BLOGS
El blog de Lilih Blue El blog de Lilih Blue

Historias de amor, sexo y otros delirios

Entradas etiquetadas como ‘cama’

Dime qué ruidos haces (en la cama) y te diré quién eres

O mejor, dime qué ruidos haces en la cama y te diré con quién te estás acostando, ya que la sinfonía de sonidos va mucho más allá de los que puedan hacer el somier y el golpeteo del cabecero de la cama contra la pared:

GTRES

Guarradas: o más finamente, como dicen los angloparlantes, el dirty talk (conversaciones sucias). Si por un casual consideras necesario añadir un poco de cháchara a la acción, puedes relatar brevemente lo que te gusta de lo que estáis haciendo o lo que te excita de la otra persona (evita narrar escenas de manera distendida como Carlos Ruiz Zafón).

Gemidos: según el estudio realizado por Saucydates sobre una muestra de 5.000 personas, al 90% de los hombres les gusta oír gemir a las mujeres mientras que a un 70% de ellas también les gusta que se exprese su compañero. Timidez fuera y gemidos dentro. Eso sí, naturales. Lo de ponerte a gritar como si estuvieras en plena berrea otoñal del ciervo, mejor déjalo para las películas porno.

Respiraciones aceleradas: porque a todos nos gusta percatarnos de que la otra persona se está poniendo como una moto. Normalmente suelen ser el prefacio del bullicio que va a venir después. A diferencia de los gemidos o el dirty talk, es una respuesta biológica a la excitación del momento, por lo que no es algo que dependa de nuestros gustos.

Ruidos aleatorios: la vida es incierta y muchas situaciones, inesperadas, por lo que siempre puedes escuchar en la lejanía un murmullo de una tripa que suena por hambre, un gas que se escapa o los incómodos ‘pedos vaginales’ que suceden por la formación de aire (y de los que prometo hablar muy pronto en un post).

Gritos: pegar voces en el dormitorio no es la mejor manera de llevarte con tus vecinos, pero si es uno de los básicos de tu repertorio ineludible en la cama, formas parte del 50% de hombres al que le gusta esta práctica. Si como mujer también eres aficionada a los alaridos, solo perteneces al 36,2% según el estudio.

Menciones religiosas: son quienes encuentran la fe entre las sábanas. Sí, tú también has pensado en una persona en concreto que gritaba “Oh, Dios”. Si no se te ocurre nadie es porque esa persona eres tú.

Blasfemias: parece gente muy bien hablada, pero en cuanto se quitan la ropa es como si les hubiera poseído el espíritu del barrio Esperanza Sur. Procura, dentro de los insultos que profieras, no ofender a la otra persona ya que puedes cortarle el rollo inmediatamente.

Y tú, ¿qué ruidos haces o te gusta escuchar en la cama? Contadme vuestras experiencias más confidenciales.

Duquesa Doslabios.

¿Esperar o no esperar en la primera cita?

La vida es prisa: leemos los artículos por encima sin llegar en muchas veces hasta el final, nos deslizamos por la interfaz de una red social sin apenas fijarnos en las fotos que nos pasan por delante, sustituimos diálogos complejos por una carita amarilla expresiva…

GTRES

Pero es que no tenemos tiempo que perder, y es algo que se ha trasladado también a nuestras relaciones. “¿Para qué esperar?”, puedes llegar a preguntarte cuando esa cena empieza a llegar a su fin y la botella de vino está a punto de agotarse.

¿Para qué esperar? A fin de cuentas hacerlo o no esa noche no va a cambiar el hecho de que solo querías quedar por un rato de diversión. No malinterpretemos, no es que no te lo hayas pasado bien, todo lo contrario, pero las intenciones estaban claras desde el momento de antes de verse, y, ya que ambos pensáis lo mismo, ¿qué sentido tiene postergar lo que va a suceder?

Tratar de pintar algo de un color que no es, y alargar las citas con una persona con la que solo quieres mantener un encuentro sexual, convierte las convocatorias en algo tedioso.

No tiene nada de malo irse a la cama con alguien a quien acabas de conocer. Hemos llegado al punto en el que el sexo desligado de sentimientos es también satisfactorio (no voy a entrar en las diferencias que puedan darse entre ambos).

