Archivo de diciembre, 2021

El tabú del placer anal y un corazón con tirita, lo que me dejo sobre sexo y amor en 2021

Con un sonriente selfie después de haber llorado en varios momentos de la noche. Así empezaba mi 2021.

Estaba afrontando la ruptura más complicada de mi vida con un pensamiento claro: no volvería a enamorarme, aquello había sido bastante.

PEXELS

El mundo de la soltería no me sentó bien -nunca lo ha hecho, por otro lado-. Me abrí Tinder.

Me recordó lo frío que era todo, lo superficial de un swipe left y que ni un swipe right seguido del “Es un match” significaría que tendría química con la otra persona.

Me hicieron ghosting. Y breadscrumbing. Y benching.

Y todos los comportamientos que se te puedan ocurrir acabados en “ing” para una única cosa: tenerme en el banquillo con el mínimo esfuerzo.

Me quité Tinder.

2021 fue, de alguna manera, parecido a mi 2014 en el momento que identifiqué un patrón controlador por parte de alguien que pasó por mi vida brevemente.

Confirmé que todos los tóxicos empiezan de la misma forma y esquivé la bala. Lección aprendida, siguiente.

Este año me saqué de encima un montón de prejuicios. De los demás y de mí misma.

Probé cosas que nunca me habría imaginado haciendo. Y os escribí sobre ellas.

El placer anal pasó de ser un conocido, con el que me veía pocas veces al año, a una materia en la que me especialicé. Fui a un local de intercambio de parejas, saqué a paseo mi lado bisexual por una noche y tuve sexo en la calle.

Varias veces.

Me quité de encima todas esas tonterías que me encadenaban sobre mi cuerpo.

La depilación nunca me importó tan poco, estar más fuerte que la otra persona menos. Al igual que un kilo extra o si justo tenía el pelo sucio la noche que me coincidía acompañada.

Me acepté y sentí aceptada cuando llegó alguien que besó todos mis complejos. Y me dijo que le encantaban y quería repetir de comerme todos ellos.

En 2021 me abrí en Instagram más que nunca sobre mis juguetes sexuales, mis vivencias, recibí historias de mis seguidoras que me emocionaron, otras me hicieron llorar de rabia y deseé poder abrazar a quienes me las mandaban.

Decirles que no estaban solas, que viví eso mismo. Que van a superarlo. Que pueden con todo lo que puede con ellas.

Sin buscarlo, tuve sentimientos por dos personas al mismo tiempo. Iba dejando de querer a una mientras empezaba a querer a otra.

Me llevé una ostia de realidad. Mi corazón funcionaba por encima de sus posibilidades.

Eso no le impidió prenderse, volver a latir con fuerza, acelerarse haciendo caso omiso de mis miedos.

Todo por un par de ojos verdes (cuando nunca he sido de miradas claras).

He vuelto a reír a carcajadas, a sentirme especial, querida y deseada. A bailar acompañada. A responder al telefonillo con una sonrisa en la cara. A jugar, a viajar, a embarcarme en la locura que es confiar.

En 2021 me ha tocado la lotería sentimental.

Si ahora echo la vista atrás, y me pides que haga balance, te diría que ha sido un buen año.

Y que por pena que me dé que termine, creo en que la fortuna de coincidir con el amor en un partido de voley en la Barceloneta, solo acaba de empezar.

Duquesa Doslabios.
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¿Por qué nos da cosa usar la colección de juguetes sexuales de otras personas?

Si a mis años de bloguera de sexo sumas que soy una gran consumidora de tiendas eróticas, mi colección de juguetes ha ido creciendo hasta el punto de que la tengo dividida entre dos ciudades.

Y claro, en ese tiempo mi vida sentimental ha ido y venido, como la canción de Chenoa.

LELO

Algunos los compré por mi cuenta, otros me los regaló una expareja para disfrutar juntos y está la categoría de los que escogí para sorprender a una persona concreta.

A excepción de un juguete que se me perdió en una mudanza, todos los demás los he mantenido. Pero, ¿los he utilizado con parejas nuevas?

Si me pongo práctica, mi postura es que, bien limpios, no hay problema ninguno en usarlos.

Hay modelos que solo necesitan agua y jabón y otros que necesitan una desinfección a fondo, pero quedan como nuevos.

