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Sobre la ‘app’ de consentimiento sexual y sus lagunas

Hace unos días leía la noticia de un despacho de abogados que había puesto en marcha una aplicación donde se pudiera dejar constancia legal del consentimiento de una relación sexual.

Vamos, quienes vieron que podían ‘mejorar’ la idea de aquellos chavales que empezaron con la idea del contrato en la discoteca.

Algo que debió de parecerles perfecto para todos esos hombres que preguntan en redes sociales -sí, sorprendentemente no hay mujeres- que ay que ver esto del consentimiento y que solo se va a poder tener sexo en presencia de un abogado.

firmar consentimiento

PEXELS

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Hay varias cosas que me vienen a la cabeza después de enterarme un poco de cómo funciona la app (que solo requiere los documentos de identidad de los participantes por ambas caras y una firma que después se manda tanto al despacho como a los implicados vía mail).

Pero la primera y más importante es que el consentimiento no es algo estático porque las personas podemos cambiar de idea sobre algo.

Es como si yo firmo que voy a hacer puenting. En ese momento estoy convencida, llevo meses dándole vueltas a la idea y me apetece mucho.

Cuando llega el momento, veo la altura del puente, me ponen las cosas encima y el salto se vuelve más real, me empiezan a entrar las dudas.

¿Realmente quiero hacer puenting? Ya no me está apeteciendo.

Es muy alto, no me siento a gusto y de la altura, me está dando vértigo. Cuando estoy asomada y lista, confirmo que no, no quiero hacerlo.

Estaba decidida pero en el momento, justo antes de tirarme, me he dado cuenta de que no me llama igual. He cambiado de parecer.

Si en ese momento alguien me empujara, podría causarme un trauma o una lesión. Lo mismo sucede con el sexo.

Firmar un documento, registrarse en una app o decir «Sí» alto y claro, en un momento puntual, no es una barra libre a todo lo que pueda pasar a partir de ahí.

El consentimiento cambia por mil razones: podemos sentirnos a disgusto, pensar distinto, preferir otro momento, otro ritmo…

La aplicación contempla que esto pueda suceder y manda un link al correo electrónico para revocar la acción, donde hay que pinchar para que conste la hora.

Pero, ¿quién echa un polvo con el móvil en la mano? Por lo pronto podemos cambiar de idea y que esté sin batería, que la otra persona acabe de cometer una agresión -como quitarse el preservativo- y estemos en una situación de exposición o que, aun teniéndolo en la mano y notificando la revocación, simplemente no pare.

En cuanto a la opción de notificar la revocación después, si ya tenemos el estigma de que denunciamos violaciones falsamente, según muchos, «porque no las hemos disfrutado» o «no han sido como esperábamos», ¿en qué cambia hacerlo a través de una app?

¿Va a ser diferente? ¿Se va a creer en ese caso nuestra palabra o los abogados van a estimar que teníamos que haberlo hecho antes o que no es válido porque estamos «insatisfechas sexualmente»? ¿

Cómo vamos a poner eso en manos de alguien que no estaba participando? ¿Va a ser diferente y nos van a creer solo con nuestra palabra o tendremos que grabar un vídeo donde decimos «No» para que se adjunte con la revocación?

Es ridículo.

Además, en España casi el 60% de los abogados son hombres, permitidme que dude de que no vayan a ponerse del lado del agresor -como pasa casi siempre que se divide la opinión pública y los hombres empatizan más con los agresores que con las víctimas mujeres-.

Otra cosa que no contempla la aplicación es que, cuando ponemos el foco en el consentimiento, nos olvidamos del aspecto más básico de una relación sexual: el deseo.

El sexo es un acto de placer que tiene que ser buscado por ambas partes. Y puedes haber consentido, ¿pero lo deseabas realmente?

¿Por qué no se le da importancia a que las dos personas tengan ganas de hacerlo?

Así que más que preparar estrategias para poder follar de cualquier forma, con la conciencia tranquila, igual habría que centrar los esfuerzos en trabajar la educación sexual.

Y en enseñar que la voluntad tiene que venir acompañada de las ganas. Porque pensar en el consentimiento como único factor a la hora de tener sexo, hace que lo veamos como algo que se debe permitir, cuando el sexo es algo que se debe desear.

