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Historias de amor, sexo y otros delirios

Entradas etiquetadas como ‘orgasmos’

Las cosas que he aprendido de sexo a lo largo de mis 20 años

Puedes ponerte a follar mientras haces el amor, con rabia, con fuerza, con desenfreno, con ganas, contra la pared… Pero nunca, mientras follas, podrás fingir que estás haciendo el amor.

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Esa fue una de las primeras cosas que aprendí a lo largo de mi veintena, que más allá de la química, los sentimientos no los podía simular. Aprendí rápido a diferenciarlo, por mucho que las películas y libros de mi adolescencia me insistían en que solo estaba bien hecho el sexo si era con alguien con quien me uniera un sentimiento.

Admito que con los años me he relajado, y es que al principio, la mera idea de tener sexo era sobrecogedora de todo el esfuerzo que implicaba por mi parte.

No sé bien por qué, insistía en comprarme lencería cada vez que conocía a alguien. Y eso sin contar las horas depilando cada zona de mi cuerpo al milímetro para que no hubiera un solo pelo fuera de sitio, que, por aquella entonces, tenía la impresión de que la más mínima aparición de vello corporal cortaría cualquier posible oportunidad de tener sexo.

Pero como os digo, me he relajado. Si bien lo de la lencería lo he dejado para ocasiones especiales, para dar una sorpresa de vez en cuando, la depilación se ha vuelto un tema secundario hasta llegar al punto de que apenas le presto importancia.

Si antes era algo para ellos, para seguir su fantasía de que ahí abajo las mujeres somos lampiñas (también es cierto que mis compañías venían muy influidas con el porno), después empecé a dejármelo como yo quería, ya fuera por gusto o comodidad, y, para mi sorpresa inicial, no cambió nada en absoluto.

Dejé de pensar en el sexo como en un escenario donde tenía que dar lo mejor de mí SIEMPRE: probar cincuenta posturas en un minuto, subir una pierna, moverme, tener siempre el pelo perfecto o la luz adecuada para que no se me marcara la piel de naranja. Entendí que mi vida sexual no tenía por qué parecerse a una película porno, que disfrutaba más sin tanto agobio y dejándome llevar.

Me di cuenta de que mi cuerpo era perfecto para el sexo independientemente de arrugas o cicatrices, de kilos de más o de menos, de que tenía que dejarme de complejos porque mi vagina no cambiaba para nada y que el clítoris, menos todavía.

Durante los veinte años me di cuenta de que el sexo estaba sobrevalorado. Que no el placer, sino el sexo, el acto en sí, el “toma y daca”, el “mete y saca”. Pero claro, al empezar mi vida sexual aquello era el culmen, el broche, el punto final, lo demás son solo paradas breves antes de la última estación. Pero pasan los años y descubres que no todo es el coito, que la mayoría de las veces una buena comida puede ser mucho más espacial (por aquello de que es como antes subimos muchas a las estrellas).

Aprendí a “ser egoísta” en la cama, a mirar por mi placer porque ellos no lo hacían. A tomar riendas en el asunto y dejar de fingir unos orgasmos que nunca sucedían. A pararme y decir “me gusta así”, porque con el tiempo, le perdí la vergüenza a hablar y prefería sincerarme antes que seguir con unas interpretaciones que habrían sido de Óscar.

Por animarme a hablar, aprendí a ser sincera y también a ser empática. De mi primer encuentro con un gatillazo, solo recuerdo sentirme incómoda y poner distancia de por medio, los pocos que vinieron detrás me hicieron más comprensiva y que mostrara mi apoyo, lo que, definitivamente, tuvo mucho mejor resultado.

Me di cuenta de que mi número daba absolutamente lo mismo y aprendí a quitarle importancia al hecho de tener sexo en una primera cita, en la número 37 o a no tener sexo en absoluto en meses.

Y es que por último, aprendí que, si a veces no me apetecía, estaba bien y no pasaba nada. Hormonal, emocional o personalmente he pasado por momentos en los que la libido estaba en las nubes y otros en los que no me apetecía ni la de Vladimir (una paja y a dormir). Imagino que, al final, no es que haya aprendido más o menos sobre sexo, sino que, a lo largo de mis veinte años, he aprendido sobre mí.

Duquesa Doslabios.

Descubriendo en carne propia los orgasmos secuenciales

Las mujeres multiorgásmicas son para mí como los billetes de 500 euros. Nunca he visto (ni conozco personalmente) ninguna, pero existir, existen.