Por ejemplo, el cristal o la silicona, fáciles de esterilizar, son materiales que puedes seguir utilizando durante muchos años.

Esto es algo bastante tranquilizador si tenemos en cuenta que hay juguetes cuyo precio llega a las tres cifras.

No es como que puedes comprar un estimulador de próstata anal con mando a distancia cada dos días.

Eso sí, si es un material poroso o barato, mejor reciclarlo y hacerse con otro. Esto es algo que pasa, por ejemplo, con los huevos desechables.

Al estar hechos de un plástico que no se puede limpiar con mucha facilidad, es mejor limitarlos siempre a la misma persona.

Más allá de los vibradores o dildos, artículos como pinzas para los pezones, fustas, dados, aceites o lubricantes son perfectamente reutilizables.

Quizás para mí el límite está en la lencería. Aquellas prendas que me he comprado yo me veo usándolas con cualquier pareja (ya que me hice con ellas por sentirme bien luciéndolas y es algo que dispara mi autoestima en la cama).

Hay otras que me han regalado que tengo demasiado ligadas a las experiencias conjuntas. Esas prefiero dejarlas fuera de la ecuación por los recuerdos que me traen a la cabeza.

Entonces, si todo es tan higiénico, ¿por qué puede producirnos algo de incomodidad pensar en introducirnos objetos que han pasado por otras personas?

Por mucho que seamos conscientes de que la persona que tenemos enfrente tiene una vida sexual pasada, no es algo que queramos saber.

Tener el juguete delante es la prueba física de esa puerta que no queremos abrir a sus vivencias íntimas del pasado.

Por un lado, tenemos que recordar que, si somos como somos entre las sábanas, es gracias a las tablas que hemos hecho durante el camino.

Si es por una cuestión de repelús o de no querer compartir juguetes que no son de primera mano, tampoco es muy justo pedirle a la otra persona que cambie toda su colección.

No es como si cada vez que empezamos una historia con alguien nuevo cambiáramos de genitales, manos o boca. De una manera o de otra, nosotros tampoco nos presentamos con el precinto puesto.

Pero si ni con esas te he convencido, mi consejo es que a partir de ahora compres solo juguetes para tu disfrute propio.

Así da igual compartirlos con alguien, ya que son para ser usados en tu cuerpo.

Duquesa Doslabios.
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Emocionalmente accesible es el nuevo ‘y que tenga sentido del humor’

Conocí a un chico. Todo iba bien. Nos reíamos, hablábamos, pasábamos tiempo juntos, teníamos atracción física… Lo normal cuando alguien te atrae y tú de vuelta, vaya.

Pero empezó a estar ocupadísimo, podía ser el trabajo, que se encontraba en un mal momentoLos mensajes quedaban en leído.

Eso no significaba que no quisiera verme, lo contrario. Quería seguir conociéndome, yo le parecía muy interesante.

UNSPLASH

Las señales de alarma eran tan evidentes como mis ganas de ignorarlas en un principio. Cuando empezó con el “no te pilles por mí, ¿eh?” ya tenía que haberme olido que aquello iba a estar jodido.

Antes la masculinidad se demostraba en el control de las tierras, de la familia y de la mujer. Ahora la masculinidad, sin esos elementos, se demuestra con el control de los sentimientos.

Con el corazón en la independencia constante y sin tener ningún tipo de enlace romántico que la ponga en peligro. Con la puerta bloqueada a la accesibilidad emocional.

Y para eso, hay una serie de estrategias con las que estaba pendiente, a la espera de esa atención que tanto disfrutaba cuando estábamos los dos.

  • Siempre tenía lío, del trabajo, la familia, la pandemia… Su agenda estaba hasta arriba y no encontraba tiempo para nada, según él. Sorprendentemente, podía con todo menos con verme a mí.
  • Además es que le pillaba en un mal momento. Esa lesión de hace tiempo que le daba guerra, la historia de amor de su adolescencia que le hacía incapaz de enamorarse de nuevo…
  • No hacía ninguna promesa. Es más, recalcaba que íbamos con calma, que no había que pisar el acelerador sino vivir el presente.
  • Nos veríamos en el hipotético futuro, ya me diría a lo largo de la semana, cuando acabaran las fiestas o coincidiéramos en la misma ciudad. Pero que no me agobiara, lo iríamos viendo. Ya nos escribiríamos cuando se acercara la fecha.
  • Por supuesto, no entré en su vida más allá de los momentos en compañía.
  • Y, como no nos habíamos prometido nada, claro que había más gente con la que se escribía. Otras personas en su vida que yo tenía que fingir que no existían porque, a fin de cuentas, no es como si tuviéramos algo.