Mara Mariño

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Muñecas sexuales y violencia hacia las mujeres: una oscura relación

Fue en el pasado Salón Erótico de Barcelona que vi, por primera vez, una muñeca sexual.

Además me acuerdo que una amiga sexóloga me invitó a meter un dedo por el orificio que imitaba la vagina para comprobar cómo se parecía a la realidad.

Y sí, mucho.

muñeca sexual

ROSEMARY DOLL

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La muñeca parecía mirar al infinito mientras descubríamos que hasta su piel tenía esa textura aterciopelada, tan similar a la nuestra.

Sabía que era un juguete sexual, pero es que parecía muy humana.

Ya no era como esos modelos que salieron cuando empezó el furor por las muñecas sexuales, que parecían flotadores de color rosa con la cara pintada por un niño de Art Attack.

Aquello era como estar en el principio de lo que podría convertirse en Blade Runner, una sociedad formada por humanos y replicantes.

Y, por supuesto, algo me rechinaba.

Siendo tan parecidas, lo único que podría faltar en apariencia, para sustituir a una mujer real, era el calor corporal y la respiración.

Dos características que muchas empresas, especializadas en muñecas, también permiten añadir a sus diseños.

En tanta similitud veo el problema. Porque al emular seres humanos casi a la perfección, tiendo a pensar que más de uno podría confundirse tratando a las muñecas como mujeres… Y a las mujeres como muñecas.

Y un último estudio realizado por The Journal of Sex Research, que se centró en analizar los comportamientos de hombres heterosexuales que poseen muñecas sexuales, acaba de confirmar mis sospechas.

Se dividió la muestra en dos grupos, los que trataban a la muñeca como su pareja y aquellos que la utilizaban como cualquier otro artículo íntimo.

Fueron los que se sentían en una relación con la sex doll quienes, en la siguiente fase del estudio, mostraban actitudes violentas hacia las mujeres reales.

Tendían a cosificarlas y mostrar comportamientos más hostiles hacia ellas, fijándose solo en el aspecto físico de estas -sin prestarle atención a la forma de ser, conversación, etc- y considerando que las mujeres reales solo buscan aprovecharse de los hombres y hacerles daño.

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Del grupo que pensaba de esta manera, gran parte estaba formado por hombres divorciados o solteros.

A diferencia de las mujeres humanas, consideraban a su muñeca la pareja perfecta y sentían que tenían un vínculo emocional con ella.

En cambio, los participantes del otro grupo, solo veían la sex doll como podían ver un masturbador. No se habían involucrado con ella de manera sentimental.

Los resultados de sus pruebas tampoco mostraban que les afectara a la hora de relacionarse con mujeres, solo eran un juguete sexual más.

Así que mi conclusión es que lo que realmente habría que cuidar es qué se hace con ellas. Una muñeca puede cumplir una fantasía de la misma manera que otros productos ayudan a explorar la sexualidad.

Pero no se pueden seguir adquiriendo como quien compra una mujer ‘a medida’. Sobre todo porque muchos de los que tienen estas muñecas en casa afirman que son «mejores que las mujeres de verdad».

Cuando lo que las convierte en ‘mejores’ es que no hablan, no se mueven ni tienen voluntad -por lo que no se oponen a los deseos de su propietario-, realmente se está comprando que pueden hacer con ellas lo que quieran sin ninguna consecuencia.

Es decir, se fomenta esta idea de que el sexo es un bien más que se puede adquirir en el mercado.

Por el camino quedan olvidadas la intimidad y la empatía, dos cosas que se construyen interaccionando entre las dos partes.

Así como el consentimiento, que es algo que sí es imprescindible para tener sexo con una mujer real.

Mara Mariño

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Aprender a ligar (bien) cuando sales de fiesta: la campaña de esta sexóloga en Bilbao

¿Cuántas veces has salido de fiesta y han dado por hecho que, por ser amable, estabas insinuándote?

¿Y cuántas veces has tenido que decir que no estabas interesada en tener nada con una persona y no ha dejado de insistir hasta que has sacado la baza de que tienes pareja?

