera.

Es una experiencia al límite entre el morbo y el pudor de sentirte expuesta.

Pero vale la pena desprenderse de todo por la oleada eléctrica que te recorre cuando dos manos abren las nalgas para franquearle la entrada a un lametazo.

Duquesa Doslabios.
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Feliz Navidad con este relato erótico sobre sexo oral

Cuando le digo a mi madre que sí, que iré a la farmacia a por una prueba de antígenos antes de comer con la abuela para que se quede tranquila, me doy cuenta de que ha sido la peor de las ideas. La cola de la farmacia dobla la esquina de la manzana. En este punto en el que lo más probable es que me quede sin test -ya ayer se agotaron en menos de una hora- empiezo a pensar que habría hecho mejor en decirle que no iba y me quedaba en casa. Así que normal que explotara cuando vi que te querías colar delante de mí.

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Perdona- digo con ese tono que lo que insinúa en realidad es que te vayas a la mierda-, la cola termina ahí.

Sin apenas girarte me dices que te estaba guardando el sitio tu vecina y le das conversación la mujer de delante. No sé si será verdad o no que la conoces, pero ante la duda, me resulta más sencillo volcar mi enfado sobre ti. Representas todo lo que no me gusta ahora mismo, sexo masculino (dale las gracias al ghosting por esto), el típico corte de pelo de barbería con los laterales rapados -y una mata por encima que parece un ser vivo-, y la sinvergonzonería de colarte en algo tan vital. Cuando la fila empieza a moverse al abrirse la farmacia solo puedo pensar en que más te vale que haya un test para mí.

***

No puedo esperar a llegar a casa, me meto en la cafetería de al lado y hago la prueba en el baño. Aunque no sé cómo he conseguido llevar a cabo el proceso con el mix de palitos y botes de tamaño mini, al final el hisopo ha terminado en la prueba de Covid. Solo me queda esperar. Estoy sentada mirando el test que está sobre la mesa lo que se me antojan como varias horas (y que en realidad son apenas unos minutos). Por fin la línea se empieza a dibujar junto a la ‘C’ y respiro aliviada. Me dura poco, otra línea le acompaña junto a la ‘T’. Positiva en Covid. Tras escribirle a mi madre el mensaje y asumir que voy a pasar las fiestas sola, estoy lista para encargar un cargamento de bollos y pastas. Y cuando voy a levantarme de la mesa, reparo en que tú estás enfrente. No me había dado cuenta de que habías tomado la misma decisión que yo, sin poder esperar a llegar a casa para salir de dudas. Me miras entre los mechones que caen de tu flequillo y sostienes en alto un test con dos rayas. Si es el karma por haberte colado delante de mí, no entiendo que he podido hacer yo mal para que también me haya tocado. Me encojo de hombros mientras te devuelvo una sonrisa que me tapa la mascarilla y se me ocurre la más loca de las ideas.

***

Mi casa se ha convertido en uno de los mayores focos de contagios de Madrid teniendo en cuenta que en apenas 179 centímetros del sofá de Ikea estamos dos personas con coronavirus. Nada más llegar a casa he dejado la mascarilla junto a las llaves, pero tú todavía la tienes puesta. Como si no estuvieras muy seguro de soltarla. De desprenderte de la única barrera que, por lo que nos han dicho, evita la transmisión. Decido por ti y recorto el espacio que nos separa sentándome a tu lado.

Creo que ya no te va a hacer falta eso- te suelto las gomas de detrás de las orejas y dejo la FFP2 junto a tu abrigo, donde aún asoma el test de antígenos con las rayas tan dibujadas que parecen de neón.

No tengo la casa especialmente ordenada, así que el chaquetón plantado en la mesa baja, junto a mis libros, portátil y bolígrafos, parece encajar. Te miro por primera vez la cara desnuda y me sorprendo de que seas más pequeño de lo que pensaba. ¿24? ¿25? Es una diferencia de edad notable, pero no alarmante -nunca los números me han asustado-. Pero no deja de llamarme la atención como, automáticamente, hace apenas una hora, te eché más años de los que tenías. Toda esa seguridad aplastante con la que reivindicaste tu sitio en la cola parece haberse quedado delante de la farmacia. O es que quizás te preocupa recontagiarte, algo ya improbable. De cualquier manera no tuviste ninguna duda cuando te propuse pasar juntos la Nochebuena. Dos extraños asintomáticos aislados del mundo en plena pandemia global.