Sin embargo, no es algo factible para todas las personas. Me explico. Puede darse el caso de llevar una racha de gente que pasa directamente a consulta sin pararse por la sala de espera, y gente a la que quieres hacer esperar.

Es algo que descubres en el punto antes mencionado, en esa cena con la botella de vino a punto de extinguirse, cuya cantidad de líquido es, en ese momento, inversamente proporcional a lo que estás experimentando hacia esa persona.

Y es cuando, por química, por sintonía, entendimiento, reciprocidad, o llamémoslo X (porque a veces ni siquiera es fácil de explicar) pierdes la prisa. Por esa vez, por esa compañía tu prioridad no es llenar el suelo de su ropa, sino llenar tu tiempo de esa persona.

Ahí nace la espera, de que sospechas que esa persona no es un encuentro más y quieres que, cuando llegue el momento, sea especial. Sí, por supuesto que también es cansada, como cualquier otra espera. Pero en el mundo de la prisa, tomarte tiempo, es un lujo que solo puedes permitirte en ocasiones.

Y así como los segundos antes de un beso, el minuto antes de que apaguen las luces en el cine para ver la nueva entrega de la saga de superhéroes, los segundos previos a que termine el microondas o el tiempo que le lleva a tu pedido online llegar a casa, son instantes que merecen la pena.

Duquesa Doslabios.

¿Lo hace mal en la cama? Dilo

¿Sabes cuando tienes la mala suerte de que en el supermercado te ponen pescado malo, vas después a quejarte y te dicen, con sorpresa, que hasta ese momento nadie había protestado por la calidad? En la cama pasa lo mismo.

Las personas se dividen en dos grupos: las que señalamos cuando algo no nos gusta en la cama y las que se callan por miedo, vergüenza, timidez o falta de confianza y dejan que esa persona crea que está yendo por el buen camino.

GTRES

Esto crea una especie de situación de pescadilla que se muerde la cola (por aquello de volver al símil de la pescadería del principio). Tú no dices nada, por lo que esa persona no sabe que igual está haciendo algo mal, lo que hace que continúe haciéndolo (o no haciéndolo) y luego le toque a otra que, seguramente, tampoco diga nada.

Esta situación puede prolongarse infinitas veces hasta que llegue (si tiene la suerte de llegar) a una persona que se lo diga, lo que hará que reciba la noticia con sorpresa e incluso hasta con enfado de que nunca nadie se hubiera manifestado al respecto anteriormente.

Amante no se nace, amante se hace. Nadie viene al mundo sabiendo como complacer en la cama, es una mezcla entre curiosidad personal, ensayo y error…

Pero lo que más ayuda, o al menos en mi caso, es, y aunque no sea un trago agradable de primeras, decirlo. Parar los pies cuando después de pedirle que te estimule el clítoris ves que su lengua va por el gemelo. Sé de casos de amigos que han preferido callarse pasar sin sexo oral porque sus compañeras de cama les deslizaban los dientes inconscientemente cada vez que les hacían una felación.

Y digo yo, ¿no es mejor dedicar cinco minutos explicando cómo nos gusta, cómo se hacen las cosas bien, que callarnos y dejar, no solo que esa persona siga en su error sino sin recibir todo el placer que podríamos?

Personalmente, he sido de las maestras pacientes, de las que cortan el momento y, con toda la delicadeza del mundo (ya que no olvidemos que no es algo que la otra persona desconozca a propósito), he dicho cómo, cuándo y dónde me gustaba, si tenía que presionar, dejar de presionar, meter o sacar.

Piensa que si te encuentras en una situación así, él o ella no es culpable de no saber, pero tú sí que eres culpable de no enseñar y de perpetuar su desconocimiento si no le sacas del error.

El saber no ocupa lugar, pero puede ser la diferencia entre alcanzar o no un orgasmo.

Duquesa Doslabios.

En la cama más besar y menos hablar

Mira que soy pesada. De esas a las que le gusta tanto hablar que, como diría mi madre, no se calla ni debajo del agua. Hablo de lo que sea, donde sea y con quien sea. Hablo tanto que incluso he dado conversación a los de Telefónica cuando no tenía nada que hacer.

