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¿Ha llegado el apocalipsis sexual?

Como mujer nacida en los 90, hay varios problemas que me preocupan de mi generación: la crisis económica que nos ha dejado independientemente de nuestros estudios en el paro, las malas condiciones laborales cuando tenemos la suerte de encontrar trabajo, la fuga de cerebros para trabajar de pizzero en Londres… Y, por supuesto, la crisis sexual.

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Creo que los millennials nos encontramos en pleno apocalipsis de la sexualidad y ni siquiera nos hemos dado cuenta de que lo tenemos sobre las cabezas.

De entre nosotros ya salen los primeros impotentes, ya que muchos hombres jóvenes están teniendo problemas a la hora de excitarse por culpa de los estímulos de la pornografía.

Estando expuestos y encontrando placer viendo imágenes explícitas e irreales hacen que las relaciones sexuales convencionales resulten poco estimulantes y terminen padeciendo disfunción eréctil siendo el nuevo mercado de las clínicas de salud sexual masculina.

Aunque no tenga relación con la industria cinematográfica, cabe mencionar también que la calidad del semen ha empeorado.

Ni Crossfit ni puenting, vivir en las ciudades es el nuevo deporte de riesgo ya que factores ambientales como la contaminación, los químicos que llegan a los alimentos así como un estilo de vida poco saludable en el que abunden las sustancias poco recomendables pasan factura a los espermatozoides volviéndolos más pequeños y deformes.

La conclusión es que cada vez son más parejas las que tienen que recurrir a las clínicas de fertilidad y fecundación asistida para poder tener hijos, otro punto en contra de la vida sexual de la Generación Y.

Si 1980 fue la década del sida, en los últimos 5 años podemos hablar del cáncer de garganta provocado por el sexo oral, una enfermedad que no hace otra cosa más que crecer en España.

Aunque todavía estamos muy por detrás del número de personas que lo padecen en Estados Unidos o en Europa, a este ritmo de parejas sexuales sin protección alguna, aumentarán los casos. Una enfermedad que, encima, tienen más riesgo de contraer los hombres.

E irónicamente, en contraposición a la promiscuidad y falta de barreras que hacen que crezcan los casos de contagiados de VPH, como millennials somos la generación que menos practica sexo.

Quitando aquellas personas en los veintitantos que han aceptado el celibato como forma de vida, el menos número de casos, varios estudios han revelado que nuestra vida sexual es mucho menos activa que la de la generación anterior, la nacida entre los 60 y 70.

Por mucho que parezca que las tecnologías nos acercan, la conexión online no siempre es la clave. Estamos tan saturados que nos perdemos el contacto directo, experiencias reales, vínculos en vivo y conversaciones más allá de emoticonos.

En plena era del #MeToo, la preocupación sobre la seguridad está más latente que nunca ya que cada vez hay más conciencia sobre los riesgos de quedar con personas desconocidas.

La masculinidad tóxica propia de una sociedad machista también deja claro que debemos aprender nuevas maneras de relacionarnos alejadas de los estereotipos de género y del mito del amor romántico.

Y si a eso le sumamos nuestros problemas de compromiso, que no nos casamos, que no tenemos prisa en dar pasos acompañados, (algo que no tiene por qué ser necesariamente malo) tenemos el último factor que prueba que los millennials estamos en pleno cambio afectivo-sexual.

Pero que no cunda el pánico, al igual que hemos salido de la etapa de los contratos de prácticas cuando parecía imposible, saldremos de esta. Somos millennials.

Duquesa Doslabios.

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No estoy más sola, soy más libre

Cada vez que quedo con mi abuela, me pregunta hasta el hastío que cuando me voy a casar, que ella con 26 años ya tenía un hijo (mi padre). Sabe que los tiempos han cambiado, pero no se hace una idea de cuánto.

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La principal diferencia es que las mujeres ya no tenemos miedo de la soledad. Ella creció escuchando que tenía que cuidar la casa, ser buena esposa y buena madre, a cambio su marido se encargaría de todo lo demás.

La generación de mis padres puede que tuviera algo menos de presión, sin embargo continuaban todavía muy lastrada por el modelo familiar tradicional que aún prevalece en España (el hombre sustenta y la mujer vive mantenida). Pero poco a poco, las cosas empiezan a cambiar.

Cada vez somos más libres económicamente hablando gracias a la educación que nos han dado nuestros padres babyboomers. Que no tengas que depender de nadie” es seguramente una de las frases que más nos han dicho hasta que se nos ha quedado grabada.

Ya no es necesario formar parte de una pareja para tener un sustento, para viajar, para salir, para abrirte una cuenta en el banco o para disfrutar de la vida. Entiendo que en la época de mi abuela todo a lo que podría aspirar una mujer era a hacer de secretaria o taquígrafa, pero la batalla que luchamos contra el techo de cristal nos acerca, espero, a puestos de mayor importancia y, por tanto, a más remuneración económica.

No podemos olvidarnos, si hablamos de la libertad de la mujer, de la Iglesia, por supuesto, ese órgano supresor que te condenaba al infierno si ibas a vivir en pecado con tu pareja sin pasar por el sacramento. Cuando la educación que recibes dice que el centro de tu vida es tu marido, tu Dios, tus hijos y tu casa, ¿qué queda para ti?

¿Qué clase de escapatoria podrían tener quizás de un matrimonio en el que no eran felices si ni siquiera sabían qué les gustaba a ellas mismas? Y claro, ¿cómo tomar esa decisión? Con lo mal visto que iba a estar entre las vecinas. Y ya si se enteraban en el pueblo mejor ni hablamos.