***

Cuando vuelvo del baño tras lavarme las manos, pareces más relajado. La situación ha pasado de parecerte extraña a divertida. Es algo que deduzco por cómo inspeccionas mis cuadernos de biología marina, con la confianza de quien ha visitado la casa de su anfitrión más veces.

Este verano hice snorkel en Malta y vi unas algas idénticas a estas- dices señalando la foto de la Asparagopsis taxiformis.

Podría seguir la conversación y contarte que no es original del mediterráneo, que es una especie invasora o que puede reproducirse sexual o asexualmente. Que te hayas fijado en una alga cuyo nombre en hawaiano se relaciona con el placer, me parece casi una señal. Me siento junto al libro y te cojo de la mano, guiándola para cerrarlo. Sigo pensando lo mismo que cuando te quitaste la mascarilla, que tus labios, por finos que sean, piden a gritos ser besados. Así que me lanzo. Y tu boca me recibe en lo que por dentro siento como aplausos. Alzo las manos y acaricio tu intento de barba, esa que aún no es cerrada y tiene algún hueco sin vello. Rodeo tu cara mientras te dibujo los labios con la punta de la lengua. Como si lamiera una piruleta que no me sabe a fresa, sino al capuchino de la cafetería de abajo. Te acomodas en el sofá, pero te llevo la contraria. No voy a seguirte a tu terreno, sino que me reclino aún más en la mesa abriéndome espacio entre los libros, cuadernos y tu chaqueta mientras me desabrocho el botón de los pantalones. Pareces saber interpretar la señal cuando tiras de ellos para bajarlos. Un forcejeo que vivo recreándome en tu esfuerzo hasta que los dejas abandonados por el suelo. Empiezas por el tobillo, recorriendo la cara interna de mi pierna con la boca entreabierta. Un camino que llega a su fin cuando alcanzas el borde de mis bragas. Me sacas la lengua y catas, con algodón de por medio, qué te espera debajo de la tela. Queriendo desintegrar la ropa, alargas el momento para sacarme de mis casillas. Muerdes mis muslos y deslizas un dedo que mueves en círculos por donde intuyes que se encuentra mi clítoris (no andas tan desencaminado). Por fin te decides y, con una mano, apartas la ropa interior para hundirte entre mis piernas. Me perfilas con la lengua, primero el labio izquierdo, luego el derecho. Te recreas lamiendo de arriba a abajo pasando por los recovecos de mi cuerpo. Hasta que vuelves a subir y te quedas -ahora sí- en mi clítoris. Deslizándolo de lado a lado, como si fuera la pelota de tenis y tu lengua las raquetas.

