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El blog de Lilih Blue El blog de Lilih Blue

Historias de amor, sexo y otros delirios

Entradas etiquetadas como ‘cama’

Posiciones para cuando te puede el cansancio (pero aún así estás caliente)

Típico día de diario por la noche, ambos estáis hechos fosfatina y solo queréis tiraros en la cama a dormir.

Pero con el ojo a medio cerrar empiezas ver a tu pareja desnudándose y como no eres de piedra (aunque te pese el cuerpo una tonelada por el cansancio), te entran las ganas. Para esos casos puedes optar por posturas en las que no tengas que moverte mucho. ¿Cuáles? Aquí tienes algunas ideas:

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Cucharita: gírate hacia uno de tus costados, pegaos el uno contra el otro y aprovecha una de las posturas para vagos por excelencia. Lo único que tenéis que hacer es darle un poco de movimiento y listo.

Misionero: ¿es necesario que la explique? Perfecta para las mujeres que no quieren mover un músculo, aunque procura interactuar con tu pareja y no quedarte despatarrada haciendo la estrellita de mar. El sexo es una cosa de dos.

-Cara a cara: Cambia el turno. Es el momento de que él se tumbe. Aprovecha para colocarte encima con todo tu cuerpo cubriéndole y repta levemente sobre él de delante hacia detrás.

Siéntate encima: la clásica postura perfecta para cuando estáis en el sofá y os ponéis tontorrones. Aprovecha que él está contra el respaldo y bien colocado para utilizarle como punto de apoyo. Seguir viendo la película es ya elección vuestra

-69 lateral, mucho más cómodo que el arácnido. Gira unos 90 grados la postura que tanto conoces. Evita que uno de los dos esté tumbado mientras el otro tiene que aguantar su peso. Se realiza apoyados sobre los costados como un 69 convencional.

Y, si conoces otras posturas que sean ideales para cuando la vaguería alcanza sus máximos niveles, te animo a compartir tus ideas en la caja de comentarios y a seguirme en las redes sociales (mi Facebook y Twitter) para estar al tanto de más posts como este para cuando andes con pocas ideas.

Duquesa Doslabios.

Mi (mala) experiencia con un pene pequeño y cómo debería haberlo gestionado en realidad

Tengo una amiga que dramatiza mucho con el hecho del tamaño del pene. Ella es de las que opina que no se puede jugar al fútbol si la pelota es de tenis y yo, lo confieso, pensaba de manera parecida.

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Pero retrocedamos en el tiempo. Un chico de mi universidad me volvía loca. Teníamos esa especie de fijación por los Rolling que hacía que nos encantara todo lo británico y evergreen. Me descubrió Oasis y me hice aún más fan de él y de los hermanos Gallagher.

Era romántico, elegante, un hombre de 35 en el cuerpo de un chaval de 20 con una conversación de estas en las que te sumerges y no quieres volver a la superficie nunca. Tal que así.

Era todo tan perfecto que mentalmente ya le veía en mi cama con Paint it Black sonando de fondo. Cuando por fin llegó el día estaba yo con la emoción por las nubes. La música ambiental, unas velas del chino por allá y un magreo encima de mi mesa de estudiar que haría difícil que me concentrara ahí sentada días después.

A lo largo de los preliminares, con los pantalones por el suelo, me hice una idea del panorama que me esperaba. El panorama no era muy esperanzador, no os voy a engañar. Era tan poco esperanzador, que, mi amiga la dramática de los penes, le habría espetado de estar en mi lugar “¿Qué clase de broma es esta?“.

Pero como me han enseñado a valorar a las personas por lo que son y no por el tamaño de su pene, seguí ‘palante como los de Alicante’. Que la vida son dos días y a lo mejor luego a la hora de la verdad me lo paso igual de bien.

Cuando llegó el momento de conectar, tuve la típica reflexión en alto de chiste malo de “Ya puedes meterla” a lo que él me contestó “Si ya estoy dentro”. Horror. No sentía absolutamente nada. Pero nada nivel he tenido más sensibilidad poniéndome un tampón que con él.

