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No eres rara ni estás mal hecha si solo llegas al orgasmo tocándote tú misma

Después de mi primer polvo, llegué a una conclusión: el sexo está sobrevalorado. Fue lo que pensaba mientras salíamos de su portal rumbo a mi casa.

¿Y por esto tanto escándalo? Estaba casi decepcionada después de todas las expectativas que me había hecho sobre ello.

LELO

Las siguientes relaciones sexuales me llevaron al mismo razonamiento. No entendía a qué venía tanta excitación. Vale que había disfrutado del momento, de las caricias y los besos, pero a la hora de la verdad, sentía que yo (conmigo misma) me lo pasaba mejor.

No fue hasta que empecé a poner en práctica cómo me masturbaba en la intimidad, que el sexo acompañada despertó otras sensaciones.

Lo hice de manera instintiva, como respuesta natural a aquel cosquilleo que me recorría el clítoris y que, en la postura en la que estaba en aquel momento, nadie prestaba la más mínima atención.

Aquello ya era otra cosa, por fin iba por buen camino. O, al menos, eso pensé durante unos segundos, hasta que mi pareja de aquel entonces me preguntó que qué hacía.

Lo hizo con cara de susto, como si el acto de llevarme la mano a la vulva significara que estaba fracasando como amante.

Una vez vencido el miedo inicial, explicándole que así me gustaba más, nos dejamos llegar y descubrí, por primera vez, que sí, podía tener orgasmos también en pareja.

El único ¿inconveniente?, que tenía que ‘trabajármelos’ yo.

Y sí, digo inconveniente porque en ninguna película había visto a la protagonista disfrutar de aquella manera. Bastaba que se la metieran para que el polvo se convirtiera en una sucesión de gemidos ininterrumpidos hasta llegar al orgasmo.

Tuve que descubrir que no era yo quien estuviera mal, era la ficción la que no reflejaba mi realidad.

No ponía en duda que hubiera quien pudiera encontrar placer -e incluso llegar al clímax- de aquella manera, pero no era mi caso.

Ni el mío ni el de muchas amigas con las que, pasados los años, acabé hablando del tema. Curiosamente, teníamos en común que, solo estimulándonos de forma externa, conseguíamos corrernos durante la penetración.

Esa revelación me llevó a uno de los puntos más importantes de mi vida (sexual) adulta.

Podía seguir haciendo como si nada, cumpliendo los estereotipos y fingiendo mis orgasmos para que mis acompañantes no sintieran que su participación era insuficiente.

Podía normalizar que el sexo aceptado por la mayoría era eso que veía en la tele o en el ordenador y subirme al carro, aunque implicara que no lo disfrutara plenamente.

Pero eso significaría que mi vida sexual compartida resultaría decepcionante, así como una manera de ocultar algo tan natural de mí misma.

Mi decisión, la que sigue vigente hoy en día, fue tomar el otro camino, el de asumir que, por mucho que no fuera como las mujeres de las películas, lo que me funcionaba era igual de válido.

Y no ajustarme a esa imagen no iba a impedirme disfrutar en la cama. Aunque eso implicara que tuviera que hacerme cargo de mis orgasmos.

Duquesa Doslabios.

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De verdad que no es para tanto no llegar al orgasmo

Mi primera reflexión de este lunes no ha sido otra que preguntarme si de verdad hace falta llegar al orgasmo cada vez que tenemos sexo. Claro que es la cúspide del placer, pero creo que se están generando altas expectativas alrededor de ese momento.

Y sentir presión en la cama es, literalmente, lo peor que puede pasar, ya que dificulta todo lo demás.

DEREK ROSE

Soy consciente de que escribir este tema es un poco arriesgado si me paro a considerar la brecha orgásmica -a día de hoy todavía tan amplia- entre hombres y mujeres.

“Es que para mí lo normal ya es tener sexo sin correrme”, podría decirme más de una, especialmente si ha sido un encuentro casual (algo que expliqué hace casi un mes).

Pero quiero hablar de los casos en los que sí suele haber reciprocidad y ambas personas se preocupan porque haya igualdad de placer.

Puede resultar un poco agobiante -y esto lo digo por experiencia propia- que esté demasiado pendiente de tus sensaciones.

“¿Cómo vas? ¿Todo bien? ¿Te falta mucho?” son algunas expresiones que casi quieres contestar de mala gana. Como si fueras un huevo en agua hirviendo y él estuviera contando los minutos para sacarlo cuando se haya cocido.

“Voy pasándomelo estupendamente. Sí, todo bien. Sí, me falta mucho y después de este diálogo, te puedo asegurar que mucho más que antes de que dijeras nada” podría ser una respuesta perfectamente válida.

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No necesitamos la presión de que nos controlen con un reloj, porque al final es algo que fastidia y apaga la excitación.

Quizás un día se tarde más o que incluso no se llegue por mil razones: una jornada dura en el trabajo, cansancio físico o mental, los vecinos discutiendo a voces, saber que el resto de compañeros de piso están durmiendo o, simplemente, que por el día del mes, no estés con la vagina en su momento más esplendoroso y aquello te produzca más molestia que placer (este último sí que solo se aplica a nosotras).

Pero que pase alguna de esas cosas, no significa que no se puedan disfrutar de otros momentos del sexo, de besos, caricias, de juegos, masajes, masturbación, penetración…

En nuestra mano está empezar a normalizar que no pasa nada por parar porque ya es cansado, apetece ponerse a hacer otra cosa o incluso porque, como hace unos meses, hacía demasiado calor.

Igual más que tomarnos el sexo como corredores profesionales, con el único fin de atravesar la línea de meta, deberíamos planteárnoslo como senderistas: disfrutando del trayecto y dando la vuelta cuando nos apetezca.

Duquesa Doslabios.

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No, no pasa nada por no llegar al orgasmo a la vez que tu pareja

Creo que podría contar con los dedos de una mano (igual aquí he sido exagerada y podría llegar a usar las dos), las veces que he llegado al orgasmo al mismo tiempo que mi compañero.

GTRES

De hecho es algo tan excepcional que, cuando ha pasado ha resultado ser algo tan mágico como ver un animal mitológico.

Podría parecer por el cine o las series que solo existe el sexo donde el clímax se sincroniza, y nada más lejos de la realidad.

Hay polvos buenos con orgasmos, polvos buenos sin orgasmos y polvos malos en cualquiera de esos casos. Soy de la firme opinión de que no es especialmente importante si se da o no al mismo tiempo.

De hecho, de un tiempo a esta parte, le he cogido el gusto a correrme antes que mi pareja ya que, físicamente, nosotras solemos tardar algo más.

Y algo que me da tiempo, de paso, a llegar incluso a tener otro si la cosa se prolonga, que, como todos coincidiremos, dos son mejor que uno. Creo que todo se podría resumir en dos palabras: no importa.

Podemos estar sintonizados con nuestra pareja en muchas otras cosas. Ser buenísimos jugando a adivinar películas, haciendo el descenso de un río, organizando las tareas de la casa…

Podemos ser apasionados, con una química digna de asignatura de colegio. Que en la cama no se dé la coincidencia en el preciso momento no significa que nuestra vida sexual esté en peligro ni mucho menos. El orgasmo son tan solo unos segundos de entre todos los minutos que dura la experiencia.

¿Merece la pena obsesionarse con ellos o es mejor disfrutar de, absolutamente, todos y cada uno desde el primero? El momento es cualquiera.

Duquesa Doslabios.

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