Empiezo a encorvarme sobre la mesa  y utilizas tu mano libre (la otra sigue con la tarea de no dejar que la tela de mis bragas corte el transbordo mis labios-tu lengua) para acariciarme con la yema. Y aprovechando mi humedad, que juega a tu favor, hundes el dedo para seguidamente, alzarlo desde dentro. Lo sacas de nuevo y te lo llevas a la boca sin dejar de observarme, con tu mirada fija en mí. No me queda otra escapatoria que no sea ver cómo me catas con el improvisado cubierto en el que se ha convertido tu dedo. Entrecierras los ojos como si lo que has encontrado te hubiera gustado. La imagen me pierde y te pido que repitas el juego gastronómico. Obediente vuelves, esta vez con el doble de dedos y repartes lo que encuentras. Uno termina en tu boca y otro en la mía. Contento con haber compartido tu descubrimiento, vuelves a la carga conmigo. Arrodillado frente a mí, empiezas un nuevo patrón. Mecánico, pero lento y profundo, sigues embistiendo con la mano. Mi cuerpo te da la señal de que cada vez estoy más cerca de que eso se convierta en fuego artificial y me prenda. Me falta el aire, el mismo que mi frecuencia cardiaca pide multiplicar convirtiendo mi respiración en jadeos. Cambias de estrategia y utilizas la boca para apretar, masajear, succionar… Pierdo la cuenta del compás de sensaciones y me dejo llevar a sabiendas que la combinación de tu lengua y el dedo tienen más peligro en mi sangre que un chupito de tequila. Si te pillo por sorpresa, no lo demuestras, sigues manteniendo el ritmo cuando mi cadera se eleva hacia arriba y se me cierran los ojos con fuerza para disfrutar de la corriente eléctrica que me sacude entera. Cuando los efectos del orgasmo desaparecen y cada vez me palpita menos el cuerpo, soy capaz de incorporarme a ver cómo le dedicas a mi vulva los últimos lametazos, más suaves y relajantes que ninguno de los anteriores. Te despegas y apoyándote en mis piernas desnudas, me deseas una Feliz Navidad.

Todavía es Nochebuena- te respondo con risas. Mientras preparo mentalmente un contraataque en el que los primeros en caer van a ser tus vaqueros.

Este producto hace que el sexo oral sea alucinante (y lo puedes compartir con tu pareja)

Como clitoriana de manual, todo lo que implique recibir estimulación directa sobre el clítoris está en mi lista de must haves a la hora de tener sexo.

Acepto soplido, lametazo vertical, horizontal, en forma de círculos, yema del dedo, succionador con batería, succionador bucal, bala vibratoria y todo lo que puedas imaginar que sirva para moverlo de un lado a otro.

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Además, cualquiera de ellos se puede acompañar de acción en la zona de alrededor. Pero llega un punto que, por mucho que intentes innovar, las formas de jugar con una vulva llegan a su fin.

Pasa lo mismo cuando es un pene el que se escurre entre los labios. Que las combinaciones son muchas y dependen tanto de nuestra imaginación como de lo que nos diga la otra persona.

Si nos quedamos cortos de ideas, es el momento de experimentar -con cabeza-. Nada de probar con esa salsa picante que tenemos en la nevera para ver si produce sensación de calor.

La nata, el chocolate o, por qué no, la mantequilla de cacahuete son lo bastante untuosos como para satisfacer tanto a quien da placer como a quien lo recibe.

Más allá de lo que podamos tener por casa, apto para el consumo, la industria de artículos sexuales ha dado rienda suelta con una variadísima gama de lubricantes con sabor que podemos utilizar y que muchos de ellos incluso vienen con efecto de frío o calor.

Pero hay algo más. Y he tenido la suerte de probarlo hace nada.

Imagínate un producto pequeño, fácil de llevar en la cartera junto al preservativo que nunca falta y que da un giro con looping y caída libre a cualquier práctica que implique bajar del ombligo.

Es justo eso lo que se le ha ocurrido a Bijoux Indiscrets con su nuevo invento: unas tiras con sabor a menta que se deshacen en contacto con la lengua.

Y si son el mejor invento para el clítoris después del succionador, tengo que decirlo.

Si a veces buscar algún juguete del arsenal es algo que frena un poco la pasión del momento -por aquello de rebuscar y ponerlo en funcionamiento-, es un problema que no he tenido con las tiras.

Se puede erotizar hasta el momento de abrirlas y ponerlas en una lengua extendida y sedienta, sin quitarle la vista de encima a la otra persona.

Y bajar a comerle -o que te coman-, como si mañana no existiera, carga de erotismo un sexo oral mucho más jugoso que al que estaba acostumbrada.

Una vez notas que la tira empieza a derretirse, es el momento de pasar la zona ardiente de la lengua por el glande o el clítoris, de usarla como si se tratara de un utensilio de la cocina para repartir generosamente esa sensación de cosquilleo.

La misma que, según pasa el tiempo, también nos manda señales de calor o frío (si pruebas a soplar después, vas a alucinar).