¿Por qué solo te dejan tranquila si saben que ‘perteneces’ a otro?

Punto Morea Bilbao

EL BLOG DE LILIH BLUE

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Nuestras nociones de flirteo no son precisamente las mejores. Pero, ¿y si eso pudiera cambiar? ¿Y si pudiéramos salir de fiesta y ligar bien?

Esa era el objetivo que Melanie Quintana, la sexóloga que se encuentra detrás de la plataforma de educación sexual Somos Peculiares, se propuso.

En su primer año como directora ejecutiva del Punto Morea (Punto Morado) en Bilbao, no solo sacó adelante el proyecto para que la Aste Nagusia 2022 (la Semana Grande) contara con un espacio seguro, sino que fue más allá uniéndolo a la divulgación de educación sexual.

«Siempre ha habido carpas que han promovido las relaciones libres, la prevención de ITS, el VIH, pero nunca ha habido educación sexual en el Punto Morea. Sí divulgación o campañas relacionadas con el feminismo, pero nunca educación sexual como tal», dice la sexóloga.

Su stand, un mix de colores que arrasa en Instagram estos días por ser uno de los rincones más fotografiados de las jaias, no es solo un punto de encuentro para mujeres de todas las edades, que se acercan por curiosidad algunas y con un firme convencimiento otras.

«Esperad, que vengo con mi nieta», dice una señora hablando con una de las técnicas en igualdad del Punto Morea.

Otra le cuenta a su hija, mientras le colocan una de las pulseras que se han diseñado para la campaña (que lleva escrito ‘Solo sí es sí’), que nadie debe tocarla sin su consentimiento.

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Además es un lugar de bienvenida para que, como la propia Melanie nos cuenta, se acerquen otras asociaciones feministas para fomentar la sororidad con cualquier colaboración.

Pero, ¿cómo consigue un puesto en unas fiestas populares ayudarnos a ligar mejor?

Además de los talleres de educación sexual que se están impartiendo en los diferentes barrios de Bilbao, acompañando la acción, el puesto es en sí mismo una declaración de intenciones.

«De primero de flirteo, toma nota: Sí es un deseo. No es un límite», dice una de las paredes donde más se fotografían las asistentes a las fiestas.

«Debe haber un Punto Morado porque siempre pasan cosas», dice la sexóloga. «Intentamos prevenirlas, pero no podemos pretender que desaparezca la violencia si no hay educación de base».

Por eso su stand, en pleno corazón de las fiestas bilbaínas, resulta tan impactante: «Las campañas del ‘no es no’ se quedan escasas y se basan en la negativa. No queda trasfondo de cómo aprender a relacionarnos mejor».

«Respeto, ligoteo sano, consentimiento, límites y deseos» son el foco de los mensajes, desde la educación sexual, que aparecen tanto en el punto (en euskera y traducido al inglés y castellano) como en las pulseras que reparten.

Son otros de ellos el «Mi no tiene suficiente fuerza, no necesito añadir que tengo pareja», «Los límites que pongo son para respetarme, no para ofenderte» y «Sin responsabilidad afectiva no juego».

«La propuesta fue llegar a la raíz del problema. Necesitamos educación en cómo nos relacionamos. De nada vale decirnos así no puedes relacionarte. Hay qué enseñar cómo podemos hacerlo bien y bonito», afirma la experta.

¿Alguno de los tips para ligar de fiesta -o en cualquier lado- que dan en el stand?

«Cómo nos podemos decir que sí a algo mediante la comunicación asertiva, conquistarnos de forma sana respetando lo que los demás desean, cómo podemos hacer para gestionar un rechazo, porque no somos una croqueta, a todo el mundo no le podemos gustar. Y a todo el mundo no le puede gustar nuestra forma de interactuar o ligar con ellos».

«También el poder decirle a alguien ‘Me encantas’ incluso sin hacer alusión al físico. Tocar el pelo y otros códigos. Ni todo es blanco ni negro, es en los grises donde podemos jugar».

Y es que hay algo que, a la orilla de la ría de Bilbao, la sexóloga nos recuerda: «Se pueden tener gestos de cariño y de ternura sin que sean soeces, estamos buscando conquistar, no follar».