Un poco agobiada le dije de cambiar de postura ya que en algunas se nota más el movimiento que en otras. Tras estar un rato encima asumiendo que no tenía ningún tipo de sensación, me noté especialmente húmeda. “Al menos la duquesa se lo está pasando bien” pensé, pero no. NO. Él encendió la luz extrañado de lo mojada que estaba y… Estaba totalmente cubierto de sangre.

Me había bajado la regla.

Le di un poco de papel y entre avergonzada y agradecida por tener una excusa para parar, me limpié y le pedí que se fuera. No volví a verle.

Ahora que han pasado muchos años desde ese momento podéis creerme si os digo que me siento terriblemente mal por cómo le eché aprovechando la excusa de la regla. Mi madurez (sexual y mental) era más bien escasa y para mí era todo la penetración. Era a lo que me habían enseñado las películas.

Ahora me doy cuenta de que perdí la oportunidad de conectar de otras maneras en la cama con esa persona con masturbación o sexo oral y que me quedé en algo que, la mayor parte de las veces, no me reporta ningún orgasmo, no como las otras prácticas.

Así que chicas, si os encontráis a alguien que no la tiene del tamaño al que estáis acostumbradas, no le echéis con cajas destempladas. Dad la oportunidad porque las artes, y no el pene, hacen al amante.

Duquesa Doslabios.

¿Cada cuánto hay que cambiar las sábanas cuando tienes sexo?

Ponte en situación: domingo por la noche. Te acuestas en la cama de alguien y, animándole a que se una, tratando de ser juguetona a la vez que coqueta, deslizas la mano por encima de la sábana indicándole que quieres que se tumbe junto a ti. Pero esa mano, en el camino a lo largo del tejido, se topa con algo que identificas como MIGAS.

Uno de los posibles orígenes de las migas en la cama. PIXABAY

Tu escena mental, que parecía salida de cualquier momento romántico de película ‘hollywoodiense’, se corta de golpe cuando, buscando esas migas, encuentras manchas indefinidas que sospechas que ni siquiera son tuyas ya que hace un mes que no has pasado por la cama (o peor, son tuyas de hace un mes porque no se han lavado las sábanas en todo ese tiempo).

El caso de las sábanas guarras es una situación que afecta a un sinfín de jóvenes en la sociedad de hoy en día y de lo que nadie se pronuncia al respecto, pero se acabó mantenernos en silencio.

Es el fin de tu intento de reconducir disimuladamente “la acción” al sofá. Unámonos contra la ropa de cama sucia y pongamos solución al respecto.

Cada hora el ser humano desprende entre 30.000 y 40.000 células. Haz los cálculos de las que echas en la cama y multiplícalo por dos (o por el número de personas que te pases entre las sábanas, que eso es cosa tuya).

En resumen, tienes un cóctel de sudor, células muertas, ácaros y fluidos que, si ya de por sí deberían asquearte por ti mismo, ni te cuento si te planteas meter a alguien ahí dentro.

Tus sábanas, si solo pasas tú por ellas, puedes lavarlas entre 4 y 11 días dependiendo de tus escrúpulos (o de si son noches especialmente calurosas, si te ha bajado la regla y has manchado, etc) pero si en tu cama ha quedado cualquier resto, lo suyo es que las laves al día siguiente, especialmente si planteas volver a ocuparlas con otra persona pronto.

Únete al movimiento. #StopSábanasSucias.

Duquesa Doslabios

Posturas atrevidas para salir de las clásicas al practicar sexo

No estoy diciendo que el sexo sea aburrido, pero todos tenemos un repertorio de posturas favoritas, que, repetimos a menudo por comodidad, pereza a la hora de buscar cosas nuevas o porque nos permiten alcanzar el orgasmo más fácilmente.