Además, para quienes no estén muy reconciliados con su sabor más íntimo, son perfectas para disimular todos los olores y matices del mundo que puedan captar las papilas gustativas (¿ves como lo tienes que llevar en la cartera por si surge que te lo coman en cualquier parte?).

No te quedes ahí. Para en seco, sube de nuevo y prueba la experiencia de besar entrelazando entre las lenguas otra tira. Métela hasta la campanilla y saborea mientras las bocas están encendidas.

Aumentar la temperatura de los besos es otra de las opciones por las que merece la pena experimentar más allá de la entrepierna.

¿Quieres más ideas? Prueba a lamer los pezones, el lóbulo de la oreja o incluso a llamar a golpe de lengua la puerta de atrás. No hay parte del cuerpo que no se pueda convertir en manjar.

Y una vez centrada la atención y el deseo en esas partes encendidas, tú decides si sigue siendo la boca quien lleve el peso de la estimulación o si, condón a mano, pasas a otro tipo de práctica.

Ya que son compatibles con los preservativos, no tendrás que parar a lavarte, solo aprovechar el calentón por partida doble para seguir jugando.

Duquesa Doslabios.

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Condones de sabores: ¿sirven solo para practicar sexo oral?

Una de mis amigas no deja que su novio le practique sexo oral por considerar que el olor de su flujo era demasiado fuerte (según ella).

Y aunque yo le dejé claro que estaba segura de que su entrepierna olía a lo que tenía que oler, es algo que no ha conseguido superar.

Personalmente, soy partidaria de que aceptemos y disfrutemos del cuerpo tal cual. Pero bien para casos como el de mi amiga o por añadirle variedad a nuestra vida íntima, existen alternativas.

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El lubricante de sabores -si lo pruebas con base de agua no solo resulta menos pegajoso, sino que encima lo puedes utilizar para tener sexo anal- es uno de los más populares.

Otra opción son los condones de sabores, que van desde las frutas a la menta o incluso algunos pasando por el chocolate.

Con el objetivo de hacer de una relación una experiencia a medio camino entre el placer físico y el gastronómico, solo queda una duda por resolver.

¿Después de chuparlo y rechuparlo, se puede usar para algo más o es solo para el sexo oral?

Depende de cada marca. Mientras que hay algunas cuyos condones de sabores se pueden utilizar para todo tipo de prácticas, otras recomiendan cambiarlo por uno nuevo.

La excepción a la norma serían aquellos preservativos que incluyen sustancias que retrasan la eyaculación y pueden llegar a adormecer la boca.

También en la lista negra de condones que es mejor no pasar por la boca son aquellos con efecto calor, ya que el lubricante termogénico puede llegar a ser molesto en una zona tan sensible.

Los demás lubricantes con sabor son seguros tanto si se ingieren como si entran en contacto con la mucosa de la vagina o del ano siempre y cuando no contengan azúcares, que es lo que puede provocar infecciones.

Y por último, nada de pegarle un bocado al preservativo ya que están hechos a base de látex o de caucho natural.

Ante la duda, tómate un minuto para leer con atención la caja. Mejor eso que estar unos días más tarde con hongos por no haberle echado un vistazo a las recomendaciones.

Duquesa Doslabios.

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¿Es el 69 la postura más sobrevalorada?

Antes de que en el colegio aprendamos el número π (3,14) hay uno que todos conocemos, el 69. Bien porque te lo ha dicho el espabilado de turno de la clase o porque, investigando con el ordenador de casa, diste con un fondo de pantalla en el que salía acompañado del logo del conejito de Playboy.

Igual no sabías cómo funcionaba la mecánica, pero tenías algo claro: 69 es igual a sexo. Lo mejor es que han pasado unos 20 años y muchos (me incluyo en este grupo) seguimos sin entender todos sus secretos.

«Es que no puede ser tan complicado«, pensabas en un primer momento. «Su cabeza en la entrepierna, la mía en la suya y a comernos».

