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Si estás conociendo a alguien, ¿te gustaría pedirle referencias a sus ex parejas?

Conocer a alguien por primera vez, esa fase en la que emoción y miedo van de la mano. Emoción por lo que pueda venir, por un sentimiento que puede empezar a cocinarse a fuego lento, por la felicidad de sentirse con ilusión de nuevo.

Y miedo, por supuesto, miedo de lo que puedes encontrar si sigues escarbando un poco más. Miedo de que no sea quien dice que es.

Porque sí, en las primeras citas somos todos maravillosos, el match perfecto, el amor de nuestra vida, la pareja ideal.

UNPLASH

¿Sería un punto a favor, puesta a fantasear, que pudiéramos pedir referencias a sus exparejas antes de seguir conociéndole?

De la misma forma que la empresa que nos entrevista para ese puesto -para el que nos consideramos la persona más idónea, dicho sea de paso- tiene la opción de ponerse en contacto con nuestros antiguos trabajos, ¿qué pasaría si fuera normal una llamada telefónica con sus ex y preguntarles cómo fue su experiencia juntos?

Pensando en mí, en lo que dirían ellos, me doy cuenta de que depende mucho a quién le preguntes.

En general, podrían coincidir en que soy detallista, cariñosa, con corazón de niña, muy entusiasta y que no sé estar quieta por mucho que lo intente.

No todo serían cosas buenas, claro. De la misma forma, bien podrían decir que tengo cierto punto de adicción al trabajo, que soy cabezota hasta niveles insospechados, que raras son las veces en las que doy mi brazo a torcer y tardo mucho en ver que me he equivocado.

De mí destacarían que soy explosiva, como el champán, que rompo a mi paso y me enfado rápido (aunque también se me pasa a la misma velocidad).

Que me agobio, que tengo inseguridades, que me preocupo por todo y me rayo bastante la cabeza, son otros ejemplos que entrarían en la lista de cosas menos buenas.

Pero sí quiero pensar que la mayoría de ellos recomendarían ‘contratarme’ como posible futura pareja.

En cuanto a lo que preguntaría, lo tengo claro: si es sincero, si es atento, si deja espacio…

No faltaría en esa llamada con su ex la duda con bandera roja que ya soy incapaz de pasar por alto, si es controlador o celoso.

Qué relación tuvo -si se dio- con la familia política, si tiene buenos modales, si es empático o si es un punto de apoyo (como firme creyente de las relaciones que funcionan como un equipo, esto me parece fundamental.

Pero también averiguar cómo enfrentaba los malos momentos: las discusiones, cuando se atascaba la rutina o cuando los ánimos estaban más bajos.

A fin de cuentas, lo bonito ya vamos a verlo en las citas. Y saber las opiniones de quienes han compartido vivencias y sentimientos, nos ahorraría mucho tiempo.

Duquesa Doslabios.

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¿Y si lo que no hay que hacer en una primera cita es lo que deberíamos hacer?

Soy toda una experta en pasar vergüenza en las primeras citas. Y parece que, con los años, he perfeccionado mi habilidad de vivir momentos humillantes.

Uno de los más incómodos fue cuando me dio un tirón en la pierna y tuve que hacer estiramientos en pleno afterwork.

Contorsionarme para estirar la ingle me ayudó a no pasar desapercibida, no ante la otra persona, pero sí en general.

SPRINGFIELD MAN & WOMAN

Aunque aquella vez que me escogió una paloma como su inodoro portátil también es digna de recordar.

Pero qué le voy a hacer si me pueden los nervios y mi primera frase suele ser algo tan absurdo como “Soy tu solución para tener hijos altos”.

Me preocupa, como a cualquiera, que en ese encuentro, salga todo de la mejor manera. Que mi pelo esté en su sitio, la piel sin granos, el look de infarto…

Una excelencia que no tiene sentido, que no es real porque no suele representarnos. Y aun así, ¿por qué queremos que todo sea redondo?

