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Septiembre: el mes que cobra las facturas de los amores de verano

Y otra noche y otra más. Un nuevo número en el teléfono, una nueva cuenta de Instagram para la colección.

Planes de día, tomar algo en esa ciudad donde vas a pasar 24 horas y disfrutar de la noche en compañía.

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Comer(le) con voracidad, tirar la ropa al suelo, el bikini huérfano de su mitad -que quién sabe en qué rincón de debajo de la cama ha podido acabar-…

Sacar ese condón que fue de lo primero que metiste en la maleta y empezar.

Hacerlo en tu Madrid vacío, en tu Barcelona donde solo hay turistas, en tu Marbella de cada verano, en Maldivas, en tierra y en mar.

Correr y no por el running que dijiste que volverías a hacer en septiembre. Septiembre.

Más fatídico que la reunión con el jefe. Un día para que llegue y lo de siempre.

El fin de esas jornadas que parecían infinitas entre sal y sol seguidas de la enésima boda de tu grupo de amigos.

El cumpleaños familiar con el ya clásico “¿entonces hay alguien especial?”. No, no lo hay.

Porque el verano ha volado entre momentos de euforia y agua salada donde exprimir cada segundo hasta agotarlo por completo parecía el único requisito.

El amor quedaba en un segundo plano siempre y cuando no fuera necesario para darle conversación en esa terraza.

Jurando y perjurando que claro que creías en el destino, pero sin comentar que destino terminaba cuando te levantabas de la cama para irte a dormir a tu casa.

Y es momento de recoger frutos, los de unos meses de pequeños placeres, de felicidades sencillas, de swipe left y swipe right.

Porque la velocidad incluso veraniega, la falta de compromiso más allá de la bebida favorita donde refugiarse cada noche, llevan a la misma salida.

La de llegar a septiembre, emocionalmente, mano sobre mano.

Arrastrados por el consumismo que nos lleva a coleccionar tobilleras o imanes de los destinos a los que vamos pero tratándose de souvenirs con nombres y apellidos.

Igual es porque nos gusta tanto el anuncio de Estrella Damm de cada verano que se nos ha olvidado lo importante.

Que las personas son algo más que una botella de cerveza de la que deshacerse una vez se ha terminado.

Duquesa Doslabios.

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Antes de hacerle ‘ghosting’ a tu amor de verano, lee esto

Puede haber sido patinando por la Barceloneta, en una terracita de Jávea o incluso la última cita Tinder con la que diste una vuelta por el Museo del Prado (que además de la dosis de arte, siempre se agradece el aire acondicionado).

Este verano ha dejado historias de amor tan variadas como nuestros destinos vacacionales.

Y, a menos de dos semanas de ponerle el punto final a estos romances, tengo una petición que hacerte.

Pase lo que pase, no hagas ghosting.

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Puede que fuera el calor, el romanticismo de las noches de verano con la nueva canción de Aitana de fondo, que necesitabas compensar el efecto de 2020 en tu vida sentimental o que, simplemente, no te planteas una relación a distancia.

Da igual. Tus razones tendrás, ahí no me meto ni nadie tiene por qué opinar.

Pero recurrir al ghosting, esa fácil puerta de salida sin mirar atrás, es egoísta y la prueba de que todavía te queda mucho por madurar.

María Mavji, sexóloga y directora de operaciones en TherapyChat, la plataforma líder en psicología online, afirma que hacer esta práctica «es un gran indicador de la falta de responsabilidad afectiva de la persona».

Pero, ¿implica ser responsables afectivamente ir con un paquete de pañuelos y un trozo de tarta de chocolate en el momento de decirle a la otra persona que se ha acabado para que le sea más llevadero el trago?

Aunque está en tus manos cómo lo gestiones, el primer paso es tan sencillo como entender que «la responsabilidad afectiva es tener en cuenta que todo acto tiene sus consecuencias», dice la sexóloga.

Unas consecuencias que deberíamos poder afrontar porque somos conscientes de que lo que decimos, nuestra decisión, afecta también a los sentimientos de alguien más.

«El daño psicológico que puede causar a la otra persona es algo serio; cualquier tipo de rechazo activa en nosotros circuitos del dolor y hay que saber cómo gestionar la situación y la ruptura», afirma María Mavji.

Actuar con transparencia y decir las cosas de manera sincera es el punto de partida.