Pareja en ropa interior

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Ya te toque arriba o abajo, llega un punto en el que piensas «¿Estoy cómoda? ¿Qué hago con esta pierna? Se me está durmiendo el brazo…».

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Porque el 69 tendrá muchas cosas, pero cómoda no es. Ni a la hora de acoplarse por el tema posiciones ni aguantando mucho tiempo en la postura (y menos aún en verano, me recuerda una amiga puntualizando esa fricción que se da entre barrigas).

Es infinitamente más fácil llegar al orgasmo en otras posturas que teniendo que estar concentrándote en hacer una felación mientras intentas que tu culo no le aplaste la nariz.

La falta de concentración es lo que, tras una rápida encuesta en Instagram, mis seguidores seleccionan como principal inconveniente.

«Quien mucho abarca poco aprieta», «Vamos a centrarnos en una sola cosa para hacerla bien», «De uno en uno se disfruta más», «Ya estoy mayor como para tener que hacer todo a la vez», son algunas de las opiniones que salen de la pregunta.

Sin embargo la tenemos erotizada hasta el punto de que hemos tenido que ponerla en práctica para descubrir que es de todo menos eso.

Aunque no todo son desventajas. No ocupará los primeros puestos de la lista de las posiciones más prácticas, pero es innegable el poder que tiene a la hora de conectar.

Por esa razón, no creo que debamos descartarla del repertorio. El hecho de tumbarte sobre alguien dejando -y teniendo- sus genitales a escasos centímetros de la cara, es tan visual que sirve para intimar.

Vale que no es para relajarse y disfrutar. Más bien se trata de una postura activa que, por muchas variantes que le metas (el 69 vertical, el lateral, el medio sentados…) solo gana puntos como complemento de otras posiciones, no como plato principal.

Pero sí que me quedo con su carga erótica al acercar la sexualidad dos personas y quitarnos la vergüenza de que nos vean así: en bolas y primer plano. Con el cuerpo expuesto y el objetivo claro de pasarlo bien y hacer disfrutar.

Duquesa Doslabios.

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Si te cuesta llegar al orgasmo con el clásico 69, es hora de que pruebes el 68 o ’69 hawaiano’

No, yo tampoco sé quién bautiza las posturas sexuales, pero lo de ponerles gentilicios como coletilla es algo que no entiendo.

Como que en España llamemos ‘paja cubana’ a masturbar con las tetas pero en Italia eso se conozca como ‘una española’.

CONTROL ESPAÑA

Nacionalidades aparte, es el momento de conocer esta variedad del 69, que también encuentras como ‘el 68’ (y, de paso, nunca más dejar de practicarla de hoy en adelante).

Personalmente, he pasado por mis fases con la postura original. Al principio no congeniábamos porque me costaba pillar el multitasking de recibir placer y concentrarme en recibirlo al mismo tiempo.

Con el tiempo, ha terminado por ser una de mis favoritas para esos momentos en los que necesitas bajar un poco el ritmo pero seguir disfrutando.

Y aunque la más típica es aquella en la que una persona se tumba boca arriba y la otra se coloca a cuatro patas y en sentido inverso, también me atreví a experimentar con la versión vertical (y averiguar que eso de tener sexo oral mientras me baja la sangre a la cabeza, no es lo mío).

El 68 no tiene ese problema, es más, tiene una ventaja respecto a las otras y es que es perfecta para aquellas que, como yo, tienen problemas a la hora de concentrarse cuando hacen este tipo de posturas en las que tienes que estar pendiente de varias cosas.

La principal diferencia es que se centra solo en uno de los dos miembros (adiós a esos pensamientos que te recuerdan que debes mantener el ritmo).

Pero vamos por partes. Antes que nada, la colocación. La persona que vaya a practicarla, debe tumbarse mirando hacia arriba con las rodillas flexionadas.

La pareja utiliza las piernas como respaldo apoyando el resto del cuerpo sobre el torso y dejando justo sus genitales a la altura de la boca.

Es importante que el peso caiga también sobre los brazos y las piernas para no aplastar mucho a quien hace de apoyo y que aguante lo más cómodamente posible.