Aquello era tan obvio que yo decidí que no me merecía la pena estar detrás de una persona así. Me puse por delante sabiendo que no me valen tullidos sentimentales.

Lo contrario a las medias tintas es lo que debería compensarme.

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Merezco (y mereces) a tu lado alguien que se abra, que exprese lo que siente con sinceridad incluso si es para decir que mejor ponerle punto y final.

Pero que no juegue con evasiones para que yo siga la idea de algo que no va a pasar. Todo para tenerme en el banquillo siempre a punto, lista para saltar al campo.

Y, si quiere continuar, que no le ponga vallas a lo nuestro. Que demuestre el interés, que me pregunte, me escuche, me diga que tiene ganas de verme y me haga un hueco para pasar tiempo conmigo.

Que me involucre, que le apetezca compartir una película, un postre o la historia de un mal día, que se centre en mí porque me valora.

Que sea capaz de comprometerse, de dar un paso al frente, de echarle valor y decir “apuesto por nosotros” y borrarse el Tinder.

Que tenga las cosas claras. Y lo claro sea yo.

Porque el sentido del humor está muy bien. Pero que viva sin límites las emociones, aún mejor.

Bastantes restricciones nos ponen hoy en día como para ponérselas a lo que sentimos.

Duquesa Doslabios.
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Feliz Navidad con este relato erótico sobre sexo oral

Cuando le digo a mi madre que sí, que iré a la farmacia a por una prueba de antígenos antes de comer con la abuela para que se quede tranquila, me doy cuenta de que ha sido la peor de las ideas. La cola de la farmacia dobla la esquina de la manzana. En este punto en el que lo más probable es que me quede sin test -ya ayer se agotaron en menos de una hora- empiezo a pensar que habría hecho mejor en decirle que no iba y me quedaba en casa. Así que normal que explotara cuando vi que te querías colar delante de mí.

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Perdona- digo con ese tono que lo que insinúa en realidad es que te vayas a la mierda-, la cola termina ahí.

Sin apenas girarte me dices que te estaba guardando el sitio tu vecina y le das conversación la mujer de delante. No sé si será verdad o no que la conoces, pero ante la duda, me resulta más sencillo volcar mi enfado sobre ti. Representas todo lo que no me gusta ahora mismo, sexo masculino (dale las gracias al ghosting por esto), el típico corte de pelo de barbería con los laterales rapados -y una mata por encima que parece un ser vivo-, y la sinvergonzonería de colarte en algo tan vital. Cuando la fila empieza a moverse al abrirse la farmacia solo puedo pensar en que más te vale que haya un test para mí.

***

No puedo esperar a llegar a casa, me meto en la cafetería de al lado y hago la prueba en el baño. Aunque no sé cómo he conseguido llevar a cabo el proceso con el mix de palitos y botes de tamaño mini, al final el hisopo ha terminado en la prueba de Covid. Solo me queda esperar. Estoy sentada mirando el test que está sobre la mesa lo que se me antojan como varias horas (y que en realidad son apenas unos minutos). Por fin la línea se empieza a dibujar junto a la ‘C’ y respiro aliviada. Me dura poco, otra línea le acompaña junto a la ‘T’. Positiva en Covid. Tras escribirle a mi madre el mensaje y asumir que voy a pasar las fiestas sola, estoy lista para encargar un cargamento de bollos y pastas. Y cuando voy a levantarme de la mesa, reparo en que tú estás enfrente. No me había dado cuenta de que habías tomado la misma decisión que yo, sin poder esperar a llegar a casa para salir de dudas. Me miras entre los mechones que caen de tu flequillo y sostienes en alto un test con dos rayas. Si es el karma por haberte colado delante de mí, no entiendo que he podido hacer yo mal para que también me haya tocado. Me encojo de hombros mientras te devuelvo una sonrisa que me tapa la mascarilla y se me ocurre la más loca de las ideas.