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Sin embargo, no podemos quedarnos ahí, por muy a gusto que estemos tumbados mientras el otro hace todo el trabajo. Solo se vive una vez y el kamasutra tiene un montón de posturas para probar y darle algo de gracia a la vida sexual:

  1. Cunnilingus trasero: lo de dar una vuelta de 180 grados aquí debes aplicarlo de manera literal. Olvídate de acceder por la puerta delantera al clítoris. Aunque practicar sexo oral desde atrás mientras ella está en la postura del perrito, recomiendo estar tumbada bocabajo, ya que te encuentras totalmente relajada disfrutando de lo que sucede a tus espaldas.

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  2. Carretilla: ideal para tonificar los brazos. Ella se coloca en el borde de la cama apoyándose sobre sus codos mientras él la levanta en peso y se sitúa por detrás entre las piernas. Piensa que si al empezar no aguantas tu propio peso, con el paso del tiempo terminarás por resistir más tiempo en la postura. Si por lo que sea termináis cayéndoos, las risas estarán aseguradas (y la risa es la puerta del amor).

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  3. Piernas sobre los hombros: nada cómoda si las dimensiones de tu pareja están por encima de la media pero muy placentera para todas las demás. Es perfecta porque te recordará al misionero hasta que compares las sensaciones, lo que hará que esta postura bata a la clásica por goleada. Puedes hacerla todavía más innovadora si él se coloca sobre sus rodillas.

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  4. El candelabro italiano o la diosa de la larga cabellera (imagino que el nombre fue puesto en honor a que la persona que esté abajo, se come todo el pelo como no se ande con ojo) son perfectas para salir de la zona de comfort y cambiar el rol activo de vez en cuando. Se puede mejorar el equilibrio si la mujer apoya los pies y brazos a los lados y los utiliza como puntos de apoyo.

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  5. El 69 arácnido: porque también se puede añadir picante a la postura por excelencia del sexo oral. Él se debe colocar sentado con las piernas entreabiertas mientras ella, situada de espaldas a él, flexiona el tronco hasta que ambos se alcancen mutuamente. Tener un cierto nivel de flexibilidad para no hacerse daño es lo ideal, así que si quieres probarla pero lo tuyo no es la elasticidad, empieza poco a poco.

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¿Se te ocurren otras posturas para innovar en la cama? ¿Cuáles son los trucos que utilizas? No os olvidéis de compartir vuestra experiencia en los comentarios, que ya sabéis que me encanta leeros y tomar nota de vuestras sugerencias.

Duquesa Doslabios.

Dime qué ruidos haces (en la cama) y te diré quién eres

O mejor, dime qué ruidos haces en la cama y te diré con quién te estás acostando, ya que la sinfonía de sonidos va mucho más allá de los que puedan hacer el somier y el golpeteo del cabecero de la cama contra la pared:

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Guarradas: o más finamente, como dicen los angloparlantes, el dirty talk (conversaciones sucias). Si por un casual consideras necesario añadir un poco de cháchara a la acción, puedes relatar brevemente lo que te gusta de lo que estáis haciendo o lo que te excita de la otra persona (evita narrar escenas de manera distendida como Carlos Ruiz Zafón).

Gemidos: según el estudio realizado por Saucydates sobre una muestra de 5.000 personas, al 90% de los hombres les gusta oír gemir a las mujeres mientras que a un 70% de ellas también les gusta que se exprese su compañero. Timidez fuera y gemidos dentro. Eso sí, naturales. Lo de ponerte a gritar como si estuvieras en plena berrea otoñal del ciervo, mejor déjalo para las películas porno.

Respiraciones aceleradas: porque a todos nos gusta percatarnos de que la otra persona se está poniendo como una moto. Normalmente suelen ser el prefacio del bullicio que va a venir después. A diferencia de los gemidos o el dirty talk, es una respuesta biológica a la excitación del momento, por lo que no es algo que dependa de nuestros gustos.