Mara Mariño

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Tranquilo amigo, no tienes que llevar un contrato encima por la ley del ‘Solo sí es sí’

Ya había hombres que se llevaban las manos a la cabeza, preocupados de si tenían que tener sexo ante notario.

Pero ahora, la Ley de Garantía de Libertad Sexual (conocida como la ley del ‘Solo sí es sí’), les ha dejado aún más consternados.

Lo que empezó con una broma en redes de que deben empezar a llevar encima un contrato cuando salen de noche, es algo que ha llegado a viralizarse en redes sociales por parte de un grupo de chavales, que los esgrimían en la discoteca.

hombre preocupado

PEXELS

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Y en ese sentido, nosotras lo tenemos más ‘fácil’. Estamos acostumbradas a llevar de todo en el bolso para que nos dé menos miedo volver a casa solas.

El manojo de llaves que nos creemos que funciona a modo de puño americano, un calzado de repuesto para quitarnos los tacones por si tenemos que correr en algún momento, un spray de colonia o desodorante (porque el de pimienta no es legal)…

Pero claro, ellos no cuentan con la ayuda del bolso, así que, ¿dónde van a llevar las copias del contrato de consentimiento? ¿En el bolsillo y arriesgarse a que se arrugue?

Ironías aparte, si esto es algo que te preocupaba -y ya estabas mirando qué pantalón tenía los bolsillos más grandes para ir con los folios y el boli- tengo buenas noticias para ti: puedes dejarlo todo en casa, no te hace falta.

Es más, voy a explicarte de manera muy sencilla en qué consiste esta nueva ley y por qué no debería de preocuparte nada.

Se le da importancia al «Sí» porque son muy frecuentes los casos en los que la voluntad de la víctima se encuentra alterada.

Es el caso de si se encuentra bajo los efectos del alcohol, drogas o sustancias mediante las cuales siente que no puede decir que no, como es el caso de los pinchazos (de los que os hablé hace unos días).

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Y si se ha considerado que el consentimiento mediante el «sí» es importante, es para evitar que los «es que ella no dijo nada en ningún» o «se quedó callada, ¿cómo iba a saber que no quería?» no sirvan como excusa.

Esto lleva a que muchos hombres (y mujeres también, especialmente las madres de varones) piensen que su libertad se encuentra dependiendo de que una mujer cualquiera vaya a una comisaría e interponga una denuncia que bien puede ser falsa.

En este sentido, pueden respirar con tranquilidad. No se está persiguiendo a los hombres ni nos están dando el poder de que podamos castigar arbitrariamente a quien nos dé la gana.

 

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La presunción de inocencia sigue ahí porque el Tribunal Constitucional ya dijo que las leyes de violencia de género no son contrarias a la Constitución Española.

Esto significa que, solo con la denuncia de una mujer, nadie va a acabar en la cárcel, ya que es la Ley de Enjuiciamiento Criminal la que lleva las detenciones.

Para que sepas un poco cómo va esta ley, funciona de la misma manera que los casos de hurto, robo o estafa. Es decir, la palabra del denunciante es la que tendrá peso para el juez, pero a partir de ahí se debe investigar si es verdadera o no.

Así que no tienes que preocuparte, es la propia Justicia Española la que te protegerá tras la investigación (si eres inocente, claro).

Esta nueva ley también castiga con pena de cárcel la difusión de fotos y vídeos, que es algo de lo que, hasta ahora, salían indemnes quienes lo utilizaban a modo de venganza o castigo.

Pero también resulta tan sencillo como no enviar nada íntimo, que haya llegado de otra persona, si eres el destinatario.

Como conclusión final, y para calmar esos ánimos, al igual que no llevas un contrato encima cada vez que entras a una tienda, para que el dependiente confirme que no te has llevado nada y no eres culpable de robo, no debes preocuparte porque una mujer firme si no tienes intención de violarla.

Así de sencillo.

Mara Mariño

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Si es tu pareja, ¿necesita tu consentimiento?

Te planteo una pregunta: el que era mi novio de aquel momento, estaba tumbado en la cama. Yo me encontraba recostada a su lado.