Con esta postura, chupar y lamer es facilísimo, sí, pero también utilizar las manos.

Y no solo en los genitales, teniendo el ano tan cerca, es la excusa perfecta para hacerle una visita al vecino de abajo.

Duquesa Doslabios.

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Sí, el sexo con la regla puede ser (muy) placentero: apunta estos 6 consejos

Más o menos, las mujeres tenemos 400 reglas desde que nos viene por primera vez hasta la menopausia.

Así que entre los días de sangrado fuerte y los que simplemente manchamos un poco, nos pasamos con sangre o restos entre las piernas más de 2000 días de nuestra vida.

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Los suficientes como para que ni me plantee pasarlos religiosamente sin tener sexo. Las ganas siguen ahí, quizás en mayor o menor medida en función del momento o del ciclo. Pero si hay deseo, ¿cómo pensar en no tener ningún tipo de actividad?

Para mí, en concreto, hace que el periodo sea mucho más llevadero. Recuerda que el orgasmo siempre te va a ayudar a que las molestias se pasen (la combinación ibuprofeno y clímax es mi favorita durante esos días).

Pero también es cierto que podemos hacer que el polvazo nos resulte más apetecible. Así que ahí te dejo mis recomendaciones para que te tires a la piscina (menstrual) y te animes:

  1. Si por lo que sea te da pavor que se te acerquen cuando sangras (que no pasa nada), recuerda que el clítoris está lejos de la vagina. En concreto unos cuántos centímetros más arriba. Con un tampón o una copa menstrual te aseguras de que no se convierta en el gran olvidado, sino en el protagonista. ¿Quién dijo que el sexo es solo penetración? Tócate (o que te toquen) o atrévete a que te hagan ese cunnilingus que te mereces, que cambiar por completo el revestimiento uterino es un trabajo que bien se merece que te mimen.
  2. Un minuto de silencio por esas sábanas/mantas/colchón que alguna vez nos hemos cargado con el sangrado. Ya que sacar la mancha roja cuesta horrores (acuérdate que solo se van con agua fría), mi consejo es que te hagas con una buena toalla negra para que te despreocupes por tu ropa de cama. No solo proteges tus sábanas de lyocell, sino que te aseguras de que vas a poder seguir usando la toalla ya que con el color oscuro no se apreciará ninguna mancha. Pero es que la sangre es tan buen lubricante que no deberías perder la ocasión de usarla a tu favor.
  3. Ayúdate de estos aliados: una copa menstrual para tener sexo, juguetes que te estimulan el clítoris o en definitiva cualquier cosa que te haga sentir cómoda y excitada son claves. La cosa es que disfrutes y llegues al orgasmo.
  4. El agua caliente es tu mejor amiga. Y no solo dentro de la bolsita que se puede calentar en el microondas. La temperatura disminuye el dolor y rebaja la inflamación (de ahí que también se utilice para los partos en el agua). Mi sugerencia es que muevas la acción al baño y confíes en el chorro de la ducha. Si te lo aplicas sobre la tripa, notarás un alivio inmediato y si bajas unos centímetros, estimulas el clítoris. Dos pájaros de un tiro.
  5. Que suba la temperatura literalmente. Más allá del baño, es fundamental no quedarse fría. Si hay que dejarse la camiseta puesta, se deja. Si hay que tener sexo con la manta térmica en la tripa, se tiene también.
  6. Evita las posturas en las que la penetración sea profunda. El cuello uterino se estrecha y es probable que notes más molestias (dile adiós al perrito en esos días). Si te pones tú encima, haces la cucharita lateral o el misionero te asegurarás de que no te duela nada.

Duquesa Doslabios.

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5 formas tan sencillas de facilitar el sexo oral que ya deberías estar probando

Una de mis frases favoritas de Sexo en Nueva York es la que menciona Samantha cuando dice que, si el sexo oral fuera fácil, no se le llamaría «hacer un trabajito».

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Porque claro, la teoría, aparentemente, es sencilla. Nadie tiene que estudiar cómo besar, lamer o chupar.