Ruidos aleatorios: la vida es incierta y muchas situaciones, inesperadas, por lo que siempre puedes escuchar en la lejanía un murmullo de una tripa que suena por hambre, un gas que se escapa o los incómodos ‘pedos vaginales’ que suceden por la formación de aire (y de los que prometo hablar muy pronto en un post).

Gritos: pegar voces en el dormitorio no es la mejor manera de llevarte con tus vecinos, pero si es uno de los básicos de tu repertorio ineludible en la cama, formas parte del 50% de hombres al que le gusta esta práctica. Si como mujer también eres aficionada a los alaridos, solo perteneces al 36,2% según el estudio.

Menciones religiosas: son quienes encuentran la fe entre las sábanas. Sí, tú también has pensado en una persona en concreto que gritaba “Oh, Dios”. Si no se te ocurre nadie es porque esa persona eres tú.

Blasfemias: parece gente muy bien hablada, pero en cuanto se quitan la ropa es como si les hubiera poseído el espíritu del barrio Esperanza Sur. Procura, dentro de los insultos que profieras, no ofender a la otra persona ya que puedes cortarle el rollo inmediatamente.

Y tú, ¿qué ruidos haces o te gusta escuchar en la cama? Contadme vuestras experiencias más confidenciales.

Duquesa Doslabios.

¿Esperar o no esperar en la primera cita?

La vida es prisa: leemos los artículos por encima sin llegar en muchas veces hasta el final, nos deslizamos por la interfaz de una red social sin apenas fijarnos en las fotos que nos pasan por delante, sustituimos diálogos complejos por una carita amarilla expresiva…

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Pero es que no tenemos tiempo que perder, y es algo que se ha trasladado también a nuestras relaciones. “¿Para qué esperar?”, puedes llegar a preguntarte cuando esa cena empieza a llegar a su fin y la botella de vino está a punto de agotarse.

¿Para qué esperar? A fin de cuentas hacerlo o no esa noche no va a cambiar el hecho de que solo querías quedar por un rato de diversión. No malinterpretemos, no es que no te lo hayas pasado bien, todo lo contrario, pero las intenciones estaban claras desde el momento de antes de verse, y, ya que ambos pensáis lo mismo, ¿qué sentido tiene postergar lo que va a suceder?

Tratar de pintar algo de un color que no es, y alargar las citas con una persona con la que solo quieres mantener un encuentro sexual, convierte las convocatorias en algo tedioso.

No tiene nada de malo irse a la cama con alguien a quien acabas de conocer. Hemos llegado al punto en el que el sexo desligado de sentimientos es también satisfactorio (no voy a entrar en las diferencias que puedan darse entre ambos).

Sin embargo, no es algo factible para todas las personas. Me explico. Puede darse el caso de llevar una racha de gente que pasa directamente a consulta sin pararse por la sala de espera, y gente a la que quieres hacer esperar.

Es algo que descubres en el punto antes mencionado, en esa cena con la botella de vino a punto de extinguirse, cuya cantidad de líquido es, en ese momento, inversamente proporcional a lo que estás experimentando hacia esa persona.

Y es cuando, por química, por sintonía, entendimiento, reciprocidad, o llamémoslo X (porque a veces ni siquiera es fácil de explicar) pierdes la prisa. Por esa vez, por esa compañía tu prioridad no es llenar el suelo de su ropa, sino llenar tu tiempo de esa persona.

Ahí nace la espera, de que sospechas que esa persona no es un encuentro más y quieres que, cuando llegue el momento, sea especial. Sí, por supuesto que también es cansada, como cualquier otra espera. Pero en el mundo de la prisa, tomarte tiempo, es un lujo que solo puedes permitirte en ocasiones.

Y así como los segundos antes de un beso, el minuto antes de que apaguen las luces en el cine para ver la nueva entrega de la saga de superhéroes, los segundos previos a que termine el microondas o el tiempo que le lleva a tu pedido online llegar a casa, son instantes que merecen la pena.

Duquesa Doslabios.