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Hasta hace un tiempo incluso pensaba que yo podía formar parte de un club tan selecto ya que descubrí que podía experimentar varios orgasmos en una noche.

Pero empecemos por el principio de los tiempos, que las mujeres, en cuanto a orgasmos se refiere, somos un poquito más complejas.

Como todos sabréis, ya que doy por hecho que no es un secreto para nadie, solemos tardar más en alcanzar el orgasmo.

Si lo representáramos gráficamente, el hombre es como una línea recta ascendente que una vez llega al clímax cae de golpe (algo que te sonará familiar ya que suele caer rendido).

Mientras tanto, la mujer sube progresivamente y cuando llega al orgasmo, la línea cae pero solo un poco, ya que puede tener, al tiempo, otro orgasmo.

Esto es lo que se conoce como orgasmo secuencial y hace precisamente referencia a esos instantes que se dan entre orgasmo y orgasmo, de apenas segundos, hasta que podemos tener otro.

DUQUESADOSLABIOS

Para simplificarlo, y que todos (y todas) entendamos la diferencia entre el multiorgasmo y el orgasmo secuencial, imaginad una montaña rusa. Una mujer multiorgásmica puede hacerse varios viajes sin bajarse de la vagoneta, mientras que las secueciales, debemos bajarnos y esperar la cola otra vez para volver a montar.

Ser de un tipo o de otro no implica nada más que cómo experimentas el placer, pero en ambos casos, los orgasmos son igual de buenos para unas que para otras.

En mi caso, el descubrimiento tuvo lugar hace tiempo, en una de esas noches de verano en las que ni aún con la ventana abierta corre una brizna de aire.

Un mosquito (o más bien mosquita por el sonido que hacía) insistía en acercarse a mi cara para poder picarme, y yo, cada vez que notaba el zumbido, encendía la luz para darle caza.

La mosquita, que era una futura mosquita muerta, pero no tonta, en cuanto veía el resplandor desaparecía de la vista y yo tenía que volver a esperar a que se aproximara.

Y claro, ¿qué hace una chica sola en la cama una noche de verano a las dos de la mañana que no puede conciliar el sueño? Masturbarse.

Como después del primer orgasmo me quedé con la curiosidad de si podía tener otro después, descubrí con inmenso placer que no solo podía tener un segundo, sino un tercero (y un cuarto y quinto si me pongo, pero llegar a tres ya me parecía fantástico).

La curiosidad no mató a la gata, pero le descubrió un mundo lleno de muchos orgasmos.

Con el paso del tiempo y más noches en las que me costaba conciliar el sueño, averigüé mis secuencias: veinte segundo de ‘descanso’ para alanzar el segundo y ocho para el tercero.

¿Te animas a descubrir tu secuencia o la de tu pareja?

Duquesa Doslabios.

Es posible un orgasmo sin sexo

Querid@s,

Nueva York, los zumbados e imprudentes años 80. Con el flagelo de aquel monstruo llamado sida amenazando la vida sexual de la gran manzana, la sexóloga Barbara Carrellas se planteó un reto: gozar de orgasmos no solo sin sexo, sino sin que nada ni nadie-ni siquiera ella misma- le pusiera la mano encima. Cero contacto físico. Se puso manos a la obra y se inscribió en un taller cualquiera. Sorprendentemente y en muy poco tiempo se convirtió en una aventajada alumna que desarrolló su propia técnica de sexo mental. Estaba inspirada en la meditación tibetana y basada en un profundo control de la respiración.

Epatados por los resultados de sexóloga Carellas, científicos de la Universidad de Rutgers se infiltraron en su cerebro en pleno orgasmo mediante imágenes de resonancia magnética. ¿Qué ocurrió? Barbara se corrió de verdad y ahí estaban esos entrometidos hombres de ciencia para ser testigos de cómo aquella mujer se corrió gloriosamente sin que nada ni nadie la tocara. Barbara fue la primera constatación bioquímica de un orgasmo alcanzado sin más ayuda que su propio estímulo mental.

Tres décadas después les pregunto: ¿Es el orgasmo una cuestión puramente fisiológica o es más bien una experiencia construida por nuestra propia fantasía?

Lo plantearé de este modo. ¿Creen que esta bucólica escena es posible?

Sin duda, el placer que origina el orgasmo es corporal, lo que es debatible es si en el participan no solo diversas partes y órganos del cuerpo, pero también nuestra mente, el subconsciente y la propia autogestión que imprimen un potente poder afrodisico. Porque está claro que si el que le brinda el masaje floral es el vecino del cuarto (ese que ni fu ni fa) o el majete de Torrente, no creo que le hubiera gustado tanto.

