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Cómo quiero que me quieran

Mal, me han querido mal. Me han querido de la peor manera. De la más egoísta, controladora y violenta.

Me han querido de forma que dolía cada segundo de ese -erróneamente llamado- amor.

Me han querido como nunca quiero que vuelvan a quererme.

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Lo he pensado, le he dado vueltas. Y claro que quiero cariño de vuelta.

Pero distinto, del que no haya ningún parecido con la realidad pasada.

Quiero que me quieran a lo grande, a lo fuerte y alocada. Cada vez que esté con ropa de fiesta y en chándal.

Quiero un amor tranquilo como una taza de caldo de mi madre, de ese al que puedo volver a refugiarme cuando la cosa se pone fea ahí fuera. Del que calienta por dentro, como si te abrigaran el corazón.

Quiero un amor libre, libre de escribir cuando quiera, de quedar cuando me apetezca, de salir a bailar a la discoteca, perrear hasta el suelo y decirle que he llegado bien a casa, que me lo he pasado genial, que he pensado en él y que tengo ganas de verle al día siguiente.

Un amor estable, sin idas y venidas ni subidas ni bajadas, que para eso está la montaña rusa del día a día, la ansiedad de la pandemia o la cita médica que llevo postergando.

Un amor fácil, sin dramas, historias, reproches, búsquedas de defectos constantes, prejuicios, traiciones o engaños. Uno transparente como el agua, donde tenga tanta importancia perfeccionar la sinceridad que la manera de follarnos.

Lo quiero a medida, con paseos largos porque la jornada de teletrabajo se hace pesada. Con un táper de pasta en la nevera que me has cocinado porque sabes que voy hasta el cuello.

Un amor de cuidadoen el que te doy un beso en la frente para comprobar si tienes fiebre y me acercas el ibuprofeno porque, del dolor de la regla, no puedo moverme.

Puesta a pedir, quiero un amor de estar durante media hora eligiendo la serie de Netflix para quedarnos dormidos a los cinco minutos. Un amor simple de cada día, del lunes por la mañana al domingo por la noche, lleno de momentos pequeños como prepararte un café porque sé que así te cuesta menos salir de la cama.

Quiero un amor sin frenos por el miedo al compromiso, que avance a su ritmo. Un amor en el que mando saludos para tus padres y tú te quedas durante la sobremesa con los míos.

Ese por el que nos seguiríamos a cualquier parte del mundo. Y donde no me sueltas la mano cuando despega el avión, porque sabes que me da miedo.

En el que hablamos de todo lo que nos hace sentir mal pero de lo que nos hace sentir genial. Donde nos consolamos y nos celebramos cada derrota o victoria como si fuera propia, en el que me llenas de orgullo, te acerco un pañuelo porque necesitabas desahogarte de un momento duro de tu vida o te acompaño al médico porque para ti es más fácil que vaya contigo.

Quiero el amor que me hace sentir que regreso a casa conforme recorto la distancia y me acerco a ti por la calle. En el que te plantas con una galleta en mi portal y me dices que lo sientes, que estabas equivocado.

En el que ganamos mucho más por disculparnos, que estando enfadados. Un amor que sigue porque, creemos que son discusiones, cuando en realidad hablamos.

Un amor que es conexión. Conversaciones por WhatsApp hasta las dos de la mañana. Abrazos infinitos porque ninguno de los dos se quiere marchar. Escupir la pasta de dientes por todas partes porque te pones a bailar. Oler tu ropa a escondidas. Hacerte eso una vez más. Espontaneidad y magia. Amistad.

Mara Mariño.

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En la era del pasotismo, mostrar interés es marcar la diferencia

No contestes rápido, no mires su historia al poco de que la haya subido, no le pongas un comentario… ¡Que no te vea en línea si está escribiendo!

Así de surrealista es conocer a alguien que me gusta hoy en día. Siguiendo unas normas no escritas que ni siquiera he podido decidir. Pisando el freno a fondo cuando el pie, y los sentimientos, me piden acelerador al máximo.

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Analizarlo desde el ojo crítico de quien ha pasado por una relación tóxica me da una ventaja: puedo identificar que, esta vez, soy yo misma quien se cohíbe y comporta de una forma diferente a como lo haría en realidad.

Me estoy cambiando.

Y la razón es el miedo. Ese de ser demasiado intensa, de hacerle tanto caso que se pueda sentir abrumado, de quedar como ‘fácil’ por estar, dicho claro y pronto, pillada hasta las trancas (aunque todavía no sepa muy bien exactamente qué parte del cuerpo es esa).

En definitiva, miedo de que ser yo misma y contestar cuando me apetece, escribirle cuando le pienso o soltarle lo que me hace sentir, me hagan perder todos los progresos y volver a la casilla de salida.

No he llegado sola a este punto de incongruencia a la hora de relacionarme.

Que la mayor parte de nuestras conversaciones se den a través de una pantalla, sumado a que parece que es malo admitir que alguien nos gusta más allá del ‘like’ de su publicación  o historia, ha conseguido que premiemos lo inexplicable: la indiferencia.

¡Ahora nos tira el desapego! Que nos esquiven, que no nos presten atención de ninguna manera, la lejanía de lo incosquistable…

Pero se nos olvida que somos nosotros quienes decidimos si vemos en esa falta de interés algo estimulante -donde entra en juego nuestro ego y se convierte en un desafío para revalidar la propia autoestima-, o si nos damos cuenta, viendo esas actitudes, de que es una persona que realmente no merece la pena.

Desarrollar una adicción emocional hacia personas que son emocionalmente inalcanzables por la razón que sea nos lleva impresionarnos por la ley del mínimo esfuerzo.

Aprendamos que querer algo no es sinónimo de que sea bueno. Especialmente si se trata de quien no te elige o quien lo hace cuando no tiene nada mejor que hacer un sábado pos-toque de queda que responder con un fuego tu historia.

Yo tomé la decisión de que no apostaría por personas que se comportaran como si no existiera por mucho que eso, en su particular idioma, significara que en realidad podrían estar interesadas en conocerme.

Escogí no valorar esos aspectos y, con el tiempo, dejaron de atraerme quienes cumplían esos patrones. Fue la prueba definitiva de que me faltaba (mucho) por madurar emocionalmente.

Llegué a la reveladora conclusión de que quería algo tan normal (pero raro de encontrar) como una persona que me diera un trato de atención, cariño y consideración.

Porque no nos hace ni débiles ni necesitados querer ser cuidados. Buscar quien se preocupe por nuestros sentimientos, que nos trate en condiciones, sea capaz de expresarse y comportarse de forma coherente, nos pregunte «¿Qué tal ha ido hoy el día?» y que no quiera perdernos, es también desearnos lo mejor a nuestro lado.

Y si yo deseo eso para mí, no es tan absurdo pensar que pueda quererlo alguien más (y yo pueda dárselo).

Vamos a perderle el miedo entregar el corazón y todo lo que implica no solo cuando se trata del botón de ‘me gusta’.

Duquesa Doslabios.

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