***

Mi casa se ha convertido en uno de los mayores focos de contagios de Madrid teniendo en cuenta que en apenas 179 centímetros del sofá de Ikea estamos dos personas con coronavirus. Nada más llegar a casa he dejado la mascarilla junto a las llaves, pero tú todavía la tienes puesta. Como si no estuvieras muy seguro de soltarla. De desprenderte de la única barrera que, por lo que nos han dicho, evita la transmisión. Decido por ti y recorto el espacio que nos separa sentándome a tu lado.

Creo que ya no te va a hacer falta eso- te suelto las gomas de detrás de las orejas y dejo la FFP2 junto a tu abrigo, donde aún asoma el test de antígenos con las rayas tan dibujadas que parecen de neón.

No tengo la casa especialmente ordenada, así que el chaquetón plantado en la mesa baja, junto a mis libros, portátil y bolígrafos, parece encajar. Te miro por primera vez la cara desnuda y me sorprendo de que seas más pequeño de lo que pensaba. ¿24? ¿25? Es una diferencia de edad notable, pero no alarmante -nunca los números me han asustado-. Pero no deja de llamarme la atención como, automáticamente, hace apenas una hora, te eché más años de los que tenías. Toda esa seguridad aplastante con la que reivindicaste tu sitio en la cola parece haberse quedado delante de la farmacia. O es que quizás te preocupa recontagiarte, algo ya improbable. De cualquier manera no tuviste ninguna duda cuando te propuse pasar juntos la Nochebuena. Dos extraños asintomáticos aislados del mundo en plena pandemia global.

***

Cuando vuelvo del baño tras lavarme las manos, pareces más relajado. La situación ha pasado de parecerte extraña a divertida. Es algo que deduzco por cómo inspeccionas mis cuadernos de biología marina, con la confianza de quien ha visitado la casa de su anfitrión más veces.

Este verano hice snorkel en Malta y vi unas algas idénticas a estas- dices señalando la foto de la Asparagopsis taxiformis.

Podría seguir la conversación y contarte que no es original del mediterráneo, que es una especie invasora o que puede reproducirse sexual o asexualmente. Que te hayas fijado en una alga cuyo nombre en hawaiano se relaciona con el placer, me parece casi una señal. Me siento junto al libro y te cojo de la mano, guiándola para cerrarlo. Sigo pensando lo mismo que cuando te quitaste la mascarilla, que tus labios, por finos que sean, piden a gritos ser besados. Así que me lanzo. Y tu boca me recibe en lo que por dentro siento como aplausos. Alzo las manos y acaricio tu intento de barba, esa que aún no es cerrada y tiene algún hueco sin vello. Rodeo tu cara mientras te dibujo los labios con la punta de la lengua. Como si lamiera una piruleta que no me sabe a fresa, sino al capuchino de la cafetería de abajo. Te acomodas en el sofá, pero te llevo la contraria. No voy a seguirte a tu terreno, sino que me reclino aún más en la mesa abriéndome espacio entre los libros, cuadernos y tu chaqueta mientras me desabrocho el botón de los pantalones. Pareces saber interpretar la señal cuando tiras de ellos para bajarlos. Un forcejeo que vivo recreándome en tu esfuerzo hasta que los dejas abandonados por el suelo. Empiezas por el tobillo, recorriendo la cara interna de mi pierna con la boca entreabierta. Un camino que llega a su fin cuando alcanzas el borde de mis bragas. Me sacas la lengua y catas, con algodón de por medio, qué te espera debajo de la tela. Queriendo desintegrar la ropa, alargas el momento para sacarme de mis casillas. Muerdes mis muslos y deslizas un dedo que mueves en círculos por donde intuyes que se encuentra mi clítoris (no andas tan desencaminado). Por fin te decides y, con una mano, apartas la ropa interior para hundirte entre mis piernas. Me perfilas con la lengua, primero el labio izquierdo, luego el derecho. Te recreas lamiendo de arriba a abajo pasando por los recovecos de mi cuerpo. Hasta que vuelves a subir y te quedas -ahora sí- en mi clítoris. Deslizándolo de lado a lado, como si fuera la pelota de tenis y tu lengua las raquetas.