Chispeante diálogo el que se marcan cuerpo y mente. ¿Algun@ lo entiende?

Que follen mucho y mejor.

Epístolas de amor, epístolas de vida

Querid@s,

A propósito de la carta de la canadiense, quiero compartir  con ustedes una carta que escribí hace ya un tiempo. No van a leer toda la carta, sólo el principio. Estas líneas son las menos personales de todas. Hay cosas que prefiero no compartir con nadie. Ni siquiera con ustedes.

Cógeme en brazos. Llévame a la cama. Fóllame despacio, ahora deprisa. Hazme sufrir. Grítame. Hazme llorar para luego devolverme la sonrisa. Cuéntame tus pecados. Escucha los míos. Dime de qué tienes miedo. Temblemos juntos. Suda conmigo. Lámeme el cuerpo. Lame mis dedos hasta que ya no los sienta míos. Acaríciame el pelo. Susúrrame al oído. Dime palabras sucias. Deja que te bese en los ojos. No parpadees. Obsérvame mientras duermo. No despiertes cuando yo lo haga. Sueña a mi lado. Estigmatízame con tu nombre. Imprégname con tu olor. Hazme tuya. No me compartas. Ódiame, pero luego ámame el doble. Llora por mí. Mis lágrimas siempre tuyas. Respira mi aliento. Bésame en la boca. Muérdeme los labios. Hazlos sangrar. Tápame la boca. Que mis gritos solo sean tuyos y míos. Piérdete por mí para que yo pueda encontrarte. Encontrarme. Dime que me odias. Te diré que te quiero. Duerme a mi lado. Deja que me acueste a tu espalda. Mírame cuando no sepa que lo estás haciendo. Cógeme de la mano. Enséñame tu habitación. Quítame la ropa. Con vicio. Tócame. Suave. Dame un trago de tu boca. Largo, muy largo. Desnúdame el alma. Muéstrate como eres. Transparente. Libre. Libérate de tus esposas. Caminemos juntos. Hazme sentir débil. Pero sólo a tu lado. Regálame la luna. Ocultémonos del sol. Bebe mis lágrimas por ti. Consuélame como solo tú sabes hacerlo. Comámonos el mundo. La vida. Vente conmigo. A cualquier otra parte. No te vayas nunca. Quédate conmigo. Stand by Me.

Seguro que todos tienen alguna carta guardada en el altillo, en algún baúl repleto de recuerdos de cuando eran jóvenes. Fotos en las que sonríen más que ahora, carpetas forradas con sus ídolos, algunos apuntes ya mugrientos, posa vasos que llevan el nombre de esa noche que jamás olvidaran, entradas de aquel concierto que todavía recuerdan como si fuera ayer. Reminiscencias de lo que fueron. Pero volvamos a esa carta. La escribieron de su puño y letra con tanto mimo, con tanto cariño, rezando a Dios o pidiéndole a la Madre Naturaleza que se apiadara de usted y que ell@ le dijera que también estaba loquit@ por usted. O loquit@ por sus huesos había alguien que se armó de valor y le mandó una carta en la que se dejaban la piel, pero sobre todo, el corazón. Quizás haga tiempo que no desempolvan ese cajón de sastre, quizás les dé miedo que los recuerdos le gasten una mala pasada. Una vez más no, por favor. Pero si se atreven, si tienen un rato, será un placer compartir las líneas confesables de esa carta que no puede olvidar. Aunque hayan pasado cinco años, aunque haya pasado una eternidad.

Posdata Te Quiero

No tiene por qué ser hoy, ni siquiera mañana. Recuerden que este bar que nunca cierra.

Qué bonitas son las declaraciones de amor, la sincerad de alguien que te ha amado de verdad, saber que se han vuelto locos por ti, que alguien ha puesto su mundo patas arriba por ti y que lo volverían a hacer. Decirle a alguien cuanto le quisiste. Son cosas que hacen que la vida valga la pena. Creo que al final la vida es eso… Esas intensidades, esas llamadas de locura, ese llanto, esas sorpresas inesperadas, esos orgasmos agridulces y hacer el amor en los portales o en la playa con la arena y la sal en la boca

Que follen mucho y mejor.

Orgasmos a través de smartphones: se buscan probadores

Una revolución del sexo. Eso es lo que promete Durex a través de una nueva división especializada en tecnología digital, llamada Durexlabs, que pronto anunciará su primer producto tecnológico, con el que pretenden “ayudar a los usuarios a llegar al orgasmo”.