Que el encuentro vaya bien -sin demasiados episodios embarazosos-, que el plan pase al recuerdo o nos trabajemos la imagen con cuidado, nos da resultado.

No tiene por qué acabar en una relación, pero sí ayuda a mantener vivo el interés y dar pie a nuevos planes en el futuro.

Propongo darle la vuelta, ser tan naturales que lo normal incluya también un moño deshecho o una cita con gafas dejando las lentillas en casa.

Pero cuidado, no digo que nos movamos al extremo contrario y se convierta el chándal con pelotillas (y manchas de las que ya no salen ni en la lavadora) en el atuendo oficial de ir a una cita.

Sí me refiero a un punto medio, más cercano a nuestra persona, tanto por dentro como por fuera.

Porque es ahí, tanto cuando vas al estilo de tu día a día o cuando te equivocas (y quieres que te trague la tierra), que te ríes y te liberas de la presión por el 10.

Que vives algo más parecido a lo que es tu vida fuera de ahí. Quien eres tú.

Equivocarse, tropezarse, incontinencia verbal, un pedo que se ha escapado en el peor momento y lugar, ese pelo por dentro de la boca que no consigues quitarte con la mascarilla…

En resumen, mostrarte tal cual, con defectos. Los mismos que hacen que ese alguien pase de gustarte un poco a que no te importe aceptarlos en el pack, porque incluso con los fallos -la otra persona-, nos sigue encantando.

Solo desprendernos de los agobios que vienen impuestos es la verdadera señal de que estamos cómodos en su compañía.

Y es que, ¿no es eso lo que queremos al fin y al cabo? ¿Alguien con quien poder ser auténticos?

Duquesa Doslabios.

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La segunda cita es más importante que la primera (aunque no te lo creas)

Las primeras veces suelen dejar bastante que desear. Y aquí hablo desde la experiencia absoluta. Con más razón todavía si me preguntas por las primeras citas.

Expectativas por las nubes, nervios desatados, un retraso por parte de la otra persona que hace que tengas que esperar 45 minutos en la calle, conversaciones infinitas sobre el gimnasio, un plato que sale mal (con trocitos de cristales, historia real), una despedida un poco fría…

PULL & BEAR

Que sea la que más a menudo vamos a recordar -porque marca el comienzo si la historia va más allá- es la excusa perfecta para que exista demasiada presión a su alrededor. 

Discutía con un amigo la teoría de que la primera cita debería ser siempre algo casual. Una postura inversa a mi pasión por diseñar encuentros dignos de película hollywoodiense.

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En su opinión, era mejor una toma de contacto informal dejando para la siguiente ocasión un plan más especial.

Pero, ¿qué pasa cuando no las tienes todas contigo? ¿Es buena idea volver a quedar si te sientes a medio camino entre que no sabes si hay chispa o no quieres volver a ver a la otra persona?

Pues sí, porque entre una cita menos y una cita más, tampoco hay tanto gasto de energía ni de tiempo. Pero sobre todo porque hay poco que perder y mucho que ganar.

Hay tantas razones por las que la primera vez que te ves con alguien puede salir mal…

Desde que se estaba atravesando un mal día hasta que ganaron la partida el estrés o la ansiedad por la presión que rodea un primer encuentro.

Esa segunda cita es sinónimo de seguridad, la confirmación de que hay algo de interés por la otra parte, lo que se traduce en acudir con más confianza.

También es la mejor ocasión para repasar qué podría haber ido mejor y ponerlo en práctica. ¿Monopolizaste la conversación? ¿Te quedaste con ganas de preguntarle por sus anteriores parejas? Es el momento de rectificar y poder profundizar.

Y si sigo sin convencerte porque lo que te ronda por la cabeza es que segundas partes nunca fueron buenas, te recuerdo que El Imperio contraataca, Las dos torres o El caballero oscuro son la prueba de que a veces (solo a veces) hay excepciones a la regla.

Duquesa Doslabios.