Empiezo a encorvarme sobre la mesa  y utilizas tu mano libre (la otra sigue con la tarea de no dejar que la tela de mis bragas corte el transbordo mis labios-tu lengua) para acariciarme con la yema. Y aprovechando mi humedad, que juega a tu favor, hundes el dedo para seguidamente, alzarlo desde dentro. Lo sacas de nuevo y te lo llevas a la boca sin dejar de observarme, con tu mirada fija en mí. No me queda otra escapatoria que no sea ver cómo me catas con el improvisado cubierto en el que se ha convertido tu dedo. Entrecierras los ojos como si lo que has encontrado te hubiera gustado. La imagen me pierde y te pido que repitas el juego gastronómico. Obediente vuelves, esta vez con el doble de dedos y repartes lo que encuentras. Uno termina en tu boca y otro en la mía. Contento con haber compartido tu descubrimiento, vuelves a la carga conmigo. Arrodillado frente a mí, empiezas un nuevo patrón. Mecánico, pero lento y profundo, sigues embistiendo con la mano. Mi cuerpo te da la señal de que cada vez estoy más cerca de que eso se convierta en fuego artificial y me prenda. Me falta el aire, el mismo que mi frecuencia cardiaca pide multiplicar convirtiendo mi respiración en jadeos. Cambias de estrategia y utilizas la boca para apretar, masajear, succionar… Pierdo la cuenta del compás de sensaciones y me dejo llevar a sabiendas que la combinación de tu lengua y el dedo tienen más peligro en mi sangre que un chupito de tequila. Si te pillo por sorpresa, no lo demuestras, sigues manteniendo el ritmo cuando mi cadera se eleva hacia arriba y se me cierran los ojos con fuerza para disfrutar de la corriente eléctrica que me sacude entera. Cuando los efectos del orgasmo desaparecen y cada vez me palpita menos el cuerpo, soy capaz de incorporarme a ver cómo le dedicas a mi vulva los últimos lametazos, más suaves y relajantes que ninguno de los anteriores. Te despegas y apoyándote en mis piernas desnudas, me deseas una Feliz Navidad.

Todavía es Nochebuena- te respondo con risas. Mientras preparo mentalmente un contraataque en el que los primeros en caer van a ser tus vaqueros.

¿Por qué mi cabeza me boicotea los orgasmos?

Es inexplicable el sabotaje que a veces ejerzo sobre mi persona cuando se trata de llegar al orgasmo. Te pongo en situación.

Me lo estoy pasando bien. Bien nivel la ropa está ya por el suelo, el tanga seguramente perdido debajo de la cama y tengo una cabeza entre las piernas.

PEXELS

Además, tengo una almohada para estar aún más cómoda y no hay nadie más que nosotros dos en casa.

Respiro hondo y veo cómo mi caja torácica sube y baja. La imagen de mi pecho y su pelo es tan estimulante como las sensaciones que me recorren el cuerpo.

Y, de repente, mi cerebro, hasta ese momento desactivado, cobra vida propia y empieza a hablarme.

“Estás tardando mucho”, “No sé, yo creo que hoy no es el día”, “Mejor haz otra cosa, no te vas a correr“…

Los pensamientos intrusivos me cortan el rollo hasta el punto que las predicciones mentales se cumplen. Ya no consigo llegar al orgasmo.

Por mucho que él esté ejecutando el cunnilingus perfecto, que el momento y el lugar acompañen y que esté con el deseo por las nubes, siento que el clímax se me escapa cuando le doy vueltas a la cabeza.

Nuestra práctica compartida más visceral necesita que la mente esté en un lugar tranquilo, casi como si se apagara.

Por esa razón, el primer consejo que te puedo dar es dejarte llevar intentando frenar los pensamientos.

Despedirse de lo que genera tensión y esas ideas que solo sirven para distraer y centrarse en las sensaciones del cuerpo.

Pero si no funciona y la vocecita interna se sigue colando en tu polvazo, puedes aprovechar que el cerebro tiene ganas de trabajar y reconducirlo.

Cambia la dirección y acude a esos pensamientos que te excitan, a tus fantasías. Cierra los ojos con fuerza y que sea tu consciente el que potencie lo demás.

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Y ya puesta a que se cuelen ideas negativas, puedes plantearte también la práctica al revés. En que bajo ningún concepto quieres tener un orgasmo y que si notas como cada vez crece más el placer, estás fallando.

Aquí la psicología inversa también puede ser la solución. Siempre resulta estimulante el pensar que estás haciendo algo ‘prohibido’ (aunque sea por ti)…

Duquesa Doslabios.
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El sexo, la culpa y Virginie Despentes

Dentro de que me considero feminista, me considero también mala feminista.