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De momento, y a la espera de los detalles, la compañía está buscando por todo el mundo “probadores” que se animen a ser los primeros en probar el producto y experimentar esta nueva aplicación. Los interesados ya pueden registrarse, de momento de forma gratuita, en su web. 

“Muy pronto algo cambiará vuestra vida sexual para siempre. Preparaos para el clímax”, aseguran desde la firma de preservativos. El desarrollo de la aplicación, que pronto se presentará oficialmente, ha corrido a cargo de Susie Lee, CEO de Siren Mobile, a quien Durex califica como “una de las mayores expertas en el mundo de la tecnología móvil”.

“Con la proliferación de smartphones, redes sociales y apps de citas, la tecnología ha demostrado ser un medio exitoso para emparejar a las personas e intensificar sus relaciones. Con Durexlabs estamos realizando el siguiente paso vital al utilizar la tecnología para intensificar la conexión de las parejas en la cama y mejorar nuestras vidas sexuales”, explica la propia Lee.

Si alguien se anima a probarlo, que me lo cuente. Porque no digo yo que vaya a ser un bluf, pero de ahí a que vaya a “revolucionar nuestra vida sexual”, hay un trecho. Habrá que esperar a ver.

Sexualidad plena en el embarazo

Nada más tener noticia del embarazo, su pareja se echó a temblar. No por el miedo a los cambios ni al acojone propio ante la primera paternidad, sino porque había oído previamente a todos sus amigos con descendencia quejarse hasta la saciedad de la insufrible sequía sexual a la que los habían sometido sus mujeres mientras estaban gestando.

No digo yo que no pueda pasar, que de todo hay, pero dar por hecho que una mujer deja de sentir deseo sexual solo por estar embarazada es absolutamente ridículo, además de trasnochado. Como si concebir un hijo fuera el fin último de su existencia y la razón principal de sus encamamientos. Es cierto que se producen cambios hormonales, que el cuerpo se modifica a diario y que la avalancha de dudas y sensaciones pueden afectar al humor y a la autoestima y, por tanto, al sexo. “Como una montaña rusa”, me dicen muchas para definir su estado.

Sexo y embarazo

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También hay muchos miedos y mitos que contribuyen a crear, en algunas parejas, un ambiente poco propicio para la sexualidad. “¿Y si le hago daño al bebé?”, se preguntan a veces. Pues no, no hay peligro alguno de hacer daño alguno al bebé. Tampoco hacer el amor puede provocar un aborto ni contracciones de parto. El sexo con penetración solo está contraindicado cuando exista una patología previa que así lo aconseje, en cuyo caso el médico se encargaría de recomendar una disminución o incluso un cese de la actividad sexual. Hablamos, por ejemplo, de casos en los que exista una amenaza de aborto, de parto prematuro, placenta previa sangrante o rotura prematura de las membranas. Casos que en ningún caso estarían provocados por el coito. De cualquier manera, no hay que olvidar que el sexo es algo más que la penetración y que se puede tener una vida sexual plena sin tener que recurrir a esta cuando esté contraindicada.

Y a lo que íbamos. Resulta que este hombre del que os hablaba al principio, lejos de ver confirmados sus temores, está como loco de contento. Su chica ya va por el segundo trimestre de embarazo y está, según sus propias palabras, “más sexual que nunca”. Lo que, dicho sea de paso, tiene sentido. A esa edad de gestación hay un incremento del flujo sanguíneo, de modo que los orgasmos pueden ser incluso más intensos. Existe mayor lubricación, los labios vaginales están más voluminosos y los sentidos, a flor de piel. Y como el deseo llama al deseo, las curvas de ella le parecen a su hombre lo más sexy de la tierra, con lo que ambos tienen incluso más ganas que antes. Vamos, que a todas nuestras amigas le dan ganas de embarazarse cuando los oyen hablar.

No obstante, es verdad que a medida que avanza, algunas posturas se complican. Y aunque en gustos no hay nada escrito, la mayoría de las gestantes por mí consultadas coinciden bastante en algunas de ellas cuando el embarazo ya está bastante avanzado. Por ejemplo, el clásico “misionero” queda completamente relegado. En su lugar son ellas las que se suben para controlar desde arriba la presión y los movimientos. El hombre detrás, al borde de la cama o ambos de lado son también claras ganadoras.