Y aún con todo lo que hablo (y con todo lo que me gusta hacerlo), no soporto cuando por un casual encuentro un hombre que habla en la cama.

GTRES

Los hombres que hablan en la cama son un porcentaje pequeño pero que puede llegar a resultar irritante. Echar un polvo con un charlatán sexual es como cuando ves una película online que han grabado con subtítulos en otro idioma. Son totalmente innecesarios y te distraen cada vez que aparecen en la pantalla.

Hay varias clases de dirty talk que puedes encontrar en la cama. Por un lado está el que se dirige hacia ti pero en realidad se dirige hacia sí mismo con expresiones del tipo “Mira lo que tengo” o “Todo esto es para ti” en una especie de intento de reafirmación. Sí, está oscuro pero veo lo que tienes. Y sí, ya sé que es para mí, no veo a nadie más en la habitación.

También está el que va narrando cada acción como si se tratara de los comentarios del director: “Ahora quiero que te pongas encima”, “Muévete más rápido”… Una cosa es que en un momento concreto nos digan cómo podemos hacer algo mejor y otra que nos vayan dirigiendo continuamente.

Los hay parlanchines inseguros que a cada instante te preguntan “¿Te gusta?” a lo que tú, mentalmente, pones los ojos en blanco. Si no te has dado cuenta por mi lenguaje no verbal de que me está gustando es que no lo está haciendo.

Y ya no hablemos si además esperan que tú les respondas. Conozco mujeres que se ponen más tensas recitando un diálogo sexual forzado que en la consulta del ginecólogo.

No digo que prescindamos de las palabras, de expresiones u onomatopeyas. Una voz en el momento preciso anima a cualquiera. Pero respetemos la libertad que nos da la cama de, por unos instantes no hablar, de sustituir la conversación verbal por gestos, sonidos o movimientos que solo asoman cuando dejamos salir nuestro lado crudo y animal, ese lado que goza del placer puro sin pensar.

Porque es cuando dejamos de hacerlo que disfrutamos de verdad.

Duquesa Doslabios.

Cosas que tiran para atrás en la cama

Llevaba meses soñando con ella y hace unos días, al fin, se la llevó a la cama. La chica había entrado recientemente en la empresa por algún tipo de beca, y aunque no estaba en su departamento, siempre la veía de lejos. “Está buenísima. Me encanta”, me decía. Pero aparte de hola y adiós y un par de frases anodinas, nada. Tampoco es que hubiera ocasión, todo hay que decirlo. Pero el caso es que hace unos días un grupo de compañeros organizó una quedada masiva prevacacional y coincidieron. Y ya sabéis, las copas, el calorcito, la noche… Mi amigo desplegó todos sus encantos y a ella debió de gustarle, porque acabaron juntos en su casa. En la de ella.

Y todo iba bien, parece ser, hasta que en el momento cumbre la chica comenzó a aullar, cual lobezna. “¿Pero cómo aullar, literalmente, quieres decir?”, le pregunto. “Sí sí, te lo juro. Ni que fuera la Shakira en el vídeo ese de la loba…”. Yo estaba confundida. Al hacer esa comparación pensé que le había gustado. Una chica sensual, segura de sí misma, desinhibida… Pero no. Resulta que le había espantado. No por desinhibida, sino por el aullido en sí. Asegura que le pareció de lo más ridículo y que le dio un ataque inmanejable de vergüenza ajena que acabó con cualquier rastro de las ingentes cantidades de pasión que minutos antes inundaban su cuerpo.

“¿Pero lo hace siempre?”, inquirí, aunque él no conocía la respuesta. No la conocía porque no se quedó a preguntarle. Le produjo tanto rechazo que fue incapaz de pasarlo por alto y, tras improvisar una excusa absurda, salió de allí pitando. A mí me pareció francamente exagerado. Una chica guapa, sexy, simpática e inteligente, y lo manda todo a paseo por una anécdota en la cama. Ni que se hubiera puesto a golpearle con un mazo.

pareja en la cama

GTRES

La historia me hizo recordar una peli, bastante mala, por cierto, en la que Eddie Murphy se ligaba a todo tipo de mujeres increíbles, pero de las que salía huyendo despavorido en cuanto les veía los pies si estos no estaban con una pedicura impecable. Pues comentándolo el otro día con un grupo de amigos, una chica contó algo parecido, solo que con otra cuestión. En su caso fue un grano. “Era enorme, lo tenía en el pecho, en pleno esternón, y era incapaz de concentrarme, ocupaba toda mi atención. Parecía un ojo gigante que no dejara de mirarme”. No se fue corriendo, pero después de aquello lo estuvo evitando hasta que el chico se cansó. Y todo por un grano.