¿Lo hace mal en la cama? Dilo

¿Sabes cuando tienes la mala suerte de que en el supermercado te ponen pescado malo, vas después a quejarte y te dicen, con sorpresa, que hasta ese momento nadie había protestado por la calidad? En la cama pasa lo mismo.

Las personas se dividen en dos grupos: las que señalamos cuando algo no nos gusta en la cama y las que se callan por miedo, vergüenza, timidez o falta de confianza y dejan que esa persona crea que está yendo por el buen camino.

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Esto crea una especie de situación de pescadilla que se muerde la cola (por aquello de volver al símil de la pescadería del principio). Tú no dices nada, por lo que esa persona no sabe que igual está haciendo algo mal, lo que hace que continúe haciéndolo (o no haciéndolo) y luego le toque a otra que, seguramente, tampoco diga nada.

Esta situación puede prolongarse infinitas veces hasta que llegue (si tiene la suerte de llegar) a una persona que se lo diga, lo que hará que reciba la noticia con sorpresa e incluso hasta con enfado de que nunca nadie se hubiera manifestado al respecto anteriormente.

Amante no se nace, amante se hace. Nadie viene al mundo sabiendo como complacer en la cama, es una mezcla entre curiosidad personal, ensayo y error…

Pero lo que más ayuda, o al menos en mi caso, es, y aunque no sea un trago agradable de primeras, decirlo. Parar los pies cuando después de pedirle que te estimule el clítoris ves que su lengua va por el gemelo. Sé de casos de amigos que han preferido callarse pasar sin sexo oral porque sus compañeras de cama les deslizaban los dientes inconscientemente cada vez que les hacían una felación.

Y digo yo, ¿no es mejor dedicar cinco minutos explicando cómo nos gusta, cómo se hacen las cosas bien, que callarnos y dejar, no solo que esa persona siga en su error sino sin recibir todo el placer que podríamos?

Personalmente, he sido de las maestras pacientes, de las que cortan el momento y, con toda la delicadeza del mundo (ya que no olvidemos que no es algo que la otra persona desconozca a propósito), he dicho cómo, cuándo y dónde me gustaba, si tenía que presionar, dejar de presionar, meter o sacar.

Piensa que si te encuentras en una situación así, él o ella no es culpable de no saber, pero tú sí que eres culpable de no enseñar y de perpetuar su desconocimiento si no le sacas del error.

El saber no ocupa lugar, pero puede ser la diferencia entre alcanzar o no un orgasmo.

Duquesa Doslabios.

En la cama más besar y menos hablar

Mira que soy pesada. De esas a las que le gusta tanto hablar que, como diría mi madre, no se calla ni debajo del agua. Hablo de lo que sea, donde sea y con quien sea. Hablo tanto que incluso he dado conversación a los de Telefónica cuando no tenía nada que hacer.

Y aún con todo lo que hablo (y con todo lo que me gusta hacerlo), no soporto cuando por un casual encuentro un hombre que habla en la cama.

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Los hombres que hablan en la cama son un porcentaje pequeño pero que puede llegar a resultar irritante. Echar un polvo con un charlatán sexual es como cuando ves una película online que han grabado con subtítulos en otro idioma. Son totalmente innecesarios y te distraen cada vez que aparecen en la pantalla.

Hay varias clases de dirty talk que puedes encontrar en la cama. Por un lado está el que se dirige hacia ti pero en realidad se dirige hacia sí mismo con expresiones del tipo “Mira lo que tengo” o “Todo esto es para ti” en una especie de intento de reafirmación. Sí, está oscuro pero veo lo que tienes. Y sí, ya sé que es para mí, no veo a nadie más en la habitación.

También está el que va narrando cada acción como si se tratara de los comentarios del director: “Ahora quiero que te pongas encima”, “Muévete más rápido”… Una cosa es que en un momento concreto nos digan cómo podemos hacer algo mejor y otra que nos vayan dirigiendo continuamente.