Estábamos viendo la reposición de una famosa serie de televisión cuando me dijo que si se la podía chupar.

Una pareja sentada en la cama consentimiento

PEXELS

En aquel momento, con toda la pereza del mundo de estar en la postura perfecta sin ganas de nada que no fuera seguir tumbada, le dije que no me apetecía.

Se incorporó y empezó a decirme que cómo podía ser tan egoísta. Que si me lo pedía era porque lo «necesitaba», porque «estaba pasando un mal momento», porque aquello le haría «pensar en otra cosa».

Si como pareja suya, no era capaz de ver todo eso, si no lo hacía por «el amor que sentía», es que no era «una buena novia».

Bajé la cabeza y se la chupé.

Y ahora la pregunta: ¿consentí a tener sexo?

Accedí, sí, pero de manera coaccionada, sin ninguna gana de hacerlo.

Solo por la presión de su discurso y por haber pulsado una tecla que siempre funcionaba conmigo, la de la culpabilidad de querer ser la mejor pareja.

Accedí y ahora me arrepiento. Porque así no debería ser poner en práctica algo placentero, con un chantaje emocional, haciendo a la otra (o al otro) sentir mal.

Accedí, pero mi consentimiento interno -que no el que puse en práctica- no estaba de acuerdo con mis acciones.

En aquel momento tenía que haber visto que, una persona que recurre a la manipulación para conseguir algo (lo que sea), no era buena para mí.

Pero llegamos a una pareja todavía con muchas cosas que desaprender. La primera es que estar con alguien nos abre la puerta a una barra libre de sexo. Cuando y donde quieras puedes pasar por la estación de sus piernas a recargar o descargar, lo que prefieras.

Y nosotras todavía arrastramos la culpabilidad de que, si nuestra pareja no está satisfecha, puede irse a otro lugar -que es otra persona- a conseguir eso que no podemos darle.

Lo que deberíamos tener claro, en su lugar, es que si esa es la razón por la que alguien se va de nuestra vida, no es la persona que queremos a nuestro lado. Mejor solas que forzadas a follar.

Estar en pareja implica que haya sexo siempre y cuando las dos personas quieran tenerlo por voluntad propia. Si uno de los miembros no está de acuerdo por lo que sea (dolor, sueño, cansancio o que no le apetece y punto), debe ser respetado.

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Que haya sexo en pareja no implica tampoco acceder a cualquier tipo de sexo. No todas las prácticas se pueden realizar sin tener antes una conversación primero asegurándonos de que no cruzan los límites de nadie.

Así que quédate con esto: si ignora tus negativas, si te coacciona, si te manipula, si se enfada si no lo haces, si te amenaza, si te resignas, no estás teniendo sexo con tu pareja. Te está violando tu pareja.

Mara Mariño

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Consentir a tener sexo no es consentir todo tipo de sexo

Tenemos un cacao en la cabeza, uno importante. Y empieza por no saber muy bien lo que está sucediendo en nuestra intimidad.

Te pongo un ejemplo. Imagina que vas a una cita con alguien que has conocido por una aplicación de ligar.

PEXELS

Os lleváis genial, la química está por las nubes y no veis el momento de que el camarero traiga la cuenta para iros a casa de alguno de los dos.

No hay tiempo para delicadezas, la ropa va quedando por el suelo hasta que ya podéis complaceros. Y el sexo deja de ser apresurado y urgente para convertirse en violento.

Hay golpes, hay estrangulamientos, tirones de pelo, un «perra» de por medio… Sabes que forma parte del polvo, pero no puedes evitar una cosa: asustarte.

Porque en todo momento querías tener sexo con esa persona, pero no podías imaginar que esto era lo que te esperaba. Igual, de haberlo sabido, ahora que lo estás padeciendo, te lo habrías pensado dos veces.

Se puede decir que consentiste, claro, pero que accedieras a tener sexo no significa que dieras libertad para hacer cualquier cosa con tu cuerpo.

Billie Ellish lo comentó en una entrevista en televisión hace unos meses: «Las primeras veces que tuve sexo, no dije que no a cosas que no estaban bien. Fue porque pensaba que se suponía que era lo que me tenía que gustar».