¿Y vosotros? ¿Os ha ocurrido algo parecido? ¿Algún episodio concreto con el que fuerais incapaces de transigir?

Las dificultades del sexo en otro idioma

Hay a quien le resulta sexy, pero en mi opinión, relacionarse con alguien en la cama en un idioma que no es el tuyo puede resultar más complicado de lo que parece. Porque, si a veces uno tiene problemas de comunicación con su pareja en ese terreno, a menos que seas bilingüe y tengas un dominio total, imaginaos cómo debe de ser cuando no se habla en la misma lengua.

Aunque sepas defenderte. Que una cosa es conversar durante una cena o en una reunión de trabajo y otra muy distinta explicarle el compañero de catre lo cachonda/o que te pone y las ganas que tienes de esto de aquí o de un poquito más allá. Supongo que cuando has repetido lo suficiente, las piezas van encajando y, a medida que aumentan el aprendizaje y la confianza, todo se vuelve más relajado y natural. No obstante, los primeros encuentros pueden resultar de lo más tragicómico, y hay que tener mucho cuidado con el tono, el contexto y las traducciones literales.

pareja en la cama

ARCHIVO

Porque mal que bien, al menos en inglés, uno va aprendiendo algunas frases típicas. Que si you make me so horny (me pones muy cachondo/a), que si go harder (dale más duro), que si I’m coming (me voy a correr)… Pero, aunque se te venga a la mente una frase concreta en un momento concreto, son muchos los que se cortan, ya sea porque les da vergüenza o porque, como me dice una amiga, sienten que les va a sonar “muy falso”. “El problema muchas veces no es ya qué decir, sino cómo decirlo”, me cuenta.

Recuerdo a otra que hace unos meses se enrolló con un tipo de Nueva York, un chaval bastante majo que pasaba una temporada en España por cuestiones de trabajo. Compartía piso con un amigo suyo (nuestro) y una noche, en una fiesta de andar por casa, acabaron revueltos. Ambos se gustaron mucho y se vieron un par de veces más. Todo apuntaba buenas maneras hasta que un día, ella recibió un WhatsApp del chico en cuestión. El texto decía “I wanna fuck your brains out”, lo que viene a significar algo así como “quiero follarte de arriba a abajo”. Pero mi amiga, no muy ducha en esto de los idiomas, entendió que lo que el tipo quería era follársela mientras le masacraba el cerebro, o algo por el estilo. El caso es que lo tomó por un psicópata y, acojonada perdida, no volvió a responderle ni a verlo. Para cuando se dio cuenta de su error y quiso arreglar el malentendido, era demasiado tarde. Aún hoy se da de cabezazos.

El caso de este otro amigo, madrileño de pura cepa, es muy curioso. Se pasó varios años con una novia estadounidense y, aunque ambos eran bilingües, siempre usaban el inglés para dos cosas concretas: el sexo y los enfados. No era algo premeditado, les salía por instinto. Al final lo segundo ganó tanto peso sobre lo primero que lo acabaron dejando, pero a él le costó cambiar el chip. La consecuencia fue que más de una vez, en sus primeros encuentros sexuales con otras chicas tras la separación, en el momento culminante se le escapaba un “fuck”, o “shit”, o alguna otra palabra malsonante en el idioma de Shakespeare. Y claro, el personal alucinaba.