Pero, ¿cuántas veces, en plena faena, piensas en que te empieza a doler el cuello, te dan calambres en los brazos, se te está metiendo el pelo en la boca o cualquier otro tipo de pensamiento que te saca, mentalmente, del momento?

Aunque parece muy obvio, si no tenemos ni idea de si lo que hacemos gusta o no, podemos empezar por preguntar si vamos bien. Es preferible parar, poner un nuevo rumbo e ir en el sentido correcto, que estar haciendo las cosas de una forma que no termina de gustar.

A la hora de colocarse, una buena posición es fundamental. Y sí, lo ideal sería que ambos estuvieran cómodos, una razón por la que no siempre estar completamente tumbado es lo mejor.

El borde de la cama, una silla o la esquina del sofá son algunos lugares que nos permiten tener dos alturas, algo que el cuello de quien está poniendo en práctica sus habilidades orales, agradece infinitamente.

Al igual que el hecho de que te sujeten en pelo si tienes melenaza. Vale que existen los coleteros, pero para esas ocasiones en las que quedan en casa, que te lo recojan con la mano -haciendo una cola de caballo- te quita la preocupación de que se te metan mechones en el ojo (o en la boca, lo cual es muy incómodo).

En cuanto a nosotras, podemos poner de nuestra parte con el simple gesto de separar los labios vaginales. A fin de cuentas, nosotras tampoco tenemos que hacer más que facilitar la llegada al clítoris.

Si tiene dudas de por dónde llegar, mostrando directamente el camino no solo conseguimos que sepa dónde es el lugar, también le ahorramos que tenga que estar sujetándolos al mismo tiempo que masajeando con la lengua y jugando con los dedos.

Duquesa Doslabios.

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Sobre el sexo oral y el coronavirus: ¿es seguro practicarlo o me puedo contagiar?

El lío que tenemos con las fases y lo que podemos hacer en cada una de ellas, solo me parece comparable a las dudas que nos han surgido respecto al sexo.

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¿Podemos volver a hacerlo? ¿Está limitado a parejas estables? ¿Qué posturas son las mejores para evitar el contagio? ¿En serio deberíamos usar mascarilla?

Y la pregunta a la que intentaré darle respuesta hoy: ¿qué hay del sexo oral?

Parece que encontrar una respuesta unánime y avalada por la ciencia, está todavía por llegar, ya que las investigaciones solo han dado comienzo.

Por un lado, el estudio del Hospital Municipal de Shangqiu llegó a encontrar rastros del virus en muestras de semen de pacientes con coronavirus. Por otro, la Universidad de Harvard destacaba el riesgo de las excreciones respiratorias, lo que se traduce en que no podemos descartar que ahora la mascarilla también forme parte de la vida íntima.

Pero ya sabemos cómo es la vida con mascarilla. Al igual que, en cuanto llegamos a la terraza, nos la quitamos para darle un trago a la bebida, podríamos llegar a pensar que es un caso idéntico, ya que también se trata de llevarse algo a la boca.

O incluso de engancharla en el codo a modo de pulsera (los que salís a la calle coincidiendo con runners o gente paseando sabéis a qué me refiero) mientras dure el momento, para luego volver a colocarla sobre la nariz y la boca en cuanto se termine.

Incluso aunque se haga con preservativos, sigue siendo una práctica de alto riesgo.

Por activa y por pasiva nos han repetido que las microgotas que expulsamos al toser (hasta al hablar), son las que poseen más carga vírica.

Imaginemos entonces lo que puede contener nuestra saliva. Al final, por mucho que intentemos hacerlo con cuidado -es decir, salivando lo menos posible-, ¿de verdad podemos evitar que no termine en nuestras manos, en la piel de la otra persona, en el sofá o incluso en las sábanas?

Como me dijo hace unas semanas Ana Lombardía, la práctica más segura actualmente sigue siendo la masturbación a solas.

Así que, por mucho que queramos usar todas las barreras del mundo, mejor que la boca quede fuera del juego.

Duquesa Doslabios.

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