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Dime qué ruidos haces (en la cama) y te diré quién eres

O mejor, dime qué ruidos haces en la cama y te diré con quién te estás acostando, ya que la sinfonía de sonidos va mucho más allá de los que puedan hacer el somier y el golpeteo del cabecero de la cama contra la pared:

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Guarradas: o más finamente, como dicen los angloparlantes, el dirty talk (conversaciones sucias). Si por un casual consideras necesario añadir un poco de cháchara a la acción, puedes relatar brevemente lo que te gusta de lo que estáis haciendo o lo que te excita de la otra persona (evita narrar escenas de manera distendida como Carlos Ruiz Zafón).

Gemidos: según el estudio realizado por Saucydates sobre una muestra de 5.000 personas, al 90% de los hombres les gusta oír gemir a las mujeres mientras que a un 70% de ellas también les gusta que se exprese su compañero. Timidez fuera y gemidos dentro. Eso sí, naturales. Lo de ponerte a gritar como si estuvieras en plena berrea otoñal del ciervo, mejor déjalo para las películas porno.

Respiraciones aceleradas: porque a todos nos gusta percatarnos de que la otra persona se está poniendo como una moto. Normalmente suelen ser el prefacio del bullicio que va a venir después. A diferencia de los gemidos o el dirty talk, es una respuesta biológica a la excitación del momento, por lo que no es algo que dependa de nuestros gustos.

Ruidos aleatorios: la vida es incierta y muchas situaciones, inesperadas, por lo que siempre puedes escuchar en la lejanía un murmullo de una tripa que suena por hambre, un gas que se escapa o los incómodos ‘pedos vaginales’ que suceden por la formación de aire (y de los que prometo hablar muy pronto en un post).

Gritos: pegar voces en el dormitorio no es la mejor manera de llevarte con tus vecinos, pero si es uno de los básicos de tu repertorio ineludible en la cama, formas parte del 50% de hombres al que le gusta esta práctica. Si como mujer también eres aficionada a los alaridos, solo perteneces al 36,2% según el estudio.

Menciones religiosas: son quienes encuentran la fe entre las sábanas. Sí, tú también has pensado en una persona en concreto que gritaba “Oh, Dios”. Si no se te ocurre nadie es porque esa persona eres tú.

Blasfemias: parece gente muy bien hablada, pero en cuanto se quitan la ropa es como si les hubiera poseído el espíritu del barrio Esperanza Sur. Procura, dentro de los insultos que profieras, no ofender a la otra persona ya que puedes cortarle el rollo inmediatamente.

Y tú, ¿qué ruidos haces o te gusta escuchar en la cama? Contadme vuestras experiencias más confidenciales.

Duquesa Doslabios.

Gemir o no gemir, esa es la cuestión

¿Sexo sonoro o placer silencioso? El debate, más bien facilón, surgió a raíz de la noticia de hace unos días sobre una mujer británica, Gemma Wale, a la que han mandado dos semanas a prisión por montar un escándalo cada vez que hacía el amor. Bueno, en realidad ha ido a prisión por hacer caso omiso de las advertencias del juez, que la había instado anteriormente a no ponerse a gritar como Tarzán en mitad de la noche, como denunciaban los vecinos. Pero no me extiendo en los detalles porque a estas alturas esa noticia ya la conoce todo el mundo…

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El caso es que, como decía, las aventuras y desventuras de esta mujer a consecuencia de su fervor sexual acabaron por sacar a relucir las preferencias de cama de media oficina. Y, como siempre, el resultado de hacer ese tipo de preguntas al personal fue de lo más variopinto. De todo hubo en la viña del señor, por decirlo de alguna manera, pero lo cierto es que, en el caso de los hombres, la mayoría admitió que esperaban y querían gemidos a la hora del sexo, aunque sin exagerar. “Tampoco se trata de que cante la Traviata, ya sabes, una cosa normal…”, explicaba uno mientras asentían varios. “Yo es que si gritan demasiado me suena a falso y me empiezo a rallar”, decía otro. Pero también había quien prefería el silencio. “Tú es que vas de tántrico”, le reprocharon algunas… “Que va coño, es que si no me desconcentro”. Un par de ellos, por el contrario, confesaron que le molaban los gritos, cuanto más altos mejor, independientemente de si eran de auténtico placer o fingidos. Jaca grande ande o no ande, que dirían en mi tierra…

Ellas, por su parte, coincidían en que la mayoría de hombres no gemían, sino que más bien gruñían o bufaban, cosa que ellos negaban. Pero la conclusión fue más o menos la misma: como diría Aristóteles, en el punto medio está la virtud. Al final me fui y los dejé ahí, en una guerra abierta entre gemidos y gruñidos. Yo creo que más de uno y de una acabaron un poco acalorados, con tanto debate. A saber dónde acabaron… Y cómo.