Aunque a veces no hace falta que se trate de una lengua distinta para que el asunto chirríe. Ayer mismo me descojonaba con lo que me vino contando un compañero del curro. Resulta que el fin de semana había conocido a una chica argentina a la que describía como “despampanante”. “Realmente impresionante”, repetía una y otra vez. La pena fue que la concentración se le fue al garete cuando a ella, en pleno lance amoroso, le dio por decir: “¡Dale dale Maradona!”. “Intenté ignorarlo, pero no pude. Me dio un ataque de vergüenza ajena y todo me empezó a parecer ridículo. No podía quitarme a Maradona de la cabeza, era como si estuviéramos allí los tres”, me decía. Yo creo que exageraba para hacernos reír, pero algo de eso hubo y no puedo dejar de imaginármelo sin que se me escape una sonrisa.

En cualquier caso, viva el multiculturalismo, que todo aprendizaje es bueno y que, a las malas, pues a callarse uno y a centrarse en el lenguaje corporal, que es universal y ese sí que no falla.

Situaciones ridículas y embarazosas durante el sexo

En los libros y en el cine nunca pasa. Sobre el papel y en la pantalla, salvo excepciones, el sexo se suele mostrar en forma de encuentros de pasión desmedida y una erótica perfecta. Pero claro, luego uno vuelve a la vida real y, a veces, se encuentra con algunas situaciones que, o acaban en carcajada y complicidad, o equivalen a un barril repleto de dinamita. Depende, sobre todo, de la relación que tengamos con la otra persona y del nivel de confianza. No es lo mismo una pareja de años que alguien con quien lleves pocas semanas, no digamos ya si se trata de una persona a la que acabamos de conocer.

La horquilla es muy amplia y hay historias de todo tipo, aunque hay algunas, por recurrentes, que son casi míticas. A mí, esta en concreto nunca me ha pasado, lo juro, pero son varios los/las que me han contado que pasaron un momento realmente embarazoso cuando vieron que, al quitarse la ropa interior, ya fueran bragas o calzoncillos, una mancha parduzca de tamaño considerable arruinó la magia del momento. No sé quiénes pasaron más vergüenza, si los dueños de dicha ropa interior o quienes lo presenciaron. No quiero ni imaginarlo.

GTRES

GTRES

Otro clásico son los pedos. Estar ahí, en plena faena, y que a uno de los dos se le escape un “gas” inoportuno. Si encima es de los que huelen mal, apaga y vámonos, sobre todo si es alguien con quien estamos “empezando” y estamos en esa etapa en la que tratamos de parecer perfectos. El colmo de los colmos, según me cuenta un amigo, es que suceda durante el cunnilingus o el 69. La chica le gustaba desde hacía tiempo, pero dice que aquello le cortó “el rollo” hasta el punto de que, al menos esa noche, no fue capaz de nada más.

En el caso inverso, o parecido, está el caso de otro amigo que me contaba, avergonzadísimo, que durante una noche romántica con su chica, con la que llevaba saliendo un mes, tuvo la necesidad imperiosa de ir al baño. El tipo se lo curró mucho, en plan disimulado, ni un ruidito ni nada de nada. Solo que, cuando volvió al catre, ella le avisó de que llevaba trocitos de papel higiénico pegados al culo.

Más de una (y de dos) me han contado a su vez el sonrojo que pasaron cuando, durante una felación, el chico eyaculó sin avisar y ellas, sin poder evitarlo, vomitaron de inmediato. Sobre él o sobre la cama, no importa. El mal rato se lo llevaron igual.

También hay que tener cuidado con el alcohol, que hace que nos desinhibamos y nos puede jugar malas pasadas. Que un streptease está muy bien, pero si el baile no es tu fuerte y te da por improvisar, es bastante probable que acabes haciendo el ridículo. Un amigo de mi ex siempre contaba espantado la performance a lo 9 semanas y media que le montó una chica a la que había conocido una noche y que, según sus palabras, hizo que se le helara la sangre. O el supuesto actor que, flipado perdido, empezó a hacer de Mr. Hyde sin previo aviso, provocando una mezcla entre patetismo y acojone en su compañera de cama.

Como todo en la vida, habrá quien se lo tome con más o menos humor, pero lo que está claro es que son anécdotas que no se olvidan y que forman parte del bagaje vital que siempre recordaremos. Por si acaso, ya se sabéis: echad un vistazo a vuestra ropa interior antes de quitárosla.