Hacer uso de la empatía y estar ahí cuando la otra persona reciba la noticia para poder ayudarla en el proceso (ya sea dar un abrazo, escuchar o -que también puede pasar- enjugar sus lágrimas) sería la forma de acompañar y hacerla sentir que nos preocupamos por sus sentimientos.

No solo damos una explicación que, puede gustar más o menos, pero es comprensible y lógica, sino que no desaparecemos de golpe por respeto a sus emociones.

En definitiva, la forma de «cerrar de manera saludable este tipo de relaciones» que la experta aprobaría.

Duquesa Doslabios.

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Por qué no deberías enamorarte en verano

Pillarse da miedo. Hacerlo en verano es deporte de riesgo.

A ver quién le explica a esas ganas de juntarse que la otra piel está a kilómetros. Da igual si son los 9.471 que dividen Barcelona y Oaxaca o los 93 que separan Madrid y Villacañas, en Castilla-La Mancha.

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Porque solo se entiende una distancia: la nula.

El circuito cerrado de la cabeza se regodea en esos instantes en los que parecía que por delante estaba todo el tiempo del mundo.

Tanto que te podías permitir el lujo de perderlo. Lo que darías ahora por volver a esa tarde calurosa, buscando un ápice de sombra, donde poder degustar una barra libre de besos.

En vez de eso, es meterte cada dos por tres en su conversación de WhatsApp solo para ver si aparece el «en línea», mejor calmante para los nervios que cualquier ibuprofeno.

No ya porque conteste el último mensaje que lleva horas en el limbo del ‘Visto’, sino por saber que está bien, que sigue ahí, al otro lado.

Que quien tanto te fascina y te puede no es fruto de una elaborada fantasía.

Es real, volverá, te repites como una cantinela. Suena tanto en tus pensamientos como una pegadiza canción del verano.

Esa que has decidido sustituir voluntariamente por un tema melancólico de Vance Joy o Lana del Rey, que no hace otra cosa más que sumirte en el bucle de seguir echando de menos.

Ojalá nadie se enamorara en verano. Ojalá no encontrarle en cada rincón del viaje: en el verde claro que conecta con sus ojos, en las conversaciones donde sacas a relucir su nombre de manera casual -como si pudiera acercaros-, en los sitios que querrías compartir cogiéndole la mano y en cada vivencia que podría convertirse en un recuerdo.

Ojalá no pasar las noches dando vueltas por el calor buscando los últimos retazos de su olor en la almohada.

Sí, pillarse en verano da el doble de miedo que hacerlo en condiciones normales.

Porque es fácil olvidarse cuando alguien se lo está pasando todo el día tan bien por su cuenta, porque se puede cambiar de idea, decidir que es mejor seguir recorriendo el camino en solitario o incluso querer otra compañía en algún momento.

Y precisamente, por atemorizarnos hasta la médula, no deberíamos dejar de hacerlo.

Lo más valiente es seguir el corazón, incluso cuando no parece el tiempo más apropiado, el lugar ni la ocasión. Porque igual hay algo que sí es (o apunta maneras de ser), la persona.

Duquesa Doslabios.

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Es hora de despedirse de los amores de verano

Posiblemente es uno de los sabores más amargos que trae septiembre. El trago que más cuesta, después de haber adquirido la costumbre de degustar el mojito, las tapas a pie de playa o el helado en la vacía ciudad.

TINDER FACEBOOK

El verano se acaba, y con él los posibles amoríos que hayan podido tener lugar.

Por mucho que pensemos que podremos sobrevivir al otoño, es probable que se quede en algo de las vacaciones, lo que supone un golpe que debemos encajar.

Una de mis mejores amigas tiene claro que, en el caso de las historias de amor, lo mejor es asumir que no son tanto los amores sino más bien el verano.

Y, por mucho que, en su día, me costara creerlo, viéndolo con perspectiva me resulta imposible no darle algo de razón.

El destino diferente al habitual, los planes alternativos como pueden ser ver el atardecer delante del mar o un paseo romántico a la luz de las estrellas en medio del campo, no son tanto la persona sino instantes que, de por sí, llegan a emocionarnos.

Es decir, que, con ese tipo de momentos, lo más normal es que tendamos a ‘enamorarnos’, o a tener sensación de enamoramiento, mucho más que si se trata de una cita tomando cervezas en el 100 Montaditos de tu calle de siempre.

No es él o ella, es el momento y el lugar, todo es mucho más intenso y, emocionalmente, hasta nuestro estado de ánimo es distinto.