En mi vida sexual reside una de mis incongruencias.

PEXELS

Porque encuentro excitantes las escenas en las que la relación sexual implica que la mujer sea forzada.

Recuerdo que fue algo que le confesé a mi pareja con vergüenza y un gran sentimiento de culpa.

Como si estuviera traicionando a todas las mujeres del mundo y fueran a prohibirme la entrada al 8M.

Y no me cabe en la cabeza. Es algo que ni quiero vivir ni deseo que experimente ninguna mujer.

Pero ahí está, me pasa que veo una escena y misteriosamente descubro que me estimula, que me despierta.

Intento racionalizarlo pensando que es solo una fantasía, que lo que pasa en mi cabeza se queda en mi cabeza.

Aun así he intentado descubrir por qué es eso en concreto. Por qué la circunstancia de una falta de consentimiento enciende mi cerebro.

Una de las explicaciones que encontré es que mis primeros contactos con escenas sexuales, justo cuando el cerebro es más maleable, recogían ese tipo de interacción.

Y es algo que consiguió quedarse tan grabado en mi retina, fueron unas imágenes tan potentes las que acompañaron mi despertar, que aún no he conseguido librarme de ellas con mi reeducación feminista.

Me consuela pensar que los gustos cambian y podré seguir trabajando en deconstruir mi imaginario erótico.

Pero no fue hasta que leí a Virginie Despentes y su libro Teoría King Kong, que pude llegar a comprenderlo en profundidad.

La escritora me hizo entender que mi fantasía no era tan rara, que era hasta habitual pensar en esos términos en un sexo con coacción.

Todo parte de la eterna lucha femenina que vivimos las mujeres. Esa que nos hace preferir ser siempre vírgenes antes que putas (aunque de lo primero ya tengamos poco).

Cuando el placer femenino se reivindica, el deseo se manifiesta y una mujer vive su vida sexual como quiere y tiene las parejas que desea, socialmente se le considera una ‘puta’. Se le rechaza y critica.

Mientras que la idea del sexo forzado, se escapa de todo ese prejuicio, ya que libera de culpa toda esa parte de disfrute consciente.

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En las fantasías de muchas, es la salida. El punto medio que permite disfrutar de la sexualidad sin que se comprometa nuestra imagen pública, sin que nos llamen ‘zorras’ por disfrutarlo.

Aunque soy consciente de que lo ideal no es encontrar un sexo en el que encontramos la liberación de disfrutar sin que nuestro subconsciente se preocupe.

Sino que vivir el sexo a nuestra manera -la que queramos- fuera algo que no nos afectara de cara a ser juzgadas por el hecho de ser mujeres.

Duquesa Doslabios.
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La ropa interior sexy no es solo lencería negra

Son muchas las razones por las que animo a incluir un juguete sexual en la lista navideña de regalos, ya sea la propia o la de la otra persona.

Es un regalo que ambas personas disfrutan, siempre hay un sinfín de opciones en las tiendas y además refresca la vida íntima.

SAVAGE X FENTY

Soy partidaria también de incluir algo de lencería.

Y es que no deja de parecerme excitante la idea de llevar poca ropa en la época más fría del año (eso sí, ese regalo mejor no ponerlo debajo del árbol familiar y darlo en privado).

Pero si como decía, de la industria de juguetes sexuales me llama la atención la gran variedad, el mundo ropa interior sexy tira más bien a pequeño.

Tengo que hablar con la persona que ha decidido que la lencería de este estilo es siempre igual.

¿Por qué cada vez que buscas una prenda para insinuar las alternativas que encuentras son incómodas, con encajes imposibles, y casi siempre en color negro?

Y no os hablo ya de la ropa interior masculina sexy, algo que prácticamente no existe.

Lo cierto es que cada persona decide qué le excita y qué no en materia de lencería.

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Por ejemplo, yo me siento mucho más favorecida llevando un dos piezas de lycra que se pega a cada centímetro del cuerpo.

De los que revelan la forma del pezón y los labios ya que se adaptan como una segunda piel.

Me encantaría que nos olvidáramos un poco de esos cinturones con ligas para llevar las medias altísimas y volver a las batas fluidas que llevaban las actrices icónicas de los años 50 en la gran pantalla.