¿Cómo no sentirnos identificadas?

Evitar que esto pase no significa que (como alguno que otro comenta) haya falta ir siempre con una carpeta de formularios en la mano. Rellenando previamente que prácticas se pueden hacer -y cuáles no- y firmando ante notario.

Pero sí que en la conversación previa se puede decir que el tipo de sexo que te gusta es duro y que si le va a hacer sentir cómoda a la otra persona.

Y también hacerle saber que, en el caso de que sea demasiado, siempre puede decir que no quiere continuar o que se bajará el nivel de intensidad un poco.

Eso sería lo ideal, claro. Pero si por lo que sea, no surge la conversación y ya se está en faena, parar y decir que eso no, que no está en una película porno, que no eres fan de ese tipo de sexo (o al menos, no de primeras sin conoceros).

Y si contesta que es su manera normal de hacerlo -algo bastante probable si tenemos en cuenta los vídeos eróticos de los que estamos rodeados-, pedirle más cuidado si quiere continuar.

Decir que sí en un primer momento no nos compromete ni con una persona ni con una forma de tener sexo.

Se puede cambiar de idea si la situación se vuelve incómoda o, simplemente, no apetece seguir. Recuerda que la persona a la que te debes es a ti.

Duquesa Doslabios.
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Así es cómo mi colegio permitía el abuso sexual hacia las alumnas

Creo que no hay una sola vez de las que un desconocido me ha metido mano en público en la que no me haya planteado si podría haber hecho algo para evitarlo.

Pero nunca si él podría haber hecho algo para evitarlo. Como decidir no tocarme en contra de mi voluntad, por ejemplo

Aunque fueron ellos los que tomaron la decisión de ir a por mi culo o pasarme la mano entre las piernas sin preguntarme, sin que yo quisiera, en mi cabeza le seguía dando vueltas a mi responsabilidad.

UNSPLASH

¿Puedes culparme de verlo así? Piensa que fui a un colegio de monjas donde el uniforme era obligatorio. Y el de las niñas, por supuesto, era una falda de tablas.

Desde primaria hasta el último curso de secundaria corrías el riesgo de que alguno de tus compañeros tuviera la ocurrencia de levantarte la falda.

Y daba igual que fueras a quejarte a los profesores. El «son cosas de niños» le quitaba peso a su abuso.

Nosotras, en cambio, sentíamos la vergüenza por parte doble. Primero porque nos habían dejado, literalmente, en bragas.

Segundo porque era delante de toda la clase.

Y con una sensación de injusticia e impotencia de ver que nadie te ayuda, que nadie se lo toma en serio y que te toca aceptar algo desagradable. Eso se convierte en el día a día.

Dejaba el mismo sabor amargo que termina por convertirse en familiar cuando un grupo de desconocidos te grita obscenidades o pasa por delante de ti un hombre trajeado recién salido de trabajar, e invadiendo tu espacio personal, te dice que te lo quiere comer.

Pero tú te callas, porque por mucha vergüenza que pases, eso es más seguro que responder y que pueda reaccionar con violencia.

Para los profesores era una «trastada» sin ninguna maldad. Para nosotras el suplicio de que nuestra intimidad se viera expuesta.

Y ya ni te cuento de la pesadilla en que se convirtió cuando entramos en los años en los que nos venía la regla. Que pudieran ver las alas de la compresa era el culmen de la humillación.

Así que la solución del centro escolar, ante la creciente oleada de «subefaldas», fue la de aconsejarnos a las alumnas llevar pantalones cortos por encima de las bragas.

Si no queríamos quedarnos en ropa interior, teníamos que cambiar nosotras nuestra manera de vestirnos todos los días.

No se quedaba ahí. Quienes no llevaban este tipo de shorts y su ropa interior quedaba a la vista, eran consideradas unas «guarras».

Porque aún con la alternativa de los pantalones, preferían no llevarlos. Señal de que les gustaba que se lo hicieran y realmente querían quedarse en bragas.

Mi colegio nunca se planteó coger a los chicos de cada curso y enseñarles que lo que estaban haciendo estaba mal. Que debían respetarnos.