Así que lo dicho. No está el patio para racanear en gestos, caricias y muestras de amor, y menos cuando viene otro en camino. Está demostrado que a mayor bienestar en todos los ámbitos de la vida de una embarazada, mejor salud. ¿Y qué produce mayor bienestar en una pareja que una buena vida sexual? Bueno para él, bueno para ella y, en consecuencia, bueno para el bebé. Todos ganan.

Orgasmos fingidos por ellas… y ellos

Como casi todo el mundo, también yo vi este fin de semana el flashmob en el que 20 mujeres realizan su particular homenaje a la película Cuando Harry encontró a Sally. Para ello han recreado, en el mismo restaurante de Nueva York en el que fue rodada, la mítica escena en la que una jovencísima Meg Ryan fingía ante un atónito Billy Crystal un monumental orgasmo. En la cinta, el personaje de Sally pretendía explicarle a su amigo Harry que muchas chicas simulaban llegar al clímax y que la mayoría de los hombres ni se enteraban. Bien, han pasado 24 años desde que se estrenó aquella célebre comedia, pero la realidad no parece haber cambiado mucho.

Los últimos estudios realizados sobre esta práctica revelan que entre el 60 y el 68% de las mujeres han fingido un orgasmo alguna vez. Dichos estudios están publicados, por ejemplo, en Journal of Sex Research o LiveScience, pero os juro que no miento cuando digo que coincide con los sondeos que he realizado entre mis amigas y conocidas. Pero aunque ellas lo tienen más fácil, los hombres tampoco se libran: entre el 19 y el 33%, dependiendo de los distintos estudios o encuestas, fingen un orgasmo. Las diferencias siguen siendo muy elevadas entre un sexo y otro, pero todo apunta a que se van acortando con el tiempo. Tengo que admitir, no obstante, que he encontrado un solo hombre entre mis amigos y conocidos que forme parte de ese porcentaje. Eso, o alguno miente, claro.

¿Las razones? Las mismas de siempre. Presión por satisfacer a la otra persona, querer poner fin al acto sexual pero sin herir los sentimientos del otro, la obsesión por hacer un buen papel, etc. “Me ha pasado dos veces”, me cuenta una amiga. “En las dos ocasiones me di cuenta rápidamente de que aquello no funcionaba. Quería acabar ya con el lío, pero sin hundirles la moral, y no me iba a poner de charla terapeútica…”, añade. Otra me reconoce que no ha llegado a simular el éxtasis, pero que sí le ha echado mucho teatro al asunto para subirle el ego a su chico y para animar el ambiente: “No recuerdo ningún fingimiento, pero sí alguna exageración”.

En el caso del chico, el único que me lo ha reconocido, al menos, es distinto. A veces, con los nervios, eyaculaba demasiado pronto, y cuando esto le ocurría, se callaba, hacía como si nada y seguía dale que te pego. Cuando ya veía que la cosa empezaba a flaquear, escenificaba un orgasmo que él consideraba que lo dejaba a salvo del fantasma de la eyaculación precoz. Doble fingimiento. Menudo horror.

orgasmo femeninoHay otros casos, de los que no he encontardo ejemplos cercanos, pero que la psicóloga y sexóloga Pilar Cristóbal explica muy bien en un artículo de El País: “En el hombre el orgasmo está regido por el sistema nervioso parasimpático -el que relaja-, mientras que la eyaculación pertenece al simpático –el que estimula-, y para que ambos coincidan deben ponerse de acuerdo, que es lo que normalmente sucede. Pero si hay estrés, presión o excesivo afán de control este equilibrio se rompe y puede ocurrir que el hombre eyacule sin experimentar un orgasmo, lo que resulta bastante doloroso, o viceversa”.

En cualquier caso, aunque parezca que para ellas es más fácil fingir, cualquier hombre (o mujer) que se tome las molestias necesarias puede percibir, casi siempre, si el orgasmo que están presenciando es real o no. “Todo se pone mucho más duro, durísimo, justo antes. Siempre sé que le va a venir por eso. Y luego, durante, noto como contracciones, como espasmos”, me dice el novio de una amiga. Él lo explica de forma muy coloquial, pero lo que sucede es exactamente eso. Contracciones en los músculos de la vagina.

De todas formas, yo creo que no hay que volverse locos con esto. El sexo, como todo en la vida, hay que aprenderlo y disfrutarlo, pero no hay que sacar las cosas de quicio por que se haya fingido un orgasmo de forma ocasional. Otra cosa es que se convierta en un hábito, porque entonces solo generará angustia y frustración. Nada bueno.