Polvos que curan

A veces pasa. Cuando más jodido está uno, cuanto más pisoteado el corazón y anémica la autoestima, se cruza alguien que pone del revés nuestro dolor, lo relativiza y nos ayuda a encontrar el camino para curar las heridas. No hablo de amigos, sino de completos desconocidos/as que la vida te pone delante en el momento adecuado para darte justo aquello que más necesitas. Eso sí, durante un breve espacio de tiempo, el justo.

No, no es un rollo utilitario, ni un polvo cualquiera para intentar olvidar. Son una especie de ángeles enviados por no sé quién para provocar auténticas catarsis. O al menos así los consideran quienes han tenido la suerte de cruzarse con uno. Mi amiga Beatriz es una de ellas. Llevaba con su chico desde el instituto, un amor de los de toda la vida. Se casan y a las pocas semanas él se va tres meses a hacer un master a México. El día anterior a su marcha, Beatriz recibe la noticia de que su padre, al que adora, tiene un cáncer inoperable, y a partir de ahí todo explotó.

Mujer se acaricia el hombroEl marido se debió de trastocar con el tequila y las rancheras y decidió que era el mejor momento para tener una amante, una que lo sacara de la rutina de su compañera de tantos y tantos años. Su matrimonio duró lo mismo que su padre: ocho meses. Ocho meses de infierno en los que su marido no dudó en pasárselo todo por el forro y decirle a bocajarro que él necesitaba vivir experiencias, entrar, salir y hacer lo que le saliera del alma.

Ella se convirtió en una piltrafa; la sombra llorosa y arrastrada de la mujer que un día fue y que no se podía creer lo que le estaba pasando. Se engañaba pensando que el viaje lo había cambiado pero que pronto se daría cuenta de todo y volvería a ser él, el de siempre. Pero no. Solo juergas, copas, cuernos y más cuernos. Mientras, ella fingía ante su padre, al que le ocultó todo. El día que murió, su aún marido no estuvo a su lado: resulta que la música del bar en el que estaba no le permitió oír las 15 llamadas perdidas. “Cómo lo siento, Bea, sabes que lo quería muchísimo, no creía que estuviese tan mal…”

Semanas después ella estaba sentada frente al palacio real, en Madrid, leyendo. Y un hombre con acento norteamericano se acercó a preguntarle que qué leía. No miente cuando dice que era muy atractivo, he visto las fotos. Duró solo el fin de semana porque él, productor de cine, tenía que volver el mismo domingo a Los Ángeles, donde vivía. Ella, tan blanquita, acabó con moratones y la piel enrojecida de tanto roce. 48 horas sin casi salir de la cama, salvo para comer, hidratarse e ir al baño.

Pero no fue solo sexo… fue mucho más. Besos en heridas abiertas en carne viva, palabras medicinales, charlas interminables sobre lo divino, lo humano y los secretos del averno. Vendas caídas y ojos abiertos. Y de repente, algo cambia. A los dos días su marido pasa por casa para decirle que todo ha pasado, que se ha dado cuenta de lo mucho que la quiere, que lo perdone pero que era un proceso por el que tenía que pasar.

Ella asegura que hasta compasión llegó a sentir entonces, cuando le dijo que le diera las llaves de la casa alquilada que compartían y que no quería volver a verlo nunca más. Le costó creérselo, al tipo, hasta que el abogado de Bea, el único con el que pudo hablar desde entonces, acabó por convencerlo. Hoy es un hombre divorciado y libre, pero me cuentan que ya no tiene tantas ganas de juerga.

Ojito con lo que grabas en la cama

Dicen que las armas las carga el diablo, pero este dicho tan famoso como antiguo bien podría aplicarse a las cámaras, ya sean de vídeo, de móvil, digitales o de cualquier tipo. Son muchas las parejas que conozco que, aunque sea una vez, se han grabado practicando sexo de una u otra manera. Les resulta divertido y muy excitante recrearse en ese momento, verse en acción, desde otra perspectiva. Muchos lo utilizan como prolegómeno, a modo de introducción traviesa y prometedora de lo que vendrá después. Para calentar motores, vaya. A otros simplemente les gusta conservarlo como recuerdo.