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Las señales confusas más típicas que mandamos (y por qué lo hacemos)

¿Te ha pasado alguna vez que cuando te sientes a gusto conociendo a alguien -y crees que es recíproco-, esa persona comienza a comportarse de una manera algo extraña y aquello (que no tenía ni nombre todavía) termina por enfriarse?

Es cuando entran en acción una serie de señales que, por su dualidad, te hacen dudar de que estés yendo hacia delante o hacia atrás.

Una de mis asignaturas pendientes es aprender a identificarlas -cuando las recibo y cuando puedo estar emitiéndolas-, porque o yo soy muy poco avispada o de verdad que las nuevas formas de relacionarse se me escapan.

CALVIN KLEIN

El objetivo de recurrir a ellas, consciente o inconscientemente, no es otro que tomar un poco de distancia, que puede ser porque no se tiene todavía claro si hay interés en que pase algo más, por un posible miedo al compromiso, por la incertidumbre de que las dos personas estén en el mismo punto o bien para ralentizar un poco el avance, porque se está en un momento cómodo.

Y todo eso sin necesidad de hablar del tema. Lo que somos capaces de hacer con tal de evitar poner las cartas sobre la mesa

Haciendo autocrítica, hay una en la que caigo de cabeza: la de poner mi vida sentimental en un segundo plano.

Si ya de por sí mi rutina es ajetreada, de un tiempo a esta parte, tiendo a dejar a alguien que pueda estar conociendo relegado a un puesto por detrás de cosas como el trabajo, la familia, quedadas con amigos, estudios e incluso el gimnasio.

Quiero pensar que, si se diera el caso de que aquello empezara a rodar con más fuerza, iría recolocando las prioridades. Pero en un punto en el que todo está tan en el aire, suelo encontrarme bastante ocupada como para hacer planes con regularidad.

Peco también de convertir los mensajes en un diálogo infinito en el que pasan horas entre bocadillo y bocadillo. Y sí, claro que es normal sentir bajón si es imposible seguir una conversación fluida con alguien a quien quieres conocer más en profundidad, sobre todo si el régimen de respuesta es de cuatro o cinco veces al día.

Aunque, por otro lado, bien que nuestro nombre aparece de los primeros de su lista de visualizaciones cuando la otra persona sube una historia. Es de esas pequeñas incoherencias que caracterizan el clásico Hot N Cold -que cantaría Katy Perry-, estamos lejos pero con la suficiente cercanía como para enterarnos de todo y responder con el emoji de turno, cuando igual todavía hay un mensaje sin contestar en la bandeja de DM.

Debo romper una lanza en defensa de que no siempre resulta fácil abrirse. E, incluso cuando lo queremos hacer, expresarse a través de un teclado y no mirándose a los ojos tampoco es la mejor alternativa.

Al final, todo lo que no sea que lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace vaya en la misma dirección, puede dar pie a confusión. Y eso es algo que va desde tener interés (si realmente lo hay), mostrar cariño y hacer partícipe a la otra persona en nuestra vida.

No hace falta tener la conversación de si se es pareja o no (que igual ya somos un poco mayores para eso), pero sí se puede sacar el tema de si se está a gusto y se está en el mismo punto. Sea el que sea.

Duquesa Doslabios.

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2021 no será un año para románticos

Definitivamente lo de volver a ligar, después de tantos años ‘fuera del mercado’, no es como montar en bicicleta.

Claro que puede que esté un poco oxidada y los nervios me la jueguen en algún momento -sobre todo cuando me viene la incontinencia verbal y me encuentro lanzando preguntas sin ton ni son-, pero me planteo hasta qué punto soy yo y cuánta dificultad tiene conocer a alguien en estos tiempos.

SPRINGFIELD

Porque al final, volviendo a la bicicleta, tanto el medio de transporte como el código de circulación son iguales por mucho tiempo que pase.