Pero incluso a miniconjuntos satinados brillantes, a más tejidos de terciopelo o con pelito, suave y agradable al tacto en los que perderse.

En definitiva, ropa que nos haga sentir bien más allá de la corriente que parece salida de Cincuenta Sombras de Grey.

Somos quienes tenemos el poder de cambiarlo, de dejar de comprar el aburridísimo conjunto de siempre y buscar alternativas que realmente nos gusten y sean cómodas.

Ahí es donde está la clave para que nos parezca sexy, dejar de relacionar el erotismo con lo de siempre y más con lo que nos hace sentir atractivas.

Duquesa Doslabios.
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Posturas sexuales donde puedes incluir el succionador de clítoris

Soy partidaria de compartir todos los juguetes sexuales de mi cajón menos uno, el succionador de clítoris.

Prefiero usarlo en la intimidad y dejar para cuando estoy acompañada otros que puedan estimularnos a ambos.

Pero por un azar del destino, recibí de parte de EroticFeel el Satisfyer Curvy mientras estaba teletrabajando con otra persona en casa.

EL BLOG DE LILIH BLUE

Todo parecía indicar que era el mejor momento para comprobar si podía sacarle partido a la vez que a una boca o dedos ajenos a los míos.

Si algo tienen este tipo de juguetes, es que la boquilla y el agarre dejan parte de la vulva a la vista (y al alcance).

Así que combinar sexo oral con las ondas del juguete, te lleva -como suelen conseguir esas vibraciones- al borde del orgasmo en apenas un minuto.

Integrarlo durante la penetración es otra historia. Quien haya visto un Satisfyer sabe que mantenerlo en contacto es imprescindible.

Si no te sujetas el juguete pegado al clítoris, no hay forma de que se sienta tan placentero.

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Una buena guía para usarlo podría ser escoger esas posturas en las que te puedes alcanzar la entrepierna con la mano.

Pero con las dimensiones del juguete no basta solo eso. Es algo que comprobé con el clásico e ineludible misionero.

El básico del repertorio sexual entra un poco en conflicto con los empujones de quien tienes encima.

Dándole una vuelta a la situación de manera literal, no hay postura como la del perrito para esta tarea.

Con toda la fuerza en las piernas -y un brazo apuntalando el resto del peso-, puedes usar el otro para colocar el juguete y, literalmente, tocar el cielo.

Porque es tan efectivo que no te va a dar ni tiempo a cansarte de la posición.

Otra que también viene estupenda cuando quieres probar el juguete sin renunciar a la penetración (parafraseando a Hannah Montana: ‘You get the best of both worlds’) es cuando él se encuentra tumbado bocarriba y tú estás encima en cuclillas.

Puedes apoyarte en algún mueble que tengas cerca. Si lo haces en el suelo, mi consejo es que aproveches algún lado de la cama.

Una vez colocada, se sujeta fácilmente mientras te mueves de arriba a abajo.

Y ahora cuéntame, ¿has probado a tener penetración a la vez que usabas un succionador de clítoris? Si no lo has hecho, ¿a qué esperas?

Duquesa Doslabios.
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Amiga, si quieres probar la doble penetración, ficha estos consejos

Hola mamá, bienvenida al artículo del que nunca quiero que hablemos en persona. Así que haremos lo siguiente, tú lo lees pero finges que nunca lo has hecho.

Saludos a mi progenitora aparte, te preguntarás por qué he tardado tanto en abordar este tema. Y la respuesta es muy sencilla: porque no estaba preparada.

Si ya tener un pene o un juguete se me antojaba bastante exigente a nivel de atención (y rendimiento), ni te cuento multiplicar la cifra por dos.

PEXELS

Pero aquí me tienes, lista para contarte mi experiencia después del salir del paso muy (pero que muy) satisfecha.

Quiero empezar dejando claro que la doble penetración a la que me refiero es con un juguete y un pene, el trío demoniaco todavía no ha llegado a mi vida y prefiero escribirte de lo que sé.

¿Había pasado alguna vez por mi cabeza la idea de probar las sensaciones de tener mis dos orificios con el cartel de ‘Completo’? Sí. ¿La había llegado a ejecutar? No.

Es la historia de siempre, todo tiene su momento y en mi caso fue cuando sentí que tenía confianza con la otra persona como para ponerlo en práctica.