No obstante, tengo que reconocer que entre la gente de mi entorno son mayoría los que no se han grabado nunca. A las chicas, sobre todo (a las que me rodean, no estoy generalizando), les da cierto reparo. No por moralismo, sino por temor a donde pueda acabar ese material algún día. Porque no nos engañemos, si acabara donde no debe, ellas suelen ser las más perjudicadas, que en este país sigue habiendo mucho machismo y mucho doble rasero. Aunque tampoco es que a ellos les fuera a hacer gracia. En cualquier caso, sería una putada.

Entre las que no tenían estos reparos estaba mi amiga Almudena, que tenía una relación de muchos años con su novio, un tipo con bastante pasta al que volvían loco las cámaras, los equipos de música de alta fidelidad y todo ese rollo. Cuando llevaban solo unos meses saliendo él le sugirió grabar uno de sus encuentros; ella aceptó y desde entonces se convirtió en una práctica habitual entre ellos. Nunca hubo ningún problema y, con el paso de los años, se hicieron con una buena colección. Con pelucas, sin ellas, con disfraces, con juguetitos…

Grabar sexoHasta que un día, Almudena y su chico decidieron romper. Las razones no vienen a cuento, aunque diré que básicamente fue porque ella quería tener hijos y él no. El caso es que fue una ruptura muy civilizada, sin reproches y con mucho cariño. Se repartieron el material como recuerdo, y listos. Una tarde, Almudena se dio cuenta de que aún tenía en la casa de su ex unos papeles que le hacían falta, y como aún conservaba las llaves de la casa que habían compartido, le pidió permiso para ir a recogerlos. Él, que en esos momentos estaba trabajando, no le puso ningún problema.

Todo muy civilizado, como decía antes, solo que ella no estaba preparada para encontrarse en medio del salón un trípode enorme con la cámara que ella conocía tan bien apuntando directamente al sofá. A la pobre le entró un mareo tan grande que tuvo que sentarse en el suelo. Que sí, que ya no estaba con él y podía hacer lo que quisiera, pero es que no había pasado ni un par de meses desde la ruptura. De repente pensó en sus grabaciones y le entró un ataque de pánico, así que entró como una loca en el despacho, arrasó todo el material de los cajones y salió de allí pitando. Nunca más ha querido grabarse con nadie.

Belén, otra amiga, era bastante más modosita. Tanto, que siempre le estábamos dando la tabarra con que tenía que soltarse la melena. Y un día, harta, quiso darle una sorpresa por su cumpleaños a su novio, con el que vivía. Así que se compró lencería sexy y montó un streaptease con coreografía incluida que lo dejó francamente impresionado. Tanto, que quiso inmortalizar el momento, y después de mucho insistir, logró convencerla. La cinta, la única que hicieron, fue a parar a un cajón y allí siguió durante años, los mismos que duró la relación. Porque Belén y su chico también se separaron y ella, lo primero que hizo cuando fue a preparar las cajas y las maletas con sus cosas, fue ir al cajón donde estaba la cinta… salvo que no la encontró.

Presa de otro ataque de pánico llamó corriendo a su ex, que vino corriendo a ayudarla a buscar. Tiraron la casa abajo, pero la maldita cinta no apareció. Y por más vueltas que le daban, ninguno de los dos sabía a dónde narices habría podido ir a parar. Belén no tuvo más remedio que desistir, pero vivía en un sinvivir. A las dos semanas, finalmente su expareja la llamó para tranquilizarla: había dado la cinta por error a un compañero de trabajo con el que había ido de viaje hacía poco, pero el tipo aseguraba que no la había visto aún. De hecho, todavía la tenía en su mesa de trabajo, en un cajón bajo llave. Si era cierto o no, ella nunca lo sabrá, aunque la cinta fue devuelta a su dueña y posteriormente destruida. Otra a la que tampoco le han quedado ganas de volver a grabarse jamás.

Yo, por mi parte, tengo mi propio historial de ridículo cuando, en un viaje a Italia con unas amigas, les di mi cámara de fotos para que vieran todas las que habíamos hecho ese día sin acordarme de que no había borrado el material anterior. Aún se están riendo.