Sin más responsabilidad que la de decidir al día siguiente en qué lado de la playa poner la sombrilla, cualquiera se siente lo bastante relajado como para mantener conversaciones durante horas o disfrutar estando en silencio, simplemente deslizando un dedo sobre el dorso de una mano ajena.

Una serie de pequeños placeres que, con el acelerado ritmo de vida y el estrés diario, no solemos permitirnos.

Vale que en esta época del año hemos podido tener la suerte de dar con alguien especial, pero preguntarse hasta qué punto es la persona y hasta dónde llega todo lo demás, hace mucho más sencillo poner las cosas en su sitio.

Así, es posible meter esa historia en el cajón de las anécdotas de las vacaciones, junto al salto de diez metros de altura que daba miedo o la noche con el concierto de Liam Gallagher en una capital europea.

Esa es la manera de que, en el futuro, recordarlo no sea doloroso, sino algo mágico que se ha vivido y que forma parte, no tanto de la magia del amor, sino de la magia del verano.

Duquesa Doslabios.

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Amores de verano

Querid@s,

Os animo a que repaséis vuestra vida y recordéis los amores de verano que tuvisteis. Todos, casi todos, hemos enamorado a alguien en verano y nos hemos vuelto locos de amor por alguien al que quizás, jamás volvimos a ver. El sol, los días largos, el tiempo libre y las noches en el chiringuito hacen que en verano todo se magnifique, resultando en un cóctel molotov hormonal que puede hacer de vuestro verano una auténtica revolución sexual. Una especie de viaje de vuelta a los años de nuestra adolescencia.

Dos enamorados en Verano en Lousiana

Los amores de verano son como los viajes, como las vacaciones y las escapadas a cualquier otra parte. Amores de verano, amantes pasajeros, amores fugaces. Siempre se viven intensamente, más que cualquier otro amor. ¿Por qué? Sabemos que tienen fecha de caducidad y como mucho duran lo que dura el verano. Pero nada de dramas, ya sabemos que en este época del año todo se magnifica. Llego un poco tarde, así que aplicaros el cuento el próximo año.

Para una canícula más calurosa (y azul), buscaos un amor de verano. Eso sí,

1. Que le guste bailar

Si hay baile de por medio, el rollete de verano dará mucho de sí. Imaginaos, sobre todo vosotras, que os lanzan por los aires cual zeppelin. ¿Cómo será este amante bajo las sábanas? Siempre he pensado que el baile es el reflejo vertical de cómo uno se comporta horizontalmente en la cama. Así que, a darlo todo en la pista de baile.

2. Discreción por favor

La discreción es importante. Por muchos vientos que bebáis por vuestro pille, no es preciso gritarlo a los cuatro vientos, que ya no tenemos quince años.

3. Donde comen dos comen tres

Si el vuestro es un apetito sexual insaciable y no os basta con montároslo con un solo amor, ya sabéis que donde comen dos, comen tres. Viciosill@ que os van los tríos, contad conmigo.

4. Probar la otra acera

Siempre he pensado que todos tenemos un lado homosexual, otra cosa es que queramos descubrirlo o no. Si os apetece descubrir vuestro otro lado, el verano puede ser un buen momento para aclararte las ideas.

5. De dos en dos

Para las almas, mentes y cuerpos inquietos y deseosos, quizás queráis saborear más de un amor de verano. Gestionar más de un amor a la vez no es tarea fácil, porque se nos amontona la faena y los polvos.  Pendonear con más de un amor durante el mismo verano puede ser peligroso. Como os pillen, se os puede acabar el chollo.

6. Algo más que sexo

No en todos los amores de verano tiene que haber sexo. Hay algo que a veces es mucho mejor, pero que no siempre hay: feeling, esa química especial, ese yo que sé que qué se yo. Disfrutad del momento y tened un orgasmo mental, a veces son mejores que los físicos.

Vivid el verano (o lo que queda de él) y salid por ahí, no vaya a ser que se os escape el amor del verano y tengáis que esperar hasta el año que viene para tener un affaire estival. No os enamoréis de vuestro amor de verano. O sí, ¿quién soy yo para deciros nada? Pero normalmente estas historias tienen muchas posibilidades de ser algo temporal. La mayoría no sobrevive y como mucho la historia dura hasta septiembre. Yo os diría que disfrutéis mientras podáis porque siempre llegará el momento de decir adiós. Un año más, el final del verano llegó… y vuelta a empezar.

A follar a follar que el mundo se va a acabar.