Hacerlo en casa, a tu aire, con todo el tiempo por delante es muy sencillo. Tanto que vas a querer repetir.

Empieza seleccionando el juguete. Si es un dildo, su destino será la vagina, si es un plug, bolas tailandesas o dildo anal, va por detrás. Aquí es importante que el diseño no interfiera con el otro agujero.

Por ejemplo, los juguetes con curvas o ángulos -que pueden llegar a cubrir el orificio-, son más complicados de usar al mismo tiempo.

Requieren que tengas que estar constantemente sujetándolos con la mano para que no se salgan (aquí habla la voz de la experiencia).

Empieza dedicándole un buen rato al calentamiento acompañándolo de lubricante. Mucho.

En serio, no escatimes en esto, es la diferencia entre gozarlo o que la experiencia sea un suplicio. Si se te acaba y tienes que pedirte un bote de 2 litros por Navidad hazlo, no te vas a arrepentir.

Con tu entrepierna más distendida y el clítoris al borde del shock eléctrico, es la hora de entrar en faena. ‘Faena’ eres tú, claro.

Mi consejo es que empieces por el ano, ya que suele llevar más tiempo. Una vez esté metido el juguete o el pene, puedes dedicarte a la vagina tranquilamente.

No te olvides de usar protección siempre que se trate de introducirte a alguien. El juguete, en cambio, puedes meterlo tal cual. Eso sí, asegúrate de que está limpio. No queremos sustos ni infecciones de repente.

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Ahora encuentra una buena postura que te sea cómoda. Puedes empezar tumbada bocarriba con las piernas flexionadas o a cuatro patas, para colocar los juguetes, y luego ir cambiando amoldándote a tu pareja.

Procura que el juguete que utilices se mantenga en su sitio o tenga algún tipo de vibración, para no tener que estar pendiente de moverlo.

Eso os dará más libertad de movimientos y conseguiréis centraros solo en el disfrute.

Nada de experimentar con los juguetes o el pene por el otro orificio. Tratándose del ano, todo lo que salga de ahí va a tener bacterias, así que evita los intercambios.

Con la doble penetración, mentalízate de que no va a ser todo color de rosa. Puede que salga marrón en algún momento.

Normalidad ante todo. Ambos sabéis cómo funciona un ano, ten papel higiénico cerca y listo.

Y para terminar, permítete un poco de after care sexual. Mimos, abrazos, una buena dosis de arrumacos hacen que te sientas el doble de conectada además del doble de penetrada.

Duquesa Doslabios.
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Qué hacer si no quiere salir del sexo vainilla (y tú sí)

La curiosidad sexual puede ser algo que traemos de serie o un despertar que llega en algún momento de la vida.

Y, por mucho que haya cosas que se puedan hacer en solitario, no hay nada más satisfactorio que poder compartir nuestros fetiches o apetencias.

PEXELS

Pero, ¿qué pasa cuando la pareja no está en ese punto bien porque no le motiva especialmente o porque prefiere un sexo más convencional?

Como no todos tenemos el mismo gusto sexual, un buen ejercicio es preguntarle a la pareja en qué está interesada de cara a introducir cosas nuevas en la cama.

No solo sus posibles fantasías, también cuáles son sus límites, con qué siente seguridad y con qué no.

Sentir comprensión ante nuestro punto de vista, amor, cariño y apoyo tanto para quien propone como para quien recibe la propuesta de innovar, es algo que puede facilitar las cosas.

La idea es dar con una zona de confort para ambas personas en la que los deseos aparezcan en el punto de mutuo consenso.

Recuerda que tu vida íntima es una carretera de dos direcciones.

Quizás probar el BDSM no sería algo que entraría en nuestros planes, pero ¿por qué no experimentar si la otra persona está interesada?

Es también una manera de descubrir qué más puede gustarnos y abrirnos a nuevas experiencias.

¿Un buen punto de partida? Ir a cualquier tienda erótica, mirar sin prisa, preguntar y decantarse por algún juguete sexual e ir probando.

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Si la experiencia es agradable para ambos, se puede continuar investigando. En el caso de que no también hay que hacer un ejercicio de empatía y no forzar una vez se ha probado (o incluso si no se quiere).

El deseo no puede estar por encima del respeto.

Duquesa Doslabios.
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