Quizás actualmente estamos tan absorbidas entre el trabajo, las amigas, las series e Netflix y las manifestaciones feministas que lo último que nos preocupa es si vaciamos la lavadora aunque luego suponga una discusión con la compañera de piso de turno.

Y aún con todos estos pasos hacia adelante, hay quien se atreve a criticarlos. Se nos acusa, injustamente, de haber perdido el romanticismo, de no ser lo bastante dedicadas a las relaciones, a las parejas, a la crianza de los hijos. Se nos acusa de lo que los hombres llevan haciendo toda la vida. “Con dinero pero pobres en espíritu” es como una escritora inglesa, Suzanne Venker, nos ha definido a las millennials.

Claro que nuestra percepción del dinero ha cambiado. Dinero es poder, dinero es éxito, el dinero representa felicidad ya que, ¿qué puede hacerte más feliz que trabajar por y para ti misma? Estamos centradas en llegar a la cima de nuestras carreras y si no es la cumbre, todo lo alto que podamos subir mientras tanto.

Por mucho que sepamos hacer la declaración de la renta, construir edificios o salir airosas de operaciones a corazón abierto según ella y sus hordas de seguidores, no tiene ningún valor ya que hemos perdido la noción básica de criar a un bebé. Qué contrariedad. ¿Ya soy menos mujer? Casi parece con esa manera de pensar que por no dejar el trabajo y quedarnos en casa la sociedad está abocada al desastre.

A ella y a quienes compartan ese punto de vista, les pediría que no miraran solo la paja en el ojo ajeno. A fin de cuentas, lo único que consiguen con esas ideas es mantener que son los hombres los que pueden elegir tenerlo todo y nosotras las que, sin más opción, nos toca quedarnos con solo una de las caras de la moneda. Pero es que queremos ambas, queremos lo mismo que ellos, es decir, todo.

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Así que quienes nos compadecen a las mujeres de estas nuevas generaciones, estas que no sabemos cambiar un pañal ni falta que nos hace (además si lo necesitaríamos ya buscaríamos un tutorial en Youtube), que nos ven ricas pero miserables por preocuparnos solo por el trabajo sin centrar todas nuestras energías en encontrar una pareja, decirles que no estamos solas, que somos libres y felices de serlo.

Duquesa Doslabios.

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¿Ha muerto el sexo telefónico?

¿Os acordáis del sexo telefónico? Bueno, pues yo no. Me he dado cuenta de que todo lo que sé sobre sexo a través del aparato (el aparato del teléfono, ya me entendéis) lo he visto en películas o en series antiguas. Y con antiguas quiero decir de 1990.

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Pero ni yo, ni la mayoría de las personas de mi círculo cercano, todos millennials de principios de los 90, habíamos probado a tener sexo a través del auricular. De hecho, lo más excitada que me he sentido hablando por teléfono fue una vez que mi pareja me llama decirme que ya había cogido las pizzas.

¿Significa entonces que el sexo por teléfono ha muerto?

Puede que me digáis, quienes sí lo conozcáis de oídas, por aquello de que el estímulo es auditivo, que no me pierdo nada, que ha evolucionado, que ahora tenemos más opciones para poner en práctica nuestras perversiones sin necesidad de estar pegados.

En mi caso, habiendo tenido una relación a distancia, estoy familiarizada con las formas de crear intimidad a través de un ordenador, sin embargo he de admitir que el sexo telefónico 2.0 me parece de todo menos excitante.

Lo de ver a la otra persona desnuda en una especie de chat sexual cutre de mala calidad que me recuerda a los vídeos de publicidad, que aparecen como pantallas emergentes, no termina de ponerme.

La velocidad de la conexión, verte también a ti misma en la pequeña pantalla haciendo cosas que te hacen pensar que pareces totalmente ridícula o el miedo de que te oigan los compañeros de piso, son cosas que enfrían un poco el momento. Y no es que mejore con auriculares, menos todavía si tiendes a ser torpe por naturaleza.

Quizás se podría hablar del sexting como sustitutivo, que viene de unir las palabras “sex” y texting” refiriéndose a mandar mensajes de carácter sexual, pero la forma de utilizar el móvil para excitar a alguien tampoco me parece la más efectiva.

Desde que los móviles tienen cámara, el sexting que predomina es el del envío de imágenes. De hecho, si te paras a pensarlo, ¿cuántas exparejas tuyas tienen fotos comprometidas de ti? Yo he hecho las cuentas, son varias.

Llega un momento en el que las fotos se intercambian sin más, simplemente como aliciente visual. Y claro que a nadie le amarga un dulce, especialmente si llega en un momento inesperado en plena clase de Bioquímica o en una jornada dura de oficina, pero a mí, como buena amante de las letras, se me queda cojo.

Si me dais a elegir, me quedo sin duda con el sexting redactado. Ese que no precisa casi de emoticonos pero que, de insinuante, resulta tan potente como una buena copa de vino rosado (o del afrodisíaco que se os venga a la cabeza en vuestro caso).

El sexting vía mensaje juega con el juguete sexual más potente que tiene el ser humano, la imaginación. Precisamente el mismo principio que estimula el sexo telefónico. Excitarse viendo una imagen es tan sencillo que la pornografía ha hecho de ello un negocio, pero ¿qué hay de la dificultad, el morbo y el reto que supone conducir a alguien al orgasmo jugando con sus fantasías únicamente a través de la voz? ¿No os parece un buen motivo como para recuperarlo?

Duquesa Doslabios.

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