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Que si te violan, es violación

Hemos necesitado tres años, tres años como sociedad y tres años como individuos, para penar un crimen que, para mí, parecía más que claro.

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Tres años en los que me he desgañitado en las calles en cuanto surgía la ocasión para protestar ante la Justicia, para darle la mano a una compañera que ni conocía ni estaba allí, para pelear por ella y por todas las que no salen en la prensa.

Tres años en los que las noticias sobre el caso me deprimían el día leyendo la aparición de un investigador privado, las declaraciones del abogado, los juicios de valor a una víctima por una camiseta, las opiniones en las comidas familiares de “que no hubiera entrado con ellos”…

Tres años para que aprendiéramos una nueva norma matemática. Si dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y una violación, quince años.

En este tiempo, no solo me he indignado con cada nuevo dato que iba saliendo a la luz, con ese primer fallo que, de laxo, parecía casi una decisión tomada por un tribunal de Los Simpsons, que por uno en la vida real.

El debate ha ido mucho más allá. Lo triste es que hasta ahora no hubiera salido sobre la mesa un tema tan importante como es el consentimiento, aclarando cuáles son los límites.

Lo realmente doloroso es que una mujer haya tenido que ser violada por cinco hombres para que nos demos cuenta de que aunque no digamos que no, aunque no protestemos, aunque no intentemos escapar, no significa que queramos tener sexo.

Hemos necesitado tres años para llamar a las cosas por su nombre, para penarlas “como se merecen”, aunque ni el número de años ni el sistema penitenciario me parecen suficientes para castigar el crimen cometido.

Si hemos necesitado tres años para aprender que si te violan, es violación, que no se nos olvide. Nunca.

Duquesa Doslabios.

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¿Quién le dio la palabra a mis bragas?

Fue en 1933 cuando la mujer pudo, por primera vez, manifestar su opinión respecto a la política de España a través del voto, algo que los hombres llevaban haciendo habitualmente más de cuarenta años. En ese momento se empezó a tener en cuenta nuestra voz.

SAVAGE X FENTY

Y con lo que ha costado que se oiga, que se tenga en cuenta a través de una votación o que no se desacredite si dicha voz denuncia un abuso, me niego a que me la roben.

Pero, sobre todo, a que me la quite nada menos que una prenda de ropa, un tanga. Un tanga, que, hasta donde yo tengo entendido, no habla (o al menos, los míos del armario nunca han tenido la cortesía de darme los “Buenos días” cuando abro el cajón medio adormilada).

Se escapa de mi entendimiento que le den una voz y no solo una voz, en abstracto, sino una voz concreta que decide sobre el cuerpo de su portadora.

Mi tanga no dice nada. Está callado ahí, en la entrepierna. Ni pincha ni corta, solo está protegiendo mi vagina, evitando que entren bacterias, que es, a fin de cuentas, el objetivo de la ropa interior.

La pieza lencera no manda sobre mí ni sobre mi vida, no es responsable de lo que me pase, no dirige mis actos, no me controla.

Si llevo tanga, puede que lo lleve por mil razones, porque no me apetece llevar bragas porque me resultan incómodas, porque estaban de oferta en el supermercado o porque sencillamente, me gustan y quiero llevarlos.

Es por ello que me niego a pensar que, si tardamos tantos años en que se escuchara nuestra voz, y que aún cuando se escucha se pone muchas veces en duda, ahora la perdamos por un trozo de algodón.

Porque en ningún caso llevar tanga es una invitación, una indirecta, una respuesta a preguntas no formuladas (o formuladas y que reciben cualquier respuesta a excepción de un “sí” claro y rotundo).

Un tanga no es nada, y aun así hay quienes se han atrevido a convertir el objeto en el todo, en el principal motivo que justifica que una mujer haya sido violada y que, por ello, su agresor está libre de culpa porque tenía la ‘bendición’ de un tanga.

Que, según esas personas, llevar un tanga justifica que una mujer sea forzada porque la prenda equivale a un consentimiento nunca expresado, no solo reduce nuestra voluntad y palabra a la nada dándole peso a un material textil inerte, sino que además le están dando un significado que, en ningún caso, nosotras hemos puesto.

Una vez más el problema no son las bragas, el tanga, el culotte o quien las lleva. El problema es quienes ven en ellas una personalidad o un deseo, y también quienes, después de un crimen, avergüenzan y juzgan a la víctima en vez de señalar al agresor.

Porque la realidad es, que independientemente de lo que se lleve puesto, en el momento en el que te fuerzan a mantener relaciones sexuales, por el simple hecho de hacerlo en contra de la voluntad de otra persona, ya no existe el consentimiento. Y eso es lo que debería condenarse.

Duquesa Doslabios.

(Y acuérdate de seguirme en Twitter y Facebook)