Lo que lograron fue que ellos pasaran todos sus años escolares aprendiendo que podían invadir la intimidad de sus compañeras mujeres sin que pasara nada.

Y nosotras la misma cantidad de años aprendiendo que era nuestra responsabilidad protegernos. Porque de no hacerlo el castigo sería ser humilladas con el estigma de disfrutar de aquel abuso.

Cuando cada día de los primeros años de tu vida aplicas el mensaje de que solo tú eres responsable de un abuso, ¿cómo no llegar a la edad adulta sintiéndonos nosotras culpables de que nos fuercen, nos silben, nos besen, nos violen o nos maten?

Y ¿cómo esperar que ellos respeten nuestro cuerpo, sin que nosotras les dejemos, cuando llevan accediendo a él desde siempre?

Duquesa Doslabios.
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Amigo, así es cómo te afecta la ley del ‘Solo sí es sí’

¿Piensas que es muy complicado ser hombre hoy en día? ¿Que vas a tener que ir con un contrato en el bolsillo y firmar ante notario si quieres tener sexo con una chica?

Este artículo es para ti.

UNSPLASH

Vengo a explicarte de una forma sencilla cómo te afecta la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual o, como la conocemos coloquialmente, la del «Solo sí es sí».

Por lo pronto, abuso y violación han pasado de ser considerados delitos diferentes a que ambos vayan a juzgarse como agresión.

Es decir, ya no es necesaria que haya violencia o intimidación para que puedas ir a la cárcel si haces algo en contra del consentimiento de otra persona.

Y cuidado, porque esto se aplica también a lo que suceda en la calle.

Si por un casual eres lectora, recordarás con todo lujo de detalles aquella vez que te tocaron por sorpresa en el vagón de metro, en unas fiestas de pueblo o cuando te asaltó ese desconocido en el parque siendo tú pequeña.

Ahora todo acoso callejero es considerado delito leve y se puede penar con multas o hasta un año de cárcel. ¿El secreto para evitarlo si eres un hombre? Tan sencillo como no tocar a una mujer que no te ha dado permiso.

De tanto reivindicar que las calles también son nuestras, la nueva ley también recoge el acoso callejero.

Comportamientos no deseados verbales que violen la dignidad de una persona -y sobre todo si se crea un ambiente intimatorio, hostil, degradante, humillante u ofensivo (cada vez que te sueltan el comentario troglodita de turno, en resumen), también será castigado.

Ante la duda guárdate para ti la opinión sobre cómo nos queda ese escote o las piernas que tenemos. No te la hemos pedido.

Respecto a tener que llevar siempre boli y papel encima para que quede claro que la relación entre ambos fue consentida, decirte que no, que no hace falta que vayas cargado.

Solo que aprendas que ni quedarse en silencio ni adoptar una postura pasiva significan que estén aceptando tener sexo contigo. Que esta vez no vale lo de «ella no opuso resistencia».

Y con los agravantes de si además se hace en grupo, es la pareja, un familiar o se usan sustancias para anular la voluntad de la víctima.

Así que antes de que salgas con el «Es que ya no vamos a poder hacer nada», déjame aclararte que no te tienes que preocupar.

Que vas a poder hacer de todo, pero con consentimiento, claro. Que igual es de lo que te estabas olvidando hasta ahora.

Y antes de despedirme, una noticia que, si eres amante del teclado, te puede interesar. Hasta el 26 de septiembre puedes inscribirte en los XV Premios 20Blogs y, además de llevarte el premio de 5.000 euros, formar parte de la familia bloguera. Si te quieres apuntar, tienes toda la información aquí.

Duquesa Doslabios.

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¿Una diferencia entre ‘Los Bridgerton’ y ‘Juego de Tronos’? Cómo se graban las escenas de sexo

Hay todo un mundo de distancia entre los desnudos o escenas íntimas que podíamos ver en Juego de Tronos y las de ahora en series como Los Bridgerton, Sex Education o Euphoria.

Antes bastaba con incluir en el guión que tocaba quitarse la ropa, un coito, la interpretación de una felación… Las nuevas producciones cuentan con una figura nueva en el set: la coordinadora de intimidad.