Yo me siento como si alguien hubiera decidido (¡por su cuenta!) cambiar las normas, los códigos, lo que es válido y lo que no, el orden o incluso las palabras que antes te permitían desbloquear las capas de una persona.

Y así voy, no sé si del derecho o del revés, buscando el sentido en el fondo de un plato de pasta preguntándome en qué momento cantidad superó a calidad y el romance pasó a ser solo una categoría de Netflix.

En la generación de smartphone no puedes dar un paso en falso. Y si lo das, eres consciente de que el número de sustitutas nunca será un problema, algo que funciona en las dos direcciones.

Sí, también he aprendido que en esta era del fast dating no necesitas participar en un evento de citas rápidas para tener nuevos matches constantemente.

Pero incluso si no tienes una aplicación de ligar, me preocupa que sea el estímulo de gustar -la adicción por el like instantáneo-, el que le haya ganado la carrera al estímulo de despedirse y girarse para ver a la otra persona marcharse, sabiendo que una pequeñita parte de ti querría acompañar sus pasos.

Quizás me toca subirme al carro de la comunicación 2.0, la que se basa en mandar memes y fotos y hablar hasta las tantas de la madrugada a través de una pantalla.

Pero -y llámame clásica-, me gustaba más cuando eso lo hacía en el parque de debajo de casa, por mucho que fuera invierno y terminara con las manos como témpanos de hielo (ya se me ocurriría alguna forma de hacerlas entrar en calor).

Lo que más me duele es que, por primera vez en la historia, mostrar interés es sinónimo de debilidad. Da igual que diga Delafé “cuando hace ‘bum bum’ es que no hay queja” si la única desconexión que nos permitimos es precisamente la sentimental.

¿En qué lugar nos deja a los soñadores todo esto? Porque lo de ir con pies de plomo, cuando el corazón me pide andar ligero, no lo controlo demasiado.

2021 tampoco será un año para románticos. Pero seguiremos ahí, esperando el momento en el que podamos decir sin miedo a un ghosting ese “Me gustas”, el mismo que viene acompañado con un “Pero me gustas de verdad”.

Esperando el momento de enamorarnos de nuevo.

Duquesa Doslabios.

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Forzar la atención, uno de los mayores errores que cometemos al conocer a alguien

Por mucho que pueda parecernos atractiva una persona, la química nunca está garantizada. No, ni siquiera aunque veamos que, sobre el papel, nos resulta perfecta.

Tiene todo lo que buscamos, desde un amor reverencial por las tablas de quesos a pasión por los perros. Se ha visto todas las películas de Star Wars y su resumen de Spotify del año parece un clon del nuestro.

PULL&BEAR

Sin embargo, la cosa no llega a cuajar. Y es cuando, en muchos casos y sin darnos cuenta, terminamos forzando que, algo que no fluye de manera natural, suceda.

Cuando hay una conexión, es como si el universo hiciera ‘clic’. Como si de repente las pilas de la conversación, las ganas de conocer más, de quedar constantemente, se hubieran cargado al máximo hasta el punto de que se convierten en inagotables.

Cuando eso no pasa, podemos llegar a agobiarnos. La tentación de ‘abrirle los ojos’ a la otra persona de nuestra altísima compatibilidad, es demasiado grande.

Pero claro, ¿cómo vamos a dejar que se nos escape? O, más bien -y aquí nos pierde la autoestima-, ¿que nos escapemos de su radar?

En ese punto, podemos cruzar la fina línea entre dejar que las cosas surjan y presionar. Forzar una conversación sin fuelle a base de infinitos “¿Qué tal la mañana (o la tarde o la noche)?”.

Reconducir el diálogo a los temas que, previamente estudiados en el proceso de investigación del feed de su cuenta personal, sabemos que pueden hacer que la otra persona muerda el anzuelo y nos siga la corriente.

De la misma manera, una exagerada interacción en sus redes sociales (no tienes que reaccionar a todas sus historias, incluso a aquella en la que aparecen sus apuntes apilados) o estar lanzando indirectas en tu propio perfil con canciones o frases hechas -una serie de estrategias para llamar la atención-, tampoco funcionan si no hay interés por el otro lado.