Los hay parlanchines inseguros que a cada instante te preguntan “¿Te gusta?” a lo que tú, mentalmente, pones los ojos en blanco. Si no te has dado cuenta por mi lenguaje no verbal de que me está gustando es que no lo está haciendo.

Y ya no hablemos si además esperan que tú les respondas. Conozco mujeres que se ponen más tensas recitando un diálogo sexual forzado que en la consulta del ginecólogo.

No digo que prescindamos de las palabras, de expresiones u onomatopeyas. Una voz en el momento preciso anima a cualquiera. Pero respetemos la libertad que nos da la cama de, por unos instantes no hablar, de sustituir la conversación verbal por gestos, sonidos o movimientos que solo asoman cuando dejamos salir nuestro lado crudo y animal, ese lado que goza del placer puro sin pensar.

Porque es cuando dejamos de hacerlo que disfrutamos de verdad.

Duquesa Doslabios.

Cosas que tiran para atrás en la cama

Llevaba meses soñando con ella y hace unos días, al fin, se la llevó a la cama. La chica había entrado recientemente en la empresa por algún tipo de beca, y aunque no estaba en su departamento, siempre la veía de lejos. “Está buenísima. Me encanta”, me decía. Pero aparte de hola y adiós y un par de frases anodinas, nada. Tampoco es que hubiera ocasión, todo hay que decirlo. Pero el caso es que hace unos días un grupo de compañeros organizó una quedada masiva prevacacional y coincidieron. Y ya sabéis, las copas, el calorcito, la noche… Mi amigo desplegó todos sus encantos y a ella debió de gustarle, porque acabaron juntos en su casa. En la de ella.

Y todo iba bien, parece ser, hasta que en el momento cumbre la chica comenzó a aullar, cual lobezna. “¿Pero cómo aullar, literalmente, quieres decir?”, le pregunto. “Sí sí, te lo juro. Ni que fuera la Shakira en el vídeo ese de la loba…”. Yo estaba confundida. Al hacer esa comparación pensé que le había gustado. Una chica sensual, segura de sí misma, desinhibida… Pero no. Resulta que le había espantado. No por desinhibida, sino por el aullido en sí. Asegura que le pareció de lo más ridículo y que le dio un ataque inmanejable de vergüenza ajena que acabó con cualquier rastro de las ingentes cantidades de pasión que minutos antes inundaban su cuerpo.

“¿Pero lo hace siempre?”, inquirí, aunque él no conocía la respuesta. No la conocía porque no se quedó a preguntarle. Le produjo tanto rechazo que fue incapaz de pasarlo por alto y, tras improvisar una excusa absurda, salió de allí pitando. A mí me pareció francamente exagerado. Una chica guapa, sexy, simpática e inteligente, y lo manda todo a paseo por una anécdota en la cama. Ni que se hubiera puesto a golpearle con un mazo.

pareja en la cama

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La historia me hizo recordar una peli, bastante mala, por cierto, en la que Eddie Murphy se ligaba a todo tipo de mujeres increíbles, pero de las que salía huyendo despavorido en cuanto les veía los pies si estos no estaban con una pedicura impecable. Pues comentándolo el otro día con un grupo de amigos, una chica contó algo parecido, solo que con otra cuestión. En su caso fue un grano. “Era enorme, lo tenía en el pecho, en pleno esternón, y era incapaz de concentrarme, ocupaba toda mi atención. Parecía un ojo gigante que no dejara de mirarme”. No se fue corriendo, pero después de aquello lo estuvo evitando hasta que el chico se cansó. Y todo por un grano.

¿Y vosotros? ¿Os ha ocurrido algo parecido? ¿Algún episodio concreto con el que fuerais incapaces de transigir?

Las dificultades del sexo en otro idioma

Hay a quien le resulta sexy, pero en mi opinión, relacionarse con alguien en la cama en un idioma que no es el tuyo puede resultar más complicado de lo que parece. Porque, si a veces uno tiene problemas de comunicación con su pareja en ese terreno, a menos que seas bilingüe y tengas un dominio total, imaginaos cómo debe de ser cuando no se habla en la misma lengua.