Netflix

Un puesto que idea la coreografía para la filmación de los momentos sexuales después de un encuentro previo al rodaje entre los actores, comunicando sus preferencias.

Una reunión para saber qué les haría sentir cómodos para crear una escena capaz de respetar todos los límites.

Como si fueran una lucha o parte de un momento musical -con todos los bailarines moviéndose de un lado al otro- las escenas de besos y caricias, se ensayan y se graban siguiendo los pasos.

Y lo raro es que, hasta ahora, esto no existiera, no fuera necesario. Que todo lo relativo a escenas íntimas quedara en manos de un director que hacía y deshacía sin tener en cuenta los deseos de los actores.

Solo si nos da por repasar algunas de las escenas de películas de éxito podemos entender la dimensión del problema. Cuando no siempre los contactos físicos o la desnudez han sido fruto del consentimiento.

Como el caso de una Maria Schneider de 19 años que no sabía que iba a ser forzada por Marlon Brando debido a la ocurrencia de Bernardo Bertolucci en El último tango en París.

Por su idea de untar sus genitales con mantequilla delante de la cámara sin que ella estuviera informada y quitándole hierro con el «Es solo una película».

Ese es el problema, que cuando ella pasó el resto de su vida sin poder volver a desnudarse delante de una cámara -con varios intentos de suicidio por el camino y adicción a las drogas-, no es solo una película ni una serie.

Es la historia de siempre, de forzar en contra de la voluntad. Y, en este caso, en el nombre de un bien mayor, que ya puede ser la próxima película ganadora de varios Oscar o la serie estrella de la plataforma de streaming de turno.

Porque solo sabiendo a qué atenerse, qué va a pasar y respetando dónde están los límites, se puede trabajar con dignidad.

Eso también forma parte de los derechos humanos, el derecho a «condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo», condiciones que no pasen por sentir miedo, humillación, sometimiento o abuso.

Así que si la solución es convertirlo en una danza de caricias y besos detallada en el guión, que se haga desde ahora y en todas las producciones, ya sean películas o series.

Sin que se repita la historia de una Emilia Clarke llorando en el baño antes de rodar la escena de Daenerys desnudándose, la de una Emma Stone padeciendo un ataque de asma en plena escena de sexo por la tensión a la que estaba sometida o la de Evangeline Lilly en Lost sin poder dormir después de ser grabada semidesnuda.

Sin más nombres de mujeres que terminan con los nervios destrozados en el nombre del séptimo arte ni de ningún otro.

Duquesa Doslabios.

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Que si te violan, es violación

Hemos necesitado tres años, tres años como sociedad y tres años como individuos, para penar un crimen que, para mí, parecía más que claro.

PIXABAY

Tres años en los que me he desgañitado en las calles en cuanto surgía la ocasión para protestar ante la Justicia, para darle la mano a una compañera que ni conocía ni estaba allí, para pelear por ella y por todas las que no salen en la prensa.

Tres años en los que las noticias sobre el caso me deprimían el día leyendo la aparición de un investigador privado, las declaraciones del abogado, los juicios de valor a una víctima por una camiseta, las opiniones en las comidas familiares de «que no hubiera entrado con ellos»…

Tres años para que aprendiéramos una nueva norma matemática. Si dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y una violación, quince años.

En este tiempo, no solo me he indignado con cada nuevo dato que iba saliendo a la luz, con ese primer fallo que, de laxo, parecía casi una decisión tomada por un tribunal de Los Simpsons, que por uno en la vida real.

El debate ha ido mucho más allá. Lo triste es que hasta ahora no hubiera salido sobre la mesa un tema tan importante como es el consentimiento, aclarando cuáles son los límites.

Lo realmente doloroso es que una mujer haya tenido que ser violada por cinco hombres para que nos demos cuenta de que aunque no digamos que no, aunque no protestemos, aunque no intentemos escapar, no significa que queramos tener sexo.

Hemos necesitado tres años para llamar a las cosas por su nombre, para penarlas «como se merecen», aunque ni el número de años ni el sistema penitenciario me parecen suficientes para castigar el crimen cometido.

Si hemos necesitado tres años para aprender que si te violan, es violación, que no se nos olvide. Nunca.

Duquesa Doslabios.

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