Y entonces llega la contrapartida, las señales que nos negamos a ver de que estamos estirando demasiado el chicle.

Contestaciones a base de monosílabos o de manera vaga que terminan convirtiéndose en ‘Visto’ y los dos tics azules son otras banderas rojas. Si no paramos, la conversación se acaba transformando en un monólogo cada vez más incómodo.

Una serie de acciones que nos van llevando a la antesala del ghosting.

La conclusión es que, por mucha pena que nos dé que quien nos gusta no sea capaz de experimentar la misma sensación que podemos tener de que aquello funcionaría, es mejor no aferrarse demasiado a nuestra idea y soltar.

Entender que no es ahí, no obsesionarnos y seguir adelante. La persona apropiada no necesitará que tengamos que ponernos una y otra vez delante de sus narices.

Duquesa Doslabios.

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¿Estás conociendo a alguien, pero nunca quedáis? Puede que tengas una relación de Schrödinger

¿Sabes cuando empiezas a tontear de una manera más evidente con alguien, que hasta da la sensación de que se ha convertido en algo más en el momento en el que lo hacéis casi a diario, y lo de veros parece solo cuestión de tiempo?

Si te resulta familiar, es lo que una amiga muy sabia bautizó como Romance de Schrödinger. Se trata de una historia de amor que está pasando y, a la vez, no ha llegado a suceder.

BERSHKA

Pero, ¿por qué no llega a pasar? Hasta ahora, las excusas previas a la era coronavirus, eran siempre las mismas: mucho lío en el trabajo, compromisos familiares, un viaje con los amigos…

Una ristra de deberes ineludibles que postergaban hasta el infinito la quedada. Lo que no significaba que la relación virtual se congelase, todo lo contrario.

Curiosamente, las conversaciones, las indirectas, esas reacciones con el emoticono de fuego a cualquier historia, no llegaban a decaer en ningún momento.

Casi podría esperarse que, con el nuevo estado de alarma, sería el fin de las evasivas por aquello de que la vida social ha disminuido.

Pero lo cierto es que ha dado pie a una nueva justificación para aplazar, una vez más, el encuentro, el “cuando pase todo esto”.

“A ver si cuando pase todo esto nos tomamos algo”, “En cuanto esto pase, quedamos”, “Cuando la cosa esté más tranquila tenemos que vernos”

Y, un vez más, el romance -como el famoso gato de la paradoja- está vivo y muerto al mismo tiempo.

Aplicado a la situación sentimental, se podría decir que solo existe en un plano virtual (e imaginario), el mismo en el que las quedadas, las citas románticas, o incluso las conversaciones subidas de tono (¿cómo es posible que ya se hable de sexo cuando ni siquiera os habéis visto en persona?) dan alas a la relación de Schödinger.

Esta clase de conexiones tienen, casi siempre, dos finales muy claros. El primero es el único desenlace positivo: que la relación de Schrödinger dure un corto periodo de tiempo terminando en la cita cara a cara -y ya siga el curso natural de pasar a mayores o descubrir que sois incompatibles-.

El segundo final es más doloroso, ya que implica ponerle fin a las conversaciones y, por tanto, a esa relación que parecía avanzar en un nivel que solo uno de los dos parecía ver.

Con mucha suerte, puede que recibas alguna explicación, pero la mayor parte de las veces, el ghosting suele ser el punto final.

Toparse con una barrera infranqueable de silencio con el acompañamiento de todas las dudas del mundo sobre qué habrás hecho mal para que dejéis de hablar.

Y lo peor, el dolor de que para ti es como si hubiera terminado algo cuando en realidad no había una relación al uso.

Sí, los meses que vienen van a ser complicados. Y descubrir a tiempo la delgada línea que divide conocer a alguien y caer en la relación de Schrödinger será más difícil que nunca.

Duquesa Doslabios.

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