Aunque sepas defenderte. Que una cosa es conversar durante una cena o en una reunión de trabajo y otra muy distinta explicarle el compañero de catre lo cachonda/o que te pone y las ganas que tienes de esto de aquí o de un poquito más allá. Supongo que cuando has repetido lo suficiente, las piezas van encajando y, a medida que aumentan el aprendizaje y la confianza, todo se vuelve más relajado y natural. No obstante, los primeros encuentros pueden resultar de lo más tragicómico, y hay que tener mucho cuidado con el tono, el contexto y las traducciones literales.

pareja en la cama

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Porque mal que bien, al menos en inglés, uno va aprendiendo algunas frases típicas. Que si you make me so horny (me pones muy cachondo/a), que si go harder (dale más duro), que si I’m coming (me voy a correr)… Pero, aunque se te venga a la mente una frase concreta en un momento concreto, son muchos los que se cortan, ya sea porque les da vergüenza o porque, como me dice una amiga, sienten que les va a sonar “muy falso”. “El problema muchas veces no es ya qué decir, sino cómo decirlo”, me cuenta.

Recuerdo a otra que hace unos meses se enrolló con un tipo de Nueva York, un chaval bastante majo que pasaba una temporada en España por cuestiones de trabajo. Compartía piso con un amigo suyo (nuestro) y una noche, en una fiesta de andar por casa, acabaron revueltos. Ambos se gustaron mucho y se vieron un par de veces más. Todo apuntaba buenas maneras hasta que un día, ella recibió un WhatsApp del chico en cuestión. El texto decía “I wanna fuck your brains out”, lo que viene a significar algo así como “quiero follarte de arriba a abajo”. Pero mi amiga, no muy ducha en esto de los idiomas, entendió que lo que el tipo quería era follársela mientras le masacraba el cerebro, o algo por el estilo. El caso es que lo tomó por un psicópata y, acojonada perdida, no volvió a responderle ni a verlo. Para cuando se dio cuenta de su error y quiso arreglar el malentendido, era demasiado tarde. Aún hoy se da de cabezazos.

El caso de este otro amigo, madrileño de pura cepa, es muy curioso. Se pasó varios años con una novia estadounidense y, aunque ambos eran bilingües, siempre usaban el inglés para dos cosas concretas: el sexo y los enfados. No era algo premeditado, les salía por instinto. Al final lo segundo ganó tanto peso sobre lo primero que lo acabaron dejando, pero a él le costó cambiar el chip. La consecuencia fue que más de una vez, en sus primeros encuentros sexuales con otras chicas tras la separación, en el momento culminante se le escapaba un “fuck”, o “shit”, o alguna otra palabra malsonante en el idioma de Shakespeare. Y claro, el personal alucinaba.

Aunque a veces no hace falta que se trate de una lengua distinta para que el asunto chirríe. Ayer mismo me descojonaba con lo que me vino contando un compañero del curro. Resulta que el fin de semana había conocido a una chica argentina a la que describía como “despampanante”. “Realmente impresionante”, repetía una y otra vez. La pena fue que la concentración se le fue al garete cuando a ella, en pleno lance amoroso, le dio por decir: “¡Dale dale Maradona!”. “Intenté ignorarlo, pero no pude. Me dio un ataque de vergüenza ajena y todo me empezó a parecer ridículo. No podía quitarme a Maradona de la cabeza, era como si estuviéramos allí los tres”, me decía. Yo creo que exageraba para hacernos reír, pero algo de eso hubo y no puedo dejar de imaginármelo sin que se me escape una sonrisa.

En cualquier caso, viva el multiculturalismo, que todo aprendizaje es bueno y que, a las malas, pues a callarse uno y a centrarse en el lenguaje corporal, que es universal y ese sí que no falla.